Bertrand Russell – In Memoriam

El 18 de mayo de 1872, o sea, hace prácticamente 147 años, nació en Trelleck, Gales, el gran filósofo inglés, Bertrand Russell. Es un hecho desafortunado que mucha gente que no participa de la filosofía siga sin tener siquiera una pálida idea de quién fue ese gran hombre, pero lo que resulta realmente escandaloso es que lo mismo pase con mucha gente que se mueve en ambientes académicos e inclusive en medios filosóficos! Yo podría dedicarme a llenar estas páginas con datos biográficos o presentar algunos de sus puntos de vista (logicismo, realismo estructural, etc.) para intentar colmar el hueco. Siento, sin embargo, que este no es el sitio apropiado para discutir filosofía y que limitarme a proporcionar datos equivaldría a redactar un texto indigno del hombre cuya remembranza hacemos. Sin duda, habrá que mencionar algunos hechos pero más bien me interesa destacar algunas cualidades de la multifacética personalidad de quien sin duda es el filósofo tradicional más prominente e ilustre del siglo XX. Por qué me refiero a él como un “filósofo tradicional” es algo sobre lo que diré unas cuantas palabras más abajo.

A Russell la vida lo favoreció socialmente desde su nacimiento, ya que lo hizo un vástago de miembros de la nobleza británica, pero sobre todo fue la naturaleza la que lo favoreció al dotarlo con una inteligencia absolutamente excepcional. Esta inteligencia lo encaminó primero por el mundo de las matemáticas y la lógica y muy rápidamente después por el de la filosofía. Russell fue un hombre completo, alguien que se desarrolló en el plano intelectual, como filósofo de primer orden, en el biológico y social, pues se casó en varias ocasiones (4) y tuvo tres hijos (dos con la segunda esposa y uno con la tercera) y en el político (fue anti-monarquista, pacifista, demócrata sin entusiasmo y anti-imperialista norteamericano en su última fase). Quisiera muy rápidamente decir unas cuantas palabras que de uno u otro modo versan sobre estos aspectos de su vida.

Un muy respetable filósofo australiano, autor de un espléndido libro intitulado ‘One Hundred Years of Philosophy’ (‘Cien Años de Filosofía’), viz., John Passmore, dice algo en su recuento de ideas que se me grabó desde la primera vez que lo leí, hace ya unos 40 años. Dice Passmore hablando del primer gran libro de Russell: …

Los Principios de las Matemáticas (1903) dejaron perfectamente en claro por primera vez que una nueva fuerza había entrado en la filosofía británica.

Eso era Russell: una nueva fuerza que, se quisiera o no, habría que tomar en cuenta. Russell escribió más de 60 libros, de calidad variada, muchos libros “orgánicos” y muchas también colecciones de ensayos, pero hay cuatro libros que son, me parece, los fundamentales de su obra. Éstos son:

The Principles of Mathematics (Los Principios de las Matemáticas (1903)),

The Analysis of Mind (torpemente traducido como ‘Análisis del Espíritu’ (1921))

The Analysis of Matter (Análisis de la Materia, 1927), y

Human Knowledge: its scope and limits (El Conocimiento Humano: su alcance y límites (1948)).

Russell escribió también un célebre artículo, “On Denoting” (“Sobre el Denotar” (1905)) que más de uno consideraría como más importante que los otros cuatro libros juntos, pero como no es mi objetivo aquí y ahora entrar en detalles no me pronunciaré al respecto. No obstante, sí ratifico la apreciación general del ensayo mencionado y creo que muy probablemente lo calificaría como el más importante del siglo XX.

Además de filósofo imposible de ignorar, Russell fue también una figura pública y de vanguardia en más de un sentido. Interesado como tantos otros pensadores en la formación del alma, junto con su segunda esposa Russell tuvo una escuela pionera que, por muy diversas razones, terminó en un fracaso. No obstante, que como negocio la escuela haya terminado en un fiasco no impidió que él nos legara por lo menos dos libros con múltiples pensamientos útiles concernientes a la educación infantil. Como a menudo pasa con otros grandes sabios, muchos de los puntos de vista que ahora son lugares comunes eran opiniones extravagantes y hasta revolucionarias en los tiempos en los que él las emitía. Por si fuera poco, Russell fue también un brillante líder de opinión y en más de una ocasión el valor que le adscribía a la libertad de pensamiento y de palabra lo puso en aprietos y le generó graves problemas con autoridades y con diversos grupos de poder. Por razones que daré más abajo, por ejemplo, su protesta (pública, como debe ser para que tenga algún valor)  por la presencia de tropas norteamericanas en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial lo enfrentó al gobierno de Su Majestad, confrontación que terminó en su encarcelamiento. Ciertamente, los meses que pasó en la cárcel no los pasó en las condiciones de los delincuentes del fuero común, pues aparte de noble ya para entonces era un hombre conocido y respetado en su país natal (y no sólo en él), pero lo que sí hizo (y que no muchas otras personas habrían hecho) fue aprovechar su tiempo para escribir un muy bonito libro intitulado ‘Introduction to Mathematical Philosophy’ (‘Introducción a la Filosofía Matemática’). Aunque hubo alguien que se lo criticó ferozmente, y no sin razón, no deja de ser cierto que es una magnífica presentación del logicismo y que, dejando de lado los tecnicismos propios de la temática, contiene algunos ejemplos y algunas frases impactantes que son simplemente inolvidables. Permítaseme dar un par de ejemplos.

Supóngase que alguien oye decir a otra persona que Hamlet era rey de Dinamarca y que alguien más dice que Napoleón era el emperador de los franceses. Cabe preguntar: ¿qué diferencia hay entre el ‘era’ de Hamlet y el ‘era’ de Napoleón?¿Se usan acaso en el mismo sentido y si no cómo se diferencia uno del otro? Nosotros sabemos que Hamlet es un personaje de ficción y que Napoleón era más real que una mole de piedra, pero ¿cómo se les distingue y sobre todo cómo se explica su diferencia ontológica? Parte de la explicación de Russell consiste en decir que “si nadie pensara acerca de Hamlet, no quedaría nada de él; si nadie hubiera pensado acerca de Napoleón, él muy pronto se habría ocupado de que alguien lo hiciera”. Y luego añade: “El sentido de realidad es vital en lógica”. Dicho de otro modo, de los objetos de la imaginación podemos desentendernos, pero no nos conduzcamos del mismo modo con los objetos de la realidad, porque éstos de una u otra forma nos harán entender que están allí y que hay que tomarlos en cuenta, so pena de llevarnos desagradables sorpresas.

No hay nada más fácil, al hablar de lógica, que caer en la tentación de multiplicar entidades y postular nuevos reinos del ser. Eso es relativamente fácil de hacer porque en lógica se trabaja con meras fórmulas a pesar de lo cual se habla de verdad y de falsedad. Resulta entonces normal hablar, inducidos además por la estructura del lenguaje natural, de “hechos lógicos”, de “realidades lógicas”. Desde la perspectiva de Russell, el asunto no es tan simple. Nos dice:

La lógica, yo sostendría, no tiene que admitir unicornios más de lo que puede hacerlo la zoología; porque la lógica se ocupa del mundo real tan en verdad como la zoología, aunque en sus rasgos más abstractos y generales.

Contrariamente a las fantasías desbordadas de muchos lógicos, Russell nos hace el sano recordatorio de que después de todo

Hay sólo un mundo, el mundo “real”.

Esa es buena filosofía de la lógica.

En 1939 Russell se encontraba con su tercera esposa y sus hijos en los Estados Unidos en una gira de trabajo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Obviamente a partir de ese momento no era ni factible ni deseable regresar a Inglaterra, de manera que Russell y su familia se tuvieron que quedar en el país cuya maquinaria de expansión y dominio a nivel mundial estaba ya en movimiento. Su estancia en los Estados Unidos, sin embargo, no fue lo placentero que uno hubiera podido imaginar. Era ciertamente un inmenso y rico país, alejado de todos los problemas que tenían los europeos (bombardeos, hambrunas, matanzas, etc.) y donde, era de suponerse,  habría podido vivir tranquilamente. Pero no fue así. Nunca faltan los fanáticos cuya mayor aspiración es, siendo ellos incapaces de entrar en debates serios, impedir que otros digan lo que piensan. De ahí que al renunciar a un trabajo en California por uno en Nueva York Russell inadvertidamente se puso la soga al cuello. Tuvo entonces que enfrentar un desgastante juicio por toda una serie de calumnias concernientes a sus escritos sobre sexualidad, juicio que le cerró las puertas de la universidad en donde se suponía que iba a trabajar y de todas las demás! De manera que en los Estados Unidos el co-autor de Principia Mathematica no era apto ni para dar cursos de licenciatura! Después de múltiples vicisitudes, escribiendo hasta en revistas de moda para poder comprar comida para su familia, las cosas fueron cambiando y finalmente en 1944 regresó a Inglaterra. La coyuntura en la que se encontró es interesante y explica muchas de las cosas que le sucedieron posteriormente.

Cuando Russell regresó de los Estados Unidos se encontró con una Europa dividida, una división que habría de oficializarse y de llevarse al extremo a partir del famoso discurso de Churchill sobre una “cortina de hierro” dividiendo a Europa en dos, en una clara alusión al “hombre de hierro”, esto es, a Stalin. Y Russell, quizá muy influido por su estancia en los Estados Unidos o por añejas convicciones ya muy enraizadas en él, tomó abiertamente partido por su mundo, esto es, por “Occidente” y desarrolló a su manera su propia campaña anti-soviética. Por ejemplo, apareció en varias ocasiones con el uniforme del ejército norteamericano hablando en nombre de “libertad” y de la “democracia” y en una carta privada que él autorizó que fuera publicada, llegó a sugerir, a la manera de un vulgar consejero de seguridad de la Casa Blanca, bombardear la URSS con armas atómicas si ésta no desistía en su empeño de obtener la bomba atómica, hasta entonces privilegio indiscutido de los estadounidenses. Sin duda alguna como premio a su labor voluntaria de desprestigio del socialismo real, en 1950 le fue concedido el premio Nobel de literatura, dado que no hay de filosofía, que era lo que realmente le hubiera correspondido. El libro por el que recibió el premio fue un libro de los años 30 intitulado ‘Matrimonio y Moral’. Todo esto nos da una vaga idea de cómo era su vida que, aunque no exenta de conflictos (como su tercer divorcio) era básicamente exitosa. Pero falta algo esencial en ella que no hemos mencionado, algo que tiene que ver a la vez con su grandeza, con su gloria y con su decadencia. Ahora bien, para saber a qué aludo tenemos que regresarnos a la segunda década del siglo XX, porque fue en aquellos años que el destino volvió a favorecerlo asignándole la tarea de descubrir, orientar e impulsar al filósofo más trascendental del siglo XX: Ludwig Wittgenstein.

Cuando Russell era indiscutiblemente el intelectual número uno en el mundo británico apareció de improviso un joven austriaco, de unos 23 años (teniendo él a la sazón unos 40), el cual había sido dirigido hacia él para trabajar en lógica por el gran lógico alemán, Gottlob Frege. Se trataba de alguien que había estudiado ingeniería aeronáutica en Manchester y que se había interesado por los problemas planteados en el gran libro de Russell ya mencionado, Los Principios de las Matemáticas y que llegaba a Cambridge justamente para trabajar con su autor. Siendo Russell un miembro distinguido de la crema y nata de la sociedad y de la academia británicas y por lo tanto alguien muy apegado a las reglas de trato, de etiqueta, etc., el encuentro con un recién llegado que hacía preguntas un tanto impertinentes porque no eran tan fáciles de responder, que insistía en discutir después de las clases, algo completamente inusitado, que se presentaba intempestivamente en sus habitaciones del college (!) era al principio sorprendente y después un tanto molesto, sólo que muy rápidamente Russell entendió que se las estaba viendo con alguien realmente excepcional, alguien  como no había otro en Cambridge ni en el mundo académico que él conocía. Ese alguien era Ludwig Wittgenstein. Russell, por  su parte, tuvo la sensibilidad para muy rápidamente detectar al genio y la grandeza para querer verlo brillar, para incitarlo a pensar y casi para pedirle que juntos incursionaran en el mundo maravilloso de la especulación filosófica de primer nivel. Al inicio, naturalmente, su maestro, luego su colega y al final su rival, lo cierto es que el encuentro de Russell con Wittgenstein fue formidable y es difícil no ver en  ello la mano de Dios. Es como si Mozart se hubiera encontrado con Beethoven o Diego Rivera con Miguel Ángel o Aristóteles con Leibniz o César con Napoleón o algo por el estilo. Sin duda este encuentro, que marcó la vida de Russell para siempre, amerita unas cuantas palabras más.

Por alguna extraña razón, muchos han querido ver y siguen viendo en Russell a un ser frío, enteramente racionalista, un lógico imperturbable, una computadora viviente, un individuo si no ajeno sí muy por encima de las pasiones y las emociones de los humanos. Los hechos, sin embargo, le dan el mentís a este cuadro, así como se lo da su hija en su libro My father, Bertrand Russell (Mi padre, Bertrand Russell). Dejando de lado múltiples aspectos de su relación, al final de su escrito ella ya no logra contenerse y como si estuviera gritando a todo pulmón nos cuenta que su papá fue no sólo un super instructor, un maestro, sino también un padre cariñoso, que la cuidó con gran delicadeza y un ser que ella extrañaba con toda su alma. Y yo estoy de acuerdo con ella. Es cierto que Russell era inglés, que era un aristócrata, que era un lógico, un gran pensador, un hombre lleno de intereses impersonales, un visionario, pero también era una persona que, cuando había material para ello, no dudaba en expresar sus emociones y sus sentimientos como cualquier mortal. Y hay una prueba contundente de ello: su relación con Ludwig Wittgenstein, por lo menos hasta su re- encuentro después de la Gran Guerra, en la Haya, en 1919. En dos palabras la historia es esta.

Cuando Russell, con gran perspicacia, se da cuenta de la clase de genio que tiene enfrente, lo que nace en él es, primero, un gran sentido de responsabilidad. Wittgenstein a sus ojos muy pronto dejó de ser un hombre al que se le pudiera a la ligera dejar partir. Entran ellos entonces en la fase de cooperación lógica y filosófica, llevando él todavía (por así decirlo) la batuta, si bien con una mano cada vez más temblorosa. Pero Wittgenstein no era un hombre paciente y muy pronto, actuando en el marco creado por su maestro, lo rebasa y lo que hace es ….filosofía russelliana de mejor calidad que la del propio Russell! Contrariamente a como habría reaccionado la mayoría de la gente, Russell estaba sencillamente encantado. A la hermana de Wittgenstein que lo visita en Cambridge le dice: “Aquí todos esperamos que el próximo gran paso en filosofía sea su hermano quien lo dé!”. Naturalmente, ‘todos’ significa él mismo y por ‘filosofía’ entiende la de él, porque ¿quién más habría podido juzgar el trabajo de Wittgenstein y quién en Gran Bretaña estaba a la cabeza de la filosofía profesional? Independientemente de todo eso, Wittgenstein se desaparece, pues decide primero irse a vivir a Noruega y, al estallar la guerra, se ofrece como voluntario para defender a su país, se enrola en el ejército y parte como soldado raso para el frente. ¿Y qué le pasa entonces a Russell? No se desploma, pero no hay quien lo consuele. Él no sólo sabía que se perdía un hombre absolutamente excepcional, sino que ese individuo era alguien a quien él había llegado a querer entrañablemente, como se quiere a un hijo, alguien fantástico a quien en alguna medida él había ayudado a forjar, quien en algún sentido era también su creación. Y entonces, sin dejar de pensar en su antiguo alumno y amigo, que es como lo describe en diferentes lugares, Russell se vuelve pacifista. Pensándolo muerto, Wittgenstein le inspira la redacción de un libro a la vez hermoso y profundo, injustamente olvidado, que se llama ‘Principles of Social Reconstruction’ (Principios de Reconstrucción Social). En dicho libro, de manera solapada, casi como en clave y comprensible sólo para quienes conocen su vida y lo leen con empatía, Russell da rienda suelta a su tristeza, a su enojo, a su desconsuelo, un desconsuelo no compartido ni comprendido por nadie en Cambridge. Vale la pena citar parte del último párrafo del libro. Dice Russell:

Fue una gran fortuna para mí entrar en contacto como maestro con jóvenes de muy diferentes naciones – jóvenes en los que la esperanza estaba viva, en los que la energía creativa que existía habría realizado en el mundo una parte al menos de la belleza imaginada por la cual vivían. Fueron absorbidos por la guerra, unos de un lado, otros de otro. (…). Alguien debe gritar: ‘No, esto no es correcto; esto no está bien, esto no es una causa santa, en la que la luminosidad de la juventud es destruida y atenuada. Somos nosotros, los viejos, quienes pecamos; mandamos a estos jóvenes al campo de batalla por nuestras malas pasiones, nuestra muerte espiritual, nuestro fracaso en vivir generosamente del calor del corazón y de la visión viviente del espíritu. Salgamos de esta muerte, porque somos nosotros quienes estamos muertos, no los jóvenes que han muerto por nuestro miedo a la vida. Sus fantasmas mismos tienen más vida que nosotros: ellos nos mantendrán para siempre en la vergüenza y en la deshonra, por los tiempos que vengan. De sus fantasmas tiene que venir la vida y es a nosotros a quienes tienen que vivificar.

El texto es obviamente el de una confesión, pero ¿es la confesión de un hombre frío y calculador, de un geómetra de los sentimientos, de un lógico de los afectos? Nada de eso! Lo que se expresa en esas palabras es un auténtico amor de padre pasado por el prisma de una inmensa admiración intelectual por parte del intelectual más grande de Inglaterra. Pero aquí no termina esta saga. Veamos por qué.

Wittgenstein tenía una personalidad muy diferente de la de Russell, pero era simplemente imposible que no se percatara de la calidad y la brillantez de su intelecto. Tan quedó impactado Wittgenstein por Russell que cuando 15 años después de haber dejado Cambridge regresa a Inglaterra lo hace no para visitar a alguno que otro conocido (siendo quizá su más íntimo amigo Maynard Keynes, que no era filósofo), sino con un único gran objetivo en mente: volver a trabajar con Russell. Esa es la única explicación real de su regreso a Cambridge. Pero es entonces que se produce el desastre. Ya lo había dicho Cervantes en su introducción a la segunda parte de Don Quijote: “Nunca segundas partes fueron buenas”. Para cuando Russell y Wittgenstein se vuelven a encontrar profesionalmente el panorama ya había cambiado y las condiciones eran distintas. Russell seguía siendo el filósofo más grande de habla inglesa pero sólo sabía hacer filosofía como lo había hecho siempre, esto es, filosofía tradicional, en tanto que Wittgenstein venía con ideas radicalmente nuevas. Era claro que Russell, alguien celosamente autónomo e independiente, no podía simplemente convertirse en alumno de Wittgenstein y éste no tenía la menor intención de volver a hacer filosofía tradicional. Y entonces se produjo el rompimiento, un rompimiento sin duda doloroso para ambos, pero con una característica muy notoria: nunca se destruyó la mutua admiración intelectual que sentían el uno por el otro. La relación se fue poco a poco envenenando y terminó en una gran animadversión, pero siempre sabiendo ambos perfectamente bien quiénes eran. Todavía hacia finales de los años 40 (Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951), Wittgenstein critica a Russell pero reconoce que  es “asombrosamente rápido”. Así, pues, ni mucho menos era Russell, inclusive a sus 75 años, un filósofo decrépito a quien se pudiera desdeñar.

Y es aquí que tenemos que extraer una moraleja filosóficamente importante: es cierto que filosóficamente Wittgenstein dejó atrás a Russell, pero ello fue factible porque en gran medida Russell siguió generando nuevas ideas que, aunque sea como resultado de la crítica, le sirvieron a Wittgenstein para desarrollar las suyas, así como para perfeccionar su nueva forma de pensar. Sin duda alguna, el Tractatus es mejor que las “Conferencias sobre el Atomismo Lógico”, pero sin Russell no habría habido Tractatus. Las Investigaciones Filosóficas son el libro de filosofía más importante de los últimos tiempos (que cada quien lo calcule como lo juzgue conveniente), pero sin El Análisis de la Mente y sin otros escritos de Russell no habrían sido redactadas. Wittgenstein es el motor, pero Russell la gasolina. Están, por lo tanto, vinculados per secula seculorum.

Muy poco tiempo después de la muerte de Wittgenstein Russell volvió a transmutarse, esta vez como figura pública. Percibiendo con mucha claridad el rol cada vez más nefasto de los Estados Unidos en el mundo, Russell se convirtió, a los 80 años, en un opositor radical de la política norteamericana. Sobre la bestial e injustificada guerra de Corea, descaradamente provocada por el gobierno yanqui, nunca dijo mayor cosa, pero la intervención en Vietnam ya era demasiado. Y entonces, con la autoridad que le conferían 65 años de producción de ideas, algunas de ellas muy importantes, Russell convocó a la gente más distinguida del momento y organizó el famoso “Tribunal de Estocolmo”, el tribunal en el que se juzgaron los crímenes contra la paz, de guerra y contra la humanidad por parte del gobierno de los Estados Unidos. Para poder solventar los gastos, Russell vendió su archivo, el cual fue comprado por la Universidad de MacMaster, de Canadá, la cual desde entonces ha venido editando toda su obra. Ya van 35 volúmenes y están preparando el volumen 36. Es de pensarse que, de haber vivido Wittgenstein, la reconciliación entre ellos habría sido posible.

Bertrand Russell era una especie de hombre del Renacimiento pero también un hombre muy representativo del siglo XX. Era un hombre con genuinos intereses universales, impersonales, objetivos, casi religiosos. La única rama de la filosofía en la que no incursionó fue la estética. Era un iconoclasta profesional, un Voltaire de nuestros tiempos, un pensador profundamente individualista, un hombre que enfrentó con principios y carácter tragedias personales (como la auto-inmolación de su nieta, quien se prendió fuego y murió casi ante sus propios ojos) y que no permitió que entorpecieran o anularan su misión de ilustrado y de guía espiritual. Bertrand Russell estaba muy consciente de situación privilegiada en la sociedad y de la importancia de su rol social. Hay muchos temas en relación con los cuales es probable que sus posiciones hayan quedado superadas, pero en lo que toca a cosas como el respeto por la verdad, la búsqueda del conocimiento, el deseo de ayudar a sus semejantes, el valor por no ceder ante las presiones de la índole que fuera, la honestidad y la probidad intelectuales, su ejemplo es sin duda alguna valioso y perdurable. Y es así y con el inmenso respeto que desde el primer contacto con sus escritos nos inspiró como lo seguiremos recordando.

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