La Re-Estructuración del Mundo

Yo creo que ni el mejor geólogo del mundo podría decirnos qué estado presentaría, por ejemplo, una ciudad que sufriera un genuino cataclismo, digamos un temblor trepidatorio de 9 grados. Sin embargo, si bien es imposible describir detalladamente en la imaginación el panorama de una ciudad destruida por un terremoto, de todos modos algo podría decirse y también algo podría intentar adivinarse, es decir, especulando racionalmente acerca de cómo se vería afectada la ciudad, cuál zona sería la más dañada, qué sector de la población sufriría más, etc. Obviamente, el cálculo imaginario de potenciales destrucciones se queda chico frente a una simple fotografía de algo que ya sucedió. Percepción mata imaginación. Ahora bien, lo que deseo hacer aquí es trazar un cierto paralelismo entre el cataclismo tectónico y lo que podríamos denominar un ‘terremoto político’, que es lo que, si no me equivoco, está sucediendo en este momento en el mundo. Si el parangón es válido, se seguiría que no tiene mucho sentido pronunciarse tajantemente sobre lo que pasa dado que se trataría de una situación en permanente cambio, una situación de movimientos en gran escala pero que están teniendo lugar ahora. De lo que podemos hablar con cierta seguridad es de lo que ya pasó y eso en gran medida nos debería permitir generarnos un cuadro realista de la situación mundial actual, a sabiendas de que si rebasamos ciertos límites estaremos cayendo en especulaciones que pueden ser más o menos atrevidas, más o menos sensatas. Intentemos entonces generar un sencillo cuadro de algunos aspectos del mundo en formación, un mundo que sin duda alguna todavía nos va a dar sorpresas, tratando siempre de ser realistas y de evitar tanto prejuicios como lugares comunes.

Quizá debamos empezar por recordar que el mundo pasó por una etapa de injusticia más o menos estable desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días bajo la égida de los Estados Unidos y los países de Europa Occidental. Ellos impusieron de manera desvergonzada su voluntad de explotación a través de su superioridad militar y financiera y lo hicieron sin piedad. Recordemos también que frente a ese grupo de países ultra-privilegiados se mantuvo firme siempre la Unión Soviética. Ésta hizo esfuerzos titánicos para mantener un cierto equilibrio militar, siendo su política de carácter básicamente defensivo y en comunión con unos cuantos países que prácticamente vivían en la autarquía. La OTAN, como se sabe, se formó en 1949 en tanto que el Pacto de Varsovia sólo hasta 1955. En realidad, la división de Europa simplemente reflejó, por razones tanto ideológicas como económicas, la traición de los países occidentales a la nación que perdió en términos materiales y humanos más de lo que todos los países juntos que intervinieron en la guerra contra los países del así llamado ‘Eje’, esto es, Alemania, Italia y Japón. Indpendientemente de todo, los centros nodales de ambas alianzas, la occidental y la socialista, eran los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mientras la confrontación entre los dos bandos se mantuvo en el nivel de armas convencionales los países de Europa desempeñaron un papel crucial, pero cuando la confrontación fue expresándose en términos de armamento de un nivel superior (portaviones, submarinos, satélites, armas atómicas, químicas y biológicas), los protagonistas reales de una situación conflictiva mundial se fueron perfilando con mayor nitidez aun. Seamos claros: ni la República Popular de Polonia ni la República Federal Alemana importaban realmente. Por otra parte, es claro que en el plano económico la confrontación era muy desigual: en gran medida, la Unión Soviética y sus seis países aliados estaba excluidos del mundo del comercio mundial. Sus divisas, por ejemplo, no valían en el resto del mundo, en tanto que el dólar, la libra y demás sí valían en la zona soviética. Dado que los sistemas económicos eran radicalmente distintos, lo que en el mundo “occidental” (o sea más de tres cuartas partes de los países) eran inversiones en el mundo socialista eran pérdidas. Incentivar la industria del armamento, por ejemplo, era un gran negocio en los Estados Unidos (como pasa ahora con Israel), pero para la Unión Soviética significaba restarle fondos a los sectores relacionados con el bienestar popular. Si no hubiera sido forzada a mantener un nivel de armamento que le permitía balancear la situación frente a los Estados Unidos, la vida y la cultura en la Unión Soviética hubieran florecido sin comparación. Empero, el casi estrangulamiento económico por parte de los occidentales y el surgimiento de una clase de dirigentes semi-soñadores, semi-irresponsables, llevó a la Unión Soviética a intentar una vía diferente de relación con los engreídos gobernantes occidentales. Desafortunadamente, ese proceso que se inició con una sorprendente apertura por parte del gobierno soviético terminó ni más ni menos que con la venta del país. Eso ciertamente era algo no previsto en lo absoluto por nadie. Como si hubieran sido niños, los dirigentes soviéticos, excesivamente ingenuos, fueron engañados por sus contrapartes occidentales, el Pacto de Varsovia se deshizo y Rusia quedó como un país casi sumido en el caos, en venta y solo. La Unión Soviética, el sueño político de millones de personas, se derrumbó. Pero aquí se produjo un malentendido terrible: todo mundo en Occidente, desde los jerarcas hasta los ideologuillos de cuarta categoría (tengo algunos ejemplos locales de ello en mente, pero dado que en realidad son insignificantes me abstendré de mencionar sus ridículas “interpretaciones” de lo que estaba sucediendo), estaba convencido de que la URSS había sido derrotada y eso simplemente era un error, por así llamarlo, ‘teórico’. El problema es que ese error teórico tuvo inmensas implicaciones prácticas. La guerra de Ucrania fue una de ellas.

La Federación Rusa, descendiente y heredera de la Unión Soviética, pasó en la última década del siglo XX por un período muy crítico de descomposición interna durante el cual algunos ciudadanos soviéticos, que hasta entonces no habían sido otra cosa que vulgares burócratas en los antiguos ministerios, empezaron a comprar los bienes de la nación, o sea todo, porque en la Unión Soviética todo prácticamente era propiedad estatal. Pero preguntémonos: ¿qué ciudadano común y corriente puede de pronto adquirir las líneas de aviación, las compañías de ferrocarriles, las televisoras, el petróleo, las compañías pesqueras, equipos de futbol, las minas de carbón, etc., etc.? A primera vista es difícil detectar a potenciales compradores. No obstante, los hubo. Lo que pasó fue que un reducido grupo de ciudadanos soviéticos judíos se trasladaron a Nueva York y obtuvieron de la banca mundial dirigida por sus correligionarios los fondos necesarios para adquirir todas las empresas de todos los sectores vitales de lo que ya para entonces era la ex-Unión Soviética. Así surgieron los tristemente famosos ‘oligarcas’, unas cuantas decenas de neo-magnates que, de hecho, se repartieron Rusia a su gusto. Todo marchaba sobre ruedas, pero se produjo un problema, una especie de corto-circuito que se convirtió en el inicio del cataclismo que vive ahora el mundo: apareció en el escenario, paradójicamente como la última decisión oficial del gran traidor y el gran vende-patrias que fue Boris Yeltsin, Vladimir Vladimirovich Putin y con él las cosas cambiaron. Penosa pero sistemáticamente, la Federación Rusa se fue reconstituyendo hasta donde fue factible y se resignó a aceptar, hasta los límites de lo aceptable, la expansión de la OTAN hacia sus fronteras. Rusia quedó en Europa prácticamente rodeada. Y el límite último, que de haber permitido que se transgrediera hubiera efectivamente representado la extinción de la Federación Rusa, era Ucrania. Y hasta allí llegaron los occidentales.

La guerra de Ucrania, ahora lo entendemos, fue el último intento por parte de la alianza occidental para acabar con el país descendiente de la memorable Unión Soviética. Todo el programa de desestabilización de Ucrania, el golpe de Estado de 2014, el plan de aniquilación de las poblaciones rusas del Donbas y, ya estallada la guerra con Rusia, las 16,000 sanciones de toda índole que se fueron implementando en su contra, todo eso y más fue meticulosamente planeado por los países de la OTAN (incluyendo los deleznables países bálticos, más escandalosos y vociferantes anti-rusos que los mismos ingleses, que no es poco decir!), evidentemente con los Estados Unidos por delante. Para desgracia del pueblo ucraniano, el plan incluyó la instalación al frente del gobierno ucraniano de un tipejo que resultó ser un criminal de altos vuelos y que sólo tiene su pendant (su equivalente, su contraparte, su alter ego) en el asesino de niños palestinos, el Atila de Gaza, Benjamín Netanyahu, muy probablemente, en este momento el sujeto más odiado del mundo. (Yo en este sentido lo propondría para el premio Guinness!). Me refiero, obviamente, a Volodomir Zelensky. La participación de los Estados Unidos en la guerra llegaba hasta el límite de lo aceptable, que obviamente era la confrontación directa con Rusia: dinero (billones de dólares), armamento, espionaje, sabotaje, etc., en todo los Estados Unidos estuvieron presentes, salvo con presencia de soldados en el terreno. Los países europeos todos participaron con dinero, logística y armamento. La guerra de Ucrania fue y es una guerra dirigida por fuerzas esencialmente anti-rusas. Para el espíritu anti-ruso las nacionalidades prácticamente no cuentan. Todo mundo sabe que durante los 4 años del periodo del pseudo-presidente demócrata Joe Biden, el verdadero presidente de los Estados Unidos fue Antony Blinken, un sionista total que le dio todo el apoyo posible a Netanyahu en el Medio Oriente y a Zelensky en Europa Oriental. El problema para todos ellos fue que el resultado de esta gran conspiración no fue el calculado porque, como ya a estas alturas podemos con confianza afirmar, de facto La Federación Rusa ganó la guerra. En otras palabras, la Federación Rusa venció a la OTAN. Así, pues, la guerra de Ucrania representó el último gran esfuerzo por parte de los occidentales (signifique eso lo que signifique) para desmantelar y descuartizar  definitivamente a Rusia. Y debo aclarar que hablé de “conspiración” entre otras razones porque no sólo nunca se le solicitó a los pueblos de los países participantes en la guerra ni siquiera su opinión sobre si estaban de acuerdo o no en que se invirtieran cientos de miles de millones de dólares en la aventura ucraniana, sino que el apoyo financiero y militar al gobierno de Zelensky (ilegal a estas alturas) se hizo en detrimento del bienestar de todos esos pueblos! La guerra de Ucrania fue un acuerdo entre élites anti-rusas, gubernamentales y financieras, principalmente.

Ahora bien, como hasta una persona limitada intelectualmente lo entendería, la derrota de Ucrania (todavía por formalizarse, pero incuestionable en los campos de batalla) tenía que tener consecuencias impensables e irreversibles. Es aquí que empieza a hacerse sentir el cataclismo político y, con ello, la reconfiguración del mapa geo-político. O sea, los conflictos ya no van a poder seguir resolviendo como antes. La derrota de la OTAN no es un simple suceso que se dio y a otra cosa. No! En primer lugar, la guerra de Ucrania dejó en claro que militarmente Europa no es lo que creía ser, lo que el mundo pensaba que era. Y, en segundo lugar y más importante todavía, quedó claro que Europa ya no sirve a los intereses de los Estados Unidos. La famosa “alianza atlántica” se vino abajo, ya no funciona, ya no es operativa ni militar ni comercial ni financieramente. Políticamente, Europa es ahora una carga para los Estados Unidos. Es cierto que si éstos estuvieran gobernados por el partido demócrata, podría darse el caso de que, a pesar del daño que objetivamente le causaría a los Estaos Unidos, la alianza seguiría vigente, por lo menos durante algún tiempo. Pero lo cierto es que aquí se presenta otro de esos sucesos históricos impredecibles que es el hecho de que el partido republicano ganó las elecciones y lo hizo ni más ni menos que con Donald J. Trump a la cabeza. Y eso significa un cambio radical en el panorama político norteamericano. ¿Por qué?

La razón es que D. Trump, a diferencia de personajes como Blinken, es un nacionalista norteamericano. Y aquí tenemos que distinguir dos cosas: una cosa es el personaje “Donald Trump”, el individuo que amenaza, que hace muecas, que propone medidas estrafalarias como la imposición injustificada de tarifas que luego él mismo cancela, el hombre con un lenguaje petulante, despectivo y hasta grosero hacia otros pueblos y gobiernos y que genera mucha animadversión entre la gente, y otro es el Donald Trump presidente de los Estados Unidos de América. El “Donald Trump” presidente es un asunto muy complejo. El plan original de Trump tenía dos grandes cursos de acción: la política interna, identificada como el programa MAGA (Make America Great Again, que habría que traducir como “Hacer de nuevo grandes a los Estados Unidos”), que consistía básicamente en luchar contra el “Estado Profundo” y sanear las finanzas, la educación, los servicios de salud, arreglar los temas de inmigración, luchar contra las ideologías debilitantes, etc., y la política exterior, la cual consiste básicamente en desarrollar una política favorable objetivamente a los Estados Unidos, es decir, a sus corporaciones, empresas y demás. Respecto a la política interna de Trump no diré nada más allá de señalar que él resultó ser una gran decepción, pues traicionó sus propios ideales y a todos los ciudadanos norteamericanos a la que engañó con promesas que simplemente no cumplió. En relación con su política exterior uno de sus objetivos primordiales fue dejar de cargar con el lastre europeo. Pruebas de esta nueva actitud del gobierno norteamericano hay muchas. La guerra contra Rusia obligó los países europeos a dejar de comprar el gas barato que ésta les vendía y gracias al cual su industria funcionaba. Los norteamericanos aprovecharon para venderle a los europeos el gas necesitaban a precios estratosféricos. Eso fue un golpe bajo, muy en especial para Alemania, con la cual Rusia había construido dos Nord Streams, dos gaseoductos que llevaban gas natural de Rusia a Alemania. En la actualidad, para el consumidor común y corriente la compra de gas a las compañías norteamericanas les llegó a aumentar los precios hasta en un 80%. La industria alemana, la más potente de Europa, no se paralizó totalmente, pero su capacidad quedó considerablemente menguada y eso tiene implicaciones muy grandes para la nación. Otro ejemplo significativo del corte que se ha dado entre los Estados Unidos y Europa es el siguiente: en enero de este año, el gobierno francés detuvo en alta mar, de la manera más arbitraria posible, a dos buques petroleros rusos. Cuando el gobierno ruso le dio un ultimátum al gobierno francés, el (todavía) presidente E. Macron convocó a una reunión de urgencia organizar una respuesta colectiva. Lo que los franceses no se esperaban es que los militares norteamericanos les señalaran explícitamente que el gobierno francés había cometido un grave error y lo dejaron solo frente a Putin. Evidentemente, Macron dio marcha atrás y los buques rusos pudieron seguir su curso. Pero una vez más, lo cual ya empieza a ser más visible que el sol, quedó claro que el “inquebrantable” vínculo entre Europa occidental y los USA está fracturado. El caso de Groenlandia es otro buen ejemplo de esta nueva situación. ¿Por qué Trump proclamaría que va a apoderarse de Groenlandia? Obviamente no lo va hacer o por lo menos no en los términos en lo que él mismo habló de ello y que sus adversarios aprovechan para denostarlo. En primer lugar, cabe recordar que a Groenlandia, un inmensa isla prácticamente deshabitada, se la anexaron los daneses desde el siglo XVIII por medio de unos cuantos misioneros, en concordancia con la óptica de la época de acuerdo con la cual los europeos eran los conquistadores y amos del mundo y tenían todos los derechos mientras no se afectaran unos a otros. Por ello Groenlandia sigue siendo una colonia (como las Islas Malvinas), a pesar de gozar de cierta autonomía. Y en segundo lugar, Trump no es ni mucho menos el primer presidente en haber planteado el tema de la anexión de Groenlandia. Desde el siglo XIX los norteamericanos han tenido a Groenlandia en la mira. Es sólo con Trump que este tema se hizo público y notorio, sobre todo por el modo como él (i.e., en su estilo) lo planteó. Pero quizá valdría la pena preguntar: ¿por qué ahora plantea Trump esa cuestión? Por lo menos parte de la respuesta es que porque Rusia tiene una presencia firme y contundente en el Ártico, a la cual se irá uniendo paulatinamente China. Los Estados Unidos llegaron tarde al Polo Norte. Pero el punto es que en las condiciones actuales el gobierno norteamericano ya no quiere verse con las manos atadas por los europeos y entonces el presidente Trump plantea el asunto porque, efectivamente, Groenlandia va a ser parte de un escenario político-militar que rebasa con mucho los intereses de la diminuta Dinamarca, en tanto que se trata de una situación vital para los Estados Unidos. Que la propuesta (que tarde o temprano se va a plantear oficialmente) moleste a los europeos, aunque sin duda habrá arreglos en este sentido, es algo que a Trump lo deja completamente indiferente. A nosotros el tema de la independencia o la subordinación de Groenlandia no nos afecta en lo más mínimo y si aludimos a él es porque es importante para nosotros entender que el tema probablemente no se habría ni siquiera planteado si no se hubiera producido el desastroso terremoto ucraniano. Aunque incuestionablemente poderoso, el imperio norteamericano se encoge.

Lo que se tiene que entender es que ya no hay una única voluntad rigiendo al mundo. En esta nueva modalidad confrontación los intereses europeos no cuentan o por lo menos cuentan mucho menos. Los Estados Unidos tendrán ahora que enfrentar no sólo a la Federación Rusa, sino a ésta con la República Popular de China y yo diría que no por separado, sino juntas. La idea de que se podría desligar a Rusia de China para beneficio de los Estados Unidos es una ilusión política infantil que es dudoso que los auténticos policy-makers norteamericanos hagan suya (inclusive si lo intentan). Así, el mapa que valía hasta la guerra de Ucrania se desdibujó. Ahora se está delineando uno nuevo. Lo que es muy importante en estas nuevas condiciones es entender que la modificación del mundo no se hará en términos geográficos. Eso es pensamiento decimonónico. La nueva configuración del mundo se hará desde luego en términos de genuino poderío militar, pero también de diplomacia comercial, industrial, financiera, cultural, etc. La banca mundial, dominada totalmente por los odiadores profesionales de Rusia, va a tener tarde o temprano que permitir el regreso de Rusia al mundo de los intercambios financieros abiertos y legales. Ahora sí va a empezar (quiero decir, después de que se haya firmado la paz con Ucrania) una era de competencia no tan desleal entre países gigantes para ganarse los mercados, las inversiones, etc., de los demás países. Esto requiere una transformación institucional completa. Por ejemplo, es evidente que organizaciones como la ONU, la OMS, la UNESCO, etc., que eran instituciones adaptadas a la situación que se configuró después de la Segunda Guerra Mundial, se tienen que rehacer y eso va a llevar tiempo, tiempo de desmantelamiento y de reconstrucción. Preguntémonos: ¿tiene sentido que una organización mundial de naciones tenga un Concejo de Seguridad constituido por unos cuantos países y tal que, aunque todos los países del mundo voten en favor o en contra de una determinada propuesta, con el veto de un solo miembro del Concejo de Seguridad la propuesta en cuestión queda cancelada? ¿Cuántas guerras, intervenciones, violaciones de paz, de derechos humanos, de genocidio ha impedido la ONU? ¿Qué poder tiene de facto el Secretario General de la ONU? La respuesta es tan obvia que me la ahorro. Entonces ¿queremos vivir en un mundo en donde efectivamente se hagan valer las reglamentaciones instauradas, en un mundo regido por leyes o se prefiere que sigamos en el mundo de una regulación que no obliga y que por lo tanto alienta la arbitrariedad y la injusticia? Si lo que se quiere es vivir con una reglamentación adecuada a los tiempos, entonces se tienen que reinventar instituciones y legislaciones. Yo creo que su derrota en la guerra de Ucrania marca no el fin, pero sí el retroceso del rol histórico de Europa. La Europa que decidía los destinos del mundo quedó atrás, se acabó. Los europeos aprovecharon el mundo a sus anchas y de acuerdo con sus requerimientos e idiosincrasias. Vivieron de América, de Asia y de África para financiar su bienestar material y poder desarrollar sus culturas, en el sentido más amplio posible de la palabra, dándole un gran bienestar a sus poblaciones. Pero los pueblos sometidos se fueron poco a poco rebelando e independizando a base, eso sí, de inmensos sacrificios, enormes pérdidas materiales y de un inmenso dolor humano, con lo cual las vidas de millones de personas se convirtieron un calvarios injustificados y hasta sinsentidos. El bienestar europeo se pagó con la miseria de millones de personas. Ahora bien, los tiempos cambiaron y la situación de ventaja y de prepotencia de la que gozaron los europeos y que data del siglo XV va a terminar y el suceso histórico que permitió el inicio del cambio fue la gran victoria rusa en Ucrania. Con la derrota en Ucrania, el imperio europeo llegó a su fin. Ya era hora! Y aquí hay una lección para todos nosotros, algo que la gente tiene que entender: indirectamente, la Federación Rusa peleó por todos nosotros y lo hizo en contra de las más poderosas élites del mundo.

Los planes políticos más rebuscados y sofisticados del mundo tienen un límite establecido por la realidad. Pero hay gentuza que no quiere aceptar los hechos y sigue haciendo daño aunque ya sea sin ton ni son. Yo siempre he pensado que la locura llevada al extremo no necesariamente general el mal, pero que la maldad llevada hasta sus últimas consecuencias sí genera locura. A mí me parece que este es precisamente el caso de Volodomir Zelensky y del Estado al frente del cual fue puesto. Lo que internamente pasa en Ucrania es simplemente locura. No creo que haya alguien en el mundo más imbuido de odio, de pies a cabeza, que ese aventurero sin escrúpulos y sin vínculos reales con el pueblo ucraniano. Un sujeto que, como él mismo lo ha dicho, tenía como sueño supremo hacer de Ucrania un segundo Israel. Me dan ganas de decir, de la manera más seria posible: “Dios intervino y Zelensky y todo lo que él representa fueron derrotados”. La re-estructuración del mundo ya se inició y si bien es un proceso desesperadamente lento, es de todos modos un proceso al que no lo detiene nadie. Va a llevar mucho tiempo para que se materialice, pero de una cosa estamos seguros: por la vidas que costó, por los esfuerzos realizados, por el despertar de las conciencias, esa transformación no puede ser más que benéfica para la humanidad.

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