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Artículos de opinión

Reflexiones en torno al caso Epstein-Maxwell

Supongo que el amable lector coincidirá conmigo en que, en este momento en Occidente, la atención mundial fue desviada y pasó de enfocarse en uno de los más horrendos episodios de la historia – la inenarrable tragedia de Gaza – y en la criminal guerra de la OTAN en Ucrania – en contra simultáneamente de la Federación Rusa y del pueblo ucraniano –  para concentrarse en el “asunto Epstein”, y ello sobre todo a raíz de la reciente publicación por parte del gobierno norteamericano de los así llamados ‘Epstein files’, liberados por fin por el Departamento de Justicia de los USA. Los expedientes de Epstein se componen de más o menos tres millones de documentos, los cuales incluyen correos electrónicos, fotografías, cartas personales, documentos fiscales, videos, etc. No estará de más señalar que lo que finalmente se dio a conocer en realidad se dio a conocer a medias, puesto que porciones importantes del material fueron censuradas, es decir, fueron tachadas de manera que multitud de nombres, tanto de víctimas como de victimarios, de fechas como de datos de diversa índole quedarán ocultos, probablemente para siempre. A pesar de ello, el material a disposición de quien quiera acceder a esos documentos constituye una cantidad formidable de información. Ahora bien, es importante distinguir la labor de recopilación de datos de la de explicación de hechos. Los hechos no se explican por sí mismos; requieren ser articulados, matizados, etc., para poder ser comprendidos. Lo primero es asunto ante todo de detectives y de periodistas, de jueces y de testigos; lo segundo apunta a la necesidad intelectual de reflexionar sobre lo que los datos ya establecidos y los sucesos descritos significan, sobre sus presuposiciones fundamentales de existencia y sobre sus consecuencias más obvias. A nosotros nos corresponde sobre todo lo segundo, siempre y cuando, claro está, nuestras reflexiones estén basadas en hechos o, lo cual es otra forma de decir lo mismo, en verdades.

A manera de presentación, permítaseme señalar que, dicho de la manera más general posible, el asunto al que dedicaremos estas páginas es una temática de horror y de graves implicaciones políticas, tanto para los Estados Unidos – los cuales constituyen el escenario principal de todo el drama – como para los gobiernos en general y en verdad para la población mundial en su conjunto. En lo que a mí concierne y dejando de lado todo interés morboso por los escándalos mediáticos, que son lo que excita a la mayoría de las personas, lo único realmente interesante relacionado con los sucesos que tienen que ver con el principal villano de la historieta es que de manera natural se vinculan con temas como la naturaleza humana y sus rasgos esenciales, su plasticidad y su vulnerabilidad, sobre lo que es creer en Dios o ser alguien mutilado espiritualmente. Yo en verdad quisiera llegar a comprender cómo puede alguien llegar a convertirse en un depredador y en un manipulador de sus congéneres al modo como Epstein mostró que se puede ser. A mi modo de ver, hay una explicación para ello, si bien es igualmente cierto que no hay ninguna justificación imaginable o posible. Así, pues, atendiendo al orden que lógicamente se impone, daré inicio a mi exposición mencionando algunos hechos básicos que iremos completando con otros a medida que avancemos. Mi propósito, como ya dije, no es meramente reportar hechos por todos conocidos, sino más bien el de inducir a una reflexión sobre ellos, una reflexión que, por breve que sea, nos permita pronunciarnos teniendo la seguridad de que nuestras opiniones no serán ni arbitrarias ni irracionales.

Quizá no sería equivocado empezar por señalar que aquello sobre lo que nos proponemos divagar no es una novela de Julio Verne o de H. G. Wells, sino realidades vividas o padecidas por un sinfín de personas (y, potencialmente, por el mundo entero). Esto lo digo porque, por fantástico que suene, lo que se desarrolló a lo largo de más de 25 años fue todo un proceso que sólo puede volverse inteligible si se le ve como la expresión de un plan secreto de conquista del mundo, un programa de manipulación sistemática de personajes del más alto nivel de todos los contextos sociales imaginables. A los personajes involucrados en este proceso nos podríamos referir, para ahorrar formulaciones excesivamente largas, como conformando el ‘club Epstein’. Ahora bien, cualquiera de manera natural se preguntará: ¿para qué se querría conformar una asociación tan abigarrada de personajes como esa y, sobre todo, cómo hacerlo? Para responder a esta pregunta, creo que debemos empezar por el “cómo”.

Emerge del mundo de datos del cual ahora se dispone que detrás del club Epstein hay un hilo conductor, una trama especial, la cual incluye los medios y los mecanismos para convertirla en realidad. Ésta empieza a fraguarse cuando 12 super-millonarios judeo-norteamericanos, por así decirlo, “contratan” a un mediocre profesor de preparatoria, un desquiciado sexual quien, de la noche a la mañana, se convierte en el orgulloso propietario de varias residencias de máximo lujo en distintos lugares del mundo (Manhattan, Islas Vírgenes, París, el “Zorro Ranch” en Nuevo México, etc.). Las mansiones en cuestión son los instrumentos indispensables para poder arrancar con las actividades para las cuales fue contratado. Todas estas propiedades son de un lujo incomparable, de diseños internos que sólo en películas de Hollywood podría uno ver. Los bienes raíces, aunados a los aviones, autos y demás, constituyen lo que podríamos llamar la ‘infraestructura del proyecto’. Pero se vale preguntar: ¿para qué tanta opulencia, tanto lujo? La respuesta es escalofriantemente simple: todas las propiedades estaban pensadas para operar como lupanares o, recurriendo a una palabra más usual, prostíbulos, sólo que hay que tener cuidado al respecto, porque no estamos hablando de prostíbulos de arrabal, de (por así decirlo) entrada y salida libre, sino de sitios de depravación pensados exclusivamente para gente super-rica e influyente, para potentados, para dirigentes políticos, etc., puesto que eran personas así los distinguidos miembros del club Epstein. Aquí empieza ya a hacerse sentir el carácter más que tenebroso de toda la empresa.

Sea como sea, es obvio que hasta el más modesto de los prostíbulos tiene que tener un dueño o alguien que lo regentee. En este caso tan especial, el encargado de dichos “centros de distracción”, el profesor de matemáticas de nivel de preparatoria, era un individuo llamado ‘Jeffrey Epstein’, un judío norteamericano nacido en Brooklin. Ahora bien, en algún momento de su existencia Epstein entró en contacto ni más ni menos que con la hija del hasta entonces más grande operador político pro-israelí, un judío de origen checo pero nacionalizado británico (y, hasta donde sé, tenía también la nacionalidad francesa, además desde luego de la israelí), el super-espía que le vendió a múltiples gobiernos softwares que le permitieron a los servicios de inteligencia israelí espiar durante lustros a múltiples gobiernos, sobre todo más no únicamente a los de los países del antiguo “Pacto de Varsovia”. Este sujeto se llamaba  ‘Robert Maxwell’, el magnate de la prensa británica (y, entre otras cosas y como también es bien sabido, defraudador de sus propios trabajadores), el cual era un agente especial del servicio secreto de espionaje de Israel, el renombrado Mossad. La hija de Maxwell, de nombre ‘Ghislaine’ (como también se bautizó el yate de 100 millones de dólares que tenía su padre y en el cual, al parecer, murió tras un mal pensado intento de chantaje al gobierno israelí), era una típica “socialite”, esto es, una persona de mucho dinero, de múltiples contactos, alguien que se codea con grandes artistas, empresarios, banqueros, científicos, etc., ella misma egresada de Balliol College, Oxford, y naturalmente introducida por su padre en asuntos “top secret”, como iremos viendo. (Toda la información relevante relacionada con Robert Maxwell se puede encontrar en el libro The Assassination of Robert Maxwell, Israel’s Superspy).

Sea como fuere, Epstein y Ghislaine Maxwell muy rápidamente desarrollaron una relación, tanto personal como profesional y se pusieron manos a la obra. Pero ¿de qué clase de actividad estamos hablando? En este como en muchos otros casos se produjo una cierta división del trabajo, una división en el fondo bastante simple: la función de la Sra. Maxwell era conseguir jovencitas entre, digamos, 10 y 25 años más o menos (así como, muy probablemente, púberes masculinos también), a quienes se les pagaba por ciertos trabajos con lo que para todos ellos eran sin duda alguna muchos dólares. Básicamente, lo que se hacía era invitarlos a alguna de las impactantes mansiones de Epstein para que a éste se le dieran “masajes”. Durante estas sesiones de masaje, éste, aprovechando su supuesta opulencia (en realidad, prácticamente nada era de él), su superioridad física, la situación de inferioridad e indefensión de los y las “masajistas”, etc., modificaba súbita y drásticamente la naturaleza de las sesiones, las cuales entonces se convertían más bien en sesiones de violación y de terror, combinadas en ocasiones con amenazas, golpes y, dependiendo del lugar y de las situaciones, hasta de muerte. Pero aquí es imposible no preguntarse: ¿no era todo eso más que la diversión o el recreo de un psicópata millonario caprichoso? No, definitivamente no! Se puede estar seguro de que los millones de dólares invertidos en las actividades del depravado total que era Epstein no tenían como objetivo simplemente satisfacer su libido. Nadie habría tenido por qué subvencionar con exorbitantes cantidades de dinero las inclinaciones o proclividades morbosas de un individuo que nunca antes se había destacado por nada . Pero entonces ¿cuál era el sentido de todas esas acciones, claramente criminales tanto por la violencia ejercida como por las edades de múltiples de las víctimas? El objetivo que se perseguía era ante todo de carácter político, el sexo era el anzuelo y las personalidades de la vida social, política y demás, las presas. Es este proyecto lo que hay que intentar aclarar, reconociendo de entrada que nunca se logrará tener un cuadro completo del mismo dada la inmensa complejidad de la intriga y la conspiración.

Sobre la base de la inmensa cantidad de datos y de declaraciones de víctimas, se puede afirmar que el (por así llamarlo) “negocio” de Maxwell y Epstein funcionaba básicamente así: ella atraía, dado que sin duda alguna era lo suficientemente seductora y poderosa para ello, a multitud de jovencitas, en general hermosas, sexualmente apetitosas, muchas de ellas importadas de Europa Oriental, y entre los dos buscaban personajes del más alto nivel (social, político, artístico, empresarial, etc.), a escala mundial, facilitando así con escenografías de fantasía “encuentros” sexuales con los miembros del ejército de jovencitas reclutadas. Dicho de manera escueta, éstas eran cooptadas por Maxwell, entrenadas por Epstein y puestas a disposición de personajes del más alto nivel. Encontramos entre éstos a magnates como el CEO de Microsoft, Bill Gates, al expresidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, al super-abogado neoyorquino, Alan Dershovitz (que en algún momento fue el defensor legal de Epstein), a Ehud Barck, un ex-primer ministro israelí, al príncipe Andrés, miembro de la nobleza británica, a Michael Jackson, a Woody Allen, a Andrés Pastrana (ex-presidente de Colombia), al “gran intelectual” norteamericano, Noam Chomsky (a quien Epstein ayudó con decenas de miles de dólares, entre otras cosas por sus consejos), al ex-embajador de Gran Bretaña en los Estados Unidos, Lord Peter Mandelson (un traidor al Labour Party y, en verdad, a su patria) y a muchísimos más, unos más célebres que otros. No estará de más señalar que uno de esos tantos invitados fue nuestro bien conocido evasor fiscal mexicano, recientemente puesto en orden por la Suprema Corte de la Nación, viz., Ricardo Salinas Pliego. Como la lista es enorme y no es mi interés difundir lo que ya está dado a conocer en todas partes, con los mencionados me basta para hacerle entender al lector en qué consistía el “plan de trabajo Epstein-Maxwell”. Esto, sin embargo, no era más que la fase de arranque de dicho plan.

Como ya señalé, es totalmente inverosímil que esa muy compleja y formidablemente bien articulada maquinaria haya sido echada a andar sólo para satisfacer el insaciable y brutal apetito sexual del degenerado que era (o sigue siendo, porque no está nada claro que tan importante operador político se haya efectivamente suicidado en su celda de la prisión de Nueva York) Jeffrey Epstein. Una hipótesis como esa sería simplemente ridícula y no podría ser tomada en serio. Salvo que vivamos en el planeta de las maravillas absolutamente nadie podría explicar cómo un empleado de cuarta categoría, al que corrieron de la escuela en donde daba clases, de buenas a primeras se hizo de cientos de millones de dólares y de lujosísimas propiedades. La explicación del caso Epstein en términos de mera depravación sexual de un particular, por lo tanto, queda definitivamente descartada. Pero entonces ¿cómo se explica todo ese desfile de jovencitas prostituidas que fungían como platillos sexuales para los ultra-distinguidos invitados de Epstein y Maxwell? Es al responder a esa y a muchas otras preguntas como esa que el asunto empieza a revelar su verdadero cariz. Lo que pasaba es que todos esos invitados que disfrutaban las albercas, los saunas y baños de vapor, las sesiones de masaje, las orgías y demás con jovencitas previamente preparadas para satisfacer sus más escalofriantes fantasías sexuales (Barack, por ejemplo, según se sabe, gustaba de golpear ferozmente a las mujeres con las que tenía relaciones sexuales forzadas; al parecer, la sangre lo excitaba), todos esos importantes personajes con quienes se hacían inversiones millonarias o negocios de las más variadas clases, a quienes se les daban “apoyos” financieros, etc., eran sistemáticamente filmados, fotografiados, grabados y, lo cual casi se sigue lógicamente, eran posteriormente chantajeados y obligados a cumplir con lo que se les fuera pidiendo. No es muy difícil determinar qué se esperaba de esos incautos depravados que (contrariamente a lo que podría ingenuamente pensarse) son (puesto que siguen vivos) claramente de voluntad débil.

Fue sólo después de que algunas de quienes trabajaron como esclavas sexuales del club de Epstein siguieron adelante y que, a pesar de las amenazas de toda clase con las que se les presionó, se atrevieron a denunciarlo formalmente, que Epstein, y después de una intensa búsqueda, su cómplice Maxwell, escondida como rata en una casa de campo, fueron arrestados y encarcelados. La más conocida de sus víctimas fue una valiente y muy desafortunada joven mujer norteamericana, de nombre ‘Victoria Giuffre’, al parecer tiempo después asesinada por su propio esposo, en Australia (o al menos severamente golpeada por él, muriendo días después en un hospital). Y entonces paulatinamente pero ya de manera imposible de detener, el plan general de todas las maniobras de esa repugnante pareja empezó a delinearse con cada vez mayor nitidez. Se fue revelando entonces poco a poco lo que era el objetivo real del colosal proyecto al frente del cual estaban, uno de cuyos objetivos era tener en el bolsillo y bien atrapado a cuanto personaje influyente se pudiera para convertirlo en un instrumento político fácilmente manejable. Y un punto importante en todo esto es que todo ello habría de alcanzarse a través de la mejor arma imaginable en situaciones de paz, esto es, a través de un vulgar chantaje de carácter sexual, una operación factible dado que todos esos destacados personajes ya habrían sido convertidos en agentes políticos al servicio de Epstein. Bien, pero de inmediato y como es natural, lo que cualquier persona normal pensaría es que el citado Epstein obviamente no podría ser el eslabón final de la cadena, sino que más bien él también, al igual que Maxwell, trabajaba para alguien más. Ahora sí ya se puede empezar a hacer preguntas precisas: ¿para quién trabajaban Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell? Para no extenderme demasiado, daré rápidamente la respuesta, porque no hay más que una: para el gobierno Israelí y, más concretamente, para la organización en la cual ambos estaban incrustados y que no es otra que el siniestro servicio secreto israelí de espionaje, el tristemente célebre Mossad. Ahora sí los millones invertidos, el dinero que se le pagaba a las jovencitas, las mansiones, los aviones (entre los cuales se contaba el famoso avión llamado ‘Lolita’, en honor de la (para mí) detestable novela de Nabukov, Lolita), los apoyos financieros a múltiples personajes, etc., etc., adquieren sentido y queda claro que las increíbles cantidades de dinero empleadas eran todo menos dinero tirado a la basura, cantidades inmensas de dólares empleadas sólo para gratificar sexualmente a un libertino digno quizá a lo sumo de una novela del Marqués de Sade. Así, pues, para explicarnos el fenómeno Epstein-Maxwell, se necesita abrir la mente y hacerla funcionar. Como dije, más que lamentarnos y denunciar a gritos las barbaridades cometidas, a lo que aspiramos es simplemente a comprender. Es obvio que estamos frente a lo que en última instancia, y afortunadamente, terminó siendo un plan fallido, si bien sus orquestadores lograron en gran medida alcanzar muchos de sus objetivos. Se trató, hay que reconocerlo, de un plan de pretensiones planetarias, un plan diabólico para el control político de miembros de las clases dominantes, de sus grandes representantes, en el ámbito que fuera. A no dudarlo, Epstein y su compinche formaron parte de lo que muy probablemente haya sido la más grande conspiración de la historia para la conquista del mundo, una conquista que habría de realizarse sin misiles y sin bombardeos. Obsérvese, por otra parte, que si bien el plan “Epstein-Maxwell” finalmente falló, ello no significa que la conspiración misma haya quedado desarticulada. Falló un plan, pero eso no significa que todo se haya perdido!

Lo anterior automáticamente nos lleva a otra pregunta. Ya sabemos, ya se nos demostró, que en principio se puede querer e intentar llegar a ser los amos del mundo. Bien, pero preguntémonos: en este caso concreto ¿quién podría diseñar un plan así? ¿Qué mente estaría en posición de poder imaginar que se puede crear una red en la que se atrape a todos aquellos que puedan resultar útiles para los objetivos que quien tejió semejante red se auto-asignó? Es evidente que un plan de estas dimensiones y con estas características no puede ser el plan de un sujeto, por poderoso o rico que sea. Un plan así sólo puede formar parte de una estrategia de Estado y quizá más que de eso. El plan Epstein-Maxwell no es más que un elemento fundamental de una política decidida de dominio, de control, de manipulación en gran escala y a nivel mundial. Ahora bien, no hay en el mundo occidental más que una fuerza de la cual podría emanar un plan como el que tuvo a Epstein y a Maxwell como sus operadores fundamentales: el sionismo internacional. Esto no es un asunto de países, de grupos religiosos, mafiosos, de trasnacionales, etc. Todos esos pueden ser factores que intervienen, pero no son ellos mismos la fuerza motriz. Lo que aquí se dio fue la cristalización de una situación en la que intervienen todos los factores en principio relevantes para poder implementar un plan como el que Epstein y Maxwell, junto con otros personajes de otras latitudes, trataron de llevar a buen puerto. Para nosotros, lo más importante es el resultado: sobre la base del dolor de múltiples personas, el mal fue finalmente vencido y la humanidad se salvó (por el momento). Afortunadamente, no todos los días se diseñan planes de esta naturaleza (creo!). Dado que nosotros no estamos particularmente interesados en la enumeración de hechos, una enumeración que las más de las veces termina siendo un mero anecdotario, paso ahora a hacerme un par de preguntas, quizá un tanto ingenuas pero para las cuales quisiera poder ofrecer (o recibir) respuestas concretas.

Son dos las preguntas que quisiera plantear. Primero: ¿qué condiciones se tienen que satisfacer para que se pueda forjar en las mentes de un grupo de personas un plan tan letal para intereses tan básicos de la humanidad, considerada globalmente?; y, segundo: ¿cómo tienen que ser las personas involucradas en un plan de conquista del mundo como el plan que a todas luces Epstein y su amiga Maxwell, en lo que a ellos les correspondía, intentaron hacer fructificar?

En relación con las condiciones político-militares-financieras-culturales, sociales y demás que se tienen que cumplir para que pueda surgir un grupo de personas que tienen las motivaciones y los objetivos que hemos detectado,  es evidente que no es factible (y por lo tanto ni siquiera lo intentaré) ofrecer aquí una lista exhaustiva de ellas. No es fácil enumerar las condiciones de existencia de un plan de dominio mundial, un plan que obviamente no es compartible, sino que tiene que provenir de un grupo particular de personas que lo diseñen y lo implementen. No obstante, podemos aunque sea vagamente visualizar el contexto apropiado para su potencial gestación e implementación. Hasta donde logro ver, lo primero que habría que señalar es que sólo una “entidad” mundialmente invencible podría permitirse generar un proyecto así. O sea, quienes echaron a andar el proyecto del cual el plan “Epstein-Maxwell” era un elemento más, son gente que aquí y ahora ya son prácticamente los dueños del mundo occidental. Es obvio que nadie más podría intentarlo. Esto significa que sólo un conglomerado de personas (políticos, banqueros, empresarios trasnacionales, etc.) que de hecho controle el sistema capitalista podría intentar algo así y esto a su vez significa que de lo que nos estamos ocupando no es meramente de un asunto de países, porque aquí las fronteras dejaron ya de ser relevantes. Más aún: lo que el episodio “Maxwell-Epstein” enseña es que la geopolítica en términos de países, de naciones, de pueblos, etc., es pura y llanamente obsoleta o, por lo menos, que no vale para todos y en todos los casos. Desde luego que tiene que haber una plataforma desde la cual se pueda operar a nivel mundial y eso puede ser un país, pero entonces ¿hay acaso algún país que cumpla con las condiciones para que pueda surgir un proyecto de esta naturaleza, para que su objetivo último pueda ser concebido como algo lógicamente viable? Yo creo que sí y que no hay más que uno: el Estado de Israel. Ni mucho menos es una casualidad que Epstein, Maxwell, quienes los financiaron desde el inicio, quienes los apoyaron, dirigieron y demás, todos ellos sean judíos y sionistas (dos nociones que de todos modos es importante no confundir o identificar). De manera que el plan “Epstein-Maxwell” no era a final de cuentas más que una contribución a la oficialización de una realidad más o menos reconocida públicamente en Occidente.

Concentrémonos ahora en nuestra segunda pregunta: ¿cómo se tiene que ser para poder tomar parte en un proyecto como el de Epstein y Maxwell? Me parece que se tiene que ser drásticamente diferente del resto de la humanidad. Lo que quiero decir es que ante todo se tiene que ser un segregacionista radical convencido. Pero ¿quién puede realmente ser un segregacionista radical? En el capitalismo eso es  perfectamente factible. Un segregacionista radical es, desde mi punto de vista, un ser de nuestra especie que, por las razones que sean, vive ya en condiciones de superioridad económica, pecuniaria, social, comercial, financiera, política, etc., incontrovertible vis à vis la inmensa mayoría de los humanos, de todos aquellos que, por las causas que sean, no pertenecen a dicho grupo. En mi opinión, hay que haber quedado total e irreversiblemente corrompido por la riqueza material y el poder, estar por lo tanto anímicamente putrefacto y haberse desprendido del elemento común que nos une a todos los humanos, por sutil o minúsculo que sea, para poder soñar con el dominio y la posesión del planeta. Yo sostendría que delirios como ese sólo lo pueden tener quienes realmente no tienen Dios. Esto es así porque el concepto de Dios es un concepto límite, un concepto último, de manera que si un concepto así se vuelve desdeñable o dispensable, quien quedó mutilado conceptualmente ya no tendrá de qué preocuparse espiritualmente. Un programa como el de Epstein-Maxwell (y todo el aparataje institucional, monetario y demás que los impulsó y protegió) sólo puede gestarse en una sociedad como la capitalista, una sociedad que, como bien lo dijo K. Marx, automáticamente transforma todo, inclusive los más bellos de los sentimientos, en mercancía. Hay un sentido en el que lo que Marx afirma coincide con lo que yo sostengo, porque sólo alguien que no cree en Dios puede ver a sus semejantes como cosas, como objetos, como mercancías. El que alguien crea en Dios no depende de si usa la palabra ‘Dios’ o si se declara creyente o cosas por el estilo. Quien genuinamente cree en Dios sabe que su conducta respecto a sus congéneres tiene límites, que no todo le está permitido, que él o ella no pueden convertir a los seres humanos que los rodean en meros instrumentos para ser usados y posteriormente desechados como mejor convenga a sus intereses del momento.

Los sueños de megalómanos delirantes son recurrentes, pero obviamente  no son universalizables ni pasan los tests más elementales de la conciencia moral. Una de las moralejas que nos deja el fracaso del plan “Epstein-Maxwell” es que no nos está permitido desligar el cuerpo del alma de una persona para luego verla sólo como cuerpo. Y eso precisamente fue lo que todos esos canallas que de uno u otro modo participaron en la saga “Epstein-Maxwell” hicieron. Al así proceder, sin saberlo ellos mismos se deshumanizaron. Por otra parte, hay que reconocer que su herencia es dolorosa, pues nos hace conscientes de que, como jinetes del Apocalipsis, individuos como Epstein, Zelensky y Netanyahu nos dejan bien en claro que estamos permanentemente al borde del abismo y que un paso en falso puede hacer que la vida en la Tierra se convierta efectivamente en el infierno con el que ellos sueñan.

La Re-Estructuración del Mundo

Yo creo que ni el mejor geólogo del mundo podría decirnos qué estado presentaría, por ejemplo, una ciudad que sufriera un genuino cataclismo, digamos un temblor trepidatorio de 9 grados. Sin embargo, si bien es imposible describir detalladamente en la imaginación el panorama de una ciudad destruida por un terremoto, de todos modos algo podría decirse y también algo podría intentar adivinarse, es decir, especulando racionalmente acerca de cómo se vería afectada la ciudad, cuál zona sería la más dañada, qué sector de la población sufriría más, etc. Obviamente, el cálculo imaginario de potenciales destrucciones se queda chico frente a una simple fotografía de algo que ya sucedió. Percepción mata imaginación. Ahora bien, lo que deseo hacer aquí es trazar un cierto paralelismo entre el cataclismo tectónico y lo que podríamos denominar un ‘terremoto político’, que es lo que, si no me equivoco, está sucediendo en este momento en el mundo. Si el parangón es válido, se seguiría que no tiene mucho sentido pronunciarse tajantemente sobre lo que pasa dado que se trataría de una situación en permanente cambio, una situación de movimientos en gran escala pero que están teniendo lugar ahora. De lo que podemos hablar con cierta seguridad es de lo que ya pasó y eso en gran medida nos debería permitir generarnos un cuadro realista de la situación mundial actual, a sabiendas de que si rebasamos ciertos límites estaremos cayendo en especulaciones que pueden ser más o menos atrevidas, más o menos sensatas. Intentemos entonces generar un sencillo cuadro de algunos aspectos del mundo en formación, un mundo que sin duda alguna todavía nos va a dar sorpresas, tratando siempre de ser realistas y de evitar tanto prejuicios como lugares comunes.

Quizá debamos empezar por recordar que el mundo pasó por una etapa de injusticia más o menos estable desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días bajo la égida de los Estados Unidos y los países de Europa Occidental. Ellos impusieron de manera desvergonzada su voluntad de explotación a través de su superioridad militar y financiera y lo hicieron sin piedad. Recordemos también que frente a ese grupo de países ultra-privilegiados se mantuvo firme siempre la Unión Soviética. Ésta hizo esfuerzos titánicos para mantener un cierto equilibrio militar, siendo su política de carácter básicamente defensivo y en comunión con unos cuantos países que prácticamente vivían en la autarquía. La OTAN, como se sabe, se formó en 1949 en tanto que el Pacto de Varsovia sólo hasta 1955. En realidad, la división de Europa simplemente reflejó, por razones tanto ideológicas como económicas, la traición de los países occidentales a la nación que perdió en términos materiales y humanos más de lo que todos los países juntos que intervinieron en la guerra contra los países del así llamado ‘Eje’, esto es, Alemania, Italia y Japón. Indpendientemente de todo, los centros nodales de ambas alianzas, la occidental y la socialista, eran los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mientras la confrontación entre los dos bandos se mantuvo en el nivel de armas convencionales los países de Europa desempeñaron un papel crucial, pero cuando la confrontación fue expresándose en términos de armamento de un nivel superior (portaviones, submarinos, satélites, armas atómicas, químicas y biológicas), los protagonistas reales de una situación conflictiva mundial se fueron perfilando con mayor nitidez aun. Seamos claros: ni la República Popular de Polonia ni la República Federal Alemana importaban realmente. Por otra parte, es claro que en el plano económico la confrontación era muy desigual: en gran medida, la Unión Soviética y sus seis países aliados estaba excluidos del mundo del comercio mundial. Sus divisas, por ejemplo, no valían en el resto del mundo, en tanto que el dólar, la libra y demás sí valían en la zona soviética. Dado que los sistemas económicos eran radicalmente distintos, lo que en el mundo “occidental” (o sea más de tres cuartas partes de los países) eran inversiones en el mundo socialista eran pérdidas. Incentivar la industria del armamento, por ejemplo, era un gran negocio en los Estados Unidos (como pasa ahora con Israel), pero para la Unión Soviética significaba restarle fondos a los sectores relacionados con el bienestar popular. Si no hubiera sido forzada a mantener un nivel de armamento que le permitía balancear la situación frente a los Estados Unidos, la vida y la cultura en la Unión Soviética hubieran florecido sin comparación. Empero, el casi estrangulamiento económico por parte de los occidentales y el surgimiento de una clase de dirigentes semi-soñadores, semi-irresponsables, llevó a la Unión Soviética a intentar una vía diferente de relación con los engreídos gobernantes occidentales. Desafortunadamente, ese proceso que se inició con una sorprendente apertura por parte del gobierno soviético terminó ni más ni menos que con la venta del país. Eso ciertamente era algo no previsto en lo absoluto por nadie. Como si hubieran sido niños, los dirigentes soviéticos, excesivamente ingenuos, fueron engañados por sus contrapartes occidentales, el Pacto de Varsovia se deshizo y Rusia quedó como un país casi sumido en el caos, en venta y solo. La Unión Soviética, el sueño político de millones de personas, se derrumbó. Pero aquí se produjo un malentendido terrible: todo mundo en Occidente, desde los jerarcas hasta los ideologuillos de cuarta categoría (tengo algunos ejemplos locales de ello en mente, pero dado que en realidad son insignificantes me abstendré de mencionar sus ridículas “interpretaciones” de lo que estaba sucediendo), estaba convencido de que la URSS había sido derrotada y eso simplemente era un error, por así llamarlo, ‘teórico’. El problema es que ese error teórico tuvo inmensas implicaciones prácticas. La guerra de Ucrania fue una de ellas.

La Federación Rusa, descendiente y heredera de la Unión Soviética, pasó en la última década del siglo XX por un período muy crítico de descomposición interna durante el cual algunos ciudadanos soviéticos, que hasta entonces no habían sido otra cosa que vulgares burócratas en los antiguos ministerios, empezaron a comprar los bienes de la nación, o sea todo, porque en la Unión Soviética todo prácticamente era propiedad estatal. Pero preguntémonos: ¿qué ciudadano común y corriente puede de pronto adquirir las líneas de aviación, las compañías de ferrocarriles, las televisoras, el petróleo, las compañías pesqueras, equipos de futbol, las minas de carbón, etc., etc.? A primera vista es difícil detectar a potenciales compradores. No obstante, los hubo. Lo que pasó fue que un reducido grupo de ciudadanos soviéticos judíos se trasladaron a Nueva York y obtuvieron de la banca mundial dirigida por sus correligionarios los fondos necesarios para adquirir todas las empresas de todos los sectores vitales de lo que ya para entonces era la ex-Unión Soviética. Así surgieron los tristemente famosos ‘oligarcas’, unas cuantas decenas de neo-magnates que, de hecho, se repartieron Rusia a su gusto. Todo marchaba sobre ruedas, pero se produjo un problema, una especie de corto-circuito que se convirtió en el inicio del cataclismo que vive ahora el mundo: apareció en el escenario, paradójicamente como la última decisión oficial del gran traidor y el gran vende-patrias que fue Boris Yeltsin, Vladimir Vladimirovich Putin y con él las cosas cambiaron. Penosa pero sistemáticamente, la Federación Rusa se fue reconstituyendo hasta donde fue factible y se resignó a aceptar, hasta los límites de lo aceptable, la expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Rusia quedó en Europa prácticamente rodeada. Y el límite último, que de haber permitido que se transgrediera hubiera efectivamente representado la extinción de la Federación Rusa, era Ucrania. Y hasta allí llegaron los occidentales.

La guerra de Ucrania, ahora lo entendemos, fue el último intento por parte de la alianza occidental para acabar con el país descendiente de la memorable Unión Soviética. Todo el programa de desestabilización de Ucrania, el golpe de Estado de 2014, el plan de aniquilación de las poblaciones rusas del Donbas y, ya estallada la guerra con Rusia, las 16,000 sanciones de toda índole que se fueron implementando en su contra, todo eso y más fue meticulosamente planeado por los países de la OTAN (incluyendo los deleznables países bálticos, más escandalosos y vociferantes anti-rusos que los mismos ingleses, que no es poco decir!), evidentemente con los Estados Unidos por delante. Para desgracia del pueblo ucraniano, el plan incluyó la instalación al frente del gobierno ucraniano de un tipejo que resultó ser un criminal de altos vuelos y que sólo tiene su pendant (su equivalente, su contraparte, su alter ego) en el asesino de niños palestinos, el Atila de Gaza, Benjamín Netanyahu, muy probablemente, en este momento el sujeto más odiado del mundo. (Yo en este sentido lo propondría para el premio Guinness!). Me refiero, obviamente, a Volodomir Zelensky. La participación de los Estados Unidos en la guerra llegaba hasta el límite de lo aceptable, que obviamente era la confrontación directa con Rusia: dinero (billones de dólares), armamento, espionaje, sabotaje, etc., en todo los Estados Unidos estuvieron presentes, salvo con presencia de soldados en el terreno. Los países europeos todos participaron con dinero, logística y armamento. La guerra de Ucrania fue y es una guerra dirigida por fuerzas esencialmente anti-rusas. Para el espíritu anti-ruso las nacionalidades prácticamente no cuentan. Todo mundo sabe que durante los 4 años del periodo del pseudo-presidente demócrata Joe Biden, el verdadero presidente de los Estados Unidos fue Antony Blinken, un sionista total que le dio todo el apoyo posible a Netanyahu en el Medio Oriente y a Zelensky en Europa Oriental. El problema para todos ellos fue que el resultado de esta gran conspiración no fue el calculado porque, como ya a estas alturas podemos con confianza afirmar, de facto La Federación Rusa ganó la guerra. En otras palabras, la Federación Rusa venció a la OTAN. Así, pues, la guerra de Ucrania representó el último gran esfuerzo por parte de los occidentales (signifique eso lo que signifique) para desmantelar y descuartizar  definitivamente a Rusia. Y debo aclarar que hablé de “conspiración” entre otras razones porque no sólo nunca se le solicitó a los pueblos de los países participantes en la guerra ni siquiera su opinión sobre si estaban de acuerdo o no en que se invirtieran cientos de miles de millones de dólares en la aventura ucraniana, sino que el apoyo financiero y militar al gobierno de Zelensky (ilegal a estas alturas) se hizo en detrimento del bienestar de todos esos pueblos! La guerra de Ucrania fue un acuerdo entre élites anti-rusas, gubernamentales y financieras, principalmente.

Ahora bien, como hasta una persona limitada intelectualmente lo entendería, la derrota de Ucrania (todavía por formalizarse, pero incuestionable en los campos de batalla) tenía que tener consecuencias impensables e irreversibles. Es aquí que empieza a hacerse sentir el cataclismo político y, con ello, la reconfiguración del mapa geo-político. O sea, los conflictos ya no van a poder seguir resolviendo como antes. La derrota de la OTAN no es un simple suceso que se dio y a otra cosa. No! En primer lugar, la guerra de Ucrania dejó en claro que militarmente Europa no es lo que creía ser, lo que el mundo pensaba que era. Y, en segundo lugar y más importante todavía, quedó claro que Europa ya no sirve a los intereses de los Estados Unidos. La famosa “alianza atlántica” se vino abajo, ya no funciona, ya no es operativa ni militar ni comercial ni financieramente. Políticamente, Europa es ahora una carga para los Estados Unidos. Es cierto que si éstos estuvieran gobernados por el partido demócrata, podría darse el caso de que, a pesar del daño que objetivamente le causaría a los Estaos Unidos, la alianza seguiría vigente, por lo menos durante algún tiempo. Pero lo cierto es que aquí se presenta otro de esos sucesos históricos impredecibles que es el hecho de que el partido republicano ganó las elecciones y lo hizo ni más ni menos que con Donald J. Trump a la cabeza. Y eso significa un cambio radical en el panorama político norteamericano. ¿Por qué?

La razón es que D. Trump, a diferencia de personajes como Blinken, es un nacionalista norteamericano. Y aquí tenemos que distinguir dos cosas: una cosa es el personaje “Donald Trump”, el individuo que amenaza, que hace muecas, que propone medidas estrafalarias como la imposición injustificada de tarifas que luego él mismo cancela, el hombre con un lenguaje petulante, despectivo y hasta grosero hacia otros pueblos y gobiernos y que genera mucha animadversión entre la gente, y otro es el Donald Trump presidente de los Estados Unidos de América. El “Donald Trump” presidente es un asunto muy complejo. El plan original de Trump tenía dos grandes cursos de acción: la política interna, identificada como el programa MAGA (Make America Great Again, que habría que traducir como “Hacer de nuevo grandes a los Estados Unidos”), que consistía básicamente en luchar contra el “Estado Profundo” y sanear las finanzas, la educación, los servicios de salud, arreglar los temas de inmigración, luchar contra las ideologías debilitantes, etc., y la política exterior, la cual consiste básicamente en desarrollar una política favorable objetivamente a los Estados Unidos, es decir, a sus corporaciones, empresas y demás. Respecto a la política interna de Trump no diré nada más allá de señalar que él resultó ser una gran decepción, pues traicionó sus propios ideales y a todos los ciudadanos norteamericanos a la que engañó con promesas que simplemente no cumplió. En relación con su política exterior uno de sus objetivos primordiales fue dejar de cargar con el lastre europeo. Pruebas de esta nueva actitud del gobierno norteamericano hay muchas. La guerra contra Rusia obligó los países europeos a dejar de comprar el gas barato que ésta les vendía y gracias al cual su industria funcionaba. Los norteamericanos aprovecharon para venderle a los europeos el gas que necesitaban sólo que a precios estratosféricos. Eso fue un golpe bajo, muy en especial para Alemania, con la cual Rusia había construido dos Nord Streams, dos gaseoductos que llevaban gas natural de Rusia a Alemania y que los norteamericanos destruyeron. En la actualidad, para el consumidor común y corriente la compra de gas a las compañías norteamericanas les llegó a significar un aumento de precios hasta de un 80%. La industria alemana, la más potente de Europa, no se paralizó totalmente, pero su capacidad quedó considerablemente menguada y eso tiene implicaciones muy grandes para la nación. Otro ejemplo significativo del corte que se ha dado entre los Estados Unidos y Europa es el siguiente: en enero de este año, el gobierno francés detuvo en alta mar, de la manera más arbitraria posible, a dos buques petroleros rusos. Cuando el gobierno ruso le dio un ultimátum al gobierno francés, el (todavía) presidente E. Macron convocó a una reunión de urgencia organizar una respuesta colectiva. Lo que los franceses no se esperaban era que los militares norteamericanos les señalaran explícitamente que el gobierno francés había cometido un grave error y lo dejaron solo frente a Putin. Evidentemente, Macron dio marcha atrás y los buques rusos pudieron seguir su curso. Pero una vez más, lo cual ya empieza a ser más visible que el sol, quedó claro que el “inquebrantable” vínculo entre Europa occidental y los USA está fracturado. El caso de Groenlandia es otro buen ejemplo de esta nueva situación. ¿Por qué Trump proclamaría que va a apoderarse de Groenlandia? Obviamente no lo va hacer o por lo menos no en los términos en lo que él mismo habló de ello y que sus adversarios aprovechan para denostarlo. En primer lugar, cabe recordar que a Groenlandia, un inmensa isla prácticamente deshabitada, se la anexaron los daneses desde el siglo XVIII por medio de unos cuantos misioneros, en concordancia con la óptica de la época de acuerdo con la cual los europeos eran los conquistadores y amos del mundo y tenían todos los derechos mientras no se afectaran unos a otros. Por ello Groenlandia sigue siendo una colonia (como las Islas Malvinas), a pesar de gozar de cierta autonomía. Y en segundo lugar, Trump no es ni mucho menos el primer presidente en haber planteado el tema de la anexión de Groenlandia. Desde el siglo XIX los norteamericanos han tenido a Groenlandia en la mira. Es sólo con Trump que este tema se hizo público y notorio, sobre todo por el modo como él (i.e., en su estilo) lo planteó. Pero quizá valdría la pena preguntar: ¿por qué ahora plantea Trump esa cuestión? Por lo menos parte de la respuesta es que porque Rusia tiene una presencia firme y contundente en el Ártico, a la cual se irá uniendo paulatinamente China. Los Estados Unidos llegaron tarde al Polo Norte. Pero el punto es que en las condiciones actuales el gobierno norteamericano ya no quiere verse con las manos atadas por los europeos y entonces el presidente Trump plantea el asunto porque, efectivamente, Groenlandia va a ser parte de un escenario político-militar que rebasa con mucho los intereses de la diminuta Dinamarca, en tanto que se trata de una situación vital para los Estados Unidos. Que la propuesta (que tarde o temprano se va a plantear oficialmente) moleste a los europeos, aunque sin duda habrá arreglos en este sentido, es algo que a Trump lo deja completamente indiferente. A nosotros el tema de la independencia o la subordinación de Groenlandia no nos afecta en lo más mínimo y si aludimos a él es porque es importante para nosotros entender que el tema probablemente no se habría ni siquiera planteado si no se hubiera producido el desastroso terremoto ucraniano. Aunque incuestionablemente poderoso, el imperio norteamericano se encoge.

Lo que se tiene que entender es que ya no hay una única voluntad rigiendo al mundo. En esta nueva modalidad de confrontación los intereses europeos no cuentan o por lo menos cuentan mucho menos. Los Estados Unidos tendrán ahora que enfrentar no sólo a la Federación Rusa, sino a ésta con la República Popular de China y yo diría que no por separado, sino juntas. La idea de que se podría desligar a Rusia de China para beneficio de los Estados Unidos es una ilusión política infantil que es dudoso que los auténticos policy-makers norteamericanos hagan suya (inclusive si lo intentan). Así, el mapa que valía hasta la guerra de Ucrania se desdibujó. Ahora se está delineando uno nuevo. Lo que es muy importante en estas nuevas condiciones es entender que la modificación del mundo no se hará en términos geográficos. Eso es pensamiento decimonónico. La nueva configuración del mundo se hará desde luego en términos de genuino poderío militar, pero también de diplomacia comercial, industrial, financiera, cultural, etc. La banca mundial, dominada totalmente por los odiadores profesionales de Rusia, va a tener tarde o temprano que permitir el regreso de Rusia al mundo de los intercambios financieros abiertos y legales. Ahora sí va a empezar (quiero decir, después de que se haya firmado la paz con Ucrania) una era de competencia no tan desleal entre países gigantes para ganarse los mercados, las inversiones, etc., de los demás países. Esto requiere una transformación institucional completa. Por ejemplo, es evidente que organizaciones como la ONU, la OMS, la UNESCO, etc., que eran instituciones adaptadas a la situación que se configuró después de la Segunda Guerra Mundial, se tienen que rehacer y eso va a llevar tiempo, tiempo de desmantelamiento y de reconstrucción. Preguntémonos: ¿tiene sentido que una organización mundial de naciones tenga un Concejo de Seguridad constituido por unos cuantos países y tal que, aunque todos los países del mundo voten en favor o en contra de una determinada propuesta, con el veto de un solo miembro del Concejo de Seguridad la propuesta en cuestión queda cancelada? ¿Cuántas guerras, intervenciones, violaciones de paz, de derechos humanos, de genocidio ha impedido la ONU? ¿Qué poder tiene de facto el Secretario General de la ONU? La respuesta es tan obvia que me la ahorro. Entonces ¿queremos vivir en un mundo en donde efectivamente se hagan valer las reglamentaciones instauradas, en un mundo regido por leyes o se prefiere que sigamos en el mundo de una regulación que no obliga y que por lo tanto alienta la arbitrariedad y la injusticia? Si lo que se quiere es vivir con una reglamentación adecuada a los tiempos, entonces se tienen que reinventar instituciones y legislaciones. Yo creo que su derrota en la guerra de Ucrania marca no el fin, pero sí el retroceso del rol histórico de Europa. La Europa que decidía los destinos del mundo quedó atrás, se acabó. Los europeos aprovecharon el mundo a sus anchas y de acuerdo con sus requerimientos e idiosincrasias. Vivieron de América, de Asia y de África para financiar su bienestar material y poder desarrollar sus culturas, en el sentido más amplio posible de la palabra, dándole un gran bienestar a sus poblaciones. Pero los pueblos sometidos se fueron poco a poco rebelando e independizando a base, eso sí, de inmensos sacrificios, enormes pérdidas materiales y de un inmenso dolor humano, con lo cual las vidas de millones de personas se convirtieron un calvarios injustificados y hasta en sinsentidos. El magnífico bienestar europeo se pagó con la miseria y el sufrimiento de millones de personas. Ahora bien, los tiempos cambiaron y la situación de ventaja y de prepotencia de la que gozaron los europeos y que data del siglo XV va a terminar y el suceso histórico que permitió el inicio del cambio fue la gran victoria rusa en Ucrania. Con la derrota en Ucrania, el imperio europeo llegó a su fin. Ya era hora! Y aquí hay una lección para todos nosotros, algo que la gente tiene que entender: indirectamente, la Federación Rusa peleó por todos nosotros y lo hizo en contra de las más poderosas élites del mundo.

Los planes políticos más rebuscados y sofisticados del mundo tienen un límite establecido por la realidad. Pero hay gentuza que no quiere aceptar los hechos y sigue haciendo daño aunque ya sea sin ton ni son. Yo siempre he pensado que la locura llevada al extremo no necesariamente general el mal, pero que la maldad llevada hasta sus últimas consecuencias sí genera locura. A mí me parece que este es precisamente el caso de Volodomir Zelensky y del Estado al frente del cual fue puesto. Lo que internamente pasa en Ucrania es simplemente locura. No creo que haya alguien en el mundo más imbuido de odio, de pies a cabeza, que ese aventurero sin escrúpulos y sin vínculos reales con el pueblo ucraniano, un sujeto que, como él mismo lo ha dicho, tenía como sueño supremo hacer de Ucrania un segundo Israel. Me dan ganas de decir, de la manera más seria posible: “Dios intervino y Zelensky y todo lo que él representa fueron derrotados”. La re-estructuración del mundo ya se inició y si bien es un proceso desesperadamente lento, es de todos modos un proceso al que no lo detiene nadie. Va a llevar mucho tiempo para que se materialice, pero de una cosa estamos seguros: por la vidas que costó, por los esfuerzos realizados, por el despertar de las conciencias, esa transformación no puede ser más que benéfica para la humanidad.

Año Nuevo, Infamia Nueva!

Es triste tener que señalar que el 2026 arrancó para nosotros, los mexicanos, con dos desagradables eventos: un mal natural, como lo fue un temblor de 6.5 grados, y un terremoto político, como lo es el ataque norteamericano a la hermana República Bolivariana de Venezuela. Aunque a más de uno podría resultarle sorprendente, lo cierto es que el primero es un fenómeno relativamente fácil de explicar; cualquier geólogo podría proporcionar la explicación que se le requiriera, pero el segundo resulta ser de una complejidad mayúscula y, definitivamente, no es tan fácil de comprender. La prueba de ello es que si bien puede haber una explicación del movimiento sísmico aceptable por todos, hay potencialmente muchas lecturas o interpretaciones del fenómeno político-militar aludido que son incompatibles entre sí. Ahora bien, para enfrentar el tema del ataque yanki en contra de Venezuela, así como el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, la primera condición que se tiene que satisfacer es dejar de lado las emociones, las rabias, los odios, las descripciones soeces, las vulgaridades y cosas por el estilo, y concentrarnos en los hechos crudos, sirviéndonos de los pocos datos a los que tenemos acceso y que en principio nos ayudarían a tener un aperçu realista de lo que sucedió, está sucediendo y probablemente sucederá en los próximos días y semanas. Intentemos entonces pintarnos un cuadro fidedigno de esa realidad sin dejar que las vísceras hablen por nosotros.

El primer requisito, me parece a mí, para entender una situación en la que los elementos catalizadores son los dos presidentes y en la que los factores fundamentales son los países mismos, Venezuela y los Estados Unidos, es ver estos países, primeramente, como piezas en un tablero mundial constituido éste por la red internacional de relaciones que se fraguan entre todos los países desde todos puntos de vista. Dicho de otro modo, si se quiere entender qué está realmente en juego, qué complicaciones políticas, humanas, militares, diplomáticas se van a suscitar y qué intereses profundos entran en confrontación, o  sea, si realmente se quiere entender la situación, lo único que no se debe hacer es concentrar la atención en hechos aislados, por impactantes que sean. Hacer eso, que es lo que la inmensa mayoría de las personas tiende a hacer, equivale simplemente a auto-cancelarse la posibilidad de comprender cabalmente el fenómeno que nos interesa. No es ese, por lo tanto, nuestro punto de vista inicial.

Empecemos entonces por lo más general, que en este caso es la decadencia económica de los Estados Unidos. Ésta, desde luego, viene acompañada de decadencia cultural, educativa, social, etc., pero sobre todo económica. De ahí que cualquier administración o gobierno norteamericano hará lo que esté a su alcance para detener dicho proceso. El proceso de decadencia norteamericana aludido se manifiesta de las más variadas formas, por ejemplo, tanto en los altos niveles de drogadicción de su población como en el fabuloso déficit gubernamental (la deuda del Estado norteamericano es de cerca de 40 trillones de dólares, o sea, 40, 000,000,000,000,000,000 dólares), en el debilitamiento de su planta productiva e incapacidad para competir, tanto en el mercado interno como en el externo, con otras potencias y especialmente con China como en la carencia cada vez más urgente de materias primas, en particular de petróleo y minerales raros. (Permítaseme aquí un veloz recordatorio: sin duda alguna, en gran medida el ataque a Venezuela tiene que ver con el petróleo, ese bien natural que el presidente Andrés Manuel López Obrador sabiamente rescató para México, a pesar de la repulsiva y abiertamente anti-mexicana propaganda de los editorialistas y politólogos locales que lo presionaban un día sí y otro no para que privatizara algo que, según ellos, ya no tenía futuro, y ello sobre la base de que ahora ya teníamos industrias y tecnologías no contaminantes. Con toda franqueza, hay que tener un intelecto de mercenario o ser un pobre arrastrado que se desvive por unas cuantas monedas de plata para sumarse a una campaña tan abiertamente contraria a los genuinos intereses de México como la que se desarrolló aquí. Quizá ahora todos esos mequetrefes entiendan y reconozcan que si algo es crucial para nuestro país ese algo es su petróleo, eso precisamente (inter alia) por lo que los americanos iniciaron el conflicto con Venezuela). En todo caso, lo que para nosotros es importante es, dicho de manera general, el hecho de que por primera vez la economía norteamericana no sólo ya no es funcional, sino que parecería estar entrando en una etapa de debilitamiento crónico y de dependencia respecto a las de otros países, siendo una vez más la República Popular de China la que la supera y, esto es importante, la que poco a poco la arrincona. Este es un hecho que no debería ignorarse en ninguna explicación de temas políticos internacionales.

Por otra parte, no estaría de más tener presente que los gobiernos norteamericanos, hasta el de D. Trump, eran ante todo meras “administraciones” siendo los presidentes básicamente los representantes, los portavoces de las maquinarias gubernamentales. Con D. Trump pasa lo mismo, si bien él ha logrado imponerle su estampa, su sello a su administración. ¿Y cuál es esa estampa, ese estilo? El rasgo fundamental del gobierno del presidente Trump, que es el de un gobierno que está paulatinamente encaminándose por la vía del deterioro económico, es el rotundo rechazo a aceptar el reino de la legalidad. O sea, Trump y sus allegados entienden que si aceptan el juego de la reglamentación internacional, si se conducen acatando las decisiones que se tomen en la ONU o las sentencias de la Corte Internacional de Justicia, etc., entonces están perdidos, porque es precisamente respetando las reglas que países como Rusia y China les han impuesto nuevos límites. Por lo tanto, los Estados Unidos se creen justificados en reivindicar  para sí una posición de excepción en la situación que sea. Toda la política de Trump de imposición a diestra y siniestra de aranceles, medidas que casi de inmediato tiene que cancelar, no son más que la ridícula expresión de un estado de desesperación ante la incuestionable realidad de no ser ya el amo del mundo, el país que consume el 50% de lo todo lo que se produce en el mundo. Mientras los gobiernos norteamericanos tuvieron el control básico (i.e., financiero, comercial, militar, etc.) del planeta, los Estados Unidos se presentaban como un país de leyes en el que prevalecía el respeto a la ley, un país que luchaba en todos los contextos de interacción entre países por hacer valer la ley. Sin embargo, las circunstancias fueron sigilosamente cambiando y, como era de esperarse, ello acarreó cambios de estrategia política. Nótese, simplemente, que estos recordatorios no constituyen más que el dato preliminar para la explicación de lo sucedido en Venezuela. Faltan muchos otros datos igualmente relevantes e importantes.

El suceso fundamental de los últimos tiempos es, obviamente, la guerra de Ucrania. Pero ¿qué tiene que ver dicha guerra con lo que sucede en el Caribe? Mucho, porque la guerra de Ucrania fue ideada y echada a andar por aniquilar a Rusia de una vez por todas vía una guerra de atrición y Ucrania y Venezuela son países amigos. Ucrania, dirigida por alguien a quien Ucrania le importa un comino, esto es, el corrupto carnicero de Europa Oriental, Volodmir Zelensky, sería el campo de batalla que, por razones evidentes de suyo, no habría podido ser la misma Rusia. El dinero y el armamento lo proporcionarían la OTAN (o sea, básica aunque no únicamente, los Estados Unidos, entre otras razones porque fue allí donde se gestó el plan) y los países europeos en general. Los muertos, obviamente, correrían (sobre todo mas no únicamente) por cuenta del pueblo ucraniano (y ya se cuentan, dicho sea de paso, más de un millón de ellos). Todo fue cuidadosamente preparado a partir del golpe de Estado de 2014, un suceso relativamente bien conocido por lo que  no tenemos que entrar en detalles. Cuando era ya evidente que se iban a iniciar las masacres de las poblaciones rusas del Donbás, el gobierno de la Federación Rusa se vio obligado a iniciar su “Operación Especial” y entonces 100,000 soldados rusos chocaron directamente con los soldados ucranianos, los militares de Europa Occidental y los mercenarios que hicieron llegar de los más diversos países, prometiéndoles entre otras cosas, a la antigua usanza, el saqueo de lo que veían como una zona prácticamente desprotegida y ganada de antemano. La promesa de violaciones, robos y asesinatos con licencia llevó a muchos colombianos, sirios, ciudadanos de antiguas repúblicas soviéticas, etc., a engrosar al ejército ucraniano. Cerca de 16,000 sanciones económicas y financieras se le impusieron a Rusia. Le congelaron a los rusos sus inversiones y cuentas en bancos europeos por la fabulosa cantidad de 300,000 millones de dólares. Hubo, sin embargo, un problema: en el campo de batalla Rusia venció a Europa Occidental con Ucrania como su vanguardia. Las cosas no salieron como lo planearon esos mismos que ahora, supuestamente de manera tan exitosa, planearon el ataque a Venezuela. Y entonces, y este es el dato crucial, los Estados Unidos tuvieron que esperar a que cambiara el presidente, es decir, la administración Biden, para que finalmente el gobierno norteamericano pudiera entrar en negociaciones directas con el gobierno ruso. Obviamente, a estas alturas es un error grotesco e imperdonable pensar que el gobierno norteamericano es una entidad monolítica. No obstante, el nuevo presidente, entendiendo que la confrontación con Rusia estaba ya en lo esencial perdida, decidió entablar conversaciones de paz y se dio entonces el encuentro entre los presidentes V. Putin y D. Trump, allá en Anchorage. Cómo será de fuerte la oposición del partido de la guerra en los Estados Unidos que al día de hoy el gobierno norteamericano ni siquiera ha podido todavía forzar al Drácula ucraniano (léase Zelensky) a sentarse a la mesa de negociaciones. Este, sin embargo, no es nuestro tema. El punto importante para nosotros, y que nos acerca un poco más al tema de Venezuela, es que en esa famosa reunión de Alaska, los presidentes de las dos más grandes potencias militares del mundo sin duda alguna decidieron muchas otras cosas. Y no es descabellado pensar que durante esas conversaciones el presidente norteamericano haya exigido libertad de acción en relación con Venezuela. Si hubo una negociación, ésta ha de haber sido sumamente complicada, por múltiples y obvias razones, pues el apoyo ruso siguió llegando a Venezuela a lo largo del año.  Y esto no es todo.

Como todos sabemos y es ya un lugar común que no tiene el menor sentido cuestionar, el gobierno norteamericano está férreamente controlado por lo que se conoce como el ‘Lobby judío’. Sobre eso tampoco ahondaré, porque es material ya más que estudiado y digerido. Ahora bien, tan las cosas son así que prácticamente cada vez que B. Netanyahu viaja a los Estados Unidos se inicia, al poco tiempo, una nueva guerra en el Medio Oriente. Como es bien sabido, Israel ya desfiguró el mapa de la región, pero hay un país que todavía no ha sido vencido y que, en la última confrontación, le dio una feroz lección a Israel. Ese país es Irán. Ojalá pudiera explicársele a la gente que, por un sinnúmero de causas y de razones, Israel es una entidad que se coloca por encima de todos los países de Occidente y si su control sobre el gobierno norteamericano es casi total, su control sobre los gobiernos de Europa Occidental es simplemente total. Sería conveniente que se entendiera de una vez por todas que no es que los europeos benévolamente le concedan a Israel su aprobación por las espantosas decisiones que toma, como la de dejar agonizar por hambre a dos millones de personas, lanzar varias veces más bombas sobre Gaza que lo que representó la bomba atómica de Hiroshima y cometer los peores crímenes que la humanidad ha cometido a lo largo de su historia, sino que sencillamente no tienen opción, porque de una u otra forma, por el sistema bancario mundial, el gobierno norteamericano, el imperio de los mass-media, etc., Israel dicta en todos esos países las políticas que para él son relevantes. Ahora bien, Israel quiere a toda costa acabar con Irán, pero como no puede él mismo hacerlo, como lo deja en claro la tunda que recibió durante la guerra de los 12 días, necesita que tan nefasta labor la realicen sus lacayos norteamericanos. Entendamos la situación: Netanyahu no va a los Estados Unidos a pedir nada. Va a los Estados Unidos a articular en concordancia con los gobiernos norteamericanos la política y las decisiones fundamentales que, desde su perspectiva, le convienen a Israel. Y así ha sido abiertamente desde la guerra de Irak. Podemos inferir, por consiguiente, que se aproxima una nueva guerra en contra del pueblo iraní y de sus legítimas autoridades. Lo que Netanyahu quiere es acabar con el poderío tecnológico, científico y militar iraní, imponer un gobierno títere y entonces poder ya aplicar sin tapujos y sin restricciones de ninguna índole su política expansionista e imperialista del “Gran Israel”. Con todo esto, nos acercamos cada vez más a la guerra contra de Venezuela.

Planear una invasión no es un asunto menor. Se contemplan con mucho tiempo de anticipación absolutamente todas las aristas del tema. En concordancia con ello, yo soy de la opinión de que una de las principales motivaciones para la movilización militar en contra de la República Bolivariana de Venezuela fue la de distraer la opinión pública mundial de la guerra que se prepara en contra de Irán y que Israel exige que se lleve a cabo. Ahora bien, que toda la expedición militar sea un distractor no significa que nada más sea un distractor. Es claro ahora, supongo, que para los Estados Unidos un país latinoamericano con tanta riqueza natural como la de Venezuela y que mantiene vínculos militares y comerciales profundos con Rusia y China, se había vuelto ya en un problema serio, sobre todo porque con un gobierno chavista al frente es imposible subyugar a toda América del Sur. Por si fuera poco, Venezuela tiene lo que los Estados Unidos con urgencia necesitan y si además se trata de un país amigo de sus enemigos jurados y que el gobierno norteamericano se auto-considera excepcional, en el sentido de que está por encima de ley, entonces si ya se tienen suficientes elementos para planear una agresión contra un país que, bien vistas las cosas, no le ha hecho nada a los Estados Unidos y que ciertamente no representa una amenaza para ellos. La pseudo-explicación concerniente a las drogas y el dizque “Cártel de los Soles” no es más que demagogia barata, para consumo de periodistas y lacayos tercermundistas (piénsese nada más en un ser tan detestable como Corina Machado), asociada con crímenes imperdonables, como lo es matar sin identificar ni corroborar nada a lancheros que se desplazan por las aguas  territoriales de su país. Pero ¿en qué consistió en este caso la jugarreta norteamericana? Venezuela no ha sido invadida. Los militares norteamericanos, siguiendo sus bien conocidas tradiciones de terrorismo militar, bombardearon diversas zonas residenciales de Caracas a eso de las 3.30 de la mañana, es decir, cuando la gente está descansando, para en una operación ya muy practicada por ellos, secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa, exactamente como lo haría cualquier pandillero de cualquier asociación delictuosa con un apacible ciudadano normal. Pero, y aquí empiezan a brotar consecuencias indeseables para los agresores, porque si bien bombardear zonas residenciales sirve para destruir psicológicamente a la gente, ello puede tener también consecuencias inesperadas. Hasta donde se sabe, no hay en este momento tropas norteamericanas en territorio venezolano y lo que esto significa es simplemente que el conflicto con Venezuela apenas empieza.

Naturalmente, no somos adivinos ni pretendemos presentarnos como profetas de nada, pero no podemos evitar preguntarnos: ¿qué viene? ´¿Qué va a pasar ahora? Obviamente, el presidente Maduro es el primer mártir venezolano de la política ilegal e ilegítima de la administración Trump. (No digo que el primero de la política norteamericana hacia Venezuela, porque hasta donde recuerdo nunca se demostró que  el Comandante Chávez hubiera tenido una muerte natural. Es cierto que murió de cáncer, per éste le brotó de pronto, cuando se encontraba en su mejor momento. Por ello yo, como otras personas, me inclino a pensar que a él lo mataron, sólo que de otro modo, por así decirlo, más refinadamente. El presidente Maduro, afortunadamente, está todavía con vida). Es obvio que el objetivo manifestado por D. Trump es convertir a la República Bolivariana de Venezuela en el país de la Chevron, de Repsol y de algunas otras compañías que tendrían como misión dejar a Venezuela hecha un páramo. Hasta aquí la iniciativa norteamericana, Lo que viene ahora es la defensa militar y diplomática del territorio venezolano. Muy probablemente, los norteamericanos van a aplicar su tradicional bombardeo estratégico, tratando de arrasar hasta con los perros para posteriormente, una vez que esté todo destruido, enviar su infantería. Allí es donde va a empezar la confrontación. Mucho va a depender de cómo sea el desempeño de las fuerzas armadas venezolanas, pero más importante aún va a ser la respuesta popular. Ahora bien, si los americanos logran destruir las fuerzas de defensa del país, automáticamente se entrará en una segunda fase, a saber, la fase de la guerra de guerrillas y Venezuela tiene todo para prácticamente eternizarse en ella. El odio popular por los bombardeos no se extinguirá en un siglo y habrá que tomar en cuenta la indignación y protesta política de los países en todos los foros existentes. Yo me atrevo a pensar que, a menos de que los gobernantes, sobre todo los de América Latina, carezcan por completo de imaginación y de visión política, tendrán que echar a andar políticas de contención y de auto-defensa efectivas y éstas no pueden consistir más que en una cosa: efectuar un acercamiento real, profundo, multifacético, etc., con la Federación Rusa y con la República Popular de China, multiplicar nuestros lazos comerciales, culturales, etc., con ellos Debe quedar claro que el ataque norteamericano puso a los países de América Latina ante una ineludible disyuntiva: o lacayismo eterno o auto-defensa preventiva. Hay, desde luego, países en América Latina que han optado por lo primero, esto es, que antepusieron los intereses del imperio en decadencia a los intereses de sus respectivas poblaciones. Naturalmente, no son gobiernos representativos, inclusive si son legales. Pero los países cuyos gobiernos no quieran ver succionadas sus riquezas naturales, destruidas sus clases medias, ver a sus poblaciones convertidas en nuevos ejércitos de siervos, etc., etc. tienen que reaccionar ante lo que está sucediendo en Venezuela como si les estuvieran aplicando a ellos mismos las mismas recetas. Eso es crucial para su sobrevivencia como entidades políticas autónomas.

Mi punto de vista es que los Estados Unidos se van a empantanar en Venezuela, porque lo que allá está pasando es, inter alia, el producto de una política de desesperación. Políticas así tienen inevitablemente consecuencias inesperadas. Por lo pronto, Venezuela ya tiene una presidenta constitucional, que es Delcy Rodríguez, quien fungía como Vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela y eso es algo que se tiene que hacer valer. Por otra parte, Colombia va a tener que deslindarse y ¿optará el gobierno del presidente Petro por la subordinación ad aeternum? ¿Y qué va a pasar si la guerrilla colombiana decide internacionalizarse, ampliar su rango de acción y luchar en territorio venezolano con lo que muy probablemente sería la guerrilla venezolana? ¿Qué pasaría si los patriotas venezolanos prefieren destruir su industria petrolera antes que verla en manos de las trasnacionales de siempre? Además, de seguro que muchos venezolanos, que como buenos anti-patriotas se fueron a residir a otros países del sub-continente, van a regresar para luchar … en contra de sus propios compatriotas, lo cual va a hacer de toda esa región un infierno. Por otra parte, dado que evidentemente el secuestro del presidente Maduro fue un acto contrario a la ley, la inconformidad mundial tendrá que hacerse oír y ello le complicará un poco la vida al gobierno de D. Trump. Como todo mundo sabe, no hay un mandato institucional norteamericano que autorice la agresión a otro país y ¿puede un presidente por voluntad propia, sin el respaldo institucional requerido, declarar una guerra porque quiere hacerlo? Nosotros ya sabíamos que en los Estados Unidos lo que prevalece es una oligarquía y ahora confirmamos que lo único que no son es ser un país democrático. Los Estados Unidos imperceptiblemente transitaron de la democracia a la tiranía presidencial, por lo que el ataque ordenado por el Sr. D. Trump no tiene ninguna justificación racional, Venezuela nunca representó un peligro para los Estados Unidos y éstos no debería pasar por alto el hecho de que una invasión no es nunca un fenómeno que no tenga consecuencias imprevisibles y abiertamente contraproducentes, a corto, mediano y largo plazo.

Y todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo debe proceder México? A mi modo de ver, nuestro gobierno y los que vengan tienen que entender que su función en lo que atañe a las relaciones de nuestro país con países como los Estados Unidos o Israel, los únicos países que se creen excepcionales y por encima de las leyes que valen para los demás, es proteger a la nación mexicana, al pueblo de México, prepararlo por medio de una sólida educación y la implantación a nivel nacional de una ideología práctica y realista, es decir, dejando ya de lado luchas ideológicas debilitantes y dañinas, como la exaltación de la mujer en detrimento del hombre o la exaltación del indígena en detrimento del mestizo. Nada de eso fortifica al pueblo de México ni lo prepara para potenciales confrontaciones con potencias agresivas. Confiemos entonces en que la preparación ideológica de muchos años del pueblo venezolano operará y les servirá para enfrentar a un enemigo cruel e inmoral. Lo peor que le puede pasar al hermano pueblo venezolano no es un bombardeo. Claro que habrá muertos y mucha destrucción. Los norteamericanos, lo sabemos, son especialistas en ello. Nada de eso le deseamos a los venezolanos. Pero sin duda alguna lo peor que le puede suceder al pueblo de Venezuela es que le vuelvan a poner los grilletes que el Comandante Chávez ya les había quitado y que su país se vuelva a convertir en una vulgar colonia, en donde seguramente podrían tomar toda la Coca-Cola que quisieran, de un imperio cuyos primeros espasmos de contradicciones insolubles anuncian sin vacilar que se encamina ya por la irreversible senda de la decadencia y la derrota.