Ahora o Nunca

Quisiera dar inicio a estas reflexiones reconociendo un error: yo, como millones de norteamericanos partidarios de MAGA, el movimiento iniciado por Donald Trump (Hacer de Nuevo Grandes a los Estados Unidos), un movimiento aderezado supuestamente en contra del “Estado profundo” norteamericano, fui engañado por la muy hábil retórica y la demagogia politiquera del actual presidente de los Estados Unidos. Como todos sus ex-seguidores, porque aunque puede seguir habiendo millones de partidarios de MAGA ciertamente ya no son seguidores de Trump, yo también creí que aquellos convincentes discursos ante auditorios repletos de gente entusiasmada eran verídicos. La verdad es que sonaban extraordinariamente bien. Yo diría inclusive que si alguien hubiera simplemente leído los contenidos de sus discursos sin saber que eran de Trump, habría podido pensar que eran extractos de discursos del comandante Fidel Castro! Pero no fue así: se trataba tan sólo de una pose, de un nuevo engaño, esta vez sobre todo del pueblo norteamericano en su conjunto. Viendo las cosas retrospectivamente y atando cabos, confieso que ahora tengo dudas inclusive de que el supuesto atentado de Trump en julio de 2024 haya sido otra cosa que una fantástica mise en scène. Viéndolo bien, es increíble que una bala haya nada más rozado la sien de Trump quien, salpicado de salsa Ketchup, ni se desmayó ni se inmutó mayormente. Al contrario: quería seguir con su discurso para mostrarle al mundo qué tan patriota era y sólo por la fuerza sus guardaespaldas lograron retirarlo de la palestra, como si un balazo en la sien fuera un evento insignificante para una persona, sea quien sea. A casi año y medio de distancia pero siguiendo su trayectoria, lo que desgraciadamente podemos constatar es que Trump es simplemente un traidor a su patria, un mentiroso total y un no demasiado mal actor, puesto que finge muy bien y logra engañar a mucha gente. Al igual que muchas otras personas, yo me equivoqué en mi apreciación de Trump y no queda más que reconocerlo.

Ahora bien, la ventaja de reconocer abiertamente nuestro error es que nos colocamos en una mejor situación para entender a cabalidad en qué consiste su ridícula conducta política y lo que ésta acarrea. Trump ha dejado perfectamente en claro que no es otra cosa que el lacayo, el muñeco de Benjamín Netanyahu. Aquí, obviamente, no nos importa en lo más mínimo que el sujeto de nombre ‘Donald Trump’ sea el criado de otra persona, pero ello es altamente preocupante cuando el sirviente en cuestión es ni más ni menos que el presidente de los Estados Unidos. Ahora entendemos por qué, por segunda vez en 8 meses, Trump volvió a poner al servicio de los intereses del Estado de Israel, intereses que ciertamente no coinciden con los intereses normales y genuinos de los estadounidenses, al ejército yanqui. La falta de preparación académica de Trump, quien seguramente no pasa una prueba de historia de segundo año de Secundaria, su visión política semi-gangsteril, sus actitudes de vulgar jugador de póker de cualquier casino de Las Vegas, su cobardía y su carencia total de genuinos sentimientos nacionalistas lo llevaron a tomar decisiones que han desembocado en una serie interminable de crímenes, de actos abominables cometidos por el ejército norteamericano y (lo cual no es nuevo para nadie en el mundo) por el ejército más ilegal e inmoral de la historia, a saber, las “Fuerzas de Defensa de Israel”. Además de ser prácticamente un criminal de guerra (Netanyahu lo es oficialmente, si bien es altamente improbable que algún día tenga que sentarse en el banquillo de los acusados, allá en La Haya), lo que Trump está haciendo es, además de venderlos, manchar el honor y la reputación de las fuerzas armadas norteamericanas, y en verdad del pueblo norteamericano mismo. Todo mundo sabe, supongo, que en estrecha cooperación entre soldados gringos y asesinos uniformados sionistas, el líder de la República de Irán, el Ayatolla Khamenei, junto con miembros de su familia y algunos allegados, fue salvajemente asesinado cuando apaciblemente estaba en su residencia. Él no quiso esconderse, como lo hace Netanyahu cada vez que puede. Un misil enviado desde un portaviones le cayó en la cabeza y lo pulverizó. Se asesinó al dirigente de un país con el que hasta unas horas antes se tenían pourpalers para tratar de llegar a un arreglo. Y por si fuera poco, los agresores de Irán tuvieron a bien bombardear una escuela de niñas entre 7 y 12 años en donde fueron brutalmente aniquiladas cerca de 180 menores. Todos nos imaginamos el dolor de los padres ante semejante barbaridad. Quizá, aunque no podamos asegurarlo, lo que pasó por la mente de los intrépidos agresores de Irán fue el pensamiento de que un grupo de niñas podría representar una “amenaza directa” a los intereses de Israel y de los Estados Unidos. Tal vez algo sí piensan en general y por eso decidieron asesinar a cerca de 40 jugadoras de volley-ball, más inocentes y alejadas de las armas que un colibrí. Masacres espantosas como estas la hay por montones a lo largo y ancho de Irán, como las hubo y sigue habiendo en Palestina. Sin duda, habrá congéneres que se regocijen. No hay nada que hacer al respecto, aparte de tener en mente el refrán El que a hierro mata, a hierro muere, una variante, si no me equivoco, de la famosa Ley del Talión.

Como es bien sabido, los Estados Unidos se fueron poco a poco (aunque en realidad bastante rápidamente) convirtiendo en el simple brazo armado operativo al servicio del gobierno de Israel. Como todos sabemos, para implementar su descabellado plan del Gran Israel, el cual requiere para su éxito de la destrucción de todos los Estados del Medio Oriente (y sus alrededores) que potencialmente le representen un obstáculo, Netanyahu desarrolló una política diabólica. El plan en cuestión se ha venido cumpliendo rigurosamente, paso a paso, dejándole en gran medida el trabajo sucio a las fuerzas armadas norteamericanas – no todo, porque cuando el enemigo es débil, como Palestina, los soldados israelíes se convierten en verdaderos leones, sobre todo si a quien hay que abatir es a niños y a mujeres. Son grandes especialistas en ello! – Así se destruyó primero a Libia, quien aquel momento era el país más avanzado y más rico de África y cuyo líder, M. Khadaffi, fue salvajemente asesinado. A este respecto vale la pena recordar que hay un video en el que la delincuente llamada ‘Hilary Clinton’, a quien supuestamente Trump afirma que quiere meter a la cárcel, se pronuncia sobre el derrocamiento de Khadaffi, rebosando de alegría y apropiándose la célebre frase del gran Julio César “Vine, vi y vencí” (qué usurpación tan grotesca!) que ella transcribe como: “Llegamos, vimos y él murió”. Después vino Irak, con nada más un millón de muertos y atacado sobre la base de una vulgar mentira, a saber, que Irak tenía armas de destrucción masiva, algo que, siempre se supo, era totalmente falso. Líbano desde siempre ha sido una víctima permanente de la crueldad y el sadismo israelíes, como todo mundo sabe. Luego le tocó el turno a Siria, un excelente ejemplo de destrucción y de comisión de actos horripilantes por parte de otra institución al servicio de Israel, esto es, la CIA, la cual a su vez se sirvió, con en tantas otras ocasiones, de mercenarios debidamente entrenados. El presidente legítimo de Siria, Bashar al Assad, tuvo que refugiarse en Moscú, en donde ahora, junto con su esposa, vive. Habría que incluir también Somalia y Sudán, países ahora divididos (“Divide y vencerás”), pobres, en internas guerras permanentes, etc., pero geo-estratégicamente importantes. Y ahora le tocó el turno a Irán, después de un primer intento estrepitosamente fallido en lo que se conoce como la ‘Guerra de los 12 días’. En esa ocasión, Israel fue vapuleado. No obstante, combinando planes irracionales de expansión con intensos deseos de venganza, Netanyahu, chantajeando (si lo hace es porque puede hacerlo) de la manera más vulgar a Trump, logró que éste se inventara nuevos (aunque francamente estúpidos) pretextos para que el ejército, la marina y la aviación norteamericanos, de manera conjunta con las fuerzas israelíes,  atacaran por sorpresa a un país que, al día de hoy, nunca representó ni el más mínimo peligro, en ningún sentido de la palabra, para los Estados Unidos. Esto da una idea del inmenso poder (yo lo calificaría simplemente como ‘ilimitado’) del lobby judío, y por consiguiente, del gobierno israelí en los Estados Unidos.

La verdad es que es hasta cierto punto explicable el que la gran mayoría de las personas comunes y corrientes (normales), por ejemplo en los Estados Unidos, no esté consciente del colosal poder sionista, en particular en los USA, pero lo que en cambio sí nos deja atónitos es que supuestos especialistas y comentaristas políticos no sepan hacer otra cosa que manifestar indignación ante hechos tan odiosos como la masacre de las niñas iraníes de escuela primaria. Éstos no parecen darse cuenta de que lo único que ponen de manifiesto con sus expresiones de piedad, de conmiseración, de odio, etc., es simplemente que no entienden en qué cosiste el fundamental fenómeno de encumbramiento y empoderamiento sionistas. Por ejemplo, multitud de politólogos, de políticos de carrera o articulistas de periódicos, comentaristas de televisión, etc., ante noticias como las mencionadas más arriba, se rasgan las vestiduras, exclaman semi-desesperados que “es vergonzoso” que la prensa mundial no informe al respecto, que se guarde silencio en torno a hechos como esos y sobre todo que no se condenen públicamente actos tan execrables y tan innecesarios. El problema es que decir algo como ‘Y tristemente la prensa occidental calla cuando suceden masacres como esta’ es revelar no sólo una profunda incomprensión de lo que sucede, sino también una formidable ignorancia supina. ¿Qué no saben esos grandes conocedores y analistas de la situación mundial que la prensa internacional está enteramente en manos de los sionistas, desde Rupper Murdoch hasta Bezos, dueño del Washington Post, la familia Sulzberger del New York Times, Robert Maxwell (el padre de Ghislaine Maxwell, ya fallecido, desde luego, pero que era dueño de múltiples periódicos en Gran Bretaña, como The Sun, The Daily Mirror, etc.) y así indefinidamente? Yo creo que ya es hora de que se vayan instruyendo, porque la simple razón de que una vez que entramos en contacto con verdades como esas, automáticamente las expresiones de indignación se vuelven pura y llanamente superfluas, porque ¿en qué cabeza cabe que los sionistas del New York Times tendrían que sentirse obligados a criticar o a denunciar, a descalificar o a atacar al gobierno sionista de Israel? En verdad ¿por qué habrían de hacer eso? Sería abiertamente contradictorio. Las exclamaciones indignadas, por lo tanto, no sirven para nada y no son la vía apropiada para explicar la realidad del silencio de la prensa mundial, la televisión, etc., ante las acciones criminales de, por ejemplo, los soldados o los colonos israelíes. Desde luego que es encomiable sentir indignación ante actos anti-humanos, como nos sentiríamos si viéramos que monstruos marcianos devoran frente a nosotros a niños y a adultos, pero que a eso se reduzca el contenido de nuestra indignación es francamente ridículo.

Yo pienso que para comprender lo que está sucediendo es indispensable tener una concepción dinámica de la historia. Tenemos que aprender a ver las transformaciones sociales y políticas de un modo distinto a simplemente verlas en términos de individuos o de sucesos especiales. Consideremos momentáneamente la Europa medieval. Había reinos (Francia, Prusia, Flandes, Gran Bretaña, etc.), pero por encima de todos ellos, operando como una especie de cemento social, estaba el papado. Por razones internas al continente europeo que no sería muy difícil enumerar (idiomas, tradiciones, ambiciones políticas, conflictos religiosos, etc.), esa unidad política se fue descomponiendo y surgieron entonces los primeros estados nacionales. Este proceso se universalizó y el mundo quedo dividido en países. Ahora bien, al igual que con el papado siglos antes, el sistema capitalista unió o unificó a la inmensa mayoría de los países, un proceso debidamente acompañado de la ideología correspondiente, esto es, la ideología liberal (el individuo, la libertad, la democracia, etc.). Sobre esa base empezó poco a poco a desarrollarse el proceso de transnacionalización de las finanzas y del comercio. La actividad económica mundial se fue concentrando cada vez en ciertos focos, como la Bolsa de Londres o la de Nueva York, desde luego la banca mundial y todo ello en cada vez más pocas manos. Paralelamente y como parte de este proceso mundial se fueron desarrollando instituciones internacionales, con una injerencia cada vez mayor en los destinos de los países. Así aparecieron la Organización Internacional del Trabajo, la Organzación Mundial de la Salud, La Organización de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, la Federación Internacional de Fútbol Asociación y así ad nauseam pero, y esto es importante, todas ellas en manos de cada vez menos personas. Paralelamente a todo este proceso, pero muy rápidamente, se desarrolló el movimiento sionista, el cual encontró en toda esta transformación mundial el elemento ad hoc para crecer y fortalecerse, para lo cual ciertamente había fuertes bases históricas. Las bases de este movimiento tienen raíces históricas rastreables, pero su desarrollo específico se definió con mayor nitidez desde finales del siglo XIX y se consolidó en el siglo XX, sobre todo a partir de la Primera Guerra Mundial. Recuérdese que el precio de tener el apoyo del ejército norteamericano y poder vencer a Alemania, la cual hasta 1916 tenía ganada la guerra, fue para el Imperio Británico crear, a través de la Declaración Balfour, el famoso Protectorado en Tierra Santa, del cual brotaría en 1948 el Estado de Israel. El movimiento sionista es esencialmente un movimiento judío, aunque obviamente incorpora también a personas que no son judías (ni por religión ni por consideraciones étnicas). Por un sinnúmero de razones, las comunidades judías de Occidente, una vez superada la amenaza que representó Alemania en las décadas de los 30 y los 40 del siglo pasado, se vieron sumamente fortalecidas. Esto reanimó el espíritu sionista el cual, como todo en este mundo, fue evolucionando y se le imprimió una orientación totalmente nueva (lo repito, porque estaban dadas las condiciones materiales y culturales para ello). Ciertamente, el sionismo de Th. Herzl no es el mismo que el de B. Netanyahu. En relación con esto lo interesante es preguntarse si el segundo representa la continuidad lógica del primero. Desde mi punto de vista, la continuidad no es ineluctable, sino contingente.

Así, pues, los planes de los dirigentes sionistas cambiaron, sobre todo después de su innegable y contundente victoria sobre Alemania. Se produjo entonces un nuevo movimiento telúrico en relación con las entidades políticas conocidas como ‘países’: gracias al control internacional no sólo de múltiples y potentes empresas trasnacionales sino de los mecanismos mismos del sistema capitalista, se generó una situación en la que Israel se convirtió, por la fuerza, la habilidad y la motivación de sus partidarios, en la nueva plataforma política por encima de todos los países. En realidad, es como si se hubiera formado un nuevo papado, sólo que éste no abarca entre sus adeptos a la población mundial en su conjunto. A diferencia del dios de amor propio de los cristianos, que incluía en principio a todos, en la religión sionista no todos son hijos de Dios. Ahora bien, lo que hay que entender es que la doctrina, el programa sionista de conquista del mundo no está fundado en mera palabrería, no es charlatanería, no es broma: se funda pura y llanamente en el inmenso poder que da el abrumador control sobre la economía del mundo. Es claro que esa realidad tiene que engendrar objetivos políticos nuevos.

Ahora sí, sobre esa base, podemos explicarnos qué está pasando en el Medio Oriente. Los prácticamente dueños del mundo tienen en Israel su plataforma política, pero ellos mismos están en Nueva York o en París. Ellos operan económica y políticamente en todas partes y en todas partes (con algunas excepciones, obviamente) ocupan los puestos clave, le imponen a los gobiernos las leyes  que les convienen y de hecho mandan. Yo le pregunto a cualquier persona con un mínimo de capacidad de reflexión: ¿no harían exactamente lo mismo otros pueblos si hubieran logrado colocarse en la cúspide de las sociedades? ¿No sentirían ellos que tienen el derecho de mandar y de usar a los demás como a ellos más les conviniera? ¿No han pensado y procedido de esa manera todos los amos del mundo con sus esclavos en todos los tiempos? ¿Por qué habría de ser diferente hoy? Si los grupos sionistas (neo-conservadores, neo-liberales o como se les quiera llamar) efectivamente tienen el control total del gobierno de los Estados Unidos: ¿no es entonces comprensible que dicho gobierno obedezca a su verdadero amo, el cual políticamente se ubica en Israel? La imagen del gobierno norteamericano como el gobierno más decisivo del mundo es una reliquia del pasado. El sionismo venció a los Estados Unidos, habiendo desde luego primero puesto de rodillas a los gobiernos europeos. La verdad es que el espectáculo que ofrecen al hacer declaraciones el canciller de Alemania, la presidenta de la Unión Europea, etc., etc., y, claro está, Donnald Trump, quien no es más que un títere, es patético, risible, grotesco. Esto queda claramente expuesto en el caso de las guerras de Netanyahu en el Medio Oriente.

Ahora sí podemos dar cuenta de múltiples fenómenos que de otra manera quedan, como los sionistas y sus partidarios quieren, sin explicación. ¿Qué es la guerra de Irán? Es un eslabón político-militar más en el proceso de expansión de Israel, porque los sionistas piensan que porque tienen el poder mundial que tienen también tienen ese derecho. Es comprensible que los amos del mundo no quieran tener límites. Pero que quede claro: después de Irán vendrá Egipto, luego Arabia Saudita, luego Turquía y así hasta donde sea necesario, porque para eso se tiene el control férreo de la economía mundial y de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Como es de esperarse, los pueblos se van a rebelar, pero las rebeliones se pueden sofocar y lo estamos viendo. Hay en toda esta ambición de dominio mundial barreras a primera vista infranqueables. Rusia es una de ellas. Fue para neutralizarla, debilitarla y descuartizarla que se generó la guerra de Ucrania, una guerra que para coordinarla encontraron al vampiro perfecto, a ese ser maldito que es V. Zelensky. A éste no le importa un comino la población ucraniana. Lo que a él lo mueve es el odio en contra de Rusia, porque ésta es un gran obstáculo para el programa sionista. No es por casualidad que los gobiernos europeos siguen sosteniendo al gobierno espurio de Zelensky, porque de lo que se trata es de agotar a Rusia, de dejarla exhausta, sin fuerzas, indefensa. Imagínese quién detendría a los dueños del sistema capitalista si se hicieran de Rusia, como estuvieron a punto de lograrlo! O consideremos el caso Epstein-Maxwell: ¿se trata acaso de un asunto de “simple” depravación sexual? Sería infantil pensar eso. El proyecto Epstein-Maxwell es un elemento más en un plan político mundial, un elemento muy importante por razones por todos conocidas, pero un “elemento” que nadie más en el mundo podría generar y orquestar. Ahora sí hay un hilo conductor explicativo que nos lleva de las Torres Gemelas al Covid, de éste a la guerra de Ucrania, de ésta a las destrucción de Palestina y de ésta a la guerra de Irán. Parecería que los sionistas están convencidos de que su gran oportunidad es ahora o nunca. Y actúan en consecuencia.

Desde mi punto de vista, el elemento perturbador en el esfuerzo sionista de conquista planetaria son sus raíces abiertamente segregacionistas. Son ellos por un lado y el resto del mundo por otro; ellos son los verdaderos hijos de Dios y los otros meros rebaños (goim). Este ni tan sutil cambio de perspectiva religiosa tiene inmensas implicaciones morales. Ese cambio acarrea una alteración, por así decirlo, un corrimiento en el espectro de la conciencia moral. Es claro que se puede ver a los demás y actuar en relación con ellos imbuidos de esta “nueva visión”. Lo que a la gente normal (incluyendo políticos, banqueros, electricistas, policías, profesores, etc.) le puede parecer simplemente horrendo, con la nueva visión uno lo puede ver con tranquilidad y hasta con gusto. Es perfectamente posible ver cómo se bombardea un sector de Gaza y sentarse a comer unas papas disfrutando del panorama. Si alguien tiene dudas al respecto tiene todas las pruebas que quiera en Youtube. Se puede caminar tranquilamente sobre las caras de las personas en el suelo, como lo hizo públicamente Ben-Gavir, ni más ni menos que el ministro de Seguridad Nacional de Israel. ¿Cuál es el problema si sólo son animales? Se pueden cometer todas las atrocidades imaginables con la conciencia tranquila, porque la conciencia moral tradicional, yo diría la “normal”, se modificó drásticamente. Es posible bombardear una escuela de niños, un hospital de cancerosos, una mezquita o una iglesia en plena misa sin parpadear, sin escandalizarse, sin horrorizarse, por que la conciencia moral se alteró y lo que antes era espantoso ya no lo es. Lo que hay que entender es que ahora hay nuevos valores. Por ejemplo, el mayor delito que le pueden achacar a alguien es que sea “anti-semita”: o por ejemplo, es absolutamente imperdonable ser negacionista. Eso es intolerable. Y así indefinidamente. Yo me imagino que igualmente terribles han de haber sido los cambios de conciencia moral que llevaron del zarismo al bolchevismo, de la monarquía a la Revolución Francesa, del imperio de Moctezuma a la conquista española y así en muchos otros casos. Lo que creo percibir y, debo decirlo, me preocupa sobremanera en todo este proceso es lo que habría que llamar la ‘sombra de Nietzsche’. En la medida en que en realidad no hay un cambio de un dios por otro, lo único que podemos resentir es la muerte de Dios, con la profunda sensación que genera de soledad radical, de insignificancia y de carencia de sentido. Más que otra cosa, es la ausencia de Dios, y su concomitante insolencia humana, lo que debería angustiarnos.

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