Capitalismo, Coronavirus y Vida Humana

I) La explicación de un fenómeno social

Una peculiaridad de los problemas sociales e históricos es que en relación con ellos tenemos que reconocer un marcado contraste entre explicación y predicción. En las así llamadas ‘ciencias duras’ (física, química, biología), una genuina explicación permite hacer predicciones. Si podemos explicar por qué al soltar un objeto éste no sube sino que se mueve en dirección del centro de la Tierra, entonces podemos predecir que el próximo objeto que soltemos irá a dar al suelo y no se desplazará hacia las nubes. Casi podríamos decir que en las ciencias duras la diferencia entre explicación y predicción no es otra cosa que un cambio en los tiempos de los verbos. Ese, sin embargo, no parece ser el caso en las ciencias sociales. En éstas las predicciones son poco exitosas y a menudo parecen más adivinanzas que predicciones, por lo que nos dejan invariablemente con la sensación de que si una predicción fue acertada habrá sido casi por casualidad. Por qué es ello así no es tan fácil de explicar, pero sí podemos decir unas cuantas palabras al respecto. La diferencia tiene que ver con diferencias en las clases de los fenómenos involucrados. Explicar un fenómeno social no es hacerlo caer bajo leyes generales puesto que no hay tales leyes, sino que es más bien colocarlo en un contexto de hechos de modo que éste permita entender por qué se dio. O sea, la explicación viene en pasado y es única, puesto que el evento por explicar es irrepetible. Los eventos históricos son únicos: sólo una vez conquistó Cortés México, sólo una vez Napoleón perdió la batalla de Waterloo y así sucesivamente. En las ciencias sociales no se lidia con lo que se llaman ‘especies naturales’ (agua, plata, hidrógeno, cromosomas, etc.) y por eso las generalizaciones no son particularmente útiles. El objetivo de las ciencias duras, en cambio, sí es ofrecer explicaciones causales para lo cual se requieren leyes, enunciados legaliformes, aunque esto hay que matizarlo dado que en biología se requieren también explicaciones teleológicas, esto es, explicaciones en las que los objetivos de los seres vivos entran en la explicación. Obviamente, estrellas y sustancias químicas como el helio o el oxígeno no tienen objetivos, es decir, no tiene el menor sentido adscribirles metas o intenciones a objetos como esos, pero eso es precisamente lo que se tiene que hacer cuando nos las vemos con acciones o actividades humanas. Decimos cosas como “Juárez ordenó que Maximiliano fuera fusilado porque quería mostrarle al mundo que México era un país independiente y que toda invasión sería combatida hasta las últimas consecuencias”. Aquí lo que se quiere dar a entender es que la acción de un individuo tenía una motivación concreta y es por eso que su acción tenía un sentido. El problema es que la gente tiende a pensar que el que se emplee la expresión ‘porque’ (“Juárez hizo eso porque…”) se debe a que de una u otra manera está involucrada la noción científica de causa y por lo tanto, explícita o implícitamente, la de regularidad natural, esto es, la de ley. No me propongo discutir a fondo el tema, puesto que no es ni el lugar ni el momento para hacerlo, por lo que me limitaré a recordarle a quien así pensara que la noción de causa y la de sentido se contraponen, se excluyen mutuamente. Precisamente, poder actuar movido por motivaciones propias es ser libre, en tanto que ser movido por causas es no ser libre y lo que sostengo es que para la comprensión de los fenómenos sociales la idea de sentido es fundamental, porque con la idea de sentido viene la idea de comprensión. Si yo entiendo el sentido de una acción, yo la comprendo y, evidentemente, esa idea de comprensión es irrelevante en las ciencias duras. La de explicación causal basta, pero si eliminamos la noción de sentido eliminamos con ella la idea de libertad humana y si hacemos eso la historia, la psicología, la política, la creación artística, etc., quedan ipso facto canceladas y la acción humana se vuelve ininteligible. Naturalmente, no es esa una posición que yo estaría dispuesto a defender. Por consiguiente y para decirlo de la manera más general posible, el problema teórico para quienes se interesan en los procesos sociales radica en primer término en la construcción del marco dentro del cual posteriormente se inscribirá el fenómeno que se aspira a explicar, porque es sólo inserto en el contexto apropiado que el suceso en cuestión adquiere sentido y que se vuelve entonces comprensible. La construcción del contexto sería, pues, la primera parte de la tarea. Pero sin duda querrá preguntársenos: ¿qué es eso del contexto?¿De qué marco se está hablando? A esto intentaré responder rápidamente en lo que sigue.

II) Datos empíricos y marco teórico

Cuando hablo de un contexto apropiado para ubicar el fenómeno o el suceso humano que nos interesa explicar me refiero a un conjunto de datos y verdades empíricas gracias a los cuales el evento en cuestión resulta inteligible, comprensible. Por ejemplo, si queremos explicarnos la batalla de Waterloo tenemos que “ubicarla”. ¿Cuál es su contexto? Éste queda conformado por datos como los siguientes: Napoleón dio ciertas órdenes que nunca se cumplieron, la caballería prusiana llegó inopinadamente cuando Wellington estaba siendo derrotado, la batalla entre ingleses y franceses había sido particularmente cruenta, la batalla era no sólo inevitable sino crucial, ya que Napoleón se había escapado de la isla de Elba y con su victoria hubiera mantenido a Europa en guerra durante mucho más tiempo del indispensable, etc., etc. Se nos aclara entonces el porqué de la enjundia, la determinación, etc., de los participantes en la batalla y cómo el extraordinario general Bonaparte a partir de cierto momento tuvo que darse por vencido. Entendemos entonces la importancia de la batalla, su desarrollo, las consecuencias para Francia y todo lo que se derivó de ella. En otras palabras, dados todos esos datos la importancia crucial de la batalla súbitamente adquiere sentido. Napoleón no se enfrentó a Wellington porque deseaba dirigir una batalla más, como si estuviera jugando con soldaditos. Mucho dependía de esa batalla en particular. A su vez, todas las acciones de todos los involucrados tenían sentidos precisos y sólo cuando conocemos esos sentidos es que el evento que nos ocupaba resulta explicable, es decir, comprensible.

Lo que deseo sostener en este artículo es que la pandemia del coronavirus requiere también, para ser comprendida, de un conjunto de datos y de verdades que en general están a la vista pero que en la medida en que nos parecen “naturales” simplemente no se les toma en cuenta. Al ignorarlos, inevitablemente se genera un vacío teórico que permite la producción incesante de pseudo-explicaciones, como la de pretender dar cuenta de la pandemia en términos exclusivamente biológicos (y por si fuera poco, extremadamente ingenuos). Lo que a nosotros en primer lugar nos corresponde hacer, por lo tanto, es seleccionar nuestros hechos fundamentales, esto es, los constitutivos del contexto apropiado, lo cual nos permitirá encontrar el sentido del fenómeno humano que nos incumbe. En el caso del coronavirus: ¿cuáles podrían ser esos hechos?

Salta a la vista, supongo, que los hechos que para nosotros en este caso son relevantes no tienen absolutamente nada ver con descubrimientos de la NASA ni con los últimos experimentos realizados por los más prestigiados infectólogos del momento ni nada por el estilo. En todo caso, tienen que ver más bien con lo que la astrofísica o la biología presuponen, es decir, con todo aquello que se requiere para que podamos hablar en esas áreas de conocimiento y de progreso. Pero ¿qué se presupone tanto en esas como en prácticamente cualquier otra disciplina científica y en general en cualquier otra actividad humana (económica, artística, militar, etc.)? Obviamente, sus instrumentos de trabajo. Un astrónomo no puede trabajar sin telescopios, un infectólogo no puede trabajar fuera de un laboratorio en donde hay tubos de ensayo, microscopios y demás. El trabajo en ciencia requiere de una determinada infraestructura. Permítaseme ahora precisar un poquito más la idea involucrada: aludo simplemente a los artefactos propios o típicos de la cuarta revolución industrial. Ésta resulta en realidad de la fusión de diversas ciencias con la teoría y la tecnología de la computación. Es una realidad que estamos viviendo lo que podríamos llamar la ‘digitalización de la vida’ en todas sus dimensiones y aspectos, la computarización de los procesos humanos, integrando en una nueva super-disciplina las ramas más avanzadas, formalizadas y matematizadas de la ciencias.

Y es en este punto que aparece un primer resultado fundamental, aunque de hecho sus implicaciones y ramificaciones fueran prima facie incalculables, a saber, que era sencillamente imposible que esta “cuarta revolución” se circunscribiera al ámbito del conocimiento “puro”, que se mantuviera como un avance meramente teórico, inclusive si se sabía que los avances teóricos en principio siempre pueden tener aplicaciones prácticas, es decir, generar progreso tecnológico. El problema es que esta perspectiva de idolatría por la teoría y de desdén por sus aplicaciones prácticas, una perspectiva que es muy fácil de adoptar, está completamente equivocada y es profundamente equívoca y engañosa. Muy probablemente, en lo que a nadie o a muy poca gente interesó mientras se alcanzaban nuevos descubrimientos y se implementaban nuevas tecnologías fueron precisamente las potenciales consecuencias prácticas del avance científico, del progreso puramente teórico. Las consecuencias de la cuarta revolución fueron de muy diversa índole, pero para nosotros son particularmente importantes dichas consecuencias en el área de la producción de bienes, del trabajo en el sentido más amplio de la expresión, esto es, en relación sobre todo con los procesos de producción, reparto, comercialización, etc., de bienes, de mercancías de toda índole. Se entiende, quiero pensar, que ello equivale a hablar de la vida humana en su conjunto, puesto que afectar directa y profundamente el ámbito del trabajo es afectar la producción material de la existencia, gracias a la cual fluye y se sostiene la vida social en general.

No deja de ser curioso que las consecuencias prácticas del formidable avance tecnológico de la cuarta revolución industrial hayan pasado tan desapercibidas, dado que en la historia de la humanidad encontramos situaciones similares a la actual y cuyas terribles consecuencias son harto conocidos. Consideremos momentáneamente la máquina de vapor, echada a andar de manera sistemática desde la segunda mitad del siglo XVIII. ¿Qué efectos tuvo sobre la población de aquellos tiempos, en particular sobre el sector obrero? Recordemos que la máquina de vapor hizo su aparición en el mundo laboral primero en Inglaterra, muy poco tiempo después en Francia, luego en lo que posteriormente sería Alemania, en los Estados Unidos, etc. Respecto a las condiciones laborales, científicas y sociales para que pudiera darse el fenómeno de industrialización, opino que difícilmente encontraremos un texto más instructivo e ilustrativo que los dos últimos capítulos de Das Kapital, esto es, “La Ley General de la Acumulación Capitalista” y, sobre todo, el capítulo siguiente (XXIV), esto es, “La Llamada Acumulación Originaria”. Este último capítulo, como lo sabe cualquier persona de la orientación política o ideológica que sea, es simplemente un texto magistral en el que Marx describe (y denuncia) con horrorosa exactitud la superación del antiguo régimen y la formación de las nuevas clases sociales en la Inglaterra de aquellos tiempos (básicamente, burguesía y proletariado). Ahora bien, Marx tuvo el genio para entender y la capacidad para explicar las implicaciones de la brutal industrialización apoyada en descubrimientos científicos y que inexorablemente se imponía, que todos presenciaban y padecían, pero de la que en realidad nadie sabía dar cuenta. Partiendo de datos duros, esto es, de lo dado en la experiencia de la vida cotidiana a lo largo y ancho del siglo XIX (desempleo, miseria, jerarquización social, explotación brutal, enajenación, despilfarro, etc., etc.), Marx pudo explicar el avance social e histórico que representaba la construcción de la sociedad burguesa e hizo ver con aterradora precisión que lo que había sucedido era una reorganización social completa de Inglaterra, una reestructuración derivada de la incontenible expansión capitalista. Como era de esperarse, la transformación que llevó a Europa Occidental del feudalismo al capitalismo no habría podido efectuarse sin profundas y dolorosas convulsiones sociales. Podríamos inclusive reconocer que para su resolución última, esto es, para que dicha transformación se consumara y permitiera acceder a una situación de vida estable, llevadera, con sentido, etc., para las grandes masas, para porciones importantes de la población, hasta guerras tuvieron que haber, guerras siempre presentadas como conflictos de otra naturaleza, a saber, de carácter ideológico, político, geo-estratégico, nacionalista, comercial, etc. El efecto de todo esto, sin embargo, era ocultar sistemáticamente el verdadero origen de los conflictos, que era en última instancia de naturaleza económica. Yo creo que a estas alturas ya podemos afirmar con confianza que la fuerza mayor detrás de la evolución de los países europeos a partir por lo menos de la segunda mitad del siglo XVIII, es decir, lo que impuso a sangre y fuego las reglas del cambio social fueron “simplemente” los requerimientos del sistema capitalista en lo que era su imparable expansión. En todo ese largo y penoso proceso de desmantelamiento y de reconstrucción social, la máquina de vapor fue uno de los instrumentos de los que se sirvieron los policy makers de la época para racionalizar, justificar, alentar, profundizar, etc., la reconfiguración de la sociedad. Un aspecto preocupante del asunto es que, visto desde nuestras coordenadas espacio-temporales, habría que admitir que muy probablemente no había muchas opciones y que el desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual en última instancia quería decir el desarrollo del sistema capitalista, del sistema de producción de mercancías, y con él la transformación de la sociedad, era sencillamente inevitable. No olvidemos, dicho sea de paso, que las fronteras políticas no son fronteras sistémicas, por lo que algo parecido a lo que pasó en la paradigmática Inglaterra sucedió en los países que venían a la zaga.

III) La situación actual

Mi punto de partida es la convicción de que lo que se está viviendo hoy a nivel mundial es, mutatis mutandis, un fenómeno similar o equivalente al sufrido sobre todo en los países más avanzados de Europa Occidental por lo menos a lo largo del siglo XIX.  Pienso que si tomamos como modelo lo que sucedió hace unos 200 años y que tiene como símbolo representativo a la máquina de vapor, automáticamente echamos luz sobre la situación actual. ¿Cuál es esta?¿De qué hablamos?

A nadie sorprenderé, supongo, si afirmo que lo que tengo en mente es la situación de pandemia que sufre la humanidad, así como las innumerables consecuencias que ésta tiene para los habitantes del planeta. Ahora pienso que hasta hay un sentido de acuerdo con el cual podría afirmarse sin caer en absurdos que dicho mal era “previsible” o por lo menos que no debería habernos resultado tan sorpresivo. Independientemente de ello, lo que podemos afirmar con relativa seguridad es que el problema sigue siendo básicamente incomprendido. A la gente en general, y a los científicos en particular, les gusta divagar sobre temas periféricos o secundarios, como el origen del virus, las potenciales vacunas, la guerra comercial que éstas acarrean, etc. Los biólogos en particular dan la impresión de pensar que son ellos quienes tienen la clave para explicar el fenómeno social que en todo el mundo se padece. Esto me parece a mí de una ingenuidad teórica mayúscula, por no decir ‘grotesca’. El colosal problema social causado por el coronavirus no tiene nada que ver con la estructura interna del virus, con su gestación, con cómo se expandió, etc. En todo caso, no son esas la clase de cuestiones que para nosotros son esenciales.

El coronavirus, provenga de donde provenga y sea el resultado de mutaciones y transmisiones naturales o de manipulaciones en laboratorios militares que gozan de todos los niveles de seguridad que se requieren para efectuar experimentos relacionados con virus y guerras bacteriológicas, no es más que un elemento en un cuadro mucho más complejo que el de una epidemia generalizada. La pandemia del coronavirus no es de la misma estirpe que la peste bubónica y la prueba de ello es que juegan cada una de esas dos plagas roles sociales completamente diferentes. Lo que nosotros tenemos que preguntar, la inquietud que es menester despejar es: ¿cuál es, en qué consiste el problema para cuya solución el coronavirus es un instrumento más? La dificultad consiste, naturalmente, en que el problema que aspiramos a identificar y diagnosticar es en realidad una especie de problema-esquema, en el sentido de que comprehende o subsume cientos o miles o millones de sub-problemas que lo ejemplifican. ¿Cuál es, pues, ese super-problema que tuvo como consecuencia la realidad del coronavirus? Pienso que lo que ahora se vive no es más que la consecuencia lógica del crecimiento, la expansión, el desarrollo de las fuerzas productivas en choque con una superestructura rígida que tiene que adaptarse a una nueva situación generada sobre todo por el incontenible avance tecnológico. Así como la máquina de vapor transformó la sociedad inglesa mandando a la calle a centenas de obreros que trabajaban jalando animales o empujando cosas, así la computación insertada ya en todos los sectores de la vida cotidiana, es decir, la computación ya profundamente socializada y arraigada en nuestras vidas, tuvo como uno de sus efectos hacer del trabajo humano, del trabajo cotidiano de cientos de millones de personas algo pura y llanamente redundante, superfluo, innecesario. Es, pues, el desarrollo de las fuerzas productivas, que incluyen desde luego a la computación, lo que impulsa fundamentales cambios en la estructura social. El problema radica en que las modificaciones estructurales no se pueden llevar a cabo a base de peticiones, votaciones, cooperación voluntaria, etc. Cambios de magnitudes planetarias tienen que ser impuestos. Y es justamente en esta peculiar coyuntura que el coronavirus hace su aparición.

En este como en muchos otros casos, es importante la auto-crítica, por lo que deberíamos aceptar que parte de nuestros problemas de comprensión se deben a que somos o lisiados intelectuales o miopes políticos que no vemos más allá de un palmo de narices. Pero seamos generosos con nosotros mismos: después de todo, los Marx no abundan y no hemos encontrado todavía a nadie que venga a explicarnos con lujo de detalles cuáles son los requerimientos, las exigencias, las imposiciones sociales, laborales y políticas de lo que obviamente no es más que la nueva fase de expansión del sistema capitalista. Mientras no entendamos que este es el fenómeno realmente decisivo, el coronavirus seguirá existiendo perdido en una neblina de misterio e incomprensión.

Podemos aprovechar el punto para de inmediato confirmar cuán ingenuos somos normalmente. Por ejemplo, nos regocijamos porque hay teléfonos celulares con dos cámaras, computadores cada vez más veloces y con cada vez más memoria, posibilidades de comunicación por internet ni siquiera soñadas hace 25 años, procesamientos de alimentos, autos, etc., en fábricas completamente automatizadas, control humano cada vez más efectivo por medio de radares, cámaras, modos de identificación de personas realmente fantásticos (iris, códigos genéticos, etc.), operaciones de pacientes realizadas a través de monitores sin necesidad de enfermeras, anestesiólogos, etc., etc. Todo eso es muy bonito, pero de lo que no nos percatamos es de todo lo que ese “progreso” acarrea, implica, genera en otros ámbitos de la vida. Debería entenderse que el cambio en la infraestructura del sistema fuerza a cambios en la super-estructura y a decir verdad en todos los sectores de la vida. Estos cambios no son ni casuales ni opcionales. Por ello en verdad sería bueno que se le informara por fin a la gente en todo el mundo que la nueva “normalidad” en la se nos instaló es definitiva, porque para echarla atrás habría que renunciar a la tecnologización y a lo que llamé la digitalización de la vida. No hay forma de detener el proceso de reconfiguración social y de la vida humana en general fundado en la ciencia y en la tecnología de punta.

Daré un ejemplo obvio que después se podrá fácilmente generalizar a múltiples otros casos. Consideremos una “oficina inteligente”. Normalmente es un área cerrada y dividida en función de la organización de la empresa en sectores por medio de mamparas, muros de tabla roca, etc., que la hacen ver como un pequeño laberinto. Supongamos que en esa oficina trabajan tres directores de área. Todos tienen sus respectivas computadoras, teléfonos, etc. Ahora bien, en la medida en que son jefes requieren de ayudantes, que son en general secretarias, a las cuales también se les proporcionan escritorios, computadoras, teléfonos, etc. Todo eso representa sueldos, prestaciones, gastos (luz, renta, elevadores, estacionamientos, etc.). Pero resulta que, como por casualidad, el coronavirus “forzó” a las empresas a enviar a sus empleados a sus casas para que desde allí hagan su trabajo y muy rápidamente se pudo constatar que eso era perfectamente factible. La computación socializada garantiza que ello sea así y además con más efectividad. Por ejemplo, ya no hay necesidad de checar entradas y salidas. La computadora lo hace automáticamente. La tecnología de la que se dispone hace ver que las empresas innecesariamente despilfarran dinero no sólo porque lo que era el trabajo de muchas personas ahora estrictamente hablando lo puede realizar una sola, sino porque queda claro que no hay necesidad de incurrir en toda esa inmensa cantidad de gastos que podríamos llamar ‘ante-pandémicos’: oficinas, choferes, líneas de teléfono, escritorios, lámparas, etc. De pronto entendemos que todo es simplemente redundante. Cuántas empresas haya en el mundo no sé, pero lo que sí sé es que todas ellas en este momento están ahorrando cientos de miles de millones de euros o de pesos o de dólares o de yuans o de la divisa que sea. La invención de las cripto monedas, por ejemplo, tampoco es casual ni es un juego ni nada que se le parezca. Es como la invención de las tarjetas de crédito. Poco a poco se irá instaurando y terminará por sustituir (quizá nunca totalmente, pero sí de manera significativa) el dinero contante y sonante, como se decía en el medioevo.

Para nosotros el problema es muy simple: el desarrollo del sistema capitalista no se va a detener. No hay nadie ni nada que pueda realizar semejante hazaña (un meteorito de un kilómetro de ancho quizá, que caiga en medio del Atlántico). Ahora bien, es evidente que este proceso de interacción entre progreso material y vida humana, oculto tras la pandemia y todo lo que ésta acarrea, tiene y va a tener para la humanidad en su conjunto consecuencias inmensas, incalculables, terroríficas algunas, positivas otras. Es auto-evidente que las transformaciones en la infraestructura económica tenían que surtir efectos de magnitudes incalculables en la vida humana o, alternativamente, en las vidas de los seres humanos. Después de todo, el conocimiento científico no es tan “puro”. Sobre esto quisiera decir unas cuantas palabras.

IV) El status del coronavirus

Si el panorama que hemos delineado no es totalmente absurdo, el status político del coronavirus automáticamente se vuelve visible o, mejor aun, comprensible. Obviamente, el bicho mismo es un asunto de una gran complejidad biológica, pero ello no altera en nada su status de instrumento al servicio de los intereses supremos del mundo, que de uno u otro modo en última instancia son de carácter económico. Todos sabemos (o si se prefiere, “imaginamos”) que hay grandes científicos (infectólogos, computólogos, etc.) involucrados en el caso, pero estoy seguro de que todos coincidiremos en que a esas personas se les paga, es decir, son empleados de alguien, trabajan para alguien, usando ‘alguien’ inevitablemente de una manera vaga y para aludir no a una persona, sino a grupos de interés relevantes. La hipótesis que quiero entonces someter a consideración del lector es la siguiente: ante la ya urgente necesidad de remodelar el sistema capitalista, esto es, nuestro sistema de vida, muy probablemente los amos del mundo (esos “alguien” a quienes aludí más arriba) repasaron todos los posibles escenarios antes de tomar decisiones. Esto, evidentemente, es un trabajo en el que concurren los especialistas de todas las ramas del saber y del tener (banqueros, militares, grandes industriales, políticos, científicos, etc.). Yo me imagino que se habrán revisado todas las opciones en principio accesibles, pero una tras otra se fueron poco a poco descartando hasta que se llegó a la de la pandemia. Por ejemplo, podemos imaginar que se examinó a fondo la posibilidad de una tercera guerra mundial pero, por razones no ya de estrategia militar sino de sentido común, se habrá llegado a la conclusión de que esa opción ya no era viable. Rusia no es Alemania. No tiene el menor sentido tratar de pasar a la siguiente fase en el desarrollo del capitalismo si lo que se va a hacer es destruir el capitalismo, porque a eso equivaldría en la actualidad una guerra atómica. Dado que en un caso así no habría vencedores, esa opción tenía que ser abandonada. Pero eso no significa que entonces no hubiera nada que hacer. El sistema tenía que reestructurarse, re-iniciarse, reconfigurarse. De manera que, muy probablemente entonces, el coronavirus fue el instrumento elegido para forzar al mundo a adoptar la nueva modalidad de vida en el nuevo capitalismo, el capitalismo cibernético, corporativista y globalista, el cual obviamente presupone todas sus formas previas.

Si el punto de vista que estamos proponiendo fuera acertado, las acusaciones entre países resultarían hasta risibles. La pandemia del coronavirus no es un asunto de un solo país. Muy probablemente – y esto obviamente no es más que una hipótesis más para la cual lo único que reclamo es que es congruente con mi relato puesto que, como cualquiera con una dosis mínima de células grises entiende, no tengo el menor dato al respecto – la actual pandemia fue el resultado de una operación conjunta de algunos países, entre los cuales están involucrados desde luego los Estados Unidos y China, y probablemente otros países como Israel, Corea, quizá Gran Bretaña, Francia, etc., pero no muchos más. Divagar sobre eso sería, sin embargo, una ociosa especulación y no es por lo tanto un tema sobre el que quiera, pueda o deba pronunciarme.

Me interesa más afinar mi cuadro general. Si no estoy equivocado, el coronavirus tiene por lo menos dos facetas: por una parte, es un elemento dañino, letal, peligroso para la salud de las personas. Esa es la faceta biológica o médica del “constructo”. Por otra parte, sin embargo, es un instrumento social y político de graves y profundas implicaciones; tiene obvios efectos en los ámbitos laboral, económico, militar, policiaco, social, artístico, escolares, etc. En todos esos casos, es decir, en el todo de la vida humana, los efectos del coronavirus son como los nuevos canales de vida por los que de aquí en adelante habrá de fluir la existencia humana. Naturalmente, las consecuencias del virus en la sociedad humana son el precio que hay que pagar para mantener el “progreso” económico, científico y tecnológico.

En resumen: lo que estamos viviendo es un ajuste total a los implacables requerimientos económicos del sistema capitalista. A través del miedo causado por un factor de laboratorio se logró obligar a la población mundial (independientemente de sus mentalidades o idiosincrasias) a aprender a vivir de otro modo y a aceptar con relativa docilidad la nueva forma de vivir. Podrá haber pueblos muy bullangueros, alegres, desafiantes, etc., pero podemos tener la certeza de que todos, sin excepción, van, como se dice, a entrar en cintura. Lo único que por el momento puedo decir es que desearía estar equivocado.

V) Las nuevas formas de vida

Algunas personas saben que el filósofo más grande de todos los tiempos, Ludwig Wittgenstein, el anti-filósofo por excelencia, acuñó la expresión ‘forma de vida’ para dar cuenta del sentido de lo que decimos cuando hablamos, pues a lo que apunta la expresión es a las actividades humanas y de acuerdo con Wittgenstein el sentido de lo que decimos brota de o surge en conexión con lo que hacemos. Esto lo aclaro por respeto a Wittgenstein, porque no quisiera, primero, mal emplear una expresión técnica y útil en un contexto muy preciso como lo es la discusión filosófica seria en un contexto que es más bien de reflexiones generales sobre la situación por la que estamos atravesando hoy en día; y, segundo, por nada del mundo quisiera dar la impresión de que estoy de una u otra manera tratando de aprovechar el pensamiento de Wittgenstein en este otro contexto y en relación con un tema que no tiene nada que ver con su actividad filosófica. Nada de eso. Voy a emplear la expresión ‘formas de vida’ de manera no técnica, como una expresión más del lenguaje coloquial, para indicar cosas tan variadas como costumbres, modas, actividades realizadas de manera regular, actividades deportivas, escolares, científicas, burocráticas, etc. Lo que quiero afirmar es entonces lo siguiente: por medio de una pandemia, esto es, de una epidemia de más de tres países y que de hecho ya es mundial, se está rediseñando la vida de la casi totalidad de la población del planeta. Todas las actividades de la gente en México y en Francia, en Madrid y en Tokio, en Nueva York y en Roma, sus hábitos, horarios, relaciones con otras personas, con el medio ambiente, etc., todo, sus dietas, sus entretenimientos, comidas, todo está siendo drásticamente modificado. ¿Podría ser un cambio tan brutal en nuestras formas de vida como ese algo casual, algo causado por un virus que estaba en la naturaleza? Suena cómico! ¿Podría ser la situación por la que todos estamos atravesando el resultado de una decisión de algún monarca invisible? Claro que no! Lo que está sucediendo no es un asunto de decisiones personales, de caprichos individuales. Todo responde al hecho de que el sistema capitalista estaba empezando a asfixiarse y si se hubiera asfixiado las consecuencias habrían sido quizá hasta peores. Es evidente, por otra parte, que de motu proprio la gente no habría aceptado modificar sus vidas como han sido forzadas a hacerlo (y estamos lejos todavía de que la humanidad en su conjunto acepte alterar su vida en una dirección que le es incómoda de entrada pero sobre todo desconocida). Si se le hubiera explicado a la gente por todos los medios, en todos los rincones de la Tierra que había que cambiar la estructura de nuestra organización productiva, laboral, académica, etc., nadie habría hecho caso. La inferencia es obvia: cambios de estas magnitudes tienen que ser inducidos, porque no pueden ser más que forzosos.

Debería quedar claro, en mi opinión, que no fue porque los auténticos dueños del planeta hubieran pensado (como muchos profundos analistas pretendieron hacernos creer cuando el problema estalló) que el sistema era esencialmente injusto, que había que redistribuir la riqueza, etc., etc., que pasa lo que está sucediendo ahora. Ciertamente no fueron los 350 millones de animales que mueren diariamente para satisfacer “necesidades” humanas lo que llevó a la nueva nobleza a aplicarle a la humanidad la enfermedad económica que es la pandemia de covid-19. No fue por razones humanitarias, religiosas, morales, etc., que se está operando el cambio adaptativo a nuestro modo de producir la vida material. Nada de eso. Fue porque el sistema iba a dejar de operar y había que salvarlo que se recurrió al expediente del coronavirus. Es (válgaseme la expresión) demasiado contradictorio seguir haciendo funcionar una oficina con 100 personas cuando con sólo 2 se puede hacerlo. Razones económicas para el cambio que estamos experimentando ciertamente las hay. El problema es que eso no es todo, que no se agota con ello la temática ni la problemática.

Hay algo que probablemente sí habrá cruzado en algún momento por la mente de quienes decidieron implementar el cambio, esto es, de los jerarcas del mundo, pero es de suponerse que tampoco les habrá quitado mayormente el sueño y es: ¿cuál va a ser el impacto de este gigantesco cambio en las vidas de las personas, niños, mujeres, hombres o ancianos? ¿Cómo va a vivir la gente de aquí en adelante en estas nuevas condiciones?¿Cómo se puede rehacer la vida después de un cambio tan brutal, después de haber aprendido a vivir de otra manera? Echémosle un simple vistazo a la situación desde el punto de vista no de los grandiosos y megalómanos arquitectos de la sociedad humana, sino del de las personas normales, comunes y corrientes. ¿Qué podría decirse al respecto?

Como todo proceso de re-adaptación, aprender a vivir de un modo radicalmente diferente de como lo habíamos venido haciendo es forzosamente un proceso doloroso, pesado, difícil y muy probablemente las generaciones de la época del coronavirus habrán sido en este sentido sacrificadas. Pero lo que queremos determinar es: ¿qué efectos concretos tiene en la persona, en el individuo, en el ser humano de carne y hueso, esta imposición? Yo creo que, para evitar el anecdotismo, lo que hay que hacer es intentar responder a esta pregunta expresándonos de la manera más general posible.

El primer cambio doloroso es evidentemente el vinculado con la salud. A diferencia de como se vivía hasta hace un año, vivimos ahora permanentemente en un peligro mortal. Es ya un grave problema en sí mismo que uno pueda en cualquier momento contagiarse y, por las razones que sean, esto es, por el coronavirus, por las complicaciones que genera, por las enfermedades que se contraen en los hospitales, por descuido o negligencia, por debilidad, etc., morir. La enfermedad covid-19 es una espada de Damocles permanentemente colgando sobre nuestras cabezas. Pero hay más y quizá peor: se va a tener que vivir con el terror no sólo de que uno pueda morir sino de que, independientemente de su edad o su sexo, las personas que uno más quiere también mueran. Padres, hijos, abuelos, nietos, amigos, cónyuges, vecinos, etc., cualquiera puede en todo momento sucumbir, porque todos estamos expuestos 24 horas al día. Es claro, pues, que la vida ya no será igual. En relación con esto, quiero enfatizar lo siguiente: desde nuestro punto de vista, el coronavirus en sí mismo es secundario. Una vez que se tenga la vacuna el problema quedará si no resuelto si neutralizado, pero de inmediato saldrá otro virus, uno nuevo, proveniente, digamos, de las truchas de algún río africano, y así indefinidamente. Aquí lo que importa es el control efectivo de la población mundial. Si efectivamente eso es así, con ello se muestra que la actual pandemia es todo menos “natural”, pero no intentaré ahondar en el tema.

Las nuevas formas de vida impuestas por los amos del mundo, que son los grandes defensores del sistema y, claro está, sus grandes beneficiados, hieren letalmente los procesos de socialización que considerábamos normales, empezando por las escuelas y terminando por los bares, los antros y demás. Para evitar ambigüedades o titubeos: hasta la prostitución y la delincuencia tienen que adaptarse a las nuevas circunstancias. También el robo y el asalto serán cada vez más de carácter cibernético. Ahora bien, es obvio que si bien esta “des-socialización” o, quizá mejor, esta “neo-socialización” o “socialización virtual” o “computacional” o “cibernética” tiene consecuencias graves para todo mundo, también lo es que las tiene sobre todo para las personas que están entre la adolescencia y la madurez avanzada, digamos para las personas cuyas edades oscilan entre los 13 o 14 años y los 70 o 72 años, más o menos. Para personas que se mueven en ese abanico temporal va a ser muy difícil adaptarse, porque ‘adaptarse’ en este caso significa algo como aprender a encontrar nuevos objetivos en la vida, nuevos modos de realización, nuevas modalidades de relacionarse con sus congéneres, de divertirse, de pasear y así indefinidamente. En otras palabras, el ciudadano actual tiene que aprender a dotar a su vida de un nuevo sentido y eso es todo lo que se quiera menos fácil.

Los cambios provocados por la pandemia del coronavirus son en verdad inmensos: ¿cómo buscará un joven una pareja y cómo se podrá mantener una relación de afecto con alguien a quien se puede contagiar en cualquier momento, o a la inversa, con alguien a cuya casa no se puede ir, a cuyos padres no puede uno ni saludar? ¿Se van a tener hijos en estas circunstancias?¿Quiere alguien traer niños a vivir en una especie de prisión eterna? Si una joven se compra ropa y se viste bien porque quiere gustar (algo perfectamente legítimo, por lo menos hasta ahora): ¿de qué le va a servir ahora su ropa y su peinado? Ahora lo que se requiere es un buen uniforme casero, lo menos parecido que se pueda a un uniforme de cárcel federal para evitar asociaciones gratuitas, porque ¿para qué comprar ropa? Lo que hay que tener es una buen cubre bocas y una elegante máscara! En verdad: ¿seguirán teniendo sentido los grandes almacenes? En lo más mínimo: ya toda transacción se puede hacer por internet y cada vez más habrá alguna compañía que lleve los productos que uno requiere hasta su domicilio y asunto arreglado. O sea, el comercio tradicional en gran escala está condenado. Habrá que inventar nuevos juegos o nuevas formas de disfrutar el box, el futbol, el baseball, etc., porque los estadios se parecen cada vez más al Coliseo romano: son reliquias de una época pretérita. ¿Tiene sentido viajar? Pero ¿para qué va uno a gastar en aviones si la ciudad que uno quiere visitar está clausurada? Es la vida humana como un todo, no aspectos a dimensiones o facetas de ella, lo que fue arteramente afectado. En esas condiciones: ¿puede sorprendernos el aumento de la violencia, el incremento en suicidios, la pandemia de las depresiones y de diversos estados sicóticos? Lo más torpe en lo que se me ocurre que podría pensarse es que la culpa de todo recae en lo que para algunos parece ser el sector social odiado por excelencia, i.e., los hombres, a los que hábilmente se les ha convertido en el receptáculo perfecto de toda culpa y toda maldad. Como bien lo enseñó Platón, la fuente del mal es siempre la ignorancia.

A mí me parece que es intuitivamente claro que este paisaje semi-tenebroso que estoy pintando no es el de una situación que podría durar eternamente. La raza humana no lo soportaría ni, por otra parte, es algo que alguien quiera. Poco a poco, a lo largo del siglo se irán haciendo los ajustes que la nueva forma de vivir habrá exigido que se hagan y entonces se entrará en una nueva etapa de estabilidad en la que se podrá volver a ser libre, a intentar ser feliz, etc., es decir, una etapa en la que la vida humana volverá a tener un sentido más o menos definido y más o menos parecido al que alguna vez tuvo.

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