Categoría: 2015-IV

Lo lograron!

A mí me parece casi una trivialidad la afirmación de que aquí y ahora, siempre y en cualquier parte del mundo, los seres humanos actúan y piensan en concordancia con ciertos principios básicos de racionalidad. Ello tiene que ser así, puesto que después de todo las acciones humanas en general tienden a no ser ni caóticas ni arbitrarias. La gente por lo menos aspira a justificar sus acciones y a dar cuenta de sus opiniones y pensamientos. Sólo entre personas que presenten descomposturas mentales graves encontraremos a gente que actúe a tientas y a locas o que haga afirmaciones totalmente gratuitas y sin ningún sustento. Salvo en excepcionales y contadísimas ocasiones, si nos topamos con alguien que a la pregunta ‘¿Por qué hiciste eso?’ o ‘¿Por qué dijiste eso?’ responde con un ‘no sé, no tengo idea’ o con un ‘se me ocurrió en el momento’ o con algo por el estilo, automáticamente desestimamos su respuesta y de inmediato lo reubicamos en el cuadro de nuestro sistema de relaciones personales.
Tal vez no esté de más ilustrar lo que he dicho con por lo menos un ejemplo de esos principios de racionalidad a los que acabo de aludir. Uno que me parece particularmente pertinente para la idea a la que más abajo quisiera dar expresión es el bien conocido “principio” de que todo efecto tiene una causa. Esa no sería la formulación que yo le daría, pero no es mi objetivo discutir filosofía en este momento. Quiero simplemente señalar que en general todo mundo estaría dispuesto a aceptar tanto dicho principio como su converso, algo como toda causa tiene un efecto. En realidad lo que estamos afirmando es simplemente que hay causas si y sólo si hay efectos. Eso no quiere decir que nosotros sepamos automáticamente cuales son las causas si conocemos los efectos o cuáles son los efectos si conocemos las causas. Con lo único con lo que estamos comprometidos es con la idea de que si vemos algo como causa, entonces podemos inferir que ese algo tendrá algún efecto y si vemos algo como efecto podemos deducir que tiene alguna causa, que algo de hecho lo causó. Estos “principios” elementales son útiles porque permiten descartar multitud de dizque explicaciones de situaciones, explicaciones en las que se habla de causas pero no se admiten efectos o al revés. En particular, se aplican a las acciones humanas. Los principios nos permiten ver en las acciones humanas causas de situaciones y a las situaciones como efectos de las acciones y establecer conexiones entre ellas. No podremos entonces aceptar como legítimo un discurso en el que se hable de decisiones, elecciones, acciones, y demás, pero que no obstante no incorpore en relación con ellas a sus efectos. Lo que estamos afirmando, precisamente, es que las acciones humanas tienen que tener efectos. En otras palabras: no hay acciones humanas normales sin efectos y a menudo éstos son previsibles o predecibles. Esto, naturalmente, se aplica en todos los contextos en los que los humanos intervienen, o sea, en todos. Asimismo, como acabo de decir, es un hecho que a menudo podemos saber, si conocemos las causas cuáles serán los efectos y si conocemos (o padecemos) los efectos también a menudo podemos detectar sus causas. Así consideradas las cosas, lo más irracional e intelectualmente ridículo que podría hacerse sería afirmar o pensar, explícita o tácitamente, que podemos escapar a la dimensión de la causación, en los dos sentidos mencionados: de causa a efecto y de efecto a causa. Nosotros ya sabemos que todo tiene efectos y que todo tiene causas y muy a menudo podemos pasar del conocimiento de unos al conocimiento de las otras, y a la inversa.
Lo anterior tiene una aplicación obvia en la política nacional y de paso, aunque de esto último no tengo certeza, también en antropología, porque parecería que en función de las ideas causa y efecto podemos discernir un subgrupo de los seres humanos cuyos elementos opinan que pueden actuar sin que sus acciones tengan consecuencias o sin que podamos conocer los potenciales efectos de sus decisiones o, también, que no se pueden rastrear las causas de situaciones cuyos efectos éstas son. Yo sospecho que dicho grupo humano está constituido por lo menos por los honorables miembros de la clase política mexicana. En efecto, en este país los gobernadores, los diputados, los magistrados de la Suprema Corte, los senadores, los delegados, etc., todos parecen pensar:
a) que sus acciones y decisiones no tienen repercusiones
b) que si las tienen nadie se va a enterar de ello
c) que no será factible transitar desde los efectos a las causas
d) que pase lo que pasa no importa, porque México es el país en el que los principios de racionalidad y de justicia simplemente no valen.
Yo creo que los políticos mexicanos están totalmente equivocados en lo que concierne a (a), (b) y (c), y quisiera pensar que también se equivocan respecto a (d) pero de esto último no estoy tan seguro. Intentemos ahora aplicar nuestros principios a una situación real “concreta”.
Que los miembros de la clase política mexicana se olvidan de que las causas tienen efectos es algo de lo que la Ciudad de México puede dar un vivo testimonio. Yo empezaría por señalar que de eso que los antiguos habitantes del en algún momento espectacular Valle de México llamaron la ‘región más transparente’ no queda sino vestigios. La última semana en particular fue sencillamente tenebrosa. Yo toda mi vida, salvo cuando residí en el extranjero, la he vivido en la ciudad de México. Conozco por experiencia los problemas citadinos que enfrentan los habitantes en su vida cotidiana, pero debo decir que nunca antes sentí como esta vez que el destino de nuestra ciudad finalmente se le había escapado a sus gobernantes. Durante esta última semana se conjugaron todos los factores que hacen de esta metrópoli una auténtica ciudad fantasma: grados elevadísimos de contaminación, desvíos de vuelos por visibilidad nula (ya ni siquiera se podían ver desde el sur los grandes edificios que “normalmente” se perciben sin mayores problemas), un cielo peor que el de Londres de finales del siglo XIX y, evidentemente, un descontrol automovilístico casi total: embotellamientos a lo largo y ancho de la ciudad y a todas horas, tanto en calles, como en avenidas, vías rápidas u otras. La gente ingenuamente habla de “bruma”, “neblina” y demás, pero me parece que sólo porque no sabe que brumas y neblinas se producen donde hay coníferas, donde hay humedad en la atmósfera y no en las selvas de asfalto, como nuestro pobre Distrito Federal. La “bruma” en cuestión era simplemente la nata de smog que bajó casi a ras del suelo. El problema llegó a tales magnitudes que pasó lo que era de esperarse que pasara cuando se es gobernado por políticos irracionales y carentes de imaginación, como los de este país: salieron como jaurías patrullas ecológicas, de las cuales yo hacía años que no veía una sola. Pero ¿para qué salieron las manadas de “patrullas ecológicas”? La repuesta es de Ripley: para detener y multar autos que ostensiblemente contaminaran. Eso suena bien, pero ¿no es ridículo pensar que unos cuantos destacamentos de patrullas podrían incidir de alguna manera que no sea en detrimento de los bolsillos de los ciudadanos en lo que para el sábado pasado era una situación ecológica ya casi insostenible? Como todos sabemos, México es el país de la desinformación sistemática. De ahí que si como el pueblo de México es de los más fácilmente manipulables que podamos imaginar ello se deba a un sinfín de decisiones políticas tomadas a lo largo de muchos años, así también lo que es casi el colapso de la Ciudad de México es un efecto de muchas otras decisiones de políticos que, en aras de sus objetivos prosaicos e inmediatos, sacrificaron al Distrito Federal y a sus habitantes. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de “colapso”?
De varias cosas. Por lo pronto queremos indicar que la calidad del aire que estaremos respirando de aquí en adelante será la peor del planeta (con un par de excepciones a lo sumo), lo cual generará más dolores de cabeza, más enfermedades respiratorias, más cánceres; queremos decir también que nuestros desplazamientos se van a alargar considerablemente, un 200 % por ejemplo. Yo creo que a estas alturas nadie cuestiona que lo que hasta hace 8 o 10 meses se hacía en 20 minutos ahora requiere de una hora, si tiene suerte; se quiere decir también que el habitante de la Ciudad de México va a dormir menos y que se van a perder millonadas en horas /trabajo/hombre. Está implicado también que vamos a tener una población sobre-excitada (como pasa con las ratas cuando hay sobrepoblación, con la diferencia de que nosotros no tenemos “reyes de ratas”. Véase al final para la aclaración de este punto), por lo cual habrá más violencia, más excitación, más neurosis colectiva. Eso y mucho más es lo que significa el que una ciudad como el Distrito Federal se esté colapsando. Ahora bien, lo que yo quiero señalar es que hay culpables, porque este colapso fue causado, es decir, es el efecto de decisiones tomadas en el pasado reciente y no tan reciente y en el presente. Pero ¿quiénes tomaron dichas decisiones, cuáles habrían podido ser éstas y sobre qué bases se habrían tomado decisiones que era evidente que iban a tener los efectos que ahora estamos padeciendo? No tenemos que estrujarnos los sesos para responder a estas y a otras preguntas como estas. Demos algunos ejemplos. 
Ejemplo paradigmático de conducta criminal en contra del Distrito Federal nos lo proporciona el nunca suficientemente denostado Vicente Fox. Todos recordarán, estoy seguro, de que con tal de estrangular políticamente (no tengo dudas respecto a sus potenciales intenciones si se hubiera tratado de un estrangulamiento físico) a su rival, el por entonces gobernador del Distrito Federal, el Lic. Andrés Manuel López Obrador, Fox le redujo en más de 5,000 millones de pesos el presupuesto al Gobierno del D.F., una importante suma de dinero destinada para programas educativos (becas y demás) en la capital de la República. Se quedaron sin el apoyo esperado millones de niños y adolescentes y ello sólo para satisfacer los bajos instintos politiqueros de un ranchero criollo venido a presidente gracias a la desesperación de un pueblo que sólo buscaba salir del pantano de 70 años priismo. Ahí tenemos un claro ejemplo de decisión en la que los intereses populares son relegados para satisfacer ambiciones personales y sobre todo, en ese caso particular, para acallar miedos por lo que habría podido suceder si el Lic. López Obrador hubiera llegado a la Presidencia. Pero hay otros ejemplos como ese y más relevantes para nuestro tema. En estos días se despidieron de la SCJN un par de magistrados. Todo era sonrisa, despido casi con lágrimas, un cuadro conmovedor. Qué emoción! Sí, pero sobre esos dos magistrados, en tanto que miembros de la institución a la que pertenecían, recae también la responsabilidad de haber permitido el brutal reingreso al parque vehicular de decenas de miles de autos chatarra que ahora inundan las calles de la ciudad. En la SCJN se llegó a la muy sabia decisión de que impedir que se usen todos los días autos chatarra era violar un derecho humano! Desde su muy refinada perspectiva, lo único que se requería era simplemente que los autos pasaran los tests que a su vez el muy honorable Gobierno del Distrito Federal tiene ya listos. Claro! Cómo si México no fuera el segundo país más corrupto del mundo y como si aquí los chanchullos y las trampas en los verificentros no fueran el pan nuestro de cada día. Ese, hay que señalarlo, es un rasgo típico de países que, como México, combinan subdesarrollo con corrupción: se toman medidas, se elaboran decretos, de promulgan leyes todo ello, por así decirlo, in vitro, en abstracto, sin tomar en cuenta la realidad social. De manera que esa emotiva despedida en la Corte de dos grandes colegas que por fin le ceden su lugar a otros dos que llegarán para percibir los sueldos oficiales más elevados de este país exigiría una investigación de cómo y por qué se tomó una decisión tan obviamente nefasta y que era más que evidente que acarrearía consecuencias desastrosas para la ciudad. Se nos olvida, sin embargo, que este es el país de esos antropoides que actúan y hablan imbuidos de la idea de que sus acciones no tienen consecuencias (efectos), que la constatación de efectos (el desastre ecológico y humano de la Ciudad de México) no lleva a la detección y al examen de sus causas y que si se descubren las causas de todos modos ello no tiene ninguna consecuencia práctica. Los señores magistrados (como los gobernadores, los diputados, etc., etc.) pueden estar tranquilos. En este país no hay cuentas que rendir.
Un último ejemplo, el cual me parece en algún sentido el más bestial de todos, por lo burdo que es. Me refiero a esa obra de arte de estupidez y maldad, ese monumento a la imbecilidad que se llama ‘Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México’. Se necesita no sólo ser irracional, en el sentido explicado más arriba, sino profundamente anti-social para pretender implantar algo así. Quienes lo prepararon son declaradamente torpes, puesto que los efectos negativos de dicho reglamento los afectará a ellos y a sus hijos por igual. Pero dejando de lado esta faceta del asunto, preguntémonos: ¿se necesitaba ser un vidente para entender que lo único que no hay que hacer en esta ciudad es pretender reducir al máximo la velocidad, que ya en promedio es de alrededor de 20 kms por hora?¿Se tenía que ser un sabio o un premio Nobel para entender que con las restricciones que se implementaron (y que ya venían del reglamento anterior) lo único que iban a lograr era convertir la ciudad en un inmenso estacionamiento? Ah!, pero que no se nos olvide que los políticos mexicanos “piensan” que sus decisiones no tienen efectos, que las causas de los desastres no son rastreables y que si son rastreables no son punibles.
Parecería que una maldición le cayó a este pobre país, la cual consiste en ser gobernado por gente totalmente incapaz de tener objetivos impersonales, de sustraerse a la maquinaria de la corrupción, de entender la actividad política como algo más que la profesión cuya práctica tiene como meta el enriquecimiento y, por si fuera poco, en ser gobernado por gente incapaz de pensar en concordancia con principios básicos de racionalidad. Nos estamos literalmente ahogando en la ciudad y los ambiciosos de siempre están metidos en la lucha por los “candidaturas independientes” (ahí está, por ejemplo, el Sr. J. Castañeda, haciendo proselitismo por su causa – que alguno de estos días vamos a analizar con detenimiento – lo cual es comprensible puesto que, como todos sabemos, él gozaría del apoyo de diversos grupos más o menos bien identificados en caso de que se modificara la ley y pudiera postularse como candidato independiente para la Presidencia de la República. Líbranos Dios de todo mal!). O sea, aquí los políticos están en la rebatinga, en afanes desenfrenados y descarados por puestos, por honores y demás mientras la ciudad se está derrumbando. No queda más que aplaudirles: aunque no piensen en términos de causas y efectos, nosotros sí podemos constatar que de hecho sus acciones tuvieron y siguen teniendo resultados notables, aunque sea negativamente. Pueden estar orgullosos de sí mismos: lograron lo que ni los españoles hicieron con Tenochtitlán. Felicidades, políticos mexicanos!

* Un «rey de ratas» es un grupo de entre 8 y 15  ratas atadas por la cola por las mismas ratas a fin de evitar que se reproduzcan. Con el tiempo quedan pegadas. La comunidad les garantiza su alimentación, pero impide que se multipliquen. La formación de «reyes de ratas» es , pues, un mecanismo de control natal por parte de las ratas cuando ya la sobrepoblación las excede. Recomiendo la lectura del libro Nuestras hermanas, las ratas, de Michel Dansel.

La Tragedia Argentina

Contra todo lo que la razón objetiva indicaba, una mayoría de votantes inclinó el domingo pasado la balanza de manera que quedó elegido como el nuevo presidente de la República Argentina quien, desde el punto de vista de los intereses políticos, sin duda alguna es el enemigo natural del pueblo argentino, esto es, el Ing. Mauricio Macri. Ganó por dos puntos, dejando de paso en claro que ahora más que nunca es la de Argentina una población escindida. Tanto por las consecuencias que dicho resultado tendrá para la propia Argentina como para América Latina en su conjunto, el tema ciertamente amerita algunas reflexiones.
Después de las cataratas de palabras que ya se soltaron sobre el tema ¿qué podemos decir nosotros, desde México y ahora que ya se consumó la tragedia, sobre tan sorprendente resultado? Por lo pronto yo apuntaría a dos factores importantes, uno tan conocido que parece una trivialidad y otro con el que muy probablemente nadie estará de acuerdo, pero que a mí me parece obvio. El primero tiene que ver con verdades aprendidas desde los tiempos de Joseph Goebbels. Como todos sabemos, en Argentina se desató una campaña de desprestigio del gobierno argentino que casi no tiene paralelo en América Latina (el golpeteo cotidiano a Andrés Manuel López Obrador por parte de toda clase de (quinta) columnistas, periodiqueros, locutorcillos y demás es apenas una pálida sombra de lo que fue la campaña del grupo Clarín en contra del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner). Lo que el triunfo macrista una vez más dejó en claro entonces es el hecho de que a las masas, por más que sean de un nivel cultural relativamente alto, se les puede engatusar, hipnotizar, manipular, inducir al grado de hacer que elijan a quien objetivamente no les conviene, que opten por su peor opción. Este punto, sin embargo, es muy general y tiene que anclarse en algo. Este algo fue la presidenta de Argentina. O sea, a quien se convirtió en objeto de escarnio, de burla cruel, a quien se ridiculizó por ejemplo en televisión a un grado que sería simplemente impensable hacerlo, por ejemplo, en México, fue a Cristina Fernández. Lo que a mi modo de ver se sigue de esto es que, dejando de lado desde luego, primero, a los sectores que por razones objetivas de intereses de clase apoyaron a Macri y, segundo, a los grupos que por arreglos políticos negociaron su voto, el de todos aquellos pequeños empleados, tenderos, oficinistas, taxistas, maestros y demás gracias a los cuales la derecha más reaccionaria de América Latina triunfó, fue un voto no razonado sino realmente emocional y por ende irracional. La gente menuda que le dio su voto a Macri no votó por Macri, sino que votó contra Cristina y no votó contra Cristina por razones de orden político, sino porque fueron hábilmente manipulados por la incontenible estrategia de estupidización política efectuada por los medios de comunicación argentinos. Lo que se logró fue catalizar todo el descontento que de manera natural genera y seguirá generando el sistema capitalista sobre una persona a la que se convirtió en el fácil ennemi à abattre. Esto, creo, no es muy difícil de hacer ver. Todo esto nos recuerda también que las masas son en general ingratas y ese es otro factor que también hay que aprender a tomar en cuenta.
El gobierno de Cristina Fernández dejó una Argentina recuperada después de los cataclismos económicos, financieros y políticos sufridos en Argentina a finales del siglo pasado y principios de éste. Argentina tiene aquí y ahora un 6 % de desempleo, un peso que se defiende dignamente en contra de los ataques foráneos (como quedó demostrado, el 90 % de las transacciones oficiales se hace con el peso oficial, no con el peso del mercado negro), un sistema financiero con una morosidad del 2 %, empresas nacionales funcionando y sentando las bases para una nueva riqueza nacional, en pocas palabras, le deja al gobierno de Macri la mesa puesta. El ciudadano argentino no es un ciudadano endeudado, no hubo burbujas inflacionarias ni desastres de bienes raíces como sucedió en España o en Estados Unidos. ¿De qué entonces se queja la gente que tiene un trabajo y un ingreso asegurados, una situación relativamente estable, posibilidades de moverse dentro del país y de viajar, a pesar de que la compra de divisas no era un asunto fácil en un país con un control de cambios? De las cosas más inverosímiles. A mí un taxista me platicó que estaba indignado porque para dar a luz su hija había tenido que ir a un hospital que estaba a cien cuadras de donde vivía, esto es, unos 11 kilómetros. En lo único en lo que este buen hombre no reparaba es en el hecho de que su hija tenía garantizada la cama de un hospital y los servicios médicos que ello entraña. Si el pobre cree que con Macri eso va a cambiar, me temo que se llevará un chasco enorme, sólo que el mal ya se habrá hecho. Una mujer en una tienda en donde se entabló una plática aseguraba que en la Casa Rosada (los Pinos de Argentina) “se habían robado todo”, pero cuando uno le preguntaba qué significaba ‘todo’, entonces no podía decir nada. Anécdotas como estas se pueden recopilar por miles, pero lo importante es lo que encontramos en su núcleo. ¿Qué es eso? Que en realidad hubo dos campañas que se sobrepusieron una a la otra, como los aviones espía que vuelan por encima de otro, siguiendo exactamente la misma ruta y de esa manera pueden escapar a los radares. La campaña política real fue silenciosa y por encima de ella se desarrolló, en torno a la presidenta, la estridente campaña política de distracción. Hubo en todo esto elementos de excitación machista y hembrista exacerbados y muy bien aprovechados por los adversarios del kirchnerismo y, por ende, del peronismo en general. Ahora bien, en la medida en que toda la campaña del “cambio” fue una terrible engañifa, una auténtica estafa, las consecuencias para los engañados serán desastrosas. Si quienes votaron contra Cristina y a favor de Macri piensan que con el triunfo de este último el problema del narcotráfico va a desaparecer (como si el problema lo hubiera creado el gobierno kirchnerista) se van a llevar muy pronto una desagradable sorpresa. Pero hay más: junto con su decepción vendrán su frustración y su enojo cuando sientan en carne propia su derrota de clase: la pérdida de garantías, subvenciones, apoyos, becas, etc. Eso se va a acabar y pronto. Estarán entonces en posición de comprender que les dieron gato por liebre, sólo que será ya demasiado tarde.
La campaña electoral de Macri, por lo tanto, se fundó en una ilusión semántica. Se usó ad nauseam de la palabra ‘cambio’, pero es evidente que ésta tenía al menos dos significados claramente distintos. Para los grupos políticos y de negocios asociados con Macri y que se verán beneficiados por el triunfo de su candidato ‘cambio’ significa ante todo algo como ‘modificaciones estructurales en el manejo de la economía’. Sean las que sean, estas modificaciones toman su tiempo y ellos lo saben. En cambio, para el pequeño votante desinformado, ‘cambio’ significa algo como ‘modificación palpable en el entorno y en los contextos de vida cotidiana’. Cambios así, para ser tenidos por reales, tienen que ser inmediatos. Esto, desafortunadamente, es precisamente lo que no va a haber, porque no son esos los cambios que los promotores del “cambio” tenían en mente. Podemos ir más lejos y aventurar la idea de que precisamente los cambios en el primer sentido de la palabra se contraponen a los cambios en el segundo sentido. Ahí está la tragedia del pueblo argentino.
Permitiéndonos toda la vaguedad posible: ¿qué le espera a Argentina en los próximos tiempos? El cambio de modelo estatal significa la sumisión del país a los cánones de la política mundial regida por las grandes instituciones financieras y comerciales del mundo. Significa, por lo pronto y de entrada, el endeudamiento del país, algo de lo que penosamente la presidenta y su gabinete lograron sacarlo. Ello significa la infusión de millones de dólares bajo la forma de créditos que muy rápidamente se vuelven impagables. Significa también la apertura de las fronteras comerciales y la entrada en masa de multitud de mercancías y baratijas con las cuales el comercio argentino establecido no estará en posición de competir. Los argentinos podrán comprarse un suéter a la mitad de precio, de la misma o de mejor calidad, sólo que hecho en China, fenómenos que llevado a nivel masivo significará la quiebra de multitud de pequeñas empresas productoras. Me pregunto si también se les abrirán las puertas a los países productores de vino, con lo cual uno de los ramos más protegidos de la economía argentina quedaría si no aniquilado sí diezmado, puesto que dicho sector sencillamente no podría competir exitosamente con los vinos franceses, chilenos, italianos, españoles, australianos, sudafricanos y demás con que el mercado se vería súbitamente inundado. Eso, sin embargo, es lo que la lógica indica que habría que hacer. Si tomamos en cuenta lo que de hecho Macri dijo a lo largo de los años mientras fue Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires lo que se viene son recortes a las universidades públicas, restricciones en cuanto a derechos como el de aborto, un incremento alarmante en el desempleo, en fin, la aplicación de todas las recetas del Fondo Monetario Internacional. Ya estoy viendo a la detestable Christine Lagarde en una conferencia de prensa afirmando, con Macri al lado, que por fin “Argentina se atrevió a soñar”. Pero si el panorama interno de Argentina con el nuevo gobierno se ve lúgubre, el panorama externo se ve tétrico. Veamos por qué.
Durante el lastimoso espectáculo que fue la comparecencia de Macri en el debate con su contrincante Daniel Scioli una semana antes del “ballotage” (votación en segunda vuelta), la única afirmación clara que el primero hizo tuvo que ver con la política exterior argentina. Macri señaló dos cosas: primero, que rompería el pacto firmado con el gobierno de Irán en relación con la investigación concerniente al atentado a la AMIA y, segundo, que se distanciaría de inmediato del gobierno bolivariano de Nicolás Maduro. Esto significa no sólo el rompimiento de alianzas que habían resultado ser benéficas para todos, sino la creación de nuevas alianzas en el contexto latinoamericano. Pero ¿quiénes son los dirigentes latinoamericanos con quienes Macri podría sellar alianzas? Desde luego, gente como Enrique Peña Nieto, quien antes que los argentinos ya puso a prueba en México el modelo compartido (con los resultados que todos conocemos en términos de pobreza, inseguridad, estabilidad social, educación, etc.), pero sobre todo gente como el ex-presidente colombiano Álvaro Uribe, el sedicioso Capriles de Venezuela y más en general lo más selecto de la derecha latinoamericana más reaccionaria y violenta. El gobierno de Macri, por lo tanto, es un gobierno entregado a los Estados Unidos desde antes de ser concebido. El triunfo de Macri, por lo tanto, no significa otra cosa que la desarticulación de la unidad política latinoamericana y el triunfo de las oligarquías de América Latina. Ignoro por qué la población argentina en su conjunto podría regocijarse de semejante situación.
Yo creo que es menester aprender de la derrota del kirchnerismo en Argentina y lo primero que habría que señalar es que es un error táctico fatal de los gobiernos progresistas no jugar con las mismas reglas que sus adversarios políticos. Eso es precisamente lo que éstos temen: que les apliquen las reglas de conducta política que ellos les aplican a otros. Es por eso que odian a Maduro, porque éste es un dirigente coherente que hace lo mismo que los Capriles y los López: usa los recursos con los que cuenta para luchar con sus enemigos. Lo peor que se puede hacer es hacerle al párvulo y al inocente cuando se está lidiando con tiburones monitoreados desde los grandes centros de poder del mundo occidental. Eso fue lo que Cristina no hizo: ella y sus seguidores pensaron que los hechos hablarían por sí mismos y en ello se equivocaron totalmente. En ese sentido, el kirchnerismo (por lo menos el de Cristina) siempre estuvo lejos de ser una revolución. Sin embargo, representaba una posición emancipadora y progresista que practicaba políticas asistencialistas y que operaba mediante una sana óptica nacionalista. Todo ello era bueno para su país sin que constituyera un cambio de paradigma en los diversos sectores de la vida social. Fue un régimen un poco más justo en un sistema que vive de asimetrías, injusticias, desniveles e incompatibilidades. La fácil y superficial retórica macrista del “todos juntos” (obreros y banqueros. Ja!) logró poner al frente del país a los representantes argentinos del orden corporativista y anti-nacionalista mundial. Definitivamente, nuevos vientos soplan en el Cono Sur. Aunque la lucha política interna sin duda seguirá, que la oposición irá poco a poco intensificándose, que el descontento se irá manifestando cada vez más sonoramente, de todos modos el poder ya pasó de manos y eso es lo que cuenta. Es de temerse que al igual que en los Estados Unidos y en Francia, los países democráticos de vanguardia que tanto admira Macri, también en Argentina se irán afinando los servicios internos de inteligencia, el espionaje telefónico y cibernético, el control policíaco. Todo viene en, por así decirlo, combos. Que no nos salgan después con un “Ché, pero imposible adivinarlo, viste?”.

Una Infamia Más

Por lo que se ve, los países occidentales ya encontraron la fórmula perfecta: cada vez que quieren iniciar o profundizar una agresión en contra de un pueblo o de un país que no se somete a sus designios confeccionan un auto-atentado. Acto seguido, corresponde a los medios de comunicación, sobre todo periódicos y televisión, todos ellos desde luego al servicio de la causa, presentar los hechos tal como los expertos en instigación, agitación, provocación y demás lo tienen estudiado y preparado y el asunto queda así internamente arreglado: la potencia en cuestión ya quedó plenamente justificada frente a su población para la siguiente fase, que es la de la intervención armada en alguna zona del planeta y para los horrores que preparan. El esquema original lo proporcionaron, como todo mundo sabe, los Estados Unidos, con su auto-golpe de septiembre de 2001 o ¿habrá todavía por allí algún incauto que realmente esté convencido de que 22 beduinos pasaron todos los filtros de seguridad de la primera potencia del mundo, se subieron a aviones modernos de cuyo funcionamiento no habrían podido tener ni idea y los estrellaron contra los bien conocidos blancos como quien se entretiene batiendo huevos para un pastel? Yo, la verdad, no lo creo, es decir, sé que hay quienes repiten el texto original, pero sinceramente no pienso que en su fuero interno ellos mismos lo crean. Después de esa obra de arte de estrategia policiaco-militar en contra de su propia población vino, como todos recordarán, el famoso episodio parisino de “Charly Hebdo”. Por lo que se ve, éste resultó tan exitoso que se decidieron a un segundo “coup de théatre”. En este caso, la situación es tan obvia que hasta vergüenza da describirla. En todo caso, lo único que por ninguna razón nosotros deberíamos perder de vista es el principio, que yo calificaría hasta de “tautológico”, de que no es porque alguien grita ‘Sólo hay un Dios, Alá, y Mahoma es su profeta’ que ya nos las habemos con una genuina acción de militantes árabes, en esta caso sirios! Con el mismo derecho podríamos pensar que porque un borracho entra a una cantina y tirotea a medio mundo gritando ‘Viva Buffalo Bill’ que se trata de una agresión texana!
Es evidente que el crimen de París (porque obviamente se trata de un crimen y yo diría, de un imperdonable crimen de estado) no se entiende si no se comprende la situación en la que ahora el gobierno francés quiere inmiscuirse. Todo el problema tiene que ver con el Medio Oriente y con el desastre provocado por algunas camarillas políticas internacionales. Para todos los que nos informamos y que no estamos vinculados con el problema es claro que el así llamado ‘Estado Islámico’ no es ni un estado ni representa a la población islámica en su conjunto. Se trata, como todos saben, de un grupo de mercenarios reclutados, entrenados y armados por Arabia Saudita, Israel, Turquía y los Estados Unidos, básicamente, y cuyo principal objetivo era derrocar al legítimo gobierno de Siria. Y estuvieron a punto de hacerlo, pero intervino Rusia y el plan se frustró. Ahora bien, la destrucción de Siria es un eslabón fundamental en los planes de expansión israelí, pero si por una parte Irán (el enemigo supremo, el objetivo de destrucción último) ganó con diplomacia (y la ayuda de Rusia y China) y logró firmar un acuerdo de paz (a costa de su desarrollo atómico, desde luego) con los Estados Unidos bloqueando con ello la confrontación y, por la otra, Siria no cae, entonces todo el plan de la “primavera árabe”, el derrocamiento y asesinato de Khadafi, la eterna guerra en Irak y Afganistán, pierden su sentido. Siria tiene que caer y para eso está el “ejército islámico”. Éste no es más que un instrumento y por lo tanto puede ser usado tanto para invadir un país como para ser bombardeado y disuelto en el momento en que sus amos lo decidan. El evento de París, por lo tanto, significa la entrada de Francia en guerra con una entidad inapresable sólo que ya en territorio sirio. ¿Cuál es el objetivo de ello? Aquí es donde vemos el carácter siniestro de toda la operación que se inicia en París. A mí me parece que a lo que en última instancia el gobierno francés realmente se prestó es a hacer la faena que los norteamericanos no habían querido hacer, esto es, enfrentar a la aviación rusa. Esto último no se puede hacer porque significa pura y llanamente el enfrentamiento entre potencias, esto es, la guerra total. Los rusos han estado destruyendo con mucho éxito a las “fuerzas opositoras” al gobierno sirio y eso es algo que hay que obstaculizar, detener, bloquear sin que para ello las dos superpotencias tengan que enfrentarse. Ahora los aviones franceses podrán también invadir el espacio aéreo sirio, complicando las operaciones rusas y prestando ayuda a los mercenarios invasores. Para lo que la masacre de gente inocente en París sirvió, por lo tanto, fue para permitir (“justificar”) la entrada en el escenario de guerra del Medio Oriente (África no les bastó) a la aviación de un gobierno de la OTAN completamente gobernado, por si fuera poco, por el CRIF. Por consiguiente, lo que Hollande y su ministro Vals hicieron fue sacrificar a ciudadanos franceses inocentes (en esta ocasión no hubo judíos involucrados los cuales, es de pensarse, habrían sido los blancos preferidos de fanáticos musulmanes) para llevar hasta sus últimas consecuencias un plan, diseñado hace una década, de destrucción de todo estado genuino en el Medio Oriente y de conformación de pequeños estados “religioso”-militares peleando entre sí y que no representarían ya ningún obstáculo para el crecimiento de Israel, un crecimiento que por razones más bien obvias está empezando a volverse urgente.
Naturalmente, una operación tan anti-nacional como la de París tiene que estar cuidadosamente preparada y es crucial sobre todo no permitir hablar a los supuestos culpables, como pasó con el episodio del periódico francés. La versión oficial por ahora es que la operación se gestó en Bélgica y en Siria. ¿Cómo habrán hecho los militantes para pasar de un país a otro, disponer de armas como las que usaron, detonar bombas cerca de donde se encontraba el presidente francés?¿Cómo obtuvieron la información clasificada concerniente a los movimientos del presidente de Francia? Este último, es imposible no pensarlo, es un auténtico payaso (véanse, por ejemplo, en internet los videos concernientes a sus actos ridículos (tropezones, faldones de camisa, cierres del pantalón abiertos, movimientos super torpes, etc., etc.). Son increíblemente grotescos!)) que además comete errores hasta en operaciones tan delicadas como esta: ¿cómo pudo él haber sabido quiénes eran los perpetradores a media hora de que tuvieron lugar los sucesos? ¿Cómo pudo él de inmediato haber declarado ante todo mundo que ellos ya sabían quiénes eran quienes habían cometido los actos criminales en el teatro, en el restaurant y cerca del estadio? ¿Le llevó a él 10 minutos enterarse de lo que normalmente lleva días, semanas y hasta meses de investigación? Yo pienso que François Hollande se vendió y vendió a su país. De lo que no podrá zafarse tan fácilmente será de la investigación que tarde o temprano se iniciará, porque realmente no creo que, más allá de La Marsellesa cantada una y otra vez, de que multitud de artistas pasen a la televisión a cantar “La vie en rose”, etc., etc., los periodistas serios, los historiadores, los politólogos franceses acepten a pie juntillas lo que un gobierno mentiroso les diga. La explicación va a salir a luz, por una razón: Francia no es como los Estados Unidos. De aquí a 6 meses hablamos.
Me parece importante señalar lo siguiente: el plan puede estar bien orquestado, las reacciones de la gente bien calculadas, las futuras operaciones bien pensadas, pero hay un factor que no van a poder nunca manejar como manejan todas las demás variables de una operación de las magnitudes de la parisina, a saber, la reacción de Rusia y, probablemente, la de China. Lo realmente tenebroso del asunto de París es que pone de manifiesto la voluntad occidental de enfrentar militarmente a Rusia. Es obvio que hay quienes piensan que la tríada ”Estados Unidos-Israel-Francia” puede intimidar y dislocar la política diseñada por Putin de apoyo a su aliado. Me temo que esa política occidental está destinada al fracaso. El verdadero problema que aflora de un examen superficial de la desalmada matanza de gente que se divertía sin molestar a nadie ocurrida en París es que la política de los Estados Unidos parece haber llegado a una encrucijada última, definitiva: o Rusia se somete, lo cual tendrá que ser “por las malas” o se acabó definitivamente la preeminencia militar norteamericana en el mundo. Lo realmente alarmante es precisamente la constatación, a través de sucesos como el de París, que si no están insertos en un contexto más amplio simplemente no tienen sentido, de que la clique política norteamericana que maneja a su antojo el destino de los Estados Unidos (y por ende, del mundo) parece estar diabólicamente decidida a optar por la masacre no ya de cientos de personas sino de miles de millones de seres humanos para seguir manteniendo su hegemonía y satisfaciendo sus caprichos, materiales u otros. La concentración de armamento en Ucrania, a lo largo de la frontera de Rusia, las descaradas provocaciones a China, etc., parecen indicar que hay individuos y grupos en el mundo que prefieren la destrucción del planeta a la renuncia a sus delirantes sueños de poder y dominio. Lo que pasó en París hace unos días no es más que una pálida muestra de lo que están dispuestos a hacer por lograr sus objetivos. El asunto de fondo es mucho más importante que el pretexto de lo sucedido en París, configurado para justificar ulteriores decisiones políticas y militares trascendentales.
Si nos volvemos a ubicar en el nivel de lo sucedido y dejamos de lado su articulación política, hay mucho que decir. Desde luego, es evidente, ça va de soi, es obvio, en fin, no sabría qué más decir para expresar toda la indignación que nos embarga ante el espectáculo del asesinato de gente inocente, gente que tenía sus planes de vida, sus proyectos, sus familiares, etc., y que por ambiciones de terceros quedaron segados, cercenados, destruidos. Pero ¿no es eso precisamente lo que vienen sistemáticamente padeciendo las poblaciones de Palestina, de Irak, de Libia, de Siria? O ¿acaso los llantos de las madres árabes no valen lo mismo que los lamentos de las progenitoras occidentales? ¿No es lo que pasó en París lo que los occidentales han hechos, dan ganas de decir ‘desde tiempos inmemoriales’, en otros continentes? Hay un libro sagrado, lleno de sabiduría, al que yo apelaría hoy para situarnos emocionalmente. Se nos dice que “El que a hierro mata, a hierro muere”. Ojalá todos esos criminales “policy makers” que hoy manejan el mundo lo tuvieran grabado en sus irresponsables mentes.

Pensamientos Lúgubres

A Doña Aurelia Bassols Batalla

In Memoriam

Como sin duda alguna el amable lector de estas páginas sabe, la redacción de un artículo exige que se cumplan algunas condiciones. Por lo pronto, puedo mencionar dos: primero, se tiene que recabar información, dado que tiene que haber algún material objetivo sobre el cual trabajar y, segundo, se requiere que quien procesa la información tenga algo que decir al respecto, independientemente de cuán convincente sea su punto de vista. La primera condición, por otra parte, se cumple leyendo periódicos, visitando páginas de internet de orientación política variada (yo, por ejemplo, leo sistemáticamente el New York Times, el Jerusalem Post y presstv.ir, el portal iraní, el cual siempre proporciona información interesante y útil) para poder conformarse un punto de vista mínimamente equilibrado. A mí, debo decirlo, no me interesa formar parte de ningún club de fanáticos. El ideal que persigo es más bien el de la imparcialidad, aunque obviamente ser imparcial no quiere decir que no se pueda criticar nada. Lo que es importante es que la crítica sea lo más impersonal posible, lo más objetiva y balanceada que se pueda. Y es desde esta primera etapa que empiezan a plantearse problemas, porque el material que encontramos en los mass media es básicamente el mismo siempre. Y no me refiero nada más a las presentaciones tendenciosas a las que nos tienen acostumbrados, sino al hecho más general de que las noticias que todos los días nos regalan son básicamente las mismas: nos enteramos a diario de bombardeos, de asesinatos, de masacres, de violaciones, de estafas, etc., etc., de manera que termina uno por preguntarse si vale la pena seguir haciendo ejercicios de reflexión sobre lo que no es sino más de lo mismo todos los días. Es muy difícil al cabo del tiempo que no le vengan a uno pensamientos pesimistas y que nuestra perspectiva personal no se vaya tornando cada vez menos alegre, cada vez más lúgubre. Poco a poco, en efecto, vamos cayendo en la cuenta de que los humanos sencillamente no saben vivir, es decir, no saben aprovechar debidamente el maravilloso don de la vida. Inevitablemente se nos impone la idea de que para la inmensa mayoría de nuestros congéneres la vida que vale la pena vivir es la que está puesta al servicio de las pasiones más bajas, de los intereses más vergonzosos, de los ideales más odiosos. Lo que todos los días los periódicos anuncian es precisamente que es eso lo que los humanos han mostrado que saben hacer. Estamos aquí frente a una especie de paradoja: los humanos generan vida, pero muy activa y efectivamente promueven la muerte. Como dije, para millones de personas aprovechar la vida no significa otra cosa que arruinar la de otros seres humanos y mientras más exitosos sean en ello más realizados se sienten y más felices son. Aquí, como se nos enseñó hace dos mil años, no queda más que el perdón incondicional, puesto que es obvio que no saben lo que hacen.
Por lo menos desde la obra de Karl Marx, los humanos nos hemos visto en una cierta encrucijada, esto es, se nos plantea el dilema de ver la vida humana o como el resultado del desarrollo ineluctable de las fuerzas productivas o como el resultado de la acción voluntaria, tanto individual como colectiva. A mi modo de ver, ambas perspectivas son esenciales para la comprensión del desarrollo social e histórico. Por un lado, es obvio que las personas actúan siempre en el contexto en el que les tocó vivir, algo que no pueden ni evitar ni modificar, pero una vez ubicados en un contexto social determinado las personas actúan libremente e influyen de diverso en la vida colectiva. Ciertamente, los seres humanos son libres, pero su libertad se ejerce en contextos que ellos no eligen. Así, por ejemplo, nosotros en el mundo occidental somos libres para hacer con nuestras respectivas individualidades lo que queramos (podamos o sepamos), pero hay estructuras que no vamos a poder alterar. Por ejemplo, es obvio que vivimos en sociedades orientadas hacia el consumo, hacia la satisfacción permanente de necesidades y hacia la creación constante de nuevas necesidades y de nuevos satisfactores. El éxito se mide (en gran medida al menos) en función de los grados o niveles de consumo: dicho de manera brutal, la opinión generalizada parece ser la de que fue más feliz el individuo que comió más chocolates que el sujeto que consumió moderadamente ese producto y, obviamente, lo que pasa con el chocolate pasa con cualquier otra “mercancía” (sexo, autos, viajes, ropa, tequila, carne y así ad infinitum). Desde niños se nos enseña a consumir cada vez más, a buscar más bienes, más ganancias, más beneficios, más placer, más de todo. En la perspectiva occidental para eso se vive. Todo eso suena excelente sólo que hay un problema: si bien el mundo social lo crearon los humanos, el mundo en cuanto tal no es su creación. Casi dan ganas de decir, de gritar que más bien el mundo padece su existencia. Hay cosas, por lo tanto, que ni el hombre más poderoso del mundo puede hacer. Por ejemplo, por muy exitoso y longevo que sea un autócrata o un criminal político afortunado, lo más probable es que no rebase los 90 años. En teoría le concedemos los 100, pero difícilmente más. Así, aunque haya sido un vencedor inmisericorde durante toda su vida de todos modos también a él le llegará su momento supremo, un momento en el que quizá se pregunte si todo su éxito valió la pena, si no desperdició su vida, si no en el fondo nada más vivió para hacer el mal y que no es imposible que haya una relación proporcional entre lo exitoso de su vida y la maldad de su existencia: mientras más exitoso, mientras más consumidor fue, más mala fue su vida; mientras más enemigos tuvo y aniquiló, peor vivió. Ahora bien, esto que afirmo me permite llegar al punto que realmente quiero establecer y que es simplemente el siguiente: nuestra cultura nos lleva por la senda del consumo y el éxito, nos hace ver lo valioso y lo bueno de todo lo que podemos tener, de cuán triunfante se puede sentir alguien que está en posición de derrochar lo que otros produjeron, pero no nos enseña que hay límites que ni el más poderoso de los hombres puede alterar. En otras palabras, lo que la cultura contemporánea, cultura de consumo, competitividad, guerra y destrucción no enseña es a bien morir. Aunque intuitivamente todo mundo sabe que tiene que morir, de hecho la gente vive sin ver o sin tener presente el dato importante de que su vida tiene límites y que por consiguiente debería tratar de vivirla bien, porque no tendrá una segunda oportunidad. De ahí que en general el tema de la muerte queda oculto tras los fuegos artificiales de la vida socialmente exitosa. El dato está, pero como si no estuviera y ello es un error. ¿Por qué? Porque obviamente no es lo mismo vivir con la mente fijada en el consumo que vivir con la mente fijada en la esencial finitud de nuestra existencia. Cada uno de estos dos modos de vida acarrea consigo sus propios valores y sus propios ideales. Sugiero entonces que no nos ajustemos a la tónica cultural prevaleciente y que reflexionemos, aunque sea un poquito, sobre el importante tema de la muerte.
Para empezar, habría que decir que nuestro tema es demasiado serio como para permitirnos decir banalidades o trivialidades al respecto. Es desde luego un tema plagado de inquietudes y de confusiones. Todos los seres que manejamos conceptos quisiéramos saber qué es morir, pero cuando empezamos a pensar sobre el tema nos percatamos de que si pensamos en lo que es morir tomando como modelo lo que es, e.g., ver, no vamos a llegar muy lejos: tiene sentido decir ‘ayer vi un partido de fútbol’, pero no tiene sentido decir ‘ayer me morí en mi casa’. ‘Ver’ es un verbo de experiencia, ‘morir’ no. No hay tal cosa como la experiencia de la muerte. Ya lo dijo, mejor que nadie, Wittgenstein en su Tractatus: “la muerte no es una experiencia. La muerte no se vive”. Para el hablante hablar de su muerte es aludir no un estado particular, sino a un límite. La muerte es para el sujeto el límite de sus experiencias. Obviamente, más allá del límite no hay nada.
Es interesante notar que, al igual que los verbos psicológicos, el verbo ‘morir’ está regido por una asimetría: en primera persona, como acabamos de ver, no se puede conjugar (nadie puede decir ‘estoy muerto’, hablando literalmente), pero en tercera persona sí. Ahora bien ¿qué es lo que se quiere decir cuando decimos de alguien que ‘está muerto(a)’? Empleamos la noción de muerte en relación con otras personas cuando queremos dar a entender que cesó toda interacción posible con ella. Con la persona fallecida ya no hay intercambios de ninguna índole, ni siquiera si uno se acerca y abraza el cadáver de un ser querido. La muerte anula toda reciprocidad. Podría objetarse que entonces estar muerto y estar inconsciente son lo mismo, pero eso sería un error. La diferencia radica en que si bien conductualmente el cadáver y el individuo inconsciente son similares, de todos modos no son idénticos. La persona que está en estado de coma de todos modos respira, le late el corazón y en principio puede volver a interactuar con los demás si recobra la conciencia. La persona fallecida, en cambio, ya está ubicada más allá de toda posibilidad de volver a interactuar con los demás, con el mundo. La muerte es la cancelación de toda posibilidad. Estar muerto es, pues, radicalmente diferente inclusive de quien está en un coma profundo. Metafóricamente podemos afirmar que estar muerto es haber sido expulsado del mundo, sólo que literalmente no hay nada más allá del mundo. Esto también lo recoge el Tractatus en donde Wittgenstein de la manera más contundente (y estremecedora) posible asevera que “Con la muerte el mundo no cambia, sino que termina”. No tiene el menor sentido hablar de una transformación operada por la muerte. No hay tal cosa.
El concepto de muerte es único, por cuanto su aplicación altera drásticamente el todo de nuestro aparato conceptual. Considérese el tiempo. Para los vivos, no es lo mismo haber pasado 10 años en China que no haberlos pasado, pero para un muerto da exactamente lo mismo estar muerto un día que estar muerto 100 años. No hay grados o niveles de defunción. El tiempo, por lo tanto, deja de correr para quien fallece. Con la muerte todo queda aniquilado, tanto el espacio como el tiempo, la conciencia y el inconsciente. Nosotros nos engañamos pensando que podemos imaginar nuestra muerte si tomamos como ejemplo la muerte del otro. Eso es engañarse, porque el concepto de muerte aplicado al otro es conductual, cosa que no puede ser en nuestro caso. En el caso de cada quien, el concepto de muerte es vivencial y sirve exclusivamente para indicar un límite. Sirve simplemente para recordarnos que no somos inmortales.
Hay conexiones interesantes por dilucidar entre los conceptos de saber y morir. ¿Sabemos en forma innata que tenemos que morir o eso es más bien algo que aprendemos en la experiencia? Lo primero no puede ser, por la sencilla razón de que el lenguaje no es innato. Por lo tanto, el que sepamos que nos tenemos que morir es algo que aprendemos en la vida. Como no hay tal cosa como la experiencia de la muerte, nosotros normalmente aprendemos a usar el concepto de muerte en circunstancias especiales, cuando la gente habla y se conduce de manera especial: llora, se lamenta, presenta todos los síntomas de lo que llamamos ‘tristeza’, etc. Morir, por lo tanto, queda asociado desde el inicio a la congoja, a la desesperación, a la angustia. El concepto de muerte queda por consiguiente en primera instancia vinculado a lo que hay que evitar, a lo malo, al mal. “Morir”, ya lo dijimos, no es un concepto de experiencia, pero sí es en cambio un concepto moral y, por razones en las que no puedo entrar aquí, es también un concepto religioso. Y este es el punto que me interesaba establecer.
Aparte de las connotaciones que ya hemos señalado, la idea de muerte acarrea consigo nociones como las de irreversibilidad, la de que es imposible modificar algo que se hizo, la de arrepentimiento y el deseo de pedir perdón. La vida orientada por la idea de que somos finitos no nos hace abandonar nuestros proyectos de vida, pero sí nos lleva a moldearlos de determinada manera. De manera natural, quien vive su vida pensando en su muerte (en que algún día dejará de tener experiencias) está mejor preparado para despojarse poco a poco de ambiciones mundanas inmediatas y estrechas, ama más la vida y aspira a dar más de sí; en otras palabras, la vida guiada por la idea de que no es eterna (sino que es más bien corta) es más susceptible de generar actitudes y conductas solidarias, de comprensión, de conmiseración que la vida guiada por los ideales (tan actuales!) de codicia, consumo y exclusión. No es por casualidad que la idea de muerte están siempre vinculados a lo que podríamos llamar la ‘conciencia moral de la humanidad’.
En resumen: la muerte es, vista en primera persona  (“mi muerte”), el límite último de mi existencia, un límite imposible para mí de fijar, en tanto que vista en tercera persona (“su muerte”) es la supresión total y definitiva de toda interacción con el otro. En la vida cotidiana, en condiciones de vida usual, la conciencia de lo primero sirve para darle un giro radical a nuestras vidas: para morir de cierto modo (tranquilo, etc.) se tiene que vivir de cierto modo. La clave de ese “cierto modo” es, para mí, el dar. Pienso que en realidad el ser humano no le teme a la muerte, puesto que no tenemos la experiencia de la muerte; lo que sí es razonable temer es el cómo va uno a morir (en el dolor, en un accidente, etc.), pero eso es un asunto meramente empírico. Por lo tanto, el dolor asociado con la muerte es siempre el dolor de la muerte del otro, del ser querido, la conciencia de su supresión, la imposibilidad de ya no volver a compartir nada con él o con ella. Ahí sí muerte y dolor van de la mano.

Mariguana: algunos pros y contras

En estos días, los sibilinos intérpretes oficiales de la Constitución, esto es, los miembros de la Suprema Corte de Justicia, parecen estar hundidos en un profundo océano de pensamiento y deliberación: tienen como misión  determinar si el “uso lúdico” de la cannabis es o no contrario a la Constitución, que es el marco normativo supremo del país. Dado que la palabra ‘mariguana’ no aparece en el texto constitucional, lo que se tiene que determinar es si el uso libre de la mariguana entra en conflicto o no con lo implicado por los artículos constitucionales. Podemos, por consiguiente, estar seguros de antemano de que el veredicto será controvertible. Es obvio que en ningún caso la interpretación por parte de los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación será la conclusión de una deducción formalmente válida: o faltarán premisas o se incluirán premisas que se contraponen a otras o bien se aplicarán de manera dudosa ciertas reglas de inferencia o se aplicarán reglas de inferencia cuestionables. De lo que podemos estar seguros es de que nadie quedará satisfecho con el veredicto. Por consiguiente, nosotros podemos razonar libremente, puesto que lo que podamos afirmar sobre el tema podría ser usado tanto por los partidarios del “uso lúdico” de la mariguana como por sus oponentes.
Desde mi perspectiva, el modo como se ha venido planteando el asunto es de entrada tendencioso y tramposo. Se habla a diestra y siniestra, por ejemplo, del ‘uso lúdico de la mariguana’, pero eso no pasa de ser una formulación ridícula, porque ¿qué se podría querer decir con eso? Intentemos aclarar la idea. Por lo pronto, un primer contraste que habría que señalar se daría entre ‘uso lúdico’ y ‘uso medicinal’ de la mariguana. Se supone que no son lo mismo. ‘Lúdico’ tiene que ver con “juego”. Por lo tanto, ‘uso lúdico de la mariguana’ quiere decir algo como ‘uso de la mariguana para entretenimiento o diversión o por mera búsqueda de placer por parte de la persona que la consuma’. En otras palabras, cuando alguien se ampara a fin de que se le permita hacer un “uso lúdico” de la mariguana lo que está pidiendo es pura y llanamente que no sea ilegal que use mariguana como y cuando a él o a ella se le antoje. Así, en lugar de ‘lúdico’ realmente lo que se quiere decir es ‘individual’: la controversia constitucional, por lo tanto, tiene que ver con la pretensión de volver legal el uso de la mariguana. Ese es el punto importante. ‘Lúdico’ aquí es perfectamente redundante. ‘Uso lúdico de la mariguana’, estrictamente hablando, quiere sencillamente decir ‘uso personal libre e irrestricto de la mariguana’. Lo que con ‘lúdico’ se hace es engañar a los hablantes. Podríamos con el mismo derecho hablar del ‘uso lúdico de la morfina’, ‘uso lúdico de las pistolas’ y así indefinidamente. Quien habla de “uso lúdico” o es semi-tarado o es deliberadamente tendencioso en su enfoque. No hay de otra. Por consiguiente, el problema se puede plantear de manera más cruda, simple y comprensible como sigue: ¿debe el Estado mexicano permitir la venta y el consumo individual de la mariguana en el territorio nacional? Todo lo que tenga que ver con “lúdico”, “fantasioso”, “imaginativo”, etc., etc., es simplemente una cortina de humo para no plantear la cuestión en forma clara y de manera escueta.
Como dije, el enfoque del tema en estos días de entrada es equivocado por la simple razón de que la Constitución, por my mexicana que sea, no es perfecta. De hecho, se le altera y parcha constantemente mediante “iniciativas” de diversa índole. De ahí que pudiera darse el caso de que los miembros de la SCJN ofrecieran un dictamen que fuera coherente con la Constitución y que, no obstante, fuera errado (nada de eso podría sorprendernos a estas alturas!), o a la inversa. Infiero que no se puede alcanzar la decisión correcta mediante un enfoque puramente formal, confrontando sistemas normativos. En relación con la permisibilidad o no permisibilidad de la mariguana se tienen que hacer consideraciones que van más allá de una mera discusión de congruencia o incongruencia lógica. O sea, en este caso se requieren datos y argumentos, información, aprovechar la experiencia de otros pueblos, etc. Pudiera inclusive darse el caso de que todas las consideraciones apuntaran decididamente en favor de la despenalización de la mariguana, pero que dicha despenalización entrara en conflicto con algún precepto constitucional. Según mi leal saber y entender, lo que entonces habría que hacer sería modificar la Constitución. Esa posibilidad es, hasta donde logro ver, perfectamente legítima.
Abandonemos entonces el terreno del derecho y examinemos el tema mismo. Éste es en verdad sumamente complejo, es decir, está vinculado a otros, entre los cuales destacan problema de salud, tanto individual como colectiva, y problemas de producción y comercialización. ¿Qué se puede decir al respecto?
Lo primero que se tendría que hacer sería ofrecer una evaluación de los daños que causa el consumo de la mariguana. Sus consumidores aseguran con vehemencia que la mariguana no sólo es menos dañina que el alcohol, el cual no está prohibido, sino que de hecho no es dañina. Dicho punto de vista es poco creíble y es más que debatible. Tan simple como esto: no parece plausible sostener que se puede introducir humo a los pulmones, ya sea por madera, por nicotina o por mariguana, y que el organismo no se vea seriamente afectado. La mariguana, por lo tanto, es todo lo que se quiera menos inocua. Lo que no es del todo claro es si a la larga el uso de la mariguana no tiene efectos negativos irreversibles no ya en el sistema respiratorio, sino en el sistema nervioso y en la vida psíquica de la persona. La mariguana ciertamente afecta el sistema nervioso (el funcionamiento normal del cerebro), puesto que sirve para “aplatanar”, “tranquilizar”, “calmar” a quien la consume, pero es altamente probable que quien se haya dado un duchazo de aplatanamiento todos los días durante periodos largos tenga un su sistema nervioso seriamente afectado. Dado que la determinación del daño exige mucho tiempo, hay todavía discusiones acerca de cuán dañino es su consumo, pero nadie en sus cabales negaría que la mariguana afecta tanto la salud física como la psíquica de la persona que recurre a ella. Por si fuera poco, la mariguana acarrea otros males.
Quizá el más obvio de los males causados por el consumo de la mariguana sea la adicción. Quien rebasa el pequeño resquicio reservado a los meramente curiosos, quien empieza a recurrir a la mariguana de manera sistemática posteriormente encuentra muy difícil salir de ella, tanto para sentirse eufórico como para salir momentáneamente de alguna depresión o de algo parecido. Y eso no es todo: sin duda alguna, la mariguana es la mejor vía para la entrada al mundo de los psico-trópicos en general. En la primera etapa de su uso, la mariguana es un juego, refuerza la solidaridad con el grupo de amigos, excita la sensibilidad, etc., sólo que también es la mejor vía para probar otros productos más fuertes que muy fácilmente pueden modificar de manera radical (y no para bien) la vida mental de las personas. Si ello es así, entonces no es factible negar que la mariguana acarrea consigo peligros que no pueden ser ignorados. Ahora bien, podríamos aceptar que así como la eutanasia es en ocasiones la “solución racional” para un problema de salud que no tiene solución (e.g., cáncer en etapa terminal ), el consumo de mariguana es también un asunto de decisión personal, el cual en todo caso afecta sólo a la persona que a ella recurre. El problema es que ello no es así. Un problema muy serio ocasionado por el consumo de mariguana es precisamente que quienes la usan en múltiples ocasiones la usan cuando están frente o junto a otras personas que no quieren consumir mariguana y se ven forzados a hacerlo! La mariguana plantea exactamente el mismo problema que planteaba el tabaco: un fumador bastaba para inundar con humo un salón y con ello de facto forzaba a todos a fumar. Esa posibilidad es algo que no se puede permitir, es decir, los legisladores no pueden simplemente desentenderse de las consecuencias sociales indeseables de una práctica como la del consumo de mariguana. Esto es relevante para potenciales modalidades de despenalización de la hierba.
Hay dos formas de despenalizar la mariguana: convertirla en una mercancía más y, por lo tanto, dejar que su producción y comercialización quede en manos privadas, o convertirla en un producto que legalmente sólo el gobierno maneje, es decir, que la siembra, la cosecha y la distribución caigan totalmente bajo su jurisdicción, de manera que se pudiera controlar el consumo de la mariguana así como se controla la venta de antibióticos, por ejemplo, exigiendo siempre prescripciones médicas. Una vez más, sin embargo, nos encontramos frente a un problema, porque parecería obvio que lo primero definitivamente no es recomendable, pero lo segundo no parece siquiera factible; la tendencia hacia el adelgazamiento casi total del estado lo impide. Se puede argumentar entonces que una potencial solución podría consistir en una fusión de iniciativa privada y regulación pública. No se ve fácil, pero no es inviable. Si nos fijamos bien, algo así se logró en los Estados Unidos. Por ejemplo, la tristemente famosa DEA, operante en México desde luego, en realidad no es otra cosa que el ministerio norteamericano de asuntos relacionados con las drogas. En ese país, como todo mundo sabe y ellos cada vez menos lo ocultan, se lavan cantidades inmensas de dinero procedente del negocio del narcotráfico. Como auténticos Rambos, sus agentes heroicamente luchan en los territorios de los países que dominan (México, por ejemplo), para que el negocio se organice de modo que ellos lo controlen en todas sus fases. Es, pues, razonable pensar como ellos y establecer en México algo así como la Secretaría de Asuntos de Estupefacientes, no como un organismo subordinado a otros (por ejemplo, la Secretaría de Salud o a la de Defensa, pero sí en coordinación con ellas), sino como una institución independiente. Entonces sí se podría adoptar un enfoque científico: el Estado giraría permisos para la siembra y cosecha de mariguana, el compraría el producto a los campesinos y él lo procesaría y vendería en expendios, regulando los precios, extendiendo algo así como cartillas para su adquisición y consumo in situ, etc. A mí me parece que son propuestas como esa, desarrollada en todas sus ramificaciones, lo que permitiría de alguna manera mitigar los males de la venta y consumo de mariguana y hasta hacer decrecer, en un plazo relativamente corto, el interés en ella. El problema, a todas luces, no es que no se pueda elaborar una política de salud pública en relación con el producto del que nos hemos venido ocupando, sino que hay fuerzas superiores que sistemáticamente se van a oponer a ellas. Concretamente, los Estados Unidos se oponen a todo intento de legalización de la mariguana no ciertamente porque se preocupen por la suerte de los adictos, sino porque de implementarse millones de dólares dejarían anualmente de ingresar a  su país y se quedarían en los países en donde el Estado hubiera tomado las riendas del asunto. Son, de nuevo, las ganancias, las ambiciones, la codicia lo que impide que se tomen decisiones drásticas pero razonables de salud pública. De todos modos, me parece que tarde o temprano los gobiernos se van a volver a plantear el asunto. No tomar decisiones, por lo tanto, es dejar que el problema crezca.
El primer paso para quitarle a la mariguana su halo de fantasía es desligarla por completo de su carácter de producto clandestino. El acceso libre a ella bajo un control estatal la mata (por así decirlo, mata a la mata). El trilema para cualquier gobierno mínimamente nacionalista es obvio: o deja el negocio de la mariguana en manos privadas, esto es, en manos de “narcos” o se lo cede por completo a los vecinos del norte o se encarga él de ella través de instituciones y de las reglamentaciones correspondientes. En mi muy humilde opinión, las dos primeras posibilidades no representan genuinas opciones. Queda por ver cómo reaccionan, piensan y actúan los “representantes del pueblo”.

El Asalto a la Rectoría de la UNAM

Desafortunadamente, el pueblo mexicano en su conjunto no está enterado (ni goza de los suficientes elementos para apreciar el fenómeno) de que nos encontramos en lo que podríamos llamar la ‘recta final’ de la carrera por la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Digo ‘desafortunadamente’ porque si todos los mexicanos estuvieran al tanto de lo que está por suceder en la UNAM y estuvieran en posición de apreciar las consecuencias del resultado, sin duda alguna se pronunciarían al respecto y la opinión pública entonces se convertiría en un factor que, a diferencia de lo que pasa ahora, no sería posible ignorar. Por otra parte, si en este momento a un ciudadano común de, digamos, Guadalajara o Campeche, se le pidiera una descripción de lo que está pasando en estos momentos en la UNAM y la persona en cuestión respondiera cándidamente, lo más probable es que diría que se trata de un proceso académico-administrativo que seguramente se rige por los cánones universales de la vida académica (méritos, distinciones, descubrimientos, obra, etc.). Nos veríamos entonces forzados a contradecirlo para tratar de hacerle ver que en la UNAM, y más en general en México, las cosas no suceden en concordancia con un imaginario manual ideal. Aquí las cosas se manejan de un modo diferente a como el sentido común espontáneamente lo indicaría. Intentemos rápidamente hacer ver por qué.
Todos sabemos que la UNAM no es sólo una universidad, una universidad más. Por la magnitud de su presupuesto, la cantidad de estudiantes, profesores, empleados e investigadores que alberga, la cantidad y variedad de actividades académicas, artísticas y deportivas que en ella se desarrollan, la UNAM juega un papel crucial en la vida nacional. Y sin duda alguna parte de la gran originalidad de esta noble institución es que es algo así como una Secretaría de Educación Superior sin por ello ser una secretaría de Estado. En eso, parcialmente al menos, consiste su “autonomía”: la Universidad Nacional, por lo menos en principio, es independiente frente al Poder Ejecutivo. De ahí que sea una de las obligaciones principales de quien esté al frente de la UNAM respetar, defender y luchar a muerte por este rasgo de la institución y ello contra quien sea. La noción seria de autonomía universitaria no tiene nada que ver con la tesis de algunos ingenuos o de algunos mal intencionados que se divierten discutiendo si ‘autonomía’ quiere decir que la policía no puede entrar al recinto universitario. Nosotros, ya lo dijimos, pensamos que el significado serio de ‘autonomía universitaria’ no tiene nada que ver con esto último, sino que más bien concierne en primer lugar a su fundamental independencia vis à vis el poder central, esto es, la Presidencia de la República. Dicho de otro modo: la UNAM no es parte de ningún gabinete presidencial y por lo tanto no está sometida a los criterios y mecanismos propios de ese ámbito de la vida nacional. De ahí que, más allá de los slogans sobre “el espíritu” que hablará por nosotros, las porras y todo lo que podríamos llamar ‘expresiones de patrioterismo universitario’, los grandes rectores de la UNAM al día de hoy hayan sido aquellos que han defendido contra viento y marea la autonomía universitaria, en nuestro sentido. Es importante no olvidar este punto.
La UNAM es una institución de múltiples facetas y es por eso de un infantilismo insoportable pretender hacerla pasar por una institución de un solo matiz, de un único cariz, de una sola faceta. Eso es simplemente falso. Es cierto que trabajan en ella científicos y humanistas de primer nivel, respetables en grado sumo, pero junto con ellos está también una inmensa caterva de arribistas, aprovechados, manipuladores, malversadores y demás. El manejo del presupuesto universitario, por ejemplo, dista mucho de ser transparente. Más de uno se sorprendería si se enterara de todo lo que pasa en relación con, por ejemplo, compras de computadoras, bacheo de vías, construcción de edificios, aseguradoras, etc. En relación con todos esos rubros de la vida administrativa de la UNAM corren todos los rumores imaginables referentes a abusos, fraudes, negocios, chanchullos y demás. Todo mundo lo sabe, todo mundo lo comenta, pero como las autoridades no dicen nada, no abren expedientes, no se pronuncian oficialmente, entonces los asuntos no pasan del nivel de chismes, anécdotas, historietas contadas en los pasillos y ahí termina todo. Pero no nos engañemos: es obvio que cuando el río suena es porque piedras lleva. Que no haya pruebas no quiere decir que no se produzcan sistemáticamente ilícitos en nuestra Alma Mater, de ahí que llame mucho la atención el hecho de que prácticamente ninguno de los aspirantes a rector se haya dignado tomar el toro por los cuernos y haya planteado abiertamente el terrible problema de la corrupción en la universidad. ¿Cómo pueden potenciales rectores omitir tan fundamental tema? De hecho, en lo que a corrupción administrativa concierne (dejo de lado la académica, que también existe y sobre la que se podrían contar muchas cosas interesantes y que causarían estupor), la UNAM no se diferencia mayormente de otras instituciones nacionales, tanto del sector público como del privado. El problema es que este doble carácter, esta naturaleza bipolar de la UNAM, permite que una y otra vez diversos grupos políticos (la Presidencia incluida, diga lo que diga el ex-rector Barnés) externos a la UNAM, aunque obviamente representados en la UNAM por egresados universitarios, intenten apoderarse de ésta, tratando de dar lo que podríamos denominar un ‘golpe de estado universitario’, esto es, imponiendo en Rectoría a “su hombre”, a su candidato, a fin de catapultar la Universidad Nacional en la dirección que a ellos resulte conveniente.
La palabra ‘candidato’ de inmediato nos trae a las mientes la tergiversación del actual proceso universitario, puesto que deja en claro que ya se logró convertir a la UNAM en un laboratorio de experimentación política. En efecto, el proceso de elección de rector se ha convertido en una especie de réplica de cualquier proceso electoral de diputados o gobernadores y tan desagradable como esos. Lo que con ello se logra es desproveer al proceso universitario de su carácter académico para convertirlo en un vulgar proceso de manipulación politiquera revestida, eso sí, de birrete y toga. Ahora bien, esta nueva forma de movilizar a la comunidad universitaria tiene de todos modos un aspecto positivo: más allá de toda consideración referente a las características personales de los directamente involucrados, permite rastrear más fácilmente sus vínculos personales, sus dependencias políticas, sus proyectos (por así llamarlos) ‘opacos’ o no explícitos con el mundo extra-universitario, esto es, con fuerzas que operan allende los muros universitarios. Este es otro punto que tampoco hay que perder de vista.
Yo soy de la opinión de que los universitarios deben dejar en claro que no estamos dispuestos a cruzarnos de brazos, a permitir que algunos vivales se apoderen del proceso de elección de rector de la UNAM y que lo conviertan en algo así como una intriga del PRI del Distrito Federal. Para ello, lo que hay que hacer es pronunciarse de manera abierta y evitar a toda costa el juego del discurso sibilino y de la transmisión oblicua u opaca de nuestros puntos de vista. Nada de eso! A diferencia de lo que pasa con los miembros de los partidos políticos, nosotros, los universitarios, reivindicamos el derecho a expresarnos con toda libertad, le guste a quien le guste. Es más: yo diría que es una obligación hacerlo. De manera que yo, como cualquier otro miembro de la UNAM, tengo el derecho de decir lo que pienso y pienso hacer valer mi derecho. Naturalmente, nada más alejado de mí que pretender hablar de las personas mismas, puesto que yo no conozco personalmente a ninguno de los candidatos, pero sí me reservo el derecho de pronunciarme sobre los personajes universitarios en función de sus perfiles públicos, y de externar comentarios sobre sus programas haciendo explícito lo que éstos me inspiran. Antes de ello, sin embargo, quisiera rápidamente señalar algunas características primordiales de nuestra universidad.
Yo creo que no estará de más preguntarnos ‘¿qué no es la UNAM? Me parece que con certeza podemos afirmar lo siguiente:
a) no es una compañía o empresa privada. Por lo tanto,
a’) no requiere de un gerente
b) no es una secretaría de estado (eso sería más bien CONACYT). Por lo tanto
b’) no requiere de un burócrata
c) no es una universidad desligada de los intereses nacionales. La UNAM   tiene compromisos con la nación. Por consiguiente
c’) no puede ni debe operar como una universidad privada. La UNAM forzosamente se mueve en una dirección diferente de la que es propia de instituciones educativas que tienen fines de lucro.
Una vez hecho un planteamiento general, podemos rápidamente pronunciarnos sobre algunas de las propuestas que nos han hecho. La verdad sea dicha: ninguno de los “programas” hasta ahora presentados resulta totalmente atractivo o convincente. Empero, hay niveles o grados de aceptabilidad, de manera que de todos modos se pueden jerarquizar las propuestas. Éstas, hay que decirlo, son híbridas y no están suficientemente matizadas. Por ejemplo, la idea de eliminar las tesis en licenciatura como condición para obtener el grado me parece en principio aceptable en ciertas áreas (química, matemáticas, física, biología), porque en ellas un buen trabajo experimental o un buen ejercicio demostrativo podrían bastar para acreditar que el alumno tiene el nivel adecuado, pero eso mismo es a todas luces inaceptable para otras (letras, filosofía, historia), en las que lo que se requiere es precisamente que los alumnos sepan servirse con fluidez de lo que es su instrumento fundamental, a saber, el lenguaje y por lo tanto tienen que mostrar su capacidad escribiendo un trabajo. Algunas ideas, como la del Dr. E. Graue, director de la Facultad de Medicina, como la de combinar posgrado y docencia, me parecen atinadas y sobre todo practicables, ejecutables. En general, la bandera de la interdisciplinariedad, enarbolada por varios de los candidatos, de entrada me huele mal: si no está debidamente acotada, lo que la interacción interdisciplinaria tiende a generar no es otra cosa que superficialidad, parloteo y estancamiento temático. La mezcolanza de tecnicismos sólo da lugar a diálogos ficticios y a discusiones inservibles. La verdadera investigación, la investigación de punta, es siempre especializada y las más de las veces es sólo como resultado de un venturoso azar que puede ser de utilidad en otras áreas y para otros especialistas. El Dr. Bolívar nos dice que hay que mejorar el bachillerato y yo pregunto: ¿quién podría estar en desacuerdo con eso? Nadie, pero ¿por qué? Porque decir eso no es realmente hacer ninguna propuesta, sino mero wishful thinking: mientras no se nos diga cómo se reforma el bachillerato no se nos ha dicho nada en lo absoluto. Creo que así podríamos pasar en revista las diversas opiniones de los ilustres universitarios que se postulan o los postulan para el puesto supremo en la UNAM. Me parece que, independientemente de lo que pensemos en concreto acerca de los proyectos de los diversos candidatos, lo que sí podemos decir es que se trata en su mayoría de planes bien intencionados que traen consigo la impronta del académico. Hay, no obstante, un caso particular que, en mi humilde opinión, amerita una reflexión particular. Me refiero al Ing. Sergio Alcocer.
Lo que yo pienso sobre el candidato Alcocer se enmarca en lo que he venido afirmando y lo que sostengo es que la Universidad Nacional Autónoma de México tiene ciertos rasgos que simplemente no encajan con el perfil del candidato en cuestión. Reconozco que a mí me en lo particular me dio una desagradable impresión inicial cuando, al arrancar su campaña de conquista de la Rectoría (mucho antes que todos los demás, dicho sea de paso), afirmó que venía “a aportar su talento” a la universidad. “Bueno”, pensé yo para mis adentros, “esta petulancia ¿con qué se justifica?¿Nos las estamos viendo aquí con un Premio Nobel, con un Príncipe de Asturias, como el Dr. Bolívar? Vaya decepción! Simplemente no es el caso. La producción teórica (también hay teóricos en ingeniería, no lo pasemos por alto) del Ing. Alcocer no es (siendo suave en la caracterización) apabullante. No es, pues, por la enumeración de sus méritos académicos por lo que se engruesa su curriculum. Pero más allá de su falta de lustre académico, la verdad es que las propuestas de Alcocer no parecen tener mayor contenido. Considérese, verbigracia, la sugerencia concerniente a la “formación y actualización de profesores”: ¿es eso parte de la reforma que la UNAM requiere?¿Qué tiene de novedoso?  La formación y actualización de profesores e investigadores es algo que en la UNAM permanentemente se hace. ¿En qué consiste entonces la originalidad de la propuesta? Algunas cosas que Alcocer afirma son reveladoras. Él sostiene, por ejemplo, que hay que contratar a los mejores egresados “de la UNAM y de otras universidades”. Eso es un arma de doble filo. ¿Por qué no mejor nos proponemos traer a todos los académicos desempleados de los Estados Unidos y llenamos con ellos la nómina universitaria, desplazando así a los menos buenos que serían en este caso los profesores e investigadores mexicanos? Todo el detestable rollo sobre el liderazgo y la innovación no es más que el reflejo de la absorción mental de los esquemas yanquis de pensamiento, esquemas que no tenemos por qué hacer nuestros, sobre todo cuando vemos cada día más claramente que el modelo universitario norteamericano ya fracasó, inclusive si admitimos que en otros tiempos les funcionó muy bien. No entiendo para qué tenemos nosotros que hacer un recorrido que sabemos de antemano que lleva al fracaso. El programa de Alcocer incluye también la incongruente idea de que habría que identificar candidatos para convertirse en maestros de bachillerato. Con todo respeto: la idea misma es declaradamente ridícula. Todo estudiante, todo egresado es potencialmente un maestro de la Preparatoria. Quizá a Alcocer ya se le olvidó cómo se ganan las plazas, pero podemos asegurarle que si hubiera un método para ello (aparte del de ser un estudiante dedicado, aplicado, interesado en sus materias, etc.), todo mundo lo aplicaría y por consiguiente todo mundo se convertiría en maestro del bachillerato. Confieso que no veo nada particularmente interesante o relevante en lo que he podido atrapar de su proyecto. Para mí que es claro que la perspectiva académica de Alcocer no es la que la UNAM necesita, pero lo importante es entender que lo que no es positivo para la UNAM es activamente negativo para ella y eso es algo que nosotros, los universitarios, no podemos conscientemente querer para nuestra máxima casa de estudios.
La verdad es que lo que distingue a Alcocer de los demás candidatos no es su “programa” sino el hecho de que a diferencia de los demás él, aunque egresado de la UNAM, llega a la contienda por la rectoría cargado de “conexiones” extra-académicas, de carácter no sólo político, que no puede ocultar y que inevitablemente lo delatan. Es difícil no ver en él un mero gestor, un administrador cuya función sería básicamente la re-estructuración de la UNAM en la dirección de su “apertura” al universo de la empresa privada. Dado su trasfondo, es imposible no ver en él a alguien que viene con un proyecto de universidad acorde a la política del gobierno para el cual trabajó. Después de todo, es perfectamente comprensible que alguien razone así: si “se abrió” Pemex a la inversión privada: ¿por qué no habría de suceder lo mismo con la UNAM? De hecho, eso es lo que tendría que pasar para que la UNAM dejara de ser la molesta piedrita en el zapato para un gobierno decidido a cumplir con la última etapa del proceso de desmantelamiento de la infraestructura nacional, esta vez en el terreno de la educación superior. Esto hace vislumbrar la posibilidad de un grave conflicto interno en la UNAM, algo que todos quisiéramos que no sucediera. Es posible que yo esté en un error, pero a mí nadie me ha convencido de que no es cierto que con Alcocer se darán los primeros pasos en la dirección de la privatización de la UNAM. ¿Cómo se hace eso? No es, claro está, vendiendo la UNAM edificio por edificio. Nadie dice semejantes barbaridades. La privatización se logra empezando por establecer los tan anhelados vínculos con la iniciativa privada, con los fondos privados, la financiación privada de proyectos, atrayendo con el cebo del dinero y el turismo académico en grande el interés de los investigadores, a menudo presa fácil de tentaciones como esas. Y poco a poco se integra la UNAM al mundo de los inversionistas, lo cual quiere decir se irán subordinando poco a poco sus intereses propios (libertad de investigación y cátedra, por ejemplo) a los proyectos que efectivamente rindan beneficios, generen ganancias, etc. Si eso sucediera, podrán entonces afirmar triunfalmente todos aquellos que hubieran contribuido a la elección como rector de Sergio Alcocer: “Estamos de fiesta! La Universidad Nacional Autónoma de México ha muerto!”. ¿Será por esto por lo que opte la venerable Junta de Gobierno de la UNAM?

Éxitos Contraproducentes

Si el mundo es todo lo que sucede y lo que sucede es mucho: ¿por qué tendríamos que ocuparnos una y otra vez de las mismas situaciones?¿Por qué no abordar, por ejemplo, la densa cuestión de la sucesión universitaria o el  muy entretenido script peliculesco (tan bien armado por los genios de la PGR) concerniente, primero, a la evasión de la cárcel y ahora (el siguiente capítulo de la novela policiaca que al parecer ya nos tienen listo) a la misteriosa huida de un malherido Chapo Guzmán, preámbulo obligatorio del capítulo final y cuyo desenlace a todas luces tendrá necesariamente que ver con la muerte del héroe? ¿Por qué no hablar de los problemas del magisterio nacional, del sino macabro de los muchachos de Ayotzinapa (y de las nuevas infamias que nos tienen preparadas las autoridades encargadas del caso, como la inculpación de nuevos personajes) o de la sucesión presidencial argentina? Es obvio que como esos hay un sinfín de temas de interés. Sin embargo, hay algunos que por su importancia y trascendencia de manera natural se auto-imponen y literalmente nos fuerzan a volver a encararlos. Un tema así, sin duda alguna, es el conflicto israelí-palestino. ¿Por qué ese problema una y otra vez, por así decirlo, nos estalla en las manos? La respuesta es obvia y simple: porque es un conflicto al que no se le ha querido dar una solución. Pero eso ¿por qué? La respuesta a esta pregunta es todo lo que se quiera menos obvia y simple. Intentemos, no obstante, decir algo razonable al respecto.

A lo largo de las últimas semanas nos hemos venido enterando, a través de los más variados medios de información, de choques cotidianos entre palestinos e israelíes. Para empezar, es tentador señalar un evento particular como el detonador de la nueva fase de violencia, pero una sugerencia así es fácilmente rebatible: son tantos ya los actos de violencia ocurridos (como el haberle prendido fuego a un niño en su cuna) que sería prácticamente imposible seleccionar uno en particular y erigirlo en detonador, además de que, en segundo lugar, es obvio que algo es o puede ser un detonador sólo en un contexto apropiado. Sería altamente improbable que, si se eliminara o modificara drásticamente el contexto, el detonador en cuestión tuviera los efectos que en este caso habría mostrado tener o simplemente ni siquiera se habría dado. La pregunta es entonces: ¿cuál es ese contexto que con tanta facilidad promueve la detonación de actos de violencia y odio entre palestinos e israelíes? La pregunta es precisa, pero requiere para ser debidamente respondida ciertas aclaraciones.

Con toda franqueza, no creo que tenga el menor sentido abordar un tema a fin de tratarlo con seriedad para posteriormente limitarse a recitar lugares comunes, discutir con hombres de paja o repetir consignas. Pero si ello es así, entonces tal vez debamos empezar por señalar que lo que es inusual en Israel y en los territorios ocupados es la violencia entre palestinos e israelíes, puesto que lo que sí es real es la violencia cotidiana en contra de la población palestina en su conjunto. Negar eso sería simplemente mostrar que no se desea tratar el tema con objetividad. Todos sabemos que todos los días la población palestina, independientemente de que se sea hombre, mujer, anciano o niño, es víctima de toda clase de tropelías y humillaciones por parte del ejército israelí, así como todos los días los palestinos son víctimas de atropellos y de actos de violencia injustificada por parte de los colonos (los famosos “settlers”), quienes poco a poco, y en concordancia con la política del gobierno israelí, se engullen los remanentes de lo que otrora fuera tierra palestina. A lo que asistimos ahora, por consiguiente, es a expresiones de violencia por parte de palestinos como una respuesta desesperada frente a una situación que es ya francamente insoportable. ¿Cuál es esa situación?¿De qué situación hablamos? De una situación de injusticia estructural, crónica y galopante. Se trata de una situación que prevalece por lo menos desde la creación de Israel, o sea, desde hace 67 años. En otras palabras, mientras que las personas que viven a lo largo y ancho del mundo en situaciones de normalidad se pasean, trabajan, se reproducen, comen, festejan, etc., los palestinos lloran, son agredidos, golpeados, encarcelados, asesinados. Así, el mundo contempla pasivamente y desde lejos el martirio cotidiano palestino. Por razones que es ya es hora de que salgan a la luz, lo cierto es que la casi totalidad de los gobiernos actúa en connivencia con la política de limpieza racial, de odio irracional y de prepotencia alevosa por parte del gobierno y la sociedad israelíes.

No es mi propósito discutir aquí y ahora el status de la “violencia palestina”. Desde luego que cuando un palestino apuñala a un soldado israelí ejerce violencia, pero es pura y llanamente imposible (insensato) pretender juzgar un acto así al margen de su contexto, de su trasfondo. Si a una persona le mataron a sus padres, demolieron su casa, lo han golpeado en repetidas ocasiones, mutilaron a sus hermanos, etc., es perfectamente comprensible que el individuo en cuestión en algún momento actúe con violencia. Frente a un estado racista y terrorista como el israelí, no creo que haya muchas opciones de acción. El tema interesante es desde luego el de cómo y por qué puede haber un estado así, pero ese es un tema demasiado complejo como para tratarlo en unas cuantas páginas. De seguro que en algún momento regresaremos sobre él. Por ahora, sin embargo, mi objetivo es mucho más modesto y se reduce a compartir con el lector algunas reflexiones sueltas sobre diversos potenciales efectos, quizá no del todo bien sopesados por parte de los actuales dirigentes israelíes, de una política que, se puede argumentar tanto a priori como a posteriori, está destinada a fracasar.

Yo creo que debería quedarle claro a los líderes sionistas que, con toda y su inmensa superioridad material, va a ser de hecho imposible para Israel aniquilar a 5,000,000 de personas. Ahora bien, si, per impossibile, el estado israelí lograra realizar dicha proeza, ello representaría ipso facto una derrota simbólica total para él. ¿Por qué? Porque lo que Israel habría realizado sería una nueva Shoah, su propia Shoah, una Shoah palestina. Con ello, al mismo tiempo, quedaría identificado precisamente con eso que más detesta que lo identifiquen: sería, a los ojos de la población mundial, el nuevo estado nazi, el estado nazi del Medio Oriente. Eso será todo lo que se quiera menos una victoria política.

En segundo lugar, el estado israelí no debería desdeñar al modo como lo hace el repudio popular mundial al cual ya se ha hecho acreedor. El estado israelí funda su política única y exclusivamente en consideraciones de fuerza (financiera, militar y propagandística). Le importan únicamente los apoyos gubernamentales en las instancias relevantes, pero es ostensiblemente indiferente a la antipatía de los pueblos. Empero, ésta a menudo resulta indispensable y hasta decisiva. Ya en nuestros días, dejando de lado algunos sectores importantes de la sociedad norteamericana, hay prácticamente pocos pueblos no directamente involucrados en el conflicto del Medio Oriente que sientan simpatía por Israel, mucho menos que lo apoyen. Digámoslo claramente: los millones de personas que viajan a Israel no se desplazan por conocer dicho país, sino que viajan a él para visitar el Santo Sepulcro, el Jardín de los Olivos y el Gólgota y las más de las veces regresan ofendidos por lo que vieron o vivieron allá (los sistemáticos escupitajos a las monjas por parte de los transeúntes, por ejemplo).

En tercer lugar, me parece muy arriesgado pensar que en los países de los cuales provienen sus mayores apoyos (Estados Unidos y Francia, sobre todo) no pueden darse cambios sustanciales que podrían afectar peligrosamente su situación de vencedores. Es claro que sin el apoyo material, financiero, logístico y diplomático de los Estados Unidos Israel no sería el país fuera de ley que es y digo ‘fuera de ley’ por la simple razón de que nunca acata las resoluciones en su contra independientemente de en dónde se tomen (UNESCO, ONU, etc.). Sin los cerca de 10,000 millones de dólares que el Congreso norteamericano le regala a Israel anualmente, sin la pródiga dádiva de armamento sensible que recibe del Pentágono, Israel no resistiría mucho tiempo una guerra como la que ahora se libra en el Medio Oriente. Ahora bien, cambios así se pueden dar. Es bien sabido que el Partido Socialista francés (y por ende, en la actualidad, el gobierno francés) está dominado por gente que trabaja abiertamente en comunión con el CRIF (Concejo representativo de las Instituciones Judías de Francia), pero también se sabe de la oposición popular la cual, dirigida por gente tan diversa como Alain Soral o Dieudonné M’Bala M’Bala, ha sido aclamada de un modo que hasta hace un par de años habría sido inimaginable. En Estados Unidos, igualmente, se pueden dar cambios que podrían limitar drásticamente la actualmente todopoderosa influencia del así llamado ‘lobby judío’. De hecho, el lenguaje político norteamericano está empezando a cambiar, por la sencilla razón de que las políticas públicas tienen que modificarse (seguro social, educación, etc.). Pero ¿qué pasaría si el status quo político norteamericano se modificara y las correlaciones de fuerzas cambiaran? Es obvio que Israel no se puede bombardear a sí mismo con armas atómicas y una guerra sin el masivo apoyo occidental del cual dependen y al cual están acostumbrados podría poner a los israelíes en situaciones críticas hasta ahora desconocidas. Infiero que la soberbia a la Netanyahu, fundada en la convicción de que nunca nada cambiará en los países occidentales, puede conducir al desastre.

Podemos señalar, en cuarto lugar, como una causa más para re-pensar la política intransigente y criminal del actual gobierno israelí el hecho de que es una vulgar patraña la afirmación de que el gobierno sionista efectivamente representa al 100 % de la población israelí y judía en general. Hay varios sectores judíos de personas inconformes con la política racista y represora del gobierno israelí. Están, por una parte, los ultra-ortodoxos, aquellos que por razones religiosas están en contra de la existencia del estado mismo de Israel. Ese es un tema nada desdeñable, ni teórica ni prácticamente. Están, por otra parte, los libre-pensadores, la gente que no comparte los valores sionistas y que, superando multitud de prejuicios y chantajes, se han declarado en contra de las masacres y el trato degradante de los ciudadanos de segunda clase, esto es, de los árabes que son ciudadanos israelíes y viven en Israel. Los exponentes de la política israelí siempre se expresan como si hablaran en nombre de todos los judíos del planeta, israelíes o no, pero eso es simplemente una táctica política. No hay tal cosa. Hay muchos intelectuales, artistas, refuseniks, religiosos y seres humanos de buena voluntad de origen judío que simplemente están en contra de lo que en su nombre se hace. Por el momento, sin duda alguna, son una minoría, pero es más que obvio que es una minoría que crece día con día.

Por último, podemos apuntar a fracasos políticos que pueden desencadenar secuencias de hechos cuyos impactos es altamente probable que el gobierno israelí no pueda neutralizar. Un caso así fue el pacto atómico con Irán y otro la no extinción de Siria y de su legítimo gobierno. Ya Israel se llevó algunas sorpresas cuando tuvo que enfrentar al Hezbollá con un mínimo de armamento (nunca igual al suyo, es cierto). El día que el ejército israelí enfrente un ejército realmente bien preparado y que no pueda derrotarlo: ¿qué consecuencias acarrearía eso a nivel mundial para la población judía? Pienso que, si se sopesaran las potenciales consecuencias de una coyuntura no favorable, se tendrían elementos para pensar que la política de gobiernos como el de Netanyahu pueden ser funestas para los israelíes y para el pueblo judío en general.

Yo me inclino a pensar que la historia ha sentado tantos precedentes y le ha dado a los seres humanos tantas lecciones que lo menos inteligente que se puede hacer es taparse ojos y oídos y rehusarse a aprender del pasado. Una política de odio, de desprecio hacia nuestros congéneres, no puede triunfar. Los dogmas de superioridad y los mesianismos de invencibilidad terminan siempre por derrumbarse estrepitosamente. No se le puede impunemente enseñar a niños a cantar que hay que ir a matar palestinos y cosas por el estilo (hay mucho de esto en internet y para alguien que no está inmerso en ese mundo no es tan fácil de soportar), porque esa política a la larga dará malos resultados al interior de la sociedad que ahora los fomenta. La terca política de un solo estado con diferentes clases de ciudadanos (diferentes derechos, obligaciones, etc.) no tiene futuro y menos aún en la época de una feroz globalización. La cruel obscenidad del presente no se justifica apelando a la crueldad obscena del pasado. El mundo sabe ya cuál es la fuente del verdadero terrorismo, del terrorismo de estado, a pesar de toda la manipulación que sistemáticamente se haga a través de los medios de comunicación. A pesar de éstos y de las múltiples formas que hay para presionar, a la gente alrededor del mundo le queda día con día cada vez más claro quiénes son los terroristas y quienes las víctimas en Tierra Santa.

Descarado!

Una ventaja que tenemos quienes de motu proprio nos esforzamos por articular pensamientos que sean no sólo coherentes y explicativos sino también que sirvan para expresar lo que son nuestros genuinos puntos de vista es que no estamos constreñidos a ocuparnos de los temas del momento, de esos de los que a fuerzas (por definición) se tienen que ocupar los periodistas profesionales. Nosotros no tenemos semejantes restricciones, por lo que podemos retomar libremente el tema que consideremos digno de reflexión aunque éste ya no sea “de actualidad”. Yo tuve que ausentarme una semana, por razones de trabajo (asistí en la ciudad de Puebla al “Vº Congreso Wittgenstein en Español”, del cual soy co-organizador) y no tuve entonces tiempo para abordar un tema que llamó la atención pública y que sin duda ameritaba un mínimo de ponderación. Puedo desde luego enunciar rápidamente el tema que me incumbe, pero me parece que lo apropiado es describir, aunque sea a grandes rasgos, el marco general dentro del cual es menester ubicarlo.

Con toda franqueza, no sabría decir si sólo un desquiciado o un ser malvado podrían negar que el mundo está pasando por una etapa de destrucción y desolación que no tiene paralelo en la historia humana. ¿Cómo entender y evaluar de manera responsable lo que está pasando en el mundo? Yo creo que las respuestas variarán en función del grado de abstracción en el que nos ubiquemos. Hay que hacer aquí un gran esfuerzo para, por así decirlo, colocarse por encima y ver de lejos los sucesos del mundo y mientras más universal sea nuestra perspectiva mayor claridad tendremos del tema que nos incumbe. Evidentemente, el nivel perfecto de observación es lo que podríamos llamar el ‘punto de vista de Dios’: a Él sí una sola mirada le bastaría para captar el complicado entramado de políticas, decisiones, ambiciones, ideas, pasiones y demás que operan y que dan como resultado lo que es la situación actual. A Dios ciertamente Obama no podría engañarlo, Netanyahu no podría amedrentarlo, Hollande no le haría sentir pena ajena y así podríamos seguir mencionando a todos aquellos que, por ocupar (aunque sea de manera pasajera) posiciones mundanas decisivas, inciden en las vidas de los demás y muy a menudo para el infortunio de las personas. Nosotros, evidentemente, estamos a años luz de la sabiduría divina, por lo que no nos imaginamos estar revelando los arcanos del universo. No obstante, aunque sea de manera sumamente imperfecta, hacemos el esfuerzo por contemplar lo que pasa alrededor de nosotros de la manera más objetiva posible. Y ¿qué es lo que vemos? Lo que mi aparato cognoscitivo me indica, a la manera de un sensor que cuando detecta una señal automáticamente enciende un foco, es algo tan simple que hasta da pena enunciarlo, en gran medida porque quienes no tienen ese sensor (la inmensa mayoría de las personas, por muy variadas razones) intentan hacer sentir a quien sí lo tiene como si fuera alguien que padece alucinaciones de alguna índole o que es algo así como un retrasado mental. ¿A qué me refiero, concretamente? Yo creo que lo que salta a la vista es pura y simplemente que el sistema de vida reinante, el capitalismo, ya no funciona, es decir, ya no es operativo realmente, ya no hace que la humanidad progrese, vaya hacia adelante, supere sus contradicciones y sus miserias. No creo, en efecto, que nadie sensato y con una dosis elemental de información pueda sostener que la civilización contemporánea no es una civilización de destrucción sistemática de la naturaleza y de sumisión de unos (muchos) por otros (muy pocos). Sería hasta redundante, por no decir tedioso, enumerar las catástrofes humanas que día con día tienen lugar en el planeta, catástrofes no naturales y de causantes fácilmente indiciables. Ese es el marco dentro del cual habría que ubicar nuestro tema. ¿Y cuál es ese?

Como todos sabemos, el Papa Francisco hizo recientemente una importante visita a América. Básicamente, sus pasos lo llevaron a Bolivia, a Cuba y a los Estados Unidos. Parte crucial del mensaje del Papa fue un llamado, a mi modo de ver infructuoso pero eminentemente noble, a abrir los ojos ante la evolución del mundo. Como el mundo es entendido vía categorías económico-políticas, el Papa Francisco habló del capitalismo (o sea, el sistema de vida imperante) y en forma casi patética llamó a cambiarlo porque él, sin duda mucho más y mejor inspirado que yo, detectó la esencial maldad del sistema, un sistema que genera profundas asimetrías económicas y crueles engaños políticos. Todos sabemos que un papa es la cabeza de un estado, pero no por ello deja de ser persona y por lo tanto no se puede simplemente descalificar lo que dice apelando a su investidura. Su discurso fue muy claro: el modo de vida prevaleciente es cruel y contrario a las más básicas de las genuinas intuiciones religiosas, intuiciones que tienen que ver con el amor al prójimo y el respeto a la vida.

Y es aquí que de pronto nos topamos con el asombroso hecho de que un escritor venido a más, un cuentero artificialmente inflado, un político fracasado y lleno de resentimientos, se permite pronunciarse, en un tono condescendiente y desdeñoso, sobre lo dicho por el Papa, como dando a entender que las afirmaciones de este último son meramente el producto de la senilidad y de una profunda incomprensión de lo que está pasando. Me refiero al novelista Mario Vargas Llosa. Su pronunciamiento, obviamente, no fue hecho en privado sino que recibió la mayor difusión posible, lo cual también tiene una explicación. Aquí se hace valer el proverbio según el cual Dime con quién andas y te diré quién eres y ¿con quién hizo pública Vargas Llosa su evaluación del Papa? Ni más ni menos que con el agente ideológico pro-yanki, el apologista del capitalismo por excelencia, el argentino-norteamericano Andrés Oppenheimer!! Así, pretendiendo enmendarle la plana al Papa Francisco, Vargas Llosa se permitió hacer un par de afirmaciones dignas de ser tomadas en cuenta. Sostuvo, primero, que la crítica de la Iglesia al capitalismo no era nueva y que lo que el Papa había sostenido simplemente representaba el verdadero punto de vista de la Iglesia Católica y, segundo, que el Papa (y por consiguiente la Iglesia) no había logrado comprender que el capitalismo está internamente conectado con la libertad y la democracia. Dado que es obvio que Vargas Llosa no tiene formación filosófica fue incapaz de enunciar lo que realmente tenía en mente. Lo vamos a hacer nosotros por él: lo que Vargas Llosa quiso decir es simplemente que los conceptos de democracia, capitalismo y libertad están esencialmente vinculados unos con otros. O sea, se implican mutuamente y rechazar uno equivale a rechazar los otros dos.

Me parece que podemos copiarle al Papa su conducta lingüística y aplicarla en el caso del escritor español (y digo ‘español’ porque, como todo mundo sabe, Vargas Llosa renunció a la nacionalidad peruana a raíz de su estrepitosa derrota electoral ni más ni menos que ante Alberto Fujimori; a todas luces, no es un buen perdedor). Cuando le pidieron al Papa que se pronunciara sobre los homosexuales (al margen de la Iglesia), él con humildad respondió: ¿Y quién soy yo para juzgar a los demás? Yo creo que podemos, mutatis mutandis, hacer la misma pregunta en relación con Vargas Llosa: ¿y quién es él para permitirse juzgar a personajes mucho más capacitados y mejor ubicados que él para hablar de la situación mundial?¿Por qué se le habría de conceder atención especial a los dichos de un escritor al que por decisiones de burocracia internacional de administración cultural se le colocó en la cima? Nosotros quisiéramos preguntar (como en algunos otros casos notorios): ¿cuál es esa obra tan magnífica que lo llevó al premio Nobel? ¿Pantaleón y las Visitadoras? Que no nos hagan reír! Vargas Llosa es obviamente el beneficiario de un premio que no es de literatura en sentido estricto, sino que se da en el ámbito de la literatura dependiendo del rol político que se desempeñe. La pregunta es entonces: ¿cuál es dicho rol?

Es evidente hasta para un niño que Vargas Llosa es el caso típico del escritor que, gozando de un cierto prestigio literario, aprovecha un determinada coyuntura, cambia de disfraz ideológico y se deja mansamente cooptar, convirtiéndose entonces en el portavoz de exactamente lo contrario que hasta entonces había venido representando. Dado que, a diferencia de lo que pasa en Europa en donde el filósofo, cuando es relevante, es una figura pública respetable y escuchada, en América Latina ese papel lo juegan más bien los literatos. Son éstos los que, ante la opinión pública, juegan el papel de hacedores de opinión. Vargas Llosa es claramente el caso peruano, pero nosotros no tenemos que ir muy lejos para apuntar a exactamente el mismo fenómeno: ahí está Octavio Paz, el individuo que, adelantándosele,  le marcó con toda precisión el camino a seguir a Vargas Llosa. Como muchos otros, Gabriel García Márquez por ejemplo y el mismo Paz, Vargas Llosa se inició en la literatura como un escritor de izquierda, lo cual a la sazón quería decir ‘anti-golpista’, ‘pro Revolución Cubana’, etc. Pero Vargas Llosa tuvo su camino de Damasco: su inspiración divina llegó con la intervención de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga, en 1968, una intervención nunca siquiera mínimamente explicada. Ahora que para nosotros es fácil constatar que lo que pasó en Polonia 10 años después era justamente lo que estaba a punto de suceder en lo que era la República Socialista de Checoslovaquia, podemos apreciar el certero oportunismo de Vargas Llosa. Éste súbitamente se apoderó (o creyó que lo hacía, porque podríamos pensar que más bien fue al revés) del fácil vocabulario demagógico de la “libertad” y la “democracia” para convertirse a partir de ese momento en uno de los líderes de la más descarada de las derechas. No podría sorprender a nadie entonces que ahí y no antes se iniciara su incontenible triunfo mundano, un triunfo que sus previas novelitas no le habrían podido deparar: candidato a la presidencia, premio Nobel, ideólogo reconocido, ciudadano ilustre, invitado distinguido, etc., etc. Como es natural, fue un participante activo en los programas de Televisa que Octavio Paz dirigió (y que de cuando en cuando vuelven a sacar al aire, por si se nos olvidan sus “lecciones”) a raíz de la caída del Muro de Berlín y de la disolución final del mundo socialista, cosa que aprovechó a la perfección para exponer su famosa tesis sobre la “dictadura perfecta” mexicana, encarnada desde luego en el PRI y la cual curiosamente encajaba a la perfección con los planes de cambio gubernamental para México que ya se fraguaban en los Estados Unidos. Desde luego que no vamos a defender al PRI pero tampoco a atacarlo, porque eso es caer en el juego falaz de considerar fenómenos muy complejos como si fueran simples: el PRI jugó papeles diferentes en diferentes momentos de su historia y es evidente de suyo que hablar del PRI como lo hizo Vargas Llosa no era más que una maniobra demagógica para debilitar, con el pretexto del cambio mundial, a un gobierno que todavía tenía vetas nacionalistas. En ese sentido, es claro que Vargas Llosa le hizo un profundo daño a la nación mexicana, inter alia. En todo caso, lo que es claro es que a partir de entonces Vargas Llosa ha sido uno de los más estridentes críticos de todo lo que sea oposición al sistema capitalista. No cabe duda de que es un hombre con los pies muy bien puestos en la tierra!

Tengo que confesar que por diversas razones siento una gran antipatía por Vargas Llosa, porque creo detectar en él motivaciones muy bajas o sucias en lo que es su rol político, pero mi animadversión se incrementó cuando me percaté de que sucedía con él lo que sucede en muchos países de habla hispana (España incluida, desde luego) y es que, una vez ungido, se volvió un parlanchín que se pronuncia con nonchalance sobre temas que desconoce y que, para quienes algo sabemos al respecto, no son otra cosa que retahílas insoportable de trivialidades, errores y falsedades. Es el caso, por ejemplo, de su reseña de un bien conocido libro sobre el célebre encuentro entre el gran pensador austriaco, naturalizado británico, Ludwig Wittgenstein, y el filósofo Karl Popper, también de origen austriaco y también naturalizado inglés, quien provocó en la universidad de Cambridge una situación ridícula de enfrentamiento con alguien a quien envidiaba y que era infinitamente superior a él, como lo historia lo atestigua. La reseña por parte de Vargas Llosa del libro que recoge ese episodio es a las claras la de alguien externo al mundo académico pero que, avalado por su fama, se siente autorizado para hablar con desparpajo sobre temas que le son ajenos. Yo mismo reseñé el libro del cual él se ocupa e invito al lector a que confronte nuestros respectivos trabajos para que pueda determinar por cuenta propia cuán bien o mal fundado está lo que afirmo.

La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿qué peligros representan personajes como Vargas Llosa? Éste me parece ser un buen prototipo del ser humano esencialmente materialista, un desespiritualizado típico de la época de nihilismo por la que atravesamos, justamente de lo más anti-wittgensteiniano que podríamos imaginar. Vargas Llosa es el intelectual latinoamericano adormecido por los cantos de sirena del éxito terrenal. Ser un clown de super-ricos, alguien que ameniza con palabras el banquete al que con benevolencia se le invita, alguien que puede salir en las revistas de la “gente bien”, alguien a quien por consiguiente por decreto se le aplaudirá, escriba lo que escriba, esa es la meta de Vargas Llosa y de gente como él. Es, pues, el símbolo perfecto del intelectual latinoamericano extraviado espiritualmente. Qué lástima que lo que nos incitó a redactar estas cuantas páginas no haya sido otra cosa que un descarado comentario.

La Irrelevancia de la Diplomacia

Pocas cosas hay tan decepcionantes y frustrantes como lo es un fracaso conversacional que termina en un mero diálogo de sordos. Y no estará de más entender que, además de ser decepcionante y frustrante, dicho fracaso es un mal augurio cuando los dialogantes son personajes decisivos para el mundo. Eso es más o menos lo que podemos afirmar que sucedió en la Asamblea General de la ONU cuando examinamos, aunque sea superficialmente, los discursos de los presidentes V. Putin, de Rusia, y B. Obama, de los Estados Unidos. Literal y metafóricamente, hablan idiomas distintos. Desde luego que el contenido de sus respectivos discursos es interesante per se, pero también resulta ilustrativo leer entre líneas y tratar de entender no lo que afirman (lo cual está a la vista), sino sus motivaciones subyacentes, lo que revelan. Sobre algo de ello quisiera decir unas cuantas palabras, para mí obvias, aunque quizá no evidentes para todo mundo.

No deberíamos perder de vista que es a través de discursos, por así llamarlos, ‘oblicuos’, como a menudo los mandatarios promueven sus posiciones políticas y hacen llegar sus mensajes al mundo. Hay en sus alocuciones, por lo tanto, dos niveles: el explícito y lo que sus textos revelan o permiten entrever. Dado que escuchamos sus discursos, disponemos entonces del material suficiente para extraer de sus exposiciones rasgos generales no ya de sus personalidades, puesto que realmente prácticamente no hay nada subjetivo en ellas, sino de sus respectivas perspectivas políticas. Es de eso de lo que quisiéramos someramente ocuparnos.

Recordemos, para empezar, que la frase ‘no entendemos a Putin’ se ha vuelto ya de uso permanente en los medios políticos norteamericanos. ¿Por qué dicen ellos eso? Cada vez que Putin se les adelanta con alguna propuesta o medida, diplomática, económica o militar, los políticos americanos se sorprenden y exclaman que “no logran entender a Putin”. Ellos, naturalmente, presentan el asunto en términos psicológicos, lo cual es un error garrafal, porque no es eso lo que está en juego. Por ejemplo, los norteamericanos pensaban que los rusos aceptarían tranquilamente perder Crimea y, claro está, se equivocaron rotundamente; se imaginaron que con el golpe de estado que organizaron y la imposición de un gobierno abiertamente anti-ruso en Ucrania los rusos se amedrentarían, y no fue así; estaban muy confiados en que lograrían poner de rodillas a Irán, pero la participación rusa (y china) en las negociaciones del pacto nuclear con dicho país bloqueó su siniestro plan bélico; creían que podrían hacer con Siria lo que hicieron con Libia y la decisiva intervención rusa frenó sus ambiciones. La pregunta interesante es: ¿por qué, para decirlo de un modo simple, la mentalidad de políticos profesionales impide que se entienda la mentalidad de algunos de sus enemigos jurados (tienen muchos)?¿Cómo y por qué, dado que no estamos hablando de tontos, son posibles tantos errores estratégicos?

Yo creo que el discurso de Obama echa un poco de luz sobre el asunto. Preguntémonos: ¿qué dice y cómo se expresa el actual presidente de los Estados Unidos? Algo que de inmediato llama la atención es que Obama habla desde la perspectiva del poder desnudo, desde un trono que, sin saberlo él, día con día pierde grados de realidad; él se expresa con la crudeza de un militar desalmado, de alguien que sabe que detrás de él está un inmenso poder militar y, también, de alguien que enarbola la verdad. De todo eso y más se jacta. Sin embargo, hay algo que parece olvidársele: la Asamblea General es un foro para la enunciación de propuestas, de planes pro-positivos, de intercambio de ofrecimientos. Pero Obama no habla ese lenguaje. Él dictamina, pontifica, se erige en juez, anuncia decisiones, miente. Todos recordamos cómo se iniciaron los conflictos en Siria y en Ucrania y lo que él dice simplemente no corresponde a la realidad. Por ejemplo, todos (supongo) tenemos presente cómo, hace cerca de dos años, se le quiso imputar al gobierno legítimo de Siria el uso de gases letales para aniquilar… a su propia población, una acusación grotesca que fue desmentido no sólo por el gobierno sirio y la comisión de la ONU que visitó Siria, sino por la población misma, esa población que ahora huye despavorida de las hordas criminales que fueron a “liberarlos”. El discurso de Obama, por consiguiente, se funda en patrañas difundidas por su gobierno para justificar su ilegal intervención en un país que había logrado mantenerse independiente, firme y hermoso. Había, por lo tanto, que destruirlo y quitar al gobernante legítimo, el presidente Bashar al-Assad, que era y sigue siendo un sólido dique para contrarrestar el insaciable expansionismo israelí y las delirantes ambiciones megalómanas de B. Netanyahu. Es, pues, desde una plataforma de cinismo que Obama se presenta ante el mundo y lanza su mensaje. Su voz ciertamente no es una voz de conciliación. Él sencillamente no sabe tender la mano. ¿Para qué entonces se presenta en la Asamblea General de una organización cuyo objetivo es ese precisamente: juntar a los dirigentes de los países para que lleguen a acuerdos?

En marcado contraste con el de Obama, el discurso de Putin es un documento en el que se diagnostican situaciones, se señalan problemas y se hacen propuestas concretas. Putin, acertadamente, apunta que muchos de los problemas actuales se deben al inmenso vacío que dejó la Unión Soviética. Sin decirlo obviamente de manera cruda, deja en claro que el objetivo central de la política norteamericana a partir de ese momento fue llenar dicho espacio. De ahí que de manera cada vez más cínica, los diversos gobiernos norteamericanos de la post-Unión Soviética hayan ido practicando, cada vez más convencidos de que estaban en la línea correcta, la política de veto en la ONU acompañada de invasiones, ya sea por ellos mismos (Irak, Afganistán) o mediante mercenarios (Libia, Siria). Pero los yanquis no parecen haberse dado cuenta de dos cosas, sobre las que Putin atinadamente llama la atención: primero, hay otra super-potencia y, por lo tanto, hay un límite a lo que habría que llamar su “invasionismo”. Quizá Rusia no sea una “hiper-potencia” (si es que realmente hay alguna diferencia sustancial y no meramente lingüística entre las expresiones), pero de lo que no hay duda es de que está perfectamente capacitada para fijar límites. A los norteamericanos les llevó tiempo entender que la destrucción de la Unión Soviética no era la destrucción del poderío militar ruso y ahora están percibiendo su error geopolítico (e histórico, puesto que se desperdiciaron muchas oportunidades de trabajo conjunto). El segundo punto que Putin establece es igualmente obvio, pues es una verdad que vale no sólo en el plano internacional sino hasta en el gangsteril: si alguien acude a un delincuente para cometer alguna fechoría, lo más seguro es que posteriormente el delincuente lo chantajee y se aproveche de él. Eso es literalmente lo que está pasando, mutatis mutandis, con los neo-condottieri entrenados, pagados y armados por los Estados Unidos. Hay más de un sentido en que ya no los controlan, sólo que ya les dieron armas y los entrenaron (el mismo esquema que en América Latina en los años 70, digamos). Así, pues, si hay algo que ha dado malos resultados es, como puede constatarse, la política exterior neoconservadora norteamericana. Son el caso típico del aprendiz de brujo.

No es nada difícil corroborar que la forma norteamericana de entender la política presupone siempre la amenaza y el recurso a la fuerza (simplemente véanse, por ejemplo, los discursos de D. Trump). La desaparición del gran enemigo que era la Unión Soviética hizo que los americanos pensaran que todo les estaba permitido, que literalmente el mundo les pertenecía. Naturalmente, con una perspectiva así no hay necesidad de negociar. En relación con esta faceta de la política: ¿qué significó entonces la desaparición de la Unión Soviética? Tan simple como esto: que a los norteamericanos se les olvidó por completo lo que es la diplomacia y se encauzaron por la vía de la fuerza. Para decirlo de otro modo: ya no hay (si es que alguna vez la hubo) una escuela americana de diplomacia. Con los americanos el planteamiento es: o se hacen las cosas como ellos dicen o bombardean, bloquean económicamente, restringen créditos, manipulan los precios de las materias primas, organizan “putschs”, generan conflictos con los vecinos, instalan bases militares, atentan contra los dirigentes y mandatarios y así indefinidamente. En pocas palabras, los políticos norteamericanos desmoralizaron la política mundial.
Esto me lleva a un punto realmente formidable del discurso de Putin. Después de describir de manera sucinta pero clara la situación en el Medio Oriente, Putin hace una pregunta escalofriante y todo mundo entiende a qué interlocutor está dirigida: “¿Se dan siquiera cuenta”, pregunta, “de todo lo que hicieron?”. Parafraseándolo: ¿se percatan quienes toman las decisiones desde suntuosas oficinas en Washington de todo lo que significa esta destrucción, estas migraciones forzadas, todas esas orgías de sangre, todos esos niños, ancianos, hombres y mujeres martirizados de múltiples formas, todo eso que ellos causaron? La acusación es obvia: eso lo hicieron los Estados Unidos de Norteamérica. Desde luego que siempre habrá gente que se beneficie del dolor de otros, siempre habrá políticos y militares marioneta que se prestarán a cualquier clase de maniobra (Egipto es un buen ejemplo de ello), siempre y cuando estén bien pagados, pero los responsables últimos del actual desastre mundial son los Estados Unidos. Desde luego que siempre se puede recurrir a la fuerza, pero eso no es diplomacia. Lo desesperante del asunto es la convicción y la certeza de que el discurso moral, por obvio y apropiado que sea, no hace mella en los políticos occidentales, en los políticos que ya son indiferentes al reproche moral. A eso se reduce, si es que la podemos llamar así, la escuela diplomática norteamericana. Por eso burócratas brillantemente mediocres, como el ministro francés de relaciones exteriores, L. Fabius, un sionista descarado, se permite afirmar públicamente que el discurso de Putin “no tenía nada” e insistir en que el presidente de Siria se tiene que ir. ¿Qué autoridad tiene ese desprestigiado burócrata, odiado hasta en su país, para entrometerse en los asuntos internos de un país soberano? Simplemente es un adepto de la escuela americana.

La participación de Putin en la ONU fue realmente extraordinaria, no sólo porque no divagó sino porque hizo una propuesta concreta: propuso una unión internacional para luchar con efectividad en contra del “terrorismo”, una noción que los americanos casi convirtieron en hollywoodense y vaciaron de sentido al emplearla para todo, como lo hicieron otrora con “comunismo”. Para Rusia es desde luego un asunto importante, porque ese país ya padeció los ataques de fanáticos islamistas en su propio territorio. Rusia va a actuar porque puede hacerlo, pero está proponiendo hacerlo de manera conjunta, con aliados. Por lo pronto, quedó claro que su presencia en Siria, garantía para el presidente Assad, no está sujeta a discusión. Los occidentales le declararon la guerra a ISIL, bombardean sus campamentos mañana, tarde y noche pero, curiosamente, los mercenarios siguen allí. O sea, la guerra contra los terroristas islámicos por parte de los Estados Unidos es una ficción. Con Rusia no será así y es eso lo que preocupa a los gobiernos de los países que sólo saben fomentar, para lograr sus objetivos, la destrucción y la muerte.
Regresemos a nuestro punto de partida: ¿por qué los americanos no entienden a Putin?¿Porque éste piensa como marciano? Obviamente que no. Lo que no entienden es la mentalidad de la concordancia, lo que se les escapa es la psicología del mediador, lo que no aprehenden son los valores morales superiores. No basta con proclamar a derecha e izquierda “democracia!, democracia!” cuando lo que en la vida real se hace es todo lo contrario de lo que la democracia entraña y significa. Putin fue auto-crítico y su auto-crítica le permitió poner el dedo en la llaga: hubo, reconoció, una época en que se “exportaba” la revolución (yo no diría eso, puesto que las “revoluciones” eran más que indispensables en, por ejemplo, América Latina, pero se entiende el contexto discursivo). Ahora se exportan las “revoluciones democráticas”, un nuevo apelativo para los golpes de estado. La acusación es obvia y está bien fundada. ¿Podríamos entonces con titubeos estar siquiera de acuerdo con exabruptos de políticos de segundo nivel, como Fabius? Sería ir en contra del sentido común, algo de lo que nos guardamos de hacer lo más que podemos.

Por otra parte, lo que resulta imposible no evaluar como patético y como contra-producente para él mismo fue la intervención del presidente Peña Nieto. Lo que él hizo fue, primero, llevar a un foro internacional tan importante (simbólica y prácticamente) como lo es la Asamblea General de la ONU un discurso de carácter casero, con temas obsoletos, como lo fue toda su perorata en contra del “populismo”. No sé quién le habrá escrito el discurso al presidente, pero lo que sí sé es casi un retrasado mental. Lo primero que hizo el presidente fue poner a Andrés Manuel López Obrador en la mira de todo mundo: ahora ya todo el mundo sabe que hay un “peligroso populista” en México, que es obviamente Andrés Manuel. Eso, que no lo duden, le va a generar a éste muchas más simpatías. El presidente fue a hacerle publicidad y lo logró. Por otra parte, ¿cómo puede el presidente de México ir a denostar el “populismo” (noción que evidentemente ni por asomo definió) cuando su país está atravesando una tremenda crisis de legitimidad y de credibilidad por asesinatos de estudiantes, periodistas y gente común que todos los días padece asaltos, violaciones, robos, etc.? Habiendo tantos temas sobre los cuales pronunciarse: ¿qué necesidad había de ir a soltar un discurso descontextualizado y semi-ridículo? Para aplicar nuestra metodología, lo interesante aquí sería preguntarse qué revela, qué pone de manifiesto indirectamente el texto del presidente, pero eso es algo que dejaremos para una mejor ocasión.

La presencia de Putin en Nueva York no fue inocua. Políticos de lengua larga, como el primer ministro británico (a quien dicho sea de paso le acaban de sacar una biografía en la que se cuenta cómo participó en un “rito” oxoniense de grupos de élite consistente en jugar sexualmente con la cabeza de un cerdo muerto. Qué altura moral, que superioridad estética!) después de mucho amenazar al presidente Assad ahora reconocen que éste “puede jugar un papel importante”, por lo menos para la transición de régimen. Yo creo que Putin les fue a decir sobre todo a quienes toman las decisiones en los Estados Unidos y en los países aliados que es insensato pensar en la confrontación con Rusia como una opción. Si los mandamases norteamericanos no entienden o no quieren entender el mensaje, lo más probable es que todos paguemos por lo que no habrá sido otra cosa que su incompetencia diplomática.