Categoría: 2021

Artículo de opinión

El Nuevo Gran Intento de Esclavización de la Humanidad

No se necesita ser un historiador profesional para saber que a lo largo de su un poco más de un millón de años de existencia los seres humanos (homo sapiens sapiens) han sistemáticamente jugado en la Tierra el juego de la esclavización del otro. Obviamente, este “otro” ha sido de lo más variado e inclusive ha habido casos en los que los roles de esclavizador y esclavizado se han invertido. Lo que en cambio sí parece una constante es la tendencia a ampliar el rango y alcance de los esfuerzos de esclavización de unos por otros. Desde siempre, el dominio brutal de las masas se ha ejercido por gente de la propia comunidad. Oligarquías y tiranías las ha habido desde que el ser humano recorre el planeta. En estos casos sometía a los demás el más fuerte físicamente. Con el tiempo, las tendencias de control se fueron orientando también hacia los pueblos vecinos. Desde entonces, los habitantes del planeta Tierra no han gozado ni de un solo año de paz. Las tendencias belicistas y de muerte se han impuesto por sobre todas las demás. Naturalmente, en sus intentos por ampliar sus universos de dominio y gratificar sus ansias de explotación los humanos se han servido de todos los medios a sus alcances, los cuales claro está tienen también un carácter histórico: en ocasiones los instrumentos eran flechas y dardos, en ocasiones bombarderos y submarinos, en ocasiones las religiones y en ocasiones la prensa, el radio y la televisión. Ahora le llegó el turno a las medicinas y las vacunas. Dado que la nefasta y nefanda ambición humana por imponerse, mandar y aprovecharse de los demás se ha ido decantando a lo largo de los siglos, también la lucha se ha ido delineando y perfilando con cada vez mayor nitidez. La oposición entre opresores y oprimidos ha revestido toda una gama de formas. Se pasó de formas religiosas de opresión a modalidades patrioteras y éstas a su vez fueron poco a poco siendo remplazadas por una oposición de carácter económico, no menos brutal (huelga decirlo) que la que se realiza por medio de misiles. De ahí que algunos hombres que dedicaron su vida a luchar por la libertad y la dignidad humanas, como Carlos Marx, se hayan rápidamente percatado de que en el fondo ni proletarios ni capitalistas tienen patrias y que si hubiera que dividir a la población de una manera realista, más allá de sus contingentes pertenencias a tales o cuales comunidades, habría que dividirla ante todo y en primer lugar entre poseedores y desposeídos, entre los que se apropiaron de los medios de producción y los  que tienen que vender su fuerza de trabajo para vivir. No es que otras distinciones o diferencias no valgan. Un trabajador inglés comparte su vida con un banquero inglés, así como la vida de un obrero boliviano se desarrolla en un mismo contexto social que el de la vida de un industrial boliviano. Lo que yo afirmo es simplemente que, por encima de esos lazos vinculantes de nacionalidad, costumbres, lenguaje, gustos, etc., están y prevalecen los intereses de clase de cada uno de ellos. Es esto lo que nos lleva a sostener que en realidad están más hermanados entre sí, y ello aunque no lo sepan, el obrero inglés y el obrero boliviano que el obrero inglés y el príncipe Carlos o Jacobo Rothschild. Como bien lo proclamó Marx,

Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas y todo un mundo que ganar.

Yo con la mayor candidez preguntaría: ¿habría en el mundo alguien tan cerrado a la razón que en lo que prima facie sería un acto de honestidad intelectual estuviera dispuesto a rechazar el diagnóstico marxista? Creo que habría que ser o alguien de una ignorancia supina o suprema o bien alguien irredimiblemente putrefacto. Con toda sinceridad, no veo otras opciones.

Si reconocimos como algo real la tendencia humana a la esclavización del otro, independientemente de cómo identifiquemos a ese “otro”, lo sensato será admitir que dicha tendencia está vigente, sigue operando. En verdad, no detectamos ningún corte esencial entre los humanos de hoy y los de hace una semana, entre los de hace una semana y los de hace dos y así sucesivamente. Curiosamente, sin embargo, cuando hablamos de la situación actual automáticamente la actitud cambia y empiezan a brotar las inconformidades, ya que a menudo quien sin prejuicios de buena gana acepta la realidad de la proclividad mencionada en lo que al pasado concierne de inmediato protesta cuando de lo que se trata es de identificar las manifestaciones de dicha inclinación en el presente, aquí y ahora. Cuando lo que queremos es pintar, aunque sea a grandes brochazos, el cuadro humano actual de la humanidad en el que quede plasmada la realidad de la tendencia en cuestión de modo que la gente pueda comprender la situación en la que vive y en la que es víctima, de inmediato se sueltan las fuerzas al servicio de los ultra-privilegiados que no tienen otro objetivo que silenciar a quien pretende hacer semejante denuncia. Hubo épocas en que la represión por la crítica y la denuncia públicas era la hoguera. En la actualidad ciertamente también lo es la hoguera, entendida como el símbolo de la desaparición forzada, la tortura, el homicidio, etc., pero en general en nuestros tiempos no es necesario llegar a esos extremos, entre otras razones porque, inevitablemente, reacciones así tienen la muy temida consecuencia de volver mártir a la víctima y de popularizar su causa. ¿A qué mecanismos se recurre entonces para acallar las voces de la protesta social y de la emancipación humanitaria? Ante todo y en primer lugar, a la denostación pública, a las campañas de desprestigio, a la vituperación y a la calumnia y a multitud de mecanismos como esos, mecanismos de eficacia ya demostrada y que pueden hacer de la vida de una persona algo muy desagradable. Pero ¿por qué tanta saña y tanto odio (léase también ‘temor’) en los denodados esfuerzos de los agentes indiciados por acabar con la libertad de pensamiento y de lenguaje de quienes luchan por liberar a la humanidad del yugo de sus actuales esclavizadores? La respuesta es simple y la comprende hasta el más tonto de los hombres: todo lo que pasa puede pasar porque, desafortunadamente, para ciertos efectos las mentes de las personas están permanentemente dormidas o, quizá mejor, aletargadas. Pero pueden despertarse y si lograran despertarse, como sucede por ejemplo con importantes sectores de la población francesa que se ha sublevado en contra del gobernante a quien habría que llamar ‘Macron I°’, entonces la esclavización de la gente deja de ser un objetivo simple, barato y fácil de alcanzar. Cuando eso sucede se produce entonces la reacción violenta de todos aquellos que supieron y pudieron apropiarse de los bienes terrenales y de las instituciones, es decir, los miembros de la nueva nobleza cosmopolita financiera, los amos de los medios de comunicación, las redes sociales y demás, en una frase, de todos aquellos que día a día viven como dioses sobre las espaldas de miles de millones de personas que trabajan para sostenerlos en su casi inimaginable bienestar, convirtiendo esto último en el sentido de sus vidas. Millones de personas trabajan y mal viven para que unos cuantos vivan en el paraíso, El objetivo es, por lo tanto, mantener a toda costa a la población mundial en la ignorancia, porque sólo así se puede seguir manipulándola y explotándola con relativa tranquilidad.

Yo creo que todo mundo está ya al tanto de que cuando alguien hace un esfuerzo por diseñar una explicación de la fase o etapa en la que se encuentra la lucha entre, por una parte, los esclavizadores y, por la otra, la humanidad en su conjunto, lo primero de lo que se acusa a la persona que lo intenta es de estar promoviendo “teorías de la conspiración”. Ese es un mecanismo muy desgastado, cuya lógica ya denunciamos y del cual, por consiguiente, nos desentenderemos aquí (véase mi artículo “La Crisis del Coronavirus: un ensayo de explicación”). Nuestra inquietud real es ahora más bien de índole factual. A lo que nosotros aspiramos es simplemente a construir hipótesis fundadas en datos, a establecer vínculos entre situaciones aparentemente desligadas unas de otras, en ocasiones a proporcionar información a la que múltiples personas no tienen acceso. Pero nótese que la acusación de “conspiracionista” no es nada más un reproche concerniente a la potencial falsedad de lo que se diga, sino que es un reproche cargado de amenazas de castigo, intimidación, persecución, como si al denunciar una cierta situación de injusticia mediante una “teoría de la conspiración” se estuviera profanando un status quo sagrado, un orden divino. Pero es evidente y a gritos lo declaramos: ello no es así! Lo único que se está poniendo en cuestión son vulgares ambiciones de humanos favorecidos por la suerte y por sus destrezas para construirse un mundo que tiene ya poco que ver con el mundo de las personas, con el mundo humano. Retomemos entonces nuestro tema: ¿cómo se materializa hoy por hoy la lucha entre esclavizadores y esclavizados?

La respuesta es simple y es simple por la sencilla razón de que la hizo visible y nítida el instrumento que permitió que el proceso de esclavización universal se volviera público y se acelerara: el coronavirus. Estoy seguro de que el lector ya habrá adivinado el curso por el que corre nuestra lectura de los hechos, pero para evitar mal entendidos seré explícito: no estoy afirmando que la actual pandemia fue calculada y deliberadamente pensada como tal para someter a la población mundial a los caprichos de las farmacéuticas. Ni mucho menos es la hipótesis descabellada, pero no es lo que aquí deseo sostener. No creo que tenga el menor sentido intentar comprender la situación en términos de individuos concretos, de personas con nombre y apellido. Ciertamente son las personas quienes actúan, pero al hacerlo lo hacen como agentes sociales, no como seres biológicos. Los conflictos, por lo menos de los que nos estamos ocupando, son impersonales, de carácter social y son básicamente de clase. Lo que yo afirmo es entonces lo siguiente: sostengo que dada una cierta situación, a saber, que el coronavirus de hecho se expandió por el mundo, la clase poseedora supo aprovechar el desastre mundial (laboral, de salud, cultural, psicológico, etc.) para agudizar todo un proceso de pauperización de las clases medias, para someter a las clases trabajadoras de una vez por todas, para forzar a los gobiernos a funcionar para ella y para imponer por encima de todo los intereses de las grandes corporaciones trasnacionales. Todo eso pudo lograrse sobre, inter alia, la base del miedo, erigida ésta sobre la plataforma constituida por la ignorancia de la gente. ¿Ignorancia de qué? De hechos sistemáticamente ocultados, de verdades silenciadas, de persecuciones injustificables de librepensadores. Y es precisamente de un libro con esas características de uno de esos grandes luchadores sociales de nuestros tiempos que quisiera rápida y superficialmente ocuparme.

La persona a quien tengo en mente es el Dr. Jospeh Mercola, un célebre doctor norteamericano de origen italiano que se hizo famoso a través de su página de internet y de sus correos electrónicos. A modo de presentación quisiera señalar que hay gente que le cambia la vida a los demás por la fuerza: un sicario embrutecido, un asesino con uniforme que dirige un dron cargado de bombas hacia una escuela o una mezquita (como tantas veces sucedió en Afganistán o en Siria), un sujeto que por ir en estado de ebriedad choca con alguien y acaba con su vida, etc. Hay también personas a quienes les manejan sus vidas porque se logra hipnotizarlas mediante mentiras, tergiversaciones, engaños de toda índole.  Pero también hay gente que nos cambia la vida por el convencimiento y la persuasión racionales, por la claridad de sus argumentaciones y porque en última instancia uno siente intuitivamente que están movidos por buenos sentimientos. Puede ser que también hagan dinero, vendan productos, etc., pero esto último en nuestro sistema de vida no es un argumento en contra de nada. Lo que importa en este caso son las intenciones. El Dr. Mercola es, quiero sostener, alguien así: alguien que vende sus mercancías (vitaminas, probióticos, etc.), pero también regala su sabiduría. Y es a través de sus maravillosos consejos como ha logrado cambiarle la vida a millones de personas (y me incluyo en ese grupo). Y este individuo, sometido ahora a una cacería de brujas de la clase que tanto y tan bien se practica en los Estados Unidos, publicó valientemente este año, en colaboración con otro doctor (Ronnie Cummins) un espléndido libro cuyo título habla por sí solo. Es:

La Verdad acerca de la Covid-19.
Exponiendo el Gran Reinicio, los Confinamientos,
los Pasaportes de Vacuna y la Nueva Normalidad.

Y lo mejor es que el libro mismo es excelente. En lo que sigue, me serviré de algunos datos que sus autores proporcionan, pero los insertaré en la visión que he vagamente delineado concerniente a la lucha entre poseedores y desposeídos, entre parásitos dueños de las instituciones y millones de personas que viven al día y que, a pesar de ser víctimas de lo que podríamos llamar la ‘gran mentira’, no han perdido su sonrisa. Consideraré velozmente algunos de sus importantes resultados.

El libro del Dr. Mercola se compone de 9 capítulos que cubren muy variados aspectos del fenómeno global de la actual pandemia. Hay desde luego facetas de la problemática que, por ser una temática más bien delicada, los autores del libro dejan fuera, como por ejemplo la espinosa cuestión de cómo concretamente fue que el virus fue “liberado”. No obstante, proporcionan información sumamente interesante al respecto. Queda claro de aquí al final de los tiempos que el coronavirus es un producto de laboratorio en el que participaron los gobiernos de los Estados Unidos y de la República Popular China, los militares de ambos países y las grandes farmacéuticas. El gran representante de éstas, el eslabón entre el gobierno de los Estados Unidos y la industria farmacéutica mundial es, obviamente, el tristemente famoso Dr. Anthony Fauci, de quien nos enteramos que es, según el reporte de Robert F. Kennedy, Jr, propietario de la mitad de las patentes, habiendo él mismo invertido 500 millones de dólares en el negocio de las vacunas (p. 142). ¿Cómo podría sorprendernos que insista en que hay que vacunar hasta a los niños de tres años? En todo caso, ahora sabemos que la “teoría” del salto de portadores, de murciélagos a pangolines y de pangolines a los mercados de Wuhan y a las cocinas de familias chinas es algo así como un cuento de hadas. El coronavirus es el resultado de experimentos de “ganancia de funciones”, que no es más que el intento por convertir al Sars-Cov-2 en un arma biológica. Dado lo peligroso de los experimentos, los norteamericanos maquilaban sus trabajos en China, concretamente en el laboratorio de Wuhan y pagaban no poco por ello. Fauci dirigía la operación. Pero ¿cómo pudo pasar que de un laboratorio con cuatro niveles de seguridad se “escapara” el virus? Los autores no dicen nada al respecto. Hablan de “accidente” pero, como es bien sabido, los chinos tienen otra versión que es, conociendo el tenebroso historial de la CIA y de los militares yanquis, con mucho la más plausible y es que los norteamericanos deliberadamente soltaron el virus en China durante los juegos olímpicos militares que tuvieron lugar precisamente en Wuhan, en octubre de 2019. Dado que estaban congregados militares deportistas de muchos países era altamente improbable que el virus quedara confinado en Wuhan. Recordaremos que cuando se percataron de la situación, los chinos cerraron la ciudad y procedieron como saben hacerlo, pero en los países europeos y en América Latina y en general en el resto del mundo el asunto se desarrolló de otro modo. Y es aquí que empieza la labor siniestra de engaño y muerte por parte de los beneficiarios de la pandemia, esto es, quienes acapararon el comercio mundial, quienes se deshicieron de millones de trabajadores, todos esos “empresarios” que obligaron a la gente a hacer “home office”, entre otras cosas transfiriéndole el costo de la electricidad usada en la casa para efectuar el trabajo de bancos y en general de las empresas para las que trabajaban. Los efectos no se hicieron esperar: el nivel de vida de la gente bajó drásticamente en tanto que el de la nobleza empresarial y financiera se incrementó como nunca. Ahora bien, todo ese proceso requería de la manipulación mental de las personas y es en ese punto que entraron en juego los periódicos, el radio y la televisión. Se desató la campaña que podemos llamar (para que así quede consignada en la historia) del terrorismo médico. La población mundial pasó muy rápidamente del escepticismo al terror y del terror a la vacunación dócil, lo cual obviamente significó el enriquecimiento por billones de dólares de unas cuantas trasnacionales farmacéuticas. Todo ello representa el endeudamiento y la sumisión de los gobiernos, puesto que todo mundo está sometido a los chantajes de las farmacéuticas y no hay muchas alternativas a sus condiciones.

El libro de Cummins y Mercola es una denuncia de la patraña en la que viene envuelto el problema, muy serio por otra parte, que representa el coronavirus. Ellos son los primeros en reconocer el peligro que éste entraña, pero también revelan las mentiras, las exageraciones, las distorsiones, las manipulaciones de las que ha sido objeto. Creo que vale la pena citarlos. Escriben:

Para comprender y resolver esta crisis sin precedentes no tenemos otra opción que investigar, con ojo crítico, los orígenes, la naturaleza, la virulencia, el impacto, la prevención y el tratamiento de COVID-19. Tenemos que examinar tanto la historieta oficial de la pandemia – con la que se alimenta al público por la fuerza 24/7 por parte de los mass media, la Big Tech y el establecimiento global de salud pública – y la genuina amenaza de salud planteada por el COVID-19 como un disparador biológico altamente transmisible que magnifica e intensifica enfermedades y comorbilidades crónicas preexistentes. Los mayores de edad, así como aquellos con serias condiciones médicas preexistentes como obesidad, diabetes, enfermedades del corazón, enfermedades pulmonares, enfermedades renales, demencia e hipertensión, están marcando los cambios importantes de salud que nos hacen de lo más vulnerables al COVID-19, así como a las futuras pandemias. (p. 2)

El proceso de esclavización vía la pandemia sigue avanzando y su instrumento actual es la vacunación forzada. De seguro que más de una persona razona como sigue: “Al menos los científicos piensan en nosotros y nos están proporcionando los elementos para superar esta terrible crisis natural”. Desafortunadamente, el asunto no es así. Sobre esta farsa los autores tienen mucho que decir. Por ejemplo:

Hay abundancia de evidencias para sugerir que fue fraude científico lo que desencadenó la pandemia de COVID-19 y que se le usa para mantenerla vigente. Además de la prueba fraudulenta del PCR y de etiquetar mal pruebas positivas como “casos” médicos, otro ejemplo de acción ilícita – sin la cual para empezar esta pandemia no se habría podido declarar –fue la redefinición de ‘pandemia’ por parte de la Organización Mundial de la Salud. (p. 112).

Pero ¿en qué concretamente consistió el cambio y en dónde está el fraude? El cambio se inició cuando se soltó la gripe porcina:

El cambio fue simple pero sustancial: simplemente eliminaron la severidad y los criterios de alta mortandad, dejando la definición de pandemia como “epidemia a nivel mundial de una enfermedad. (p. 112).

El resultado de este cambio “semántico” es que también la COVID-19 resulta ser una pandemia aunque

la letalidad  de la COVID-19 está a la par de la de la gripe estacional. (p. 112).

Todo está cuidadosamente aderezado para que la gente se vacune lo quiera o no, lo necesite o no. Es evidente, supongo que para todo mundo, que las vacunas son la mina de oro de las trasnacionales. Éstas no van a soltar sus colosales ganancias así nada más. Las compañías que las fabrican no están sujetas a ninguna clase de legalidad, por lo que no siquiera existe la posibilidad de que se les demande. Ello es obvio: el sistema jurídico mundial está a su servicio. Las vacunas, por su parte, fueron puestas en circulación a las carreras, sin que hubiera corrido el tiempo necesario para hacerles pasar los tests por los que normalmente pasa cualquier vacuna. Lo que esto significa es simplemente que cientos de millones de personas no son ahora otra cosa que conejillos de Indias. Asimismo, prácticamente se ha prohibido estudiar de manera sistemática las consecuencias, actuales y potenciales, de las vacunas. La información pública al respecto es casi nula. Sabemos que algunas producen trombosis, otras hacen crecer el corazón, otras están asociadas con muertes súbitas, con esterilidad o con alteraciones en el ADN, además de un sinfín de dolencias y malestares inexplicables que antes de recibir la vacuna la gente no tenía, como cefaleas insoportables, dolores musculares y demás. Ahora sabemos que las vacunas ni impiden que uno se vuelva a contagiar ni que quien está vacunado deje de contagiar a otras personas. Por ejemplo, en los reportes de Pfizer y de Moderna se pueden señalar las siguientes omisiones:

No especifican el umbral cíclico usado para los tests PCR en los que ellos basan su conteo de casos de COVID-19, lo cual es crucial para determinar la exactitud de dichos tests.
– No mencionan nada acerca de hospitalizaciones o muertes
– No hay ninguna información acerca de si las vacunas impiden tanto la infección asintomática como la transmisión del virus SARS-CoV-2; si la tasa de eficacia de la vacuna sólo impide enfermedad sintomática de moderada a severa y no infección y transmisión, será imposible alcanzar la inmunidad de rebaño usando la vacuna.
– No hay ninguna indicación acerca de cuánto dure la protección en contra de la enfermedad sintomática moderada o severa. Algunos investigadores sugieren que se requerirán dosis de refuerzos, quizá cada tres o seis meses o anualmente. (p. 129)  

Esto último, escrito hace unos cuantos meses, ya quedó rebasado. En Israel, por ejemplo, el país campeón en el uso de la vacuna Pfizer, ya están proponiendo la cuarta dosis! Lo menos que podemos exclamar es: “Pobre gente!”. Pero el hecho es que la coalición “gobiernos/medios de comunicación/farmacéuticas” sigue adelante y ya se está entrando en la etapa en la que se intentará a toda costa, por encima de la voluntad individual, imponer el pasaporte biológico, con lo cual se habrá asestado un golpe mortal a la libertad humana. La dizque lucha contra la actual pandemia terminó convirtiéndose entonces en la violación masiva de derechos humanos más grande de la historia.

El libro de Mercola y Cummins, sin embargo, no es un libro apocalíptico. Tiene también una faceta positiva y optimista. Los autores nos enseñan que el coronavirus se ensaña con personas cuyo sistema inmunológico está deteriorado, pero ¿deteriorado cómo o por qué? En el origen de múltiples enfermedades, como diabetes, o de eventos como embolias e infartos, lo que encontramos es una alimentación completamente desbalanceada y sobre todo comida chatarra. De todas las grasas trans con las que nos inunda la industria de la alimentación, el peor veneno es el ácido linoleico Omega-6, al que encontramos en prácticamente todos los aceites vegetales para cocinar (que no son otra cosa que aceites industriales). Es cantidad excesiva de grasas instauradas lo que predispone al organismo a ser fácil víctima de COVID-19. O sea, no es el coronavirus mismo lo que mata, puesto que su tasa de mortandad es más o menos la de una gripe estacional usual. El problema son los trastornos que el virus desencadena en los organismos deteriorados por las grasas insaturadas, así como la tardanza (factor decisivo) con la que se empieza a enfrentar el problema de la infección. Haber detectado y descrito en detalle el vínculo entre los pacientes de COVID-19 y el deterioro previo del sistema inmunológico de los pacientes es un mérito por el que la gente normal, no los amos del mundo desde luego, debe estarle agradecida al Dr. Mercola y a sus colaboradores. Y este descubrimiento es importante, porque automáticamente abre las puertas para la protección real (es decir, no artificial) de las personas. No son las vacunas lo que nos va a salvar del coronavirus. La propuesta de Mercola es diferente: de acuerdo con él, la clave para auto-protegerse de la COVID-19 es la ingesta cotidiana de al menos una cápsula de Vitamina D3, una de Vitamina K, una de Zinc (muy importante) y una de Cloruro de Magnesio, aunadas a un mínimo de ejercicio físico cotidiano y a una dieta sana, esto es, que no incorpore los venenos de siempre: azúcares refinados (refrescos, etc.), harinas, grasas trans, etc.. Lo que mata a las personas en grandes porcentajes es el mal estado en el que ya estaba el cuerpo y desde luego pero en mucho menor porcentaje, el virus. Dicho de otro modo: la mayor parte de la gente muere con el virus, pero no directamente por el virus. Vale la pena señalar que el libro de los Dres. Mercola y Cummins contiene directivas concretas para ayudarnos a nosotros mismos frente a un mal que ciertamente nos acecha y que en todo momento puede dañarnos.

Regresemos ahora as nuestro tema inicial. Así como en el siglo XVII en Inglaterra los requerimientos de la naciente clase industrial llevaron a la promulgación de múltiples “leyes contra los pobres” a fin de crear la clase social que ella requería, a saber, el proletariado en su formato más miserable y degradado, así ahora la clase de los super-ricos exige a través de un instrumento diabólico como lo es el coronavirus, producto inconfundible de investigaciones científicas de punta (toda investigación en la que están involucrados militares son de puntas y son de hecho las más avanzadas siempre), el sometimiento y la sumisión totales, la esclavización de miles de millones de personas. El procedimiento para alcanzar sus objetivos es el terrorismo médico y los mecanismos para inducirlo los constituyen los medios de comunicación, redes sociales, “noticieros”, periódicos, programas de difusión, universidades y demás. Esa es la nueva gran alianza. Cuán brutal será la represión popular es un tanto impredecible y sin duda alguna que variará de país en país, de sociedad en sociedad, pero en todo caso la orientación general que los todopoderosos le quieren imprimir a la vida humana es clara y el programa está en marcha. Con la imposición de los pasaportes biológicos se podrá ejercer un control inmenso y tiránico sobre los individuos. Ni aunque se esconda uno bajo piedras se podrá eludir su localización automática. No nos hagamos ilusiones: en este momento, la alegría y la megalomanía de algunos está en su cúspide. Lo que, sin embargo, los dichosos de hoy no saben es que los designios de Dios son insondables y que Dios está siempre del lado del pueblo. Todos creemos firmemente en que, poco a poco, se irán encontrando los medios para neutralizar a los emisarios de Satanás, que las fuerzas de resistencia se irán uniendo y que, tarde o temprano, cuando la situación haya madurado vendrá la explosión libertaria. Cuando eso suceda la humanidad reconocerá en el Dr Mercola y en gente como él a los mártires del movimiento de liberación mundial de la época del coronavirus y del terrorismo médico. Quizá entonces puedan por fin nuestros congéneres iniciar su última caminata hacia un periodo de paz y tranquilidad para el cual, en más de un millón de años, no están todavía ni siquiera preparados.

Categorías Políticas

No creo que haya alguien tan desorientado que estuviera dispuesto a cuestionar o rechazar la tesis leninista de que no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria. Sin duda, la justificación racional del apotegma leninista no es un asunto sencillo, pero en todo caso su ilustración sí lo es. No hay duda alguna de que el asesinato de Lee Harvey Oswald fue un crimen político, pero si por un accidente la madre de Oswald sin querer lo hubiera matado su acción sería catalogada como un homicidio involuntario, no como un asesinato político. En ambos casos el resultado neto habría sido el mismo, a saber, que el individuo Lee Harvey Oswald habría perdido la vida. No obstante, hay diferencias obvias entre las dos situaciones. En un caso la muerte de Oswald habría sido el resultado de una acción planeada con miras a alcanzar ciertos objetivos de naturaleza política, y en el otro no, puesto que no le podríamos adjudicar a la mamá de Oswald el deseo de matar a su propio hijo. Así las cosas, no hay duda de que en ambos casos los causantes de la muerte del señor Lee Harvey Oswald habrían tenido que ser juzgados y condenados (y de hecho eso pasó con Jack Rubinstein, el asesino de Oswald en Dallas, Texas), pero es obvio que sus respectivos castigos forzosamente habrían tenido que ser distintos, inclusive si hubieran tenido las mismas consecuencias y repercusiones, porque las acciones realizadas habrían sido esencialmente distintas.

La tesis de Lenin es, pues, demasiado obvia como para ser cuestionada, pero su justificación racional no es tan simple de proporcionar. En realidad es un caso particular de un punto de vista mucho más general de acuerdo con el cual la acción humana es lo que es dependiendo de cómo sea concebida y cómo sea concebida es una función de cómo sea descrita. Alguien podría objetar que el tema de la “concepción de la acción” es un tema si no baladí sí secundario, pues en última instancia lo que importa es el resultado, no las palabras. Obviamente, eso no es así y el no entenderlo tiene consecuencias negativas graves. La clasificación correcta es esencial para, por ejemplo, impartir un castigo justo. Ciertamente no merecen el mismo castigo quien deliberada y fríamente mata a una persona para mediante ello alcanzar ciertos objetivos previamente establecidos que quien accidentalmente le quita la vida a un ser querido. De nuevo, no es lo mismo lanzar a propósito un auto contra otro que chocar por un descuido, por no ver bien, por inepcia. Si esto es acertado, se sigue que la tesis de Lenin es simplemente un caso particular de una idea general concerniente a las relaciones entre acciones, pensamientos y lenguaje que sería insensato cuestionar.

Como era de esperarse, la idea recién expuesta se desarrolla y se aplica en prácticamente todos los sectores de la vida humana. Cuando queremos servirnos de la idea general mencionada en un ámbito más o menos circunscrito de existencia, como el de la creación artística o el de la vida religiosa, el principio se vuelve a aplicar pero para ello naturalmente se requerirán las categorías propias de cada uno de los contextos en donde se le intenta hacer valer. Consideremos, por ejemplo, el contexto de la creación artística. Disponemos de categorías como “original” y “copia”. Sabemos, desde luego, que hay copias de obras de arte tan perfectas que inclusive a los especialistas les cuesta trabajo distinguirlas de las originales, al grado de que a menudo se equivocan. Sin embargo, es evidente que por espléndida que sea una copia de, digamos, La Gioconda, ésta nunca tendrá el valor que tiene el cuadro firmado por Leonardo. Categorías para juzgar obras de arte son, por ejemplo, “originalidad”, “simbolismo”, “dificultad”, “armonía”, “simetría”, “intensidad”, etc. En todo caso, es sólo cuando se tiene a la mano el conjunto básico de categorías que se puede pasar a emitir juicios, los cuales tendrán un valor mucho muy superior al de las meras exclamaciones de admiración o de satisfacción sensorial de la forma “Ay, qué bonito!», «Qué tierno!», etc. En todo caso, constatamos que la idea abstracta concerniente a las relaciones entre acciones, concepciones y descripciones, uno de cuyos casos particulares era el pensamiento de Lenin, se ejemplifica también en el contexto de la creación artística y, en verdad, en todos los contextos imaginables de acción humana.

La idea de una relación necesaria entre lo que se hace, lo que se piensa y lo que se dice obviamente se aplica en el ámbito de la acción política. Lo que Lenin sostuvo es un caso especial de dicha relación y él aplicó la idea general al caso de la acción revolucionaria. Claramente, sin embargo, la idea en cuestión puede fácilmente extenderse a otras clases de acción política. De seguro que no hay acción reaccionaria sin pensamiento reaccionario (de mala calidad en general, hay que decirlo, pero lo hay), acción progresista sin pensamiento progresista, acción democrática sin pensamiento democrático y así indefinidamente. Desafortunadamente, no todo es miel sobre hojuelas, porque aquí nos topamos con un problema. Parecería, en efecto, que el repertorio de categorías que hasta hace poco nos servía al hablar de política se ha vuelto obsoleto, démodé, confuso, vacuo y esto a su vez tiene consecuencias nada desdeñables en relación con la acción política. Cuando lo que usamos es un aparato conceptual inapropiado, la identificación de las acciones se vuelve prácticamente imposible de efectuar y los diagnósticos que se emitan de múltiples situaciones inevitablemente serán superficiales, contradictorios y teórica pero sobre todo prácticamente inservibles. Y parecería que eso es justamente lo que sucede con categorías como las de “izquierda” y “derecha”, “progresista” y “reaccionario”, “populista” y “conservador” y muchas otras como ellas. La respuesta a esta dificultad es que no es que esos conceptos tengan que desecharse, sino que lo que necesitan es, por así decirlo, renovarse y esto se logra describiendo con minuciosidad las situaciones conflictivas, es decir, contextualizando su aplicación. Una vez hechas estas descripciones podremos volver a aplicar las categorías tradicionales, las cuales vendrán entonces cargadas con un sentido renovado y prístino. Pero si ello no se hace, entonces lo que sucederá será que, por ejemplo, decir de una decisión o de una persona que es “de izquierda” o que es “de derecha” no será decir nada inteligible, nada con un sentido valioso, nada que valga la pena enunciar. Cabe preguntar: ¿cómo es posible que categorías que otrora resultaran sumamente útiles hoy parezcan ser vacuas e inservibles? Es sobre esta cuestión que querría yo decir unas cuantas palabras.

Desde mi perspectiva, la primera lección que habría que extraer de la historia de las categorías políticas es que los conceptos políticos generales, que son los que nos permiten construir pensamientos congruentes sobre situaciones políticas, son de carácter histórico y esto a su vez quiere decir que significan cosas diferentes en épocas diferentes y en contextos diferentes. Precisamente por su carácter histórico, los conceptos políticos son como ligas que se estiran o pueden estirarse de muy variado modo. Esto, sin embargo, no quiere decir que sean inservibles sino que su aplicación depende de si se describen detalladamente o no las circunstancias en las cuales se les pretende utilizar. Trataré de ilustrar lo que digo considerando un tanto superficialmente casos concretos de situaciones políticas.

Consideremos brevemente el concepto de democracia. Cualquiera con dos dedos de instrucción sabe que la palabra ‘democracia’ no significa lo mismo ahora que lo que significaba para los aqueos. En Grecia significaba que quienes estaban autorizados a asistir a las asambleas de la polis, es decir, los propietarios, que las más de las veces eran también los individuos que en su momento estarían capacitados físicamente para tomar las armas y defender la ciudad y sus habitantes, tomaban de manera conjunta y por mayoría lo que se consideraba que eran las mejores decisiones para la población en su conjunto. En aquellas circunstancias, es relativamente claro por qué ni por asomo se les habría ocurrido a los miembros de las asambleas pensar que todo habitante, por el mero hecho de ser miembro de la comunidad, automáticamente tenía el derecho de participar en los procesos de toma de decisiones. Por lo pronto ni esclavos ni metecos ni mujeres ni jóvenes (i.e., seres sin propiedad y no productivos) tenían derecho a votar en las asambleas, es decir, a tomar decisiones que concernían a todos los habitantes, porque ¿sobre qué bases, avalados por qué méritos, participarían? La democracia griega era un sistema de organización política de hombres libres, lo cual quería decir de ciudadanos productivos y potencialmente defensores de la polis (i.e., soldados), pero no era un régimen político abierto a todo mundo. Ahora bien, independientemente de las diferencias que podamos encontrar entre el concepto griego de democracia y el actual y aunque sea altamente debatible afirmar que la democracia en nuestros días es un sistema político de izquierda, lo que sí podemos sostener es que la democracia de aquellos tiempos sí era un auténtico régimen de izquierda. La explicación brota del contraste del sistema democrático de ciudades como Atenas con los regímenes en los que las decisiones las tomaba una persona, esto es, el autócrata. Por otra parte, si la democracia se convierte en un sistema político que propicia y refuerza un modo de vida fundado en la explotación, la discriminación, la segregación, etc., y que de uno u otro modo se opone a una distribución más justa de la riqueza, entonces la democracia deja de operar como una propuesta política de izquierda y se convierte en una de derecha. Así, pues, que la democracia sea o no sea un régimen “de izquierda” depende de con qué se le contrasta, a qué se contrapone y eso no se puede determinar a priori. Ello no indica ninguna inconsistencia, sino que más bien hace resaltar su carácter histórico, contextual y mutante.

Quizá no esté de más hacer un veloz recordatorio referente al origen de las nociones de “izquierda” y “derecha”. ¿De dónde y cómo surgieron? Por increíble que parezca, dichas nociones provienen de la ubicación física de los grupos en la Asamblea Nacional, en tiempos de la Revolución Francesa. De manera enteramente casual, los radicales del movimiento anti-realista ocupaban el lado izquierdo del presídium en tanto que los grupos de representantes más conservadores se ubicaban a la derecha. Posteriormente, una vez ejecutado el rey Luis XVI y habiendo acabado con el “Antiguo Régimen”, es decir, con el Estado feudal, los siguientes grupos de representantes también se dividieron, ocupando la parte alta de la sala los de “la Montaña”, que eran los más radicales y que quedaron identificados como los de izquierda, y los conocidos como “girondinos” (por razones en las que no tenemos para qué entrar. Me limitaré a señalar que la “Gironde” es una región del suroeste de Francia) ocupando “la planicie” y convirtiéndose en aquel contexto en los representantes de “la derecha”. Los primeros eran quienes querían que el cambio político se desarrollara y se intensificara, en tanto que los segundos se inclinaban más bien por la institucionalización del poder para aprovechar las ventajas económicas que el gran cambio social efectuado había acarreado consigo. Como es bien sabido, la oposición entre los izquierdistas y los derechistas revolucionarios terminó abruptamente cuando entró en escena Napoleón Bonaparte, un individuo que tenía e impuso su propia agenda política.

El problema con categorías como “izquierda” y “derecha” es que son totalmente abstractas y están en espera de ser completadas con lineamientos políticos concretos. Cuando ello no se hace el resultado es la vacuidad del discurso y a lo que conducen es a descripciones simplemente ridículas. Tomemos el caso de los Estados Unidos. Decir del Partido Republicano y del Democrático que son, respectivamente, “de derecha” y  “de izquierda” no es decir absolutamente nada y en el peor de los casos es ridiculizar las nociones en cuestión, reducirlas al absurdo. El disgusto ante un uso de nociones importantes pero ya vaciadas de contenido no es de carácter emocional, sino estrictamente político: emplear dichas nociones en un contexto en el que no son aplicables es bloquearlas y de paso contribuir a la inacción política transformadora. Si, por ejemplo, se dice de Nancy Pelosi que es “de izquierda”, de inmediato entendemos que la pareja de conceptos “izquierda” y “derecha” perdió todo sentido. Por no venir acompañada de las descripciones complementarias que se requieren, la dicotomía “derecha/izquierda” simplemente deja de tener aplicación. Desde luego que podemos preguntar: ¿realmente no tienen ninguna validez dichas nociones en el contexto de la política norteamericana? La respuesta es, en mi modesta opinión, que empiezan a darse las condiciones para un uso sensato de dichas categorías. En verdad, fue con el gobierno de Donald Trump que se empezó a gestar una situación en la que ya tenía algún sentido hablar de izquierda y de derecha: el presidente Trump era genuinamente nacionalista, populista y anti-militarista y eso en los Estados Unidos ahora es ser “de izquierda”. Naturalmente, ser de izquierda en China tiene que significar otra cosa. ¿Qué cosa? Necesitamos describir el contexto, examinar las fuerzas en pugna, etc., y de esa descripción obtendremos nuestra respuesta. Sólo así se puede determinar si algo o alguien es “de izquierda” o “de derecha”.

Con la revolución bolchevique los significados políticos de “derecha” e “izquierda” cambiaron: la izquierda quedó identificada, por un sinnúmero de razones comprensibles de suyo, con el gobierno y la política de lo que a la sazón era el país nuevo, o sea, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Consiguientemente, todo lo que fuera contrario a la URSS y sus intereses automáticamente quedaba etiquetado como “de derecha”. Por ser enteramente superficial, esa forma de dar cuenta del universo de las fuerzas políticas de aquellos tiempos tenía forzosamente que dar resultados absurdos. Por ejemplo, el enemigo fundamental real, profundo, irreconciliable de la URSS era el Imperio Británico. La verdad es que los ingleses siempre han odiado a Rusia y, como lo podemos constatar día con día, lo siguen haciendo (como lo pone de manifiesto el incidente del destructor entrando hace unos días en aguas territoriales de Rusia, en un acto de franca provocación), pero no es eso lo que me interesaba consignar. Sobre lo que quería llamar la atención es sobre el hecho de que, por ejemplo, la Italia fascista, tan diferente de la monarquía británica, por ser enemiga de la Unión Soviética automáticamente queda catalogada como un régimen “de derecha”, cuando en el fondo no lo era. El fascismo italiano era en sus orígenes un régimen pro-obrero (Mussolini había sido un desempleado, un obrero en Suiza, etc.), un Estado que pretendía favorecer a las clases medias, a los tenderos, a los pequeños comerciantes, a los oficinistas y demás. En ese sentido y teniendo en mente a Inglaterra es claro que el gobierno fascismo era un gobierno de izquierda, sólo que su ideología no era marxista. La pregunta es entonces: ¿se puede ser de izquierda sin ser marxista? En principio sí, aunque muy probablemente, consciente o inconscientemente, muchos postulados, principios, explicaciones, etc., de corte marxista quedarán incorporados en cualquier concepción que se presente como “de izquierda”.

Pasemos ahora a nuestro país. ¿Podemos hablar con sentido, en el México de hoy, de tendencias, ópticas, perspectivas, políticos, programas de gobierno, etc., de izquierda? Yo estoy convencido de que sí pero, una vez más, hay que adaptar las expresiones al contexto real. Lo que la inmensa mayoría de agoreros, locutores y editorialistas a sueldo representan es precisamente la oposición a la izquierda mexicana, encarnada naturalmente en el presidente de la República, el Lic. Andrés Manuel López Obrador. Es muy importante entender que el gobierno mexicano actual es de izquierda, pero no es de corte marxista. El gobierno actual es básicamente un gobierno de sanitización institucional, de protección a los inmensos grupos de gente desvalida y prácticamente abandonada a su suerte por los gobernantes anteriores y de defensa del patrimonio nacional, pero no es un gobierno de clase, es decir, no es un gobierno revolucionario. Por eso llama tanto la atención el grado de histeria de la oposición de derecha. Queda claro que la putrefacción intelectual, mediática y cultural que permea al país es la que encaja o corresponde a los niveles de la corrupción que carcomió el tejido social mexicano, sometido ahora a un proceso de cirugía política. Los dizque ideólogos actuales han armado un escándalo casi mundial, llenando todos los días el mundo con mentiras y sandeces, pero no porque se esté transformando radicalmente la sociedad mexicana, sino simplemente porque se le está limpiando! Es obvio que el gobierno del Lic. López Obrador no está poniendo en riesgo el capital ni está tratando de acabar con el modo de producción y de reparto capitalistas. No! Lo único que está haciendo es higienizar la esfera política de la sociedad capitalista mexicana y es por eso que lo quieren linchar. En nuestras circunstancias: ¿podemos hablar de “ser de derecha” o de “ser de izquierda”? Claro que sí, pero lo que eso significa no es estar en favor o en contra de la Unión Soviética, un país que ya ni existe, sino si se aspira a curar y reconstituir la sociedad mexicana, y sobre todo los aparatos de Estado, o si se prefiere perpetuar la putrefacción pre-existente, una situación cuya lógica es claramente discernible y su desenlace previsible. No nos engañemos: si México hubiera seguido siendo un país con un gobierno de derecha como los que reinaron en él, si hubiera seguido por la vía por la que lo encaminaron los presidentes de Salinas a Peña Nieto, el inevitable desenlace hubiera sido la trasnacionalización de los bienes de la nación, la promoción del separatismo (disfrazado de “federalismo”), la estratificación social en una nueva versión de feudalismo y finalmente la descomposición y el desmantelamiento definitivo de México como país. ¿Qué representa entonces la izquierda en México? La lucha por la salvación del país en contra de los bien conocidos cosmopolitas y vende patrias.

¿Cuál es la estrategia de los “ideólogos” de la derecha mexicana? La verdad es que no tienen ni ideales ni programas, sino objetivos meramente destructivos. Por lo menos una de sus tácticas es enturbiar las aguas de la información para impedir la comprensión de lo que está pasando. Esto es importante porque, como ya vimos, sin comprensión no hay acción política correcta. Cuando ya se llega al nivel en el que hasta un despreciable payacete como Víctor Trujillo se convierte en analista político y se permite calificar al presidente de México de “autócrata” es porque la falta de respeto por el pueblo de México ya no tiene límites. El “asqueBrozo” en cuestión o no sabe lo que significa ‘autócrata’ o es un mentiroso redomado y descarado, o ambas cosas. Hasta donde logro ver, no ha habido en México, por lo menos desde el presidente Juárez, ningún presidente que de manera voluntaria y pública se haya auto-sometido a las leyes como lo ha hecho el presidente López Obrador. Eso es ser exactamente lo contrario del autócrata. Acusarlo entonces de autócrata es realmente una vileza, pero ¿qué se puede esperar de los lacayos de la derecha, y más en general de la derecha?

En realidad, el futuro de México se jugará en las próximas elecciones y no parece haber muchas opciones. O bien la derecha deja que el gobierno reorganice, oxigenice la sociedad, fortalezca la infraestructura nacional, le garantice al pueblo un mínimo de bienestar para que éste pueda vivir con relativa tranquilidad y desarrollar su amplia y potencialmente espléndida cultura o el gobierno tendrá que radicalizarse y entonces la confrontación ya no se dará con los anémicos “intelectuales” del momento, sino que se dará entre “fuerzas vivas”. Y la tercera posibilidad, que no podemos desdeñar, es un aplastante triunfo, tramposo y amañado de entrada o inclusive violento, de la derecha. Yo creo que sin que siquiera se den cuenta, mucho de la labor propagandística que ahora despliegan los “conservadores” tiene como objetivo paralizar al pueblo en caso de un golpe de Estado. Del pueblo y sólo de él dependerá que la derecha no vuelva a imponerse y a implantar en México su detestable sistema de castas y de aborrecibles privilegios por medio del cual puso de rodillas a la población durante ya más de medio siglo. Por todo ello yo estoy persuadido de que si la gente entiende lo que es ahora en México “ser de izquierda” y “ser de derecha” con toda seguridad sabrá cómo reaccionar cuando la historia se lo requiera.

Propaganda Total: la fallida guerra en contra del presidente

Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda del Tercer Reich, es un personaje histórico que muy probablemente, si resucitara y se enterara de lo que dicen de él múltiples analistas y expertos politólogos, quedaría estupefacto o se destornillaría de risa. En efecto, por una parte, todos en coro y en forma estridente lo repudian por haber sido un cercano colaborador de Adolf Hitler, pero por la otra no cesan de citarlo e, indirectamente, de alabarlo al repetir una y otra vez su famoso dictum de acuerdo con el cual “una mentira repetida una y mil veces termina por convertirse en verdad”. Seamos francos: los críticos de Goebbels no parecen ser muy consistentes. Yo diría que si se vitupera al enemigo, entonces no se recurre a él para justificar sus propias prácticas! De hecho y sin percatarse de ello, lo que hacen esos que todos los días tienen como misión desacreditar la labor del presidente de México, Lic. Andrés Manuel López Obrador y que citan a derecha e izquierda al ideólogo del nacional-socialismo, es auto-refutarse: sus mentiras cotidianas, repetidas mañana, tarde y noche por todos los medios de comunicación, siguen siendo mentiras y no convencen a la inmensa mayoría de los mexicanos. Lo que Goebbels dijo, por lo tanto, no es cierto o vale sólo en determinados contextos de ignorancia y despolitización.

No es mi objetivo ocuparme de la boutade de Goebbels. Lo que a mí me interesa es más bien examinar el carácter abiertamente contradictorio de quienes por una parte lo vituperan y repudian y por la otra repiten como pericos lo que dijo como si fuera una verdad a priori. Por mi parte pienso, menos fanáticamente, que hay circunstancias y ocasiones que confirmarían lo que Goebbels afirmó, pero que hay otras en las que su afirmación resulta ser pura y simplemente falsa. Y yo estoy convencido de que un claro contra-ejemplo a la tesis de Goebbels, si es que se le quiere dar ese status, nos lo proporcionan precisamente las toneladas de mentiras que día a día vomitan a través de insulsos artículos de periódico o a lo largo de aburridos programas de radio y televisión los miembros (obviamente a sueldo) del ejército ideológico del sistema político que llevó a México al desastre, los quinta columnistas de la lucha en contra de la Cuarta Transformación de México, es decir, de ese gran proceso histórico, esa gran transformación política dirigida por el presidente de México. Este fenómeno es interesante porque podemos verlo reproducido, con las variantes correspondientes a cada latitud, en Argentina, en Perú, en Uruguay, en Bolivia y en algunos otros países latinoamericanos. El caso de México es, sin embargo, paradigmático por una serie de contingencias que vale la pena resaltar. Examinemos entonces a grandes rasgos la naturaleza del ataque que cotidianamente se despliega en contra de la titánica labor política que incansablemente desarrolla todos los días el Lic. Andrés Manuel López Obrador.

Todo mundo comprenderá, supongo, que la confrontación ideológica brota de manera natural en cualquier contexto de vida socialmente organizada. Es quizá hasta lógicamente imposible que, en una sociedad mínimamente compleja, prevalezca un acuerdo total entre todos los miembros de dicha sociedad respecto al amplísimo espectro de temas de organización política, producción de bienes de consumo, reparto de la riqueza generada, salud y seguridad de la población y así indefinidamente. En situaciones de vida estable normal, el que pululen ideas que se contraponen y excluyen unas a otras sirve para mantener la estabilidad y la armonía social básicas. El problema surge cuando se plantean escenarios extremos en los que o bien el pensamiento crítico está bajo un control gubernamental total de manera que se vuelve un factor políticamente inoperante o bien cuando dicho pensamiento se corrompe y actúa en contra de un gobierno legítimo de manera automática y con objetivos puramente destructivos. México, como todo mundo lo entiende y sabe, ha pasado por los dos escenarios. Por lo menos desde que el PRI se adueñara de los destinos de la nación, los ahora vociferantes soldados ideológicos no existían como gremio político activo serio: todo era “caravaneo”, adulación, sumisión perruna, auto-amordazamiento, pseudo-críticas cobardes e inofensivas, etc. En otras palabras, circo político-ideológico. Ahora en cambio nos topamos con toda una legión de agresivos soldados ideológicos, conformando un conjunto de lo más abigarrado posible y operando ya casi a ciegas, en forma automática, sin ton ni son, emitiendo tal cantidad de “críticas” al presidente y a los programas de gobierno que pierden prácticamente todo valor intelectual, moral y político. La maquinaria ideológica que se echó a andar (aceitada, desde luego, por incentivos en general bastante prosaicos) terminó por convertirse en una manivela que todo el tiempo da vueltas, pero que no produce ningún efecto real, un instrumento que no sirve para absolutamente nada. Peor aún: para sus dueños y amos, los efectos de dicha maquinaria resultan ya contraproducentes, como lo pusieron de manifiesto las elecciones de principios de mes. Cualquiera entiende que no fue MORENA quien obtuvo la mayoría, sino que el visto bueno por parte de más de la mitad de la población lo obtuvo el Lic. López Obrador. Él solito venció a la oposición; él es quien fundamenta y protege a MORENA, no al revés. El descalabro en la Ciudad de México se explica no por un rechazo de la población, sino por toda una serie de intrigas, ambiciones, traiciones, manipulaciones y demás, de las cuales evidentemente el presidente está perfectamente consciente. Pero el punto importante y relevante para nuestra exposición es que la guerra ideológica y propagandística orquestada en contra del presidente ha resultado ser un fiasco completo. Lo único que los “servicios de inteligencia” de la reacción han logrado ha sido reforzar la figura presidencial. Pero ¿es acaso explicable este ominoso fracaso de la oposición en el frente de las “ideas”? Yo creo que sí, Intentemos entonces justificar nuestra convicción.

El primer recordatorio que quisiera hacer es que si estamos frente a una situación de guerra ideológica sin treguas ni reglas es porque hay conflictos subyacentes de otra naturaleza, más importantes y decisivos. La primera e incuestionable premisa es que lo que el Lic. López Obrador está haciendo es revertir un proceso criminal de desmantelamiento y, en verdad, de desmembramiento del país, mediante el cual se colocó a la población en su conjunto, esto es, al pueblo de México, en una condición de servilismo, de dependencia y de sumisión frente a empresas trasnacionales, “élites” locales y gobiernos extranjeros. En otras palabras, la culminación lógica del descarado proceso político iniciado básicamente por Salinas de Gortari pero sistemáticamente continuado por los presidentes Zedillo, Fox, Calderón y Peña no era otra que la destrucción del país. Entender eso es entender la esencia y el sentido de la Cuarta Transformación: ésta consiste sencillamente en el rescate de los bienes de la nación, la devolución al pueblo de un mínimo de dignidad y de seguridad, la recuperación de la soberanía nacional y la construcción de una infraestructura que le garantice al país, si es conducido con la honestidad y la probidad con la que ha sido conducido por el Lic. López Obrador, su crecimiento y su bienestar. Este programa, como es obvio, choca frontalmente con el proyecto de una ultra-rapaz y desenraizada pero muy rica y poderosa minoría que, a través del cáncer social de la corrupción mental, moral y política con que envenenaron a México se había apoderado de las instituciones nacionales. Los anti-mexicanos de otros sexenios convirtieron a México en un casino controlado por ellos. Es justamente en el choque entre el antiguo plan de los políticos ahora derrotados y el del presidente López Obrador en lo que consiste el conflicto que en la actualidad se vive en nuestro país. Ello a su vez explica los ataques que cotidianamente se materializan en contra del presidente y su salvador proyecto de gobierno, pues dichos ataques no son más que la expresión ideológica del conflicto ya no tan oculto de carácter sobre todo, como era de esperarse, económico y político.

Motivaciones tan aviesas como despreciables de los soldados rasos ideológicos que hoy infectan al país hacen que su actuación sea en algún sentido serio de la palabra vergonzosa, pero la  guerra en la que están hundidos se vuelve risible y hasta grotesca cuando nos damos cuenta de que los emisarios a sueldo de los antiguos mandamases no saben decir más que estupideces, mentiras obvias, falacias pueriles, trivialidades, burlas sin chiste, evaluaciones tendenciosas, definiciones persuasivas y trampas argumentativas de lo más variado. Aquí tenemos ya un primer argumento de por qué la conspiración ideológica en contra del Lic. López Obrador no puede triunfar: las causas que combate son nobles y las causas que la inspira son viles. Las primeras ciertamente son benéficas para los ciudadanos mexicanos y adversas a los intereses de grupos indebidamente encumbrados; y a la inversa: las segundas son las que favorecen a grupúsculos privilegiados en detrimento obviamente del bienestar legítimo de las grandes masas del país. Sería en verdad muy injusto que los actuales sicofantes del Universal, de Radio Fórmula y de la infame “Hora de Opinar” del canal 4 de Televisa (por mencionar unos cuantos medios) lograran su cometido que no es otro que el de engatusar a la población convenciéndola de que lo que le conviene no le conviene y al revés. En otras palabras, dado el trasfondo del conflicto real los esfuerzos de los dizque-ideólogos anti-gubernamentales equivalen a pretender hacernos creen que lo blanco es negro y que 2 + 2 = 5. Rayan en lo absurdo!

Un segundo argumento que deja en claro por qué a estas alturas ya muy difícilmente los desesperados intentos propagandísticos reaccionarios podrían surtir los efectos buscados es que la labor desarrollada por el presidente, que es, por así decirlo, labor factual, esto es, actividad transformadora imposible de no percibir y sentir, despertó ya, aunque sea en un nivel básico o primario, la conciencia política de millones de personas. Todos esos millones que durante sexenios enteros fueron tratados como reses, como mercancías de valor inferior a quienes no había por qué explicarles las decisiones del gobierno no digamos ya rendirles cuentas, ya abrieron los ojos, ya saben lo que está en juego, ya intuyen (porque se les proporcionaron los elementos para ello) que los persistentes ataques al presidente y a la Cuarta Transformación no pasan de ser hipócritas acusaciones de resentidos y de malos perdedores. Pero los ilustres “críticos” del gobierno y del presidente parecen desconocer la historia y no entender sus lecciones. Permítaseme traer a colación un célebre diagnóstico político de un célebre pensador (que por ser tan bien conocido ni siquiera nombraré) que me parece pertinente y que ilustra perfectamente lo que quiero sostener. Dice mi autor:

Ciertamente, el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas; la fuerza material sólo puede ser derrocada por la fuerza material, pero también la teoría se vuelve una fuerza material tan pronto como las masas se apoderan de ella. La teoría es susceptible de apoderarse de las masas tan pronto demuestra ad hominem y demuestra ad hominem tan pronto se radicaliza. Y para el hombre la raíz es el hombre mismo.

Al buen entendedor, pocas palabras!

Nosotros debemos seguir adelante y presentar un tercer argumento que refuerza nuestra idea del carácter esencialmente fallido del despreciable ataque, básicamente verbal, de los soldados y los cabos ideológicos que denodadamente luchan para ganarse su pan nuestro de cada día denostando, injuriando, burlándose y tergiversando las explicaciones del presidente de México. El punto es que, continuando con el símil, en la encarnizada embestida en contra del Lic. López Obrador que todos los días toma cuerpo bajo la forma de articulitos, chismes, sesiones de auto-complacencia y ridículo elogio mutuo (“Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice …”, “Yo también coincido con lo que afirmó …”, etc., etc.), a lo único a lo que el presidente se enfrenta es a soldados, cabos y alguno que otro oficial de mayor rango. Es evidente que frente al soldado raso L. Zuckerman, Héctor Aguilar Camín es un oficial de alto rango. Tenemos que reconocer diferencias de nivel. En general, sin embargo, lo que visualizamos es una infantería dislocada, fantasiosa, a menudo vulgar, repetitiva hasta las lágrimas, promoviendo las explicaciones más superficiales posibles (eso sí: con tonos doctorales y tomándose a sí mismo muy en serio, como si lo que dijeran fuera profundo e importante), fusionando la “crítica” política con el albur de teatro de revista del siglo pasado y tratando locamente de hacer valer el pensamiento del odiado Goebbels. De lo que no parecen percatarse todos estos gladiadores políticos liliputenses es del efecto real que tienen en la gente sus odiosas palabras, poses, fantochadas y actitudes. Son tan ineptos que no se percatan de que lo que generan en las personas sencillas, pero no por ello tontas, es un inmenso desprecio por sus causas y sus personas. Hasta un campesino iletrado entiende por instinto que se pretende darle gato por liebre, que le están vendiendo basura mental, que le están implorando que por favor se deje volver a poner cadenas y grillete. Todos esos locutores, analistas y especialistas – tan incapaces de producir genuinos textos académicos que no les queda otra para ocultar su inepcia que redactar insignificantes artículos de tabloides y revistas propias de salones de belleza – son tan obvios en la realización de su artificial trabajo “intelectual” que dan risa: sus predicciones son falsas, sus justificaciones inválidas y, más en general, no saben hacer otra cosa que producir mero wishful thinking. Cualquiera entiende que con soldados así no se gana ninguna batalla.

Es innegable que el esfuerzo desplegado por el presidente ha sido hercúleo. Yo no sé de ningún mandatario en el mundo que se levante todos los días durante su mandato a las 5 de la mañana para preparar un sencillo informe dirigido a la población para la cual trabaja. Se dice fácil! Pero lo interesante es que con sus “mañaneras” el presidente ha neutralizado toneladas de desperdicio ideológico, escrito u oral. Es claro, sin embargo, que el éxito obtenido es sólo resultado del esfuerzo de un solo hombre, por lo que vale la pena preguntarse: ¿cómo sería si el presidente López Obrador viera reforzada su labor política con auténticos representantes ideológicos de su gran programa de reconstrucción social, si contara con su propio ejército que hiciera frente a la jauría de mercenarios que todos los días sacan sus trabajitos (que cada vez menos gente lee) con títulos dignos de cualquier bodrio de telenovela del Canal de las Estrellas? Todos sin duda tendrán presente que el paradigma de ignorancia y vulgaridad que es Vicente Fox cuando ocupó la presidencia tenía a su intérprete que todos los días explicaba “lo que el presidente quiso decir”. Absolutamente ridículo! El Lic. López Obrador, vale la pena recordarlo, no tiene semejantes apéndices. Él solito ha dado la batalla. Todos contra uno y ni así han ganado. Un espectáculo un tanto penoso!

¿Hay algún signo de que la crítica política no es seria sino más bien una mera forma de ganarse un dinero extra vendiendo a cambio la conciencia? Puede haber muchas, pero hay una que es infalible: es lo que podríamos llamar la “crítica total”. La consigna es criticar todo lo que haga o diga el presidente de la República: sus reformas constitucionales, su reorganización estatal, su creación de la Guardia Nacional o su integración al Ejército Mexicano, su recuperación de miles de millones de pesos perdidos por una cínica política de evasión fiscal, su solidaridad con pueblos hermanos para los cuales no hay vacunas en el mercado internacional, su genuina preocupación por los inmigrantes, su firmeza bien argumentada frente a líderes de otros gobiernos, sus proyectos de infraestructura y que solamente gente mal intencionada y de mente sucia podría poner en entredicho y así sucesivamente. Ahí tenemos la prueba de que la crítica no es racional ni constructiva, sino un mero producto artificial generado por un pago. Por eso la guerra ideológica en contra del presidente López Obrador está perdida de entrada. Eso, por otra parte, lo confirmaremos en la próxima consulta nacional sobre los ex–presidentes (un ejercicio y un ejemplo de auténtica democracia sin precedentes en México) y en las siguientes elecciones.

Da horror pensar que hubiera sido del país y de su gente si en esta época de pandemia hubiera gobernado México un Fox, un Zedillo o cualquier malhechor de esa estirpe. No se necesita ser premio nobel de literatura para imaginarlo. Todos se habrían dedicado a “salvar empresas”, puesto que son ellas las que generan trabajo y sostienen al país! Los negocios con las farmacéuticas habrían sido colosales, pero también todos habrían abandonado al pueblo a su suerte. Y también habríamos visto entonces a los actuales “críticos” del gobierno del presidente López Obrador rasgándose hipócritamente las vestiduras ante la miseria de sus compatriotas, pero cumpliendo a cabalidad con su función de parásitos aduladores y de merolicos profundamente orgullosos de sí mismos.

En Defensa de un Patriota

Sin duda, son incontables las ofensas que los seres humanos pueden hacerse unos a otros, pero podría pensarse que el fraude es una forma particularmente indignante de ofender. Obviamente, el concepto de fraude es uno de esos conceptos que se conocen (utilizando terminología ajena) como conceptos de “semejanzas de familia”. ¿Qué se quiere decir con eso? Básicamente, que hay multitud de prácticas que comparten unas con otras diversos rasgos, pero sin que las vincule un único elemento en común. Así, es perfectamente posible apuntar a un caso paradigmático de fraude y toparnos posteriormente en otros contextos con prácticas diferentes pero semejantes y a las que, por tener por ejemplo consecuencias similares, habría que clasificar también como fraudes. Un fraude a la nación es parecido a un fraude empresarial que a su vez se parece a un fraude artístico, éste a uno deportivo, etc., pero entre este último y el primero ya no hay mucho en común y sin embargo todos son fraudes. Es así como el lenguaje natural se expande. Por otra parte, las circunstancias en las que se comete un fraude contribuyen a hacerlo más o menos odioso. Por ejemplo, nos enteramos todos los días de casos en los que gente de recursos modestos y agobiada por el covid-19 hace esfuerzos denodados por adquirir tanques de oxígeno para sus parientes y cuando finalmente cree que ya se hizo de uno resulta que el tanque está dañado, que la compañía que se lo vendió no existe, que está vacío, etc. Naturalmente, fraudes así nos enfurecen, aunque no estemos directamente involucrados en el asunto. Lamentablemente, cuando es el dinero lo que está en juego mucha gente muy rápidamente, como se decía antes, “enseña el cobre”. Ahora bien, aunque quizá en última instancia y de una u otra forma el dinero siempre aparezca en el horizonte del fraude, lo que es claro es que no siempre es lo más prominente del caso. Consideremos un fraude intelectual, un plagio por ejemplo: alguien se roba ideas de otra persona expresadas durante una conversación o plasmadas en un diario secreto al que inopinadamente tuvo acceso y las publica como si fueran propias. Eso a primera vista al menos no tiene mucho que ver con dinero, pero ningún hablante normal negaría que se trata de un fraude y para los académicos de lo más horroroso que pueda haber, dicho sea de paso. En un caso así se hace claramente algo en contra de la voluntad del, por así llamarlo, ‘propietario de las ideas’, cuyos intereses académicos se ven objetivamente perjudicados. Es interesante observar, sin embargo, que también podemos hablar de fraude intelectual cuando el autor de un texto oculta su autoría para dejar que otra persona pase oficialmente como autor. Aunque el impostor no haya violentado los derechos de nadie, para los lectores que no están al tanto de la transacción se trataría de un auténtico fraude. Individuos (del género que sea) de esta clase abundan pero, naturalmente, son difíciles de desenmascarar, Dado que no hay quejoso ni delito que perseguir: ¿cómo puede demostrarse, en un sentido fuerte de ‘demostración’, que alguien no es el autor de un texto? Este problema es realmente una variante de un tema interesante en filosofía como lo es el de las pruebas de no existencia, que son las más difíciles de ofrecer porque ¿cómo se demuestra que algo no existe? Nótese que esto es como preguntar: ¿cómo se demuestra que alguien no es el autor de un texto en el que aparece como autor? La respuesta inmediata es: no es nada fácil y lo más probable es que sólo se pueda conjeturar al respecto. Realmente, lo más que se puede hacer es hipotetizar, atar cabos, establecer paralelismos, reconstruir trasfondos y cosas por el estilo de manera que la verdad de una u otra forma se refleje. No obstante, hay que admitirlo, una prueba en sentido estricto, esto es, una deducción formalmente correcta a partir de premisas que todos aceptan como verdaderas, es prácticamente imposible de proporcionar. Me parece que lo más que se puede hacer es presentar el caso lo más convincentemente posible y luego dejar que los demás se formen su propia opinión. En todo caso, en lo que a nosotros atañe es nuestro deber darle un uso correcto a nuestra libertad de pensamiento y de palabra y cauta pero decididamente aventurarnos por las agitadas aguas de la discusión y la especulación.

Mi tarea en esta ocasión consiste en examinar en unas cuantas páginas lo que de manera natural hace pensar en lo que más de uno cree que se trata de un cínico fraude intelectual, en la segunda de las modalidades mencionadas más arriba. Me refiero a un libro cuya temática aparente es la salud pública, pero en realidad el objetivo no es otro que el de desacreditar y desprestigiar la política desarrollada frente a la pandemia por el gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador. El chivo expiatorio de esta cruzada politiquera, sin embargo, es el Sub-Secretario de Salud, es decir, el encargado oficial de implementar y publicitar la política gubernamental frente al grave y sumamente complejo problema causado por el coronavirus. ¿Quién es esa persona, presentada por la autora del libelo, como el enemigo público número uno? El Sub-Secretario de Salud, el Dr. Hugo López Gatell. Uno de inmediato se pregunta: ¿qué se puede objetar en principio a un funcionario honesto, inteligente, preparado, trabajador, elocuente y que sistemáticamente le ha dado la cara a la gente con toda clase de explicaciones y aclaraciones?¿Cuándo en la historia de México ha habido un Sub-Secretario de salud así? Más aún: ¿cuándo habíamos tenido un funcionario público como él? De entrada, algo huele mal en todo esto.

Partamos entonces de datos básicos. Hace no más de un par de semanas apareció, publicado por la bien conocida casa editorial Planeta, un libro con el escandaloso título de ‘Daño Irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México’. A la autora oficial del libro, Dra. Laurie Anne Ximénez Fyvie, me referiré brevemente a lo largo del artículo, pero antes quisiera presentar de manera sucinta el contenido de lo que muchos consideran ya que sin duda será su magnum opus, el libro que la hará pasar a la historia.

Quizá debamos empezar caracterizando el texto en cuestión. En primer lugar, hasta un analfabeta podría darse cuenta de que no se trata de un texto que recoja el producto de una investigación científica. Los datos que la autora maneja proceden en su inmensa mayoría de periódicos. Sus fuentes son El Financiero, el periódico más desinformador del mundo, esto es, el New York Times, la revista de G. Soros, Newsweek y alguno que otro más. La meta de la autora no es desde luego proporcionar un análisis serio de una determinada política gubernamental sino más bien articular una obscena denostación de un miembro prominente del actual gobierno, si bien el ataque indirectamente se extiende también, de manera no muy sutil, al actual presidente de México. El libro es de un oportunismo político fantástico y en él se aprovechan al máximo y de la manera más descarada las penosas condiciones por las que atraviesa no sólo el pueblo de México, sino la humanidad en su conjunto. La fabulosa tesis central de la autora, para encontrar la cual no se ha de haber estrujado mucho el cerebro y que repite ad nauseam a lo largo y ancho de su “estudio”, es que el Dr. López Gatell es el causante y por ende el culpable de las muertes por covid-19 acaecidas en México! Si tuviera el tiempo y el espacio necesarios dedicaría unas páginas al examen de las nociones de causa y de culpabilidad para mostrar de manera fehaciente lo injustificado y penosamente absurdo de acusaciones tan irresponsables como esas, pero me temo que tendré que dejar ese ejercicio para otra ocasión. En todo caso, el terrible desastre humano causado por el virus, de acuerdo con la autora, era perfectamente evitable si tan sólo se hubieran tomado un par de sencillas medidas de sentido común, medidas que sin embargo el gobierno de México (aparentemente dirigido por el maléfico Dr. López Gatell) deliberadamente habría evitado tomar, pero que ahora ella valientemente denuncia. ¿Cuáles eran, de acuerdo con esta polifacética investigadora universitaria, esas milagrosas medidas que diabólicamente el Dr. López Gatell habría bloqueado? Al intentar responder a esta pregunta empieza automáticamente a sentirse que el texto que nos ocupa es todo menos serio. ¿Por qué digo esto? Porque la autora no propone una sola solución concreta al inmenso problema de la pandemia, sino que se contenta con proporcionar como respuesta una etiqueta que no sirve para absolutamente nada, puesto que podría aplicársele a un sinfín de propuestas que hasta podrían ser incompatibles entre sí! Por ejemplo, nos repite hasta el mareo que lo que había que hacer era “evitar el contagio”. Waoh! Qué sugerencia tan espléndida, maravillosa idea sin duda, pero la pregunta que de inmediato se plantea y que ella ciertamente no responde es: ¿y cómo se logra eso? No basta con decir que hay que “evitar el contagio”, que no es más que una frase al aire, una mera fórmula que no sirve para gran cosa puesto que, por ejemplo, el contagio se podría evitar si se exterminara a toda la población sólo que, obviamente, esa no sería la solución. A pesar de no rebasar el plano de las contestaciones de ocurrencia, la eminente Dra. Ximénez tiene preparada una respuesta. De acuerdo con ella, la expansión del virus tiene tres causas fundamentalmente:

a) no se promovió el uso del cubre bocas.

b) no se hicieron pruebas a granel para detectar pacientes asintomáticos.

c) no se instauró el toque de queda o, para decirlo más mansamente, la cuarentena obligatoria.

A estas alturas quizá el lector ya se habrá dado cuenta de que la autora le está tomando el pelo, puesto que a una pregunta que requiere una respuesta concreta ella responde con nuevas fórmulas que a su vez requieren de ejemplificaciones concretas que, obviamente, ella nunca proporciona. Lo que falta en todo su planteamiento es ni más ni menos que el saber cómo, instrucciones precisas sobre qué hacer, cómo proceder y sin lo cual lo único que se hace es jugar con palabras. Es como si se le dijera a la gente que la solución a los problemas de la vida consiste en ser feliz, pero cuando se nos pregunta cómo se es feliz se nos responde que haciendo el bien y si preguntamos cómo se hace el bien se nos contesta con otra formulita como ‘Hay que conocerse a sí mismos’ y así indefinidamente. La falacia sale entonces a flote: se critica una política concreta con objeciones que nunca desembocan en una propuesta política concreta. Qué fácil y qué cómodo! Así cualquiera!

Invito ahora al lector a que nos preguntemos conjuntamente qué características tienen las muy originales propuestas de la Dra. Ximénez. La primera e inmensa falacia que detectamos en su documento consiste en que basándose en hechos indubitables, ella postula una fácil situación contrafáctica, esto es, una propuesta imposible de verificar si funciona o no, pero que le sirve para desacreditar la política real ejercida por el actual gobierno. Así, se contrasta una situación existente sólo en la imaginación de la doctora con una política efectivamente aplicada y, naturalmente, esta última sale mal parada; se contrasta una situación totalmente descontextualizada e irrealizable con decisiones reales pero naturalmente expuestas a las limitaciones que imponen la experiencia y la realidad. Por un lado, entonces, se postulan posibilidades maravillosas pero que nadie sabe cómo podrían materializarse, por medio de ellas se juzga negativamente esfuerzos reales, trabajo cotidiano, justicia impartida y finalmente se manda todo en bloque al bote de la basura. Así, por ejemplo, la autora pontifica que había que haber impuesto la cuarentena, es decir, había que haber obligado a los habitantes del país a mantenerse en sus casas durante tres o cuatro semanas. No voy a abundar sobre sus fáciles y poco finas ironías sobre el tema, porque quisiera contemplar en serio momentáneamente dicha posibilidad. La pregunta que de inmediato queremos plantearle y que ella nunca responde en su escrito es: ¿cómo se impone la cuarentena en México? Ilústrenos, doctora! ¿Se supone que no sólo todos los delincuentes, los narcotraficantes, los secuestradores, etc., sino también toda esa gente que organiza fiestas privadas, bodas, pachangas de toda índole, así como las multitudes de personas que tienen que salir diariamente a trabajar acatarían sumisos una medida gubernamental como esa? ¿A nivel nacional? Yo me pregunto si la autora está en sus cabales y si habla del México real o de un México que ella se inventó para fantasear libremente y poder después afirmar lo que le viniera en gana. ¿Acaso no entiende la doctora que se habría tenido que poner al ejército, a la Guardia Nacional, a todas las policías del país en pie de guerra y que ni así hubieran bastado? Probablemente a la autora del bodrio que comentamos le habría encantado que el gobierno impusiera sus decisiones con las bayonetas por delante, porque entonces se le podría acusar de fascista, anti-democrático, etc., etc., sólo que el gobierno del presidente López Obrador no cayó en la trampa. Todos sabemos que no sólo de hecho una decisión como esa no habría funcionado, sino que hubiera sido también la receta ideal para incendiar el país! Podemos entonces sostener que en realidad a lo que se dedica la autora de este infame texto, en el que prácticamente lo único que hace es cebarse una y otra vez con uno de los mejores, de los más competentes funcionarios públicos que ha tenido México, es simplemente a entretenerse postulando soluciones en abstracto pero sin proponer nunca nada fácticamente realizable. Como ella no parece tener una perspectiva política clara, va más allá de sus capacidades visualizar siquiera lo que serían las consecuencias inmediatas de sus dizque “propuestas”. Afortunadamente, el presidente López Obrador sí conoce el material humano del país y sabe que una medida como la del toque de queda o el estado de excepción o cosas por el estilo, que en la desbordada imaginación de la Dra. Ximénez era tan simple de tomar, hubiera llevado al país a una conflagración espantosa, un conflicto que le habría costado a México muchas más muertes que las causadas por el virus y que, por si fuera poco, habría sido de balde. De manera que la muy sesuda propuesta de la Dra. Ximénez, a la que sin duda llegó después de agotadores esfuerzos mentales, es no sólo infantil sino profundamente malintencionada.

         Consideremos el argumento del cubre bocas. Una vez más, la posición del Dr. López Gatell no es expuesta de manera honesta, puesto que nunca se presentan sus razones. Hasta donde yo sé, no sólo el Dr. López Gatell usa el cubre bocas, sino que nunca le ha prohibido a nadie usarlo. Lo que él ha sostenido una y otra vez es que, por las características del virus (para dar una idea, se sabe que todos los coronavirus del mundo juntos caben en una cucharita de té), el uso del cubre bocas no es una garantía de que uno no se vaya a contagiar. Dadas las características del virus, es lógicamente imposible que un simple cubre bocas nos proteja totalmente del bicho en cuestión. De hecho, la recomendación de usar el cubre bocas podría hasta resultar contraproducente. ¿Por qué? Porque mucha gente podría creer que con el cubre bocas basta para inmunizarse frente al virus y entonces es altamente probable que descuidara otras medidas que son igualmente importantes. Lo que me queda claro después de haber leído de arriba abajo su producto es que la autora oficial del texto nunca explica por qué el cubre bocas es importante. Yo en lo personal creo que lo es, pero tengo mis razones para pensar eso y lo que constato es que ella no ofrece una sola. Ello se debe a que su texto no pretende tener un carácter positivo o constructivo. De hecho se le puede acusar, siendo lo docta que parece ser en relación con todos los asuntos de virología y tan preocupada por los infortunios de la gente, de que no se tome ni siquiera la molestia de darle a su potencial lector, al ciudadano medio, un solo consejo práctico. Es de suponerse que ella habría podido, si lo que tanto la angustiaba era la salud de los mexicanos, darle a la gente algún consejo simple pero útil. Habría podido, por ejemplo, recomendar los baños de sol para que la gente produzca, a través de su piel, la vitamina D que tanto se requiere en este caso; habría podido indicarle a la gente que es muy útil tomar diariamente una cápsula de zinc, que ayuda a impedir que el virus se reproduzca dentro del organismo (ella que tanto sabe al respecto!); si es el bienestar de nuestros compatriotas lo que efectivamente la hubiera motivado a redactar su panfleto, lo menos que hubiera podido hacer habría sido recordarles que la alimentación adecuada es crucial, que el enemigo mortal de los mexicanos es el azúcar (creo que esto último ella no habría querido suscribirlo, dado que todo indica que “simpatiza” con diversos sectores de la gran industria, en particular con la farmacéutica. Sobre eso diré algo más abajo) y habría podido sugerir una dieta razonable y accesible a la gente, explicando por qué era importante que la siguieran. Pero esa carencia total de aportaciones positivas indica que su deseo no era el de ayudar a los demás. “Su” “libro” no tiene otra objetivo que el de, casi literalmente, crucificar al Dr. López Gatell, a quien se culpa por las muertes por covid-19. Eso es como acusar a Einstein por los muertos de Hiroshima. Y, claro está, el que la acusación sea francamente ridícula algo revela acerca de los objetivos secretos de la autora.

Curiosamente, hay un punto que la Dra. Ximénez sólo de paso menciona y en relación con el cual me parece que hace una de sus muy escasas aseveraciones dignas de ser tomadas en cuenta. Desafortunadamente, ella desaprovecha la ocasión para desarrollar el tema y usa la idea sólo para escandalosamente volver a condenar al Dr. López Gatell. Lo que ella señala es que algo que ha coadyuvado a la expansión de virus en nuestro país es el hecho de que las autoridades mexicanas no hayan impuesto, como en muchos otros países ya se hizo, restricciones a la llegada de viajeros, nacionales o extranjeros. Yo creo que podemos estar de acuerdo con esa crítica, que no es de ella sino de todos, pero lo que me parece soberanamente ridículo es criticar al Sub-Secretario de Salud por lo que hacen o dejan de hacer quienes están al frente de la Secretaría de Gobernación, en la de la Defensa, eventualmente en la de Relaciones Exteriores o quizá de alguna otra. En qué condiciones se entra y se sale del país no es algo que al Sub-Secretario de Salud le corresponda determinar! Pero entonces ¿qué valor puede tener una crítica de esa naturaleza? Lo que pasa es que el blanco elegido a priori y relativamente fácil para atacar al presidente López Obrador y desacreditar su política en relación con el tema de la salud pública no podía ser otro que el Dr. López Gatell. Tenemos ante los ojos un ejemplo formidable de cómo se debe castigar la decencia y la honestidad política.

Llama mucho la atención que una dentista, especialista en genética, de pronto resulte también politóloga, economista, socióloga y hasta futuróloga. Ella sabe de todo y libremente se pronuncia sobre diversos temas con total indiferencia respecto a si es coherente o se contradice. Yo sostengo que es contradictoria, por ejemplo, cuando afirma, por un lado, que la pandemia era totalmente evitable y controlable pero, por el otro, que la pandemia llegó para quedarse y que tendremos que convivir con ella en los próximos lustros. Si esto es efectivamente así, entonces simplemente es falso que hubiera podido evitarse. Pero dejando de lado fallas tan patentes como esa, yo quisiera preguntar: ¿qué es lo que la Dra. Ximénez hace realmente? Ella se limita a repetir las versiones más baratas en circulación sobre el origen de la enfermedad, que en última instancia ella explica como resultado de lo que en su descripción son repugnantes mercados chinos. Pero su explicación, aparte de pueril e injustificada, falla en el punto crucial puesto que después de aleccionarnos sobre el origen natural del coronavirus, que de acuerdo con la consigna universal de los medios de desinformación consistió en una transmisión de virus de murciélagos a pangolines y de pangolines a seres humanos, ella explícitamente reconoce que no tiene ni la menor idea de cómo pasó de los primeros a los segundos y de los segundos a los terceros. Infiero que ella no está consciente de que sus datos sobre la aparición del coronavirus son simplemente falsos: por si no lo sabía, éste ya estaba en circulación hasta en Estados Unidos tres meses antes de que el gobierno de la República Popular China lo diera a conocer. Y en relación con las tenebrosas realidades de la carrera bacteriológica de las grandes potencias, la participación en todo el fenómeno de la pandemia por parte de las mega-corporaciones trasnacionales, las estrategias de bancos y corporaciones internacionales para endeudar países y convertirlos en los nuevos esclavos del post-neoliberalismo, etc., la Dra. Ximénez guarda un sepulcral silencio y no parece estar al tanto de absolutamente nada. Todo esto hace ver que desde un punto de vista estrictamente científico su libro carece totalmente de valor: no contiene ningún resultado que no haya salido de periódicos o que no se pueda encontrar en páginas de internet y que no sea más bien la expresión de un veloz intercambio de ideas a nivel popular, digamos, a nivel de corredor de facultad.

¿Qué resulta profundamente molesto del libro de la Dra. Ximénez? La un tanto repulsiva mezcolanza de pseudo-crítica política con una permanente lamentación por las víctimas de la pandemia, una lamentación que para cualquier lector mínimamente instruido resulta hueca, vacua, huera, vacía, falsa, puramente verbal. Alguien que realmente comparte el dolor del otro no se expresa como ella lo hace. El libro culmina con un trozo de autobiografía en donde ella se presenta a sí misma como una especie de heroína mitológica, una valkiria o una amazona que, aunque padeciendo graves problemas físicos, sale al ruedo a defender los sentimientos y los intereses del pueblo de México, desde Baja California hasta Yucatán. Admirable, sólo que su producto responde más bien a intereses políticos de otro nivel y muy claramente delineados, intereses que rebasan con mucho el marco de la odontología y que no tienen nada que ver con penas populares. “Su» «libro” es ante todo una venganza, un linchamiento político de un hombre honrado, competente y, sobre todo, leal. La única forma de entender tanto encono y tanto odio consiste en percatarse de que la política anti-corrupción en el sector farmacéutico, una política exitosamente implementada o dirigida por el actual Sub-Secretario, fue efectiva y está contribuyendo a limpiar el sector salud de la fangosa corrupción en la que estaba hundido. Todos recordamos los terribles chantajes ejercidos al inicio del sexenio por monopolios y por toda clase de intermediarios que consagraron toda su energía a entorpecer la distribución justa y equitativa de las medicinas, a desaparecerlas y hasta a robárselas para que la gente padeciera su carencia y le diera entonces la espalda al gobierno del Lic. López Obrador. El problema es que este gobierno no se dejó arredrar y las cosas se fueron corrigiendo poco a poco. Pero la nueva política de la Cuarta Transformación generó un odio terrible que se concentró en quien obviamente es el símbolo de la sanitización administrativa en el sector salud. Eso sí que explica el odio con el que la autora se solaza insultando, denigrando, difamando al muy respetable Dr. Hugo López Gatell, un hombre con el que (¿apostamos?), ella no podría sostener un debate serio ni cinco minutos. El nivel de su libro deja perfectamente en claro que no tendría con qué ganar una polémica. La animadversión, sin embargo, es tan grande que la autora hace un mal encaminado esfuerzo (sin éxito y de manera contraproducente) por ridiculizar al Dr. López Gatell hasta físicamente! Sobre ese aspecto de la obra de la Dra. Ximénez no entraré, pero sí quiero decir abiertamente que si bien la genética, la virología, etc., no son nuestras áreas, tampoco somos tarados y sabemos discernir en múltiples contextos entre seriedad y charlatanería.

Yo imagino que el Sistema Nacional de Investigadores no contará el tristemente famoso libro de la Dra. Ximénez como una aportación al campo de … ¿de qué?¿Del periodismo barato?¿De la tergiversación ideológica y factual? Con toda franqueza: ¿qué valor académico podría adjudicársele a esta obra? El texto está escrito de principio a fin en un estilo de pasquín rebasado, plagado de coloquialismos inadmisibles en cualquier contexto serio (‘este cuate’, ‘nunca dio el ancho’, ‘Me equivoqué durísimo’ y vulgaridades por el estilo, de las cuales está plagado). En él se recoge y repite lo que han dicho reaccionarios grotescos y bárbaros como M. Macri y sus seguidores allá en Argentina y lo que diría cualquier “intelectual” al servicio de los poderosos en cualquier parte del mundo y en cualquier época. Y esto me lleva a un último punto.

Se ha tratado de presentar el texto de la nunca suficientemente bien ponderada Dra. Ximénez como un texto representativo de la UNAM. Yo protesto y me opongo tajantemente a semejante descripción. Es simplemente falso que la UNAM haya respondido a la pandemia con los exabruptos de la Dra. Ximénez. En el mejor de los casos, lo que ella pone en el papel son sus opiniones personales y éstas ciertamente no son representativas de los universitarios. Esa es otra de las patrañas a las que este texto induce. Teniendo entonces presente lo que hemos afirmado, podemos ahora sí replantear nuestra inquietud inicial: con el libro Un Daño Irreparable: ¿estamos frente a un fraude en el sentido indicado al inicio del artículo o no? Yo ya me formé mi opinión y no tengo dudas al respecto. Me temo, apreciado lector, que le toca a usted formarse la suya.