Categoría: 2019-I

Artículos primer semestre 2019

El Sinsentido Común y la Emancipación Social

La verdad es que algo no muy fácil de hacer, salvo quizá para especialistas en las diversas áreas de investigación científica, es acuñar una nueva expresión y (sobre todo) ponerla en circulación. Como insinué, eso es algo relativamente fácil de lograr cuando se trabaja en ciencias como la química, en donde se van construyendo términos yuxtaponiendo las raíces de las diferentes palabras relevantes y se acuña así un nuevo “término teórico”. Los temas mismos en ciencia hacen que sea relativamente obvio qué términos nuevos se requieren; las temáticas mismas los van sugiriendo en función de los requerimientos de experimentación y teorización. Es obvio que es así como se trabaja en ciencias como la biología o la física, pero es igualmente claro que en las humanidades no es tan fácil proceder de esa manera. Casi me atrevería a sostener que en filosofía, por ejemplo, hay gente que pasa a la historia por haber acuñado una expresión atinada. Podría sugerirse que eso fue justamente lo que sucedió con el filósofo norteamericano Saul Kripke, quien pasó a la historia por haber inventado su término técnico ‘designador rígido’. Lo que en todo caso es indiscutible es que en las ciencias sociales no abundan las innovaciones. Por ejemplo, aunque la sociedad contemporánea está estructurada básicamente del mismo modo de como lo estaba a mediados del siglo XIX, de todos modos es obvio que se han producido en ella importantes transformaciones y, sin embargo, no hay una terminología alternativa a la aportada por el marxismo. Seguimos (con razón) pensando en términos de clases sociales, fuerzas productivas, plusvalía, mercancías, etc. Desde luego que el que ello sea así no se debe a que entre los científicos sociales sólo hay gente inepta, ignorante, etc., sino simplemente a que esa terminología es la terminología ad hoc para la descripción  general del modus operandi de la sociedad capitalista. Podemos estar seguros de que no ha sido por falta de ganas que el léxico marxista no ha sido remplazado. La verdad es que sus opositores no han tenido con qué sustituirlo. Es obvio que se le puede enriquecer, pues los cambios de la sociedad capitalista lo ameritan, pero ni siquiera eso han logrado hacer sus acérrimos enemigos. En el nivel de la ideología, parecería que lo más que han logrado aportar los ideólogos del capitalismo es la terminología de los derechos humanos y, sobre todo, la del feminismo y sus derivados, como todo lo que tiene que ver con el uso y abuso de la sexualidad humana. En ese ámbito sí han florecido los innovadores, sí ha habido “progreso”. Por lo anterior es motivo de festejo el que alguien, al intentar explicar fenómenos sociales, se atreva a acuñar una nueva expresión o poner a circular un término que quizá ya “estaba ahí” pero en el que de hecho nadie había reparado todavía y menos aún aprovechado. Y ese es, en mi opinión, el caso de una expresión que yo nunca antes había visto empleada y que me parece potencialmente muy rica en aplicaciones. La vi en un artículo del Prof. Fernando Buen Abad. Él habla en su artículo (y es el título del mismo) de “El Sinsentido Común”. ¿A qué se refiere el Prof. Buen Abad?

La verdad es que si nuestro objetivo fuera simplemente responder de manera escueta a esa pregunta podríamos muy rápidamente sintetizar el contenido de su artículo y con eso ya habríamos contestado, pero a mí me parece que tenemos que aprovechar la oportunidad para investigar un poco sobre el contenido de dicha noción, independientemente ya de la utilización que hace de ella quien la construyó. Posteriormente diré algo sobre el uso que hace Buen Abad de su noción, pero por ahora lo mejor que podemos hacer es, antes de examinar el sinsentido común, preguntarnos qué es el sentido común. El asunto, naturalmente, no es tan simple.

Como todo mundo sabe, el gran filósofo francés del siglo XVII, René Descartes, afirmó que el sentido común era la cosa mejor repartida del mundo. ¿Por qué habría dicho él eso? Su respuesta es simple y es que todo mundo está contento con la dosis que le tocó, esto es, con su dosis de sentido común. Y eso es un hecho: nadie dice: “Lamento no haber nacido con un poco más de sentido común”. Quien dijera eso se estaría contradiciendo, porque al hacer semejante afirmación estaría dando muestras de sentido común. Es como si alguien dijera: “Me habría gustado ser más inteligente”. Al decir eso, la persona estaría dando muestras de que se percata de algo pero precisamente al percatarse da muestras de que no es como ella misma se describe. Un tonto nunca se reconoce como tal! Bien, pero podemos ir un poco más allá y preguntar: ¿qué concretamente era el sentido común para Descartes? La verdad es que él no es del todo claro (Descartes, dicho sea de paso, es un típico caso de pensador de prosa ágil y elegante y de pensamiento turbio y enredado), pero en todo caso él parece identificar el sentido común con la razón y la razón era para él la facultad que tenemos los humanos de distinguir lo verdadero de lo falso. Desde ese punto de vista, el sentido común es una facultad de la mente humana.

Como siempre sucede en filosofía, ninguna propuesta queda sin réplica, por lo que encontramos en la su historia otra forma de caracterizar el sentido común. Sin entrar en detalles, podemos afirmar que ha habido pensadores para los cuales el sentido común es más que otra cosa un sistema de creencias. ¿Qué creencias podrían ser “del” sentido común y qué características tendrían? Creencias así son creencias como las de que las cosas no desaparecen cuando dejo de verlas, que al igual que yo los demás tienen sentimientos y pensamientos (que no estoy solo en el mundo), que el mundo existía antes de que yo naciera y que seguirá existiendo después de que muera (aunque no tenga manera de probar tal cosa, sobre todo en lo que concierne al futuro), que yo no tuve un nacimiento ovíparo sino que (como todo mundo) tuve progenitores, que en las cabezas de las personas hay cerebros y en sus cajas torácicas corazones, que si se le hace un favor a alguien la persona responderá positivamente, etc., etc. Y, por otra parte, habría que decir que las creencias del sentido común tienen por lo menos dos características decisivas: son verdaderas, pero también son obvias. Lo que con esto se quiere enfatizar es que rechazar una creencia de sentido común es no ser normal. Yo añadiría una tercera característica de las creencias del sentido común: se trataría de creencias que son aceptadas o adoptadas (acríticamente, si se quiere) por la inmensa mayoría de las personas. En otras palabras, hay que ser muy raro para poner en cuestión creencias tan básicas. No es improbable que esta forma de entender el sentido común sea controvertible en grado sumo. Veamos rápidamente por qué.

Un problema con la propuesta de ver el sentido común como un sistema de creencias es que de inmediato nos damos cuenta de que, si no matizamos la situación, tendríamos que admitir que el sentido común es claramente inconsistente. Por ejemplo, desde la Edad de Piedra hasta los tiempos de Copérnico la gente pensaba que la Tierra era plana. Esa ciertamente era una creencia de sentido común. A nadie se le habría ocurrido rechazarla. Hasta se le podría haber juzgado por hereje o por bruja en más de un reino si alguien hubiera sostenido abiertamente lo contrario. Esa creencia era vista por todos como verdadera, era obvia y aceptada por todo mundo. Era, pues, parte del sentido común. En la actualidad, sin embargo, una creencia fundamental del sentido común, y a la que se llegó después de mucha investigación científica, es la creencia de que el planeta Tierra es redondo. Se sigue que el sentido común puede albergar creencias que parecen ser verdaderas, que son adoptadas por la inmensa mayoría de las personas, que son obvias y funcionales a la vida social, pero que a final de cuentas resultan ser falsas! Aquí hay un problema. Si así fuera, también la noción cartesiana de sentido común estaría siendo puesta en entredicho, porque tendríamos entonces que reconocer que esa facultad que se suponía que era la que nos permitía distinguir entre lo verdadero y lo falso, falla! Se podría entonces inferir que en realidad no hay tal facultad y que tenemos que encontrar otra explicación de cómo discernimos entre creencias y elegimos las verdaderas antes que las falsas. Pero entonces si el sentido común no es ni una facultad de la mente ni un sistema de creencias, entonces ¿qué es?

Por mi parte, pienso que el énfasis al usar la noción de sentido común debería recaer no tanto sobre las creencias ni en lo verdadero y lo falso, sino ante todo en la acción y en las consecuencias de las acciones. Más que hablar de “creencias del sentido común” habría que decir simplemente de algo (una decisión, por ejemplo) que “es (o no es) de sentido común”. ¿Qué se querría decir con esto? Algo como “sería ilógico hacer (o no hacer) eso”, “estarías actuando en contra de tus propios intereses” y cosas por el estilo. No es tanto que pensemos en contra del sentido común, sino más bien que vamos en contra del sentido común. Esto no quiere decir, desde luego, que el sentido común no tenga entonces absolutamente nada que ver con nuestras creencias, sino sólo que vincularlo a ellas es algo derivado. Como dije, es un asunto de énfasis.

Regresemos entonces a nuestro tema. El Prof. Buen Abad habla del “sinsentido común”. ¿A qué se refiere? Él usa la noción de sinsentido común en el terreno en el que él trabaja, que es el de la política y la ideología. Si su concepto de sinsentido común o las aplicaciones que hace de él son en última instancia coherentes o no es algo en lo que no entraré. Me interesa a mí usar dicha noción, independientemente ya de que coincida o no con lo enunciado por Buen Abad, a quien le reconocemos la paternidad de la misma. Él muy atinadamente vincula la noción de sinsentido común con la irracionalidad y con la profunda (y esencial) injusticia del sistema capitalista y parece sugerir que, para no ser víctimas de otra forma de sinsentido, ya es hora de dejar las explicaciones, acusaciones, análisis, justificaciones, etc., de este modo de vida y pasar a la acción para transformarlo. Pienso que es con razón que señala que la función  de los medios de comunicación y de mucho de la “inteligencia” (i.e., la casta intelectual) consiste en gran medida en adormilar a la población mundial por medio de recetas de “sentido común” concernientes a todo lo que podemos lograr u obtener en forma inmediata o a corto plazo viviendo como lo hacemos, pero sin modificar estructuralmente nada. Lo que entonces se hace es convencer a las personas de las cosas más absurdas que puede haber: por ejemplo, que en América Latina la democracia funciona para el bienestar de las poblaciones, que lo que impera en Venezuela es una dictadura, que la banca sirve para alentar el desarrollo de los países, que los gobiernos están interesados en acabar con el negocio del narcotráfico, que Rusia es la culpable de todos los males del planeta, que el “American way of life” es el modo perfecto de entender lo que es la familia, la amistad, el desarrollo personal, la libertad, etc., e idioteces por el estilo. El triunfo del sinsentido radicaría en que se aceptan mansamente puntos de vista que son totalmente contrarios a los intereses de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, en que se les hace creer dogmas políticos absurdos y se obliga a las personas a vivir en limbos de pensamientos inefectivos, palpablemente falsos, contraproducentes, etc. En todo caso, el mensaje general de Buen Abad es interesante y, yo diría, importante: el reino del sinsentido sólo se acaba en o con la praxis política. Cuando pensamos en los millones de personas carentes casi por completo de conciencia política, hundidos en sus necesidades (objetivizadas) de consumismo, absorbidos por la lógica del sistema, sin imaginación para visualizar cambios y menos aún las consecuencias positivas de los cambios que podrían operarse, nos percatamos de que no va a ser fácil zafarse de las garras del sinsentido.

El artículo de Buen Abad me parece un tanto abigarrado, por no decir ‘confuso’, pero importante en por lo menos dos sentidos. El primero ya lo mencioné y es su mensaje general: al engatusamiento, al embrutecimiento al que se somete a la población mundial, impidiéndole ver quiénes son sus verdaderos verdugos, quienes en forma inmisericorde les extraen día a día hasta la última gota de su trabajo acumulado (i.e., de su dinero), etc., a todo eso se le pone un punto final sólo con la praxis política, con la labor de protesta, manifestando en la acción nuestro repudio por el proceso de esclavización sistemática al que estamos sometidos. Y aquí me refiero a todas las personas con la que uno tiene o podría tener alguna vinculación, porque es evidente que el mundo de los super-ricos no es el nuestro y no es entonces por ellos que hablamos; no son ellos los que nos interesan o nos impactan. En eso, repito, Buen Abad tiene razón. Pero hay otro sentido en el que su trabajo, incipiente, pionero o como se le quiera calificar, es importante y es que es un síntoma muy claro de la clase de insatisfacción que está empezando a apoderarse de la población mundial en su conjunto. Por el momento, el movimiento más representativo en este sentido es sin duda alguna el movimiento francés de los Chalecos Amarillos (Gilets Jaunes). Sin duda éste amerita unas palabras.

Si le preguntáramos al ciudadano mexicano medio (y tengo la impresión de que no sólo mexicano) qué sabe de los “Chalecos Amarillos” lo más probable es que nos diga que nada o, en el mejor de los casos, que se trata de unos revoltosos franceses que están dañando la economía y el turismo de Francia. Obviamente, ese es el resultado de la acción que Buen Abad denuncia: se mantiene a la población mundial ignorante y al margen de las más que sensatas demandas que la población francesa le hace a su gobierno, entre otras razones porque en el fondo todas las poblaciones de los diversos países exigen lo mismo, luchan por lo mismo. ¿Qué quieren los franceses inconformes? Piden para ellos lo que nosotros en México pedimos para nosotros, los mexicanos, por ejemplo, que los impuestos sean progresivos, esto es, que paguen más impuestos los multimillonarios intoxicados de dinero y que el peso del presupuesto no recaiga sobre el ciudadano medio; exigen que se fije un salario mínimo digno, es decir, que no sea como el que prevaleció durante décadas en México (el cual es todavía bajo, pero ha tenido una ligera recuperación gracias a nuestro nuevo presidente), esto es, un salario de peones de haciendas porfiristas. ¿Es acaso mucho pedir? Ellos luchan por que no se sigan adaptando las ciudades a los requerimientos y exigencias de los grandes centros comerciales, que la inversión no sirva para ponerles vías de comunicación, electricidad, etc., en detrimento siempre de los habitantes de la zona; que haya un mismo sistema de seguridad social para todos y que no se especule con dicha prerrogativa ciudadana; que se acaben lo que nosotros llamamos los ‘gasolinazos’, esto es, las alzas brutales en los precios de los combustibles, para beneficio de las multibillonarias compañías petroleras, a cuyos intereses los gobiernos se pliegan; que se indexen los salarios a la inflación: ¿por qué tienen que apretarse el cinturón los ciudadanos por las especulaciones y manipulaciones financieras de los grandes buitres económicos? Pocas cosas hay tan injustas, hablemos de franceses, de mexicanos, de españoles o de italianos! El problema es el mismo en todas partes. Los Chalecos Amarillos pelean también por que se acabe su deuda gubernamental, pero ¿no es esta una causa nuestra también? O mejor dicho: ¿no es esta una causa auténticamente universal? Este es un punto nodal: ¿no es literalmente criminal que porcentajes elevadísimos del Producto Interno Bruto, es decir, de toda la riqueza que produce una nación durante un año, no tengan otro fin que el del pago de deudas infinitas y desde luego totalmente injustificadas?¿No es acaso evidente que hay que modificar drásticamente un sistema de vida que requiere para su subsistencia que un alto porcentaje de la gente no tenga trabajo?¿Por qué en el socialismo real, tan vilipendiado por los medios como incomprendido por la gente, no había desempleo (oculto o no, qué nos importa)?¿Por qué tenemos que convivir todos los días con el espectáculo de cientos de harapientos, de niños demacrados, de seres con hambre que piden en las esquinas unas monedas para pasar el día? ¿Porque “el sentido común” así lo indica y requiere? Los Chalecos Amarillos luchan porque el patrimonio de Francia no se venda ni se enajene y eso concierne a cosas tan diversas como aeropuertos, puertos, ríos, minas, etc. ¿No peleamos nosotros por lo mismo? La diferencia con los genuinos luchadores sociales mexicanos es que unos hablan en francés y otros en español, pero las reivindicaciones populares son las mismas! Son las mismas en Francia que en México que en Argentina que en Colombia, etc., etc., etc. Eso es en lo que el artículo de Buen Abad y su intrigante noción de sinsentido común nos hacen de inmediato pensar. Pero entonces queda claro que es de falta de sentido común no entender que en la actualidad la lucha que une a la gran mayoría de la población mundial, independientemente de sus respectivos niveles de vida, es la lucha contra el capitalismo mundial.

Es evidente que la población mundial es concebida como una presa por los super-ricos, en primer lugar por los banqueros y por los dueños de los grandes monopolios trasnacionales (inversionistas, accionistas, etc.), con el beneplácito o por lo menos la anuencia de los diferentes gobiernos. No hay más que echarle un vistazo a la lista de palacios de la familia Rothschild (véase la página de internet “If Americans Knew” del 4 de julio de este año) para de inmediato sentir un terrible asco moral: todas esas maravillas están pagadas con sangre, con el dinero extraído a los gobiernos y a los particulares de todo el mundo. Hasta ahora, la globalización ha sido aprovechada por los dueños (ilegítimos) del dinero, pero es un proceso que empieza a extenderse a otros sectores y niveles poblacionales. Hay desde luego una diferencia terminológica entre ambos procesos: en relación con el primero hablamos de “globalización”, en tanto que en relación con el segundo hablamos más bien de “internacionalización”. Es difícil en relación con esto no traer a la memoria un pequeño texto clásico, más actual que cualquier manual de econometría, un texto que curiosamente conserva el mismo valor (si no es que éste se incrementó) que cuando fue emitido. Hablando de la Revolución Comunista, afirman Marx y Engels:

“Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.
Proletarios de todos los países: uníos!”.

Si por ‘proletarios’ entendemos ahora ‘ciudadano medio cualquiera cuya vida quedó enmarcada por las imposiciones y las reglas de la sociedad de clases en la que vivimos’, ‘ciudadano cuyos intereses se contraponen a los de los grandes magnates y multibillonarios’, si con ‘Revolución Comunista’ aludimos a la emancipación ciudadana frente a la draculesca banca mundial, si el mundo que se tiene que perder es el de la inseguridad física y económica, el de la vida en los basureros, el de la destrucción sistemática de la naturaleza, el de las castas que se creen divinas y de millones de personas condenadas a sobrevivir, etc., etc., entonces es de sentido común promover y participar en la lucha que hermana a la inmensa mayoría de los seres humanos, ya que no hacerlo sería precisamente incurrir en el sinsentido común y en la más despreciable de las posturas morales.

Objetivos e Ideales

Es un hecho que los seres humanos están acostumbrados a verse a sí mismos como lo más perfecto que hay en el universo, algo así como las perlas de la creación. Es obvio, sin embargo, que así como nosotros observamos y estudiamos, verbigracia, a los animales, en principio también podríamos ser objeto de estudio por parte de seres más desarrollados que nosotros. No es difícil imaginar que, por un feliz azar, seres super-inteligentes llegaran a la Tierra, que resultáramos para ellos criaturas dignas de ser estudiadas y que decidieran entonces observarnos con atención. Sin duda alguna, esos seres extraños pero superiores en inteligencia no dejarían de dividir las actividades de los humanos en dos grandes grupos. Así, por una parte verían que hay pintores, deportistas, políticos, comerciantes, maestros, jardineros, soldados, críticos de arte, investigadores científicos y así indefinidamente pero, por la otra, verían también que hay personas que no tienen un objeto fijo de trabajo sino que más bien trabajan en torno a lo que los otros hacen. Los extra-terrestres se percatarían entonces que hay como dos niveles de acción humana: el de la acción, por así decirlo, directa, el nivel que podríamos llamar de la ‘acción productiva’, y otro que sería el nivel de lo que se podría denominar la ‘acción meditativa’ o ‘reflexiva’. Retomando distinciones clásicas, podríamos referirnos a esas actividades como actividades de primer y de segundo orden o nivel, respectivamente. Así entendidas las cosas es claro que hablar de las actividades productivas de los humanos sería prácticamente aludir a la inmensa mayoría de las personas. No se estaría aludiendo a todos porque, como ellos lo habrían detectado, habría seres humanos que dan la impresión de trabajar de un modo distinto, congéneres que llevarían lo que quizá podríamos llamar ‘vidas reflexivas’. Mediante esta expresión (o alguna equivalente) los imaginarios seres extra-terrestres podrían referirse a esa peculiar actividad consistente en dar cuenta de lo que los humanos hacen cuando se desempeñan en las actividades productivas, esto es, de primer orden (casi dan ganas de decir, cuando realmente trabajan!). Independientemente de lo que se pueda decir al respecto, a primera vista al menos la distinción trazada es comprensible y útil.

Ahora bien, dejando de lado el recurso infantil de apelar a extra-terrestres para identificar, trazar y justificar una cierta distinción laboral, lo interesante de esta última es que pone de manifiesto que los seres humanos tienen al menos dos formas de vivir y tales que, aunque a menudo mezcladas, dan lugar a dos tipos humanos distintos. Es evidente que esas dos formas de ser de los seres humanos no están radicalmente separadas. Las personas participan de ambas en proporciones muy diferentes. Lo que habría que decir entonces es que hay personas más proclives a ser de una forma (i.e., la productiva) que de la otra (esto es, la que llamamos ‘meditativa’), pero es un hecho que en general siempre hay mezclas de tendencias y la verdad es que no podría ser de otra manera. Aquí, sin embargo, nos interesan los prototipos, los tipos humanos en, por así decirlo, estado puro, inclusive si de facto no existen. Son, empero, los modelos mismos lo que nos interesa examinar.

Yo no me atrevería a negar que la distinción “vida productiva/vida meditativa” tiene en sí misma algo de artificial, por la sencilla razón de que es imposible que haya seres humanos que no combinen rasgos o características de las dos formas de ser mencionadas. Por muy cuadrado que sea un ingeniero o por muy engreída que sea una estrella de Hollywood, de todos modos en algún momento pueden tener lo que podríamos llamar ‘momentos de lucidez’ durante los cuales las personas en cuestión se preguntarían sobre asuntos que no tienen nada que ver con sus actividades cotidianas, es decir, se harían preguntas sobre temas como el sentido de sus vidas, la necesidad, utilidad o sentido de seguir amasando dinero en cantidades estratosféricas y vivir para ello, etc., etc., y al hacerlo se estarían automáticamente ubicando en el plano de la meditación sobre sus propias actividades vitales, sobre sus respectivas existencias, independientemente de que sus andanzas en esos ámbitos fueran torpes y poco sutiles. Por otra parte, es también un hecho que quien ejemplifica el tipo meditativo de ser puede de todos modos querer participar en actividades de primer nivel; por ejemplo, alguien así podría querer ser el líder de un grupo político, el organizador de un club, de una cofradía, de un equipo de fútbol, y podría desde luego desear tener y mantener una familia, con todo lo que eso acarrea. De manera que ambas perspectivas en realidad se conjugan y las diferencias entre los humanos, como ya lo sugería, son más bien de grados. Ahora bien, hay casos extremos, que son los realmente representativos, significativos e interesantes. Son esos casos los que nos interesaría contrastar. Sugiero entonces que llamemos a las personas que se ubican básicamente en el nivel de lo productivo hombres con objetivos y a las personas que se ubican en el plano de lo meditativo o lo reflexivo hombres con ideales. Intentemos caracterizar ambos tipos.

¿Cómo es la persona que tiene objetivos, dejando de lado la cuestión de si sus objetivos son alcanzables o no a corto, mediano o largo plazo? El hombre de objetivos es ante todo lo que se llama el ‘hombre práctico’. Es típico de esta forma de ser que tan pronto se alcanzan ciertos objetivos, de inmediato surgen nuevos tras los cuales el individuo en cuestión vuelve a lanzarse. El sujeto se fija objetivos pero éstos tienen que ser realistas, porque de lo contrario estará esforzándose por encontrar medios que no van a dar los resultados esperados. Ahora bien, los fines de las personas de esta clase se fijan casi automáticamente en función de la ubicación de las personas en sus respectivos marcos reales de existencia. Si uno trabaja en una oficina uno querrá ser tarde o temprano el jefe de la misma; si es un jugador de futbol intentará llegar a la selección nacional; si es un policía, él querrá llegar a ser en algún momento jefe del sector o de la ciudad, etc. Independientemente de las situaciones de las personas, la sociedad siempre ofrece objetivos teóricamente alcanzables por todos, aunque de hecho no todos los alcancen. Todo mundo quisiera casarse, tener alguna propiedad, viajar, etc., pero ciertamente no todo mundo obtiene lo que sería sus fin naturales. En todo caso, para individuos de orientación productiva las ideas de progreso o de fracaso son perfectamente significativas: en el trabajo se avanza o no se avanza, se cosechan éxitos o se vive mediocremente y así indefinidamente. Los sentidos de las vidas de la gente productiva son una función del éxito o del fracaso de sus intentos por alcanzar sus metas. La realización de la gente depende si efectivamente logró obtener lo que quería o falló en el intento. Es característico que seres así (i.e., la inmensa mayoría de las personas) jueguen con las reglas de su sociedad, es decir, que incorporen sus valores, que defiendan su estructura y su funcionamiento. Hay principios organizativos y regulativos de la sociedad que al hombre de objetivos ni se le ocurriría poner en tela de juicio, puesto que ello significaría poner en crisis su propia existencia y eso ¿por qué o para qué lo haría? Asimismo, la satisfacción de sus requerimientos existenciales y o espirituales son en general suministrados, por así decirlo, desde fuera. Todo viene ya en paquete: para dudas existenciales, ya hay lista una religión, para inquietudes políticas ya hay credos ideológicos sólidamente establecidos, para devaneos intelectuales hay multitud de modas ideológicas fácilmente consumibles (feminismo y demás). Ahora bien, esta forma de ser que a muchos puede parecer poco atractiva es la vida del hombre “normal”, esto es, la vida del hombre que con su trabajo cotidiano sostiene el mundo. Nada más alejado de mí, por lo tanto, que intentar minimizar o devaluar esa forma de ser.

La vida del hombre de ideales, por otra parte, es marcadamente diferente. Es típico de éste no teer los pies en la tierra, pero ahora entendemos por qué: es por no estar directamente vinculado con los procesos de la vida del primer nivel, con los procesos productivos. Individuos así son de los que, como se dice coloquialmente, “dejan pasar las oportunidades”: les ganas a sus novias, lo engatusan fácilmente si se adentran en el mundo de la política o de las intrigas palaciegas (no manejan el mismo instrumental que sus competidores), no saben hacerse ricos o despilfarran su fortuna porque no logran interiorizar los mecanismos puestos en marcha para ser socialmente exitosos. Pero ello también tiene una explicación: a diferencia de lo que pasa con el hombre productivo que se mueve en función de los fines que se va fijando, el hombre de ideales más que metas concretas se caracteriza por tener una orientación definida en la vida, por moverse en una dirección particular y no desviarse y ello hace que tienda a desentenderse de sucesos particulares. No es que sea tonto, sino que tiene motivaciones especiales. Es casi tautológico decir que el hombre de ideales inevitablemente es en gran medida un inadaptado, alguien que está constantemente chocando con su sociedad, porque contrariamente a lo que pasa con el hombre productivo, el hombre que tiene objetivos, el hombre contemplativo vive en función de intereses que (por así decirlo) yacen fuera de él, que no están directamente vinculados con su particular situación en el mundo. No nos corresponde ni exaltar ni degradar ninguna de las dos grandes formas de ser de los seres humanos. Nuestra tarea consiste simplemente en identificarlas y contrastarlas.

¿Qué relación hay entre estas dos formas de existencia? Es evidente que sin el ser humano productivo, el ser humano reflexivo simplemente no podría gestarse, pero hay una verdad inversa: sin la forma de ser contemplativa la forma de ser productiva se vuelve animal, mecánica, embrutecedora, sin sentido. Si los seres humanos nada más vivieran para trabajar, reproducirse, comer, pasearse, emborracharse, etc., serían meras máquinas vivientes. Afortunadamente no son así y son susceptibles de plantearse interrogantes impersonales y que no son de carácter “productivo”. Lo que es importante entender es que las inquietudes interesantes que los humanos productivos se hacen y que los elevan por encima de la mera animalidad, de una vida puramente orgánica, exigen que otros le dediquen su vida a tratar de responderlas. Así, más que contraponerse resulta que se complementan: muchos seres humanos trabajan, construyen, progresan, etc., pero requieren que otros piensen, mediten, cuestionen y demás para encontrarle el sentido a lo que ellos hacen y, por ende, a la vida humana. A final de cuentas, los contemplativos son tan imprescindibles como los productivos.

Que las formas de ser mencionadas sean complementarias es innegable, pero que el hombre productivo es drásticamente diferente del hombre contemplativo creo que sería ridículo pretender negarlo. Todos sabemos cómo son. Consideremos brevemente a representantes exitosos de cada una de las dos formas de ser. En uno, el productivo, tenemos el prototipo del hombre que triunfa en su sociedad, el que tiene mucho de todo, el que goza la vida intensamente pero también el que no tiene más que objetivos inmediatos, prosaicos, burdos; el otro, el reflexivo, no puede competir con el primero en el terreno de éste, pero puede lograr cosas para el cual el otro es incompetente: él puede comprender, puede dar cuenta de su vida y de la de los demás, no tiene inquietudes irracionales. A uno la vida le fija sus objetivos y el sentido de su vida queda configurado en función de su éxito o de su fracaso en la obtención de sus metas. Para él no hay más. El contemplativo lleva una vida prácticamente mucho más simple, pero es libre de un modo como él otro ciertamente no lo es. El sentido de su vida lo elabora él mismo.

Dijimos que la diferencia entre un prototipo de ser humano y el otro es una cuestión de grados: se es más de una forma que de la otra. De alguna manera, en alguna medida el hombre común (productivo) se hará preguntas que no son de carácter práctico y es perfectamente comprensible que el hombre reflexivo aspire también a tener satisfacciones de orden práctico. Eso es comprensible, pero no impide que de hecho se dé una cierta oposición entre ellos y esta oposición no es una mera diferencia sino que toma cuerpo en líneas de conducta y modos de vivir radicalmente diferentes. ¿Habría que inferir entonces qué el hombre práctico no tiene ideales? Claro que no, pero el punto es que éstos no son trascendentes. Sus ideales son inmanentes a la vida en sociedad, emanan de ella, en concordancia con sus reglas fundamentales y se alcanzan o no en ella. Por otra parte, ¿no es en ningún sentido práctico el hombre de tipo idealista? Desde luego que sí lo es, pero su practicalidad está en última instancia al servicio de sus ideales y de su labor puramente intelectual. Desde el punto de vista del hombre que tiene objetivos, el idealista tiende a ser más bien torpe y aburrido y visto desde la perspectiva del idealista el hombre práctico es ante todo limitado y prosaico.

Lo que no podemos pasar por alto es que muy a menudo lo que tenemos ante los ojos son híbridos insoportables que son hombres con objetivos que pretenden conducirse como seres meditativos y hombres supuestamente de ideales que no aspiran a otra cosa que vivir como hombres prácticos y productivos. De eso, desafortunadamente, abunda. Son los petulantes y los farsantes de siempre. Es lo que tenemos cuando nos las habemos con gente rica o (o y) poderosa que cree que su status social lo autoriza a pronunciarse con firmeza sobre temas acerca de los cuales no está suficientemente preparado y, por el otro lado, con lo que nos topamos es con esos seres despreciables que le han hecho creer a los demás que van por la vía de los ideales cuando en realidad son aspirantes a seres productivos si bien nunca tuvieron ni la oportunidad ni la capacidad de serlo. Se vuelven entonces gente práctica en ámbitos en los que prevalecen y se aplican criterios diferentes de los del mundo productivo. Gente así es lo peor. Son los típicos sofistas que tanto y con tanta razón denostara Platón, los traidores de la modalidad de ser que supuestamente representan. Sin duda alguna, es preferible un ingeniero chato que un “intelectual” engreído o con poder. Estos últimos son seres pseudo-reflexivos pero cargados de ambiciones de carácter esencialmente “productivo”. ¿Se entiende?

No podemos ahora no plantear la pregunta decisiva: asumiendo que seríamos exitosos ya sea como seres productivos ya sea como seres reflexivos: ¿cuál es la línea buena de vida?¿Cómo es mejor vivir? Evidentemente, no hay una respuesta general a priori para dicha pregunta. La respuesta que se dé no puede más que ser enteramente personal y es, por lo tanto, contingente. Lo más que se puede hacer es “justificar” nuestro modo de realización. Por ejemplo, yo en lo personal ignoro qué valor pueda tener mi desempeño pero de lo que estoy seguro es de que me habría sido totalmente imposible llevar una vida de tipo “productivo”. Ambos modos de vida tienen tanto grandes ventajas como inmensas desventajas. La vida del hombre productivo, del hombre que tiene objetivos es una vida intensa, colorida (inclusive si es negra es brillante), variada, la vida de la exaltación de los sentidos, de los placeres sociales, etc. La vida exitosa del hombre de ideales es menos excitante quizá, pero con un nivel superior de comprensión respecto a cuál es su puesto en el mundo, al sentido de su existencia. Permean su vida límites infranqueables respecto a lo que debe y no debe hacer. El hombre práctico en cambio se puede permitir todo y los límites de su conducta se fijan por consideraciones prácticas (represalias de otros, la aplicación de la ley, etc.). La opción, con los matices ya señalados, es entonces entre vida intensa pero sin comprensión o vida con limitaciones pero con claridad y sin miedos irracionales. Un poco el dilema me parece ser: o se vive o se piensa, es decir, o se vive la vida en función de objetivos concretos y alcanzables o le dedica uno su vida a las actividades de segundo nivel corriendo inclusive el riesgo de ser presa fácil de los humanos prácticos sin más restricciones que las factuales. En ambos casos hay que renunciar a algo. Uno más de los dilemas de la vida.

Variedades Temáticas

Necesito empezar este artículo haciendo una confesión: uno de los problemas que más me agobian semana a semana no es no tener algo que decir sobre el tema que elija, sino tener un tema sobre el cual decir algo! ¿Por qué?¿Acaso no se nos satura todos los días con multitud de noticias de toda índole y no hay en los periódicos o en los noticieros un sinfín de temas que pueden dar lugar a algunas reflexiones serias? La respuesta es que el panorama es un tanto engañoso. Nuestro acceso a la realidad política se efectúa vía periódicos y noticieros y éstos son incontables, pero la verdad es que no sería incorrecto decir son obsesivamente repetitivos y que, con algunas excepciones, están momificados. La prensa internacional tiene ya pre-programadas sus clasificaciones: mundo, moda, deportes, política nacional, etc., y hasta dentro de sus grandes rubros ya hay sub-categorías más “especializadas”. Por ejemplo, está la categoría de “noticias internacionales”, pero dentro de esta tenemos rubros como:

a) la intervención rusa en todos los procesos electorales de los países, pero en particular en la última elección presidencial de los Estados Unidos. Cuando uno pregunta cómo tomó cuerpo dicha “injerencia”, las respuestas en general van de la estupidez mayúscula a la mentira descarada. Uno no puede menos que preguntarse si hay en el mundo algún pueblo tan idiota que se deje manipular porque en algún portal le proporcionan alguna verdad que su prensa le oculta. Independientemente ya de la veracidad del asunto, lo seguro es que tenemos para rato y de aquí a las próximas elecciones presidenciales de los USA el año entrante vamos a seguir siendo alimentados con la carroña periodística de la “intervención de Putin para destruir la democracia norteamericana”. ¿Sería sobre esta basura propagandística de la peor calidad que habría que escribir algo?

b) La apología eterna de Israel, la iniquidad de los niños palestinos y el peligro que éstos representan para los tanques y los aviones supersónicos israelíes. Ya se habla abiertamente del “terror infantil palestino” y ya nos sabemos de memoria las justificaciones de los asesinatos cotidianos de niños y jóvenes, en manifestaciones o regresando del trabajo a sus casas. Esta actitud permea prácticamente todos los periódicos más o menos conocidos del mundo occidental. Podemos señalar los vicios de estas presentaciones no meramente tendenciosas sino abiertamente deformadoras de la realidad que se vive en Palestina, pero tendríamos que escribir sobre eso todos los días y ello no es factible. Ya hay un periódico que hace eso y que ampliamente recomendamos (The Electronic Intifada), pero salvo por situaciones que rebasan los límites de lo excepcional no se puede todas las semanas escribir sobre el tema.

c) El heroísmo de los soldados norteamericanos. Así peleen con el mejor armamento frente a gente que está a años luz de disponer de un armamento mínimamente parecido, no digamos ya equivalente, nos topamos en todos los contextos con la exaltación de la brutalidad de los militares norteamericanos. Podríamos hablar de, por ejemplo, la lucha contra el terrorismo de los niños guatemaltecos y salvadoreños que se proponen invadir el territorio de los USA. ¿Tiene mucho sentido pronunciarse sobre hechos que todo mundo sabe que no son como nos los pintan? Como la crisis va a durar mucho tiempo, tendríamos que estar refiriéndonos a ella semana tras semana y ello no es factible.

Si de México se trata, entonces sin duda hay dos grandes rubros que recogen lo que se ha convertido en algo así como el deporte periodístico de moda. Son:

a) el ataque al gobierno del Lic. Andrés Manuel López Obrador o ¿hay algo distinto en los artículos de editorialistas como Loret de Mola?¿No es lo que él escribe la misma gata revolcada una y otra vez? Con toda franqueza: ¿qué interés puede tener leer eso o, peor aún, polemizar con eso? Eso equivaldría a promoverlo, cuando no hay nada que promover en esos bodrios malintencionados. Quien leyó a Loret de Mola una vez ya lo leyó para siempre y no se le puede dedicar tanto tiempo. Es un despilfarro de vida! Comprar su obsesión, discutir su tema se vuelve algo extremadamente aburrido y ciertamente no es para aburrir a nadie (el autor incluido) que uno intenta redactar algunas líneas con cierta regularidad.

b) El segundo tema que ocupa grandes bloques en la prensa cotidiana es el de la crítica sistemática de hombres de Estado que desde la perspectiva imperante resultan ser políticamente incorrectos, como los presidentes Nicolás Maduro y Evo Morales o el líder norcoreano Kim-Jong-un, no hablemos ya del “dictador” Fidel Castro, el único personaje político del que en mi humilde opinión podríamos decir con verdad que de alguna manera su país “le quedó chico”. Lo que en este como en el anterior caso encontramos es una cantidad fantástica de calumnias, desinformación sistemática, ocultamiento de datos relevantes, parcialidad total y descarnada, etc. Se puede discutir el tema una, dos, tres veces, pero la prensa lo hace a diario. ¿Vamos nosotros a seguir su ejemplo?

Claro que no, pero ello tiene una implicación: si es ese el material que los medios de comunicación ofrecen, nos vemos forzados a olvidarnos de los temas, por así decirlo, cotidianos que, como es natural, son temas que de una u otra forma interesan a las personas. Pero con esto justifico de alguna manera mi confesión, a saber, que no es fácil encontrar un tema que sea de interés público y que no sea propiedad privada de los periódicos y noticieros. Y por si fuera poco, en general todo lo que éstos nos reportan es horrible. Mejor abandonemos (por lo menos momentáneamente) los temas “mundanos”. Quizá podamos aprovechar mejor nuestro tiempo y nuestra energía intelectual, valga ésta lo que valga.

Hay una temática que por razones obvias me interesa, intriga y preocupa cada vez más pero que también creo que es de interés general, a saber, la vejez. Es sobre esta cuestión que quisiera meditar un poco y divagar al respecto.

Hay en relación con la vejez multitud de preguntas importantes, pero me parece que si a lo que aspiramos es a un cuadro mínimamente coherente del tema, lo primero que hay que determinar son los enfoques posibles de la cuestión y me parece que hay dos que, básicamente, son complementarios:

a) el enfoque objetivo o externo y

b) el enfoque subjetivo o personal

El enfoque objetivo abarca lo que sobre el envejecimiento y la vejez tienen que decir la medicina (digamos, la biología del cuerpo humano) y la situación social del hombre de edad avanzada, dentro de lo cual incluyo el comportamiento, las reacciones, el trato, etc., que recibe de las personas y las instituciones. Esto último, como es bien sabido, cambia de cultura en cultura y da una idea de lo complejo que es el tema. El enfoque subjetivo concierne más bien a las vivencias de la persona, a sus reacciones frente a los estímulos que la afectan, a su propia evaluación de su vida. Por otra parte, preguntas que exigen una respuesta son preguntas como:

a) ¿cómo caracterizar la vejez? ¿Qué es ser, cuándo se es un viejo?¿Es la vejez un estado puramente físico?

b) ¿Cómo se debería vivir y enfrentar el proceso de envejecimiento?¿Se puede ser viejo y feliz, en cuyo caso, qué o cómo es una vejez feliz?

Intentemos responder a estas preguntas desglosándolas lo más que podamos.

Tal vez lo primero que habría que decir es que tenemos que distinguir entre la vejez y el envejecimiento. La vejez es un estado, el envejecimiento un proceso. Uno se va haciendo viejo, pero eso pasa en un periodo que, aunque ciertamente no rígidos ni nítidos, tiene bordes. En ese sentido, el concepto de vejez es como el de calvicie y lo más absurdo que podría hacerse sería tratar de imponer límites como se le pone al concepto “triángulo”. Con los conceptos que se aplican a la vida no se puede proceder matemáticamente. Consideremos entonces la vejez y el envejecimiento desde la primera de las perspectivas mencionadas.

Para la caracterización de lo que es ser viejo disponemos de criterios científicos. Una persona ya empezó a hacerse vieja cuando empieza a presentar un número cada vez mayor de disfunciones físicas y orgánicas (fisiológicas, neurológicas, etc.). El proceso es obviamente lento y acumulativo. Fueron quedando atrás la vitalidad, la energía, el ímpetu de los años mozos. El viejo es una persona que tiene que ir aprendiendo a vivir de otro modo de como lo había venido haciendo. Ahora hace las cosas más lentamente, sus sentidos se deterioraron (tiene la vista cansada, oye mal, etc.), los músculos se van haciendo flácidos y así indefinidamente. Todo eso es, por así decirlo, objetivamente medible. Ahora bien, el proceso físico de envejecimiento es sin duda una condición necesaria para ser viejo, pero ¿es también suficiente? Ello es debatible, porque paralelamente al envejecimiento físico se lleva a cabo también otro proceso que es la evolución de, por así llamarla, la vida interior del viejo. Por razones obvias, los márgenes del tiempo se modificaron y hay un sentido en el que el límite futuro del viejo se va aproximando al presente hasta que, en la muerte, presente y futuro colapsan el uno en el otro. Pero intuitivamente una caracterización puramente física de la vejez es insuficiente, porque un viejo no es sólo alguien que produce menos testosterona, a quien se le cae el cabello, etc. Esos son síntomas inequívocos de vejez, pero la vejez misma parece ser algo más complejo. La caracterización de la vejez no puede reducirse a un mero deterioro orgánico. Entran en juego factores de otra índole, como mentales y hasta culturales. Después de todo, como ha sucedido con la niñez, se ha caracterizado como “viejo” a personas de  distintas edades, dependiendo de múltiples factores. Por lo tanto, la vejez no es una mera acumulación de años. Hay más cosas que decir al respecto.

Físicamente, el envejecimiento es el proceso que lleva de la última etapa de la madurez a la muerte y la vejez es el estado en el que uno se encuentra mientras dura ese proceso. Se es más o menos viejo. Lógicamente, los primeros o principales o más inmediatos problemas del anciano son físicos: dolores, impedimentos, restricciones, achaques, etc. Pero este es sólo un aspecto del fenómeno de decadencia de la persona. Hay dos más, dignos ambos de ser examinados: la evolución mental del viejo y su situación en el entorno social (familiar e institucional, básicamente)

Como es bien sabido, el Gral. Álvaro Obregón, quien tenía muy buenas puntadas, solía decir que los niños hablan de lo que hacen, los viejos de lo que hicieron y los “tarados” (empleaba otra palabra) de lo que van a hacer. Obviamente, al hablar de los “tarados” él aludía a la gente metida en la política y que hace públicos sus objetivos y sus planes en un entorno en el que mientras mayor sea la secrecía, mejor. A mí me parece que su dicho es acertado en lo que a tontos (en su sentido) y niños concierne, pero en relación con los viejos me parece cuestionable o, mejor dicho, en el mejor de los casos sólo parcialmente verdadero. Es cierto que el anciano tiende a hablar de lo que hizo, de lo que le pasó, de lo que lo impactó, etc., pero también es cierto que su vida mental se va concentrando cada vez más en el presente. Para empezar, la memoria del viejo también languidece, pero lo hace de manera curiosa, porque el viejo tiende a olvidar lo que acaba de pasar, pero en cambio eventos que fueron cruciales en su vida mucho tiempo antes, situaciones que lo impactaron quedaron indeleblemente registrados y es sobre ellos que regresa una y otra vez. La memoria, como bien nos lo recuerda Schopenhauer, es présbita: el viejo no se acuerda de lo que dijo o pasó hace cinco minutos, pero en cambio recuerda con nitidez sucesos cruciales de su vida de niño o de joven que tuvieron lugar medio siglo antes. Pero entonces ¿de qué pasado va a hablar si a menudo ni siquiera se acuerda de que hay que acordarse de algo? Por ello, sostengo, la vida del viejo se concentra cada vez más en el presente. Lo que realmente le importa al individuo de edad provecta es lo inmediato: cómo se va a tapar para no tener frío o calor esta noche, si va a poder comerse ese chocolate que tanto se le antoja hoy, si no le van a gritar o lo van a maltratar ahora que está completamente desprotegido y a merced de otros (la nuera, los nietos, los ingratos, etc.). Después de todo, no siempre elude uno lo que podríamos llamar la “justicia familiar”. Es ese un tema delicado y complejo que merece ser tratado con sumo cuidado, por lo que no ahondaré en él.

Como nadie sabe cuándo va a morir y podemos morir en cualquier momento, salvo en casos excepcionales nadie prepara su muerte. Ni el niño ni el joven ni el hombre maduro piensan en que sus existencias tienen límites y, a decir verdad, no tendrían por qué hacerlo. En esto sin duda alguna Spinoza tiene toda la razón cuando en su famosa Ética – Demostrada según el modo Geométrico afirma que la reflexión del hombre (él habla del “hombre libre”, en un sentido técnico, pero para nosotros su pensamiento sigue siendo útil aunque lo empleemos de otra manera) es siempre una reflexión sobre la vida, no sobre la muerte. Y eso es innegable si por ‘hombre’ entendemos gente joven o inclusive madura, pero la razón es obvia: su horizonte temporal es todavía extenso, es decir, ellos todavía pueden hacer planes, pueden querer volverse a casar y volver a tener hijos, sembrar árboles o seguir produciendo (libros, música, cuadros, etc.). Pero un hombre de 80 años ya no tiene (en general) semejantes aspiraciones. Dadas sus limitaciones físicas y su dependencia vital, su mundo tiende a circunscribirse al aquí y al ahora. Pero precisamente por ello, cuando se está en el flujo de la vida no se piensa en sus últimas etapas. Sería patológico hacerlo. Un joven que en plenitud de forma pasara su tiempo pensando en cómo va a morir sería obviamente alguien con graves problemas mentales. Pero entonces, una vez más, como nadie piensa en la muerte cuando piensa en la vida, nadie prepara su muerte. Pero ¿qué sería preparar nuestra muerte?

Para que la pregunta tenga algún sentido tenemos que interpretarla no como inquiriendo si podemos imaginar algún mecanismo para eludir la muerte. No hay nada más fatuo que eso. La idea de un elixir de vida eterna no pasa de ser una fantasía filosófica semi-aberrante. Por lo tanto, cuando hablo de “preparar nuestra muerte” aludo más bien a un modo de vida, a como se fue en la vida de manera que a final de cuentas uno no haya predispuesto a nadie en su contra, sobre todo si es alguien de quien uno puede llegar a depender en algo, para que cuando uno se encuentre en los momentos últimos de dependencia y a merced de los demás no sea uno objeto de violencia o escarnio. El viejo es vulnerable y ello en más de un sentido. Primero, físicamente, por su debilidad; segundo, porque más que personas de otra edad está expuesto a los más bajos deseos y caprichos de la gente de su entorno. Después de todo, no hay nada más fácil que anteponer los valores, principios, deseos, impulsos y demás de uno a los del viejo (independientemente de que sea el padre, la madre, el abuelo, etc.) y al hacerlo automáticamente se le devalúa. Curiosamente, es muy fácil no incurrir en ello. Lo único que se requiere es querer a la persona y al quererla se antepondrán sus intereses a los de uno en lo que a ella le conciernen, desde luego. Pero por ello, el viejo es particularmente sensible a una peculiar forma de dolor, que es el inmenso dolor que causa la ingratitud. Desde luego que ésta se puede sentir en todo momento a lo largo de la vida, pero en la vejez es particularmente dolorosa, porque ya no hay forma de superarla. Amargarle la última fase de la vida al viejo es muy fácil: basta con ser ingrato. De ahí que lo que el viejo más espera sea vivir su presente de senilidad envuelto en una atmósfera de amor. “No papá, no te levantes: yo te lo llevo!”, “No te preocupes. Duérmete. Dame la mano. Yo aquí estoy contigo!”. Imagino que frases así son música celestial para el viejo.

¿Hay acaso una vejez feliz?¿Su puede ser viejo y feliz? Pienso que es difícil, pero en principio factible. Es difícil, porque la vida del viejo es muy visitada por el dolor. Una persona de edad avanzada que conocí solía decirme, apuntando a sus problemas físicos y a sus dolencias. “La vejez no viene sola”. Así es. Envejecer no es nada más acumular años. La acumulación de años acarrea consigo el deterioro físico con el que de ahí en adelante se tiene que vivir. Los problemas del viejo no tienen curación; para ellos hay sólo paliativos. A pesar de ello, sin embargo, sí creo que puede haber una vejez feliz, pero no quiero con ello decir una etapa de la vida que presupone, requiere o coincide con una situación de bienestar material. Lo material para el viejo es un asunto de segundo orden. Quizá sea mejor ser viejo rico que viejo pobre, pero es perfectamente posible (y de hecho así sucede) que haya viejos pobres más felices que viejos ricos. Negar eso es como pretender tapar el sol con un dedo.

La reflexión sobre la vejez emerge de una cierta necesidad de hacer cuentas, de hacer balances, de evaluar nuestra propia existencia. Aunque rara vez sea así, la etapa de la vejez puede llegar a ser la etapa de la genuina auto-crítica, si bien se trata de una auto-crítica que ya no tiene efectos prácticos. “Hice mal en haberle hecho daño a esa persona. Nunca me hizo nada, pero me caía mal y por eso le arruiné su existencia. Que Dios me perdone!”. Eso podría llegar a decir un viejo reflexivo y que no nada más se mantiene en el ser. El problema es que en general los viejos no son muy proclives a hacer balances de esta clase, que de una u otra forma se hacen, por lo que a menudo son otros quienes terminan haciéndolos por ellos. Son, por así decirlo, sus biógrafos. Preparar su muerte entonces es en algún sentido elegir los datos para la biografía que habrá de narrarse.

¿Cómo se debe envejecer? Yo creo que no hay una única respuesta, pero hay ciertas constantes. Pienso que la mejor vejez exige mucha valentía y la verdad es que no parece haber mucha gente que cumpla con este requisito. Podría sostenerse que el viejo feliz es el que poco a poco fue aprendiendo a, por así decirlo, despersonalizarse, a interesarse cada vez menos por lo que le concierne y cada vez más por lo que pasa en el mundo. Pero esta “propuesta” me parece un tanto fantasiosa, porque interesarse cada vez más por lo que pasa en el mundo, por el futuro de la humanidad, etc., es algo que inevitablemente nos hace caer en el peor de los pesimismos. Nadie nos va a convencer de que después de que muramos los miles de millones de personas que seguirán poblando el planeta súbitamente estarán bien, comerán lo que necesitan, no se maltratarán unos a otros, etc. Y eso, el viejo lo sabe, sencillamente no es cierto. Por lo tanto, es comprensible que una perspectiva así más bien lo inquiete, por no decir lo angustie. Aunque no pueda modificar en nada la realidad mientras uno vive, la idea de dejar todo como está es sofocante. Es imposible no inquietarse por lo que será de los hijos o de los nietos, por lo que será de los vecinos, de la gente del barrio, del pueblo de a lado y de los millones que no conocemos. Despersonalizase, por lo tanto, si bien es laudable moralmente nos genera inquietudes y no es eso lo que el viejo busca. El problema es que la inversa tampoco es particularmente atractiva: aferrarnos a lo nuestro, a nuestras propiedades, bienes materiales de toda índole, nos angustia por igual. ¿Qué va a pasar con mis casas, mis autos, mis caballos, mi emporio? Pasar por eso debe ser un tormento terrible. Infiero que la clave para la vejez feliz es la vida (o lo que va quedando de ella) en un entorno grato. El mundo externo, inmediato o no, poco a poco se va desdibujando. En circunstancias así, el trato afectuoso se vuelve decisivo porque es lo único que puede generar en el viejo la sensación de ser útil y de no haberse convertido (o haber sido convertido) en un mero ornato o, peor aún, en un lastre.

Sin duda alguna, el tema se presta para una disertación de mucho mayor envergadura, pero como aquí tenemos que ponerle un término quizá podamos a manera de conclusión extraer la idea de que forma parte de una vejez feliz dejar de ver noticieros y de leer la prensa. Me pregunto: ¿significará eso que digo que mi proceso de envejecimiento se está acelerando o inclusive que ya estoy hundido en él? Invito al lector que se plantee estas preguntas y a que se dé a sí mismo sus propias respuestas.

El Rostro del Gobierno

Cuenta la leyenda, o más concretamente: cuenta Diógenes Laercio en su célebre obra Vidas, Opiniones y Sentencias de los Filósofos más Ilustres, que para refutar a un filósofo de su tiempo que negaba que el movimiento fuera posible, Diógenes, el cínico, se levantó y se puso a caminar frente a él. No es improbable que de dicha escena haya surgido la bien conocida frase “El movimiento se demuestra andando”. La situación de esta anécdota es muy parecida a la de una discusión que tuvo lugar en el “Club Moral” de la Universidad de Cambridge unos 24 siglos después y en la que el protagonista fue el filósofo inglés G. E. Moore. Éste, para refutar a quienes negaban que el conocimiento del mundo externo es posible, durante su conferencia levantó su mano y apuntando a ella dijo: ‘aquí hay una mano’ e hizo lo mismo con la otra a partir de lo cual infirió que sabía que tenía manos y, a través de una cierta cadena argumentativa, que la posición del escéptico, esto es, de quien niega que el conocimiento humano es posible, es inválida. Si tanto en el caso de Diógenes como en el de Moore lo que ellos hacen (uno caminar, el otro levantar una mano) constituye una refutación de tesis filosóficas (el movimiento es imposible, el conocimiento del mundo externo es imposible) o no es asunto de debate. No quisiera, sin embargo, dejar de señalar que si bien las tesis filosóficas en última instancia son totalmente absurdas, no sólo no es fácil refutarlas sino que se llega a ellas por medio de argumentos a la vez alambicados y sumamente ingeniosos. Como dije, no forma parte de mis propósitos discutir el tema, pero lo que sí quisiera hacer sería aprovechar las anécdotas para extraer de ellas una moraleja importante que se puede aplicar fructíferamente en otro contexto, i.e., uno actual y no filosófico. Así, pues, yo quisiera intentar razonar como Diógenes y como Moore sólo que con otro fin en mente. Mi objetivo es más bien, a través de una descripción de su desempeño, descubrir qué clase de gobierno tenemos. O sea, lo que no quiero es formarme un cuadro de él tomando como plataforma el discurso político, lo que se dice, sino lo que casi (por así decirlo) silenciosamente se hace. A mí me parece que estamos ya frente a un mosaico de hechos que expresan de manera inequívoca cuál es el verdadero perfil de este gobierno y eso es algo que hay que hacer explícito. Ello es importante, porque es sólo si se comprende cabalmente la naturaleza del actual gobierno que podremos tener expectativas realistas acerca de lo que podemos y no podemos, deberíamos y no deberíamos esperar. La clave es dejarnos guiar por los actos de gobierno, no por la ideología.

Ahora bien, lo primero que habría que señalar es que una característica fundamental del actual gobierno es que es un gobierno de cambio, un gobierno que contrasta de manera notoria y profunda con los anteriores, por lo que si queremos captar su naturaleza lo primero que tendremos que hacer es pintarnos un cuadro, aunque sea a grandes brochazos y un tanto burdo, del modo como los gobernantes priistas y panistas nos obligaron a vivir durante más de 30 años y de la situación en la que finalmente dejaron al país. Creo que los mexicanos estaríamos en general de acuerdo con la idea de que la característica fundamental de los gobiernos priistas y panistas, concretamente de la cadena de gobiernos que se inicia con Carlos Salinas de Gortari y que culmina con Enrique Peña Nieto, es (por haberse tratado de gobiernos esencialmente corruptos y anti-nacionalistas) la de haber sistemáticamente destruido la estructura institucional del país. En efecto, después de la tenebrosa era “Salinas-Peña” México quedó prácticamente lisiado desde un punto de vista institucional: no funcionan los servicios de salud, el sistema educativo está destrozado, la moral pública fue prostituida, se instauraron los más odiosos mecanismos para el manejo del presupuesto, se implantaron escandalosas políticas privatizadoras de bienes públicos, políticas desde luego contrarias a los genuinos intereses de la nación, el poder judicial se pudrió casi por completo, se saqueó el país más o menos como si estuviéramos en la época de la conquista sólo que de manera computarizada, etc. Dicho de la manera más general posible, se “privatizó” el Estado para beneficio de unos cuantos grupúsculos que tenían acceso al poder. ¿Cómo se logró semejante hazaña? La clave para entender ese proceso, la columna vertebral de todos esos gobiernos consistió en corromper al país y a su población en todos los sentidos y en todos los contextos. Prácticamente, México dejó de ser un Estado de derecho para convertirse en un país con leyes que se aplicaban cuando se quería, como se quería, dependiendo de quiénes fueran los involucrados y en el que absolutamente todo era objeto de compra y venta: plazas, licitaciones, juicios, playas, minas, recursos naturales, explotación brutal de la población, etc. El resultado neto de todo ese proceso fue que al final del gobierno de Peña Nieto México se encontró en una encrucijada: estábamos en el umbral de la guerra civil, de manera que si hubiera ganado cualquiera de los candidatos del PRI o del PAN (el de este último, dicho sea de paso, o sea, Ricardo Anaya, un auténtico vomitivo humano), “políticos” improvisados, anti-mexicanos e ineptos pero eso sí: expertos en corrupción habrían tomado las riendas del gobierno y en este momento estaríamos hundidos en un conflicto social de amplio espectro y de alta intensidad; o bien se optaba por un cambio, sin que se especificara mayormente la clase de cambio que se podría realizar. Afortunadamente y como guiado por un instinto de conservación el pueblo de México reaccionó y ganó el Lic. López Obrador. Con él del brazo se ganaron también el Senado y la Cámara de Diputados. Esto se logró gracias en gran medida al carisma del candidato de MORENA, a su lenguaje llano pero que tocaba fibras sensibles de la gente, y también al hecho de que el pueblo de México estaba ya agotado, harto y a punto de explotar. Fue gracias a que junto con la presidencia se ganaron las cámaras que el actual presidente puede hoy en día gobernar, porque si las cámaras hubieran quedado en manos de la oposición ésta hubiera sistemáticamente bloqueado toda reforma, independientemente de cuán benéfica fuera para el país. El presidente habría tenido que gobernar a base de decretos y la situación sería mucho más complicada de lo que es hoy.

Naturalmente y como era casi obligado que pasara, el nuevo gobierno llegó envuelto en una retórica no revolucionaria, pero sí reivindicatoria. Y esto generó en múltiples grupos de ciudadanos que lo apoyaron muy variadas esperanzas. Hay desde quien vio en el Lic. López Obrador simplemente a la persona que le aseguraba que recibiría a tiempo su modesta pensión o su beca hasta quien lo vio como el descendiente político del Che Guevara. Ambos extremos son palpablemente errados. Tenemos entonces que intentar dilucidar qué clase de gobierno realmente tenemos aquí y ahora y para ello queremos atenernos no a la inevitable demagogia politiquera sino a los hechos, a las decisiones. Y queremos saber esto porque queremos tener una idea clara de en qué dirección se mueve el gobierno y cuáles son sus límites naturales. Sin embargo, para poder responder a estas inquietudes habrá que hacer algunos recordatorios básicos y algunas enmiendas.

Es parte esencial del discurso oficial el presentar a este gobierno como el gobierno de la “cuarta Transformación”. Confieso que a mí no me salen las cuentas y, operando con las mismas categorías, yo presentaría a este gobierno de otra manera. Revisemos rápidamente los datos. Estamos de acuerdo en que la primera transformación se logró con la independencia frente a los usurpadores españoles, esto es, cuando México dejó de ser la Nueva España. Podemos aceptar también que la segunda transformación fue la que tiene como emblema al gran presidente Don Benito Juárez. Es con él realmente que México adquiere una identidad reconocible. También podríamos aceptar que con la Revolución Mexicana se habría materializado una tercera gran transformación del país. ¿Quién podría negar que en efecto así fue? El problema es que entre la Tercera Transformación y el cambio que encarna el gobierno actual nuestro país sufrió una transformación especial, peculiarmente dañina, una (por así llamarla) ‘anti-transformación’ o, quizá mejor, una ‘retro- transformación’. Esta que habría sido la Cuarta Transformación se declaró (en el sentido en el que decimos que se declara, por ejemplo, la varicela que hasta entonces se ha venido incubando) cuando los más saludables efectos o consecuencias de la Revolución Mexicana se debilitaron y empezaron a ser puestos en cuestión, cuando se inició en forma descarada la política de la desnacionalización en gran escala, cuando la política se convirtió en la profesión del auto-enriquecimiento ilícito, en la práctica del saqueo de la riqueza nacional, etc., y que coincide precisamente con el detestable periodo “Salinas-Peña”. Cabe preguntar: ¿en qué consistió dicha retro-transformación?¿Cuál es su peculiaridad, su marca registrada? Ya lo dijimos: la cancerización de la institucionalidad nacional, en todos los niveles y en todos los contextos. Lo que durante esos 5 sexenios (Salinas-Zedillo-Fox-Calderón-Peña) se hizo fue literalmente arruinar a la nación, abandonar a su suerte a millones de mexicanos (quiero decir a niños, mujeres y hombres), inocular a la población con inmoralidad y pudrir el entramado institucional del país de manera que éste se convirtió en un país en donde habrían de reinar la impunidad, el latrocinio, la pauperización global, la inseguridad, etc. Ese es el legado, que por ningún motivo debemos olvidar, del priismo y del panismo y es justamente en contra de ese legado que se define en primer término el gobierno del Lic. López Obrador. Pero si esto es así, entonces lo que estamos viviendo no es propiamente hablando una “transformación”. Si lo que hemos dicho no es desacertado, entonces el actual gobierno es ante todo el gobierno de la reconstrucción nacional y ello en todos los sentidos de la palabra. Y se sigue de lo que he afirmado que la clave para la reconstrucción es la lucha contra la corrupción. Esa lucha representa o encarna el sentido último de este gobierno, puesto que acabar con la corrupción es permitir que México florezca. Acabar con la corrupción, sin embargo, no es una tarea fácil de acometer y hay condiciones que se tienen que satisfacer para que pueda llevarse a cabo con éxito, inclusive si dichas condiciones entran en conflicto, aparente o real, con el lenguaje político ahora imperante.

Así, pues, y en concordancia con lo que afirmamos al inicio, la mejor forma de conocer el verdadero rostro de este gobierno es examinando sus acciones y reacciones, no su retórica. Y en este punto hay que distinguir entre las acciones generadas por un proyecto adoptado desde hace ya mucho tiempo y las reacciones provocadas por el choque con la realidad. Yo pienso que, después de medio año de haber entrado en acción, este gobierno tuvo ya los suficientes encontronazos con el mundo real de manera que sus reacciones y posicionamientos revelan de manera inequívoca su naturaleza última. Ha sido a través de choques con los hechos del mundo que el gobierno ha venido delineando su perfil y ahora lo tenemos frente a nosotros tal como realmente es. Es muy importante determinar cómo se relacionan la política gubernamental real con la ideología enarbolada, con los mensajes políticos gracias a los cuales se llegó al poder y con la imagen que la gente muy probablemente se formó de cómo sería y qué representaría el nuevo gobierno porque, hay que decirlo, es altamente probable que, una vez desglosados los hechos, se sufran fuertes desilusiones. Intentemos explicar esto.

Es evidente que el primer gran duchazo de agua fría para este gobierno, la primera gran sacudida que le puso los pies en la tierra se produjo cuando se tomó conciencia de que simplemente es imposible hacer funcionar este país si el gobierno está en pugna permanente con las cúpulas empresariales y con quienes manejan los grandes capitales nacionales. Afortunadamente, también los grupos económicamente poderosos entendieron que estar todo el tiempo hostigando al gobierno y dificultando sus acciones podría muy pronto llevar a una situación de peligro y de potencial desastre para ellos mismos. Se entendió entonces que una cosa es la confrontación ideológica, sobre todo en periodos electorales, y otra el manejo de los aparatos de Estado, la gobernanza cotidiana, el funcionamiento económico de la sociedad. Ahora bien, esto no significa que el gobierno haya claudicado ideológicamente, ni tendría por qué hacerlo, pero lo que sí es claro es que, si lo que se quería era que el país se pusiera en marcha, la relación entre el gobierno y los representantes de los grandes grupos económicos mexicanos tenía que cambiar. Y la mejor prueba de que ello fue precisamente lo que se produjo es el acuerdo firmado la semana pasada entre el gobierno y las cúpulas empresariales. Lo que se firmó equivale no sólo a un pacto de no agresión, sino a un pacto de cooperación y mutuo apoyo. Y eso no está mal ni es anti-nacional: el gobierno le garantiza a los inversionistas (mexicanos y extranjeros) la estabilidad jurídica que ellos requieren y los empresarios garantizan las inversiones en el país, con lo cual se le da solidez al mercado de trabajo, se refuerza la moneda, se apoyan las exportaciones, etc. Eso es ciertamente algo que le conviene a las dos partes del convenio y, por consiguiente, a la población en su conjunto. Lo que sí tendría que quedarles perfectamente claro a los empresarios es que también ellos tienen que participar en la gran faena nacional que es la lucha contra la corrupción, el objetivo supremo de la política del actual gobierno. Si los empresarios nulifican, boicotean, critican, bloquean la lucha del gobierno en contra de la corrupción, si aspiran de nuevo a gozar de privilegios injustificados, a incurrir en prácticas ilícitas para obtener ganancias ilegítimas, etc., entonces no le quedan más que dos posibilidades a este gobierno: o cede y entonces el gran proyecto de reconstrucción queda anulado o se radicaliza y entonces empezaría lo que podríamos llamar la ‘Sexta Transformación’. Sinceramente, no creo que los dirigentes en el mundo empresarial sean tan miopes políticamente hablando como para forzar al gobierno a que se encamine por esta segunda vía.

Un segundo frentazo con la realidad padecido por este gobierno y que nos hace entender cómo se configura lo constituyó el primer enfrentamiento serio con la administración Trump, esto es, el concerniente a las olas de inmigrantes centroamericanos (éstos no son los únicos migrantes, pero sí el grupo más importante). Después de discusiones serias con el staff político norteamericano, yo diría que ya le quedó claro tanto al presidente como a los miembros de su gabinete que no se puede lidiar con la administración norteamericana a base de frasecitas vacuas de tipo “paz y amor”, “no queremos problemas ni conflictos”, abrazándonos de los hombros, declarando a derecha e izquierda que queremos ser buenos vecinos, etc., y que con el gobierno americano no va a ser posible hacer política a la mexicana, esto es, manteniéndose en el auto-engaño, tratando de tomarle el pelo al adversario, jugando a hacer tiempo y practicando el gatopardismo. El presidente D. Trump explícitamente les espetó que para ellos la política no es un asunto de mera verborrea (¿acaso no es Fox el prototipo del presidente verborreico?), de palabrería inútil, sino de toma de decisiones y que no están jugando. Eso tuvo que haberles abierto los ojos a los mexicanos en un sentido muy preciso: si el actual gobierno pensaba que podía tranquilamente desarrollar la política que tenía más o menos diseñada dado que a final de cuentas se trataría de una política interna y para consumo nacional, sin inmiscuirse en los asuntos de otros países, etc., de seguro que el drama de los indocumentados (recurriendo a una bien conocida frase de I. Kant) ya los “despertó de su sueño dogmático”. Yo creo que ya quedó claro para todos que los Estados Unidos son un factor a tomar en cuenta en lo que concierne a la política interna de México. Simplemente no se les puede ignorar ni para aplicar las leyes, ni para modificar la constitución. El problema es que aquí ya no hay un pacto posible (inclusive si hay acuerdos). Aquí lo que se necesita, por lo tanto, es re-pensar radicalmente la política frente a los vecinos del norte de modo que la nueva política exterior de México contraste marcadamente con la política exterior de los gobiernos de la era de la corrupción. Así como el sentido de realidad llevó al gobierno a pactar con la clase pudiente a cambio de que se sume a una lucha frontal en contra de la corrupción, el mismo sentido de realidad tendría que llevar a este gobierno a delinear una nueva política de dignidad, de defensa de nuestra autonomía frente al Estado norteamericano, de soberanía nacional. Aquí no es la corrupción lo que está en juego (o no sólo ella), sino valores primordiales como la independencia y la seguridad nacionales, el futuro del país, valores y principios que los gobiernos podridos de antaño arrojaron al cesto de la basura. Dado que por lo menos desde Miguel de la Madrid, los gobiernos panistas y priistas nos acostumbraron a que la actitud correcta era la de postrarse de manera abyecta y deshonrosa frente a los USA, el nuevo gobierno tiene que mostrar que puede implementar una política exterior notoriamente diferente deslindándose de la actitud servil y humillante de los gobiernos pasados. Al igual que en relación con la política interna, se tiene que dar un cambio radical en lo que a política externa atañe.

Si lo que hemos dicho es correcto, entonces son dos los ejes primordiales, esenciales o definitorios del actual gobierno: la lucha contra la corrupción y la lucha por la autonomía frente a los Estados Unidos. Es mucho. La lucha contra la corrupción es la columna vertebral de este gobierno, pero también es algo que a mediano y a largo plazo le conviene a todos. Sin duda alguna, si el gobierno del Lic. López Obrador logra su cometido y alcanza sus metas se vivirá en México desde un punto de vista material mucho mejor, en una sociedad un poquito más justa y eso es un objetivo inatacable. El otro eje es la liberación frente a la política imperialista de los Estados Unidos tal como la practican ellos en relación con México. Aquí de lo que se trata es de recuperar el honor, el respeto por parte de los gobiernos de otros países y sobre todo de las administraciones norteamericanas, acostumbradas a tratar a los mexicanos como criados, que fue como los gobernantes priistas y panistas permitieron que se nos tratara. ¿Alguien podría estar en contra de la política del actual gobierno? En todo caso ningún mexicano consciente políticamente.

Lo anterior, sin embargo, tiene una consecuencia que para más de uno podría resultar un tanto decepcionante. Se sigue de lo que hemos dicho que este gobierno nunca pretendió ser, no es ni será un gobierno socialista. Este gobierno no está interesado en modificar las leyes de propiedad, en redistribuir la riqueza de otro modo que no sea jugando con las finanzas y los impuestos, en implantar una nueva reforma agraria, etc. Un gobierno socialista sólo podría venir como consecuencia de la ruptura frontal y radical con los sectores económicamente fuertes y porque éstos hubieran fallado a su palabra (o a su firma). Por ahora, lo que es importante es entender qué se requiere para que el actual gobierno se mantenga dentro del marco político real y para que no traspase sus propios límites, lo cual podría suceder si alguna de las partes no cumple con lo que le corresponde.

Para que la política del gobierno tenga probabilidades de éxito, el presidente tiene que dar muestras de haber asimilado las lecciones de la historia y de la teoría política. Yo pienso que tiene ante sí dos tareas inmediatas cruciales. Por un lado, le guste o no al gobierno y a los hipócritas de siempre, se tiene que reconocer que el pueblo necesita y tiene derecho a ciertas satisfacciones de carácter político. Para no divagar: el pueblo quiere ver a pillos y maleantes de cuello blanco efectivamente castigados, metidos a la cárcel, condenados a muchos años de prisión y con sus mal habidas propiedades expropiadas. Esa es una lección maquiavélica que sólo los neófitos podrían pretender ignorar. No se trata en este caso de usar gente, puesto que ello no se necesita: el país está plagado de malandrines de alto nivel. Hay que cumplir con esa labor política. Urge! Y, en segundo lugar, y esta lucha será sin duda alguna el hueso más duro de roer para el actual gobierno, se tiene que higienizar, desinfectar el poder judicial. Ese es el gran reducto de la reacción, el gran nicho oficial de la corrupción. Si no se logra destituir, meter a la cárcel, inhabilitar a muchos de los jueces venales, corruptos, vendidos, comprables, negociantes de la justicia que pululan en el país, la gran Quinta Transformación que estamos viviendo pasará a la historia como un corto periodo de breves convulsiones sociales e ilusiones pasajeras.

Peligros a la Mexicana

No cabe la menor duda de que México es, en más de un sentido, un país peligroso. Iniciemos entonces nuestra veloz disquisición preguntando: ¿en qué sentido es acertado afirmar que México es un país peligroso? Bueno, está en primer término el sentido evidente de peligro físico al que están sometidos cotidianamente millones de compatriotas. Todos los días nos enteramos y somos de una u otra forma testigos de asaltos, atracos, asesinatos, robos, secuestros y demás. Sumamente indignantes, por ejemplo, son las escenas de asalto en los autobuses a gente modesta que se desplaza temprano para ir al trabajo y a quienes no sólo les arrebatan sus teléfonos celulares, les quitan el poco dinero que llevan y que estaba destinado para comer fuera de la casa, para comprar útiles escolares a los hijos, etc., sino que además son insultados, golpeados y humillados por gentuza de lo más repugnante que pueda uno imaginar y que en algún sentido se conducen como seres que están entre los límites de lo humano y lo no humano. Así, pues, que México es peligroso en este sentido sería absurdo negarlo. Por otra parte, es obvio que también política y económicamente México está en una situación de peligro permanente: nuestra incipiente democracia es sistemáticamente atacada, boicoteada, bloqueada por fuerzas retrógradas y en el fondo anti-populares y anti-nacionales. Asimismo, nuestra estabilidad económica pende todo el tiempo de un hilo. Con un simple twitter del presidente de los Estados Unidos la moneda mexicana se derrumba y se devalúa un 20 % en un par de horas. Así, pues, esos sentidos de ‘ser peligroso’ o de ‘estar en peligro’ son reales, pero no son en los que yo quisiera concentrarme. Yo más bien querría ocuparme de una clase muy especial de males que ciertamente afectan al país y que aunque tienen consecuencias factuales sería más conveniente quizá denominarlos ‘peligros conceptuales’. Permítaseme para ello, sin embargo, hacer primero un par de aclaraciones.

No voy a entrar en detalles técnicos en primer lugar porque no es necesario hacerlo y, en segundo lugar, porque no deseo aquí y ahora discutir filosofía. No se sigue, sin embargo, que no sea indispensable hacer un mínimo de aclaraciones que, si se quiere, se les puede calificar como ‘filosóficas’. Así, es un hecho que a menudo hablamos de conceptos pero también muy a menudo la gente no sabría explicar lo que dicha palabra quiere decir. Y eso es comprensible, porque preguntar ‘¿qué es un concepto?’ es, por razones en las que no entraré, tomarle el pelo a la gente. De lo que deberíamos hablar sería más bien de adquisición de conceptos. Una pregunta pertinente es entonces: ¿cuándo decimos de alguien que ya interiorizó, que ya adquirió, que ya hizo suyo un determinado concepto x? La respuesta es simple: cuando la persona en cuestión usa la palabra ‘x’ de manera correcta y reacciona frente a su emisión por parte de otros en la forma apropiada. Por ejemplo, decimos de un niño que ya maneja el concepto de perro si cuando se le pregunta qué es un perro él señala al perro de la casa o si le preguntan cuál es el perro y él distingue entre el perro y el gato y así indefinidamente. De igual modo, alguien tiene el concepto de azul cuando trae el objeto azul que le piden y no el verde o el rojo, cuando apunta al cielo si le piden que indique algo azul, etc. Podemos deducir de lo anterior que tener un concepto es una habilidad tanto lingüística como extra-lingüística; tiene que ver tanto con el lenguaje como con la acción. Estoy seguro de que el lector ya habrá inferido que si alguien tiene problemas conceptuales su acción será ineficiente, errática, etc., y que su pensamiento será, por así decirlo, chueco o ilógico. Veamos ahora a dónde nos conducen estas observaciones.

Yo no me atrevería a decir que las confusiones conceptuales que agobian a los mexicanos se deben a alguna deformación de nuestra facultad del lenguaje, por lo que me limito a partir del hecho innegable de que hay entre nosotros mucha gente proclive a cometer errores en los usos de las palabras y, por lo tanto, a generar (y padecer) lo que no podemos identificar de otra manera que como “confusiones conceptuales”. En México, en efecto, se establecen asociaciones lingüísticas que son francamente torpes, declaradamente erróneas y que, por consiguiente, sistemáticamente se promueven líneas de acción incongruentes. Hay, además, algunos conceptos en especial que se prestan a este juego turbio de aplicaciones lodosas de palabras que lo único que logran es generar titubeo e inacción.

Nadie consciente (pienso) se atrevería a negar que el concepto de derechos humanos es un concepto de estos que se prestan a la más descarada de las manipulaciones. En su nombre, huelga decirlo, se cometen toda clase de acciones injustas, torpes y contraproducentes. Ilustremos esto. Yo diría, por ejemplo, que un criminal es una figura esencialmente pública. A mi modo de ver, por lo tanto, es importante que a la gente se le conceda la posibilidad de identificar al delincuente, por ejemplo para poder reconocerlo y contribuir así a que el proceso de impartición de justicia sea más completo. El problema es que para poder identificar a un delincuente se necesita conocer el nombre y por lo menos tener la oportunidad de verle el rostro. Pero ¿qué se hace en este país (y hasta donde sé sólo en este país)? Los demagogos de la nueva estirpe, los engatusadores del pueblo, los grandes “defensores” de los derechos humanos ya lograron hacerle entender a las autoridades que mostrar el rostro, digamos en televisión, de un criminal y dar su nombre en la prensa constituyen una tremenda violación de los derechos humanos del delincuente! Y ¿qué se hace entonces? En la televisión se le tapan los ojos al malhechor y en la prensa se pone su nombre con “N”. El resultado neto es que nos dan las noticias y nos quitan la mitad de la información. Así se procede en este país, porque aquí la idea de derecho humano quedó totalmente (por así decirlo) desfigurada y entonces de facto cuando se le emplea sirve para proteger no ya a las víctimas de los delitos como a sus perpetradores. En verdad, parecería que la noción de derechos humanos resultó demasiado complicada para la psique nacional. Así, el mal uso de una expresión genera un enredo conceptual y eso da lugar a una práctica periodística y policíaca abiertamente torpe y contraria a los intereses de la población, porque le recuerdo a los grandes (pseudo)apologistas de derechos humanos (de los delincuentes) que al actuar como lo hacen violan el derecho que la población tiene de acceso a la información.

Otro caso patético de confusión conceptual que afecta de manera muy lacerante a la población es el de los delincuentes que son menores de edad. En este caso se mezclan de manera vaga ideas de diversa índole con consideraciones jurídicas con lo cual se adaptan las leyes a los casos particulares. Por ejemplo, en México se imponen castigos diferentes para uno y el mismo delito, lo cual se puede hacer sólo sobre la base de aplicaciones absurdas de conceptos. Así, si violan y matan a una mujer de, digamos, 25 años: ¿qué diferencia hay para la víctima y para sus familiares el que quien (o quienes) cometió o (cometieron) el agravio tenga(n) más de 18 o menos de 18 años?¿Cómo consuela a los padres el hecho de que quienes atentaron en contra de su hija eran jóvenes de, digamos, 16 años? ¿Los tranquilizaría y les reduciría su dolor enterarse de ello? En otras palabras, se juzga una acción en función de la edad de quien la cometió. A mí eso me parece intelectualmente inaceptable. A los delincuentes menores de edad en nombre de los derechos humanos se les aplica otra ley, esto es, una ley ad hoc que no es la prevista para la clase de delitos como el mencionado. De manera que un asesino convicto de 16 años de hecho no es tratado como lo que es, i.e., como un asesino, y es hasta función del ministerio público velar por sus derechos ya que se trata de un “menor”! Yo pregunto: ¿es esto un punto de vista coherente? En este caso, una idea ridícula de lo que es impartir justicia y una noción demencial de derechos humanos conducen a una práctica judicial que afecta directa y negativamente a quienes son víctimas del bandolerismo en cualquiera de sus modalidades. Desde mi perspectiva, las leyes no están hechas a la medida de las personas sino que se supone que por medio de ellas se tipifican acciones y son éstas las que se evalúan para imponer sentencias. Si al momento de tipificar la acción la edad no aparece, ¿por qué entonces habría de ser posteriormente un factor a considerar? El delincuente violador en su acción es adulto, pero en su condena es “menor de edad”, es un “niño”. Aquí, yo sostengo, estamos en presencia de una contradicción la cual no tiene otro origen que el de incomprensiones de la lógica de diversos conceptos.

El concepto de derechos humanos es, como ya lo insinué, una fuente inagotable de confusiones conceptuales y, por ende, de prácticas insanas y anti-sociales. Que quienes se auto-proclaman defensores de derechos humanos no tienen claridad al respecto y que cometen un error de pensamiento casi infantil es algo no muy difícil de hacer ver: toda su hazaña consiste en usar el concepto de derecho humano de exactamente el mismo modo como se usa el concepto de derecho positivo. No voy a volver a dar cuenta de las diferencias entre uno y otro y por qué es un error fundirlos, pero para contribuir al esclarecimiento del tema no estaría mal que estos grandes luchadores sociales nos dieran una lista concreta de derechos humanos. Se vería entonces que lo que dan o son derechos ya reconocidos en la constitución o en los diversos códigos o no son derechos en lo absoluto sino en todo caso algo así como presuposiciones del derecho y obviamente no son lo mismo. Los derechos, por ejemplo, son el resultado de convenciones, las presuposiciones no. El concepto de derechos humanos fue introducido en conexión con el de violación de derechos, no con la idea de derechos especiales. La gente piensa que porque se habla de violaciones de derechos humanos entonces tiene que haber derechos humanos y ahí está el error. De manera que una confusión concerniente al concepto de derechos engendra un sinfín de problemas que tienen repercusiones prácticas muy serias.

Desafortunadamente, la noción de derechos humanos no es la única fuente de los peligros conceptuales que nos afectan a diario. Considérese el control del tráfico en la Ciudad de México. Yo creo que no hay una expresión más apropiada para referirse a él que “Es de locos!”. Desde que quien como nadie le sacó provecho a la Ciudad de México, o sea, el antiguo Jefe de Gobierno de la ciudad, Miguel Ángel Mancera (sin cumplir, por si fuera poco, con ninguno de los grandes programas de gobierno con los que estaba comprometido, lo cual fue una puñalada a los habitantes de la capital) impusiera su tristemente célebre “Reglamento de Tránsito”, el tráfico vehicular de la ciudad simplemente se desquició y va de mal en peor sólo que quienes lo siguen imponiendo no parecen darse cuenta de los graves problemas que causa. Aquí claramente se confundió la idea de “controlar el tráfico” para poder agilizarlo con “controlar el tráfico” para controlar a los conductores, y en época de Mancera para sacarles a estos últimos todo el dinero que fuera posible. Ante los problemas que causa el tráfico lento (tiempo excesivo en los autos, dolores de cabeza, horas de trabajo/hombre perdidos, exposición a asaltos, consumo innecesario de gasolina, etc.), mucha gente valientemente optó por recurrir a la bicicleta o a la motocicleta. Ello es muy laudable sólo que a los mandamases de la ciudad se les olvida que las calles, las calzadas, las avenidas, las vías rápidas y demás no se hicieron para quienes usan bicicletas: se hicieron ante todo para los autos particulares (que en México son ya casi 5 millones). Ello, sin embargo, no es arbitrario: vivimos en una sociedad organizada en función de la propiedad privada y por lo tanto el transporte privado es el que cubre la mayoría de las funciones de movilización personal. Por lo tanto, la reglamentación del tráfico vehicular debería girar en torno a él, para facilitarlo, no al revés. Desde luego que se puede y se debe imponerle limitaciones o restricciones de diversa índole al uso de los autos, pero lo que es absurdo es invertir los papeles y subordinar el gran transporte vehicular que es el de autos (y que es colectivo, aunque sea privado) al transporte individual de unos cuantos que se desplazan en bicicleta! El resultado ha sido convertir el desplazamiento de las grandes mayorías en un infierno, sobre todo a determinadas horas del día, algo que además termina por afectar a todos por igual. Una segunda consecuencia nefasta del más bestial de los reglamentos de tránsito de los que haya memoria es obviamente la contaminación ambiental. Ahora se tiene que reconocer que 5 días por semana los niveles de contaminación rebasan los límites de lo permitido y de lo recomendable, pero eso se debe sobre todo al mal control del tráfico vehicular. Pero ¿se extraen las consecuencias de dichos hechos? Ni por pienso! En lugar de agilizar el tránsito se hace todo lo que se puede para hacerlo más lento! Así, muchos automovilistas tenemos que usar constantemente los frenos, ceder el paso, por lo tanto contaminar más, etc. Yo he visto hileras de autos detenidos para que pase una persona, la cual por si fuera poco se toma su tiempo. Por favor, que nadie me vaya a achacar el grotesco punto de vista de que yo estoy entonces promoviendo que atropellen paseantes! Obviamente, no es eso lo que sostengo y no me voy a hundir en discusiones ridículas y que no tienen sentido. Hasta donde yo sé no hay transeúntes en el Periférico y de todos modos hay límites innecesarios a la velocidad. O sea, ni siquiera donde se puede circular más rápidamente nos dejan hacerlo y de paso nos castigan (con las mal llamadas ‘fotocívicas’). Para mí es obvio que tarde o temprano las circunstancias van a forzar cambios radicales en el Reglamento de Tránsito pero mientras tanto, como no quieren dar su brazo a torcer, gente incapaz de pensar en forma lógicamente correcta por ser víctima de conflictos conceptuales nos mantiene en la contradicción y en el embotellamiento permanente. Todo indica que aquí en México la parte es más valiosa que el todo y los resultados obviamente no se hacen esperar.

Ahora bien, la cúspide de lo que me gustaría llamar ‘maldad conceptual’ la alcanzamos la semana pasada cuando la actual Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, la Dra. Claudia Sheinbaum, hizo una declaración que nos dejó a todos no sólo desconcertados sino (¿por qué no reconocerlo?) fúricos. La cuestión tiene que ver con el super tema en boga, el tema a la moda, el tema intocable, a saber, la cuestión de la “equidad de género”. Dado que el concepto tiene todo menos bordes nítidos, qué signifique es algo que cada usuario decidirá como le venga en gana o como más le convenga. Por ejemplo, para la Dra. Sheinbaum es una consecuencia lógica de la idea de equidad de género que así como las niñas pueden en invierno ir de pantalones a la escuela (como si nuestro invierno fuera un invierno noruego o siberiano), así también los niños pueden (supongo que en el verano, aunque no tengamos un verano como en el Sahara o en el Congo) ir con vestido o falda si así lo desean!!! Esa declaración rebasa los límites de lo razonable o ¿se tiene acaso que argumentar para mostrar que no tiene nada que ver la idea de equidad de género con la idea de que los niños se vistan como niñas? Lo primero es aceptable, lo segundo es un aberración total, aquí y en Marte. Ya sabemos que en México todo lo que tiene que ver con el sexo está tergiversado de entrada: liberación sexual, igualdad sexual, género y sexo, etc., etc., y este es un caso típico más de confusión conceptual. El problema es que no es lo mismo que una persona insignificante esté confundida conceptualmente a que lo esté la Jefa de Gobierno, porque la acción de la primera sólo le concierne a ella en tanto que la acción de la segunda nos afectará a todos. ¿No es acaso una irresponsabilidad mayúscula hacer esa clase de declaraciones? Yo estoy convencido de que sí lo es, porque por enarbolar una bandera importada e impuesta a la fuerza, por pretender quedar bien con ciertos grupúsculos, la Jefa de Gobierno de facto insultó a millones de padres de familia que se sintieron ofendidos, al igual que muchos niños y jóvenes. Una cosa es proteger los derechos de minorías y otra es imponerle a las mayorías los deseos, las fantasías y las aspiraciones de dichas minorías. ¿Cómo surge el problema esta vez? Es evidente que, con todo el respeto que me merece, la Jefa de Gobierno tiene confusiones en relación con el concepto de equidad de género. ‘Equidad de género’ implica cosas como “mismo trabajo-mismo salario”, pero no que todos usen la misma clase de ropa interior o que su arreglo externo sea el mismo. O para que haya realmente “equidad de género”: ¿tenemos nosotros los hombres que maquillarnos?¿Vamos a suprimir la distinción “Baños de Hombres” y “Baños de Mujeres”? O sea ¿no es obvio que es incongruente hablar de equidad de género y hacer todo lo que se puede para que no haya distinciones entre géneros? Por lo pronto confirmo mi inquietud: en México pululan las confusiones conceptuales y éstas tienen consecuencias prácticas terribles. La mejor prueba de ello es que las estamos padeciendo!

El problema más importante a que da lugar el concepto de “equidad de género” es que por medio de él se tiende a suprimir la plataforma sobre la cual se apoyó, a saber, la libertad de expresión. La idea de que gente que no es heterosexual tiene los mismos derechos laborales y civiles que las personas de sexualidad estándar se convierte silenciosamente en la idea de que no se puede ni siquiera criticar determinadas prácticas sexuales y hasta que es impropio reivindicar con orgullo su propia situación de heterosexualidad. Pasa algo muy similar que con los defensores de la democracia: éstos se desgañitan peleando por la democracia, por los derechos de las minorías, por la actualización o materialización de derechos fundamentales como el derecho a la libre expresión, pero apenas son ellos quienes toman las riendas del poder entonces el discurso sobre las libertades baja de tono y con lo que nos encontramos es con el fanatismo, la intolerancia, la calumnia como estrategia y la supresión de la libertad de expresión. Y esto nos autoriza a extraer una última conclusión: además de sus múltiples consecuencias prácticas negativas, en numerosas ocasiones, si no es que en todas, las confusiones conceptuales vienen de la mano de rasgos mentales detestables como la cobardía y la hipocresía. Sobre esto sin duda habremos de regresar.

¿Pax Americana o Mors Americana?

Es evidente, supongo, que las metáforas, los símiles, las imágenes, los paralelismos no son en sí mismos argumentos pero, si son apropiados, están bien articulados y son impactantes sirven como plataforma para que se construyan buenos argumentos. Por ejemplo, supongamos que alguien dice que su vecino es un gorila. Lo que el hablante hace es presentar a su vecino como alguien que es muy fuerte físicamente pero también como alguien más bien limitado, muy impulsivo, violento, irracional, etc., y ahora sí, sobre la base de la descripción del gorila transferida a la persona se puede pasar a ofrecer argumentos en contra del sujeto en cuestión. Imaginemos, verbigracia, a un individuo del que se dice que es un auténtico gorila porque maltrata y aterroriza a su familia, porque tiene graves problemas con sus vecinos, porque muy constantemente cuando camina por la calle o va manejando adopta actitudes pendencieras, agrede a los transeúntes, maneja violentando las leyes de tráfico, es grosero con sus colegas, quiere imponerle su voluntad a todo mundo, etc. Podemos imaginar que, ante un energúmeno como ese, serían muy pocas las personas que osarían enfrentársele, dado que éste muy fácilmente perdería la paciencia y la cabeza, se exasperaría por cualquier cosa y su primera reacción sería amenazar o agredir físicamente a sus interlocutores. De todos modos y para consuelo de la gente, si bien la inmensa mayoría de las personas sería incapaz de controlarlo al menos la policía sí podría hacerlo y en última instancia se le podría obligar a seguir un tratamiento o de plano a internarlo en un hospital psiquiátrico en forma indefinida. ¿Cómo evaluaríamos la vida de una persona así? Se trataría obviamente de un agente esencialmente anti-social, peligroso, condenado a vivir en un estado permanente de ansiedad, violencia, auto-engaño, etc. Siguiendo con la historieta, podríamos enfatizar que no es que el individuo en cuestión hubiera nacido así sino que habría sido por una serie de vicisitudes, de incidentes psicológicos terribles, de vivencias que la persona habría resultado incapaz de integrar en su auto-biografía que en eso se habría convertido. Independientemente de todo, el resultado en todo caso sería el ya mencionado: nos las estaríamos viendo con un individuo socialmente dañino y psíquicamente trastornado.

Supongamos ahora que en lugar de una persona hablamos de países y que queremos determinar si hay entre éstos algún país que se conduzca, mutatis mutandis, como el demente imaginado más arriba. ¿Hay acaso en la Tierra hoy por hoy algún país que se comporte como el villano del que hablábamos, esto es, un país que sólo sepa amenazar, vivir de los demás, invadir, bombardear, destruir otros países, un país cuyo “destino manifiesto” no parezca ser otro que el de hacer la guerra permanentemente y al que sólo lo detengan in extremis países con su mismo potencial económico y militar? Yo creo que la respuesta es obvia y que sólo alguien completamente desinformado o alguien totalmente fanatizado podrían no saber cómo responder a ella. La respuesta, a mi modo de ver, salta a la vista y es simple: claro que hay un país así y sólo uno: los Estados Unidos de América. Me parece que un veloz recordatorio de hechos por todos conocidos bastará, pienso yo, para justificar mi contestación.

El siglo XX fue, a no dudarlo, el siglo de los Estados Unidos. Desde que prácticamente se apropiaron de Cuba tras humillar militarmente a los españoles expulsándolos de su último reducto en el continente americano, los Estados Unidos fueron acumulando sólo victorias y ello en todos los contextos. En el frente militar, inclinaron decididamente la balanza para que Alemania, que hasta 1917 tenía ganada la guerra, la perdiera de manera relampagueante y en forma ominosa. El triunfo de Francia y de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial fue real (como lo deja en claro la imposición del tristemente famoso “Tratado de Versalles”, fuente de todos los males que sobrevinieron después), pero lo cierto es que esos países quedaron agotados por la guerra y sin que se dieran cuenta ésta sentó las bases para el posterior desmoronamiento de sus respectivos imperios y para su sustitución por lo que sería la nueva gran potencia imperialista mundial. Con el super negocio que fue para los Estados Unidos la Segunda Guerra Mundial, éstos pasaron de gran potencia a primera potencia mundial, a superpotencia. Al iniciar la segunda mitad del siglo XX los norteamericanos estrenaron su nueva política, una política expansionista e imperialista, tomando como conejillo de Indias a Corea (quien quiera ver cómo ven los coreanos a los norteamericanos puede consultar la página de internet  https://www.rt.com/news/404958-north-korea-us-propaganda/. Sinceramente, no creo que haya mucha diferencia entre la percepción coreana y la iraquí, la iraní, la panameña, la cubana, etc., etc.). Y desde entonces (i.e., desde 1950) los Estados Unidos, como jinetes del Apocalipsis, no han dejado de llevar la destrucción y la muerte por todos los rincones del planeta. A diferencia de lo que pasó con los países europeos (Rusia incluida), los cuales tuvieron que pasar por un penoso periodo de reconstrucción, los Estados Unidos sólo se beneficiaron de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Su economía floreció, sus instituciones generaron en su país todo lo bueno que potencialmente podían generar: libertades individuales, crecimiento económico formidable, progreso científico y tecnológico incomparable, etc., al grado de poder presentarse desde mediados del siglo pasado como un modelo para el resto del mundo. Como ya dije, el hueco que dejaron franceses e ingleses de inmediato lo ocuparon los Estados Unidos, los cuales remplazaron con relativa facilidad a los imperios británico y francés, que ya eran para entonces imperios obsoletos y por lo tanto insostenibles.

Las cosas, sin embargo, poco a poco fueron cambiando. La brutal explotación de los pueblos y la descarada manipulación de los gobiernos de América Latina dieron lugar a múltiples manifestaciones de descontento, rebeliones y movimientos de liberación nacional. Surgieron los grandes héroes latinoamericanos como Sandino (Nicaragua), Camilo Torres (Colombia), el Che Guevara (Argentina/Cuba) y, desde luego, Fidel Castro (Cuba). La represión norteamericana en contra de los pueblos de América Latina, ejercida sobre todo mas no únicamente a través de dictadores y de gobiernos títere, fue brutal pero no por ello siempre o totalmente exitosa. Lo que en todo caso es indiscutible es que, a lo largo del siglo XX, los norteamericanos se fueron convirtiendo en los grandes expertos en golpes de estado, en programas de sabotaje y desestabilización de naciones enteras, en la práctica de la tortura y la experimentación de toda clase de armas prohibidas y  más en general en todo lo malo que uno pueda imaginar. Por otra parte, durante decenios la nefasta presencia norteamericana en el mundo se combinó a la perfección con el bienestar material de los norteamericanos y eso dificultó mucho que se percibiera la verdadera naturaleza de dicho estado. Pero las cosas, como dije, fueron paulatina y dolorosamente cambiando y, uno tras otro, los diferentes gobiernos de los Estados Unidos fueron revelando diversos aspectos de su verdadera naturaleza: su absoluta inmoralidad, su total desprecio por valores universales compartidos, su violación sistemática de derechos humanos, su recurso a toda clase de ilegalidades para alcanzar sus objetivos, su uso criminal de cárceles clandestinas y así ad libitum, todo eso envuelto naturalmente en la cada vez más odiosa retórica en torno a la democracia y la libertad. Pero además surgieron rivales, si bien rivales no corrompidos en su alma como ellos. Fue ya en este siglo que los Estados Unidos empezaron a sentir que su imperio no era realmente, como su ingenuidad ideológica y su propaganda política les hicieron creer, el “fin de la historia”. Desde luego que el proyecto imperialista norteamericano no llegó a su fin, pero sí llegó a sus límites y éstos no los fijaron ellos, sino que se los fijaron a ellos desde fuera. Si entendemos esto, podemos entender unas cuantas verdades, en función de ellas la situación política actual de los Estados Unidos y, por ende, la situación mundial.

Es innegable, me parece, que hubo en el pasado reciente sólo un país que introdujo un mínimo de balance y de equilibrio en el tablero de la política mundial después de la Segunda Guerra Mundial y por lo cual la historia todavía no le ha hecho justicia que fue, obviamente, la Unión Soviética. De no haber existido ese país, los Estados Unidos se habrían literalmente apropiado del planeta, serían ahora los amos del mundo y prácticamente todos, con excepción de Israel, seríamos sus vasallos y  sus colonias. Para sorpresa de los norteamericanos, la nueva Rusia, esto es, la Rusia que brotó de las cenizas de la URSS, la Rusia de V. Putin volvió a convertirse (a Dios gracias!) en una potencia militar a la que ya no pueden vencer. Naturalmente, dado el presupuesto dedicado a la tecnología y a la cultura de la guerra, los Estados Unidos siguen siendo en algún sentido el país más poderoso del mundo, pero por múltiples y bien conocidas razones eso ya no basta. Y, por el flanco económico (y también militar, aunque no todavía al mismo nivel), apareció la República Popular de China, guiada por un partido comunista que encontró la fórmula para darle trabajo y comida a más de mil millones de personas. Como todo mundo sabe y entiende, la guerra económica con China los americanos la tienen perdida. Pero al sentir y percibir que su poderío tiene límites, éstos reaccionan de la única manera como saben hacerlo: con amenazas, presionando, haciendo toda clase de trampas, rompiendo protocolos, tratados, acuerdos de toda índole (militares, comerciales, atómicos, etc.) con tal de seguir imponiendo su ley, sólo que su ley ya no vale como antes y de eso no parecen haberse percatado todavía. La diferencia con el sicótico imaginario de inicios del artículo es que no hay en el mundo una policía superior que pueda detenerlo, enjuiciarlo y encarcelarlo. Lo único que los detiene es, obviamente, su propio instinto de conservación.

Lo anterior ayuda a entender la política norteamericana que tiene en D. Trump al portavoz que corresponde con toda exactitud a esta etapa de su desarrollo. La administración Trump es la administración de la primera etapa de la decadencia norteamericana, la administración de las contradicciones y la de la gangsterización total de la política. No hay más que visualizar a sus actuales dirigentes, como M. Pompeo y al más burdo de todos, J. Bolton, que son como sacados de una película hollywoodense de mafiosos. El gobierno norteamericano no respeta leyes, principios, derechos de otros, no reconoce obligaciones, sólo sabe recurrir a la fuerza, al chantaje financiero, a la presión económica, a la manipulación del mercado. Eso son los Estados Unidos con los que el mundo tiene que lidiar. Y ello, creo que es más que obvio, atañe a México tanto como a Rusia o China.

Hay varias verdades que sería conveniente enunciar para poder entender la situación y actuar de manera sensata. Habría que señalar, para empezar, que en general los Estados Unidos nunca han sabido de diplomacia. Ellos no saben negociar; lo único que saben hacer es poner por delante a sus marines y a sus portaviones, dar de puñetazos en los escritorios, repetir como adocenados “todas las opciones están sobre la mesa” y sobre esa base imponer su voluntad. El imperio americano nunca fue un gran imperio. Julio César hizo de todos los habitantes en donde estaban estacionadas las legiones romanas ciudadanos del imperio romano. Los norteamericanos en cambio ponen el grito en el cielo porque unos cuantos miles de desplazados muertos de hambre (en gran medida, por su culpa) cruzan la frontera con México para irse a vender al mercado de trabajo más bestial que hay (para los inmigrantes, desde luego. Hay historias de esclavización de mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, etc., que uno simplemente no creería que son reales). Sus grandes proyectos para América Latina como la Alianza para el Progreso o el Plan Colombia o el Plan Mérida, aparte de que terminan en estrepitosos fracasos, no son más que procedimientos para controlar la producción y el trasiego de drogas, reforzar la represión, militarizar la vida cotidiana de los pueblos, impedir que los sectores en conflicto lleguen a acuerdos, etc. Nunca formó parte de los planes de los gobiernos de los Estados Unidos ayudar a otros países, a otros pueblos. La Unión Soviética llegaba a ofrecer hasta 400 becas anuales para estudiantes. ¿Cuántas ofrecen los norteamericanos?¿Siquiera 10? Si se produce una catástrofe en algún país, entonces con un poco de buena suerte llegará un avión con ayuda y eso es todo. Condonaciones de deudas sólo se han realizado cuando ya es obvio que los países en cuestión no podrán nunca cubrirlas y son deudas que para el presupuesto de los Estados Unidos son realmente insignificantes. Hace unos días, el gobierno norteamericano anuncio “grandes inversiones en Asia”. Uno habría pensado que trataba de inversiones en los sectores educativo, agropecuario, industrial, etc. No! Se trata exclusivamente de inversiones militares (bases, instalación de misiles, etc.). Eso es “inversión” para ellos. Los Estados Unidos mantienen bases militares en decenas de países  (en Alemania, por ejemplo, que no podría ser mejor descrita que como un país ocupado desde 1945). Pero, y este es el punto importante, lo que una política y un gobierno así significan es simplemente que tocaron fondo, que hasta allí llegaron. La situación de los norteamericanos se complica día a día. Están en guerra comercial con China, en tensión permanente con Rusia y se vislumbran por lo menos dos escenarios tétricos: Venezuela e Irán. Los gringos son incapaces de negociar, no saben llegar a acuerdos, sólo se les ocurre arrasar con el enemigo e imponer su mandato. Pero es obvio hasta para sus más confiados analistas que esta vez las cosas no van a ser tan fáciles. Y por si fuera poco, le tocó el turno a México.

Como todos sabemos, a través de su twitter, que fue el mecanismo por el cual el presidente Trump logró quitarse el bozal que le había puesto la prensa de su país, el presidente norteamericano amenazó con imponer a partir del 10 de junio aranceles (un 5 %  de impuestos al principio, incrementándose hasta llegar al 25 %) a los productos mexicanos que entren a los Estados Unidos si el gobierno mexicano no militariza sus fronteras e impide como sea el tránsito de indocumentados hacia nuestra frontera norte. Nótese que esa amenaza viene cuando los dos países (y Canadá) están a punto de firmar un nuevo tratado de “libre” comercio. Es así como tratan los gobiernos norteamericanos a sus aliados. Dichas amenazas, curiosamente, coinciden con la visita de la horrenda presidenta del Banco Mundial, Christine Lagarde, ave de mal agüero y representante de una de las peores fuerzas del aparato gubernamental estadounidense, esto es, el Fondo Monetario Internacional. Una vez más, estamos frente a la forma de reaccionar del discapacitado mental que no sabe hacer otra cosa que atacar a sus interlocutores. Yo creo que es muy importante que nosotros, los mexicanos, es decir, no sólo el gobierno, sino los ciudadanos comunes y corrientes, entendamos de una vez por todas quiénes son realmente ellos para nosotros, porque si somos incapaces de realizar un análisis frío, objetivo, crudo de nuestra relación, entonces no sabremos actuar y el país estará, en algún sentido importante, perdido. Porque sólo alguien muy ingenuo podría pensar que los tweets de Trump son simplemente exabruptos de alguien un tanto desequilibrado. Al contrario! Están muy bien pensados y calculados para generar reacciones negativas en México (como, por ejemplo, impedir que México tenga una moneda fuerte). En este caso se trata de poner de rodillas a un país que se está levantando. Pero ¿qué se puede hacer para aprovechar la crisis, una crisis creada deliberadamente y con las peores intenciones, esto es, para frenar el cambio iniciado por el actual gobierno y en la que quieren sumergir al país?

Las lecciones que hay que extraer son obvias. Lo primero que México tiene que hacer es empantanar en el Senado la aprobación del T MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá). Eso es imperativo. En segundo lugar, el gobierno mexicano y las agrupaciones patronales deberían hacer un super esfuerzo para diversificar sus relaciones comerciales. Eso es factible, porque otros gobiernos no son como el yanqui. Con ellos se puede dialogar, negociar para beneficio de ambas partes, que es lo que es imposible con los norteamericanos. Hay que incrementar nuestros niveles de comercio con China, con América Latina, con la Unión Europea. Eso es factible. Por ningún motivo debería México tener el 80 % de su comercio exterior con los vecinos del norte, porque eso es francamente estúpido: es ponerse uno mismo la soga al cuello, es darle al enemigo el arma para que con ella después lo aniquile a uno. Seguir en lo que hasta ahora se ha estado es desarrollar una política torpe de sumisión y dependencia casi absolutas, que es obviamente el legado de los gobiernos priistas y panistas. Se debería también desarrollar, a través de los libros de texto y de todos los mecanismos culturales a nuestro alcance, la visión correcta de lo que son para nosotros los norteamericanos, esto es, enemigos eternos, auténticas aves de rapiña, ladrones descarados (de agua, de petróleo (fracking), enemigos culturales, racistas incorregibles, etc. Se debería desarrollar una política de turismo para alentar los viajes a otros países (hay mucho más que ver, más bonito y más barato) y desalentar las idas al país del norte, en donde además de ir a dejar su dinero con lo que la gente se encuentra es con una policía casi criminal, violentísima e impune, con actitudes agresivas, inamistosas, etc. A los Estados Unidos casi sólo se puede ir a adquirir mercaderías y a embrutecerse en el consumo. Aparte de ir a idiotizarse a Orlando o a Disneylandia e ir a tomarse una foto con Tribilín o con el hombre araña como si fuera uno un retrasado mental: ¿qué más le ofrecen al turista medio los USA? Sólo consumo. No hay historia (hasta donde yo sé, nadie visita a los remanentes de  los habitantes originarios de Norteamérica). En verdad, ir por ejemplo a Nueva York sin las bolsas repletas de dinero es como ir al infierno! Hay montones de países a donde mexicanos deseosos de conocer el mundo podemos ir. No necesitamos ni sus playas ni su comida ni sus centros de entretenimiento. Todo eso es hipnosis cultural. Si muchos mexicanos van a los Estados Unidos como turistas es porque no están instruidos y no saben que hay otras opciones. El único gran incentivo para ir es, ya lo dije, la adquisición de mercancías. Se va a comprar cosas y se confunde eso con hacer turismo. Y es obvio que lo que los mexicanos debemos hacer es dejar de comprar en las tiendas productos norteamericanos hasta donde ello sea factible (muy difícil) y comprar todo lo que se pueda que provenga de China (viva Huawei!). Son ya demasiados los pueblos ofendidos, humillados, maltratados por los gobiernos norteamericanos, pero si sabemos reaccionar, tanto a nivel gubernamental como a nivel social e individual, quizá podamos todavía llegar a ver la transición deseada que nos lleve de la Pax Americana a la Mors Americana.

Heroísmo Periodístico y Libertad de Expresión

Como todos los seres vivos, las sociedades inevitablemente albergan en su seno organismos que plácidamente se nutren de ellas (se llaman ‘parásitos’) o que de una u otra manera las destruyen, pero también tienen, a manera de sistema inmunológico, mecanismos de defensa o, siguiendo con la metáfora, sus propios glóbulos blancos que trabajan para protegerlas y para permitir que se desarrollen, hasta donde ello sea factible, de manera equilibrada. Que esta lucha entre elementos sociales constructivos y destructivos se da no es un fenómeno particularmente difícil de corroborar y ello no sólo sobre la base de la experiencia, sino que inclusive (me parece a mí) podría elaborarse una concepción de la vida social enteramente a priori que dejara en claro que ésta tiene que contener, so pena de dar lugar a un cuadro fantástico, tanto agentes sociales malignos, perversos, enfermos o decadentes como elementos positivos, constructivos, benéficos e impulsores del progreso. Dicho de otro modo, no es imaginable (aunque sea lógicamente posible) una sociedad en la que no hubiera ladrones, cobardes, mentirosos, abusivos o traidores, pero precisamente para mantener el equilibrio tiene que haber también en toda sociedad real gente valiente, emprendedora, leal, honesta, generosa, patriota. Quizá podría tratarse de encontrar alguna ley que estableciera correlaciones más o menos sistemáticas entre el estado de descomposición de una sociedad y la proliferación de sus parásitos, bacterias y células cancerígenas y demás, sólo que para intentar algo así habría que ser un erudito en historia, alguien muy hábil para delinear modelos utilizables en teorías sociales y además tener facultades discursivas excepcionales, por lo que me declaro de entrada incompetente para una labor de esas magnitudes. Lo que en cambio sí podemos hacer es externar algunas consideraciones más o menos abstractas, intentando no ser declaradamente superficial y sin olvidarnos de aplicar a nuestro contexto lo que podamos decir de manera general. Quisiera entonces, a manera de preámbulo, hilar unas cuantas palabras en torno a la figura del héroe. Espero desde luego que al final de la argumentación la concatenación de ideas resulte inobjetablemente transparente.

Es un hecho que la figura del héroe siempre ha atraído la atención de la gente. En realidad, la configuración del concepto de héroe es bastante compleja y en particular lo es la psicología del héroe. En general, éste es un personaje admirable. En la tragedia griega, por ejemplo, el héroe es exaltado por sus virtudes pero sobre todo porque lucha por algo inclusive a sabiendas de que está perdido. En el caso de la tragedia griega son valores como la perseverancia, la valentía, la fuerza de voluntad, el deseo de que se haga justicia, etc., los que se realzan a través de un personaje que los encarna y que lucha inclusive contra los designios de los dioses. Ahora bien, el héroe tiene multitud de cualidades algunas de las cuales pueden ser también características de otros seres humanos sin que por ello éstos sean héroes o que se corra el riesgo de confundirlos. O sea, el héroe puede compartir muchos rasgos con villanos de la más variada estirpe, pero nadie normal tomaría a uno por el otro. Sin duda un sicario o un fanático del futbol pueden ser personas valientes, pero difícilmente diríamos que son héroes. Y es que para ser héroe se requiere además de ciertos rasgos de personalidad que se luche por una causa noble. Podría señalarse que, al igual que un héroe, un religioso que ve amenazada su fe puede inmolarse o, como Sansón, destruir todo un templo con él dentro con tal de acabar con los enemigos de su fe, pero eso no es ser héroe sino mártir. Ciertamente los conceptos de mártir y de héroe están emparentados, pero hay grandes diferencias entre ellos. Al mártir lo acompaña su fe en la victoria final, pero el héroe puede no tener semejante consuelo. El héroe no lucha por él ni por la salvación de su alma, sino por los demás. Si el héroe lucha hasta el final sabiendo de antemano que todo está perdido no lo hace porque sea alguien que calculó mal, un derrotista o un suicida en potencia, sino porque es movido por una causa impersonal más fuerte que su voluntad y a la cual él de motu proprio se subordina. Y, generalizando para facilitar la exposición, yo diría simplemente que dicha causa es casi siempre la misma: en general, el héroe sucumbe en aras del bienestar de otros y podríamos decir, dependiendo de la situación, del bienestar general. Naturalmente, este sacrificio es físico o material, no meramente intelectual. El héroe no nada más arguye, sino que actúa; sus retos no son meramente verbales, sino de decisiones y de acciones.

Por otra parte, dada la estructura y la complejidad de la vida del ser humano en sociedad no debería sorprendernos el que nos encontráramos con héroes en prácticamente todos los contextos: hay héroes políticos, guerreros, artísticos, del deporte, del trabajo, del conocimiento, etc. Dicho de otro modo, en todos esos contextos habrá siempre gente viciosa, malévola, egoísta, corrupta, etc., o, en el mejor de los casos, simplemente gente sencilla que no se desvía de su sendero vital y que no descuella ni por su maldad ni por su heroísmo. Pero en todo caso una cosa es clara: los intereses del héroe no son nunca los propios. El héroe no pelea por “lo suyo”, por “lo que le pertenece”, por “lo que le corresponde”. Esa no es su actitud. Yo casi me atrevería a proponer la estipulación lingüística según la cual si hay intereses de por medio, entonces se podrá quizá hablar de un luchador pero no ya de un héroe. Sin este elemento de intereses impersonales el carácter heroico desaparece. Después de todo, nadie se convierte en héroe por tratar de obtener lo que le conviene. Por otra parte, es obvio que el héroe se distingue por tintes trágicos porque lucha siempre en contra de fuerzas superiores. Para el héroe es evidente que

À vaincre sans péril, on triomphe sans gloire

(Al vencer sin peligro, se triunfa sin gloria. Le Cid, Racine)

No porque un grandulón le gane a unos infantes una carrera de obstáculos se convierte en un héroe. Una victoria así no tiene ningún valor; en cambio, en el caso del héroe el valor tanto de su derrota como de su potencial victoria está garantizado. Por último, me parece importante señalar que la alharaca social, la auto-evaluación elogiosa, el ansia de publicidad y ambiciones como esas son lo más ajeno que pueda haber al héroe. El verdadero héroe, en lo que concierne a su persona, ama el silencio, actúa sin llamar la atención sobre sí, simplemente cumple con su deber. Si se vuelve alguien conocido o no, eso es una contingencia irrelevante para su conducta. Evidentemente, no todos pueden ser héroes, por lo que la conducta del héroe sencillamente no es generalizable; es más bien única.

Hay dos hechos en relación con el héroe que me parecen de primera importancia: primero, que se trata de un ser que reconocemos o identificamos por su conducta y, segundo, que se trata de alguien que se constituye en un referente para los demás, en alguien que sirve de guía, de modelo, de ejemplo para otros. El héroe es siempre, tiene que ser un personaje de sus tiempos, de su cultura. Desde luego que admiramos a los héroes del pasado, pero los que nos impactan son los héroes de hoy, porque al saber a qué fuerzas se oponen nos resulta más fácil comprender la magnitud de su esfuerzo. Ahora bien, es precisamente de un héroe contemporáneo de quien quiero decir aunque sea unas cuantas palabras.

Como dije más arriba, son múltiples las modalidades del heroísmo. En la actualidad, sin duda alguna una forma de ser heroico es lo que podríamos llamar el ‘heroismo periodístico’ o, si se prefiere, el ‘heroísmo cibernético’. ¿Cómo se es heroico al ser periodista? Por ejemplo, dando a conocer datos prohibidos y que los gobiernos o corporaciones como los bancos mantienen ocultos, informando a la gente acerca de sucesos que le abren los ojos aunque sea un poquito y ayudando a que se dé cuenta de cuán manipulada ha sido por sus gobiernos y por la prensa y la televisión estándar. Y si esa labor es efectuada a sabiendas de que se corren grandes riesgos, no hay duda de que se cumplen todas las condiciones semánticas para poder hablar legítimamente de “periodistas heroicos”.

Yo pensaría que lo he señalado sobre el heroísmo en relación con el periodismo a nosotros aquí en México nos debería resultar auto-evidente, porque de hecho tenemos muchos héroes de esa clase. En efecto, mucha gente (tanto hombres como mujeres) respetable, trabajadora, buscadora de la verdad, ha sido no sólo amenazada sino masacrada por haber denunciado crímenes de toda índole, por haber protestado ante injusticias flagrantes, por no haberse quedado callados ante los contubernios y la impunidad de la más variada fauna de delincuentes y políticos. En este sentido, lamentablemente, México es un país de héroes y, según las estadísticas, de hecho el país más peligroso del mundo para reporteros y periodistas (después de Siria y Afganistán, países invadidos por los Estados Unidos, directamente en el segundo caso y a través de mercenarios en el primero, como todo mundo sabe). No estará de más recordar que aquí se crearon la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra Periodistas y posteriormente la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión. Sin duda, instituciones así son muy laudables sólo que habría que confrontarlas con los hechos porque, al menos hasta donde yo sé, de los más de 140 casos de asesinatos de periodistas ocurridos en los últimos años no se ha resuelto uno solo! Se pueden crear las fiscalías que se quiera, pero si esa es la clase de resultados que van a dar pues es obvio que estaremos frente a un caso más de auto-engaño a la mexicana (que es de lo más burdo, dicho sea de paso). Lo que en todo caso es innegable es que los periodistas caídos son auténticos héroes. El que su trabajo sea más bien de carácter local no mengua en lo más mínimo su heroísmo, por su valentía, su tesón y la fuerza de sus convicciones. Ahora bien, sin que ello influya en demérito de estos grandes luchadores sociales, quiero señalar que hay un periodista no local sino más bien internacional acerca del cual quisiera decir unas cuantas palabras porque, a menos de que yo esté completamente equivocado, es al igual que el más sencillo de los periodistas asesinados en este país, un héroe del periodismo sólo que a nivel global. Me refiero a Julian Assange.

Dado que no es un trabajo de reportaje lo que estoy haciendo y que Assange es un personaje mundialmente conocido, me limitaré a proporcionar tan sólo unos cuantos datos para centrar la exposición. Julian Assange es un ciudadano australiano que hizo (sin terminarlos) estudios de física, de matemáticas, de ciencias sociales y luego se adentró en el mundo del periodismo. Siendo periodista obtuvo muchos e importantes premios (por The Economist, Amnistía Internacional, CNN, Al Jazeera English y muchos más) y en muy diversos países. Interesado en asuntos de política internacional y ferviente defensor de la vida democrática, Assange intentó primero fundar un partido político, The WikiLeaks Party, pero al fracasar su proyecto terminó fundando “WikiLeaks”, esto es, una plataforma desde la cual se dedicó a hacer públicos cientos de miles de documentos clasificados como “secretos” sobre todo por el Pentágono y el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Al hacer eso, Assange sabía (como todo héroe) que estaba jugando con fuego, que lo iban a perseguir hasta el último rincón del planeta y que tratarían por todos los medios no sólo de impedir que siguiera filtrando documentos, sino que siguiera viviendo. Pero vale la pena preguntar: ¿qué fue lo que Assange denunció que tanto preocupó al gobierno norteamericano? Básica mas no únicamente, algunas de las múltiples barbaridades de los militares estadounidenses durante el bombardeo de Bagdad y de las bestialidades cometidas en la guerra en Afganistán. Por ejemplo, hay filmaciones que obviamente fueron totalmente hackeadas y en las que se ve cómo desde drones se ametralla a ciudadanos iraquíes indefensos sólo porque los militares norteamericanos sospechan que pueden estar portando armas. Usando un léxico extremadamente cínico y ya muy conocido, los militares que operan los drones, que dan instrucciones, etc., llaman a todas las matanzas de inocentes equívocamente ‘daños colaterales’. No sé de ninguna persona normal que haya visto esas escenas y no se haya indignado por la prepotencia del invasor yanqui y por la terrible conciencia de la impotencia para actuar. Lo que los soldados norteamericanos hacen, en Asia y a donde vayan, es sencillamente espantoso, horrendo.

Como insinué más arriba, al delinearse en contraposición a sus enemigos, Assange le quita la máscara al soldado norteamericano, un soldado siempre presentado por Hollywood y por la prensa mundial como un soldado liberador, defensor de la democracia y permanentemente envuelto en el ya bien consabido “bla-bla-bla” sobre la libertad, los derechos humanos y demás que ese enfoque mentiroso acarrea. Pero, permitiéndonos razonar de manera simplona, podemos afirmar lo siguiente: Assange ciertamente no es un delincuente, no es un traficante de drogas o de personas, no pretende al menos hasta donde se le conoce, lastimar a nadie, dañar a nadie, perjudicar a nadie en particular. Inferimos que eso es precisamente lo que sus adversarios quieren. Pongámoslo de esta manera: el gobierno de los Estados Unidos quiere “castigar” a (o sea, vengarse de)  Assange por haber “filtrado” (es decir, por haber hecho del dominio público información que ocultaban pero a la que los ciudadanos tienen en principio derecho a acceder) información concerniente a terribles violaciones de derechos humanos cometidas por el ejército de ocupación norteamericano, entre otras cosas. Esta información es obviamente crucial, porque por ejemplo tanto a nosotros, simples ciudadanos, como a los gobernantes y las personas que ocupan puestos clave en los gobiernos nos queda claro qué es lo que pasaría si, por ejemplo, el gangsteril gobierno norteamericano invadiera Venezuela. Los venezolanos ya están advertidos gracias a Assange sobre lo que les pasaría, sobre lo que pueden esperar en caso de invasión y por lo tanto se les previene respecto a lo que deben hacer ya! O sea, no sabemos qué harían los colombianos o los mercenarios brasileños o quienes sean si invadieran Venezuela, pero de lo que no tenemos dudas es de los que los norteamericanos harían. El héroe Assange ya nos abrió los ojos.

El destino de Assange es, no cabe duda, el de un típico héroe. ¿Qué pasó con él? Después de diversas vicisitudes y siendo perseguido por todas lados, encontró un refugio en la Embajada de Ecuador en Londres. El gran presidente ecuatoriano de ese país por aquel entonces (2011), Rafael Correa, le concedió el status de asilado político. Assange pasó 7 años en lo que de hecho equivalía a una prisión y no fue sino hasta que el nuevo presidente (quien fuera vice-presidente del presidente Correa!), un tal Lenin Moreno (un ejemplo formidable de alguien que no le hace honor al nombre) simplemente se lo regaló al gobierno norteamericano, ofreciendo una ridícula explicación de su decisión y dejando ver de paso que héroe es precisamente lo que él no es. Actualmente, Assange está encarcelado en Londres en espera de ser enviado o a Suecia, en donde tiene un juicio pendiente por acoso sexual y violación (algo que podría tener una explicación política) o (lo peor que puede suceder) de ser entregado a los Estados Unidos, en donde le esperaría un juicio militar que fácilmente podría concluir con una sentencia de muerte. Independientemente de lo que venga, pase lo que pase, Assange ya demostró que es un héroe.

Ahora bien, que Julian Assange sea un héroe es un hecho que debería hacernos reflexionar y a extraer al menos dos conclusiones importantes. Primero, que debemos aclamarlo como tal, es decir, manifestar públicamente, en forma oral o por escrito, nuestra admiración por su valentía, nuestro respeto por sus valores y nuestro total repudio por la persecución de la que ha sido objeto, porque a final de cuentas es una persona que trabajó para nosotros, los ciudadanos del mundo, alguien que no se dejó comprar, alguien que reconoció valores superiores y más importantes que su propio bienestar. Y, segundo, que debemos tratar de emularlo, que nuestro respeto no puede limitarse a una aprobación meramente verbal. Lo que quiero decir es que si efectivamente sentimos respeto por este héroe mundial del periodismo, entonces tenemos que mostrar que aprendimos a anteponer a nuestros propios intereses personales los intereses de las grandes mayorías, a no dejarnos chantajear por minorías exaltadas de la índole que sean, a no dejar imponernos las modas del momento o no dejarnos intimidar por los caprichos de maras no ya de déclassés involuntarios sino de pseudo-intelectuales intoxicados por alguna que otra idea delirante. Así son las lecciones de este caso particular de heroísmo.

No estará de más preguntarse: ¿por quién hizo Assange todo lo que hizo? Por ti, lector, por mí, por todos nosotros. ¿Quién es su enemigo? El enemigo de los ciudadanos del mundo en general: el gobierno putrefacto de los Estados Unidos, curiosamente el gobierno más poderoso del mundo y a la vez totalmente esclavizado por unas minorías ultra-privilegiadas que supieron acaparar la riqueza producida por el trabajo de todos los habitantes del planeta, un mero instrumento de la banca mundial y del complejo militar industrial más despilfarrador y destructor de la historia, el gobierno más hipócrita que uno pueda imaginar, un gobierno que mancilló la democracia convirtiendo dicha noción en un mero escudo ideológico para justificar sus inenarrables intervenciones criminales a lo largo y ancho de los cinco continentes. Lo que con su sacrificio Assange dejó en claro es que en esta sociedad, en esta cultura, en este modo de vida la libertad de expresión y de pensamiento es el valor supremo, un bien que tenemos que defender contra viento y marea porque de nuestra voluntad y de nuestra capacidad de hacerlo en todos los contextos depende nuestro futuro como seres autónomos y porque de no hacerlo estaremos permitiendo que se convierta al género humano en un mero conglomerado amorfo de máquinas vivientes.

Bertrand Russell – In Memoriam

El 18 de mayo de 1872, o sea, hace prácticamente 147 años, nació en Trelleck, Gales, el gran filósofo inglés, Bertrand Russell. Es un hecho desafortunado que mucha gente que no participa de la filosofía siga sin tener siquiera una pálida idea de quién fue ese gran hombre, pero lo que resulta realmente escandaloso es que lo mismo pase con mucha gente que se mueve en ambientes académicos e inclusive en medios filosóficos! Yo podría dedicarme a llenar estas páginas con datos biográficos o presentar algunos de sus puntos de vista (logicismo, realismo estructural, etc.) para intentar colmar el hueco. Siento, sin embargo, que este no es el sitio apropiado para discutir filosofía y que limitarme a proporcionar datos equivaldría a redactar un texto indigno del hombre cuya remembranza hacemos. Sin duda, habrá que mencionar algunos hechos pero más bien me interesa destacar algunas cualidades de la multifacética personalidad de quien sin duda es el filósofo tradicional más prominente e ilustre del siglo XX. Por qué me refiero a él como un “filósofo tradicional” es algo sobre lo que diré unas cuantas palabras más abajo.

A Russell la vida lo favoreció socialmente desde su nacimiento, ya que lo hizo un vástago de miembros de la nobleza británica, pero sobre todo fue la naturaleza la que lo favoreció al dotarlo con una inteligencia absolutamente excepcional. Esta inteligencia lo encaminó primero por el mundo de las matemáticas y la lógica y muy rápidamente después por el de la filosofía. Russell fue un hombre completo, alguien que se desarrolló en el plano intelectual, como filósofo de primer orden, en el biológico y social, pues se casó en varias ocasiones (4) y tuvo tres hijos (dos con la segunda esposa y uno con la tercera) y en el político (fue anti-monarquista, pacifista, demócrata sin entusiasmo y anti-imperialista norteamericano en su última fase). Quisiera muy rápidamente decir unas cuantas palabras que de uno u otro modo versan sobre estos aspectos de su vida.

Un muy respetable filósofo australiano, autor de un espléndido libro intitulado ‘One Hundred Years of Philosophy’ (‘Cien Años de Filosofía’), viz., John Passmore, dice algo en su recuento de ideas que se me grabó desde la primera vez que lo leí, hace ya unos 40 años. Dice Passmore hablando del primer gran libro de Russell: …

Los Principios de las Matemáticas (1903) dejaron perfectamente en claro por primera vez que una nueva fuerza había entrado en la filosofía británica.

Eso era Russell: una nueva fuerza que, se quisiera o no, habría que tomar en cuenta. Russell escribió más de 60 libros, de calidad variada, muchos libros “orgánicos” y muchas también colecciones de ensayos, pero hay cuatro libros que son, me parece, los fundamentales de su obra. Éstos son:

The Principles of Mathematics (Los Principios de las Matemáticas (1903)),

The Analysis of Mind (torpemente traducido como ‘Análisis del Espíritu’ (1921))

The Analysis of Matter (Análisis de la Materia, 1927), y

Human Knowledge: its scope and limits (El Conocimiento Humano: su alcance y límites (1948)).

Russell escribió también un célebre artículo, “On Denoting” (“Sobre el Denotar” (1905)) que más de uno consideraría como más importante que los otros cuatro libros juntos, pero como no es mi objetivo aquí y ahora entrar en detalles no me pronunciaré al respecto. No obstante, sí ratifico la apreciación general del ensayo mencionado y creo que muy probablemente lo calificaría como el más importante del siglo XX.

Además de filósofo imposible de ignorar, Russell fue también una figura pública y de vanguardia en más de un sentido. Interesado como tantos otros pensadores en la formación del alma, junto con su segunda esposa Russell tuvo una escuela pionera que, por muy diversas razones, terminó en un fracaso. No obstante, que como negocio la escuela haya terminado en un fiasco no impidió que él nos legara por lo menos dos libros con múltiples pensamientos útiles concernientes a la educación infantil. Como a menudo pasa con otros grandes sabios, muchos de los puntos de vista que ahora son lugares comunes eran opiniones extravagantes y hasta revolucionarias en los tiempos en los que él las emitía. Por si fuera poco, Russell fue también un brillante líder de opinión y en más de una ocasión el valor que le adscribía a la libertad de pensamiento y de palabra lo puso en aprietos y le generó graves problemas con autoridades y con diversos grupos de poder. Por razones que daré más abajo, por ejemplo, su protesta (pública, como debe ser para que tenga algún valor)  por la presencia de tropas norteamericanas en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial lo enfrentó al gobierno de Su Majestad, confrontación que terminó en su encarcelamiento. Ciertamente, los meses que pasó en la cárcel no los pasó en las condiciones de los delincuentes del fuero común, pues aparte de noble ya para entonces era un hombre conocido y respetado en su país natal (y no sólo en él), pero lo que sí hizo (y que no muchas otras personas habrían hecho) fue aprovechar su tiempo para escribir un muy bonito libro intitulado ‘Introduction to Mathematical Philosophy’ (‘Introducción a la Filosofía Matemática’). Aunque hubo alguien que se lo criticó ferozmente, y no sin razón, no deja de ser cierto que es una magnífica presentación del logicismo y que, dejando de lado los tecnicismos propios de la temática, contiene algunos ejemplos y algunas frases impactantes que son simplemente inolvidables. Permítaseme dar un par de ejemplos.

Supóngase que alguien oye decir a otra persona que Hamlet era rey de Dinamarca y que alguien más dice que Napoleón era el emperador de los franceses. Cabe preguntar: ¿qué diferencia hay entre el ‘era’ de Hamlet y el ‘era’ de Napoleón?¿Se usan acaso en el mismo sentido y si no cómo se diferencia uno del otro? Nosotros sabemos que Hamlet es un personaje de ficción y que Napoleón era más real que una mole de piedra, pero ¿cómo se les distingue y sobre todo cómo se explica su diferencia ontológica? Parte de la explicación de Russell consiste en decir que “si nadie pensara acerca de Hamlet, no quedaría nada de él; si nadie hubiera pensado acerca de Napoleón, él muy pronto se habría ocupado de que alguien lo hiciera”. Y luego añade: “El sentido de realidad es vital en lógica”. Dicho de otro modo, de los objetos de la imaginación podemos desentendernos, pero no nos conduzcamos del mismo modo con los objetos de la realidad, porque éstos de una u otra forma nos harán entender que están allí y que hay que tomarlos en cuenta, so pena de llevarnos desagradables sorpresas.

No hay nada más fácil, al hablar de lógica, que caer en la tentación de multiplicar entidades y postular nuevos reinos del ser. Eso es relativamente fácil de hacer porque en lógica se trabaja con meras fórmulas a pesar de lo cual se habla de verdad y de falsedad. Resulta entonces normal hablar, inducidos además por la estructura del lenguaje natural, de “hechos lógicos”, de “realidades lógicas”. Desde la perspectiva de Russell, el asunto no es tan simple. Nos dice:

La lógica, yo sostendría, no tiene que admitir unicornios más de lo que puede hacerlo la zoología; porque la lógica se ocupa del mundo real tan en verdad como la zoología, aunque en sus rasgos más abstractos y generales.

Contrariamente a las fantasías desbordadas de muchos lógicos, Russell nos hace el sano recordatorio de que después de todo

Hay sólo un mundo, el mundo “real”.

Esa es buena filosofía de la lógica.

En 1939 Russell se encontraba con su tercera esposa y sus hijos en los Estados Unidos en una gira de trabajo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Obviamente a partir de ese momento no era ni factible ni deseable regresar a Inglaterra, de manera que Russell y su familia se tuvieron que quedar en el país cuya maquinaria de expansión y dominio a nivel mundial estaba ya en movimiento. Su estancia en los Estados Unidos, sin embargo, no fue lo placentero que uno hubiera podido imaginar. Era ciertamente un inmenso y rico país, alejado de todos los problemas que tenían los europeos (bombardeos, hambrunas, matanzas, etc.) y donde, era de suponerse,  habría podido vivir tranquilamente. Pero no fue así. Nunca faltan los fanáticos cuya mayor aspiración es, siendo ellos incapaces de entrar en debates serios, impedir que otros digan lo que piensan. De ahí que al renunciar a un trabajo en California por uno en Nueva York Russell inadvertidamente se puso la soga al cuello. Tuvo entonces que enfrentar un desgastante juicio por toda una serie de calumnias concernientes a sus escritos sobre sexualidad, juicio que le cerró las puertas de la universidad en donde se suponía que iba a trabajar y de todas las demás! De manera que en los Estados Unidos el co-autor de Principia Mathematica no era apto ni para dar cursos de licenciatura! Después de múltiples vicisitudes, escribiendo hasta en revistas de moda para poder comprar comida para su familia, las cosas fueron cambiando y finalmente en 1944 regresó a Inglaterra. La coyuntura en la que se encontró es interesante y explica muchas de las cosas que le sucedieron posteriormente.

Cuando Russell regresó de los Estados Unidos se encontró con una Europa dividida, una división que habría de oficializarse y de llevarse al extremo a partir del famoso discurso de Churchill sobre una “cortina de hierro” dividiendo a Europa en dos, en una clara alusión al “hombre de hierro”, esto es, a Stalin. Y Russell, quizá muy influido por su estancia en los Estados Unidos o por añejas convicciones ya muy enraizadas en él, tomó abiertamente partido por su mundo, esto es, por “Occidente” y desarrolló a su manera su propia campaña anti-soviética. Por ejemplo, apareció en varias ocasiones con el uniforme del ejército norteamericano hablando en nombre de “libertad” y de la “democracia” y en una carta privada que él autorizó que fuera publicada, llegó a sugerir, a la manera de un vulgar consejero de seguridad de la Casa Blanca, bombardear la URSS con armas atómicas si ésta no desistía en su empeño de obtener la bomba atómica, hasta entonces privilegio indiscutido de los estadounidenses. Sin duda alguna como premio a su labor voluntaria de desprestigio del socialismo real, en 1950 le fue concedido el premio Nobel de literatura, dado que no hay de filosofía, que era lo que realmente le hubiera correspondido. El libro por el que recibió el premio fue un libro de los años 30 intitulado ‘Matrimonio y Moral’. Todo esto nos da una vaga idea de cómo era su vida que, aunque no exenta de conflictos (como su tercer divorcio) era básicamente exitosa. Pero falta algo esencial en ella que no hemos mencionado, algo que tiene que ver a la vez con su grandeza, con su gloria y con su decadencia. Ahora bien, para saber a qué aludo tenemos que regresarnos a la segunda década del siglo XX, porque fue en aquellos años que el destino volvió a favorecerlo asignándole la tarea de descubrir, orientar e impulsar al filósofo más trascendental del siglo XX: Ludwig Wittgenstein.

Cuando Russell era indiscutiblemente el intelectual número uno en el mundo británico apareció de improviso un joven austriaco, de unos 23 años (teniendo él a la sazón unos 40), el cual había sido dirigido hacia él para trabajar en lógica por el gran lógico alemán, Gottlob Frege. Se trataba de alguien que había estudiado ingeniería aeronáutica en Manchester y que se había interesado por los problemas planteados en el gran libro de Russell ya mencionado, Los Principios de las Matemáticas y que llegaba a Cambridge justamente para trabajar con su autor. Siendo Russell un miembro distinguido de la crema y nata de la sociedad y de la academia británicas y por lo tanto alguien muy apegado a las reglas de trato, de etiqueta, etc., el encuentro con un recién llegado que hacía preguntas un tanto impertinentes porque no eran tan fáciles de responder, que insistía en discutir después de las clases, algo completamente inusitado, que se presentaba intempestivamente en sus habitaciones del college (!) era al principio sorprendente y después un tanto molesto, sólo que muy rápidamente Russell entendió que se las estaba viendo con alguien realmente excepcional, alguien  como no había otro en Cambridge ni en el mundo académico que él conocía. Ese alguien era Ludwig Wittgenstein. Russell, por  su parte, tuvo la sensibilidad para muy rápidamente detectar al genio y la grandeza para querer verlo brillar, para incitarlo a pensar y casi para pedirle que juntos incursionaran en el mundo maravilloso de la especulación filosófica de primer nivel. Al inicio, naturalmente, su maestro, luego su colega y al final su rival, lo cierto es que el encuentro de Russell con Wittgenstein fue formidable y es difícil no ver en  ello la mano de Dios. Es como si Mozart se hubiera encontrado con Beethoven o Diego Rivera con Miguel Ángel o Aristóteles con Leibniz o César con Napoleón o algo por el estilo. Sin duda este encuentro, que marcó la vida de Russell para siempre, amerita unas cuantas palabras más.

Por alguna extraña razón, muchos han querido ver y siguen viendo en Russell a un ser frío, enteramente racionalista, un lógico imperturbable, una computadora viviente, un individuo si no ajeno sí muy por encima de las pasiones y las emociones de los humanos. Los hechos, sin embargo, le dan el mentís a este cuadro, así como se lo da su hija en su libro My father, Bertrand Russell (Mi padre, Bertrand Russell). Dejando de lado múltiples aspectos de su relación, al final de su escrito ella ya no logra contenerse y como si estuviera gritando a todo pulmón nos cuenta que su papá fue no sólo un super instructor, un maestro, sino también un padre cariñoso, que la cuidó con gran delicadeza y un ser que ella extrañaba con toda su alma. Y yo estoy de acuerdo con ella. Es cierto que Russell era inglés, que era un aristócrata, que era un lógico, un gran pensador, un hombre lleno de intereses impersonales, un visionario, pero también era una persona que, cuando había material para ello, no dudaba en expresar sus emociones y sus sentimientos como cualquier mortal. Y hay una prueba contundente de ello: su relación con Ludwig Wittgenstein, por lo menos hasta su re- encuentro después de la Gran Guerra, en la Haya, en 1919. En dos palabras la historia es esta.

Cuando Russell, con gran perspicacia, se da cuenta de la clase de genio que tiene enfrente, lo que nace en él es, primero, un gran sentido de responsabilidad. Wittgenstein a sus ojos muy pronto dejó de ser un hombre al que se le pudiera a la ligera dejar partir. Entran ellos entonces en la fase de cooperación lógica y filosófica, llevando él todavía (por así decirlo) la batuta, si bien con una mano cada vez más temblorosa. Pero Wittgenstein no era un hombre paciente y muy pronto, actuando en el marco creado por su maestro, lo rebasa y lo que hace es ….filosofía russelliana de mejor calidad que la del propio Russell! Contrariamente a como habría reaccionado la mayoría de la gente, Russell estaba sencillamente encantado. A la hermana de Wittgenstein que lo visita en Cambridge le dice: “Aquí todos esperamos que el próximo gran paso en filosofía sea su hermano quien lo dé!”. Naturalmente, ‘todos’ significa él mismo y por ‘filosofía’ entiende la de él, porque ¿quién más habría podido juzgar el trabajo de Wittgenstein y quién en Gran Bretaña estaba a la cabeza de la filosofía profesional? Independientemente de todo eso, Wittgenstein se desaparece, pues decide primero irse a vivir a Noruega y, al estallar la guerra, se ofrece como voluntario para defender a su país, se enrola en el ejército y parte como soldado raso para el frente. ¿Y qué le pasa entonces a Russell? No se desploma, pero no hay quien lo consuele. Él no sólo sabía que se perdía un hombre absolutamente excepcional, sino que ese individuo era alguien a quien él había llegado a querer entrañablemente, como se quiere a un hijo, alguien fantástico a quien en alguna medida él había ayudado a forjar, quien en algún sentido era también su creación. Y entonces, sin dejar de pensar en su antiguo alumno y amigo, que es como lo describe en diferentes lugares, Russell se vuelve pacifista. Pensándolo muerto, Wittgenstein le inspira la redacción de un libro a la vez hermoso y profundo, injustamente olvidado, que se llama ‘Principles of Social Reconstruction’ (Principios de Reconstrucción Social). En dicho libro, de manera solapada, casi como en clave y comprensible sólo para quienes conocen su vida y lo leen con empatía, Russell da rienda suelta a su tristeza, a su enojo, a su desconsuelo, un desconsuelo no compartido ni comprendido por nadie en Cambridge. Vale la pena citar parte del último párrafo del libro. Dice Russell:

Fue una gran fortuna para mí entrar en contacto como maestro con jóvenes de muy diferentes naciones – jóvenes en los que la esperanza estaba viva, en los que la energía creativa que existía habría realizado en el mundo una parte al menos de la belleza imaginada por la cual vivían. Fueron absorbidos por la guerra, unos de un lado, otros de otro. (…). Alguien debe gritar: ‘No, esto no es correcto; esto no está bien, esto no es una causa santa, en la que la luminosidad de la juventud es destruida y atenuada. Somos nosotros, los viejos, quienes pecamos; mandamos a estos jóvenes al campo de batalla por nuestras malas pasiones, nuestra muerte espiritual, nuestro fracaso en vivir generosamente del calor del corazón y de la visión viviente del espíritu. Salgamos de esta muerte, porque somos nosotros quienes estamos muertos, no los jóvenes que han muerto por nuestro miedo a la vida. Sus fantasmas mismos tienen más vida que nosotros: ellos nos mantendrán para siempre en la vergüenza y en la deshonra, por los tiempos que vengan. De sus fantasmas tiene que venir la vida y es a nosotros a quienes tienen que vivificar.

El texto es obviamente el de una confesión, pero ¿es la confesión de un hombre frío y calculador, de un geómetra de los sentimientos, de un lógico de los afectos? Nada de eso! Lo que se expresa en esas palabras es un auténtico amor de padre pasado por el prisma de una inmensa admiración intelectual por parte del intelectual más grande de Inglaterra. Pero aquí no termina esta saga. Veamos por qué.

Wittgenstein tenía una personalidad muy diferente de la de Russell, pero era simplemente imposible que no se percatara de la calidad y la brillantez de su intelecto. Tan quedó impactado Wittgenstein por Russell que cuando 15 años después de haber dejado Cambridge regresa a Inglaterra lo hace no para visitar a alguno que otro conocido (siendo quizá su más íntimo amigo Maynard Keynes, que no era filósofo), sino con un único gran objetivo en mente: volver a trabajar con Russell. Esa es la única explicación real de su regreso a Cambridge. Pero es entonces que se produce el desastre. Ya lo había dicho Cervantes en su introducción a la segunda parte de Don Quijote: “Nunca segundas partes fueron buenas”. Para cuando Russell y Wittgenstein se vuelven a encontrar profesionalmente el panorama ya había cambiado y las condiciones eran distintas. Russell seguía siendo el filósofo más grande de habla inglesa pero sólo sabía hacer filosofía como lo había hecho siempre, esto es, filosofía tradicional, en tanto que Wittgenstein venía con ideas radicalmente nuevas. Era claro que Russell, alguien celosamente autónomo e independiente, no podía simplemente convertirse en alumno de Wittgenstein y éste no tenía la menor intención de volver a hacer filosofía tradicional. Y entonces se produjo el rompimiento, un rompimiento sin duda doloroso para ambos, pero con una característica muy notoria: nunca se destruyó la mutua admiración intelectual que sentían el uno por el otro. La relación se fue poco a poco envenenando y terminó en una gran animadversión, pero siempre sabiendo ambos perfectamente bien quiénes eran. Todavía hacia finales de los años 40 (Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951), Wittgenstein critica a Russell pero reconoce que  es “asombrosamente rápido”. Así, pues, ni mucho menos era Russell, inclusive a sus 75 años, un filósofo decrépito a quien se pudiera desdeñar.

Y es aquí que tenemos que extraer una moraleja filosóficamente importante: es cierto que filosóficamente Wittgenstein dejó atrás a Russell, pero ello fue factible porque en gran medida Russell siguió generando nuevas ideas que, aunque sea como resultado de la crítica, le sirvieron a Wittgenstein para desarrollar las suyas, así como para perfeccionar su nueva forma de pensar. Sin duda alguna, el Tractatus es mejor que las “Conferencias sobre el Atomismo Lógico”, pero sin Russell no habría habido Tractatus. Las Investigaciones Filosóficas son el libro de filosofía más importante de los últimos tiempos (que cada quien lo calcule como lo juzgue conveniente), pero sin El Análisis de la Mente y sin otros escritos de Russell no habrían sido redactadas. Wittgenstein es el motor, pero Russell la gasolina. Están, por lo tanto, vinculados per secula seculorum.

Muy poco tiempo después de la muerte de Wittgenstein Russell volvió a transmutarse, esta vez como figura pública. Percibiendo con mucha claridad el rol cada vez más nefasto de los Estados Unidos en el mundo, Russell se convirtió, a los 80 años, en un opositor radical de la política norteamericana. Sobre la bestial e injustificada guerra de Corea, descaradamente provocada por el gobierno yanqui, nunca dijo mayor cosa, pero la intervención en Vietnam ya era demasiado. Y entonces, con la autoridad que le conferían 65 años de producción de ideas, algunas de ellas muy importantes, Russell convocó a la gente más distinguida del momento y organizó el famoso “Tribunal de Estocolmo”, el tribunal en el que se juzgaron los crímenes contra la paz, de guerra y contra la humanidad por parte del gobierno de los Estados Unidos. Para poder solventar los gastos, Russell vendió su archivo, el cual fue comprado por la Universidad de MacMaster, de Canadá, la cual desde entonces ha venido editando toda su obra. Ya van 35 volúmenes y están preparando el volumen 36. Es de pensarse que, de haber vivido Wittgenstein, la reconciliación entre ellos habría sido posible.

Bertrand Russell era una especie de hombre del Renacimiento pero también un hombre muy representativo del siglo XX. Era un hombre con genuinos intereses universales, impersonales, objetivos, casi religiosos. La única rama de la filosofía en la que no incursionó fue la estética. Era un iconoclasta profesional, un Voltaire de nuestros tiempos, un pensador profundamente individualista, un hombre que enfrentó con principios y carácter tragedias personales (como la auto-inmolación de su nieta, quien se prendió fuego y murió casi ante sus propios ojos) y que no permitió que entorpecieran o anularan su misión de ilustrado y de guía espiritual. Bertrand Russell estaba muy consciente de situación privilegiada en la sociedad y de la importancia de su rol social. Hay muchos temas en relación con los cuales es probable que sus posiciones hayan quedado superadas, pero en lo que toca a cosas como el respeto por la verdad, la búsqueda del conocimiento, el deseo de ayudar a sus semejantes, el valor por no ceder ante las presiones de la índole que fuera, la honestidad y la probidad intelectuales, su ejemplo es sin duda alguna valioso y perdurable. Y es así y con el inmenso respeto que desde el primer contacto con sus escritos nos inspiró como lo seguiremos recordando.

Los “Críticos” de AMLO

En verdad sería absurdo negar que México ha sido, a lo largo de los siglos, presa de diversas maldiciones, de algunas de las cuales nos hemos ido liberando en tanto que otras han resultado ser más tenaces. Para quienes nacimos en la segunda mitad del siglo XX, en más de un momento nos pareció que nunca podríamos liberarnos de la maldición priista. Parecía que estábamos condenados a vivir para siempre en un país de oligarcas descarados, un país hecho a su manera, esto es, podrido institucionalmente de arriba a abajo y en el que el futuro de la población en su conjunto habría de estar indefinidamente a la deriva. De hecho fue así como dejaron a la población, una población sistemáticamente explotada, culturalmente embrutecida, psicológicamente humillada y sin mayores perspectivas de una vida sana y normal salvo en la medida en que la gente pudiera congraciarse con algún cacique de su ámbito de vida o trabajo. Maldiciones como la priista han asolado al país desde que éste viera la luz pero, a no dudarlo, una de las peores, quizá la más odiosa, es la maldición de la Malinche, un personaje que se pretende a toda costa reivindicar, en concordancia con la moda de los ridículos revisionistas de nuestros tiempos que con toda desfachatez aspiran a rescatar del basurero de la historia a piratas desalmados, como Hernán Cortés, a ineptos grandiosos, como Maximiliano de Habsburgo, o a violadores profesionales de derechos humanos, como Porfirio Díaz. En nuestros días, también la Malinche goza de imperdonables seguidores y extranjerizantes abogados. Esta maldición secular toma cuerpo, como todos lo sabemos, en una abyecta combinación de actitudes: de admiración, respeto, y sumisión frente a lo extranjero (en general mas no únicamente, lo occidental, en el sentido más ideológico del término) y de desprecio, menosprecio y altanería frente a lo nacional. Esta postura, como todos sabemos, se manifiesta en los más variados contextos (de conocimiento, deportivos, artísticos, políticos, etc.). El malinchista, como es obvio, tiene que ser un sujeto mutilado, alguien que resulta incapaz de apreciar lo valioso generado en su país o en su cultura o en su idioma, pero que motu proprio e ignominiosamente se arrodilla frente a los productos de las culturas que lo tienen mentalmente adormilado. Y para no dejar la temática en un nivel puramente abstracto, creo que lo mejor será considerar un caso concreto, polémico pero ilustrativo de lo que son los efectos de esta maldición.

Dado que en el fondo tienen poco que decir, los merolicos públicos de siempre, tanto los que trabajan en Avenida Juárez como los que escriben aburridos artículos de periódico, recurren sistemáticamente a slogans y estribillos que usan como armas a derecha e izquierda en sus monólogos y sus diatribas. Una forma de mostrar el carácter vacuo del discurso del merolico que se toma en serio es que lo que dice resulta ser a final de cuentas palpablemente contradictorio. Consideremos rápidamente, por ejemplo, el uso que algunos de estos parlanchines malinchistas y anti-lopezobradoristas hacen de ciertas nociones políticamente importantes, como la noción de democracia. ¿Cómo proceden estos delincuentes de la palabra?

Supongo que todo mundo está consciente de que con la noción de democracia por delante se han cometido toda clase de crímenes, pero para nuestros propósitos lo que importa es notar que dicha noción ha sido usada de manera tan absurda que finalmente se logró que perdiera mucho de su atractivo original. Más aún: la noción ha sido tan tergiversada que los críticos malinchistas del presidente de México ya no saben de qué hablan cuando la usan. Esto no es muy difícil de mostrar. Para disponer de una plataforma mínima pero sólida, yo diría que un gobierno democrático es un gobierno elegido por la mayoría y en la que las autoridades rinden cuentas de sus acciones al pueblo que lo eligió. Si nos atenemos a esta “definición”, se sigue que México no ha vivido en la democracia desde hace al menos 36 años (si es que alguna vez la conoció). Triunfos electorales limpios (hablo desde luego de elecciones presidenciales, pero como es obvio lo que vale para ellas vale para las elecciones de menor rango) hubo pocos (si es que alguno) desde lo que podríamos llamar el ‘salinazo’, proceso que implicó la “caída del sistema” y la muerte de Manuel Clouthier, entre otras anomalías. Después del triunfo de Fox, se le arrebató la victoria al Lic. Andrés Manuel López Obrador en dos ocasiones. Eso hasta los niños lo saben. Ahora bien, si hubiera dudas con la mitad de la definición ofrecida más arriba, de seguro que la otra mitad de la definición nos llevaría al mismo resultado, a saber, que los mexicanos no teníamos ni idea de lo que es vivir en la democracia porque, dejando de lado el circo al que convirtieron el informe anual del 1 de septiembre: ¿qué presidente le informó a la población día con día lo que hacía o dejaba de hacer?¿Qué presidente tuvo a bien proporcionarle datos a la población concernientes a las medidas tomadas en los más variados sectores del gobierno y a los resultados obtenidos?¿Hubo alguna vez en México un presidente así? Y si no lo hubo y aplicamos la definición: ¿podría decirse que antes de la llegada del Lic. López Obrador a la presidencia del país se vivió en México alguna vez en la democracia? Según yo, si aceptamos nuestra sencilla premisa tendremos que admitir que ni los gobiernos priistas ni los dos panistas fueron gobiernos democráticos. Pero entonces ¿por qué y sobre qué bases los grandes defensores de la democracia critican al único presidente genuinamente democrático que hemos tenido? Y ¿qué valor puede tener la “crítica” de gente que es simultáneamente malinchista e incoherente?!

¿Cómo nos explicamos el hecho de que muchos delincuentes del periodismo – gente que aspira a convertirse en “líder de opinión” pero que a ojos vistas no tienen el nivel para ello, hablantines que se llenan la boca sollozando por la democracia, tomando como modelos siempre a gobiernos de otros países, ensalzándolos y postulándolos como paradigmas a seguir – sean tan ciegos como para no ver que eso que elogian en otros lo tienen ante los ojos en su propio país, a pesar de lo cual no lo detectan?¿Por qué eso que alaban en teoría lo repudian cuando se materializa? Es obvio que la respuesta sólo puede venir dada en términos de intereses, de prebendas, de corrupción, etc. Esa respuesta es en sí misma suficiente, porque es acertada, pero yo creo que podemos ir un poco más allá y examinar aunque sea superficialmente el perfil de algunos de estos “comentaristas políticos” que se han vuelto sumamente “críticos” de la verdadera democracia, que es la que se está poco a poco instaurando en nuestro país. Consideraré rápidamente un par de casos para luego abordar temas más generales.

Hay un sujeto que, lo confieso, desde hace ya mucho tiempo me tiene realmente de mal humor. Este individuo tenía programas de televisión durante los cuales hacía entrevistas más tendenciosas que un interrogatorio policiaco y que realmente más que entrevistas parecían sesiones de catecismo político, muy primitivo desde luego dándole siempre la palabra a los enemigos del progreso social de México y nunca a sus adversarios ideológicos. El fanatismo (bien pagado, por otra parte, como lo dejó en claro un bien conocido analista político serio que prefiero no mencionar) de esta persona lo llevó hasta a alentar por televisión y de manera más bien burda a un magnicidio, durante la campaña presidencial del año pasado y por lo cual fue momentáneamente echado a la calle. Confieso que a mí me intriga el hecho de que un sujeto que ciertamente no da la impresión de pertenecer a la nobleza británica o de ser descendiente de la princesa de Mónaco, un adefesio intelectual tan notorio, logre con éxito contribuir a que circule una cierta terminología de carácter ideológico pero también de tintes claramente racistas y que mucha gente la adopte! Así, este mamarracho se permite hablar de los “chairos” para referirse a los seguidores del Lic. López Obrador, pero ¿quién es él para expresarse de esa manera?¿Con qué autoridad habla y se pronuncia de esa manera?¿Cuál es su palmarés? El sujeto en cuestión es, obviamente, el pseudo-periodista Ricardo Alemán, a quien yo, que me reconozco como un “chairo”, lo reto a debatir públicamente sobre el tema que quiera. Por el momento, sin embargo, lo que quiero preguntar es: ¿cómo nos explicamos el que este auto-nombrado defensor de la democracia en teoría ataque la democracia en la práctica? Tiene que tratarse de alguien que o no tiene ni la más elemental noción de lógica o carece por completo de escrúpulos morales, aunque hay desde luego una tercera opción, que es por la que yo más me inclino, a saber, que sea por ambas cosas. Ahora bien, lo interesante de este caso tan grotesco de “crítico” político es que sirve para ilustrar la calidad de los adversarios ideológicos del actual presidente de México. Esta persona es una muestra espléndida de lo que se puede esperar de la “crítica” en contra del gobierno del pueblo cuando quienes la expresan no son otra cosa que minúsculos portavoces (i.e., bastante mediocres) de los resentidos expulsados de las esferas del poder. La pregunta es: ¿realmente vale la pena bajar tanto el nivel, tomarse en serio los temas y discutir con enclenques intelectuales como este? Estamos dispuestos a ello, pero sólo si sirve para algo.

Otro super-personaje que se ha manifestado grotescamente en contra del Presidente de México es el otrora popular payaso Víctor Trujillo, escondido tras su disfraz de Brozo. En este caso con lo que nos topamos es con el típico chaquetero, un semi-exitoso alpinista social al que de pronto deslumbran cinco minutos de gloria y los atractivos del dinero. Aprovechando una situación particular y haciéndose el chistoso aludiendo al aspecto físico de una persona (en mi opinión, él debería tener presente que si se permite mofarse del físico de las personas automáticamente abre la puerta para convertirse en el blanco de las burlas de otros y debería estar plenamente consciente de que es un blanco fácil para muchas burlas, porque Adonis ciertamente no es), este ex-payaso (que ahora de cómico no tiene nada) intenta pérfidamente hacer creer que las entrevistas mañaneras del presidente no son más que una farsa preparada, reminiscente de sus propios programas de Televisa. Sin embargo, en su nuevo rol de investigador, de politólogo crítico (Ja!) y alentado por su relativamente nuevo entorno (se habla inclusive de agentes de la CIA), Trujillo activa su viperina y experta lengua para denigrar no sólo al presidente del país, sino también de paso al pueblo de México, el pueblo del cual él extrajo su lenguaje y sus chanzas, su mentalidad y su perspectiva global sobre la mujer, el sexo, los políticos, etc., etc. La verdad es que ya desde el conflicto con José Ramón Fernández (que en público por lo menos nunca lo bajó de payaso) se pudo vislumbrar la clase de personaje que es él mismo: un traidor convenenciero, un apóstata político, un tipo que sólo aspira a hacer reír a gente poderosa e influyente, a besar las manos a sus amos del momento (ya tuvo no pocos) y que por meras contingencias llegó lejos en el rating televisivo hasta que se agotó. Todos creímos que él ya había entendido que ya no tenía absolutamente nada más que decir, pero de pronto se volvió un “observador crítico”, un “analista profundo”, un gran comentarista político, alguien que nos ayuda a comprender en qué consiste el proceso de la así llamada ‘Cuarta Transformación’. Pero aquí la pregunta es: ¿cómo puede un tipo que nunca fue a la universidad convertirse súbitamente en todo eso? ¿O sea que cualquiera que tenga un poco de labia, un cierto ingenio popular y un gran talento de carpero puede pronunciarse sobre temas complejos, que exigen lecturas, estudios de posgrado, tecnicismos de muy diversas clases, experiencia laboral, etc.? Si Trujillo piensa que el mero contacto con quienes le conceden el privilegio de codearse de cuando en cuando con ellos (también los ricos necesitan payasos!), que el simplemente estar en el medio basta para convertirse en una autoridad en temas políticos, lo menos que podemos decirle es que desvaría. Y lo que definitivamente no tiene derecho a hacer es a tergiversar los hechos en forma obvia, a desvirtuar una gran labor como lo es el trabajo matutino y cotidiano del presidente López Obrador, el único presidente genuinamente democrático de México (quizá no falte el genio que señale a Santa Ana como un predecesor del actual presidente!), un modelo para el mundo y del cual podemos (no siendo malinchistas) estar orgullosos, porque ¿acaso no contamos con los dedos de la mano a los mandatarios que se toman la molestia de informar a sus pueblos acerca de las decisiones que toman y de lo que se hace en las esferas de gobierno y ello día a día?¿Quién es Víctor Trujillo (aparte de ser un ciudadano que tiene derecho a expresarse, como más de una vez lo ha dicho el presidente) para pronunciarse como si realmente fuera un especialista sobre cuestiones que de hecho (y él mismo lo sabe) lo rebasan por completo?¿Por qué no mejor nos cuenta un cuento?

Cuando pasamos a la mafia intelectual lo que es imposible no percibir es la voluntad de combatir la política presidencial por todos los medios y en todos los frentes. Diariamente, desde la madrugada famosos articulistas de periódicos, comentaristas de radio y televisión inician su persistente labor de desprestigio, boicot, ridiculización, etc., de todo lo que emana del presidente López Obrador. Afortunadamente, sus tácticas están mal pensadas. Muchos pretenden ser tan sofisticados en sus “críticas” que terminan por hacer ininteligible lo que afirman y su mensaje simplemente no llega. Es obvio que no saben hablarle a la gente. La mafia en cuestión tiene desde luego sus jerarcas y sus soldados rasos, pero por lo menos hasta ahora todos sus intentos han sido infructuosos. ¿Por qué? Una razón es que los ha neutralizado precisamente la labor cotidiana de información por parte del presidente López Obrador. Media hora de aclaraciones reales pesan lo mismo que toneladas de “fake news”. Sin embargo, yo opino que el aparato estatal debería pasar al contraataque. Si bien la figura del presidente está por encima de las canalladas de esta ralea de pseudo, proto y para-intelectuales, es injusto dejarle al presidente toda la tarea de limpiar los establos de Augías que es el espectro de las noticias y la información. No hay que comprar ni tiempo ni espacio en los medios ni se tiene por qué o para qué volver a caer en contubernios de ninguna índole. No se necesita. Pero sí hay que formar el grupo que cumpla sistemáticamente con la labor ideológica de higienización de la información, con el rastreo de los orígenes de las calumnias y con la sana labor de difusión de las ideas y los ideales del único gobierno realmente democrático de nuestra historia.

Yo pienso que es un error desconocer las lecciones de la historia y una de ellas es que los reaccionarios, los fraudulentos, los enemigos del pueblo no tienen ni escrúpulos ni piedad. Un ejemplo de ello nos lo proporciona el caso de la ex-presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. Por jugar lealmente con las reglas de la democracia ella misma permitió que se desencadenara una inmensa campaña de desprestigio en su contra y de burla de su persona, campaña que terminó invistiendo de odio las mentes de la mitad del pueblo argentino. Así se explica, parcialmente desde luego, que cuando llegaron las elecciones presidenciales, hace casi 4 años, sus adversarios políticos lograron hacerse del poder, inclusive si no fue más que para llevar a Argentina a la bancarrota y al desastre. No podemos permitir que eso pase en México. Bienvenida, hoy y siempre, la crítica seria y constructiva, las objeciones teóricas bien fundadas, la oposición respetuosa y la lucha política abierta en el marco de la vida constitucional. Pero también le debe quedar claro a los enemigos del pueblo de México que éste ya abrió los ojos y que a menos de que vengan con una propuesta más ad hoc para los intereses nacionales que la del presidente Andrés Manuel López Obrador no nos quedaremos de brazos cruzados ante agresiones baratas y vituperios injustificables.