Aristóteles dijo, no podría yo decir con cuánta razón, que todos los hombres de manera natural buscan el conocimiento. Ahora bien, conocer algo es estar capacitado para explicarlo, pero ¿qué es explicar? Eso depende de la clase de fenómeno que se esté examinando, por lo que no hay una única respuesta a dicha pregunta. En las “ciencias duras”, como la física o la química, explicar algo es ofrecer una explicación causal. Como no quiero salirme por la tangente dando definiciones y dejando al lector sin aclarar el tema, intentaré más bien aclarar qué es explicar un fenómeno natural. Todo mundo sabe que si sostenemos, digamos, un vaso y luego lo soltamos, el vaso cae y, dependiendo del suelo y del material del vaso, se rompe o no. Pero ¿por qué el vaso cae y no más bien se sostiene en el aire o se eleva? ¿Por un capricho del vaso? ¿Por una orden mental de quien lo suelta? Claro que no. El vaso cae porque está sometido a las leyes de la gravitación universal, leyes que tienen una expresión físico-matemática concreta. Es porque el vaso es un caso particular de objeto al que las leyes se le aplican que sabemos de antemano que si lo soltamos el vaso caerá. Ahora bien, un avión que vuela (en circunstancias normales) no cae, a pesar de que también se le aplican las leyes de la gravitación. Pero entonces ¿por qué el vaso sí cae y el avión no? Para explicar el caso del avión se tiene que apelar a otras leyes de la física, las cuales modifican el alcance o la aplicabilidad de las leyes de la gravitación. Es porque intervienen muchas otras leyes de menor alcance que las de la gravitación universal que la explicación de por qué el avión no cae es mucho más compleja que la explicación de por qué el vaso sí cae. Así es en general en física. Cuando pasamos a los fenómenos biológicos, sin embargo, la situación se complica, porque además de que en estos casos se lidia con objetos que son físicos se trabaja al mismo tiempo con objetos que, a diferencia de los puramente físicos, tienen objetivos. Por ello se tienen que introducir leyes de una clase diferente, a saber, leyes así llamadas ‘teleológicas’. Por ejemplo, como todos los objetos del mundo el león está sometido a las leyes de la física, pero el león tiene también sus propios objetivos y eso significa que su conducta ya no puede ser explicada en términos puramente mecánicos, y mucho menos se puede predecir lo que hará como sí se puede predecir l oque pasará con el vaso. En este caso hay también leyes específicas y eso modifica la naturaleza de las explicaciones. Si se quiere, se puede también llamar a las explicaciones de la biología ‘explicaciones causales’, pero es claro que hay un sentido en el que ya no son explicaciones causales puras. Ahora bien, cuando pasamos a los seres humanos, las explicaciones se vuelven infinitamente más complejas. En el caso de las personas casi podría decirse que, salvo en contextos muy precisos, no tiene sentido seguir hablando de causas, porque tendríamos que estar enumerando en cada caso tantas causas y apelando a tantas leyes que ya no tiene mayor sentido seguir hablando de explicaciones causales. En el caso de la historia y de la política, las explicaciones de los fenómenos tienen que ser diferentes, sui generis, y lo peor que se puede hacer es tratar a toda costa de copiar el “simplón” modelo de explicación causal ejemplificado en física en el contexto de los sucesos, acontecimientos, eventos humanos. Bien, pero entonces ¿cómo se procede en estos casos? Lo primero que hay que tener presente es lo siguiente: los fenómenos humanos son comprensibles Eso significa que pueden ser explicados, pero lo que hay que entender es que en el mundo humano las explicaciones revisten otra forma. Esto tiene que ser así por la simple y sencilla razón de que las acciones humanas tienen sentidos y tienen sentidos porque los seres humanos se plantean objetivos. Desde luego que la gente puede equivocarse, pero en todo caso sus acciones están ab initio cargadas de intencionalidad. Es evidente que ninguna persona funciona como el motor de un auto. Esto hace pensar que, en el caso de los fenómenos humanos, la comprensión (y por ende la explicación) sólo puede lograrse con base en lo que podríamos llamar la ‘contextualización de las acciones’. ‘Contextualizar’ quiere decir en este caso algo así como “ir acomodando los hechos dentro de marcos cada vez más generales”. Así, por ejemplo, en el caso de las guerras del Medio Oriente, tenemos que empezar por “ubicar un conflicto”, e.g., un bombardeo israelí de un hospital en Gaza; acto seguido, ligamos dicho evento con otros, como por ejemplo, un plan político-militar de expansión del gobierno israelí; posteriormente tendríamos que examinar las situaciones que hacen que ese plan sea no meramente posible, sino factible. Esto a su vez requiere que se vayan estableciendo vínculos, de modo que después del rastreo de datos podamos tener una especie de mapa situacional que sea no sólo defendible, sino convincente. Una vez que logramos armar todo ese entramado, entonces podemos decir que comprendemos lo que está pasando. Naturalmente, sólo alguien muy desorientado podría imaginar que cuadros así son fáciles de elaborar.
Con esto en mente, pasemos entonces al tema de este pequeño artículo, que es la moralidad del soldado israelí, si bien debo señalar desde ahora que en mi opinión lo que se diga sobre los soldados israelíes se puede extender sin mayores complicaciones al todo de la ciudadanía israelí. Después de todo, cada país tiene el soldado que le corresponde y se merece.
Nuestro punto de partida son datos obtenidos en la experiencia, datos reales, innegables, es decir, no “datos” soñados, inventados, fabricados, etc. Enumeremos algunos de ellos. Quizá el primer rasgo del militar israelí sea su brutalidad y el gusto que manifiesta por el ejercicio de la tortura de sus prisioneros, tortura tanto física como psicológica. Además, el soldado israelí es un depredador descarado, un violador (tanto de hombres como de mujeres) sistemático y un ladrón cínico de todo lo que encuentra en las modestas propiedades de las familias palestinas expulsadas a fuerza de bombazos de su propio territorio. No podemos pasar por el alto la satisfacción que imbuye al soldado israelí la impunidad que su Estado, es decir, los poderes del Estado israelí, tanto el judicial como el ejecutivo como el legislativo, le garantiza. O sea, el soldado israelí comete toda clase de tropelías, de arbitrariedades y de canalladas con el pueblo palestino (el sirio, el libanés, el iraní, etc., etc. etc.) y, primero, las leyes de su país lo protegen, los organismos de seguridad lo cubren y los líderes políticos lo ensalzan y engrandecen. Ben Gavir, y obviamente el mismo B. Netanyahu, ejemplifican a la perfección lo que digo. En general, el soldado israelí comete lo que podríamos llamar ‘afrentas de humanidad’ a plena luz del día. Ahora bien, parecía que esta conducta criminal se limitaba a las poblaciones musulmanes pero lo cierto es que la insolencia israelí, que raya ya en la demencia política y en la depravación mental total, ya se extendió también a los dominios de la otra gran religión procedente del Medio Oriente, una religión que le sirve de base al gobierno israelí mismo, esto es, la religión católica y yo diría, más en general, el cristianismo. Israel (dato relevante) existe en gran medida gracias a la incesante transferencia de fondos procedentes sobre todo (más no únicamente) de los Estados Unidos y un porcentaje considerable de dichos fondos proviene precisamente de las arcas de iglesias católicas y evangelistas. Ahora bien y por sorprendente que a primera vista resulte, los sitios cristianos (cementerios, iglesias, monumentos, etc.) desperdigados a lo largo y ancho del Medio Oriente al alcance de los tentáculos sionistas están siendo devastados por eso que la propaganda mundial quiere hacernos creer que es el prototipo del soldado decente y humanista. Hay escenas en las que intervienen soldados israelíes que son escandalosas y altamente ofensivas para todos nosotros, seamos católicos o no, y desde luego que son (o serán) contraproducentes para la imagen de Israel que el gobierno mundial sionista está interesado en difundir, al grado de que el mismo Netanyahu se vio forzado a condenar públicamente las barbaridades simbólicas perpetradas por los miembros de la infantería israelí en Líbano (país en donde siempre convivieron pacíficamente musulmanes y cristianos) – como la de poner un cigarro en los labios de una estatua de la Virgen María o destruir a martillazos una estatua de Cristo. Por otra parte, dado que no quiero entrar en detalles que harían vomitar a cualquier persona con un mínimo de escrúpulos, me limitaré a recordar las violaciones de hombres y mujeres no sólo por soldados (masculinos y femeninos) con instrumentos, sino con perros entrenados para violar a seres humanos, hombres y mujeres. La agresión sionista-israelí en contra de los católicos en suelo israelí no es nueva. Todo mundo, supongo, ha visto videos de judíos ortodoxos escupiendo, insultando y violentando a monjas, a sacerdotes y hasta a simples turistas que visitan el Santo Sepulcro y ello sin haber sido ni mínimamente provocados. Eso que impunemente se puede hacer en Israel, ahora lo hacen los soldados por todos lados por donde pasan sólo que ya no como simples civiles, sino como auténticos verdugos de poblaciones inermes. La verdad es que podríamos seguir dando mas datos, pero para los efectos de estas simples reflexiones con lo que tenemos nos basta. Lo que ahora debemos hacer es tratar de explicar el odio del soldado sionista por lo pronto en contra de los musulmanes y de los cristianos. La pregunta es: ¿cómo puede un ser humano convertirse en un enemigo radical de todos los seres humanos que lo rodean, menos obviamente de los de su tribu o clan?
Siguiendo nuestro sencillo esquema, lo que tenemos que hacer es contextualizar nuestras descripciones. El soldado israelí no viene de otro planeta; él es ante todo un ciudadano israelí. Su conducta, por consiguiente, está moldeada por la educación que recibió. Ésta, por otra parte, se implementa en un contexto político particular, es decir, en una situación en la que todo el tiempo se usa un determinado vocabulario, se induce a los niños a reaccionar de determinada manera frente a determinados estímulos, a repetir ad nauseam diversos slogans, canciones, himnos, frases hechas, etc., como por ejemplo la de que ellos son “los elegidos de Dios”. A este respecto, dicho sea de paso, sería bueno hacer un censo para determinar quién en el mundo encuentra no sólo aceptable sino coherente semejante frase (yo, por ejemplo, examinaría de inmediato el concepto de Dios que le subyace para hacer ver que se trata de un concepto espurio, pues el concepto de un dios que tipifica, clasifica, segrega o jerarquiza a los seres humanos es un concepto incoherente e ininteligible de la divinidad). La realidad israelí hace pasar al niño por constantes experiencias de injusticia, desigualdad, indiferencia ante el dolor del otro, etc., de manera que cuando tiene, digamos, 16 años él ya es un producto humano acabado y listo para entrar en acción. Como era de esperarse, la política gubernamental, tanto interna como externa, propicia la gestación de un nacionalismo muy fuerte ideológicamente sólo que con bases factuales muy poco sólidas, porque ¿qué nacionalismo es ese que no está fundado en 200 o 300 años de coexistencia real, no meramente verbal o narrada? Un principio explicativo útil creo que es el siguiente: la mentalidad, tanto la de una persona como la de un pueblo, tiene que esta fundada en hechos, no en palabrería. Por consiguiente, si queremos comprender la gestación de una mentalidad como la del soldado israelí promedio y, por ende, del ciudadano israelí estándar, tenemos que ir a hechos, no a verborrea por aturdidora, repetitiva o aburrida que sea. Vayamos entonces a los hechos sin olvidar que, al aludir a “hechos”, me refiero tanto a hechos presentes como a hechos pasados, es decir, hechos que, concatenados, hicieron que se desembocara en esto que es el presente. Esto es complicado, pero yo advertí desde el inicio que las explicaciones en historia, en política o en las ciencias sociales son inevitablemente complejas.
Nuestro dato de inicio es el hecho, ya universalmente reconocido, del control total del gobierno de los Estados Unidos por la clique sionisto-americana. Por su parte, el órgano articulador en los Estados Unidos de la maquinaria que lidera y dirige dicho control es el tristemente célebre AIPAC, esto es, el ‘Comité Norteamericano-Israelí de Asuntos Públicos’. A través de éste fluyen los cientos, o mejor dichos, los miles de millones de dólares de poderosos y super-ricos donadores judíos proporcionan para las campañas de los miembros de la Cámara de Representantes, del Senado, de los diversos Estados de la Unión Americana y , desde luego, de la presidencia. Afirmar que el gobierno norteamericano está bajo el control de la mafia de los así llamados ‘neocons’, que todos recordamos cuando hablamos de la infame guerra en contra de Irak (i.e., no sólo en contra de quien era su presidente, a saber, Saddam Hussein, quien como sabemos finalmente fue colgado, sino del país mismo y de su población. La guerra de Irak, planeada, orquestada y, podríamos decir, “exigida” desde Israel, le costó a ese país un millón de muertos). Naturalmente, este gobierno “sombra” (como dicen en Inglaterra) o, quizá mejor, el “Estado profundo” norteamericano, actúa en estrecha coordinación con el gobierno israelí. Esto en realidad es una forma ingenua de presentar una realidad que es mucho más sutil y compleja, porque en el fondo no tiene sentido diferenciar el andamiaje sionista de los Estados Unidos del Estado de Israel: se trata de dos “organismos políticos” que conforman una y sólo una entidad, que es el gobierno sionista mundial. Tal como se desarrolló la historia, podríamos describir lo sucedido diciendo que en el caso del gobierno sionista mundial se formó primero el brazo; este brazo actuó y logró que se constituyera la cabeza, que es el Estado de Israel. Ahora cabeza y brazo operan de manera, digamos, armónica y esta simple imagen permite captar mejor la extensión del Estado israelí.
Un segundo punto que es muy importante entender es el siguiente: el gobierno mundial es un complejo entramado constituido por gobiernos manipulados desde fuera de ellos mismos, es decir, se trata de gobiernos no autónomos dirigidos por medio de personajes inteligentemente elegidos (Biden, Macron, Trump, Zelensky, etc.) y de instituciones y empresas de toda índole pero, por así decirlo, de muy amplio espectro: la banca mundial (la banca Rotschild, una de cuyos representantes, Ariane de Rotschild, se ha empeñado en acabar – literalmente – con quien en la actualidad es el comediante francés más reconocido, esto es, Dieudonné), los medios internacionales de comunicación masiva, la industria farmacéutica, Silicon Valley, es decir, los conglomerados más importantes de empresas de computación, armamento sofisticado, etc., desde luego Hollywood con todo lo que éste representa (podríamos llamarlo el ‘Ministerio de Propaganda del Estado Imperial’ (sí, claro, como el Empire State Building, es decir, el Edificio del Estado Imperial, que está, como todos sabemos, en la Quinta Avenida, en la ciudad de Nueva York), etc. Durante mucho tiempo todas esas entidades económicas, financieras, políticas, militares, etc., fueron creciendo de manera espontánea pero les faltaba algo, a saber, un factor unificador y coordinador que no fuera una institución más. Este elemento es el gobierno israelí.
Ahora sí estamos en posición de empezar a comprender sobre qué clase de hechos se monta la moralidad que le da su perfil al soldado israelí. A mi modo de ver, como siempre a lo largo de la historia judía se puede distinguir entre la población judía y la élite judía. En la época de los zares, por ejemplo, las élites judías rusas pactaban con las autoridades, vivían magníficamente pero mantenían a su población en la ignorancia y en la miseria, perpetuando esa situación por medio de la religión, las tradiciones, el ostracismo, etc. Lo mismo pasa ahora: un multimillonario judeo-norteamericano no tiene el menor interés en el modesto judío habitante de Maryland, de Varsovia o de Buenos Aires, pero sí lo utiliza para sus maniobras sionistas. La diferencia con el pasado es que en su conjunto la población judía vive ahora mucho mejor de como vivía siglos atrás y, por fantástico que suene, ese progreso se lo adscriben las poblaciones judías a sus élites, cuando eso obviamente no es el caso. ¿Cuál es entonces el panorama? En otras palabras: ¿cómo se estructura la realidad de manera que la ideología que se le inyecta al niño israelí que 18 años después se convertirá en el soldado más odioso y execrable de todos los tiempos rinda los frutos que de ella se esperan?
Yo creo que la situación es relativamente clara: la población israelí es hecha consciente de que grupos de correligionarios radicados en otros países de facto controlan a dichos países, es decir, ocupan los lugares más prominentes en los circuitos económicos, financieros, industriales, comerciales y demás de, por decir algo, medio planeta. El ciudadano israelí, por consiguiente, considera que el país que él conoce como su país es demasiado pequeño para lo que indica la situación de su comunidad a nivel mundial. Es casi normal que uno se pregunte: ¿por qué Israel, que a través de sus ramificaciones de toda índole de hecho controla al mundo, tiene que ser un país diminuto? Eso al ciudadano israelí estándar no puede más que parecerla una injusticia. Es, pues, fácil inferir que para hacer congeniar realidades económicas, poder militar y hechos políticos lo que hay que hacer es apropiarse de todo el territorio que se pueda, porque eso es lo que la ideología que conforma sus mentes sostiene que les corresponde. Obviamente, para que ellos puedan pensar así y actuar en consecuencia, los ciudadanos tienen que estar completamente bajo el influjo de una ideología que efectivamente los mueva en la dirección que el sionismo mundial requiere. Esta ideología, fundada en un sinfín de mentiras, es presentada como siendo de carácter “religioso”, lo cual me parece una contradictio in adjecto, pero no incursionaré aquí y ahora en este aspecto del tema. No olvidemos que lo que nos interesa es explicarnos la moralidad del soldado israelí.
En las condiciones descritas, es evidente que el Estado judío está decidido (en parte por razones de supervivencia) a hacer de sus ciudadanos seres fanáticos, desequilibrados, con las vinculaciones humanas fundamentales rotas, sin escrúpulos hacia los demás y en general con una doble moral, porque ese mismo sujeto que viola y se deleita ametrallando a un padre y a su hijo estaría quizá dispuesto a dar lavida por una de los suyos. Y podemos decir que esto último sería laudable, porque precisamente él actuaría como todos lo haríamos. Pero de ello no se sigue que lo que el soldado israelí hace lo hacen también los demás. Consideradas tanto cualitativa como cuantitativamente, nadie en la historia ha cometido las barbaridades que comete el soldado israelí todos los días. El soldado israelí no distingue entre niños y adultos, gente lisiada y gente sana, adultos y ancianos, hombres y mujeres. El soldado israelí trata a todos los que no pertenecen a su comunidad como animales. Inclusive decir esto último es decir algo bestial y tremendamente anti-intuitivo, porque ni a los animales se les puede tratar así. Para el soldado israelí da lo mismo disparar contra una trinchera que contra una iglesia, una escuela o un hospital. El soldado israelí es valiente cuando tiene armamento superior, protección militar, etc., pero eso lo hace cobarde en situaciones, digamos, de igualdad, de lucha cuerpo a cuerpo, como tantas veces ha quedado acreditado. El soldado israelí no es un simple soldado: es un verdugo armado enviado por su Estado para acabar y arrasar con todo. Lo increíble para nosotros eso que sea precisamente eso lo que lo hace sentir bien y este sentimiento se refuerza porque recibe el aplauso de los suyos, quienes evidentemente piensan y actuarían igual si tuvieran la oportunidad. Dada su conformación mental, no tiene el menor sentido increpar al soldado israelí y decirle: “¿No ves, imbécil, lo que hiciste, lo que destruiste? ¿No te das cuenta del inmenso dolor innecesario que causaste!?”. Esas y cien mil otras imprecaciones que podrían dirigírsele lo dejan perfectamente frío, porque el soldado israelí está moralmente muerto. El soldado israelí no es sensible a la prédica moral, salvo cuando quienes están involucrados son los miembros de su tribu. El soldado israelí es un individuo que aprendió a degradar ontológicamente a sus semejantes. Él si puede vernos a todos como meros medios para la obtención de sus fines y lo hace de manera natural. Eso explica por qué, una vez liberados de sus obligaciones militarres, cuando son premiados para recuperarse con viajes a lugares exóticos, lo único que saben hacer es ofender a las poblaciones locales, incurrir en toda clase de excesos, robarse todo lo que pueden, etc. Y eso no lo invento yo: hay lugares en Asia a donde simplemente ya no pueden ir. Les está vedada la entrada, pero no por una decisión injustificada o arbitraria. Para nosotros, la moraleja es importante: así es el producto humano de una sociedad como la israelí. La pregunta es: ¿realmente tiene futuro una sociedad conformada por engendros de esta naturaleza? La respuesta se la dejo al lector.
Por lo pronto, una cosa es clara: estamos en posición de afirmar que sabemos qué es lo que está pasando y lo sabemos porque tenemos una explicación de los hechos, una explicación que no es fantasiosa ni meramente imaginaria, sino que está fundada en realidades. A nosotros ya no se nos puede engañar, porque conocemos la historia y tenemos el mapa de la situación actual. Cuando hablo de ‘mapa’ no me refiero exclusivamente a un instrumento de geografía. Nuestro mapa, que es geográfico, histórico y conceptual, se conforma de diversos marcos que se van incrustando unos dentro de otros y que nos permiten pasar de las situaciones generales a las acciones particulares. Pero nuestro marco no es meramente descriptivo, sino también moral (y yo añadiría, ‘religioso’). El único disgusto que nuestro esquema explicativo nos genera es el horror que nos causa la intelección del inmenso mal que puede llegar a generarle a la humanidad un grupúsculo de seres echados a perder internamente por su inmenso bienestar material y el poder que de éste se deriva.