En Defensa de un Patriota

Sin duda, son incontables las ofensas que los seres humanos pueden hacerse unos a otros, pero podría pensarse que el fraude es una forma particularmente indignante de ofender. Obviamente, el concepto de fraude es uno de esos conceptos que se conocen (utilizando terminología ajena) como conceptos de “semejanzas de familia”. ¿Qué se quiere decir con eso? Básicamente, que hay multitud de prácticas que comparten unas con otras diversos rasgos, pero sin que las vincule un único elemento en común. Así, es perfectamente posible apuntar a un caso paradigmático de fraude y toparnos posteriormente en otros contextos con prácticas diferentes pero semejantes y a las que, por tener por ejemplo consecuencias similares, habría que clasificar también como fraudes. Un fraude a la nación es parecido a un fraude empresarial que a su vez se parece a un fraude artístico, éste a uno deportivo, etc., pero entre este último y el primero ya no hay mucho en común y sin embargo todos son fraudes. Es así como el lenguaje natural se expande. Por otra parte, las circunstancias en las que se comete un fraude contribuyen a hacerlo más o menos odioso. Por ejemplo, nos enteramos todos los días de casos en los que gente de recursos modestos y agobiada por el covid-19 hace esfuerzos denodados por adquirir tanques de oxígeno para sus parientes y cuando finalmente cree que ya se hizo de uno resulta que el tanque está dañado, que la compañía que se lo vendió no existe, que está vacío, etc. Naturalmente, fraudes así nos enfurecen, aunque no estemos directamente involucrados en el asunto. Lamentablemente, cuando es el dinero lo que está en juego mucha gente muy rápidamente, como se decía antes, “enseña el cobre”. Ahora bien, aunque quizá en última instancia y de una u otra forma el dinero siempre aparezca en el horizonte del fraude, lo que es claro es que no siempre es lo más prominente del caso. Consideremos un fraude intelectual, un plagio por ejemplo: alguien se roba ideas de otra persona expresadas durante una conversación o plasmadas en un diario secreto al que inopinadamente tuvo acceso y las publica como si fueran propias. Eso a primera vista al menos no tiene mucho que ver con dinero, pero ningún hablante normal negaría que se trata de un fraude y para los académicos de lo más horroroso que pueda haber, dicho sea de paso. En un caso así se hace claramente algo en contra de la voluntad del, por así llamarlo, ‘propietario de las ideas’, cuyos intereses académicos se ven objetivamente perjudicados. Es interesante observar, sin embargo, que también podemos hablar de fraude intelectual cuando el autor de un texto oculta su autoría para dejar que otra persona pase oficialmente como autor. Aunque el impostor no haya violentado los derechos de nadie, para los lectores que no están al tanto de la transacción se trataría de un auténtico fraude. Individuos (del género que sea) de esta clase abundan pero, naturalmente, son difíciles de desenmascarar, Dado que no hay quejoso ni delito que perseguir: ¿cómo puede demostrarse, en un sentido fuerte de ‘demostración’, que alguien no es el autor de un texto? Este problema es realmente una variante de un tema interesante en filosofía como lo es el de las pruebas de no existencia, que son las más difíciles de ofrecer porque ¿cómo se demuestra que algo no existe? Nótese que esto es como preguntar: ¿cómo se demuestra que alguien no es el autor de un texto en el que aparece como autor? La respuesta inmediata es: no es nada fácil y lo más probable es que sólo se pueda conjeturar al respecto. Realmente, lo más que se puede hacer es hipotetizar, atar cabos, establecer paralelismos, reconstruir trasfondos y cosas por el estilo de manera que la verdad de una u otra forma se refleje. No obstante, hay que admitirlo, una prueba en sentido estricto, esto es, una deducción formalmente correcta a partir de premisas que todos aceptan como verdaderas, es prácticamente imposible de proporcionar. Me parece que lo más que se puede hacer es presentar el caso lo más convincentemente posible y luego dejar que los demás se formen su propia opinión. En todo caso, en lo que a nosotros atañe es nuestro deber darle un uso correcto a nuestra libertad de pensamiento y de palabra y cauta pero decididamente aventurarnos por las agitadas aguas de la discusión y la especulación.

Mi tarea en esta ocasión consiste en examinar en unas cuantas páginas lo que de manera natural hace pensar en lo que más de uno cree que se trata de un cínico fraude intelectual, en la segunda de las modalidades mencionadas más arriba. Me refiero a un libro cuya temática aparente es la salud pública, pero en realidad el objetivo no es otro que el de desacreditar y desprestigiar la política desarrollada frente a la pandemia por el gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador. El chivo expiatorio de esta cruzada politiquera, sin embargo, es el Sub-Secretario de Salud, es decir, el encargado oficial de implementar y publicitar la política gubernamental frente al grave y sumamente complejo problema causado por el coronavirus. ¿Quién es esa persona, presentada por la autora del libelo, como el enemigo público número uno? El Sub-Secretario de Salud, el Dr. Hugo López Gatell. Uno de inmediato se pregunta: ¿qué se puede objetar en principio a un funcionario honesto, inteligente, preparado, trabajador, elocuente y que sistemáticamente le ha dado la cara a la gente con toda clase de explicaciones y aclaraciones?¿Cuándo en la historia de México ha habido un Sub-Secretario de salud así? Más aún: ¿cuándo habíamos tenido un funcionario público como él? De entrada, algo huele mal en todo esto.

Partamos entonces de datos básicos. Hace no más de un par de semanas apareció, publicado por la bien conocida casa editorial Planeta, un libro con el escandaloso título de ‘Daño Irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México’. A la autora oficial del libro, Dra. Laurie Anne Ximénez Fyvie, me referiré brevemente a lo largo del artículo, pero antes quisiera presentar de manera sucinta el contenido de lo que muchos consideran ya que sin duda será su magnum opus, el libro que la hará pasar a la historia.

Quizá debamos empezar caracterizando el texto en cuestión. En primer lugar, hasta un analfabeta podría darse cuenta de que no se trata de un texto que recoja el producto de una investigación científica. Los datos que la autora maneja proceden en su inmensa mayoría de periódicos. Sus fuentes son El Financiero, el periódico más desinformador del mundo, esto es, el New York Times, la revista de G. Soros, Newsweek y alguno que otro más. La meta de la autora no es desde luego proporcionar un análisis serio de una determinada política gubernamental sino más bien articular una obscena denostación de un miembro prominente del actual gobierno, si bien el ataque indirectamente se extiende también, de manera no muy sutil, al actual presidente de México. El libro es de un oportunismo político fantástico y en él se aprovechan al máximo y de la manera más descarada las penosas condiciones por las que atraviesa no sólo el pueblo de México, sino la humanidad en su conjunto. La fabulosa tesis central de la autora, para encontrar la cual no se ha de haber estrujado mucho el cerebro y que repite ad nauseam a lo largo y ancho de su “estudio”, es que el Dr. López Gatell es el causante y por ende el culpable de las muertes por covid-19 acaecidas en México! Si tuviera el tiempo y el espacio necesarios dedicaría unas páginas al examen de las nociones de causa y de culpabilidad para mostrar de manera fehaciente lo injustificado y penosamente absurdo de acusaciones tan irresponsables como esas, pero me temo que tendré que dejar ese ejercicio para otra ocasión. En todo caso, el terrible desastre humano causado por el virus, de acuerdo con la autora, era perfectamente evitable si tan sólo se hubieran tomado un par de sencillas medidas de sentido común, medidas que sin embargo el gobierno de México (aparentemente dirigido por el maléfico Dr. López Gatell) deliberadamente habría evitado tomar, pero que ahora ella valientemente denuncia. ¿Cuáles eran, de acuerdo con esta polifacética investigadora universitaria, esas milagrosas medidas que diabólicamente el Dr. López Gatell habría bloqueado? Al intentar responder a esta pregunta empieza automáticamente a sentirse que el texto que nos ocupa es todo menos serio. ¿Por qué digo esto? Porque la autora no propone una sola solución concreta al inmenso problema de la pandemia, sino que se contenta con proporcionar como respuesta una etiqueta que no sirve para absolutamente nada, puesto que podría aplicársele a un sinfín de propuestas que hasta podrían ser incompatibles entre sí! Por ejemplo, nos repite hasta el mareo que lo que había que hacer era “evitar el contagio”. Waoh! Qué sugerencia tan espléndida, maravillosa idea sin duda, pero la pregunta que de inmediato se plantea y que ella ciertamente no responde es: ¿y cómo se logra eso? No basta con decir que hay que “evitar el contagio”, que no es más que una frase al aire, una mera fórmula que no sirve para gran cosa puesto que, por ejemplo, el contagio se podría evitar si se exterminara a toda la población sólo que, obviamente, esa no sería la solución. A pesar de no rebasar el plano de las contestaciones de ocurrencia, la eminente Dra. Ximénez tiene preparada una respuesta. De acuerdo con ella, la expansión del virus tiene tres causas fundamentalmente:

a) no se promovió el uso del cubre bocas.

b) no se hicieron pruebas a granel para detectar pacientes asintomáticos.

c) no se instauró el toque de queda o, para decirlo más mansamente, la cuarentena obligatoria.

A estas alturas quizá el lector ya se habrá dado cuenta de que la autora le está tomando el pelo, puesto que a una pregunta que requiere una respuesta concreta ella responde con nuevas fórmulas que a su vez requieren de ejemplificaciones concretas que, obviamente, ella nunca proporciona. Lo que falta en todo su planteamiento es ni más ni menos que el saber cómo, instrucciones precisas sobre qué hacer, cómo proceder y sin lo cual lo único que se hace es jugar con palabras. Es como si se le dijera a la gente que la solución a los problemas de la vida consiste en ser feliz, pero cuando se nos pregunta cómo se es feliz se nos responde que haciendo el bien y si preguntamos cómo se hace el bien se nos contesta con otra formulita como ‘Hay que conocerse a sí mismos’ y así indefinidamente. La falacia sale entonces a flote: se critica una política concreta con objeciones que nunca desembocan en una propuesta política concreta. Qué fácil y qué cómodo! Así cualquiera!

Invito ahora al lector a que nos preguntemos conjuntamente qué características tienen las muy originales propuestas de la Dra. Ximénez. La primera e inmensa falacia que detectamos en su documento consiste en que basándose en hechos indubitables, ella postula una fácil situación contrafáctica, esto es, una propuesta imposible de verificar si funciona o no, pero que le sirve para desacreditar la política real ejercida por el actual gobierno. Así, se contrasta una situación existente sólo en la imaginación de la doctora con una política efectivamente aplicada y, naturalmente, esta última sale mal parada; se contrasta una situación totalmente descontextualizada e irrealizable con decisiones reales pero naturalmente expuestas a las limitaciones que imponen la experiencia y la realidad. Por un lado, entonces, se postulan posibilidades maravillosas pero que nadie sabe cómo podrían materializarse, por medio de ellas se juzga negativamente esfuerzos reales, trabajo cotidiano, justicia impartida y finalmente se manda todo en bloque al bote de la basura. Así, por ejemplo, la autora pontifica que había que haber impuesto la cuarentena, es decir, había que haber obligado a los habitantes del país a mantenerse en sus casas durante tres o cuatro semanas. No voy a abundar sobre sus fáciles y poco finas ironías sobre el tema, porque quisiera contemplar en serio momentáneamente dicha posibilidad. La pregunta que de inmediato queremos plantearle y que ella nunca responde en su escrito es: ¿cómo se impone la cuarentena en México? Ilústrenos, doctora! ¿Se supone que no sólo todos los delincuentes, los narcotraficantes, los secuestradores, etc., sino también toda esa gente que organiza fiestas privadas, bodas, pachangas de toda índole, así como las multitudes de personas que tienen que salir diariamente a trabajar acatarían sumisos una medida gubernamental como esa? ¿A nivel nacional? Yo me pregunto si la autora está en sus cabales y si habla del México real o de un México que ella se inventó para fantasear libremente y poder después afirmar lo que le viniera en gana. ¿Acaso no entiende la doctora que se habría tenido que poner al ejército, a la Guardia Nacional, a todas las policías del país en pie de guerra y que ni así hubieran bastado? Probablemente a la autora del bodrio que comentamos le habría encantado que el gobierno impusiera sus decisiones con las bayonetas por delante, porque entonces se le podría acusar de fascista, anti-democrático, etc., etc., sólo que el gobierno del presidente López Obrador no cayó en la trampa. Todos sabemos que no sólo de hecho una decisión como esa no habría funcionado, sino que hubiera sido también la receta ideal para incendiar el país! Podemos entonces sostener que en realidad a lo que se dedica la autora de este infame texto, en el que prácticamente lo único que hace es cebarse una y otra vez con uno de los mejores, de los más competentes funcionarios públicos que ha tenido México, es simplemente a entretenerse postulando soluciones en abstracto pero sin proponer nunca nada fácticamente realizable. Como ella no parece tener una perspectiva política clara, va más allá de sus capacidades visualizar siquiera lo que serían las consecuencias inmediatas de sus dizque “propuestas”. Afortunadamente, el presidente López Obrador sí conoce el material humano del país y sabe que una medida como la del toque de queda o el estado de excepción o cosas por el estilo, que en la desbordada imaginación de la Dra. Ximénez era tan simple de tomar, hubiera llevado al país a una conflagración espantosa, un conflicto que le habría costado a México muchas más muertes que las causadas por el virus y que, por si fuera poco, habría sido de balde. De manera que la muy sesuda propuesta de la Dra. Ximénez, a la que sin duda llegó después de agotadores esfuerzos mentales, es no sólo infantil sino profundamente malintencionada.

         Consideremos el argumento del cubre bocas. Una vez más, la posición del Dr. López Gatell no es expuesta de manera honesta, puesto que nunca se presentan sus razones. Hasta donde yo sé, no sólo el Dr. López Gatell usa el cubre bocas, sino que nunca le ha prohibido a nadie usarlo. Lo que él ha sostenido una y otra vez es que, por las características del virus (para dar una idea, se sabe que todos los coronavirus del mundo juntos caben en una cucharita de té), el uso del cubre bocas no es una garantía de que uno no se vaya a contagiar. Dadas las características del virus, es lógicamente imposible que un simple cubre bocas nos proteja totalmente del bicho en cuestión. De hecho, la recomendación de usar el cubre bocas podría hasta resultar contraproducente. ¿Por qué? Porque mucha gente podría creer que con el cubre bocas basta para inmunizarse frente al virus y entonces es altamente probable que descuidara otras medidas que son igualmente importantes. Lo que me queda claro después de haber leído de arriba abajo su producto es que la autora oficial del texto nunca explica por qué el cubre bocas es importante. Yo en lo personal creo que lo es, pero tengo mis razones para pensar eso y lo que constato es que ella no ofrece una sola. Ello se debe a que su texto no pretende tener un carácter positivo o constructivo. De hecho se le puede acusar, siendo lo docta que parece ser en relación con todos los asuntos de virología y tan preocupada por los infortunios de la gente, de que no se tome ni siquiera la molestia de darle a su potencial lector, al ciudadano medio, un solo consejo práctico. Es de suponerse que ella habría podido, si lo que tanto la angustiaba era la salud de los mexicanos, darle a la gente algún consejo simple pero útil. Habría podido, por ejemplo, recomendar los baños de sol para que la gente produzca, a través de su piel, la vitamina D que tanto se requiere en este caso; habría podido indicarle a la gente que es muy útil tomar diariamente una cápsula de zinc, que ayuda a impedir que el virus se reproduzca dentro del organismo (ella que tanto sabe al respecto!); si es el bienestar de nuestros compatriotas lo que efectivamente la hubiera motivado a redactar su panfleto, lo menos que hubiera podido hacer habría sido recordarles que la alimentación adecuada es crucial, que el enemigo mortal de los mexicanos es el azúcar (creo que esto último ella no habría querido suscribirlo, dado que todo indica que “simpatiza” con diversos sectores de la gran industria, en particular con la farmacéutica. Sobre eso diré algo más abajo) y habría podido sugerir una dieta razonable y accesible a la gente, explicando por qué era importante que la siguieran. Pero esa carencia total de aportaciones positivas indica que su deseo no era el de ayudar a los demás. “Su” “libro” no tiene otra objetivo que el de, casi literalmente, crucificar al Dr. López Gatell, a quien se culpa por las muertes por covid-19. Eso es como acusar a Einstein por los muertos de Hiroshima. Y, claro está, el que la acusación sea francamente ridícula algo revela acerca de los objetivos secretos de la autora.

Curiosamente, hay un punto que la Dra. Ximénez sólo de paso menciona y en relación con el cual me parece que hace una de sus muy escasas aseveraciones dignas de ser tomadas en cuenta. Desafortunadamente, ella desaprovecha la ocasión para desarrollar el tema y usa la idea sólo para escandalosamente volver a condenar al Dr. López Gatell. Lo que ella señala es que algo que ha coadyuvado a la expansión de virus en nuestro país es el hecho de que las autoridades mexicanas no hayan impuesto, como en muchos otros países ya se hizo, restricciones a la llegada de viajeros, nacionales o extranjeros. Yo creo que podemos estar de acuerdo con esa crítica, que no es de ella sino de todos, pero lo que me parece soberanamente ridículo es criticar al Sub-Secretario de Salud por lo que hacen o dejan de hacer quienes están al frente de la Secretaría de Gobernación, en la de la Defensa, eventualmente en la de Relaciones Exteriores o quizá de alguna otra. En qué condiciones se entra y se sale del país no es algo que al Sub-Secretario de Salud le corresponda determinar! Pero entonces ¿qué valor puede tener una crítica de esa naturaleza? Lo que pasa es que el blanco elegido a priori y relativamente fácil para atacar al presidente López Obrador y desacreditar su política en relación con el tema de la salud pública no podía ser otro que el Dr. López Gatell. Tenemos ante los ojos un ejemplo formidable de cómo se debe castigar la decencia y la honestidad política.

Llama mucho la atención que una dentista, especialista en genética, de pronto resulte también politóloga, economista, socióloga y hasta futuróloga. Ella sabe de todo y libremente se pronuncia sobre diversos temas con total indiferencia respecto a si es coherente o se contradice. Yo sostengo que es contradictoria, por ejemplo, cuando afirma, por un lado, que la pandemia era totalmente evitable y controlable pero, por el otro, que la pandemia llegó para quedarse y que tendremos que convivir con ella en los próximos lustros. Si esto es efectivamente así, entonces simplemente es falso que hubiera podido evitarse. Pero dejando de lado fallas tan patentes como esa, yo quisiera preguntar: ¿qué es lo que la Dra. Ximénez hace realmente? Ella se limita a repetir las versiones más baratas en circulación sobre el origen de la enfermedad, que en última instancia ella explica como resultado de lo que en su descripción son repugnantes mercados chinos. Pero su explicación, aparte de pueril e injustificada, falla en el punto crucial puesto que después de aleccionarnos sobre el origen natural del coronavirus, que de acuerdo con la consigna universal de los medios de desinformación consistió en una transmisión de virus de murciélagos a pangolines y de pangolines a seres humanos, ella explícitamente reconoce que no tiene ni la menor idea de cómo pasó de los primeros a los segundos y de los segundos a los terceros. Infiero que ella no está consciente de que sus datos sobre la aparición del coronavirus son simplemente falsos: por si no lo sabía, éste ya estaba en circulación hasta en Estados Unidos tres meses antes de que el gobierno de la República Popular China lo diera a conocer. Y en relación con las tenebrosas realidades de la carrera bacteriológica de las grandes potencias, la participación en todo el fenómeno de la pandemia por parte de las mega-corporaciones trasnacionales, las estrategias de bancos y corporaciones internacionales para endeudar países y convertirlos en los nuevos esclavos del post-neoliberalismo, etc., la Dra. Ximénez guarda un sepulcral silencio y no parece estar al tanto de absolutamente nada. Todo esto hace ver que desde un punto de vista estrictamente científico su libro carece totalmente de valor: no contiene ningún resultado que no haya salido de periódicos o que no se pueda encontrar en páginas de internet y que no sea más bien la expresión de un veloz intercambio de ideas a nivel popular, digamos, a nivel de corredor de facultad.

¿Qué resulta profundamente molesto del libro de la Dra. Ximénez? La un tanto repulsiva mezcolanza de pseudo-crítica política con una permanente lamentación por las víctimas de la pandemia, una lamentación que para cualquier lector mínimamente instruido resulta hueca, vacua, huera, vacía, falsa, puramente verbal. Alguien que realmente comparte el dolor del otro no se expresa como ella lo hace. El libro culmina con un trozo de autobiografía en donde ella se presenta a sí misma como una especie de heroína mitológica, una valkiria o una amazona que, aunque padeciendo graves problemas físicos, sale al ruedo a defender los sentimientos y los intereses del pueblo de México, desde Baja California hasta Yucatán. Admirable, sólo que su producto responde más bien a intereses políticos de otro nivel y muy claramente delineados, intereses que rebasan con mucho el marco de la odontología y que no tienen nada que ver con penas populares. “Su» «libro” es ante todo una venganza, un linchamiento político de un hombre honrado, competente y, sobre todo, leal. La única forma de entender tanto encono y tanto odio consiste en percatarse de que la política anti-corrupción en el sector farmacéutico, una política exitosamente implementada o dirigida por el actual Sub-Secretario, fue efectiva y está contribuyendo a limpiar el sector salud de la fangosa corrupción en la que estaba hundido. Todos recordamos los terribles chantajes ejercidos al inicio del sexenio por monopolios y por toda clase de intermediarios que consagraron toda su energía a entorpecer la distribución justa y equitativa de las medicinas, a desaparecerlas y hasta a robárselas para que la gente padeciera su carencia y le diera entonces la espalda al gobierno del Lic. López Obrador. El problema es que este gobierno no se dejó arredrar y las cosas se fueron corrigiendo poco a poco. Pero la nueva política de la Cuarta Transformación generó un odio terrible que se concentró en quien obviamente es el símbolo de la sanitización administrativa en el sector salud. Eso sí que explica el odio con el que la autora se solaza insultando, denigrando, difamando al muy respetable Dr. Hugo López Gatell, un hombre con el que (¿apostamos?), ella no podría sostener un debate serio ni cinco minutos. El nivel de su libro deja perfectamente en claro que no tendría con qué ganar una polémica. La animadversión, sin embargo, es tan grande que la autora hace un mal encaminado esfuerzo (sin éxito y de manera contraproducente) por ridiculizar al Dr. López Gatell hasta físicamente! Sobre ese aspecto de la obra de la Dra. Ximénez no entraré, pero sí quiero decir abiertamente que si bien la genética, la virología, etc., no son nuestras áreas, tampoco somos tarados y sabemos discernir en múltiples contextos entre seriedad y charlatanería.

Yo imagino que el Sistema Nacional de Investigadores no contará el tristemente famoso libro de la Dra. Ximénez como una aportación al campo de … ¿de qué?¿Del periodismo barato?¿De la tergiversación ideológica y factual? Con toda franqueza: ¿qué valor académico podría adjudicársele a esta obra? El texto está escrito de principio a fin en un estilo de pasquín rebasado, plagado de coloquialismos inadmisibles en cualquier contexto serio (‘este cuate’, ‘nunca dio el ancho’, ‘Me equivoqué durísimo’ y vulgaridades por el estilo, de las cuales está plagado). En él se recoge y repite lo que han dicho reaccionarios grotescos y bárbaros como M. Macri y sus seguidores allá en Argentina y lo que diría cualquier “intelectual” al servicio de los poderosos en cualquier parte del mundo y en cualquier época. Y esto me lleva a un último punto.

Se ha tratado de presentar el texto de la nunca suficientemente bien ponderada Dra. Ximénez como un texto representativo de la UNAM. Yo protesto y me opongo tajantemente a semejante descripción. Es simplemente falso que la UNAM haya respondido a la pandemia con los exabruptos de la Dra. Ximénez. En el mejor de los casos, lo que ella pone en el papel son sus opiniones personales y éstas ciertamente no son representativas de los universitarios. Esa es otra de las patrañas a las que este texto induce. Teniendo entonces presente lo que hemos afirmado, podemos ahora sí replantear nuestra inquietud inicial: con el libro Un Daño Irreparable: ¿estamos frente a un fraude en el sentido indicado al inicio del artículo o no? Yo ya me formé mi opinión y no tengo dudas al respecto. Me temo, apreciado lector, que le toca a usted formarse la suya.

6 comentarios

  1. Acción Democrática dice:

    Excelente análisis. Gracias por este nivel de verdadero periodismo crítico e informativo. Y bueno, ¿qué se puede esperar de una dentista empoderada con títulos de posgrado ajenos al tema? Saludos

  2. Humberto Luebbert Gutiérrez dice:

    Hay un mercado para esas opiniones que usan la pandemia políticamente para atacar-culpar al nuevo régimen. No somos consumidores de esa basura.

  3. Alejandro León dice:

    Espléndida nota crítica. Ojalá que la leyera la «criminóloga» Laurie Ann Ximénez-Fyvie. Confío en que ella, con su panfleto, no le causará el daño irreparable al Dr. Gattell, ni a México, que se propone. En todo caso, la nota por usted escrita es un antídoto para los virus de su tipo.

  4. Dolores Susana González Cáceres dice:

    Querido Alejandro:

    Excelente artículo, hace falta que esta información y la verdad que ella contiene sea difundida, terrible que un libro taquillero, malintencionado y pseudocientífico como el de la Dra. Ximénez tenga cabida en nuestra sociedad, pero peor aún que gente así pulule en la UNAM y que además muchos las consideren como «mentes brillantes», cuando han llegado a donde están justamente por sus nexos políticos de cañería y desafortunadamente por la mafia que prevalece en nuestra maravillosa casa de estudios.

    ¿Cómo se puede tener tu artículo en PDF?

    Saludos

    Susana

  5. maria elena dice:

    No me queda más que decir que este artículo viene a ser un «antídoto» a tanta desinformación que como bien el autor lo define es un mero «un fraude intelectual», en donde solo se trata de politiquería disfrazada de saber científico. Excelente!!!

  6. Cristian F. C. dice:

    Estimado y admiradísimo Dr. Tomasini:
    Le escribo estas líneas pensando en que a pesar de toda la maquinaria de desprestigio de los opositores de este gobierno los resultados en cuanto a la campaña contra el covid-19 por parte del Dr. Gatell son tan exitosos que apenas y le hicieron cosquillas. Ante el labor patriótico toda difamación se consume prontamente en su propio veneno.

    Espero, por otro lado, que pronto pueda ilustrarnos con otra entrada de este blog suyo.

    Att. Un admirador y estudioso autodidacta de su trabajo
    Cristian F.

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