Difícilmente podría negarse que la situación que prevalece en el Medio Oriente es extremadamente compleja. Tan es compleja que, desde mi perspectiva, sólo unos cuantos analistas tienen realmente una concepción clara y completa de ella. Hay desde luego extraordinarios analistas y comentaristas políticos, como el Prof. Jeffrey Sachs, el ex-oficial de inteligencia y posteriormente inspector de armas por parte de la ONU, Scott Ritter, el gran George Galloway, activista político, ex-miembro en diversas ocasiones del parlamento británico, C. J. Werleman, quien tiene un excelente canal de noticias en Youtube, el muy valiente y certero Nick Fuentes, el gran especialista en cuestiones de guerra, el Coronel retirado, Douglas McGreggor, desde luego el Prof. Mearsheimer, co-autor del famoso libro, El Lobby Israelí y la Política Exterior de los Estados Unidos, publicado en 2007, el Juez A. P. Napolitano, un excelente difusor de ideas, haciendo siempre excelentes entrevistas a analistas de máxima categoría académica, legal, el profesor iraní, Mohammad Marandi, gran conocedor de su país y del Medio Oriente en general, Max Blumenthal, Ana Kasparian y algunos más. Todos ellos tienen mucho que decir sobre diversos aspectos del actual conflicto en el Medio Oriente, concentrándose en general en el desastre económico que dicho conflicto constituye y en sus facetas políticas, de relaciones internacionales, militares y demás. Sin embargo, la verdad es que, por así decirlo, siempre nos quedamos con hambre en lo que a explicaciones atañe. No es que lo digan sea falso porque, curiosamente, casi todos coinciden o son congruentes unos con otros en lo que a los contenidos de sus respectivas posiciones atañe. El problema es más bien que ellos dejan huecos enormes en sus explicaciones de manera que, por muy atinadas que éstas sean, lo cierto es que en última instancia resultan sistemáticamente incompletas. Por ejemplo, todos nos explican que Donald J. Trump es, literalmente, un lacayo de Benjamín Netanyahu, cuyas disposiciones acepta y obedece sin chistar. Eso sin duda alguna es cierto, pero lo que queremos saber es por qué es ello así: ¿cómo es posible que el presidente de los Estados Unidos de América se someta a los caprichos del dirigente de un pequeño país del Medio Oriente? Eso ya no lo explican. De manera general: a partir del momento en que lo que esperamos son las explicaciones últimas, los analistas dejan de hablar! Hay, por ejemplo, quien asegura que lo que sucede es que Netanyahu chantajea a Trump porque obran en su poder documentos relacionados con J. Epstein que lo exhiben como un delincuente sexual. Claro que ese puede ser el caso, pero como no se presenta ninguna evidencia (hasta ahora no hay más que conjeturas), la “explicación” queda flotando en el vacío y el punto es que a final de cuentas no sabemos por qué Netanyahu se da el lujo de chantajear al presidente de los Estados Unidos. A decir verdad, con la información que se tiene lo que deberíamos inferir es más bien que Netanyahu manejaría a su gusto prácticamente a cualquier presidente de los Estados Unidos. Asumiendo momentáneamente que ello es efectivamente así, la pregunta sigue siendo: ¿por qué? ¿Por qué Netanyahu tiene tanto poder sobre los presidentes más poderosos de la Tierra? ¿Por qué de facto puede él manejar la política exterior de los Estados Unidos? ¿Qué le confiere a él tanta fuerza, tanto poder? No basta con se nos diga que Trump es ilógico y que Netanyahu es un psicópata. Sabemos que eso puede ser así, pero sabemos también que cuando las explicaciones aterrizan en consideraciones semi o pseudo-psicológicas de esa naturaleza es porque ya llegamos al límite y ya no hay nada más que decir. El resultado es que, como dije, nos quedamos con hambre y sed de explicaciones reales.
Vale la pena señalar, no obstante, que hay un analista político realmente extraordinario, un individuo que sólo con sus alocuciones, sus conferencias y sus videos ha trastornado a varios gobernantes franceses al grado de forzarlos a hacer público el carácter tiránico de sus gobiernos y las increíbles limitaciones a la libertad de expresión que lograron imponerle a los ciudadanos franceses. Me refiero a quien en Francia es conocido como el “maestro del logos”, el gran Alain Soral. Afortunadamente, Soral tenía dos nacionalidades y pudo, literalmente, huir de Francia y refugiarse durante algún tiempo en su segunda patria, esto es, Suiza. Desafortunadamente, los tentáculos de sus enemigos políticos llegaron hasta el gobierno suizo por lo que, antes de ser una vez más multado y enviado a prisión con base en acusaciones absurdas relacionadas con por sus puntos de vista anti-sionistas, Soral decidió solicitar asilo político y en la actualidad reside en lo que se ha convertido ya en la ciudad de los refugiados políticos, básicamente del mundo occidental, esto es, Moscú. Entre otras celebridades encontramos como refugiados a personajes tan diversos como Steven Segal, artista y especialista en artes marciales, Bashar al Assad, expresidente de Siria, Gérard Dépardieu, célebre actor francés, Viktor Yanukovich, expresidente de Ucrania y Edward Snowden, ex -agente de la CIA. Ahora bien, en relación con Soral es pura y llanamente imposible no reconocer en él a un especialista del sionismo y de la lucha contra éste. De todos los grandes estudiosos que tienen escritos o videos sobre la masacre del pueblo palestino, sobre el verdadero significado de la saga “Epstein-Maxwell”, sobre la situación actual en el Medio Oriente, etc., Soral es casi el único que aborda las cuestiones también desde una perspectiva histórica y cultural. No hay entrevista de Soral en la que uno no aprenda y mucho y es precisamente sobre algunos temas que él ha abordado que quisiera presentar mis propios puntos de vista.
Es evidente que para Soral el conflicto del Medio Oriente no es un conflicto más entre países que se quieren robar territorios unos a los otros, de choques entre gobiernos por ambiciones comerciales o de intentos de robo de sus respectivos patrimonios nacionales o cosas por el estilo. No! El conflicto que incendia al Medio Oriente es en gran medida un conflicto religioso, o por lo menos ese es el ropaje externo con el que se le reviste. Pero ¿no es intuitivamente absurdo sostener que la guerra entre Israel e Irán es una guerra de carácter religioso? Cualquier intento de respuesta tiene que ser sumamente compleja. En verdad, uno de los peligros que se corren es tratar de aclarar un tema tan complicado en unas cuantas páginas. Intentaré, no obstante, contribuir con algunos pensamientos, para lo cual tendremos que hacer un rodeo por el ámbito de una rama de la filosofía que es la teoría del conocimiento.
En sus esfuerzos por dar cuenta del conocimiento humano, no pocos filósofos han apelado o apelan recurrentemente a la metáfora de los anteojos. Kant es uno de ellos. La idea es relativamente simple: nosotros podemos formarnos una noción congruente del mundo porque al entrar en contacto con él lo hacemos usando ciertos “anteojos epistemológicos” gracias a los cuales podemos organizar los datos de la conciencia, los cuales fluyen de manera incesante. Estos “anteojos” son, en la tradición kantiana, las formas puras de la intuición sensible, los modos como percibimos sensorialmente los objetos. De acuerdo con Kant, estos modos son el espacio y el tiempo. O sea, no podemos conocer objetos de los cuales no podamos dar sus coordenadas espacio-temporales. Por otra parte, están las categorías del entendimiento, siendo éste la facultad que genera los conceptos gracias a los cuales podemos ordenar y clasificar nuestras percepciones sensoriales, conceptos como los de sustancia, negación, causalidad y algunos más. Parafraseando a Kant podemos afirmar que sin categorías las percepciones sensoriales son caóticas y sin percepciones las categorías son vacuas. Bien, pero ¿cuál es el objetivo de este elemental recordatorio? Quiero servirme de él porque pienso que tenemos que distinguir dos formas de percepción de la realidad: está primero la percepción objetiva de los objetos del mundo externo (plantas, cosas, animales, seres humanos, etc.) sobre la base de la cual se puede erigir el conocimiento humano del mundo pero, en segundo lugar, está la clase de percepción que los seres humanos, ya convertidos en seres actuantes y pensantes, es decir, en seres sociales, tenemos de nuestros congéneres. Siguiendo con la metáfora, todos llevamos por encima de los lentes epistemológicos básicos, otros lentes, que son los lentes sociales por medio de los cuales clasificamos a nuestros congéneres de uno otro modo y nos posicionamos frente a ellos. Estos segundos lentes no son de corte puramente epistemológico, sino que son más bien de carácter pragmático e ideológico, en el sentido más laxo posible del término. A diferencia de los primeros, que son los mismos para todos, estos segundos lentes varían de cultura en cultura, de sociedad en sociedad. Es de conformidad con los lentes ideológicos que llevemos (que pueden ser de carácter político, religioso, racial, social, etc.) como nos posicionaremos frente a los demás y que fijarán u orientarán nuestra conducta hacia ellos. Así, por ejemplo, un racista blanco lleva lentes ideológicos que hacen que desprecie a la gente de color, que la trate desdeñosamente, que si puede hacerle un perjuicio lo haga, etc., y su “justificación” vendrá dada en términos de sus “lentes ideológicos”.
Ahora bien, sobre la base de lo anterior creo que es pertinente añadir un par de consideraciones más, esta vez de orden factual o empírico. Lo que quiero sostener es que la experiencia nos enseña que el ser humano es un ser esencialmente maleable, es decir, es ideológicamente manipulable. Se puede hacer de cualquier individuo el amigo de todos o el enemigo de todos, según los lentes que se le pongan. Dejando de lado los factores individuales, siempre decisivos pero en el sentido relevante subordinados, son ante todo cosas como el carácter de la sociedad, la educación que los niños reciben en sus casas y en las escuelas, las tradiciones nacionales, la cultura religiosa, el vocabulario político que uno emplee, etc., lo que conformará como ser social activo a cada individuo. Ahora bien, hay sociedades en las que el Estado interviene con mayor fuerza que otros en la conformación de la atmósfera productora de los agentes políticamente activos de la sociedad. Dicho de otro modo, algunos Estados son más liberales que otros. Por ejemplo, en las sociedades cristianas se inculcaban inevitablemente ciertos valores, derivados de uno u otro modo de lo que se consideraba la enseñanza de Jesucristo; es innegable que en Europa Occidental prevaleció durante más de 8 siglos lo que podríamos llamar el ‘modelo de vida cristiano’. La gente creía en Dios, necesitaba bautizar a sus hijos, requería de la bendición sacramental (matrimonio, sepultura, etc.) y vivía en consecuencia. Otro ejemplo claro de este fenómeno de formación social lo encontramos en la Unión Soviética. En aquel glorioso país desde la más tierna edad los niños aprendían a hablar del “ser humano”, de la paz y la solidaridad universales, de los derechos de los trabajadores y de un amor ilimitado por la Madre Patria. Recuerdo un programa de la BBC sobre la Unión Soviética de 1981 u 82, en el que el entrevistador le preguntaba a un niño de no más de 6 años qué quería ser cuando fuera grande y la respuesta, directa y sin titubeos, era muy clara: el niño decía viéndolo a los ojos Cuando yo sea grande quiero trabajar para la Unión Soviética. Una respuesta como esa no la da prácticamente ningún niño occidental contemporáneo. ¿Se deberá ello a que los niños, digamos, mexicanos están genéticamente incapacitados para decir que quisieran trabajar para México o que los niños bolivianos son mentalmente incapaces de decir que quisieran trabajar para su país cuando sean grandes? Es evidente que no. Es obvio: todos ellos podrían decir lo correspondiente si se les pusieran los anteojos ideológicos apropiados. Dado que no se les inculcan esos valores sólo pueden vivir en concordancia con los valores que de hecho ellos asimilan a través de toda clase de transacciones humanas.
Ahora bien, hay un país en la actualidad en el que la educación infantil está decididamente bajo control estatal, sólo que los instrumento para lo que podríamos llamar la ‘homogeneización social’ son básicamente la religión (en un sentido un tanto elástico de la palabra) y la historia, vista a través del filtro primordial que es el Antiguo Testamento (y otros textos, como el Talmud). Aquí puede verse ya la conexión con lo que Alain Soral ha sostenido desde hace ya muchos años. Hay, en efecto, un sentido en el que las guerras en las que Israel ha participado han sido siempre sido guerras “religiosas”, es decir, descritas, promovidas, justificadas en la terminología de su texto sagrado. El asunto, sin embargo, no es tan simple, por lo que este proceso no es explicable sólo por consideraciones de educación religiosa. La existencia misma de Israel no tiene una fundamentación religiosa sino, en un sentido amplio, práctica. Ahora bien, si lo que queremos es comprender el por qué de la guerra contra Irán tenemos que añadir a estas consideraciones algunos otros crudos datos históricos.
Hay que empezar por recordar que, por las razones que sean, las poblaciones que habitaban lo que hoy es parte del territorio israelí fueron expulsadas de su propia tierra en dos ocasiones, una en el siglo V antes de Cristo y otra unas siete décadas después del nacimiento de Jesús de Nazareth, torturado y crucificado como todos sabemos a las 33 años. Se formó entonces lo que se conoce como ‘Diáspora’, que es el conjunto de comunidades judías fuera de lo que había sido su tierra natal y que antes del surgimiento de Israel se llamaba ‘Palestina’. Estas comunidades vivieron con relativa tranquilidad en África del Norte, Asia Menor, en Turquía y en lo que hoy es Irán. En todos esos lugares los judíos hacían proselitismo entre las poblaciones para incrementar sus filas. En cambio, en donde recibieron un trato menos amigable fue en Europa. La explicación de ello es compleja, porque se fueron sumando a lo largo del tiempo nuevos factores, pero sin duda el más importante fue el resentimiento católico por haber sido los judíos quienes mataron a aquel judío especial que fue Jesucristo, el dios precisamente de la religión católica. Muy rápidamente la religión católica, desde antes inclusive de que el Imperio Romano sucumbiera, se fue imponiendo en Europa, y ello no siempre de manera pacífica, como lo pone de manifiesto la cristianización de las tribus germanas por parte de Carlomagno. Simultáneamente, las comunidades judías se fueron organizando al interior de las sociedades a las cuales se habían adherido. Lo que constituyeron entonces fueron pequeños Estados dentro de los Estados nacionales. Así, los particulares judíos podían comerciar y trabajar bajo condiciones no siempre fáciles, pero en todo caso a quienes ellos rendían cuentas y pagaban impuestos era a sus propios gobiernos. El mejor ejemplo de ello es el “Kahal”, en Rusia. Las autoridades rabínicas pactaban lo que fuera con el gobierno zarista, pero quienes les pagaban a ellas eran sus propios correligionarios, quienes desde luego no eran ciudadanos rusos. Ese es el origen de los ghettos. Es muy importante señalar que los más interesados en que no se realizara ninguna clase de integración con las sociedades del lugar eran los mismos gobiernos judíos, gobiernos esencialmente religiosos y que vivían de sus propias poblaciones. Como parte de esa legislación interna se redactó el Talmud, que es en parte como una constitución para los súbditos judíos de los gobiernos judíos en los diversos países o imperios europeos.
La verdad es que mucho de la miseria del pueblo judío se le debió siempre y ante todo a sus gobernantes y representantes. Si bien es cierto que la masa de la población judía era pobre, también lo era que en la sociedad judía prevaleció siempre una estructura clasista, con grupos y familias de privilegiados, dueños de comercios, distribuidores de alcohol (el campesinado ruso es la mejor prueba de ello), etc., por una parte, y el resto de la población, por la otra, la cual tuvo que ir agudizando su sentido del comercio, del intercambio, etc., para sobrevivir. Muchos de los pogromos que sucedieron en diversas ciudades, como pasó en Chisinau, la capital de Moldavia, estaban dirigidos no en contra del proletariado judío, sino en contra precisamente de los grupos judíos ultra-privilegiados, de los magnates judíos. Las cosas comenzaron a cambiar, aunque muy lentamente, a partir del momento en que comerciantes judíos empezaron a llenar el vacío abierto por la Iglesia Católica al prohibir la usura, esto es, el préstamo con intereses, i.e., el crédito. O sea, la creación de la institución de la banca ciertamente está ligada al bienestar de diversos sectores del pueblo judío, pero ciertamente no de todos.
Ahora bien, aunque las mini-sociedades judías estaban estructuradas en clases sociales, frente al mundo aparecían con un todo homogéneo, lo cual era engañoso porque le permitía a los judíos privilegiados servirse de su propia población para sus propios fines al tiempo que se presentaban como sus abogados y defensores. En la actualidad, es decir, de 100 años para acá, el instrumental ideológico para el control de las poblaciones judías por parte de las super-élites judías, independientemente del país al que pertenezcan, es la doctrina sionista, pero precisamente lo que es debatible es si el sionismo es representativo del pueblo judío en su conjunto y no más bien de un determinado grupo al interior del judaísmo. Los judíos tienen derecho a ser fieles a su religión, pero el sionismo ciertamente no es parte esencial del judaísmo. El sionismo es una doctrina relativamente nueva y no es ninguna contribución a la religión judía. Es más bien una doctrina ideológica que vio la luz en la época de Theodoro Herzl y es una doctrina que se va adaptando a las circunstancias, como lo pone de relieve el hecho de que el sionismo de Herzl no es como el sionismo de, e.g., Vladimir Jabotinsky, el ídolo de los Netanyahu. Herzl era un judío que buscaba justicia para las poblaciones judías diseminadas a lo largo y ancho de Europa; Jabotinsky en cambio, furiosamente anti-ruso y rabiosamente anti-comunista, era un judío que buscaba la creación de un imperio israelí. Obviamente, los nuevos ideales judíos sólo se volvieron factibles porque la situación de los judíos en Occidente se modificó sustancialmente para su bien.
Ahora sí podemos, con los elementos con los que contamos, empezar a comprender qué es lo que está pasando en la actualidad en el Medio Oriente. Es claro que el movimiento sionista, entronizado en Israel y que es ante todo el movimiento de los super-ricos judíos de todo el mundo, se auto-presenta, primero, como el representante del judaísmo en general, algo por lo cual multitud de judíos ortodoxos protestan – aunque sin mayor éxito – y, segundo, como el representante de los intereses del pueblo judío en su conjunto, lo cual es palpablemente falso, puesto que los mantiene permanentemente en estado de guerra. El sionismo mundial es tan representativo del pueblo judío como la mafia siciliana lo es de los genuinos intereses de los sicilianos. Lo importante es entender que el programa sionista de dominación global entró ahora en la fase de control territorial del Medio Oriente y, claro está, viene revestido de la túnica religiosa, fundada en una lectura semi-absurda del Antiguo Testamento, interpretado éste sistemáticamente de manera muy tendenciosa, como si fuera un texto científico y no uno religioso. Esto a su vez le permite al gobierno israelí usar como carne de cañón a sus propios ciudadanos y justificar de antemano todas las barbaridades y atrocidades que en su nombre cometen y que están decididos a seguir cometiendo, y ello no sólo con los pueblos del Medio Oriente sino con del mundo entero. Así, pues, es en nombre de la religión del pueblo judío que ahora se cometen los crímenes más atroces y horrendos que se registran en la historia. Y todo ello con la conciencia tranquila, porque para eso sirven los anteojos ideológicos que llevan puestos.
Es, pues, a través de una férrea educación “religiosa” que los niños israelíes y los judíos de todo el mundo, moldeados y chantajeados por sus supuestos representantes, aprenden, repiten hasta la saciedad y se convencen de que ellos son los elegidos, que Dios les dio a ellos la Tierra, que ellos se merecen todo, que ellos no tienen ninguna obligación ni ningún compromiso con los demás, porque los demás no son (hablando religiosamente) sus congéneres, sino que más bien son un rebaño de seres que están allí para que ellos los usen y los exploten, porque ellos tienen el derecho de maltratar y torturar a niños y a ancianos si eso les place, de usar a las mujeres no judías de la manera más vil que se les ocurra y que todo está en orden, que no hay problema moral que resolver, no hay delito que perseguir! Por eso el soldado israelí es el peor soldado de la historia, un ser humano absolutamente desalmado; y por eso los “colonos” no son otra cosa que escuadrones de la muerte, porque todos ellos llevan puestos los lentes ideológicos del sionismo trasnacional. Ahora nos queda claro por qué, imbuidos de esa doctrina inyectada desde la infancia, los gobernantes israelíes no acatan ni las lmás elementales leyes de la guerra. Para ellos, la guerra es el juego de la destrucción y de la carnicería humana y mientras más se destruya y más se haga sufrir, mejor! Naturalmente, toda esa locura ideológica se fundamenta en el hecho innegable de que las élites sionistas prácticamente se adueñaron de los gobiernos de los países de Europa Occidental y, sobre todo, del gobierno de los Estados Unidos, y están decididas a hacerse del poder total, por lo menos en Occidente y, desde luego, en el Medio Oriente, y ello al costo que sea. Así, con una fácil interpretación de su texto sagrado (no es el mío, por ejemplo), ellos asumen que todas las tierras de la zona les pertenecen, aunque hacía dos mil años que no residían allí! De esta manera la religión judía es empleada como aliciente para que los sionistas alcancen sus objetivos de riqueza y poder. De ahí que, con toda razón, Alain Soral hable del carácter “religioso” (obviamente en un sentido un tanto peyorativo, puesto que toda religión genuina tiene que ser una religión de amor y no sólo hacia los demás seres humanos, sino hacia todo lo que tiene vida) de la actual guerra en el Medio Oriente.
Debería quedar claro que si el sionismo, cuya plataforma política es el gobierno israelí, puede fijarse abiertamente los objetivos que lo mueven es simplemente porque disponen de los medios para ello. La Federal Reserve, Hollywood, Silicon Valley, la banca Rotschild, la Unión Europea, el gobierno norteamericano en su conjunto, el New York Times (por no citar más que al más emblemático de los periódicos), etc., etc., son sus instrumentos políticos, financieros, tecnológicos, militares, propagandísticos y demás. No tiene caso tratar de ocultarlo: es superlativa su concentración de riqueza y poder. Seamos francos: no hay en este momento una sola fuerza política en Occidente que pueda rivalizar con la sionista. La cultura cristiana poco a poco se desintegra, la Iglesia católica está agonizando, los movimientos revolucionarios se desvanecieron y no han surgido opositores reales, salvo Irán y, desde luego, Rusia y China. Pero inclusive estas super-potencias están permanentemente en la mira de sus enemigos. La guerra de Ucrania, con el vampiro Zelensky a la cabeza, es parte de este satánico plan de dominación, al igual que lo fueron las diabólicas actividades de la horrenda pareja “Epstein-Maxwell”. No es por casualidad que esos criminales torturaron, violaron y hasta devoraron niños y niñas! Eso tiene una explicación en términos de transgresión de lo que para nosotros, que no pertenecemos a “los elegidos”, es sagrado, porque su dios los liberó de toda constricción o limitación frente a los demás. Ahora bien, aunque se tiene que admitir que, aquí y ahora, el mundo no tiene una ideología con la vitalidad suficiente para, si no derrotar por lo menos neutralizar, al sionismo beligerante, no debería pasarse por alto que éste está plagado de deficiencias y de debilidades internas. Los ideales del sionismo no son universalizables, sus motivaciones son totalmente prosaicas (me gustaría decir, “son sólo de este mundo”) y sus objetivos indignos y repulsivos. Y es la conciencia de estos “defectos ideológicos” lo que hace pensar que, por más daño que haga, el sionismo a la larga no podrá salir victorioso de una lucha que él mismo se inventó, porque es un designio del Dios universal que no pueda triunfar nada que atente en contra de los intereses más básicos y elementales del género humano.