La Perspectiva Nacional

No se necesita ser un experto en historia de México para saber que las reglas del juego político en torno a la sucesión presidencial son drásticamente diferentes ahora de lo que eran hace 30 años. Otrora, las reglas eran claras y el resultado incierto, en tanto que ahora es difícil no tener la impresión de que las reglas fueron sustituidas por coyunturas y los resultados están más o menos a la vista de todos. En aquellos tiempos quién resultara ser el “tapado” era, para la gran mayoría de las personas, una cuestión de adivinanza, pero las reglas eran relativamente claras: el presidente en turno tenía la última palabra y él determinaba no sólo quién sería el sucesor sino los tiempos de la campaña. El presidente era el fiel de la balanza de tan importante proceso. En la actualidad las reglas son otras. Primero, porque ya no hay tal cosa como “El Candidato” y el presidente no tiene injerencia en la elección de los candidatos de otros partidos que no sean el suyo; y, segundo, porque ya ni en el suyo es la decisión del presidente totalmente personal. Ahora tiene que “consensuar” su decisión de un modo como no tenía que hacerlo antaño. Todo eso significa que el sistema presidencialista mexicano se debilitó. La moraleja es simple: ahora estamos ya como en los Estados Unidos: si pudo ser presidente de México un individuo como Vicente Fox, entonces efectivamente cualquiera puede ser presidente de México.

Lo anterior viene a cuento por el hecho de que podemos detectar desde ahora una cierta transición gradual de carácter cognoscitivo respecto de quiénes serán los protagonistas del próximo espectáculo electoral. En primer lugar y concentrándonos exclusivamente en las candidaturas, esto es, en decisiones partidistas y no en cuestiones factuales (alguien se enferma, le pasa algo, etc.), MORENA es el partido de mayor claridad y ya tiene a su candidato que, obviamente, es Andrés Manuel López Obrador. Él es el líder político y moral de ese partido y es incuestionable su primacía. En segundo lugar está el PRI. No podemos afirmar con el mismo grado de certeza quién será el candidato, pero hay multitud de síntomas que dejan entrever con un alto grado de probabilidad que el candidato del presidente es Luis Videgaray. Se han tomado decisiones importantes en las que este último ha participado, se ha tratado de protegerlo (frente al gasolinazo, por ejemplo) y él ha venido jugando un rol cada vez más prominente en la política nacional de manera que, a todas luces, Videgaray lleva la delantera. Es posible equivocarse desde luego, pero el margen de error es más bien reducido. En tercer lugar presenciamos una disputa casi de vecindario entre el presidente del PAN, Ricardo Anaya, y la esposa del ex-presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, esto es, Margarita Zavala de Calderón. Aquí hay demasiados estiras y aflojas de manera que por el momento no se puede determinar cuál de los dos candidatos terminará siendo el abanderado del blanquiazul, pero algo sí es relativamente claro: los ambiciosos improvisados, con unas ganas de llegar a la cima del poder que no saben ni disfrazar, como el gobernador de Puebla, no van a llegar a la fase final. No tienen, al interior de su partido, la fuerza suficiente. Y, por último, está el PRD. Aquí a lo que asistimos es a una vulgar rebatinga de la que no es improbable que el mayor beneficiado sea el gobernador de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera. Después de todo, hay que aprovechar las ventajas que aporta el saqueo de los bolsillos de los conductores a base de multas hasta por rebasar 10 centímetros con el carro la marca peatonal y en ese sentido el Dr. Mancera estaría, si el criterio es financiero, a la vanguardia. En este caso, un problema se resuelve con otro: Mancera es apartidista, pero el PRD no tiene en este momento a nadie realmente representativo. La otra posibilidad es, claro está, que el PRD, después de una pelea de perros interna saque a su propio candidato y Mancera se lance como candidato independiente. Ese es más o menos el panorama visual de la carrera por la presidencia. Lo interesante es que hay también “lo no visual”. Trataré de ser claro.

Yo diría que, dejando de lado desde luego a Andrés Manuel López Obrador, el rasgo común, la característica compartida de los candidatos en perspectiva se llama ‘mediocridad’. ¿Cómo se explica eso? La explicación es simple. Lo que pasa es que en México la política conforma una dimensión de la vida en la que, como sucede con tantas otras, la excelencia profesional y moral de los involucrados es lo único que no cuenta. En el medio político nacional nadie tiene escrúpulos como para rehusar una candidatura aunque sepa en su fuero interno que, por así decirlo, es un(a) incapaz y que no tiene el nivel para ella. Aquí los criterios que permiten seleccionar gente no son criterios de calidad, porque ¿quién los impondría? Yo diría, por ejemplo, que un candidato a la presidencia tendría que tener un record laboral impecable, pero ¿alguien se atrevería a afirmar tal cosa de la labor del Secretario Videgaray al frente de la Secretaría de Hacienda? Sólo de broma. Asimismo, yo supondría que si alguien se propone tratar de llegar a la presidencia de México debería tener una visión política bien estructurada, sutil, ramificada, ser capaz de ofrecer explicaciones sistemáticas de situaciones tanto internas como internacionales, no recurrir al lenguaje de las amas de casa, pero ¿pretendería alguien en serio sostener que Margarita Zavala es alguien que viene cargada con una dosis de ideología y de teoría política que le permitiría enfrentar y manejar con éxito los problemas del país? Si se está parloteando en una cantina sí se podría decir algo así, pero no confundamos el destino de México con las intrigas de una telenovela, por popular que sea! Siendo francos: ¿de dónde sale la Sra. Margarita con aspiraciones presidenciales si no es por la ambición desenfrenada de su marido de volver a residir en Los Pinos? Y por si fuera poco: ¿cuál es la orientación política de dicho ex-presidente? Como todos sabemos, acaba de compartir con el público su última escenita de político retrógrada y de peón al servicio de las más despreciables fuerzas en su fracasado intento de ir a Cuba a entrevistarse con la odiosa disidencia cubana. Con toda razón el gobierno cubano le negó la entrada. Como era de esperarse, el Secretario de Relaciones Exteriores, miembro de otro partido político pero del mismo partido ideológico que Calderón, ni tardo ni perezoso se apresuró a decir que el gobierno de México “lamentaba profundamente la decisión del gobierno de Cuba”. Pero eso aparte de una maniobra diplomática intervencionista es hipócrita y unilateral, porque ¿acaso dejaría entrar México a Raúl Castro para que se fuera a entrevistar con los padres de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa? No se lo permitieron ni al Papa! O ¿dejarían los hipócritas que ocupan los puestos decisivos en el gobierno mexicano que viniera, por ejemplo, el ex-presidente de Irán, el gran  Mahmud Ahmadinejad, a entrevistarse con la dirigencia zapatista?¿O le negarían la entrada? La respuesta es tan evidente que hasta un débil mental daría con ella, por lo que me la ahorro. Aquí tenemos, dicho sea de paso, otro ejemplo de cómo se han venido rompiendo antiguas reglas del juego político en México: anteriormente, una regla importante y sana era que una vez que dejaba alguien de ser presidente ya no intervenía más en política. Esa regla era útil, porque permitía gobernar y mantener un cierto equilibrio. Aquí los panistas, Fox y Calderón, han ido lo más que han podido en contra de dicha regla. Claro que es muy fácil para el ejecutivo volver a ponerlos en su lugar puesto que, como es obvio, les saben muchas cosas. Por ejemplo, en el caso de Fox, que es un hablantín insoportable, cuando empezó a rebasar ciertos límites se le hizo públicamente el recordatorio de que los hijos de su señora esposa tenían cuentas pendientes y entonces automáticamente se calló (por un rato). El problema para nosotros, los ciudadanos apartidistas, es que la banda de los presidenciables, dejando de lado una vez más a Andrés Manuel López Obrador, son del mismo club ideológico que Calderón, o sea, lacayunos, sometidos, cobardes políticamente (por ejemplo, frente a los Estados Unidos. Las declaraciones de Videgaray en relación con la situación creada por la llegada de D. Trump a la Casa Blanca son casi ridículas). Lo primero que un ciudadano se pregunta es: ¿esos son los que nos van a defender cuando lleguen al poder? No nos hagamos ilusiones: una vez más, estamos condenados.

Y, sin embargo, sí podemos hacernos ilusiones, porque sí podemos visualizar el triunfo del personaje político al que, en este momento y en las circunstancias por las que atraviesa el país, le corresponde históricamente convertirse en el presidente de México, esto es, Andrés Manuel López Obrador. Es incontrovertible (por favor, lector, no digas ‘controversial’, como la mayoría de nuestros encumbrados políticos y alguno que otro “agente cultural”) que políticamente la presidencia le corresponde al hombre a quien ya se la robaron dos veces! Yo no sostendría que el Lic. López Obrador tiene absolutamente todas las virtudes del político perfecto. Aparte de tonto, hacer una afirmación de esa clase es infantil y confieso que no soy proclive a esa especie de exabruptos. Lo que sí sostengo, en cambio, y en esto coincido con lo que siente (aunque no lo sepa expresar en una prosa impecable, pero para eso precisamente estamos nosotros) la gran mayoría del pueblo de México, es que Andrés Manuel López Obrador es notablemente superior como político (y en la mayoría de los casos como persona) a cualquier de sus potenciales contrincantes. No sólo es un hombre de una honestidad a prueba de calumnias y patrañas, un hombre con una sólida y bien armada perspectiva nacionalista, identificado con y por el ciudadano mexicano desde Baja California hasta Yucatán, si no también una persona con genuina experiencia política, un gran organizador y constructor y al que, como sabemos, lo respalda un desempeño administrativo formidable (a pesar de la, como todos lo recordamos, infame guerra que le declaró el entonces presidente de las botas de charol a Andrés Manuel cuando éste era Jefe de Gobierno del Distrito Federal, entidad a la que dicho sea de paso el presidente ranchero dañó criminalmente a través de brutales reducciones presupuestales que no tenían otro objetivo ni otra justificación que empañar la labor del entonces Jefe de Gobierno. La actitud de Fox es curiosa, porque es una extraña y patológica mezcla de odio político y profunda envidia personal). Desafortunadamente, ser un hombre honrado y tener una orientación progresista es precisamente lo que los políticos comunes y mediocres no perdonan. Esto explica algo de lo que está pasando.

Las declaraciones de los políticos del momento dejan en claro una cosa: por encima de las divergencias tanto inter-partidistas como intra-partidistas los une el pavor que les inspira una victoria masiva de López Obrador en las elecciones del año entrante. ¿Por qué? Por lo menos por dos razones. Primero, porque con López Obrador en la presidencia se acabarían multitud de chanchullos, prebendas, atracos a la nación, negocios fraudulentos, crímenes de cuello blanco y así sucesivamente. Pero si eso llegara a pasar entonces la política, tal como ha sido entendida ya desde generaciones por quienes se dedican a ella aquí en México, perdería su sentido, puesto que aquí no es más que una forma de ganarse la vida a través de actividades de una u otra manera relacionadas con el patrimonio nacional. Podemos hablar de sueldos (en la suprema corte saben algo de eso, según creo) o de puestos clave para hacer negocios (concesiones, concursos, licitaciones, etc.). Ejemplos no es lo que nos faltaría, me parece. Los gobernadores priistas son maravillosos y famosos ejemplares de esa concepción de la política, de modo que ni pierdo mi tiempo en dar nombres. Todo mundo los conoce. Y, en segundo lugar, los políticos de carrera le temen a la victoria de Andrés Manuel porque saben que a la cabeza del país con éste se operaría un golpe de timón. Pero todos los ciudadanos debemos estar plenamente conscientes de que a los profesionales de la política no les importa que eso justamente sea lo que el país necesita. Un cambio radical es un obstáculo en sus proyectos privados y eso no se puede permitir. Por consiguiente, van a hacer todo lo que esté a su alcance para impedir el triunfo popular, es decir, el de López Obrador. No importa que, como ese maravilloso lugar que alguna vez fue Xochimilco, México acabe de hundirse. Lo único que les importa es que López Obrador no llegue a la silla presidencial. Es muy importante entender que hay aquí una oposición radical: están por un lado los intereses y objetivos de los políticos profesionales y por el otro los del pueblo de México. Va a estar difícil que una pandilla, por poderosa que sea, gane esta vez.

Es penoso constatar, por otra parte, que además de las calumnias, patrañas, mentiras descaradas y toda clase de denuestos en contra del político hoy por hoy más aclamado en México proferidos por los dirigentes partidistas y gente así, se unan a esa campaña difamatoria catervas de novelistas y panfletistas a la moda (y sería bueno analizar la moda en cuestión). Un ejemplo paradigmático de lo primero lo tenemos en el actual presidente del PRI, E. Ochoa Reza, un sujeto que combina maravillosamente la mala fe y una verborrea infernal con una especie de inocencia psicológica que da como resultado declaraciones ridículas. Por ejemplo, todos sabemos quién es y tenemos una idea de lo que hizo Javier Duarte mientras fue gobernador de Veracruz. Era un gobernador priista. Lo que hizo es no solamente ilegal sino moralmente repugnante. Ahora bien, la brillante estrategia del Sr. Ochoa consiste en ligar a Duarte con el Lic. López Obrador y con MORENA y exige entonces a grito pelado una investigación al respecto! El caso es más o menos como sigue: alguien llega a casa de un criminal, al que deja escapar, pero estando en la mansión del criminal se encuentra con un llavero de otra persona y entonces se olvida del criminal y pretende desviar toda la atención pública y la investigación policiaca sobre el propietario del llavero, asumiendo que hay tal propietario. ¿No es eso francamente ridículo? El Sr. Ochoa es un especialista en bravuconadas y pretende que el Lic. López Obrador se ponga al tú por tú a debatir con un energúmeno. Bien vistas, son chistosas las declaraciones de Ochoa cuando afirma que no puede creer que López Obrador viva con sólo 50,000 pesos mensuales! A esto me refería cuando hablaba de su candidez psicológica: él se está auto-exhibiendo cuando dice eso. Está involucrada en lo que dice lo que se llama una “implicatura conversacional”: el Sr. Ochoa asevera una cosa, pero sin darse cuenta da a entender otra. En pocas palabras: es grotesco. Por otra parte, están los revisionistas de nuestra historia, la gente encargada de desfigurar a muchos mexicanos del pasado que se destacaron por alguna hazaña o alguna realización en favor de México. Es el caso de Francisco Martín Moreno, estrella de televisión y columnista de diversos diarios, además de novelista. Este sujeto es digno de una investigación especial, por lo que no me abocaré a analizar su trayectoria aquí y ahora, pero es imposible no señalar su permanente ataque a Andrés Manuel. Lo que queda claro cuando uno lo lee es que ataques como los suyos son todo menos espontáneos. Son, podría pensarse, como algunos de sus libros: sobre pedido (y quizá hasta escritos por otros). Es con escritores así como se realiza esa simbiosis político-intelectual (ejemplificada en “Ochoa/ Martín Moreno”) y entonces la maquinaria empieza a funcionar. El resultado es el acoso cotidiano y desde todos puntos de vista que se les ocurra a López Obrador. La preocupación de muchos es: ¿lograrán acabar con él?

Es obvio que no. Las injurias y los improperios, las difamaciones y las afirmaciones insidiosas le hacen a López Obrador “lo que el viento a Juárez”, o sea, nada. No es así como se combate al verdadero adversario ideológico, pero es que en el fondo en toda esa jauría desatada en contra de López Obrador no hay un solo rival a la altura de su perseguido. Cualitativamente, están perdidos. Pero hay además un argumento mayor en contra de la coalición de los mediocres, a saber, que ni Zavala, ni Videgaray ni Anaya ni ninguno de los que están preparándose para la competencia por la presidencia encarnan el espíritu de los tiempos, la necesidad de un cambio profundo, los intereses populares, los valores nacionales. Todos bailan al son que les tocan y ellos lo saben. En el espectro mexicano, por lo tanto, no hay más que un político que auténticamente represente a los mexicanos en su conjunto (no a todos, desde luego, puesto que eso es imposible inclusive en la más perfecta de las democracias, pero sí a la gran mayoría), un político con quienes los jerarcas del país deberían ya llegar a un acuerdo definitivo si no quieren ver a México sumergido en un pantano del cual ya no podrá salir. Ese político se llama ‘Andrés Manuel López Obrador’ y es quien representa la perspectiva mexicana.

One comment

  1. Rene Rodriguez C. says:

    Coincido plenamente con el autor de esta entrega a Perspectiva Nacional del Lic. Andres Manuel López Obrador. Hay que recordar algo de lo mucho que hizo como jefe de gobierno del D. F. Instauró la pension para adultos mayores, muy criticada por Vicente Fox, pero dado su impacto social este susodicho Fox la retomó como suya para llevarla a nivel nacional. En cuanto a ligarlo con Javier Duarte , esta maniobra sucia es una muestra de la desesperacion del PRI/AN que pretende parar a Lopez Obrador, vistos los avances de MORENA.
    E

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *