Reflexiones en torno al caso Epstein-Maxwell

Supongo que el amable lector coincidirá conmigo en que, en este momento en Occidente, la atención mundial fue desviada y pasó de enfocarse en uno de los más horrendos episodios de la historia – la inenarrable tragedia de Gaza – y en la criminal guerra de la OTAN en Ucrania – en contra simultáneamente de la Federación Rusa y del pueblo ucraniano –  para concentrarse en el “asunto Epstein”, y ello sobre todo a raíz de la reciente publicación por parte del gobierno norteamericano de los así llamados ‘Epstein files’, liberados por fin por el Departamento de Justicia de los USA. Los expedientes de Epstein se componen de más o menos tres millones de documentos, los cuales incluyen correos electrónicos, fotografías, cartas personales, documentos fiscales, videos, etc. No estará de más señalar que lo que finalmente se dio a conocer en realidad se dio a conocer a medias, puesto que porciones importantes del material fueron censuradas, es decir, fueron tachadas de manera que multitud de nombres, tanto de víctimas como de victimarios, de fechas como de datos de diversa índole quedarán ocultos, probablemente para siempre. A pesar de ello, el material a disposición de quien quiera acceder a esos documentos constituye una cantidad formidable de información. Ahora bien, es importante distinguir la labor de recopilación de datos de la de explicación de hechos. Los hechos no se explican por sí mismos; requieren ser articulados, matizados, etc., para poder ser comprendidos. Lo primero es asunto ante todo de detectives y de periodistas, de jueces y de testigos; lo segundo apunta a la necesidad intelectual de reflexionar sobre lo que los datos ya establecidos y los sucesos descritos significan, sobre sus presuposiciones fundamentales de existencia y sobre sus consecuencias más obvias. A nosotros nos corresponde sobre todo lo segundo, siempre y cuando, claro está, nuestras reflexiones estén basadas en hechos o, lo cual es otra forma de decir lo mismo, en verdades.

A manera de presentación, permítaseme señalar que, dicho de la manera más general posible, el asunto al que dedicaremos estas páginas es una temática de horror y de graves implicaciones políticas, tanto para los Estados Unidos – los cuales constituyen el escenario principal de todo el drama – como para los gobiernos en general y en verdad para la población mundial en su conjunto. En lo que a mí concierne y dejando de lado todo interés morboso por los escándalos mediáticos, que son lo que excita a la mayoría de las personas, lo único realmente interesante relacionado con los sucesos que tienen que ver con el principal villano de la historieta es que de manera natural se vinculan con temas como la naturaleza humana y sus rasgos esenciales, su plasticidad y su vulnerabilidad, sobre lo que es creer en Dios o ser alguien mutilado espiritualmente. Yo en verdad quisiera llegar a comprender cómo puede alguien llegar a convertirse en un depredador y en un manipulador de sus congéneres al modo como Epstein mostró que se puede ser. A mi modo de ver, hay una explicación para ello, si bien es igualmente cierto que no hay ninguna justificación imaginable o posible. Así, pues, atendiendo al orden que lógicamente se impone, daré inicio a mi exposición mencionando algunos hechos básicos que iremos completando con otros a medida que avancemos. Mi propósito, como ya dije, no es meramente reportar hechos por todos conocidos, sino más bien el de inducir a una reflexión sobre ellos, una reflexión que, por breve que sea, nos permita pronunciarnos teniendo la seguridad de que nuestras opiniones no son ni arbitrarias ni irracionales.

Quizá no sería equivocado empezar por señalar que aquello sobre lo que nos proponemos divagar no es una novela de Julio Verne o de H. G. Wells, sino realidades vividas o padecidas por un sinfín de personas (y, potencialmente, por el mundo entero). Esto lo digo porque, por fantástico que suene, lo que se desarrolló a lo largo de más de 25 años fue todo un proceso que sólo puede volverse inteligible si se le ve como la expresión de un plan secreto de conquista del mundo, un programa de manipulación sistemática de personajes del más alto nivel de todos los contextos sociales imaginables. A los personajes involucrados en este proceso nos podríamos referir, para ahorrar formulaciones excesivamente largas, como conformando el ‘club Epstein’. Ahora bien, cualquiera de manera natural se preguntará: ¿para qué se querría conformar una asociación tan abigarrada de personajes como esa y, sobre todo, cómo hacerlo? Para responder a esta pregunta, creo que debemos empezar por el “cómo”.

Emerge del mundo de datos del cual ahora se dispone que detrás del club Epstein hay un hilo conductor, una trama especial, la cual incluye los medios y los mecanismos para convertirla en realidad. Ésta empieza a fraguarse cuando 12 super-millonarios judeo-norteamericanos, por así decirlo, “contratan” a un mediocre profesor de preparatoria, un desquiciado sexual quien, de la noche a la mañana, se convierte en el orgulloso propietario de varias residencias de máximo lujo en distintos lugares del mundo (Manhattan, Islas Vírgenes, París, el “Zorro Ranch” en Nuevo México, etc.). Las mansiones en cuestión son los instrumentos indispensables para poder arrancar con las actividades para las cuales fue contratado. Todas estas propiedades son de un lujo incomparable, de diseños internos que sólo en películas de Hollywood podría uno ver. Los bienes raíces, aunados a los aviones, autos y demás, constituyen lo que podríamos llamar la ‘infraestructura del proyecto’. Pero se vale preguntar: ¿para qué tanta opulencia, tanto lujo? La respuesta es escalofriantemente simple: todas las propiedades estaban pensadas para operar como lupanares o, recurriendo a una palabra más usual, prostíbulos, sólo que hay que tener cuidado al respecto, porque no estamos hablando de prostíbulos de arrabal, de (por así decirlo) entrada y salida libre, sino de sitios de depravación pensados exclusivamente para gente super-rica e influyente, para potentados, para dirigentes políticos, etc., puesto que son personas así los distinguidos miembros del club Epstein. Aquí empieza ya a hacerse sentir el carácter más que tenebroso de toda la empresa.

Sea como sea, es obvio que hasta el más modesto de los prostíbulos tiene que tener un dueño o alguien que lo regentee. En este caso tan especial, el encargado de dichos “centros de distracción”, el profesor de matemáticas de nivel de preparatoria, era un individuo llamado ‘Jeffrey Epstein’, un judío norteamericano nacido en Brooklin. Ahora bien, en algún momento de su existencia Epstein entró en contacto ni más ni menos que con la hija del hasta entonces más grande operador político pro-israelí, un judío de origen checo pero nacionalizado británico (y, hasta donde sé, tenía también la nacionalidad francesa, además desde luego de la israelí), el super-espía que le vendió a múltiples gobiernos softwares que le permitieron a los servicios de inteligencia israelí espiar durante lustros a múltiples gobiernos, sobre todo más no únicamente a los de los países del antiguo “Pacto de Varsovia”. Este sujeto se llamaba  ‘Robert Maxwell’, el magnate de la prensa británica (y, entre otras cosas y como también es bien sabido, defraudador de sus propios trabajadores), el cual era un agente especial del servicio secreto de espionaje de Israel, el renombrado Mossad. La hija de Maxwell, de nombre ‘Ghislaine’ (como también se bautizó el yate de 100 millones de dólares que tenía su padre y en el cual, al parecer, murió tras un mal pensado intento de chantaje al gobierno israelí), era una típica “socialite”, esto es, una persona de mucho dinero, de múltiples contactos, alguien que se codea con grandes artistas, empresarios, banqueros, científicos, etc., ella misma egresada de Balliol College, Oxford, y naturalmente introducida por su padre en asuntos “top secret”, como iremos viendo. (Toda la información relevante relacionada con Robert Maxwell se puede encontrar en el libro The Assassination of Robert Maxwell, Israel’s Superspy).

Sea como fuere, Epstein y Ghislaine Maxwell muy rápidamente desarrollaron una relación, tanto personal como profesional y se pusieron manos a la obra. Pero ¿de qué clase de actividad estamos hablando? En este como en muchos otros casos se produjo una cierta división del trabajo, una división en el fondo bastante simple: la función de la Sra. Maxwell era conseguir jovencitas entre, digamos, 10 y 25 años más o menos (así como, muy probablemente, púberes masculinos también), a quienes se les pagaba por ciertos trabajos con lo que para todos ellos eran sin duda alguna muchos dólares. Básicamente, lo que se hacía era invitarlos a alguna de las impactantes mansiones de Epstein para que a éste se le dieran “masajes”. Durante estas sesiones de masaje, éste, aprovechando su supuesta opulencia (en realidad, prácticamente nada era de él), su superioridad física, la situación de inferioridad e indefensión de los y las “masajistas”, etc., modificaba súbita y drásticamente la naturaleza de las sesiones, las cuales entonces se convertían más bien en sesiones de violación y de terror, combinadas en ocasiones con amenazas, golpes y, dependiendo del lugar y de las situaciones, hasta de muerte. Pero aquí es imposible no preguntarse: ¿no era todo eso más que la diversión o el recreo de un psicópata millonario caprichoso? No, definitivamente no? Se puede estar seguro de que los millones de dólares invertidos en las actividades del depravado total que era Epstein no tenían como objetivo simplemente satisfacer su libido. Nadie habría tenido por qué subvencionar con exorbitantes cantidades de dinero las inclinaciones o proclividades morbosas de un individuo que nunca antes se había destacado por nada . Pero entonces ¿cuál era el sentido de todas esas acciones, claramente criminales tanto por la violencia ejercida como por las edades de múltiples de las víctimas? El objetivo que se perseguía era ante todo de carácter político, el sexo era el anzuelo y las personalidades de la vida social, política y demás, las presas. Es este proyecto lo que hay que intentar aclarar, reconociendo de entrada que nunca se logrará tener un cuadro completo del mismo dada la inmensa complejidad de la intriga y la conspiración.

Sobre la base de la inmensa cantidad de datos y de declaraciones de víctimas, se puede afirmar que el (por así llamarlo) “negocio” de Maxwell y Epstein funcionaba básicamente así: ella atraía, dado que sin duda alguna era lo suficientemente seductora y poderosa para ello, a multitud de jovencitas, en general hermosas, sexualmente apetitosas, muchas de ellas importadas de Europa Oriental, y entre los dos buscaban personajes del más alto nivel (social, político, artístico, empresarial, etc.), a escala mundial, facilitando así con escenografías de fantasía “encuentros” sexuales con los miembros del ejército de jovencitas reclutadas. Dicho de manera escueta, éstas eran cooptadas por Maxwell, entrenadas por Epstein y puestas a disposición de personajes del más alto nivel. Encontramos entre éstos a magnates como el CEO de Microsoft, Bill Gates, al expresidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, al super-abogado neoyorquino, Alan Dershovitz (que en algún momento fue el defensor legal de Epstein), a Ehud Barck, un ex-primer ministro israelí, al príncipe Andrés, miembro de la nobleza británica, a Michael Jackson, a Andrés Pastrana (ex-presidente de Colombia), al “gran intelectual” norteamericano, Noam Chomsky (a quien Epstein ayudó con decenas de miles de dólares), al ex-embajador de Gran Bretaña en los Estados Unidos, Lord Peter Mandelson (un traidor al Labour Party y, en verdad, a su patria) y a muchísimos más, unos más célebres que otros. No estará de más señalar que uno de esos tantos invitados fue nuestro bien conocido evasor fiscal mexicano, recientemente puesto en orden por la Suprema Corte de la Nación, viz., Ricardo Salinas Pliego. Como la lista es enorme y no es mi interés difundir lo que ya está dado a conocer en todas partes, con los mencionados me basta para hacerle entender al lector en qué consistía el “plan de trabajo Epstein-Maxwell”. Esto, sin embargo, no era más que la fase de arranque de dicho plan.

Como ya señalé, es totalmente inverosímil que esa muy compleja y formidablemente bien articulada maquinaria haya sido echada a andar sólo para satisfacer el insaciable y brutal apetito sexual del degenerado que era (o sigue siendo, porque no está nada claro que tan importante operador político se haya efectivamente suicidado en su celda de la prisión de Nueva York) Jeffrey Epstein. Una hipótesis como esa sería simplemente ridícula y no podría ser tomada en serio. Salvo que vivamos en el planeta de las maravillas  absolutamente nadie podría explicar cómo un empleado de cuarta categoría, al que corrieron de la escuela en donde daba clases, de buenas a primeras se hizo de cientos de millones de dólares y de lujosísimas propiedades. La explicación del caso Epstein en términos de mera depravación sexual de un particular, por lo tanto, queda definitivamente descartada. Pero entonces ¿cómo se explica todo ese desfile de jovencitas prostituidas que fungían como platillos sexuales para los ultra-distinguidos invitados de Epstein y Maxwell? Es al responder a esa y a muchas otras preguntas como esa que el asunto empieza a revelar su verdadero cariz. Lo que pasaba es que todos esos invitados que disfrutaban las albercas, los saunas y baños de vapor, las sesiones de masaje, las orgías y demás con jovencitas previamente preparadas para satisfacer sus más escalofriantes fantasías sexuales (Barack, por ejemplo, según se sabe, gustaba de golpear ferozmente a las mujeres con las que tenía relaciones sexuales forzadas; al parecer, la sangre lo excitaba), todos esos importantes personajes con quienes se hacían inversiones millonarias o negocios de las más variadas clases, a quienes se les daban “apoyos” financieros, etc., eran sistemáticamente filmados, fotografiados, grabados y, lo cual casi se sigue lógicamente, eran posteriormente chantajeados y obligados a cumplir con lo que se les fuera pidiendo. No es muy difícil determinar qué se esperaba de esos incautos depravados que (contrariamente a lo que podría ingenuamente pensarse) son (puesto que siguen vivos) claramente de voluntad débil.

Fue sólo después de que algunas de quienes trabajaron como esclavas sexuales del club de Epstein siguieron adelante y que, a pesar de las amenazas de toda clase con las que se les presionó, se atrevieron a denunciarlo formalmente, que Epstein, y después de una intensa búsqueda, su cómplice Maxwell, escondida como rata en una casa de campo, fueron arrestados y encarcelados. La más conocida de sus víctimas fue una valiente y muy desafortunada joven mujer norteamericana, de nombre ‘Victoria Giuffre’, al parecer tiempo después asesinada por su propio esposo, en Australia (o al menos severamente golpeada por él, muriendo días después en un hospital). Y entonces paulatinamente pero ya de manera imposible de detener, el plan general de todas las maniobras de esa repugnante pareja empezó a delinearse con cada vez mayor nitidez. Se fue revelando entonces poco a poco lo que era el objetivo real del colosal proyecto al frente del cual estaban, uno de cuyos objetivos era tener en el bolsillo y bien atrapado a cuanto personaje influyente se pudiera para convertirlo en un instrumento político fácilmente manejable. Y un punto importante en todo esto es que todo ello habría de alcanzarse a través de la mejor arma imaginable en situaciones de paz, esto es, a través de un vulgar chantaje de carácter sexual, una operación factible dado que todos esos destacados personajes ya habrían sido convertidos en agentes políticos al servicio de Epstein. Bien, pero de inmediato y como es natural, lo que cualquier persona normal pensaría es que el citado Epstein obviamente no podría ser el eslabón final de la cadena, sino que más bien él también, al igual que Maxwell, trabajaba para alguien más. Ahora sí ya se puede empezar a hacer preguntas precisas: ¿para quién trabajaban Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell? Para no extenderme demasiado, daré rápidamente la respuesta, porque no hay más que una: para el gobierno Israelí y, más concretamente, para la organización en la cual ambos estaban incrustados y que no es otra que el siniestro servicio secreto israelí de espionaje, el tristemente célebre Mossad. Ahora sí los millones invertidos, el dinero que se le pagaba a las jovencitas, las mansiones, los aviones (entre los cuales se contaba el famoso avión llamado ‘Lolita’, en honor de la (para mí) detestable novela de Nabukov, Lolita), los apoyos financieros a múltiples personajes, etc., etc., adquieren sentido y queda claro que las increíbles cantidades de dinero empleadas eran todo menos dinero tirado a la basura, cantidades inmensas de dólares empleadas sólo para gratificar sexualmente a un libertino digno quizá a lo sumo de una novela del Marqués de Sade. Así, pues, para explicarnos el fenómeno Epstein-Maxwell, se necesita abrir la mente y hacerla funcionar. Como dije, más que lamentarnos y denunciar a gritos las barbaridades cometidas, a lo que aspiramos es simplemente a comprender. Es obvio que estamos frente a lo que en última instancia, y afortunadamente, terminó siendo un plan fallido, si bien sus orquestadores lograron en gran medida alcanzar muchos de sus objetivos. Se trató, hay que reconocerlo, de un plan de pretensiones planetarias, un plan diabólico para el control político de miembros de las clases dominantes, de sus grandes representantes, en el ámbito que fuera. A no dudarlo, Epstein y su compinche formaron parte de lo que muy probablemente haya sido la más grande conspiración de la historia para la conquista del mundo, una conquista que habría de realizarse sin misiles y sin bombardeos. Obsérvese, por otra parte, que si bien el plan “Epstein-Maxwell” finalmente falló, ello no significa que la conspiración misma haya quedado desarticulada. Fallo un plan, pero no significa que todo se haya perdido.

Lo anterior automáticamente nos lleva a otra pregunta. Ya sabemos, ya se nos demostró, que en principio se puede querer e intentar llegar a ser los amos del mundo. Bien, pero preguntémonos: en este caso concreto ¿quién podría diseñar un plan así? ¿Qué mente estaría en posición de poder imaginar que se puede crear una red en la que se atrape a todos aquellos que puedan resultar útiles para los objetivos que quien tejió semejante red se auto-asignó? Es evidente que un plan de estas dimensiones y con estas características no puede ser el plan de un sujeto, por poderoso o rico que sea. Un plan así sólo puede formar parte de una estrategia de Estado y quizá más que de eso. El plan Epstein-Maxwell no es más que un elemento fundamental de una política decidida de dominio, de control, de manipulación en gran escala y a nivel mundial. Ahora bien, no hay en el mundo más que una fuerza de la cual podría emanar un plan como el que tuvo a Epstein y a Maxwell como sus operadores fundamentales: el sionismo internacional. Esto no es un asunto de países, de grupos religiosos, mafiosos, de trasnacionales, etc. Todos esos pueden ser factores que intervienen, pero no son ellos mismos la fuerza motriz. Lo que aquí se dio fue la cristalización de una situación en la que intervienen todos los factores en principio relevantes para poder implementar un plan como el que Epstein y Maxwell, junto con otros personajes de otras latitudes, trataron de llevar a buen puerto. Para nosotros, lo más importante es el resultado: sobre la base del dolor de múltiples personas, el mal fue finalmente vencido y la humanidad se salvó (por el momento). Afortunadamente, no todos los días se diseñan planes de esta naturaleza. Dado que nosotros no estamos particularmente interesados en la enumeración de hechos, una enumeración que las más de las veces termina siendo un mero anecdotario, paso ahora a hacerme un par de preguntas, quizá un tanto ingenuas pero para las cuales quisiera poder ofrecer (o recibir) respuestas concretas.

Son dos las preguntas que quisiera plantear. Primero: ¿qué condiciones se tienen que satisfacer para que se pueda forjar en las mentes de un grupo de personas un plan tan letal para intereses tan básicos de la humanidad considerada globalmente?; y, segundo: ¿cómo tienen que ser las personas involucradas en un plan de conquista del mundo como el plan que a todas luces Epstein y su amiga Maxwell, en lo que a ellos les correspondía, intentaron hacer fructificar?

En relación con las condiciones político-militares-financieras-culturales, sociales y demás que se tienen que cumplir para que pueda surgir un grupo de personas que tienen las motivaciones y los objetivos que hemos detectado,  es evidente que no es factible (y por lo tanto ni siquiera intentaré) ofrecer aquí una lista exhaustiva de ellas. No es fácil enumerar las condiciones de existencia de un plan de dominio mundial, un plan que obviamente no es compartible, sino que tiene que provenir de un grupo particular de personas que lo diseñen y lo implementen. No obstante, podemos aunque sea vagamente visualizar el contexto apropiado para su potencial gestación e implementación. Hasta donde logro ver, lo primero que habría que señalar es que sólo una “entidad” mundialmente invencible podría permitirse generar un proyecto así. O sea, quienes echaron a andar el proyecto del cual el plan “Epstein-Maxwell” era un elemento más, son gente que aquí y ahora ya son prácticamente los dueños del mundo occidental. Es obvio que nadie más podría intentarlo. Esto significa que sólo un conglomerado de personas (políticos, banqueros, empresarios trasnacionales, etc.) que de hecho controle el sistema capitalista podría intentar algo así y esto a su vez significa que de lo que nos estamos ocupando no es meramente un asunto de países, porque aquí las fronteras dejaron ya de ser relevantes. Más aún: lo que el episodio “Maxwell-Epstein” enseña es que la geopolítica en términos de países, de naciones, de pueblos, etc., es pura y llanamente obsoleta o, por lo menos, que no vale para todos y en todos los casos. Desde luego que tiene que haber una plataforma desde la cual se pueda operar a nivel mundial y eso puede ser un país, pero entonces ¿hay acaso algún país que cumpla con las condiciones para que pueda surgir un proyecto de esta naturaleza, para que su objetivo último pueda ser concebido como algo lógicamente viable? Yo creo que sí y que no hay más que uno: el Estado de Israel. Ni mucho menos es una casualidad que Epstein, Maxwell, quienes los financiaron desde el inicio, quienes los apoyaron, dirigieron y demás, todos ellos sean judíos y sionistas (dos nociones que de todos modos es importante no confundir o identificar). De manera que el plan “Epstein-Maxwell” no era a final de cuentas más que una contribución a la oficialización de una realidad más o menos reconocida públicamente en Occidente.

Concentrémonos ahora en nuestra segunda pregunta: ¿cómo se tiene que ser para poder tomar parte en un proyecto como el de Epstein y Maxwell? Me parece que se tiene que ser drásticamente diferente del resto de la humanidad. Lo que quiero decir es que ante todo se tiene que ser un segregacionista radical convencido. Pero ¿quién puede realmente ser un segregacionista radical? En el capitalismo eso es  perfectamente factible. Un segregacionista radical es, desde mi punto de vista, un ser de nuestra especie que, por las razones que sean, vive ya en condiciones de superioridad económica, pecuniaria, social, comercial, financiera, política, etc., incontrovertible vis à vis la inmensa mayoría de los humanos, de los que, por las causas que sean, no pertenecen a dicho grupo. En mi opinión, hay que haber quedado total e irreversiblemente corrompido por la riqueza material y el poder, estar por lo tanto estar anímicamente putrefacto y haberse desprendido del elemento común que nos une a todos los humanos, por sutil o minúsculo que sea, para poder soñar con el dominio y la posesión del planeta. Yo sostendría que delirios como ese sólo lo pueden tener quienes realmente no tienen Dios. Esto es así porque el concepto de Dios es un concepto límite, un concepto último, de manera que si un concepto así se vuelve desdeñable o dispensable, quien quedó mutilado conceptualmente ya no tendrá de qué preocuparse espiritualmente. Un programa como el de Epstein-Maxwell (y todo el aparataje institucional, monetario y demás que los impulsó y protegió) sólo puede gestarse en una sociedad como la capitalista, una sociedad que, como bien lo dijo K. Marx, automáticamente transforma todo, inclusive los más bellos de los sentimientos, en mercancía. Hay un sentido en el que lo que Marx afirma coincide con lo que yo sostengo, porque sólo alguien que no cree en Dios puede ver a sus semejantes como cosas, como objetos, como mercancías. El que alguien crea en Dios no depende de si usa la palabra ‘Dios’ o si se declara creyente o cosas por el estilo. Quien genuinamente cree en Dios sabe que su conducta respecto a sus congéneres tiene límites, que no todo le está permitido, que él o ella no pueden convertir a los seres humanos que los rodean en meros instrumentos para ser usados y posteriormente desechados como mejor convenga a sus intereses del momento.

Los sueños de megalómanos delirantes son recurrentes, pero obviamente  no son universalizables ni pasan los tests más elementales de la conciencia moral. Una de las moralejas que nos deja el fracaso del plan “Epstein-Maxwell” es que no nos está permitido desligar el cuerpo del alma de una persona para luego verla sólo como cuerpo. Y eso precisamente fue lo que todos esos canallas que de uno u otro modo participaron en la saga “Epstein-Maxwell” hicieron. Al así proceder, sin saberlo ellos mismos se deshumanizaron. Por otra parte, hay que reconocer que su herencia es dolorosa, pues nos hace conscientes de que, como jinetes del Apocalipsis, individuos como Epstein, Zelensky y Netanyahu nos dejan bien en claro que estamos permanentemente al borde del abismo y que un paso en falso puede hacer que la vida en la Tierra se convierta efectivamente en el infierno con el que ellos sueñan.

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