Autor: atb-admin

Capitalismo, Coronavirus y Vida Humana

I) La explicación de un fenómeno social

Una peculiaridad de los problemas sociales e históricos es que en relación con ellos tenemos que reconocer un marcado contraste entre explicación y predicción. En las así llamadas ‘ciencias duras’ (física, química, biología), una genuina explicación permite hacer predicciones. Si podemos explicar por qué al soltar un objeto éste no sube sino que se mueve en dirección del centro de la Tierra, entonces podemos predecir que el próximo objeto que soltemos irá a dar al suelo y no se desplazará hacia las nubes. Casi podríamos decir que en las ciencias duras la diferencia entre explicación y predicción no es otra cosa que un cambio en los tiempos de los verbos. Ese, sin embargo, no parece ser el caso en las ciencias sociales. En éstas las predicciones son poco exitosas y a menudo parecen más adivinanzas que predicciones, por lo que nos dejan invariablemente con la sensación de que si una predicción fue acertada habrá sido casi por casualidad. Por qué es ello así no es tan fácil de explicar, pero sí podemos decir unas cuantas palabras al respecto. La diferencia tiene que ver con diferencias en las clases de los fenómenos involucrados. Explicar un fenómeno social no es hacerlo caer bajo leyes generales puesto que no hay tales leyes, sino que es más bien colocarlo en un contexto de hechos de modo que éste permita entender por qué se dio. O sea, la explicación viene en pasado y es única, puesto que el evento por explicar es irrepetible. Los eventos históricos son únicos: sólo una vez conquistó Cortés México, sólo una vez Napoleón perdió la batalla de Waterloo y así sucesivamente. En las ciencias sociales no se lidia con lo que se llaman ‘especies naturales’ (agua, plata, hidrógeno, cromosomas, etc.) y por eso las generalizaciones no son particularmente útiles. El objetivo de las ciencias duras, en cambio, sí es ofrecer explicaciones causales para lo cual se requieren leyes, enunciados legaliformes, aunque esto hay que matizarlo dado que en biología se requieren también explicaciones teleológicas, esto es, explicaciones en las que los objetivos de los seres vivos entran en la explicación. Obviamente, estrellas y sustancias químicas como el helio o el oxígeno no tienen objetivos, es decir, no tiene el menor sentido adscribirles metas o intenciones a objetos como esos, pero eso es precisamente lo que se tiene que hacer cuando nos las vemos con acciones o actividades humanas. Decimos cosas como “Juárez ordenó que Maximiliano fuera fusilado porque quería mostrarle al mundo que México era un país independiente y que toda invasión sería combatida hasta las últimas consecuencias”. Aquí lo que se quiere dar a entender es que la acción de un individuo tenía una motivación concreta y es por eso que su acción tenía un sentido. El problema es que la gente tiende a pensar que el que se emplee la expresión ‘porque’ (“Juárez hizo eso porque…”) se debe a que de una u otra manera está involucrada la noción científica de causa y por lo tanto, explícita o implícitamente, la de regularidad natural, esto es, la de ley. No me propongo discutir a fondo el tema, puesto que no es ni el lugar ni el momento para hacerlo, por lo que me limitaré a recordarle a quien así pensara que la noción de causa y la de sentido se contraponen, se excluyen mutuamente. Precisamente, poder actuar movido por motivaciones propias es ser libre, en tanto que ser movido por causas es no ser libre y lo que sostengo es que para la comprensión de los fenómenos sociales la idea de sentido es fundamental, porque con la idea de sentido viene la idea de comprensión. Si yo entiendo el sentido de una acción, yo la comprendo y, evidentemente, esa idea de comprensión es irrelevante en las ciencias duras. La de explicación causal basta, pero si eliminamos la noción de sentido eliminamos con ella la idea de libertad humana y si hacemos eso la historia, la psicología, la política, la creación artística, etc., quedan ipso facto canceladas y la acción humana se vuelve ininteligible. Naturalmente, no es esa una posición que yo estaría dispuesto a defender. Por consiguiente y para decirlo de la manera más general posible, el problema teórico para quienes se interesan en los procesos sociales radica en primer término en la construcción del marco dentro del cual posteriormente se inscribirá el fenómeno que se aspira a explicar, porque es sólo inserto en el contexto apropiado que el suceso en cuestión adquiere sentido y que se vuelve entonces comprensible. La construcción del contexto sería, pues, la primera parte de la tarea. Pero sin duda querrá preguntársenos: ¿qué es eso del contexto?¿De qué marco se está hablando? A esto intentaré responder rápidamente en lo que sigue.

II) Datos empíricos y marco teórico

Cuando hablo de un contexto apropiado para ubicar el fenómeno o el suceso humano que nos interesa explicar me refiero a un conjunto de datos y verdades empíricas gracias a los cuales el evento en cuestión resulta inteligible, comprensible. Por ejemplo, si queremos explicarnos la batalla de Waterloo tenemos que “ubicarla”. ¿Cuál es su contexto? Éste queda conformado por datos como los siguientes: Napoleón dio ciertas órdenes que nunca se cumplieron, la caballería prusiana llegó inopinadamente cuando Wellington estaba siendo derrotado, la batalla entre ingleses y franceses había sido particularmente cruenta, la batalla era no sólo inevitable sino crucial, ya que Napoleón se había escapado de la isla de Elba y con su victoria hubiera mantenido a Europa en guerra durante mucho más tiempo del indispensable, etc., etc. Se nos aclara entonces el porqué de la enjundia, la determinación, etc., de los participantes en la batalla y cómo el extraordinario general Bonaparte a partir de cierto momento tuvo que darse por vencido. Entendemos entonces la importancia de la batalla, su desarrollo, las consecuencias para Francia y todo lo que se derivó de ella. En otras palabras, dados todos esos datos la importancia crucial de la batalla súbitamente adquiere sentido. Napoleón no se enfrentó a Wellington porque deseaba dirigir una batalla más, como si estuviera jugando con soldaditos. Mucho dependía de esa batalla en particular. A su vez, todas las acciones de todos los involucrados tenían sentidos precisos y sólo cuando conocemos esos sentidos es que el evento que nos ocupaba resulta explicable, es decir, comprensible.

Lo que deseo sostener en este artículo es que la pandemia del coronavirus requiere también, para ser comprendida, de un conjunto de datos y de verdades que en general están a la vista pero que en la medida en que nos parecen “naturales” simplemente no se les toma en cuenta. Al ignorarlos, inevitablemente se genera un vacío teórico que permite la producción incesante de pseudo-explicaciones, como la de pretender dar cuenta de la pandemia en términos exclusivamente biológicos (y por si fuera poco, extremadamente ingenuos). Lo que a nosotros en primer lugar nos corresponde hacer, por lo tanto, es seleccionar nuestros hechos fundamentales, esto es, los constitutivos del contexto apropiado, lo cual nos permitirá encontrar el sentido del fenómeno humano que nos incumbe. En el caso del coronavirus: ¿cuáles podrían ser esos hechos?

Salta a la vista, supongo, que los hechos que para nosotros en este caso son relevantes no tienen absolutamente nada ver con descubrimientos de la NASA ni con los últimos experimentos realizados por los más prestigiados infectólogos del momento ni nada por el estilo. En todo caso, tienen que ver más bien con lo que la astrofísica o la biología presuponen, es decir, con todo aquello que se requiere para que podamos hablar en esas áreas de conocimiento y de progreso. Pero ¿qué se presupone tanto en esas como en prácticamente cualquier otra disciplina científica y en general en cualquier otra actividad humana (económica, artística, militar, etc.)? Obviamente, sus instrumentos de trabajo. Un astrónomo no puede trabajar sin telescopios, un infectólogo no puede trabajar fuera de un laboratorio en donde hay tubos de ensayo, microscopios y demás. El trabajo en ciencia requiere de una determinada infraestructura. Permítaseme ahora precisar un poquito más la idea involucrada: aludo simplemente a los artefactos propios o típicos de la cuarta revolución industrial. Ésta resulta en realidad de la fusión de diversas ciencias con la teoría y la tecnología de la computación. Es una realidad que estamos viviendo lo que podríamos llamar la ‘digitalización de la vida’ en todas sus dimensiones y aspectos, la computarización de los procesos humanos, integrando en una nueva super-disciplina las ramas más avanzadas, formalizadas y matematizadas de la ciencias.

Y es en este punto que aparece un primer resultado fundamental, aunque de hecho sus implicaciones y ramificaciones fueran prima facie incalculables, a saber, que era sencillamente imposible que esta “cuarta revolución” se circunscribiera al ámbito del conocimiento “puro”, que se mantuviera como un avance meramente teórico, inclusive si se sabía que los avances teóricos en principio siempre pueden tener aplicaciones prácticas, es decir, generar progreso tecnológico. El problema es que esta perspectiva de idolatría por la teoría y de desdén por sus aplicaciones prácticas, una perspectiva que es muy fácil de adoptar, está completamente equivocada y es profundamente equívoca y engañosa. Muy probablemente, en lo que a nadie o a muy poca gente interesó mientras se alcanzaban nuevos descubrimientos y se implementaban nuevas tecnologías fueron precisamente las potenciales consecuencias prácticas del avance científico, del progreso puramente teórico. Las consecuencias de la cuarta revolución fueron de muy diversa índole, pero para nosotros son particularmente importantes dichas consecuencias en el área de la producción de bienes, del trabajo en el sentido más amplio de la expresión, esto es, en relación sobre todo con los procesos de producción, reparto, comercialización, etc., de bienes, de mercancías de toda índole. Se entiende, quiero pensar, que ello equivale a hablar de la vida humana en su conjunto, puesto que afectar directa y profundamente el ámbito del trabajo es afectar la producción material de la existencia, gracias a la cual fluye y se sostiene la vida social en general.

No deja de ser curioso que las consecuencias prácticas del formidable avance tecnológico de la cuarta revolución industrial hayan pasado tan desapercibidas, dado que en la historia de la humanidad encontramos situaciones similares a la actual y cuyas terribles consecuencias son harto conocidos. Consideremos momentáneamente la máquina de vapor, echada a andar de manera sistemática desde la segunda mitad del siglo XVIII. ¿Qué efectos tuvo sobre la población de aquellos tiempos, en particular sobre el sector obrero? Recordemos que la máquina de vapor hizo su aparición en el mundo laboral primero en Inglaterra, muy poco tiempo después en Francia, luego en lo que posteriormente sería Alemania, en los Estados Unidos, etc. Respecto a las condiciones laborales, científicas y sociales para que pudiera darse el fenómeno de industrialización, opino que difícilmente encontraremos un texto más instructivo e ilustrativo que los dos últimos capítulos de Das Kapital, esto es, “La Ley General de la Acumulación Capitalista” y, sobre todo, el capítulo siguiente (XXIV), esto es, “La Llamada Acumulación Originaria”. Este último capítulo, como lo sabe cualquier persona de la orientación política o ideológica que sea, es simplemente un texto magistral en el que Marx describe (y denuncia) con horrorosa exactitud la superación del antiguo régimen y la formación de las nuevas clases sociales en la Inglaterra de aquellos tiempos (básicamente, burguesía y proletariado). Ahora bien, Marx tuvo el genio para entender y la capacidad para explicar las implicaciones de la brutal industrialización apoyada en descubrimientos científicos y que inexorablemente se imponía, que todos presenciaban y padecían, pero de la que en realidad nadie sabía dar cuenta. Partiendo de datos duros, esto es, de lo dado en la experiencia de la vida cotidiana a lo largo y ancho del siglo XIX (desempleo, miseria, jerarquización social, explotación brutal, enajenación, despilfarro, etc., etc.), Marx pudo explicar el avance social e histórico que representaba la construcción de la sociedad burguesa e hizo ver con aterradora precisión que lo que había sucedido era una reorganización social completa de Inglaterra, una reestructuración derivada de la incontenible expansión capitalista. Como era de esperarse, la transformación que llevó a Europa Occidental del feudalismo al capitalismo no habría podido efectuarse sin profundas y dolorosas convulsiones sociales. Podríamos inclusive reconocer que para su resolución última, esto es, para que dicha transformación se consumara y permitiera acceder a una situación de vida estable, llevadera, con sentido, etc., para las grandes masas, para porciones importantes de la población, hasta guerras tuvieron que haber, guerras siempre presentadas como conflictos de otra naturaleza, a saber, de carácter ideológico, político, geo-estratégico, nacionalista, comercial, etc. El efecto de todo esto, sin embargo, era ocultar sistemáticamente el verdadero origen de los conflictos, que era en última instancia de naturaleza económica. Yo creo que a estas alturas ya podemos afirmar con confianza que la fuerza mayor detrás de la evolución de los países europeos a partir por lo menos de la segunda mitad del siglo XVIII, es decir, lo que impuso a sangre y fuego las reglas del cambio social fueron “simplemente” los requerimientos del sistema capitalista en lo que era su imparable expansión. En todo ese largo y penoso proceso de desmantelamiento y de reconstrucción social, la máquina de vapor fue uno de los instrumentos de los que se sirvieron los policy makers de la época para racionalizar, justificar, alentar, profundizar, etc., la reconfiguración de la sociedad. Un aspecto preocupante del asunto es que, visto desde nuestras coordenadas espacio-temporales, habría que admitir que muy probablemente no había muchas opciones y que el desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual en última instancia quería decir el desarrollo del sistema capitalista, del sistema de producción de mercancías, y con él la transformación de la sociedad, era sencillamente inevitable. No olvidemos, dicho sea de paso, que las fronteras políticas no son fronteras sistémicas, por lo que algo parecido a lo que pasó en la paradigmática Inglaterra sucedió en los países que venían a la zaga.

III) La situación actual

Mi punto de partida es la convicción de que lo que se está viviendo hoy a nivel mundial es, mutatis mutandis, un fenómeno similar o equivalente al sufrido sobre todo en los países más avanzados de Europa Occidental por lo menos a lo largo del siglo XIX.  Pienso que si tomamos como modelo lo que sucedió hace unos 200 años y que tiene como símbolo representativo a la máquina de vapor, automáticamente echamos luz sobre la situación actual. ¿Cuál es esta?¿De qué hablamos?

A nadie sorprenderé, supongo, si afirmo que lo que tengo en mente es la situación de pandemia que sufre la humanidad, así como las innumerables consecuencias que ésta tiene para los habitantes del planeta. Ahora pienso que hasta hay un sentido de acuerdo con el cual podría afirmarse sin caer en absurdos que dicho mal era “previsible” o por lo menos que no debería habernos resultado tan sorpresivo. Independientemente de ello, lo que podemos afirmar con relativa seguridad es que el problema sigue siendo básicamente incomprendido. A la gente en general, y a los científicos en particular, les gusta divagar sobre temas periféricos o secundarios, como el origen del virus, las potenciales vacunas, la guerra comercial que éstas acarrean, etc. Los biólogos en particular dan la impresión de pensar que son ellos quienes tienen la clave para explicar el fenómeno social que en todo el mundo se padece. Esto me parece a mí de una ingenuidad teórica mayúscula, por no decir ‘grotesca’. El colosal problema social causado por el coronavirus no tiene nada que ver con la estructura interna del virus, con su gestación, con cómo se expandió, etc. En todo caso, no son esas la clase de cuestiones que para nosotros son esenciales.

El coronavirus, provenga de donde provenga y sea el resultado de mutaciones y transmisiones naturales o de manipulaciones en laboratorios militares que gozan de todos los niveles de seguridad que se requieren para efectuar experimentos relacionados con virus y guerras bacteriológicas, no es más que un elemento en un cuadro mucho más complejo que el de una epidemia generalizada. La pandemia del coronavirus no es de la misma estirpe que la peste bubónica y la prueba de ello es que juegan cada una de esas dos plagas roles sociales completamente diferentes. Lo que nosotros tenemos que preguntar, la inquietud que es menester despejar es: ¿cuál es, en qué consiste el problema para cuya solución el coronavirus es un instrumento más? La dificultad consiste, naturalmente, en que el problema que aspiramos a identificar y diagnosticar es en realidad una especie de problema-esquema, en el sentido de que comprehende o subsume cientos o miles o millones de sub-problemas que lo ejemplifican. ¿Cuál es, pues, ese super-problema que tuvo como consecuencia la realidad del coronavirus? Pienso que lo que ahora se vive no es más que la consecuencia lógica del crecimiento, la expansión, el desarrollo de las fuerzas productivas en choque con una superestructura rígida que tiene que adaptarse a una nueva situación generada sobre todo por el incontenible avance tecnológico. Así como la máquina de vapor transformó la sociedad inglesa mandando a la calle a centenas de obreros que trabajaban jalando animales o empujando cosas, así la computación insertada ya en todos los sectores de la vida cotidiana, es decir, la computación ya profundamente socializada y arraigada en nuestras vidas, tuvo como uno de sus efectos hacer del trabajo humano, del trabajo cotidiano de cientos de millones de personas algo pura y llanamente redundante, superfluo, innecesario. Es, pues, el desarrollo de las fuerzas productivas, que incluyen desde luego a la computación, lo que impulsa fundamentales cambios en la estructura social. El problema radica en que las modificaciones estructurales no se pueden llevar a cabo a base de peticiones, votaciones, cooperación voluntaria, etc. Cambios de magnitudes planetarias tienen que ser impuestos. Y es justamente en esta peculiar coyuntura que el coronavirus hace su aparición.

En este como en muchos otros casos, es importante la auto-crítica, por lo que deberíamos aceptar que parte de nuestros problemas de comprensión se deben a que somos o lisiados intelectuales o miopes políticos que no vemos más allá de un palmo de narices. Pero seamos generosos con nosotros mismos: después de todo, los Marx no abundan y no hemos encontrado todavía a nadie que venga a explicarnos con lujo de detalles cuáles son los requerimientos, las exigencias, las imposiciones sociales, laborales y políticas de lo que obviamente no es más que la nueva fase de expansión del sistema capitalista. Mientras no entendamos que este es el fenómeno realmente decisivo, el coronavirus seguirá existiendo perdido en una neblina de misterio e incomprensión.

Podemos aprovechar el punto para de inmediato confirmar cuán ingenuos somos normalmente. Por ejemplo, nos regocijamos porque hay teléfonos celulares con dos cámaras, computadores cada vez más veloces y con cada vez más memoria, posibilidades de comunicación por internet ni siquiera soñadas hace 25 años, procesamientos de alimentos, autos, etc., en fábricas completamente automatizadas, control humano cada vez más efectivo por medio de radares, cámaras, modos de identificación de personas realmente fantásticos (iris, códigos genéticos, etc.), operaciones de pacientes realizadas a través de monitores sin necesidad de enfermeras, anestesiólogos, etc., etc. Todo eso es muy bonito, pero de lo que no nos percatamos es de todo lo que ese “progreso” acarrea, implica, genera en otros ámbitos de la vida. Debería entenderse que el cambio en la infraestructura del sistema fuerza a cambios en la super-estructura y a decir verdad en todos los sectores de la vida. Estos cambios no son ni casuales ni opcionales. Por ello en verdad sería bueno que se le informara por fin a la gente en todo el mundo que la nueva “normalidad” en la se nos instaló es definitiva, porque para echarla atrás habría que renunciar a la tecnologización y a lo que llamé la digitalización de la vida. No hay forma de detener el proceso de reconfiguración social y de la vida humana en general fundado en la ciencia y en la tecnología de punta.

Daré un ejemplo obvio que después se podrá fácilmente generalizar a múltiples otros casos. Consideremos una “oficina inteligente”. Normalmente es un área cerrada y dividida en función de la organización de la empresa en sectores por medio de mamparas, muros de tabla roca, etc., que la hacen ver como un pequeño laberinto. Supongamos que en esa oficina trabajan tres directores de área. Todos tienen sus respectivas computadoras, teléfonos, etc. Ahora bien, en la medida en que son jefes requieren de ayudantes, que son en general secretarias, a las cuales también se les proporcionan escritorios, computadoras, teléfonos, etc. Todo eso representa sueldos, prestaciones, gastos (luz, renta, elevadores, estacionamientos, etc.). Pero resulta que, como por casualidad, el coronavirus “forzó” a las empresas a enviar a sus empleados a sus casas para que desde allí hagan su trabajo y muy rápidamente se pudo constatar que eso era perfectamente factible. La computación socializada garantiza que ello sea así y además con más efectividad. Por ejemplo, ya no hay necesidad de checar entradas y salidas. La computadora lo hace automáticamente. La tecnología de la que se dispone hace ver que las empresas innecesariamente despilfarran dinero no sólo porque lo que era el trabajo de muchas personas ahora estrictamente hablando lo puede realizar una sola, sino porque queda claro que no hay necesidad de incurrir en toda esa inmensa cantidad de gastos que podríamos llamar ‘ante-pandémicos’: oficinas, choferes, líneas de teléfono, escritorios, lámparas, etc. De pronto entendemos que todo es simplemente redundante. Cuántas empresas haya en el mundo no sé, pero lo que sí sé es que todas ellas en este momento están ahorrando cientos de miles de millones de euros o de pesos o de dólares o de yuans o de la divisa que sea. La invención de las cripto monedas, por ejemplo, tampoco es casual ni es un juego ni nada que se le parezca. Es como la invención de las tarjetas de crédito. Poco a poco se irá instaurando y terminará por sustituir (quizá nunca totalmente, pero sí de manera significativa) el dinero contante y sonante, como se decía en el medioevo.

Para nosotros el problema es muy simple: el desarrollo del sistema capitalista no se va a detener. No hay nadie ni nada que pueda realizar semejante hazaña (un meteorito de un kilómetro de ancho quizá, que caiga en medio del Atlántico). Ahora bien, es evidente que este proceso de interacción entre progreso material y vida humana, oculto tras la pandemia y todo lo que ésta acarrea, tiene y va a tener para la humanidad en su conjunto consecuencias inmensas, incalculables, terroríficas algunas, positivas otras. Es auto-evidente que las transformaciones en la infraestructura económica tenían que surtir efectos de magnitudes incalculables en la vida humana o, alternativamente, en las vidas de los seres humanos. Después de todo, el conocimiento científico no es tan “puro”. Sobre esto quisiera decir unas cuantas palabras.

IV) El status del coronavirus

Si el panorama que hemos delineado no es totalmente absurdo, el status político del coronavirus automáticamente se vuelve visible o, mejor aun, comprensible. Obviamente, el bicho mismo es un asunto de una gran complejidad biológica, pero ello no altera en nada su status de instrumento al servicio de los intereses supremos del mundo, que de uno u otro modo en última instancia son de carácter económico. Todos sabemos (o si se prefiere, “imaginamos”) que hay grandes científicos (infectólogos, computólogos, etc.) involucrados en el caso, pero estoy seguro de que todos coincidiremos en que a esas personas se les paga, es decir, son empleados de alguien, trabajan para alguien, usando ‘alguien’ inevitablemente de una manera vaga y para aludir no a una persona, sino a grupos de interés relevantes. La hipótesis que quiero entonces someter a consideración del lector es la siguiente: ante la ya urgente necesidad de remodelar el sistema capitalista, esto es, nuestro sistema de vida, muy probablemente los amos del mundo (esos “alguien” a quienes aludí más arriba) repasaron todos los posibles escenarios antes de tomar decisiones. Esto, evidentemente, es un trabajo en el que concurren los especialistas de todas las ramas del saber y del tener (banqueros, militares, grandes industriales, políticos, científicos, etc.). Yo me imagino que se habrán revisado todas las opciones en principio accesibles, pero una tras otra se fueron poco a poco descartando hasta que se llegó a la de la pandemia. Por ejemplo, podemos imaginar que se examinó a fondo la posibilidad de una tercera guerra mundial pero, por razones no ya de estrategia militar sino de sentido común, se habrá llegado a la conclusión de que esa opción ya no era viable. Rusia no es Alemania. No tiene el menor sentido tratar de pasar a la siguiente fase en el desarrollo del capitalismo si lo que se va a hacer es destruir el capitalismo, porque a eso equivaldría en la actualidad una guerra atómica. Dado que en un caso así no habría vencedores, esa opción tenía que ser abandonada. Pero eso no significa que entonces no hubiera nada que hacer. El sistema tenía que reestructurarse, re-iniciarse, reconfigurarse. De manera que, muy probablemente entonces, el coronavirus fue el instrumento elegido para forzar al mundo a adoptar la nueva modalidad de vida en el nuevo capitalismo, el capitalismo cibernético, corporativista y globalista, el cual obviamente presupone todas sus formas previas.

Si el punto de vista que estamos proponiendo fuera acertado, las acusaciones entre países resultarían hasta risibles. La pandemia del coronavirus no es un asunto de un solo país. Muy probablemente – y esto obviamente no es más que una hipótesis más para la cual lo único que reclamo es que es congruente con mi relato puesto que, como cualquiera con una dosis mínima de células grises entiende, no tengo el menor dato al respecto – la actual pandemia fue el resultado de una operación conjunta de algunos países, entre los cuales están involucrados desde luego los Estados Unidos y China, y probablemente otros países como Israel, Corea, quizá Gran Bretaña, Francia, etc., pero no muchos más. Divagar sobre eso sería, sin embargo, una ociosa especulación y no es por lo tanto un tema sobre el que quiera, pueda o deba pronunciarme.

Me interesa más afinar mi cuadro general. Si no estoy equivocado, el coronavirus tiene por lo menos dos facetas: por una parte, es un elemento dañino, letal, peligroso para la salud de las personas. Esa es la faceta biológica o médica del “constructo”. Por otra parte, sin embargo, es un instrumento social y político de graves y profundas implicaciones; tiene obvios efectos en los ámbitos laboral, económico, militar, policiaco, social, artístico, escolares, etc. En todos esos casos, es decir, en el todo de la vida humana, los efectos del coronavirus son como los nuevos canales de vida por los que de aquí en adelante habrá de fluir la existencia humana. Naturalmente, las consecuencias del virus en la sociedad humana son el precio que hay que pagar para mantener el “progreso” económico, científico y tecnológico.

En resumen: lo que estamos viviendo es un ajuste total a los implacables requerimientos económicos del sistema capitalista. A través del miedo causado por un factor de laboratorio se logró obligar a la población mundial (independientemente de sus mentalidades o idiosincrasias) a aprender a vivir de otro modo y a aceptar con relativa docilidad la nueva forma de vivir. Podrá haber pueblos muy bullangueros, alegres, desafiantes, etc., pero podemos tener la certeza de que todos, sin excepción, van, como se dice, a entrar en cintura. Lo único que por el momento puedo decir es que desearía estar equivocado.

V) Las nuevas formas de vida

Algunas personas saben que el filósofo más grande de todos los tiempos, Ludwig Wittgenstein, el anti-filósofo por excelencia, acuñó la expresión ‘forma de vida’ para dar cuenta del sentido de lo que decimos cuando hablamos, pues a lo que apunta la expresión es a las actividades humanas y de acuerdo con Wittgenstein el sentido de lo que decimos brota de o surge en conexión con lo que hacemos. Esto lo aclaro por respeto a Wittgenstein, porque no quisiera, primero, mal emplear una expresión técnica y útil en un contexto muy preciso como lo es la discusión filosófica seria en un contexto que es más bien de reflexiones generales sobre la situación por la que estamos atravesando hoy en día; y, segundo, por nada del mundo quisiera dar la impresión de que estoy de una u otra manera tratando de aprovechar el pensamiento de Wittgenstein en este otro contexto y en relación con un tema que no tiene nada que ver con su actividad filosófica. Nada de eso. Voy a emplear la expresión ‘formas de vida’ de manera no técnica, como una expresión más del lenguaje coloquial, para indicar cosas tan variadas como costumbres, modas, actividades realizadas de manera regular, actividades deportivas, escolares, científicas, burocráticas, etc. Lo que quiero afirmar es entonces lo siguiente: por medio de una pandemia, esto es, de una epidemia de más de tres países y que de hecho ya es mundial, se está rediseñando la vida de la casi totalidad de la población del planeta. Todas las actividades de la gente en México y en Francia, en Madrid y en Tokio, en Nueva York y en Roma, sus hábitos, horarios, relaciones con otras personas, con el medio ambiente, etc., todo, sus dietas, sus entretenimientos, comidas, todo está siendo drásticamente modificado. ¿Podría ser un cambio tan brutal en nuestras formas de vida como ese algo casual, algo causado por un virus que estaba en la naturaleza? Suena cómico! ¿Podría ser la situación por la que todos estamos atravesando el resultado de una decisión de algún monarca invisible? Claro que no! Lo que está sucediendo no es un asunto de decisiones personales, de caprichos individuales. Todo responde al hecho de que el sistema capitalista estaba empezando a asfixiarse y si se hubiera asfixiado las consecuencias habrían sido quizá hasta peores. Es evidente, por otra parte, que de motu proprio la gente no habría aceptado modificar sus vidas como han sido forzadas a hacerlo (y estamos lejos todavía de que la humanidad en su conjunto acepte alterar su vida en una dirección que le es incómoda de entrada pero sobre todo desconocida). Si se le hubiera explicado a la gente por todos los medios, en todos los rincones de la Tierra que había que cambiar la estructura de nuestra organización productiva, laboral, académica, etc., nadie habría hecho caso. La inferencia es obvia: cambios de estas magnitudes tienen que ser inducidos, porque no pueden ser más que forzosos.

Debería quedar claro, en mi opinión, que no fue porque los auténticos dueños del planeta hubieran pensado (como muchos profundos analistas pretendieron hacernos creer cuando el problema estalló) que el sistema era esencialmente injusto, que había que redistribuir la riqueza, etc., etc., que pasa lo que está sucediendo ahora. Ciertamente no fueron los 350 millones de animales que mueren diariamente para satisfacer “necesidades” humanas lo que llevó a la nueva nobleza a aplicarle a la humanidad la enfermedad económica que es la pandemia de covid-19. No fue por razones humanitarias, religiosas, morales, etc., que se está operando el cambio adaptativo a nuestro modo de producir la vida material. Nada de eso. Fue porque el sistema iba a dejar de operar y había que salvarlo que se recurrió al expediente del coronavirus. Es (válgaseme la expresión) demasiado contradictorio seguir haciendo funcionar una oficina con 100 personas cuando con sólo 2 se puede hacerlo. Razones económicas para el cambio que estamos experimentando ciertamente las hay. El problema es que eso no es todo, que no se agota con ello la temática ni la problemática.

Hay algo que probablemente sí habrá cruzado en algún momento por la mente de quienes decidieron implementar el cambio, esto es, de los jerarcas del mundo, pero es de suponerse que tampoco les habrá quitado mayormente el sueño y es: ¿cuál va a ser el impacto de este gigantesco cambio en las vidas de las personas, niños, mujeres, hombres o ancianos? ¿Cómo va a vivir la gente de aquí en adelante en estas nuevas condiciones?¿Cómo se puede rehacer la vida después de un cambio tan brutal, después de haber aprendido a vivir de otra manera? Echémosle un simple vistazo a la situación desde el punto de vista no de los grandiosos y megalómanos arquitectos de la sociedad humana, sino del de las personas normales, comunes y corrientes. ¿Qué podría decirse al respecto?

Como todo proceso de re-adaptación, aprender a vivir de un modo radicalmente diferente de como lo habíamos venido haciendo es forzosamente un proceso doloroso, pesado, difícil y muy probablemente las generaciones de la época del coronavirus habrán sido en este sentido sacrificadas. Pero lo que queremos determinar es: ¿qué efectos concretos tiene en la persona, en el individuo, en el ser humano de carne y hueso, esta imposición? Yo creo que, para evitar el anecdotismo, lo que hay que hacer es intentar responder a esta pregunta expresándonos de la manera más general posible.

El primer cambio doloroso es evidentemente el vinculado con la salud. A diferencia de como se vivía hasta hace un año, vivimos ahora permanentemente en un peligro mortal. Es ya un grave problema en sí mismo que uno pueda en cualquier momento contagiarse y, por las razones que sean, esto es, por el coronavirus, por las complicaciones que genera, por las enfermedades que se contraen en los hospitales, por descuido o negligencia, por debilidad, etc., morir. La enfermedad covid-19 es una espada de Damocles permanentemente colgando sobre nuestras cabezas. Pero hay más y quizá peor: se va a tener que vivir con el terror no sólo de que uno pueda morir sino de que, independientemente de su edad o su sexo, las personas que uno más quiere también mueran. Padres, hijos, abuelos, nietos, amigos, cónyuges, vecinos, etc., cualquiera puede en todo momento sucumbir, porque todos estamos expuestos 24 horas al día. Es claro, pues, que la vida ya no será igual. En relación con esto, quiero enfatizar lo siguiente: desde nuestro punto de vista, el coronavirus en sí mismo es secundario. Una vez que se tenga la vacuna el problema quedará si no resuelto si neutralizado, pero de inmediato saldrá otro virus, uno nuevo, proveniente, digamos, de las truchas de algún río africano, y así indefinidamente. Aquí lo que importa es el control efectivo de la población mundial. Si efectivamente eso es así, con ello se muestra que la actual pandemia es todo menos “natural”, pero no intentaré ahondar en el tema.

Las nuevas formas de vida impuestas por los amos del mundo, que son los grandes defensores del sistema y, claro está, sus grandes beneficiados, hieren letalmente los procesos de socialización que considerábamos normales, empezando por las escuelas y terminando por los bares, los antros y demás. Para evitar ambigüedades o titubeos: hasta la prostitución y la delincuencia tienen que adaptarse a las nuevas circunstancias. También el robo y el asalto serán cada vez más de carácter cibernético. Ahora bien, es obvio que si bien esta “des-socialización” o, quizá mejor, esta “neo-socialización” o “socialización virtual” o “computacional” o “cibernética” tiene consecuencias graves para todo mundo, también lo es que las tiene sobre todo para las personas que están entre la adolescencia y la madurez avanzada, digamos para las personas cuyas edades oscilan entre los 13 o 14 años y los 70 o 72 años, más o menos. Para personas que se mueven en ese abanico temporal va a ser muy difícil adaptarse, porque ‘adaptarse’ en este caso significa algo como aprender a encontrar nuevos objetivos en la vida, nuevos modos de realización, nuevas modalidades de relacionarse con sus congéneres, de divertirse, de pasear y así indefinidamente. En otras palabras, el ciudadano actual tiene que aprender a dotar a su vida de un nuevo sentido y eso es todo lo que se quiera menos fácil.

Los cambios provocados por la pandemia del coronavirus son en verdad inmensos: ¿cómo buscará un joven una pareja y cómo se podrá mantener una relación de afecto con alguien a quien se puede contagiar en cualquier momento, o a la inversa, con alguien a cuya casa no se puede ir, a cuyos padres no puede uno ni saludar? ¿Se van a tener hijos en estas circunstancias?¿Quiere alguien traer niños a vivir en una especie de prisión eterna? Si una joven se compra ropa y se viste bien porque quiere gustar (algo perfectamente legítimo, por lo menos hasta ahora): ¿de qué le va a servir ahora su ropa y su peinado? Ahora lo que se requiere es un buen uniforme casero, lo menos parecido que se pueda a un uniforme de cárcel federal para evitar asociaciones gratuitas, porque ¿para qué comprar ropa? Lo que hay que tener es una buen cubre bocas y una elegante máscara! En verdad: ¿seguirán teniendo sentido los grandes almacenes? En lo más mínimo: ya toda transacción se puede hacer por internet y cada vez más habrá alguna compañía que lleve los productos que uno requiere hasta su domicilio y asunto arreglado. O sea, el comercio tradicional en gran escala está condenado. Habrá que inventar nuevos juegos o nuevas formas de disfrutar el box, el futbol, el baseball, etc., porque los estadios se parecen cada vez más al Coliseo romano: son reliquias de una época pretérita. ¿Tiene sentido viajar? Pero ¿para qué va uno a gastar en aviones si la ciudad que uno quiere visitar está clausurada? Es la vida humana como un todo, no aspectos a dimensiones o facetas de ella, lo que fue arteramente afectado. En esas condiciones: ¿puede sorprendernos el aumento de la violencia, el incremento en suicidios, la pandemia de las depresiones y de diversos estados sicóticos? Lo más torpe en lo que se me ocurre que podría pensarse es que la culpa de todo recae en lo que para algunos parece ser el sector social odiado por excelencia, i.e., los hombres, a los que hábilmente se les ha convertido en el receptáculo perfecto de toda culpa y toda maldad. Como bien lo enseñó Platón, la fuente del mal es siempre la ignorancia.

A mí me parece que es intuitivamente claro que este paisaje semi-tenebroso que estoy pintando no es el de una situación que podría durar eternamente. La raza humana no lo soportaría ni, por otra parte, es algo que alguien quiera. Poco a poco, a lo largo del siglo se irán haciendo los ajustes que la nueva forma de vivir habrá exigido que se hagan y entonces se entrará en una nueva etapa de estabilidad en la que se podrá volver a ser libre, a intentar ser feliz, etc., es decir, una etapa en la que la vida humana volverá a tener un sentido más o menos definido y más o menos parecido al que alguna vez tuvo.

Intelectuales Tropicales y Golpes de Estado

Me parece que antes de iniciar nuestro breve análisis de la situación que nos interesa examinar deberíamos hacer un recordatorio elemental pero, como intentaré hacer ver, indispensable. Así, debe quedarnos claro a todos que después de decenios de entrenamiento, hay ya hasta manuales de cómo derrocar un gobierno legítimo. Con esto en mente, iniciemos nuestra labor de análisis.

Como más de una persona recordará, durante mucho tiempo en México había dos figuras políticas que era pura y llanamente imposible criticar: el presidente de la República y el papa. Si algo de esto lograba hacerse, se corrían graves peligros. Dado que, por un sinfín de razones en las que no entraré aquí y ahora, puede afirmarse que la civilización cristiana está prácticamente desahuciada, el papa dejó de ser una figura fundamental en la vida política nacional y con ello se amplió el horizonte de la crítica política. Es cierto que todavía llegan millones el 12 de diciembre a la Basílica de Guadalupe y vemos con consternación las manifestaciones de idolatría, fanatismo, credulidad, fe, etc., de innumerables personas que de rodillas, arrastrándose, en sillas de ruedas le piden a la Virgen que los ayude en su miseria, con sus deudas, sus limitaciones, sus penas y demás. Pero esta no es más que una faceta de la vida religiosa que es de las últimas en extinguirse. No ahondaré, sin embargo, en el tema porque mi objeto de reflexión es otro. Lo único que quería señalar es que habiendo perdido vigencia en el mundo la religión católica, la prohibición política de no criticar al papa se fue diluyendo y en la actualidad hasta chistes se hacen de Su Santidad. Y lo que sostengo es que algo similar sucedió con la figura presidencial, un fenómeno que en México sin duda alguna se intensificó debido a la mediocridad qua estadistas de quienes estuvieron al frente del país.

Un exhorto: no confundamos, por favor, poder nacional transitorio con grandeza o trascendencia histórica. Los presidentes de México hasta hace poco eran prácticamente dictadores y así se conducían, pero como eran mediocres culturalmente, abiertamente inmorales (¿a quién pueden engañar un Felipe Calderón o un Peña Nieto?), ostensiblemente anti-mexicanos (“vende-patrias” descarados), vulgares arribistas (Fox. ¿Será el único?), algunos de ellos acompañados de “primeras damas” para las cuales podríamos acuñar más apropiados epítetos, hicieron que la figura presidencial fuera perdiendo lustre y se convirtiera finalmente en un artefacto político al servicio de intereses particulares. Así, el proceso que podríamos denominar de “desmitologización del presidente” llegó al grado de que en la actualidad cualquier mequetrefe con una dosis mínima de insolencia se atreve a increparlo, a “criticarlo” y hasta a insultarlo y ello no sólo en un plano político, sino hasta personal. Todos en más de una ocasión hemos sido testigos de actitudes bochornosas y conductas francamente odiosas como lanzar improperios en contra del hijo y de la esposa del presidente, de burlas que rebasan con mucho el límite de lo decente, que van más allá del mal gusto y, probablemente, hasta de lo legal. Que las cosas han evolucionado en el sentido indicado es algo que cualquiera puede de alguna manera “corroborar”. Haga el lector el siguiente experimento: imagínese a sí mismo a finales de los años 90 del siglo pasado hablando en público o escribiendo algo para algún periódico acerca de las orejas o de la calva de Carlos Salinas de Gortari. Con toda franqueza: ¿cree el lector que alguien se habría atrevido a semejante desacato y que si, per impossibile, lo hubiera hecho, no le habría pasado nada? Los ejemplos podrían proliferar, pero el punto es claro: la figura presidencial se ha desmoronado y al presidente Andrés Manuel López Obrador le tocó lo que bien podría ser la fase final del presidencialismo mexicano.

Ahora bien, es un hecho irrecusable que las relaciones entre el gobierno del actual presidente de México, por un lado, y los medios de comunicación, por el otro, están viciadas y de hecho podrían quedar recogidas mediante una muy simple directiva: al presidente (con todo lo que eso acarrea, esto es, su política) se le critica si hace algo y se le critica también si no lo hace o inclusive si hace lo contrario. Ese es el principio rector de la prensa y la televisión mexicanas en relación con el presidente Andrés Manuel López Obrador. Ese es el hecho. Cabe preguntar: ¿por qué es ello así?

A mi modo de ver, el estado de cosas prevaleciente es sintomático y ciertamente digno de vivisecar. Notemos, primero, que quienes día tras día se dedican a criticar o a burlarse del presidente constituyen obviamente la infantería del partido de la oposición. Son los soldados rasos, los peones del juego político, aquellos con quienes “empieza” la partida, el verdadero enfrentamiento político que ha de seguir. Me refiero, claro está, a los “intelectuales” (me estremezco al usar esa palabra, sobre todo cuando veo la lista de quienes firmaron el documento por la “libertad de expresión”. Hay desde directores de institutos de la UNAM hasta panfletarios y agitadores profesionales, pasando por toda clase de parásitos y de deudores del fisco que hasta vergüenza daría mencionarlos!), es decir, a los encargados de iniciar lo que en principio debería transmutarse en un ataque frontal, directo, mortal y definitivo en contra del actual gobierno. Recordemos nuestro axioma inicial: hay manuales acerca de cómo derrocar un gobierno y la labor inicial se le confía a los periodistas, a los analistas, a los comentaristas, etc., cuya función es embrutecer con pseudo-análisis a la población, desinformando a la gente, repitiéndole ad nauseam mentiras y aplicando multitud de tácticas similares (como erigirse en juez y parte de cada situación de la que se ocupan). Y esto es lo que cotidianamente se hace sólo que hay un problema: los encargados de iniciar el barullo politiquero son tan ineptos que no sólo no logran paralizar la mente de la gente, sino que generan más bien los estados de ánimo contrarios a los que pretenden promover! Lo cierto es que mientras más elevan sus infantiles, pueriles, aburridas, repetitivas e injustificadas críticas al presidente más lo acercan a la gente y más refuerzan el apoyo que ésta le brinda. Sería un acto de honestidad intelectual inaudito el que reconocieran que un alto porcentaje de sus “críticas” no son sólo injustificadas, sino que son declaradamente estúpidas. ¿Qué se puede lograr con soldados tan ineptos como estos? Algo me hace pensar que los magnates que les pagan deben estar muy descontentos con su desempeño.

Afirmé que el conflicto entre el presidente y los mass-media es sintomático, pero sintomático ¿de qué? Naturalmente, de una confrontación que es de mucha mayor envergadura. En realidad, el conflicto no es con los “periodiqueros”. Quienes cuentan son sus ventrílocuos. Pero ¿quiénes son estos? Dejemos que los intelectuales que protestan nos lo digan ellos mismos. Hasta donde es factible ver, los payasos de la “inteligencia” mexicana recibieron la orden de agitar y a lo más que llegaron fue a la peregrina idea de protestar por el peligro en que se encuentra en México la libertad de expresión. Seamos francos: originales no son. ¿Quién que no esté ebrio, embrutecido por drogas o que no sea un delincuente mental podría darle crédito a semejante queja, cuando es palpable que en México hoy por hoy se escribe y se dice absolutamente lo que se quiera? Esa acusación, por lo tanto, es pura y llanamente ridícula. Naturalmente, frente a lo ridículo la reacción popular es la de alzarse de hombros, no hacer caso y seguir adelante. Por lo tanto, la primera fase del ataque al gobierno nacional es fallida y nuestra conclusión preliminar es simple: los intelectuales tropicales no saben hacer su trabajo de desmantelamiento ideológico. Entre otras razones, estos ineptos en grado superlativo no parecen entender que son abiertamente contradictorios: ellos quieren que el pueblo apoye medidas anti-populares. Eso es absurdo. El que nuestros “intelectuales” no defiendan causas populares es algo que la gente, aunque sea intuitiva u oscuramente, percibe, entiende, capta y resiente. Por lo tanto, toda su diarrea lingüística es inevitablemente contraproducente para los intereses de sus propios amos. La explicación es simple y es que no saben hacer el trabajo por el que les pagan que, yo añadiría, no es poco!

En todo caso, la consecuencia práctica inmediata de la torpeza de los “intelectuales” que protestan ante la supuesta falta de libertad de expresión en nuestro país (ojalá que de entre esos afanosos libertarios no surja uno que pretenda que yo sí me calle, aunque ello no debería sorprendernos porque su incoherencia es hiperbólica) es que en esas condiciones simplemente no puede arrancar la segunda fase del ataque al gobierno, que es la de la lucha política y económica abierta en su contra y aunque sea en detrimento de los intereses de la población en su conjunto. A los enemigos del pueblo no les importa si hay escasez de comida y si la gente tiene hambre, si como ratas viviendo amontonadas las personas se lastiman unas a otras, si se les quitan los medicamentos a los enfermos, niños u otros, como ha pasado en el sector salud en donde miembros del personal de hospitales y clínicas esconden, escamotean, negocian, etc., las medicinas adquiridas por el gobierno y así indefinidamente. En la lucha en la que están en juego los intereses concretos de grupos de privilegiados ya no hay límites. Esa fase todavía no empieza, porque la primera ha sido fallida. La simple presentación diaria del presidente en la pantalla proporcionando información de primera mano, genuina, verídica, confirmable ha bastado para neutralizar la ponzoñosa verborrea anti-gubernamental. Aquí casi podríamos adaptar el lema de D’Artagnan y sus amigos: todos contra uno y uno contra todos. ‘Todos’ quiere decir aquí, evidentemente, los afectados por la política rectificadora de la 4 T, la bien llamada ‘Cuarta Transformación’, y ‘uno’ querría decir ‘el presidente’, pero con el pueblo apoyándolo.

La ineptitud de los hipócritas dizque paladines de la libertad de expresión, en el peculiar sentido en que ellos emplean la frase, puede llegar a materializarse en algo a la vez patético y risible, como sucede con uno de los videos de propaganda anti-gubernamental en el que un elocuentísimo “orador” (me ahorro el nombre, entre otras razones porque no le voy a hacer publicidad alguna. Todo mundo además sabe de quién hablo) exhibe una de las verdaderas motivaciones de esta ansiosa demanda de libertad de expresión: él deja perfectamente (por no decir ‘descaradamente’) en claro que todo en última instancia se retrotrae al tema de la consulta iniciada por el presidente para determinar si es constitucionalmente válido someter a juicio a los expresidentes o no. En otras palabras, el verdadero problema no es el de la libertad de expresión. Eso es lo que los soldados ideológicos presentan como motivación para la insurrección, pero obviamente es una mentira. El verdadero problema es un conflicto de poder, de dinero y de tráfico de influencias que opone a quienes dirigen en la actualidad las instituciones nacionales y a quienes durante cinco sexenios no hicieron otra cosa que sacarles jugo, beneficiarse personalmente de ellas, aprovecharlas de la manera más descarada posible para encumbrar a parientes, amigos y socios, todo ello claro está a costa de las arcas de la nación y del bienestar popular. Nosotros, sin embargo, no vamos a caer en la simplona treta de discutir sobre la libertad de expresión en México, porque ese no es un problema real. Lo que nosotros y todos los ciudadanos tenemos que plantearnos es la pregunta: ¿son enjuiciables los antiguos mandatarios o no?

A reserva de elaborar, en este y en otros escritos, la contestación a dicha pregunta, la primera respuesta que automáticamente se nos viene a las mientes es: ¿y por qué no habrían de serlo?¿Se trata acaso de seres divinos que nosotros, pobres humanos, no podemos cuestionar, frente a los cuales lo único que podemos hacer es postrarnos, rogarles, pedirles perdón? Hasta donde se me alcanza, estamos hablando de seres humanos comunes y corrientes, individuos que lo único que los distingue es el haber ocupado durante seis años el puesto político más importante del país (y haberse hecho muy, muy ricos). La pregunta que nos hacemos es: ¿se puede, se tiene el derecho de deliberar públicamente y con la documentación y los testigos apropiados sobre el desempeño de esos individuos o no? Desde mi humilde punto de vista, el único desideratum a tomar en cuenta es si dañaron a la nación, si traicionaron al pueblo, si abusaron del poder del que gozaron o no. Esa es la pregunta y la respuesta es tan obvia que quizá lo mejor sea ilustrarla simplemente. Cualquier persona normal razonaría de este modo: si juzgan o destituyen o meten a la cárcel a un mandatario, como fue ni más ni menos que el caso de Richard Nixon en los USA, el de Fernando Collor de Mello y Lula da Silva en Brasil y otros que podríamos citar: ¿por qué no podrían en México ser juzgados políticamente los pasajeros amos del país?¿Es acaso absurdo pedir que rindan cuentas? ¿Quién los exoneró de dicha obligación? ¿El pueblo de México, al que tanto humillaron, ofendieron y degradaron desde todos puntos de vista? Seamos claros y directos: la solicitud del presidente de que se determine si constitucionalmente los ex-funcionarios públicos mayores, como dije seres humanos como nosotros, que ocuparon durante un periodo larguísimo un puesto privilegiado pero que lo aprovecharon en última instancia ante todo para hacer el mal, son susceptibles de ser juzgados es la expresión política del sentimiento nacional. Es evidente que si fuera un mero capricho presidencial sería insensato siquiera proponer algo así. El presidente no tendría la fuerza política para ello. Pero lo que les debe quedar bien claro a estos lacayunos “intelectuales” al servicio de los ex–presidentes es que lo que está detrás de la iniciativa presidencial es una demanda nacional, es lo que los mexicanos queremos. Lo que el presidente perfectamente captó fueron las significativas miradas de las víctimas de los pseudo-virreyes, de los que se creyeron miembros de una nueva nobleza, de los que nos trataron como si fuéramos sus siervos. Señores intelectuales, sabios del Trópico de Cáncer: ¿quieren saber qué queremos los mexicanos? Que juzguen a los delincuentes! ¿Les quedó claro?

Sabemos, pues, en qué consiste el actual conflicto y quienes toman parte en él. Contemplando el campo de batalla, nos damos cuenta de que, desde diversos puntos de vista, la confrontación es muy dispareja. El enemigo tiene la prensa (yo no la llamaría amablemente ‘de derecha’ ni ‘fifí’ ni nada por el estilo, sino más bien ‘abiertamente reaccionaria, vendida y anti-mexicana’), la televisión (Televisa a todo volumen) y a su servicio una cierta casta (no llegan a constituir una clase, ni por el número ni por la heterogeneidad) conformada por “intelectuales” acomodaticios, resentidos por haber perdido regalías de toda índole, gente abiertamente al servicio de servidores públicos, de super-ricos o de potencias extranjeras operando en México. Lo que sin dudad tienen en común es que todos reverencian el dinero. Por su parte, el presidente tiene consigo dos “comodines” políticos: desde luego, las instituciones nacionales y, no menos importante, un incuestionable y decidido apoyo popular. Pero viéndolo bien, tiene también algo más, a saber, lo animan causas justas. Ahora bien, es menester señalar que el gobierno también tiene debilidades, algunas de ellas graves. A mi modo de ver, las debilidades mayúsculas del presidente son, primero, que no tiene portavoces, que carece de un departamento de propagandistas dedicados a defender, justificar y ensalzar su política, sus decisiones, su lenguaje, etc., así precisamente como lo hacen sus enemigos; segundo, que en su afán por ser coherente el presidente de despoja a sí mismo de armas para el combate cotidiano. O sea, él mismo se debilita; él mismo le abre las puertas a los traidores, saqueadores, tramposos de toda clase. Parecería que al presidente se le olvida, desgraciadamente, que la lucha política pasa por fases diversas y que una cosa es la lucha por el poder y otra la lucha desde el poder. Cambiar de tácticas no es ser incoherente; es simplemente adaptarse a las nuevas circunstancias. Aquí no se está lidiando con párvulos y se tira a matar.

Ser dirigente de un gobierno popular inevitablemente implica que se lastimen intereses creados, ilegítimos, espurios, indecentes y eso, obviamente, tiene que suscitar enemistad, animadversión, odio y deseos de acabar con él (políticamente al menos). En México, sin embargo, la lucha es dispareja porque el presidente juega con reglas y se atiene a ellas, en tanto que sus adversarios no. Calumnias como las que aparecen en el “Reforma” deberían ser penadas. La disparidad en cuestión, por otra parte, tampoco es casual. Después de todo puede tratar de defenderse con la ley cuando de lo que se es culpable es de delitos de lesa nacionalidad. Ciertamente, el presidente podría ser mucho más drástico de lo que es en el marco de la ley, pero no lo está siendo. Cualquier reporterillo o reporterilla de tercera le falta al respeto durante sus exposiciones matutinas. Todo eso desespera a sus seguidores y simpatizantes. A mi modo de ver, permean el pensamiento del presidente algunas confusiones conceptuales más bien graves (como por ejemplo confundir libertad con anarquismo, permitir actos unilaterales de violencia como muestra de democratismo, etc.), pero no entraré en ellos aquí y ahora. Me interesa hacer un esfuerzo y adelantarnos a lo que sugieren los manuales para derrocar gobiernos legítimos.

Estoy seguro de que a más de una persona le parecerá que lo que estamos viendo es una película que hemos visto ya en numerosas ocasiones. Las ambiciones, los temores, los odios de los afectados en la lucha actual son hombres ricos y poderosos, individuos que pueden recoger el guante y enfrentarse al gobierno. De lo que quizá no estén muy conscientes es de que con esa postura lo que logran es llevar a los dirigentes (y como consecuencia de ello, a los países) a posiciones para las que posteriormente no hay marcha atrás. Son seres así, totalmente renuentes al cambio y a la renovación, los que obligan a que los gobiernos sean derrocados o se radicalicen para seguir existiendo. Parecería entonces como si los dirigentes de gobiernos populares tuvieran que elegir entre ejemplificar a Nicolás Maduro (radicalización de un movimiento) o a Salvador Allende (auto-inmolación en aras de un ideal político). En otras palabras, ante la presión de los oligarcas, los caciques, los patriarcas, los grandes rateros y demás o se acentúan los procesos de lucha contra la corrupción, contra la delincuencia, etc., o los dirigentes optan por dejarse asesinar y le ceden el lugar a los Pinochets de siempre. Huelga decir que los ineptos intelectuales tropicales no tienen nada que temer ante un golpe de estado, signifique eso lo que signifique para la Patria. Ellos saben cómo entenderse con el poder militar, cómo adular a los nuevos jerarcas y sobre todo, cómo beneficiarse del fin de la lucha contra la corrupción y la miseria, que a final de cuentas para ellos no pasa de ser un tema de seminario, en el mejor de los casos.

El presidente ciertamente tiene consigo dos “comodines”: las instituciones nacionales y un incuestionable apoyo popular. Afortunadamente, así como están las cosas intentar un putsch, un atentado, un golpe de estado es todavía prematuro y simplemente equivaldría a incendiar el país de arriba abajo. Eso sólo le convendría a los que están en la mira de la justicia. Para fortuna de nosotros, los mexicanos, los encargados de preparar el terreno de la ingobernabilidad profunda son unos magníficos ineptos, por lo que podemos afirmar que la primera fase del manual ni siquiera se ha iniciado.

Andrés Manuel López Obrador: ¿drama o tragedia?

Todo mundo sabía que, a partir del momento en el que el Lic. Andrés Manuel López Obrador ganara las elecciones presidenciales, el país automáticamente se encaminaría por la ruta de la confrontación política y social. Era impensable que, por injustificados que fueran sus privilegios, los favorecidos del antiguo sistema y a quienes se les iba a poner en orden se quedaran pasivamente contemplando su defenestración. La confrontación en cuestión, cuya temperatura sube día con día, era de entrada muy desigual, muy dispareja. Por un lado estaban el presidente, las masas de votantes que lo llevaron al poder y los aparatos de Estado, i.e., el gobierno nacional, ocupado éste por primera vez desde hace muchos lustros por un genuino representante de las clases trabajadoras, populares, menos favorecidas, despreciadas. En otras palabras, por el pueblo de México en su inmensa mayoría. Por el otro lado estaban las vampirescas élites nacionales, las mafias constituidas por gente de camisas de seda y relojes de 100,000 pesos pero carentes por completo de escrúpulos, nunca movidos únicamente por algo que no fueran intereses personales y que habían logrado, a través de un fétido e inducido proceso de putrefacción social, apoderarse de los organismos de gobierno y ponerlos a funcionar para su beneficio. Naturalmente, este opulento grupo social que vive de la sucia mezcolanza de poder político con poder financiero en gran escala nunca viene solo. El grupo en cuestión actúa libremente pero de manera oculta y silenciosa, porque para la defensa de sus ambiciones y la representación pública de sus intereses tiene a su disposición, es decir, a sueldo, a toda una caterva de dizque intelectuales tercermundistas, de calumniadores profesionales que se presentan a sí mismos como “periodistas”, como “comunicadores” o como “especialistas” pero que en realidad no son otra cosa que agitadores profesionales, mentirosos descarados y agentes incrustados en los sistemas de propagación ideológica y control mental, es decir, en los periódicos, en la televisión y en el radio. No incluyo las redes sociales puesto que, afortunadamente, éstas no les pertenecen porque, como a todos nos queda claro, si fueran de ellos harían de dichas redes exactamente el mismo uso que hacen de los medios de comunicación de los cuales sí son propietarios. Así, pues, en la confrontación que arrancó desde el momento en que el Lic. López Obrador tomó posesión y que al día de hoy no ha menguado ni tiene visos de hacerlo, muy rápidamente las partes del conflicto quedaron nítidamente delineadas ante la opinión pública. El poder quedó del lado del presidente, un poder fuertemente respaldado por un apoyo popular masivo e incondicional; del otro lado quedaron, aparte de los grupúsculos de privilegiados susceptibles de ejercer fuertes presiones económicas y políticas, todos los mecanismos de desinformación y desorientación sistemáticas a los que se puede recurrir y que desde entonces simplemente no dejan de funcionar. Todo mundo sabe que la lucha tramposa, mal intencionada, mendaz, tendenciosa de los enemigos del presidente y, por transitividad, del gobierno y del pueblo de México, se implementa y actualiza 24 horas al día. El presidente ha respondido a todas estas agresiones, que van desde estupideces mayúsculas y difamaciones indignantes hasta acciones que rayan ya en la ilegalidad, con medidas de gobierno sensatas, con políticas que sólo quienes no sienten nada por México podrían cuestionar, con una conducta personal intachable y con sus conferencias matutinas, imprescindibles para mantener un mínimo de equilibrio respecto a la información. Así, pues, a primera vista al menos el escenario político nacional se ubica sobre un trasfondo de conflicto y confrontación cotidianos que hace pensar que de lo que somos testigos es de un drama político de resultado incierto.

Ahora bien, con el anuncio, hecho por el mismo presidente de México, de una genuina conspiración en su contra, ya a estas alturas imposible de ocultar y en verdad cada vez más descarada, y dados ciertos excesos de bondad, de liberalidad y quizá hasta de inocencia o de miopía política en los que una y otra vez los dirigentes de la Cuarta Transformación incurren, provocados por ciertas confusiones conceptuales tan burdas como graves pero cuyos efectos de inmediato se hacen sentir, la percepción del conflicto social que vive hoy nuestro país forzosamente cambia y nos lleva de visualizarlo como drama a verlo como una potencial tragedia. Hagámonos entonces abiertamente la pregunta: ¿es lo que vive México un drama político o más bien lo que se está gestando es una tragedia política? Intentemos responder a este interrogante.

Empecemos con una aclaración semántica. Es innegable que en nuestro país se tiende a usar de manera inexacta o semi-correcta la palabra ‘tragedia’ y sus derivados, como ‘trágico’. Se habla de una tragedia cuando se produce un desastre natural y que muchas personas mueren o cuando fallecen muchas personas en un accidente aéreo o cosas por el estilo. Pero en sentido estricto una tragedia es otra cosa. La palabra, como todo mundo sabe, es de origen griego y en la antigua Grecia servía para designar cierta clase de representaciones histriónicas cuya característica esencial o definitoria era que el héroe de la pieza de teatro que fuera, por una concatenación de sucesos y acciones, se veía llevado al desenlace fatal que él a toda costa y conscientemente había tratado de evitar pero que, por coincidencias, felonías, intrigas, errores, caprichos de los dioses, casualidades, etc., él mismo generaba y ante los cuales finalmente sucumbía. Demos un ejemplo simple: a Edipo se le dice que matará a su padre y se casará con su madre. La perspectiva de semejante situación genera en la gente normal un sentimiento de horror y de repulsión tanto ahora como en aquellos tiempos, en Grecia como en China. Para evitar semejante destino, Edipo abandona su tierra natal pero por sus propias acciones y un sinnúmero de vicisitudes, él mismo sin saberlo se coloca en la posición de matar al rey (que es su padre, lo cual naturalmente él ignora) y casarse con la reina (que es su madre). Él no quería que eso pasara pero, por así decirlo, su destino ya estaba escrito y no había forma de que lo eludiera. Hiciera lo que hiciera, él estaba condenado a algo y en eso precisamente consiste la tragedia: él mismo construyó la vía que lo llevó a tan horrendo resultado.

Con base en lo expuesto, podemos replantear nuestra pregunta, la cual tendrá para nosotros ahora sí un sentido un poco más definido: cuando hablamos de la Cuarta Transformación y del futuro del actor político del cual ella depende, esto es, del Lic. Andrés Manuel López Obrador: ¿aludimos a un drama o hablamos más bien de una potencial tragedia?

Consideremos la primera opción. Si la lucha política que casi paraliza al país es un drama, entonces la moneda está en el aire y el resultado es aquí y ahora impredecible. Puede ganar el proyecto del Lic. López Obrador como puede vencer la poderosa clique anti-mexicana. En ese caso, todo dependerá de la habilidad de quienes toman parte activa en la confrontación. Al respecto yo pienso que en, en circunstancias normales, la batalla la tiene ganada el presidente de México. ¿Por qué? Las razones son múltiples y de muy variada índole, tanto positivas como negativas. Mencionemos velozmente un par de ellas.

En primer lugar, las causas por las que el actual gobierno (dirigido por un auténtico luchador social como lo es el presidente) lucha son intrínsecamente mejores, más nobles que las de los adversarios. Es risible pensar que es mejor luchar por mezquinos intereses personales o de grupo que por intereses colectivos y nacionales. Y, como era de esperarse, las diferencias entre objetivos tienen su reflejo en las diferencias entre los individuos que toman parte en la contienda. A mí al menos me parece obvio que no pueden tener el mismo status moral quien a toda costa y por todos los medios pelea por mantener sus privilegios sin que le importe en lo más mínimo su costo social que quien lucha por salvaguardar los intereses básicos los demás. Nadie nos podrá convencer de que es mejor rescatar unos cuantos emporios que garantizarle un mínimo de comida, educación y salud a la inmensa mayoría de la población. Prima facie, nadie intentaría convencernos de que el eje fundamental de la política del actual gobierno, a saber, la lucha en contra del virus social y mental de la corrupción, sea algo que deberíamos combatir. Sinceramente, no creo que haya una persona en su sano juicio que seriamente intentara defender el excepcionalismo fiscal consistente en exentar de impuestos a grandes corporaciones, a los compadres y amigos con los que se quiere quedar bien y en última instancia a quien uno quiera, porque para eso se detenta el poder. Recuérdese además que cuando hablamos de exención de impuestos no estamos aludiendo a los impuestos que Hacienda extrae de profesionistas, de pequeños empleadores, de burócratas que están en nóminas y que son fácilmente detectables, etc. No! Estamos hablando de opulentas empresas a las que se les condonaban miles de millones de pesos por ser eso precisamente, esto es, empresas opulentas. Y en este contexto ‘opulentas’ quiere decir justamente que podían sin problemas pagar los impuestos que le deben al erario público. Que estamos hablando de fraudes descarados lo pone de relieve el hecho de que ni una sola de las entidades físicas o morales que se beneficiaron de la política de discrecionalidad fiscal practicada por los presidentes que antecedieron al Lic. López Obrador defiende públicamente su injustificado privilegio. Privilegios así, declaradamente injustos, simplemente no son defendibles y no hay nada más que discutir. Con toda franqueza y en toda candidez: aparte de algún retorcido mental: ¿quién puede ir en contra de la política de recuperación de adeudos? Con ejemplos de esta clase podríamos llenar páginas, por lo que me limito a enunciar mi premisa y conclusión: las causas de la Cuarta Transformación son superiores moral, legal y socialmente a las de sus adversarios.

En segundo lugar, es evidente que el tiempo corre en contra de los enemigos de la Cuarta Transformación y ello por una razón muy simple que hasta ellos entienden: la labor emprendida por el presidente tarde o temprano tendrá que empezar a rendir frutos de manera palpable, visible, tangible, imposible de negar. Una vez que empiece a darse la recolección de los resultados deseados éstos bastarán para cerrarle el pico a las aves de mal agüero que hoy retan al presidente. Para bien o para mal, lo cierto es que las transformaciones sociales llevan tiempo y el esfuerzo hasta hoy realizado por el presidente de México inevitablemente es de efectos retardados, porque no puede ser de otra manera. Pero ‘retardados’ no significa que no llegarán nunca, sino simplemente que no son inmediatos. En todo caso, una vez que el tren del sureste entre en funciones, que el nuevo aeropuerto de Santa Lucía se active, que el ciudadano medio se percate de los beneficios que acarrea la inmensa inversión en infraestructura que está haciendo el gobierno de México, cuando se aprecie lo que fue la reconstrucción y la puesta en funciones de decenas de hospitales abandonados y así sucesivamente, entonces la gente sentirá la necesidad de agradecerle al presidente todo el bien realizado, así como ahora le agradece la ayuda pecuniaria que ha desparramado (y con la que otros se habrían llenado los bolsillos). Se le habrá quitado entonces a la pandilla de propagandistas parásitos sus principales elementos de crítica del actual gobierno y habrán perdido para siempre la posibilidad de debilitar el apoyo popular al presidente. Por ello, mientras el pueblo de México siga sintiendo que tiene un gobernante que piensa en él y que se ocupa de él, que a través de becas, apoyos, programas sociales, etc., le ayuda a llevar comida a su casa diariamente, el actual gobierno tiene la partida ganada.

En resumen: podemos afirmar que si las cosas se dan como fueron previstas, cuando venga el momento de tomar decisiones, la balanza muy claramente se estará inclinando en favor del Lic. López Obrador. Estaríamos entonces hablando de un drama con un final feliz y de un nuevo comienzo en la historia de México. A mi modo de ver hay que ser muy miope políticamente para no entender que una vez que las importantes reformas efectuadas en todos los dominios de la vida social cuajen, éstas serán simplemente irreversibles o si son reversibles (lógicamente, todo puede pasar) lo serían a un costo tan alto que no es seguro que haya alguien que lo quiera pagar.

En México, lo sabemos, no hay oposición política no sólo de altura sino que simplemente no la hay, dado que los partidos promotores de la gran corrupción, PRI y PAN (muchos estarían tentados de añadir al PRD, pero no voy a entrar en controversia por esto. Con los dos primeros me doy a entender) fueron barridos en las elecciones y expulsados definitivamente de la mente y del corazón de la gente. A estas alturas: ¿quién se acuerda y a quién le importa el PRI? Ahora bien, eso no significa que los enemigos de México no hayan desatado una guerra contra el país no ya en las Cámaras, puesto que allí no cuentan, sino en los espacios públicos. La guerra contra el actual gobierno se da en dos grandes frentes. Está por una parte el frente silencioso pero efectivo de la economía real (falta de inversiones, boicot permanente de los planes de gobierno, remesas de divisas hacia el extranjero, etc.) y el frente estridente de los monigotes de ventrílocuo de siempre, dizque expertos parlanchines, mentirosos, tergiversadores y que, como plaga bíblica, acaparan casi en su totalidad periódicos y programas de radio y televisión. Todos los días se dicen cosas realmente tan ridículas como execrables sobre el presidente, sus colaboradores y su política. Desde Cero Gómez Leyva hasta Leo Zuckermann, pasando por los abominables Ricardos Alemanes y Lorets de Mola, todas las marionetas ideológicas al servicio de las élites enardecidas están metidas en una impresionante campaña en contra tanto de la Cuarta Transformación como de la persona misma del Lic. López Obrador. No debería sorprendernos, dicho sea de paso, que la lucha contra los intereses nacionales revista a menudo la forma de ataques en contra el ser humano mismo que es el presidente. Pero ¿quiénes son los soldados ideológicos de los regímenes anteriores? Son muchos y es por lo tanto imposible no digamos ya debatir con todos, sino simplemente enumerarlos. Confieso que no me rebajaría al grado de tomar en serio y discutir afirmaciones hechas por un engendro como Ricardo Alemán pero, para ilustrar rápidamente la calaña de los “críticos” de la presidencia, consideremos momentáneamente a Leo Zuckermann, por el cual (y esto debe quedar bien claro) Televisa es política y socialmente responsable. Presentado como un “especialista”, como un sabelotodo que lo mismo habla de finanzas que de cine (y cuya cultura cinéfila prefiero no traer a colación), este sujeto no tiene otro objetivo que desvirtuar, desprestigiar, difamar todo lo que emane del actual gobierno. Esa es su función. No hay programa (que yo, como muchas personas, dejé de ver hace ya mucho tiempo) en el que no intente abierta o solapadamente, dependiendo del tema, debilitar el pacto federal, la unión nacional, los esfuerzos gubernamentales para enfrentar la actual crisis, presentando siempre temas y problemas de manera insidiosa, tratando de convencer al tele-espectador de que el presidente es el responsable hasta de la pandemia que afecta a todo el planeta. En pocas palabras, Zuckermann es defensor de las causas más anti-populares y más anti-mexicanas y llega en sus desplantes y exabruptos hasta donde sus invitados se lo permiten. Pero tan pronto uno de estos difiere mínimamente, de inmediato se revela su verdadera estatura intelectual y entonces hace el ridículo mostrando sin dar lugar a ambigüedades que no tiene realmente nada que decir. Cometió, por ejemplo, el error táctico garrafal (en el que, supongo, nunca más volverá a caer) de invitar al ex-presidente de Ecuador, al gran Rafael Correa, pensando en que le iba a dar una cátedra de economía y de política pero de quien recibió una vapuleada formidable y por si fuera poco con la mano en la cintura. Quien vio el programa sabe que no hubo una sola cuestión en relación con la cual Correa no lo exhibiera como lo que es: un ignorante y un ideólogo barato que no resiste un examen serio. Esa sesión fue francamente desopilante! En todo caso, estos son los enemigos de AMLO y así son los enemigos del pueblo de México. Son estos grupos de poder e influencia quienes permanentemente riegan “fake news” concernientes a los programas de gobierno y la figura del presidente. A decir verdad, no sabemos qué son más, si las mentiras que destilan o las verdades que sistemáticamente ocultan.

Ante esta situación, a sabiendas de que el ataque permanente al presidente no va a cesar, si se va a seguir haciendo todo lo que se pueda por todos los medios asequibles para bloquearlo, para detener las reformas, para ridiculizarlo, para regresar al estado de impunidad y de injusticia social crónica e imperdonable que los opositores de la Cuarta Transformación tanto añoran, entonces la pregunta que hay que plantearse es: ¿cómo debe reaccionar el Lic. López Obrador en tanto que líder del gobierno y dirigente nacional? Yo pienso que hay una serie de puntos que es muy importante consignar y quisiera aquí enumerar de manera cruda algunos pensamientos que me parecen importantes tomando en cuenta el contexto real actual. De antemano prevengo que ni mucho menos pretendo ofrecer una lista exhaustiva ni un análisis completo ni nada que se les parezca. Además, estoy seguro de que no digo nada que el presidente no sepa ya, pero aquí de lo que se trata es, primero, de expresar lo que uno piensa y, segundo, de tratar de llamar la atención sobre diversos aspectos de la sorda lucha que se desarrolla en México porque ello podría ser de alguna utilidad para quienes quisieran que la Cuarta Transformación triunfe, es decir, que se imponga en este sexenio y se refuerce desarrolle en los que siguen. Con esto en mente, creo que podemos afirmar lo siguiente:

A) El presidente debe saber que su actitud pacífica y conciliatoria (porque lo es! Si no fuera así las cárceles ya estarían repletas de bandidos de cuello blanco, de promotores de golpes de Estado, etc.) no es correspondida. Él extiende la mano y lo que recibe es una bofetada. El presidente debería saber que en principio sí corre el riesgo de que lo derroquen, pero tiene que estar muy consciente de que si lo llegaran a derrocar no lo tratarían como él trató a sus adversarios. Que no se nos olvide que el odio político de los reaccionarios y facinerosos políticos de siempre en general se traduce en venganza personal y que son implacables como lo son todos aquellos que nunca respetaron la ley. La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué tanto escrúpulo y tanta decencia por quienes no tienen barreras morales y que tienen en la conciencia crímenes de toda índole? Si estamos en un escenario de lucha política: ¿por qué no hacer abiertamente uso de las armas políticas de las que uno legalmente dispone? Muchos quisiéramos ver a un presidente un poquito menos condescendiente con los enemigos del país.

B) Mientras el presidente goce del apoyo popular masivo sus enemigos no se atreverán a llevar a cabo ningún atentado personal o estatal, porque no van a correr el riesgo de incendiar el país. El costo sería simplemente demasiado elevado. Pero debe quedar claro que no es por frenos morales, por escrúpulos legales, por sentimientos religiosos que se detienen, sino por temores de represalia popular, temores en este caso bien fundados. Pero entonces es obvio que el presidente no puede darse el lujo de decepcionar a la población porque ésta, junto con el estado de derecho, son su base, su plataforma, su apoyo. Ahora bien ¿cómo podría decepcionarse a la gente? La gente está muy agradecida con el presidente por la inmensa ayuda que ha recibido de él, y eso basta para contener a la ininteligible verborrea de los aburridos y repetitivos “analistas”, pero hay muchos hechos del mosaico social que le resultan a la gente incomprensibles y enervantes. Por ejemplo, el trato casi dulce a los delincuentes, a los vándalos, a toda clase de provocadores. Ahí tenemos un ejemplo de grave error conceptual. La aplicación de la ley no es nunca violación de derechos humanos. Está bien respetar los derechos de las delincuentes, esto es, los que la ley les conceda una vez consignados, pero es un error dejar que la gente se lleve la impresión de que de lo que se trata es de protegerlos, de cuidarlos, de mimarlos! Esta falsa impresión tiene que suprimirse. Nadie apoya los excesos policíacos, pero es absurda la política de no permitir que los policías se defiendan y de que se les reduzca a ser meros observadores pasivos de destrucción citadina, de propiedad ajena, de monumentos públicos, etc. La imagen del gobierno decae, se deteriora en la mente popular cuando los abusos de los cuales la gente es víctima diariamente no son enfáticamente perseguidos y presentados como lo que son. Y aquí hay un peligro, porque la gente es manipulable y la verdad es que se está innecesariamente afectando una faceta sensible en la vida del ciudadano.

C) Es importante presentar ya resultados exitosos concretos. Hay muchos acusaciones, muchos procesos, etc., pero muy pocos resultados. La extradición de Emilio Lozoya Austin no se ha concretado, de la investigación sobre Ayotzinapa todavía no hay nada, se permite que los ex-presidentes se conviertan de nuevo en agentes políticos activos (lo cual es muy peligroso), etc. Los casos de Rosario Robles y del abogado Collado no son suficientes. Como ya dije, sin duda los esfuerzos, las inversiones, etc., del actual gobierno empezarán a dar resultados, pero la población tiene hambre y sed de justicia y también necesita ser saciada. No creo que sea necesario decir mucho más que eso.

D) El presidente debe protegerse. Su política en relación con el coronavirus es defendible, inclusive si los argumentos que la sustentan no se dan, pero él por ningún motivo debería exponerse más allá de lo estrictamente necesario y el presidente se expone más de lo conveniente. Aquí lo único que yo me atrevería a hacer sería el recordatorio de que si al Lic. López Obrador le pasa algo, el país se hunde. Él debe desde luego cuidarse por él mismo, como es lo normal, pero él debe cuidarse más todavía porque millones de personas dependen de que él esté bien. Y eso es algo que tiene que tener el presidente permanentemente en la conciencia.

Regresemos a nuestra pregunta: la lucha política actual ¿es un drama, un estira y afloja cuyo resultado es imprevisible, o se trata de un conflicto que tiene de entrada un perdedor fatalmente designado?¿Está acaso el Lic. López Obrador tomando decisiones y conduciéndose de manera que él mismo está labrando su ruta hacia el fracaso y la derrota? Si el presidente se equivoca, si comete errores de debilidad, va a tener que pagar las consecuencias. Y entonces se habrá consumado la tragedia de Andrés Manuel López Obrador. Lo que ni él ni nadie deberíamos perder de vista es que si la tragedia del presidente se consumara junto con ella se habría producido una tragedia más en la serie de tragedias que conforman la historia de México.

El Cuento de Nunca Acabar

Sin duda muchos refranes no son otra cosa que sabiduría popular encapsulada. A veces esta sabiduría proviene de fáciles generalizaciones y en ocasiones de intuiciones afortunadas del sentido común. Así, por ejemplo, es de sentido común pensar que el mundo y la vida están marcados por contrastes: allí donde hay blanco hay también negro, donde hay pobres hay ricos, donde hay débiles hay fuertes y así sucesivamente. Algo así ha de estar en la raíz del famoso refrán No hay mal que por bien no venga. Éste es un dicho de cariz optimista y a mí me parece que la situación por la que atravesamos nos hace aceptarlo con entusiasmo y hasta con fervor. Dado que no podemos modificar la terrible situación prevaleciente, el refrán en cuestión opera como un paliativo, como un analgésico mental y de alguna manera nos fuerza a hacer de necesidad, virtud. Tenemos, desde luego, que tener los pies en la tierra y no pensar que las cosas van a cambiar para bien en los próximos meses, no digamos ya en las próximas semanas, y deberíamos hacer un esfuerzo para formarnos una idea clara de la situación en la que estamos inmersos y así poder disponer de una perspectiva realista de lo que nos espera. Dicho de otro modo, lo que con más fuerza deberíamos tratar de evitar en este caso son las ilusiones fáciles, porque es altamente probable que el desengaño venga rápidamente y que sea devastador. Pero precisamente por eso también es normal que hagamos un esfuerzo por percibir algo alentador en estas tinieblas en las que estamos envueltos. Por otra parte, llamaré la atención sobre el detalle de que el refrán aludido tiene alcances relativamente limitados y esto es algo que se puede probar. Supóngase que consideramos que la actual pandemia es un super mal. No se sigue de ello entonces que No hay super mal que por super bien no venga. Esto ya no es el refrán ni, por paradójico que suene, está implicado por él. Y la prueba de ello la tenemos ante los ojos: podemos apuntar o reportar alguna utilidad o bondad de esta infección mundial, pero difícilmente alguien podría destacar un aspecto extraordinariamente positivo de la misma. No hay tal cosa o por lo menos por el momento no la vemos y, por consiguiente, el refrán que podría pensarse que está lógicamente implicado por el primero no queda establecido. Tendremos, por lo tanto, que conformarnos con enunciar algunas facetas medianamente positivas de la actual situación, sin olvidar (para que no haya mal entendidos) que éstas se inscriben en un marco mucho más amplio y profundo de desgracia humana.

Nuestra pregunta inicial es entonces: ¿realmente tiene algo de bueno esta epidemia mundial? Yo creo que sí, pero antes de enumerar sus bondades más prominentes no estará de más hacer un veloz recordatorio de los terribles y tangibles efectos de la pandemia. Podemos enumerar por lo menos las siguientes consecuencias desastrosas:

1) La muerte de centenas de miles de personas. Y las que faltan…!

2) El contagio de millones de personas, lo cual automáticamente convierte a un alto porcentaje de ellas en víctimas potencialmente mortales del virus.

3) El colapso económico de los países. Es bien sabido que un rasgo distintivo de este virus es que es altamente contagioso, mucho más que el del N1H1 aunque quizá menos letal. Para mitigar su efecto fue indispensable clausurar las ciudades, es decir, cerrar los comercios, reducir el transporte público al mínimo, prohibir las aglomeraciones y por lo tanto cerrar bares, restaurantes, cines, teatros, estadios, centros comerciales, enviar a sus casas a todas las personas que trabajan en oficinas de la clase que sea: entidades gubernamentales, bancos, empresas particulares y comercios en general; se acabó el turismo, tanto nacional como internacional, se cerraron escuelas, universidades, clubes y demás. Todo eso representa un corte brutal en la cadena productiva y dentro de poco tiempo en la cadena de reparto de bienes de consumo, los fundamentales incluidos (alimentos, medicinas, etc.).

4) Aunque esto varía de país en país, es innegables que asistimos a un control cada vez más completo y más férreo de los ciudadanos por parte del Estado. En multitud de países, y no en México gracias a la visión política nacionalista y humanista del Lic. Andrés Manuel López Obrador (algo que quizá muchos mexicanos ni entienden ni aprecian), la policía tiene derecho de detener a la gente en la calle o en su casa, de exigirles documentos, permisos, aclaraciones, etc., y están autorizados a emplear la fuerza si lo consideran apropiado. En otros países, como los Estados Unidos, desde la época de Obama ya se intervenían los teléfonos, los correos electrónicos, las redes sociales, etc. En otras palabras, estamos empezando a vivir en una situación que desde nuestra plataforma actual es de clara violación cotidiana de derechos humanos. Dicho de otro modo, los ciudadanos hemos perdido derechos. Y esto apenas empieza.

5) Es perfectamente comprensible y por lo tanto previsible que habrá cortes profundos en los procesos productivos y comerciales, en particular de alimentos, todo lo cual tendrá como consecuencia ineludible una baja notoria en el nivel de vida y hasta hambrunas y otros fenómenos económicos y sociales, como desalojos, embargos, etc. No deberían descartarse situaciones de anarquía en las cuales el reino de derecho simplemente sucumbe.

6) Pérdidas de empleo, que ya en este momento se cuentan por millones (14 nada más en los Estados Unidos). Es muy poco probable que todos los empleos se recuperen cuando medio regresemos a la “normalidad”. Para entonces ya habrá quedado claro que el trabajo que hacen 10 personas lo pueden hacer 5, que no se necesita estar pagando oficinas, choferes, agua, luz, elevadores, estacionamientos y demás y que la gente puede trabajar desde su casa. Es, pues, inevitable una fuerte contracción laboral, lo cual a su vez acarreará innumerables problemas sociales. Piénsese en México, en donde desde antes de la crisis ya la mitad de la población en edad de trabajar estaba en el sector informal. En nuestro país éste crecerá espantosamente (y no faltará alguno que otro especialista en taradeces que pomposamente pretenda inculpar al presidente por las desastrosas consecuencias de una pandemia).

7) Yo creo que podemos hablar de violaciones financieras, si nos referimos a lo que sucederá con los países vis à vis los organismos financieros internacionales, la banca mundial, los gobiernos con dinero. Países como México necesitarán urgentemente miles de millones de pesos para tratar de reactivar sus lastimadas economías, fondos que generosamente serán proporcionados por las instituciones ad hoc, las cuales obviamente aprovecharán la oportunidad para imponer inmisericordemente sus planes hambreadores de austeridad y de lumperización de la población mundial. No hablemos ya de los chantajes de las trasnacionales, en particular mas no únicamente, de las farmacéuticas, y las compras forzadas de vacunas (muchas de ellas muy probablemente inefectivas o inclusive contraproducentes, pero no por ello no obligatorias).

Podríamos extender la lista de males que o ya nos aquejan o nos irán afectando poco a poco, a medida que la pandemia se apodere del mundo, pero estoy seguro de que con los males enumerados basta para tener la certeza de que nos habrá tocado vivir en una época tétrica para la humanidad en su conjunto. Pero por otra parte no nos engañemos: mientras el 99% de la población mundial sufrirá de uno u otro modo, y lo más probablemente es que mucho, por la peste de la que se nos hizo víctimas, el 1% de la población mundial se frota las manos por los mega-negocios que de hecho ya están empezando a hacer en detrimento, claro está, de la casi totalidad de los seres humanos. Sobre esto regresaré velozmente al final del artículo, pero ahora quisiera tratar de compensar el estado anímico desastroso en el que se puede caer cuando se piensa en los males que padecemos llamando la atención sobre algunos aspectos de la vida actual que sería importante apreciar y hasta disfrutar o aprender a hacerlo. Quiero hacer ver que el refrán mencionado al inicio tiene sentido y aplicación hasta en las peores circunstancias.

1) Sin duda alguna, una aportación positiva a la vida humana por parte del virus es que la gente tuvo que modificar sus costumbres de higiene. Después de todo, no es lo mismo lavarse las manos al menos 12 o 15 veces al día y dejar los zapatos a la entrada de la casa que comer sin lavarse después de haber manoseado dinero, haber ido al baño, haberse rascado, peinado, etc., etc., y entrar a la casa metiendo en ella todo lo que pudo impregnarse en sus suelas. Supongamos que mucha gente sólo se lava las manos 6 veces al día. Magnífico! Ya con eso de todos modos salimos ganando! Sin duda este paso forzado hacia la limpieza es algo que no podemos más que aplaudir. Ahora, si pasada la tormenta la gente da muestras de no haber asimilado las reglas de higiene que se le impusieron y regresa a sus antiguos hábitos, ello constituirá una gran decepción, pero ni así se no nos hará añorar la época en la que la gente era limpia cuando el coronavirus estaba entre nosotros.

2) Como todos sabemos, existen en nuestro medio, en nuestro país y en muchos otros lo que podríamos denominar los ‘parlanchines de la democracia’. Me refiero a todos aquellos que hicieron del tema de la democracia su modus vivendi, los que se desgañitan y se rasgan las vestiduras ensalzando a la democracia y vituperando y maldiciendo a todo aquel que se atreviera a cuestionarla. Parte de lo grotesco de estos actores ideológicos es que por ‘democracia’ no entienden otra cosa que juego electoral. Su logorrea es chistosa en la medida en que todo se reduce a un mero ejercicio verbal, consistente en indignarse o exaltarse haciendo alusión a una situación particular. Ahí empieza y termina la defensa de la democracia por los parlanchines y los demagogos. No obstante, quiero aprovechar la oportunidad para señalar la lección en democracia impartida por el coronavirus, el cual ha dado una muestra fehaciente, palpable, casi podríamos decir “respirable” de lo que es un auténtico proceso democrático. Básicamente, aquí no hay escapatoria: grandes y chicos, gordos y flacos, morenas y rubias, simpáticos y antipáticos, gente productiva o inútiles, patriotas o vende-patrias, amigos o traidores, Don Juanes o cornudos y así ad infinitum, todos somos susceptibles de atrapar el virus y de pasar a mejor vida en cualquier momento. Algunos se salvan por su condición saludable y otros no pasan la prueba y fenecen. Lo democrático consiste en que el virus no hace distinciones de clase, sexo, edad, etc., y trata a todos por igual. Nadie podrá negar que desde el punto de vista de la democracia es muy superior el virus a los aburridos propagandistas de siempre. Es cierto que ese 1 % de la población a la que aludí un poco más arriba sí está protegido frente al virus y allí éste falla. Para que el actual virus afecte a uno de los super ricos tiene que pasar multitud de filtros y tratar de dañar organismos que seguramente están ya más que preparados para la batalla. Ahora bien, si seguimos con el paralelismo podemos extraer una moraleja política importante, a saber, que inclusive en las condiciones más apropiadas para ella, la democracia tiene límites. Eso es, sin duda alguna, una lección “virulenta” digna de ser tomada en cuenta.

3) Una tercera causa de regocijo que le debemos al virus es que los absurdos niveles de consumo quedaron prácticamente suprimidos, restringiendo los gastos de millones de personas a lo que es estrictamente indispensable, lo que realmente se necesita para vivir. Esto ha generado una cultura de ahorro que abiertamente choca con la de despilfarro y desperdicio en la que desde hace ya mucho tiempo se vivía. Yo creo que, de buena o de mala gana, la gente está en posición de constatar cuán absurdamente dispendiosa era inclusive en épocas que no eran de Jauja para un alto porcentaje de la población. Yo pienso que si esta crisis le abre los ojos a la gente y la hace reflexionar sobre lo superfluo que son realmente innumerables prácticas de consumo le estará haciendo un bien y de paso le estará indicando que lo realmente valioso en esta vida es lo contrario de ser una “compradora compulsiva” o un consumidor insaciable. Si algo en ese sentido se aprende, se lo deberemos al coronavirus.

4) Es perceptible el resurgimiento o (dado que estábamos tan mal) el florecimiento, la re-invención de sentimientos y actitudes de solidaridad social, la promoción de conductas menos agresivas de unos hacia otros. Esto, desde luego, hay que matizarlo. Nunca faltan salvajes que atentan en contra de enfermeras, doctores, asistentes, ayudantes, etc., y que ciertamente desconfirman lo que afirmo. Afortunadamente, sin embargo, son los menos y la inmensa mayoría de la gente los repudia. Es cierto también que nunca falta la maleducada o el barbaján que no respeta reglas y que despliega conductas anti-sociales en el supermercado, en la farmacia, con sus vecinos, etc., es decir, en donde pueda. Pero, de nuevo, no son las excepciones lo que nos interesa ni lo que nos llama la atención. Es la conducta masiva, poblacional, colectiva lo que nos importa y es ahí donde percibimos cambios positivos. Y aquí no podemos más que hipotetizar, pero nuestro razonamiento está respaldado por los hechos. Lo que podemos decir es: si no hubiera sido por el coronavirus seguiríamos viviendo en la selva de asfalto. Lo menos que podemos decir entonces es: gracias coronavirus!

5) Aunque ciertamente no tan contundente como otras situaciones, el haber forzado a la población mundial a refugiarse en sus casas (que tour de force realmente! Qué manifestación de poder tan impresionante!) obligó a la gente a aprender a convivir con su propia familia de una manera hasta ahora en gran medida insólita, inusitada. Una cosa es exaltar la familia verbalmente (el tema de la familia es como el tema de la democracia: propiedad de los demagogos, pero nada más) y otra es convivir cotidianamente con sus miembros. De hecho, para un alto porcentaje de personas iniciar un modo de vida por las imposición de restricciones por culpa del virus ha sido adentrarse por una ruta prácticamente desconocida. No es lo mismo salir todos los días a primera hora, regresar por la noche y medio convivir con su familia los fines de semana que estar las 24 horas del día con ellos. Puede uno entonces percatarse de que antes de la pandemia había deberes que simplemente no se cumplían. Pero ver al hijo aburrido o triste obliga (en condiciones normales) a querer entretenerlo, a enseñarle algo y por lo tanto a pasar tiempo con él, a responder a sus inquietudes, etc. Esa oportunidad se la dio el virus a cientos de millones de personas. Desde luego que, por razones comprensibles de suyo, también se incrementa la violencia intra-familiar, pero eso lo único que significa es que las bondades del virus no son totales.

6) Se ha producido un ahorro inmenso en horas/trabajo/hombre. Yo conozco personas que para llegar a su trabajo tienen que salir a las 6 de la mañana de su casa y están de regreso en ella a las 8 de la noche. Si no me equivoco, son 8 horas de trabajo y 6 horas de trayecto. Eso es infernal y no hay persona que después de meses de dicho tratamiento no esté agotada, de mal humor, incapaz de hacer multitud de cosas porque en lo único que piensa es en recuperarse para el reinicio de la semana de trabajo. Al forzar a las empresas a enviar a sus empleados a sus respectivas casas la gente está viviendo de una manera un poco más natural y disfrutándolo como nunca. Y si quisiéramos agradecerle esta “reforma laboral”: ¿a quién tendríamos que dirigirnos? A ese virus que nos amenaza a todos de muerte. Así son las paradojas de la vida.

7) Sin duda alguna, la maldición del coronavirus está forzando a la gente a actualizarse y a los países a modernizarse. Si ya existían prácticas comerciales, monetarias, etc., que se realizaban por medio de computadoras y teléfonos celulares, esas prácticas ahora se generalizaron al máximo. Esto es una preparación para lo que viene, como el dinero virtual, la robotización de la vida, los chips insertados en el cuerpo con toda la historia clínica del paciente, etc. En otras palabras, el virus obligó a la sociedad a ir al ritmo que la tecnología marca. Así es el progreso social y aunque éste no dependía estrictamente hablando del coronavirus, sin duda éste le dio un formidable impulso.

8) Por último, quisiera señalar que una de las grandes consecuencias maravillosas que ha tenido el temible virus es la felicidad de los animales del mundo ante el retroceso de su peor depredador. Yo creo que podemos afirmar que por lo menos los miembros del reino animal están de fiesta, están felices. Ellos han recuperado (mínimamente, pero lo han hecho) sus espacios. La verdad es que es un gozo ver a los tiburones pasearse por las costas, a los jabalíes corriendo por los parques, a los monos tomando las ciudades, a los ciervos caminando por las avenidas, a las aves revoloteando como cuando uno era joven y así indefinidamente. Nadie nos puede venir a decir que esos espectáculos no son como un sueño, un sueño que contrasta, primero, con la antigua realidad de los animales y, segundo, con la pesadilla que estamos viviendo. Qué daríamos por que los humanos aprendieran las lecciones de vida que el virus está impartiendo!

Ahora bien, una cosa son las, por así llamarlas, ‘bondades’ del virus y otra el status moral de quienes lo soltaron. A estas alturas ya quedan pocas dudas respecto al origen de laboratorio del Sars-2-covid al igual que en relación con las motivaciones políticas, económicas y sociales que subyacen a su aparición y expansión por la faz de la Tierra. Confieso que pocas opiniones tan torpes he escuchado en mi vida como la de que uno de los potenciales resultados de esta pandemia sería una modificación drástica del sistema capitalista en aras de una más justa distribución de la riqueza! Me parece esta una convicción que sólo la podría tener un retrasado mental. Pero no voy a entrar en ese debate aquí. Me interesa pensar un momento sobre algo que nos quitaron y sobre lo que, en un futuro no muy lejano, podría sobrevenir. Yo creo que, dicho de la manera más general posible, lo que nos robaron los super-criminales que a través de la manipulación del virus jugaron a ser dioses, a ser los amos del mundo, a esclavizar a la humanidad para seguir manteniendo sus superlativos privilegios fue el sentido de nuestras vidas. En la medida en que no nos hemos extinguido, un nuevo sentido tendrá que aparecer, pero para millones de personas eso es como volver a nacer, sólo que no para renacer como niños sino para renacer cuando ya se está en el umbral de la muerte. La gente mayor (y hablo de la gente que tiene de 60 años en adelante) tiene ahora que aprender nuevas reglas de convivencia, nuevas reglas sociales (desde como saludarse, como estornudar, cómo salir a la calle, como pagar lo que adquiera, etc.) sólo que en la última etapa de su vida. Ya no tiene eso mucho sentido. Si ya no se pueden ver abuelos y nietos, si ya las parejas no pueden hacer el amor normalmente, si hay que cambiar las dietas y de buenas a primeras hacer todos los días ejercicios respiratorios preparándonos para lo peor, etc., la vida adquiere otro sentido, uno nuevo y hasta cierto punto incomprensible. Para la gente que está en la última etapa de su vida un cambio así es particularmente difícil de asimilar. Nosotros vivimos en estado de guerra, en guerra con un enemigo invisible y que puede dejar caer sobre nuestras cabezas su temible espada en todo momento, cuando menos nos lo imaginemos. Es difícil no sentir terror y no sólo por el auto-aniquilamiento, sino por los seres queridos que súbitamente puede uno dejar en este mundo, o a la inversa. Nosotros no hacemos futurismo, pero hay algo que me parece no tanto una predicción como la extracción de una consecuencia que está ya a la vista. Es evidente que en un futuro no muy lejano se producirá en el planeta una polarización todavía más brutal que la que existe. La primera fase de la confrontación entre los super-ricos, por un lado, y la humanidad, por el otro, la tienen ganada los primeros, los actuales dueños del mundo. Sin duda van a dominar por los próximos 40 o 50 años. Pero su imperio tarde o temprano llevará a la confrontación última con la población mundial, que para entonces los habrá identificado. Y entonces nuestros descendientes tendrán su propia Bastilla y con la misma implacable lógica con que la actual nobleza se apropió del planeta y esclavizó a su población habrá ella de pasar por el cadalso y la guillotina, abriendo con ello las puertas para la reconstitución del mundo y dando inicio a la nueva etapa de la historia humana.

La Crisis del Coronavirus: un ensayo de explicación

Es evidente, supongo, que una pandemia de las magnitudes de la que está viviendo la humanidad en la actualidad no sólo representa una oportunidad para reflexionar sobre ella y sobre múltiples temas con ella vinculados, sino más bien una obligación de tratar de contribuir a la comprensión no sólo de lo que es, de lo cual se ocupan los científicos de las áreas relevantes, sino de lo que significa o representa, que es tarea que corresponde más bien a filósofos y humanistas en general. Es indispensable, sin embargo, antes de entrar en materia, hacer algunas precisiones de carácter conceptual y metodológico para acotar lo más exactamente que se pueda el ámbito de la discusión. Para empezar, quizá deba hacer el recordatorio de que la reflexión filosófica no es investigación factual. Es obvio que los hechos relevantes constituyen la plataforma sobre la cual se desarrolla la labor filosófica de esclarecimiento, pero debería quedar claro que no forma parte del trabajo filosófico ofrecer explicaciones de orden causal. Para eso están los científicos sociales, los biólogos, etc. El filósofo no puede ni siquiera tratar de emularlos por la sencilla razón de que no hay tal cosa como hechos filosóficos. Nuestra función, por lo tanto, tiene que ser distinta. Ahora bien, esto que acabo de decir no implica que en filosofía tengamos que desdeñar o ignorar los hechos. Sostener algo así sería absurdo y no es, por consiguiente, nuestro punto de vista.

Yo creo optimistamente que es factible conformarse una concepción de lo que está pasando que nos dé la racionalidad del fenómeno, que nos haga entender su naturaleza última y que nos permita establecer conexiones entre los incontables datos de los que ya disponemos de manera que podamos hacerlos inteligibles, por más que dicho acercamiento tenga efectos psicológicos deprimentes. Es obvio que, por larga que sea, una secuencia de datos extraídos de la experiencia (e.g., murieron tantas personas en Venecia, los servicios de tantos o cuantos hospitales en Madrid se colapsaron, las primeras diez víctimas sucumbieron en Wuhan en tales y cuales fechas tenían tales y cuales edades, entramos en la tercera fase de la pandemia, etc.) no equivale a ninguna explicación. Dicho de otro modo, el enfoque periodístico por sí solo no sirve para explicar absolutamente nada. Los mismos hechos pueden quedar acomodados en muy diferentes teorías, por lo que si lo que buscamos es comprensión no es cantidad de datos lo que debería importarnos. Por otra parte y por sorprendente que resulte, tampoco podemos confiar, si lo que buscamos es genuina comprensión, en las declaraciones de los políticos y ello por lo menos por dos razones:

a) porque todos mienten y hasta me atrevería a decir que, en situaciones tan graves como por la que estamos pasando, tienen que mentir, y
b) porque los políticos, por avezados, inteligentes, experimentados que sean, son gente práctica, gente que toma decisiones día a día pero que, por ello mismo, en general carecen (salvo en casos excepcionales y yo daré un ejemplo de ello más abajo) de una visión suficientemente global e histórica como para poder dar cuenta de un fenómeno tan trascendental como la actual pandemia y explicarlo de manera clara y convincente.

En concordancia con lo expuesto, presentaré mi plan de trabajo. Me propongo, en primer lugar, analizar sin detenerme mayormente en ello, el concepto de crisis para dejar en claro qué clase de explicación podríamos generar desde una perspectiva filosófica. Para ello, será inevitable discutir una falacia muy extendida pero que, como nadie la cuestiona, permite bloquear de manera sistemática múltiples esfuerzos de explicación. Tengo en mente una muy socorrida forma de argumentar que permite descalificar de entrada cualquier intento de explicación que no sea trivial o simplista. Se trata de un muy útil pero inválido procedimiento al que sistemáticamente se apela cuando lo que se desea es rechazar lo que alguien sostiene y al mismo tiempo estigmatizarlo. Me refiero naturalmente a la atribución de estar proponiendo una “teoría conspirativa”. Deseo sostener que hay “teorías conspirativas” cuya fuerza explicativa es muy superior a cualquier explicación rival, conspirativa u otra, y que para cierta clase de fenómenos son las únicas teorías realmente explicativas. Una vez discutido este asunto presentaré en forma muy breve lo que me parece que son las dos grandes propuestas acerca de la gestación de la actual pandemia y ofreceré algunas razones por las cuales me inclino por una de ellas y desestimo la otra. Por último, y esta es la parte que yo consideraría más importante del trabajo, me propongo tratar de mostrar la congruencia entre la epidemia del coronavirus y el funcionamiento del sistema capitalista en su fase más avanzada, esto es, la etapa de auge del todopoderoso capital financiero (léase, básicamente, la banca mundial, en el sentido más amplio de la expresión), corporativista y globalista. Terminaré con algunas reflexiones generales.

II) El concepto de crisis

La palabra ‘crisis’ es una palabra del lenguaje común, no un tecnicismo de alguna ciencia en particular. En el lenguaje natural la palabra parecería tener varias acepciones, lo cual permite que al emplearla los usuarios enfaticen en ocasiones algunas facetas de su significado y en ocasiones otras. Así, por ejemplo, al hablar de “crisis” se puede aludir un conflicto pero también se puede matizar dicho significado y hablar entonces de un conflicto que es ineludible o muy difícil de resolver; en ocasiones el conflicto opone a entes distintos (países, sistemas, empresas, etc.), pero se aplica también de manera individual, en psicología por ejemplo. Así se usa el término, verbigracia, cuando las contradicciones, las obsesiones, etc., de una persona la llevan a intentar suicidarse, a tomar decisiones absurdas y cosas por el estilo. Para explicar el fatal desenlace se dicen entonces cosas como que “la persona en cuestión pasó por una crisis tremenda”. Se habla de crisis también cuando lo que tenemos en mente son carencias. Hablamos entonces, por ejemplo, de crisis de alimentos, de agua, etc. Podríamos seguir dando ejemplo, pero yo creo que podemos generalizar sobre la base de unos cuantos ejemplos, los cuales son meramente ilustrativos, para afirmar que la palabra ‘crisis’ es aplicable en prácticamente cualquier contexto de la vida humana, tanto en un plano individual como en uno colectivo. Ahora bien, lo que los ejemplos sin duda alguna sí ponen de relieve es que, dado que el uso de la palabra ‘crisis’ es tan variado, el concepto de crisis es un concepto de semejanzas de familia. Dicho de otro modo y en forma escueta: no hay tal cosa como la “esencia de la crisis”. Hay crisis mayúsculas, crisis pasajeras, secundarias, decisivas, económicas, de salud, políticas, psicológicas, etc. Ahora bien, es imposible encontrar un elemento en común a todo lo que llamamos ‘crisis’. Es así como funciona el lenguaje.

Dada esto que es nuestra plataforma semántica fundamental, se sigue que si se pretende usar el concepto de crisis en alguna disciplina concreta, entonces se le tiene que definir en conexión con las nociones relevantes de la disciplina de que se trate. Así, una crisis bancaria se explicará en términos de nociones como “devaluación”, “endeudamiento”, “déficit presupuestario”, “deuda externa”, “desempleo”, etc.; si se habla de “crisis médica” se hablará de infecciones, desnutrición, falta de medicamentos, contagios masivos, predisposiciones genéticas y así sucesivamente. Si hablamos de una “crisis económica” entonces aludiremos a situaciones en las que prevalecen el desempleo, la falta de inversión, conflictos entre objetivos macro-económicos y los de la micro-economía, baja en el consumo interno de un país, devaluaciones, inflación, volatilidad de los capitales extranjeros, monopolismo exacerbado y supresión de la competencia, etc. Si ahora se nos pregunta qué tienen en común una crisis médica con una financiera o con una política, pues lo único que podemos decir es que para ciertas situaciones en todos esos ámbitos de la vida social la palabra más útil para referirse a ellas es la palabra ‘crisis’. No habría nada más que buscar, porque de hecho no tienen nada en común.

Lo anterior es importante porque nos permite empezar a echar luz sobre la actual crisis mundial. ¿De qué clase de crisis se trata? Yo pienso que la respuesta es simple: la crisis actual es una multi-crisis o, si se prefiere, una policrisis, en el sentido de que se trata de un fenómeno social en el que la vida humana es amenazada al mismo tiempo desde muy variados puntos de vista. Por lo pronto, es obvio que la crisis del coronavirus es en primer lugar una crisis médica, por cuanto concierne a la salud y en verdad a la supervivencia de millones de personas; es también, una crisis económica, en un sentido amplio de la expresión, es decir que atañe tanto a los sectores productivos como a los consumidores finales, a los inversionistas como a los tenderos, pequeños comercios, gente que vive al día como los plomeros, taxistas, empleadas domésticas, profesionistas de toda clase (abogados, dentistas, etc.) y así indefinidamente. Por otra parte, y esto es quizá ya menos visible, esta crisis es también una crisis geo-estratégica, es decir, tiene que ver con la creación de cierta clase de armamento, con servicios de inteligencia y contra-inteligencia, con guerra diplomática, con la seguridad nacional de los países y las rivalidades entre ellos, etc. Cuál sea el panorama de la crisis y cómo se visualice su superación en cada contexto es algo que le corresponde a los especialistas de cada ramo describir y determinar, pero a lo que nosotros aspiramos es a tener una visión de conjunto, la cual no es obtenible a partir exclusivamente de los datos provenientes de alguna de las disciplinas involucradas. Entendemos entonces qué se puede y no se puede esperar de un tratamiento estrictamente filosófico del desastre que actualmente azota al mundo. Es evidente que si el filósofo tratara de ofrecer explicaciones que caen bajo alguno de los rubros reconocidos como bien establecidos y operantes, lo único que el filósofo podría hacer sería (en el mejor de los casos) repetir lo que los especialistas en sus respectivos dominios digan y, eventualmente, tratar de sintetizar y armonizar resultados. Como no es eso lo que queremos, no puede ser ese nuestro objetivo.

Hay, sin embargo, una perspectiva de la pandemia del Covid-19 que aunque fundada en hechos es independiente de las que emanan de la ciencia, que es legítima y que podría ser calificada como ‘filosófica’. Lo que quiero decir es que es perfectamente legítimo preguntarse acerca del rol que esta infección mundial juega en el desarrollo del capitalismo contemporáneo, es decir, acerca de cómo incide en él y cómo lo afecta. El rol en cuestión tiene que ser tan complejo como lo es el fenómeno mismo. Ya vimos que aunque ciertamente le corresponde a los economistas, a los politólogos, a los biólogos, etc., explicar la pandemia desde sus respectivas perspectivas, a ninguno de dichos especialistas les correspondería elaborar una visión global o última del fenómeno en toda su complejidad. El economista se ocupa de los procesos económicos relacionados con la pandemia, el biólogo de su faceta biológica y así sucesivamente, pero no hay ningún científico particular que pueda siquiera intentar sintetizar los resultados alcanzados en las diversas disciplinas en una única explicación y en una única teoría general del fenómeno. Es, pues, al filósofo a quien corresponde tratar de articular lo que debería una interpretación plausible del fenómeno mundial creado por la enfermedad del Covid-19, una tarea para la cual éste tendría que aplicar sus técnicas conceptuales y argumentativas para elaborar el cuadro general que se requiere.  O sea, necesitamos una explicación filosófica de carácter totalizante, que resulte tanto explicativa como convincente, porque es sobre la base de una lectura así que se pueden articular políticas concretas eficaces para enfrentar el mal que afecta en nuestros días a la humanidad en su conjunto.

Como en tantas otras ocasiones, la labor filosófica seria pasa por distintas fases y cumple con diferentes objetivos. Desde luego que se nos tiene que explicar positivamente el fenómeno mundial, pero no es menos cierto que necesitamos también tener claridad respecto a lo que es tener una explicación genuina y no una mera pseudo-explicación. Este punto es crucial, porque de lo que logremos establecer en relación con lo que puede y no puede pasar por explicación aceptable dependerá el que avancemos en nuestra comprensión del fenómeno o que nos estanquemos en el pantano infinito de los datos recopilados por los periodistas y que, parecería, no tienen otro objetivo que mantener al ciudadano común en la desinformación y, por lo tanto, en la indefensión. Nuestro objetivo, por lo tanto, es hacer un esfuerzo de imaginación fundado en datos objetivamente establecidos para dar cuenta de lo que está sucediendo, insertando el fenómeno de la pandemia en un marco explicativo amplio.

Yo pienso que, si lo que queremos es comprender qué papel desempeña el flagelo de la pandemia del coronavirus, es absolutamente imposible no recurrir a una u otra modalidad de lo que quienes no quieren que lo comprendamos desdeñosamente describen como “teoría conspirativa”. Por eso lo primero que haré será tratar de hacer ver que esa forma de explicación es, en determinados contextos, inobjetable. Es de eso de lo que me ocuparé en la siguiente sección.

III) La falacia concerniente a las “teorías conspirativas”

Uno de los métodos más socorridos para acallar a la oposición y a los críticos del sistema por parte tanto de periodistas como de intelectuales de diversa estirpe y nivel consiste en utilizar la etiqueta ‘teoría conspirativa’ para descalificar de antemano todo lo que alguien sostenga en relación con una situación o con un suceso que exigen que se hagan inferencias no demostrativas ya que en esos casos es simplemente imposible no hacer suposiciones de diversa índole, no postular objetivos ocultos pero que cuando son postulados echan luz sobre el fenómeno que se examina, no proponer hipótesis que a todas luces son sensatas pero que no fueron deducidas formalmente de premisas previamente aceptadas. Yo creo que ya es hora de exhibir la falacia que subyace a este recurso en la arena del debate político, porque de lo contrario vamos siempre a tener las manos amarradas y no podremos apuntar en ningún caso a culpables ocultos, a causas vergonzosas, a motivaciones secretas, etc., y ello sólo porque es factualmente imposible tener documentos probatorios, porque no se pueden ofrecer deducciones válidas porque no se pudieron encontrar pruebas de ninguna clase y así indefinidamente. Es claro que, sobre todo en el contexto de la historia y de la política, no todo razonamiento sensato puede ser de carácter deductivo. Quizá valga la pena decir unas cuantas palabras acerca de la fuente de este sofisma que es la etiquetación de ‘teoría conspirativa’, a la que se recurre para cualquier neutralizar toda teoría que combine dos rasgos: que no sea de carácter demostrativo (algo más bien difícil en las ciencias sociales) y por ningún motivo queramos que se popularice, independientemente de cuán plausible o convincente sea.

No podría afirmar tajantemente si fue él quien acuño y puso en circulación la noción de “teoría conspirativa”, pero incuestionablemente uno de los pioneros en usarla fue Karl Popper. Confieso que no conozco a nadie que haya usado esa expresión antes que él, pero en todo caso respecto a los objetivos que él tenía en mente cuando se sirvió de la noción en cuestión creo que no podemos tener la menor duda. Fue en su tristemente famosa obra, La Sociedad Abierta y sus Enemigos, publicada en 1946, en donde Popper usa la expresión ‘teoría conspirativa’ para denostar el estudio científico que K. Marx había realizado del sistema de producción de mercancías, esto es, el sistema capitalista. Tenemos que admitir que en escritos que no forman parte de su teoría de economía política, Marx habla de una sociedad en la que las contradicciones del sistema capitalista habrían quedado superadas. Se refiere a ella como la ‘sociedad comunista’. Sin duda, la sociedad en la que Marx piensa resulta de una amalgama de economía y de ensueño político, pero ni mucho menos está Marx comprometido teóricamente con predicciones concernientes al futuro de la sociedad capitalista. Marx era una persona sensata y por lo tanto sabía perfectamente bien que si no podemos ni siquiera predecir lo que va a suceder dentro de 5 minutos menos aun lo que podría pasar, digamos, un siglo después. Marx, por lo tanto, no estaba haciendo premoniciones de ninguna clase. Su punto de vista era que, sobre la base del estudio de los mecanismos de producción y reparto de mercancías y de los efectos de estos mecanismos, fundados todos ellos en la propiedad de los medios de producción, podríamos visualizar cómo sería una sociedad en la que los conflictos de clase que inevitablemente se generan en el seno de la sociedad capitalista hubieran quedado superados. Eso es toda la fantasía que podríamos achacarle a Marx. Popper, sin embargo, en su afán de sobresalir refutando a un pensador de magnitudes mayúsculas (lo intentó infructuosamente también con Platón y con L. Wittgenstein), le atribuye a Marx la absurda idea de que lo que en realidad él estaba haciendo era tratar de adivinar lo que tendría que ser la siguiente etapa en la evolución de la sociedad a nivel mundial. El problema, según Popper, es que sólo se podía acceder a tan fantástico resultado teórico postulando una especie de conspiración. Dice Popper:

A fin de aclarar este punto, pasaremos a describir una teoría ampliamente difundida, pero que presupone lo que es, a nuestro juicio, el opuesto mismo del verdadero objetivo de las ciencias sociales; nos referimos a lo que hemos dado en llamar “teoría conspirativa de la sociedad”. Sostiene ésta que los fenómenos sociales se explican cuando se descubre a los hombres o entidades colectivas que se hallan interesados en el acaecimiento de dichos fenómenos (a veces se trata de un interés oculto que primero debe ser revelado) y que han trabajado y conspirado para producirlos.[i]

Salta a la vista que en su formulación original la presentación popperiana de la noción de teoría conspirativa es excesivamente burda. Quizá por ello el mismo Popper intenta de inmediato pulirla mínimamente, aunque en realidad lo único que logra es hacer incoherente su propio punto de vista. En efecto, un poco después dice:

Que existen conspiraciones no puede dudarse. Pero el hecho sorprendente que, pese a su realidad, quita fuerza a la teoría conspirativa es que son muy pocas las que se ven finalmente coronadas con el éxito. Los conspiradores raramente llegan a consumar su conspiración.[ii]

Se plantean entonces dos preguntas: primero: ¿hay o no hay conspiraciones? y, segundo: ¿son exitosas o no? La respuesta de Popper es que sí hay conspiraciones y que algunas de ellas, pero no todas, tienen éxito. Lo primero que a nosotros se nos ocurre preguntar es: ¿es lo que Popper afirma una demostración de que el recurso a teorías conspirativas está priori cancelado? Si no estoy en un error más bien craso, a mí me parece que lo que Popper está haciendo es reconocer que en ocasiones al menos teorías conspirativas funcionan. Lo que pasa es que él no proporciona ningún criterio de demarcación entre teorías conspirativas y su posición entonces no pasa de ser una afirmación al aire. Él, sin embargo, sigue adelante y trata de explicar por qué las conspiraciones en general fallan. Dice:

¿Por qué? ¿Por qué los hechos reales difieren tanto de las aspiraciones (sic)? Simplemente, porque esto es lo normal en las cuestiones sociales., haya o no conspiración. La vida social no es sólo una prueba de resistencia entre grupos opuestos, sino también acción dentro de un marco más o menos flexible o frágil de instituciones y tradiciones y determina – aparte de toda acción opuesta consciente – una cantidad de reacciones imprevistas dentro de este marco, algunas de las cuales son, incluso, imprevisibles.[iii]

Para terminar su más bien confusa presentación, Popper nos dice lo siguiente:

Tratar de analizar estas reacciones y de preverlas en la medida de lo posible es, a mi juicio, la principal tarea de las ciencias sociales. Su labor debe consistir en analizar las repercusiones sociales involuntarias de las acciones humanas deliberadas, esas repercusiones cuyo significado, como ya dijimos, ni la teoría conspirativa ni el psicologismo pueden ayudarnos a ver. Una acción que se desarrolla exactamente de acuerdo con su intención no crea problema alguno a la ciencia social. [iv]

En suma, el argumento de Popper se reduce a lo siguiente: la “teoría conspirativa de la sociedad” es inaceptable, porque aunque hay conspiraciones éstas rara vez triunfan y ello es así porque en el marco de la vida social se dan reacciones inesperadas (y algunas de ellas imprevisibles) que, de alguna manera, neutralizan sus efectos. Las ciencias sociales deben estudiar las reacciones espontáneas e imprevistas generadas por las acciones conscientemente orientadas, las cuales serían transparentes.

Según mi leal saber y entender, el punto de vista de Popper es pura y llanamente incoherente. Por una parte, él acepta que hay conspiraciones pero, por la otra, rechaza en general las teorías conspirativas, pero ¿cómo se pueden conciliar ambas tesis? Si hay conspiraciones, entonces una teoría de la conspiración ciertamente podría ser acertada. Así, la única forma de rechazar in toto las teorías conspirativas sería sosteniendo que no hay conspiraciones en los absoluto. Esto último, sin embargo, es absurdo. Por lo tanto, Popper no ofrece ningún argumento que eche por tierra a priori toda propuesta explicativa que recurra a la noción de conspiración.

Por otra parte, a mí me parece que Popper presenta mal, es decir, en forma equívoca su posición y me parece que lo que nos ayudaría a entender mejor la problemática sería la noción de contextualización. Es relativamente claro que el objetivo de Popper, en un volumen dedicado en gran parte a la crítica del marxismo, es adscribirle a Marx una idea conspirativa de la historia mostrando así, sobre la base de su previo rechazo de dicha forma de entender los fenómenos sociales, que su tratamiento general era en realidad una mezcolanza de falacias, errores empíricos y teorías equivocadas. Dejando de lado el ataque concreto al marxismo, que no tenemos por qué o para qué considerar en este ensayo, lo que en mi opinión hay que tener presente es que con quien Popper pretende polemizar es con Marx por lo que tenemos que inferir que lo que él rechaza son las teorías conspirativas de la historia. En otras palabras, la clase de teorías conspirativas que Popper estaría rechazando sería la de teorías por medio de las cuales se pretende explicar el devenir de la sociedad capitalista, el decurso de la historia,, i.e., las grandes transformaciones sociales, como el paso del feudalismo al capitalismo o la supuestamente inevitable transición del capitalismo al socialismo. Son los cataclismos sociales de magnitudes seculares, movimientos sociales por así decirlo totalmente impersonales, como (para establecer un parangón) lo son las grandes migraciones de ñus y cebras en el Serengueti, los que no se prestan a ser explicados en términos de teorías conspirativas. En el caso de las migraciones animales, se desplazan un millón de ñús y de cebras, pero nadie los dirige. Algo así pasaría en ocasiones también con los seres humanos y lo que Popper estaría diciendo entonces es que para sucesos de esas magnitudes las teorías conspirativas son inservibles.

Si es esto último lo que Popper quería sostener, creo que no habría nada que objetar, pero lo importante es entonces notar que ese punto de vista no es incompatible con el recurso a “teorías conspirativas” cuando de lo que se habla es de eventos concretos, de menor magnitud, en los que participan grupos humanos reducidos más o menos identificables y en relación con los cuales los que se sabe qué está en juego. Es sólo en relación con las grandes hipótesis históricas, con las hipótesis de más alto nivel en historia o en sociología o en politología que las “teorías conspirativas” no funcionarían y serían totalmente irrelevantes. Pero entonces por ello mismo teorías conspirativas de menor nivel son perfectamente viables y su legitimidad o justificación dependerá de cuán bien articuladas estén. Para situaciones más o menos nítidamente delineables, cuyos actores son suficientemente bien identificables, cuyos objetivos son claramente enunciables, etc., entonces a una “teoría conspirativa” sólo se le puede echar por tierra teóricamente no mediante argumentos a priori, sino cuando efectivamente se le refuta y esto se logra cuando se hace ver que la teoría carece de fundamentos, cuando las motivaciones que postula no son suficientemente fuertes como para explicar la acción relevante, cuando la teoría contiene más huecos explicativos que los hechos que supuestamente explica, cuando es lógicamente incoherente, cuando las explicaciones que suministra son irrelevantes o no alcanzan ni mínimamente a justificar las conclusiones, etc. En todo caso, la moraleja de nuestra breve discusión es importante y quisiera enunciarla con el mayor énfasis posible: no se puede determinar a priori que no hay teorías conspirativas que sean genuinamente explicativas. Tras un examen minucioso, se puede descartar tal o cual teoría conspirativa, pero no es válido rechazar una potencial explicación de un fenómeno social determinado sólo porque se le puede etiquetar como “teoría explicativa”.

Lo que tenemos ahora que preguntarnos es: ¿por qué en el contexto de historia, de la politología y de las ciencias sociales en general es a veces imprescindible apelar a alguna “teoría conspirativa” para dar cuenta de algún fenómeno social importante? La razón es evidente: porque en general se carece de los datos que se requieren para construir una explicación enteramente empírica, es decir, sin presuposiciones discutibles, y entonces se requieren especulaciones racionales para colmar las lagunas explicativas generadas por la carencia de datos relevantes. Esas especulaciones racionales revisten a menudo la forma de “teorías explicativas”. El asunto es fácilmente de ilustrar, puesto que los ejemplos sobran. Recordemos el caso de un grupo de cuatro ciudadanos chinos que con un ciudadano israelí formaron una sociedad que estaba en la vía de la fabricación de nuevos chips y nuevos productos de software muy avanzados. Los cinco miembros de dicha sociedad firmaron un contrato en el que se estipulaba que si alguno de los miembros fundadores faltaba, las acciones se repartirían entre los restantes. Se hablaba en la prensa de una compañía de un monto de negocios de 150,000 millones de dólares. Por alguna extraña razón todavía desconocida, lo cierto es que los cuatro accionistas chinos coincidieron en un mismo avión, el cual habría de llevarlos de algún lugar en Asia a Beijing. Inesperadamente, sin embargo, el avión simplemente se esfumó. Se sabe que cayó en el Océano Índico, pero sus restos nunca se encontraron. Parece ser que años después se encontró parte del fuselaje en aguas australianas, pero en todo caso ello no sirvió para dilucidar absolutamente nada acerca del misterioso vuelo. Intentemos ahora analizar el caso.

Nuestro punto de partida es que, aunque no la tengamos, no es posible que no haya una explicación racional del caso y que si no la hay o es sumamente incompleta ello se debe a que faltan datos. En segundo lugar y en concordancia con nuestra hipótesis, asumamos que en efecto el “accidente” fue el resultado de una conspiración y que, por lo tanto, hay al menos algunas personas (porque difícilmente habría podido una persona sola materializar un plan de esas magnitudes sin ayuda de nadie más) que positivamente sí saben qué fue lo que pasó, puesto que habrían sido ellos quienes habrían planeado cómo lograr que coincidieran todos los accionistas menos en un vuelo, cómo hacer estallar el avión, etc. Hasta aquí vamos bien, porque aunque sin duda alguna el evento, que costó cientos de vidas, es importante, ciertamente no pertenece a la clase de eventos para los cuales cualquier teoría conspirativa dejaría de valer. Pero entonces ¿cómo se procede en casos como este en el que no tenemos datos suficientes y a lo único a lo que podemos recurrir para explicarnos el suceso es a una “teoría conspirativa”? No hay argumentos a priori para rechazarla. Por lo tanto, eso que despectivamente se presenta como “teoría conspirativa” en un caso en el que faltan datos equivale en realidad a un intento de explicación racional del mismo. En verdad, en lugar de “teorías conspirativas” deberíamos hablar de “hipótesis conspirativa”, pero hipótesis así son mucho más convincentes y aceptables que “no hipótesis” en lo absoluto. En determinadas circunstancias, una hipótesis conspirativa puede hacer mucho más comprensible el caso de lo que lo haría la explicación cruda y simplista del evento o la falta total de explicación. En nuestro ejemplo, la explicación rival a cualquier hipótesis conspirativista consistiría en decir que el avión se cayó por algún accidente o porque un rayo lo destruyó. Obviamente, la teoría conspirativista es superior, inclusive si no es confirmable. Ahora bien, para alguien que aceptara una “explicación” simplista y cruda, cualquier teoría “conspirativa”, que sería una teoría rival, resultaría no falsa ni absurda, sino simplemente redundante, es decir, aunque sea redundante de todos modos no pierde su carácter factual. Simplemente, no es verificable, pero una cosa es verificar y otra echar luz. Las teorías conspirativas pueden no ser verificables, pero a menudo ciertamente echan luz sobre los fenómenos estudiados.

Queda claro entonces que una “teoría conspirativa” es un intento por dar cuenta de un fenómeno social o histórico, relativamente bien acotado pero para el cual no se dispone de ninguna explicación alternativa. Las teorías conspirativas, dadas su estructura y la clase de premisas a las que tiene que recurrir, son teorías con mayor o menor grado de probabilidad. En principio, cualquier teoría conspirativa podría eventualmente confirmarse, pero en realidad ello se lograría cuando se obtuvieran los datos requeridos para ofrecer una explicación ahora sí enteramente empírica. Desafortunadamente, esto significa que es poco probable que múltiples teorías que pasan por “conspirativas” se puedan confirmar, puesto que justamente los factores causales de la situación que se investiga son de entrada desconocidos y se pretende mantenerlos ocultos. Esto es comprensible, porque en casos así: ¿qué es lo que se desconoce? Los objetivos de los conspiradores, los planes concretos que tienen, los mecanismos de los que echan mano para alcanzar los fines fijados, etc. Una teoría conspirativa responde, por lo tanto, a un hueco explicativo y es un intento de explicación racional, inclusive si es básicamente especulativa, ahí precisamente en donde no hay ninguna explicación alternativa. Infiero que múltiples teorías conspirativas en relación con un sinfín de sucesos históricos importantes son no sólo legítimas, sino las mejores que hay.

Una vez reivindicadas las teorías conspirativas por lo menos para cierta clase de sucesos podemos replantear nuestro tema de una manera que ya resultará inteligible. La pregunta crucial ahora es: ¿se requiere para explicar la realidad de la pandemia del coronavirus de una teoría conspirativa o hay explicaciones estrictamente empíricas alternativas? De eso nos ocuparemos en la siguiente sección.

IV) Los Estados Unidos versus la República Popular China

Básicamente, ‘coronavirus’ designa una familia de virus que generan al menos tres clases de enfermedades. La enfermedad que azota al planeta en la actualidad es la enfermedad etiquetada como ‘Covid-19’ y se caracteriza por generar sobre todo graves problemas respiratorios. Ahora bien, es un hecho fehaciente que al día de hoy no tenemos una explicación satisfactoria de la gestación, el origen y la expansión de este virus. Por lo pronto, hay dos propuestas de explicación, mutuamente excluyentes. Las presentaré, respectivamente, como la ‘explicación oficial norteamericana’ y la ‘explicación conspirativa china’.

A) La explicación oficial norteamericana. Aunque el gobierno norteamericano ha sido muy parco en sus aclaraciones, poco a poco ha venido delineando una línea de explicación que apunta a China no sólo como el país de origen de la infección de Covid-19, sino en la que también se acusa al gobierno de la República Popular China como el agente que deliberadamente dejó escapar el virus, desde luego soltándolo primero en su propio país para luego literalmente exportarlo a través de los vuelos internacionales que tardaron mucho en detener. De acuerdo con los norteamericanos, desde tiempo atrás los chinos habían venido experimentando con este coronavirus en murciélagos. Primero se sugirió que la gente habría comprado en mercados para su consumo personal murciélagos contaminados, pero luego esa versión fue sustituida por la teoría de que el virus se les habría escapado del laboratorio y es cuando la epidemia se habría iniciado. Este contagio ya no habría sido meramente accidental, sino deliberado. Los norteamericanos alegan que el gobierno chino ya sabía desde finales de diciembre que el virus ya estaba circulando y que una de sus características era precisamente que, aparte de letal, es tremendamente contagioso, a pesar de lo cual no hicieron nada ni previnieron al mundo al respecto. La mala fe del gobierno chino se habría manifestado en que si bien prácticamente cerró y cercó la ciudad de Wuhan, de todos modos siguió permitiendo los vuelos internacionales, con lo cual deliberadamente alentó la expansión del virus sobre todo en Europa, mas no únicamente. No estará de más notar, dicho sea de paso, que la acusación americana sobre el carácter mal intencionado de las decisiones del gobierno chino se funda claramente en una teoría conspirativa, puesto que faltan pruebas y sólo se pueden hacer especulaciones, por lo que si se rechaza como ridícula toda teoría conspirativa en la que el complotista sea el gobierno americano habría que rechazar sobre esas mismas bases la teoría oficial que el gobierno americano defiende. La teoría oficial conspirativa americana pasa porque quien la promueve es el gobierno norteamericano y es difundida por la prensa mundial. Por otra parte, es obvio, supongo, que todo acto de gobierno o privado fundado en la explicación oficial tiene el mismo grado de validez que la explicación misma, por lo que si ahora grupos de abogados pretenden demandar al gobierno chino por la “acción deliberada” que según el gobierno norteamericano habría realizado, su demanda no tiene mayor validez jurídica que la que teóricamente tiene la explicación en la que se sustenta y ésta se funda, parcialmente al menos, en una teoría conspirativa puesto que es una explicación que le atribuye al gobierno chino una intención maliciosa, oculta, del conocimiento de un grupúsculo de personas y sin pruebas empíricas demostrativas. En todo caso, ese es el núcleo de la explicación norteamericana, una “explicación” evidentemente secundada por lo menos por los gobiernos inglés y francés.

B) La explicación conspirativa china. De acuerdo con los portavoces del gobierno chino, el coronavirus efectivamente hizo su aparición en primer lugar en la ciudad de Wuhan, pero ellos niegan rotundamente que el origen del virus sea chino. Lo que ellos sostienen es que el virus fue llevado a China por militares norteamericanos cuando en octubre de 2019 se celebraron en la ciudad de Wuhan los juegos olímpicos militares, juegos en los que, irónicamente, lo que los chinos promovían era justamente la paz y la cooperación entre las naciones. Es cierto que hay un laboratorio en las afueras de la ciudad, el Instituto de Virología, en el cual se hacen toda clase de experimentos. En relación con esto vale la pena señalar que se produce una situación un tanto curiosa, por no decir contradictoria o auto-acusatoria por parte del gobierno de los Estados Unidos, porque éste acusa a China de hacer toda clase de experimentos sumamente peligrosos justamente para demostrarle al mundo que sus investigadores están al mismo nivel que los de los Estados Unidos y que pueden competir con ellos al tú por tú! Lo grotesco de esta acusación es que parecería ser una auto-denuncia de que los norteamericanos han trabajado con dicho virus. Por otra parte, es importante llamar la atención sobre el hecho de que en la televisión israelí (canal 12) se dio a conocer la noticia de que desde noviembre de 2019 los Estados Unidos habrían alertado a los miembros de la OTAN y al gobierno israelí de la aparición de un nuevo virus, cuyos efectos eran todavía desconocidos. O sea, los Estados Unidos sabían del problema desde antes de que éste estallara. Si en China de la epidemia se supo hasta enero y los Estados Unidos ya sabían de dicho virus desde el año pasado, la explicación china cobra fuerza. Si el gobierno chino estuviera diciendo la verdad, quedaría claro entonces que lo que pasó en China fue simplemente un acto de guerra bacteriológica sin declaración de guerra.

Tenemos, pues, dos cuadros distintos del panorama actual, ambos apoyados por grupos de científicos, militares, diplomáticos, etc., que por lo menos al lego y a quien no participa directamente en la controversia lo dejan en la incertidumbre y en el titubeo. El ciudadano común simplemente no tiene elementos para decidir por cuál teoría inclinarse. ¿Significa eso entonces que no podremos saber que teoría es la más plausible puesto que en ambos casos faltan premisas para que los razonamientos pudieran ser conclusivos? Yo pienso que no, pero pienso también que hay una explicación de más alto nivel, superior, que hace a ambas teorías redundantes o por lo menos las desprovee de la importancia que se les quiere adjudicar. Esto se aclarará más abajo, pero por el momento consideremos este choque de teorías como si fueran el último nivel explicativo del fenómeno.

Como es bien sabido, los datos que se obtienen en las diversas (así llamadas) “ciencias duras” adquieren su status de datos científicos en la medida en que son parte de teorías científicas concretas. En cambio, en las ciencias sociales, en donde la teorización toma cuerpo de modo distinto, las teorías son a menudo remplazadas por lo que podríamos llamar ‘descripciones contextuales’. Para decirlo de manera burda pero ilustrativa: un dato de astrofísica es a la teoría de la relatividad lo que un dato histórico es al trasfondo o contexto en el que resulta ubicable y que, por lo tanto, hay que proporcionar. Es precisamente la contextualización lo que le confiere a un hecho, enteramente neutral en sí mismo, su significancia histórica o política. La contextualización es crucial en historia y en política porque en esas áreas no se teoriza como en astrofísica o en bioquímica. Apliquemos esta estrategia a nuestro caso. ¿Cómo o sobre qué bases podríamos optar entre la explicación norteamericana y la china de la pandemia del Covid-19? La respuesta ya la dimos: por medio de la contextualización del “dato”, esto es, proporcionando el trasfondo político, comercial, social, etc., en el que se inserta el hecho de que una y la misma enfermedad está afectando a prácticamente todos los países del mundo. Dicha contextualización es lo único que puede orientar respecto a lo que podría ser la respuesta correcta. Pero ¿es factible dicha contextualización? Pienso que sí, si bien ello es un asunto de grados. Intentemos entonces contextualizar, aunque sea a grandes rasgos, nuestro hecho por explicar, esto es, la pandemia que nos agobia.

Yo creo que el primer “dato” importante para entender lo que está pasando lo constituye la agresión norteamericana en contra de China. En diciembre de 2018, la CEO de la mega-empresa china de telecomunicaciones, Huawei, fue detenida y encarcelada en Canadá con miras a ser extraditada a los Estados Unidos, cosa que aún no sucede. Desde mediados de 2019, el gobierno de D. Trump entró en una abierta guerra comercial con la República Popular China. Los norteamericanos, rompiendo con todas las reglas de juego comercial libre, le impusieron arbitraria y súbitamente  billones de dólares en impuestos a multitud de productos provenientes de China a fin de medio balancear su déficit comercial, llegando hasta los 200 billones de dólares, esto es, 200 mil millones de dólares en impuestos! Podemos estar seguros de que si los Estados Unidos hubieran hecho eso con cualquier otro país simplemente lo habrían destruido, pero en este caso algo falló. Para empezar, los chinos le impusieron a los productos norteamericanos la misma cantidad de impuestos. Quedó claro entonces que, comercialmente, los Estados Unidos perdieron la pelea con China. Sencillamente no tienen forma de ponerlos de rodillas ni de detener su formidable crecimiento (China había venido creciendo a un ritmo de casi 7 % anual, algo que los norteamericanos ni en sueños podrían alcanzar). ¿Qué es, pues, lo que está pasando? Se da una confrontación comercial entre un gigante comercial emergente y un gigante comercial decadente y empieza a ser paulatina pero inexorablemente desplazado. El problema es, claro está, que la potencia destronada comercial y económicamente sigue siendo la potencia número uno militarmente. Parecería entonces que el razonamiento subyacente es el siguiente: si no se puede detener a China por las buenas, esto es, haciendo toda clase de trampas financieras y de chicanerías comerciales, quedan las opciones de inteligencia militar. Desde este punto de vista, lo que se estaría haciendo ver es que, salvo por el recurso último al armamento atómico, que en realidad ya no es un recurso viable salvo para un gobierno suicida, los Estados Unidos están dispuestos a recurrir a absolutamente cualquier mecanismo bélico, cualquier modalidad de guerra para alcanzar sus metas. Independientemente de su carácter moral, habría que reconocer que si es así realmente como se habría razonado en el seno del gobierno norteamericano, el plan delineado no habría sido del todo bien pensado. Sus arquitectos habrían fijado toda una variedad de objetivos, todos ellos secretos si bien algunos de ellos rastreables, pero lo cierto es que el plan falló. Si de lo que se trataba era de detener a toda costa el crecimiento económico y la expansión comercial de China (la Ruta de la Seda, la quinta generación en telecomunicaciones, etc.), dicho objetivo no se alcanzó. En dos semanas los chinos controlaron la epidemia en Wuhan, a la que cerraron a piedra y lodo y detuvieron la expansión de la enfermedad. En segundo lugar, se le causaría un grave daño a la población la cual, se suponía, se levantaría en contra del régimen dictatorial impuesto por el partido comunista chino. Eso tampoco sucedió. (Lo mismo se pensó en relación con Irán y de igual modo la política norteamericana volvió a fallar). Los estrategas norteamericanos pensaban que una vez alcanzados los objetivos estratégicos los Estados Unidos podrían una vez más volver a imponer sus políticas imperialistas e intimidatorias en todo el planeta, lo cual en la confrontación entre las superpotencias es obviamente el objetivo último o supremo. Evidentemente, habría un precio que pagar, que sería el número de muertos que inevitablemente acarrearía la expansión del virus en los Estados Unidos mismos. En relación con esto, no podemos pronunciarnos sobre si el plan fue rebasado o no, porque en los Estados Unidos todavía no se ha logrado detener el contagio masivo y que mueran centenas de personas diariamente. Así, pues, podría afirmarse que en general el plan habría fallado y, tristemente, quizá lo único para lo cual todavía da cabida es precisamente el número de muertos. Es de suponerse que el cálculo que los policy makers norteamericanos hicieron (es evidente que todo lo que está pasando no es producto de la voluntad de una persona) en relación con el número de fallecidos es mucho mayor que el de los fallecimientos hasta ahora acaecidos. Aquí lo que no deja de sorprendernos es lo siguiente: si la explicación china es acertada, entonces quienes en el nivel más alto tomaron las fatales decisiones sabían que su propio pueblo padecería enormemente y, no obstante, siguieron adelante con el plan. En relación con esto quizá valga la pena traer a la memoria el hecho de que, a la pregunta planteada por la televisión iraní a un politólogo estadounidense de si el gobierno norteamericano habría estado dispuesto a atentar en contra de su propia población, éste sin mayores titubeos respondió haciendo primero el recordatorio de que eso ya había pasado, como sucedió con la destrucción de las Torres Gemelas, en donde murieron más de tres mil personas y, en segundo lugar, que es evidente que en el gobierno norteamericano hay gente lo suficientemente inmoral como para afectar a su propia población con tal de alcanzar sus objetivos políticos, militares y comerciales.

Nuestro interrogante era: ¿es factible contextualizar el dato que constituye la pandemia del Covid-19 de modo que la hipótesis de que China deliberadamente infectó primero a su propia población y posteriormente a la población mundial en su conjunto resulte convincente? Confieso que no tengo datos ni razones para pensar que pudiera darse una respuesta positiva a esta pregunta. Está desde luego la hipótesis, que no hemos considerado, de que se haya tratado de un accidente y que por un “error humano” el virus se haya esparcido primero en Wuhan y luego en los demás países. Yo considero que esa hipótesis es simplemente increíble y por lo tanto teóricamente gratuita e inaceptable. Los laboratorios de esa índole, ultra-secretos, dirigidos por militares y demás son herméticos, tienen decenas de filtros para entrar y salir, es decir, están perfectamente preparados y acondicionados para llevar acabo sus labores. Esa hipótesis me parece, por lo tanto, totalmente implausible.

Así, pues, si tuviéramos que elegir entre la hipótesis norteamericana y la china nuestra conclusión tendría que ser entonces que la actual pandemia del Covid-19 muy probablemente habría sido el resultado de una acción de inteligencia militar por parte del gobierno de los Estados Unidos (y, probablemente, con la participación de algún otro gobierno “amigo”) en contra de la República Popular China. El hecho de que ahora se esté revirtiendo a explicaciones que hacen de la transmisión animal la fuente de la tragedia refuerza la idea de que la posibilidad de acusar al gobierno chino ya quedó descartada y habrá que hacer todo lo que se pueda para desviar la atención de la potencial responsabilidad del actual gobierno norteamericano hacia otros temas. Si efectivamente lo que está pasando es el resultado de una confrontación entre los Estados Unidos y China, lo menos que podemos decir es que los Estados Unidos ya perdieron dicha confrontación.

Yo pienso, sin embargo, que la descripción de la actual pandemia en términos de una confrontación entre dos grandes potencias es errónea y que el problema se puede concebir de otra manera, de una manera que me parece a mí que es mucho más explicativa y por ende más útil. De esa explicación alternativa pasaremos ahora a ocuparnos.

V) La significación de la pandemia del Covid-19

Algo que nos deja de maravillarnos es la cantidad de ideas ridículas a las que da lugar un problema mundial tan serio como la actual pandemia y sin duda una de las mayores barrabasadas que oímos a diestra y siniestra es que esta pandemia significa el fin del capitalismo, que éste inevitablemente tiene que reformarse, que llegó el momento de modificar la injusta estructura económica del mundo y que precisamente la pandemia es el inicio de esta remodelación de la vida social del planeta. Yo pienso que posiciones optimistas como esa son no sólo ingenuas, sino que están mal concebidas y lo están por no haber tomado en cuenta suficientes elementos. Intentemos nosotros, con base en lo que hemos señalado y en los datos que podamos ir recabando, un cuadro diferente.

Lo primero que tenemos que hacer es ubicarnos teóricamente en el nivel apropiado. Vamos a abandonar por el momento el plano de la guerra diplomática, la geo-estrategia militar, los servicios de inteligencia, la guerra entre super-potencias, etc. No es desde la perspectiva de la confrontación entre países que ahora intentaremos extraer el verdadero significado, el significado real de la actual crisis. Para adoptar la perspectiva correcta ahora nos ubicaremos en un plano más general y más abstracto que es el de la evolución social mundial. Desde este nuevo punto de vista, la lucha entre los Estados Unidos y la República Popular China pasa a un segundo lugar e inclusive podría resultar ser, como intentaré hacer ver, un falso conflicto. Siendo esto así, la primera pregunta que tenemos que plantearnos es: ¿cómo acercarnos al tema?

A mí me parece que lo primero que se tendría que investigar es a quién beneficia la pandemia, porque es evidente que si bien la inmensa mayoría de las personas, los locales comerciales, las pequeñas empresas e inclusive empresas gigantes como las petroleras, los gobiernos, todos ellos y más sufren y se ven profundamente afectados por ella, habría de todos modos instituciones, organizaciones, corporaciones e individuos que están obteniendo inmensas ganancias gracias a la crisis. Antes de decir algo al respecto, sin embargo, es indispensable pasar en revista algunos hechos.

El primer y principal mega-efecto de la actual pandemia es obviamente la recesión mundial en la que apenas estamos entrando. Lo que se está arruinando es, con las excepciones obvias que no necesitamos considerar, la organización económica mundial considerada globalmente. A tres meses de que la enfermedad se haya extendido por todo el planeta, millones de personas ya no tienen trabajo, el sector de servicios (tiendas, cines, restaurantes, comercios de todo tipo, etc.) está en la ruina; el dinero casi está dejando de circular. Obviamente, el dinero que necesita la gente para adquirir bienes de consumo no son los trillones de dólares puestos en circulación por la Reserva Federal para solventar deudas de grandes empresas (compañías de aviación, por ejemplo). Algo de esa fortuna irá a parar a los bolsillos de los ciudadanos (norteamericanos, en este caso), pero en general ese dinero no es dinero circulante, dinero normal para que entre en el mercado y sea usado por todos. Es dinero, por así llamarlo, ‘teórico’, dinero por medio del cual se hacen transacciones en computadoras y se rescatan así empresas en quiebra, se cubren sus deudas, etc., y posteriormente regresa a los bancos. Pero que quede claro: el dinero que, por ejemplo, en los Estados Unidos “se inyecta” en la economía nacional no se invierte en la construcción de hospitales, de asilos, de escuelas y demás. La impresión de esos billetes está pensada para ayudar sólo a los agentes esenciales, es decir, a los pilares del sistema capitalista (en un sentido no personal, desde luego). Así, pues, ¿quién se beneficia de la actual crisis? La respuesta es simple: la banca mundial y las grandes trasnacionales y en particular por el momento las del sector farmacéutico. ¿A quiénes va a afectar más directamente y para mal esta pandemia? Desde luego a los ciudadanos, a los individuos, a las personas, pero también a los gobiernos de los Estados nacionales, porque ellos van a tener que recurrir a instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, etc., y, desde luego, a los grandes bancos del mundo (JP Morgan, Golden Sachs y demás). Las deudas externas van a crecer enormemente y, claro está, si un país se endeuda quienes pagan en los hechos dicha deuda son sus respectivas poblaciones. Así, pues, los campos de los grandes beneficiados y de los muy afectados negativamente por la actual crisis están relativamente bien delimitados y son claramente discernibles.

Pero cabe preguntar: ¿por qué se habría pensado que era indispensable recurrir a un mecanismo tan diabólico y tan nefasto en sus implicaciones (muertes, parálisis económica, baja sensible en los niveles de vida, etc.) como lo es la pandemia del Covid-19? Porque, y esta la hipótesis que yo quisiera someter a consideración, el sistema capitalista tal como lo hemos venido viviendo está ya agotado y es ya insostenible, pero no en el sentido en el que podría uno espontáneamente pensarlo. ¿En qué sentido entonces es el sistema capitalista ya insostenible? En el sentido de que, aunque hay billones de personas en la inopia, viviendo en la insalubridad, en la inseguridad, en la miseria, etc., también es cierto que hay billones de personas que viven relativamente bien, que tienen acceso a la educación, a servicios de salud, que viajan, que tienen un buen nivel de consumo, que viven de sus jubilaciones, etc., y que quieren cada vez más, es decir, que quieren progresar. Todo eso está muy bien, sólo que hay un problema: el tamaño del planeta no se puede modificar y para mantener el bienestar más o menos aceptable de esos billones de personas que conforman el espectro social que lleva desde las clases trabajadoras más humildes hasta las primeras capas de la gente que goza ya de un nivel de vida respetable, el mundo tendría que transformarse drásticamente y tendría que operarse una re-distribución mucho más justa de la riqueza mundial. Las clases medias, numerosas y muy diversificadas, exigen cada vez mejores salarios, más vacaciones, más acceso a buenos servicios de salud y en general más bienestar material, pero eso sólo se puede obtener en el marco del capitalismo existente no si se explota más a las clases trabajadoras, porque ni eso sería ya suficiente, sino si se le quita riqueza a los super-ricos, si se les expropian sus bienes, si se les cancelan sus obscenos privilegios. Y eso, obviamente, es algo que los dueños del dinero y por lo tanto quienes se apropiaron del sistema, quienes manejan sus mecanismos y conocen sus secretos, no van a permitir.

Empezamos entonces a entender que a través del coronavirus lo que se pretende es re-estructurar, re-modelar la sociedad capitalista, pero no en aras de la justicia sino para garantizarle a los super-ricos, esto es, a los amos económicos del mundo, sus privilegios. La pandemia del Covid-19 resulta ser entonces uno de los instrumentos por medio de los cuales la capa social que está en la cúspide está llevando a cabo sus planes de defensa de sus privilegios en el marco del sistema capitalista, porque nadie está interesado en que éste se modifique. Así, pues, la re-estructuración que se planea tiene como objetivo salvaguardar los inmensos, casi inimaginables privilegios de menos del uno por ciento (cuando mucho) de la población mundial. Por consiguiente, podemos afirmar que si el coronavirus transmisor del Covid-19 (coronavirus–Sars-Cov-2) es efectivamente un instrumento del cambio social lo es de lo que yo propongo llamar la ‘contra-revolución hiper-burguesa’. Por consiguiente, el objetivo central para que el sistema capitalista en su fase actual, esto es, en la que lo que prevalece no es ya el capital industrial sino el financiero, es bajar el nivel de vida de las “clases medias”, esto es, el grueso de la población mundial. De lo que se trata es, por así decirlo, de proletarizarlas. Hay que homogeneizar a la población en una sola clase inmensa que sería la clase trabajadora del futuro, esto es, la clase que garantizaría el bienestar eterno de los super-ricos. ¿Quiénes son los super-ricos? Los dueños de los canales por los que fluye todo el dinero del mundo y los entes trasnacionales (empresas, corporaciones, compañías) en cuyas manos está la producción y la distribución de la riqueza material del planeta. Lo que se echó a andar es, pues, el proceso de esclavización de la humanidad en beneficio de quienes se apoderaron de prácticamente todo lo que hay en la Tierra.

En resumen: el coronavirus está diseñado para que se efectúe una transformación económica radical a nivel mundial. El objetivo es asalariar a la mayor cantidad de personas que se pueda. Esta transformación está pensada para beneficiar ante todo al sector que maneja el dinero, la bolsa de valores, la deuda externa de los países, etc., esto es, la banca mundial, y las grandes trasnacionales, en particular mas no únicamente las de la industria farmacéutica, los grandes laboratorios de los cuales dependerán las vacunas y los tratamientos de las enfermedades. El mismo Bill Gates ya habló de una vacuna para la población mundial, esto es, siete mil millones de vacunas! Sin duda algunos rayan en una megalomanía delirante mas, desafortunadamente, no irreal. Eso es enriquecerse hasta niveles inconcebibles para el ciudadano común. Son gente así quienes idearon la estrategia del coronavirus y lo hicieron por motivaciones egoístas y con objetivos en mente perfectamente delineados.

Ahora bien, es claro que la transformación estructural no puede efectuarse sin una transformación política, pero de esto no se ha hablado mayormente. Es cierto que todavía el tema no ha sido abiertamente discutido, pero ya hubo alguien quien se pronunció al respecto y que sabe muy bien de lo que habla, puesto que él sí está en el núcleo del poder mundial. Este individuo, a manera quizá de advertencia respecto a lo que se viene, ya afirmó públicamente que el coronavirus no puede ser controlado por ningún gobierno en particular. Pero entonces ¿qué o quién lo puede controlar? En opinión de Henry Kissinger, que es de quien hablamos, eso es algo que sólo lo puede lograr un gobierno mundial. Esta sugerencia de Kissinger ciertamente amerita unas cuantas palabras dado que él más que cualquier otra persona es el portavoz de los núcleos humanos que controlan la vida económica del planeta. ¿Qué podemos decir al respecto?

VI) El gobierno mundial

La idea de un gobierno mundial no es nueva, pero en general cuando se aludía a un gobierno así se pensaba ante todo en una especie de idea regulativa y de ideal político, más que en un proyecto efectivamente realizable. Por consiguiente, pretender describir aquí y ahora cómo concretamente estaría estructurado y funcionaría un gobierno mundial sería una labor un tanto fantasiosa, puesto que lo único que podríamos hacer sería especular, dado que no contamos con antecedentes históricos que nos ilustren y nos permitan extraer lecciones de casos pasados. Pero si bien no podemos decir mucho acerca de cómo sería un gobierno así, sí podemos visualizar cómo se llegaría a él. Es evidente hasta para un niño que ningún país de motu proprio estaría dispuesto a suprimir su independencia para someterse a los mandatos de un gobierno supranacional, pero el punto es que la “propuesta” de un gobierno mundial no se plantearía como una opción. ¿Cómo entonces se llegaría a él? Es en relación con este punto que la pandemia del Covid-19 adquiere una importancia explicativa mayúscula. Pienso que algo de lo mucho que puede decirse es lo siguiente:

a) el flagelo que es la pandemia que hoy se expande por el mundo no es un fenómeno natural sino provocado, el resultado de una conspiración fraguada al más alto nivel económico, político y social, seguramente preparada durante años y con objetivos precisos por alcanzar. Todo lo que pasa día con día confirma que hay un plan que se está exitosamente materializando.

b) La pandemia apenas está empezando. Es evidente que el problema no se va a detener en los próximos meses. El objetivo debe ser que se contagien cientos de millones de personas para que todo el proyecto tenga sentido. Lo más que los gobiernos nacionales podrían hacer sería entonces luchar para que las tazas de mortandad no los rebasen y tratar de enseñarles a sus respectivas poblaciones a aprender a vivir de un nuevo modo para reducir al máximo el peligro del contagio y por ende de muerte (vivir con cubre bocas, lavándose las manos cada hora, quitándose los zapatos al entrar a las casa y desinfectarlos, no saludar a nadie de beso, etc.). Pero hay una verdad terrible en todo esto: el virus va a seguir entre nosotros por la sencilla razón de que para eso está pensado.

c) La solución para la pandemia, ya sea bajo la forma de vacunas ya sea bajo la forma de tratamientos, estará en manos de las grandes corporaciones farmacéuticas. Eso quiere decir que, nos guste o no, todos los países van a depender permanentemente de ellas. Y eso es muy fácil de hacer ver: una vez que esta pandemia haya quedado superada, vendrá la siguiente y nos volveremos a encontrar en la misma situación que en la que estamos hoy sólo que con otro virus.

d) Dado el carácter altamente contagioso del coronavirus, inevitablemente los gobiernos tendrán que tomar medidas draconianas para evitar defunciones masivas hasta donde sea posible, pero ello acarreará un terrible desgaste económico en todos los países, sus poblaciones se agotarán, el endeudamiento externo de los gobiernos se volverá galopante, etc. Estarán sentadas las bases entonces para que se inicie el chantaje político en gran escala. No se necesitarán soldados, invasiones, bombardeos, etc. Esos eran mecanismos propios de la etapa previa del desarrollo del capitalismo, pero eso quedó atrás. Ahora se pueden eliminar millones de personas de otra manera y cuando un gobierno vea que se le mueren millones de personas accederá a todo lo que se le exija.

e) Ya con los gobiernos domados y bajo control, se podrá reorganizar la vida social pero habiéndoles previamente robado ya su autonomía. Entrarán en juego entonces nuevs organizaciones internacionales, parecidas a la ONU, a la UNESCO, a la OMS, a la OIT, etc., sólo que esta vez con el poder para imponer las políticas que los directivos de esos organismos consideren que hay que imponer y no habrá mucho que discutir. Dónde estén ubicadas las sedes de estos nuevos ministerios es algo que no tiene mayor importancia.

f) Así como se pasó de los reinos e imperios medievales a la formación de Estados nacionales, ahora se pasará a la organización política mundial acorde a la etapa actual del desarrollo del capitalismo. Dicho de otro modo, se vislumbra ya el fin de los Estados nacionales.

g) El objetivo último de todo esto que parece más que otra cosa el resultado de una conspiración diabólica es, naturalmente, el sostenimiento del sistema capitalista en lo que muy probablemente ahora sí sea su última etapa, una etapa sin embargo cuyo fin no es perceptible en este momento y de hecho es imposible siquiera imaginar. De lo que se trata es de beneficiar al máximo a las grandes corporaciones, reducir costos, dejar de pagar jubilaciones (una temática candente), etc.

Ahora sí me parece que podemos decir que tenemos un cuadro general, una interpretación del rol del coronavirus. Ahora sí tiene sentido lo que nos está sucediendo. Teniendo presente lo que hemos dicho, podemos pasar ahora a extraer algunas conclusiones generales.

VII) Conclusiones

Soy de la opinión de que no habría nada más ingenuo y desorientado que pensar que la actual crisis por la que está empezando a pasar la humanidad no es más que un desafortunado evento del cual pronto saldremos más o menos indemnes y del cual también en última instancia los responsables son los murciélagos. Ver e interpretar lo que está pasando de esa manera me parece el summum de la incomprensión y de la superficialidad. Como ya vimos, la actual pandemia es desde luego un fenómeno biológico, pero también militar, económico, social, cultural, etc., pero es ante todo un instrumento político. Esta pandemia, con todo lo que ella acarrea, es tanto un símbolo como un instrumento ad hoc empleado en una complejísima estrategia global que tiene motivaciones concretas y metas claramente detectables. Si hubiera sido por razones naturales que el Covid-19 hubiera hecho su aparición sobre la faz de la Tierra, como la peste bubónica lo hizo a través de las ratas, de todos modos causaría enormes problemas de toda índole, pero con el tiempo los países podrían salir del atolladero, por dificultoso que fuera ello. Pero vista la enfermedad como un elemento de una estrategia política global motivada por poderosos requerimientos económicos, laborales, políticos, etc., la pandemia se vuelve entonces algo mucho más peligroso y dañino. Quizá sea cierto que llegó el momento en el que las contradicciones del sistema capitalista fuerzan a un cambio que tiene que articularse de alguna manera, pero el problema es que la necesidad de este cambio está siendo aprovechada exclusivamente para beneficio de quienes hoy son los amos financieros del mundo y fueron sus policy makers quienes diseñaron dicho cambio y lo están implementando. Eso es precisamente lo que se hizo. Visto de esta manera, no somos los ciudadanos del mundo otra cosa que peones en un tablero mundial en el que, por lo menos por el momento, sólo juegan los dueños del mundo. Es, pues, crucial llevar al plano de la conciencia universal el siguiente pensamiento: la pandemia del Covid-19 significa una declaración de guerra en contra la humanidad en su conjunto, una humanidad ciertamente desprevenida, no consciente del peligro que la acecha pero que, si logra despertarse y reaccionar a tiempo, tiene toda la fuerza para neutralizar la terrible amenaza que sobre ella se cierne y darse a sí misma la oportunidad de hacer del mundo un lugar en donde pueda pasar su tiempo de existencia viviendo serenamente y en paz.

[i] K. Popper, La Sociedad Abierta y sus Enemigos (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1967), vol. II, p. 114.

[ii] K. Popper, ibid., p. 115.

[iii] K. Popper, ibid., pp. 115-16.

[iv] K. Popper, ibid., p. 116.

El Sinsentido Común y la Emancipación Social

La verdad es que algo no muy fácil de hacer, salvo quizá para especialistas en las diversas áreas de investigación científica, es acuñar una nueva expresión y (sobre todo) ponerla en circulación. Como insinué, eso es algo relativamente fácil de lograr cuando se trabaja en ciencias como la química, en donde se van construyendo términos yuxtaponiendo las raíces de las diferentes palabras relevantes y se acuña así un nuevo “término teórico”. Los temas mismos en ciencia hacen que sea relativamente obvio qué términos nuevos se requieren; las temáticas mismas los van sugiriendo en función de los requerimientos de experimentación y teorización. Es obvio que es así como se trabaja en ciencias como la biología o la física, pero es igualmente claro que en las humanidades no es tan fácil proceder de esa manera. Casi me atrevería a sostener que en filosofía, por ejemplo, hay gente que pasa a la historia por haber acuñado una expresión atinada. Podría sugerirse que eso fue justamente lo que sucedió con el filósofo norteamericano Saul Kripke, quien pasó a la historia por haber inventado su término técnico ‘designador rígido’. Lo que en todo caso es indiscutible es que en las ciencias sociales no abundan las innovaciones. Por ejemplo, aunque la sociedad contemporánea está estructurada básicamente del mismo modo de como lo estaba a mediados del siglo XIX, de todos modos es obvio que se han producido en ella importantes transformaciones y, sin embargo, no hay una terminología alternativa a la aportada por el marxismo. Seguimos (con razón) pensando en términos de clases sociales, fuerzas productivas, plusvalía, mercancías, etc. Desde luego que el que ello sea así no se debe a que entre los científicos sociales sólo hay gente inepta, ignorante, etc., sino simplemente a que esa terminología es la terminología ad hoc para la descripción  general del modus operandi de la sociedad capitalista. Podemos estar seguros de que no ha sido por falta de ganas que el léxico marxista no ha sido remplazado. La verdad es que sus opositores no han tenido con qué sustituirlo. Es obvio que se le puede enriquecer, pues los cambios de la sociedad capitalista lo ameritan, pero ni siquiera eso han logrado hacer sus acérrimos enemigos. En el nivel de la ideología, parecería que lo más que han logrado aportar los ideólogos del capitalismo es la terminología de los derechos humanos y, sobre todo, la del feminismo y sus derivados, como todo lo que tiene que ver con el uso y abuso de la sexualidad humana. En ese ámbito sí han florecido los innovadores, sí ha habido “progreso”. Por lo anterior es motivo de festejo el que alguien, al intentar explicar fenómenos sociales, se atreva a acuñar una nueva expresión o poner a circular un término que quizá ya “estaba ahí” pero en el que de hecho nadie había reparado todavía y menos aún aprovechado. Y ese es, en mi opinión, el caso de una expresión que yo nunca antes había visto empleada y que me parece potencialmente muy rica en aplicaciones. La vi en un artículo del Prof. Fernando Buen Abad. Él habla en su artículo (y es el título del mismo) de “El Sinsentido Común”. ¿A qué se refiere el Prof. Buen Abad?

La verdad es que si nuestro objetivo fuera simplemente responder de manera escueta a esa pregunta podríamos muy rápidamente sintetizar el contenido de su artículo y con eso ya habríamos contestado, pero a mí me parece que tenemos que aprovechar la oportunidad para investigar un poco sobre el contenido de dicha noción, independientemente ya de la utilización que hace de ella quien la construyó. Posteriormente diré algo sobre el uso que hace Buen Abad de su noción, pero por ahora lo mejor que podemos hacer es, antes de examinar el sinsentido común, preguntarnos qué es el sentido común. El asunto, naturalmente, no es tan simple.

Como todo mundo sabe, el gran filósofo francés del siglo XVII, René Descartes, afirmó que el sentido común era la cosa mejor repartida del mundo. ¿Por qué habría dicho él eso? Su respuesta es simple y es que todo mundo está contento con la dosis que le tocó, esto es, con su dosis de sentido común. Y eso es un hecho: nadie dice: “Lamento no haber nacido con un poco más de sentido común”. Quien dijera eso se estaría contradiciendo, porque al hacer semejante afirmación estaría dando muestras de sentido común. Es como si alguien dijera: “Me habría gustado ser más inteligente”. Al decir eso, la persona estaría dando muestras de que se percata de algo pero precisamente al percatarse da muestras de que no es como ella misma se describe. Un tonto nunca se reconoce como tal! Bien, pero podemos ir un poco más allá y preguntar: ¿qué concretamente era el sentido común para Descartes? La verdad es que él no es del todo claro (Descartes, dicho sea de paso, es un típico caso de pensador de prosa ágil y elegante y de pensamiento turbio y enredado), pero en todo caso él parece identificar el sentido común con la razón y la razón era para él la facultad que tenemos los humanos de distinguir lo verdadero de lo falso. Desde ese punto de vista, el sentido común es una facultad de la mente humana.

Como siempre sucede en filosofía, ninguna propuesta queda sin réplica, por lo que encontramos en la su historia otra forma de caracterizar el sentido común. Sin entrar en detalles, podemos afirmar que ha habido pensadores para los cuales el sentido común es más que otra cosa un sistema de creencias. ¿Qué creencias podrían ser “del” sentido común y qué características tendrían? Creencias así son creencias como las de que las cosas no desaparecen cuando dejo de verlas, que al igual que yo los demás tienen sentimientos y pensamientos (que no estoy solo en el mundo), que el mundo existía antes de que yo naciera y que seguirá existiendo después de que muera (aunque no tenga manera de probar tal cosa, sobre todo en lo que concierne al futuro), que yo no tuve un nacimiento ovíparo sino que (como todo mundo) tuve progenitores, que en las cabezas de las personas hay cerebros y en sus cajas torácicas corazones, que si se le hace un favor a alguien la persona responderá positivamente, etc., etc. Y, por otra parte, habría que decir que las creencias del sentido común tienen por lo menos dos características decisivas: son verdaderas, pero también son obvias. Lo que con esto se quiere enfatizar es que rechazar una creencia de sentido común es no ser normal. Yo añadiría una tercera característica de las creencias del sentido común: se trataría de creencias que son aceptadas o adoptadas (acríticamente, si se quiere) por la inmensa mayoría de las personas. En otras palabras, hay que ser muy raro para poner en cuestión creencias tan básicas. No es improbable que esta forma de entender el sentido común sea controvertible en grado sumo. Veamos rápidamente por qué.

Un problema con la propuesta de ver el sentido común como un sistema de creencias es que de inmediato nos damos cuenta de que, si no matizamos la situación, tendríamos que admitir que el sentido común es claramente inconsistente. Por ejemplo, desde la Edad de Piedra hasta los tiempos de Copérnico la gente pensaba que la Tierra era plana. Esa ciertamente era una creencia de sentido común. A nadie se le habría ocurrido rechazarla. Hasta se le podría haber juzgado por hereje o por bruja en más de un reino si alguien hubiera sostenido abiertamente lo contrario. Esa creencia era vista por todos como verdadera, era obvia y aceptada por todo mundo. Era, pues, parte del sentido común. En la actualidad, sin embargo, una creencia fundamental del sentido común, y a la que se llegó después de mucha investigación científica, es la creencia de que el planeta Tierra es redondo. Se sigue que el sentido común puede albergar creencias que parecen ser verdaderas, que son adoptadas por la inmensa mayoría de las personas, que son obvias y funcionales a la vida social, pero que a final de cuentas resultan ser falsas! Aquí hay un problema. Si así fuera, también la noción cartesiana de sentido común estaría siendo puesta en entredicho, porque tendríamos entonces que reconocer que esa facultad que se suponía que era la que nos permitía distinguir entre lo verdadero y lo falso, falla! Se podría entonces inferir que en realidad no hay tal facultad y que tenemos que encontrar otra explicación de cómo discernimos entre creencias y elegimos las verdaderas antes que las falsas. Pero entonces si el sentido común no es ni una facultad de la mente ni un sistema de creencias, entonces ¿qué es?

Por mi parte, pienso que el énfasis al usar la noción de sentido común debería recaer no tanto sobre las creencias ni en lo verdadero y lo falso, sino ante todo en la acción y en las consecuencias de las acciones. Más que hablar de “creencias del sentido común” habría que decir simplemente de algo (una decisión, por ejemplo) que “es (o no es) de sentido común”. ¿Qué se querría decir con esto? Algo como “sería ilógico hacer (o no hacer) eso”, “estarías actuando en contra de tus propios intereses” y cosas por el estilo. No es tanto que pensemos en contra del sentido común, sino más bien que vamos en contra del sentido común. Esto no quiere decir, desde luego, que el sentido común no tenga entonces absolutamente nada que ver con nuestras creencias, sino sólo que vincularlo a ellas es algo derivado. Como dije, es un asunto de énfasis.

Regresemos entonces a nuestro tema. El Prof. Buen Abad habla del “sinsentido común”. ¿A qué se refiere? Él usa la noción de sinsentido común en el terreno en el que él trabaja, que es el de la política y la ideología. Si su concepto de sinsentido común o las aplicaciones que hace de él son en última instancia coherentes o no es algo en lo que no entraré. Me interesa a mí usar dicha noción, independientemente ya de que coincida o no con lo enunciado por Buen Abad, a quien le reconocemos la paternidad de la misma. Él muy atinadamente vincula la noción de sinsentido común con la irracionalidad y con la profunda (y esencial) injusticia del sistema capitalista y parece sugerir que, para no ser víctimas de otra forma de sinsentido, ya es hora de dejar las explicaciones, acusaciones, análisis, justificaciones, etc., de este modo de vida y pasar a la acción para transformarlo. Pienso que es con razón que señala que la función  de los medios de comunicación y de mucho de la “inteligencia” (i.e., la casta intelectual) consiste en gran medida en adormilar a la población mundial por medio de recetas de “sentido común” concernientes a todo lo que podemos lograr u obtener en forma inmediata o a corto plazo viviendo como lo hacemos, pero sin modificar estructuralmente nada. Lo que entonces se hace es convencer a las personas de las cosas más absurdas que puede haber: por ejemplo, que en América Latina la democracia funciona para el bienestar de las poblaciones, que lo que impera en Venezuela es una dictadura, que la banca sirve para alentar el desarrollo de los países, que los gobiernos están interesados en acabar con el negocio del narcotráfico, que Rusia es la culpable de todos los males del planeta, que el “American way of life” es el modo perfecto de entender lo que es la familia, la amistad, el desarrollo personal, la libertad, etc., e idioteces por el estilo. El triunfo del sinsentido radicaría en que se aceptan mansamente puntos de vista que son totalmente contrarios a los intereses de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, en que se les hace creer dogmas políticos absurdos y se obliga a las personas a vivir en limbos de pensamientos inefectivos, palpablemente falsos, contraproducentes, etc. En todo caso, el mensaje general de Buen Abad es interesante y, yo diría, importante: el reino del sinsentido sólo se acaba en o con la praxis política. Cuando pensamos en los millones de personas carentes casi por completo de conciencia política, hundidos en sus necesidades (objetivizadas) de consumismo, absorbidos por la lógica del sistema, sin imaginación para visualizar cambios y menos aún las consecuencias positivas de los cambios que podrían operarse, nos percatamos de que no va a ser fácil zafarse de las garras del sinsentido.

El artículo de Buen Abad me parece un tanto abigarrado, por no decir ‘confuso’, pero importante en por lo menos dos sentidos. El primero ya lo mencioné y es su mensaje general: al engatusamiento, al embrutecimiento al que se somete a la población mundial, impidiéndole ver quiénes son sus verdaderos verdugos, quienes en forma inmisericorde les extraen día a día hasta la última gota de su trabajo acumulado (i.e., de su dinero), etc., a todo eso se le pone un punto final sólo con la praxis política, con la labor de protesta, manifestando en la acción nuestro repudio por el proceso de esclavización sistemática al que estamos sometidos. Y aquí me refiero a todas las personas con la que uno tiene o podría tener alguna vinculación, porque es evidente que el mundo de los super-ricos no es el nuestro y no es entonces por ellos que hablamos; no son ellos los que nos interesan o nos impactan. En eso, repito, Buen Abad tiene razón. Pero hay otro sentido en el que su trabajo, incipiente, pionero o como se le quiera calificar, es importante y es que es un síntoma muy claro de la clase de insatisfacción que está empezando a apoderarse de la población mundial en su conjunto. Por el momento, el movimiento más representativo en este sentido es sin duda alguna el movimiento francés de los Chalecos Amarillos (Gilets Jaunes). Sin duda éste amerita unas palabras.

Si le preguntáramos al ciudadano mexicano medio (y tengo la impresión de que no sólo mexicano) qué sabe de los “Chalecos Amarillos” lo más probable es que nos diga que nada o, en el mejor de los casos, que se trata de unos revoltosos franceses que están dañando la economía y el turismo de Francia. Obviamente, ese es el resultado de la acción que Buen Abad denuncia: se mantiene a la población mundial ignorante y al margen de las más que sensatas demandas que la población francesa le hace a su gobierno, entre otras razones porque en el fondo todas las poblaciones de los diversos países exigen lo mismo, luchan por lo mismo. ¿Qué quieren los franceses inconformes? Piden para ellos lo que nosotros en México pedimos para nosotros, los mexicanos, por ejemplo, que los impuestos sean progresivos, esto es, que paguen más impuestos los multimillonarios intoxicados de dinero y que el peso del presupuesto no recaiga sobre el ciudadano medio; exigen que se fije un salario mínimo digno, es decir, que no sea como el que prevaleció durante décadas en México (el cual es todavía bajo, pero ha tenido una ligera recuperación gracias a nuestro nuevo presidente), esto es, un salario de peones de haciendas porfiristas. ¿Es acaso mucho pedir? Ellos luchan por que no se sigan adaptando las ciudades a los requerimientos y exigencias de los grandes centros comerciales, que la inversión no sirva para ponerles vías de comunicación, electricidad, etc., en detrimento siempre de los habitantes de la zona; que haya un mismo sistema de seguridad social para todos y que no se especule con dicha prerrogativa ciudadana; que se acaben lo que nosotros llamamos los ‘gasolinazos’, esto es, las alzas brutales en los precios de los combustibles, para beneficio de las multibillonarias compañías petroleras, a cuyos intereses los gobiernos se pliegan; que se indexen los salarios a la inflación: ¿por qué tienen que apretarse el cinturón los ciudadanos por las especulaciones y manipulaciones financieras de los grandes buitres económicos? Pocas cosas hay tan injustas, hablemos de franceses, de mexicanos, de españoles o de italianos! El problema es el mismo en todas partes. Los Chalecos Amarillos pelean también por que se acabe su deuda gubernamental, pero ¿no es esta una causa nuestra también? O mejor dicho: ¿no es esta una causa auténticamente universal? Este es un punto nodal: ¿no es literalmente criminal que porcentajes elevadísimos del Producto Interno Bruto, es decir, de toda la riqueza que produce una nación durante un año, no tengan otro fin que el del pago de deudas infinitas y desde luego totalmente injustificadas?¿No es acaso evidente que hay que modificar drásticamente un sistema de vida que requiere para su subsistencia que un alto porcentaje de la gente no tenga trabajo?¿Por qué en el socialismo real, tan vilipendiado por los medios como incomprendido por la gente, no había desempleo (oculto o no, qué nos importa)?¿Por qué tenemos que convivir todos los días con el espectáculo de cientos de harapientos, de niños demacrados, de seres con hambre que piden en las esquinas unas monedas para pasar el día? ¿Porque “el sentido común” así lo indica y requiere? Los Chalecos Amarillos luchan porque el patrimonio de Francia no se venda ni se enajene y eso concierne a cosas tan diversas como aeropuertos, puertos, ríos, minas, etc. ¿No peleamos nosotros por lo mismo? La diferencia con los genuinos luchadores sociales mexicanos es que unos hablan en francés y otros en español, pero las reivindicaciones populares son las mismas! Son las mismas en Francia que en México que en Argentina que en Colombia, etc., etc., etc. Eso es en lo que el artículo de Buen Abad y su intrigante noción de sinsentido común nos hacen de inmediato pensar. Pero entonces queda claro que es de falta de sentido común no entender que en la actualidad la lucha que une a la gran mayoría de la población mundial, independientemente de sus respectivos niveles de vida, es la lucha contra el capitalismo mundial.

Es evidente que la población mundial es concebida como una presa por los super-ricos, en primer lugar por los banqueros y por los dueños de los grandes monopolios trasnacionales (inversionistas, accionistas, etc.), con el beneplácito o por lo menos la anuencia de los diferentes gobiernos. No hay más que echarle un vistazo a la lista de palacios de la familia Rothschild (véase la página de internet “If Americans Knew” del 4 de julio de este año) para de inmediato sentir un terrible asco moral: todas esas maravillas están pagadas con sangre, con el dinero extraído a los gobiernos y a los particulares de todo el mundo. Hasta ahora, la globalización ha sido aprovechada por los dueños (ilegítimos) del dinero, pero es un proceso que empieza a extenderse a otros sectores y niveles poblacionales. Hay desde luego una diferencia terminológica entre ambos procesos: en relación con el primero hablamos de “globalización”, en tanto que en relación con el segundo hablamos más bien de “internacionalización”. Es difícil en relación con esto no traer a la memoria un pequeño texto clásico, más actual que cualquier manual de econometría, un texto que curiosamente conserva el mismo valor (si no es que éste se incrementó) que cuando fue emitido. Hablando de la Revolución Comunista, afirman Marx y Engels:

“Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.
Proletarios de todos los países: uníos!”.

Si por ‘proletarios’ entendemos ahora ‘ciudadano medio cualquiera cuya vida quedó enmarcada por las imposiciones y las reglas de la sociedad de clases en la que vivimos’, ‘ciudadano cuyos intereses se contraponen a los de los grandes magnates y multibillonarios’, si con ‘Revolución Comunista’ aludimos a la emancipación ciudadana frente a la draculesca banca mundial, si el mundo que se tiene que perder es el de la inseguridad física y económica, el de la vida en los basureros, el de la destrucción sistemática de la naturaleza, el de las castas que se creen divinas y de millones de personas condenadas a sobrevivir, etc., etc., entonces es de sentido común promover y participar en la lucha que hermana a la inmensa mayoría de los seres humanos, ya que no hacerlo sería precisamente incurrir en el sinsentido común y en la más despreciable de las posturas morales.

Objetivos e Ideales

Es un hecho que los seres humanos están acostumbrados a verse a sí mismos como lo más perfecto que hay en el universo, algo así como las perlas de la creación. Es obvio, sin embargo, que así como nosotros observamos y estudiamos, verbigracia, a los animales, en principio también podríamos ser objeto de estudio por parte de seres más desarrollados que nosotros. No es difícil imaginar que, por un feliz azar, seres super-inteligentes llegaran a la Tierra, que resultáramos para ellos criaturas dignas de ser estudiadas y que decidieran entonces observarnos con atención. Sin duda alguna, esos seres extraños pero superiores en inteligencia no dejarían de dividir las actividades de los humanos en dos grandes grupos. Así, por una parte verían que hay pintores, deportistas, políticos, comerciantes, maestros, jardineros, soldados, críticos de arte, investigadores científicos y así indefinidamente pero, por la otra, verían también que hay personas que no tienen un objeto fijo de trabajo sino que más bien trabajan en torno a lo que los otros hacen. Los extra-terrestres se percatarían entonces que hay como dos niveles de acción humana: el de la acción, por así decirlo, directa, el nivel que podríamos llamar de la ‘acción productiva’, y otro que sería el nivel de lo que se podría denominar la ‘acción meditativa’ o ‘reflexiva’. Retomando distinciones clásicas, podríamos referirnos a esas actividades como actividades de primer y de segundo orden o nivel, respectivamente. Así entendidas las cosas es claro que hablar de las actividades productivas de los humanos sería prácticamente aludir a la inmensa mayoría de las personas. No se estaría aludiendo a todos porque, como ellos lo habrían detectado, habría seres humanos que dan la impresión de trabajar de un modo distinto, congéneres que llevarían lo que quizá podríamos llamar ‘vidas reflexivas’. Mediante esta expresión (o alguna equivalente) los imaginarios seres extra-terrestres podrían referirse a esa peculiar actividad consistente en dar cuenta de lo que los humanos hacen cuando se desempeñan en las actividades productivas, esto es, de primer orden (casi dan ganas de decir, cuando realmente trabajan!). Independientemente de lo que se pueda decir al respecto, a primera vista al menos la distinción trazada es comprensible y útil.

Ahora bien, dejando de lado el recurso infantil de apelar a extra-terrestres para identificar, trazar y justificar una cierta distinción laboral, lo interesante de esta última es que pone de manifiesto que los seres humanos tienen al menos dos formas de vivir y tales que, aunque a menudo mezcladas, dan lugar a dos tipos humanos distintos. Es evidente que esas dos formas de ser de los seres humanos no están radicalmente separadas. Las personas participan de ambas en proporciones muy diferentes. Lo que habría que decir entonces es que hay personas más proclives a ser de una forma (i.e., la productiva) que de la otra (esto es, la que llamamos ‘meditativa’), pero es un hecho que en general siempre hay mezclas de tendencias y la verdad es que no podría ser de otra manera. Aquí, sin embargo, nos interesan los prototipos, los tipos humanos en, por así decirlo, estado puro, inclusive si de facto no existen. Son, empero, los modelos mismos lo que nos interesa examinar.

Yo no me atrevería a negar que la distinción “vida productiva/vida meditativa” tiene en sí misma algo de artificial, por la sencilla razón de que es imposible que haya seres humanos que no combinen rasgos o características de las dos formas de ser mencionadas. Por muy cuadrado que sea un ingeniero o por muy engreída que sea una estrella de Hollywood, de todos modos en algún momento pueden tener lo que podríamos llamar ‘momentos de lucidez’ durante los cuales las personas en cuestión se preguntarían sobre asuntos que no tienen nada que ver con sus actividades cotidianas, es decir, se harían preguntas sobre temas como el sentido de sus vidas, la necesidad, utilidad o sentido de seguir amasando dinero en cantidades estratosféricas y vivir para ello, etc., etc., y al hacerlo se estarían automáticamente ubicando en el plano de la meditación sobre sus propias actividades vitales, sobre sus respectivas existencias, independientemente de que sus andanzas en esos ámbitos fueran torpes y poco sutiles. Por otra parte, es también un hecho que quien ejemplifica el tipo meditativo de ser puede de todos modos querer participar en actividades de primer nivel; por ejemplo, alguien así podría querer ser el líder de un grupo político, el organizador de un club, de una cofradía, de un equipo de fútbol, y podría desde luego desear tener y mantener una familia, con todo lo que eso acarrea. De manera que ambas perspectivas en realidad se conjugan y las diferencias entre los humanos, como ya lo sugería, son más bien de grados. Ahora bien, hay casos extremos, que son los realmente representativos, significativos e interesantes. Son esos casos los que nos interesaría contrastar. Sugiero entonces que llamemos a las personas que se ubican básicamente en el nivel de lo productivo hombres con objetivos y a las personas que se ubican en el plano de lo meditativo o lo reflexivo hombres con ideales. Intentemos caracterizar ambos tipos.

¿Cómo es la persona que tiene objetivos, dejando de lado la cuestión de si sus objetivos son alcanzables o no a corto, mediano o largo plazo? El hombre de objetivos es ante todo lo que se llama el ‘hombre práctico’. Es típico de esta forma de ser que tan pronto se alcanzan ciertos objetivos, de inmediato surgen nuevos tras los cuales el individuo en cuestión vuelve a lanzarse. El sujeto se fija objetivos pero éstos tienen que ser realistas, porque de lo contrario estará esforzándose por encontrar medios que no van a dar los resultados esperados. Ahora bien, los fines de las personas de esta clase se fijan casi automáticamente en función de la ubicación de las personas en sus respectivos marcos reales de existencia. Si uno trabaja en una oficina uno querrá ser tarde o temprano el jefe de la misma; si es un jugador de futbol intentará llegar a la selección nacional; si es un policía, él querrá llegar a ser en algún momento jefe del sector o de la ciudad, etc. Independientemente de las situaciones de las personas, la sociedad siempre ofrece objetivos teóricamente alcanzables por todos, aunque de hecho no todos los alcancen. Todo mundo quisiera casarse, tener alguna propiedad, viajar, etc., pero ciertamente no todo mundo obtiene lo que sería sus fin naturales. En todo caso, para individuos de orientación productiva las ideas de progreso o de fracaso son perfectamente significativas: en el trabajo se avanza o no se avanza, se cosechan éxitos o se vive mediocremente y así indefinidamente. Los sentidos de las vidas de la gente productiva son una función del éxito o del fracaso de sus intentos por alcanzar sus metas. La realización de la gente depende si efectivamente logró obtener lo que quería o falló en el intento. Es característico que seres así (i.e., la inmensa mayoría de las personas) jueguen con las reglas de su sociedad, es decir, que incorporen sus valores, que defiendan su estructura y su funcionamiento. Hay principios organizativos y regulativos de la sociedad que al hombre de objetivos ni se le ocurriría poner en tela de juicio, puesto que ello significaría poner en crisis su propia existencia y eso ¿por qué o para qué lo haría? Asimismo, la satisfacción de sus requerimientos existenciales y o espirituales son en general suministrados, por así decirlo, desde fuera. Todo viene ya en paquete: para dudas existenciales, ya hay lista una religión, para inquietudes políticas ya hay credos ideológicos sólidamente establecidos, para devaneos intelectuales hay multitud de modas ideológicas fácilmente consumibles (feminismo y demás). Ahora bien, esta forma de ser que a muchos puede parecer poco atractiva es la vida del hombre “normal”, esto es, la vida del hombre que con su trabajo cotidiano sostiene el mundo. Nada más alejado de mí, por lo tanto, que intentar minimizar o devaluar esa forma de ser.

La vida del hombre de ideales, por otra parte, es marcadamente diferente. Es típico de éste no teer los pies en la tierra, pero ahora entendemos por qué: es por no estar directamente vinculado con los procesos de la vida del primer nivel, con los procesos productivos. Individuos así son de los que, como se dice coloquialmente, “dejan pasar las oportunidades”: les ganas a sus novias, lo engatusan fácilmente si se adentran en el mundo de la política o de las intrigas palaciegas (no manejan el mismo instrumental que sus competidores), no saben hacerse ricos o despilfarran su fortuna porque no logran interiorizar los mecanismos puestos en marcha para ser socialmente exitosos. Pero ello también tiene una explicación: a diferencia de lo que pasa con el hombre productivo que se mueve en función de los fines que se va fijando, el hombre de ideales más que metas concretas se caracteriza por tener una orientación definida en la vida, por moverse en una dirección particular y no desviarse y ello hace que tienda a desentenderse de sucesos particulares. No es que sea tonto, sino que tiene motivaciones especiales. Es casi tautológico decir que el hombre de ideales inevitablemente es en gran medida un inadaptado, alguien que está constantemente chocando con su sociedad, porque contrariamente a lo que pasa con el hombre productivo, el hombre que tiene objetivos, el hombre contemplativo vive en función de intereses que (por así decirlo) yacen fuera de él, que no están directamente vinculados con su particular situación en el mundo. No nos corresponde ni exaltar ni degradar ninguna de las dos grandes formas de ser de los seres humanos. Nuestra tarea consiste simplemente en identificarlas y contrastarlas.

¿Qué relación hay entre estas dos formas de existencia? Es evidente que sin el ser humano productivo, el ser humano reflexivo simplemente no podría gestarse, pero hay una verdad inversa: sin la forma de ser contemplativa la forma de ser productiva se vuelve animal, mecánica, embrutecedora, sin sentido. Si los seres humanos nada más vivieran para trabajar, reproducirse, comer, pasearse, emborracharse, etc., serían meras máquinas vivientes. Afortunadamente no son así y son susceptibles de plantearse interrogantes impersonales y que no son de carácter “productivo”. Lo que es importante entender es que las inquietudes interesantes que los humanos productivos se hacen y que los elevan por encima de la mera animalidad, de una vida puramente orgánica, exigen que otros le dediquen su vida a tratar de responderlas. Así, más que contraponerse resulta que se complementan: muchos seres humanos trabajan, construyen, progresan, etc., pero requieren que otros piensen, mediten, cuestionen y demás para encontrarle el sentido a lo que ellos hacen y, por ende, a la vida humana. A final de cuentas, los contemplativos son tan imprescindibles como los productivos.

Que las formas de ser mencionadas sean complementarias es innegable, pero que el hombre productivo es drásticamente diferente del hombre contemplativo creo que sería ridículo pretender negarlo. Todos sabemos cómo son. Consideremos brevemente a representantes exitosos de cada una de las dos formas de ser. En uno, el productivo, tenemos el prototipo del hombre que triunfa en su sociedad, el que tiene mucho de todo, el que goza la vida intensamente pero también el que no tiene más que objetivos inmediatos, prosaicos, burdos; el otro, el reflexivo, no puede competir con el primero en el terreno de éste, pero puede lograr cosas para el cual el otro es incompetente: él puede comprender, puede dar cuenta de su vida y de la de los demás, no tiene inquietudes irracionales. A uno la vida le fija sus objetivos y el sentido de su vida queda configurado en función de su éxito o de su fracaso en la obtención de sus metas. Para él no hay más. El contemplativo lleva una vida prácticamente mucho más simple, pero es libre de un modo como él otro ciertamente no lo es. El sentido de su vida lo elabora él mismo.

Dijimos que la diferencia entre un prototipo de ser humano y el otro es una cuestión de grados: se es más de una forma que de la otra. De alguna manera, en alguna medida el hombre común (productivo) se hará preguntas que no son de carácter práctico y es perfectamente comprensible que el hombre reflexivo aspire también a tener satisfacciones de orden práctico. Eso es comprensible, pero no impide que de hecho se dé una cierta oposición entre ellos y esta oposición no es una mera diferencia sino que toma cuerpo en líneas de conducta y modos de vivir radicalmente diferentes. ¿Habría que inferir entonces qué el hombre práctico no tiene ideales? Claro que no, pero el punto es que éstos no son trascendentes. Sus ideales son inmanentes a la vida en sociedad, emanan de ella, en concordancia con sus reglas fundamentales y se alcanzan o no en ella. Por otra parte, ¿no es en ningún sentido práctico el hombre de tipo idealista? Desde luego que sí lo es, pero su practicalidad está en última instancia al servicio de sus ideales y de su labor puramente intelectual. Desde el punto de vista del hombre que tiene objetivos, el idealista tiende a ser más bien torpe y aburrido y visto desde la perspectiva del idealista el hombre práctico es ante todo limitado y prosaico.

Lo que no podemos pasar por alto es que muy a menudo lo que tenemos ante los ojos son híbridos insoportables que son hombres con objetivos que pretenden conducirse como seres meditativos y hombres supuestamente de ideales que no aspiran a otra cosa que vivir como hombres prácticos y productivos. De eso, desafortunadamente, abunda. Son los petulantes y los farsantes de siempre. Es lo que tenemos cuando nos las habemos con gente rica o (o y) poderosa que cree que su status social lo autoriza a pronunciarse con firmeza sobre temas acerca de los cuales no está suficientemente preparado y, por el otro lado, con lo que nos topamos es con esos seres despreciables que le han hecho creer a los demás que van por la vía de los ideales cuando en realidad son aspirantes a seres productivos si bien nunca tuvieron ni la oportunidad ni la capacidad de serlo. Se vuelven entonces gente práctica en ámbitos en los que prevalecen y se aplican criterios diferentes de los del mundo productivo. Gente así es lo peor. Son los típicos sofistas que tanto y con tanta razón denostara Platón, los traidores de la modalidad de ser que supuestamente representan. Sin duda alguna, es preferible un ingeniero chato que un “intelectual” engreído o con poder. Estos últimos son seres pseudo-reflexivos pero cargados de ambiciones de carácter esencialmente “productivo”. ¿Se entiende?

No podemos ahora no plantear la pregunta decisiva: asumiendo que seríamos exitosos ya sea como seres productivos ya sea como seres reflexivos: ¿cuál es la línea buena de vida?¿Cómo es mejor vivir? Evidentemente, no hay una respuesta general a priori para dicha pregunta. La respuesta que se dé no puede más que ser enteramente personal y es, por lo tanto, contingente. Lo más que se puede hacer es “justificar” nuestro modo de realización. Por ejemplo, yo en lo personal ignoro qué valor pueda tener mi desempeño pero de lo que estoy seguro es de que me habría sido totalmente imposible llevar una vida de tipo “productivo”. Ambos modos de vida tienen tanto grandes ventajas como inmensas desventajas. La vida del hombre productivo, del hombre que tiene objetivos es una vida intensa, colorida (inclusive si es negra es brillante), variada, la vida de la exaltación de los sentidos, de los placeres sociales, etc. La vida exitosa del hombre de ideales es menos excitante quizá, pero con un nivel superior de comprensión respecto a cuál es su puesto en el mundo, al sentido de su existencia. Permean su vida límites infranqueables respecto a lo que debe y no debe hacer. El hombre práctico en cambio se puede permitir todo y los límites de su conducta se fijan por consideraciones prácticas (represalias de otros, la aplicación de la ley, etc.). La opción, con los matices ya señalados, es entonces entre vida intensa pero sin comprensión o vida con limitaciones pero con claridad y sin miedos irracionales. Un poco el dilema me parece ser: o se vive o se piensa, es decir, o se vive la vida en función de objetivos concretos y alcanzables o le dedica uno su vida a las actividades de segundo nivel corriendo inclusive el riesgo de ser presa fácil de los humanos prácticos sin más restricciones que las factuales. En ambos casos hay que renunciar a algo. Uno más de los dilemas de la vida.

Variedades Temáticas

Necesito empezar este artículo haciendo una confesión: uno de los problemas que más me agobian semana a semana no es no tener algo que decir sobre el tema que elija, sino tener un tema sobre el cual decir algo! ¿Por qué?¿Acaso no se nos satura todos los días con multitud de noticias de toda índole y no hay en los periódicos o en los noticieros un sinfín de temas que pueden dar lugar a algunas reflexiones serias? La respuesta es que el panorama es un tanto engañoso. Nuestro acceso a la realidad política se efectúa vía periódicos y noticieros y éstos son incontables, pero la verdad es que no sería incorrecto decir son obsesivamente repetitivos y que, con algunas excepciones, están momificados. La prensa internacional tiene ya pre-programadas sus clasificaciones: mundo, moda, deportes, política nacional, etc., y hasta dentro de sus grandes rubros ya hay sub-categorías más “especializadas”. Por ejemplo, está la categoría de “noticias internacionales”, pero dentro de esta tenemos rubros como:

a) la intervención rusa en todos los procesos electorales de los países, pero en particular en la última elección presidencial de los Estados Unidos. Cuando uno pregunta cómo tomó cuerpo dicha “injerencia”, las respuestas en general van de la estupidez mayúscula a la mentira descarada. Uno no puede menos que preguntarse si hay en el mundo algún pueblo tan idiota que se deje manipular porque en algún portal le proporcionan alguna verdad que su prensa le oculta. Independientemente ya de la veracidad del asunto, lo seguro es que tenemos para rato y de aquí a las próximas elecciones presidenciales de los USA el año entrante vamos a seguir siendo alimentados con la carroña periodística de la “intervención de Putin para destruir la democracia norteamericana”. ¿Sería sobre esta basura propagandística de la peor calidad que habría que escribir algo?

b) La apología eterna de Israel, la iniquidad de los niños palestinos y el peligro que éstos representan para los tanques y los aviones supersónicos israelíes. Ya se habla abiertamente del “terror infantil palestino” y ya nos sabemos de memoria las justificaciones de los asesinatos cotidianos de niños y jóvenes, en manifestaciones o regresando del trabajo a sus casas. Esta actitud permea prácticamente todos los periódicos más o menos conocidos del mundo occidental. Podemos señalar los vicios de estas presentaciones no meramente tendenciosas sino abiertamente deformadoras de la realidad que se vive en Palestina, pero tendríamos que escribir sobre eso todos los días y ello no es factible. Ya hay un periódico que hace eso y que ampliamente recomendamos (The Electronic Intifada), pero salvo por situaciones que rebasan los límites de lo excepcional no se puede todas las semanas escribir sobre el tema.

c) El heroísmo de los soldados norteamericanos. Así peleen con el mejor armamento frente a gente que está a años luz de disponer de un armamento mínimamente parecido, no digamos ya equivalente, nos topamos en todos los contextos con la exaltación de la brutalidad de los militares norteamericanos. Podríamos hablar de, por ejemplo, la lucha contra el terrorismo de los niños guatemaltecos y salvadoreños que se proponen invadir el territorio de los USA. ¿Tiene mucho sentido pronunciarse sobre hechos que todo mundo sabe que no son como nos los pintan? Como la crisis va a durar mucho tiempo, tendríamos que estar refiriéndonos a ella semana tras semana y ello no es factible.

Si de México se trata, entonces sin duda hay dos grandes rubros que recogen lo que se ha convertido en algo así como el deporte periodístico de moda. Son:

a) el ataque al gobierno del Lic. Andrés Manuel López Obrador o ¿hay algo distinto en los artículos de editorialistas como Loret de Mola?¿No es lo que él escribe la misma gata revolcada una y otra vez? Con toda franqueza: ¿qué interés puede tener leer eso o, peor aún, polemizar con eso? Eso equivaldría a promoverlo, cuando no hay nada que promover en esos bodrios malintencionados. Quien leyó a Loret de Mola una vez ya lo leyó para siempre y no se le puede dedicar tanto tiempo. Es un despilfarro de vida! Comprar su obsesión, discutir su tema se vuelve algo extremadamente aburrido y ciertamente no es para aburrir a nadie (el autor incluido) que uno intenta redactar algunas líneas con cierta regularidad.

b) El segundo tema que ocupa grandes bloques en la prensa cotidiana es el de la crítica sistemática de hombres de Estado que desde la perspectiva imperante resultan ser políticamente incorrectos, como los presidentes Nicolás Maduro y Evo Morales o el líder norcoreano Kim-Jong-un, no hablemos ya del “dictador” Fidel Castro, el único personaje político del que en mi humilde opinión podríamos decir con verdad que de alguna manera su país “le quedó chico”. Lo que en este como en el anterior caso encontramos es una cantidad fantástica de calumnias, desinformación sistemática, ocultamiento de datos relevantes, parcialidad total y descarnada, etc. Se puede discutir el tema una, dos, tres veces, pero la prensa lo hace a diario. ¿Vamos nosotros a seguir su ejemplo?

Claro que no, pero ello tiene una implicación: si es ese el material que los medios de comunicación ofrecen, nos vemos forzados a olvidarnos de los temas, por así decirlo, cotidianos que, como es natural, son temas que de una u otra forma interesan a las personas. Pero con esto justifico de alguna manera mi confesión, a saber, que no es fácil encontrar un tema que sea de interés público y que no sea propiedad privada de los periódicos y noticieros. Y por si fuera poco, en general todo lo que éstos nos reportan es horrible. Mejor abandonemos (por lo menos momentáneamente) los temas “mundanos”. Quizá podamos aprovechar mejor nuestro tiempo y nuestra energía intelectual, valga ésta lo que valga.

Hay una temática que por razones obvias me interesa, intriga y preocupa cada vez más pero que también creo que es de interés general, a saber, la vejez. Es sobre esta cuestión que quisiera meditar un poco y divagar al respecto.

Hay en relación con la vejez multitud de preguntas importantes, pero me parece que si a lo que aspiramos es a un cuadro mínimamente coherente del tema, lo primero que hay que determinar son los enfoques posibles de la cuestión y me parece que hay dos que, básicamente, son complementarios:

a) el enfoque objetivo o externo y

b) el enfoque subjetivo o personal

El enfoque objetivo abarca lo que sobre el envejecimiento y la vejez tienen que decir la medicina (digamos, la biología del cuerpo humano) y la situación social del hombre de edad avanzada, dentro de lo cual incluyo el comportamiento, las reacciones, el trato, etc., que recibe de las personas y las instituciones. Esto último, como es bien sabido, cambia de cultura en cultura y da una idea de lo complejo que es el tema. El enfoque subjetivo concierne más bien a las vivencias de la persona, a sus reacciones frente a los estímulos que la afectan, a su propia evaluación de su vida. Por otra parte, preguntas que exigen una respuesta son preguntas como:

a) ¿cómo caracterizar la vejez? ¿Qué es ser, cuándo se es un viejo?¿Es la vejez un estado puramente físico?

b) ¿Cómo se debería vivir y enfrentar el proceso de envejecimiento?¿Se puede ser viejo y feliz, en cuyo caso, qué o cómo es una vejez feliz?

Intentemos responder a estas preguntas desglosándolas lo más que podamos.

Tal vez lo primero que habría que decir es que tenemos que distinguir entre la vejez y el envejecimiento. La vejez es un estado, el envejecimiento un proceso. Uno se va haciendo viejo, pero eso pasa en un periodo que, aunque ciertamente no rígidos ni nítidos, tiene bordes. En ese sentido, el concepto de vejez es como el de calvicie y lo más absurdo que podría hacerse sería tratar de imponer límites como se le pone al concepto “triángulo”. Con los conceptos que se aplican a la vida no se puede proceder matemáticamente. Consideremos entonces la vejez y el envejecimiento desde la primera de las perspectivas mencionadas.

Para la caracterización de lo que es ser viejo disponemos de criterios científicos. Una persona ya empezó a hacerse vieja cuando empieza a presentar un número cada vez mayor de disfunciones físicas y orgánicas (fisiológicas, neurológicas, etc.). El proceso es obviamente lento y acumulativo. Fueron quedando atrás la vitalidad, la energía, el ímpetu de los años mozos. El viejo es una persona que tiene que ir aprendiendo a vivir de otro modo de como lo había venido haciendo. Ahora hace las cosas más lentamente, sus sentidos se deterioraron (tiene la vista cansada, oye mal, etc.), los músculos se van haciendo flácidos y así indefinidamente. Todo eso es, por así decirlo, objetivamente medible. Ahora bien, el proceso físico de envejecimiento es sin duda una condición necesaria para ser viejo, pero ¿es también suficiente? Ello es debatible, porque paralelamente al envejecimiento físico se lleva a cabo también otro proceso que es la evolución de, por así llamarla, la vida interior del viejo. Por razones obvias, los márgenes del tiempo se modificaron y hay un sentido en el que el límite futuro del viejo se va aproximando al presente hasta que, en la muerte, presente y futuro colapsan el uno en el otro. Pero intuitivamente una caracterización puramente física de la vejez es insuficiente, porque un viejo no es sólo alguien que produce menos testosterona, a quien se le cae el cabello, etc. Esos son síntomas inequívocos de vejez, pero la vejez misma parece ser algo más complejo. La caracterización de la vejez no puede reducirse a un mero deterioro orgánico. Entran en juego factores de otra índole, como mentales y hasta culturales. Después de todo, como ha sucedido con la niñez, se ha caracterizado como “viejo” a personas de  distintas edades, dependiendo de múltiples factores. Por lo tanto, la vejez no es una mera acumulación de años. Hay más cosas que decir al respecto.

Físicamente, el envejecimiento es el proceso que lleva de la última etapa de la madurez a la muerte y la vejez es el estado en el que uno se encuentra mientras dura ese proceso. Se es más o menos viejo. Lógicamente, los primeros o principales o más inmediatos problemas del anciano son físicos: dolores, impedimentos, restricciones, achaques, etc. Pero este es sólo un aspecto del fenómeno de decadencia de la persona. Hay dos más, dignos ambos de ser examinados: la evolución mental del viejo y su situación en el entorno social (familiar e institucional, básicamente)

Como es bien sabido, el Gral. Álvaro Obregón, quien tenía muy buenas puntadas, solía decir que los niños hablan de lo que hacen, los viejos de lo que hicieron y los “tarados” (empleaba otra palabra) de lo que van a hacer. Obviamente, al hablar de los “tarados” él aludía a la gente metida en la política y que hace públicos sus objetivos y sus planes en un entorno en el que mientras mayor sea la secrecía, mejor. A mí me parece que su dicho es acertado en lo que a tontos (en su sentido) y niños concierne, pero en relación con los viejos me parece cuestionable o, mejor dicho, en el mejor de los casos sólo parcialmente verdadero. Es cierto que el anciano tiende a hablar de lo que hizo, de lo que le pasó, de lo que lo impactó, etc., pero también es cierto que su vida mental se va concentrando cada vez más en el presente. Para empezar, la memoria del viejo también languidece, pero lo hace de manera curiosa, porque el viejo tiende a olvidar lo que acaba de pasar, pero en cambio eventos que fueron cruciales en su vida mucho tiempo antes, situaciones que lo impactaron quedaron indeleblemente registrados y es sobre ellos que regresa una y otra vez. La memoria, como bien nos lo recuerda Schopenhauer, es présbita: el viejo no se acuerda de lo que dijo o pasó hace cinco minutos, pero en cambio recuerda con nitidez sucesos cruciales de su vida de niño o de joven que tuvieron lugar medio siglo antes. Pero entonces ¿de qué pasado va a hablar si a menudo ni siquiera se acuerda de que hay que acordarse de algo? Por ello, sostengo, la vida del viejo se concentra cada vez más en el presente. Lo que realmente le importa al individuo de edad provecta es lo inmediato: cómo se va a tapar para no tener frío o calor esta noche, si va a poder comerse ese chocolate que tanto se le antoja hoy, si no le van a gritar o lo van a maltratar ahora que está completamente desprotegido y a merced de otros (la nuera, los nietos, los ingratos, etc.). Después de todo, no siempre elude uno lo que podríamos llamar la “justicia familiar”. Es ese un tema delicado y complejo que merece ser tratado con sumo cuidado, por lo que no ahondaré en él.

Como nadie sabe cuándo va a morir y podemos morir en cualquier momento, salvo en casos excepcionales nadie prepara su muerte. Ni el niño ni el joven ni el hombre maduro piensan en que sus existencias tienen límites y, a decir verdad, no tendrían por qué hacerlo. En esto sin duda alguna Spinoza tiene toda la razón cuando en su famosa Ética – Demostrada según el modo Geométrico afirma que la reflexión del hombre (él habla del “hombre libre”, en un sentido técnico, pero para nosotros su pensamiento sigue siendo útil aunque lo empleemos de otra manera) es siempre una reflexión sobre la vida, no sobre la muerte. Y eso es innegable si por ‘hombre’ entendemos gente joven o inclusive madura, pero la razón es obvia: su horizonte temporal es todavía extenso, es decir, ellos todavía pueden hacer planes, pueden querer volverse a casar y volver a tener hijos, sembrar árboles o seguir produciendo (libros, música, cuadros, etc.). Pero un hombre de 80 años ya no tiene (en general) semejantes aspiraciones. Dadas sus limitaciones físicas y su dependencia vital, su mundo tiende a circunscribirse al aquí y al ahora. Pero precisamente por ello, cuando se está en el flujo de la vida no se piensa en sus últimas etapas. Sería patológico hacerlo. Un joven que en plenitud de forma pasara su tiempo pensando en cómo va a morir sería obviamente alguien con graves problemas mentales. Pero entonces, una vez más, como nadie piensa en la muerte cuando piensa en la vida, nadie prepara su muerte. Pero ¿qué sería preparar nuestra muerte?

Para que la pregunta tenga algún sentido tenemos que interpretarla no como inquiriendo si podemos imaginar algún mecanismo para eludir la muerte. No hay nada más fatuo que eso. La idea de un elixir de vida eterna no pasa de ser una fantasía filosófica semi-aberrante. Por lo tanto, cuando hablo de “preparar nuestra muerte” aludo más bien a un modo de vida, a como se fue en la vida de manera que a final de cuentas uno no haya predispuesto a nadie en su contra, sobre todo si es alguien de quien uno puede llegar a depender en algo, para que cuando uno se encuentre en los momentos últimos de dependencia y a merced de los demás no sea uno objeto de violencia o escarnio. El viejo es vulnerable y ello en más de un sentido. Primero, físicamente, por su debilidad; segundo, porque más que personas de otra edad está expuesto a los más bajos deseos y caprichos de la gente de su entorno. Después de todo, no hay nada más fácil que anteponer los valores, principios, deseos, impulsos y demás de uno a los del viejo (independientemente de que sea el padre, la madre, el abuelo, etc.) y al hacerlo automáticamente se le devalúa. Curiosamente, es muy fácil no incurrir en ello. Lo único que se requiere es querer a la persona y al quererla se antepondrán sus intereses a los de uno en lo que a ella le conciernen, desde luego. Pero por ello, el viejo es particularmente sensible a una peculiar forma de dolor, que es el inmenso dolor que causa la ingratitud. Desde luego que ésta se puede sentir en todo momento a lo largo de la vida, pero en la vejez es particularmente dolorosa, porque ya no hay forma de superarla. Amargarle la última fase de la vida al viejo es muy fácil: basta con ser ingrato. De ahí que lo que el viejo más espera sea vivir su presente de senilidad envuelto en una atmósfera de amor. “No papá, no te levantes: yo te lo llevo!”, “No te preocupes. Duérmete. Dame la mano. Yo aquí estoy contigo!”. Imagino que frases así son música celestial para el viejo.

¿Hay acaso una vejez feliz?¿Su puede ser viejo y feliz? Pienso que es difícil, pero en principio factible. Es difícil, porque la vida del viejo es muy visitada por el dolor. Una persona de edad avanzada que conocí solía decirme, apuntando a sus problemas físicos y a sus dolencias. “La vejez no viene sola”. Así es. Envejecer no es nada más acumular años. La acumulación de años acarrea consigo el deterioro físico con el que de ahí en adelante se tiene que vivir. Los problemas del viejo no tienen curación; para ellos hay sólo paliativos. A pesar de ello, sin embargo, sí creo que puede haber una vejez feliz, pero no quiero con ello decir una etapa de la vida que presupone, requiere o coincide con una situación de bienestar material. Lo material para el viejo es un asunto de segundo orden. Quizá sea mejor ser viejo rico que viejo pobre, pero es perfectamente posible (y de hecho así sucede) que haya viejos pobres más felices que viejos ricos. Negar eso es como pretender tapar el sol con un dedo.

La reflexión sobre la vejez emerge de una cierta necesidad de hacer cuentas, de hacer balances, de evaluar nuestra propia existencia. Aunque rara vez sea así, la etapa de la vejez puede llegar a ser la etapa de la genuina auto-crítica, si bien se trata de una auto-crítica que ya no tiene efectos prácticos. “Hice mal en haberle hecho daño a esa persona. Nunca me hizo nada, pero me caía mal y por eso le arruiné su existencia. Que Dios me perdone!”. Eso podría llegar a decir un viejo reflexivo y que no nada más se mantiene en el ser. El problema es que en general los viejos no son muy proclives a hacer balances de esta clase, que de una u otra forma se hacen, por lo que a menudo son otros quienes terminan haciéndolos por ellos. Son, por así decirlo, sus biógrafos. Preparar su muerte entonces es en algún sentido elegir los datos para la biografía que habrá de narrarse.

¿Cómo se debe envejecer? Yo creo que no hay una única respuesta, pero hay ciertas constantes. Pienso que la mejor vejez exige mucha valentía y la verdad es que no parece haber mucha gente que cumpla con este requisito. Podría sostenerse que el viejo feliz es el que poco a poco fue aprendiendo a, por así decirlo, despersonalizarse, a interesarse cada vez menos por lo que le concierne y cada vez más por lo que pasa en el mundo. Pero esta “propuesta” me parece un tanto fantasiosa, porque interesarse cada vez más por lo que pasa en el mundo, por el futuro de la humanidad, etc., es algo que inevitablemente nos hace caer en el peor de los pesimismos. Nadie nos va a convencer de que después de que muramos los miles de millones de personas que seguirán poblando el planeta súbitamente estarán bien, comerán lo que necesitan, no se maltratarán unos a otros, etc. Y eso, el viejo lo sabe, sencillamente no es cierto. Por lo tanto, es comprensible que una perspectiva así más bien lo inquiete, por no decir lo angustie. Aunque no pueda modificar en nada la realidad mientras uno vive, la idea de dejar todo como está es sofocante. Es imposible no inquietarse por lo que será de los hijos o de los nietos, por lo que será de los vecinos, de la gente del barrio, del pueblo de a lado y de los millones que no conocemos. Despersonalizase, por lo tanto, si bien es laudable moralmente nos genera inquietudes y no es eso lo que el viejo busca. El problema es que la inversa tampoco es particularmente atractiva: aferrarnos a lo nuestro, a nuestras propiedades, bienes materiales de toda índole, nos angustia por igual. ¿Qué va a pasar con mis casas, mis autos, mis caballos, mi emporio? Pasar por eso debe ser un tormento terrible. Infiero que la clave para la vejez feliz es la vida (o lo que va quedando de ella) en un entorno grato. El mundo externo, inmediato o no, poco a poco se va desdibujando. En circunstancias así, el trato afectuoso se vuelve decisivo porque es lo único que puede generar en el viejo la sensación de ser útil y de no haberse convertido (o haber sido convertido) en un mero ornato o, peor aún, en un lastre.

Sin duda alguna, el tema se presta para una disertación de mucho mayor envergadura, pero como aquí tenemos que ponerle un término quizá podamos a manera de conclusión extraer la idea de que forma parte de una vejez feliz dejar de ver noticieros y de leer la prensa. Me pregunto: ¿significará eso que digo que mi proceso de envejecimiento se está acelerando o inclusive que ya estoy hundido en él? Invito al lector que se plantee estas preguntas y a que se dé a sí mismo sus propias respuestas.

El Rostro del Gobierno

Cuenta la leyenda, o más concretamente: cuenta Diógenes Laercio en su célebre obra Vidas, Opiniones y Sentencias de los Filósofos más Ilustres, que para refutar a un filósofo de su tiempo que negaba que el movimiento fuera posible, Diógenes, el cínico, se levantó y se puso a caminar frente a él. No es improbable que de dicha escena haya surgido la bien conocida frase “El movimiento se demuestra andando”. La situación de esta anécdota es muy parecida a la de una discusión que tuvo lugar en el “Club Moral” de la Universidad de Cambridge unos 24 siglos después y en la que el protagonista fue el filósofo inglés G. E. Moore. Éste, para refutar a quienes negaban que el conocimiento del mundo externo es posible, durante su conferencia levantó su mano y apuntando a ella dijo: ‘aquí hay una mano’ e hizo lo mismo con la otra a partir de lo cual infirió que sabía que tenía manos y, a través de una cierta cadena argumentativa, que la posición del escéptico, esto es, de quien niega que el conocimiento humano es posible, es inválida. Si tanto en el caso de Diógenes como en el de Moore lo que ellos hacen (uno caminar, el otro levantar una mano) constituye una refutación de tesis filosóficas (el movimiento es imposible, el conocimiento del mundo externo es imposible) o no es asunto de debate. No quisiera, sin embargo, dejar de señalar que si bien las tesis filosóficas en última instancia son totalmente absurdas, no sólo no es fácil refutarlas sino que se llega a ellas por medio de argumentos a la vez alambicados y sumamente ingeniosos. Como dije, no forma parte de mis propósitos discutir el tema, pero lo que sí quisiera hacer sería aprovechar las anécdotas para extraer de ellas una moraleja importante que se puede aplicar fructíferamente en otro contexto, i.e., uno actual y no filosófico. Así, pues, yo quisiera intentar razonar como Diógenes y como Moore sólo que con otro fin en mente. Mi objetivo es más bien, a través de una descripción de su desempeño, descubrir qué clase de gobierno tenemos. O sea, lo que no quiero es formarme un cuadro de él tomando como plataforma el discurso político, lo que se dice, sino lo que casi (por así decirlo) silenciosamente se hace. A mí me parece que estamos ya frente a un mosaico de hechos que expresan de manera inequívoca cuál es el verdadero perfil de este gobierno y eso es algo que hay que hacer explícito. Ello es importante, porque es sólo si se comprende cabalmente la naturaleza del actual gobierno que podremos tener expectativas realistas acerca de lo que podemos y no podemos, deberíamos y no deberíamos esperar. La clave es dejarnos guiar por los actos de gobierno, no por la ideología.

Ahora bien, lo primero que habría que señalar es que una característica fundamental del actual gobierno es que es un gobierno de cambio, un gobierno que contrasta de manera notoria y profunda con los anteriores, por lo que si queremos captar su naturaleza lo primero que tendremos que hacer es pintarnos un cuadro, aunque sea a grandes brochazos y un tanto burdo, del modo como los gobernantes priistas y panistas nos obligaron a vivir durante más de 30 años y de la situación en la que finalmente dejaron al país. Creo que los mexicanos estaríamos en general de acuerdo con la idea de que la característica fundamental de los gobiernos priistas y panistas, concretamente de la cadena de gobiernos que se inicia con Carlos Salinas de Gortari y que culmina con Enrique Peña Nieto, es (por haberse tratado de gobiernos esencialmente corruptos y anti-nacionalistas) la de haber sistemáticamente destruido la estructura institucional del país. En efecto, después de la tenebrosa era “Salinas-Peña” México quedó prácticamente lisiado desde un punto de vista institucional: no funcionan los servicios de salud, el sistema educativo está destrozado, la moral pública fue prostituida, se instauraron los más odiosos mecanismos para el manejo del presupuesto, se implantaron escandalosas políticas privatizadoras de bienes públicos, políticas desde luego contrarias a los genuinos intereses de la nación, el poder judicial se pudrió casi por completo, se saqueó el país más o menos como si estuviéramos en la época de la conquista sólo que de manera computarizada, etc. Dicho de la manera más general posible, se “privatizó” el Estado para beneficio de unos cuantos grupúsculos que tenían acceso al poder. ¿Cómo se logró semejante hazaña? La clave para entender ese proceso, la columna vertebral de todos esos gobiernos consistió en corromper al país y a su población en todos los sentidos y en todos los contextos. Prácticamente, México dejó de ser un Estado de derecho para convertirse en un país con leyes que se aplicaban cuando se quería, como se quería, dependiendo de quiénes fueran los involucrados y en el que absolutamente todo era objeto de compra y venta: plazas, licitaciones, juicios, playas, minas, recursos naturales, explotación brutal de la población, etc. El resultado neto de todo ese proceso fue que al final del gobierno de Peña Nieto México se encontró en una encrucijada: estábamos en el umbral de la guerra civil, de manera que si hubiera ganado cualquiera de los candidatos del PRI o del PAN (el de este último, dicho sea de paso, o sea, Ricardo Anaya, un auténtico vomitivo humano), “políticos” improvisados, anti-mexicanos e ineptos pero eso sí: expertos en corrupción habrían tomado las riendas del gobierno y en este momento estaríamos hundidos en un conflicto social de amplio espectro y de alta intensidad; o bien se optaba por un cambio, sin que se especificara mayormente la clase de cambio que se podría realizar. Afortunadamente y como guiado por un instinto de conservación el pueblo de México reaccionó y ganó el Lic. López Obrador. Con él del brazo se ganaron también el Senado y la Cámara de Diputados. Esto se logró gracias en gran medida al carisma del candidato de MORENA, a su lenguaje llano pero que tocaba fibras sensibles de la gente, y también al hecho de que el pueblo de México estaba ya agotado, harto y a punto de explotar. Fue gracias a que junto con la presidencia se ganaron las cámaras que el actual presidente puede hoy en día gobernar, porque si las cámaras hubieran quedado en manos de la oposición ésta hubiera sistemáticamente bloqueado toda reforma, independientemente de cuán benéfica fuera para el país. El presidente habría tenido que gobernar a base de decretos y la situación sería mucho más complicada de lo que es hoy.

Naturalmente y como era casi obligado que pasara, el nuevo gobierno llegó envuelto en una retórica no revolucionaria, pero sí reivindicatoria. Y esto generó en múltiples grupos de ciudadanos que lo apoyaron muy variadas esperanzas. Hay desde quien vio en el Lic. López Obrador simplemente a la persona que le aseguraba que recibiría a tiempo su modesta pensión o su beca hasta quien lo vio como el descendiente político del Che Guevara. Ambos extremos son palpablemente errados. Tenemos entonces que intentar dilucidar qué clase de gobierno realmente tenemos aquí y ahora y para ello queremos atenernos no a la inevitable demagogia politiquera sino a los hechos, a las decisiones. Y queremos saber esto porque queremos tener una idea clara de en qué dirección se mueve el gobierno y cuáles son sus límites naturales. Sin embargo, para poder responder a estas inquietudes habrá que hacer algunos recordatorios básicos y algunas enmiendas.

Es parte esencial del discurso oficial el presentar a este gobierno como el gobierno de la “cuarta Transformación”. Confieso que a mí no me salen las cuentas y, operando con las mismas categorías, yo presentaría a este gobierno de otra manera. Revisemos rápidamente los datos. Estamos de acuerdo en que la primera transformación se logró con la independencia frente a los usurpadores españoles, esto es, cuando México dejó de ser la Nueva España. Podemos aceptar también que la segunda transformación fue la que tiene como emblema al gran presidente Don Benito Juárez. Es con él realmente que México adquiere una identidad reconocible. También podríamos aceptar que con la Revolución Mexicana se habría materializado una tercera gran transformación del país. ¿Quién podría negar que en efecto así fue? El problema es que entre la Tercera Transformación y el cambio que encarna el gobierno actual nuestro país sufrió una transformación especial, peculiarmente dañina, una (por así llamarla) ‘anti-transformación’ o, quizá mejor, una ‘retro- transformación’. Esta que habría sido la Cuarta Transformación se declaró (en el sentido en el que decimos que se declara, por ejemplo, la varicela que hasta entonces se ha venido incubando) cuando los más saludables efectos o consecuencias de la Revolución Mexicana se debilitaron y empezaron a ser puestos en cuestión, cuando se inició en forma descarada la política de la desnacionalización en gran escala, cuando la política se convirtió en la profesión del auto-enriquecimiento ilícito, en la práctica del saqueo de la riqueza nacional, etc., y que coincide precisamente con el detestable periodo “Salinas-Peña”. Cabe preguntar: ¿en qué consistió dicha retro-transformación?¿Cuál es su peculiaridad, su marca registrada? Ya lo dijimos: la cancerización de la institucionalidad nacional, en todos los niveles y en todos los contextos. Lo que durante esos 5 sexenios (Salinas-Zedillo-Fox-Calderón-Peña) se hizo fue literalmente arruinar a la nación, abandonar a su suerte a millones de mexicanos (quiero decir a niños, mujeres y hombres), inocular a la población con inmoralidad y pudrir el entramado institucional del país de manera que éste se convirtió en un país en donde habrían de reinar la impunidad, el latrocinio, la pauperización global, la inseguridad, etc. Ese es el legado, que por ningún motivo debemos olvidar, del priismo y del panismo y es justamente en contra de ese legado que se define en primer término el gobierno del Lic. López Obrador. Pero si esto es así, entonces lo que estamos viviendo no es propiamente hablando una “transformación”. Si lo que hemos dicho no es desacertado, entonces el actual gobierno es ante todo el gobierno de la reconstrucción nacional y ello en todos los sentidos de la palabra. Y se sigue de lo que he afirmado que la clave para la reconstrucción es la lucha contra la corrupción. Esa lucha representa o encarna el sentido último de este gobierno, puesto que acabar con la corrupción es permitir que México florezca. Acabar con la corrupción, sin embargo, no es una tarea fácil de acometer y hay condiciones que se tienen que satisfacer para que pueda llevarse a cabo con éxito, inclusive si dichas condiciones entran en conflicto, aparente o real, con el lenguaje político ahora imperante.

Así, pues, y en concordancia con lo que afirmamos al inicio, la mejor forma de conocer el verdadero rostro de este gobierno es examinando sus acciones y reacciones, no su retórica. Y en este punto hay que distinguir entre las acciones generadas por un proyecto adoptado desde hace ya mucho tiempo y las reacciones provocadas por el choque con la realidad. Yo pienso que, después de medio año de haber entrado en acción, este gobierno tuvo ya los suficientes encontronazos con el mundo real de manera que sus reacciones y posicionamientos revelan de manera inequívoca su naturaleza última. Ha sido a través de choques con los hechos del mundo que el gobierno ha venido delineando su perfil y ahora lo tenemos frente a nosotros tal como realmente es. Es muy importante determinar cómo se relacionan la política gubernamental real con la ideología enarbolada, con los mensajes políticos gracias a los cuales se llegó al poder y con la imagen que la gente muy probablemente se formó de cómo sería y qué representaría el nuevo gobierno porque, hay que decirlo, es altamente probable que, una vez desglosados los hechos, se sufran fuertes desilusiones. Intentemos explicar esto.

Es evidente que el primer gran duchazo de agua fría para este gobierno, la primera gran sacudida que le puso los pies en la tierra se produjo cuando se tomó conciencia de que simplemente es imposible hacer funcionar este país si el gobierno está en pugna permanente con las cúpulas empresariales y con quienes manejan los grandes capitales nacionales. Afortunadamente, también los grupos económicamente poderosos entendieron que estar todo el tiempo hostigando al gobierno y dificultando sus acciones podría muy pronto llevar a una situación de peligro y de potencial desastre para ellos mismos. Se entendió entonces que una cosa es la confrontación ideológica, sobre todo en periodos electorales, y otra el manejo de los aparatos de Estado, la gobernanza cotidiana, el funcionamiento económico de la sociedad. Ahora bien, esto no significa que el gobierno haya claudicado ideológicamente, ni tendría por qué hacerlo, pero lo que sí es claro es que, si lo que se quería era que el país se pusiera en marcha, la relación entre el gobierno y los representantes de los grandes grupos económicos mexicanos tenía que cambiar. Y la mejor prueba de que ello fue precisamente lo que se produjo es el acuerdo firmado la semana pasada entre el gobierno y las cúpulas empresariales. Lo que se firmó equivale no sólo a un pacto de no agresión, sino a un pacto de cooperación y mutuo apoyo. Y eso no está mal ni es anti-nacional: el gobierno le garantiza a los inversionistas (mexicanos y extranjeros) la estabilidad jurídica que ellos requieren y los empresarios garantizan las inversiones en el país, con lo cual se le da solidez al mercado de trabajo, se refuerza la moneda, se apoyan las exportaciones, etc. Eso es ciertamente algo que le conviene a las dos partes del convenio y, por consiguiente, a la población en su conjunto. Lo que sí tendría que quedarles perfectamente claro a los empresarios es que también ellos tienen que participar en la gran faena nacional que es la lucha contra la corrupción, el objetivo supremo de la política del actual gobierno. Si los empresarios nulifican, boicotean, critican, bloquean la lucha del gobierno en contra de la corrupción, si aspiran de nuevo a gozar de privilegios injustificados, a incurrir en prácticas ilícitas para obtener ganancias ilegítimas, etc., entonces no le quedan más que dos posibilidades a este gobierno: o cede y entonces el gran proyecto de reconstrucción queda anulado o se radicaliza y entonces empezaría lo que podríamos llamar la ‘Sexta Transformación’. Sinceramente, no creo que los dirigentes en el mundo empresarial sean tan miopes políticamente hablando como para forzar al gobierno a que se encamine por esta segunda vía.

Un segundo frentazo con la realidad padecido por este gobierno y que nos hace entender cómo se configura lo constituyó el primer enfrentamiento serio con la administración Trump, esto es, el concerniente a las olas de inmigrantes centroamericanos (éstos no son los únicos migrantes, pero sí el grupo más importante). Después de discusiones serias con el staff político norteamericano, yo diría que ya le quedó claro tanto al presidente como a los miembros de su gabinete que no se puede lidiar con la administración norteamericana a base de frasecitas vacuas de tipo “paz y amor”, “no queremos problemas ni conflictos”, abrazándonos de los hombros, declarando a derecha e izquierda que queremos ser buenos vecinos, etc., y que con el gobierno americano no va a ser posible hacer política a la mexicana, esto es, manteniéndose en el auto-engaño, tratando de tomarle el pelo al adversario, jugando a hacer tiempo y practicando el gatopardismo. El presidente D. Trump explícitamente les espetó que para ellos la política no es un asunto de mera verborrea (¿acaso no es Fox el prototipo del presidente verborreico?), de palabrería inútil, sino de toma de decisiones y que no están jugando. Eso tuvo que haberles abierto los ojos a los mexicanos en un sentido muy preciso: si el actual gobierno pensaba que podía tranquilamente desarrollar la política que tenía más o menos diseñada dado que a final de cuentas se trataría de una política interna y para consumo nacional, sin inmiscuirse en los asuntos de otros países, etc., de seguro que el drama de los indocumentados (recurriendo a una bien conocida frase de I. Kant) ya los “despertó de su sueño dogmático”. Yo creo que ya quedó claro para todos que los Estados Unidos son un factor a tomar en cuenta en lo que concierne a la política interna de México. Simplemente no se les puede ignorar ni para aplicar las leyes, ni para modificar la constitución. El problema es que aquí ya no hay un pacto posible (inclusive si hay acuerdos). Aquí lo que se necesita, por lo tanto, es re-pensar radicalmente la política frente a los vecinos del norte de modo que la nueva política exterior de México contraste marcadamente con la política exterior de los gobiernos de la era de la corrupción. Así como el sentido de realidad llevó al gobierno a pactar con la clase pudiente a cambio de que se sume a una lucha frontal en contra de la corrupción, el mismo sentido de realidad tendría que llevar a este gobierno a delinear una nueva política de dignidad, de defensa de nuestra autonomía frente al Estado norteamericano, de soberanía nacional. Aquí no es la corrupción lo que está en juego (o no sólo ella), sino valores primordiales como la independencia y la seguridad nacionales, el futuro del país, valores y principios que los gobiernos podridos de antaño arrojaron al cesto de la basura. Dado que por lo menos desde Miguel de la Madrid, los gobiernos panistas y priistas nos acostumbraron a que la actitud correcta era la de postrarse de manera abyecta y deshonrosa frente a los USA, el nuevo gobierno tiene que mostrar que puede implementar una política exterior notoriamente diferente deslindándose de la actitud servil y humillante de los gobiernos pasados. Al igual que en relación con la política interna, se tiene que dar un cambio radical en lo que a política externa atañe.

Si lo que hemos dicho es correcto, entonces son dos los ejes primordiales, esenciales o definitorios del actual gobierno: la lucha contra la corrupción y la lucha por la autonomía frente a los Estados Unidos. Es mucho. La lucha contra la corrupción es la columna vertebral de este gobierno, pero también es algo que a mediano y a largo plazo le conviene a todos. Sin duda alguna, si el gobierno del Lic. López Obrador logra su cometido y alcanza sus metas se vivirá en México desde un punto de vista material mucho mejor, en una sociedad un poquito más justa y eso es un objetivo inatacable. El otro eje es la liberación frente a la política imperialista de los Estados Unidos tal como la practican ellos en relación con México. Aquí de lo que se trata es de recuperar el honor, el respeto por parte de los gobiernos de otros países y sobre todo de las administraciones norteamericanas, acostumbradas a tratar a los mexicanos como criados, que fue como los gobernantes priistas y panistas permitieron que se nos tratara. ¿Alguien podría estar en contra de la política del actual gobierno? En todo caso ningún mexicano consciente políticamente.

Lo anterior, sin embargo, tiene una consecuencia que para más de uno podría resultar un tanto decepcionante. Se sigue de lo que hemos dicho que este gobierno nunca pretendió ser, no es ni será un gobierno socialista. Este gobierno no está interesado en modificar las leyes de propiedad, en redistribuir la riqueza de otro modo que no sea jugando con las finanzas y los impuestos, en implantar una nueva reforma agraria, etc. Un gobierno socialista sólo podría venir como consecuencia de la ruptura frontal y radical con los sectores económicamente fuertes y porque éstos hubieran fallado a su palabra (o a su firma). Por ahora, lo que es importante es entender qué se requiere para que el actual gobierno se mantenga dentro del marco político real y para que no traspase sus propios límites, lo cual podría suceder si alguna de las partes no cumple con lo que le corresponde.

Para que la política del gobierno tenga probabilidades de éxito, el presidente tiene que dar muestras de haber asimilado las lecciones de la historia y de la teoría política. Yo pienso que tiene ante sí dos tareas inmediatas cruciales. Por un lado, le guste o no al gobierno y a los hipócritas de siempre, se tiene que reconocer que el pueblo necesita y tiene derecho a ciertas satisfacciones de carácter político. Para no divagar: el pueblo quiere ver a pillos y maleantes de cuello blanco efectivamente castigados, metidos a la cárcel, condenados a muchos años de prisión y con sus mal habidas propiedades expropiadas. Esa es una lección maquiavélica que sólo los neófitos podrían pretender ignorar. No se trata en este caso de usar gente, puesto que ello no se necesita: el país está plagado de malandrines de alto nivel. Hay que cumplir con esa labor política. Urge! Y, en segundo lugar, y esta lucha será sin duda alguna el hueso más duro de roer para el actual gobierno, se tiene que higienizar, desinfectar el poder judicial. Ese es el gran reducto de la reacción, el gran nicho oficial de la corrupción. Si no se logra destituir, meter a la cárcel, inhabilitar a muchos de los jueces venales, corruptos, vendidos, comprables, negociantes de la justicia que pululan en el país, la gran Quinta Transformación que estamos viviendo pasará a la historia como un corto periodo de breves convulsiones sociales e ilusiones pasajeras.

Peligros a la Mexicana

No cabe la menor duda de que México es, en más de un sentido, un país peligroso. Iniciemos entonces nuestra veloz disquisición preguntando: ¿en qué sentido es acertado afirmar que México es un país peligroso? Bueno, está en primer término el sentido evidente de peligro físico al que están sometidos cotidianamente millones de compatriotas. Todos los días nos enteramos y somos de una u otra forma testigos de asaltos, atracos, asesinatos, robos, secuestros y demás. Sumamente indignantes, por ejemplo, son las escenas de asalto en los autobuses a gente modesta que se desplaza temprano para ir al trabajo y a quienes no sólo les arrebatan sus teléfonos celulares, les quitan el poco dinero que llevan y que estaba destinado para comer fuera de la casa, para comprar útiles escolares a los hijos, etc., sino que además son insultados, golpeados y humillados por gentuza de lo más repugnante que pueda uno imaginar y que en algún sentido se conducen como seres que están entre los límites de lo humano y lo no humano. Así, pues, que México es peligroso en este sentido sería absurdo negarlo. Por otra parte, es obvio que también política y económicamente México está en una situación de peligro permanente: nuestra incipiente democracia es sistemáticamente atacada, boicoteada, bloqueada por fuerzas retrógradas y en el fondo anti-populares y anti-nacionales. Asimismo, nuestra estabilidad económica pende todo el tiempo de un hilo. Con un simple twitter del presidente de los Estados Unidos la moneda mexicana se derrumba y se devalúa un 20 % en un par de horas. Así, pues, esos sentidos de ‘ser peligroso’ o de ‘estar en peligro’ son reales, pero no son en los que yo quisiera concentrarme. Yo más bien querría ocuparme de una clase muy especial de males que ciertamente afectan al país y que aunque tienen consecuencias factuales sería más conveniente quizá denominarlos ‘peligros conceptuales’. Permítaseme para ello, sin embargo, hacer primero un par de aclaraciones.

No voy a entrar en detalles técnicos en primer lugar porque no es necesario hacerlo y, en segundo lugar, porque no deseo aquí y ahora discutir filosofía. No se sigue, sin embargo, que no sea indispensable hacer un mínimo de aclaraciones que, si se quiere, se les puede calificar como ‘filosóficas’. Así, es un hecho que a menudo hablamos de conceptos pero también muy a menudo la gente no sabría explicar lo que dicha palabra quiere decir. Y eso es comprensible, porque preguntar ‘¿qué es un concepto?’ es, por razones en las que no entraré, tomarle el pelo a la gente. De lo que deberíamos hablar sería más bien de adquisición de conceptos. Una pregunta pertinente es entonces: ¿cuándo decimos de alguien que ya interiorizó, que ya adquirió, que ya hizo suyo un determinado concepto x? La respuesta es simple: cuando la persona en cuestión usa la palabra ‘x’ de manera correcta y reacciona frente a su emisión por parte de otros en la forma apropiada. Por ejemplo, decimos de un niño que ya maneja el concepto de perro si cuando se le pregunta qué es un perro él señala al perro de la casa o si le preguntan cuál es el perro y él distingue entre el perro y el gato y así indefinidamente. De igual modo, alguien tiene el concepto de azul cuando trae el objeto azul que le piden y no el verde o el rojo, cuando apunta al cielo si le piden que indique algo azul, etc. Podemos deducir de lo anterior que tener un concepto es una habilidad tanto lingüística como extra-lingüística; tiene que ver tanto con el lenguaje como con la acción. Estoy seguro de que el lector ya habrá inferido que si alguien tiene problemas conceptuales su acción será ineficiente, errática, etc., y que su pensamiento será, por así decirlo, chueco o ilógico. Veamos ahora a dónde nos conducen estas observaciones.

Yo no me atrevería a decir que las confusiones conceptuales que agobian a los mexicanos se deben a alguna deformación de nuestra facultad del lenguaje, por lo que me limito a partir del hecho innegable de que hay entre nosotros mucha gente proclive a cometer errores en los usos de las palabras y, por lo tanto, a generar (y padecer) lo que no podemos identificar de otra manera que como “confusiones conceptuales”. En México, en efecto, se establecen asociaciones lingüísticas que son francamente torpes, declaradamente erróneas y que, por consiguiente, sistemáticamente se promueven líneas de acción incongruentes. Hay, además, algunos conceptos en especial que se prestan a este juego turbio de aplicaciones lodosas de palabras que lo único que logran es generar titubeo e inacción.

Nadie consciente (pienso) se atrevería a negar que el concepto de derechos humanos es un concepto de estos que se prestan a la más descarada de las manipulaciones. En su nombre, huelga decirlo, se cometen toda clase de acciones injustas, torpes y contraproducentes. Ilustremos esto. Yo diría, por ejemplo, que un criminal es una figura esencialmente pública. A mi modo de ver, por lo tanto, es importante que a la gente se le conceda la posibilidad de identificar al delincuente, por ejemplo para poder reconocerlo y contribuir así a que el proceso de impartición de justicia sea más completo. El problema es que para poder identificar a un delincuente se necesita conocer el nombre y por lo menos tener la oportunidad de verle el rostro. Pero ¿qué se hace en este país (y hasta donde sé sólo en este país)? Los demagogos de la nueva estirpe, los engatusadores del pueblo, los grandes “defensores” de los derechos humanos ya lograron hacerle entender a las autoridades que mostrar el rostro, digamos en televisión, de un criminal y dar su nombre en la prensa constituyen una tremenda violación de los derechos humanos del delincuente! Y ¿qué se hace entonces? En la televisión se le tapan los ojos al malhechor y en la prensa se pone su nombre con “N”. El resultado neto es que nos dan las noticias y nos quitan la mitad de la información. Así se procede en este país, porque aquí la idea de derecho humano quedó totalmente (por así decirlo) desfigurada y entonces de facto cuando se le emplea sirve para proteger no ya a las víctimas de los delitos como a sus perpetradores. En verdad, parecería que la noción de derechos humanos resultó demasiado complicada para la psique nacional. Así, el mal uso de una expresión genera un enredo conceptual y eso da lugar a una práctica periodística y policíaca abiertamente torpe y contraria a los intereses de la población, porque le recuerdo a los grandes (pseudo)apologistas de derechos humanos (de los delincuentes) que al actuar como lo hacen violan el derecho que la población tiene de acceso a la información.

Otro caso patético de confusión conceptual que afecta de manera muy lacerante a la población es el de los delincuentes que son menores de edad. En este caso se mezclan de manera vaga ideas de diversa índole con consideraciones jurídicas con lo cual se adaptan las leyes a los casos particulares. Por ejemplo, en México se imponen castigos diferentes para uno y el mismo delito, lo cual se puede hacer sólo sobre la base de aplicaciones absurdas de conceptos. Así, si violan y matan a una mujer de, digamos, 25 años: ¿qué diferencia hay para la víctima y para sus familiares el que quien (o quienes) cometió o (cometieron) el agravio tenga(n) más de 18 o menos de 18 años?¿Cómo consuela a los padres el hecho de que quienes atentaron en contra de su hija eran jóvenes de, digamos, 16 años? ¿Los tranquilizaría y les reduciría su dolor enterarse de ello? En otras palabras, se juzga una acción en función de la edad de quien la cometió. A mí eso me parece intelectualmente inaceptable. A los delincuentes menores de edad en nombre de los derechos humanos se les aplica otra ley, esto es, una ley ad hoc que no es la prevista para la clase de delitos como el mencionado. De manera que un asesino convicto de 16 años de hecho no es tratado como lo que es, i.e., como un asesino, y es hasta función del ministerio público velar por sus derechos ya que se trata de un “menor”! Yo pregunto: ¿es esto un punto de vista coherente? En este caso, una idea ridícula de lo que es impartir justicia y una noción demencial de derechos humanos conducen a una práctica judicial que afecta directa y negativamente a quienes son víctimas del bandolerismo en cualquiera de sus modalidades. Desde mi perspectiva, las leyes no están hechas a la medida de las personas sino que se supone que por medio de ellas se tipifican acciones y son éstas las que se evalúan para imponer sentencias. Si al momento de tipificar la acción la edad no aparece, ¿por qué entonces habría de ser posteriormente un factor a considerar? El delincuente violador en su acción es adulto, pero en su condena es “menor de edad”, es un “niño”. Aquí, yo sostengo, estamos en presencia de una contradicción la cual no tiene otro origen que el de incomprensiones de la lógica de diversos conceptos.

El concepto de derechos humanos es, como ya lo insinué, una fuente inagotable de confusiones conceptuales y, por ende, de prácticas insanas y anti-sociales. Que quienes se auto-proclaman defensores de derechos humanos no tienen claridad al respecto y que cometen un error de pensamiento casi infantil es algo no muy difícil de hacer ver: toda su hazaña consiste en usar el concepto de derecho humano de exactamente el mismo modo como se usa el concepto de derecho positivo. No voy a volver a dar cuenta de las diferencias entre uno y otro y por qué es un error fundirlos, pero para contribuir al esclarecimiento del tema no estaría mal que estos grandes luchadores sociales nos dieran una lista concreta de derechos humanos. Se vería entonces que lo que dan o son derechos ya reconocidos en la constitución o en los diversos códigos o no son derechos en lo absoluto sino en todo caso algo así como presuposiciones del derecho y obviamente no son lo mismo. Los derechos, por ejemplo, son el resultado de convenciones, las presuposiciones no. El concepto de derechos humanos fue introducido en conexión con el de violación de derechos, no con la idea de derechos especiales. La gente piensa que porque se habla de violaciones de derechos humanos entonces tiene que haber derechos humanos y ahí está el error. De manera que una confusión concerniente al concepto de derechos engendra un sinfín de problemas que tienen repercusiones prácticas muy serias.

Desafortunadamente, la noción de derechos humanos no es la única fuente de los peligros conceptuales que nos afectan a diario. Considérese el control del tráfico en la Ciudad de México. Yo creo que no hay una expresión más apropiada para referirse a él que “Es de locos!”. Desde que quien como nadie le sacó provecho a la Ciudad de México, o sea, el antiguo Jefe de Gobierno de la ciudad, Miguel Ángel Mancera (sin cumplir, por si fuera poco, con ninguno de los grandes programas de gobierno con los que estaba comprometido, lo cual fue una puñalada a los habitantes de la capital) impusiera su tristemente célebre “Reglamento de Tránsito”, el tráfico vehicular de la ciudad simplemente se desquició y va de mal en peor sólo que quienes lo siguen imponiendo no parecen darse cuenta de los graves problemas que causa. Aquí claramente se confundió la idea de “controlar el tráfico” para poder agilizarlo con “controlar el tráfico” para controlar a los conductores, y en época de Mancera para sacarles a estos últimos todo el dinero que fuera posible. Ante los problemas que causa el tráfico lento (tiempo excesivo en los autos, dolores de cabeza, horas de trabajo/hombre perdidos, exposición a asaltos, consumo innecesario de gasolina, etc.), mucha gente valientemente optó por recurrir a la bicicleta o a la motocicleta. Ello es muy laudable sólo que a los mandamases de la ciudad se les olvida que las calles, las calzadas, las avenidas, las vías rápidas y demás no se hicieron para quienes usan bicicletas: se hicieron ante todo para los autos particulares (que en México son ya casi 5 millones). Ello, sin embargo, no es arbitrario: vivimos en una sociedad organizada en función de la propiedad privada y por lo tanto el transporte privado es el que cubre la mayoría de las funciones de movilización personal. Por lo tanto, la reglamentación del tráfico vehicular debería girar en torno a él, para facilitarlo, no al revés. Desde luego que se puede y se debe imponerle limitaciones o restricciones de diversa índole al uso de los autos, pero lo que es absurdo es invertir los papeles y subordinar el gran transporte vehicular que es el de autos (y que es colectivo, aunque sea privado) al transporte individual de unos cuantos que se desplazan en bicicleta! El resultado ha sido convertir el desplazamiento de las grandes mayorías en un infierno, sobre todo a determinadas horas del día, algo que además termina por afectar a todos por igual. Una segunda consecuencia nefasta del más bestial de los reglamentos de tránsito de los que haya memoria es obviamente la contaminación ambiental. Ahora se tiene que reconocer que 5 días por semana los niveles de contaminación rebasan los límites de lo permitido y de lo recomendable, pero eso se debe sobre todo al mal control del tráfico vehicular. Pero ¿se extraen las consecuencias de dichos hechos? Ni por pienso! En lugar de agilizar el tránsito se hace todo lo que se puede para hacerlo más lento! Así, muchos automovilistas tenemos que usar constantemente los frenos, ceder el paso, por lo tanto contaminar más, etc. Yo he visto hileras de autos detenidos para que pase una persona, la cual por si fuera poco se toma su tiempo. Por favor, que nadie me vaya a achacar el grotesco punto de vista de que yo estoy entonces promoviendo que atropellen paseantes! Obviamente, no es eso lo que sostengo y no me voy a hundir en discusiones ridículas y que no tienen sentido. Hasta donde yo sé no hay transeúntes en el Periférico y de todos modos hay límites innecesarios a la velocidad. O sea, ni siquiera donde se puede circular más rápidamente nos dejan hacerlo y de paso nos castigan (con las mal llamadas ‘fotocívicas’). Para mí es obvio que tarde o temprano las circunstancias van a forzar cambios radicales en el Reglamento de Tránsito pero mientras tanto, como no quieren dar su brazo a torcer, gente incapaz de pensar en forma lógicamente correcta por ser víctima de conflictos conceptuales nos mantiene en la contradicción y en el embotellamiento permanente. Todo indica que aquí en México la parte es más valiosa que el todo y los resultados obviamente no se hacen esperar.

Ahora bien, la cúspide de lo que me gustaría llamar ‘maldad conceptual’ la alcanzamos la semana pasada cuando la actual Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, la Dra. Claudia Sheinbaum, hizo una declaración que nos dejó a todos no sólo desconcertados sino (¿por qué no reconocerlo?) fúricos. La cuestión tiene que ver con el super tema en boga, el tema a la moda, el tema intocable, a saber, la cuestión de la “equidad de género”. Dado que el concepto tiene todo menos bordes nítidos, qué signifique es algo que cada usuario decidirá como le venga en gana o como más le convenga. Por ejemplo, para la Dra. Sheinbaum es una consecuencia lógica de la idea de equidad de género que así como las niñas pueden en invierno ir de pantalones a la escuela (como si nuestro invierno fuera un invierno noruego o siberiano), así también los niños pueden (supongo que en el verano, aunque no tengamos un verano como en el Sahara o en el Congo) ir con vestido o falda si así lo desean!!! Esa declaración rebasa los límites de lo razonable o ¿se tiene acaso que argumentar para mostrar que no tiene nada que ver la idea de equidad de género con la idea de que los niños se vistan como niñas? Lo primero es aceptable, lo segundo es un aberración total, aquí y en Marte. Ya sabemos que en México todo lo que tiene que ver con el sexo está tergiversado de entrada: liberación sexual, igualdad sexual, género y sexo, etc., etc., y este es un caso típico más de confusión conceptual. El problema es que no es lo mismo que una persona insignificante esté confundida conceptualmente a que lo esté la Jefa de Gobierno, porque la acción de la primera sólo le concierne a ella en tanto que la acción de la segunda nos afectará a todos. ¿No es acaso una irresponsabilidad mayúscula hacer esa clase de declaraciones? Yo estoy convencido de que sí lo es, porque por enarbolar una bandera importada e impuesta a la fuerza, por pretender quedar bien con ciertos grupúsculos, la Jefa de Gobierno de facto insultó a millones de padres de familia que se sintieron ofendidos, al igual que muchos niños y jóvenes. Una cosa es proteger los derechos de minorías y otra es imponerle a las mayorías los deseos, las fantasías y las aspiraciones de dichas minorías. ¿Cómo surge el problema esta vez? Es evidente que, con todo el respeto que me merece, la Jefa de Gobierno tiene confusiones en relación con el concepto de equidad de género. ‘Equidad de género’ implica cosas como “mismo trabajo-mismo salario”, pero no que todos usen la misma clase de ropa interior o que su arreglo externo sea el mismo. O para que haya realmente “equidad de género”: ¿tenemos nosotros los hombres que maquillarnos?¿Vamos a suprimir la distinción “Baños de Hombres” y “Baños de Mujeres”? O sea ¿no es obvio que es incongruente hablar de equidad de género y hacer todo lo que se puede para que no haya distinciones entre géneros? Por lo pronto confirmo mi inquietud: en México pululan las confusiones conceptuales y éstas tienen consecuencias prácticas terribles. La mejor prueba de ello es que las estamos padeciendo!

El problema más importante a que da lugar el concepto de “equidad de género” es que por medio de él se tiende a suprimir la plataforma sobre la cual se apoyó, a saber, la libertad de expresión. La idea de que gente que no es heterosexual tiene los mismos derechos laborales y civiles que las personas de sexualidad estándar se convierte silenciosamente en la idea de que no se puede ni siquiera criticar determinadas prácticas sexuales y hasta que es impropio reivindicar con orgullo su propia situación de heterosexualidad. Pasa algo muy similar que con los defensores de la democracia: éstos se desgañitan peleando por la democracia, por los derechos de las minorías, por la actualización o materialización de derechos fundamentales como el derecho a la libre expresión, pero apenas son ellos quienes toman las riendas del poder entonces el discurso sobre las libertades baja de tono y con lo que nos encontramos es con el fanatismo, la intolerancia, la calumnia como estrategia y la supresión de la libertad de expresión. Y esto nos autoriza a extraer una última conclusión: además de sus múltiples consecuencias prácticas negativas, en numerosas ocasiones, si no es que en todas, las confusiones conceptuales vienen de la mano de rasgos mentales detestables como la cobardía y la hipocresía. Sobre esto sin duda habremos de regresar.

¿Pax Americana o Mors Americana?

Es evidente, supongo, que las metáforas, los símiles, las imágenes, los paralelismos no son en sí mismos argumentos pero, si son apropiados, están bien articulados y son impactantes sirven como plataforma para que se construyan buenos argumentos. Por ejemplo, supongamos que alguien dice que su vecino es un gorila. Lo que el hablante hace es presentar a su vecino como alguien que es muy fuerte físicamente pero también como alguien más bien limitado, muy impulsivo, violento, irracional, etc., y ahora sí, sobre la base de la descripción del gorila transferida a la persona se puede pasar a ofrecer argumentos en contra del sujeto en cuestión. Imaginemos, verbigracia, a un individuo del que se dice que es un auténtico gorila porque maltrata y aterroriza a su familia, porque tiene graves problemas con sus vecinos, porque muy constantemente cuando camina por la calle o va manejando adopta actitudes pendencieras, agrede a los transeúntes, maneja violentando las leyes de tráfico, es grosero con sus colegas, quiere imponerle su voluntad a todo mundo, etc. Podemos imaginar que, ante un energúmeno como ese, serían muy pocas las personas que osarían enfrentársele, dado que éste muy fácilmente perdería la paciencia y la cabeza, se exasperaría por cualquier cosa y su primera reacción sería amenazar o agredir físicamente a sus interlocutores. De todos modos y para consuelo de la gente, si bien la inmensa mayoría de las personas sería incapaz de controlarlo al menos la policía sí podría hacerlo y en última instancia se le podría obligar a seguir un tratamiento o de plano a internarlo en un hospital psiquiátrico en forma indefinida. ¿Cómo evaluaríamos la vida de una persona así? Se trataría obviamente de un agente esencialmente anti-social, peligroso, condenado a vivir en un estado permanente de ansiedad, violencia, auto-engaño, etc. Siguiendo con la historieta, podríamos enfatizar que no es que el individuo en cuestión hubiera nacido así sino que habría sido por una serie de vicisitudes, de incidentes psicológicos terribles, de vivencias que la persona habría resultado incapaz de integrar en su auto-biografía que en eso se habría convertido. Independientemente de todo, el resultado en todo caso sería el ya mencionado: nos las estaríamos viendo con un individuo socialmente dañino y psíquicamente trastornado.

Supongamos ahora que en lugar de una persona hablamos de países y que queremos determinar si hay entre éstos algún país que se conduzca, mutatis mutandis, como el demente imaginado más arriba. ¿Hay acaso en la Tierra hoy por hoy algún país que se comporte como el villano del que hablábamos, esto es, un país que sólo sepa amenazar, vivir de los demás, invadir, bombardear, destruir otros países, un país cuyo “destino manifiesto” no parezca ser otro que el de hacer la guerra permanentemente y al que sólo lo detengan in extremis países con su mismo potencial económico y militar? Yo creo que la respuesta es obvia y que sólo alguien completamente desinformado o alguien totalmente fanatizado podrían no saber cómo responder a ella. La respuesta, a mi modo de ver, salta a la vista y es simple: claro que hay un país así y sólo uno: los Estados Unidos de América. Me parece que un veloz recordatorio de hechos por todos conocidos bastará, pienso yo, para justificar mi contestación.

El siglo XX fue, a no dudarlo, el siglo de los Estados Unidos. Desde que prácticamente se apropiaron de Cuba tras humillar militarmente a los españoles expulsándolos de su último reducto en el continente americano, los Estados Unidos fueron acumulando sólo victorias y ello en todos los contextos. En el frente militar, inclinaron decididamente la balanza para que Alemania, que hasta 1917 tenía ganada la guerra, la perdiera de manera relampagueante y en forma ominosa. El triunfo de Francia y de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial fue real (como lo deja en claro la imposición del tristemente famoso “Tratado de Versalles”, fuente de todos los males que sobrevinieron después), pero lo cierto es que esos países quedaron agotados por la guerra y sin que se dieran cuenta ésta sentó las bases para el posterior desmoronamiento de sus respectivos imperios y para su sustitución por lo que sería la nueva gran potencia imperialista mundial. Con el super negocio que fue para los Estados Unidos la Segunda Guerra Mundial, éstos pasaron de gran potencia a primera potencia mundial, a superpotencia. Al iniciar la segunda mitad del siglo XX los norteamericanos estrenaron su nueva política, una política expansionista e imperialista, tomando como conejillo de Indias a Corea (quien quiera ver cómo ven los coreanos a los norteamericanos puede consultar la página de internet  https://www.rt.com/news/404958-north-korea-us-propaganda/. Sinceramente, no creo que haya mucha diferencia entre la percepción coreana y la iraquí, la iraní, la panameña, la cubana, etc., etc.). Y desde entonces (i.e., desde 1950) los Estados Unidos, como jinetes del Apocalipsis, no han dejado de llevar la destrucción y la muerte por todos los rincones del planeta. A diferencia de lo que pasó con los países europeos (Rusia incluida), los cuales tuvieron que pasar por un penoso periodo de reconstrucción, los Estados Unidos sólo se beneficiaron de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Su economía floreció, sus instituciones generaron en su país todo lo bueno que potencialmente podían generar: libertades individuales, crecimiento económico formidable, progreso científico y tecnológico incomparable, etc., al grado de poder presentarse desde mediados del siglo pasado como un modelo para el resto del mundo. Como ya dije, el hueco que dejaron franceses e ingleses de inmediato lo ocuparon los Estados Unidos, los cuales remplazaron con relativa facilidad a los imperios británico y francés, que ya eran para entonces imperios obsoletos y por lo tanto insostenibles.

Las cosas, sin embargo, poco a poco fueron cambiando. La brutal explotación de los pueblos y la descarada manipulación de los gobiernos de América Latina dieron lugar a múltiples manifestaciones de descontento, rebeliones y movimientos de liberación nacional. Surgieron los grandes héroes latinoamericanos como Sandino (Nicaragua), Camilo Torres (Colombia), el Che Guevara (Argentina/Cuba) y, desde luego, Fidel Castro (Cuba). La represión norteamericana en contra de los pueblos de América Latina, ejercida sobre todo mas no únicamente a través de dictadores y de gobiernos títere, fue brutal pero no por ello siempre o totalmente exitosa. Lo que en todo caso es indiscutible es que, a lo largo del siglo XX, los norteamericanos se fueron convirtiendo en los grandes expertos en golpes de estado, en programas de sabotaje y desestabilización de naciones enteras, en la práctica de la tortura y la experimentación de toda clase de armas prohibidas y  más en general en todo lo malo que uno pueda imaginar. Por otra parte, durante decenios la nefasta presencia norteamericana en el mundo se combinó a la perfección con el bienestar material de los norteamericanos y eso dificultó mucho que se percibiera la verdadera naturaleza de dicho estado. Pero las cosas, como dije, fueron paulatina y dolorosamente cambiando y, uno tras otro, los diferentes gobiernos de los Estados Unidos fueron revelando diversos aspectos de su verdadera naturaleza: su absoluta inmoralidad, su total desprecio por valores universales compartidos, su violación sistemática de derechos humanos, su recurso a toda clase de ilegalidades para alcanzar sus objetivos, su uso criminal de cárceles clandestinas y así ad libitum, todo eso envuelto naturalmente en la cada vez más odiosa retórica en torno a la democracia y la libertad. Pero además surgieron rivales, si bien rivales no corrompidos en su alma como ellos. Fue ya en este siglo que los Estados Unidos empezaron a sentir que su imperio no era realmente, como su ingenuidad ideológica y su propaganda política les hicieron creer, el “fin de la historia”. Desde luego que el proyecto imperialista norteamericano no llegó a su fin, pero sí llegó a sus límites y éstos no los fijaron ellos, sino que se los fijaron a ellos desde fuera. Si entendemos esto, podemos entender unas cuantas verdades, en función de ellas la situación política actual de los Estados Unidos y, por ende, la situación mundial.

Es innegable, me parece, que hubo en el pasado reciente sólo un país que introdujo un mínimo de balance y de equilibrio en el tablero de la política mundial después de la Segunda Guerra Mundial y por lo cual la historia todavía no le ha hecho justicia que fue, obviamente, la Unión Soviética. De no haber existido ese país, los Estados Unidos se habrían literalmente apropiado del planeta, serían ahora los amos del mundo y prácticamente todos, con excepción de Israel, seríamos sus vasallos y  sus colonias. Para sorpresa de los norteamericanos, la nueva Rusia, esto es, la Rusia que brotó de las cenizas de la URSS, la Rusia de V. Putin volvió a convertirse (a Dios gracias!) en una potencia militar a la que ya no pueden vencer. Naturalmente, dado el presupuesto dedicado a la tecnología y a la cultura de la guerra, los Estados Unidos siguen siendo en algún sentido el país más poderoso del mundo, pero por múltiples y bien conocidas razones eso ya no basta. Y, por el flanco económico (y también militar, aunque no todavía al mismo nivel), apareció la República Popular de China, guiada por un partido comunista que encontró la fórmula para darle trabajo y comida a más de mil millones de personas. Como todo mundo sabe y entiende, la guerra económica con China los americanos la tienen perdida. Pero al sentir y percibir que su poderío tiene límites, éstos reaccionan de la única manera como saben hacerlo: con amenazas, presionando, haciendo toda clase de trampas, rompiendo protocolos, tratados, acuerdos de toda índole (militares, comerciales, atómicos, etc.) con tal de seguir imponiendo su ley, sólo que su ley ya no vale como antes y de eso no parecen haberse percatado todavía. La diferencia con el sicótico imaginario de inicios del artículo es que no hay en el mundo una policía superior que pueda detenerlo, enjuiciarlo y encarcelarlo. Lo único que los detiene es, obviamente, su propio instinto de conservación.

Lo anterior ayuda a entender la política norteamericana que tiene en D. Trump al portavoz que corresponde con toda exactitud a esta etapa de su desarrollo. La administración Trump es la administración de la primera etapa de la decadencia norteamericana, la administración de las contradicciones y la de la gangsterización total de la política. No hay más que visualizar a sus actuales dirigentes, como M. Pompeo y al más burdo de todos, J. Bolton, que son como sacados de una película hollywoodense de mafiosos. El gobierno norteamericano no respeta leyes, principios, derechos de otros, no reconoce obligaciones, sólo sabe recurrir a la fuerza, al chantaje financiero, a la presión económica, a la manipulación del mercado. Eso son los Estados Unidos con los que el mundo tiene que lidiar. Y ello, creo que es más que obvio, atañe a México tanto como a Rusia o China.

Hay varias verdades que sería conveniente enunciar para poder entender la situación y actuar de manera sensata. Habría que señalar, para empezar, que en general los Estados Unidos nunca han sabido de diplomacia. Ellos no saben negociar; lo único que saben hacer es poner por delante a sus marines y a sus portaviones, dar de puñetazos en los escritorios, repetir como adocenados “todas las opciones están sobre la mesa” y sobre esa base imponer su voluntad. El imperio americano nunca fue un gran imperio. Julio César hizo de todos los habitantes en donde estaban estacionadas las legiones romanas ciudadanos del imperio romano. Los norteamericanos en cambio ponen el grito en el cielo porque unos cuantos miles de desplazados muertos de hambre (en gran medida, por su culpa) cruzan la frontera con México para irse a vender al mercado de trabajo más bestial que hay (para los inmigrantes, desde luego. Hay historias de esclavización de mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, etc., que uno simplemente no creería que son reales). Sus grandes proyectos para América Latina como la Alianza para el Progreso o el Plan Colombia o el Plan Mérida, aparte de que terminan en estrepitosos fracasos, no son más que procedimientos para controlar la producción y el trasiego de drogas, reforzar la represión, militarizar la vida cotidiana de los pueblos, impedir que los sectores en conflicto lleguen a acuerdos, etc. Nunca formó parte de los planes de los gobiernos de los Estados Unidos ayudar a otros países, a otros pueblos. La Unión Soviética llegaba a ofrecer hasta 400 becas anuales para estudiantes. ¿Cuántas ofrecen los norteamericanos?¿Siquiera 10? Si se produce una catástrofe en algún país, entonces con un poco de buena suerte llegará un avión con ayuda y eso es todo. Condonaciones de deudas sólo se han realizado cuando ya es obvio que los países en cuestión no podrán nunca cubrirlas y son deudas que para el presupuesto de los Estados Unidos son realmente insignificantes. Hace unos días, el gobierno norteamericano anuncio “grandes inversiones en Asia”. Uno habría pensado que trataba de inversiones en los sectores educativo, agropecuario, industrial, etc. No! Se trata exclusivamente de inversiones militares (bases, instalación de misiles, etc.). Eso es “inversión” para ellos. Los Estados Unidos mantienen bases militares en decenas de países  (en Alemania, por ejemplo, que no podría ser mejor descrita que como un país ocupado desde 1945). Pero, y este es el punto importante, lo que una política y un gobierno así significan es simplemente que tocaron fondo, que hasta allí llegaron. La situación de los norteamericanos se complica día a día. Están en guerra comercial con China, en tensión permanente con Rusia y se vislumbran por lo menos dos escenarios tétricos: Venezuela e Irán. Los gringos son incapaces de negociar, no saben llegar a acuerdos, sólo se les ocurre arrasar con el enemigo e imponer su mandato. Pero es obvio hasta para sus más confiados analistas que esta vez las cosas no van a ser tan fáciles. Y por si fuera poco, le tocó el turno a México.

Como todos sabemos, a través de su twitter, que fue el mecanismo por el cual el presidente Trump logró quitarse el bozal que le había puesto la prensa de su país, el presidente norteamericano amenazó con imponer a partir del 10 de junio aranceles (un 5 %  de impuestos al principio, incrementándose hasta llegar al 25 %) a los productos mexicanos que entren a los Estados Unidos si el gobierno mexicano no militariza sus fronteras e impide como sea el tránsito de indocumentados hacia nuestra frontera norte. Nótese que esa amenaza viene cuando los dos países (y Canadá) están a punto de firmar un nuevo tratado de “libre” comercio. Es así como tratan los gobiernos norteamericanos a sus aliados. Dichas amenazas, curiosamente, coinciden con la visita de la horrenda presidenta del Banco Mundial, Christine Lagarde, ave de mal agüero y representante de una de las peores fuerzas del aparato gubernamental estadounidense, esto es, el Fondo Monetario Internacional. Una vez más, estamos frente a la forma de reaccionar del discapacitado mental que no sabe hacer otra cosa que atacar a sus interlocutores. Yo creo que es muy importante que nosotros, los mexicanos, es decir, no sólo el gobierno, sino los ciudadanos comunes y corrientes, entendamos de una vez por todas quiénes son realmente ellos para nosotros, porque si somos incapaces de realizar un análisis frío, objetivo, crudo de nuestra relación, entonces no sabremos actuar y el país estará, en algún sentido importante, perdido. Porque sólo alguien muy ingenuo podría pensar que los tweets de Trump son simplemente exabruptos de alguien un tanto desequilibrado. Al contrario! Están muy bien pensados y calculados para generar reacciones negativas en México (como, por ejemplo, impedir que México tenga una moneda fuerte). En este caso se trata de poner de rodillas a un país que se está levantando. Pero ¿qué se puede hacer para aprovechar la crisis, una crisis creada deliberadamente y con las peores intenciones, esto es, para frenar el cambio iniciado por el actual gobierno y en la que quieren sumergir al país?

Las lecciones que hay que extraer son obvias. Lo primero que México tiene que hacer es empantanar en el Senado la aprobación del T MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá). Eso es imperativo. En segundo lugar, el gobierno mexicano y las agrupaciones patronales deberían hacer un super esfuerzo para diversificar sus relaciones comerciales. Eso es factible, porque otros gobiernos no son como el yanqui. Con ellos se puede dialogar, negociar para beneficio de ambas partes, que es lo que es imposible con los norteamericanos. Hay que incrementar nuestros niveles de comercio con China, con América Latina, con la Unión Europea. Eso es factible. Por ningún motivo debería México tener el 80 % de su comercio exterior con los vecinos del norte, porque eso es francamente estúpido: es ponerse uno mismo la soga al cuello, es darle al enemigo el arma para que con ella después lo aniquile a uno. Seguir en lo que hasta ahora se ha estado es desarrollar una política torpe de sumisión y dependencia casi absolutas, que es obviamente el legado de los gobiernos priistas y panistas. Se debería también desarrollar, a través de los libros de texto y de todos los mecanismos culturales a nuestro alcance, la visión correcta de lo que son para nosotros los norteamericanos, esto es, enemigos eternos, auténticas aves de rapiña, ladrones descarados (de agua, de petróleo (fracking), enemigos culturales, racistas incorregibles, etc. Se debería desarrollar una política de turismo para alentar los viajes a otros países (hay mucho más que ver, más bonito y más barato) y desalentar las idas al país del norte, en donde además de ir a dejar su dinero con lo que la gente se encuentra es con una policía casi criminal, violentísima e impune, con actitudes agresivas, inamistosas, etc. A los Estados Unidos casi sólo se puede ir a adquirir mercaderías y a embrutecerse en el consumo. Aparte de ir a idiotizarse a Orlando o a Disneylandia e ir a tomarse una foto con Tribilín o con el hombre araña como si fuera uno un retrasado mental: ¿qué más le ofrecen al turista medio los USA? Sólo consumo. No hay historia (hasta donde yo sé, nadie visita a los remanentes de  los habitantes originarios de Norteamérica). En verdad, ir por ejemplo a Nueva York sin las bolsas repletas de dinero es como ir al infierno! Hay montones de países a donde mexicanos deseosos de conocer el mundo podemos ir. No necesitamos ni sus playas ni su comida ni sus centros de entretenimiento. Todo eso es hipnosis cultural. Si muchos mexicanos van a los Estados Unidos como turistas es porque no están instruidos y no saben que hay otras opciones. El único gran incentivo para ir es, ya lo dije, la adquisición de mercancías. Se va a comprar cosas y se confunde eso con hacer turismo. Y es obvio que lo que los mexicanos debemos hacer es dejar de comprar en las tiendas productos norteamericanos hasta donde ello sea factible (muy difícil) y comprar todo lo que se pueda que provenga de China (viva Huawei!). Son ya demasiados los pueblos ofendidos, humillados, maltratados por los gobiernos norteamericanos, pero si sabemos reaccionar, tanto a nivel gubernamental como a nivel social e individual, quizá podamos todavía llegar a ver la transición deseada que nos lleve de la Pax Americana a la Mors Americana.

Heroísmo Periodístico y Libertad de Expresión

Como todos los seres vivos, las sociedades inevitablemente albergan en su seno organismos que plácidamente se nutren de ellas (se llaman ‘parásitos’) o que de una u otra manera las destruyen, pero también tienen, a manera de sistema inmunológico, mecanismos de defensa o, siguiendo con la metáfora, sus propios glóbulos blancos que trabajan para protegerlas y para permitir que se desarrollen, hasta donde ello sea factible, de manera equilibrada. Que esta lucha entre elementos sociales constructivos y destructivos se da no es un fenómeno particularmente difícil de corroborar y ello no sólo sobre la base de la experiencia, sino que inclusive (me parece a mí) podría elaborarse una concepción de la vida social enteramente a priori que dejara en claro que ésta tiene que contener, so pena de dar lugar a un cuadro fantástico, tanto agentes sociales malignos, perversos, enfermos o decadentes como elementos positivos, constructivos, benéficos e impulsores del progreso. Dicho de otro modo, no es imaginable (aunque sea lógicamente posible) una sociedad en la que no hubiera ladrones, cobardes, mentirosos, abusivos o traidores, pero precisamente para mantener el equilibrio tiene que haber también en toda sociedad real gente valiente, emprendedora, leal, honesta, generosa, patriota. Quizá podría tratarse de encontrar alguna ley que estableciera correlaciones más o menos sistemáticas entre el estado de descomposición de una sociedad y la proliferación de sus parásitos, bacterias y células cancerígenas y demás, sólo que para intentar algo así habría que ser un erudito en historia, alguien muy hábil para delinear modelos utilizables en teorías sociales y además tener facultades discursivas excepcionales, por lo que me declaro de entrada incompetente para una labor de esas magnitudes. Lo que en cambio sí podemos hacer es externar algunas consideraciones más o menos abstractas, intentando no ser declaradamente superficial y sin olvidarnos de aplicar a nuestro contexto lo que podamos decir de manera general. Quisiera entonces, a manera de preámbulo, hilar unas cuantas palabras en torno a la figura del héroe. Espero desde luego que al final de la argumentación la concatenación de ideas resulte inobjetablemente transparente.

Es un hecho que la figura del héroe siempre ha atraído la atención de la gente. En realidad, la configuración del concepto de héroe es bastante compleja y en particular lo es la psicología del héroe. En general, éste es un personaje admirable. En la tragedia griega, por ejemplo, el héroe es exaltado por sus virtudes pero sobre todo porque lucha por algo inclusive a sabiendas de que está perdido. En el caso de la tragedia griega son valores como la perseverancia, la valentía, la fuerza de voluntad, el deseo de que se haga justicia, etc., los que se realzan a través de un personaje que los encarna y que lucha inclusive contra los designios de los dioses. Ahora bien, el héroe tiene multitud de cualidades algunas de las cuales pueden ser también características de otros seres humanos sin que por ello éstos sean héroes o que se corra el riesgo de confundirlos. O sea, el héroe puede compartir muchos rasgos con villanos de la más variada estirpe, pero nadie normal tomaría a uno por el otro. Sin duda un sicario o un fanático del futbol pueden ser personas valientes, pero difícilmente diríamos que son héroes. Y es que para ser héroe se requiere además de ciertos rasgos de personalidad que se luche por una causa noble. Podría señalarse que, al igual que un héroe, un religioso que ve amenazada su fe puede inmolarse o, como Sansón, destruir todo un templo con él dentro con tal de acabar con los enemigos de su fe, pero eso no es ser héroe sino mártir. Ciertamente los conceptos de mártir y de héroe están emparentados, pero hay grandes diferencias entre ellos. Al mártir lo acompaña su fe en la victoria final, pero el héroe puede no tener semejante consuelo. El héroe no lucha por él ni por la salvación de su alma, sino por los demás. Si el héroe lucha hasta el final sabiendo de antemano que todo está perdido no lo hace porque sea alguien que calculó mal, un derrotista o un suicida en potencia, sino porque es movido por una causa impersonal más fuerte que su voluntad y a la cual él de motu proprio se subordina. Y, generalizando para facilitar la exposición, yo diría simplemente que dicha causa es casi siempre la misma: en general, el héroe sucumbe en aras del bienestar de otros y podríamos decir, dependiendo de la situación, del bienestar general. Naturalmente, este sacrificio es físico o material, no meramente intelectual. El héroe no nada más arguye, sino que actúa; sus retos no son meramente verbales, sino de decisiones y de acciones.

Por otra parte, dada la estructura y la complejidad de la vida del ser humano en sociedad no debería sorprendernos el que nos encontráramos con héroes en prácticamente todos los contextos: hay héroes políticos, guerreros, artísticos, del deporte, del trabajo, del conocimiento, etc. Dicho de otro modo, en todos esos contextos habrá siempre gente viciosa, malévola, egoísta, corrupta, etc., o, en el mejor de los casos, simplemente gente sencilla que no se desvía de su sendero vital y que no descuella ni por su maldad ni por su heroísmo. Pero en todo caso una cosa es clara: los intereses del héroe no son nunca los propios. El héroe no pelea por “lo suyo”, por “lo que le pertenece”, por “lo que le corresponde”. Esa no es su actitud. Yo casi me atrevería a proponer la estipulación lingüística según la cual si hay intereses de por medio, entonces se podrá quizá hablar de un luchador pero no ya de un héroe. Sin este elemento de intereses impersonales el carácter heroico desaparece. Después de todo, nadie se convierte en héroe por tratar de obtener lo que le conviene. Por otra parte, es obvio que el héroe se distingue por tintes trágicos porque lucha siempre en contra de fuerzas superiores. Para el héroe es evidente que

À vaincre sans péril, on triomphe sans gloire

(Al vencer sin peligro, se triunfa sin gloria. Le Cid, Racine)

No porque un grandulón le gane a unos infantes una carrera de obstáculos se convierte en un héroe. Una victoria así no tiene ningún valor; en cambio, en el caso del héroe el valor tanto de su derrota como de su potencial victoria está garantizado. Por último, me parece importante señalar que la alharaca social, la auto-evaluación elogiosa, el ansia de publicidad y ambiciones como esas son lo más ajeno que pueda haber al héroe. El verdadero héroe, en lo que concierne a su persona, ama el silencio, actúa sin llamar la atención sobre sí, simplemente cumple con su deber. Si se vuelve alguien conocido o no, eso es una contingencia irrelevante para su conducta. Evidentemente, no todos pueden ser héroes, por lo que la conducta del héroe sencillamente no es generalizable; es más bien única.

Hay dos hechos en relación con el héroe que me parecen de primera importancia: primero, que se trata de un ser que reconocemos o identificamos por su conducta y, segundo, que se trata de alguien que se constituye en un referente para los demás, en alguien que sirve de guía, de modelo, de ejemplo para otros. El héroe es siempre, tiene que ser un personaje de sus tiempos, de su cultura. Desde luego que admiramos a los héroes del pasado, pero los que nos impactan son los héroes de hoy, porque al saber a qué fuerzas se oponen nos resulta más fácil comprender la magnitud de su esfuerzo. Ahora bien, es precisamente de un héroe contemporáneo de quien quiero decir aunque sea unas cuantas palabras.

Como dije más arriba, son múltiples las modalidades del heroísmo. En la actualidad, sin duda alguna una forma de ser heroico es lo que podríamos llamar el ‘heroismo periodístico’ o, si se prefiere, el ‘heroísmo cibernético’. ¿Cómo se es heroico al ser periodista? Por ejemplo, dando a conocer datos prohibidos y que los gobiernos o corporaciones como los bancos mantienen ocultos, informando a la gente acerca de sucesos que le abren los ojos aunque sea un poquito y ayudando a que se dé cuenta de cuán manipulada ha sido por sus gobiernos y por la prensa y la televisión estándar. Y si esa labor es efectuada a sabiendas de que se corren grandes riesgos, no hay duda de que se cumplen todas las condiciones semánticas para poder hablar legítimamente de “periodistas heroicos”.

Yo pensaría que lo he señalado sobre el heroísmo en relación con el periodismo a nosotros aquí en México nos debería resultar auto-evidente, porque de hecho tenemos muchos héroes de esa clase. En efecto, mucha gente (tanto hombres como mujeres) respetable, trabajadora, buscadora de la verdad, ha sido no sólo amenazada sino masacrada por haber denunciado crímenes de toda índole, por haber protestado ante injusticias flagrantes, por no haberse quedado callados ante los contubernios y la impunidad de la más variada fauna de delincuentes y políticos. En este sentido, lamentablemente, México es un país de héroes y, según las estadísticas, de hecho el país más peligroso del mundo para reporteros y periodistas (después de Siria y Afganistán, países invadidos por los Estados Unidos, directamente en el segundo caso y a través de mercenarios en el primero, como todo mundo sabe). No estará de más recordar que aquí se crearon la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra Periodistas y posteriormente la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión. Sin duda, instituciones así son muy laudables sólo que habría que confrontarlas con los hechos porque, al menos hasta donde yo sé, de los más de 140 casos de asesinatos de periodistas ocurridos en los últimos años no se ha resuelto uno solo! Se pueden crear las fiscalías que se quiera, pero si esa es la clase de resultados que van a dar pues es obvio que estaremos frente a un caso más de auto-engaño a la mexicana (que es de lo más burdo, dicho sea de paso). Lo que en todo caso es innegable es que los periodistas caídos son auténticos héroes. El que su trabajo sea más bien de carácter local no mengua en lo más mínimo su heroísmo, por su valentía, su tesón y la fuerza de sus convicciones. Ahora bien, sin que ello influya en demérito de estos grandes luchadores sociales, quiero señalar que hay un periodista no local sino más bien internacional acerca del cual quisiera decir unas cuantas palabras porque, a menos de que yo esté completamente equivocado, es al igual que el más sencillo de los periodistas asesinados en este país, un héroe del periodismo sólo que a nivel global. Me refiero a Julian Assange.

Dado que no es un trabajo de reportaje lo que estoy haciendo y que Assange es un personaje mundialmente conocido, me limitaré a proporcionar tan sólo unos cuantos datos para centrar la exposición. Julian Assange es un ciudadano australiano que hizo (sin terminarlos) estudios de física, de matemáticas, de ciencias sociales y luego se adentró en el mundo del periodismo. Siendo periodista obtuvo muchos e importantes premios (por The Economist, Amnistía Internacional, CNN, Al Jazeera English y muchos más) y en muy diversos países. Interesado en asuntos de política internacional y ferviente defensor de la vida democrática, Assange intentó primero fundar un partido político, The WikiLeaks Party, pero al fracasar su proyecto terminó fundando “WikiLeaks”, esto es, una plataforma desde la cual se dedicó a hacer públicos cientos de miles de documentos clasificados como “secretos” sobre todo por el Pentágono y el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Al hacer eso, Assange sabía (como todo héroe) que estaba jugando con fuego, que lo iban a perseguir hasta el último rincón del planeta y que tratarían por todos los medios no sólo de impedir que siguiera filtrando documentos, sino que siguiera viviendo. Pero vale la pena preguntar: ¿qué fue lo que Assange denunció que tanto preocupó al gobierno norteamericano? Básica mas no únicamente, algunas de las múltiples barbaridades de los militares estadounidenses durante el bombardeo de Bagdad y de las bestialidades cometidas en la guerra en Afganistán. Por ejemplo, hay filmaciones que obviamente fueron totalmente hackeadas y en las que se ve cómo desde drones se ametralla a ciudadanos iraquíes indefensos sólo porque los militares norteamericanos sospechan que pueden estar portando armas. Usando un léxico extremadamente cínico y ya muy conocido, los militares que operan los drones, que dan instrucciones, etc., llaman a todas las matanzas de inocentes equívocamente ‘daños colaterales’. No sé de ninguna persona normal que haya visto esas escenas y no se haya indignado por la prepotencia del invasor yanqui y por la terrible conciencia de la impotencia para actuar. Lo que los soldados norteamericanos hacen, en Asia y a donde vayan, es sencillamente espantoso, horrendo.

Como insinué más arriba, al delinearse en contraposición a sus enemigos, Assange le quita la máscara al soldado norteamericano, un soldado siempre presentado por Hollywood y por la prensa mundial como un soldado liberador, defensor de la democracia y permanentemente envuelto en el ya bien consabido “bla-bla-bla” sobre la libertad, los derechos humanos y demás que ese enfoque mentiroso acarrea. Pero, permitiéndonos razonar de manera simplona, podemos afirmar lo siguiente: Assange ciertamente no es un delincuente, no es un traficante de drogas o de personas, no pretende al menos hasta donde se le conoce, lastimar a nadie, dañar a nadie, perjudicar a nadie en particular. Inferimos que eso es precisamente lo que sus adversarios quieren. Pongámoslo de esta manera: el gobierno de los Estados Unidos quiere “castigar” a (o sea, vengarse de)  Assange por haber “filtrado” (es decir, por haber hecho del dominio público información que ocultaban pero a la que los ciudadanos tienen en principio derecho a acceder) información concerniente a terribles violaciones de derechos humanos cometidas por el ejército de ocupación norteamericano, entre otras cosas. Esta información es obviamente crucial, porque por ejemplo tanto a nosotros, simples ciudadanos, como a los gobernantes y las personas que ocupan puestos clave en los gobiernos nos queda claro qué es lo que pasaría si, por ejemplo, el gangsteril gobierno norteamericano invadiera Venezuela. Los venezolanos ya están advertidos gracias a Assange sobre lo que les pasaría, sobre lo que pueden esperar en caso de invasión y por lo tanto se les previene respecto a lo que deben hacer ya! O sea, no sabemos qué harían los colombianos o los mercenarios brasileños o quienes sean si invadieran Venezuela, pero de lo que no tenemos dudas es de los que los norteamericanos harían. El héroe Assange ya nos abrió los ojos.

El destino de Assange es, no cabe duda, el de un típico héroe. ¿Qué pasó con él? Después de diversas vicisitudes y siendo perseguido por todas lados, encontró un refugio en la Embajada de Ecuador en Londres. El gran presidente ecuatoriano de ese país por aquel entonces (2011), Rafael Correa, le concedió el status de asilado político. Assange pasó 7 años en lo que de hecho equivalía a una prisión y no fue sino hasta que el nuevo presidente (quien fuera vice-presidente del presidente Correa!), un tal Lenin Moreno (un ejemplo formidable de alguien que no le hace honor al nombre) simplemente se lo regaló al gobierno norteamericano, ofreciendo una ridícula explicación de su decisión y dejando ver de paso que héroe es precisamente lo que él no es. Actualmente, Assange está encarcelado en Londres en espera de ser enviado o a Suecia, en donde tiene un juicio pendiente por acoso sexual y violación (algo que podría tener una explicación política) o (lo peor que puede suceder) de ser entregado a los Estados Unidos, en donde le esperaría un juicio militar que fácilmente podría concluir con una sentencia de muerte. Independientemente de lo que venga, pase lo que pase, Assange ya demostró que es un héroe.

Ahora bien, que Julian Assange sea un héroe es un hecho que debería hacernos reflexionar y a extraer al menos dos conclusiones importantes. Primero, que debemos aclamarlo como tal, es decir, manifestar públicamente, en forma oral o por escrito, nuestra admiración por su valentía, nuestro respeto por sus valores y nuestro total repudio por la persecución de la que ha sido objeto, porque a final de cuentas es una persona que trabajó para nosotros, los ciudadanos del mundo, alguien que no se dejó comprar, alguien que reconoció valores superiores y más importantes que su propio bienestar. Y, segundo, que debemos tratar de emularlo, que nuestro respeto no puede limitarse a una aprobación meramente verbal. Lo que quiero decir es que si efectivamente sentimos respeto por este héroe mundial del periodismo, entonces tenemos que mostrar que aprendimos a anteponer a nuestros propios intereses personales los intereses de las grandes mayorías, a no dejarnos chantajear por minorías exaltadas de la índole que sean, a no dejar imponernos las modas del momento o no dejarnos intimidar por los caprichos de maras no ya de déclassés involuntarios sino de pseudo-intelectuales intoxicados por alguna que otra idea delirante. Así son las lecciones de este caso particular de heroísmo.

No estará de más preguntarse: ¿por quién hizo Assange todo lo que hizo? Por ti, lector, por mí, por todos nosotros. ¿Quién es su enemigo? El enemigo de los ciudadanos del mundo en general: el gobierno putrefacto de los Estados Unidos, curiosamente el gobierno más poderoso del mundo y a la vez totalmente esclavizado por unas minorías ultra-privilegiadas que supieron acaparar la riqueza producida por el trabajo de todos los habitantes del planeta, un mero instrumento de la banca mundial y del complejo militar industrial más despilfarrador y destructor de la historia, el gobierno más hipócrita que uno pueda imaginar, un gobierno que mancilló la democracia convirtiendo dicha noción en un mero escudo ideológico para justificar sus inenarrables intervenciones criminales a lo largo y ancho de los cinco continentes. Lo que con su sacrificio Assange dejó en claro es que en esta sociedad, en esta cultura, en este modo de vida la libertad de expresión y de pensamiento es el valor supremo, un bien que tenemos que defender contra viento y marea porque de nuestra voluntad y de nuestra capacidad de hacerlo en todos los contextos depende nuestro futuro como seres autónomos y porque de no hacerlo estaremos permitiendo que se convierta al género humano en un mero conglomerado amorfo de máquinas vivientes.

Bertrand Russell – In Memoriam

El 18 de mayo de 1872, o sea, hace prácticamente 147 años, nació en Trelleck, Gales, el gran filósofo inglés, Bertrand Russell. Es un hecho desafortunado que mucha gente que no participa de la filosofía siga sin tener siquiera una pálida idea de quién fue ese gran hombre, pero lo que resulta realmente escandaloso es que lo mismo pase con mucha gente que se mueve en ambientes académicos e inclusive en medios filosóficos! Yo podría dedicarme a llenar estas páginas con datos biográficos o presentar algunos de sus puntos de vista (logicismo, realismo estructural, etc.) para intentar colmar el hueco. Siento, sin embargo, que este no es el sitio apropiado para discutir filosofía y que limitarme a proporcionar datos equivaldría a redactar un texto indigno del hombre cuya remembranza hacemos. Sin duda, habrá que mencionar algunos hechos pero más bien me interesa destacar algunas cualidades de la multifacética personalidad de quien sin duda es el filósofo tradicional más prominente e ilustre del siglo XX. Por qué me refiero a él como un “filósofo tradicional” es algo sobre lo que diré unas cuantas palabras más abajo.

A Russell la vida lo favoreció socialmente desde su nacimiento, ya que lo hizo un vástago de miembros de la nobleza británica, pero sobre todo fue la naturaleza la que lo favoreció al dotarlo con una inteligencia absolutamente excepcional. Esta inteligencia lo encaminó primero por el mundo de las matemáticas y la lógica y muy rápidamente después por el de la filosofía. Russell fue un hombre completo, alguien que se desarrolló en el plano intelectual, como filósofo de primer orden, en el biológico y social, pues se casó en varias ocasiones (4) y tuvo tres hijos (dos con la segunda esposa y uno con la tercera) y en el político (fue anti-monarquista, pacifista, demócrata sin entusiasmo y anti-imperialista norteamericano en su última fase). Quisiera muy rápidamente decir unas cuantas palabras que de uno u otro modo versan sobre estos aspectos de su vida.

Un muy respetable filósofo australiano, autor de un espléndido libro intitulado ‘One Hundred Years of Philosophy’ (‘Cien Años de Filosofía’), viz., John Passmore, dice algo en su recuento de ideas que se me grabó desde la primera vez que lo leí, hace ya unos 40 años. Dice Passmore hablando del primer gran libro de Russell: …

Los Principios de las Matemáticas (1903) dejaron perfectamente en claro por primera vez que una nueva fuerza había entrado en la filosofía británica.

Eso era Russell: una nueva fuerza que, se quisiera o no, habría que tomar en cuenta. Russell escribió más de 60 libros, de calidad variada, muchos libros “orgánicos” y muchas también colecciones de ensayos, pero hay cuatro libros que son, me parece, los fundamentales de su obra. Éstos son:

The Principles of Mathematics (Los Principios de las Matemáticas (1903)),

The Analysis of Mind (torpemente traducido como ‘Análisis del Espíritu’ (1921))

The Analysis of Matter (Análisis de la Materia, 1927), y

Human Knowledge: its scope and limits (El Conocimiento Humano: su alcance y límites (1948)).

Russell escribió también un célebre artículo, “On Denoting” (“Sobre el Denotar” (1905)) que más de uno consideraría como más importante que los otros cuatro libros juntos, pero como no es mi objetivo aquí y ahora entrar en detalles no me pronunciaré al respecto. No obstante, sí ratifico la apreciación general del ensayo mencionado y creo que muy probablemente lo calificaría como el más importante del siglo XX.

Además de filósofo imposible de ignorar, Russell fue también una figura pública y de vanguardia en más de un sentido. Interesado como tantos otros pensadores en la formación del alma, junto con su segunda esposa Russell tuvo una escuela pionera que, por muy diversas razones, terminó en un fracaso. No obstante, que como negocio la escuela haya terminado en un fiasco no impidió que él nos legara por lo menos dos libros con múltiples pensamientos útiles concernientes a la educación infantil. Como a menudo pasa con otros grandes sabios, muchos de los puntos de vista que ahora son lugares comunes eran opiniones extravagantes y hasta revolucionarias en los tiempos en los que él las emitía. Por si fuera poco, Russell fue también un brillante líder de opinión y en más de una ocasión el valor que le adscribía a la libertad de pensamiento y de palabra lo puso en aprietos y le generó graves problemas con autoridades y con diversos grupos de poder. Por razones que daré más abajo, por ejemplo, su protesta (pública, como debe ser para que tenga algún valor)  por la presencia de tropas norteamericanas en Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial lo enfrentó al gobierno de Su Majestad, confrontación que terminó en su encarcelamiento. Ciertamente, los meses que pasó en la cárcel no los pasó en las condiciones de los delincuentes del fuero común, pues aparte de noble ya para entonces era un hombre conocido y respetado en su país natal (y no sólo en él), pero lo que sí hizo (y que no muchas otras personas habrían hecho) fue aprovechar su tiempo para escribir un muy bonito libro intitulado ‘Introduction to Mathematical Philosophy’ (‘Introducción a la Filosofía Matemática’). Aunque hubo alguien que se lo criticó ferozmente, y no sin razón, no deja de ser cierto que es una magnífica presentación del logicismo y que, dejando de lado los tecnicismos propios de la temática, contiene algunos ejemplos y algunas frases impactantes que son simplemente inolvidables. Permítaseme dar un par de ejemplos.

Supóngase que alguien oye decir a otra persona que Hamlet era rey de Dinamarca y que alguien más dice que Napoleón era el emperador de los franceses. Cabe preguntar: ¿qué diferencia hay entre el ‘era’ de Hamlet y el ‘era’ de Napoleón?¿Se usan acaso en el mismo sentido y si no cómo se diferencia uno del otro? Nosotros sabemos que Hamlet es un personaje de ficción y que Napoleón era más real que una mole de piedra, pero ¿cómo se les distingue y sobre todo cómo se explica su diferencia ontológica? Parte de la explicación de Russell consiste en decir que “si nadie pensara acerca de Hamlet, no quedaría nada de él; si nadie hubiera pensado acerca de Napoleón, él muy pronto se habría ocupado de que alguien lo hiciera”. Y luego añade: “El sentido de realidad es vital en lógica”. Dicho de otro modo, de los objetos de la imaginación podemos desentendernos, pero no nos conduzcamos del mismo modo con los objetos de la realidad, porque éstos de una u otra forma nos harán entender que están allí y que hay que tomarlos en cuenta, so pena de llevarnos desagradables sorpresas.

No hay nada más fácil, al hablar de lógica, que caer en la tentación de multiplicar entidades y postular nuevos reinos del ser. Eso es relativamente fácil de hacer porque en lógica se trabaja con meras fórmulas a pesar de lo cual se habla de verdad y de falsedad. Resulta entonces normal hablar, inducidos además por la estructura del lenguaje natural, de “hechos lógicos”, de “realidades lógicas”. Desde la perspectiva de Russell, el asunto no es tan simple. Nos dice:

La lógica, yo sostendría, no tiene que admitir unicornios más de lo que puede hacerlo la zoología; porque la lógica se ocupa del mundo real tan en verdad como la zoología, aunque en sus rasgos más abstractos y generales.

Contrariamente a las fantasías desbordadas de muchos lógicos, Russell nos hace el sano recordatorio de que después de todo

Hay sólo un mundo, el mundo “real”.

Esa es buena filosofía de la lógica.

En 1939 Russell se encontraba con su tercera esposa y sus hijos en los Estados Unidos en una gira de trabajo cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Obviamente a partir de ese momento no era ni factible ni deseable regresar a Inglaterra, de manera que Russell y su familia se tuvieron que quedar en el país cuya maquinaria de expansión y dominio a nivel mundial estaba ya en movimiento. Su estancia en los Estados Unidos, sin embargo, no fue lo placentero que uno hubiera podido imaginar. Era ciertamente un inmenso y rico país, alejado de todos los problemas que tenían los europeos (bombardeos, hambrunas, matanzas, etc.) y donde, era de suponerse,  habría podido vivir tranquilamente. Pero no fue así. Nunca faltan los fanáticos cuya mayor aspiración es, siendo ellos incapaces de entrar en debates serios, impedir que otros digan lo que piensan. De ahí que al renunciar a un trabajo en California por uno en Nueva York Russell inadvertidamente se puso la soga al cuello. Tuvo entonces que enfrentar un desgastante juicio por toda una serie de calumnias concernientes a sus escritos sobre sexualidad, juicio que le cerró las puertas de la universidad en donde se suponía que iba a trabajar y de todas las demás! De manera que en los Estados Unidos el co-autor de Principia Mathematica no era apto ni para dar cursos de licenciatura! Después de múltiples vicisitudes, escribiendo hasta en revistas de moda para poder comprar comida para su familia, las cosas fueron cambiando y finalmente en 1944 regresó a Inglaterra. La coyuntura en la que se encontró es interesante y explica muchas de las cosas que le sucedieron posteriormente.

Cuando Russell regresó de los Estados Unidos se encontró con una Europa dividida, una división que habría de oficializarse y de llevarse al extremo a partir del famoso discurso de Churchill sobre una “cortina de hierro” dividiendo a Europa en dos, en una clara alusión al “hombre de hierro”, esto es, a Stalin. Y Russell, quizá muy influido por su estancia en los Estados Unidos o por añejas convicciones ya muy enraizadas en él, tomó abiertamente partido por su mundo, esto es, por “Occidente” y desarrolló a su manera su propia campaña anti-soviética. Por ejemplo, apareció en varias ocasiones con el uniforme del ejército norteamericano hablando en nombre de “libertad” y de la “democracia” y en una carta privada que él autorizó que fuera publicada, llegó a sugerir, a la manera de un vulgar consejero de seguridad de la Casa Blanca, bombardear la URSS con armas atómicas si ésta no desistía en su empeño de obtener la bomba atómica, hasta entonces privilegio indiscutido de los estadounidenses. Sin duda alguna como premio a su labor voluntaria de desprestigio del socialismo real, en 1950 le fue concedido el premio Nobel de literatura, dado que no hay de filosofía, que era lo que realmente le hubiera correspondido. El libro por el que recibió el premio fue un libro de los años 30 intitulado ‘Matrimonio y Moral’. Todo esto nos da una vaga idea de cómo era su vida que, aunque no exenta de conflictos (como su tercer divorcio) era básicamente exitosa. Pero falta algo esencial en ella que no hemos mencionado, algo que tiene que ver a la vez con su grandeza, con su gloria y con su decadencia. Ahora bien, para saber a qué aludo tenemos que regresarnos a la segunda década del siglo XX, porque fue en aquellos años que el destino volvió a favorecerlo asignándole la tarea de descubrir, orientar e impulsar al filósofo más trascendental del siglo XX: Ludwig Wittgenstein.

Cuando Russell era indiscutiblemente el intelectual número uno en el mundo británico apareció de improviso un joven austriaco, de unos 23 años (teniendo él a la sazón unos 40), el cual había sido dirigido hacia él para trabajar en lógica por el gran lógico alemán, Gottlob Frege. Se trataba de alguien que había estudiado ingeniería aeronáutica en Manchester y que se había interesado por los problemas planteados en el gran libro de Russell ya mencionado, Los Principios de las Matemáticas y que llegaba a Cambridge justamente para trabajar con su autor. Siendo Russell un miembro distinguido de la crema y nata de la sociedad y de la academia británicas y por lo tanto alguien muy apegado a las reglas de trato, de etiqueta, etc., el encuentro con un recién llegado que hacía preguntas un tanto impertinentes porque no eran tan fáciles de responder, que insistía en discutir después de las clases, algo completamente inusitado, que se presentaba intempestivamente en sus habitaciones del college (!) era al principio sorprendente y después un tanto molesto, sólo que muy rápidamente Russell entendió que se las estaba viendo con alguien realmente excepcional, alguien  como no había otro en Cambridge ni en el mundo académico que él conocía. Ese alguien era Ludwig Wittgenstein. Russell, por  su parte, tuvo la sensibilidad para muy rápidamente detectar al genio y la grandeza para querer verlo brillar, para incitarlo a pensar y casi para pedirle que juntos incursionaran en el mundo maravilloso de la especulación filosófica de primer nivel. Al inicio, naturalmente, su maestro, luego su colega y al final su rival, lo cierto es que el encuentro de Russell con Wittgenstein fue formidable y es difícil no ver en  ello la mano de Dios. Es como si Mozart se hubiera encontrado con Beethoven o Diego Rivera con Miguel Ángel o Aristóteles con Leibniz o César con Napoleón o algo por el estilo. Sin duda este encuentro, que marcó la vida de Russell para siempre, amerita unas cuantas palabras más.

Por alguna extraña razón, muchos han querido ver y siguen viendo en Russell a un ser frío, enteramente racionalista, un lógico imperturbable, una computadora viviente, un individuo si no ajeno sí muy por encima de las pasiones y las emociones de los humanos. Los hechos, sin embargo, le dan el mentís a este cuadro, así como se lo da su hija en su libro My father, Bertrand Russell (Mi padre, Bertrand Russell). Dejando de lado múltiples aspectos de su relación, al final de su escrito ella ya no logra contenerse y como si estuviera gritando a todo pulmón nos cuenta que su papá fue no sólo un super instructor, un maestro, sino también un padre cariñoso, que la cuidó con gran delicadeza y un ser que ella extrañaba con toda su alma. Y yo estoy de acuerdo con ella. Es cierto que Russell era inglés, que era un aristócrata, que era un lógico, un gran pensador, un hombre lleno de intereses impersonales, un visionario, pero también era una persona que, cuando había material para ello, no dudaba en expresar sus emociones y sus sentimientos como cualquier mortal. Y hay una prueba contundente de ello: su relación con Ludwig Wittgenstein, por lo menos hasta su re- encuentro después de la Gran Guerra, en la Haya, en 1919. En dos palabras la historia es esta.

Cuando Russell, con gran perspicacia, se da cuenta de la clase de genio que tiene enfrente, lo que nace en él es, primero, un gran sentido de responsabilidad. Wittgenstein a sus ojos muy pronto dejó de ser un hombre al que se le pudiera a la ligera dejar partir. Entran ellos entonces en la fase de cooperación lógica y filosófica, llevando él todavía (por así decirlo) la batuta, si bien con una mano cada vez más temblorosa. Pero Wittgenstein no era un hombre paciente y muy pronto, actuando en el marco creado por su maestro, lo rebasa y lo que hace es ….filosofía russelliana de mejor calidad que la del propio Russell! Contrariamente a como habría reaccionado la mayoría de la gente, Russell estaba sencillamente encantado. A la hermana de Wittgenstein que lo visita en Cambridge le dice: “Aquí todos esperamos que el próximo gran paso en filosofía sea su hermano quien lo dé!”. Naturalmente, ‘todos’ significa él mismo y por ‘filosofía’ entiende la de él, porque ¿quién más habría podido juzgar el trabajo de Wittgenstein y quién en Gran Bretaña estaba a la cabeza de la filosofía profesional? Independientemente de todo eso, Wittgenstein se desaparece, pues decide primero irse a vivir a Noruega y, al estallar la guerra, se ofrece como voluntario para defender a su país, se enrola en el ejército y parte como soldado raso para el frente. ¿Y qué le pasa entonces a Russell? No se desploma, pero no hay quien lo consuele. Él no sólo sabía que se perdía un hombre absolutamente excepcional, sino que ese individuo era alguien a quien él había llegado a querer entrañablemente, como se quiere a un hijo, alguien fantástico a quien en alguna medida él había ayudado a forjar, quien en algún sentido era también su creación. Y entonces, sin dejar de pensar en su antiguo alumno y amigo, que es como lo describe en diferentes lugares, Russell se vuelve pacifista. Pensándolo muerto, Wittgenstein le inspira la redacción de un libro a la vez hermoso y profundo, injustamente olvidado, que se llama ‘Principles of Social Reconstruction’ (Principios de Reconstrucción Social). En dicho libro, de manera solapada, casi como en clave y comprensible sólo para quienes conocen su vida y lo leen con empatía, Russell da rienda suelta a su tristeza, a su enojo, a su desconsuelo, un desconsuelo no compartido ni comprendido por nadie en Cambridge. Vale la pena citar parte del último párrafo del libro. Dice Russell:

Fue una gran fortuna para mí entrar en contacto como maestro con jóvenes de muy diferentes naciones – jóvenes en los que la esperanza estaba viva, en los que la energía creativa que existía habría realizado en el mundo una parte al menos de la belleza imaginada por la cual vivían. Fueron absorbidos por la guerra, unos de un lado, otros de otro. (…). Alguien debe gritar: ‘No, esto no es correcto; esto no está bien, esto no es una causa santa, en la que la luminosidad de la juventud es destruida y atenuada. Somos nosotros, los viejos, quienes pecamos; mandamos a estos jóvenes al campo de batalla por nuestras malas pasiones, nuestra muerte espiritual, nuestro fracaso en vivir generosamente del calor del corazón y de la visión viviente del espíritu. Salgamos de esta muerte, porque somos nosotros quienes estamos muertos, no los jóvenes que han muerto por nuestro miedo a la vida. Sus fantasmas mismos tienen más vida que nosotros: ellos nos mantendrán para siempre en la vergüenza y en la deshonra, por los tiempos que vengan. De sus fantasmas tiene que venir la vida y es a nosotros a quienes tienen que vivificar.

El texto es obviamente el de una confesión, pero ¿es la confesión de un hombre frío y calculador, de un geómetra de los sentimientos, de un lógico de los afectos? Nada de eso! Lo que se expresa en esas palabras es un auténtico amor de padre pasado por el prisma de una inmensa admiración intelectual por parte del intelectual más grande de Inglaterra. Pero aquí no termina esta saga. Veamos por qué.

Wittgenstein tenía una personalidad muy diferente de la de Russell, pero era simplemente imposible que no se percatara de la calidad y la brillantez de su intelecto. Tan quedó impactado Wittgenstein por Russell que cuando 15 años después de haber dejado Cambridge regresa a Inglaterra lo hace no para visitar a alguno que otro conocido (siendo quizá su más íntimo amigo Maynard Keynes, que no era filósofo), sino con un único gran objetivo en mente: volver a trabajar con Russell. Esa es la única explicación real de su regreso a Cambridge. Pero es entonces que se produce el desastre. Ya lo había dicho Cervantes en su introducción a la segunda parte de Don Quijote: “Nunca segundas partes fueron buenas”. Para cuando Russell y Wittgenstein se vuelven a encontrar profesionalmente el panorama ya había cambiado y las condiciones eran distintas. Russell seguía siendo el filósofo más grande de habla inglesa pero sólo sabía hacer filosofía como lo había hecho siempre, esto es, filosofía tradicional, en tanto que Wittgenstein venía con ideas radicalmente nuevas. Era claro que Russell, alguien celosamente autónomo e independiente, no podía simplemente convertirse en alumno de Wittgenstein y éste no tenía la menor intención de volver a hacer filosofía tradicional. Y entonces se produjo el rompimiento, un rompimiento sin duda doloroso para ambos, pero con una característica muy notoria: nunca se destruyó la mutua admiración intelectual que sentían el uno por el otro. La relación se fue poco a poco envenenando y terminó en una gran animadversión, pero siempre sabiendo ambos perfectamente bien quiénes eran. Todavía hacia finales de los años 40 (Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951), Wittgenstein critica a Russell pero reconoce que  es “asombrosamente rápido”. Así, pues, ni mucho menos era Russell, inclusive a sus 75 años, un filósofo decrépito a quien se pudiera desdeñar.

Y es aquí que tenemos que extraer una moraleja filosóficamente importante: es cierto que filosóficamente Wittgenstein dejó atrás a Russell, pero ello fue factible porque en gran medida Russell siguió generando nuevas ideas que, aunque sea como resultado de la crítica, le sirvieron a Wittgenstein para desarrollar las suyas, así como para perfeccionar su nueva forma de pensar. Sin duda alguna, el Tractatus es mejor que las “Conferencias sobre el Atomismo Lógico”, pero sin Russell no habría habido Tractatus. Las Investigaciones Filosóficas son el libro de filosofía más importante de los últimos tiempos (que cada quien lo calcule como lo juzgue conveniente), pero sin El Análisis de la Mente y sin otros escritos de Russell no habrían sido redactadas. Wittgenstein es el motor, pero Russell la gasolina. Están, por lo tanto, vinculados per secula seculorum.

Muy poco tiempo después de la muerte de Wittgenstein Russell volvió a transmutarse, esta vez como figura pública. Percibiendo con mucha claridad el rol cada vez más nefasto de los Estados Unidos en el mundo, Russell se convirtió, a los 80 años, en un opositor radical de la política norteamericana. Sobre la bestial e injustificada guerra de Corea, descaradamente provocada por el gobierno yanqui, nunca dijo mayor cosa, pero la intervención en Vietnam ya era demasiado. Y entonces, con la autoridad que le conferían 65 años de producción de ideas, algunas de ellas muy importantes, Russell convocó a la gente más distinguida del momento y organizó el famoso “Tribunal de Estocolmo”, el tribunal en el que se juzgaron los crímenes contra la paz, de guerra y contra la humanidad por parte del gobierno de los Estados Unidos. Para poder solventar los gastos, Russell vendió su archivo, el cual fue comprado por la Universidad de MacMaster, de Canadá, la cual desde entonces ha venido editando toda su obra. Ya van 35 volúmenes y están preparando el volumen 36. Es de pensarse que, de haber vivido Wittgenstein, la reconciliación entre ellos habría sido posible.

Bertrand Russell era una especie de hombre del Renacimiento pero también un hombre muy representativo del siglo XX. Era un hombre con genuinos intereses universales, impersonales, objetivos, casi religiosos. La única rama de la filosofía en la que no incursionó fue la estética. Era un iconoclasta profesional, un Voltaire de nuestros tiempos, un pensador profundamente individualista, un hombre que enfrentó con principios y carácter tragedias personales (como la auto-inmolación de su nieta, quien se prendió fuego y murió casi ante sus propios ojos) y que no permitió que entorpecieran o anularan su misión de ilustrado y de guía espiritual. Bertrand Russell estaba muy consciente de situación privilegiada en la sociedad y de la importancia de su rol social. Hay muchos temas en relación con los cuales es probable que sus posiciones hayan quedado superadas, pero en lo que toca a cosas como el respeto por la verdad, la búsqueda del conocimiento, el deseo de ayudar a sus semejantes, el valor por no ceder ante las presiones de la índole que fuera, la honestidad y la probidad intelectuales, su ejemplo es sin duda alguna valioso y perdurable. Y es así y con el inmenso respeto que desde el primer contacto con sus escritos nos inspiró como lo seguiremos recordando.

Los “Críticos” de AMLO

En verdad sería absurdo negar que México ha sido, a lo largo de los siglos, presa de diversas maldiciones, de algunas de las cuales nos hemos ido liberando en tanto que otras han resultado ser más tenaces. Para quienes nacimos en la segunda mitad del siglo XX, en más de un momento nos pareció que nunca podríamos liberarnos de la maldición priista. Parecía que estábamos condenados a vivir para siempre en un país de oligarcas descarados, un país hecho a su manera, esto es, podrido institucionalmente de arriba a abajo y en el que el futuro de la población en su conjunto habría de estar indefinidamente a la deriva. De hecho fue así como dejaron a la población, una población sistemáticamente explotada, culturalmente embrutecida, psicológicamente humillada y sin mayores perspectivas de una vida sana y normal salvo en la medida en que la gente pudiera congraciarse con algún cacique de su ámbito de vida o trabajo. Maldiciones como la priista han asolado al país desde que éste viera la luz pero, a no dudarlo, una de las peores, quizá la más odiosa, es la maldición de la Malinche, un personaje que se pretende a toda costa reivindicar, en concordancia con la moda de los ridículos revisionistas de nuestros tiempos que con toda desfachatez aspiran a rescatar del basurero de la historia a piratas desalmados, como Hernán Cortés, a ineptos grandiosos, como Maximiliano de Habsburgo, o a violadores profesionales de derechos humanos, como Porfirio Díaz. En nuestros días, también la Malinche goza de imperdonables seguidores y extranjerizantes abogados. Esta maldición secular toma cuerpo, como todos lo sabemos, en una abyecta combinación de actitudes: de admiración, respeto, y sumisión frente a lo extranjero (en general mas no únicamente, lo occidental, en el sentido más ideológico del término) y de desprecio, menosprecio y altanería frente a lo nacional. Esta postura, como todos sabemos, se manifiesta en los más variados contextos (de conocimiento, deportivos, artísticos, políticos, etc.). El malinchista, como es obvio, tiene que ser un sujeto mutilado, alguien que resulta incapaz de apreciar lo valioso generado en su país o en su cultura o en su idioma, pero que motu proprio e ignominiosamente se arrodilla frente a los productos de las culturas que lo tienen mentalmente adormilado. Y para no dejar la temática en un nivel puramente abstracto, creo que lo mejor será considerar un caso concreto, polémico pero ilustrativo de lo que son los efectos de esta maldición.

Dado que en el fondo tienen poco que decir, los merolicos públicos de siempre, tanto los que trabajan en Avenida Juárez como los que escriben aburridos artículos de periódico, recurren sistemáticamente a slogans y estribillos que usan como armas a derecha e izquierda en sus monólogos y sus diatribas. Una forma de mostrar el carácter vacuo del discurso del merolico que se toma en serio es que lo que dice resulta ser a final de cuentas palpablemente contradictorio. Consideremos rápidamente, por ejemplo, el uso que algunos de estos parlanchines malinchistas y anti-lopezobradoristas hacen de ciertas nociones políticamente importantes, como la noción de democracia. ¿Cómo proceden estos delincuentes de la palabra?

Supongo que todo mundo está consciente de que con la noción de democracia por delante se han cometido toda clase de crímenes, pero para nuestros propósitos lo que importa es notar que dicha noción ha sido usada de manera tan absurda que finalmente se logró que perdiera mucho de su atractivo original. Más aún: la noción ha sido tan tergiversada que los críticos malinchistas del presidente de México ya no saben de qué hablan cuando la usan. Esto no es muy difícil de mostrar. Para disponer de una plataforma mínima pero sólida, yo diría que un gobierno democrático es un gobierno elegido por la mayoría y en la que las autoridades rinden cuentas de sus acciones al pueblo que lo eligió. Si nos atenemos a esta “definición”, se sigue que México no ha vivido en la democracia desde hace al menos 36 años (si es que alguna vez la conoció). Triunfos electorales limpios (hablo desde luego de elecciones presidenciales, pero como es obvio lo que vale para ellas vale para las elecciones de menor rango) hubo pocos (si es que alguno) desde lo que podríamos llamar el ‘salinazo’, proceso que implicó la “caída del sistema” y la muerte de Manuel Clouthier, entre otras anomalías. Después del triunfo de Fox, se le arrebató la victoria al Lic. Andrés Manuel López Obrador en dos ocasiones. Eso hasta los niños lo saben. Ahora bien, si hubiera dudas con la mitad de la definición ofrecida más arriba, de seguro que la otra mitad de la definición nos llevaría al mismo resultado, a saber, que los mexicanos no teníamos ni idea de lo que es vivir en la democracia porque, dejando de lado el circo al que convirtieron el informe anual del 1 de septiembre: ¿qué presidente le informó a la población día con día lo que hacía o dejaba de hacer?¿Qué presidente tuvo a bien proporcionarle datos a la población concernientes a las medidas tomadas en los más variados sectores del gobierno y a los resultados obtenidos?¿Hubo alguna vez en México un presidente así? Y si no lo hubo y aplicamos la definición: ¿podría decirse que antes de la llegada del Lic. López Obrador a la presidencia del país se vivió en México alguna vez en la democracia? Según yo, si aceptamos nuestra sencilla premisa tendremos que admitir que ni los gobiernos priistas ni los dos panistas fueron gobiernos democráticos. Pero entonces ¿por qué y sobre qué bases los grandes defensores de la democracia critican al único presidente genuinamente democrático que hemos tenido? Y ¿qué valor puede tener la “crítica” de gente que es simultáneamente malinchista e incoherente?!

¿Cómo nos explicamos el hecho de que muchos delincuentes del periodismo – gente que aspira a convertirse en “líder de opinión” pero que a ojos vistas no tienen el nivel para ello, hablantines que se llenan la boca sollozando por la democracia, tomando como modelos siempre a gobiernos de otros países, ensalzándolos y postulándolos como paradigmas a seguir – sean tan ciegos como para no ver que eso que elogian en otros lo tienen ante los ojos en su propio país, a pesar de lo cual no lo detectan?¿Por qué eso que alaban en teoría lo repudian cuando se materializa? Es obvio que la respuesta sólo puede venir dada en términos de intereses, de prebendas, de corrupción, etc. Esa respuesta es en sí misma suficiente, porque es acertada, pero yo creo que podemos ir un poco más allá y examinar aunque sea superficialmente el perfil de algunos de estos “comentaristas políticos” que se han vuelto sumamente “críticos” de la verdadera democracia, que es la que se está poco a poco instaurando en nuestro país. Consideraré rápidamente un par de casos para luego abordar temas más generales.

Hay un sujeto que, lo confieso, desde hace ya mucho tiempo me tiene realmente de mal humor. Este individuo tenía programas de televisión durante los cuales hacía entrevistas más tendenciosas que un interrogatorio policiaco y que realmente más que entrevistas parecían sesiones de catecismo político, muy primitivo desde luego dándole siempre la palabra a los enemigos del progreso social de México y nunca a sus adversarios ideológicos. El fanatismo (bien pagado, por otra parte, como lo dejó en claro un bien conocido analista político serio que prefiero no mencionar) de esta persona lo llevó hasta a alentar por televisión y de manera más bien burda a un magnicidio, durante la campaña presidencial del año pasado y por lo cual fue momentáneamente echado a la calle. Confieso que a mí me intriga el hecho de que un sujeto que ciertamente no da la impresión de pertenecer a la nobleza británica o de ser descendiente de la princesa de Mónaco, un adefesio intelectual tan notorio, logre con éxito contribuir a que circule una cierta terminología de carácter ideológico pero también de tintes claramente racistas y que mucha gente la adopte! Así, este mamarracho se permite hablar de los “chairos” para referirse a los seguidores del Lic. López Obrador, pero ¿quién es él para expresarse de esa manera?¿Con qué autoridad habla y se pronuncia de esa manera?¿Cuál es su palmarés? El sujeto en cuestión es, obviamente, el pseudo-periodista Ricardo Alemán, a quien yo, que me reconozco como un “chairo”, lo reto a debatir públicamente sobre el tema que quiera. Por el momento, sin embargo, lo que quiero preguntar es: ¿cómo nos explicamos el que este auto-nombrado defensor de la democracia en teoría ataque la democracia en la práctica? Tiene que tratarse de alguien que o no tiene ni la más elemental noción de lógica o carece por completo de escrúpulos morales, aunque hay desde luego una tercera opción, que es por la que yo más me inclino, a saber, que sea por ambas cosas. Ahora bien, lo interesante de este caso tan grotesco de “crítico” político es que sirve para ilustrar la calidad de los adversarios ideológicos del actual presidente de México. Esta persona es una muestra espléndida de lo que se puede esperar de la “crítica” en contra del gobierno del pueblo cuando quienes la expresan no son otra cosa que minúsculos portavoces (i.e., bastante mediocres) de los resentidos expulsados de las esferas del poder. La pregunta es: ¿realmente vale la pena bajar tanto el nivel, tomarse en serio los temas y discutir con enclenques intelectuales como este? Estamos dispuestos a ello, pero sólo si sirve para algo.

Otro super-personaje que se ha manifestado grotescamente en contra del Presidente de México es el otrora popular payaso Víctor Trujillo, escondido tras su disfraz de Brozo. En este caso con lo que nos topamos es con el típico chaquetero, un semi-exitoso alpinista social al que de pronto deslumbran cinco minutos de gloria y los atractivos del dinero. Aprovechando una situación particular y haciéndose el chistoso aludiendo al aspecto físico de una persona (en mi opinión, él debería tener presente que si se permite mofarse del físico de las personas automáticamente abre la puerta para convertirse en el blanco de las burlas de otros y debería estar plenamente consciente de que es un blanco fácil para muchas burlas, porque Adonis ciertamente no es), este ex-payaso (que ahora de cómico no tiene nada) intenta pérfidamente hacer creer que las entrevistas mañaneras del presidente no son más que una farsa preparada, reminiscente de sus propios programas de Televisa. Sin embargo, en su nuevo rol de investigador, de politólogo crítico (Ja!) y alentado por su relativamente nuevo entorno (se habla inclusive de agentes de la CIA), Trujillo activa su viperina y experta lengua para denigrar no sólo al presidente del país, sino también de paso al pueblo de México, el pueblo del cual él extrajo su lenguaje y sus chanzas, su mentalidad y su perspectiva global sobre la mujer, el sexo, los políticos, etc., etc. La verdad es que ya desde el conflicto con José Ramón Fernández (que en público por lo menos nunca lo bajó de payaso) se pudo vislumbrar la clase de personaje que es él mismo: un traidor convenenciero, un apóstata político, un tipo que sólo aspira a hacer reír a gente poderosa e influyente, a besar las manos a sus amos del momento (ya tuvo no pocos) y que por meras contingencias llegó lejos en el rating televisivo hasta que se agotó. Todos creímos que él ya había entendido que ya no tenía absolutamente nada más que decir, pero de pronto se volvió un “observador crítico”, un “analista profundo”, un gran comentarista político, alguien que nos ayuda a comprender en qué consiste el proceso de la así llamada ‘Cuarta Transformación’. Pero aquí la pregunta es: ¿cómo puede un tipo que nunca fue a la universidad convertirse súbitamente en todo eso? ¿O sea que cualquiera que tenga un poco de labia, un cierto ingenio popular y un gran talento de carpero puede pronunciarse sobre temas complejos, que exigen lecturas, estudios de posgrado, tecnicismos de muy diversas clases, experiencia laboral, etc.? Si Trujillo piensa que el mero contacto con quienes le conceden el privilegio de codearse de cuando en cuando con ellos (también los ricos necesitan payasos!), que el simplemente estar en el medio basta para convertirse en una autoridad en temas políticos, lo menos que podemos decirle es que desvaría. Y lo que definitivamente no tiene derecho a hacer es a tergiversar los hechos en forma obvia, a desvirtuar una gran labor como lo es el trabajo matutino y cotidiano del presidente López Obrador, el único presidente genuinamente democrático de México (quizá no falte el genio que señale a Santa Ana como un predecesor del actual presidente!), un modelo para el mundo y del cual podemos (no siendo malinchistas) estar orgullosos, porque ¿acaso no contamos con los dedos de la mano a los mandatarios que se toman la molestia de informar a sus pueblos acerca de las decisiones que toman y de lo que se hace en las esferas de gobierno y ello día a día?¿Quién es Víctor Trujillo (aparte de ser un ciudadano que tiene derecho a expresarse, como más de una vez lo ha dicho el presidente) para pronunciarse como si realmente fuera un especialista sobre cuestiones que de hecho (y él mismo lo sabe) lo rebasan por completo?¿Por qué no mejor nos cuenta un cuento?

Cuando pasamos a la mafia intelectual lo que es imposible no percibir es la voluntad de combatir la política presidencial por todos los medios y en todos los frentes. Diariamente, desde la madrugada famosos articulistas de periódicos, comentaristas de radio y televisión inician su persistente labor de desprestigio, boicot, ridiculización, etc., de todo lo que emana del presidente López Obrador. Afortunadamente, sus tácticas están mal pensadas. Muchos pretenden ser tan sofisticados en sus “críticas” que terminan por hacer ininteligible lo que afirman y su mensaje simplemente no llega. Es obvio que no saben hablarle a la gente. La mafia en cuestión tiene desde luego sus jerarcas y sus soldados rasos, pero por lo menos hasta ahora todos sus intentos han sido infructuosos. ¿Por qué? Una razón es que los ha neutralizado precisamente la labor cotidiana de información por parte del presidente López Obrador. Media hora de aclaraciones reales pesan lo mismo que toneladas de “fake news”. Sin embargo, yo opino que el aparato estatal debería pasar al contraataque. Si bien la figura del presidente está por encima de las canalladas de esta ralea de pseudo, proto y para-intelectuales, es injusto dejarle al presidente toda la tarea de limpiar los establos de Augías que es el espectro de las noticias y la información. No hay que comprar ni tiempo ni espacio en los medios ni se tiene por qué o para qué volver a caer en contubernios de ninguna índole. No se necesita. Pero sí hay que formar el grupo que cumpla sistemáticamente con la labor ideológica de higienización de la información, con el rastreo de los orígenes de las calumnias y con la sana labor de difusión de las ideas y los ideales del único gobierno realmente democrático de nuestra historia.

Yo pienso que es un error desconocer las lecciones de la historia y una de ellas es que los reaccionarios, los fraudulentos, los enemigos del pueblo no tienen ni escrúpulos ni piedad. Un ejemplo de ello nos lo proporciona el caso de la ex-presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. Por jugar lealmente con las reglas de la democracia ella misma permitió que se desencadenara una inmensa campaña de desprestigio en su contra y de burla de su persona, campaña que terminó invistiendo de odio las mentes de la mitad del pueblo argentino. Así se explica, parcialmente desde luego, que cuando llegaron las elecciones presidenciales, hace casi 4 años, sus adversarios políticos lograron hacerse del poder, inclusive si no fue más que para llevar a Argentina a la bancarrota y al desastre. No podemos permitir que eso pase en México. Bienvenida, hoy y siempre, la crítica seria y constructiva, las objeciones teóricas bien fundadas, la oposición respetuosa y la lucha política abierta en el marco de la vida constitucional. Pero también le debe quedar claro a los enemigos del pueblo de México que éste ya abrió los ojos y que a menos de que vengan con una propuesta más ad hoc para los intereses nacionales que la del presidente Andrés Manuel López Obrador no nos quedaremos de brazos cruzados ante agresiones baratas y vituperios injustificables.

¿Desarrollo Natural o Transición Forzada?

Es, pienso, comprensible que el fenómeno del cambio haya atraído con tanta fuerza a los filósofos griegos. Si una cosa se caracteriza por sus propiedades y éstas cambian totalmente: ¿cómo se explica el que la cosa en cuestión siga siendo “la misma” que antes? Para explicar el cambio, conceptualmente más importante inclusive que el tiempo, Aristóteles introdujo la noción de sustancia, con lo cual ayudó a entender el cambio pero, por razones en las que no entraré, lo cierto es que complicó fantásticamente la reflexión filosófica. Un problema, como sin duda ya se habrá percatado el lector, es que la noción de sustancia se aplica no sólo a “sustancias” (aquellas cosas de las que predicamos algo pero que a su vez no podemos predicar de nada, como Napoleón. Podemos decir que Napoleón era corso, pero no podemos decir de nada que era Napoleón. Eso no tiene sentido). En efecto, el cambio no sólo lo padecen sustancias, en el sentido aristotélico, sino también “entidades” complejas, conformadas por otras. Por ejemplo, podemos decir que el sistema solar alteró su situación en la galaxia. En ese caso, no estamos hablando de una cosa particular, esto es, un planeta, sino de un conglomerado conformado por sol, planetas y lunas que difícilmente podría ser visto él mismo como una “sustancia”. La doctrina de la sustancia, por lo tanto, es prima facie insuficiente para explicar el cambio. El tema del cambio se puede desarrollar in extenso pero, obviamente, no es mi objetivo hundirme aquí y ahora en una discusión de metafísica y de filosofía del lenguaje. No pretendo especular en torno a la noción de cambio. Lo que par contre sí quiero es emplear la noción de cambio para describir y examinar situaciones concretas.

Quizá sería útil empezar por dividir los cambios en dos grandes grupos: los súbitos, inmediatos o, por así decirlo, brutales, y las transiciones más o menos graduales e imperceptibles. En el caso de las personas no hay en general mayores problemas con la detección de cambios repentinos y profundos. Un ejemplo de cambio así nos lo proporciona la cirugía plástica. En unas cuantas horas se puede modificar el rostro de una persona al grado de volverla irreconocible. Lo que quiero decir es simplemente que los cambios físicos son a menudo fácilmente detectables por los demás. Con los cambios psicológicos las cosas no son tan simples. Nos cuesta mucho captar el cambio mental si la persona en cuestión no ha cambiado físicamente. Por ejemplo, un proceso de deterioro mental que culmina en un estado de esquizofrenia declarada puede llevar años y es sólo después de muchas experiencias desagradables (en los más diversos sentidos) que llega uno a la conclusión de que la persona efectivamente cambió, que “ya no es la misma”. Obsérvese que sería erróneo inferir que los cambios físicos son siempre súbitos y los mentales siempre paulatinos. El envejecimiento es un cambio físico lento (y de hecho imperceptible: nadie percibe cuánto envejeció de un día al otro) y es perfectamente imaginable que alguien se desquicie, pierda los estribos, monte en cólera o caso por el estilo de pronto, sin (por así decirlo) preámbulos, esto es, súbitamente. En todo caso, en relación con el cambio necesitamos apelar a un principio de racionalidad: sea súbito o paulatino, físico o mental, en principio el cambio es comprensible y que sea comprensible significa que es explicable. Obviamente, las explicaciones variarán dependiendo de qué sea lo que cambia.

Lo anterior me permite introducir mi tema, que obviamente tiene que ver con el cambio sólo que de lo que quiero hablar es no de una “sustancia” (un objeto, una cosa), sino de la transformación sufrida por un país y lo que quiero preguntarme es si dicho cambio es el resultado de una evolución natural o si no más bien se trata de una modificación inducida (e indeseada). ¿Es el cambio que tengo en mente real o ficticio? Y si fuera real ¿cómo se explica?¿Sería el resultado de una evolución natural del sistema de vida propio del país en cuestión o se trataría más bien de una alteración provocada por la interacción con fuerzas en algún sentido superiores? Para no seguir manteniendo al lector en un estado de perplejidad tratando de adivinar a qué me refiero, creo que lo mejor será plantear el asunto en forma clara y directa.

Consideremos entonces a los Estados Unidos de Norteamérica. No cabe duda de que en el embrión político del cual brotaron lo que ahora conocemos como ‘Estados Unidos’, esto es, las trece colonias que se sublevaron por razones de impuestos en contra de la corona británica, ciertamente se elaboró una muy bella constitución, una constitución dicho sea de paso cuyo segundo artículo (que protege el derecho de los ciudadanos norteamericanos a tener y portar armas) está hoy como nunca siendo puesto en crisis y todo indica que tarde o temprano será eliminado o por lo menos drásticamente alterado. Por su parte, el primer artículo versa sobre la libertad de opinión (de prensa) de religión, de asamblea (congregaciones) y el derecho de inconformarse ante decisiones gubernamentales. Qué hermoso! Como es bien sabido, los Estados Unidos se convirtieron muy pronto en una potencia con la que había que contar. Napoleón lo entendió muy bien y tuvo que vender Luisiana (en realidad, Francia tuvo que desprenderse de un territorio mucho más grande que el estado de Luisiana) y medio siglo después los zares tuvieron que vender Alaska. Sin embargo, la primacía, la superioridad indiscutible e indisputada de los Estados Unidos a nivel internacional no ocurrió sino hasta el siglo XX y sobrevino, como por casualidad, a raíz de las dos grandes guerras europeas, pero en particular de la Segunda Guerra Mundial. Qué hubiera sido de los Estados Unidos y cómo habría evolucionado el mundo si los europeos no se hubieran destazado unos a otros en dos guerras totales es un tema que pertenece a lo que habría que llamar ‘pensamiento placentero’, actividad a la cual sin embargo no me entregaré en estos momentos. El punto que me interesa dejar establecido es que por toda una serie de razones de la más diversa índole los Estados Unidos lograron entrar en la arena mundial presentándose ante los demás no sólo como el país de las libertades, la seguridad, el bienestar, la democracia y demás, sino como el país defensor de todos esos derechos a los que de manera natural los seres humanos aspiran.

Sin duda, la historieta es muy bella sólo que un escrutinio, por superficial que sea, de inmediato la arruina. Para empezar, recuérdese que desde principios del siglo XIX le quedó claro a todo observador atento que el alcance de tan bellos preceptos era todo menos universal. Como bien lo expuso Alexis de Tocqueville, por lo menos los habitantes originales y los negros estaban sistemáticamente excluidos de los beneficios conferidos por la muy democrática constitución norteamericana. A los indios de Norteamérica los conquistadores europeos les arrebataron de la manera más salvaje posible sus tierras y estuvieron a punto de ser totalmente aniquilados. Los negros eran inmigrantes, sólo que no fue por gusto o por decisiones propias que desembarcaron en el maravilloso país que estaba empezando a construirse, sino que se trataba de seres humanos brutalmente transportados desde África como esclavos para trabajar en las grandes extensiones de azúcar, algodón y tabaco, gracias a las cuales empezaba a fraguarse la gran riqueza de esa a la sazón joven pero ya imponente nación. En relación con el sino de los negros podría afirmarse que la enternecedora película “Gone with the Wind (Lo que el Viento se Llevó) puede dar una ligera idea de lo que en aquellos tiempos podía ser considerada como una negra afortunada. Desde luego, la conformación del país se consumaría sólo con la Guerra de Secesión, pero ello es para nuestros propósitos irrelevante. Lo que importa es entender que como era una tierra ignota que había que poblar (puesto que los apaches, los sioux, los cheyenes, cherokes y demás estaban dejando inmensos huecos territoriales que había que llenar), las puertas estaban efectivamente abiertas a los aventureros que querían establecerse y progresar pero, una vez más, las puertas no estaban abiertas para todos, no por ejemplo para mexicanos, despreciables vecinos cuyo territorio era obviamente un don de Dios que había que aprovechar. Más bien, lo que se buscaba eran inmigrantes europeos, desde luego blancos y de preferencia rubios. Como ni negros ni indígenas ni mexicanos contaban en el tablero mundial que estaba empezando a reorganizarse (i.e., no alcanzaban todavía el status de humanos a los ojos del nuevo ciudadano norteamericano), lo que prevaleció ante el mundo fue la faceta de país de grandes oportunidades, de país en donde se respetaba a la mujer (había pocas mujeres entre el Mid-West y el Far-West, por lo que éstas eran muy valoradas, es decir, eran mercancía muy apreciada), de país en donde cualquier individuo dispuesto a trabajar con ahínco podía hacerse muy rico (insisto, si era blanco) y, por último (aunque de lo más importante), de país de la libertad. En realidad lo que esto quería decir era que se trataba de un país no sometido ya a las démodées coronas europeas, a un obsoleto status quo que no permitía avanzar, un país naciente en el que para triunfar no se necesitaba empezar desde abajo luchando con estructuras sociales sumamente rígidas y en condiciones de desventaja. En aquel “Nuevo Mundo” el territorio era inmenso, no había competencia, las instituciones eran laxas, se podía poseer esclavos, etc. La mesa estaba puesta. Es muy importante ubicar en el tiempo esta etapa de la historia de los Estados Unidos, esto es, la etapa en la que se forjó su imagen ante el mundo, porque de lo contrario los cambios sucedidos desde aquellos gloriosos tiempos de Buffalo Bill hasta nuestros días sencillamente no se entienden.

A mí me parece que podemos hablar, al hacer referencia a la historia de los Estados Unidos, de dos grandes periodos: el periodo de construcción (siglo XIX) y el periodo de expansión (siglo XX). Simbólicamente, el segundo periodo arranca con la ignominiosa derrota infligida a España y la concomitante conquista de Cuba, liberada hasta 1959 por Fidel Castro y sus barbudos. A partir de ese momento la presencia norteamericana se hizo sentir cada vez con más fuerza en el mundo y la mejor prueba de ello nos la proporciona la relampagueante derrota de Alemania, durante la Primera Guerra Mundial. Hasta la intervención norteamericana, Alemania tenía ganada la guerra: había derrotado a Rusia, había firmado un muy ventajoso tratado de paz con ella (negociado por Trotski, dicho sea de paso) y no se había disparado un solo tiro en su territorio. La participación norteamericana, orquestada por el juez de la Suprema Corte, Louis Brandeis, a cambio de lo que sería la Declaración Balfour de 1924 y con lo cual se daba el primer paso para la creación de Israel, cambió brutalmente esa situación y en un año Alemania estaba destruida. A todo mundo le quedó claro lo que era el potencial militar norteamericano. En 1929 los Estados Unidos, sin embargo, entraron en una crisis económica terrible (¿Adivina el lector por qué? Claro, por manipulaciones bancarias!) que afectó terriblemente a millones de personas (la estupenda novela de J. Steinbeck, Las Viñas de la Ira, describe bien la situación) y de la cual salieron sólo gracias a su participación (también astutamente preparada) en la Segunda Guerra Mundial (o sea que el auto-golpe del 11 de septiembre de 2001 tiene antecedentes muy claros). Es con ésta que empieza el verdadero auge, el gran estado de bienestar económico de los Estados Unidos, pero más importante aún: se trató de una victoria que les dejó una lección que aprendieron muy bien, una verdad de la cual todavía no se desprenden, a saber, que el bienestar de su país sólo es alcanzable gracias a la guerra. A partir de ese momento, los Estados Unidos no han parado de hacerle la guerra al mundo y el estado en el que han sumergido a la humanidad es, paradójicamente, lo que se conoce como Pax Americana.

Es en el siglo XXI que empieza la terrible confrontación de los Estados Unidos con el mundo como un todo. Se trata de una confrontación con un país representando visiblemente los más bellos ideales, los valores superiores del hombre, etc., pero internamente cargado de intenciones siniestras, ilimitadamente inmoral, prepotente, cruel, chantajista y todo lo que ello acarrea. La Segunda Guerra Mundial les enseñó a los norteamericanos que se puede ser bestial con un país, como lo fueron con Alemania, borrar la historia (como se hizo) y seguir adelante tranquilamente. Nada más piénsese en el bombardeo de Dresde o en el de Hiroshima y, más en general, en la política militar de bombardeos estratégicos, practicada desde 1943 en contra de Alemania y delineada principalmente para aterrorizar a la población y para destruir ciudades, independientemente de objetivos militares. Con esa gran experiencia pasaron después a Corea, a Vietnam, a América Latina en donde se dieron gusto organizando golpes de Estado e imponiendo las más horrendas de las dictaduras; habría que mencionar a Birmania, Panamá, Yugoeslavia, Irak, Afganistán, etc., etc. No hay región del mundo que no esté infectada por bases militares yanquis, no hay gobierno que no haya sido explotado y chantajeado económicamente, engañado diplomáticamente, abrumado desde todos puntos de vista. No hay crimen pensable que no hayan cometido, no hay plan de destrucción que no hayan delineado. Por ejemplo, ahora se sabe que tenían pensado, en caso de guerra con la Unión Soviética, lanzar más de 230 bombas atómicas en contra de ese país! En pocas palabras, los Estados Unidos son el horror de la historia pero eso sí, de aspecto impecable.

Es muy interesante contrastar la gratificante auto-imagen que tienen los norteamericanos con cómo los ven a ellos otros pueblos y, me siento tentado a decir, el resto del mundo (con excepción, naturalmente, de los pueblos que no han entrado en confrontación directa con ellos). Yo creo que los artistas coreanos captaron plásticamente muy bien lo que los norteamericanos son, no lo que dicen ser. Sugiero que el lector le eche un vistazo a unas simples obras que nos pintan mejor mil relatos lo que son esos “freedom fighters”. (https://www.rt.com/news/404958-north-korea-us-propaganda/). Estoy seguro de que sirios, iraquíes, sudaneses, libios, yugoeslavos, chilenos, etc., etc., ratificarían cien por ciento la visión norcoreana del ocupante norteamericano. Yo me atrevería a añadir a los niños mexicanos de dos o tres años, separados de sus padres y enviados a campos de concentración para niños de su edad porque, si pudieran hablar, de seguro que confirmarían lo que los artistas norcoreanos percibieron.

Pienso que es evidente que estamos imperceptiblemente pasando a lo que sería una gran tercera gran fase en la historia de los Estados Unidos, a saber, la fase de la decadencia. Definitivamente, el siglo XXI no les pertenece, no sólo porque militarmente ya no son omnipotentes, porque económicamente están en bancarrota, porque socialmente son una sociedad podrida, llena de contradicciones, viviendo de slogans y de retórica fácil (“libertad”, “democracia”, “nuestros valores” y demás bla-bla-bla), sino porque es obvio que su varita mágica, esto es, el recurso a la guerra, tiene un límite, que es la auto-destrucción, porque a eso equivaldría una guerra total con Rusia y China. O sea que su solución tradicional para resolver sus problemas internos podrá cada vez menos sacarlos adelante. Y hay otra poderosa razón por la que la desintegración de los Estados Unidos es prácticamente inevitable y es que de hecho los Estados Unidos son un país no con uno sino con dos gobiernos. Hay un gobierno oficial, por así llamarlo, que es el de la Casa Blanca, y un gobierno real o profundo, que no se ve pero que se siente. Un Estado tan incoherente como el actual Estado norteamericano no puede sobrevivir, porque inevitablemente genera de manera sistemática políticas inconsistentes, contradictorias, absurdas. La presidencia decide una cosa y el Congreso hace otra, el presidente afirma una cosa y el FBI lo desmiente y así indefinidamente. Es obvio que ese proceso se va a ir agudizando (eso es lo que pasa con las contradicciones) y ello, aunado a los conflictos y tensiones internos, habrá de llevar a ese país a una terrible crisis cuyo desenlace es en este momento imprevisible.

Es más que claro, dada la penetración norteamericana en el mundo, que el destino de los Estados Unidos nos concierne a todos, por lo que no podemos recurrir al fácil expediente de alzarnos de hombros ante lo que sucede en ese país y decir para nosotros “Es su problema!”. Eso no se puede hacer. Lo que es profundamente preocupante, sin embargo, es que inclusive en términos de evolución “pacífica”, interna, etc., no vemos que los Estados Unidos se muevan en una dirección de regeneración nacional, no digamos ya en la dirección del socialismo o de un país en el que se hagan valer los derechos de las mayorías. Lo que se está configurando en los Estados Unidos es OBVIAMENTE un Estado policiaco, represor, espía, inmoral, al servicio de la nueva oligarquía, de Wall Street (la banca mundial), de minorías ultra-privilegiadas y sin conexión vital con el “pueblo”, signifique eso lo que signifique en ese país, un país imbuido de una cultura totalmente materialista, yo diría “desespiritualizada”, enseñando que ser bueno es ser rico y ser rico ser feliz. Dejando de lado la multiplicidad de instituciones religiosas, la curia existente, los ritos a los que se apela, el lenguaje del “Oh my God” carente por completo de significado religioso y muchas otras cosas que podrían decirse, yo creo que puede afirmarse que los Estados Unidos ejemplifican aquí y ahora lo que es ser un país sin Dios. Es tan inmensa la distancia entre los círculos en donde se toman las decisiones y la gente, dentro y fuera de los Estados Unidos, que se puede vender bombas para arrasar con pueblos enteros, especular con los precios de los alimentos, llevar a la bancarrota a países completos, manipular los precios de los recursos naturales del mundo (números en una pantalla), hacer todo eso y más y seguir disfrutando de la vida con la conciencia tranquila. No hay problema. La pregunta es: ¿son los Estados Unidos aquí y ahora lo que, pasara lo que pasara, iban a ser o en algún momento de su historia se desviaron de sus magníficos ideales y permitieron que se les transformara en una máquina de guerra permanente?¿Cambiaron de manera natural o fueron forzados a cambiar? Yo creo que hay que dejar aquí el tema, porque las discusiones metafísicas fácilmente se tornan tenebrosas.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación y la Pornografía

Yo creo que podemos afirmar con seguridad dogmática que no hay persona (por cercana o querida que sea y, naturalmente, caigo yo también bajo el alcance de mi aseveración) ni hay institución (por venerable o respetable que sea) con las cuales podamos estar total y permanentemente satisfechos. Nuestros mejores amigos, quienes en algún momento fueron nuestras prometidas, vecinos agradables, todos son susceptibles de hacernos pasar de un entusiasmo embriagante a la más completa y desgarradora de las desilusiones. Lo mismo nos sucede con las instituciones, por magníficas que sean. Hasta en la más excelsa de las universidades se incrustan mediocres, arribistas y farsantes, quienes a final de cuentas no sirven más que para quitarle lustre a la institución de que se trate. Confieso que, tratando siempre de ser un crítico objetivo, a mí la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en ocasiones me ha decepcionado profundamente. Por ejemplo, hace muchos años tuve que iniciar una acción legal, asunto del cual di cuenta en su momento en mi página de internet (si a alguien le interesa el asunto puede enterarse de mi versión del caso, la cual está plasmada en los artículos “Justicia I” y “Justicia II”, Volumen 2000, Puntos de Vista, Perspectivas y Opiniones de mi página web). Cuando (sigo pensando) teniendo yo toda la razón de mi lado, frente a una sentencia infame en segunda instancia solicité un amparo la SCJN me lo negó, dejándome en relación con el asunto en cuestión enteramente desprotegido. Podrá decirse que este era un caso personal y que es porque no me fue favorable una cierta determinación judicial que estoy “decepcionado”, por lo que una opinión así realmente no tiene mayor valor. Yo creo que me sería factible rebatir exitosamente un pronunciamiento como ese tan pronto pasáramos a los detalles, pero la verdad es que no me interesa debatir una vez más ese caso particular. Más bien, quisiera señalar que la SCJN también me ha hecho sentir mal en otras ocasiones pero en relación con temas que no son en lo absoluto personales. Por ejemplo, un caso aberrante de decisión con tintes meramente propagandísticos fue el visto bueno que la SCJN le dio a los matrimonios homosexuales y a la posibilidad de que éstos adopten niños. Me parece una decisión aberrante. ¿En qué se funda mi descontento en este caso?¿Por qué la decisión de la SCJN me parece injustificada? Dejando de lado multitud de argumentos precisos (tema más bien de otro artículo) concernientes a consideraciones puntuales propias del caso, por lo que yo creo que el juicio de la SCJN es equivocado es porque ésta se erige en un tribunal que presta oídos sordos a lo que la gente en este país quiere. Desde luego que con esa decisión los miembros de la SCJN dejaron contentos a quienes más alharaca hacen, esto es, a quienes controlan los aparatos públicos de difusión de ideas (radio, prensa, televisión, básica pero no únicamente), aparatos a los que sólo en muy raras ocasiones tienen acceso los opositores de esa política. No es mi propósito debatir aquí y ahora si la decisión de la SCJN es en este caso correcta o incorrecta. Lo que sí sé es que es radicalmente contraria a lo que siente, quiere y piensa el pueblo mexicano. Tenemos así un caso típico de conflicto entre la voluntad popular y una institución que emana  de ella pero que opera independientemente de ella y en ocasiones, como en este caso, en contra de ella! Si recordamos, aunque sea vagamente, lo que sostenía Juan Jacobo Rousseau sobre el “contrato social”, entenderemos ipso facto por qué la SCJN puede decepcionar no a una, sino a millones de personas.

Ahora bien, así como podemos ser objetivamente críticos de la SCJN también hay que aplaudirle cuando toma decisiones que a las claras son socialmente sanas. Y eso precisamente fue lo que sucedió la semana pasada cuando, de manera hasta un tanto sorpresiva, los miembros de la Suprema Corte determinaron conferirle a la pornografía el status delincuencial que realmente tiene. A partir de ese momento la pornografía está prohibida en México y quien tome parte en esa práctica social puede recibir una sanción de hasta 15 años de cárcel. A nosotros, por todo el daño humano asociado con la pornografía, nos puede parecer poco, pero no está mal. En todo caso, no podemos más que vitorear con alegría la decisión, gritar a todo pulmón que fue una decisión correcta. Pero ¿no será que nos estamos precipitando? Necesitamos hacer un esfuerzo y reflexionar para siquiera tener claro para nosotros mismos por qué, sin caer en la mojigatería, respaldamos la decisión de la SCJN.

Básicamente, me parece que el tema (muy complejo) de la pornografía puede ser examinado desde dos perspectivas distintas, de hecho vinculadas entre sí pero de todos modos lógicamente independientes una de la otra. Uno es el estudio abstracto de la naturaleza de la pornografía, esto es, de su rol en tanto que práctica social, de los resortes de acción humana a los que apela, de los requerimientos humanos con los que juega, de las necesidades que manipula y de las debilidades de las que se aprovecha; y otra es el estudio empírico de la pornografía, esto es, su examen desde el punto de vista de sus consecuencias y de sus implicaciones prácticas. En relación con lo primero habría que admitir de entrada y explícitamente que no sería nada fácil elaborar argumentos contundentes y definitivos en contra de la pornografía, de manera que para evitar hundirnos en enredos tan interminables como redundantes opino que lo sensato será efectuar un veloz análisis de la cuestión meramente factual de los efectos reales y de los vicios palpables con los que la pornografía está obviamente vinculada. Propongo entonces iniciar un examen, inevitablemente un tanto superficial por razones más bien obvias, de la faceta “práctica” de la pornografía a través de un parangón con otra práctica socialmente aceptada, de fácil comprensión para cualquier lector y a partir de esa comparación tratar de echar luz sobre el escabroso tema que aquí nos ocupa.

Consideremos entonces el caso de las salchichas. ¿Qué son las salchichas? Todo mundo sabe que se trata de productos comestibles hechos, no siempre pero sí en muchísimos casos, con el detritus de partes de animales a los que los carniceros les quitaron todo lo que resulta socialmente comible. Una salchicha es entonces un embutido resultado de una mezcolanza procesada de restos de vísceras, ojos y toda clase de tejidos que nadie en condiciones normales pensaría en llevarse a la boca. Naturalmente, siendo un producto comercial las salchichas están “debidamente” preparados para el consumo humano incorporando para ello todos los ingredientes químicos necesarios de modo que tengan una consistencia apropiada, un sabor aceptable, etc. O sea, una salchicha es una mercancía que refleja a la perfección dos características de nuestro sistema de vida: por una parte, está uno de los preceptos fundamentales del sistema capitalista, a saber, todo es objeto de compra y venta, todo se comercializa, hasta las partes menos apetecibles de los animales (en este caso, cerdo, res y pavo); y, por otra parte, está el hecho de que el planeta contiene a millones de seres humanos a los que hay que darles de comer y ciertamente no todos tienen acceso a las clases de exquisiteces de las que las salchichas están excluidas. Nos guste o no, una salchicha ciertamente no es comparable a un lomo de res Kobe pero, podría argumentarse en su defensa, de todos modos es comida, contiene proteínas y es en principio nutritiva. Así, pues, para millones de personas en un estado de búsqueda cotidiana de comida la salchicha es una solución. Dejando de lado las salchichas de alta calidad (que también las hay), todos sabemos que las salchichas baratas son casi una porquería, por lo que si alguien alguna vez vio cómo se procesaban no vuelve a poner en su boca una cosa así nunca más. Así vistas las cosas, podríamos decir que la salchicha es una cosa esencialmente contradictoria: es un producto que en condiciones normales a una inmensa mayoría de personas le daría asco deglutir pero que, curiosamente, en condiciones de necesidades permanentemente insatisfechas puede significar hasta la salvación de millones de personas. Por el momento, lo único que hay que tener presente es la conexión con la pornografía.

Desarrollemos entonces un poquito más nuestro ejemplo. Imaginemos ahora la siguiente situación: a esa porquería de la que no quisiéramos ni saber que existe de pronto le ponemos mostaza, salsa catsup, mayonesa, la acompañamos con unos sabrosos pepinillos y la envolvemos con un pan caliente preparado precisamente para comérnosla. Lo que obtenemos es un estupendo platillo, de hecho una aportación de la cocina norteamericana al arte culinario mundial, conocido como ‘hot dog’. Y echando a volar la imaginación, veámonos ahora sentados en un parque de beisbol, con medio litro de veneno (i.e., de coca-cola) en una mano y entonces esa cosa de la que en otras condiciones no querríamos saber nada además de que nos va a alegrar el partido de beisbol nos va también a resultar exquisita! La situación es, una vez más, paradójica: la persona sabe cómo se elabora una salchicha, si presenciara cómo se hace pudiera ser que hasta se vomitara, pero en las condiciones apropiadas esa porquería puede ser si no lo único sí lo mejor que se podría consumir. A mí me parece que este ejemplo algo nos enseña sobre la pornografía. El problema es explicar las similitudes.

Yo creo que en efecto la salchicha del ejemplo es un caso parecido al de la pornografía, pero como era de esperarse los casos no coinciden totalmente. Hay paralelismos entre ellos, pero nada más. Podríamos decir que, si se topa con productos pornográficos, la gente sana y satisfecha sexualmente simplemente los hace a un lado. La pornografía sencillamente no le sirve. Y, por otra parte, en épocas de abstinencia sexual forzada la pornografía es como la salchicha para el muerto de hambre, a saber, algo así como un manjar. Pero si no podemos prohibir las salchichas ¿por qué si podemos hacerlo con la pornografía? La respuesta tiene que ver con las peculiaridades de esta última, algunas de las cuales pasaremos a considerar.

La verdad es que no es muy difícil imaginar condiciones un tanto especiales en las que la pornografía podría desempeñar un papel relativamente positivo. Por ejemplo en una sociedad extremadamente mojigata e hipócrita, en una sociedad de corte victoriano, un poco de pornografía podría ser útil socialmente para desprejuiciar un poquito a la sociedad y evitar así aunque fuera la proliferación de los casos de histeria. Este punto, sin embargo, resulta particularmente útil para el debate en torno a la pornografía en México, porque precisamente a estas alturas de su desarrollo nuestro país ya no está en una etapa en la que la pornografía pudiera desempeñar ese rol supuestamente positivo. Desde ese punto de vista en México la pornografía es redundante y por consiguiente no cumple ni en principio con el rol potencialmente positivo que se supone que podría desempeñar. El ciudadano medio (más aún: los púberes y hasta los niños) está bombardeado desde que nace con toda clase de imágenes “permisibles” de hombres y mujeres sin o con poca ropa, en las más diversas situaciones, etc., de manera que a los 15 años los muchachos de nuestros tiempos no necesitan ya productos pornográficos ni para abrir los ojos ante la realidad del sexo ni para instruirse. Ellos ya saben todo eso y más! Por lo tanto, en ese sentido la pornografía no cumple la función supuestamente benéfica a la que pudiéramos apelar para justificarla como solución para alguno que otro problema social. De ahí que pueda afirmarse que, en el contexto nacional, ciertamente la pornografía no surte los efectos positivos que se le podrían adscribir y es por ende dispensable. Pero ¿son entonces sus efectos forzosamente negativos? Formalmente, lo segundo ciertamente no se sigue de lo primero. Por lo tanto, la argumentación en contra de la pornografía tiene que ser a la vez independiente del hecho de que no es útil y factualmente convincente. Sólo así se le puede desterrar, puesto que es obvio que no se le puede condenar sólo porque no es útil.

Si mi comparación con la salchicha sirve de algo, lo primero que podemos decir es que así como la salchicha es comida chatarra, la pornografía es sexo chatarra. ¿Qué quiero decir con esto?  Primero que, estrictamente hablando, es un modo de inducir a una práctica sexual, pero ella mismo no es práctica de nada. En ese sentido es sexo aparente y en ese sentido es una estafa, como cualquier bolsa de papas. Así como el que compra comida chatarra paga por algo que no es nutritivo, así también el consumidor que paga por una revista o una película pornográfica busca sexo pero paga por algo que no es estrictamente hablando lo que él quisiera. Sin embargo, al revés de lo que pasa con la comida chatarra que sirve para quitar el hambre aunque en realidad no nutre, el sexo chatarra no baja la tensión sexual sino que la incrementa dejando al consumidor con su líbido insatisfecha. Y es precisamente por eso que la pornografía se vuelve peligrosa: deja a lo que podríamos llamar un ‘muerto de hambre sexual’ con más hambre todavía, listo para otra clase de correrías. Por eso no se puede rechazar la acusación de que de hecho la pornografía está internamente conectada con la prostitución. Obviamente, habrá personas (como países) para los que la prostitución es una actividad perfectamente legítima, un oficio más (no menciono países así porque no quiero avergonzar a nadie). Nosotros, evidentemente, no concordamos con semejante punto de vista, pero no nos desviaremos hacia dicho tema. Basta con reconocer que es un hecho que hay un vínculo muy fuerte entre pornografía y prostitución y, por transitividad, dadas las conexiones de la prostitución con el tráfico de personas (básicamente de mujeres y niños) y por ende con la delincuencia organizada, entre pornografía y crimen. Ya esto por sí solo da lugar a un argumento sólido para declararla ilegal. La verdad es que los miembros de la SCJN en esta ocasión se lucieron!

Como en o con todo, hasta en la pornografía hay, por así decirlo, niveles. Quizá en algún sentido muy especial pudiera haber productos pornográficos más o menos “finos” y hasta podríamos imaginar, con un poquito de buena voluntad, que revistas o películas pornográficas podrían fungir como textos gráficos de iniciación a ciertas prácticas sexuales, pero habría entonces que contrastar esas excepciones con la infinidad de productos pornográficos que son sencillamente repugnantes, tanto física como moralmente. Por ejemplo, todos los productos de pornografía escatológica son simplemente asquerosos y ciertamente no tienen absolutamente nada de artístico o de atractivo. En ese sentido, en relación con el sexo la pornografía no es más exaltación del morbo, como lo sería para la gastronomía ver a alguien que se come vivo a pollo. A alguien completamente anormal le podría quizá despertar un cierto deseo el ver cómo alguien devora a un pollo vivo, pero nadie podría sostener seriamente que se trataría de una práctica edificante. Piénsese, por otra parte, en fotografías o videos de relaciones sexuales entre “humanos” y animales. También eso es una variante de pornografía, una modalidad que exhibe mejor que otras lo que es la animalización de la vida sexual humana. Y piénsese también en la inmensa cantidad de videos o fotos que circulan por todos lados de adultos teniendo relaciones sexuales con niños. Eso es no sólo inmoral, sino criminal. Por lo tanto, dado que la pornografía se acepta o se rechaza in toto, parecería que más allá de la ética y de la estética hay bases jurídicas claras para declararla contraria a la salud pública y, por lo tanto, ilegal.

Yo creo que es tan importante combatir el negocio infame de la pornografía como tratar de rastrear a los amos del negocio para exhibirlos ante la humanidad como lo que son: explotadores de personas, inductores profesionales al vicio y vulgares comerciantes de pasiones y debilidades humanas. Hasta donde se sabe y como por casualidad, ellos son siempre los mismos, ya se trate de México, de Argentina, de Ucrania, de Canadá, de Suecia o de los Estados Unidos. Es evidente que gracias a la pornografía sus dueños, promotores y orquestadores se han vuelto multimillonarios. La pornografía es un producto relativamente reciente, es decir, es un producto típicamente capitalista. Cabe preguntar: ¿qué clase de mente se tiene que tener para saber aprovechar sin escrúpulo alguno todos los mecanismos y resquicios del sistema y hacerse rico objetivizando a la mujer y animalizando al hombre? Tiene que tratarse de seres que, por las razones que sean, no están realmente ligados a quienes parecerían ser sus semejantes, es decir, a la humanidad en su conjunto, a quienes a final de cuentas no ven más que como animales y como consumidores. En realidad, la pornografía  es tan dañina para el hombre como para la mujer normales porque, si bien en sentidos distintos, al entrar en esa forma de vida a ambos se les bestializa. La pornografía es una tentadora (porque juega con requerimientos y con deseos humanos) invitación al vicio y en esa medida una vía para hacer que, en ese contexto determinado que es el de la vida sexual, las personas alejen de sí mismas las posibilidades que en un principio tienen de alcanzar sus mejores formas de realización.

Peculiaridades Nacionales

La irracionalidad reviste las más variadas formas. De acuerdo con los aburridos filósofos estándar ser irracional es ir en contra de las leyes de la lógica, pero esa es la forma más pueril y menos interesante de ser irracional. La irracionalidad tiene más bien que ver con la naturaleza de nuestras creencias. Algunas creencias presentan ciertos rasgos que hacen que las califiquemos como “irracionales”. Por ejemplo, nadie las acepta, embonan con todo o no embonan con nada, son injustificables, siempre tienen efectos contraproducentes para quien las hace suyas, etc. Un ejemplo de irracionalidad, un fenómeno teóricamente interesante pero que resulta a la vez ridículo, detestable y a final de cuentas caro es el auto-engaño. Este fenómeno es detectable tanto en un nivel individual como en un plano colectivo. Considérese, por ejemplo, el auto-engaño personal. La persona que se forma una imagen de sí misma que es palpablemente equivocada termina por hacer el ridículo, puesto que los demás no pueden dejar de percatarse de que la concepción que el sujeto tiene de sí mismo sencillamente no corresponde a la realidad. Así, alguien se puede sentir inteligente, guapo, simpático, ocurrente y culto y ser objetivamente tonto, feo, antipático, aburrido e ignorante. Su creencia en sus cualidades es declaradamente irracional. Algo interesante en relación con esto es que difícilmente podría afirmarse que se trata de fenómeno poco recurrente. En realidad es de lo más común, por lo que no queda más que concluir que reina en el mundo más irracionalidad de la que en principio uno estaría dispuesto a pensar. Es evidente, por otra parte, que alguien que se auto-engaña las más de las veces se vuelve una persona repelente o hasta detestable, puesto que los demás tienen que padecer una conducta que no encaja con la personalidad imaginada que el sujeto se auto-adscribe. Alguien puede de hecho ser desagradable y rudo y, no obstante, estar convencido de que es todo un caballero. Es altamente probable, por lo tanto, que la persona en cuestión tenga permanentemente choques con los demás pero, en la medida en que se aferra a sus creencias estando sin embargo equivocada respecto de sí misma, ella no podrá ejercer sus capacidades normales de auto-crítica, no estará en posición de superar los conflictos y, por lo tanto, los problemas con los demás seguirán. Asimismo, es obvio que esa forma particular de irracionalidad que es el auto-engaño tiene consecuencias negativas que pueden revestir las más variadas modalidades (pecuniarias, sociales, laborales, familiares, etc.), Sin embargo, en mi opinión las consecuencias más “caras” para la persona vienen cuando de una u otra manera ella misma se da cuenta de que su auto-percepción choca con el muro de la realidad y que éste la hace añicos, cuando los hechos le muestran inmisericordemente a uno que no se es lo que pensaba uno que es. Cuando eso sucede el sujeto puede caer en depresión, puede perder peligrosamente interés en los demás, sentirse totalmente disminuido y, en el peor de los casos, hundirse en la locura, un laberinto del cual rara vez se sale. Todo eso puede tener consecuencias fatales. Así, pues, una percepción falseada de uno mismo, aunque momentáneamente gratificante para el ego, habrá inevitablemente de tener costos vitales sumamente elevados.

Como era de esperarse, esa forma de irracionalidad que es la auto-percepción ilusoria se da también a nivel masivo o colectivo. Es más que obvio que también los pueblos se forjan ideas de sí mismos que tiene todas las características del auto-engaño, de las racionalizaciones inconscientes, de la fantasía desbordada. Los norteamericanos, por ejemplo, se siguen pensando a sí mismos como (en algún sentido importante) especiales y siguen creyendo en su “destino manifiesto”, considerando por ello que pueden tratar al resto del mundo con un doble estándar: todos los países deben someterse a las leyes de las instituciones mundiales (que ellos dictan), pero no ellos porque ellos realmente son excepcionales. Afortunadamente allí están Rusia y China (y yo añadiría Israel) para abrirles los ojos y así despertarlos de su “sueño dogmático”. Y ciertamente no son los norteamericanos el único pueblo que gira en torno a creencias que, por incompartibles, infundadas, gratuitas, inútiles y demás le resultan a la humanidad en su conjunto no sólo inaceptables, sino absurdas y hasta ridículas, pero no abundaré en el tema. No son creencias irracionales vis à vis los demás lo que aquí me interesa, sino más bien cierta forma de auto-engaño colectivo respecto de sí mismo y que se manifiesta a través de decisiones y de conductas que resultan para la propia comunidad de que se trate altamente perjudiciales pero a las que, por increíble que suene, no se renuncia. Si ese es nuestro tema imposible entonces no pensar en México. En lo que a irracionalidad colectiva concierne somos campeones. A mi modo de ver es evidente que en nuestro país la gente está forzada a vivir en el engaño y en el auto-engaño a los que inducen las políticas gubernamentales. Por ejemplo, en México en general se pensaba hasta hace unas cuantas décadas que las leyes que regían al país eran excelentes y que el problema era sencillamente que no se aplicaban. Esta era una idea ingenua de un pueblo que había dejado atrás épocas turbulentas, que confiaba en que después de un gran sacrificio social gracias a su trabajo y a su esfuerzo podría vivir bien sólo que ese estado deseado de bienestar se posponía y se posponía y no se materializaba nunca. La explicación que la gente se daba era que ello se debía a que unas cuantas malas personas impedían que las maravillosas leyes nacionales dieran los resultados por todos esperados. Pero esto era obviamente un auto-engaño: dejando de lado corrupción y demás plagas sociales, lo cierto es que las leyes mexicanas son sumamente imperfectas, vagas, en muchos casos claramente anti-sociales. Ahora bien, hay casos en los que se puede comprender por qué la gente se auto-engaña, pero hay muchos otros en los que definitivamente intentar comprender es una tarea de entrada imposible de completar. Dado que no nos corresponde estar delineando soluciones para nosotros la tarea se reduce a señalar problemas y a tratar de ofrecer un diagnóstico general que ayude a entender, aunque sea parcialmente, lo que a primera vista es incomprensible.

Así, pues, básicamente lo que pasa es que, por una parte, urge resolver ciertos problemas factuales, prácticos, inmediatos pero, por la otra, por falta de cacumen, de células grises, por la corrupción, por falta de un genuino interés en el bienestar de las personas, por ignorancia, por ineptitud, por tener valores ridículos o por alguna otra “virtud” como esas se toman medidas que resultan ser abiertamente torpes y se promulgan leyes contrarias al interés nacional. Lo peor de todo es, naturalmente, que los problemas no se resuelven sino que van in crescendo. Veamos ahora sí algunos ejemplos de ello.

Hace unos 40 años, más o menos, se propuso en cierto sector del gobierno de la época que, por una serie de razones más o menos obvias, dada la cantidad de perros que había en la capital del país (se calculaba la población canina de la ciudad de México en unos 200,000 animales) se acabara con un número elevado de ellos. Decenas de miles de éstos eran, obviamente, perros callejeros y había con ellos problemas reales de alimentación, ataques, enfermedades, heces y todo lo que se quiera asociado con los perros. Movida por un laudable sentimiento de piedad, la primera dama de aquella época se opuso rotundamente a la ejecución de los animales. Muy bien, pero ¿qué pasó? Que ahora tenemos 2,000,000 de perros! ¿Fue una decisión apropiada la de aquellos tiempos? No lo sé, pero lo que sé es que como no se le ocurrió a nadie ningún programa alternativo real para resolver el problema, ahora el problema es 10 veces mayor. Nadie entiende, por ejemplo, por qué nunca se combatió seriamente el comercio animal, el cual inundaba las calles. Eran muy conocidas, por ejemplo, las camionetas que se estacionaban a un costado de un importante centro comercial del sur de la Ciudad de México y allí públicamente sin permisos se comercializaban cachorros de todas las razas imaginables. En la actualidad, los problemas que ocasionan los perros siguen allí afectando a la población en su conjunto (piénsese nada más, por ejemplo, en la multitud de enfermedades respiratorias y digestivas que padece la gente por los perros), sólo que (como dije) multiplicados por 10. Si nos fiamos a las consecuencias, aquí tenemos un prototipo de cómo no se debe proceder.

Alguien podría afirmar: “Bueno, eso es un caso especial y es hasta comprensible. Pobres animales!”. Está bien, pero ¿qué tal este otro? Las “vías rápidas” en la Ciudad de México (el viaducto Miguel Alemán, el Periférico, los segundos pisos) están construidas de tal manera que la salida inevitablemente se convierte en un cuello de botella, en un tapón para la circulación vehicular, porque se desemboca en calles estrechas, con mucho tráfico, etc., y entonces se forman filas inmensas de autos. ¿Cómo habría podido solucionarse, aunque hubiera sido por etapas, el problema? No sé y afortunadamente nadie me pidió mi opinión, pero la solución mexicana, esto es, la que se tomó durante el periodo del sátrapa Miguel Ángel Mancera, una medida impuesta por una de sus más infames colaboradoras, una tal Laura Ballesteros (creo que era de Querétaro y por eso se le llamaba la ‘queretina’, pero no estoy seguro de que ese fuera el apelativo correcto), consistió en ….. reducir por la fuerza la velocidad de los autos que circulaban en las “vías rápidas”! ¿Se solucionó el problema? Claro que no! Dada la cantidad de autos en circulación lo único que se logró fue convertir las vías rápidas en auténticos estacionamientos, con lo cual la contaminación se incrementó hasta convertir a la ciudad en una ciudad fantasma. Nada más se ven las siluetas de los edificios. Ahora lo que tenemos es estacionamiento gigantesco (por el temor a pagar multas sin fin) además de los mismos antiguos problemas concernientes a las salidas de las vías rápidas, un problema que nunca se solucionó. En este caso, todos lo entendemos, la “solución” no vino de ningún genio y lo que percibimos son más bien claras huellas de corrupción, puesto que como se sabe las fotos multas se convirtieron en la caja chica del jefe de gobierno, el aspirante a emperador, Miguel Ángel Mancera. Dicho sea de paso, yo estoy totalmente convencido (como millones de ciudadanos) que él tendría que ser llamado a declarar por el reciente y aparatoso derrumbe de edificios en el nuevo “shopping center” del sur de la Ciudad de México, pero como tiene fuero por el momento no se le puede tocar. Todos esperamos, sin embargo, que la justicia lo requiera y que por lo menos se le dé ese gusto al pueblo de México.

Otro ejemplo formidable de incongruencia nos lo proporciona la Secretaría de Educación Pública (SEP). Como es bien sabido, la SEP tiene que acoger año tras año a legiones de niños a lo largo y ancho del país. Los niños, que a no dudarlo tienen derecho a la educación, que ingresan cada año a la Primaria se cuentan por millones sólo que, como todos sabemos, no hay en el país suficientes salones de clase. Ese es el problema, pero ¿cuál es la solución? Muy simple: para no amontonar niños unos encima de otros hay que desalojar los salones y eso ¿cómo se logra? La solución es genial: lo que hay que hacer es prohibir a los maestros que reprueben niños aunque éstos no pasan los exámenes. Así, pues, no hay reprobados en la Primaria: hagan lo que hagan, digan lo que digan, se comporten como se comporten, el niño que está en primero pasa a segundo, el que está en segundo pasa a tercero y así sucesivamente. Ciertamente, el problema del cupo en los salones queda resuelto (a medias), pero ¿a qué precio? El precio es el auto-engaño: hacemos como que tenemos millones de alumnos que están justificadamente en la clase en la que se encuentran cuando visiblemente eso no es el caso! No importa si escriben con tremendas faltas de ortografía, si no saben hacer operaciones aritméticas, si no tienen ni idea de lo que es (biológicamente hablando) el cuerpo humano, si no recuerdan los nombres de sus héroes nacionales, etc., etc. A final de cuentas, en relación con múltiples niños, el certificado de Primaria que la SEP les otorga es como uno de esos certificados que se pueden mandar a hacer en la Plaza de Sto. Domingo (junto todavía a las oficinas centrales de la SEP) y que lo hacen pasar a uno como licenciado, maestro o doctor en la disciplina que uno quiera y por la universidad que a uno más le guste. En otras palabras, una burla total. La pregunta es: en este caso ¿qué es peor: el mal o la medicina? Como diría un cómico de la televisión mexicana, “qué alguien nos explique!”.

La verdad es que lo menos que podemos decir es que los ejemplos mencionados claramente indican que quienes han estado durante lustros al frente de las instituciones nacionales básicamente han sido unos ineptos además de ser gente carente de un sentimiento serio o maduro de responsabilidad en relación con la población en su conjunto. Parecería que los funcionarios mexicanos, en general, toman felices posesión de sus cargos pensando ante todo en lo que tienen que hacer para que los problemas que heredan no les estallen y puedan ellos permanecer en sus puestos durante los periodos correspondientes, pero sin proponerse resolverlos. Desde luego que hay que evitar que los problemas los rebasen, pero eso no basta: hay también que esforzarse por encontrar nuevas soluciones, por anticiparse a los problemas que ya se tienen en ciernes y sobre todo, por no contentarse con tapar los problemas sin tratar de efectivamente darles una solución. El auto-engaño de las autoridades no sirve para nada, ni siquiera como paliativo.

Muy probablemente, el caso más indignante de situación de ilogicidad en la que vivimos nosotros, los mexicanos, es la que se crea por el nefando coctel que conforman la estupidez, la deshonestidad y un marcado desinterés por la existencia de los ciudadanos por parte tanto de los encargados de hacer las leyes (diputados, básicamente) como por los encargados de aplicarlas (poder judicial). Pero examinemos someramente el caso. Como todos en México sabemos, por un lado el ciudadano medio, las personas que trabajan y que tienen horarios rígidos, tienen que usar diariamente el transporte colectivo. Todas esas personas corren cotidianamente riesgos incalculables. Todos los días sufren asaltos, atropellos de toda índole, abusos y demás. A los pasajeros, básicamente gente modesta, les roban sus celulares, el poco dinero que llevan, sus relojitos o sus cadenitas, etc., sin mencionar ya los golpes, las humillaciones y demás vejámenes por parte de barbajanes y de delincuentes que sólo reconocen la fuerza como argumento. Eso por una parte. Por la otra, sabemos que, como las escuelas de la SEP, los reclusorios están a reventar y no hay nuevos o sólo en perspectiva. El problema es entonces: ¿qué hacer con tanto delincuente si ya no hay lugar en dónde meterlos? Además, precisamente por la cantidad tan grande de detenidos que hay, los juzgados están llenos de expedientes, los juicios se alargan desesperadamente, etc. Un caos total. En medio de ello vive el ciudadano normal, el hombre de a pie, “Juan pueblo”, como dicen. ¿Cuál es la solución? Al ingenuo lector sin duda se le ocurrirá que lo que hay que hacer es reforzar la vigilancia, poner cámaras, incorporar policías en los autobuses, inspeccionarlos sistemáticamente, etc., etc. Muy equivocado. Eso podrá ser en otros países. Aquí en México ya se encontró la solución, la cual se compone de por lo menos dos factores. El primero es la reclasificación de los delitos. Como por arte de magia, a nivel de la criminalidad cotidiana no hay delitos graves. Y, segundo, disfrutamos ahora de los así llamados ‘juicios orales’. ¿En qué consisten éstos? En que se confrontan víctima y victimario frente a un juez, no se acumulan expedientes, el delincuente puede seguir su juicio en libertad y así ya tenemos la solución al problema del abarrotamiento de los reclusorios. Sólo a un genio se le pudo haber ocurrido algo así, pero a un genio al que el ciudadano mexicano le importa un comino. En dichos juicios la función del juez es presionar a la víctima para que llegue a un arreglo con su victimario, un arreglo que tiene que ser “moderado”, equitativo, etc., de manera que casi casi el ciudadano termina pidiéndole perdón a quien lo golpeó, asustó y atracó. ¿No es eso congruencia y visión política? Sí, pero irracionales.

Olvidada por las autoridades y desprotegida frente a los bandoleros, después de cientos de miles de casos en los que el resultado final es que se tiene uno que conformar con no haber perdido la vida, es perfectamente comprensible que la gente intente defenderse. Pero ¿qué es defenderse frente a un sujeto armado? Pues sacar otra arma y tratar de disparar antes que él. Es así como han surgido en el transporte colectivo, sobre todo en los suburbios de la ciudad de México, en los municipios conurbados del Estado de México pero no únicamente, multitud de los así llamados ‘justicieros’, esto es, pasajeros que en un momento de descuido por parte de los asaltantes o cuando éstos muy alegremente se preparan para bajarse del camión después de su razzia, toman la justicia por su cuenta y acaban con los delincuentes. Nadie exalta la violencia, pero frente a la terrible realidad en la que está sumergida la gente, frente a la inacción de las autoridades y la palpable injusticia de las leyes: ¿no es acaso la auto-defensa la única opción que le queda a los usuarios del transporte colectivo? Y dado que esa es la única opción ¿no es ella legítima? El punto importante es que por irracionalidad jurídica y policiaca la gente vive en el temor, la incertidumbre, el no saber qué hacer: si no me defiendo estoy perdido y si me defiendo también. Bravo!

La cereza de tan suculento pastel, otra inconsistencia de magnitudes descomunales, la encontramos no sólo en el abuso sino sobre todo en la forma tan estúpida que se tiene en México de entender el concepto de derechos humanos. Si extraemos la noción de derechos humanos de su aplicación real en la vida cotidiana lo que tendríamos que decir es que en México se usa la expresión ‘derechos humanos’ sobre todo cuando lo que se quiere es ayudar a alguien a que evada la aplicación de la ley. Esto, naturalmente, se aplica de inmediato y en primer lugar precisamente a quienes la infringen. Resulta entonces que, por una incomprensión y una tergiversación conceptuales, tan pronto un delincuente es llevado ante la justicia lo primero que se pretende hacer es “salvaguardar sus derechos humanos”. Eso es grotesco. Siendo esas las premisas, a nadie debería sorprender que las organizaciones no gubernamentales, los dizque defensores de derechos humanos, los abogados de oficio, etc., se aboquen en primer término a defender a los delincuentes (inter alia)! A consecuencia de ello y como un efecto colateral inevitable se descuidan los derechos violentados de las víctimas. Esto no sólo es, en un sentido degradante o peyorativo, una mera “percepción” de la ciudadanía: es una lectura correcta de los hechos, porque eso precisamente es lo que sucede. Ahora bien ¿cómo comprender esa situación en la que la gente, independientemente del modo cómo ello se manifiesta, se hace daño a sí misma?¿Es por ineptitud, por corrupción, por ilogicidad? Yo creo que la respuesta es inmediata: por todo ello junto. Ello da una idea de la clase de realidad surrealista, nada envidiable dicho sea de paso, en la que se obliga a vivir al pueblo de México.

De Regreso a la Realidad

Por fin se acabó ese entretenido circo mundial que fue la Copa del Mundo de Rusia 2018! Habría de inmediato que decir que en tanto que evento social fue todo un éxito: espléndidamente organizado y de muy variadas consecuencias benéficas para la sociedad rusa en su conjunto. Ciertamente, digo yo, el pueblo ruso ya se merecía una fiesta así, ya tenía derecho a ella, un derecho ganado a pulso por años de esfuerzos de reconversión social, de trabajo y de adaptación a un mundo que hasta hace dos décadas le era casi desconocido. Después de todo, también los ciudadanos rusos tienen derecho a interactuar masivamente con personas de otras partes del mundo y a que éstas admiren sus imponentes y hermosas ciudades, contemplen sus maravillosos paisajes, disfruten de sus tradiciones culinarias y aprovechen su ya legendaria hospitalidad. Grosso modo, yo diría que hubo dos grandes ganadores en este formidable evento internacional: futbolísticamente, me parece, ganó África dado que (así me lo indica mi sentido común) si un equipo (de Francia o del país europeo que sea) de once jugadores se compone de 8 o 9 jugadores de origen africano, en este caso de antiguas colonias del imperio francés, no queda más que decir que, en al menos algún sentido, el equipo es más bien representativo de África que del ganador. Yo entiendo obviamente todo lo que se podría responder a esto, pero me parece que se podrían asimilar todas las respuestas y seguir manteniendo lo que afirmé. A mi modo de ver lo que esta situación pone de manifiesto es que nada escapa al fenómeno de la globalización y al de desaparición paulatina de los estados nacionales. Por otra parte, la gran vencedora sin duda alguna fue Rusia, queriendo esto decir, su población y su gobierno. El tema, me parece, amerita unas cuantas palabras aclaratorias.

Sólo un invidente político podría querer negar que la realización de la Copa del Mundo significó un gran triunfo político de Rusia sobre algunos de sus adversarios tradicionales, como por ejemplo Inglaterra (los Estados Unidos estuvieron ausentes de esta gran fiesta mundial porque, como todos sabemos, ellos se auto-excluyeron perdiendo deliberadamente su clasificación. ¿O habrán perdido jugando en serio?). En esta ocasión, las intrigas de los campeones en perfidia, esto es, los ingleses, no sólo no surtieron efecto, sino que a final de cuentas les resultaron a ellos altamente contraproducentes. Como todo mundo sabe, el gobierno de Su Majestad, sirviéndose de la odiosísima prensa británica (no sé si la más mentirosa del mundo, pero con toda seguridad la más estridente e irrespetuosa), intentó empañar el campeonato que estaba a un par de meses de iniciarse inventándose un ridículo caso de intento fallido de asesinato en suelo británico por parte de los servicios secretos rusos. Al parecer el objetivo era asesinar a  un ex-espía ruso radicado en Inglaterra (y a su hija, que vive en Moscú en donde, se me ocurre, hubiera sido más fácil dar cuenta de ella) y que trabajó durante años para los servicios de espionaje ingleses. Este sujeto, Serguéi Skripal, que abandonó Rusia en 2010 después de varios años de cárcel, habría sido víctima de un atentado fallido por parte de algún James Bond ruso que habría patéticamente fracasado en su misión (si en verdad así fueran los servicios de inteligencia rusos, Rusia ya no existiría). La grave acusación inglesa, obviamente, nunca vino acompañada de la más mínima prueba. La situación empezó a tornarse bochornosa cuando inclusive miembros del laboratorio de los servicios secretos británicos tuvieron que reconocer que era posible que el gas novichok, supuestamente de fabricación rusa y con el que se habría intentado matar a Skripal, habría podido ser sido fabricado en un sinnúmero de países (hasta en la República Checa, por ejemplo, según informaron), contradiciendo así las declaraciones de su propio gobierno. Sin cejar en su esfuerzo por arruinarle a Rusia el evento deportivo, sin embargo, el asunto Skripal le permitió al gobierno inglés forzar un intercambio de expulsiones de diplomáticos, agriando la atmósfera internacional y pensando que con ello se enturbiaría la fase final de preparación del torneo. Toda esa sucia política de permanente hostigamiento de Rusia, sin embargo, fracasó rotundamente y culminó con la renuncia de uno de los grandes promotores del conflicto, a saber, el fugaz ministro de asuntos exteriores, el tristemente célebre Boris Johnson. Los ingleses, que a veces siguen delirantemente actuando como si estuviéramos en el siglo XIX y tuvieran todavía su imperio, insinuaron que boicotearían el evento deportivo, seguramente fantaseando con que podrían volver a hacer lo mismo que hicieron en 1980 cuando, junto con los Estados Unidos y algunos otros países occidentales, boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú. La respuesta no se hizo esperar y fue contundente: si no querían participar la FIFA disponía de mecanismos para sustituirlos. Eso rápidamente los puso de nuevo con los pies en la tierra y allí terminó por lo menos la primera parte de ese conflicto particular con el gobierno ruso (como tienen que salvar la cara, la farsa sigue con un nuevo escenario). Dicho sea de paso, la verdad es que si Inglaterra no hubiera participado no nos hubiéramos perdido de gran cosa. Lo que en cambio fue muy afortunado fue que muchos British fans viajaron de todos modos a Rusia para apoyar a su selección porque, si nos atenemos a sus declaraciones, en su gran mayoría quedaron encantados. No hubo violencia, represión, agresiones ni en general nada de los desastres con los que la prensa inglesa les había anunciado a los “fans” que se encontrarían. Por fin pudieron ciudadanos ingleses comprobar por ellos mismos que el cuadro que les pintan de Rusia su televisión y su prensa es simplemente lo más fraudulento que pueda uno imaginar y que son ellos las víctimas de un engaño sistemático. Ojalá esta experiencia deportiva y turística los blinde y los vuelva inmunes a las provocaciones y manipulaciones de los eternos portadores de odio entre los pueblos.

Por lo espléndido que fue, la Copa del Mundo de Rusia fue como una especie de sueño o de agradable letargo que, momentáneamente, nos hizo olvidar muchos aspectos de la realidad. Pero ya se acabó y súbitamente nos encontramos de nuevo frente a los hechos duros del mundo. De nuevo nos inundan con indignación las noticias sobre las masacres cotidianas de palestinos y de yemenitas, las noticias concernientes a los niños arrancados de los brazos de sus padres en los Estados Unidos, la cantidad de personas que a diario mueren ahogadas en ese cementerio marítimo en el que se ha convertido el Mediterráneo para miles de seres humanos que tratan desesperadamente de llegar a un lugar en donde siquiera los dejen vivir, y así sucesivamente. Sin embargo, también presenciamos uno que otro suceso político nuevo y profundamente interesante, como lo fue el encuentro entre los presidentes D. Trump y V. Putin. Ante el océano de artículos y de programas de televisión dedicados a manchar por todos los medios posibles dicha reunión, quisiera yo contribuir con mi propia e insignificante gota de comentario político.

Quizá habría que empezar por señalar que la mayoría de la gente no reflexiona mucho sobre lo complicado que es organizar un encuentro entre el presidente de los Estados Unidos y el presidente de la Federación Rusa, independientemente de quiénes sean. En esta ocasión se trató de un encuentro de unas cuantas horas que llevó meses orquestar. Sin embargo, dejando de lado los aspectos técnicos de preparación de la reunión, en este caso es claro que hubo además que vencer multitud de resistencias y obstáculos para que el encuentro se llevara a cabo. Esto, obviamente, fue un problema que concernía exclusivamente al presidente de los Estados Unidos porque, por paradójico que suene, el presidente del país de la libertad no es libre de dialogar con quien él lo considere pertinente. Pero ¿cómo es eso posible? Lo que pasa es que hay descomunales fuerzas políticas en los Estados Unidos que están decididamente en contra de que se produzca el menor acercamiento con el presidente Putin y, más en general, con Rusia. Hay multitud de actores políticos, nada difíciles de identificar, que consagran su vida a mantener vivo el odio, la agresión, la animadversión hacia ese país. Piénsese en gente como Madeleine Albright, Elena Kagan, Lindsey Graham o Victoria Nuland y en los poderosísimos grupos que ellas representan o en agitadoras políticas profesionales como Rachel Maddow (MSNBC) o Michelle Goldberg (New York Times), en toda esa gente que, por razones que siempre resulta interesante investigar, le ha dedicado su vida a combatir, primero, a la Unión Soviética y, ahora, a la Federación Rusa. Naturalmente, estos grupos de operadores políticos tienen como una de sus principales armas a la prensa y la televisión que son, no sólo en los Estados Unidos pero allí particularmente, un arma en el mismo sentido en que lo son un bombardero o un submarino atómico. Ellos son los enemigos (públicos y conocidos, pero hay muchos más que difícilmente se dan a conocer) del nacionalismo norteamericano de D. Trump, un nacionalismo que de manera natural busca llegar a un entendimiento con sus rivales. Por eso el actual presidente de los Estados Unidos, que trata de actuar en concordancia con la perspectiva nacionalista esbozada desde su campaña electoral, ha tenido que enfrentar a todo un estado dentro del estado que sencillamente no lo deja implementar su política. Poco a poco y a través de muchos esfuerzos, el presidente Trump se ha ido desprendiendo de multitud de miembros de su gabinete que, literalmente, le fueron impuestos cuando asumió la presidencia y ha venido penosamente formando su propio gabinete. El recurso del twitter le ha permitido defenderse mínimamente de una omnipresente prensa que mañana, tarde y noche lo acosa con noticias deformadas y mentiras descaradas (fake news), que obviamente el ciudadano medio deglute sin siquiera darse cuenta de lo que ingiere. En los Estados Unidos, el ciudadano común está 24 horas al día en manos de la televisión y ahora hundido en esa atmósfera de desprestigio permanente del actual presidente de la cual es casi factualmente imposible que se libere. Las cosas espantosas que ahora pasan en la frontera con México ya pasaban durante los periodos de Obama (si no es que eran peor entonces), sólo que no se publicitaban como se hace ahora. Pero si las cosas efectivamente son como las describimos, entonces casi lo que se debería decir es que uno de los objetivos del presidente Trump para encontrarse con el presidente ruso era pedirle a éste tiempo y ayuda. El modo como ha sido tratado en su propio país deja en claro que Trump está arriesgando algo más que su reputación. En las primeras planas de los más importantes periódicos, en el Senado, el cuerpo de embajadores, miembros de las fuerzas armadas, etc., etc., todos se unen para poner el grito en el cielo y describir a Trump como un lacayo (sic) de Putin! A mí me parece que la situación en los Estados Unidos se está poniendo tensa de un modo como no se había visto desde los tiempos de J. F. Kennedy y en ese país, lo sabemos, ya encontraron las vías para deshacerse de los presidentes incómodos: atentado o una variante de Watergate, que es lo que a todas luces está en curso ahora.

El paralelismo con Watergate no debería ser minimizado o ignorado. No recuerdo los detalles del caso contra R. Nixon, pero lo que sí se puede decir es que el actual es francamente ridículo y denota un desprecio total por el intelecto del ciudadano norteamericano, una confianza total en que se le puede manipular como se quiera. La acusación en contra del presidente, sin hasta ahora ninguna prueba concluyente, consiste básicamente en señalar que habría habido una colusión entre Donald Trump y su equipo de campaña con el gobierno ruso para “influir” en las elecciones presidenciales a través de un hackeo de computadoras de miembros del Partido Demócrata. Pero ¿se ha puesto alguien a pensar en lo que eso realmente significa? En este caso lo que hay que hacer es aplicar una variante de reducción al absurdo: hay que conceder todo lo que quieran para entonces hacer ver que ni siquiera en esas condiciones se puede deducir lo que se pretende establecer (si no es que llegamos a contradicciones y entonces se tratará efectivamente de una auténtica reducción al absurdo). Asumamos entonces que unos hackers rusos robaron información (básicamente correos) de las computadoras del partido demócrata (como si estos no tuvieran super-especialistas a su servicio) y que le hubieran pasado la “información” dolosamente adquirida a los republicanos. Supongamos sin conceder que ello fue así: ¿habría sido eso suficiente para inducir a millones de personas a votar por Trump?¿Acaso el pasado criminal y la conducta de esquizofrénica de Hilary Clinton no contaran para nada en las decisiones de millones de personas? Hablando de ilegalidades: ¿por qué no se dice nada de los 400 millones de dólares recibidos por la candidata demócrata como “regalo” del magnate estadounidense Bill Browder, ahora (como por casualidad) ciudadano británico (por lo cual ya no puede ser extraditado a Rusia) y con la ayuda de agentes secretos norteamericanos, una exorbitante cantidad extraída ilegalmente de Rusia y nunca consignada públicamente?¿Es el ciudadano estadounidense tan estúpido como para ir a votar en contra de sus propias ideas políticas sólo porque leyó algo (suponiendo que así fue) en Facebook? Es realmente de locos! El presidente Trump no se ha cansado de desmentir una y otra vez toda esta colección de patrañas. No obstante, repitiendo hasta la saciedad mentiras, una infinidad de datos sueltos que pueden ser interpretados de muy diverso modo, inferencias absurdas, etc., el espectro del juicio político (impeachment) se va poco a poco configurando. Lo que está en juego es muchísimo y los primeros afectados con lo que pase serán sin duda alguna los ciudadanos norteamericanos.

Un caso que ejemplifica de manera espectacular el conflicto entre la presidencia y las fuerzas políticas reales dentro de los Estados Unidos que le hacen contrapeso lo encontramos en Siria. Una y otra vez, el presidente Trump ha tenido que contradecirse, ordenar acciones que no son las que él quería y que considera que no son positivas para los genuinos intereses de los Estados Unidos y posponer decisiones prácticamente tomadas. Desde el año pasado, la Casa Blanca anunció la intención de salirse de una vez por todas de Siria, de no dejar en ese país a ningún soldado norteamericano, ya que de hecho lo que los Estados Unidos están haciendo es pura y llanamente invadir un país sin declaración de guerra y sin que éste le haya hecho absolutamente nada. Sobre eso la prensa no dice ni una palabra y el hecho es que no se hace lo que el presidente de los Estados Unidos quiere, lo cual significa que hay fuerzas más poderosas que él al interior de su país. Primero le inventaron un dizque ataque por parte de las fuerzas sirias con armas químicas y entonces se tuvo que ordenar un bombardeo, completamente injustificado evidentemente. Desde entonces la aviación americana bombardea arbitrariamente ciudades sirias, con el consabido costo en vidas humanas y destrucción material. La protección de los terroristas de Daesh por parte del ejército norteamericano es ya pública y notoria. Daesh es obviamente una organización terrorista, pagada y entrenada por los Estados Unidos y países como Israel y Arabia Saudita. El periódico más mentiroso del mundo, el New York Times, sin embargo, habla tranquilamente de “la capital de Daesh”, haciéndole creer a sus ingenuos lectores que hay algo así como un país en el Medio Oriente que es el Estado Islámico, un país que los Estados Unidos heroicamente defienden de “tiranos” como el patriota presidente sirio Bashar-al Ásad. Todo eso es una inmensa y espantosa calumnia y es sólo un aspecto de la guerra entre el gobierno oficial y el gobierno profundo de los Estados Unidos.

El problema para D. Trump es que en el fondo Rusia puede hacer poco para ayudarlo y la razón es obvia: el conflicto político ya no nada más latente sino real entre la institución de la presidencia de los Estados Unidos y el así llamado ‘estado profundo’ es que se trata de un problema que sólo el pueblo norteamericano puede resolver. Ya empiezan a proliferar las voces disidentes, pero la lucha es todavía muy desigual. Para quien quiera informarse un poquito acerca de visiones de ciudadanos norteamericanos contrarias a las que difunde la (así la podríamos llamar) “prensa total”, el internet proporciona algunas opciones. Lo interesante en este caso es que se trata de personajes muy diferentes y que ni siquiera se conocen entre sí, pero que empiezan a hablar de un modo como era impensable hasta hace unos cuantos años. Están, por ejemplo, los videos de David Duke, Brother Nathanael o Ken O’ Keefe, por citar a algunos. La lucha en los Estados Unidos ya empezó. El resultado nos dirá si el pueblo norteamericano logró conservar sus instituciones y empezar a desarrollar nuevas y más sanas políticas o si, por su incapacidad para emanciparse, habremos de hablar, ahora sí, del fin de la historia.

In Extremis!

Con toda franqueza, yo creo que lo mejor que podemos hacer es empezar este artículo felicitando a la Selección Nacional, pero no porque haya jugado bella o heroicamente o siquiera simplemente como era su deber haberlo hecho, sino porque gracias al lamentable espectáculo que ofreció en su juego contra Brasil podemos ya dejar atrás los sentimientos de vergüenza, bochorno y pena ajena que nos generó y concentrarnos en cuestiones importantes, como lo es la soberbia victoria obtenida por el Lic. Andrés Manuel López Obrador en el importante proceso electoral del 1 de julio. No obstante, confieso que no resisto, antes de abordar un tema serio como el incuestionable triunfo político del domingo, hacer unos cuantos comentarios sobre el patético desempeño de “nuestra” Selección.

Yo creo que así como es legítimo elogiar a un artista destacado, aclamar a un político que efectivamente trabaja para su comunidad, hacerle un reconocimiento a un científico que hace avanzar su disciplina o reverenciar a un sabio, así también se vale externar nuestra decepción, frustración o enojo cuando con quien tenemos que lidiar es con una banda de mediocres, con un grupo de fracasados o con un conjunto de incompetentes completos. Y, guste o no, esto último es precisamente el caso de la Selección, considerada in toto. Con alguna excepción, en general yo describiría a muchos de ellos como meros “lunáticos”: se trata de jugadores que cada vez que están frente a la portería rival o tienen la oportunidad de tirar al marco lo que hacen es … tirar el balón hacia la Luna! En contraste con montones de jugadores de todos los países que a 30 o 40 metros le ponen a otro el balón en los pies, éstos son especialistas en errar los pases, en perder balones, en jugar hacia atrás (eso ya es una tradición). Son desesperantes! El juego con Brasil realmente da mucho que pensar. Con un poco de imaginación perversa podría hasta suponerse, por el modo como jugaron los brasileños, que el partido estaba pensado para que ganara México (dado que ya se habían ido Argentina, Portugal y España), porque jugaron como si estuvieran jugando con niños, pero éstos fueron tan ineptos que ni regalándoles la cancha ni cediéndoles la iniciativa lograron meter un gol y evitar dos. Era obvio que para los brasileños el juego era como una sesión de entrenamiento. Hubieran podido meter 15 goles si hubieran querido. Seamos claros: la actuación de la Selección Mexicana en Rusia fue sencillamente horrenda. Sólo alguien proclive al auto-engaño estaría dispuesto a no reconocer que fue el peor equipo de este Mundial: jugadores físicamente disminuidos (Rafa Márquez, otrora estupendo central, podría haber salido con muletas o en silla de ruedas!), sin una estrategia clara de juego (a menos de que el ridículo que hicieron haya sido deliberado, pero no me atrevo a llegar tan lejos en la especulación), carentes obviamente de un verdadero crack, etc. Si a eso le añadimos el comportamiento penoso de algunos compatriotas (no me refiero a los de vestimenta estrafalaria o cosas por el estilo. Eso es perfectamente legítimo, colorido, original, sino a los barbajanes de siempre), el cuadro es completo. Por eso y muchas cosas más que podrían mencionarse, debemos darle las gracias a los jugadores de la Selección Nacional por haberle puesto fin a la pesadilla. A otra cosa!

Pasemos entonces a la gran victoria del pueblo de México y de su candidato, Andrés Manuel López Obrador.

Yo creo que lo primero que habría que decir es que el triunfo de MORENA no cae como una sorpresa para nadie. Es obvio que era políticamente impensable que AMLO no ganara. Es más: yo diría que inclusive si, per impossibile, hubiera perdido de hecho la votación, de todos modos hubiera sido necesario declararlo vencedor. ¿Por qué? Porque no hacerlo hubiera sido simplemente incendiar el país, orientar el descontento popular por la vía de una inconformidad política profunda y colocar a México a las puertas del infierno. Eso es algo que nadie conscientemente habría querido promover, fomentar o permitir. O sea, ante un fraude electoral de las magnitudes que se requerían para volver a robarle el triunfo al Lic. López Obrador, esos 45 o 50 millones de personas que votaron por él habrían salido a las calles y el país habría explotado. Nadie en sus cabales, ni siquiera los más aguerridos de los enemigos de AMLO, se habrían atrevido a hacer algo así. Por lo tanto, el triunfo popular en esta ocasión era inevitable. Una vez cada 40 años tampoco es mucho pedir!

Podría preguntarse; ¿por qué era impensable que López Obrador no ganara?¿Porque él es una persona bien intencionada, de buenos sentimientos, porque se ganó el corazón de la gente? Seamos claros: lo más absurdo que se puede intentar hacer es pretender explicar situaciones políticas desde la plataforma de la subjetividad. No hay genuinas explicaciones así. La que hay que entender es que la situación actual es la última etapa de un proceso de más de 40 años de disminución permanente del nivel de vida de los mexicanos, una situación causada por multitud de agentes políticos que aprovecharon y promovieron consistentemente la corrupción y que causaron un desastroso deterioro institucional. Todos esos parásitos se beneficiaron de la riqueza nacional a lo largo de muchos sexenios durante los cuales el pueblo asistió maniatado a un indignante espectáculo de enriquecimiento ilícito por parte de ridículos aspirantes a conformar una nueva “nobleza”, una pseudo-nobleza basada en el robo descarado del patrimonio nacional y en el manejo personalizado de las instituciones, una dizque nobleza sin méritos propios, sin virtudes, sin contacto con el pueblo (error de repercusiones nunca inmediatas, pero siempre fatales). Lo que pasó el domingo, por lo tanto, no es el resultado de una improvisación, no fue la toma del poder por un grupo rebelde ni nada que se le parezca. El triunfo político de AMLO es la expresión, recatada y discreta pero firme, de un pueblo que está harto de vivir en los límites de la miseria, en un contexto de contrastes sociales odiosos, viendo que vendidos y corruptos manejan las instituciones del país a su antojo y siendo permanentemente víctima de toda clase de arbitrariedades. La verdad es que con el resultado de las elecciones muchos corrieron con suerte, porque al canalizar el descontento popular a través del juego electoral, se salvaron de la furia popular, la cual puede ser implacable. Así, pues, la opción era: o López Obrador o un conflicto social de magnitudes superiores. Los beneficiados del sistema no tenían entonces opción.

Lo anterior es importante, porque de inmediato revela la naturaleza del  suceso. Dejando de lado las sandeces de multitud de mal intencionados, de periodistas amarillistas de cuarta, de comentaristas políticos que se toman a sí mismos muy en serio (algunos son de risa, realmente) y engendros parecidos, es cierto que el triunfo electoral es el triunfo de la ideología populista, pero la ideología populista no es ideología revolucionaria. La ideología populista es, en situaciones extremas como la mexicana, la ideología del sentido común, de la sensatez política, de la conmiseración por los desfavorecidos, del esfuerzo por hacer renacer un mínimo de solidaridad social, de aspiraciones de florecimiento individual y colectivo, de crecimiento económico, de restablecimiento moral. Ya basta entonces de las torpes, superficiales y mañosas contrastaciones entre el populismo lopezobradorista y, por ejemplo, el pensamiento revolucionario bolivariano representado hoy por el presidente Maduro o la maravillosa revolución indigenista de Evo Morales. El populismo mexicano no apunta a reformas agrarias, a nacionalizaciones de bancos, a la reintroducción del control de cambio o cosas por el estilo. En lo más mínimo. El objetivo del gobierno populista es “simplemente” proteger un poquito a los “desheredados de la tierra”, limitar la voracidad y la insaciabilidad de los aprovechados de siempre (por ejemplo, los eternamente beneficiados por la Secretaria de Hacienda), forzar a que la casta de los “inversionistas” se ajusten siquiera a los lineamientos constitucionales, purificar los mecanismos gubernamentales en toda clase de transacciones, acabar con los  detestables favoritismo y amiguismo, con la justicia selectiva, con los excesos de burocratización y así indefinidamente. Y todo eso es mucho y muy positivo, algo que se tiene que apoyar y reforzar en toda la línea, pero debe quedar bien claro que por positivo que sea no es ni equivale a una revolución.

El gobierno popular elegido en las urnas el domingo pasado tiene metas de política interna muy concretas, alcanzables, sensatas y modestas, aunque no por ello desdeñables o menospreciables, pero sin duda alguna es de significación mayor en el terreno de la política exterior. Por fin podrá México desembarazarse de la repugnante política entreguista, lacayuna y cobarde orquestada por L. Videgaray, el cual tiene que rendir cuentas puesto que no sólo no llegó a aprender nada a la Secretaría de Relaciones Exteriores (yo creo que es un ignoramus completo de la historia diplomática de México), sino que estuvo a punto de convertirla en una oficina del Departamento de Estado. Medida con el rasero de la gran tradición no intervencionista, de resolución pacífica de conflictos, etc., desplegada por México a lo largo de muchos decenios, la actuación de Videgaray (sí, el del caserón impresionante allá en Malinanco) es casi de traición a la patria! Considerado simbólicamente, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador podría significar el fin de la ola de gobiernos reaccionarios y anti-populares en América Latina y cuyos mayores exponentes son obviamente los gobiernos de Argentina y de Colombia (el segundo como miembro “observador invitado” de la OTAN y el primero como albergando en la Patagonia ya sin tapujos bases norteamericanas e israelíes. Que nadie se sorprenda por un súbito desmembramiento de Argentina). Pero, una vez más, si bien es innegable que el gobierno del Lic. López Obrador habrá de tener efectos positivos en el continente tampoco se efectuará una revolución en este dominio de la vida pública: México no firmará tratados militares con Rusia o comerciales con China. Sí mejorarán (y hay que aprovechar la oportunidad al máximo) las relaciones con Cuba, con Venezuela, con Palestina y se defenderán posiciones un poquito menos estúpidas que las que hasta ahora se han enarbolado en múltiples foros internacionales, pero nada más. Todo eso que hemos mencionado es poco desde el punto de vista de lo que podría ser, pero mucho desde la perspectiva de lo que hay.

Es importante tener presente que la plataforma que habrá de darle soporte a la política delineada por el nuevo gobierno es el apoyo popular. Ni el mejor intencionado de los gobiernos puede operar en concordancia con sus planes si la oposición no lo deja trabajar, pero ello es factible sólo si la opinión pública quedó paralizada mentalmente por, por ejemplo, la televisión y la prensa. Eso fue precisamente lo que pasó en Argentina. En una confrontación abierta la “oposición” no le gana al gobierno salvo si falta el apoyo popular. Si la oposición impide, traba, bloquea, mina, boicotea, etc., la política gubernamental, el gobierno puede tomar medidas más drásticas y ponerla en orden, pero eso es sólo posible si tiene el aval de la población en su conjunto. De otra manera está perdido. Considérese a D. Trump. Es obvio que cuando llegó al poder Trump venía ya con un gabinete armado por otros y que le impusieron a la casi totalidad de sus colaboradores. Le ha llevado casi dos años liberarse de ellos y empezar a delinear en algunos casos su propia política. La paz con la República Democrática de Corea del Norte sólo pudo implementarse porque el presidente Trump logró imponerse a los militares y si los Estados Unidos no se han salido de Siria es porque el presidente norteamericano no ha podido meter en cintura al sector “militar-industrial”. La próxima reunión con el presidente V. Putin se hace a pesar de la oposición de múltiples consejeros, altos mandos y “policy.makers” que quieren la confrontación permanente con Rusia. Si cosas así pasan en los Estados Unidos, un país que goza de instituciones estatales relativamente sólidas pero también un país en el que, como aquí, la prensa y la televisión (propiedad de unos cuantos y ya sabemos de quiénes) dominan por completo el espacio mental de las personas: ¿qué no podría pasar en México? Para ilustrar el caso: como todo mundo sabe, en época del presidente Luis Echeverría sus adversarios en México (entre los cuales destacaba el poderoso grupo Monterrey) habían creado una empresa dedicada a elaborar diariamente un chiste para denigrar al presidente, al que presentaban como un pobre tonto que no entendía nada. Todo mundo conocía “el último chiste de Echeverría”. Eso es guerra mediática y el enfrentamiento fue muy costoso para el país. No se puede permitir, por lo tanto, que se debilite al nuevo presidente con chistes, memes, caricaturas, etc., porque es una forma de, por así decirlo, “ablandarlo” y ya ablandado, entonces no podrá implementar libremente su política y sus planes de gobierno. El apoyo popular es, pues, esencial al gobierno popular.

El agotamiento y el hastío del pueblo de México llegó a tal grado que MORENA, como resultado de una especie de intuición vital suprema por parte de la gente, barrió en prácticamente todos los frentes (presidencia, estados, diputaciones, Ciudad de México, etc.). El pueblo, jugando el juego democrático de las elecciones, juego en el cual le hicieron trampas incontables veces, llevó a su candidato a la silla presidencial. Es importante en este sentido entender la diferencia entre un candidato ordinario, un Meade o un Anaya cualesquiera, y un candidato populista. Éste no puede contar con el status quo como garantía de las bondades de su administración. En el caso del populismo la gente tiene que fiarse a la calidad moral de su candidato. Y en este caso, me parece que podemos estar tranquilos. Pienso que el Lic. López Obrador sí sabrá corresponder a la confianza depositada en él por el pueblo de México. La garantía última de su proyecto gubernamental es, pues, él mismo. Así es el sino de los gobernantes populares: tienen que ser moralmente impecables, porque su fuerza radica precisamente en su honestidad, su probidad, su lealtad con sus compromisos ideológicos y morales. Una gran decepción política en este caso sería un golpe mortal al pueblo de México. Tendría como consecuencia la desmoralización total de la población. Estoy persuadido de que el Lic. López Obrador está consciente de ello y que sabrá actuar en concordancia con los mandatos de su conciencia. (Es curioso, pero vale la pena señalar que este mismo discurso en relación con cualquier político estándar no populista suena totalmente artificial y hasta ridículo. ¿Por qué será así?).

¿Cuáles son las tareas inmediatas del nuevo gobierno? Un sinfín. Tiene que haber medidas maquiavélicas, pero esas son fáciles de implementar. La supresión de las cuantiosas pensiones de los ex–presidentes, por ejemplo, es una medida sana, de efectos inmediatos y relativamente fácil de tomar. Y una medida así, que habría obviamente que publicitar con bombo y platillos, le daría un gran gusto a la población. Pero con medidas así no se tocan las estructuras del putrefacto régimen que desde hace muchos lustros se vino constituyendo. Hay que retomar las reformas de Peña Nieto en materia de telecomunicaciones, petróleo, educación y demás y estudiar a fondo los contratos, sobre todo los de concesiones a particulares tanto extranjeros como nacionales. Hay que degollar a Pemex de su repugnante mafia (hacer como hizo C. Salinas: de buenas a primeras, sin avisar, meter a la cárcel a los líderes que no sólo se han enriquecido de manera obscena con el petróleo y el gas de México, sino que de hecho han permitido todo el tráfico de gasolina, el negocio de los huachicoleros y demás). Tiene que haber expropiaciones, quizá no estatales pero sí de las propiedades de los rateros profesionales que, de una u otra forma incrustados en los gobiernos anteriores, se hicieron multimillonarios. Hay que expropiarles lo que en realidad no es de ellos (Piénsese simplemente en gobernadores como los Duarte y ya con eso). Se tienen que crear o re-crear instituciones. Tengo en mente, por ejemplo, lo que en su origen fue la CONASUPO (Compañía Nacional de Subsistencias Populares), usada de la manera más descarada por Raúl Salinas durante el sexenio de su hermano, una institución que habría que reconstruir sobre nuevas bases, con nuevas estructuras y mecanismos de vigilancia, calidad, etc. Debería volver a crecer el sector para estatal! El Estado mexicano tiene que tener con qué defenderse y no ser meramente un agente al servicio del capital financiero e industrial. De ahí que en realidad la tarea del Lic. López Obrador sea ni más ni menos que la reconstrucción del país. La verdad es que deberíamos ver al país como si se acabara de terminar una terrible guerra y que tuviera que empezar la labor de reconstrucción. Este país necesita desde luego mejorar su infraestructura, sus carreteras, volver a poner en circulación el sistema ferroviario, (modernizándolo desde luego, pero sin incurrir en oscuros negocios de compadres que tanto le han costado a México, como lo que pasó con el tren México-Toluca por el cual hubo que pagarle al gobierno chino cantidades estratosféricas de dinero. ¿No hay nadie a quién pedirle cuentas por eso?¿O es una “venganza” pedir que se aclaren “negocios” tan turbios como ese?), recuperar Mexicana de Aviación, tener un banco nacional de primer piso, etc., etc. Urge, pues, reconstituir el tejido institucional, para lo cual es imprescindible instaurar sistemas de vigilancia para evitar hasta donde sea posible la supervivencia y la resucitación de ese cáncer social que es la corrupción. Particularmente delicados son los ámbitos de seguridad e impartición de justicia. En ellos se necesitan con urgencia algunos resultados casi inmediatos porque los tribunales en México son, como todos lo sabemos, una burla. De igual modo, todo lo que sea licitación y compras (en hospitales, escuelas, oficinas de gobierno, etc.) por parte de los organismos gubernamentales tiene que ser escudriñado, examinado a la lupa y tiene que haber castigos severos y públicos a quienes se les encuentren desvíos, estafas, bancarrotas y demás. Si no se entiende que, dado que la corrupción permea al país, si no hay castigos no hay progreso, entonces sí estamos en un problema, porque entonces no habrá diferencia entre un gobierno común y corriente y el gobierno populista. No se trata ni mucho menos de vengarse de lo que malos mexicanos (despreciables como personas y nefastos como ciudadanos) hicieron en el pasado. Hay delitos (terribles muchos de ellos) que no se van a poder castigar. Pero sí se puede hacer justicia de aquí en adelante y es en relación con eso donde veremos qué orientación real le imprime AMLO al Estado mexicano.

Así vistas las cosas, yo creo que fue el instinto lo que en última instancia salvó a México de una conflagración que hubiera sido terrible para la nación en su conjunto. Debería ser obvio hasta para el más miope que México ya no puede seguir como hasta el día de hoy, por razones tan evidentes de suyo que es hasta ocioso enumerarlas. Yo creo que también en esta ocasión se hicieron de la manera más fría imaginable los cálculos de pérdidas y beneficios en términos de dinero, vidas, negocios, actividades, etc., y les quedó claro a todos que no era ya factible seguir en el mismo canal, aplicando los mismos esquemas, recurriendo a los mismos métodos, repitiendo las mismas explicaciones de siempre. La verdad es que México se salvó in extremis y si no hubiera sido por una dosis mínima de sentido común en lugar del triunfo de un moderado y bienvenido populismo se nos hubiera aparecido Satanás y no estaríamos en este momento escribiendo estas líneas.

Sobre los Libros de Sexo (perdón, de Texto) de la SEP

Una vez más se ha suscitado un conflicto entre la Secretaría de Educación Pública (SEP) y diversas asociaciones de padres de familia, conflicto que, como se sabe, es un fenómeno recurrente. Es un hecho innegable que dichas asociaciones han sido las más de las veces portavoces de puntos de vista retrógradas y hasta oscurantistas y en general están estrechamente ligadas a la Iglesia Católica, por no decir ‘manipuladas’ por ella. Para muestras un botón: cuando a principios de los años 30 del siglo pasado, en el momento en que se estaba efectuando una labor extraordinaria de educación a nivel nacional, desarrollando en particular la educación científica y tecnológica y concediéndole especial atención a la educación agraria, el Secretario de Educación, el Lic. Narciso Bassols, decidió tomar el toro por los cuernos e introducir nociones básicas de biología en los programas de la Secretaria. A ese esfuerzo se le degradó describiéndolo como ‘educación sexual’. De lo que se trataba, sin embargo, era de actualizar mínimamente a los niños y jóvenes con datos científicos elementales a fin de que dejaran de creer, por ejemplo, que a los niños los traen las cigüeñas. Orquestada por la Iglesia Católica se generó un movimiento de protesta que culminó, como todos sabemos, con la dimisión del Secretario Bassols. En forma un tanto diluida los programas se impusieron, pero el precio político fue la renuncia de un brillante ministro.

Podría pensarse que el conflicto que tiene lugar en nuestros días entre la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF) y la SEP es en lo esencial el mismo conflicto que el de hace 8 décadas, pero me parece que la similitud es más aparente que real. Para empezar, el panorama se ha modificado drásticamente y, por lo menos en parte, los actores del drama también son bastante disímiles. Ahora no es un destacado político mexicano el que dirige la política educativa de México, sino un oscuro burócrata sobreviviente de la época de Carlos Salinas de Gortari; por su parte, por razones comprensibles de suyo, la Iglesia ya no opera tan abierta o descaradamente como estaba acostumbrada a hacerlo por lo menos hasta la guerra cristera. Pero más importante aún es el hecho de que los temas también son muy diferentes, si bien están íntimamente emparentados con los del conflicto original entre el gobierno emanado de la Revolución y sus opositores. Quizá la mejor manera de presentar el actual conflicto sea diciendo que éste se transmutó y pasó de ser un conflicto entre ciencia versus ignorancia y religión a ser un conflicto de carácter eminentemente ideológico. Es evidente que en este caso no se trata de un choque entre dos conjuntos de datos, sino de una confrontación entre dos concepciones de la persona y, por ende, de la sexualidad humana. Es este y no otro el conflicto que se tiene que comprender,  debatir y evaluar.

Antes de entrar en materia, quizá lo primero que habría que decir es que no podemos caer en la falacia de asumir e inducir a pensar que porque en múltiples ocasiones la Iglesia Católica y las asociaciones de padres de familia han desempeñado roles históricamente superados, entonces siempre tiene que ser así. Es perfectamente imaginable que en esta ocasión los verdaderamente progresistas, los defensores de los valores más respetables, quienes asumen su responsabilidad para con la adolescencia mexicana, quienes no se dejan llevar por los espejismos ideológicos y las presiones culturales del momento, sean precisamente la Iglesia y los padres de familia. Esa situación no es descartable a priori y tengo la muy fuerte sensación de que ese es precisamente el caso.

Básicamente, el choque tiene que ver con el sempiterno tema de la sexualidad humana, su conocimiento, comprensión y manejo. El problema que opone a la SEP con la UNPF atañe a los libros de biología para Primero de Secundaria, o sea, para jovencitos como de entre 11 y 13 años de edad. Naturalmente, los contenidos de los libros se fijan en comisiones de la Secretaría en la que participan miembros de su personal, personalidades distinguidas de la sociedad civil e invitados que en general son maestros e investigadores de universidades. Yo mismo hace más de 10 años participé en una comisión así y pude percatarme de cómo se toman las decisiones. Vale la pena señalar que en el caso particular de esta temática la atmósfera de los debates es crucial, porque salvo que alguien conjugue claridad de pensamiento con voluntad férrea prácticamente el asunto está prejuzgado de antemano. Es muy difícil ir en contra de la corriente que se expresa en la sesión y hay que atreverse a oponerse a lo que a uno le parece inaceptable. Pero no es fácil abstraerse de la atmósfera un tanto intimidatoria que prevalece y en el caso de los temas de sexualidad dicha atmósfera viene en verdad muy cargada y siempre participa gente decidida a aprovechar la ocasión para hacer prevalecer su posición. En lo que a mi experiencia concierne, puedo decir que en los esfuerzos por delimitar los contenidos de los libros de biología las pasiones individuales a menudo se sobreponían a los intereses objetivos, inmediatos, a mediano y de largo plazo, de los educandos. En condiciones así es en verdad difícil alcanzar niveles aceptables de objetividad.

Pero vayamos al tema: ¿qué incluyen los textos? Este es el quid del asunto. Incorporan desde luego información sobre aparatos genitales, procreación, embarazos indeseados y prematuros, auto-gratificación sexual, homosexualidad, bisexualidad, uso de preservativos y así indefinidamente. Uno de entrada se pregunta si realmente se tienen que meter todos esos temas en la cabeza de un chamaco de 11 años, pero no me detendré en este punto. Aquí nos topamos de entrada con un problema, por la sencilla razón de que no hay forma de hacer pasar todos los temas relacionados con la sexualidad como temas que requieran información científica. Siendo crudos, pero claros: ni en México ni en Tailandia requieren los muchachos de 12 o 13 años manuales de masturbación. Eso no existe, por la simple razón de que el “manual” en cuestión es la vida misma y es torpe pretender sustituir con palabras en media página lo que la vida enseña de manera natural. Lo que en cambio salta a la vista es que en este caso se están vinculando silenciosamente con temas sexuales cuestiones de ideología, de civismo, temas por así llamarlos “culturales”, no desde luego en el sentido de conocimientos sino en el sentido de lo que está en el aire, del ‘espíritu de los tiempos’, y el espíritu de los tiempos indica que se debería poder hablar de relaciones homosexuales con la misma naturalidad con la que se puede hablar de, digamos, los números reales. Podemos inferir que la justificación de si ciertos temas relacionados con el sexo deben quedar incluidos en libros para muchachos de 12 años o no no es ni puede ser meramente “científica”. El conflicto no es por datos que unos tienen y de los que otros carecen, sino que se trata más bien de una lucha entre dos visiones distintas del ser humano, de cómo debería ser éste educado, moldeado, estructurado socialmente en lo que a sexualidad concierne. La situación es, pues, claramente de uso de resultados científicos en debates de carácter ideológico. En este caso, el conflicto no es entre iluminados y oscurantistas, sino entre quienes aspiran a educar a los niños y jóvenes dentro de un marco conformado por ciertos valores y gente que quiere un cuadro diferente, que está movida por otros valores. Para formarse entonces un cuadro suficientemente neutral del conflicto es menester examinar los argumentos que cada parte ofrece, sopesar las propuestas de cada bando, examinar sus elementos y entonces externar un punto de vista. Evidentemente, lo más que podemos hacer aquí es delinear, pintar a grandes brochazos la situación que se da.

A mí me parece que habría que señalar, para empezar, que la discusión no está del todo balanceada, por lo menos en lo que a libertad de expresión concierne. Lo innegable es: una parte tiene derecho de dar libremente expresión a sus gustos o proclividades, pero la parte contraria no tiene derecho a expresar con la misma espontaneidad sus rechazos o repulsiones. Así, unos pueden proclamar que la homosexualidad es perfectamente legítima (“porque se ha visto que hay casos de animales que …”, etc., etc.), pero los adversarios no pueden denunciarla como una anormalidad o como algo que les da asco o como algo que no quieren para sus hijos (¿o será que los padres actuales no tienen el derecho de “querer algo para sus hijos”?). Este punto es muy delicado, porque la situación está en general mal descrita: no es que los niños vengan al mundo con todas las opciones de vida sexual biológicamente inscritas en ellos para que cuando sean más grandes elijan las que más que les plazca, y que los padres estarían coartando sus posibilidades e interfiriendo en su desarrollo. La situación no es esa. La situación es más bien que los recién nacidos vienen como niños, esto es, son varones, o como niñas, es decir, son hembras, y posteriormente la cultura contemporánea les concede la posibilidad de permutar su sexo y de ser entonces niñas masculinas o niños femeninos. Esta posibilidad está abierta en esta sociedad que tiene un determinado avance científico y tecnológico y que está en posición entonces de alterar la situación original de las personas. La posibilidad ciertamente es real, pero no es la “natural”, sino algo adquirido. Esto es obvio, puesto que el ser humano resulta de una interacción entre lo natural y lo cultural o adquirido (en inglés, entre nature y nurture). A lo que nosotros, seres del siglo XXI, asistimos es a la lucha por una independización frente a “lo natural” concediéndole prioridad a “lo cultural”, una posibilidad abierta por el conocimiento científico. O sea, no es que la naturaleza sea como quienes utilizan el conocimiento científico dicen que es. Más bien, la naturaleza puede ser doblegada y modificada por medio del conocimiento científico y la tecnología actuales. Son dos situaciones distintas. ¿Qué es entonces lo “correcto: usar la ciencia para reforzar la naturaleza o emplear la ciencia para ponerse por encima de ella? La respuesta se la tiene que dar cada quien a sí mismo, pero en todo caso todos deberíamos tener el mismo derecho y la misma libertad para pronunciarnos sobre la cuestión. Dicho sea de paso, traer a colación en relación con esto números de personas es abiertamente contraproducente para los partidarios de la apertura total de “lo sexual” a los jovencitos de Secundaria. Esto es muy fácil de ilustrar: hace unos días hubo una gran concentración de partidarios del “orgullo lésbico-gay” y en verdad se congregaron en la importante Avenida Reforma de la Ciudad de México muchos miles de personas. Pero es igualmente evidente que si se convocara a una manifestación de heterosexuales la afluencia sería tal que no cabrían en la ciudad. La aritmética entonces no apoya a los “libertarios”. Lo que sucede es que en general los representantes de la mayoría simplemente no tienen voz.

Debo confesar que una forma de argumentar que nunca me ha parecido aceptable es la de hacer intervenir la noción de derechos humanos para dirimir una controversia como esta y ello por dos razones. Primero, porque en general equivale a una errada y burda manipulación del concepto de derechos humanos y, segundo, porque refleja una intención de chantaje intelectual que no sirve para validar teóricamente nada, inclusive si en la práctica llegara a funcionar. A menudo el concepto de derecho es mal entendido, porque es visto como una especie de propiedad del individuo con la que éste nace, cuando en realidad es una posibilidad de acción abierta por la sociedad a la que él pertenece y que él puede aprovechar. Ahora bien, para que un derecho emerja se requiere de amplios consensos, lo cual no es el caso cuando se habla de opciones no ortodoxas de vida sexual. Estamos entonces frente a un caso en el que una minoría aspira a imponerle un derecho a una mayoría, lo cual no deja de ser paradójico. Más importante, sin embargo, es que parecería que estamos aquí frente a una argumentación inválida: una cosa es que una persona que se declara ser sexualmente diferente a la inmensa mayoría luche para tener el derecho de ejercer su sexualidad como quiera y otra que porque se le concede ese derecho entonces pretenda que todos potencialmente se coloquen en la misma situación que ella. Lo primero no implica lo segundo, como lo pone de manifiesto el caso de la legislación rusa: en Rusia un homosexual puede llevar la vida que quiera, pero no está autorizado a hacer proselitismo, porque eso ya es pretender orientar las vidas de los demás. En el caso de las preferencias sexuales es incuestionable que a los adultos no heterosexuales se les debe en principio respetar lo que podríamos llamar sus ‘derechos sexuales’. Definitivamente, sería injusto meter  a la cárcel, multar, no aceptar en hospitales, descartar para un trabajo, etc., a una persona sólo porque tiene preferencias sexuales diferentes de las comúnmente aceptadas. Respecto a eso yo no tengo la menor duda: el homosexual adulto ciertamente tiene todos los derechos de los que gozan los demás ciudadanos. Sin embargo, el que una persona ya conformada y activa sexualmente tenga derechos no implica que por igual se pueda hablar justificadamente de “derechos sexuales” cuando quienes están en juego son personas que no están todavía formadas, que todavía no se han adentrado en el mundo de la vida sexual activa. Es completamente inapropiado entonces hablar de “derechos” en esa etapa de la vida. Freud es sin duda culpable de haber introducido una idea perturbadora en este sentido cuando interpretó la sonrisa del niño que se alimenta del pecho de la madre como expresando una satisfacción “sexual”! Lo que él afirma da una idea absurda de la sexualidad humana. En relación con la muy manoseada noción de derechos humanos, quizá podríamos parafrasear el famoso dicho del mariscal Hermann Goering: “Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver!” y decir: “Cuando a la fuerza se quiere hacer valer el concepto de derechos humanos, mejor cambiamos de tema!”.

La SEP ha hecho a través de sus representantes afirmaciones que ilustran perfectamente bien lo que acabo de decir. Por ejemplo, de acuerdo con ellos “tanto hombres como mujeres tienen el derecho de relacionarse libremente entre sí y formar parejas, siempre y cuando lo hagan voluntariamente y conscientemente. Por lo tanto, ninguna de las formas de preferencia sexual mencionadas es incorrecta ni debe ser discriminada”. Pero eso es precisamente lo que no vale para personas que no están todavía capacitadas para tomar de manera responsable decisiones razonadas y libres. Este “argumento”, por lo tanto, es una inmensa petición de principio. Afirman, asimismo que “Una de las falsas actitudes que debe ser eliminada es la homofobia o la creencia de que la homosexualidad es una enfermedad o una actitud aberrante que debe ser corregida.”. Esto no tiene ni pies ni cabeza: las actitudes no son falsas o verdaderas. Aquí la trampa consiste en intentar hacer pasar por “científico” algo que es eminentemente emocional, de actitud. No es un asunto de argumentación, en el sentido lógico de la palabra, sino más bien de persuasión: la SEP pretende persuadir a todo el mundo de que lo que ella promueve es bueno. Argumentos en todo caso no los hay. Otra justificación de los contenidos de los textos de “biología” concierne a la masturbación. Según ellos “Una de las maneras de conocer nuestro cuerpo y percibir sus reacciones se logra mediante la estimulación de los genitales para provocar placer. A esta práctica se le denomina masturbación.”. Dejando de lado el insignificante error de uso y mención de palabras, a este “argumento” y ya di mi respuesta más arriba: nadie necesita manuales de masturbación. Un muchacho necesita consejos de higiene, precautorios para evitar embarazos indeseados, enfermedades venéreas, etc., pero no información sobre las partes y funciones más íntimas de su cuerpo, porque eso es algo que la vida misma se encarga de enseñarle de manera natural. Lo que se debe evitar es satanizar la masturbación, nada más. Cabe preguntar: ¿acaso los humanos tuvieron problemas de auto-conocimiento a lo largo de su millón de años de existencia sobre la Tierra porque nadie los instruyó al respecto?¿Les hicieron falta los textos de la SEP? Suena ridículo!

A mí me parece que se debe hacer un esfuerzo por plantear el asunto en términos políticos y prácticos. Aquí la pregunta es: ¿cuál es la función real de la SEP?¿En qué consiste su responsabilidad? ¿Qué es lo que ella tiene que tomar en cuenta para apoyar o desalentar ciertas políticas públicas? Yo diría que, por principio, si se le va a dar la voz a unos, que se les dé a otros también. ¿Tienen los padres derechos inalienables sobre la formación de sus hijos o no? Si no es así: ¿qué es entonces la familia? Si se le enseña a un muchachito de 11 años a emplear un preservativo sobre la base de que está adquiriendo conocimientos: ¿por qué entonces no se le enseña también a armar y desarmar una pistola o un rifle? También en esos casos estaría aprendiendo algo nuevo. Los partidarios de los valores en boga tienen la obligación de explicar con toda claridad dónde termina la instrucción y dónde empieza la promoción, porque la frontera en este caso es particularmente escurridiza y si se acusa de pecar por defecto a unos se puede acusar de pecar por exceso a otros! La SEP debe fijarse objetivos que sean congruentes con sus principios y valores. Es altamente probable que la actual forma de enfocar el tema de la educación sexual habrá de generar, si no se dan las aclaraciones pertinentes, confusiones en los más diversos campos. Considérese, por ejemplo, el lenguaje. Si la moral “libertaria” actual se impone, se requerirán nuevas definiciones porque si todo es válido: ¿qué quieren decir ‘degenerado’, ‘depravado’, ‘perverso’, ‘aberrante’ y múltiples otras palabras?¿O debería entonces desaparecer ese léxico? De alguna manera se tienen que trazar las distinciones y entiendo que lo que ahora se propone es que esa frontera se mueva. Bien, pero ¿cómo se le remplaza o corrige?¿En dónde se traza la línea?¿Por qué si en nuestros tiempos, cuando éramos jóvenes, le decíamos a nuestros padres que íbamos a una fiesta, no podría ahora un muchacho decirle a sus padres un sábado por la noche: ‘Adiós, regreso mañana, voy a una saludable orgía’! Suena absurdo, pero está lógicamente implicado por la posición de “libertad total”, “instrucción total!” y demás. No está, por lo tanto, nada claro que la SEP esté actuando para beneficio de la comunidad estudiantil mexicana.

Yo pienso que lo que realmente está en juego son dos concepciones del rol de la sexualidad en la vida humana. Está, por una parte, la visión del sexo como una dimensión de la vida tan neutral como la constituida por la alimentación o la vida deportiva: todo tiene el mismo valor, es decir, ninguno en especial. Da lo mismo comerse una hamburguesa que acostarse con una prostituta o convertirse en bisexual o, ¿por qué no? en bestialista. En la medida en que se trata de posibilidades inscritas en la naturaleza humana son tan viables unas como otras. Y está, en contraste con esa concepción, la visión de la sexualidad como una dimensión de la vida que no debe sobre-explotarse y en relación con la cual no debe permitirse que se le manipule ni comercialmente ni de ningún otro modo. Es, pues, una confrontación entre dos “culturas” pero en este caso es particularmente importante sacar a la luz a los verdaderos contendientes. Es falso el cuadro de acuerdo con el cual el conflicto se da entre los liberadores de la vida sexual y los represores de la misma. En la actualidad esos no son los contrincantes. El combate no es entre el dragón y San Jorge. Ese combate no es actual. Aquí el conflicto se da entre quienes proclaman la supresión total de barreras, el dejar que la sexualidad quede moldeada por fuerzas sociales, por los factores culturales del momento (impulsados y apoyados por el cine, la televisión, la industria del entretenimiento, la prensa, la inteligencja, etc.), por el mercado, etc., por una parte, y quienes prefieren el encauzamiento, la moderación, el control en la vida sexual y la sumisión de la sexualidad a valores externos a ella. Es evidente que en la sociedad contemporánea se hace del sexo una mercancía más, que en la cultura de nuestros tiempos se incita a defender algo así como “el sexo por el sexo”, ya que es una cultura de la que valores pretéritos como la castidad, la unión definitiva con una persona, el apego a “lo natural”, etc., quedaron expulsados. Si esa es realmente la alternativa, definitivamente creo que los padres de familia tienen razón en sentirse indignados y ofendidos por las decisiones de la SEP. En mi muy modesta opinión, la mercantilización del sexo, si bien congruente con la evolución de la sociedad capitalista, me parece casi la antesala del infierno. No es que uno se asuste por lo que sabemos que sucede, pero no es muy usual en nuestros tiempos alzar la voz en relación con tan delicado tema. Mi punto de vista particular es que la vida sexual es como un termómetro para medir la espiritualidad y la grandeza de una sociedad. Esto quizá se deje explicar mejor por medio de una metáfora. Yo creo que la sexualidad es como un pistón o un engranaje de una gran maquinaria que es la vida del individuo. Para que ésta fluya por los cauces apropiados, es decir, para que la maquinaria funcione correctamente, también el pistón tiene que funcionar correctamente, es decir, la vida sexual tiene que ser sana y agradable, pero debidamente dimensionada. Lo que ha venido pasando en los últimos 60 años es una inversión de roles: ahora la maquinaria es el sexo y el pistón el resto de la existencia humana. O sea, la vida se tiene que ajustar a la sexualidad, girar en torno de ella. Yo estoy en contra. Cuando el sexo acapara la mente de las personas tiende a ocupar todo el espacio mental: todo se hace en aras de él. Con ello se achica formidablemente el espectro de posibilidades de ser del ser humano. Sin duda los padres de familia aquí tienen razón: promover lo que la SEP irresponsablemente promueve (o al menos como lo está haciendo) es promover la animalización del sexo y, por consiguiente, de las personas. Sin duda alguna, la sabiduría de una sociedad o de una civilización en parte radica en cómo doma y encauza la libido. Sólo los prosaicos de estrechas miras y de intereses mezquinos pueden ir en contra de tan elementales verdades.

¿Temores Infundados?

“La religión”, dijo Karl Marx, “es el opio del pueblo”. Y en más de un sentido no le faltaba razón! En un contexto de miseria y de opresión, un contexto en el que el Estado fundaba su ser en todo lo que se quiera menos en la justicia, como fue el caso de algunos regímenes capitalistas europeos durante la primera mitad del siglo XIX, parecía en efecto que la única opción para que el ciudadano muerto de hambre no se hundiera en la desesperación total sólo podía consistir en la asimilación de creencias que le garantizan a la gente (al “proletario”) en el otro mundo algo al menos de todo lo que le faltó en este: comida, educación para sus hijos, un lugar decente donde dormir, un poquito de afecto por parte de los “inversionistas” de la época, etc. En verdad, un ensueño político así es lo que el ser humano necesita cuando vive físicamente esclavizado y encadenado, sólo que ese ensueño, que contrasta con su horrenda realidad cotidiana, lo aleja sistemáticamente de la única vía para su liberación real, esto es, la senda de la acción política. Bajo los efectos de ese narcótico eidético que puede ser la religión infantilmente entendida se puede entonces hablar libremente de un topos uranus en donde todos nos veríamos como hermanos y nos trataríamos como tales: en ese reino ya no habrá más explotación, más niños muertos de hambre (o separados de sus padres, por ejemplo) y los malos sentimientos que ahora envenenan las almas de las personas se habrán para entonces disipado. Ahora bien, es precisamente en ese esfuerzo por visualizar una situación así y por interiorizarla bajo la forma de creencia que las personas se vuelven a agotar mentalmente y quedan ya sin fuerzas para modificar físicamente su entorno, depositando toda su confianza en la promesa de que allá, en la otra vida, se restablecerá la justicia, sin desquites y sin venganzas. Así, al igual que un drogadicto idiotizado por el opio inhalado, también la religión opera en las masas de manera que las hace pasivas frente a un mundo en el que su vida es algo así como un tormento infernal.

Yo pienso que Marx tenía razón, pero no completamente. En otras palabras, no estaba equivocado, pero se pueden decir más cosas sobre la religión y sus efectos. Para empezar, es obvio que la genuina vida religiosa no tiene por qué ser una vida de pasividad y de aceptación acrítica del sufrimiento, pero no me abocaré aquí a debatir sobre tan excelso tema. Más bien quisiera llamar la atención sobre otro aspecto del asunto, un aspecto que, por las razones que sean, Marx no tomó suficientemente en cuenta, a saber, que no sólo la religión (mal entendida) puede tener los efectos que él atinadamente señala. Muchas otras cosas también pueden operar como elementos embrutecedores de las masas. El futbol, por ejemplo. También la Copa del Mundo funciona como un narcótico que hace que la gente obedientemente consuma más cervezas, coca-colas, se exalte y en general cometa toda clase de desfiguros. De hecho yo diría que precisamente productos como el futbol (entendido como una forma de vida, con instituciones, presupuestos, clubes, organizaciones, campeonatos, públicos, etc.) desempeñan en la actualidad la función de embrutecimiento que antaño desempeñaban las religiones tradicionales. Yo creo que el paralelismo podría desarrollarse fructíferamente, pero a mí simplemente me interesaba establecer la comparación entre algunos efectos negativos de la religión y los de otros productos sociales, como el futbol. En este sentido, el caso de la Copa del Mundo es interesante por lo que en principio a través de ella se podría lograr y eso es algo en lo que nosotros los mexicanos deberíamos estar particularmente interesados.

Un ejemplo concreto de eso de lo que estoy hablando lo tenemos en los últimos decretos del todavía presidente, E. Peña Nieto. Aprovechando sagazmente el adormilamiento de la población por la gran “victoria” de la selección mexicana ante la selección alemana (un pobre triunfo por el cual casi habría más bien que llorar antes que regocijarse y ello por razones evidentes de suyo), el presidente Peña tuvo a bien firmar decretos por medio de los cuales se abre la posibilidad de privatizar ni más ni menos que el agua de México (o lo que queda de ella)! Súbita y como distraídamente se abrió la posibilidad de la inversión privada para mercantilizar nuestra agua: para venderla embotellada como producto de consumo directo, como un producto para la industria o para la ganadería, etc. O sea, un elemento que visto con el lente que se quiera tendría que ser considerado como un asunto de seguridad nacional, de un plumazo, con desparpajo y elegancia, en uno de sus últimos movimientos, el presidente de México se lo cede a los “inversionistas”, naturalmente los mismos de siempre. ¿Cómo es eso posible? Desde luego que muchos factores entraron en juego, desde intereses particulares hasta directivas del Banco Mundial, pero ciertamente contribuyó a hacerlo posible lo que en la actualidad opera como “opio del pueblo”, esto es, el futbol. Ahora sí que más claro ni el agua!

El asunto del agua es como para ponerle los cabellos de punta al más pintado, pero no es ni mucho menos lo único que habría que temer en estos tiempos de adormecimiento social. Estamos en vísperas de unas elecciones que sin duda alguna representan un parte aguas en la historia moderna de México. Si los datos que se pueden recabar y los cabos que se pueden ir atando no están totalmente falseados, el Lic. Andrés Manuel López Obrador habrá de ser el nuevo presidente de nuestro país. El proceso, sin embargo, ha sido agitado. Yo creo que podemos afirmar que básicamente, en lo que es una bastante obvia división del trabajo, se pueden distinguir dos grandes campos políticos: el del candidato de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) y el resto. La función de los adversarios menores (como Anaya, un descarado demagogo) era ante todo quitarle todos los votos que se pudiera a AMLO y dejar para el final a “Pepe Meade” en su enfrentamiento con el Lic. López Obrador. Las cosas, sin embargo, rara vez salen como estaban planeadas y no se puede perder de vista el hecho de que los agentes políticos vienen todos con su propia agenda secreta y eso cambia los planes. En todo caso, el conflicto está ahora suficientemente bien decantado, más allá de las personas mismas: éstas representan modelos de gobierno no drásticamente diferentes, pero sí considerablemente divergentes. Están, por una parte, quienes quieren un país de saqueo, de inversión privada, de venta de agua, aire, aeropuertos, petróleo, oro, plata, etc., con todo lo que una política así acarrea y están, por la otra, quienes aspiran a rescatar como bienes de la nación elementos tan importantes como el agua, las playas, el petróleo, la educación y cosas por el estilo. A todos nos queda claro, supongo, que el potencial gobierno de Andrés Manuel López Obrador no es ni pretende ser un gobierno revolucionario. Yo diría que aspira simplemente a ser un gobierno sensato, dirigido por el sentido común y nada más. Eso es a la vez muy poco y mucho, dadas las condiciones del país. Lo que transforma a su proyecto en “revolucionario” es más bien la colosal e insaciable ambición del grupo opositor, un grupo de oligarcas entre los cuales encontramos desde gente sumamente rica hasta ex–presidentes y operadores políticos de diversa envergadura (todos ellos expertos en intrigas y complots, como todos sabemos). Es claro que el gobierno del Lic. López Obrador no sería un enemigo ni de oligarcas ni de plutócratas pero sí sería un gobierno que, para expresarme coloquialmente, los mantendría a raya y eso basta para convertirlo a él en el enemigo público número 1. Y es aquí que en el horizonte de la imaginación empiezan a vislumbrarse situaciones que no podríamos calificar de otra manera que como espeluznantes. ¿Cómo cuáles, por ejemplo?

Como todo mundo sabe, en lo que va de este proceso electoral ya llevamos más de 114 políticos muertos, asesinados de manera artera e indignante, como lo fue el caso del ex-alcalde priista Fernando Purón Johnson, un hombre joven ostentosamente ejecutado a la salida de un mitin. Y como él hay muchos otros, hombres y mujeres. Lo mismo matan a gente en Coahuila que en Guerrero que en cualquier otra entidad federativa. ¿Y qué une a todos esos casos? La respuesta de siempre: todos fueron víctimas “de la delincuencia organizada”. ¿Qué quiere decir eso? Todo y nada. Pero intentemos avanzar en nuestro intento por comprender qué está pasando. Una pregunta crucial es: ¿qué se logra con todos esos asesinatos? La verdad es que no lo sé, pero sí me queda claro que uno de sus efectos es que a través de esos delitos se genera caos, desconfianza, miedo. Nadie sabe quién, nadie sabe por qué, nadie sabe para qué. ¿Y eso a quién beneficia? Bueno, si a toda costa hubiera que evitar el triunfo del Lic. López Obrador ya se tiene el trasfondo apropiado: nadie sabe ni de dónde vienen los golpes ni quién los da. Eso es lo que se necesita o al menos algo de lo que se necesita para cometer lo que sería en nuestro contexto la imprudencia mayúscula. ¿Cuál podría ser el objetivo último? Evitar que el Lic. López Obrador sea presidente. Intentaré aclarar esto, aunque difícilmente podría estarlo más.

Supongamos que hay un grupo político muy fuerte (el Lic. López Obrador usa la expresión ‘la mafia en el poder’ para referirse a él) que está decidido a impedir a toda costa que el candidato de MORENA gane las elecciones y que si las gana que sea investido como presidente. La primera estrategia ya falló: las elecciones las tiene ganadas el Lic. López Obrador desde hace meses y no hay trampa electoral imaginable que le arrebate el triunfo. Con más del 50% de la intención del voto a su favor, tendrían que contabilizar más votos que ciudadanos para poder ganarle. Esta vez eso no va a ser factible. Queda otra estrategia: eliminarlo a él físicamente. Ya hubo un pseudo-periodista irresponsable que hizo circular la idea por las redes sociales, un mequetrefe que después de una reprimenda ya se reincorporó a sus actividades “periodísticas” “normales”. Ahora bien, la idea de atentar en contra del Lic. López Obrador es sumamente problemática mas no imposible, como lo pone de manifiesto el caso Colosio: cuando era evidente que Colosio se encaminaba hacia la presidencia de la República fue salvajemente asesinado en Tijuana y un memorable video nos puede en todo momento traer a la memoria aquel odioso crimen. Por lo tanto, experiencia respecto a cómo eliminar a un personaje político importante en México se tiene. Pero ¿cómo hacerlo? Lo que hay que hacer es tratar de visualizar lo que podría suceder para tomar las medidas pertinentes y proceder en concordancia.

En primer lugar, es claro que no tiene mucho sentido eliminar a un candidato que todavía no ha ganado, porque aunque es muy poco probable de todos modos no es lógicamente imposible que su adversario, en este caso “Pepe” Meade, gane. Por lo tanto, eliminar al candidato de MORENA antes de que oficialmente gane las elecciones es absurdo, puesto que puede no ganar y entonces se habría cometido un acto no sólo moralmente repugnante sino también políticamente innecesario y con un costo muy alto por nada. Por lo tanto, de aquí al día de la elección, AMLO está seguro.

Supongamos ahora que el Lic. López Obrador efectivamente gana y toma posesión el primero de diciembre. A partir de ese momento eliminarlo sería lo mismo que dar un golpe de Estado. Eso no es nada más un acto criminal: sencillamente, no se puede realizar sin la aprobación y el concurso de otras fuerzas políticas, como la Embajada norteamericana. Aquí no se puede dar un golpe de Estado sin su consentimiento y yo dudo mucho, por un sinnúmero de razones, de que el gobierno norteamericano estuviera dispuesto a inmiscuirse en un asunto tan delicado como ese. Por lo tanto, una vez convertido en presidente de México, el Lic. López Obrador estaría a salvo y los problemas serían otros.

Pero queda otra posibilidad: la de tratar de desembarazarse de él entre el 2 de julio y el 31 de noviembre. Ese es el lapso crítico, el periodo en el que el Lic. López Obrador tiene que estar cuidado 24 horas al día, porque su vida corre peligro.  Yo inclusive diría lo siguiente: a partir del día de la elección él ya no tiene el derecho de no cuidarse! Pero la experiencia nos enseña que no son ni los militares ni los policías quienes deben ocuparse de la protección del candidato ganador. En este caso quien debe proteger al presidente electo es el pueblo mismo. Se deben formar brigadas populares para protegerlo permanentemente. El potencial asesino debe saber que si comete su fechoría no podrá salvarse, que no habrá policías que lo encubran ni militares que actúen para salvaguardar sus “derechos humanos”. No queremos “comisiones investigadoras” ex-post facto, comisiones que no sirven más que para estancar un proceso, detener una decisión, desviar la atención, hacer perder el tiempo, hacer perder oportunidades y cosas por el estilo. Lo que queremos es que algo concreto no suceda y eso sólo se puede garantizar si el pueblo interviene. El caso Colosio, una vez más, podría proporcionarnos muchos datos relevantes que a su vez permitirían trazar paralelismos alarmantes entre él y una potencial situación de ataque al candidato de MORENA. (Véase, e.g., mi artículo (del año 2000) en el que hago algunas aclaraciones en torno a la “investigación” realizada por el último fiscal encargado del caso Colosio y actualmente presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. El artículo se puede ver en http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/Vol1/Colosio.htm).

¿Por qué entonces estamos preocupados? Las razones saltan a la vista. Primero, porque el Lic. López Obrador tiene enemigos a la vez acérrimos y poderosos; segundo, porque sus enemigos están movidos por ambiciones realmente desmedidas, obscenas, satánicas y porque están dispuestos a incendiar el país si con ellos logran satisfacer su capricho; tercero, porque si algo tan terrible sucediera México quedaría hundido para los próximos 50 años en la misma clase de procesos históricos como los que aquejaron a América Latina a lo largo del siglo XX. Y es perfectamente imaginable que se hubiera pactado algo con la FIFA para permitir que México avanzara hacia, digamos, octavos de final, con lo cual el pueblo estaría tan contento por los logros de la Selección Nacional que podría no reaccionar con la furia que normalmente lo movería si en otras circunstancias se atentara contra su candidato. Así vistas las cosas, lo único que no deseamos es que la Selección Mexicana vuelva a ganar!

Alguien podría responder con indignación que la FIFA no es un organismo que pudiera prestarse a semejantes tejes-manejes. Debo responder que si alguien me dijera algo así yo sí pensaría que me las estoy viendo con alguien muy desorientado, con un ingenuo total. Yo creo que ya es hora de abandonar lo que habría que llamar el ‘enfoque infantil’ del deporte y, en particular, del futbol. Así como no hay un gobierno en el mundo que quiera acabar con el narcotráfico sino que lo que quieren los gobiernos es controlarlo y manejarlo, así tampoco hay juego, evento deportivo, campeonato, etc., que no esté coordinado, pactado, arreglado o como se le quiera describir. Ni los caballos en los hipódromos, ni las peleas de peso completo ni los campeonatos de tenis (por prestigiosos que sean) ni las carreras de autos ni …, etc., etc., son eventos deportivos puros, limpios, pulcros, impolutos, inmaculados. Hay demasiado dinero de por medio. La FIFA en particular es un enorme organismo trasnacional que maneja miles de millones de dólares anualmente y que tiene un peso político incuestionable. Una institución así: ¿deja al azar el triunfo de tal o cual selección? Yo digo que es infantil creer algo así. La historia de los campeonatos mundiales no deja lugar para muchas dudas: Inglaterra en 1966, Argentina en 1978, Francia 20 años después son ejemplos en los que claramente la política desempeñó un papel fundamental en el resultado final. En esas condiciones, el triunfo de México sobre Alemania es una situación que nos hace temblar, porque ¿por qué la FIFA estaría ahora al margen de la situación política mexicana, sobre todo a sabiendas de que puede influir en ella?

Es importante tener en cuenta que los enemigos del Lic. López Obrador son personas ubicadas más allá del mundo de la moralidad, de los escrúpulos y de los intereses impersonales. Ellos están preparados para cualquier eventualidad en la que ellos sean los actores, quienes tomen las iniciativas y quienes den los golpes. Pero ciertamente no están preparados para la derrota y llevar al país hacia el abismo por la comisión de un inmoral e injustificado políticamente magnicidio, tan sólo para salvaguardar sus mezquinos intereses personales no es algo que les pueda beneficiar, ni a corto ni a mediano ni a largo plazo. Tienen que entender que el escudo del Lic. López Obrador está formado por millones de personas. La furia política contenida durante muchos decenios puede explotar de un modo completamente imprevisible. El problema es la ceguera causada por el odio y el verse desplazado en el espectro político, inclusive si ello se logró jugando con las reglas de la democracia, que tanto ensalzan. ¿Son acaso nuestros temores infundados? Yo en todo caso preferiría con mucho equivocarme en un diagnóstico que confirmar una hipótesis letal para el país. Quiera Dios que ni la sombra de la FIFA se proyecte sobre el territorio de México!

Violencia de Género y Feminismo

Sin duda alguna un reto intelectual mayúsculo, ahora y siempre, es el que denominamos como “ir en contra de la corriente”. Es claro que quien va con la corriente opta de entrada por la vía fácil, pues para todo lo que se le ocurra afirmar en público vendrán en su apoyo las instituciones, recibirá el visto bueno de los jerarcas del área, se beneficiará por su trabajo de difusión de las ideas estereotipadas que le corresponde exaltar (y que pueden concernir a, por ejemplo, personas, como es el caso actualmente en México de un sinnúmero de periodistas, analistas y demás que no tienen otra función que la de calumniar y vituperar diariamente al Lic. Andrés Manuel López Obrador. Eso es ir con la corriente), se le aclamará en el medio como un agudo escritor o como un profundo conocedor de los temas que aborda (así se pensaba, por ejemplo, del “eminente” comentarista político Ricardo Alemán  quien, en su entusiasmo por ir con la corriente y complacer a quienes lo contrataron, rebasó descaradamente los límites no de la decencia y el decoro porque esos ya los había rebasado desde hacía mucho tiempo, sino de lo permisible legalmente al grado de insinuar públicamente que se cometiera un magnicidio! Como bien sabemos, sin embargo, con quienes como él van con la corriente los castigos duran poco y, si no me equivoco, ya está otra vez por ahí vivito y coleando, haciendo de las suyas como si nada hubiera pasado, en lugar de estar en la cárcel por incitación al asesinato). En cambio, quien en relación con cuestiones de orden cultural, de temas políticos o religiosos, de modas y deportes, etc., y, desde luego, de asuntos políticos va en contra de la corriente se expone a toda clase de insultos, descalificaciones, ataques personales, campañas de desprestigio público, bloqueo en los medios de comunicación y todo lo que ya sabemos que se puede implementar para castigar al individuo rebelde que osa insubordinarse frente al status quo. Hay obviamente grandes diferencias entre el intelectual (como lo calificó Gramsci) “orgánico” y el intelectual (siguiendo con la metáfora) “inorgánico”. En ambos casos se reciben tanto premios como castigos pero, por la naturaleza misma de lo que cada uno de ellos representa, se ven premiados y castigados de manera diferente. Para no extenderme en una disquisición que me llevaría hacia otras temáticas, me limitaré a contrastar velozmente los premios y castigos de uno y otro. Los premios del intelectual orgánico son de fácil detección: sueldos, preseas, reconocimientos, desayunos con funcionarios, apoyos de diversa clase, puestos, etc. Al intelectual inorgánico, en cambio, lo esperan difamaciones, calumnias, persecuciones, bloqueos, entorpecimiento de trámites, justicia selectiva y así indefinidamente. Este desbalance, sin embargo, se re-equilibra de manera natural. El intelectual orgánico reduce considerablemente su espectro de intereses a los cuales encadena sus facultades, incurriendo por ello en una especie de prostitución mental puesto que de hecho lo que hace es  vender sus virtudes al mejor postor, poner sus cualidades intelectuales al servicio de otros por lo que, podemos afirmar, es “muy” libre materialmente pero es también e inevitablemente un lacayo espiritual (inclusive si llegara a creer realmente lo que sostiene, esto es, aquello que la sociedad le exige y por lo cual de una u otra manera su jefe del momento le paga). El premio del intelectual inorgánico es muy superior, pues consiste en la satisfacción que le acarrea el ejercicio de sus facultades, la libertad con la que se auto-dota para expresarse libremente en cualquier contexto y la alegría que le proporciona la conciencia de no trabajar para él sino para los demás, cumpliendo así realmente con lo que es su misión. Después de todo, no puede tener el mismo mérito nadar con la corriente que nadar en su contra. Como le diría a su amigo el gran personaje creado por Conan Doyle, “Elemental, mi querido Watson!”.

Dado que, quien me conoce lo sabe y para quien no me conoce me presento, el destino me deparó la suerte de no formar parte nunca del club de los orgánicos (en ese sentido soy claramente, como dicen, un “loser”), es mi deber polemizar con puntos de vista que nadie quiere abiertamente poner en cuestión (aunque en petit comité sí lo hagan) y uno de esos temas peligrosos que está “a la moda”, tanto en México como en muchos otros países (en unos más que en otros) es el tema de la “violencia de género” y más en general el del feminismo. Digo que están a la moda en parte porque nos topamos con dichos temas mañana, tarde y noche, en periódicos, televisión, radio y demás, y en parte porque considero el feminismo una especie de ideología superficial, un movimiento importado y sólo mínimamente representativo de los intereses reales de la inmensa mayoría de las personas (hombres y mujeres), una temática que responde a intereses particulares y con objetivos en última instancia bastante turbios. Este movimiento se funda, como espero hacer ver, en toda una gama de falacias, afirmaciones gratuitas, descripciones tendenciosas y sobre todo en objetivos imposibles de compartir. Abordemos, pues, con entereza tan espinoso tema.

Lo primero que quisiera señalar es que hay un mecanismo ilegítimo de propagación ideológica que es típico del feminismo, bastante familiar dicho sea de paso dado que es también aplicado en otras áreas de la vida social. Me refiero al intento de apropiación de una expresión del lenguaje natural, en principio una expresión genéricamente neutral, por parte de un grupo de personas unidas por determinados intereses y de manera que su uso queda entonces vinculado a los intereses del grupo en cuestión y condicionado por ellos. Se intenta así imponer una manera de percibir la realidad y de hablar que de entrada vicia la forma normal de describir los hechos. En este caso, la expresión problemática que tengo en mente es ‘violencia de género’. En la actualidad muchos hablan de “violencia de género” pero asumiendo tácitamente que cuando se emplea dicha expresión es para indicar que una mujer es o fue víctima de un hombre o que La Mujer en abstracto es o fue víctima en general de la historia o de la cultura. Sería absurdo dudar de la realidad de lo primero y tal vez podría hablarse también de lo segundo, siempre y cuando se fuera preciso y se hicieran todas las aclaraciones indispensables para ello, pero nada de eso podría borrar el hecho incuestionable de que a menudo son las mujeres quienes ejercen violencia en contra de los hombres y hay mil maneras de hacerlo: desde jugar con sus sentimientos, excitar sus celos, etc., hasta el terrorismo jurídico por medio del cual le quitan a un hombre sus hijos, su casa, su salario, etc., pasando desde luego también por las agresiones físicas a las que, hay que decirlo, muchas mujeres son cada vez más proclives. Por otra parte, es igualmente innegable que El Hombre en general también ha sido objeto de injusticia por parte de la cultura, la estructura económica, la historia, etc. Hasta donde sé, Cleopatra también tenía esclavos y hay mozos en donde mandan las amas de casa! Pero entonces el uso a la vez exclusivo y excluyente de la expresión ‘violencia de género’ sencillamente no tiene justificación alguna.

El movimiento feminista, en segundo lugar, presupone como motivo de acción algo que, en condiciones normales, es tanto práctica como teóricamente inconcebible y que por lo tanto sólo puede dar lugar a pseudo-explicaciones y descripciones ininteligibles de la realidad. Las feministas, en efecto, pretenden que se acepte como potencial motivo de la acción masculina el mero hecho de ser mujer! Que una sugerencia así es francamente ridícula es algo que percibimos tan pronto intentamos aplicarlo a los hombres. Yo entiendo que se ataque o critique a alguien por ser ladrón, convenenciero, hipócrita, estafador, aprovechado, cruel, tonto, grosero, etc., pero ¿por ser hombre? Eso no tiene sentido y si no lo tiene en el caso del hombre tampoco lo tiene en el de la mujer. Una mujer puede ser víctima de hostigamiento o de violencia por ser coqueta, provocadora, recatada, modesta, discreta, gorda, bonita, antipática, prepotente, tímida, engreída, desobediente, etc., pero no por ser mujer. El ser mujer no es una posible causa de acción. No hay tal cosa.

El paisaje se empieza a aclarar un poco más cuando indagamos sobre los orígenes del movimiento feminista. Yo creo que no estará de más llamar la atención sobre el hecho de que se trata de un movimiento básicamente parasitario y con un origen de clase bastante fácil de detectar e identificar. El feminismo presupone muchas luchas sociales históricamente importantes pero en las cuales nunca se sintió su presencia. Ciertamente no fue una fuerza viva durante la Revolución Francesa ni durante la rusa, lo cual no quiere decir que no haya habido mujeres involucradas en los conflictos sociales mencionados pero obviamente eso es otra cosa, puesto que es claro que las feministas son sólo una minoría entre las mujeres. Tampoco las feministas estuvieron presentes durante las Guerras Mundiales ni en general durante los grandes conflictos del siglo XX. Tampoco surgió el feminismo en Birmania o en Egipto o en Paraguay. Su origen tiene coordenadas espacio-temporales bastante precisas. Como era de esperarse, un movimiento como el feminismo sólo habría podido surgir en sociedades en las que ya reinaba una situación de prosperidad general, de tranquilidad social y de bienestar material, una sociedad en la que hombres y mujeres disfrutaban ya básicamente de los mismos derechos y tenían las mismas obligaciones. Pero en relación con el origen del movimiento tenemos que ser más precisos todavía. Podemos con confianza afirmar que no fueron el mundo de las altas finanzas, los medios industriales, entre banqueros e inversionistas el ámbito en el que el feminismo hizo su aparición. En el universo en el que se maneja la riqueza de las naciones reivindicaciones como las de las feministas no tienen la menor posibilidad de ser consideras seriamente y menos aún de ser tomadas en cuenta. Pero, curiosamente, lo mismo sucede con los medios obreros y en general con las clases trabajadoras. La mujer que trabaja en la industria textil, en oficinas de gobierno o que tiene su pequeño negocio piensa en todo lo que se quiera menos en pretensiones de corte feminista: piensa en su salario, en sus hijos, en qué van a hacer el fin de semana, etc., pero no tiene la cabeza envenenada por la clase de preocupaciones  propias de las feministas, porque lo que a la mujer normal le interesa es la familia, no la desintegración de la misma. Puede por lo tanto afirmarse que el feminismo tiene un origen claramente clase mediero y tuvo su caldo de cultivo ante todo en algunas mujeres incorporadas a la vida académica y artística, mujeres que tenían satisfechas sus necesidades cotidianas y mucho tiempo libre para pensar en la “igualdad de géneros”. Siempre se trató de grupos humanos constituidos por gente que vivía bien, que no tenía mayores preocupaciones laborales o vitales, que gozaba de la suficiente tranquilidad como para poder centrar su atención y sus energías en un ámbito de la vida humana que, en sus condiciones, se volvía prominente. ¿Cuál fue esa dimensión de la vida que atrajo la atención de todas esas intelectuales y artistas que requerían de una nueva clase de motivación? La respuesta es simple: el sexo. Fue en esa frágil área de fácil manejo en donde se centraron las inquietudes, las quejas y las demandas de ciertos grupos de mujeres que muy rápidamente se auto-concibieron y se presentaron ante los demás como representantes ….. de los valores e intereses legítimos de las mujeres en general! Pero eso es una tergiversación colosal de los hechos y una tergiversación que ha tenido efectos desastrosos para la inmensa mayoría de las mujeres (que no son feministas), sobre todo para aquellas que tienen que trabajar para salir adelante, que si tienen conflictos con hombres son conflictos concretos, claramente identificables, de abuso, prepotencia, imposiciones injustas, malos humores y cosas por el estilo, pero que nunca catalizaron como expresiones de un gran conflicto esencial con su pareja natural, esto es, con el hombre. Es claro que feministas y mujeres comunes no se posicionan frente al hombre del mismo modo.

Como cualquier otro movimiento social, el feminismo tiene sus propias condiciones de existencia. Intentemos especular un momento al respecto. La verdad es que no creo que sea muy difícil encontrarlas, inclusive si no ofrecemos una lista exhaustiva de ellas. Por lo pronto, podemos volver a señalar como una condición fundamental tranquilidad social, bienestar económico y, en general, ausencia de conflictos materiales, porque es obvio (supongo) que cuando se tienen problemas así no hay tiempo para discusiones estériles como las del feminismo. Segundo, las aportaciones de la ciencia no son desdeñables en la construcción del contexto apropiado para el surgimiento del feminismo. Esto lo adivina hasta un niño: si no hubieran creado en los laboratorios medios anti-conceptivos, el movimiento feminista simplemente no hubiera despegado. De igual modo, el feminismo presupone la existencia de una clase de gente ociosa que tiene tiempo para fantasear, manifestar sus insatisfacciones, con capacidades expresivas y con el apoyo de políticos y de medios de comunicación. Estas condiciones de existencia ayudan a explicar la evolución del feminismo: éste nació y se desarrolló en torno al sexo y lo que propició o fomentó fue más que la explosión la publicitación de la homosexualidad, del lesbianismo y de todo lo que de ello se deriva pero, y esto yo creo que es un resultado innegable, no ha tenido ni tendrá éxito en las mujeres trabajadoras, en las mujeres normales a las que por más que hablen no logran convencer de que los hombres son sus enemigos naturales. Debe quedar bien claro que los objetivos últimos del feminismo sencillamente no son universalizables. Eso fija los límites de su éxito.

Parte del éxito del feminismo ha consistido en que sus partidarios han sabido camuflajear sus objetivos detrás de las reivindicaciones legítimas de las mujeres, reivindicaciones que son todo lo que se quiera menos feministas. Las mujeres (y nosotros estamos con ellas de corazón) aspiran a una vida de respeto, a sueldos justos, a condiciones de vida que les permitan disfrutar su existencia, ver crecer a sus hijos, disfrutar de vacaciones con su familia y cosas por el estilo. Pero no son esas las aspiraciones feministas, porque (una vez más) el universo del feminismo es el de la sexualidad. Por lo tanto, feminismo y reivindicaciones femeninas no son lo mismo. Esa mimetización tiene que ser ya puesta al descubierto.

Hay otro elemento, mucho más turbio, asociado también con el feminismo y es que el feminismo incorpora un elemento abiertamente anti-religioso y de facto es un elemento que conspira en contra del concepto tradicional de familia. Si se va aceptar que el papá llegue a su casa tomado de la mano de su “novio” para compartir la mesa con sus hijos, a lo que estamos asistiendo es a la disolución de la familia. Aquí ya no se trata de “respetar” las desviaciones sexuales de una persona: aquí de lo que se trata es de promoverlas y de imponérselas a los demás. Para ello, se ha desarrollado toda una terminología, una pseudo-ciencia llamada ‘estudios de género’, se ha gozado del apoyo total de la televisión, el cine y los periódicos poniéndole así una mordaza a quienes disienten y ejerciendo un gran chantaje a quienes se oponen a este movimiento. El enfoque feminista se ha incrustado en los programas educativos manipulando para ello el lenguaje y, como señalé más arriba, imponiendo un uso exclusivo y excluyente del mismo: si no aceptas que tu padre o tu hijo puede ser homosexual, entonces eres un “homofóbico”, si no dejas que tu mujer te cachetee entonces eres un “machista” y así ad nauseam. Lo que todo esto muestra es que el feminismo dejó de ser el movimiento más o menos espontáneo de algunas mujeres que querían vivir su vida sexual abiertamente, sin tapujos, y ello porque el medio al que pertenecían se los permitía, para convertirse en un movimiento político que promueve la disolución de la familia y la interiorización de valores que operan en contra de los intereses de la población en general. Y el movimiento, hay que decirlo, se ha apuntado éxitos notables. Mencionaré rápidamente un par de ellos.

Cuando hablo de “éxitos notables del feminismo” hago alusión al hecho de que éste promueve explicaciones absurdas de fenómenos y que dichas explicaciones son aceptadas hasta por las autoridades. Considérese, por ejemplo, la noción de feminicidio. Esta es a todas luces una noción absurda y que se deriva de la falacia antes mencionada de sostener que el mero hecho de ser mujer es una potencial causa de acción delictiva. Eso es pensamiento anti-policiaco, es decir, sirve únicamente para desviar la investigación y no dar nunca con los responsables. Las causas de los delitos, por horrendas que nos parezcan, tienen de todos modos que ser inteligibles: se deben poder reconstruir las motivaciones, maquinaciones, intenciones, etc., de los delincuentes, pero en condiciones normales no encontraremos nunca la motivación “ser mujer” y por lo tanto si es eso lo que se busca, la investigación está a priori destinada al fracaso. Por otra parte, nótese que juzgar más duramente a un hombre por feminicidio que a una mujer por homicidio es devaluar la vida del hombre de un modo que resulta no sólo inaceptable, sino abominable. ¿Por qué? Aquí hay que tener mucho cuidado para que no se nos haga decir lo que no estamos diciendo: no estamos ni mucho menos promoviendo acciones en contra de las mujeres (no somos como Ricardo Alemán) o intentar denigrarlas.  Nada más lejos de nosotros que algo semejante. Estamos simplemente afirmando que la vida de una mujer es tan valiosa como la vida de un hombre y señalando que el feminismo rompe con ese principio. Las mujeres en general no son anti-masculinas o anti-masculinistas, las feministas sí. ¿Por qué entonces los seres humanos del género masculino habrían de aceptar gustosamente posiciones feministas, en la teoría o en la práctica?

A mí me parece que si el feminismo tenía objetivos históricamente laudables ya los alcanzó, es decir, ya cumplió con su rol histórico de abrirle a la humanidad los ojos en relación con una determinada temática y por lo tanto puede ya descansar en paz. Y de hecho es muy importante que así lo haga, porque de lo contrario se estará transformando y será recordada no por ser una ideología que en algún minúsculo sector del espacio-tiempo desempeñó un papel positivo, por mínimo que haya sido, sino como un factor cultural dañino para hombres, mujeres y niños de consecuencias negativas incalculables.

Apocalipsis Tercermundista

Se necesitaría ser un dogmático irreflexivo, un gangster político mal perdedor o de plano un tonto de capirote para no reconocer, a un mes de que tengan lugar las elecciones presidenciales en México, que Andrés Manuel López Obrador ya ganó. Sencillamente no hay forma de que, ni siquiera juntos, sus rivales políticos puedan desplazarlo. Dejando de lado las sonrisas forzadas de J. A. Meade o el permanente y semi-horrendo rictus de R. Anaya, es imposible no imaginar que en sus respectivas guaridas políticas los ánimos deben estar por los suelos. Tienen desde luego perdida la Ciudad de México, importantísimo bastión político y de aquí en adelante, si no estuvieran tan desorientados, deberían olvidarse ya de la presidencia y concentrar sus esfuerzos en la obtención de algunos curules en las Cámaras. Eventualmente podrían aspirar también a repartirse algunas de las gubernaturas de estados que están en juego, pero nada más. Así, pues, por lo menos para sus partidarios y seguidores la victoria de AMLO dejó de ser una inquietud. El problema es que una preocupación le cedió su lugar a otra. Nuestra preocupación ahora concierne a lo que viene. El Lic. López Obrador es sin duda un buen político, es incuestionablemente un hombre bien intencionado, pero no es un mago y en torno a él – en su papel de consejeros, analistas, operadores y demás – hay (hay que decirlo) de todo. Es, por consiguiente, muy importante entender lo que significa la victoria del Lic. López Obrador. Su triunfo es en primer lugar una expresión de hartazgo, de agotamiento, de resentimiento, porque en efecto la situación de inmensos sectores de la población es literalmente desesperada. Y no es que nos fustiguemos a nosotros mismos porque no tengamos otra cosa que hacer, que es esencialmente lo que afirmó el Presidente Peña Nieto el día ayer! La situación en México es mucho más grave de lo que dejan traslucir sus optimistas palabras, por lo que ahora lo que nos debe preocupar es: ¿qué tendría que hacer el futuro presidente de México (me refiero al Lic. López Obrador, desde luego) para sacar a la nación del pantano en el que la dejaron los gobiernos priistas y panistas de por lo menos los últimos 35 años?

Naturalmente, para estar en posición de responder satisfactoriamente a esa pregunta es fundamental entender la naturaleza del problema mexicano. Es, obviamente, un problema social, pero no el sentido trivial de que se trata de una situación que afecte a muchas personas. Afirmar algo así no tendría el menor valor, por lo que pido que no sea esa idea la que se me adscriba. Lo que quiero decir es más bien que se trata de una situación que ya no se corrige por medio de decretos presidenciales, de promulgación de leyes, de embrutecedores programas televisivos de dizque análisis políticos y cosas por el estilo. En otras palabras, los últimos 6 presidentes de México se las arreglaron para llevar al país a una situación de la que objetivamente no se puede salir sin grandes sacrificios. ¿Qué fue lo que hicieron? Ello está a la vista. Para empezar, vivieron en grande su acceso al poder cuyo manejo personalizado mezclaron con una soberbia infinita y con toda clase de pretensiones injustificadas sólo que lo hicieron, yo diría, estúpidamente. ¿Por qué? Porque al tomar las riendas del país como lo hicieron lo debilitaron a cambio de su beneficio personal (piénsese, por ejemplo, en la canallada que fue la re-privatización de los bancos), ellos mismos le pusieron al Estado mexicano un bozal al acabar de motu proprio con lo que hasta entonces había sido una política exterior digna y más o menos autónoma (el detestable Fox fue en esto un campeón, pero el gobierno de Peña Nieto no se queda atrás, como lo ponen de manifiesto las declaraciones y las acciones del venido a Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray), se desentendieron por completo del pequeño productor agrícola, promoviendo el abandono del campo por parte de millones de trabajadores, con todo lo que eso acarreó, desprotegieron a los productores mexicanos abriéndole las puertas casi indiscriminadamente a las mercancías extranjeras (y lo siguen haciendo puesto que todos los días nos saturan con toda clase de sandeces concernientes al “libre comercio” y denostando el “proteccionismo”, practicado obviamente en los países avanzados). Yo diría que en México se ha venido practicando a lo largo de 35 años una política de desmantelamiento sistemático de la infraestructura y de los bienes nacionales muy parecida a la que en Rusia se practicó durante unos cuantos años, en la época de Boris Yeltsin. Allá todo estaba en venta y aquí todo está en concesiones. Para el caso es lo mismo, hasta donde me lo asegura el sentido común. Así, los mandamases mexicanos repartieron, regalaron, remataron (sin que hasta ahora la Patria se los haya demandado) las riquezas de México como si hubieran sido de ellos y así el país perdió de facto su auto-control. Las mal llamadas ‘reformas’ son el mejor ejemplo de lo que es a la vez un fraude a nivel nacional y una gran traición política. La gran estrategia, perversa a más no poder, fue siempre la misma: para controlar a las masas se corrompe a los sindicatos y éstos a su vez hacen lo mismo con sus afiliados. Así se controla al sector obrero y trabajador en general. Por otra parte, para poder vender bancos, empresas y demás, primero deliberadamente se les quiebra y posteriormente (una vez que se “demostró” que no son rentables) se les remata; para recibir el apoyo externo que no se recibe desde dentro del país se inventa un gran “pacto por México” y se implementan “reformas” que de manera descarada conducen a la venta de lo que para cualquier nación son recursos vitales, como el petróleo o la electricidad; en lugar de promover la inversión nacional (de un empresariado muy acostumbrado también a no hacer gran cosa y a querer todo fácil, barato y con beneficios inmediatos), se deja la construcción de la infraestructura en manos de empresas internacionales. Todo esto es bien conocido, pero lo que yo quiero argumentar es lo siguiente: el resultado neto de toda esta “estrategia” de unos cuantos mexicanos contra el grueso de sus compatriotas es precisamente la situación que vivimos hoy. O sea, la degradación de la política, consistente en la imposición de medidas que se contraponen a los intereses nacionales, termina inevitablemente por generar un cuadro que lleva de indiferencia a enojo, de enojo a oposición, de oposición a deterioro generalizado, de éste al incremento galopante de la vida delincuencial, de la vida delincuencial generalizada a la creación de auto-defensas, de éstas a guerra civil de baja intensidad y de ésta al caos, a las turbulencias graves, al desmoronamiento institucional, a la guerra civil en sentido estricto. Desde luego que dicho de la manera más abstracta nos importa inmensamente no sólo la situación por la que estamos atravesando, sino por la que a todas luces vamos a tener que pasar en un futuro inmediato. ¿Por qué? Porque el problema ahora es, como dije, un problema social, es decir, está fuera del control individual, sea quien sea el individuo y eso se aplica por igual al Lic. López Obrador. La inquietud inmediata, por lo tanto, es: ¿qué va a poder hacer el próximo presidente, o sea, Andrés Manuel López Obrador, cuando asuma la Presidencia de un país, por decirlo de algún modo, descuartizado, desmembrado, desarticulado? No olvidemos, por si fuera poco, que por increíble que suene los próximos expulsados de Los Pinos y sus achichincles políticos van a seguir haciendo todo lo que puedan para obstaculizar la labor de reconstrucción y regeneración que pueda efectuar el Lic. López Obrador. Es evidente que lo van a hostigar desde las Cámaras, desde los estados, desde el frente financiero, desde la Embajada norteamericana, etc., etc. Lo que hay que preguntarnos desde ahora es: ¿qué puede pasar si, a pesar de estar imbuido de las mejores intenciones, el Presidente López Obrador se encuentra maniatado, sujetado, amenazado, advertido?

El problema es demasiado complejo como para pretender siquiera esbozar en unas cuantas líneas un proyecto político global para el México que arranca, estrictamente hablando, el 1º de diciembre de este año. Básicamente, se van a necesitar las contribuciones de toda clase de especialistas que tengan en la mira un mismo ideal (aunque sea vagamente delineado). Es sólo conjugando enfoques, análisis, estudios, etc., tendientes a llevar al país en cada sector hacia uno y el mismo objetivo (esto es, el renacimiento de México como nación) como se podrá superar el sinfín de debilidades que hoy nos tienen al borde del precipicio. Confieso que mi labor es en este sentido mucho más fácil puesto que, como no soy especialista en nada, me puedo limitar a externar libremente mis opiniones y como por casualidad es justamente eso lo que me propongo hacer.

Como todo mundo sabe (yo simplemente traigo a la memoria lo que todo mundo ya conoce), durante el período de la así llamada ‘Guerra Fría’, iniciada con la traición aliada (dirigida por H. S. Truman) en contra de la Unión Soviética después de la derrota del enemigo común, en 1945, y que oficialmente terminó con la transformación de ese país sobre todo en la época de Yeltsin, se acuñaron un sinfín de expresiones que dejaron de ser empleadas cuando Rusia se re-estructuró. En aquellos tiempos se hablaba de “movimientos de liberación nacional”, de “imperialismo”, de “planificación”, de “descolonización”, de “revolución” y así indefinidamente. Había también otra noción, que encajaba con el cuadro de la oposición entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, que me parece que era muy útil y que a mi modo de ver lo sigue siendo, a saber, la de Tercer Mundo. La expresión ‘Tercer Mundo’ servía para denotar los países que no formaban parte de ninguno de los dos bloques pero también y sobre todo que eran subdesarrollados, pobres, marginados y demás. Suiza, por ejemplo, no era un miembro de la OTAN, pero hubiera sido risible que se dijera que era un país tercermundista. Pasó la Guerra Fría, pero a mí me parece que la idea de Tercer Mundo y expresiones como ‘tercermundista’ siguen siendo muy útiles y, por consiguiente, creo que hay que seguir aplicándolas. Por ejemplo, yo diría que un buen modo de caracterizar a México consiste precisamente en decir que es un país típicamente “tercermundista”. Espero justificar mi uso.

Como es obvio, en un país tercermundista lo que éste contiene tiende a ser tercermundista. Esto se aplica por ejemplo a sus “intelectuales”: lo que hay en países tercermundistas son intelectuales “ídem”, con las honrosas excepciones de siempre. Yo, por ejemplo, en el ámbito del pensamiento político, dejando de lado desde luego a algunos pensadores como Luis Villoro (in memoriam), lo que veo son intelectuales que conocen relativamente bien sus temas, que saben articular algunas explicaciones de manera convincente, etc., pero entonces ¿por qué son “tercermundistas”? Lo que los hace tercermundistas es que son meros importadores de ideas, que no saben pensar por cuenta propia, que no son capaces de acuñar una nueva terminología, un vocabulario técnico ad hoc a nuestras circunstancias para pensarla en sus términos, todos esos pseudo-analistas que no saben más que repetir a diestra y siniestra su palabrita mágica, a saber, ‘democracia’ y que no saben pensar más que en términos de “bi-partidismo” (“conservadores y liberales” o “demócratas y republicanos”) y de “parlamentarismo”. A esos los llamo ‘tercermundistas’ y, con toda franqueza, no creo ser injusto. Ahora bien, lo que quiero sostener es que esos intelectuales, analistas, todólogos, toda esa plaga de irresponsables revisionistas de nuestra historia, le han hecho un gran daño a la población. Ya es momento de cambiar a los portavoces del sistema, porque ellos ya cumplieron con su misión histórica. También a ellos les tiene que llegar la hora del cambio!

También, yo diría, el sector empresarial de un país tercermundista es tercermundista. ¿Cómo se manifiesta este “carácter” gremial? Inter alia, en su morbosa simbiosis con los gobiernos en turno, su permanente dependencia parasitaria del poder público, en el aprovechamiento descarado de prebendas y facilidades indebidas y todas con cuenta al erario público. Es típico de México, por ejemplo, el que el gobierno en turno remate empresas nacionales redituables o lucrativas a fin de cedérselas a particulares (“inversionistas”) quienes después de sobre-explotarlas las llevan a la quiebra; se las venden entonces al gobierno a precios exorbitantes, el gobierno las vuelve a echar a andar y ya que están operando con números negros las vuelve a sacar a la venta y así se perpetúa el ciclo vicioso de los empresarios tercermundistas mexicanos (una vez más, con las loables excepciones de siempre). Ahora bien, el dato interesante concerniente a la clase empresarial es que le llegó su turno de elevar la voz de alarma y de protestar en serio ante el presidente por la situación actual. Y en verdad hay de qué quejarse: cerca de 90 asesinatos diarios, imposibilidad de tener un negocio sin ser víctima de bandoleros (pago de piso, secuestros, etc.), atmósfera total y radicalmente repelente a la inversión privada, pequeña, mediana o grande, etc. La queja está plenamente justificada sólo que los “empresarios” no parecen haber entendido dos cosas: a) que la situación actual ya no es manejable ni desde la presidencia de la República, ni con el ejército por delante, es decir, que ya rebasó inclusive el horizonte de la voluntad presidencial o de las decisiones ministeriales. Eso se acabó. La situación en México está fuera de control; y b) que ellos contribuyeron poderosamente a que desembocáramos en lo que es la situación actual. O sea, habría que decirles a los señores empresarios que están cosechando lo que durante muchos lustros sembraron. Ellos también tienen responsabilidad en el desastroso proceso que ahora está empezando a asfixiar al país. Pero si ello es así, si en efecto durante decenios los empresarios promovieron la corrupción gubernamental, en todos los niveles, si optaron por la fácil política de adquisición de patentes en lugar de ser realmente inversionistas y luchar con productos nacionales en el mercado nacional primero y mundial después, si en connivencia con los gobiernos a su servicio impusieron salarios medievales, condiciones deplorables de trabajo, etc., etc.: ¿de qué, o mejor dicho, con qué derecho se quejan? Ellos se quejan porque esa situación que a ellos en general no afectaba o lo hacía muy indirectamente pero que sí agobia al ciudadano común de manera cotidiana la están empezando también a padecer. Parecería como que apenas están empezando a darse cuenta de que la situación en México es, aparte de terrible, imparable. Dada el deterioro de la vida nacional mucha gente perdió ya la noción de límite, la idea de que hay cosas que no puede hacer. Si antes golpeaban y mataban a gente indefensa en los barrios más pobres de las ciudades, ahora eso mismo se hace sólo que con la gente que maneja autos de lujo y vive en las zonas privilegiadas. La situación ya rebasó las distinciones de clase. Ahora todos estamos hundidos en ella. De manera que lo primero que se nos ocurre decirle a los quejosos es que su lamento viene un poco a destiempo. Y el problema sigue siendo: ¿qué vamos a hacer?

Yo creo que la realidad nacional exige nuevos pensamientos y nuevas líneas de acción o, dado que difícilmente hay cosas nuevas bajo el sol, la actualización de pensamientos que otrora reinaran tanto en México como en otros países y como nunca dejaron de hacerlo en otros. Lo que quiero decir está relacionado con una de las típicas baladronadas del demagogo barato que es el candidato Anaya. Tanto en sus apariciones como en sus spots, el interfecto no se cansa de afirmar que las ideas del Lic. López Obrador pertenecen al pasado y que éste sólo ve hacia atrás. La metáfora es demasiado simplona como para ponerse a cuestionarla, pero yo le respondería de inmediato: “Sr. Anaya: fíjese por favor en el hecho de que hay cosas que no pasan de moda, como el hambre, el desempleo y la inseguridad. La sabiduría no consiste en repetir vacuidades, frases hechas y recetas banales expresadas en el más simple de los lenguajes coloquiales. La sabiduría, tanto a nivel personal como social, a menudo consiste en reconocer que se tomó un mal rumbo y que es necesario, primero, regresar al punto de quiebre y, segundo, a partir de ahí volver a dirigir sus pasos o impulsar a la nación en una dirección distinta. Usted, Sr. Anaya, no contribuye en nada a lo que el país en este momento requiere, que desde luego no son exhortaciones de tipo ‘Todos tomados de la mano, todos, vamos a salir adelante! Ya van a ver que sí se puede!’ y ridiculeces por el estilo”. La pregunta que debemos plantearnos es entonces: ¿cuál es la dirección que debe tomar el país para evitar que se convierta en una tierra de nadie?

Hace unos 17 años yo subí a lo que a la sazón era mi página de internet un artículo sobre temas afines y que considero que es vigente. Me permito proporcionar su dirección por si a algún amable lector le interesaría echarle un vistazo. Lo encuentran en: http://www.filosoficas.unam.mx/~tomasini/Vol2/¿Hacia-dónde-va-México.pdf. Yo en dicho artículo argumento, con base en otras razones, que se estaban sembrando en México las semillas de una guerra civil. Ahora, a casi 20 años de distancia, creo sin ser dogmático que no estaba tan equivocado. Yo también creo en la unión nacional, pero no en la unión física como el Sr. Anaya (todos agarrados de la mano. Sólo alguien como el presidente argentino, Mauricio Macri, es capaz de decir en público algo así). Creo, por lo tanto, que la única dirección vitalmente correcta para México es lo que podríamos llamar la ‘orientación nacionalista’. Hay que rehacer los libros de texto, hay que cerrarle el pico a los vende-patrias, hay que proteger a los trabajadores, tanto de la ciudad como del campo, poniendo al servicio de su trabajo el poder estatal, hay que proteger a la clase empresarial nacional y no a los que ante el primer conflicto social serio sólo saben hablar de emigrar con sus capitales. A esos no los queremos ni los necesitamos. Queremos a la gente que cree en la solidaridad humana, que tiene compasión, que quiere a su país. Aquí los “intelectuales” son (por decirlo cultamente) “más papistas que el Papa!”. Cada quien en su estilo y con su vocabulario, pero lo cierto es que la óptica nacionalista es la que se está adoptando en todas partes del mundo, empezando por los Estados Unidos, pero lo mismo pasa en Gran Bretaña, en Francia, en Rusia, en China o en Israel. Sólo aquí los “especialistas” pretenden mantenernos en el lenguaje trasnochado del “libre mercado”, la “apertura” y demás categorías obsoletas. Es evidente que no han sabido extraer la más mínima lección del proceso de negociación del mal llamado ‘Tratado de Libre Comercio’ aunque las moralejas estén a la vista! Lo que es innegable es que si México no se auto-protege, y ‘protegerse’ quiere decir aquí ‘proteger a todos’, el país se irá a la deriva. Escenarios posibles hay muchísimos y todos para beneficio de los extranjeros, desde convertirse en paraíso fiscal hasta el desmembramiento del país. Fácilmente visualizamos, por ejemplo, tres Méxicos sólo que no lo vamos a permitir. El triunfo electoral masivo del Lic. Andrés Manuel López Obrador es la primera, tenue todavía, expresión de que el país se está despertando de un largo y dañino letargo en el que presidentes execrables, clases políticas infames e intelectuales tercermundistas lo mantuvieron. Debe quedar bien claro: no hay nadie que saque milagrosamente al país de la postración en la que se encuentra, pero si por tercera vez le hacen trampa al ya ganador, Lic. Andrés Manuel López Obrador, y colocan por la fuerza a alguno de sus mediocres contrincantes, lo único que habrán logrado será llevar por la fuerza al país a una situación en la que sólo prevalecerá la ley del más fuerte.

Barbarie Israelí

La semana pasada el mundo entero fue testigo de un acontecimiento (desplegado a lo largo de varios días) que difícilmente se podrá borrar de la memoria individual (si se vieron los videos que se difundieron tanto por televisión como en la red) y con toda seguridad nunca de la historia universal, ciencia social que tiene como una rama de especialización la recopilación de las acciones más horrorosas y despreciables cometidas por los seres humanos a lo largo de su presencia en el planeta. Millones de personas esparcidas a lo largo y ancho del mundo, en Francia, en Egipto, en Japón o en México, fuimos testigos de una situación que resultaba difícil hasta de ver y que rayó en la paradoja. ¿Por qué en la paradoja? Porque los calificativos que empleamos  para describir la situación en cuestión están, por así decirlo, invertidos. Normalmente, las muchedumbres corren, se protegen, tienen miedo y, también normalmente, los soldados son seres valientes, que exponen sus vidas en aras de una causa noble y a través de actos heroicos. En este caso, sin embargo, la situación fue exactamente al revés: vimos a personas inermes, desprotegidas, simplemente manifestando su indignación y su rabia por la situación en la que se les obliga a vivir, actuando con una valentía incomparable, en más de un sentido realmente “admirable” y teniendo frente a ellas a un conglomerado de cobardes (sólo esa palabra es útil en este caso), de soldados armados hasta los dientes, equipados con todo lo que la tecnología de vanguardia proporciona y dedicados, sin realmente exponerse a nada, sin correr el más mínimo riesgo, a disparar sobre la población civil como si estuvieran en una sesión de cacería de conejos o perdices. Murieron en el dolor hombres, mujeres, ancianos y hasta una niña de cuna, asfixiada por el brutal bombardeo con gases lacrimógenos. Los soldados se divirtieron a sus anchas seleccionando víctimas, muchas de las cuales eran periodistas. ¿De quién hablamos? Del sufrido y heroico pueblo palestino, por un lado, y del ejército israelí, por el otro.

Salta a la vista que la comprensión de lo que sucede en el Medio Oriente no se explica únicamente mediante un trabajo periodístico. De hecho, el periodismo por sí solo entorpece la comprensión, porque lo que los periodistas proporcionan son imágenes fugaces, datos las más de las veces inconexos y que no son susceptibles más que de generar una visión superficial y pasajera de lo que pasa. Desde luego que la comprensión real exige que se conozcan los datos periodísticos, pues es menester tener datos frescos acerca de lo que se habla, pero la comprensión genuina no se puede gestar si no se conoce el contexto global de los sucesos, el trasfondo en el que se inscriben. Intentemos nosotros conjugar unos cuantos datos de ambas clases.

Como nos lo hicieron saber los periodistas, lo que detonó la protesta masiva de los palestinos que viven en el campo de concentración más grande del mundo y de la historia y que se le conoce como ‘Gaza’ fue el septuagésimo aniversario de la creación del Estado de Israel, aniversario jocoso cuya otra faceta sin embargo es lo que los palestinos llaman ‘Nakba’ o ‘Catástrofe’. ¿De dónde viene y cómo se justifica este apelativo? Proviene del hecho de que la creación de un Estado (Israel) requirió de la expulsión de cerca de un millón de personas de los territorios en donde habían vivido por siglos, sin contar ya las múltiples víctimas ejecutadas de los más diversos modos a lo largo de muchos años. No voy a entrar en los detalles (algunos muy bien conocidos) de los mecanismos puestos en acción para de manera bestial correr a decenas de miles de familias de sus casas y entregarles sus tierras y propiedades a recién llegados, por lo que me limitaré a considerar los hechos relevantes del momento. Éstos son simples, pero son efectivamente comprensibles sólo cuando se conoce la trama completa. Aquí el hecho crucial fue la decisión del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de trasladar la embajada norteamericana de la ciudad de Tel-Aviv a Jerusalem. Alguien podría pensar que a final de cuentas da lo mismo que una embajada esté en una ciudad o en otra, pero ello no es así. La decisión norteamericana fue un acto políticamente muy significativo, tanto a nivel mundial como internamente. A nivel mundial porque sentó un precedente de apoyo incondicional, de sumisión lacayuna a la política del actual gobierno israelí; e internamente porque puso de manifiesto la incontrovertible realidad del total dominio sionista sobre los Estados Unidos. Para quien quiera que sea que tenga un mínimo de información ese hecho es un lugar común, una trivialidad, por lo que no podría sorprender a nadie la declaración del presidente legítimo de Siria (país actualmente invadido por los Estados Unidos y agredido cotidianamente por la aviación israelí), Bashar-al-Ásad, de que no tenía el menor sentido discutir con un presidente que no gobierna en su propio país. El presidente sirio, naturalmente, no dio una explicación del contenido de su afirmación, pero realmente no creo que haya nadie que, estando en sus cabales y siendo serio, podría negar la veracidad de sus palabras. Lo que es no sólo importante sino urgente entender es entonces por qué en efecto Donald Trump no manda en su país.

Antes de externar mi opinión sobre dicho tema, sin embargo, me voy a permitir hacer un corte para disponer de algunos elementos que nos permitan elaborar un marco apropiado a fin de presentar y discutir fructíferamente el tema que nos incumbe. Para ello, permítaseme hacer una veloz alusión a un diálogo de Platón. Ese pensador superior que fue Platón tenía la virtud de formular problemas filosóficos de tal manera que a sus interlocutores les resultaba imposible evadirlos y por ende no enfrentarlos. Así, en uno de sus diálogos más célebres, La República (que en mi modesta opinión debería haber sido traducida como ‘El Estado’), Platón incorpora en el Libro I de su obra una extraordinaria discusión entre Sócrates y un sofista de nombre ‘Trasímaco’. La discusión gira en torno a los fundamentos del derecho y, por consiguiente, a la noción de justicia. La pregunta inicial es muy simple: ¿qué es lo justo y cuál es su fundamento? Todos quisiéramos pensar que la racionalidad y la moralidad tienen algo que ver en el asunto, pero Trasímaco rechaza esa propuesta. Él sostiene que el fundamento del derecho y de la justicia es y sólo puede ser la fuerza, el orden que por la fuerza se impone. La justicia es lo que se deriva de las decisiones del más fuerte, de quien manda. El debate entre Sócrates (o sea, Platón) y Trasímaco es muy cerrado, pero no termina como en otros diálogos con una victoria aplastante por parte de Sócrates. Nuestra inquietud es entonces: ¿hay alguna manera, una manera que se le habría escapado al mismísimo Platón, de refutar a Trasímaco?¿Realmente se reduce  lo justo a lo que le conviene al más fuerte? Como no es mi propósito discutir filosofía en este artículo le dejo el tema al lector para que él trate de encontrar su propia respuesta y paso entonces, teniendo la discusión platónica en mente, al tema de lo sucedido en Palestina la semana pasada.

Lo primero que tenemos que señalar es entonces que, independientemente de lo que pensemos que es la justicia, la política del actual Estado de Israel es política (si se me permite el barbarismo) típicamente “trasimáquea”. Si hay un Estado en la Tierra, además de los Estados Unidos, que funda todas sus acciones en el poder financiero y militar del que dispone es Israel. Aquí ni la moralidad ni la racionalidad (más que la meramente práctica) son tomadas en cuenta. Las vergonzosas declaraciones de los dirigentes israelíes después de la horrorosa masacre de la semana pasada no permiten dudas al respecto. Benjamín Netanyahu, por ejemplo, con desparpajo comentó que así como habían muerto muchos palestinos habían muerto también muchos nazis. La implicación es obvia. Y Avigdor Lieberman, el ultra-fanático ministro de relaciones exteriores, no dudó en proponer medallas para los soldados que hubieran asesinado a mansalva a civiles cuyo único crimen consistía en haberse acercado al muro y a las vallas que separan a Gaza de Israel. Bueno, los partidarios israelíes de Trasímaco pueden vanagloriarse de más de 60 muertos y de más de 2000 heridos, pero de seguro que no pueden llegar tan lejos como esperar que los habitantes del planeta se unan a su regocijo! Y, sin embargo, parecería que es precisamente a algo tan absurdo como eso a lo que en el fondo aspiran!

Una cuestión álgida es desde luego el status de Jerusalem. Supongo que, como lo confieso, dado que no soy adepto de ninguna de las tres grandes religiones monoteístas, forzosamente veo el caso desde una perspectiva diferente a la de judíos, cristianos e islamistas. Los actuales detentores del poder en Israel sostienen que Jerusalem es su capital, pero históricamente eso es cuestionable. Desde la destrucción del Templo y la expulsión de la población autóctona por allá del año 70 de nuestra era y partir de la expansión del cristianismo, la zona fue de hecho compartida por cristianos, musulmanes y judíos en muy distintas proporciones a lo largo de diferentes periodos de la historia. Uno se pregunta por qué no podría ello seguir siendo así y por qué no podrían adeptos de distintas religiones convivir ahora como de hecho lo hicieron durante siglos. Si en Bosnia Herzegovina quedó demostrado que judíos, musulmanes y cristianos podían vivir en armonía: ¿por qué no dejan ahora que practicantes de esas mismas tres religiones vuelvan a compartir sus destinos? No son los pueblos los que se odian unos a otros, sino las fuerzas que los manejan. Vale la pena recordar, en particular, que entre musulmanes y judíos nunca hubo problemas de racismo o de persecuciones, como sí las hubo entre cristianos y judíos en Europa. El anti-semitismo, sin duda un fenómeno real del pasado pero en la actualidad de hecho inexistente, fue un fenómeno europeo, con fuertes raíces religiosas y financieras. Empero es bien sabido que las comunidades judías que se instalaron en Irak, en Irán inclusive (en donde todavía las hay y en donde viven pacíficamente) y en los litorales mediterráneos africanos (Marruecos, Libia, etc.) nunca sufrieron persecuciones ni pogromos como en la Rusia zarista. Fue con el triunfo aplastante del sionismo (sobre todo en su versión norteamericana) que se inició (a veces a la fuerza, como lo pone de manifiesto Alison Weir en su libro Against our Best Judgment, o sea, En Contra de Nuestro Mejor Juicio) un regreso masivo de ciudadanos que profesaban la religión judía a lo que los cristianos habían llamado ‘Tierra Santa’. El proceso se aceleró cuando prominentes sionistas norteamericanos negociaron con el gobierno británico la entrada en guerra de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial a cambio de la creación de un “protectorado” que un cuarto de siglo después desembocaría en la creación del Estado de Israel, esto es, en 1948. El problema fue que, en lugar de crear un Estado en el que convivieran tanto los nuevos habitantes como quienes ya residían allí, lo que con toda frialdad se planeó fue la creación de un Estado en el que no pudieran vivir más que los nuevos habitantes, lo cual requería que se expulsara al precio que fuera a quienes hasta ese momento habían residido allí. Desde antes de la creación de Israel organizaciones paramilitares y terroristas, como la Haganá e Irgún, practicaron una política de agresión incontenible en contra de la población árabe que vivía en lo que ahora es Israel y los territorios ocupados. Sobre esto hay mucho material histórico por lo que no entraré aquí en detalles.

Regresando al presente y conjugando resultados, yo diría que estamos ahora sí en posición de ofrecer una explicación razonada y bien fundada acerca de por qué un Estado se permite actuar como lo hace Israel sin acatar el derecho internacional. Los líderes israelíes son partidarios de Trasímaco y si lo son es porque tienen, en este periodo histórico, la fuerza de su lado. Ellos sólo creen (y veneran) la fuerza, que sin duda hoy por hoy tienen. Pero ¿en dónde está la fuerza de Israel? La repuesta no puede más que ser sorprendente: no en Israel, sino en los Estados Unidos. En este segundo país hay una comunidad sionista que maneja prácticamente a su gusto a la sociedad norteamericana y que mantiene un control férreo sobre el gobierno norteamericano a través del cual orquesta la política internacional de los Estados Unidos. Eso es poder, no bromas! Ahora sí nos explicamos multitud de situaciones que son prima facie simplemente incomprensibles. ¿Por qué los Estados Unidos bombardean Siria, un país que nunca los ha atacado, y por qué tienen un ejército instalado en territorio sirio sin el consentimiento del gobierno legítimo de ese país? Peor aún: ¿por qué invadieron Irak?¿Por qué se dio el conflicto en Ucrania o, mejor dicho, por qué orquestaron un golpe de Estado en esa ex-república soviética?¿Por qué ese encono por parte del congreso norteamericano en contra de Rusia? Podemos plantear esas y mil preguntas más que reciben respuestas satisfactorias sólo si entendemos el rol y la importancia del sionismo norteamericano, su protección, decidida y totalmente acrítica, de los gobiernos de Israel, el apoyo indiscriminado que le presta (económico, militar, de inteligencia, político, etc.) y así indefinidamente. Ello puede parecer increíble, pero no es incomprensible. Que el gobierno norteamericano esté de hecho subyugado por Israel lo único que hace es mostrar que éste tiene un poder casi absoluto sobre aquel. El reto para quien pretenda rechazar teóricamente lo que salta a la vista y todo mundo sabe consiste en ofrecer explicaciones alternativas que sean convincentes. Podemos augurar que no podrá proporcionar ninguna explicación no digamos convincente de la situación en el Medio Oriente y, más en general, en el mundo, sino ni siquiera inteligible y consistente.

Sin duda, algo que para los espectadores de la carnicería de la semana pasada resulta particularmente indignante es no sólo que se pretenda taparle la boca a quienes se levantan en contra de acciones tan inhumanas como las perpetradas por ejército israelí,  sino que casi le exijan a uno que comparta con ellos su morbosa alegría! Desde luego que todo ello es inmoral, indignante, etc., pero es también muy revelador, pues da una idea de los niveles alcanzados por el poder sionista mundial. No resulta posible compartir los crímenes cometidos en Palestina porque ninguna persona normal podría percibir la más mínima conexión entre la matanza colectiva de la semana pasada y lo que en otros tiempos sucediera con poblaciones judías que eran acosadas, agredidas, violentadas, humilladas y hasta aniquiladas, sobre todo en Europa Oriental y en particular en Rusia, que es el argumento al que más a menudo se apela. Esos sucesos, tan criticables y lamentables como los que nos ha tocado a nosotros presenciar, tienen coordenadas espacio-temporales completamente diferentes. No hay duda de que, tarde o temprano, la política israelí no podrá seguir practicándose y eventos tan odiosos como los de la semana pasada de una u otra manera contribuyen a modificar el panorama. Por lo pronto, permiten extraer lecciones. Por ejemplo, dejan en claro de una vez por todas que es un error deliberado confundir el sionismo de Theodor Hertzl con el sionismo contemporáneo. El primero era un movimiento de liberación; el segundo es un movimiento imperialista y de sometimiento. Hacen ver también que el actual gobierno de Israel es cada día menos representativo de la totalidad de la población judía. Hay muchos judíos y ciudadanos israelíes, dentro y fuera de Israel, que están decididamente en contra de la política racista practicada por Netanyahu y su séquito. A los sionistas actuales se les ha hecho muy fácil operar libremente recurriendo al fácil mecanismo de identificación de anti-semitismo con anti-sionismo, pero eventos como las de la semana pasada hacen ver que estratagemas así rápidamente se desgastan y finalmente terminan por ser totalmente inefectivas. Y está también como una consecuencia de lo sucedido el hartazgo al que los sionistas están llevando al pueblo norteamericano. Como señalé más arriba, todo el poder de Israel está basado en el poder de los grupos sionistas norteamericanos. El día en que ese poder se tambalee o inclusive se derrumbe, por inverosímil que resulte pensarlo en este momento, el poderosísimo Estado de Israel podría derrumbarse. Es obvio que no es en tiempos de euforia y de triunfo cuando se mide la solidez de los cimientos de un Estado, sino en tiempos de crisis severas y de peligros letales e Israel no pasa todavía por fases así. Lo que habría entonces que cuestionarse es si no es precisamente en esta dirección que los actuales dirigentes israelíes están llevando a su propio país. Son ellos quienes están debilitando los cimientos de su propio Estado y sembrando desde ahora problemas innecesarios para su propia población y para su propio futuro. Definitivamente, no es sobre la base de injusticias flagrantes y de atrocidades descaradas como se construye un Estado sólido y respetable (no digamos ya “querido”). Nosotros, ciertamente, no somos partidarios de Trasímaco y creemos que Sócrates estaba en la vía correcta.

Así como una manzana podrida puede pudrir todo un saco de ellas, así la conducta inmoral y repulsiva de un Estado puede muy fácilmente contagiar a otros. Como todos sabemos, ya saltó a la palestra una norteamericana proponiendo que se siga el ejemplo israelí en la frontera con México y que se ametralle a los inmigrantes, mexicanos, centroamericanos o de donde sean. Trivializar y exaltar la violencia y el dolor, tanto físico como mental, de los seres humanos, jugar con él, banalizarlo, burlarse de quien lo padece, es lo más anti-humano que pueda haber. En realidad lo único que muestran aquellos que, como los dizque super soldados israelíes (que dicho sea de paso no soportarían un choque directo con un ejército tan fogueado como el actual ejército sirio), se ensañan sádicamente con los indefensos y los desvalidos es que rompieron su vínculo natural con el género humano y eso es una ofensa de magnitudes tan colosales que ni Dios con toda su benevolencia sabrá perdonar.

República Bolivariana de Venezuela: ¿elecciones o invasión?

Contra viento y marea, pero el 20 de mayo habrá elecciones presidenciales en la República Bolivariana de Venezuela. Aunque se trata de un proceso interno que en principio debería incumbir, básica por no decir ‘exclusivamente’, a los habitantes de dicho país, la verdad es que se trata de un fenómeno social de primera importancia puesto que, por debajo de las confrontaciones que de manera natural se dan en la clase de procesos como el que se avecina, con lo que nos encontramos es con un conflicto de mucha mayor envergadura entre fuerzas, ideales e intereses que son radicalmente opuestos y que rebasan ampliamente la situación y el sino particulares de Venezuela. Es muy importante comprender que aquí lo que está en juego es, por un lado, la soberanía de un país, el derecho de una nación a su auto-determinación, la lucha por la posibilidad de construir una sociedad diferente a la sociedad clasista típica del capitalismo y, por la otra, la voluntad de dominio e imposición por parte de una super-potencia en declive, la convicción política de que los intentos de liberación nacional de los pueblos que no forman parte del consenso de Washington se controlan por la fuerza, el reconocimiento casi explícito de que el bienestar de ciertas sociedades se funda en el subdesarrollo y el estancamiento permanente de muchos otros pueblos (para decirlo de manera simple: que para que sus ciudadanos vivan bien nosotros tenemos que vivir mal y además aceptar ese estado sin chistar) y el mensaje de intimidación a todos los gobiernos (en particular, latinoamericanos) que pretendan hacer funcionar sus Estados para beneficio de sus respectivas poblaciones. Por el momento hay dos escenarios: por un lado, un proceso político interno y legítimo de un país que aspira a consolidar sus instituciones y, por el otro, un plan político y militar extranjero diseñado para impedir que dicho proceso tenga lugar y, en caso de que no hubiera forma de impedir que se realizara (porque, por ejemplo, la población asistiera masivamente a las urnas), para intervenir militarmente violando no sólo la soberanía de dicho país sino hasta los principios más básicos del derecho internacional (un derecho que en realidad es inexistente, un farsa, como lo pone de manifiesto la política descaradamente intervencionista de los Estados Unidos, Israel, Gran Bretaña, Francia y algunos otros países). Eso y mucho más es lo que se juega en las elecciones venezolanas del próximo domingo. La verdad es que, así expuestas las cosas, todos los ciudadanos latinoamericanos deberíamos tener el derecho de ir a votar a las embajadas venezolanas, puesto que el proceso que allá tendrá lugar y el resultado al que se llegue nos atañen directamente.

Antes de examinar velozmente el fenómeno “Venezuela”, no estará de más subrayar que la fecha de las elecciones no es casual y de hecho muestra que las dos partes en conflicto entienden la situación de manera similar si bien, obviamente, ven lo mismo sólo que desde puntos de vista opuestos y con objetivos mutuamente excluyentes. Ambas partes (o sea, tanto el gobierno legítimo de Venezuela como el gobierno norteamericano), en efecto, llegaron, cada una de ellas desde su propia perspectiva, a la misma conclusión, a saber, que si el proceso se lleva a cabo de manera pacífica y se le da la voz a los habitantes para que se expresen libremente al momento de votar, en la República Bolivariana de Venezuela se habrá implantado un régimen para el cual ya no habrá punto de retorno: el pueblo venezolano, a pesar de todas las maquinaciones, presiones, atentados, limitaciones y demás, (todo ello, desde luego, inducido criminalmente desde el exterior), le habrá dado su aval al proceso revolucionario, nacionalista y socialista impulsado por el gran Hugo Chávez. Si eso pasa, las instituciones nacionales de Venezuela se habrán solidificado y el proceso será prácticamente imparable. Desde el punto de vista de la reacción y de los intereses de la banca mundial y de las grandes trasnacionales, ello representaría un terrible golpe, un golpe que rebasaría con mucho el ámbito de la mera discrepancia ideológica. Sería una derrota material que sería imposible ignorar y colmar. Lo que está en juego es, pues, en verdad y por muy variadas razones de suma importancia para todo el mundo.

Siendo el proceso venezolano tan importante en el tablero político mundial es normal que el país enemigo de la República Bolivariana de Venezuela, o sea, los Estados Unidos, haya desplegado desde hace mucho tiempo toda su maquinaria pre o proto-militar a fin de preparar el terreno a nivel global para una vulgar intervención soldadesca. Como cualquier persona mínimamente instruida lo entiende, los maestros en las campañas de agitación, sabotaje, bloqueo, intimidación, desinformación sistemática, desestabilización y demás que son tanto los miembros del Congreso como los agentes de la CIA y la DEA, entraron en acción desde hace ya muchos años, pero de lo que ahora somos testigos es de que dicha campaña se ha venido intensificando hasta llegar a niveles fantásticos de estridencia y paroxismo para jugar la última carta que les queda: la intervención armada. La estrategia es siempre la misma: se trata de aislar desde todos puntos de vista al país reticente y ellos piensan que la actual configuración geopolítica es la apropiada para la invasión. Pero ¿cómo nos explicamos el fracaso de la inmoral y descarada estrategia de bloqueo y desestabilización? Ésta no fue en este caso del todo exitosa por al menos dos razones: primero, porque (contradictoria y cínicamente) los Estados Unidos, a pesar de que hostigan a Venezuela desde todos los puntos de vista posibles, le siguen comprando petróleo y, segundo, porque el presidente Nicolás Maduro encontró una salida a las presiones financieras, económicas y militares desplegando toda una política exterior exitosa con países que no le rinden cuentas al gobierno norteamericano, como los de Rusia, China, Irán y Cuba. Habría que añadir una tercera razón, a saber, la reciente introducción en el mercado financiero del petro, la criptomoneda venezolana gracias al cual Venezuela podrá poco a poco romper el cerco financiero con el que se ha pretendido asfixiarla. Es obvio, supongo, que si el gobierno del presidente Maduro fuera un mero gobierno dictatorial y militaroide, un gobierno de gorilas, sin una sólida ideología nacionalista y sin sustento popular, hace tiempo que ya se hubiera desmoronado. De manera que si no lo ha hecho es precisamente porque, a pesar de las penurias y las limitaciones a las que lo han sometido, detrás de Maduro está la mayoría del pueblo venezolano. Los pueblos no son tontos y si ello es así es porque los venezolanos saben lo que les espera si el proyecto bolivariano se viene abajo. Eso sí: con mucha coca-cola por delante!

Me parece, por otra parte, que no estará de más recordar que a pesar de las convenciones (como las de Ginebra) que todos los gobiernos solemnemente firman  para limitar los estragos entre las poblaciones civiles cuando las guerras estallan, lo cierto es que rara vez se someten a ellas. Desde luego que eso no es justificable, pero digamos que (siendo realistas y muy crudos) podríamos entender (sin jamás justificar) las mentiras de los gobiernos en tiempos de guerra (aunque estoy seguro de que si se ejemplificara vívidamente eso de lo que estamos hablando los seres humanos normales repudiarían a sus respectivos gobiernos con toda su alma). Lo que en cambio resulta de entrada imposible de digerir es la hipócrita guerra ideológica, porque en este caso el objetivo es la mentira total. De lo que se trata es pura y llanamente de engañar a la humanidad en su conjunto, a la gente común de todos los países del mundo que obtiene su “información” básicamente a través de la televisión o de la prensa, para lo cual se echa funcionar la inmensa y todopoderosa maquinaria propagandística que existe. De hecho el programa de, como dije, la mentira total, se aplica permanentemente: nunca se nos dice la verdad, no se proporcionan más que datos falsos o inexactos, se desvirtúa y ridiculiza sistemáticamente a los personajes relevantes (en este caso, por ejemplo, al presidente Maduro), se exageran al máximo los problemas internos del país de que se trate, nunca se presentan los logros del gobierno enemigo, etc., etc. Esta estrategia, sin embargo, tiene en mi opinión un handicap inherente a ella y es que la  campaña, orquestada por los dueños de toda esa maquinaria desde los grandes centros de poder en el mundo, tiene que valerse de desprestigiados personajes conocidos en cada lugar en donde se aplica. Así, por ejemplo, nos encontramos con que en México quienes más parlotean en contra del gobierno de Venezuela y del histórico proceso político y social iniciado por el Comandante Hugo Chávez son los periodistas más amarillistas del espectro, los editorialistas más despreciables que pueda haber, los comentaristas más repugnantes y mentirosos del medio! Esos son los soldados rasos de la campaña propagandística en contra de un país que nunca ha atentado en contra de ningún otro. Es comprensible, por lo tanto, que esos mentirosos de nómina y tergiversadores profesionales de la verdad (profesión = mentiroso) a final de cuentas no despierten mayor interés entre la gente ni resulten particularmente convincentes. Este es un tema en torno al cual hay que decir unas cuantas palabras, pero primero quisiera considerar rápidamente la situación real de Venezuela.

Sería ridículo afirmar que la situación material en Venezuela no es terrible, pero ¿a quién podría sorprender tal cosa? Sólo a quien ignora los hechos. Más bien, yo pienso, lo realmente sorprendente es que la situación no sea mucho peor! Para determinar si mi apreciación es justa o no hagamos un poquito de ejercicios de pensamiento. Por ejemplo, unas cuantas comparaciones nos serían muy útiles. Preguntémonos: ¿cómo viviríamos nosotros, los mexicanos, si México como Venezuela hoy fuera un país bloqueado por los Estados Unidos? Tomemos esto al pie de la letra. Eso querría decir que no sólo los Estados Unidos sino que ningún otro país vinculado con ellos o dependiente de ellos comerciaría con nosotros: nadie nos compraría nuestros productos y no nos venderían los suyos, las trasnacionales cerrarían sus empresas (imagínese, por ejemplo, que las grandes farmacéuticas y los grandes laboratorios clausuraran sus plantas y que dejaran de buenas a primeras de distribuir los medicamentos que producen y que la gente necesita día con día), que tuviéramos que traer la gasolina desde Irán y así con todo. La pregunta es: ¿estaría México en una mejor situación que Venezuela? Claro que no y hay muchas razones que explicarían porque ello sería así.  Si aquí simplemente D. Trump amenaza con no firmar un injusto y desequilibrado tratado de “libre comercio” (porque ya quiere ponerle fin a la estafa de la cual ha sido objeto su país por parte de México! ¿Es eso una broma, una estupidez o simplemente una forma de presionar? Porque lo único que no es es ser verdad) que de inmediato los sabihondos de siempre ponen el grito en el cielo y hacen todo lo que pueden para convencer a la gente de que el gobierno debería ceder en posiciones que son abiertamente contrarias a los intereses nacionales (imposible no traer a la memoria al ahora bien conocido conductor de un programa de televisión en el que él disfruta hasta la fruición su derecho no compartido de opinar y durante el cual ha repetido en numerosas ocasiones que es mejor un mal tratado para México a que no se firme ningún tratado con los Estados Unidos! Las suyas son claramente declaraciones anti-patrióticas y él podrá asustar y engañar a gente inocente, ignorante o incauta, pero no a quien tenga dos dedos de sesos y 100 gramos de información). Así, pues, se nos quiere hacer creer que de no firmar el tratado de libre comercio con los USA México está perdido. Ahora bien, no firmar un tratado de libre comercio no es lo mismo que estar bloqueado. Si simplemente no firmarlo significaría, según algunos, un desastre para el país: ¿cómo sería si el país sufriera un bloqueo como el que sufrió Cuba y el que ahora padece Venezuela? Estaríamos mucho peor que esos países. Pero lo que eso quiere decir es precisamente que, por ser un país en el que la sociedad en su conjunto tiene una participación mucho mayor en la organización social y en la toma de decisiones que la que tiene la población en México, el sistema de vida imperante en Venezuela es superior al que prevalece en nuestro país. Llevando la imaginación hasta sus límites: ¿cómo sería la vida en los Estados Unidos si todo el mundo los bloqueara a ellos? Dado que se trata de una superpotencia, es evidente que sobreviviría, pero de seguro que la población del país que se come la mitad de las frutas, de la carne, de los chocolates, etc., del mundo sufriría bastante. Los Estados Unidos no producen lo que consumen. Por diversos mecanismos de dependencia de diversa índole, lo que se encuentra en abundancia en sus supermercados es lo que ellos se llevan del mundo a su país. Así, si en esa situación imaginaria inclusive ellos se verían seriamente afectados en su vida cotidiana: ¿qué puede pensarse que tiene que pasar con un país chico, de 31,000,000 de habitantes, cuya mayor fuente de ingresos (casi la única en ese momento) es el petróleo, cuyos precios son manipulados para poder reducir sus ingresos al mínimo (lo mismo que con Irán y con Rusia. Afortunadamente para el mundo, está China con la cual se re-equilibran los mercados) para doblegarlo y hacerle bajar la cerviz?¿No es comprensible que haya graves problemas económicos en Venezuela? Pero también: ¿no es evidente quién los causa? y sobre todo ¿no es formidable su capacidad de resistencia?

A mi modo de ver, la moraleja de una revisión a vuelo de pájaro de la situación se deriva por sí sola: si no hay una intervención militar, el proyecto bolivariano del Comandante Chávez, perpetuado ahora por el gran estadista que resultó ser N. Maduro, triunfó. Eso lo saben los policías del mundo y es eso precisamente lo que quieren a toda costa evitar. A falta de nuevos instrumentos, la deplorable campaña mediática norteamericana en contra del Estado bolivariano de Venezuela gira en torno al gastado concepto de democracia (un concepto prácticamente inservible salvo si lo que se quiere decir con esa palabra es ‘sistema político funcional al capitalismo’) en tanto que la militar se funda en gran medida en el apoyo directo de los gobiernos de Colombia, Argentina, Brasil y Panamá, básicamente. Pero tienen un problema: los movimientos revolucionarios gubernamentalizados dejan forzosamente hondas huellas en la conciencia de la gente. El pueblo venezolano no es la excepción. Ellos saben que viven mal (a decir verdad, el pueblo venezolano nunca vivió muy bien, ni siquiera en la época de Carlos Andrés Pérez, el López Portillo venezolano, y del auge del petróleo. Siempre fue un país de una gran injusticia social), pero saben también por qué. Dado que ya quedó claro que la guerra total no militar (o sea, mediática,  financiera, comercial, política, etc.) no fue suficiente, a pesar del desprestigio, de las calumnias y del bloqueo en general, no queda más que la opción militar. Pero ¿es ésta factible realmente? Quizá sí, pero a un costo tremendamente elevado, porque es evidente lo que se va a incendiar es no sólo Venezuela sino media América del Sur (y quizá más). Yo creo que hay elementos para pensar que en su desesperación por ver que el mundo paulatina pero consistentemente evoluciona en un sentido que no es el que les conviene, los policy-makers norteamericanos están dispuestos a lo que sea. Aquí sí que no importan los muertos, las hambrunas, los niños, la destrucción de un país o de un continente. Pero tendrían de todos modos que preguntarse: si el precio es tan alto, si costará mucho derrotar al ejército nacional venezolano: ¿vale la pena seguir con ese plan y con esa estrategia, una diabólica estrategia que de hecho no funcionó hace 65 años en Corea, después en Cuba, en Vietnam, en Afganistán y en Siria? A mí me parece que el gran error político norteamericano se debe no a torpeza o falta de inteligencia en un sentido práctico, sino a una simple pero fatal miopía histórica. Una Venezuela en llamas sería mucho peor para los norteamericanos que una Venezuela disidente.

Una de las grandes culpas del régimen venezolano es ser un régimen “populista”. Yo creo que ya es hora de plantear la pregunta: ¿qué significa ‘populismo’? Me parece que la respuesta es simple: ‘populismo’ es el término coloquial, a-teórico, para decir ‘socialista’. Un régimen populista es un régimen en el que se le da un apoyo gubernamental total a los servicios gratuitos de salud para la población, en el que la educación es dirigida por el Estado con una orientación politizada desde pre-primaria a fin de generar en los alumnos una mentalidad patriótica y de solidaridad entre los connacionales, un sistema en el que se implanta una política financiera destinada a liberar al país de la criminal deuda externa de manera que todo lo que se paga por el “servicio de la deuda” se pueda invertir en el país y haya más carreteras, escuelas, hospitales, aeropuertos, etc., un sistema de vida en el que los líderes sean personajes queridos por la población y no meras marionetas movidas desde otras latitudes por los verdaderos amos del sistema. Ahora bien, el arma que se eligió para tratar de opacar y eliminar la noción misma de populismo es la idea de democracia. Pero ¿qué es la democracia y por qué es tan valiosa, más por ejemplo, que el bienestar concreto de las personas? La democracia es el sistema político que me garantiza hacer uso de mi derecho a votar cada tres años por representantes ante el congreso o las cámaras y cada seis años por gobernadores y presidente. Y punto. Eso es la democracia para el ciudadano (como se dice) “de a pie”. En la democracia el ciudadano es (se supone) representado ante los órganos de poder. En el populismo lo que cuenta es no tanto la representación como la participación ciudadana. Ciertamente el régimen venezolano es en este sentido un régimen populista. ¿Es por ello criticable? Yo creo que ya es hora de que el ciudadano medio reflexione un poquito sobre el tema, que aprenda a no dejarse chantajear ideológicamente y que la población en su conjunto se incorpore en serio al debate y a la acción política. Se podrá entonces neutralizar los efectos aletargadores que tiene el uso demagógico de un concepto ya muy deteriorado de democracia. Lo interesante del proceso venezolano son las reformas económicas, las limitaciones a la propiedad privada (el fin de los latifundios, por ejemplo), los grandes progresos efectuados en el terreno de la educación popular, la apertura de mercados y el establecimiento de vínculos comerciales y financieros (y ¿por qué no? – también militares) con quienes ellos quieren. Eso es libertad política y eso es con lo que se quiere acabar. Los dizque defensores de la democracia, los que siempre pugnan por que se lleven a cabo elecciones, ya desde ahora rechazan los resultados de un proceso pulcramente organizado. La situación no puede ser más grotesca: si gana la oposición se aceptan los resultados, pero si gana el gobierno actual entonces fueron fraudulentas. Qué fácil! Hay, sin embargo, un problema y lo repito: el pueblo de Venezuela, disgustado como está (y con razón) por la infamia de la cual es objeto, ya abrió políticamente hablando los ojos y una vez abiertos éstos ya no se cierran. El reto era abrírselos y los dirigentes venezolanos lo lograron, impidiendo así que le pasara  a su pueblo lo que se hizo con el nuestro, un pueblo que parece estar, como la bella durmiente del bosque, con los ojos permanentemente cerrados.

Más Vigente que Nunca!

No cabe duda de que el 5 de mayo es en verdad una fecha digna de ser recordada. De seguro que hay más eventos importantes que sucedieron ese día, pero así de botepronto hay por lo menos tres que difícilmente podrían pasar desapercibidos. Tenemos, para empezar, la muerte de Napoleón Bonaparte en Santa Elena, una pequeña isla situada en medio del Océano Atlántico de la que se apoderaron los ingleses (es parte de sus “territorios de ultramar”) mientras pirateaban los mares. Después de la carnicería que significó la desastrosa derrota de Waterloo (Bélgica), el emperador francés fue deportado en 1815 del continente europeo y recluido hasta su fallecimiento en la diminuta isla mencionada, ocurrido en 1821. Hay dos grandes teorías acerca de su muerte. La versión oficial es que murió por un cáncer de estómago; la teoría revisionista sostiene que a Napoleón lo envenenaron sus captores ingleses. Dado que ambas teorías son irreconciliables, quizá una que combine las cualidades de ambas sea la correcta, a saber, que el envenenamiento de Napoleón a base de arsénico (y quizá mercurio) fue gradual pero sistemático y que fue eso lo que a la postre le generó al vencedor de Austerlitz un cáncer estomacal. Independientemente de qué haya pasado con el único general que al día de hoy haya tomado Moscú, lo cierto es que su deceso ocurrió el 5 de mayo. Ese hecho basta para hacer de dicha fecha una fecha memorable.

Como sabemos, y todos en México deberíamos recordar, siendo presidente de México Don Benito Juárez la República Mexicana, que estaba todavía en proceso de gestación, se vio por un problema de deuda externa (¿te dice eso algo, amable lector?) vitalmente amenazada por el gobierno francés (a la cabeza del cual se encontraba en aquel momento Napoleón III) y su nada menospreciable ejército. Los franceses, coludidos con los vende-patrias de aquellos tiempos (nunca faltan!), trajeron a México a una de las parejas reales más ridículas de todos los tiempos, a saber, la conformada por el super inepto y dizque engañado Maximiliano de Habsburgo y su intrigante y ambiciosa esposa a la cual, hay que decirlo, no le haría mucho caso en México, i.e., Carlota. Y fue durante su primera gran incursión hacia la capital de la joven República que los zuavos fueron derrotados el 5 de mayo de 1862, en los suburbios de Puebla, una ciudad que al año tomarían en una batalla tipo Stalingrado, esto es, de destrucción total de la ciudad y peleada casa por casa. Cuando pensamos en las diferencias de armamentos, experiencia militar, etc., entre franceses y mexicanos de aquellos tiempos no podemos más que sentir una gran admiración y un gran orgullo por los compatriotas defensores. Podríamos, si quisiéramos, dar rienda suelta a la imaginación y equiparar lo que pasó el 5 de mayo de 1862 con lo que podría pasar en México si ahora un gobierno nacional decidiera cancelar una deuda externa absurda que está lenta pero sistemáticamente asfixiando al país. Lo menos que se nos ocurre preguntar es: ¿tendríamos ahora defensores tan valientes en esa situación imaginaria como los tuvimos hace siglo y medio frente al ejército invasor francés? Yo creo que mejor dejamos el tema ahí y nos conformaremos con vitorear la gloriosa fecha de la batalla de Puebla, acaecida como sabemos un 5 de mayo.

Un tercer 5 de mayo absolutamente luminoso y no nada más para un país o para un continente, sino para el mundo entero lo es el de 1818. ¿Por qué? Por ese día de ese año nació en la ciudad de Tréveris, Alemania, el hombre que elaboró la única teoría total (y yo diría, definitiva) del sistema capitalista: Karl Marx.  Sin duda alguna el personaje amerita unas cuantas palabras.

La verdad es que el destino de Marx es insólito y, a mi modo de ver, no del todo comprendido. Él era esencialmente un científico social, si bien no un académico en sentido estricto porque no trabajaba en ninguna universidad. Eso no impedía que fuera un visionario, teóricamente innovador como muy pocos y en su terreno sencillamente insuperable. Por otra parte, dado que era un individuo coherente como pocos era también un hombre de acción. Apoyó movimientos obreros, sindicalistas, de protesta y hasta organizó la Primera Internacional, porque se pensaba que el movimiento obrero en Europa Occidental no era un asunto de países, sino de clases. El hecho es que el movimiento en cuestión terminó muy rápidamente en un gran fracaso por lo que a final de cuentas no se puede negar que el impacto político real de la actividad de Marx en tanto que luchador social fue, haciendo sumas y restas, de poca monta. Para finales del siglo XIX, fuera de ciertos círculos académicos Marx estaba lejos de alcanzar el renombre y la fama que recaerían sobre él poco tiempo después. Bertrand Russell, por ejemplo, en su primer libro, La Social Democracia Alemana, de 1896, le dedica a Marx una de las seis conferencias de las que se compone el texto, y discute críticamente dos componentes fundamentales del marxismo, a saber, la teoría de la plusvalía y la de la concentración del capital. Marx distaba entonces mucho de ser el personaje universalmente conocido en el que se convirtió. Aquí la pregunta interesante es: ¿cómo es que un oscuro investigador social, que vivió gran parte de su vida en la miseria, a causa de la cual se le murieron literalmente en los brazos varios hijos, que tenía que vivir en el exilio, casi súbitamente se convierte en una persona conocida a lo largo y ancho del planeta? Tiene que haber una explicación razonable. Por mi parte, pienso que lo que pasó fue, muy a grandes rasgos, lo siguiente:

a lo largo de todo el siglo XIX, sobre todo después de los repartos de Polonia y del fin del sistema medieval de servidumbre que todavía, hasta 1861, prevalecía en Rusia, el descontento con el zarismo y la agitación social en su contra se fueron incrementando por lo que pululaban los grupos revolucionarios clandestinos. De ellos surgieron los personajes que pasarían a la historia como grandes revolucionarios. Todos ellos, por otra parte, sentían la urgente necesidad de disponer de una teoría científica que avalara y reforzara su acción política y la encontraron en la obra de Marx. Así, tanto las explicaciones de los sucesos de la época (las grandes movilizaciones populares, la Primera Guerra Mundial, etc.) como la planeación de la lucha política empezaron a hacerse en terminología marxista. Clave en este proceso fue, obviamente, Lenin. Fue éste quien, conocedor a fondo de la obra de Marx, logró popularizarla, empleándola siempre en conexión con slogans y frases impactantes, de manera que las masas se fueron familiarizando con todo un vocabulario novedoso y empezaron a su vez a emplearlo. Así, entraron en los circuitos del lenguaje coloquial palabras y expresiones como ‘explotación’, ‘lucha de clases’, ‘fetichismo de la mercancía’, ‘enajenación’ y muchas más. Cuando Lenin y su partido bolchevique, después de un audaz golpe de timón, derrocaron para siempre el odioso zarismo (entre otras cosas, acabando físicamente con el zar y su familia), dándole con ello vuelta a la hoja de la historia y empezando algo totalmente nuevo en Rusia, la teoría de la que se servían los dirigentes y teóricos del gobierno bolchevique era el marxismo, la única realmente útil que estaba a la mano. Así, con el triunfo del partido de Lenin Marx se convirtió automáticamente en un teórico revolucionario, sólo que había un problema: su teoría en realidad no era una teoría de la revolución, inclusive si en algunos escritos él hablaba de “dictadura del proletariado” y cosas por el estilo. Pero es innegable que algo había de profundamente incongruente en todo ello, porque la teoría de Marx era una teoría del sistema capitalista; estaba pensada por su autor para explicar fenómenos sociales del capitalismo avanzado y los países que Marx tenía en mente eran básicamente Gran Bretaña, Francia y Alemania. Lenin murió en 1924 y por lo menos desde un par de años antes de su muerte prácticamente había quedado, por razones de salud, al margen de la vida política rusa. Todavía en 1921, sin embargo, implantó su famosa Nueva Economía Política (NEP), que era un coctel de medidas políticas y económicas de muy diversa índole y a través de la cual y con diversos pretextos se hacían grandes concesiones a la propiedad privada. Fue Stalin quien de hecho varios años después acabó con la NEP una vez neutralizado el peligro trotskista y más en general la oposición de los antiguos cuadros leninistas. Por ello, si asociamos la Unión Soviética con procesos como la nacionalización de la tierra, la apropiación por parte del Estado de los medios de producción, la planificación económica, la conducción del país desde el centro del Estado, el apoyo a los movimientos de liberación de países “en vías de dearrollo”, etc., entonces la única conclusión que se puede extraer, la conclusión inevitable es que el verdadero creador de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fue Stalin, no Lenin ni sus seguidores. Ahora bien, independientemente de ello, la política oficial de la URSS se siguió expresando en terminología marxista-leninista, lo cual era tremendamente equívoco y terminó por generar múltiples malentendidos. El ejemplo más patente (y patético) de incomprensión de la historia del socialismo en el siglo XX a que dio lugar esta asimilación del marxismo por parte del leninismo es que cuando la Unión Soviética (que como diría E. Honecker, “por una traición llamada perestroika”) dejó de existir, esto es, cuando M. Gorbachov la negoció con Occidente y B. Yeltsin la remató, todos los intelectuales, los políticos más ignorantes del espectro, los periodistas más mendaces, los más superficiales de los profesorcillos de universidades privadas, todos ellos y más al unísono festejaron ruidosamente la “refutación” del marxismo! Pero, perdón que lo diga, eso era obviamente una estupidez mayúscula y ridícula, un festejo completamente injustificado! Lo que es incuestionable es que lo que todos esos “intelectuales” y políticos en turno festejaban era la derrota del socialismo real, pero ellos se imaginaban que estaban también celebrando la refutación teórica del marxismo. En eso, sin embargo, estaban equivocados de arriba a abajo. Naturalmente, en la euforia del momento era difícil detectar la falacia. El marxismo era y sigue siendo la teoría del sistema de producción de mercancías, esto es, del capitalismo y su validez como teoría es totalmente independiente de los vaivenes de la política mundial. Algunos todavía recordamos con vergüenza el show televisivo del momento aquí en México, “La Experiencia de la Libertad”, un programa liderado por Octavio Paz y pagado por Televisa, en el que desfilaron grandes especialistas (si así se puede clasificar a gente como Vargas Llosa, por ejemplo) venidos de los más variados países para explicarle a la gente cómo y por  qué el marxismo había sido refutado. La verdad, sin embargo, es que todavía siguen sin resolver el no muy misterioso conundrum de por qué, si se supone que con la caída de la Unión Soviética el marxismo debería ya haber desaparecido de la faz de la tierra, de hecho sigue éste siendo indispensable. Tarde o temprano, la verdad se impuso por sí sola. Por eso ahora podemos, emulando a Galileo, decir en voz alta nuestro “e pur si muove”, adaptando su dicho a nuestro caso: “Y sin embargo, el marxismo sigue incólume!”. Así, con una idea un poquito más clara sobre los orígenes de la justificada fama mundial de Marx, podemos intentar enunciar en unas cuantas palabras por qué su obra sigue siendo tan importante.

El trabajo de Marx tiene distintas facetas, inclusive si éstas no están sistemáticamente conectadas entre sí. Encontramos, por ejemplo, reflexiones profundas emanadas de la observación de la vida cotidiana. Marx percibió con ojo clínico cómo la sociedad de su tiempo se había dividido básicamente entre gente que tenía dinero, hacía inversiones y explotaba brutalmente a quienes contrataba para trabajar en sus negocios y empresas (minas, ferrocarriles, siderúrgicas, etc.) y gente que tenía que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, mantener a su familia y demás. La sociedad de su tiempo, por lo tanto, en efecto se dividía básicamente entre “burgueses” y “proletarios”. Preguntémonos: ¿ha cambiado eso en la actualidad? La división social se ha vuelto mucho más compleja, pero los principios de organización social siguen siendo los mismos. Ahora las relaciones entre capitalistas y trabajadores se dan de muy diverso modo y en muy diversas escalas, no de manera tan simple como en tiempos de Marx, pero a final de cuentas tan explotador de sus trabajadores es el gran industrial como el pequeño comerciante que tiene un par de empleados en su tienda. En ambos casos hay “inversionistas” de un lado y trabajadores del otro. Estas relaciones de trabajo sólo se pueden sostener en el capitalismo si hay ganancias. De otro modo no tendrían sentido. Pero ¿qué es la ganancia? Es el valor extra que con su trabajo alguien genera al producir una mercancía, sólo que ese valor extra no se lo queda él sino el dueño del negocio. Eso es la plusvalía. Así, el trabajador trabaja para vivir y el inversionista se beneficia con la plusvalía generada. De ahí que sea en esta plusvalía que consiste la explotación del trabajador: éste se esfuerza y genera ganancia, pero ésta no es para él. Él tiene su salario y nada más. El inversionista tiene ganancias que el asalariado le produce. El valor de las mercancías (el trabajo incluido) se fija en función del tiempo socialmente necesario para su producción. Así es como se gesta el mercado, esto es, el sistema total de relaciones de producción e intercambio de mercancías. Nótese, dicho sea de paso, que el mercado es una realidad derivada, no la plataforma fundamental, que es el modo de producción. El sistema capitalista inevitablemente tiene un carácter de clase, puesto que los intereses económicos de las partes involucradas en los procesos de trabajo se contraponen. La idea de un capitalismo justo es, pues, tan absurda como la del mundo de Alicia.

Consideremos rápidamente el tema del trabajo. Para Marx, a diferencia de lo que es la mera actividad biológica de procrear o los requerimientos sociales de vestirse, viajar, etc., el trabajo es la actividad que convierte a los seres de nuestra especie en humanos. El trabajo idealmente considerado debería ser liberador, creativo y sus productos deberían pertenecerle a quien los fabrica. El problema es que en la sociedad capitalista pasa exactamente lo contrario: el objeto de trabajo no le pertenece al productor, quien sólo vende su fuerza de trabajo para sobrevivir; tiene por ello que aceptar trabajos que no le gustan, que lo embrutecen, que lo rebajan de mil y una maneras. El resultado neto es que la actividad fundamental del hombre se vuelve para éste lo peor de su vida. En lugar de ser su medio de realización es su medio de aniquilamiento. Ese fenómeno se llama ‘enajenación’. El trabajo enajenado es embrutecedor, aburrido, en general mal pagado, no le permite al individuo desarrollar sus aptitudes, etc., y el individuo enajenado es una persona en cierto sentido perdida, alguien que trabaja no porque disfruta su actividad vital sino porque no tiene otra opción. Así se trabajaba y se vivía en la época de Marx. Pregunto: ¿ha cambiado eso? Yo diría que sí, pero para intensificarse!

Marx con gran perspicacia hizo ver a través de complejas pero lúcidas explicaciones que, también inevitablemente, en el capitalismo se da un proceso de lucha constante y exterminio permanente de rivales económicos, rivales mercantiles, un proceso en el que las grandes corporaciones se van por así decirlo engullendo a las más débiles. Esto no es una alucinación. Demos un ejemplo. Antes había en México tlapalerías por doquier. Hoy un Home Depot basta para media ciudad. Otro ejemplo: las compañías mexicanas de aviación van siendo o brutalmente sacadas del mercado por toda clase de mecanismos, lícitos e ilícitos (como pasó con Mexicana de Aviación), o son absorbidas por otras más potentes (como es el caso de Aeroméxico, que poco a poco se va “fusionando” con Delta, la cual tiene ya 49% de las acciones de la compañía “mexicana”). Entonces: ¿tenía razón Marx al apuntar al fenómeno de concentración del capital o no? La respuesta es evidente de suyo. Y ¿es actual el fenómeno? La respuesta es aún todavía más enfática, si es que eso es factible.

Marx sostenía que el sistema capitalista o de producción de mercancías (bombas, cañones, aviones, chocolates, lentes, lápices, camisetas, sillones y así ad infinitum, o sea, todo) sólo puede sobrevivir si se mantiene generando nuevas mercancías, creando y ampliando mercados y por consiguiente sólo si logra generar nuevas necesidades en las personas. En este sistema de vida todos los días salen al mercado nuevos productos: nuevas lociones, nuevas corbatas, nuevos refrescos, etc., etc. Esto quizá podría parecerle bien a más de uno, pero ello se debería a un juicio superficial porque habría que fijarse también en el precio de la supervivencia del sistema. El asunto es delicado porque éste exige la mercantilización del todo del mundo natural. Hasta hace medio siglo era impensable, por ejemplo, que tuviéramos que pagar por el agua. La industria del agua se desarrolló y se generaron nuevas fuentes de trabajo, pero dicha industria exige la utilización brutal y permanente de ese recurso natural tan importante (y por el que pronto habrá guerras), convertido también en mercancía. En relación con esto podemos señalar algo ilustrativo e interesante: el agua en el río no es una mercancía, pero el agua embotellada sí. Y lo que pasa con el agua pasa con todo: con las aletas de tiburón, los escamoles, la plata, el petróleo, los peces, etc. Todo en el sistema capitalista es mercancía, las relaciones humanas incluidas. No debería extrañarnos, por lo tanto, que la industrialización del agua haya culminado en la contaminación de ríos y mares (creo que la isla de basura que se desplaza libremente por el Océano Pacífico es dos veces más grande que Francia y se sabe que, de seguir como vamos, dentro de 40 años habrá más basura en el océano que peces). Todo esto que hemos mencionado ya era la regla en época de Marx, pero ésta no se había generalizado como lo ha hecho en nuestros días, esto es, los días del triunfo total del capitalismo en la Tierra. La famosa neblina londinense en gran medida era smog causado por el uso masivo y en gran escala del carbón. Preguntémonos: ¿ha cambiado eso que Marx observó, esto es, el uso brutal e indiscriminado de la naturaleza y su destrucción sistemática? Hasta donde logro ver no sólo no se ha modificado sino que cada día la situación empeora. Después de todo en eso precisamente consiste la expansión y el triunfo del capitalismo.

La verdad es que se necesita ser enfermizamente dogmático (y algo torpe) para negar la vigencia del marxismo en nuestros días. En realidad éste está más vivo que nunca. Pero aquí tenemos que hacer una acotación: la teoría marxista del modo de producción capitalista es una teoría científica. Ello implica que no es una doctrina ideológica. Ofrece un aparato conceptual y una serie de teorías de distinto nivel que permiten comprender y quizá manipular el sistema in toto, pero nada más. La idea de explotación del hombre por el hombre puede indignarnos, pero en última instancia lo único que se hace es expresar una actitud hacia un fenómeno social particular. En otras palabras, la teoría de Marx no es una teoría de la acción política y los textos en los que él se pronuncia al respecto no forman parte de su teoría. Expresan su perspectiva y su gran solidaridad con la inmensa masa de desfavorecidos, pero no entran en su aportación científica. Para lograr la fusión de teoría científica y doctrina política necesitamos a un Lenin del siglo XXI.

Pretender a toda costa seguir ignorando la formidable contribución de Marx a la comprensión de la estructura y el funcionamiento de la sociedad actual es casi un acto anómico. Equivale a rehusarse a comprender los verdaderos mecanismos de la vida social y, por consiguiente, a buscar las verdades soluciones a los problemas que se le plantean a la humanidad en su conjunto, puesto que el sistema capitalista impera ahora en casi todo el mundo. Pocas cosas hay tan detestables y tan despreciables como el anti-marxismo barato y superficial que prevalece en la actualidad. Marx no era un líder de partido ni fue miembro de ningún gabinete gubernamental, pero en cambio era un científico social inigualable y visualizó y dio la clave para entender el destino del sistema. Su teoría no contiene la idea de un ataque externo vencedor del capitalismo. Esa ilusión la tenemos que abandonar. Más bien, Marx enseñó que como parte esencial del mismo están las graves crisis económicas que lo irán minando hasta que se produzca desde dentro del sistema una trabazón económica de tales magnitudes que no haya otra opción que la de acabar con él. Es sólo entonces que los seres humanos serán realmente libres, y no sólo libres como agentes económicos, que podrán realizarse aprovechando sus capacidades y ejemplificando con sus respectivas existencias lo bello que puede ser la vida humana cuando se vive con tranquilidad y en armonía. Ese sistema de vida con el cual se habrá de superar el capitalismo se llama ‘socialismo’ y si bien es un sueño todavía para el hombre actual, no cabe duda de que tendrá que ser una realidad para las generaciones futuras.

Objetivos Personales y Lucha Política

Las campañas políticas son interesantes y turbulentos fenómenos sociales que tienen al menos dos facetas. Por una parte, constituyen una especie de ring o arena en donde se da una enconada confrontación entre partidos políticos pero, por la otra, son también un espectáculo formidable para el observador externo. Nosotros, que estamos en la gradería, observamos la contienda desde lejos, puesto que no estamos personalmente involucrados en ella, pero ello nos permite contemplar y estudiar la conducta de los directamente involucrados en los procesos y que con toda su energía y capacidades (a menudo en déficit) se adentran en la lucha cotidiana. Eso, desde luego se explica de manera muy simple y es que sus intereses reales y su futuro están, como se dice, “de por medio”. En otras palabras, no vayamos a pensar que es el amor a México lo que motiva a la gran mayoría de los participantes en la lucha política que tiene lugar ahora en nuestro país puesto que, como sería razonable sospecharlo, más de uno estaría dispuesto a vender a México (con todo y población) con tal de alcanzar el éxito y la tan anhelada cima. Por otra parte, el fenómeno de las campañas políticas incorpora obviamente a muchas más personas que los políticos profesionales. Son parte de ella, agentes activos en ellas, los periodistas, los propagandistas oficiosos, los articulistas, los analistas de televisión, los locutores de radio, etc. Las campañas son como guerras entre ejércitos. No nada más hay infantería: hay aviación, servicios de espionaje, servicios médicos, operadores de comunicaciones, especialistas en transporte de armas y de tropas, toda una estructura militar en la que múltiples actividades son repartidas entre el personal en guerra. Ahora bien, uno pensaría que el símil de la guerra no es más que eso: un símil, un parangón, una metáfora. Después de todo, se supone que las campañas políticas se conducen en un marco de legalidad, de respeto mutuo, de apego a principios morales básicos, de respeto a la Constitución. Y es aquí en donde el ciudadano que espera precisamente eso se topa con realidades muy diferentes y muy desagradables, pues todo el tiempo se detectan anomalías, trampas, engaños y toda clase de tácticas sucias, que en ocasiones rayan en lo delincuencial, concebidas y aplicadas para desfigurar ideológica y políticamente al auténtico y único candidato del pueblo, esto es, el Lic. Andrés Manuel López Obrador. Las calumnias, las mentiras más descaradas, el cinismo y la hipocresía juntos, todo ello y más son no meros jinetes de un apocalipsis anunciado para un futuro incierto y distante, sino las plagas ya reales que nos atacan y carcomen el decisivo actual proceso político mexicano. No hay, pues, forma de escapar a la conclusión de que efectivamente estamos en medio de una guerra en la que los participantes luchan por objetivos distintos. Si nos atenemos a sus declaraciones, lo único que se puede inferir es que las motivaciones de unos son intereses sectarios y personales en tanto que lo único que percibimos en el candidato de la oposición son motivaciones realmente políticas. Esto explica la diferencia entre el discurso de la mayoría de los involucrados y el lenguaje político del candidato popular (de “ya saben quién”).

No hay duda de que el contraste que más resalta entre las intervenciones de los actores hoy hundidos en el proceso electoral es el que se da entre lo que el Lic. López Obrador dice y toda la clase de imputaciones, imprecaciones, improperios, acusaciones, tergiversaciones y demás con que lo intentan sepultar sus adversarios. Hasta dónde yo sé, al menos, López Obrador no se ha metido con la esposa de Meade ni con los casi norteamericanos hijos de Anaya y en cambio esos oradores improvisados no han cesado de meterse con la familia, con el modesto patrimonio, los ingresos, etc., del Lic. López Obrador. ¿Es cierto eso o estoy inventando? A guisa de ejemplos tenemos la tónica de los pronunciamientos del involuntariamente cómico (comiquísimo, en verdad) presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza, quien alcanzando niveles inusitados de vulgaridad exigía a los cuatro vientos y en los tonos más demandantes posibles que el Lic. López Obrador “dijera de qué vivía”. Esa grotesca farsa agresiva terminó de sopetón, sin embargo, cuando en un debate televisivo que muchos disfrutamos Yeickold Polevnsky hizo público el hecho de que el dirigente del PRI tiene 200 concesiones de taxis en Monterrey! La verdad es que la reacción de Ochoa Reza fue sencillamente inolvidable: palideció, enmudeció, hizo una mueca inconsciente, mezcla inimitable de estupor, típica de las personas a quienes han atrapado in fraganti haciendo algo vergonzoso, con la boca abierta y casi babeando esbozó una especie de sonrisa de atarantado que expresaba a la perfección el deseo intensísimo de que se lo tragara la tierra. Resultado: cambió definitivamente de estrategia. Por lo visto, la mejor forma de educar y contener a contrincantes de esta calaña, esto es, a quienes entienden la polémica en política como un concurso de acusaciones personales, es sacarles sus trapitos al sol, lo cual es siempre factible. Lo triste es constatar que ese es el nivel del discurso político en México y debo decir que, hasta donde se me alcanza, el único que no funda sus alocuciones en consideraciones de esa índole es el Lic. López Obrador.

Que el nivel político es deplorable lo podemos demostrar cuando nos tomamos la molestia de examinar las acusaciones fundamentales en contra del dirigente de MORENA. Recordemos que además de los candidatos están los agentes a sueldo, periodistas inescrupulosos o académicos venidos a comentaristas televisivos que han convertido sus respectivos programas en meras sesiones cotidianas de odio y de difamación sistemática. Desafortunadamente para ellos, la calidad de su ideología y el nivel de sus “análisis” los ubica automáticamente en lo que son, a saber, meros propagandistas a sueldo, merolicos descarados, impúdicos detractores de una persona de calidad moral ciertamente muy superior a la de ellos. Pero para que no nos quedemos en el plano de la queja y del lamento, invito al lector a que examinemos el caso, superficialmente por razones de espacio, revisando someramente algunas de las más importantes acusaciones con las que se ha querido dañar la imagen de López Obrador.

1) El nuevo aeropuerto de la ciudad de México. Como todos sabemos, con más de 800 vuelos diarios el aeropuerto actual de la Ciudad de México, con sus dos terminales, está saturado. Cuando un aeropuerto está así la línea que separa molestias y demoras de accidentes es realmente muy tenue. Todo mundo sabe que se requiere de un nuevo aeropuerto. En los malhadados tiempos de Fox, como todos recordarán, se intentó empezar la construcción de uno nuevo en el Valle de México, habiendo desde luego otras opciones. ¿Por qué no se pudo? Por diversas razones, pero en última instancia porque se trataba de una colosal estafa a los habitantes de la zona cuyos predios se tenían que expropiar y por los que se les ofrecían cantidades irrisorias (sólo Fox era capaz de algo así). Sin embargo, en una reacción casi instintiva e inesperada, los ejidatarios de San Salvador Atenco, a caballo y con machetes en mano, desfilaron por Reforma y dejaron perfectamente en claro que ese negocio no se iba a poder hacer. Con Peña se volvió a plantear el tema y, un tanto apresuradamente, se iniciaron los trabajos. En este caso la colusión con el ex-gobernador de la ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, quien dicho sea de paso, dejó a la ciudad de México en un estado lamentable, fue decisiva. En relación con el tema del aeropuerto hay que distinguir dos cosas:

a) las opiniones de sentido común, y
b) los puntos de vista técnicos.

En contra del sentido común está la decisión de construir un mega-aeropuerto, que habrá costado miles de millones de pesos, … a 14 kilómetros del actual! Eso es a 5 minutos en automóvil! ¿Hay algo más absurdo que eso? Un aeropuerto de esas magnitudes es también un polo formidable de desarrollo. Por lo tanto, había que aprovechar otros espacios, porque los hay (Zumpango, por ejemplo), ya que esa inversión obligaría a construir un tren, a ampliar la red carretera, a impulsar el comercio en zonas si no paupérrimas sí poco desarrolladas, atraería múltiples inversiones (hoteles, restaurantes, tiendas, etc.). Por otra parte, están los veredictos de los ingenieros de acuerdo con los cuales el lugar elegido es el peor posible. El nuevo aeropuerto estará en la zona más lodosa de lo que fue el lago de Texcoco. Su construcción, por lo tanto, va a exigir una inversión mucho mayor de la que requeriría en otras partes cercanas a la capital y desde luego que no se incentivará la vida económica del país, puesto que de hecho seguiremos teniendo el aeropuerto en la zona metropolitana. A esa distancia uno del otro uno de los dos aeropuertos quedará inutilizado, cuando con otra ubicación los dos podrían seguir estando activos. Y, last but not least como dicen, está el lodazal administrativo, todo el reparto de contratos de manejo del aeropuerto, las concesiones, la elección de proveedores, las tiendas y boutiques al interior del aeropuerto, etc., todo ello y más debidamente repartido. Naturalmente, el proyecto se armó (como tantos otros) a espaldas de la opinión pública y es evidente que muchos miembros del club de los favorecidos están metidos en lo que es un super-negocio orquestado y dirigido desde la presidencia. Frente a eso, López Obrador con toda razón protesta. ¿Cuál es la reacción? El grito de guerra de los beneficiados con el mega-negocio del aeropuerto es que López Obrador “quiere impedir que la ciudad de México tenga el aeropuerto que se merece”. Qué pena, pero eso no pasa de ser una patraña infantil. La verdad es que yo no sé a qué le tienen más miedo quienes así calumnian al candidato de MORENA, si a perder jugosas ganancias con las que ya se frotaban las manos o que terminen en la cárcel si él gana. En todo caso, una de esas dos motivaciones (o las dos!) es lo que está detrás de esta “crítica” de la propuesta de López Obrador de re-examinar el proyecto del nuevo aeropuerto.

2) El asunto de los departamentos. Si hay un ataque del que desde siempre el Lic. López Obrador ha salido bien librado es el dirigido a su integridad y a su alta calidad moral. Se necesita en verdad ser un mal nacido para venir a acusarlo de no haber reconocido en su declaración la posesión de tres apartamentos. Vale la pena empezar por señalar que, en caso de que fuera verdad lo que dicen (que no lo es), esos departamentos constituirían todo su patrimonio. No estaría mal enfatizar el punto, dicho sea de paso, pero lo que hay que decir es que López Obrador no mintió. Él ya explicó cómo le cedió sus dos departamentos (porque uno era de su esposa, no de él) a sus hijos. Los departamentos en cuestión se ubican a un costado de la Universidad Nacional. Son departamentos modestos, adquiridos hace ya muchos años, y no penthouses como quieren dar a entender los enemigos de la nación. No hay punto de comparación, por ejemplo, entre esos departamentos y la tristemente famosa Casa Blanca de la esposa de Peña Nieto, que costó más de 7 millones de dólares (hoy por hoy, 140 millones de pesos) o la de la eminencia gris del régimen, Luis Videgaray, el actual Secretario de Relaciones Exteriores, una casita de 1,500 metros cuadrados y con un costo (muy probablemente adaptado al personaje) de más de 7 millones de pesos. Habría que admitir que frente a la ex-casa de Peña Nieto la de Videgaray podría parecer hasta un miserable jacal, pero ¿cómo queda frente a los modestos departamentos del Lic. López Obrador? El argumento de que no reconoció sus propiedades se funda en el hecho de que, por los tiempos que llevan los juicios testamentarios en México, todavía no se ha hecho oficial el cambio de propietario. Eso lo saben los profesionales de la mentira, a pesar de lo cual una y otra vez atacan por ese flanco. La estrategia es torpe. Yo, por ejemplo, tengo vecinos que tienen más de 10 años de ser propietarios y no han hecho el cambio ante el Registro Público de la Propiedad. Si no hay dinero, si se tiene confianza en los antiguos dueños, etc., el asunto puede quedar ahí, por lo menos durante mucho tiempo o hasta que la propiedad se venda o traspase. Ni siquiera ese es el caso que nos ocupa. Aquí lo indignante es que sea gente de la que sabemos que se ha cínicamente enriquecido “trabajando” en el sector público quien viene a exigirle a un hombre honesto “que diga de qué vive!”. De ese nivel son las críticas al candidato de MORENA a la presidencia. Execrables!
3) La interferencia rusa. Aunque una pésima copia del show político norteamericano, no podía faltar en el circo político mexicano el tema de la injerencia rusa en el proceso electoral. El problema para los ineptos “expertos” del PRIAN encargados de desacreditar al Lic. López Obrador es no sólo que cada crítica se les revierte, sino que hasta el ridículo hacen. Ahora que hasta en los Estados Unidos el Senado tuvo que reconocer después de un año de intrigas que durante el proceso electoral para la presidencia de los Estados Unidos no hubo ninguna clase de colusión entre D. Trump y su equipo, por una parte, y el gobierno ruso, por la otra, ahora que sabemos con certeza que fueron las mismas agencias policiacas y de inteligencia norteamericanas las que espiaron y vaciaron la información de las computadoras de Hillary Clinton y su gente (y del partido demócrata), los geniales estrategas mexicanos anti-lopez-obradoristas se quedaron de pronto sin argumento. Pero no olvidemos que mientras los norteamericanos no se decidían a decir la verdad y existía la duda, aquí en México aprovecharon el tema para asegurarle a la gente que el potencial triunfo de López Obrador sólo podría explicarse por la intervención rusa en México. Hay algunos bien conocidos articulistas que publicaron sesudas reflexiones sobre el tema dando la voz de alarma. Qué ridículo! El caso es tan grotesco que hasta los indígenas de Chiapas participaron recibiendo con los brazos abiertos a “Andrés Manuelovich” durante su gira por el estado. Esta crítica estaba condenada de entrada al fracaso y murió, podríamos decir, de muerte natural. Una más!
4) La amnistía a los criminales. Esta otra línea de ataque, en este momento en pleno furor, constituye una deformación tan exagerada de lo sostenido por el Lic. López Obrador que da hasta vergüenza aludir a ella por lo que revela de quienes la hacen suya. López Obrador ha apuntado una y otra vez a algunas de las verdaderas raíces del problema del narcotráfico y de la criminalidad en general. Hasta donde yo sé, nunca ha dicho que se liberaría a los capos, contadores, sicarios y demás de cárteles y grupos de delincuencia organizada. El problema es que no sólo ellos están en las cárceles. Pensemos un momento. Cuando uno va al supermercado y compra una bolsa de chiles paga 8 o 10 pesos. El chile hay que plantarlo, esperar a que se dé, cosecharlo y comercializarlo. Si el consumidor final paga 10 pesos por una bolsa de 50 o 60 chiles: ¿cuánto estará ganando el campesino que lo trabajó?¿Tendrá para mantenerse él y su familia, cuando hasta el bendito precio de su producto está fijado por las Bolsas de Londres y Nueva York? La respuesta el lector la conoce por lo que sigo adelante. La duda es: si en esas condiciones de miseria permanente se presenta con el trabajador del campo un sujeto que le paga 50 veces más si en lugar de plantar chiles planta amapola o marihuana: ¿hay, aparte del miedo al ejército y a las policías (o a la DEA, que opera en México como Pedro por su casa, desde que Fox los dejara entrar masivamente al país) razones para pensar que un campesino necesitado podría de facto negarse a cambiar su plantación? Seamos serios: es obvio que no. Ahora, el que va a la cárcel no es el traficante sino el campesino y gente así hay mucha en las cárceles nacionales. La propuesta de amnistía del Lic. López Obrador está dirigida a quienes en el fondo son también víctimas de la delincuencia organizada. Lo que no está dicho es la parte complementaria de la propuesta, a saber, que la amnistía viene con compromisos por parte de los amnistiados y con ayuda por parte del gobierno. ¿Tiene una idea así algo de siniestro?¿No es acaso sensata? Dentro de poco lo que México va a tener que hacer es dejar de construir aeropuertos para construir cárceles, concesionándolas quizá para darles gusto a los negociantes partidarios a ultranza de la propiedad privada, porque así como vamos muy pronto los sectores más vulnerables de la sociedad las van a repletar. Lo infame de la “crítica” es desentenderse deliberadamente de las raíces sociales del problema, de no tratar de articular nuevas y más efectivas soluciones, intentando a toda costa asustar a la población, una población airada y resentida que es reprimida cuando, por la ausencia o ineficacia de las autoridades, se hace justicia por cuenta propia. Yo me pregunto una y otra vez: aparte de mentiras, tergiversaciones y tonterías: ¿en qué consiste, cuál es la crítica seria, constatable a López Obrador? Porque por más que me esfuerzo no la percibo
5) El populismo y Venezuela. Uno de los mitos más baratos empleados en contra del Lic. López Obrador es que con él se instaurará un régimen populista como el de Venezuela y para acentuar el miedo en los pasivos y las más de las veces ignorantes receptores del mensaje se nos pasan escenas de violencia civil en ciudades venezolanas. Algunos bien conocidos gurúes del medio (gurúes básicamente por lo ricos que son, lo cual automáticamente los convierte en eminencias), ahora en un tono suave y patriarcal nos advierten que ven con preocupación rasgos de autoritarismo en López Obrador. Tenemos derecho a preguntar: ¿cuál por ejemplo?¿Informar por las mañanas a la ciudadanía es un rasgo de intolerancia?¿Sostener a derecha e izquierda que se va a aplicar la ley es una muestra de autoritarismo?¿El hecho de que el pueblo apoye masivamente al candidato de MORENA es una demostración de que éste quiere hacerse de un poder absoluto? Con declaraciones como esas no se engaña a nadie que tenga dos gramos de conciencia política. Lo que se nos está diciendo claramente es que no se quiere un gobierno popular y al que denominan ‘populista’, por las connotaciones negativas con que han investido a la palabra. Ahora yo respondería que ojalá tuviéramos en México el nivel de alfabetización que hay Venezuela, que tuviéramos su estructura electoral considerada una de las mejores del mundo y en donde las operaciones tamal, mapaches y demás son imposibles, un país que no malbarató su petróleo, patrimonio nacional regalado por mexicanos descarriados a compañías como la Exxon, la British Petroleum y a una veintena más. Estamos de regreso a antes de 1938. ¿Por qué los que se quejan del “populismo” no se quejan del desmantelamiento de la nación?¿Será porque son profundamente nacionalistas?

Yo pienso que los expertos, los politólogos, los que estudiaron en Oxford y en Harvard hacen malos cálculos políticos y se equivocan de cabo a rabo. Es cierto que durante decenios el pueblo de México estuvo adormilado, aletargado, maniatado, pero eso cambió y no por buenas sino por malas razones. Fue porque cruelmente se le obligó al pueblo de México a apretarse el cinturón, porque se le arrebataron ganancias históricamente consolidadas, porque los sectores más desfavorecidos fueron y siguen siendo salvajemente reprimidos (Guerrero, Michoacán, etc.), porque los bienes de la nación han venido siendo sistemáticamente dilapidados, porque se hundió a la población en un estado de ignorancia bestial, un estado que la puso en situación de dependencia inaceptable frente a los demás países y en particular frente a sus enemigos naturales, por eso y muchas cosas más, el país despertó. No fue por una súbita inoculación de grandes tesis políticas: fueron el hambre, los salarios de siervos, la desesperación de ver que los hijos no tienen un futuro no digamos asegurado sino ni siquiera mínimamente aceptable, todo ello decorado con las acciones más viles de corrupción por parte de toda clase de aprovechados, arribistas y oportunistas. Pero entonces el pueblo de México abrió los ojos. Todavía no se mueve realmente, pero ya no los cerrará. Por lo tanto, la campaña electoral está ganada porque ahora sí, a diferencia de lo que pasaba hasta hace 6 años, ya no se podrá controlar a una población que capta que está en su interés ir a votar masivamente en favor del Lic. López Obrador. Como por instinto, el ciudadano medio entiende que si no hay un cambio (que ni siquiera es radical, aunque así lo quieran presentar) lo que viene es la destrucción de México como país. El pueblo ya lo entendió y no habrá mago publicitario ni merolico politiquero que lo vuelva a adormilar.

Lamentable Espectáculo

K. Marx enseñó que todo en el sistema capitalista es mercancía, todo es objeto de intercambio, de compra-venta. Podemos con confianza incluir ahora también los debates entre candidatos a la presidencia de la República. El problema es que está cosificación de la existencia, que algunos gozan sobremanera pero que (lo confieso) por más que lo intento no ha logrado seducirme, se vuelve casi insoportable cuando lo que entra en juego son las aspiraciones de unos cuantos ungidos por llegar a la silla presidencial. Seamos francos: el espectáculo del domingo fue grotesco. El show no fue otra cosa que una especie de pasarela por la que desfilaron en un orden casi semejante al del caos los aspirantes a presidentes, esforzándose casi todos ellos por contorsionarse lingüísticamente de la manera más exótica posible, exaltando impúdicamente sus auto-adscritas cualidades y bondades, intentando por todos los medios (mentira, difamación, descaro, invalidez argumentativa, etc.) hipnotizar a los cándidos tele-espectadores con no otro objetivo que el de hacerse con sus votos. La comedia, desde luego, es parte esencial del circo que constituyen los procesos de cooptación política propios de la democracia partidista. No podría ser de otra manera. Ahora bien, que todo el mecanismo equivale en realidad a una especie de burla cruel del electorado es algo que difícilmente podría negarse. Veamos rápidamente por qué es ello así y, en passant, aprovechemos para comentar el show político-televisivo del domingo por la noche.

Quizá sea útil empezar por señalar que se cuelan en la planeación de estos programas televisivos ciertos malentendidos que sería conveniente despejar. Preguntémonos: en principio ¿se puede en un programa en el que los participantes tienen unos cuantos minutos para expresarse presentar lo que sería un programa de gobierno, un programa sexenal? Pretender algo así es de entrada semi-absurdo, pero hay además otra razón por la que la idea misma de debate está en este caso viciada de entrada: carecemos de los métodos o procedimientos para de manera objetiva verificar o desmentir la inmensa cantidad de promesas con que nos sepultan. Automáticamente todo se vuelve un juego puramente verbal en el que los participantes venidos a actores  ponen sus mejores caras para enunciar promesas fantásticas de la manera más convincente posible. Está muy bien que un candidato nos asegure que mandará al Congreso tal o cual iniciativa o que acabará con la corrupción o con la inseguridad, pero ¿cómo podríamos nosotros aquí y ahora checar la veracidad de sus palabras? Y si no podemos hacerlo: ¿cuál es el sentido de la historieta que nos cuentan, aparte de entretenernos un rato? Dado que no hay forma de corroborar si cumplirán con lo que se comprometen o no (y hay sólidas razones para pensar que no lo harán), los aspirantes a presidente pueden prometer eso y diez veces más. ¿Cuál es el problema? Como no hay forma de contrastar con la realidad lo que tal o cual candidato ofrezca, todo se vuelve un juego puramente verbal. En el momento de su comparecencia el candidato jura y perjura lo que sea, sólo que ese “lo que sea” no tiene ningún valor. De manera que lo que los candidatos dan durante esos intercambios sean en realidad algo así como cheques sin fondos.

¿Se sigue que no podría haber debates políticos interesantes? Claro que no, sólo que tendrían que fijarse otros objetivos, objetivos que podríamos llamar ‘explicativos’. ¿Qué deberían hacer los candidatos para que sus mensajes tuvieran realmente un sentido no sólo semántico sino también vital? A mi parecer, es su función explicarle a la gente ante las cámaras de televisión cómo se implementarían algunos de sus múltiples planes generales de gobierno y la mejor manera de hacerlo sería diciéndonos a todos los ciudadanos qué obstáculos tendrían que vencer para poder implementar sus planes de trabajo. Por ejemplo, si alguno de los candidatos quisiera proseguir con el desmantelamiento de la propiedad estatal porque cree a ciegas en la propiedad privada, lo menos que podría hacer sería decirnos cómo se articulan las licitaciones, quiénes en principio pueden participar, en qué situación quedaría el gobierno vis à vis compañías y gobiernos extranjeros, por qué es preferible económica y socialmente importar gasolina que construir refinarías en el país y así indefinidamente. Y a la inversa: si alguien está en contra de la ultra mentada “reforma energética” tendría la obligación de explicar por qué está en contra, qué medidas concretas tomaría para frenarla o revertirla, a qué fuerzas y a qué personajes políticos tendría que enfrentarse para ello y qué podría pasar si se topara con una oposición demasiado violenta. Así, pues, en general si no se llega a discusiones precisas sobre temas concretos, debidamente circunscritos, y si todo se reduce a preguntas abstractas y a pronunciamientos universales sin un contenido asequible a los ciudadanos, el debate es ficticio y no sirve para nada. Sí debería quedar claro que si así van a ser los debates, entonces éstos no son propiamente hablando debates políticos, sino sesiones de esgrima lingüística sin mayor interés (tampoco hay entre los actuales candidatos, digámoslo abiertamente, oradores de primer nivel). Definitivamente, los formatos del debate tienen que cambiar y se tienen que introducir ciertas regulaciones y restricciones. Sobre eso regreso rápidamente  más abajo.

Debo decir que cómodamente asumo que mucha gente estará de acuerdo conmigo en que uno de los rasgos más vulgares y de mal gusto de esta clase de “debates” es la proliferación de argumentos ad hominem, la permanente alusión a cuestiones de orden personal, la intromisión en la vida privada de los participantes generando con ello una mezcolanza indigerible de temas políticos con cuestiones de índole privada. No tienen absolutamente nada que ver: el más corrupto de los políticos podría desarrollar una política nacionalista de éxito y ser aplaudido por todos, aunque él mismo en lo personal fuera un aprovechado, un nepotista, un acaparador, etc. Y al revés: el más honesto y bien intencionado de los políticos podría resultar un fiasco y llevar a la nación al abismo (o, para ser más preciso, llevarla del abismo al infierno, porque en el abismo ya estamos). Evidentemente, todos esperamos congruencia en los políticos, pero quizá ese sea un sueño irrealizable, por lo que debemos conformarnos y contentarnos con lo que nos une a ellos durante un par de horas, esto es, la función pública. Lo que queremos es conocerlos qua hombres de estado, no como maridos o como padres de familia. Las cuestiones personales son simplemente irrelevantes en este contexto y quien las introduce en el debate (Anaya y Meade sobresalieron en este sentido) tan sólo muestran mala fe y pobreza de pensamiento. Si hay ideas y programas políticos bien pensados no se necesita atacar al contrincante en lo personal.

“Debates” como los del domingo son en realidad un río revuelto y es imposible saber quiénes serán los pescadores afortunados; no es factible determinar con certeza qué efectos tendrán los dimes y diretes de los candidatos. Los resultados pueden ser de lo más variado. En efecto, los electores (muchos o pocos, eso no importa para el argumento) pueden reforzar su opinión, cambiarla o salir tan decepcionados que finalmente opten por desinteresarse del proceso y ello puede tener efectos inesperados el día de la elección. Es obvio que hay partidos a los que la abstención electoral es lo que más les convendría en tanto que hay otros para los que eso sería precisamente la fórmula para la derrota. Lo que es un tanto perturbador es que así como se presentan las cosas no es por consideraciones de orden político que se darían los cambios. Por ejemplo, es muy difícil no ver en este primer debate una alianza de todos contra Andrés Manuel López Obrador por lo que, por mucho que hayan intentado lucirse J. A. Meade y R. Anaya, su actuación de permanente acoso al candidato de MORENA les puede costar muy caro en términos de simpatía popular. El riesgo de ello sería, obviamente, que si ganara la elección el candidato de MORENA habría ganado con base en malas razones, es decir, razones extra-políticas. Afortunadamente, creo, él va a ganar y aunque habrá votos de simpatía y solidaridad por los ataques personales, también habrá votos razonados y justificados en el hartazgo por el sistema actual.

Si nos vamos al análisis concreto del debate del domingo, me parece que podemos decir que las cosas son relativamente claras. Es evidente que antes del debate se rompieron lanzas, se hicieron alianzas y se repartieron objetivos. Claramente, el papel de sabueso le tocó a Anaya, quien dicho sea de paso dio toda una cátedra de cinismo y maledicencia. Él sí que abusó de la mezcolanza (criticada más arriba) de discusión política con chismorreo de vecindario. Con él, todas las argumentaciones tienen la misma conclusión: López Obrador es culpable. De qué, no sabemos, pero es culpable a priori. Las técnicas de debate de Anaya son en el fondo bastante burdas. Una de ellas, por ejemplo, consiste en establecer fáciles asociaciones entre personajes y sucesos, jugando todo el tiempo con imágenes, estableciendo las correlaciones más superficiales que se puedan establecer y extrayendo siempre la misma conclusión. El recurso a cartoncitos en los que dibujó a placer sus mentirosos diagramas, con datos sacados de su imaginación e imposibles (una vez más) de corroborar (salvo por el hecho de  que contradicen la memoria pública, como por ejemplo cuando dictaminó que durante el periodo del Lic. López Obrador como Jefe de Gobierno del Distrito Federal los niveles de inseguridad subieron. Yo eso no lo recuerdo) lo revela como alguien absolutamente sin escrúpulos y que ejemplifica a la perfección eso mismo de lo que acusa a López Obrador, a saber, de estar movido por una ambición sin límites. Eso es justamente su resorte para la acción, un inconsciente dato auto-biográfico. Él cree que con expresarse con fluidez y mantener permanentemente una sonrisa de cretino más falsa que una moneda de 3 pesos basta para dejar asentada la verdad de sus proclamaciones. En eso está completamente equivocado. Las falacias en su boca son recurrentes. Por ejemplo, para “demostrar” que no cometió ningún ilícito comprando una nave industrial en 10 millones de pesos para de inmediato venderla en 54 (por medio de triangulaciones tenebrosas, usando a su chofer como intermediario, rehusándose a hacer su declaración ante la PGR, sospechoso de lavado de dinero, etc., etc.) lo único que dice es que no hay ninguna averiguación en su contra!!! De acuerdo con eso, si alguien mata a una persona y no se le acusa de nada, entonces no es un asesino. Fantástico! De eso hubo mucho. Por otra parte, Anaya solito se auto-reviste de un aura de farsante cuando histriónicamente, en tonos cuasi-histéricos nos asegura que va a luchar contra la corrupción, que va a acabar con la delincuencia organizada por medio de la tecnología, etc., sólo que se le olvida como por casualidad decirnos cómo va a lograr eso. Sin ese “cómo” todo su discurso no pasa de ser una lista de promesas fantasiosas y poco serias.

El candidato del PRI, en cambio, me pareció a mí más real, esto es, se presentó como lo que ahora es: un auténtico priista. ¿Qué es un auténtico priista? Un político que promete lo que sea, inclusive si lo que dice es incoherente. Curiosamente, de lo que él no parece estar muy consciente es de su nivel de desprestigio. ¿Cómo puede alguien que ha orquestado los gasolinazos, que encubrió mientras pudo a media docena de gobernadores corruptos y delincuenciales, alguien que nunca ha tenido trato con el pueblo mexicano, que salió del ITAM para irse al estudiar al extranjero y posteriormente venir a ser parte de la nomenclatura mexicana, pretender ser un representante de la nación, alguien que va a defender al país de la rapiña del capital extranjero?¿Qué autoridad moral tiene una persona que sin mayores titubeos se presenta como honesto, preparado, sencillo, etc., y tenemos que creerle porque lo dice él? Nada más faltó que nos dijera que en su opinión es además simpático y hasta guapo. La dizque revelación de que López Obrador tiene tres departamentos en la Ciudad de México es una calumnia repugnante y él lo sabe perfectamente bien, pero no le tiembla la lengua para mentir. De hecho él no tiene propuestas, dado que todo se resume en promesas que casi no son otra cosa que meras conexiones conceptuales (“La delincuencia es algo que se combate” y cosas por el estilo). Y, una vez más, todas esas promesas están en boca de alguien que en el fondo nunca ha estado en contacto con el mexicano medio, con el mexicano común. Meade y el ciudadano mexicano pertenecen a mundos diferentes, aunque se vista de charro y coma tacos en un mercado. Nadie le cree, por lo que podemos augurar que no podrá superar ni un 15 % de preferencia electoral. Y me parece que podemos predecir que cuando ya esté políticamente desahuciado (en un mes a lo sumo), la mitad de sus seguidores se irán con Anaya y la otra mitad se irá a apoyar a López Obrador. De eso que no tenga dudas!

El Lic. López Obrador no estuvo, hay que admitirlo, en su mejor noche, pero me parece que eso es algo que podemos comprender si realmente nos lo proponemos. Yo diría que la gran diferencia entre él y los demás candidatos radica en su autenticidad. Con su lenguaje pueblerino y su acento campirano, él no entra en competencia con el verborreico Anaya ni con el dechado de perfecciones que es Meade, por lo menos tal como él se auto-concibe. López Obrador, por ser un hombre realmente honesto (diga lo que diga quien en serio propone cortar las manos de los corruptos, una propuesta que lo único que logra es trivializar el castigo a los criminales puesto que nadie aceptaría una ley así), no llegó con planes grandiosos sino con un planteamiento simple: él se presenta como el candidato que emana de las masas, el que sabe hablarle al campesino (me pregunto si Meade sabe siquiera lo que significa ‘gorgojo’), al estudiante modesto, al pequeño oficinista a la vendedora ambulante o al desempleado. No se presenta con vacua grandilocuencia, como Anaya (en realidad, lo de este último es una variedad de cantinflismo: habla, habla y habla para no decir nada, puesto que nunca dice cómo se podría lograr lo que él ofrece hacer) ni juega con datos como Meade. Lo que pasa es que López Obrador no se está presentando como si estuviera en un seminario de posgrado. Ese no es su papel. Él le está hablando al pueblo de México y lo hace en el lenguaje que el pueblo entiende y a ello parcialmente se debe su gran ventaja en las intenciones electorales de la sociedad. ¿Qué le faltó? Yo estoy seguro de que el Lic. López Obrador tiene información de primera mano muy importante con la que fácilmente podría poner en ridículo a Meade o a Anaya, pero (para desesperación de todos nosotros) no la usó. Él no atacó personalmente a nadie, aunque hubiera podido y hasta debido hacerlo porque tiene también derecho a defenderse de las calumnias y las trampitas retóricas de sus adversarios. Pero su indignación moral ante la vileza de un par de contrincantes fue más fuerte. Yo creo que él sabrá extraer las moralejas de este primer encuentro y que para el segundo irá no sólo con su sano mensaje populista por delante, sino también con las armas un poquito más afiladas para su auto-defensa.

En general se piensa que el poder de los mass-media es incontrolable. Yo creo que eso es un error. Ciertamente no sería un charlatán descarado como el conductor de la sesión cotidiana de instrucción política para retrasados mentales que día a día nos receta Televisa – conocida como ‘La Hora de Opinar’ – a quien a mí (un simple ciudadano) me haría cambiar de opinión. No tiene cómo. Y como él abundan otros en radio, prensa y televisión. Pero de lo que con toda su perspicacia no parecen percatarse es que ellos mismos son los mejores contra-ejemplos a la tesis de que los mass-media lo pueden todo, porque lo único que están generando con su discurso de odio hacia López Obrador es una cada vez mayor simpatía por él. Oscura pero acertadamente, el pueblo entiende que el ataque a López Obrador proveniente de personajes como los aludidos es un ataque de clase, una lucha sin tregua por acabar con alguien que por primera vez desde hace muchos lustros efectivamente representa los intereses de las mayorías desvalidas, Y a menos de que suceda una catástrofe incomprensible, esos sans-culottes mexicanos, hartos ya de la situación en la que se les ha mantenido durante sexenios, harán que sea el más vilipendiado de los candidatos quien se ponga la bandera nacional en el pecho.

El resultado neto es que, a los ojos de la gente (que a final de cuentas es lo que importa) Anaya perdió credibilidad y ganó en antipatía; Meade no logró modificar su estirpe priista y continuará en el desprestigio hasta que por inercia su movimiento se acabe. López Obrador se mantiene holgadamente a la vanguardia, pero quizá ahora más gente entienda que o revertimos lustros de entreguismo y saqueo o estaremos contribuyendo a hacer de México un país de bancos y corporaciones trasnacionales, con una población fácil de manejar e incapaz de defender hasta sus derechos más elementales.

Por qué Tiene Razón Andrés Manuel López Obrador

Sin duda uno de los vicios más alegremente practicados en México consiste en “discutir” con un rival previamente vituperado y descalificado. El procedimiento es muy simple: cada vez que el adversario u opositor elegido hace una declaración, a ésta de inmediato se le distorsiona, se le tergiversa de manera que queda, por así decirlo, desfigurada y entonces se le pone a disposición de la opinión pública. Obviamente, no es nunca la afirmación original lo que se discute, sino una nueva versión de ella que en realidad no es otra cosa que un travesti lingüístico. De esta manera, el punto de vista real del adversario queda desvirtuado ab initio sin haber nunca realmente polemizado con él. Esta forma de actuar tiene (sería inútil negarlo) obvias ventajas prácticas, pero tiene también algunas desventajas intelectuales y, desde luego, morales. Las primeras se reducen en última instancia a la devaluación de una persona que ni mucho menos es imposible que en el fondo sea, desde diversos puntos de vista, muy superior a sus detractores. Por otra parte, la desventaja más notoria del recurso a esta “estrategia” es que muy fácilmente convierte a sus practicantes en discapacitados verbales, esto es, en gente incapaz de entrar en un intercambio genuino de ideas y en seres que quedan satisfechos con sus pseudo-polémicas con (así llamados) ‘hombres de paja’. Y a menos de que yo esté seriamente equivocado, esto es lo que parece haber sucedido en el caso de esa odiosa caterva de “analistas” y “comentaristas” que le dedican su tiempo y sus liliputenses esfuerzos mentales a denigrar, denostar, desprestigiar y calumniar al Lic. Andrés Manuel López Obrador. Realmente, la práctica mencionada de tergiversación sistemática de lo que el adversario sostiene ya se volvió algo así como el deporte nacional en el terreno de la charla politiquera cotidiana, sobre todo si es el Lic. López Obrador el interfecto. Para que vea que no exagero, invito al lector a que de manera espontánea haga un recorrido por periódicos y noticieros y cuente la cantidad de ilustres redactores de artículos (de algunos de los cuales nos gustaría mucho que se hiciera público el dato de para quién trabajan. Más de una persona se iría para atrás si se enterara de alguno que otro secreto editorial de más de uno de estos “especialistas”) dedicados cotidianamente a ensuciar la imagen de un hombre que, lo admitan o no, al día de hoy la mantiene inmaculada. No estará de más observar, en passant, que como todo en la vida prácticas nocivas como la mencionada le sirve en ocasiones a quien tiene objetivos aviesos e inconfesables para alcanzar sus fines pero, insospechadamente, tienen también consecuencias negativas para sus adeptos. Uno de esos resultados contraproducentes para los buitres periodísticos a los que aludimos es que ellos, más que cualquier otra persona o factor, han hecho de Andrés Manuel López Obrador el político más conocido en todo México! Sin tener que gastar los cientos de millones de pesos que tienen que dispendiar los portavoces de sus respectivos partidos, el Lic. López Obrador se ha beneficiado doblemente de la política que podríamos llamar de ‘difamación permanente’: por una parte, las intenciones son tan burdas y los argumentos tan mediocres que en realidad resultan infectivos y, por la otra, le hacen a diario una publicidad gratis fantástica: no hay campesino de Coahuila o empleado de Mérida que no sepa quién es Andrés Manuel López Obrador y no porque ellos hayan ido a buscar información al respecto, sino porque los ataques en cuestión son parte de la política nacional de la cual a final de cuentas nadie se sustrae. Ahora bien, como las elecciones, en un país como el nuestro con una población como la nuestra, en alguna medida dependen simplemente de que se sepa cómo se llaman los candidatos, resulta entonces que quienes mejor y más consistentemente han trabajado para el Lic. López Obrador son … sus peores enemigos! La única moraleja que se me antoja extraer de esta situación es simplemente que al mentiroso sus mentiras terminan por hundirlo. Aquí la única duda es si los mentirosos profesionales de la prensa, el radio y la televisión están siquiera capacitados para entender por qué su situación es desesperada. Digámoslo nosotros: porque si no critican al Lic. López Obrador le dejan el camino libre, pero si lo critican le hacen su campaña, trabajan para él. Mi conclusión, que desde luego nada más para mí extraigo, es que es mejor tener causas nobles y poder actuar honrada pero libremente que a la inversa. Esto lo digo con cierto pesimismo porque, con toda franqueza, no creo que los aludidos lo entiendan.

Lo anterior viene a colación, en parte al menos, por la inesperada declaración del Lic. López Obrador, un pronunciamiento que a más de uno le habrá puesto (y no sin razón) los cabellos de punta, concerniente al narcotráfico. Concretamente, me refiero a su propuesta de ofrecer una amnistía a la gente metida en el negocio del narcotráfico de manera que se pueda llegar a algún arreglo importante a nivel nacional con los grandes capos mexicanos. Bien vistas las cosas, la propuesta llama la atención por lo modesto de su alcance. Ojalá se pudiera llegar a un arreglo con los grandes jefes del narcotráfico de los países en donde realmente se consume la droga y se lava el dinero que de ella se obtiene, pero como no es ese nuestro problema no queda más que tratar de arreglar algo a nivel local. En todo caso, lo primero que habría que preguntar sería: ¿de qué clase de arreglo estamos hablando? Yo creo que responder a esta pregunta implicaría entrar en multitud de detalles, pero es obvio que no tiene mayor sentido entrar aquí y ahora en discusiones puntuales. Para nosotros en cambio lo más interesante sería preguntar: ¿ya se pensó, siquiera un momento, en lo que implica o significa una negociación así? Porque si no se tiene ni idea de qué es lo que se requiere y lo que se tiene en mente para poder hacer un planteamiento de esta índole, entonces ¿sobre qué bases y con qué derecho se critica y descarta la propuesta en cuestión? A mí me parece que habría que empezar por examinar ese aspecto del asunto.

Yo creo que a toda persona mínimamente sensata y razonable le queda claro que el primer gran objetivo que se pretendería alcanzar con una propuesta como la del Lic. López Obrador es (obviamente) detener la violencia y la masacre cotidianas que asolan a este país. Violencia y masacres implican miedo, abandono de negocios, de tierras, de propiedades, de familias. No se puede vivir en medio de la violencia, sobre todo cuando ésta es tan brutal y tan palpable. La propuesta del Lic. López Obrador está, por lo tanto, inspirada en el deseo de ofrecerle un respiro a la población, un respiro que en la actualidad las fuerzas del orden sencillamente no le dan y no le pueden dar. No sé quién podría negar que la instauración de una verdadera paz en el territorio nacional es algo que los partidarios de la política actual sencillamente no han logrado implementar. Más bien, habría que decir lo contrario: fueron ellos quienes promovieron y exacerbaron la violencia que azota al pueblo de México. Por angas o por mangas, lo cierto es que en la actualidad la situación del país empieza a ser francamente insostenible y es evidente que se trata de una situación que no puede eternizarse. Es claro que esta situación general del país va a evolucionar, pero si lo hace será para empeorar, es decir, irá madurando hasta pasar a la siguiente fase de su desarrollo y ésta, lógicamente, será todo lo que se quiera menos una etapa de paz, de tranquilidad y de progreso. Por lo tanto, el objetivo de calmar al país tiene que ser uno de los objetivos supremos de toda política nacional sensata y, naturalmente, habrá un costo que pagar por ello. En mi opinión, ningún mexicano en sus cabales podría estar en contra de dicho objetivo, pero si dicho objetivo es realmente tan valioso y uno de los medios para alcanzarlo es la negociación (no la rendición o la capitulación) con el alto mando de la delincuencia nacional: ¿por qué entonces no entablar una negociación seria con ellos? El punto es: si no se tiene, y se ha demostrado que no se tiene, una política efectiva para contrarrestar la violencia imperante: ¿qué se hace entonces? Es obligación de los gobiernos responder a preguntas como esa. Si meter a los delincuentes a la cárcel lleva a la mortífera situación que se vive hoy en día: ¿no es siquiera permisible imaginar una línea de acción gubernamental diferente? Pudiera ser que la propuesta del Lic. López Obrador a final de cuentas resultara fallida o fuera inoperante, pero si no queda refutada teóricamente, entonces ¿por qué se le condena de antemano y por qué se cierran las puertas a un potencial mecanismo de resolución de un muy grave problema nacional?¿Por qué México tiene que vivir en medio de las balaceras, las matazones y las vendettas?¿Para darle gusto a quién?

Supongamos, en aras de la deliberación, que la propuesta del Lic. López Obrador es escuchada y resulta viable. Con todo y ello, desde mi perspectiva el tema de la negociación con los jerarcas del narcotráfico no seguiría representando más que la punta del iceberg. Lo realmente sugerente es lo que la propuesta en cuestión entraña y que de manera natural acarrearía. Detener la violencia física de la que son víctimas fatales cientos de personas al día es el objetivo inmediato por su carácter de urgente, pero se podría sostener que lo que realmente cuenta e importa es lo que está, por así decirlo, detrás de la negociación de la que habla el Lic. López Obrador, esto es, de lo que tendría que venir concomitantemente para que dicha negociación fuera realista. ¿Qué es eso que de alguna manera está metido en la propuesta de López Obrador, pero que ni siquiera se menciona?

La génesis y la expansión del narcotráfico en México son fenómenos sumamente complejos y de los cuales yo ni intentaría siquiera dar cuenta en unas cuantas páginas. La explicación la encontramos en toda una serie de fuentes, alicientes, catalizadores, reacciones, etc., y que abarcan tanto motivaciones personales como todo un mosaico de causas sociales. Sin duda alguna hay jóvenes de entrada proclives a las tropelías y los desmanes y que con gusto se unen a las bandas y a las pandillas, pero de seguro que también hay muchos otros, probablemente la inmensa mayoría, que se ven arrastrados al mundo del narcotráfico y más en general de la criminalidad porque sencillamente no tienen genuinas opciones de vida alternativas. En casos así, que es el de lo que habría que denominar la ‘carne de cañón del narcotráfico’, slogans como “el individuo siempre puede optar” y frasecitas de café como esas no sirven para absolutamente nada. Hay muchas personas que aunque hubieran querido tomar otros rumbos en la vida de facto no tenían opciones. De ahí que no se contribuye en nada a la discusión con vacuidades como la mencionada. Independientemente de ello, yo creo que podríamos fácilmente llegar a un acuerdo generalizado respecto a la afirmación de que la causa social fundamental de que tantas vidas se pierdan en los pantanos del hampa son la miseria y la falta de oportunidades de trabajo y de desarrollo. Y aquí es donde empiezan las cosas a ponerse interesantes, porque la miseria es a su vez el efecto directo de un sistema de distribución de la riqueza terriblemente inequitativo e injusto. Eso significa que, además de otras clases de causas, la delincuencia y en particular el narcotráfico tienen un origen social. Éste ciertamente no es el único factor, pero cuenta y en verdad cuenta mucho (¿suena familiar?). Y esta idea está implícitamente vinculada con la a primera vista estrafalaria propuesta del Lic. López Obrador. Yo creo que los estrafalarios (por llamarlos de algún modo) son más bien sus críticos.

Si lo que hemos dicho es acertado, se sigue que hablar de amnistías en relación con la gente que estuvo en el mundo del narcotráfico es estar haciendo una propuesta de cambio político radical. De hecho, una vez desarrolladas sus implicaciones a lo que en última instancia equivale una propuesta como la de López Obrador, que tanto ha indignado a los bien pensantes especialistas, es a una re-distribución de la riqueza. En otras palabras, si no me equivoco lo que el Lic. López Obrador está sosteniendo, y yo concuerdo plenamente con él, es que el eje de la lucha en contra de la peste del narcotráfico no puede ser la aplicación a ciegas del código penal, sino que consiste más bien en crear fuentes de trabajo, generar oportunidades para la población en su conjunto, así como la posibilidad de reinserción en el vida social sobre bases nuevas y aceptables para entonces estar en posición de llevar una existencia digna. Y es justamente ahora que se nos plantea el problema más difícil de resolver: ¿cómo se construyen bases así?

Es evidente que la propuesta de López Obrador es una propuesta política y por lo tanto está relacionada con los mecanismos de la producción de la vida, siendo la maquinaria económica con mucho la determinante. Es de lo que pase o no pase en el sector de la producción de la vida material que dependen los cambios en otros sectores, como el educativo o el de salud. Lo que por lo tanto a través de una propuesta de diálogo se está diciendo es entonces que la lucha efectiva contra el narcotráfico inevitablemente exige un cambio radical, ante todo o en primer lugar, en las políticas fiscal y laboral. Es obvio que no es con un risible aumento de 8 pesos al día como se va a transformar la sociedad y modificar las condiciones de vida. En lo que el Lic. López Obrador está insistiendo, por lo tanto, es precisamente en que parte de la solución del inmenso problema del narcotráfico depende directamente de la transformación social. Si no hay cambios profundos, la lucha contra el narcotráfico está perdida, porque en el fondo ya dejó de ser una lucha contra una o dos bandas de maleantes para convertirse en una lucha contra una sociedad desprotegida y resentida y cuyo descontento se expresa engrosando los ejércitos de la delincuencia.

Si con lo que estamos afirmando nos movemos en la dirección correcta, entonces queda claro que la propuesta del Lic. López Obrador es en el fondo una propuesta de un nuevo pacto social. Lo importante de esta propuesta es que no arranca, por así decirlo, con palabras y demagogia, es decir, no se limita a dejarnos contentos con, por ejemplo, la promulgación de leyes olvidándose al mismo tiempo de sus condiciones de aplicación. Proceder de esa manera sería hacer algo tan absurdo como lo que se hizo en la Ciudad de México, cuando el gobernador M. A. Mancera todavía soñaba con que sería el representante del “Frente” y que éste lo llevaría directamente a la silla presidencial. La verdad es que no sabría decir qué calificativo es más apropiado para su actuación, si ‘grotesca’ o ‘ridícula’, pero en todo caso debe quedar claro que la propuesta del Lic. López Obrador no es de esa clase. Él propone empezar por la parte pesada del cambio y dejar para después su conceptualización jurídica. La propuesta del Lic. López Obrador es la de un nuevo pacto social real, porque todos sabemos que la promulgación de leyes no es más que la expresión jurídica de un estado de cosas subyacente y por lo tanto es esto último lo que importa. Las leyes, evidentemente, sancionan y refuerzan un determinado status quo, pero si no están fundadas en realidades sociales no pasan de ser mera palabrería, que es en lo que desembocó la deplorable y desmedida ambición de Mancera en relación con la constitución de la Ciudad de México. Lo que importa es, por consiguiente, la transformación social, la cual se logra sólo con decisiones y acciones políticas concretas o determinadas en los ámbitos relevantes.

A mí me parece que todos los días nuestra realidad social nos hace guiños para que la comprendamos y actuemos en consecuencia. Son señales de alarma que recibimos todos los días, de las más variadas formas. El deterioro de nuestra vida colectiva es palpable: nuestros autos se arruinan con calles como las que tenemos en la Ciudad de México, una ciudad plagada de peligros, contaminación, basura. No tiene caso engañarse con propuestas de solución que por insinceras y parciales resultan ser fantasiosas y desde luego inefectivas. Lo más difícil es aprender a cambiar de óptica, a pensar de un modo diferente. Es menester entender que los modelos estándar de “delincuencia-persecución del delito-condena”, etc., ya no operan en las condiciones en las que está el país. Hay que elaborar nuevas políticas, políticas que hasta hace unos lustros eran inimaginables e inaceptables. Pero la situación de México cambió y la persistencia en la aplicación de políticas fracasadas lo está llevando al desastre total. Por eso la propuesta del Lic. López Obrador es digna de ser ponderada y discutida. No digo que haya que aceptarla a ojos cerrados, ni es así como él la echó a andar. Pero tampoco se vale descartarla sólo porque viene de él. Si se hace ver que en efecto su propuesta no es la más conveniente se le descarta y se acabó, pero lo que no se tiene derecho a hacer es a descartarla sin haberla debidamente sopesado. Y más despreciable aún es pretender usarla para descreditarlo a él, como persona y como candidato, aunque estamos conscientes de que va a ser muy difícil acabar con esa práctica. En todo caso, en este como en cualquier otro contexto, quien tenga una mejor propuesta que la ponga en el tapiz del debate. Automáticamente veríamos entonces de qué lado están los mexicanos sensibles e inteligentes.

El Futuro de México

No es mi intención darle a mis lectores un duchazo de agua fría, pero quisiera que se me permitiera empezar estas reflexiones con unas breves y superficiales consideraciones de metafísica. Empiezo, pues, siguiendo en esto a grandes pensadores, con la afirmación de que lo real es el presente. Lo real, a diferencia de lo soñado, lo imaginado, lo fantaseado es eso que vivimos, que experimentamos aquí y ahora. Esto suena bien, pero es obvio que una concepción de lo real que se circunscribiera al presente sería en última instancia inaceptable. Yo creo, por consiguiente, que podemos incluir también como parte de lo real al pasado. Bien, pero ¿sobre qué bases haríamos tan atrevido movimiento? Bueno, fundaríamos nuestra sugerencia en que podemos hablar de “hechos pasados” puesto que podemos verificarlos, inclusive si la verificación se lleva a cabo forzosamente en el presente. Por ejemplo, podemos verificar, apelando a testimonios, documentos y demás, que Don Benito Juárez nació en Guelatao, Oaxaca. Se trata de un hecho que podemos de una u otra manera corroborar, pero si nos las habemos con un hecho entonces nos las habemos con un (por así llamarlo) trozo de realidad. Se sigue, según mi leal saber y entender, que también el pasado es real. Alguien muy puntilloso podría querer modificar esta afirmación y sostener que lo único que se sigue es que sólo son reales los hechos pasados que efectivamente son verificables, pero que como no se puede verificar todo entonces el pasado, aunque real, no tiene el carácter homogéneo que uno estaría tentado de adscribirle. Esto último se puede rebatir, pero independientemente de estas y muchas otras sutilezas que podríamos ir añadiendo, para nuestros propósitos podemos contentarnos con la tesis de que prima facie el pasado es real. Pero aquí de inmediato nos asalta otra inquietud: ¿qué pasa con el futuro? En este caso no podemos apelar a ningún hecho, puesto que es evidente de suyo que no podemos adelantarnos en el tiempo y verificar ahora lo que sucederá dentro de no digamos ya un siglo, sino dentro cinco minutos y en verdad dentro de medio minuto! El gran pensador austríaco, Ludwig Wittgenstein, plasmó la idea (como siempre y en relación con el tema que se quiera) en una oración impactante: “El futuro”, nos dijo, “es un libro cerrado hasta para el más perspicaz de los hombres”. Es desde luego debatible, pero a mí me parece que no es descabellado pensar, por la fecha en que escribió lo que acabamos de citar y por el contexto político de la época, que a quien tenía Wittgenstein en mente era básicamente a K. Marx. El pensamiento de este último, como sabemos, ha sido sistemáticamente tergiversado por gente que lo ha utilizado para tratar de adivinar lo que va a suceder no desde luego a nivel individual, sino a nivel social! La pretensión misma de predecir la evolución de la sociedad (en este caso, la de la sociedad capitalista) raya en el delirio, pero es hasta cierto punto explicable. En realidad se debe a una extraña mezcla de confusión intelectual y de wishful thinking, esto es, de pensar subordinando nuestros pensamientos a nuestros deseos. Y ¿en qué consiste la confusión? Básicamente y dicho de manera sumamente general, en identificar la lógica del sistema con su evolución. Lo primero es una cuestión de racionalidad, en tanto que lo segundo un asunto empírico y nada nos garantiza que lo segundo se ajustará a lo primero. En relación con el sistema capitalista a lo más que podríamos llegar sería a establecer las condiciones tales que si se dieran, entonces tales y cuales otras cosas pasarían. Pero obviamente nada nos asegura que esas condiciones se dan o se van a dar. Por lo tanto, no podemos inferir nada respecto al futuro, el cual sigue siendo un “libro cerrado” para nosotros. La vida, tanto individual como colectiva, es mucho más compleja de lo que una teoría, por magnífica que sea, podría contemplar. Esto, aunado al hecho de que el futuro no es real, si nuestra metafísica no es errada, nos lleva a concluir que no podemos saber nada acerca de lo que se nos viene encima. Por ello, a menos de que mi razonamiento sea vergonzosamente falaz, creo que habría que hacer nuestra dicha conclusión.

Como siempre en metafísica, apenas acabamos de dejar asentada una idea que de inmediato nos entran unas ganas inmensas de refutarla y siempre se encuentran los medios para ello. Y esto viene a cuento por el tema de la nueva “Ley de Seguridad Interior”, promovida por el presidente Enrique Peña Nieto y aprobada en la Cámara de Diputados, básicamente por el PRI, el Partido Verde y amplios sectores del PAN y del PRD. (Es muy importante que la ciudadanía identifique a quien ahora toma decisiones cuyas espantosas consecuencias no es improbablemente que se hagan sentir muy pronto). Por ahora lo que tenemos que hacer es formular el esquema de nuestro razonamiento, que es el siguiente: en principio si se dan ciertos hechos, si se configuran ciertas situaciones, entonces se habrán dado las condiciones para hacer valer la ley de la que hablamos. Tenemos, pues, que presentar aunque sea a grandes rasgos el contenido de la “Ley” (y debo de inmediato decir que ni mucho menos estoy convencido de que, si se le examina a fondo, resulte ser una ley congruente con nuestra Constitución) y luego ver qué tendría que pasar para que se cumplieran las condiciones de su implementación. Por lo tanto, queda claro que no estoy haciendo predicciones de ninguna índole, sino simplemente examinando la racionalidad de la ley en cuestión. Necesitamos, por consiguiente, hacer dos clases de consideraciones: primero, una presentación de lo que más nos interese de dicha ley y, segundo, una descripción (mínima) de su trasfondo y su contexto. Después nos pronunciaremos sobre si estamos haciendo futurología o si no más bien estamos analizando en serio la situación de nuestro país.

¿Qué enuncia la ley de seguridad interior? Si el interés fuera el de recitar un texto podría sin problemas citarlo in extenso, pero eso realmente no tiene para nosotros ningún sentido. Nosotros no somos ni leguleyos ni arribistas de ninguna índole. Lo que nos incumbe es aprehender su contenido, captar debidamente la idea motriz y ésta es muy simple: es sencillamente que el presidente de la República puede de ahora en adelante, sin consultar a nadie, ordenar que el ejército mexicano intervenga toda vez que se detecte una “amenaza” a la seguridad nacional. Hay multitud de “detalles” que podríamos ir cuestionando (dejando de lado las idioteces usuales de redacción, pero no olvidemos que los diputados son casi iletrados y no tiene mucho sentido esperar de ellos textos literarios), pero lo importante es ir al núcleo del tema. Lo que es crucial es que el poder ejecutivo se está auto-dotando del derecho de usar la fuerza pública mayor, esto es, el ejército, cuando el presidente en turno así lo decida, aunque sea contra la población en su conjunto. Obviamente, una prerrogativa como esa es altamente peligrosa. Para entender esto sería conveniente contrastar esta jugada política del gobierno mexicano con diversas declaraciones de políticos y militares norteamericanos. El presidente D. Trump, por ejemplo, en uno de sus arrebatos aseguró que destruiría a la República Popular de Corea del Norte (incluyendo, desde luego, a los niños, los ancianos, a los enfermos, a las mujeres, a los animales, etc.) con una fuerza y una furia como el mundo no ha conocido hasta ahora. Lo interesante es que casi de inmediato un general norteamericano declaró públicamente que si el presidente le ordenaba usar armas atómicas para bombardear Corea del Norte él no lo obedecería. Afortunadamente, en nuestro país todavía no se ha planteado una situación semejante o equivalente, pero no está de más preguntarnos: ¿qué pasaría si el presidente ordenara, fundándose en tan controvertida ley, que el ejército disparara sobre la muchedumbre?¿Lo obedecería el ejército porque hay una ley vigente que así lo ordena? Señores diputados, aunque esto que voy a decir no tiene el menor impacto en sus conciencias, recuerden y grábense en su memoria que si alguna tragedia social mayúscula sucede por culpa de la ley que ustedes aprobaron, ustedes se habrán convertido en miembros honorarios de ese gran conjunto de políticos irresponsables que han llevado a México a las puertas del desastre. Pero, dejando de lado posibilidades lógicas: ¿hay razones para tener un temor tan grande?

Yo creo que sí. Es obvio que un artículo crucial de dicha ley es el artículo 8, de acuerdo con el cual si hay protestas político-electorales pacíficas, es decir, inocuas, la ley no se aplica, pero automáticamente queda abierta la posibilidad de hacer intervenir al ejército si las protestas no son, por decirlo de algún modo, como de borregos enojados. Imaginemos entonces que se produce un fraude electoral colosal. Para ser más precisos: supongamos por un momento que quien legal y legítimamente gana las elecciones presidenciales del año entrante es Andrés Manuel López Obrador pero que, como previsto, entran en acción todos los ya bien conocidos mecanismos de fraude de manera que, por tercera vez consecutiva, se le estaría robando el triunfo. Supongamos ahora que las autoridades se niegan a reconocer la victoria de MORENA y que, movida por la indignación (y la desesperación), la población sale a la calle a protestar y a intentar revertir un resultado tramposo e ilegal. En ese caso, se cumplen las condiciones de “amenaza a la seguridad nacional”, aunque sea el pueblo quien “amenaza”, y entonces el presidente puede aplicar la “ley” de “seguridad interior”. ¿Qué pasaría en ese escenario? Se produciría una confrontación entre las fuerzas armadas y la población civil a menos, claro está, de que un militar nacionalista se insubordinara y se rehusara a acatar una orden anti-popular. Pero supongamos que la ley se hace valer. Visto desde cierta perspectiva, eso se llama ‘golpe de estado’; visto desde otra, ‘revolución’.

Lo anterior, como es obvio, son meras especulaciones, meros ejercicios de la imaginación, por lo que la pregunta que tenemos que hacernos es: ¿hay razones para pensar que podrían cumplirse las condiciones de aplicación de la ley en cuestión? Dicho de otro modo: ¿nos permiten el pasado y la evolución de México hacer inferencias respecto a su futuro? Necesitamos echarle un vistazo, aunque sea a vuelo de pájaro, a la realidad mexicana para tratar de discernir qué clase de continuidad se puede seguir dando en ella.

Consideremos entonces la Revolución Mexicana. A estas alturas yo creo que podemos afirmar con toda seguridad, y ciertamente no nos faltarían razones y datos, que ésta tuvo un periodo de gestación, uno muy breve de implementación y uno de declive y supresión. Yo diría que el primer periodo, arranque donde arranque, con el triunfo de Francisco I. Madero o con su muerte, culmina con la llegada del Gral. Álvaro Obregón a la presidencia. Allí empieza, a tanteos, el segundo periodo mencionado, el cual tiene su expresión mayor en la presidencia del Gral. Plutarco Elías Calles y durante lo que se denominó el ‘maximato’, periodo durante el cual el general operaba como el Jefe Máximo de la Revolución. Con Lázaro Cárdenas se inicia el declive del proceso revolucionario y se siembran las bases del sistema actual. O sea, realmente la transformación generada por la Revolución Mexicana duró de 1920 a 1936, que es cuando Lázaro Cárdenas expulsa del país al Gral. Calles. Para entender procesos así hay que tener un poquito de imaginación, pero sobre todo muchas ganas de comprender las situaciones y no tergiversarlas o deformarlas. Los cambios de una etapa a otra no son bruscos sino continuos, los resultados no se perciben de inmediato sino años después, etc. Lo que en todo caso es innegable es que la designación de M. Ávila Camacho como candidato a la presidencia significa claramente el fin del proceso revolucionario y la entrada de México en una etapa de institucionalización, proletarización, aburguesamiento y, desde luego, saqueo de la riqueza nacional. El símbolo supremo de esta nueva etapa la encontramos, naturalmente, en la presidencia de Miguel Alemán.

¿Qué pasó con México desde entonces? No necesitamos ninguna “interpretación” de nada. Lo único que se requiere es describir una evolución en relación con los hechos que nos incumben. La Revolución Mexicana casi súbitamente le abrió los ojos a los jerarcas de la época sobre la inmensa riqueza, real y potencial, del país. México era potencialmente un paraíso; tenía de todo. Vino entonces un periodo de abierto pillaje de los bienes de la nación sólo que la nación era tan rica que a pesar de ello seguía creciendo. El problema es que con las nuevas élites y los sucesivos gobiernos se desarrolló brutalmente la corrupción, las asimetrías sociales se fueron agudizando, la injusticia social se fue generalizando y la venta del país se fue convirtiendo en el instrumento preferido de los gobernantes para mantenerse en el poder. A pesar de sus múltiples rezagos, México era todavía en los años 60 y principios de los 70 (que es probablemente cuando mejor se vivió en este país) un país que todavía alimentaba esperanzas y objetivos elevados. Esto es un asunto en parte de datos y cifras, pero es obvio que no todo es medible de esa manera. Por ejemplo, la población en México tenía por aquellos tiempos esperanzas genuinas de vivir decorosamente, había en el aire ilusiones sociales, no se vivía en el miedo ni se estaba a merced de la delincuencia, organizada u otra. Nada de eso es medible, pero no por ello es menos real. Lo cierto es que había un tejido social que poco a poco, a base de políticas represivas en todos los sectores de la vida (económico, educativo, etc.) se fue rompiendo. México entró entonces, a través de sus gobernantes, en una fase acelerada de entreguismo y putrefacción social. Nociones como las de nacionalismo, patriotismo, justicia, honradez y cientos de otras emparentadas con ellas quedaron ridiculizadas y prácticamente expulsadas del lenguaje cotidiano. Y así llegamos, poco a poco pero de manera sistemática, a la situación actual. Sobre ésta quisiera decir unas cuantas palabras.

¿Qué panorama ofrece nuestro país en la actualidad? No es muy difícil de enterarse. La corrupción terminó por carcomer las instituciones, por hacerlas inefectivas (piénsese, por ejemplo, en la impartición de justicia, en los servicios médicos, en la seguridad que el Estado debe brindar y cada vez brinda menos, etc.), el despotismo de las autoridades es cada vez más marcado (a este respecto, es de primera importancia entender y tener presente que nadie le ha quitado al habitante de la Ciudad de México tantas libertades como Miguel Ángel Mancera, el actual gobernador de la ciudad, y ello sin romperse demasiado la cabeza: con un maldito reglamento de tránsito mediante el cual le vaciaron los bolsillos a la gente y tienen a los conductores de casi 5 millones de autos maniatados como lo pueden estar los conductores. Obviamente, la imposición descarada de un reglamento bastardo, mal concebido, lleno de parches, totalmente artificial, inspirado en reglamentos de países en donde se vive de manera completamente diferente, fuente inagotable de “ingresos” ilegítimos, etc., etc., fue posible por la asombrosa pasividad y por el ya legendario aguante del mexicano, un ciudadano acostumbrado a no defender sus derechos. Es increíble y tendremos todavía que soportar, quién sabe por cuánto tiempo más todavía, un reglamento típico de una dictadura), la vida criminal (en gran medida como una respuesta social frente a una situación cada vez más desesperante) triunfó y se estableció como una modalidad más de ganarse el pan de cada día y así indefinidamente. El hecho es que la pirámide social ha venido ensanchando su base y minimizando su cúpula: cada vez hay más pobres y los grupos privilegiados por el sistema son cada vez más privilegiados y más ricos. Hay que entender lo siguiente: eso sólo puede pasar si otras cosas pasan también. El Estado tiene que tener apoyos y si éstos no son internos, porque la población lo repudia, entonces tienen que ser externos y esto a su vez significa que México tiene que ajustar su política general a los intereses externos, que son de lo más variado, pues van desde el petróleo, la plata, la banca y las playas hasta el aguacate y las sardinas. Aquí un veloz esbozo de diagnóstico de la situación resulta indispensable.

La política de los sucesivos gobiernos mexicanos, con la posible excepción (parcial) del de Luis Echeverría, ha consistido en congraciarse con las élites nacionales y con los Estados Unidos, para ponerle nombre y apellido. Esa política ha constituido a lo largo de decenios un atentado en contra del bienestar popular. De la clase media de los años 70 queda poco y de la canasta básica de aquellos años menos aún. Los grupos privilegiados, por lo tanto, están ligados por intereses con políticas pauperizantes y entreguistas. No podría ser de otra manera. El problema es que esas políticas se practican indiscriminadamente al grado de convertir la vida de la población en un calvario de todos los días. Se puede vivir así durante mucho tiempo, siempre y cuando haya esperanzas de cambio a no muy largo plazo. El problema es que México ya lleva medio siglo así y no se perciben posibilidades de cambio. Por ahora el resentimiento social no se ha politizado, en gran medida por las efectivas políticas de idiotización que se aplicaron durante muchos lustros, pero por idiotizado que esté un pueblo llega un momento en que también reacciona. Hasta ahora la reacción se ha canalizado por la vía de la criminalidad, pero ésta ya está rebasando los límites de lo viable, de lo soportable y de lo controlable. Ahora bien ¿qué sucede si toda esa inconformidad se canaliza políticamente, en primer lugar en el juego electoral, y, segundo, qué pasa si efectivamente Andrés Manuel López Obrador gana y la gente lo apoya? Es evidente que el gobierno y las élites, las clases privilegiadas, los grandes beneficiados del sistema van a hacer todo lo que puedan para impedir que tome posesión. O sea, ellos el día de hoy ya saben que van a perder las elecciones inclusive haciendo todos los chanchullos y las trampas electorales imaginables. Pero ¿qué van a hacer si pierden? No queda sino criminalizar la protesta social.

Que las fuerzas del status quo van a oponer resistencia lo pone de manifiesto la elección del candidato del PRI a la presidencia de la República. J. A. Meade es el personaje ideal para la situación prevaleciente: no pertenece a ningún partido, no tiene una trayectoria política en el sentido genuino de la expresión, no ha sido otra cosa que un burócrata, un administrador de oficinas, nunca se ha destacado por su nacionalismo (recuérdense sus declaraciones cuando se iniciaron las discusiones de lo que quizá será el nuevo Tratado de Libre Comercio: absolutamente despreciables e indignantes), no tiene fuerza política ni la riqueza suficiente como para ser independiente, etc. Meade es, pues, el candidato de un México trasnacionalizado, sometido a la banca mundial y totalmente descapacitado para defender los intereses del país frente (sobre todo) a los de los Estados Unidos. El gobierno de Peña Nieto, por lo tanto, ya indicó, por no decir, ya gritó en qué dirección se va a mover el Estado mexicano. ¿Había alguna duda? Allí está la nueva ley de seguridad interior como respuesta.

Podemos ahora sí retomar nuestro tema y preguntar: ¿estamos haciendo futurología? En lo más mínimo, por la sencilla razón de que no sabemos y no podemos saber si se van a dar las condiciones para su aplicación. Lo que hemos hecho es un breve ejercicio de reflexión en torno a la lógica que subyace a tan peligrosa ley, una ley curiosamente ad hoc a las políticas monetarias, sociales, exterior y demás practicadas en particular por este gobierno. Ahora sí que las cartas están sobre la mesa. El mensaje del gobierno es que no se permitirán cambios en el Estado mexicano y que todo intento en este sentido, por legítimo que sea, se enfrentará con las fuerzas armadas. Aquí ya no es el narco lo que se combate. No es para eso que se promulgó esta “ley”. Esta ley está diseñada para defender los intereses económicos de diversos grupos privilegiados que prefieren ver incendiado a este país antes que ceder algo de sus cuantiosas ganancias (como lo pone de manifiesto el “aumento” de ocho pesos al salario mínimo). Lo importante, sin embargo, es entender que si estas son las medidas que el Estado, adelantándose a potenciales situaciones conflictivas, ya está tomando, es porque ya se sienten pasos en la azotea y porque saben que, si llega a estallar la furia popular, no habrá ni mecanismos ni privilegios que los pongan a salvo de la justicia revolucionaria.

Violencia: desbocada e incomprendida

Difícilmente se podría, en mi opinión, poner en cuestión la afirmación de que la vida en México se está abaratando y cuando digo eso no estoy aludiendo a un casi inimaginable control estatal de precios o a una inexplicable recuperación del salario o del poder adquisitivo de la moneda. Me refiero simplemente al hecho de que en la actualidad es muy fácil perder la vida en este país. Cada vez somos más las personas que salimos todos los días para ir a nuestros trabajos o hacer las diligencias que tengamos que hacer haciendo votos para que podamos regresar a casa sanos y salvos, pero también conscientes de que no es improbable que lo atraquen a uno a la mitad del camino, si bien nos va, o que simplemente por defenderse de un asalto o por un banal altercado con algún automovilista exaltado le pongan a uno una bala en la sien o en el corazón. Eso no es un fenómeno inusual en el México de nuestros tiempos. El incremento y la intensificación de la violencia es una realidad en relación con la cual ya no podemos seguir fingiendo que no existe. Es evidente que las autoridades están rebasadas: las policías están infiltradas por el hampa, están plagadas de ineptos, encuadradas en marcos jurídicos absurdos, nunca debidamente coordinadas, etc. La verdad es que en condiciones así es difícil ganarle la batalla no sólo a la delincuencia organizada, sino a la delincuencia simpliciter. La pregunta que una y otra vez todos nos hacemos es: ¿por qué nos pasó eso?¿Cómo es que se permitió que el país se encaminara por la senda aparentemente irreversible de la criminalidad? A mí me parece que para que resultara realmente explicativa y aclaratoria la respuesta tendría que venir en muchos volúmenes puesto que, como es obvio, se trata de un fenómeno social tremendamente complejo, simultáneamente causa y efecto de muchos otros. Es infantil suponer, por ejemplo, que la corrupción, promovida ante todo desde las esferas del poder y de los sectores económicamente privilegiados de la sociedad, no tendría efectos contundentes en la criminalización de la vida nacional. Al respecto vale la pena señalar que una de las grandes falacias consiste en pasar en silencio, e.g., la evasión fiscal de miles de millones de pesos por parte de unos cuantos consorcios al tiempo que se pone el grito en el cielo porque un automovilista le paga su multa al policía que arbitrariamente lo detiene y en identificar esto último con la esencia de la corrupción! En todo caso, en lo que a la violencia atañe los índices actuales, espeluznantes dicho sea de paso, lo dicen todo. El resultado neto es que si bien es cierto que el ciudadano mexicano no está expuesto a los peligros a los que lo están los ciudadanos de, por ejemplo, Siria o Irak, de todos modos el ciudadano medio no vive con la tranquilidad con que viven cientos de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Se trata, obviamente, de una cuestión de grados. Es posible que en la actualidad no haya un país totalmente seguro, pero es innegable que a escala mundial México ocupa uno de los más deshonrosos lugares en lo que a la inseguridad personal concierne. Por eso es una verdad inatacable la afirmación de que en México en cualquier momento cualquier cosa le puede acaecer casi a cualquier persona.

En relación con el tema de la violencia que se ejerce en nuestra sociedad, me parece que deberíamos distinguir por lo menos tres enfoques distintos. Está en primer lugar el ámbito meramente factual de las acciones violentas realizadas por tales o cuales personas en detrimento de tales o cuales otras. Nos encontramos aquí en el plano de la descripción de lo sucedido: cómo mataron a una persona, con qué armas, por qué fue victimada, etc. Hay un segundo plano, un poco más abstracto, que tiene que ver con la investigación de las causas sociales de la violencia. De lo que se trata en este segundo nivel es de encontrar los fundamentos de las graves conductas anti-sociales que asolan al país y de, por así decirlo, hacernos entender la lógica y la dinámica de la violencia. En este caso corresponde a los científicos sociales explicar el fenómeno generalizado de la violencia: el papel desempeñado por los niveles de pobreza, las injustificables asimetrías económicas que marcan a la sociedad mexicana (el reciente aumento al salario mínimo es de alrededor de 8 pesos al día, es decir, de algo así como de 250 pesos mensuales. Es una burla desde todos puntos de vista, pero es evidente que los comerciantes, los industriales, los banqueros, etc., no están dispuestos a darle el visto bueno a un reparto un poquito más equitativo de la riqueza que aquí se produce), el embrutecimiento sistemático durante casi medio siglo de la población como resultado de una política de represión y corrupción de sindicatos de maestros, de privatización de la educación y de tolerancia absoluta con la nefanda programación de la televisión mexicana en general, el triunfo avasallador y desmoralizante de la impunidad, etc., etc. Por lo pronto queda claro que así como el primer plano era el de la investigación policiaca, este segundo plano es el de la investigación científica. Pero el tema de la violencia no queda agotado con esto. Falta un tercer plano, que es el del análisis filosófico, esto es, el del análisis conceptual. Y si en relación con los dos primeros encontramos carencias y huecos gigantescos, en relación con este tercer nivel nos encontramos prácticamente en medio del desierto. Antes de decir cualquier cosa sobre el tema de la violencia desde la perspectiva de este tercer nivel es menester dejar en claro por qué en efecto es éste fundamental.

Supóngase que se quiere estudiar un determinado grupo de mamíferos, pero que se incluyen en las caracterizaciones iniciales de éstos características propias más bien de los batracios. Es evidente que las descripciones, las explicaciones y las predicciones que se hagan inevitablemente serán las más de las veces un fracaso total. ¿Por qué? Porque el objeto de estudio quedó mal delineado ab initio. Si es así, aunque se hagan experimentos costosísimos, aunque se construyan nuevos laboratorios, aunque se traigan a especialistas de todos los rincones del mundo, etc., la investigación empírica de los mamíferos va a dar malos resultados porque su objeto de estudio quedó mal caracterizado. Deseo sostener que lo mismo sucede, mutatis mutandis, con la violencia: si ésta no es comprendida cabalmente, todo lo se investigue y se haga al respecto tendrá inevitablemente resultados pobres, equívocos, falseados y demás. Nuestra pregunta ahora es: ¿realmente pasa eso con la violencia en México, es decir, está en lo fundamental el concepto de violencia mal entendido y aplicado? Alternativamente: ¿es la violencia incomprendida? Yo creo que hay mucho de eso, como argumentaré en lo que sigue.

Para efectuar cualquier consideración sobre la violencia quizá lo más aconsejable sea partir de un dato que sea tan universal y tan obvio que sería ridículo tratar de cuestionarlo y el dato que en mi opinión habría que tomar como punto de partida es simplemente que en la historia del ser humano, del Homo sapiens sapiens, en la historia de la humanidad la violencia ha estado presente tanto como el hambre o la reproducción. Por simple que sea esta constatación, a mí me parece que de inmediato hacer ver que es semi-infantil hablar de la “erradicación total” de la violencia. Quien sugiere algo así sencillamente no puede ser tomado en serio. El problema con la violencia, por lo tanto, es un poco como el problema con la diabetes: desde luego que hay que tratar de erradicarla, pero lo urgente en todo caso es controlarla y mantenerla dentro de niveles manejables, asumiendo para no auto-engañarnos que hágase lo que se haga de todos modos se va a materializar. En segundo lugar, es importante insistir en que no hay tal cosa como la “esencia de la violencia”. De ahí que quien pretenda ofrecer una definición en términos de propiedades necesarias y suficientes en realidad se está burlando de la gente. El concepto de violencia se aplica de diverso modo en diversos contextos, siendo quizá el paradigmático la idea de violencia física. Es obvio, sin embargo, que además de la violencia física hay muchas otras formas de violencia: violencia psicológica, como cuando alguien chantajea sentimentalmente a otra persona o la aterroriza o la seduce y la maneja como quiere, etc., violencia intrafamiliar, violencia social (de clase, digamos), violencia gubernamental, violencia entre países, violencia institucional, violencia en defensa propia y así indefinidamente. En todo caso, de lo que podemos estar seguros es de que siempre que seres humanos interactúen unos con otros de uno u otro modo se hará patente alguna modalidad de violencia. Los humanos, a todas luces, no saben o no pueden vivir sin agredirse mutuamente. En todo caso, para nuestros propósitos lo que es crucial es entender que al hablar de violencia podemos estar aludiendo a líneas de conducta que son parecidas (la violencia que ejerce un esposo sobre su mujer se parece a la que ejerce un gobierno invasor sobre el gobierno invadido), pero nunca idénticas. O sea, no hay un elemento común a todas las formas de violencia. Por consiguiente, para que la lucha contra la violencia pueda ser efectiva es imperativo que se acote el ámbito o la forma de violencia que se tiene en mente y que se quiere contrarrestar. Hablar de la violencia en general termina siendo básicamente un entretenimiento conceptual baladí.

Habría que decir que es sobre la base de los errores mencionados (rechazo de la universalidad de la violencia y aceptación de una forma de esencialismo) que automáticamente se genera un tercer peligro “teórico” y por el cual la noción de violencia queda, por así decirlo, desfigurada. Me refiero al hecho de que se trata de un concepto de fácil ideologización. Por ejemplo, ahora está de moda, por decirlo de algún modo, el tema de la violencia contra la mujer. Huelga decir que sólo un psicópata o un depravado o alguien así podría cuestionar la validez del enojo, la indignación y la queja por la violencia física que algunos hombres ejercen en contra de algunas mujeres, pero eso no sirve para fundamentar la pretensión de erigir la violencia contra la mujer como el más horroroso de los casos. En el caso de la violencia padecida por mujeres, lo que potencia nuestra indignación natural es el hecho de que en incontables ocasiones los culpables no son castigados. Es la combinación de enojo profundo por el daño causado y la impunidad de la que gozan los delincuentes lo que hace que se tienda a singularizar el caso de la violencia contra las mujeres. Sin duda se ha producido, lo cual es más que deplorable, un incremento en los asesinatos de mujeres. Eso, que quede bien claro, es algo que debemos no sólo repudiar sino combatir. No obstante, dicho incremento no debería hacernos perder de vista dos cosas: primero, que concomitantemente se ha producido un aumento todavía mayor de asesinatos de hombres y, segundo, que también se genera en la sociedad mucha violencia de mujeres contra hombres, como lo pone de manifiesto el tristemente famoso caso de las así llamadas ‘goteras’ (mujeres que se ponían ciertos productos en el cuerpo gracias a los cuales dormían a los hombres con los que estaban para después desvalijarlos). Tampoco se debería olvidar que además de la violencia contra mujeres hay violencia contra niños y violencia contra ancianos, tan odiosas y repudiables unas como otras. Es, pues, muy importante entender que con quien tenemos un compromiso, hacia quien debe ir dirigida nuestra ayuda y nuestra conmiseración es hacia la víctima de la violencia, sea quien sea. Sufre tanto la pobre joven violada y estrangulada en los suburbios de Ciudad Juárez como el joven secuestrado durante un mes, torturado y posteriormente ejecutado, inclusive si sus familiares pagan lo que los secuestradores les pedían. Lo que desde mi punto de vista resulta inaceptable es la idea misma de jerarquización del dolor de las personas, como si de manera natural unas fueran más susceptibles de sufrir, más sensibles que otras (en todo caso si así fuera, los niños me parecerían, con mucho, los candidatos más viables para ocupar ese “primer lugar). Por ello, el intento por apropiarse del concepto de violencia para auto-victimizarse de manera excepcional es una especie de golpe de estado conceptual que resulta sencillamente inaceptable. Esto está conectado con un tema acerca del cual no puedo decir aquí más que unas cuantas palabras.

Lo que revela la pretensión de singularizar a un determinado grupo social como encarnando por excelencia la victimización y tratando de erigir a dicho grupo como el grupo no sólo más vulnerable posible sino como el que representa simbólicamente mejor que nadie el dolor humano, etc., etc., es que los conceptos relevantes, como los de violencia y sufrimiento, quedaron tergiversados y están siendo usados en conexión con intereses particulares. En el caso de la violencia contra las mujeres lo que obviamente está enturbiando el asunto es la yuxtaposición, por no decir la fusión, del concepto de violencia con el concepto de género. Es la idea misma de “perspectiva de género” dándole forma al concepto de violencia lo que inevitablemente promueve confusiones, complica el estudio de la violencia por parte de los científicos sociales (incluyendo a los juristas) y enreda innecesariamente las investigaciones policiacas. El concepto de género es totalmente irrelevante en relación con la violencia social, porque cuando se examinan casos de violencia física lo que nos incumbe son los statu y las relaciones sociales entre individuos, entre seres humanos, independientemente de si son de género masculino o de género femenino. El género sencillamente no entra en el escenario. Cuando se realiza una investigación policiaca la idea de género es no sólo redundante sino entorpecedora de la investigación misma, puesto que es un factor que sólo sirve para desviar la atención respecto a lo que es relevante para la investigación, como lo son los móviles, los antecedentes, los mecanismos, los utensilios, etc., del victimario y de la víctima. En cambio, con la idea de género no se aporta absolutamente nada para el esclarecimiento del crimen. Esto queda claro una vez que sacamos a la luz la presuposición fundamental, radicalmente falsa, del enfoque de género, a saber, que la mujer es víctima de violencia por parte del hombre sólo por ser mujer. Aquí se puede claramente percibir la diferencia entre el enfoque de género y un enfoque racista de la violencia, siendo el racismo una realidad imposible de negar. Cuando un racista ataca a un individuo de una minoría la motivación de su ataque es, por ejemplo, el color de su piel. La motivación es injustificable, pero es (en algún sentido emocional) entendible. En cambio, el que alguien mate a una mujer sólo por ser mujer es simplemente ininteligible y es algo que no concuerda con lo que de hecho sucede. Una mujer puede ser víctima de un bandolero porque fue violada y lo reconoció, porque tenían hijos con un sujeto a quien ella se los quitó, porque alguien quería robarle algo y ella se dio cuenta, porque ella lo engañó con su mejor amigo, etc. Todo eso y más es imaginable y factible, pero que alguien mate a una persona “sólo por ser mujer”, sin que medie ningún interés u objetivo, eso es un mito, una historieta inaceptable. Dicha idea es sospechosa a priori, puesto que si se le desarrolla en forma coherente a lo que da lugar es a un cuadro incomprensible y absurdo del ser humano. Desde luego que se ejerce violencia sobre los seres humanos de género femenino, pero siempre por causas concretas y el ser mujer no es una causa. Una vez desechado el presupuesto falso del enfoque de género podemos entender que es el maltrato y el abuso de una persona por otra lo que es repudiable, condenable, criticable y aborrecible, independientemente del género de los involucrados. Si entendemos esto entendemos eo ipso que el problema de la violencia es un problema que atañe y afecta a todos por igual y que no permite un tratamiento parcial o sectario.

Regresando a la realidad social: lo que nos debe importar es cómo bajar de manera palpable y rápida los índices de violencia que prevalecen en México en la actualidad, una tarea urgente porque de hecho todos los días la vida de miles de personas está siendo afectada por la violencia. Yo desde luego que me uno a las personas que gritan “Ni una mujer más asesinada”, pero de inmediato añado “ni un niño más asesinado” y también “ni un hombre más asesinado”. Lo que no logro considerar como algo laudable es la jerarquización del sufrimiento, la distribución selectiva del dolor, la auto-victimización. Con eso definitivamente no estoy de acuerdo. A mi modo de ver no puede darse una lucha genuina de defensa de la mujer que no sea al mismo tiempo una lucha en favor del hombre libre de violencia.

Atemos entonces cabos: es sumamente improbable, por no decir internamente incoherente, inclusive en la más utópica o fantasiosa de las teorías del ser humano, hablar de una sociedad, de una vida sin violencia. Eso ni infantil es; es simplemente tonto. Por consiguiente, el objetivo por alcanzar sólo puede ser el de cómo controlar las manifestaciones más brutales de violencia en el seno de una sociedad supuestamente estable, es decir, que no está oficialmente en estado de guerra ni nada semejante. ¿Se pueden obtener logros significativos en este dominio? ¿Se puede reducir el nivel de violencia en nuestro país? Aunque no sea una labor fácil, yo creo que sí. Aquí se produce, dicho sea de paso, lo que podríamos llamar la ‘paradoja de la violencia’, porque en mi opinión la naturaleza de la violencia es tal que el éxito de la lucha en su contra inevitablemente la involucra. A los violentos patológicos, a quienes no saben de otros mecanismos para la resolución de problemas que el llamado a la violencia más brutal posible, etc., a esos no se les doma con sermones. Tratando entonces de ser propositivos: ¿qué es lo que sensatamente se podría proponer como principios generales de una política de lucha sistemática en contra de la práctica de la violencia?

Yo pienso que lo primero que habría que hacer sería establecer un orden y determinar qué formas de violencia son las más dañinas, las más evidentes y concentrarse en ellas. Desde esta perspectiva, el primer objetivo es restarle lo más que se pueda el atractivo que pueda representar para muchas personas el recurso a la violencia física, la expresión de violencia más fácil de identificar. Pero ¿cómo se combate la violencia mayor? La violencia no va a desaparecer de nuestro horizonte vital por un acto de magia. Yo creo que la primera medida es la creación de un marco legal con castigos severísimos, vigilando que la impunidad sea desterrada y que no se hagan excepciones a la ley. El castigo fuerte y efectivo (i.e., muchos años de cárcel, cadena perpetua, etc.) es, por lo tanto, un instrumento fundamental para acabar con el fácil expediente del recurso a la violencia física. Pero obviamente eso no basta. Tenemos que entender, bajando al nivel de la investigación empírica, que la violencia es también una respuesta social de malestar generada por una insatisfacción permanente en relación con los temas más básicos de la vida: la alimentación, la habitación, la vida sexual, etc. La insatisfacción permanente en relación con los temas mencionados (y otros como ellos) es una fuente inagotable de violencia física (yo no usaría en relación con esto la noción de causa). Naturalmente, niveles decorosos de vida (no hablo de igualitarismos socialistas ni nada que se les parezca) bastan para aminorar la tendencia a tener reacciones violentas. Y está desde luego la violencia institucional, la cual me parece una de las más siniestras formas de violencia, puesto que es violencia efectiva y permanente pero silenciosa. Para una defensa efectiva de la mujer yo me centraría en la luchas contra la violencia institucional (oportunidades, salarios, derechos, etc.).

Por último, no hay que olvidar que siempre habrá temperamentos violentos y por lo tanto, como ya se dijo, siempre habrá acciones y reacciones violentas entre los humanos, vivan como vivan. Es claro también, sin embargo, que esta clase de violencia es en última instancia mínima, porque muchas de las reacciones violentas de las personas son una manifestación de incultura, la expresión de una incapacidad para resolver problemas de manera racional y esto es en última instancia un asunto de educación. Inclusive en la más civilizada de las sociedades habrá siempre un caníbal y un barbaján, pero serán como hongos, uno por aquí y otro por allá. Lo que es indudable es que en una sociedad de gente bien educada no tendrían muchas oportunidades para dar rienda a suelta a su violencia. Y ello hace nacer en nosotros el triste pensamiento de que si la violencia no ha sido extirpada de la vida social es a final de cuentas porque los seres humanos no han interiorizado todavía una idea tan simple como la de que se puede y es mejor vivir en paz.

Tramposos, Ineptos y Malos Perdedores

Quizá deba empezar por confesar que me cuesta mucho imaginar que pudiera haber alguien que, en estado normal, pretendiera cuestionar la verdad apabullante de la afirmación de que el espectáculo que ofrece el mundo es sencillamente horroroso. ¿Cuál es ese panorama que genera semejante sentimiento? Presentado de la manera más abstracta posible, lo que percibimos a nivel mundial es un orden social tremendamente injusto, impuesto por la fuerza, sostenido por todo un aparataje mediático y en el cual cientos de millones de personas viven prácticamente en calidad de esclavos. Yo creo sinceramente que ni el más ingenuo de los hombres podría dudar de la existencia a escala mundial de la esclavitud, desde sus formas más brutales, como la trata de blancas, hasta las formas establecidas y aceptadas de jerarquización social. Quizá no esté de más señalar que el sometimiento sexual de la mujer es todavía mucho más notorio y humillante que el del hombre y no depende forzosamente del status social. A final de cuentas, si bien no tan ultrajadas como las mujeres a obligadas a ejercer la prostitución en la vía pública (un tema cuyas espeluznantes presuposiciones y consecuencias la gente simplemente ignora), también las mujeres del jet set, como las grandes artistas de Hollywood, mujeres que ganan millones de dólares al año, tienen que pasar por su via dolorosa consistente en hacer “favores sexuales” a directores y productores so pena de ver truncadas sus carreras. Quienes mandan en la jungla hollywoodense de buena gana transforman a una mediocre actriz en super-estrella si ésta pasa los tests de sus caprichos sexuales, como lo pone de manifiesto el caso del repugnante Harvey Weinstein, quien con toda seguridad en privado ha de jactarse de tener un récord impresionante de violaciones de artistas. Pero igualmente patético es el silencioso destino de millones de esclavos muertos de hambre (campesinos, obreros, desempleados, gente de la tercera edad, etc.) de cuyo futuro podríamos decir a priori que de hecho está fijado de antemano: hay gente que nació para trabajar para otros y que nunca podrá modificar su status social, en tanto que hay otros que (sin merecerlo desde luego) por un sinnúmero de causas viven y seguirán viviendo como buenos parásitos del trabajo de millones de personas. Como, al igual que las personas, las clases sociales se reproducen, el status quo, la estructura del mundo perdurará mientras haya seres humanos sobre la faz de la Tierra.

Un elemento escalofriante que viene a contribuir al espantoso panorama que ofrece la vida en este planeta es el hecho de que, paralelamente a la esclavitud física, nos topamos con la espantosa realidad de una esclavitud que podemos llamar ‘intelectual’ o ‘psicológica’ o ‘mental’ o, eventualmente, ‘cultural’. Si en el caso de la esclavitud material o física el objetivo es que muchos trabajen para que unos cuantos (literalmente) lleven una vida material sin problemas ni restricciones, en este segundo caso de lo que se trata es más bien de forzar a la gente, como si fueran borregos que hay que mantener en el redil, a pensar de una determinada manera, a evaluar de cierto modo, a reaccionar de una forma particular previamente diseñada para su inoculación y permanente reforzamiento en las mentes de los seres humanos. Uno de los principales objetivos es, naturalmente, la conformación de una concepción política básica que, a manera de casco, se pretende que todo mundo incorpore y porte permanentemente. Los instrumentos para la obtención de los fines deseados en este caso son, principalmente, la prensa, la televisión, el cine, el radio e internet, con todo lo que ello implica (“analistas”, “especialistas”, “intelectuales orgánicos”, “comentaristas” , videos y demás) y los mecanismos son los bien conocidos de desinformación sistemática, repetición ad nauseam de mentiras, supresión permanente de información relevante, etc., etc. El punto importante es simplemente que así como hay una estructura jurídica, un ejército, policías, instituciones, hospitales, etc., para mantener el status quo social en su variante material, así también hay todo un ejército destinado a imponer una determinada forma de pensar, lo que sería el sistema de valores más afín posible al modo de vida y al orden político y social prevaleciente. Hablo de lo que en general pasa desde luego en México, pero más allá de nuestro país en el mundo de las oligarquías, las plutocracias, los monopolios, etc., es decir, del mundo occidental en su conjunto.

De que a grandes rasgos quienes mandan en el mundo de las ideas están ganando la guerra en contra de la libertad de pensamiento y de que tienen prácticamente arrodillada mentalmente a la población mundial es algo que difícilmente podría cuestionarse. Las pruebas de ello abundan. El que el pueblo argentino, por ejemplo, haya votado (y siga haciéndolo!) por Macri es una demostración palpable de que el embrutecimiento político de la gente es no sólo posible sino efectivo, inclusive si se trata de un pueblo con un nivel de educación más que decoroso. En México, por ejemplo, podemos estar seguros de que la gente que ha sido engañada una y mil veces por el partido en el poder, esto es, el PRI (el partido de la contradicción hasta en las siglas: Partido Revolucionario Institucional: ¿cómo se institucionaliza la revolución?), votará en las próximas elecciones por ese mismo partido que tanto daño le ha hecho. La clave es, una vez más, el embrutecimiento mental sistemático, pertinaz, debilitante, ensordecedor. Esto es hasta cierto punto comprensible: sería ingenuo pensar que los medios de comunicación no son un pilar fundamental en la estructura de la sociedad contemporánea y no cumplen a cabalidad con su función.

Si lo que hemos dicho tiene visos de verdad, no queda más que concluir que vivimos en medio de dos clases de guerras: guerra de clases al interior y guerra con propuestas de vida alternativas al exterior (del mundo occidental, desde luego). Obviamente, el mundo de la cultura y de las ideas es un frente más y es el ejército de los medios masivos de comunicación la institución cuya misión es vencer en ese campo de batalla particular. Y aquí es donde de inmediato empiezan a brotar las contradicciones tangibles u obvias del sistema capitalista contemporáneo. Por una parte, en el modo de vida en el que nos tocó vivir se ensalza, se exalta, se postula como uno de sus valores supremos la libertad de expresión y se pretende hacernos pensar que ésta consiste esencialmente en la libertad de expresión no de los individuos, sino de los medios de comunicación. Sin embargo, esos mismos medios y toda la infraestructura institucional de la sociedad lo que más temen y con más encono combaten es precisamente la libertad de expresión cuando es ejercida por quienes no piensan como ellos quieren que pensemos. Así, pues (primera gran paradoja), lo que más se teme, lo que más se repudia, lo que más se aborrece y combate en los países de la libertad es precisamente la libertad de expresión! No se tiene ni siquiera que dar ejemplos de ello, puesto que los tenemos ante los ojos y abundan, como los narcisos amarillos (jonquilles) en primavera.

Podemos entonces afirmar que vivimos día a día una guerra mediática desatada en contra de la libertad de expresión, lo cual quiere decir, primera mas no únicamente, en contra del individuo intelectualmente rebelde, de quien se niega a ser sometido mentalmente, pero también y como era de esperarse, de las agencias de noticias alternativas que luchan por liberar el mercado de las ideas de las garras de los mass-media establecidos. Consideremos los casos separadamente.

¿Cómo se combate al individuo que no quiere limitarse a expresarse dentro de los estrechos márgenes que los medios de comunicación (inter alia) fijan para él? Salta a la vista que hay toda una gama de posibilidades. Una forma de hacerlo consiste en armarle una campaña permanente de desprestigio. Yo creo que, por ejemplo, el Lic. López Obrador tendría algo que decir respecto a esta clase de canalladas. No deberíamos pasar por alto tampoco el hecho de que esta estrategia viene en general acompañada del silenciamiento del blanco elegido: a éste se le critica por todos los medios (en todos los sentidos de la expresión), pero no se le da la oportunidad de defenderse. Así son las reglas del humanismo capitalista. Prácticamente no hay nadie en el mundo que sea inmune a un ataque mediático. Por ejemplo, el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tuvo que recurrir y aferrarse al twitter para poder romper el bloqueo y la campaña de desprestigio orquestada en su contra por CNN, el New York Times, el Washington Post y cientos de publicaciones diarias que dependen de estos últimos en todas partes del mundo. Si eso le pasa al presidente de los Estados Unidos: ¿se imagina el lector la clase de linchamiento al que está expuesto un ciudadano común y corriente que aspire a hacer valer su inalienable derecho a la libertad de expresión? Pero puede ser peor. Una forma más drástica de proceder con quienes quieren decir lo que piensan o dar a conocer lo que saben es, naturalmente, suprimir físicamente al periodista insolente o al conferencista desafiante. México, como todos sabemos, es el campeón mundial en este rubro: es el país en donde más mueren periodistas y, por si fuera poco, impunemente. Sobre la tristemente célebre “Fiscalía para Delitos en contra de Periodistas” que, por lo menos hasta donde yo sé al día de hoy no ha resuelto un caso de los cerca de 110 periodistas asesinados desde el año 2000, no me pronunciaré en este artículo. Mi objetivo era simplemente llamar la atención sobre los procedimientos a los que se recurre cuando hay que ponerle coto a un osado trasgresor de las leyes de la esclavitud mental.

Mutatis mutandis, lo mismo pasa cuando el enemigo de los dueños del pensamiento público son no individuos aislados, sino agencias de noticias o institutos de información adversos. En general, dadas las magnitudes de las organizaciones establecidas (Agencia France-Presse, Reuters, Associated Press, CNN, etc.) sencillamente no hay posibilidad de competir con ellas, mucho menos de desplazarlas en lo que de hecho es sumercado, su coto. Los grupos de periodistas independientes no tienen ni los fondos ni la estructura ni el personal ni, más en general, las posibilidades de rivalizar con las grandes corporaciones internacionales que manipulan los flujos de información y comercian con ellos en función de los intereses políticos y económicos de sus dueños. Pero ¿qué pasa si la agencia que entra en el escenario para competir con ellos es una agencia estatal de un país no subordinado? Obviamente, el sistema de trampas que se le aplica al individuo ya no se puede utilizar en contra de instituciones rivales. Se requiere hacer intervenir a sus propios gobiernos. Es de esta manera como los medios de comunicación que conocemos hacen valer la “libertad de expresión”. Quisiera al respecto decir unas cuantas palabras, si se me permite.

Antes de ir a los hechos para ver qué es lo que sucede cuando un periódico realmente independiente entra en el mercado quisiera llamar la atención sobre las presuposiciones de la situación. Primero, se supone que la arena en la que nos encontramos es la del “libre mercado”, esto es, la de la competencia en concordancia con reglas previamente establecidas y válidas para todos y, segundo, asumimos (para seguir con el juego del auto-engaño) que estamos en un mundo en donde podemos dar expresión verbal libre a nuestras ideas y pensamientos. Pero ¿qué es lo que está pasando con lo que con mucho y sin que quepan dudas al respecto es el mejor periódico en internet, esto es, Russia Today (RT)? Para empezar, recordemos que se trata de un periódico que aparece desde luego en ruso, pero también en árabe, en alemán, en inglés, en francés y en español. O sea, es un periódico que realmente informa a grandes sectores de la población mundial. Hasta donde yo sé, no hay otro periódico en el mundo que desde este punto de vista pueda comparársele. Pero lo interesante es enterarse de que tampoco hay punto de comparación en cuanto a la transmisión de información. Russia Today proporciona una cantidad asombrosa de datos que simplemente sería impensable encontrar en la estereotipada y aburrida prensa estándar. Por si fuera poco, la información que está en el portal efectivamente está en el portal para los lectores, no como el New York Times que en un mes no permite leer más de 10 artículos o el El Universal, que bloquea el acceso a determinadas páginas. Pero además Russia Today proporciona información científica interesante, montones de videos de situaciones extravagantes que cotidianamente suceden y de las que no tendríamos ni idea si no fuera gracias a este magnífico portal, análisis interesantes de toda clase de temas. Y si nos vamos a los contenidos de los artículos, hay que decirlo y en voz alta: no hay comparación. La seriedad de los contenidos, por otra parte, no impide el recurso al sarcasmo, a la ironía, el sacar a la luz las motivaciones, las incoherencias o los absurdos de toda clase personajes políticos y hasta lauto-crítica, lo cual hace la lectura amena y fluida. Por ello considero plenamente justificada mi posición, que es la siguiente: habiéndole dedicado mucho tiempo a la lectura de periódicos tan variados como Le Monde (Francia), El País (España), La Nación(Argentina), el El Universal (México), el New York Times (USA), el Jerusalem Post (Israel), Al Jazeera (Arabia Saudita), The Guardian (Inglaterra) y muchos más, me siento autorizado para recomendarle con entusiasmo a mi amable lector la lectura de fabuloso periódico electrónico ruso, Russia Today (www.rt.com). Muy bien, pero ¿hay otras razones por las cuales ocuparse de un periódico electrónico particular?

Sí las hay y es que el caso de Russia Today ilustra a la perfección las mañas, las trampas, la ineptitud y más en general el despotismo no ilustrado de los medios masivos de comunicación que reinan en Occidente, de todos esos afamados periódicos de gran circulación y que se erigen como “autoridades” para la opinión pública pero sólo, ya quedó claro, cuando o porque no tienen competidores reales. Tan pronto éstos aparecen, todo mundo automáticamente percibe la mediocridad y el carácter tendencioso de sus productos. Pero les guste o no, lo cierto es que frente a Russia Today los “grandes” periódicos occidentales, estadounidenses, ingleses o de la nacionalidad que sean quedan exhibidos básicamente como burdos instrumentos ideológicos de sometimiento mental. De ahí que la atmósfera de frescura, de oxígeno que se siente al entrar en las páginas de Russia Todaysea un auténtico regalo cotidiano.

Pero ¿a qué condujo el increíble desplazamiento que por la calidad de sus reportajes y entrevistas Russia Today logró sobre sus contrincantes, sobre todo en los países de habla inglesa, esto es, en los países en donde mejor se practica la política más brutal y estridente de idiotización de la gente (no hay más que echarle un vistazo a los más prestigiosos periódicos ingleses para entender lo que quiero decir)? En Gran Bretaña en particular, los mass-media (incluyendo la BBC, con sus formatos acartonados y sus eternos mensajes de odio a Rusia, de solapamiento del apartheid israelí, de burla por los esfuerzos de liberación de los pueblos (Venezuela), etc.) clara y hasta vergonzosamente perdió lo que era un público cautivo en favor de Russia Today, convertido en muy poco tiempo tanto como periódico que como programa de televisión en el más popular. Por algo será. Una cosa es que la gente no tenga opciones y otra que sea tonta! Lo mismo está empezando a pasar en Estados Unidos, en donde poco a poco Russia Today ha venido desplazando a las hasta ahora intocables gigantescas corporaciones mediáticas de modo tal que éstas, al igual que en Inglaterra, no tuvieron otra opción que hacer trampa y obligar a su gobierno a intervenir. O sea, en la competencia pulcra, jugando con las mismas reglas de mercadotecnia, en igualdad de condiciones los rusos mostraron ser superiores. ¿Qué hizo el lacayuno gobierno, tan temeroso como lo es de su prensa y su televisión? Obligar a Russia Today a registrarse como “agente extranjera”, so pena de catear sus instalaciones y llevarse sus computadoras, documentos y demás. O sea, al mejor periódico del mundo se le obligó a auto-etiquetarse casi como agencia de espionaje, cuando no es otra cosa que genuina fuente de información para la población. De igual modo, el gobierno inglés ya no sabe qué mecanismo inventar para acallar Russia Today, lo cual explica que la deplorable primer ministro. Theresa May, no tiene otro tema para presentarse ante el público que la “agresión rusa” y la difusión de “noticias falsas”. Qué fácil y, a estas alturas, qué estéril y aburrido lenguaje político. No nos confundamos: la descarada política de estos gobiernos, hasta un niño lo entiende, representa un golpe terrible a la genuina libertad de expresión, a la expresión que ilustra, que informa, que nos hace entender los hechos; en otras palabras, a todo eso justamente que la prensa mundial no quiere que suceda, porque cuando sucede el ciudadano de inmediato percibe su carácter esencialmente mendaz, su desprecio por la gente común, su status de arma ideológica utilizada todos los días para mantener un sistema de vida que se alimenta de la miseria de millones de personas y para beneficio de detestables grupúsculos de privilegiados. Russia Today es un antídoto para esa clase de ponzoña ideológica.

Como era de esperarse, en su esfuerzo por detener a Russia Today, junto con el reconocimiento implícito de que ni todos los periódicos electrónicos occidentales juntos pueden con la extraordinaria agencia noticiosa rusa, vienen más cosas, por ejemplo, la instilación del odio. Lo que a través de sus instrumentos los magnates occidentales quieren es seguir gozando de su primacía y sembrar el odio en el corazón de quienes consumen sus productos. ¿Odio a qué o a quién? Odio a Rusia, esto es, a un hermoso país con una historia grandiosa, con pléyades de escritores, de músicos, de científicos, esto es, de hombres y mujeres que han contribuido con sus creaciones y aportaciones a la felicidad mundial, con una cultura popular espléndida y sobre todo con un maravilloso pueblo que ha estado unido a la humanidad por lazos de hermandad y no por sentimientos de superioridad o por ambiciones de sometimiento. Lo real, sin embargo, el fenómeno interesante e innegable es el triunfo deslumbrante de Russia Today en el frente ideológico occidental, es decir, su incuestionable victoria frente a sus amañados, tramposos e ineptos opositores, jugando además en los terrenos de estos últimos y con sus propias reglas. Ello no es sino una muestra más de la inevitable decadencia de ese sistema de explotación del hombre y la naturaleza por el hombre que ya debería exhalar su último suspiro.

Lecciones de la Historia

Oficialmente, octubre de hace un siglo fue el mes de la Revolución Rusa. Eso es inexacto en más de un sentido. Para empezar, en aquella época había dos calendarios, el que nosotros usamos y el juliano, que era el que se usaba en la Rusia zarista y de acuerdo con éste el mes de la revolución no fue octubre sino noviembre. Pero esa discrepancia cronológica no tiene en realidad ninguna importancia. Es mucho más radical el error consistente en pretender delimitar en el tiempo procesos tan complejos como la Revolución Rusa, una transformación social de magnitudes seculares y cuyos efectos no hemos acabado de apreciar. Ahora bien, en relación con un fenómeno tan importante como lo fue la Revolución Rusa, sin duda alguna la transformación social más decisiva del siglo XX, se puede adoptar una de por lo menos dos formas serias de posicionarse frente a ella (no me ocupo de la puramente ideológica, tipo New York Times, para no perder el tiempo y no hacérselo perder a nadie). Se puede adoptar una actitud de historiador y tratar de contribuir con nuevos datos, rectificando hipótesis, haciendo señalamientos supuestamente novedosos de fechas, de hechos y demás. En la medida en que yo no soy historiador más que como aficionado, esta vía está para mí clausurada. Pero nos queda otra, una que me es mucho más asequible sobre todo por las motivaciones que le subyacen. Mi idea es muy simple. En mi opinión, cuando uno siente la necesidad de librarse, aunque sea momentáneamente, de la espantosa garra del presente, cuando uno trata de olvidarse de lo que es nuestra realidad social (el auge de lo que habría que llamar ‘delincuencialismo’, el triunfo quizá definitivo de la corrupción, sobre todo en el sector gubernamental y en el de las grupos más privilegiados, el alarmante incremento de la violencia ejercida sobre todo en las clases populares, la conciencia de cómo tiene que ser nuestra vida cotidiana y de lo que racionalmente podemos pensar que son nuestros prospectos de vida), una receta saludable es volver la mirada hacia el pasado, adentrarnos en el fantástico universo de la historia para, sobre la base de los data que ésta nos proporciona, dejar que la imaginación cumpla con sus funciones de modo que, a la manera de un cuento de hadas pero sobre bases factuales, pueda uno especular o soñar sobre cómo habría podido desarrollarse el mundo y derivar del pasado lecciones respecto a lo que a nosotros nos tocó vivir y así comprender mejor nuestra realidad social. Es en esa tesitura con la que quisiera hacer algunos vagos recordatorios sobre la así llamada ‘Revolución Rusa’ y meditar unos cuantos minutos sobre su legado a la humanidad.

Lo primero que habría que decir es que eso que se conoce como ‘Revolución Rusa’ y que culmina en lo que debería llamarse la ‘Revolución Bolchevique’ es en el fondo el resultado de un proceso de varios siglos. Las raíces de este proceso se plantaron con la subida al trono del primer Romanov, ocurrida a raíz de la muerte del gran zar Boris Godunov. Con la llegada al trono de los Romanov se reforzó un régimen de servidumbre, de cuasi-esclavitud, muy semejante al que varios siglos después prevalecería en las haciendas mexicanas de la época del porfiriato. En efecto, así como en Rusia un boyardo podía poseer cientos de “almas”, así los campesinos mexicanos eran prácticamente propiedad del latifundista puesto que estaban atados a la hacienda y, a través de mecanismos como la tienda de raya y de la total carencia de oportunidades y alternativas, eran de facto esclavos en aquel régimen que alguno que otro desvergonzado pseudo-historiador local ha pretendido reivindicar. De hecho, el sistema de siervos y nobles que había en Rusia y el de hacendado-peón que prevalecía en México son de lo más parecido que podamos encontrar en la historia y tan odioso y despreciable el uno como el otro.

Fue sólo después de varios siglos de vivir en una sociedad jerarquizada socialmente de manera nítida, aunada a un sistema de represión policiaca bestial, que empezó a fraguarse en Rusia un gran descontento social, un descontento cuyas banderas fueron enarboladas por la inteligentsia rusa del siglo XIX. Un libro que da una idea muy clara de la atmósfera de protesta social y clandestinidad que se vivía en Rusia durante la segunda mitad del siglo XIX es la maravillosa novela de F. Dostoievski, Demonios (traducida también como Los Poseídos). Esta segunda etapa se intensificó con la paulatina industrialización de Rusia, que hasta entonces había sido un país eminentemente agrícola y campirano. Otro factor importante fue el siguiente: después de los tres repartos de Polonia, a finales del siglo XVIII, el imperio ruso súbitamente incrementó su número de súbditos con millones de personas que hasta entonces habían vivido en un régimen no liberal pero sí menos autoritario y que no estaban acostumbrados a las tradiciones autócratas rusas. La desgracia para el zarismo fue que con ellos irrumpieron en Rusia ideas nuevas venidas de Europa Occidental, ideas revolucionarias que tenían que ver con los derechos del hombre y del ciudadano y sobre todo ideas vinculadas con el marxismo. Ya para entonces se hacían sentir las contradicciones entre el orden medieval heredado y las exigencias que el surgimiento de nuevas clases sociales acarreaba consigo. Todo ello le dio al descontento del pueblo ruso una nueva orientación o, mejor dicho, una orientación mucho más definida, una orientación politizada. Pululaban los centros de oposición, de resistencia clandestina, hasta que finalmente brotaron los primeros focos de lucha armada. Como era de esperarse, la clase dominante, representada por el zar, se aferró a sus privilegios sin tomar conciencia de la fuerza del terremoto social que se estaba gestando. No obstante, así como los Borbones en el siglo XVIII se negaban a hacer concesiones sin percatarse de que estaban a un paso de la guillotina, así también el zar y la nobleza rusa se resistían al cambio cuando era obvio que éste sencillamente ya no era opcional. Su ceguera los llevó inclusive a rechazar en el momento crucial la única opción real que les quedaba para sobrevivir y que era la transformación del zarismo en una monarquía parlamentaria. Dado que los cambios políticos que se necesitaban fueron bloqueados, en 1917 la avalancha social arrasó con el régimen zarista. Fue entonces que jugaron de manera magistral el papel histórico que les correspondía los teóricos de la revolución, como Lenin, y los luchadores sociales propiamente hablando, como Stalin. No olvidemos que desde años atrás Lenin dirigía a su partido y la insurrección desde Suiza o desde Londres mientras que Stalin era el auténtico guerrillero que lideraba la lucha cotidiana contra las instituciones y las fuerzas del orden, sobre todo en el Cáucaso.

No hay duda de que, además de su soberbia, dos factores importantes contribuyeron a que el gobierno del zar se desmoronara: la desastrosa guerra contra Alemania y el hecho de que grandes sectores del ejército (sobre todo, la carne de cañón que regresaba del frente, los soldados rasos) le dieran la espalda. De esto podemos extraer una primera lección: si los militares fallan y no cooperan, el régimen, el sistema social, el gobierno, el Estado se derrumban. Esta verdad vale para los países en general pero a mí me parece, dicho sea de paso, que al que más claramente en este momento se le aplica es a los Estados Unidos: no sólo es evidente que el sector militar-industrial llevó a Trump a la Casa Blanca, que dicho sector social exige cada vez con más fuerza y de manera más vociferante que lo que a él le conviene se convierta en política de Estado y que si dicho sector deja de apoyarlo el periodo de Trump como presidente se acaba en un santiamén. A mi modo de ver, en relación con el papel de los militares y las policías la Revolución Rusa tiene encendida, para todo mundo pero sobre todo para el pueblo norteamericano, una luz de alarma de un rojo muy intenso. Pero regresando a nuestro tema: el gobierno zarista finalmente cayó en 1917 y la oposición se hizo del poder. El problema fue que la oposición estaba dividida y el efecto inmediato de dicha oposición era, como tenía que ser, la parálisis del Estado. Una situación así, sin embargo, no podía durar. Aquí la Revolución Rusa nos da una segunda lección interesante: las multi-alianzas partidistas, como las que aspiran a gobernar México, no pasan de constituir a final de cuentas una mera farsa política y en lo que desembocan es en el debilitamiento de las instituciones nacionales. Eso es obviamente algo que hay que evitar. Pero, independientemente de ello y regresando a nuestro tema, tenemos que enfatizar la grandeza histórica del teórico de la revolución, sobre todo cuando además de teórico se trata de alguien dispuesto a jugarse el todo por el todo. Es el caso de Lenin: con él a la cabeza, los bolcheviques audazmente tomaron el poder. Allí empezó una guerra civil, plagada de hechos heroicos y brutales, de grandes victorias y terribles derrotas, de un papel formidable de las masas y de uno a menudo errático y erróneo de los dirigentes y que costó millones de vidas. La Revolución de Octubre era un movimiento cuyo desenlace era desconocido para el 100% de la población mundial. En qué habría de desembocar era lógicamente imposible de predecir entre otras razones porque, además del rol unificador y sintetizador que desempeñaba Lenin, el movimiento era semi-caótico y hasta contradictorio. Este carácter contradictorio de un movimiento que a través de terribles luchas intestinas busca encontrar su verdadera orientación lo encontramos plasmado en Trostky. Su caso es el de una extraña mezcolanza de revolucionario y megalómano en grado extremo. A él se le confió la organización del Ejército Rojo, gracias al cual pudo acabarse con el pro-zarista Ejército Blanco, pero también es cierto que él más que nadie promovió la deshonrosa capitulación en Brest-Litovsk frente a los alemanes y fue él quien negoció con los banqueros norteamericanos de Nueva York créditos a tasas exorbitantes para que el nuevo gobierno pudiera sostenerse, con lo cual lo endeudó y lo hizo dependiente del sistema bancario mundial. El papel de Trotsky es y seguirá siendo asunto de debate, como lo ponen de manifiesto la derrota del Ejército Rojo frente a Polonia, a las puertas de Varsovia, en 1921, el uso descarnado de la población masculina para llevar soldados a los distintos frentes y su delirante convicción de que una revolución como la de Rusia era transferible a Europa occidental. Era obvio que una visión así no podría prevalecer ni imponerse, por lo que finalmente lo que triunfó fue la política stalinista del “socialismo en un solo país”. En todo caso, en 1922, después de más de 3 años de una espantosa guerra civil, fue proclamada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dicho de otro modo, la creación de la URSS es, aunque impredecible, el desenlace lógico de la Revolución Rusa.

Sobre la base de los hechos narrados podemos plantear lo siguiente: ¿cómo medir el éxito o el fracaso de un proceso revolucionario? Yo creo que la Revolución Rusa opera como una especie de paradigma, como un termómetro para medir qué tan fructífero y profundo fue o es un movimiento de transformación social. Sobre su herencia axiológica y política diré algunas palabras más abajo.

Todos sabemos que en el siglo XX se produjeron diversas revoluciones sociales, unas más importantes que otras. Está, desde luego, la Revolución Rusa, pero podemos mencionar también las revoluciones china, sudafricana, mexicana, cubana y bolivariana. Hubo otras, pero con estas nos basta. Como puede apreciarse, todas ellas comparten algunos rasgos pero también todas ellas son radicalmente diferentes entre sí. A las revoluciones china, sudafricana, cubana y bolivariana, por ejemplo, se les podría llamar las ‘revoluciones de Mao, de Mandela, de Fidel y de Chávez’, por el papel preponderante y decisivo de sus respectivos líderes supremos, pero es claro que no hay una etiqueta equivalente ni para la revolución rusa ni para la mexicana, en el primer caso porque hubo muchos líderes y en el otro porque no hubo ninguno que descollara frente a los demás. En Rusia proliferaron los grandes teóricos de la revolución, de la organización partidista y del cambio social, en tanto que en México sencillamente no hubo nadie así. La Revolución Rusa venía avalada por años de discusiones políticas, discusiones de las que posteriormente se alimentaron China y Cuba. La Revolución Mexicana, en cambio, fue una revolución acéfala, un movimiento social sin dirección y sin una bandera ideológica determinada. En México no hubo teóricos de la revolución (y sigue sin haberlos). Desde luego que había un trasfondo social que sostenía, validaba y le daba un sentido al movimiento armado y a los gobiernos de los años 20, pero es típico del movimiento armado mexicano el no haber rebasado nunca el nivel de movimiento más o menos espontáneo e improvisado. Podría argüirse que lo más claro de todo el proceso lo encontramos en el Plan de San Luis, que es el manifiesto de una nueva clase de empresarios agrícolas que luchaban por dejar atrás el latifundismo medieval, el cual se había convertido ya en un tremendo lastre económico y social, sostenido únicamente por las huestes porfiristas. También en el plan zapatista encontramos elementos interesantes de reivindicaciones campesinas, pero demasiado diluidas porque el campesinado mexicano estaba muy lejos de auto-representarse la lucha revolucionaria como algo más que lucha para obtener ventajas personales y más o menos inmediatas, aunque fueran mínimas. En Rusia, en China, y en Cuba circulaban ideales políticos que guiaban la acción de los revolucionarios en direcciones precisas. Como a veces sucede, la radicalización de una transformación social profunda depende mucho de factores externos, como la presión extranjera. Las revoluciones rusa, cubana y bolivariana son un buen ejemplo de ello.

El caso de la revolución mexicana es en verdad patético. La ausencia de teóricos de la revolución fue fatal para el movimiento revolucionario mexicano y, por sus secuelas, para México en su conjunto. Si el Gral. A. Obregón se hubiera re-electo en 1928 se habría demostrado que los movimientos sociales sin orientación ideológica clara desembocan en golpes de Estado y en toda clase de caudillismos, en el peor de los sentidos. Desde este punto de vista, es imposible no reconocer que el gran patriota fue el presidente Plutarco Elías Calles. Según, por ejemplo, el popular escritor Francisco Martín Romero, más que por el agente clerical, León Toral, el asesinato de Obregón habría sido perpetrado por el gobierno federal precisamente para impedir su re-elección. Una vez más, lo que esta situación indica es que sin un trasfondo ideológico sólido se desemboca o en el bonapartismo (que era lo que Obregón representaba) o en la institucionalización y con ello el fin del movimiento revolucionario, que es lo que sucedió en México con el presidente L. Cárdenas. La Revolución Mexicana tiene, por lo tanto, acta de defunción: el día en que asesinaron a Álvaro Obregón. Calles entonces dejó la presidencia, pero en la medida en que seguía siendo el “jefe máximo” el proceso revolucionario seguía todavía vivo. Sin embargo, su expulsión del país por Cárdenas, unos cuantos años después, significó precisamente que el movimiento revolucionario y progresista encarnado en su persona había fenecido. Resabios de la “ideología” revolucionaria, básicamente de carácter anti-clerical, sobrevivieron un tiempo, por ejemplo en la actuación política del gobernador Tomás Garrido Canabal. Desafortunadamente, éste se topó con el gran especialista en trampas políticas, el Gral. Cárdenas, quien se las arregló para que Garrido Canabal tuviera que huir de México. Cuando eso pasó, el proceso revolucionario mexicano ya estaba finiquitado. Se entraría entonces en el periodo conocido como ‘cardenismo’.

El proceso cubano fue también sui generis. Es un proceso en el que se combinaron varios factores decisivos. Por una parte, un cuadro de jóvenes revolucionarios de primer nivel, en todos los sentidos. A esto habría que añadir la política de un gobierno imperialista abiertamente torpe y sorprendentemente ineficaz. Por último, la presencia de la Unión Soviética, una potencia que ayudó económica, militar, diplomática, cultural y políticamente al incipiente movimiento de liberación nacional cubano. Al igual que pasó en Rusia, el movimiento de transformación social se radicalizó en parte por la intervención extranjera. La idea de “Unión Soviética” no existía no digamos ya entre los proyectos de los mencheviques, sino que ni siquiera en el partido leninista originario. Fue la intervención extranjera (las tropas checoeslovacas, los contingentes polacos, el apoyo militar inglés, el no reconocimiento como país, etc.) lo que llevó al país post-zarista a irse radicalizando y a convertirse en algo completamente nuevo y que no había sido diseñado. Algo muy similar pasó en Cuba. Se sigue, si no me equivoco, que en relación con la radicalización del movimiento cubano de liberación es sobre los norteamericanos, esto es los enemigos mortales de la Revolución Cubana, sobre quien recae la mayor responsabilidad.

A mí me parece que lo realmente importante en las reflexiones sobre las grandes transformaciones sociales que tuvieron lugar en el siglo XX es estar en posición de hacer sumas y restas, es decir, los balances definitivos. Yo creo que la Revolución Rusa fue un proceso social exitoso. Es cierto que fue sólo después de tremendas convulsiones, de luchas internas encarnizadas, de guerras indeseadas, etc., que el pueblo ruso pudo finalmente auto-colocarse en una plataforma francamente privilegiada. En la actualidad sus niveles de educación, de acceso a bienes y servicios, de distribución de la riqueza, de garantías sociales, laborales, de cohesión social, de seguridad frente a otras potencias, etc., son realmente envidiables. Podríamos decirlo de esta manera: el pueblo ruso ya pagó su boleto para un largo periodo de felicidad. Algo parecido aunque quizá no exactamente lo mismo, por un sinnúmero de razones que habría que proporcionar, podemos decir de los pueblos chino y cubano: ellos ya pasaron por las etapas terribles de la transformación social y están preparados para acceder a niveles superiores de bienestar, en un sentido amplio de la expresión. Así vistas las cosas, es decir, a distancia en el tiempo, sin duda las revoluciones son mecanismos sociales que sirven para darles a los pueblos nuevos impulsos y nuevos bríos. Pero ¿y nuestro México?¿Qué nos dejó la Revolución Mexicana? Me gustaría decir que con ella superamos el latifundismo, pero cuando veo cómo se pueden manejar miles de hectáreas con diferentes nombres me temo que ni eso estemos en posición de decir. Lo que la Revolución Rusa nos enseña es que un movimiento de protesta social legítimo pero sin una auténtica ideología, de una visión política bien estructurada, sin una orientación clara y decidida, es una revolución fallida y es debatible qué sea peor, si la “no revolución” o la revolución frustrada y trunca. Por carecer de una genuina ideología política, una doctrina política que dejara atrás la estéril retórica de la democracia y la libertad, México se encaminó por la vereda de la mera búsqueda del bienestar personal, por el camino de la ideología del aprovechamiento burdo de lo que se tenga enfrente, por las sendas del verdadero desinterés por la nación. La Revolución Rusa en cambio fue ciertamente un proceso muy costoso en términos humanos pero cumplió con todas sus fases y dejó al pueblo ruso listo para los retos del Siglo XXI. La Revolución Mexicana también fue un movimiento social muy costoso sólo que frustrado, un proceso social que no dio los frutos que hubiera podido dar.

La Revolución Rusa fue un proceso grandioso que llevó en lo interno de la miseria y la injusticia a la modernización y a un muy decoroso nivel de vida y en lo externo de una posición secundaria a la posición de segunda superpotencia mundial. No es poco, pero a decir verdad fue más que eso. Con la creación de la Unión Soviética se demostró que nuevas formas de cultura son viables, que los seres humanos pueden ser moldeados por relaciones sociales de las que la codicia, el ansia de lucro, la costumbre del desperdicio, el ideal del parasitismo, la permanente destrucción de la naturaleza, el delirante consumo de toda clase de productos, que todo eso y más puede quedar expulsado. De manera imperfecta probablemente, pero no por ello menos real y menos convincente, la Revolución Rusa mostró que se puede construir un mundo en el que los seres humanos valgan por sus cualidades personales y no por sus posesiones. La Revolución Rusa mostró que el socialismo no tiene por qué ser nada más un anhelo de unos cuantos, sino que puede ser la plataforma adecuada para una felicidad compartida. Así vista, la desaparición de la Unión Soviética no fue otra cosa que la transición hacia formas superiores de vida, formas de vida que ciertamente no son un mero retroceso hacia vulgares modalidades de vida capitalistas ya superadas, y a las que el esforzado pueblo ruso tiene no sólo derecho sino todas las garantías que su tremendo pasado le proporciona.

El Significado de Donald Trump

Hablando con toda franqueza, la cantidad de sandeces que se dicen y escriben día a día sobre Donald Trump es escalofriante. En el conjunto de las aseveraciones y descripciones que de él se hacen habría que distinguir, obviamente, entre las desfiguraciones y tergiversaciones deliberadas y las que brotan más bien de la ignorancia de multitud de hechos, de la superficialidad de la visión que las anima, de las emociones que el personaje suscita o de la simple reproducción de lugares comunes e historietas inventadas destinadas a perpetuar una imagen previamente diseñada. A mi modo de ver, habría que admitir que las “versiones” que de él se dan son en general ridículas y sencillamente no encajan con la realidad cada vez que se les confronta con ella. Lo importante de esto, sin embargo, es que deja en claro que el personaje mismo, esto es, el presidente Donald Trump, sigue siendo esencialmente incomprendido, es decir, se sigue sin entender su significación política. Una forma de hacer ver que en general Trump no ha sido debidamente entendido es que mucha de la gente que hoy lo denuesta sería incapaz de explicar por qué hace 50 años hubiera sido imposible que ese mismo individuo hubiera sido no ya presidente de los Estados Unidos, sino siquiera candidato a la presidencia de ese país. Una diferencia tan grande entre esas dos situaciones tendría que poder ser explicada. Parece, en efecto, innegable que hace unos cuantos lustros todavía, Trump (o alguien como él) hubiera sido visto por el ciudadano norteamericano medio como un vulgar payaso a quien no se debería tomar demasiado en serio, pero si este contraste es tan evidente: ¿por qué nadie nos lo explica? ¿Se deberá ello a que la gente se volvió, por así decirlo, más laxa en sus juicios y expectativas o más bien son la situación general, la vida social en los Estados Unidos, el rol político que a nivel mundial juega ese país lo que se modificó drásticamente y que hace que ahora gente como Trump sea no sólo viable sino hasta indispensable? En otras palabras ¿acaso la diferencia no tiene más bien que ver con una radical modificación en la situación objetiva de los Estados Unidos? Por mi parte, pienso que ahí está la clave para esclarecer nuestro pequeño misterio: Trump es comprensible sólo si se entiende la evolución de esa peculiar democracia imperialista que son los Estados Unidos. Intentemos poner esto en claro.

Quizá debamos empezar por el principio. Un hecho incuestionable es que la sociedad estadounidense en su conjunto es una sociedad clasista, racista y sexista, por lo que la primera pregunta que tendríamos que plantearnos es: ¿cómo es que estos rasgos, definitorios de esa sociedad, permanecieron ocultos o como meramente latentes durante tantos años? Desde mi perspectiva, lo que ocultó tan tremendas realidades fue un binomio que sólo se conjuga en muy peculiares circunstancias, a saber, la combinación de un muy elevado nivel de vida con la capacidad de, por así decirlo, exportar los problemas internos sobre otros países y esto a su vez sólo era posible porque los Estados Unidos eran simultáneamente el país más rico del mundo y la indisputable super-potencia militar. No estará de más señalar que, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos muy rápidamente comprendieron que la guerra era el negocio por medio del cual podían mantenerse como la potencia hegemónica en el mundo, tanto económica como militarmente. Naturalmente, este status tomaba cuerpo en un sistema de relaciones de explotación de pueblos de todos los continentes y en el permanente recurso a la guerra, la cual era el instrumento para mantener sus envidiables niveles de empleo, de inversiones, para impulsar a sus universidades integrando así investigación de punta (sobre todo en áreas estratégicas) y negocios. Fue así como se conformó el gran complejo militar-industrial, el cual desde entonces es una de las plataformas políticas fundamentales dentro de los Estados Unidos. La guerra se instauró, lenta pero sistemáticamente, como el gran mecanismo de solución para problemas económicos y sociales. Parte del problema para ellos fue que, como era previsible, este esquema de solución terminó corrompiendo a los norteamericanos mismos. Téngase en cuenta que si lo que se quiere es bombardear e invadir un país hay que preparar el escenario: hay que inventarse enemigos (pueden ser los alemanes, los comunistas, los terroristas, los narcotraficantes, etc. Etiquetas nunca faltarán), hay que desarrollar técnicas de desestabilización política, hay que entrenar a mucha gente, incorporar a los mass-media para ir justificando cada una de las agresiones que se vayan preparando, etc., y, sobre todo, hay que aprender a ser indiferente ante el dolor humano que uno deliberadamente causa, hay que auto-enseñarse a mirar hacia otro lado cuando los soldados, los marines o lo que sea bombardean, aniquilan, torturan, etc., a las poblaciones “enemigas”: puede tratarse de coreanos, de vietnamitas, de afganos, de iraquíes, de sirios, de libaneses, de panameños, de chilenos, de argentinos, de salvadoreños y así indefinidamente. Los norteamericanos se hicieron expertos en todo eso. Repitiendo algo que todos sabemos pero que no por ello deja de ser verdad: no hay crimen imaginable que los norteamericanos, ya sea a través de su ejército o a través de sus “agencias de inteligencia”, no hayan cometido. Esta situación favorable cada vez más sólo para ellos y que se gestó por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial duró hasta hace poco. ¿Por qué? Porque la situación cambió, primero y sobre todo fuera de los Estados Unidos y después al interior de su propio país. Esta parte del cuadro tiene que quedar bien clara.

Lo que podríamos llamar la ‘desmoralización del pueblo norteamericano’ es el resultado de un muy largo proceso cultural y político. Durante mucho tiempo, sólo la Unión Soviética tuvo la capacidad de contener, en condiciones precarias, el brutal expansionismo norteamericano. El desmantelamiento de la Unión Soviética produjo en los medios políticos norteamericanos la agradable sensación de que se había por fin abatido al gran, al único real enemigo de los Estados Unidos (de la “democracia”) y los diversos gobiernos estadounidenses ocuparon hasta donde les fue posible el hueco dejado por la URSS. Eso les permitió, por medio de distintas mentiras como la de que Irak tenía armas de destrucción masiva, instalar bases militares en todo el mundo y en particular en el Medio Oriente y Asia. Pero el gusto no les duró mucho tiempo, porque casi podríamos decir que súbitamente la situación cambió: aparecieron dos rivales a los que los Estados Unidos no pueden tratar como tratan al resto de los países, a saber, Rusia y China. Aunque económicamente en una mejor situación que Rusia, militarmente no pueden con ella; la situación con China es la inversa: aunque militarmente podrían eventualmente destruirla sin ser destruidos, económicamente tienen perdida la batalla. Se sigue que el dúo “Rusia-China” sí puede parar el expansionismo norteamericano. Esto es relevante en relación con lo que hemos dicho, porque quiere decir que el fabuloso negocio de la guerra para la solución de los problemas internos tiene un límite infranqueable. Por otra parte, no estará de más notar que si bien es cierto que el ejército norteamericano está en todas partes y que los norteamericanos no han dejado de hacer la guerra prácticamente desde noviembre de 1941, los norteamericanos no han ganado las guerras que inventaron y en las que se hundieron: con Corea, a principios de los años 50, finalmente no pudieron, de Vietnam los sacaron a patadas, en Afganistán están empantanados y así sucesivamente. Eso sí: han causado con su estrategia de guerra permanente, columna vertebral de su política exterior, todo el dolor que se le pueda infligir a las personas, es decir, no sólo a quienes combaten contra ellos, sino a cientos de miles de civiles, a millones de inocentes que son víctimas sistemáticas de las intervenciones militares norteamericanas. Para acallar los reclamos de la conciencia, el ejército yanqui acuña expresiones como ‘daños colaterales’. Por ejemplo, el reporte a la prensa afirma que se destruyó un puesto militar si bien este ataque causó también “daños colaterales”, es decir, murieron decenas de niños, mujeres y ancianos, pero todos son meramente “daños colaterales”. De esta manera todos estamos conformes: el glorioso ejército norteamericano no quería ocasionar más pérdidas de vida, pero fue imposible no generar esos “daños colaterales”. Todo esto de hecho funciona (se llama ‘lavado de cerebro’), pero lo que no estaba previsto en todo este enfoque es justamente la desmoralización del ciudadano norteamericano. El que se le enseñe a la gente a regocijarse por el bombardeo de una ciudad, por la brutalidad cobarde de sus ejércitos de ocupación, tarde o temprano tendrá repercusiones en casa. Ese “dato” es importante para entender la situación actual y, con ella, a Trump.

Es evidente que si los grandes mecanismos de solución de problemas dejaban de operar la hasta entonces exitosa y triunfante sociedad capitalista norteamericana tenía que empezar a enfrentar dificultades que ya no iba a poder resolver como lo había venido haciendo. Por otra parte, los problemas sociales (económicos, raciales, culturales, etc.) que afectan a los Estados Unidos son obviamente acumulativos. Como ya señalé, aunque sumamente elásticos, de todos modos en la actualidad el gran mecanismo de la guerra tiene forzosamente límites por lo que, inevitablemente, habrán de surgir problemas al interior de los Estados Unidos que éstos ya no estarán en posición de resolver. ¿Qué clase de problemas? Todos aquellos precisamente que estaban ocultos o meramente latentes cuando los Estados Unidos mandaban, cuando eran la indiscutible superpotencia militar y cuando en ellos encarnaba el progreso del mundo: el racismo, el verdadero status mercantil de la mujer, el desempleo, un notorio descenso en el nivel de vida (i.e, de consumo), graves problemas de orden educacional (un sistema universitario sumamente elitista), obvios conflictos de intereses entre diversos sectores sociales, etc., etc. Y no debería perderse de vista el hecho de que conflictos morales, de desvalorización, problemas que brotan de la conciencia de ser odiados en todo el mundo y del reconocimiento de que a final de cuentas no se es portador de ninguna verdad trascendental, tampoco son menores cuando tienen un efecto masivo.

A los conflictos sociales y económicos de los Estados Unidos habría que añadir otros de carácter político, siendo probablemente el más importante el siguiente: por un sinnúmero de causas en las que no tenemos para qué entrar en este momento, en los Estados Unidos hay no uno sino dos gobiernos: el oficial, esto es, el asentado en la Casa Blanca, y el “profundo”, representado básicamente por el complejo militar-industrial, por el poderosísimo AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí) y por grupúsculos conformados por gente sumamente rica y poderosa, todos ellos más o menos coordinados entre sí. Sin entrar en detalles, se puede afirmar que, por razones más bien obvias, el AIPAC por ejemplo tiene bajo su control (.i.e., en su nómina) al Senado, a la Cámara de Representantes y a la gran mayoría de los gobernadores, además de tener incrustada en la Casa Blanca a multitud de agentes políticos en todos los niveles y comités del gobierno oficial. Esto explica por qué es lógicamente imposible que el gobierno norteamericano tenga una política coherente y genuinamente pro-norteamericana: hay dos gobiernos que comparten muchos objetivos pero que, como era de esperarse, no comparten todo. Y eso genera muy fuertes tensiones.

Sobre la base del cuadro delineado, estamos ahora sí en posición de preguntarnos: ¿quién es realmente Donald Trump? La respuesta es bastante simple: Donald Trump es el presidente de la gran potencia económica, militar, industrial, financiera, etc., que son los Estados Unidos en su primera gran fase de descomposición; es el presidente de lo que todavía es la hiper-potencia militar pero que dejó hace ya algún tiempo de ser el país con el más alto nivel del mundo, con el mejor sistema educativo, representando los más bellos ideales de la humanidad y así indefinidamente. Sólo un fanático negaría que hay muchos lugares en el mundo en donde se vive mucho mejor que en los Estados Unidos, es decir, se tiene el mismo o un mejor estándar de vida y no se vive hundido en la violencia, en las tensiones raciales, en los conflictos de clase, en el terror ante la acción policiaca y en muchos otros fenómenos sociales que se padecen en ese país. Trump es, pues, el presidente de la gran potencia mundial en su primera fase de decadencia. Esto, sin embargo, requiere ser ilustrado para resultar un poquito más convincente.

Es probable que la mejor expresión de crisis o de descomposición de un país sea el hecho de que en él pululen contradicciones de diversa naturaleza. Es relativamente obvio, por ejemplo, que los dos gobiernos norteamericanos, el oficial y el oficioso, tienen objetivos distintos y, por consiguiente, promueven políticas divergentes. A grandes rasgos, el gobierno de Washington tiende a ser nacionalista en tanto que el “estado profundo” tiende más bien a ser de carácter cosmopolita. Examinemos entonces el caso de la matanza en Las Vegas llevada a cabo por el multimillonario Stephen C. Paddock. Si nos manejamos bajo el supuesto de que en los Estados Unidos hay sólo un gobierno, a saber, el constituido legalmente, el evento en cuestión sencillamente no tiene ninguna explicación. La vida completa de Paddock ya fue revisada de arriba abajo y al día de hoy no se le ha proporcionado a la población norteamericana ni siquiera un esbozo de explicación de semejante acto de barbarie. Pero la cosa cambia si asumimos que en efecto hay dos gobiernos en los Estados Unidos, tan inmoral el uno como el otro desde luego. Entonces sí podemos por lo menos formular una hipótesis. La mía es la siguiente: yo pienso que hay grupos políticos, conglomerados de personas que manejan billones de dólares y que por lo tanto son tremendamente influyentes, interesados en promover toda una serie de reformas constitucionales que ellos saben que serán sumamente anti-populares (becas estudiantiles, seguros médicos, retiros, deudas bancarias, libertad de expresión, etc.). El problema es que en los Estados Unidos el ciudadano medio puede adquirir legalmente el arma que quiera, desde una navaja hasta un Kalashnikov. ¿Qué hacer en esas circunstancias? Desde el punto de vista del Estado “profundo” lo que hay que hacer es generar acciones de tal naturaleza que la gente misma acepte que hay que limitar el negocio de la venta de armas dentro del país. ¿Y por qué querrían hacer eso? La respuesta es obvia: para evitar una potencial sublevación. Bien, pero ¿cómo se logra encauzar a la gente hacia la posición que ellos quieren que la gente adopte? Por las buenas es imposible. Se tiene entonces que recurrir a las ya muy bien estudiadas tácticas terroristas practicadas durante décadas en otros países. Se busca a la persona apropiada, se le presiona o se le chantajea o se negocia con él o con ella, se promueve una odiosa masacre de gente inocente e inmediatamente después se pone el grito en el cielo (para eso está la prensa, que es parte del organigrama del gobierno profundo) y así se presiona al gobierno oficial para modificar la así llamada ‘Segunda Enmienda’, esto es, el segundo artículo de la Constitución de los Estados Unidos de acuerdo con el cual todos tienen derecho a defenderse, si es necesario, con armas. Pero Trump y la Casa Blanca resisten la presión a pesar de una carnicería como la de Las Vegas (y como muchas otras que han sucedido, dentro y fuera de los Estados Unidos). En resumen: las instituciones políticas norteamericanas están entrampadas en una especie de guerra: un gobierno jala hacia un lado y el otro en dirección opuesta. El resultado: crímenes, desprotección civil, tensiones políticas, desinformación propagandística, etc. En esta confrontación ya casi oficial, uno de los dos gobiernos naturalmente va tomando poco a poco la delantera.

Un segundo buen ejemplo de grave conflicto interno nos lo proporciona la negociación del Tratado de Libre Comercio. Trump, como nacionalista que es, aspira a generar fuentes de trabajo dentro de su país, castigado ya por las crisis propias de un sistema capitalista que no dispone ya de los mecanismos usuales para resolver y exportar sus conflictos. Para ello presiona con todo lo que puede para imponer las mejores condiciones comerciales y laborales para los Estados Unidos, en detrimento claro está de los intereses de México (y de Canadá). El problema es que las leyes del mercado no se manejan por medio de decretos presidenciales, ni siquiera si éstos emanan de la Casa Blanca. El gobierno oficial de los Estados Unidos, por consiguiente, entra en un abierto conflicto con amplios sectores de la industria y el comercio norteamericanos, los cuales buscan la máxima ganancia posible, independientemente de lo que piensen los burócratas de Washington y del sino laboral de los norteamericanos. Así, los intereses naturales de multitud de industrias chocan con los intereses de la población local y de un gobierno que finalmente no puede hacer gran cosa al respecto. Realmente no sé quién podría dudar de que en los tiempos venideros los conflictos de orden laboral en los Estados Unidos sólo irán in crescendo.

Un tercer ejemplo de grave contradicción interna a los Estados Unidos lo tenemos en el caso de la República Popular de Corea del Norte. Hace 50 años nadie se habría atrevido a amenazar a los Estados Unidos ni éstos habrían dudado en arrasar con su potencial enemigo. Pero, como ya se dijo, el uso de la fuerza ya no es libre y los nor-coreanos tuvieron las agallas para enfrentar la terrible presión militar, diplomática, financiera, comercial, etc., norteamericana. Los nor-coreanos, en toda su sabiduría, desarrollaron el único instrumento que puede disuadir a los norteamericanos, a saber, las armas atómicas, armas que ellos tienen la capacidad de colocar en ojivas y enviarlas muy lejos de sus fronteras. La evidente moraleja a nivel mundial que se puede extraer de la confrontación entre los Estados Unidos y la República Popular Democrática de Corea es que eso es lo único que detiene a los estadounidenses. Ellos saben que acabar con Nor-Corea, algo que sin duda pueden hacer, tendría un costo sumamente elevado. Difícilmente, además, podría China contemplar impertérrita el bombardeo atómico de su vecino! El gobierno norteamericano oficial echa entonces marcha atrás, pero al hacerlo choca con los intereses del complejo militar-industrial. Los más altos representantes de este último, sin embargo, no están dispuestos a ceder y en concordancia presionan para que los coreanos cometan un error y entonces puedan ellos pasar a la acción, independientemente de las consecuencias que ello entrañe! Un peligro inmenso que ciertamente se corre con los Estados Unidos es que en efecto hay gente (léase: los militares y la casta industrial con ellos asociada) dispuesta a todo con tal de no ver menguados sus privilegios. Es razonable pensar que el actual conflicto con Nor-Corea se podría resolver con relativa facilidad si hubiera un único gobierno en los Estados Unidos, pero mientras que un sector gubernamental ofrece dialogar el otro sector realiza ejercicios militares en la frontera, ordena vuelos permanentes amenazantes en los límites entre las dos Coreas, espía por todos los medios, boicotea por todos los medios al gobierno coreano, la bloquea en todos los frentes y foros internacionales, etc., etc. Conclusión: los Estados Unidos no tienen una política congruente en relación con Corea del Norte y ese es un síntoma más de su descompostura como país, una descompostura que inevitablemente complicará los problemas cada día más.

Un último ejemplo para ilustrar la tesis de que Trump es el presidente de la época de la incipiente putrefacción de la democracia imperialista norteamericana: el sistema de seguros médicos, el famoso “Obamacare”. Todo mundo sabe que los seguros, las jubilaciones, etc., son auténticos dolores de cabeza para los ministros de finanzas, de economía y demás en todas partes del mundo. Lo interesante es que ahora los norteamericanos están empezando a vivir conflictos sociales que nunca antes habían padecido. Ahora bien: ¿por qué Trump se convirtió en el enemigo número uno de un sistema de seguridad social que si bien distaba mucho de ser perfecto de todos modos sí constituía un apoyo para el cuentahabiente? Porque a diferencia de Obama, Trump prefiere favorecer los intereses de las compañías privadas en detrimento de los intereses del ciudadano norteamericano medio. Pero entendamos la situación: hubo una época en la que los intereses de las compañías y los de los cuentahabientes concordaban. El problema es que eso ya cambió y los diferentes gobiernos toman decisiones contradictorias. Están, por lo tanto, en una situación en la que todos pierden. La imagen de la sociedad norteamericana como una sociedad idílica es cosa del pasado y de un pasado que es cada vez más remoto.

Sinteticemos lo que hemos dicho. Queríamos saber quién es, políticamente hablando, Donald Trump. Ya tenemos nuestra respuesta: Trump es el presidente oficial de un país escindido políticamente y que nunca resolvió realmente sus problemas de fondo, esos problemas que durante decenios logró hábilmente ocultar. Los Estados Unidos son un país que claramente muestra lo que es el choque entre el desarrollo incesante de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, las leyes incluidas. Por ejemplo, no es posible vivir la revolución computacional y no generar desempleo masivo o dejar de garantizarle al trabajador un nivel de vida alto. Las leyes de bienestar implementadas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX se tienen que reformar y ello tiene que generar convulsiones sociales fuertes. Esa es la etapa en la que los Estados Unidos están entrando y Donald Trump es el gran símbolo de dicha fase, más allá de sus excentricidades y peculiaridades personales. Y aquí lo único que nos queda por preguntar y sobre lo que habría que reflexionar es si en su colosal proceso de cambio estructural los Estados Unidos lograrán transformarse para bien de sus grandes masas (y por lo tanto, para bien del mundo) o si no más bien, por su inmensa fuerza centrípeta, arrastrarán al resto del mundo en su proceso de decadencia y auto-destrucción.

Mediocridad Política y Opinión Pública

Una noción particularmente interesante pero singularmente elusiva es la idea de objetividad. No me propongo examinar dicho concepto aquí y ahora, sino que simplemente quiero llamar la atención sobre el hecho de que se es o no objetivo dentro de cierto marco conceptual y teórico y que lo que pasa por objetivo en un determinado contexto puede resultar no serlo en otro. A mi modo de ver, más que de objetividad total o a secas deberíamos en general hablar de grados de objetividad. Usaríamos entonces expresiones como ‘él es más objetivo que ella en eso’ o ‘esta explicación es más objetiva que aquella respecto a ese tema’, etc. Este enfoque de la objetividad nos ayuda a evaluar mejor multitud de situaciones y de juicios y resulta especialmente útil en ámbitos en los que con facilidad se mezclan pensamientos, emociones, pasiones, intereses y demás. Ese es claramente el caso de la política. Difícilmente podría ponerse en duda, por ejemplo, la idea de que mucho de las valoraciones y preferencias políticas que la gente manifiesta tener depende en gran medida del bagaje y del trasfondo ideológico del hablante sólo que, obviamente, el equipamiento ideológico varía de caso en caso. Así, el primer punto aclaratorio que hay que hacer es que nuestro trasfondo natural es el constituido por la clase política de nuestro país, por sus prácticas, su lenguaje, sus valores, etc. Sobre ese trasfondo se inscriben, primero, el sector constituido por toda clase de comentaristas y analistas políticos y, segundo, los ciudadanos en general. Esta estructuración de nuestro panorama político explica lo superficial de las evaluaciones o apreciaciones que día a día se hacen de nuestra vida política. Por ejemplo, es palpable, se siente la ausencia de un lenguaje político apropiado, por lo que los juicios, las evaluaciones y los análisis que se proponen rara vez rebasan el nivel de la charla coloquial y resultan en general ser increíblemente acríticos. Es cierto que, por su uso y abuso durante décadas, el léxico priista tradicional emanado de la Revolución Mexicana se fue desgastando al grado de convertirse en un lenguaje vacuo, pero no es menos cierto que cuando funcionó permitía generar explicaciones suficiente o al menos mínimamente aclaratorias de los sucesos políticos de la época, de los conflictos que se daban, de las decisiones que se tomaban. En la actualidad ya no tenemos ni eso. En nuestros tiempos las evaluaciones políticas brotan de valores y comparaciones que prácticamente no tienen nada que ver con la política en sentido estricto. No se usan categorías políticas para evaluar a los políticos. Más bien se les “evalúa” como personas, como mujeres u hombres, pero rara vez qua “animales políticos”. Así, dado que los políticos mexicanos constituyen una clase altamente homogénea, las posiciones políticas y los juicios de las personas sobre situaciones y personajes políticos se reducen a la mera expresión de gustos; la gente da a conocer sus opciones sobre la base de comparaciones pueriles, a menudo de orden personal y apelando a hechos por todos conocidos. Nos encontramos entonces entrampados en una especie de jaula en la que, por decirlo de algún modo, comparamos siempre lo semejante con lo semejante, lo mismo con lo mismo y eso hace que la gente quede satisfecha con las pseudo-explicaciones que se le dan o simplemente que acabe por volverse totalmente indiferente ante lo que sucede. En un contexto así, no es entonces difícil apelar a consideraciones de orden meramente individual para finalmente evaluar y jerarquizar a los políticos de que se trate: éste era más bien parecido que aquel, el otro tenía una esposa más distinguida que las de los demás, y así indefinidamente. Lo que todo esto indica es simplemente que es normal que dado nuestro trasfondo real de política mediocre el nivel de comprensión y de exigencia de explicación sea en México todavía brutalmente bajo. Es poco lo que el pueblo espera y es poco lo que los especialistas le dan.

Que en principio se podría disponer de un trasfondo diferente de manera que sobre dicha base se pudieran generar mejores explicaciones de los sucesos políticos de nuestro país es innegable, pero para ello tendríamos que tener a la mano no necesariamente teorías muy complejas, pero al menos sí estar en contacto con la vida y las realizaciones de grandes políticos (de antaño o contemporáneos), individuos que tuvieron objetivos impersonales grandiosos, personas a las que sencillamente no se les puede medir con el rasero con que se mide a, digamos, Vicente Fox, hombres que tenían intereses universales, objetivos que concernían al género humano en su conjunto y no meramente a ellos mismos y a sus acólitos. Pienso, desde luego, en seres como Alejandro el Grande, César, Napoleón, Bismarck o Fidel Castro. Si ese fuera nuestro trasfondo, automáticamente entenderíamos lo que es un político de alto nivel, un auténtico líder, alguien que efectivamente aspira a dirigir a su pueblo hacia la salvación y éxito. Un trasfondo así automáticamente exige mejores explicaciones de las acciones y las situaciones políticas de la vida cotidiana por parte de los comentaristas y entonces la gente puede conformarse una visión más objetiva de la realidad política en la que vive. Desgraciadamente, como dije más arriba, ese muy útil trasfondo está de facto vedado, por variadas razones, al ciudadano mexicano común.

Pero, se preguntaré el lector: ¿a qué viene todo esto? Lo que sucede es que, si le damos crédito a la prensa y a la televisión, tendríamos que estar conscientes de que además de los recientes temblores que padecimos se habría producido otro terremoto, sólo que uno político esta vez, a saber, el causado … por la renuncia de Margarita Zavala al PAN!!! Si hemos de creerle a los comentaristas, analistas, expositores, especialistas y demás, ello representaría casi una tragedia para México! Mi pregunta es: ¿no es esto una especie de burla? Por desgracia, creo que no: es simplemente la expresión del nivel de análisis y de discusión políticos del que disfrutamos en México, dado obviamente lo que denominé ‘nuestro trasfondo’. Una evaluación así no es una broma, puesto que quienes la enuncian creen ellos mismos en lo que están diciendo. Pero ¿cómo, sobre qué bases evaluar la tan trascendental decisión de tan trascendental agente político? Yo pienso que los ciudadanos mexicanos tenemos el derecho de preguntar: ¿quién, políticamente hablando, es Margarita Zavala?¿Por qué el hombre de la calle tendría que sentirse angustiado por la vergonzosa cuasi-expulsión de la Sra. Zavala de lo que fuera su partido, esto es, el PAN?¿Por qué la renuncia de la esposa del expresidente Calderón a dicho organismo político y su firme decisión de “seguir trabajando por México” habría de inquietar a la gente? Estas y otras preguntas semejantes exigen un examen, por veloz y limitado que sea.

Quizá debamos empezar por señalar, si queremos expresarnos con pulcritud, que en el fondo Margarita Zavala no renunció a nada sino que, habiendo perdido el juego de las intrigas y las presiones dentro de su propio partido, fue prácticamente expulsada del mismo sin mayores contemplaciones. Tampoco tenía muchas opciones. Su salida es hasta cierto punto comprensible en términos de dignidad, pero lo que ya no resulta tan inteligible es su ulterior intención de lanzarse como candidata independiente para buscar la presidencia de México en 2018! Al respecto, lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿en qué se funda dicha pretensión? Más concretamente: ¿cómo puede alguien querer llegar a la presidencia de México cuando de lo que ha dado muestras es de carecer por completo de una doctrina política que la avale, de una concepción global de México, de su pasado, su presente y su futuro, sin ningún programa específico y sobre todo sin más declaraciones que un montón de banalidades de la forma “México es más grande que todos nosotros”, “Quiero seguir trabajando por México”, “Yo no soy la causa sino el efecto” y fracesillas por el estilo?¿De qué se trata? Su famosa “declaración” mediante la cual anunció su “renuncia” al PAN fue todo lo que se quiera menos una declaración política. Fue una especie de recriminación personal en contra de quien dentro del PAN jugó más habilidosamente que ella, una especie de amarga queja porque las decisiones en su partido y la orientación que se le imprimió a éste no se ajustaron a sus caprichos (o a los de cierto grupo), pero nosotros seguimos en la expectativa: ¿en dónde, en todo ello, aparece la figura realmente política, más allá de las maniobras partidistas? En ningún momento. Es con asombro que nos preguntamos: ¿cómo se atreve una persona en esas condiciones a expresar públicamente su deseo de tomar parte en la contienda por la presidencia de la República?¿Será acaso por sus extraordinarias dotes de oratoria? Pero si se expresa como ama de casa! ¿O se deberá quizá a su formidable ideario político? Hasta donde yo sé nunca se dio a conocer por nada semejante. ¿Por su agudísimo olfato político (nada que ver, por ejemplo, con el de un político avezado como Andrés Manuel López Obrador)? Los hechos hablan por sí solos: está fuera de su partido. Su “renuncia” es la mejor prueba de su ineptitud palaciega y su falta de carisma. ¿Y se supone que tenemos que estremecernos por semejante situación? Lo peor del caso es que el asunto no acaba ahí: lo peor (inclusive para ella) consiste en que todos los mexicanos entendemos que su gran deseo de “seguir trabajando por México” se deriva directamente de lo que parece ser la tremenda nostalgia de su esposo, el ex-presidente de México, Felipe Calderón, por el poder y por todo lo que éste entraña. Esa es la raíz de toda su motivación y de su intenso deseo de “seguir trabajando por los mexicanos”. Lo que ni ella ni sus allegados parecen entender es que políticamente su desempeño sencillamente no tiene otra lectura. Nosotros le diríamos: ¿quiere usted aspirar a la presidencia de México? Por favor prepárese un poquito! Aprenda a hilar ideas, a engarzar pensamientos, a desarrollar temas; háblenos de derechos, de inversión estatal, de soberanía, de libertad de expresión, de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos, etc., etc., esto es, de temas políticos genuinos y no nos inunde con los “tengo ganas”, “yo quiero”, “no me dejaron”, etc., etc., que no sirven más que como termómetro para constatar el bajo nivel del juego político y del intercambio de ideas políticas en México. Seamos francos: espectáculo más lamentable en ese contexto es difícilmente visualizable.

Es, pues, evidente hasta para un infante que la fuerza motriz detrás de las aspiraciones de Doña Margarita lo es la colosal ambición de su marido y, sobre todo, lo que debe ser, como ya dije, una insoportable nostalgia por el poder, sentimiento que literalmente ha de agobiar al ex-presidente Calderón. Ese es, dicho sea de paso, otro fenómeno típico de nuestro mercado político digno de ser brevemente examinado. Aquí hay dos elementos involucrados. Por una parte, está el hecho de lo que significa llegar a un puesto (casi podríamos afirmar que el que sea), estar en la posición de ser quien toma (en el nivel que sea, si bien en este caso hablamos de la presidencia de México) las decisiones importantes y ser quien en primer lugar disfruta de todo lo que el poder supremo (en México) proporciona. Por la otra, está la triste realidad consistente en no estar ya en ese lugar clave y en constatar que a partir del momento en que se dejó de ocupar dicho puesto uno se encuentra súbitamente con que ya no es nadie (o casi), que a uno ya no le hacen caso, que de uno hasta se burlan sin que por ello corran a la gente de su centro de trabajo (como sucedió con Carmen Aristegui) y cosas por el estilo. Todo indica que ese es el caso del ex-presidente Calderón. No se necesita ser un vidente, por consiguiente, para adivinar quién sería el verdadero mandamás en México si Margarita Zavala se lanzara como candidata y si por alguna fantástica e inexplicable concatenación de contingencias ella ganara la presidencia de México. Si ese fuera el caso, tendríamos entonces que hablar de una nueva forma de re-elección! Afortunadamente, esa posibilidad es tan remota que cae en los límites de lo lógicamente absurdo.

Toda esta situación de mediocridad absorbente me lleva a compartir un pensamiento, que considero muy atinado, derivado de una experiencia familiar. Por razones de edad, yo tuve muy poco contacto con mi abuelo materno, el Lic. Narciso Bassols, pero creo recordarlo hablar en alguna ocasión y explicarle a alguien de la familia, en tono jocoso, que en relación con los puestos y las personas no había más que dos posibilidades: o el individuo hace al puesto, esto es, le da dignidad y lustre, lo realza, o es el puesto el que hace a la persona, al Don Nadie que momentáneamente lo ocupa. En el primer caso, cuando el hombre superior abandona un cargo es este último el que se ve empobrecido, no él; baja, por así decirlo, de calidad, puesto que de allí en adelante puede ser ocupado por cualquier mediocre con suerte. Cuando es lo segundo lo que sucede, como en la inmensa mayoría de los casos en nuestro país (y no sólo en él: piénsese en los Macri, los Busch, los Aznar, los Temer, etc.), quien ocupa un puesto importante se vuelve de pronto (en su contexto) el gran político, el eminente “doctor”, el supersabio. Naturalmente, tan pronto su periodo termina y él vuelve a ser el señor tal y tal, automáticamente se le deja de hacer caso y la persona en cuestión vuelve sin mucho entusiasmo al anonimato del cual quizá no debió nunca haber salido.

Regresando a Doña Margarita Zavala: ¿por qué tanta alharaca por su “dimisión”?¿Qué peligro corre México porque el grupo Calderón haya perdido la hegemonía dentro de su partido?¿Qué valores patrios están en entredicho?¿Por qué los mexicanos tendríamos que asustarnos por los dimes y diretes de una persona cuyo mayor mérito político es haber sido la esposa de un presidente de México? Respuestas genuinamente explicativas o aclaratorias a estas y a muchas otras preguntas como estas se generan de manera automática sólo cuando disponemos de un panorama de lo que es, como diría F. Nietzsche, la política del gran estilo, el juego político en el que intervienen personajes cuyos intereses personales ni siquiera afloran, cuando por lo que se lucha es por sólidos proyectos de bienestar social global. Si ese fuera nuestro trasfondo ideológico, entonces podríamos evaluar con un más alto grado de objetividad los diversos movimientos de los actores políticos y estaríamos en una mejor posición para apreciar los avances, los estancamientos y los retrocesos a que dan las tomas de decisiones de quienes en nuestro país le dedican su vida a “trabajar por los mexicanos”.

La Pseudo-Democracia en Acción

A decir verdad, no son pocas las cosas que nos disgustan de “La Democracia” en general (y desde luego de nuestra democracia mexicana en particular, pero sobre esto último no me pronunciaré aquí dado que no es propiamente hablando mi tema en esta ocasión). Me bastará con señalar que la democracia es un sistema político plagado de contradicciones, que justifica y legitima la injusticia social prevaleciente y que, por si fuera poco, sale extraordinariamente caro. Y un rasgo no muy importante pero particularmente odioso del concepto de democracia es que muy fácilmente se convierte en un instrumento para la descalificación del oponente político así como para el chantaje ideológico y la imposición de ideas. La maniobra más fácil y expedita para denostar y convertir en objeto público de escarnio a alguien es colocarle en forma efectiva el sambenito de “enemigo de la democracia”, así como la forma más vil y corriente de presentarse frente a los demás como alguien merecedor de todos nuestro respeto es auto-etiquetándose como “defensor a ultranza de la democracia”. Nosotros, que ya conocemos (y hemos padecido) algunas tácticas denigratorias como la mencionada sabemos que, cuando en un debate alguien recurre al “argumento de la democracia” (esto es, se señala que alguien en particular no es un adepto de ella o se le indica a los demás que uno está decididamente en su favor), lo que sucede es que a nuestro interlocutor se le acabaron los argumentos y se le secó el ingenio. O sea, esgrimir “la democracia” como argumento es indicar que se llegó al límite en la discusión racional. Es importante estar consciente de este uso fácil del concepto de democracia porque ello ayuda a comprender mejor algunas de las usuales inconsistencias en las que incurren precisamente quienes se presentan a derecha e izquierda como sus grandes abogados. La verdad es que en ocasiones el espectáculo a que dan lugar los propugnadores oficiales de la democracia alcanza el terreno de lo grotesco y nos quedamos boquiabiertos tratando de comprender cómo se puede ser tan declaradamente incoherente. Aquí el tema interesante, que no me propongo considerar pero que no quiero dejar de mencionar, es si esas inconsistencias se derivan de la naturaleza de la democracia misma o si simplemente responden a la torpeza de individuos concretos. En todo caso, para muestras un botón. Tomemos entonces el caso de Cataluña, es decir, el tema, ya no tan nuevo, de su potencial emancipación de España y del referéndum que el pueblo catalán exige que se lleve a cabo el 1º de octubre. ¿Qué podemos decir respecto a dicho proceso en relación con la democracia?

Para generar mi propia explicación del fenómeno catalán necesito introducir un principio heurístico fundamental y también traer a la memoria algunos datos históricos elementales que, me parece, son relevantes. Debo de entrada advertir que, contrariamente a lo que opinan los detractores de la liberación de Cataluña vis à vis el gobierno central asentado en Madrid, yo hago mío un principio leibniziano (adoptado también por muchos otros pensadores), a saber, el principio de razón suficiente. Lo que este principio enuncia es algo muy simple, viz., que no hay fenómeno (natural o social) que no tenga una explicación racional. Si posteriormente queremos denominar las explicaciones que se den como “causales” o de otro modo, ello es para nosotros aquí y ahora irrelevante. Lo que importa es admitir que lo racional consiste en partir de la idea de que los fenómenos de la naturaleza y el mundo social no son ni gratuitos ni arbitrarios ni ininteligibles. Este principio es muy útil cuando encaramos el problema catalán, porque de inmediato nos hace ver que si millones de personas expresan una tendencia, manifiestan un deseo, aspiran a construir algo que es diferente de lo que existe, ello no se puede ni describir ni presentar como un mero capricho, como algo totalmente incomprensible y hasta absurdo, porque de hacerlo estaríamos automáticamente repudiando el principio mencionado: estaríamos diciendo que hay un proceso histórico que no se explica! Por mi parte, considero que más bien es quien va en contra de la voluntad popular quien da claras muestras de no haber entendido nada y de no ser otra cosa que un fanático que se aferra a sus intereses y objetivos o un vulgar portavoz (en general, pagado) del status quo, con lo cual se pone de manifiesto o su debilidad o su deshonestidad intelectual (o, como diría Bertrand Russell, ambas cosas).

Por otra parte, yo creo que la comprensión cabal del actual fenómeno catalán requiere que esté uno familiarizado con la historia europea y a este respecto lo primero que habría que entender es que junto con sus maravillosos castillos y catedrales, sus tesoros culturales (de literatura, música, pintura, filosofía y demás), su inmensa lista de grandes hombres (César, Sto. Tomás, Galileo, etc.) nos topamos con el incuestionable hecho de que Europa es el continente de la guerra y de la explotación del hombre por el hombre. En todo caso lo que es incuestionable es que desde la conquista de Europa por parte de los indoeuropeos sus poblaciones no han dejado de guerrear. Como todo mundo lo sabe, Europa es un inmenso y complicadísimo mosaico humano, un heterogéneo conglomerado de pueblos, cada uno con sus lenguajes, tradiciones, folklor, complexiones físicas, aspectos, dietas, prejuicios, enemigos jurados, etc. Si hay un concepto de semejanzas de familia ese concepto es “europeo”: no existe la esencia de la “europeidad”, sino que todos los europeos se vinculan entre sí como los miembros de una familia. Un irlandés es muy parecido a un escocés y éste a un inglés, el cual es cercano a los galos y a los sajones, pero la relación entre un irlandés y un sajón ya no es tan fácil de percibir. O podemos empezar con Portugal. De inmediato vemos la conexión con Galicia y de allí pasamos al resto de España y de ésta al Mediodía francés, el cual nos lleva a Italia del norte desde la cual pasamos a Eslovenia y de ahí a Serbia y Rumanía, pero la vinculación entre un portugués y un rumano ya no es nada clara. Y el punto es: todos ellos son europeos. Son como los eslabones de una cadena: unos se vinculan con otros, pero entre muchos de ellos no hay ninguna vinculación obvia. Un polaco es un europeo, pero es muy diferente a un griego y éste de un danés. Sin embargo, usamos uno y el mismo concepto, a saber, “europeo”, para referirnos a todos y a cualesquiera de ellos.

Siendo así Europa, es comprensible que su historia sea una historia de conquistas, expansiones, revanchas, guerras, etc., a través de la cual los pueblos se fueron poco a poco y después de inmensos sacrificios acomodando en el continente y encontrando más o menos “su” territorio (eso no pasa con todas las etnias europeas, porque hasta donde yo sé los gitanos, por ejemplo, no tienen su propio país). Pero eso no quiere decir que la situación actual sea perfecta y refleje y recoja los intereses genuinos de todos los pueblos involucrados. No hay más que preguntarle a los escoceses, galeses, bretones, corsos o vascos, por mencionar sólo a los más prominentes de todos, si están satisfechos y si se sienten realizados formando parte del Reino Unido, de Francia o de España. Y, obviamente, Cataluña pertenece al club de los descontentos con el reparto actual de identidades políticas: los catalanes están convencidos de que no por estar ubicados en la península ibérica tienen entonces que pertenecer a España. Hay que ver entonces si los argumentos que los catalanes ofrecen son no sólo dignos de ser ponderados sino si son válidos y habría que actuar en consecuencia. Esto nos lleva al núcleo del problema.

Históricamente y dejando de lado multitud de detalles, podemos empezar a hablar de España tal como nosotros empleamos el vocablo a partir de la fusión de dos reinos, esto es, el de Isabel I de Castilla y el de Fernando II de Aragón. Es con los Reyes Católicos que, propiamente hablando, nace España. Ahora bien, para cuando esta España originaria nació Cataluña ya existía y no era parte del nuevo reino. Es cierto que Cataluña había quedado ligada a Aragón desde el siglo XII, pero eso no pasó de ser una vinculación meramente formal, puesto que siguió manteniendo sus leyes, su lenguaje, sus costumbres, etc. La anexión de Cataluña se produjo mucho después. Sin embargo, de una u otra manera a lo largo de los siglos los catalanes dieron la batalla y lograron mantener su autonomía. Y, como siempre pasa, mientras los negocios marchan viento en popa (como con la conquista de América) y en general la vida florece, inclusive divisiones esenciales tienden a borrarse y se deja de concederles importancia, pero cuando las situaciones cambian automáticamente esas realidades vuelven a manifestarse, puesto que nunca se extinguieron sino que simplemente estaban desaparecidas. Con el franquismo, la represión y la castellanización de Cataluña llegaron a su cúspide y ni así se logró su asimilación. La anexión de Cataluña a la España franquista y post-franquista nunca fue, vale la pena señalarlo, como la anexión de Austria por Alemania: con todo y sus diferencias, estos dos últimos son un mismo pueblo, tienen el mismo lenguaje y han sido partes uno del otro a lo largo de cientos de años. Ese simplemente no es el caso de Cataluña y Castilla. Por si fuera poco, Cataluña se convirtió en la provincia realmente rica de España y su dinero sirve para sostener al país. Casi el 20 % del PIB español proviene de Cataluña, la cual en recompensa recibe más o menos la mitad. Hasta donde logro ver, hay razones para estar inconforme. Ahora bien, los hechos mencionados conforman un cierto trasfondo comprensible hasta para un tarado, pero los anti-independentistas centralistas recurren una y otra vez a un argumento que hay que discutir. De acuerdo con ellos, el referéndum que planea el gobierno autónomo de Cataluña no se puede realizar, “porque es anti-constitucional”. Intentemos calibrar este argumento.

El conflicto se da entre, por una parte, una constitución que sólo reconoce como entidad política total al país, tal como éste está constituido y, por la otra, un pueblo y su gobierno que quieren hacer valer su derecho de expresión libre y de autonomía, tal como está reconocida por esa misma constitución. Vale la pena señalar también que pretender bloquear, detener o anular un referéndum masivamente solicitado equivale pura y llanamente a ponerle un bozal a la población. Al hacer esto, la constitución en cuestión automáticamente se vuelve inconsistente: incorpora derechos cuyas aplicaciones prohíbe. Es exactamente como si un padre le dijera a su hijo: “Si estudias te llevo al cine”, pero luego el niño estudia y el padre no lo lleva al cine. Aquí es donde aflora la hipocresía de los “pro-democracia” a la que aludí al inicio: el referéndum es anti-democrático, exclaman, cuando lo realmente anti-democrático es impedir que un pueblo exprese libremente su posición y sus más legítimas aspiraciones. Ahora resulta que lo realmente democrático es suprimir la libre expresión de ideas, tener un proyecto político propio y todo en aras de una constitución que avala una situación de sojuzgamiento que el pueblo en cuestión ya no tolera. Esa es precisamente la posición de Mariano Rajoy, el jerarca madrileño quien, no estará de más recordarlo, logró formar un gobierno después de dos intentos fallidos, lo cual da una idea de su popularidad, y que ahora está abocado a reprimir una vez más a la comunidad autónoma de Cataluña. Dado que en el fondo no tiene argumentos válidos para cancelar el referéndum programado para el 1º de octubre, su política no puede ser otra que la de la represión del pueblo catalán. En otras palabras, lo que el gran defensor de la democracia, Mariano Rajoy, hace es simplemente usar los instrumentos de los que dispone para callar a un pueblo que a gritos pide que se le permita expresarse sobre su identidad política y sobre el status de su gobierno. Es así como proceden, en España y en muchos otros lugares, los auto-proclamados defensores de la democracia.

Desde mi perspectiva, no sólo el “argumento de la legalidad” es claramente inválido, sino que pone de relieve la incapacidad política del gran “defensor de la democracia” (dan ganas de decir, “de la democracia madrileña” o también “de la democracia castellana”) que es el Sr. Rajoy para negociar y manejar políticamente una situación conflictiva que obviamente ya se le fue de las manos y que él ya no controla. Con la típica actitud de intolerancia que sistemáticamente adoptan los auto-proclamados “defensores de la democracia”, Rajoy (apoyado por lo que es la suprema corte española, el Tribunal Constitucional) ha iniciado su labor de presión sobre el gobierno autónomo de Cataluña restringiendo partidas (muchos miles de millones de euros) para evitar la organización de casillas, la papelería, la propaganda política usual (spots de radio, televisión, etc.), etc., que se requieren para un referéndum y, obviamente, la participación ciudadana. Pero es evidente que frente a una sociedad de un nivel cultural muy alto, tremendamente politizada (por lo menos a este respecto), con muchos mecanismos a la mano para sortear los escollos que el gobierno central pueda irle poniendo, lo único que el gobierno de Rajoy va a lograr será exacerbar los ánimos y radicalizar la posición independentista de la gran mayoría de los catalanes (muy probablemente no de todos). Lo que está claro en todo caso es que si las presiones económicas fallan, lógicamente el paso siguiente es la represión militar. Aquí hay que preguntarse: a la larga ¿qué prevalecerá: una decidida voluntad popular o una feroz intervención militar? Confieso en voz alta y por escrito mi propio punto de vista: Señor Rajoy: tiene usted perdida la partida!

Lo que llamé el ‘argumento de la constitución’ es claramente falaz y ello no es tan difícil de hacer ver. Para empezar, recordemos (como la idea me gusta la repito cada vez que se me presenta la oportunidad) que las constituciones son productos humanos. No es Dios, el ser perfecto, quien las elabora. Por lo tanto, son susceptibles tanto de ser justas como de ser injustas. Sólo un necio que no entiende nada podría empecinarse y considerar que sí hay constituciones que podrían resultar absolutamente inmodificables. ¿Cuál es entonces la situación? En condiciones de relativa estabilidad, de crecimiento sostenido, de ausencia de crisis humana y de valores, etc., etc., las constituciones efectivamente son los marcos dentro de los cuales fluye la vida social. Ellas la regulan. Pero es igualmente obvio que se pueden generar situaciones en las que es el marco constitucional mismo lo que estaría puesto en entredicho y cuando eso llega a suceder lo más torpe que puede hacerse es apelar al marco cuestionado para contener el reto que significa el haber sido puesto en crisis. Eso es una evidente petición de principio y es precisamente la falacia en la que incurren los cegatones legalistas que saben derivar teoremas pero no cuestionar axiomas. Son francamente ridículos y políticamente muy dañinos. Sólo alguien muy obcecado no percibe que lo que podríamos llamar la ‘revuelta catalana’ es un proceso  social que no lo para nadie y menos un político tan mediocre y tan falto de imaginación como Mariano Rajoy. Las negociaciones casi siempre son viables y cuando se está en una situación que uno en su fuero interno sabe que es tanto justa como imposible de detener, lo que hay que hacer es negociar, conceder, intercambiar una cosa por otra, etc., y no empeñarse en una batalla perdida de antemano. No es Rajoy quien le va a quitar al pueblo catalán lo que ya se volvió una obsesión nacionalista, un objetivo colectivo compartido y un gran deseo de conformar una entidad política con sus propios cuerpos diplomáticos, su presencia con voz y voto en múltiples foros y organismos internacionales, su aspiración a manejar su propio presupuesto, esto es, el que ese pueblo genera con su trabajo cotidiano, sus impuestos, etc. La política “a la Rajoy” lo único que logra es contraponer pueblos, violentar principios y perder importantes posiciones políticas. No cabe duda: esos auto-proclamados “defensores de la democracia” son de lo más contraproducente que pueda haber para la democracia misma.

Rajoy, dicho sea de paso, es un títere que sin poder resolver los problemas que tiene en casa pretende participar en otros tableros políticos internacionales, es decir, inmiscuirse en los asuntos internos de otros países, como si tuviera autoridad política y moral para ello! Sólo así entendemos sus comentarios, porque no son otra cosa, sobre el proceso que tiene lugar en Venezuela, un proceso genuinamente democrático del que él no tiene ni idea y ciertamente no permitiría (si de él dependiera) que ocurriera en España, así como su acerba pero superficial crítica del gobierno boliviariano de Venezuela. El problema para él es que se fue a enfrentar con un auténtico hombre de estado, como lo es el presidente Nicolás Maduro. Éste, ni tardo ni perezoso, le hizo ver que no pasa de ser un parlanchín contradictorio, alguien que va en contra de la libre expresión de los venezolanos para precisamente elaborar una nueva constitución, una constitución que refleje y recoja los avances realizados en el proceso socialista y nacionalista del Estado bolivariano. La verdad es que vale la pena citar al presidente Maduro. Dice: “Para Mariano Rajoy sí es legal una consulta paralela al Estado; pero no es legal el referendo que quiere el pueblo de Cataluña para decidir su estatus ante el Estado español. ¿Sobre qué referencia sacas tú, Rajoy, que el intento del pueblo de Cataluña es ilegal?”. Más transparente ni el agua cristalina de un manantial. Nos queda claro ahora el mensaje del auto-proclamado defensor de la democracia, uno más de esos pseudo-demócratas con quienes la discusión se vuelve un intercambio inservible de etiquetas y slogans: que haya referenda en todas partes del mundo, menos en Cataluña, que se criminalice la oposición política en España pero no en los países en donde se viven procesos emancipatorios permanentemente afectados por la acción ilegal de grupúsculos casi terroristas; que se mantenga y se respete el descarado elitismo español y que se exporte a países que pretenden madurar políticamente. Ese es el mensaje de los auto-proclamados defensores de la democracia, sus verdaderos enemigos, los que usan el bello ideal de la democracia para afianzarse en sus lujos y privilegios y para frenar todo impulso socialmente renovador. Y uno de sus mejores prototipos es el mediocre presidente de España, Mariano Rajoy. Santé!

¿Furia de la Naturaleza o Iniquidad Humana?

¡Pobre México! A la manera de una maldición bíblica, como una de esas plagas que nos cuentan que azotaron a Egipto, de pronto México se vio afectado por una serie de calamidades, a primera vista “naturales” y que, tanto por sus consecuencias como por las expectativas que suscitan, han hundido a sectores considerables de la población en el enojo, en la desesperación y en el miedo. Siguiendo con la interpretación bíblica de los sucesos, casi podríamos decir que así como la ciudad de Sodoma fue destruida por haberse convertido en una ciudad de vicio y de perversión, así también se podrían tener ganas de afirmar que la Ciudad de México habría sido castigada por todas las iniquidades que día a día en ella se cometen. El punto de partida de esta serie de calamidades, es cierto, no habría tenido mucho que ver directamente con la Ciudad de México aunque, en la medida en que una Secretaría de Estado está involucrada, también la capital del país lo habría estado. Me refiero, claro está, al tristemente célebre “socavón del Paso Exprés” de Cuernavaca. Concomitantemente, las lluvias arreciaron y entonces empezaron a sucederse, como año tras año, las cada vez más terribles inundaciones en la Ciudad de México. Y esta serie de catástrofes habría culminado el jueves a medianoche con un mini-terremoto que le puso los cabellos de punta a todos los habitantes de la ciudad. El parangón con Sodoma, inclusive si no lo tomamos demasiado en serio, es de todos modos sugerente.

Me parece que son dos las cosas que de inmediato se nos ocurre decir cuando pensamos en el asunto. Una es que las fuerzas naturales no operan como Dios y por lo tanto no tienen carácter moral y la otra es que tampoco es la Ciudad de México una ciudad de perdición, de depravación, de criminalidad, etc. Yo quisiera intentar cuestionar ambas tesis. Veamos hasta dónde podemos llegar en esta dirección.

Consideremos primero los fenómenos naturales. Obviamente, sería infantil pretender achacarles a los sucesos naturales (movimientos telúricos, lluvias torrenciales, etc.), considerados en sí mismos, un cariz moral. Los fenómenos naturales, hablando de ellos en abstracto, no son ni buenos ni malos. El problema es que nosotros nunca entramos en contacto con fenómenos naturales en, por así decirlo, estado puro: si llueve, llueve en sembradíos o en avenidas, si nieva, nieva en carreteras o en pistas de esquí, si se abre la tierra se hunde una banqueta o una carretera, y así sucesivamente. Es totalmente falseador imaginar el ser humano por un lado, la naturaleza por el otro y luego algo así como un encuentro casual entre ambos. Eso es a todas luces un pésimo cuadro de la realidad y el primer argumento que podríamos ofrecer para mostrar que en efecto lo es consiste simplemente en señalar que nosotros mismos ya somos parte del mundo natural. Por lo tanto, no hay tal distanciamiento, tal corte entre los fenómenos naturales, que serían, por así decirlo, neutros moralmente, y nosotros que, además de miembros del mundo natural, sí somos agentes morales. Con y por nosotros, la lluvia es benéfica o perjudicial, la sequía es útil o dañina, los vientos huracanados son aprovechables o destructivos y así sucesivamente. Esto lo podemos llevar al extremo y confirmar así lo que estoy tratando de afirmar. Por ejemplo,  gracias a que la NASA toma fotos de explosiones de Supernovas o de galaxias siendo tragadas por un hoyo negro o cosas por el estilo, lo que era mera naturaleza muerta se vuelve entonces de interés humano y entonces la naturaleza nos brinda la oportunidad de, verbigracia, disfrutar de colores que de otro modo serían inimaginables. O sea, hasta las más distantes de las estrellas adquieren súbitamente valor porque se convierten en objetos de contemplación estética. Esa es una forma de “aprovecharlas”, de disfrutarlas, de interactuar con ellas. Lo mismo sucede, mutatis mutandis, con los fenómenos naturales que ocurren en nuestro planeta: en la medida en que entramos en contacto con ellos, los fenómenos se vuelven, por así decirlo, buenos o malos, mejores o peores. Imaginemos, por ejemplo, que cae una terrible lluvia pero que, contrariamente a los hechos, la Ciudad de México contara con una red de desagüe renovada, con un sistema de tuberías de la mejor calidad y de las dimensiones apropiadas, con un sistema hidráulico sin fugas, con un cableado bien tendido, con alcantarillas limpias, bien desazolvadas, etc., etc. En ese caso, el aguacero daría lugar quizá a un magnífico espectáculo. Hasta puedo imaginar que hay lugares en donde eso es precisamente lo que pasa. En cambio, si ese mismo aguacero cae en una ciudad descuidada durante lustros, con la mitad de su tubería rota, plagada de parches y arreglos primitivos, con las cañerías repletas de basura, con mezclas de agua de lluvia con aguas negras y así indefinidamente, entonces ese aguacero es una catástrofe. Me parece entonces que se tendría que admitir que tan pronto entramos en contacto con algún proceso de la naturaleza, automáticamente lo humanizamos, lo transformamos y lo cargamos de valor. Nosotros no lidiamos con fenómenos naturales en estado de pureza. Intentemos entonces extraer consecuencias de dicho resultado.

Consideremos fenómenos como temblores o, más impactantes todavía, terremotos, como el de 1985. Alguien puede exclamar con indignación: “¡Bueno, es claro que se haga lo que se haga, objetivamente el terremoto tiene la fuerza que tiene, es incontrolable y sus efectos serán los mismos bajo cualquier circunstancia!”. El problema es que eso último es justamente lo que es demostrablemente falso. Es obvio que para evaluar qué tan dañino resultó un determinado terremoto es importante saber a qué a clase pertenece, donde está el epicentro, etc., pero de todos modos la intensidad cuenta. Ahora bien, es cierto que a diferencia del de 1985, el terremoto del jueves fue ondulatorio y no tan largo, pero también lo es que la diferencia en efectos fue descomunal: en el de 1985 se cayeron 10,000 edificios y murieron más de 30,000 personas. ¡Comparado con él, el temblor de hace unos días fue casi de risa, a pesar de haber sido inclusive de mayor intensidad! ¿Cómo nos explicamos la diferencia? Desde mi perspectiva, lo que pasó fue que el terremoto de 1985 tuvo un costo humano y material tan alto que los humanos de aquella porción del espacio-tiempo tuvieron que aprender una amarga lección: costó 30,000 muertos y gran parte de la ciudad en escombros para que los ingenieros dejaran de hacer construcciones endebles, para que dejaran de hacer trampas, de engañar a sus clientes (particulares o gubernamentales). En vista del costo material y humano tan elevado, se tuvieron que establecer nuevas reglas de construcción, imponer nuevas exigencias, usar nuevos materiales, etc. Es obvio que mucho de eso no se habría realizado si el desastre no hubiera sido tan grande. Ciertamente se logró vencer la indolencia de ingenieros y arquitectos, las malas costumbres de todos los que participaban en la industria de la construcción, así como la corrupción desenfrenada de quienes otorgan los permisos, etc., etc., pero sólo sobre la base de 30,000 muertos. Y es aquí que el contraste se vuelve interesante: habiéndose establecido por la fuerza de la naturaleza una nueva cultura de la construcción, un temblor de la misma intensidad que el de hace 32 años no generó todo el desastre que causó aquel del 19 de septiembre. ¿Cuál es la moraleja de todo esto? Yo pienso que salta a la vista: dentro de ciertos márgenes establecidos por la acción humana, bastante amplios y elásticos dicho sea de paso, es decir, en la medida en que no nos las estamos viendo con cataclismos de magnitudes absolutamente incontrolables (el huracán Irene, por ejemplo, o el tsunami de Japón), la destrucción que genera un fenómeno natural se incrementa o disminuye dependiendo de si los humanos se desprotegieron a sí mismos, de si emplearon correctamente o mal emplearon sus propias técnicas, etc., o no. Podemos, por consiguiente, razonablemente inferir que si el mundo de la construcción no hubiera estado tan corrompido en el 85 y la catástrofe no hubiera sido tan grande, los efectos de este último temblor habrían sido devastadores.

Es evidente que la naturaleza puede causar grandes daños, pero la magnitud de éstos depende en alguna medida de cuán preparados estemos para enfrentarlos y esto último a su vez depende de cuán corrupta sea una determinada sociedad. La sociedad mexicana en los 80 era terriblemente corrupta en lo que a construcción de edificios concernía, por lo que cuando se produjo un determinado fenómeno natural, un brutal temblor, la sociedad pagó el precio de su corrupción. Huelga decir que en estos ajustes de cuentas no necesariamente pagan los verdaderos culpables o no sólo ellos, pero ese no es el punto porque aquí estamos hablando de manera global. Tal vez al ingeniero tal y tal no se le cayó su casa (porque esa sí la hizo bien), pero quizá se cayó el hospital en cuya construcción él participó y en donde estaba algún pariente o algún amigo suyo. Esas ya son contingencias anecdóticas que sirven sólo o para darle lustre o brillo al relato y no tienen carácter demostrativo. Lo que es importante es que vinieron mejoras y muchos años después frente a un evento similar la sociedad mexicana estaba mejor preparada y ya no tuvo que pagar tanto como en otros tiempos, porque se vio obligada a hacer correcciones a los modos de construir casas y edificios. Y cualquier ingeniero nos podría dar una cátedra al respecto, pero de hecho estaría con ello avalando nuestra explicación. Así, pues, la naturaleza reviste tintes morales precisamente porque en nuestra interacción con ella somos nosotros quienes la vestimos, por así decirlo. Lo que hay que entender es que hay sociedades, como la danesa para dar un ejemplo, que la visten de un modo diferente de como la viste la sociedad mexicana. Allá en Dinamarca los ingenieros y los administradores públicos son menos corruptos y frente a las potencialmente terribles inundaciones que podría provocar el Mar del Norte optaron por construir diques que efectivamente evitan que se produzcan catástrofes “a la mexicana”. En México se requiere siempre pagar un costo social muy alto. Nosotros, por razones de orden lingüístico, ya no diremos que un dios enojado nos castiga, pero sí podemos afirmar que la naturaleza nos hace ver cuán indefensos estamos cuando enfurece.

Consideremos ahora el segundo punto, a saber, el de si hay algún parecido en lo absoluto entre la Ciudad de México y Sodoma para seguir con el paralelismo del castigo por los modos de vida de los habitantes de ambas ciudades. Es poco probable que los vicios y las perversiones sean los mismos. Yo no sé qué otras desviaciones se padecería en aquella ciudad bíblica aparte de lo que desde entonces se conoce como ‘sodomía’, pero lo que sí sé es que en México aparte de esa hay muchísimas otras perversiones y de las más variadas clases. Aquí, aparte de desviaciones de tipo sexual hay desviaciones de corte financiero, político, legal, deportivo, artístico, etc., etc. Todo mundo sabe que en la Ciudad de México a cualquier persona le puede pasar absolutamente cualquier cosa. Eso quiere decir que el habitante de la capital no tiene un mínimo de seguridad: lo mismo lo asaltan que lo estafan que lo matan. Todo se puede, sobre todo porque se puede actuar impunemente. La gente ya se acostumbró a eso. Pero es precisamente ese el elemento que nos permite equiparar a la ciudad de México con la mítica Sodoma.

Consideremos rápidamente las inundaciones y los socavones. Por lo visto, tienen que producirse situaciones tremendas para que se puedan desarrollar políticas que sean efectivamente progresistas. El problema es que socavones e inundaciones, si bien pueden dar lugar a decesos, de todos modos no generan miles de muertos. Por ellos a miles de personas se les destroza la existencia, pero ellas de todos modos siguen viviendo y entonces los responsables no consideran que haya suficientes elementos para introducir modificaciones en sus ámbitos de “trabajo”. Tomemos por caso el socavón del Paso Exprés en Cuernavaca. Allí murieron dos personas, padre e hijo, y “nada más” (¡a cuyos parientes, dicho sea de paso, se les indemnizó con un millón y medio por cada uno de ellos, en tanto que a las dos hijas de la señora suegra del Secretario Gerardo Ruiz Esparza se les indemnizó con 15 millones de pesos a cada una cuando murió al ser atropellada!). Entonces los responsables y culpables no sienten que haya mucho que modificar. No hay suficiente presión social para ello. El problema es que además del socavón de la carretera de Cuernavaca este año proliferaron los socavones en la Ciudad de México, además de las cada vez más terribles inundaciones que tuvieron lugar durante este periodo de lluvias. Pero, de nuevo, no son únicamente las lluvias, los deslaves o los hundimientos los causantes de la desgracia de cientos de familias: son todo eso en un marco formado por burócratas irresponsables, políticos corruptos, técnicos tramposos y empresarios fraudulentos. Toda esa maldad hace que fenómenos naturales se conviertan en terribles desastres. Así, la naturaleza golpea a la sociedad mexicana porque en ésta quienes toman las decisiones, quienes hacen los grandes negocios con las instituciones gubernamentales, los técnicos contratados para realizar las obras, etc., todos ellos hacen mal su trabajo: sólo piensan en aumentar ganancias, de por sí cuantiosas, bajando la calidad de los materiales usados, inventando nuevas necesidades para justificar mayores gastos y en general recurriendo a toda clase de triquiñuelas que tienen como resultado que la infraestructura de la capital sea francamente deplorable. No creo que tengamos que pensar mucho para dar ejemplos: se inundan (algo a primera vista inimaginable) los segundos pisos, cuando uno pasa en ellos de tramo a tramo inevitablemente se pasa por una especie de tope o de hoyo (porque los ingenieros no saben unir dos tramos), la carpeta asfáltica está en el peor estado de su historia y colonias enteras son víctimas de las al parecer inevitables inundaciones. A diferencia de las inundaciones en otros países, por si fuera poco, aquí son de aguas negras, de manera que una vez que una casa quedó inundada prácticamente todo lo afectado tiene que ser tirado a la basura. O sea, todo el trabajo de las personas acumulado en refrigeradores, estufas, salas, etc., se pierde en un santiamén. Las casas mismas quedan dañadas, impregnadas de una pestilencia horrorosa, generando infecciones, etc. El punto es: nada de eso es un desastre “natural”. Casi podríamos presentar la situación como sigue: los seres humanos aprovechan fenómenos naturales para auto-generarse desastres y posteriormente acusan a la naturaleza de los males ocasionados. Pero es una presentación deliberadamente tergiversadora la que le achaca los males a la naturaleza. Los culpables son los humanos y la naturaleza los castiga.

En resumen: es porque en México la corrupción reina en todas las actividades que día a día se realizan que la naturaleza, a través de sus procesos, castiga a los habitantes de la Ciudad de México. Como no se trata de un asunto de impartición de justicia, los mal llamados ‘desastres naturales’ recaen en general sobre los menos preparados, sobre la gente más humilde, en los sectores más pobres de la ciudad, etc. Se puede desde luego seguir echándole la culpa de todo lo que sucede a la Naturaleza, pero eso es en el mejor de los casos un auto-engaño, una forma de evitar de asumir responsabilidades y eso es precisamente lo que se debe a toda costa evitar.

¿Cómo avanzar en un marco de corrupción generalizada? No es fácil responder de manera directa a preguntas globales como esa, pero podemos remplazar la pregunta por otras y así, poco a poco, la vamos respondiendo. La primera que se me ocurre es: ¿cómo pueden producirse inundaciones y socavones sin que haya castigados penalmente? No tiene caso engañarse tratando de buscar culpables directos, porque no los vamos a encontrar, pero sí podemos encontrar culpables políticos, gente que disfrutó de sueldos, que dio órdenes, que hizo jugosos negocios, etc., estando al frente de instituciones y organizaciones, públicas o privadas. Si no hay multas fuertes, encarcelamientos, juicios políticos, etc., entonces seguirá reinando la corrupción, se seguirá actuando en forma anti-social y se seguirán produciendo “desastres naturales”. En otros países y en otras épocas (probablemente más sanas desde diversos puntos de vista) más de uno ya habría sido fusilado. El razonamiento habría sido algo como lo siguiente: “Tú estabas al frente de la institución, el ministerio, la empresa, etc., que se ocupaba de estos asuntos y como cayendo bajo tu jurisdicción se produjeron tales y cuales eventos negativos de magnitud social imposible de minimizar o ignorar. Por lo tanto, tienes que pagar y el pago por el millonario daño ocasionado a cientos de familias, por los muertos, etc., es la horca o el fusilamiento o la silla eléctrica. ¡Elije!”. Yo estoy seguro de que con castigos ejemplares las cosas se irían componiendo muy rápidamente. Y ¿cuál sería el efecto casi inmediato de ello? Que la naturaleza ya no estaría tan enojada y dejaría casi automáticamente de castigar al pueblo de México.

Agonía Imperial

¿Cuál te parece, amable lector, más absurda: la idea de vivir eternamente o la idea de que puede haber un imperio que se mantenga como el Estado protagónico, el Estado Imperial por los siglos de los siglos? Por razones en las que, desafortunadamente, no puedo entrar aquí y ahora, lo cierto es que la obsesión con la idea de una vida sin fin poco a poco se ha ido diluyendo para finalmente casi desaparecer por completo de la conciencia colectiva. Vale la pena señalar que el que semejante pretensión haya ido poco a poco perdiendo vigencia en la mente de la gente no se explica por la formulación de potentes y ultra-claros argumentos, científicos o filosóficos, sino más bien por grandes cambios culturales, alteraciones profundas en los modos de vida que poco a poco fueron desviando la atención y los intereses de las personas en otras direcciones, como por ejemplo el deseo de vivir intensamente esta vida, sin preocuparse mayormente por lo que se supone que podría suceder en la siguiente. La idea de una vida de ultra-tumba quedó reservada para la fabulosa ilogicidad hollywoodense, pero ya no le quita el sueño al ciudadano común, como ciertamente lo hacía hace 10 siglos. A esa persona que piensa en pasarla bien, tener una familia, tener el nivel de vida (i.e., de consumo) más alto posible, tomar mucho alcohol, tener muchas relaciones sexuales y comer muchos tacos al pastor, la idea de una vida futura no le sirve de gran cosa, en el sentido de que no lo orienta en su vida cotidiana. Sencillamente, no la toma en cuenta. Así, pues, de puro obsoleto un deseo como el de querer vivir eternamente, sin saber ni siquiera bien a bien qué se quiere decir, ya no forma parte de nuestra galaxia de ideas y valores y, por lo tanto, no entra ya en nuestras prácticas, en nuestra existencia de todos los días. La idea de vida (individual) eterna pasó de ser una idea rectora a una idea casi incomprensible y enteramente inútil.

Por increíble que parezca, lo cierto es que si bien la idea de eternidad a nivel individual ya no entra en nuestros pensamientos más íntimos, la idea de un Estado imperial eterno en cambio parece resultarle a muchos más viable y, sobre todo, más aceptable. No obstante, en mi opinión una idea así es tan absurda como la idea de vida eterna o más, además de ser en mi opinión relativamente más fácil de desechar. Bien visto el asunto, pocas cosas hay tan ridículas como concepciones políticas que brotan en momentos de exaltación derivados de grandes triunfos concretos pero que son presentadas como si su validez rebasara con mucho sus limitadas coordenadas históricas. Un ejemplo de sandez “teórica” de esa estirpe fue la ridícula tesis del “fin de la historia”, elaborada a raíz del derrumbe del socialismo real y de la extinción de la Unión Soviética. Tan pronto el enemigo jurado del capitalismo monopolisto-financiero-imperialista (o sea, la URSS) finalmente se apagó, los ideólogos y demagogos a sueldo del sistema triunfador (los “Harvard professors” del momento) ni tardos ni perezosos dieron rienda suelta a su euforia ideológica y empezaron a pulular los cuentos de ficción acerca de un país que nunca más volvería a tener un rival digno de ser temido, que a partir de ese momento hasta la destrucción natural del planeta dicho país reinaría en forma indiscutible sobre la faz de la Tierra y cosas por el estilo. Huelga decir que ese país, en el que supuestamente estarían encarnadas todas las virtudes humanas y los valores supremos de los seres humanos, son los Estados Unidos. Aparentemente, la civilización americana era el punto culminante en la historia humana (por no decir del universo!).

Dejando de lado los escalofríos que genera una distopía tan horrenda como esa, lo cierto es que 20 años bastaron para hacer ver que la tesis en cuestión no pasaba de ser un insulso fraude ideológico, que las cosas no son tan sencillas y que la humanidad no evoluciona de manera tan simplista. Ahora bien, dado que “hacer ver” no es lo mismo que “refutar”, para nosotros la cuestión es: dado que los data con los que uno cuenta son congruentes con múltiples teorías: ¿cómo se refuta una “teoría” así? Más aún: dejando de lado lo que de hecho sabemos ¿es en principio factible refutar formalmente una “teoría” como la de que el imperio norteamericano es eterno, construida cuando éste estaba en su apogeo, cuando había alcanzado su clímax?

Yo creo que en este contexto en particular así como no hay demostraciones de nada tampoco hay refutaciones formales de tesis, hipótesis o teorías. Pero eso no significa que no podamos argumentar en un sentido o en otro. Si bien no hay ni demostraciones ni refutaciones sí hay argumentaciones con diferentes grados de plausibilidad; después de todo, algunas propuestas tiene que ser más convincentes o atractivas que otras. Y, como era de esperarse, yo sí creo que hay formas de razonar que llevan a pensar que lo que algunos se imaginaron que era un imperio que habría de durar más de mil años (asumo que sus partidarios querían algo superior al Tercer Reich, que estaba pensado nada más para mil) en realidad está por desmoronarse. Aquí hay dos puntos que quisiera enfatizar. Primero y paradójicamente, el argumento para mostrar que el supuesto imperio eterno no es tal gira en torno a la idea de poderío militar y, por ende, en torno a la idea de violencia bestial como único mecanismo para la resolución de conflictos; y, segundo, que lo que en efecto es imposible prever son las consecuencias derivadas de su derrota final. Veamos esto más en detalle.

Supongamos que pudiéramos tomarle una radiografía política al planeta: ¿qué veríamos? Yo creo que la respuesta es obvia: veríamos algo así como un planeta enfermo. En verdad, se siente la tentación de decir ‘desahuciado’ y desde luego agotado (humanamente, en su flora, en su fauna, en sus océanos, sus subsuelos, su atmósfera, etc.). Pero si quisiéramos explicarnos su estado: ¿a qué le atribuiríamos su situación? Una respuesta a primera vista inobjetable sería que el planeta está así precisamente porque el Estado hegemónico, el Estado imperial, desde un punto de vista histórico probablemente el peor de todos, es decir, el Estado que más que ningún otro le imprime su impronta al planeta, que lo marca y en más de un sentido orienta o dirige, está entrando en una fase ya perceptible de descomposición. Esta fase es inevitablemente de, por así decirlo, sacudidas políticas severas, espasmos sociales violentos, convulsiones económicas cada vez más graves. Pero ¿cómo determinar si efectivamente el imperio americano inició ya su proceso de descomposición, cómo saber (como se dice) “a ciencia cierta” si lo que estamos viendo no es más que una crisis pasajera y que todo lo que se quiera añadir no pasa de ser mero wishful thinking?

En mi opinión, disponemos con suficientes elementos como para sostener que el zenit americano definitivamente ya quedó atrás. Los signos que tengo en mente son tanto internos a dicho país como externos a él. Los más notorios son, sin duda alguna, los factores externos, los cuales muestran de manera objetiva que la expansión del imperio alcanzó sus límites, pero en mi opinión los simbólicamente más relevantes son los internos. Echémosle un rápido vistazo a estas dos clases de realidades políticas.

El dato fundamental en política mundial es que, a diferencia de lo que, quisiérase o no, tenía que admitirse hace todavía un par de décadas, los norteamericanos ya no son los amos del planeta. Es cierto que sus tropas están desperdigadas por todo el mundo en cientos de bases militares, pero lo que ahora todo mundo entiende es que no están allí para imponer y hacer valer la ley, porque ¿cómo podrían ellos ser los abanderados de la legalidad si desde hace mucho tiempo ya dejaron de ser los representantes de las leyes internacionales, si son los primeros en romperlas? Las sanciones impuestas a Rusia, por ejemplo, entran en ostensiblemente en conflicto con las leyes internacionales de comercio, además de ser ridículamente ineficaces. El soldado norteamericano, que otrora se presentara (y se auto-representara a sí mismo) como un soldado de libertad y como defensor de la democracia, se fue convirtiendo poco a poco en un soldado pirata que lo único que lleva a donde hace su aparición es terror, destrucción y muerte. No hay población en el mundo que espontáneamente le dé la bienvenida al soldado norteamericano, que lo reciba como héroe liberador (con la posible excepción de Polonia, y eso de sólo un sector de la población de ese país). A estas alturas, todo mundo entiende ya que el soldado yanqui trabaja básicamente para defender y salvaguardar los intereses de los dueños de su país, esto es, las grandes corporaciones y los bancos. En este sentido, el ejército norteamericano es casi un ejército privado y en ese sentido es, contrariamente a las apariencias, simplemente un ejército de mercenarios, de condottiere. Si no queremos caer en juegos demagógicos burdos: ¿tendría algún sentido siquiera afirmar que el soldado norteamericano está en Afganistán para defender la democracia, la justicia, la libertad del pueblo afgano, para promover la liberación de las mujeres, para luchar en contra de la producción de amapola, para construir escuelas y hospitales?¿O podría decirse que está allá para defender los intereses del ciudadano medio de, digamos, Iowa o de Pennsylvania, porque las familias de esos estados de la unión americana estarían gravemente amenazadas por los talibanes o por el Estado Islámico? Preguntas como esas son hasta chistosas, por lo que no creo que haya una persona en el mundo con dos dedos de sesos y un mínimo de información que estuviera dispuesta a tomarlas en serio y responder afirmativamente a cualquiera de ellas. De hecho, más en general y contemplando las cosas retrospectivamente, ahora podemos decir del militar norteamericano que éste nunca fue un militar liberador, ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial (¿qué clase de “liberador” es alguien que lanza una bomba atómica en contra de una ciudad prácticamente indefensa?). Es verdad que los norteamericanos siguen teniendo primacía militar sobre Rusia y sobre China, pero eso en cierto sentido es ya irrelevante por una sencilla razón: aunque todavía sean superiores militarmente, por lo menos en el caso de Rusia (y de China dentro de una década a más tardar) su superioridad no basta para ganar el enfrentamiento mediante un inicial ataque sorpresa. Entonces aunque sean superiores no lo son ya suficientemente. De hecho, podríamos decir que (afortunadamente y también gracias a la astucia de algunos de sus interlocutores y adversarios) dejaron pasar su oportunidad. Tienen, desde luego, la opción de lanzar un ataque sorpresa y totalmente destructor, pero ellos lo harían a sabiendas de que serían inmediatamente destruidos, por lo que sería tanto criminal como suicida intentar algo así y por lo tanto no es esa una línea político-militar que tenga mucho sentido adoptar. Los nuevos equilibrios militares en cambio sí explican los cambios en las correlaciones de fuerzas y en las actuaciones políticas: hace 20 años al gobierno chino ni siquiera se le habría ocurrido generar islas artificiales en el Mar de China, como lo ha hecho ahora, islas a las que ha convertido en muy útiles bastiones militares. Ya no hay forma de sacarla de allí, independientemente de las amenazas del gobierno imperial. El punto es simple: el gigante guerrero invencible de Norteamérica dejó de serlo. Sus caprichos geoestratégicos ya no son acatados al pie de la letra por todo mundo. Y China no es el único caso. En pocas palabras: el mundo ya no está a disposición del amo norteamericano. Esa fase de la historia ya terminó.

Si ahora examinamos los signos internos para tratar de apreciar el grado de salud del Estado norteamericano, a mí me parece que la situación es inclusive mucho más clara. Para comprender lo que está pasando tenemos que hacer un esfuerzo por entender los cambios que se han venido produciendo. Muy rara vez en otros tiempos, salvo por ejemplo durante las convenciones de los dos grandes partidos, se había visto que la policía norteamericana reprimiera a ciudadanos norteamericanos blancos. Negros, chicanos, habitantes originarios y demás siempre fueron objeto de represión en los Estados Unidos, pero no los ciudadanos de origen anglo-sajón, escandinavo, los “wasps”. Cualquier percibe ahora que el papel de las fuerzas del orden en los Estados Unidos pasó de ser un instrumento de legalidad a ser un instrumento de represión política. Los Estados Unidos poco a poco (y, no obstante, muy rápidamente) se fueron transformando en una cada vez más visible plutocracia, lo cual genera tensiones cada vez más graves entre las clases pudientes y las clases trabajadoras de ese país. Lo que ocultó siempre las contradicciones internas al sistema fue el alto nivel de vida de los ciudadanos, el “full employment” del que gozaron en diversos momentos de su historia, pero eso es ya parte de su pasado. La verdad importante es la siguiente: por primera vez se siente en los Estados Unidos lo que es la lucha de clases. Esta lucha interna ha impedido, por ejemplo, que se construya y eche a andar un genuino sistema público de seguridad social. Si ello no se logra no es porque sean tontos, sino porque hay intereses contrapuestos operantes, los de las compañías aseguradoras, por una parte, y los de los asegurados, la gente en general, por la otra y el gobierno ya no sabe qué hacer. Rara vez son los intereses de las clases populares los que prevalecen. El repudio del “Obamacare”, que era una forma incipiente de seguro social, una componenda que implicaba un inmenso subsidio gubernamental, es un buen ejemplo de ello. En todo caso, lo que hay que entender es que es la sociedad americana en su conjunto lo que está en crisis. La estrategia retórica de D. Trump, consistente en echarle la culpa al resto del mundo por los conflictos internos de su país, es sólo un expediente de demagogia barata, no el resultado de ningún análisis serio. ¿Cómo es posible decir en público que el TLC sólo ha servido a los intereses de México cuando ellos desde el arranque fijaron los principios y las reglas del tratado? Más bien, lo que pasa es que los verdaderos gobernantes en los Estados Unidos se niegan a aceptar que su sistema de reparto de la riqueza está viciado, que su sistema de impartición de justicia está corrompido y que la superación de sus contradicciones sólo puede emanar de una profunda transformación interna. ¿De qué clase de transformación estamos hablando? De un cambio en el que los intereses genuinamente populares triunfen frente a las ambiciones sin límite de las grandes compañías trasnacionales y de la banca mundial (no me atrevo, pero estoy tentado de decir que lo único que pude salvar a los Estados Unidos es lo que sus élites más temen, a saber, el socialismo). El problema es que nada de eso se logra por decreto o por pasajeros movimientos sociales, por virulentos que resulten ser. La transformación social que se requiere para superar las contradicciones de la sociedad norteamericana presupone lo que podríamos llamar ‘incubación política’ (politización, maduración ideológica, etc.) y el pueblo norteamericano apenas está empezando a entrar en ese proceso. Para dar una idea de la clase de proceso preparatorio que tengo en mente daré un ejemplo: la Revolución Rusa requirió de un proceso de incubación de no menos de 100 años. Fue al cabo de un siglo de protestas, luchas clandestinas, proliferación de grupos revolucionarios, manifestaciones violentas y represión (piénsese en, por ejemplo, la Ochrana (ojrana, seguridad, protección), que era algo así como la CIA del zar), surgimiento de grandes figuras, etc., etc., que pudo darse el movimiento político que culminó con el aniquilamiento del zarismo. Yo ni mucho menos pretendo afirmar que tengo alguna idea de cuánto tiempo se requerirá para que la sociedad norteamericana logre despertarse de su “sueño dogmático”. De que no es para mañana podemos estar seguros, pero de que un proceso así ya está iniciado también.

Hablé más arriba de abuso de la violencia y de la fuerza. El Estado que hace 50 años quitaba y ponía gobernantes como más le convenía sin mayores problemas o con problemas pero con mucho éxito, el que organizaba golpes de Estado a derecha e izquierda, tanto en Irán como en Chile, el que llevaba e institucionalizaba la tortura en los países en los que se gestaban los así llamados ‘movimientos de liberación nacional’, ese Estado ya no puede imponerse como antaño. Sus horripilantes planes de dominación son fallidos. Puede ciertamente llevar el horror y la destrucción, pero eso precisamente es el núcleo del argumento: eso es todo lo que pueden hacer. El ejercicio de su poderío no tiene más que una faceta negativa, real, incuestionable, pero meramente negativa. La parte constructiva de su participación en el mundo, parte integral de todo imperio que se respeta, se ha ido opacando hasta volverse casi invisible: la gran superpotencia mundial no ayuda ni a Haití (que es de hecho, desde 1915, un país ocupado por los norteamericanos); sus “negociaciones” se reducen a puras amenazas (esto lo pueden corroborar los actuales negociadores mexicanos del tristemente célebre Tratado de Libre Comercio. El saludo amenaza inicial fue “Si no aceptan nuestras condiciones nos salimos del tratado!”); los Estados Unidos no juegan ya ningún papel civilizatorio positivo o constructivo, están marcados por el racismo y la xenofobia y por increíbles y cada vez más notorias e indignantes diferencias sociales. En los Estados Unidos hay en realidad dos gobiernos (como lo pone de relieve el hecho de que Trump esté en la vía de la destitución), lo cual es un signo innegable de descomposición institucional. En verdad, en lugar del “sueño americano” de ahora en adelante se debería hablar más bien de la “pesadilla americana”. La fase constructiva del imperio norteamericano, si la hubo, quedó rebasada. La bandera norteamericana es ahora la figura siniestra del soldado de lentes oscuros y armado hasta los dientes, una especie de robocop, el policía idealizado por el odioso Verhoeven. ¿Cuál es en estas condiciones el único mecanismo para lidiar con ellos?

Yo creo que la mejor lección que nos da la política contemporánea proviene de un pequeño país asiático, sometido a toda clase de brutales presiones comerciales, diplomáticas y militares (ejercicios permanentes, espiados, amenazados, etc.), pero que optó sin titubeos por la auto-defensa total. Me refiero a Nor-Corea, un país injustamente vilipendiado, deformado a través de una prensa que no es otra cosa que un arma política más y cuya función es la distorsión mental sistemática de los habitantes del planeta. Pero Nor-Corea se aferró a su armamento nuclear (disponiendo ahora ni más ni menos que de bombas de hidrógeno!) y con eso garantizó su existencia. Podemos estar seguros de que los norcoreanos no van a salir a conquistar a nadie, pero no se van a dejar intimidar por la gigantesca maquinaria guerrera norteamericana. Al parecer esa es la fórmula para defenderse de una metrópoli que sólo sabe sobrevivir por la fuerza. Es claro que no todos los países pueden desarrollar armamento atómico, pero todos los países pueden intentar al menos hacer valer sus derechos, en foros internacionales y aprendiendo, como Venezuela, a generar la base social que les permita independizarse del verdadero imperio del mal. Ya es más que tiempo de que el famoso edificio newyorkino del Estado Imperial sea remplazado por un magnífico edificio consagrado a la paz y a la amistad entre los pueblos de la Tierra.

La Política al Revés

Es evidente que en México prevalece una concepción enteramente diluida y distorsionada, una noción primitiva y poco interesante de la política y, por ende, del político. Grosso modo, para el hombre común, para el hablante normal, los bandoleros se dividen básicamente entre los que no tienen el respaldo de la ley y del poder público y lo que sí gozan de ambas cosas. La política es vista en nuestro país, no injustificadamente, como una profesión más sólo que en lugar de que el objetivo de dicha profesión sea la adquisición de conocimientos y de que su motivación sea contribuir en algo al bienestar de la humanidad, la carrera de política (no confundir, desde luego, con la carrera de ciencias políticas) tiene como objetivo, primero, entrar y mantenerse hasta donde resulte factible en las esferas del poder y de la toma de decisiones y, segundo, enriquecerse todo lo que se pueda (lo cual, para que valga la pena, tiene que ser una meta alcanzable sólo en forma ilegítima, obviamente). Quiero informarle al amable lector que eso no es la política y que no es en eso que consiste ser un político, en el sentido genuino de palabra. Un verdadero político es un individuo que, como si tuviera tentáculos o antenas, se nutre simultáneamente en por lo menos cuatro importantes áreas o dimensiones de la vida social. Tiene, desde luego, que ser un hombre hábil, osado, que sepa moverse en el mundo de las traiciones arteras y de las intrigas palaciegas, un hombre que aprenda, con base en la experiencia, a medir situaciones y a calibrar a los seres humanos a fin de lidiar con ellos de manera más exitosa cada día. Pero ni mucho menos se agotan con estas habilidades las cualidades del verdadero político. El verdadero político es un hombre moralmente correcto, lo cual significa en primer lugar que es una persona que, sin esperar a que vengan a hacerlo por él, se auto-impone límites, alguien que asume de entrada que no todo le está permitido y que está consciente de que no tiene derecho a tratar a los demás simplemente como medios para la obtención de sus propios fines, que en su fatuo egotismo él considera superiores. En tercer lugar, un político en serio es también un hombre con objetivos impersonales, imbuido de motivaciones y deseos concernientes al bienestar de la población, lo cual naturalmente quiere decir que tiene preocupaciones sinceras respecto al bienestar y la seguridad de las grandes masas y de los grupos sociales más desprotegidos y vulnerables. Esto, yo creo, es perfectamente comprensible, porque realmente ¿cuál sería el mérito de preocuparse por el bienestar de los que ya viven bien y mucho mejor que los demás? El interés por quedar bien con los poderosos y los super-ricos sólo se explica por el anhelo de congraciarse con ellos para aproximarse, aunque sea a distancia, a su mundo y tratar de llegar a ser parte de él, sin que importe cuán irresponsable y perruna deba ser su conducta para alcanzar el fruto deseado. Ambiciones como esas ciertamente no son parte constitutiva de la personalidad del político en sentido estricto, quien de entrada es un hombre independiente y a quien sería hasta ridículo intentar sobornar con unas cuantas monedas (o casas o lo que sea). Por último, quiero señalar que un político paradigmático es un hombre que no es indiferente a la vida artística, por lo menos en el sentido de que es una persona que sabe hablar, que habla (por así decirlo) “bonito”, un orador que sabe tanto persuadir a su interlocutor como a hacer vibrar un estadio repleto de personas. Un político es, al menos, todo eso. Preguntémonos ahora: ¿es México un país en el que florecen políticos que se ajusten, aunque sea en alguna medida, al perfil que hemos someramente delineado?¿Hay políticos exitosos en México que hayan leído cinco libros, que no sean depravados sexuales, que vivan no de lo que obtienen gracias a los negocios que hacen por ocupar los puestos que ocupan sino de lo que legítimamente tienen, que luchen por ideales que rebasan a sus intereses privados, que tengan personalidades atractivas y un valor per se y no por los aditamentos que los adornan? Le dejo al lector la respuesta sin desde luego olvidar recomendarle que adapte su contestación a todos los niveles de la jerarquía y de la estructura política de nuestro país.

Dando, pues, por supuesto que en México carecemos de políticos en un sentido un poco más noble que en el imperante, hasta un niño de primaria sobre esa base inferiría que la ausencia de auténticos políticos en el panorama nacional (una ausencia que, con las honrosas excepciones de siempre, data ya de muchos decenios) tenía que tener consecuencias nefastas para la sociedad mexicana en su conjunto. Aunque ciertamente deberíamos hablar de una relación dialéctica, de una mutua interacción, entre la población y sus gobernantes, yo pienso que es una falacia muy dañina sostener que es la sociedad lo que corrompió a la clase política y no más bien a la inversa. El peso de la responsabilidad por la omnipresente corrupción que reina en México recae no sobre el miserable chofer que le da su “mordida” al policía de tránsito para poder seguir su camino ni sobre el angustiado comerciante que tiene que ofrecer prebendas en una Delegación para que sus trámites no se detengan o que sus papeles no se extravíen. Definitivamente no! Esa inmensa responsabilidad recae sobre todo en el desfachatado político que llegó a gobernador y que se robó la mitad del presupuesto destinado a hospitales, carreteras o escuelas, por decir algo; recae sobre el escurridizo titular de alguna Secretaría a la que desfalcó o sobre algún grotesco presidente municipal que sirve simultáneamente al Estado y a fuerzas anti-sociales de manera que ni él mismo sabe después con quién ser leal y qué decisiones tomar. Y lo importante en todo esto es entender que la ausencia de verdaderos políticos en el escenario nacional está íntimamente vinculada a la corrupción que está carcomiendo al país. Así, pues, la mera no presencia del Bien está internamente vinculada con la presencia del Mal.

Es interesante e importante notar que el que las riendas del país estén en manos de bandoleros respaldados por la ley y por el poder que confiere el manejo de las instituciones tiene un efecto sumamente perturbador en otra área, a saber, en el área del pensamiento. Lo que deseo sostener es que la corrupción social implementada de manera sistemática termina por corromper a la razón y en esa medida a la misma lógica. Para decirlo sin dar lugar a ambigüedades: la corrupción pudre el pensamiento.  Los esquemas de razonamiento de diputados, gobernadores, embajadores, etc., de un país devorado por la corrupción, como lo es México, casi inevitablemente son falaces, defectuosos, inválidos y por lo tanto, en la medida en que hay una conexión esencial entre lo que pensamos y lo que hacemos, las acciones a que dan lugar las decisiones de gobernantes corrompidos tienen que ser socialmente negativas y desde luego incomprensibles para los ciudadanos en general. Yo creo que es importante ilustrar esta faceta de la podredumbre política en que nos tienen inmersos nuestros dirigentes, las personas a quienes podríamos denominar los “líderes del país”!

Partamos de hechos cotidianos. Apelando a los datos a los que podemos tener acceso, sabemos que por lo menos en lo que va de 2017 prácticamente en todas las formas delictivas (extorsión, secuestro, homicidio, violación, asalto a casa habitación, etc.) los números subieron, por lo menos con respecto a 2016 (lo cual no es poco decir). Eso quiere decir que en su lucha con las organizaciones criminales las corporaciones policiacas van perdiendo la batalla (aprovechando para de paso señalar  que quien está perdiendo la guerra es la población en su conjunto). Es mínimo el número de delitos que quedan satisfactoriamente resueltos. Eso a su vez significa que en esta sociedad la prevención del delito es mínima y que, hablando en general, la policía sólo puede, de manera muy poco exitosa, perseguir a los criminales, pero no adelantárseles para impedir que cometan sus desmanes y atrocidades. El ciudadano, por lo tanto, está desprotegido y es así como se tiene que desplazar, caminar por las calles, manejar su auto (si tiene), etc., etc., y también usar el servicio de transporte público. Pero ¿qué sucede? Que muy a menudo las personas que usan el transporte colectivo son objeto de brutales atracos a mano armada. ¿Qué sucedió durante lustros? Que a la gente impunemente dos, tres o cuatro malandrines le arrebataban sus pertenencias, sus relojes, sus celulares, sus modestos anillos o pulseras, etc., y, desde luego, su dinero en efectivo. Todo esto envuelto en gritos y amenazas, con pistolas apuntando a las cabezas o, lo cual sucedió en muchas ocasiones y sigue sucediendo, causando heridas con armas punzocortantes o simplemente hiriendo o matando a balazos a personas que se resistían a ser robadas, culminando todo en la huida exitosa de los maleantes. Pero ¿qué empezó a suceder?¿Qué fenómeno social empezó a darse? Yo creo que era previsible a priori, pero en todo caso mencionémoslo abiertamente: la gente empezó a prepararse para situaciones como la descrita, la gente empezó a portar armas y en algún momento algunas personas las usaron durante uno de esos ataques en el autobús o en la “combi”. Representémonos entonces la situación: la gente va al trabajo, suben unos malvivientes al camión, amagan y aterrorizan a las personas, a las que van humillando, golpeando y despojando de sus pertenencias hasta que, súbita e inesperadamente, un pasajero saca un arma y dispara. Los asaltantes caen muertos o gravemente heridos, el pasajero se baja y desparece. A pasajeros así se les llama en México ‘justicieros’.

Es a partir de este momento en que se plantea un problema que es a la vez de lógica, de moralidad y de sentido común. Cuando la policía llega y encuentra los cadáveres de los asaltantes interroga a los pasajeros. La reacción generalizada (por no decir ‘unánime’) de la gente es: “Yo no vi nada. No pude ver a la persona que disparó. Todo fue muy rápido y la persona en cuestión desapareció de inmediato”. Primera pregunta: ¿es esa reacción normal?¿Es incomprensible realmente que los pasajeros no quieran entregarle a la policía al hombre que los defendió de un brutal asalto? Con todo respeto, yo lo encuentro perfectamente comprensible: si alguien me va a hacer daño, otra persona interviene y me defiende y luego quieren que yo diga quién fue: ¿sería moralmente correcto que yo, el beneficiado por la acción del interfecto, entregara a quien me protegió? A mí de entrada me parece muy implausible responder diciendo que sí. Segunda cuestión: los fiscales de homicidio, los agentes del Ministerio Público, gente que quizá no tenga ni idea de cómo se desarrolla un asalto y de todo lo que puede suceder en casos así, de inmediato recurren al famoso slogannadie puede hacerse justicia por mano propia! Y esto es presentado como el punto de vista final, definitivo, incuestionable. Por mi parte, quiero intentar poner a prueba dicha “verdad”, porque intuitivamente considero que la frase en sí misma es bella e inatacable, como cuando alguien en algún estado de éxtasis exclama “Todo ser humano tiene un valor intrínseco invaluable!”. Esta segunda frase es prima facie imposible de rechazar, pero ¿la emplearía alguno de sus proclamadores para hablar de un despiadado asesino de dimensiones históricas, como Pedro de Alvarado por ejemplo, o pretendería hacerla valer para el hombre que mandó lanzar una bomba atómica contra una ciudad japonesa?¿Acaso también torturadores de la CIA o miembros de escuadrones salvadoreños de la muerte tienen un “valor intrínseco”? El peor de los asesinos de toda la historia de la humanidad, sea quien sea: ¿también tiene un valor intrínseco incuestionable? Pero regresando a nuestra frase, en mi opinión ésta es aceptable pero sólocuando es empleada en determinados contextos, no en todos. ¿En qué contexto tendría una aplicación imposible de rechazar la frase nadie puede hacerse justicia por cuenta propia o por sus propias manos? Yo pienso que la respuesta es simple: en toda sociedad en la que efectivamente se hiciera justicia a los ciudadanos de manera sistemática. Si se vive en un país en el que cuando se comete un crimen el criminal es juzgado y efectivamente castigado, hacerse justicia por mano propia es incuestionablemente un delito, una conducta definitivamente inaceptable, puesto que para ello precisamente están los órganos de persecución del delito e impartición de justicia. Pero el punto importante aquí es que esa premisa es justamente la que está faltando en el razonamiento del político y del policía que tratan de atrapar al justiciero y de aplicarle la ley como se le debería aplicar a homicidas delincuenciales, es decir, a individuos que asesinaron a personas al pretender despojarlas de sus pertenencias, por venganzas personales, etc. Mi pregunta es: ¿es sensato condenar, aunque sea in absentia, a alguien que mató a un peligroso ser anti-social por defender a un grupo indefenso de personas?¿Es lógicamente coherente sostener algo así? Mi propio punto de vista es el siguiente: desde luego que puede uno aferrarse ciegamente al slogan mencionado, pero quien sostenga que el así llamado ‘justiciero’ debe ser perseguido y condenado nos tiene que decir también cómo, en su opinión, tendrían que actuar o haber actuado los involucrados, englobando con ello tanto a los pasajeros inermes como al así llamado ‘justiciero’. Entonces podremos apreciar que hay a la vez algo de profundamente absurdo e injusto en la respuesta legaloide, porque lo único que van a poder afirmar los defensores del slogan es que la única conducta viable para los pasajeros sería dejarse tranquilamente asaltar! Quiero pensar que los fanáticos de las frases hechas no querrían sugerir que la reacción correcta por parte de los pasajeros consistiría en tratar de convencer a los bandoleros de que lo que estarían a punto de cometer sería una acción condenable desde todos puntos de vista o algo por el estilo, puesto que eso no pasaría de ser una vulgar burla.

Tomé el caso de los justicieros en parte porque es actual y en parte porque es un tópico interesante en sí mismo. Tiene que ver, por ejemplo, con la defensa propia. Se supone que si alguien mata a un asaltante en defensa propia su acción está legitimada, pero si en la misma situación el sujeto mata al delincuente que estaba asaltando o violando a la persona que estaba al lado, entonces su acción ya no tiene el status de legítima, porque no habría sido en defensa propia aunque el crimen cometido sea el mismo. Me parece que el asunto es muy resbaladizo, porque suena plausible decir tal cosa si uno no conoce a la persona asaltada, pero si la persona en cuestión era la madre o la esposa o la hija del sujeto ¿tampoco tenía derecho a defenderla? Aquí hay algo importante que no está claro y es un vértice, por así llamarlo, en el que convergen muchas líneas de pensamiento que terminan por generar un caos conceptual y descriptivo. Pero dejando de lado casos como los mencionados, lo que yo quisiera plantear es algo un poco más abstracto. Yo creo que cuando el derecho y las prácticas de gestión en una sociedad desembocan en situaciones de conflicto teórico que son en el fondo irresolubles, ello se debe a que el espíritu de la sociedad de que se trate está enfermo. No es con consideraciones de derecho como se resuelven los grandes dilemas de la vida social, porque el derecho es regulativo sólo a posteriori. El derecho se ajusta a los requerimientos sociales y es porque la sociedad en su conjunto está regida por instrumentos y mecanismos putrefactos que sistemáticamente se suscitan situaciones que son esencialmente conflictivas y que no tienen una resolución racional. Es, pues, por culpa de la política, lo cual quiere decir ‘por culpa de los políticos que tenemos’, por los dirigentes que en todos los contextos de la vida social se han desentendido de sus verdaderas funciones para no pensar en otra cosa que en sus beneficios personales, pecuniarios u otros, que  se gestan situaciones y conflictos irresolubles. Es porque no tenemos verdaderos políticos que la vida en México se convirtió en un riesgo cotidiano, en una lucha permanente en contra de la injusticia y del despotismo no ilustrado (el gobierno de la Ciudad de México es un paradigma en este sentido). La gran incógnita es: ¿hasta dónde se llegará en el rumbo que se le ha imprimido a México?

Yo estoy convencido de que el primer gran paso en lo que podríamos llamar el ‘proceso de des-corruptibilidad’ de la nación consiste en inculcarle a la gente que se decida finalmente a defender sus derechos. Para neutralizar a autoridades corruptas lo que se requiere es formar organismos de vigilancia, de control de aplicación de reglamentos, de supervisión de quienes, momentáneamente, ocupan puestos en los que se toman decisiones. Hay que enseñarle a los políticos que las distinciones entre las personas no se justifican en términos de poder económico o de belleza física. Se le tiene que hacer entender a los políticos que la verdadera división entre los seres humanos se da entre, por una parte, aquellos que no supieron hacer otra cosa durante su efímera existencia y su veloz paso por el planeta que velar por intereses particulares, peleando todo el tiempo por hacer triunfar su mezquindad y su estrechez espiritual y, por la otra, aquellos que vivieron guiados por la idea de que la única forma de dotar a la vida de un sentido tranquilizante consiste en disfrutarla trabajando siempre para los demás.

Presencia de Moloch

Difícilmente, me parece, podríamos encontrar una palabra más apropiada para calificar el actual panorama mundial que ‘escalofriante’. Dejando de lado a ciertos estratos ultra-privilegiados de personas que están blindadas frente a cualquier crisis imaginable (puesto que son ellos quienes las generan y de las que se benefician) y concentrándonos en las “poblaciones normales”, de seguro que hay algunas regiones en el planeta en donde se vive tranquilamente y en donde la gente tiene la oportunidad de actualizar sus potencialidades, de aplicar sus habilidades, de disfrutar plácidamente su vida familiar y en general de desarrollarse de manera sana y productiva. Paraísos así, creo, los contamos con los dedos de la mano. Quizá en lugares como Finlandia, Islandia, Suiza o Alaska se pueda vivir sin padecer, en forma directa al menos, los efectos de las guerras, las oleadas de inmigrantes, las burbujas especulativas, el paro forzado, la criminalidad rampante y demás. A nosotros, desde luego, nos llena de gusto, aunque se trate de unos cuantos oasis humanos, que haya personas que puedan cumplir exitosamente con los objetivos de la vida. Debo no obstante confesar que, antes que con los privilegiados, mi vinculación sentimental es con el grueso de la población mundial, es decir, con ese inmenso sector de la humanidad para el cual cada día es un nuevo reto, una nueva aventura y cuyo desenlace inevitablemente escapa a su control. Por ejemplo, la gente no puede saber si el día de mañana se producirá una tremenda devaluación o una crisis en la Bolsa de modo que súbitamente todos sus ahorros se podrían ver reducidos a corcholatas y si tendrá entonces algo para llevarse a la boca o algo que llevar a su casa. Dejando de lado a los felices, para el resto de la humanidad el paisaje vital cotidiano, en un espectro muy matizado de situaciones obviamente, dista mucho de ser halagüeño. Piénsese tan sólo en esa zona del mundo sobre la cual parece haber caído una maldición infernal, a saber, el Medio Oriente. ¿Qué es lo que allí tiene lugar día con día? Tomemos como ejemplo a Irak, un país devastado por una guerra completamente injustificada, puesto que el pretexto de la invasión norteamericana era la existencia de armas de destrucción masiva, armas que no existieron más que en las enfermas mentes de los diseñadores de la invasión. Y está Siria, un país que, si los controladores del mundo no hubieran sido tan fanáticos y sus envidias y odios tan bestiales, con un poquito de tiempo habríamos podido incluirla en lista de países privilegiados como los mencionados más arriba. El problema es que eso precisamente era lo que no se podía permitir. Nada más entre Irak y Siria, más de un millón de personas han sido brutalmente arrancadas de su hábitat y obligadas a errar de un lugar a otro, buscando desesperadamente un sitio en donde poder vivir y trabajar, permanentemente estigmatizadas y hacinadas (cuando no mueren en sus travesías) en nuevos campos de concentración. Siria es otro ejemplo de hecatombe injustificada, un hermoso país bombardeado por la potencia más destructora de todos los tiempos, el ejército norteamericano, la maquinaria militar más grande del mundo al servicio ciego de fuerzas oscuras y a final de cuentas manipulada por éstas como ellas quieren. Yo estoy seguro de que si le preguntamos a cualquier ciudadano normal de cualquier país del mundo por qué los norteamericanos bombardean Siria no sabrían qué decir. Y es que no hay ninguna razón objetiva, más allá de las “razones” que emanan de intereses sectarios particulares. Dado que no se ha dado ninguna declaración de guerra entre Siria y los Estados Unidos, no puede haber objetivos militares que destruir. Los bombardeos, por lo tanto, son bombardeos sobre todo de infraestructura y de seres humanos, es decir, están pensados para arrasar con las ciudades sirias y para aniquilar a su población civil. El ejército norteamericano tiene, desde luego, objetivos “militares”, pero no son los que la gente cándidamente podría imaginar. Lo que los soldados norteamericanos hacen en el Medio Oriente es proteger al máximo en su ya inevitable retirada y disolución al Estado Islámico y a todos los grupos de mercenarios y terroristas que ellos mismos organizaron, entrenaron, pagaron y han venido apoyando desde hace años. Dado que los militares norteamericanos están ya muy fogueados en el arte de invadir, torturar y aterrorizar gente (¿habrá algo más siniestro que las cárceles clandestinas norteamericanas?), el espantoso cuadro que presenta hoy una Siria gratuitamente destruida es para ellos más bien causa de regocijo. Pero a la pregunta de por qué hacen eso no se encontrará una respuesta razonable, clara y directa. Sí la hay, pero es inverosímil, tenebrosa y enredada. Sin embargo, no es mi objetivo ofrecer aquí explicaciones, sino simplemente confirmar que la horrorosa situación en la que fue sumergida Siria es la misma que, desde la invasión de 2003, vemos en Irak, en Libia, en Afganistán y en otros países hacia los cuales poco a poco se recorre. El espectro de la guerra y sus eternos acompañantes, la destrucción y la muerte, recorre el grueso del Medio Oriente y va más allá.

Sería, por otra parte, un error de primaria pensar que el horrendo cuadro que presenta el Medio Oriente es privativo de éste. Nada más alejado de la realidad que una idea así. Si nos trasladamos a la África negra de lo que somos testigos es de un desastre humano total y quizá peor: hambruna, desnutrición, enfermedades importadas deliberadamente (SIDA), matanzas atroces, guerras interminables, desertificación acelerada, miseria en todo su esplendor y todo ello para garantizarle a los civilizados países occidentales y a sus castas privilegiadas el acceso a su riqueza (diamantes, petróleo, carbón, marfil, etc.), a su mano de obra regalada, a su agua, etc. En ese continente, por lo menos desde que los civilizados y muy cristianos europeos inventaron el comercio de esclavos, por ahí del siglo XVI, no han dejado de sufrir por igual niños, mujeres y hombres por, una vez más (inter alia), guerras interminables como las de Nigeria, el Congo, Somalia, Sudán, etc., todas ellas debidamente orquestadas, monitoreadas y aprovechadas por las potencias democráticas occidentales.

En Europa Oriental también se están calentando las cosas de una manera altamente peligrosa y que apunta a una situación de potencial desastre humano completo. Uno de los dos gobiernos de los Estados Unidos, el no oficial (congreso y cámara de representantes), parece estar empeñado en llegar a una confrontación con Rusia restringida, suponen ellos, a las fronteras de esta última. Yo creo que eso es una ilusión absurda: por lo menos en mi modesta opinión, ningún choque militar con Rusia podría no tener terribles repercusiones en el territorio norteamericano. Si ello es así, entonces toda esa política consistente en cercar a Rusia con misiles Patriots a lo largo de su frontera con los países de Europa Oriental y Bálticos es una locura que simplemente no puede dar el resultado que quieren. Uno de los objetivos, obviamente, es mantener tranquila a Rusia debidamente amenazada mientras la aviación norteamericana destruye Irán. Hasta un niño entiende que esa política es fatua y no va dar resultado. Lo que en cambio sí es susceptible de generar es un cataclismo de magnitudes planetarias. Sin embargo y por increíble que suene, este panorama digno de las más ridículas películas de Hollywood, se aproxima a nosotros a pasos agigantados.

Alguien podría objetar: “Está América Latina! Ésta ciertamente no es África. No todo está perdido!” Pero ¿quién podría negar que América Latina ofrece un aspecto deplorable y en el fondo, dadas las perspectivas, sin esperanzas? En México el aplastamiento de la población, la contra-revolución, se impuso con fuerza y en todos los planos hace más o menos tres décadas, pero en el resto del continente es un fenómeno más reciente. Con la nunca suficientemente explicada muerte del comandante Hugo Chávez (sólo con su muerte pudieron detenerlo), el proyecto progresista y unificatorio (perdóneseme el barbarismo. Yo sé que la Real Academia no reconoce este término, pero yo encuentro que responde a mis intuiciones lingüísticas, que resulta sumamente útil, que todo mundo entiende lo que quiero decir con él y que no se multa a nadie por emplearlo. Por lo tanto, me permito usarlo) de Latinoamérica y liderado por gente como Néstor Kirschner, Lulla da Silva, Pepe Mojica, Rafael Correa y otros dirigentes igualmente comprometidos con sus respectivos pueblos (obviamente y para vergüenza de todos nosotros, hay que excluir de dicho grupo al abominable Vicente Fox y a sus secuelas) quedó desarticulado. En Colombia la paz no acaba de llegar, en Argentina como nunca en la historia reciente se puso de rodillas económicamente a la población (entre muchos otros “logros” del macrismo); Venezuela está sometida a una guerra de baja intensidad financiada y organizada desde el extranjero, en Brasil se dio lo que técnicamente fue un golpe de Estado con la destitución de Vilma Russet con lo cual se desataron los conflictos sociales de un modo inusitado. América Latina claramente se mueve en la dirección de la entrega de la riqueza nacional a unas cuantas manos, de la pauperización constante de su población, de su embrutecimiento sistemático, de la destrucción de sus tradiciones culturales, alimenticias, etc., de sus diversos pueblos, de su colosal e impagable endeudamiento y así indefinidamente. América Latina, por lo tanto, ocupa un lugar muy distinguido en el mapamundi de los desastres políticos e históricos que culminan de una u otra manera en la confrontación social, por no hablar crudamente de guerras intestinas. Después de todo, no es factible esclavizar a los pueblos indefinidamente.

Queda claro entonces que no se requiere efectuar un análisis particularmente profundo y pormenorizado para apreciar el carácter tétrico de la situación global en la casi totalidad del globo terráqueo, pero si este espectáculo nos preocupa y enardece cuando hablamos de países distantes, cuando pasamos al capítulo “México” lo que nos invade es un sentimiento de desesperación. ¿Estaré equivocado?

Que nuestro país entró en un proceso acelerado de decadencia es algo que de inmediato percibimos tan pronto examinamos su posición frente al mundo. Es obvio que México se transformó y pasó de ser un país líder que, por razones elementales de auto-protección, promovía en todos los foros la auto-determinación y la no intervención, un país receptor de grupos humanos perseguidos, a ser un país lacayuno, defendiendo siempre las peores causas o manteniendo, como en el caso de la población a la vez heroica y mártir de Palestina, el más ignominioso y despreciable de los silencios, dejándose manipular de manera cada vez más descarada por otros gobiernos, en especial naturalmente (mas no únicamente) por el gobierno norteamericano. Con el inexperto pero ambiciosísimo Videgaray a la cabeza, la política exterior de México se convirtió en simplemente un instrumento para el juego político interno! O sea, aquí se toman decisiones de política exterior en función de lo que éstas puedan redituar o significar para el circo político del año entrante (la elección presidencial), es decir, por razones externas a la diplomacia misma y al rol de México en el escenario mundial. Haciendo gala de una torpeza y de una miopía políticas extraordinarias, los dizque representantes de México frente al mundo no sólo no defienden el desarrollo político propio, libre, autónomo, sino tampoco el de países hermanos como Venezuela. Al contrario: de manera zafia pretenden intervenir en procesos en relación con los cuales (en caso de que todavía no lo sepan) sus esfuerzos son de entrada fallidos (les guste o no, este domingo se llevarán a cabo en toda Venezuela, con el apoyo popular y militar desde luego, las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente). Los irresponsables de la política exterior mexicana parecen incapaces de entender que están sentando peligrosos precedentes y que el día de mañana nos aplicarán a nosotros las mismas presiones y las mismas políticas que ahora con México por delante (junto con otros gobiernos latinoamericanos corrompidos) pretenden incautamente aplicarle a un país independiente. México no tiene el menor derecho de inmiscuirse en conflictos sociales que sólo los directamente involucrados pueden dirimir y superar. Si los venezolanos no inciden en los problemas nacionales de México (que son muchos): ¿por qué la inversa no es válida?¿Acaso Venezuela promueve en nuestro país el descontento social por el caso de los jóvenes de Ayotzinapa, por los cientos de miles de desaparecidos, por los asesinatos en serie de periodistas y por múltiples otras hazañas como esas? Igualmente ridícula es la conducta pública de los funcionarios que de uno u otro modo tienen que ver con la renegociación del tratado de libre comercio. Desde hace 30 años el Ing. C. Cárdenas denunció aspectos desventajosos (y hasta anti-nacionales) que para México tenía dicho “tratado” e insistía en que éste tenía que re-negociarse, pero la cobardía de los gobernantes mexicanos es tan grande que nunca se atrevieron a protestar. El colmo: tuvo que hacer su aparición un presidente norteamericano para que se pudiera modificar el tratado en cuestión. Los Estados Unidos, desde luego, entran en la negociación teniendo objetivos muy claros y tratando de sacar el mayor provecho posible (lo cual, obviamente, son malas noticias para el México debilucho de nuestros días), en tanto que en marcado contraste con ellos los funcionarios mexicanos hablan todos con tonos y poses de sumisión, lo cual es un mal augurio para el país. Sin duda que desde un punto de vista técnico sería factible renegociar el tratado de modo que México saliera beneficiado sólo que el problema no está en los tecnicismos, sino en el entreguismo político, el cual se ha convertido en una especie de segunda naturaleza de los políticos mexicanos en el poder. Fox, Calderón y Peña son los mejores ejemplos de ello. Se suponía, por ejemplo, que Pemex era un lastre porque ya se había agotado el petróleo en México. Con la famosa reforma energética y la posibilidad de “marchandear” el petróleo nacional, como por arte de magia empezaron a aparecer unos tras otros nuevos yacimientos. Qué interesante, sólo que ahora habrá que compartir el petróleo mexicano con las trasnacionales especialistas en extraerlo. Dicho sea de paso, que nadie tenga dudas de que las subastas de la riqueza nacional (yo no las llamaría ‘licitaciones’) le dejarán buenos dividendos a más de uno. Pero regresando a la cuestión del debilitamiento de México frente al mundo: por lo menos desde que tildaron al Estado mexicano de “Estado fallido”, México quedó expuesto como un país sin autoridad moral, una entidad política que no representa ante nadie ya ni principios ni valores dignos de ser defendidos, que limita toda su actuación a congraciarse con el amo, el cual naturalmente lo ve con desprecio y se permite cualquier cosa en relación con él. Yo estoy convencido de que si México hubiera mantenido incólume su dignidad y la posición que había alcanzado en el concierto de las naciones, ningún presidente norteamericano se habría atrevido a proponer, y menos de la manera tan ofensiva como lo hizo D. Trump, la creación de un muro entre nuestros países ni se habría tratado a nuestros connacionales en los Estados Unidos con la saña y el desprecio con que se les ha venido tratando en los últimos tiempos (con Obama, uno de los más peligrosos presidentes norteamericanos, llegando a la cúspide en esto último). Los norteamericanos no paran de presumir a diestra y siniestra que no tienen amigos sino socios, pero la abyecta respuesta de los gobernantes mexicanos es que quieren ser amigos de quienes explícitamente los repelen. Lo único que podemos concluir es que lo que los políticos mexicanos han logrado es dejar a México frente al extranjero desprotegido en grado sumo.

El panorama de México ante el mundo es, pues, sin duda patético y decepcionante, pero si le echamos un vistazo a lo que está pasando al interior de nuestro país el sentimiento que nos gana es uno más bien de horror. ¿Por qué?

Para empezar, México ocupa el nada honorable lugar de país más violento del mundo. Por malas políticas internas (sociales, comerciales, pedagógicas, etc.), amplios sectores de la población literalmente fueron llevados a transitar por los senderos de la delincuencia, en toda su amplitud y extensión. La inmoralidad de los gobernantes contagió a la población y ahora no hay ámbito de vida en el que no prevalezca, de una u otra forma, la corrupción. Esto es muy importante: quiere decir que el ciudadano mexicano sencillamente no visualiza su vida, no entiende que ésta pueda fluir por los cauces de la legalidad. Para el ciudadano normal vivir así sería simplemente tonto. Lo que él no percibe, sin embargo, es que con esa actitud se trastoca el todo de la vida en el país y que él es el primero en salir perjudicado. Lo único que saben hacer las personas (una vez más, con las excepciones de siempre: las mujeres que ayudan a los indocumentados a su paso, los estudiantes esforzados que ganan concursos, etc.) es buscar su beneficio personal directo. Eso ha llevado a la desmoralización total de la sociedad. Aquí ya no hay escrúpulos, reticencias, auto-limitaciones. El poder y las instituciones son usados de manera descarada para la obtención de beneficios personales y eso es visto con admiración y envidia por los demás. Esta realidad tiene al país a las puertas del desastre total irreversible y cuyos efectos con fuerza se dejan sentir. Considérese tan sólo el tema de la “delincuencia organizada”, abarque esto lo que abarque. Todos los días hay enfrentamientos entre las “fuerzas del orden” y grupos de delincuentes armados. Todos los días hay muertos de ambos bandos. Así presentado el asunto parecería que las instituciones están funcionando para defender a la población en contra de criminales, etc., etc. De hecho, se podría elaborar un mapa coloreado del país en el que pudiéramos ver qué zonas son las más afectadas, las más peligrosas, etc. Pero imaginemos por un momento que en todos esos focos rojos en lugar de delincuentes armados lo que hubiera en el país fueran auto-defensas, guerrilleros, luchadores sociales. ¿Qué tendríamos que inferir? Que la mitad del país está en guerra civil. ¿Por qué eso no ha pasado? Básicamente, por el bajísimo nivel educativo del pueblo mexicano. La baja educación acarrea consigo la despolitización. Estos niveles bajísimos de educación y de politización son lo que ha permitido la putrefacción del sindicalismo, el triunfo abierto del bandolerismo institucional, etc., junto con la parálisis política de un pueblo al que poco a poco le fueron bajando su nivel de vida hasta llevarlo a los límites de la desnutrición (acompañada, naturalmente, de obesidad, diabetes y multitud de otros padecimientos metabólicos, físicos, etc.). La inconformidad, sin embargo, se tiene que manifestar y se manifiesta espontáneamente por la vía del delito. Contra éste se puede lanzar a las policías y al ejército, pero ¿se podría hacer lo mismo si es la población civil la que se insubordina? Y ¿estamos acaso muy lejos de que algo así se produzca?

En síntesis: lo que vemos, lo que palpamos en el mundo es lo que yo llamaría la ‘voluntad de la guerra’. Parecería que en todos los contextos y en todos los niveles hay gente decidida a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de mantener sus privilegios y de evitar cualquier reforma genuina, cualquier re-distribución de la riqueza. Los Estados Unidos no quieren por ningún motivo dejar de ser la hiper-potencia, algo que tarde o temprano tendrá que suceder. Muchos dirigentes europeos, irresponsablemente poniendo en peligro a sus propias poblaciones, aceptan entrar en un juego que obviamente no les conviene de provocación a la otra super-potencia. Eso no puede dar buenos resultados. Lo mismo pasa con China: hay que detenerla porque en 10 años eso será ya imposible. Y, a nivel local, vemos que la política no sirve más que como profesión para mantenerse en un cierto nivel de vida y no como una labor de trabajo para las grandes masas. Todo esto es como un embudo: conduce a la confrontación, al choque, a la represión y a la guerra. Y dada nuestra inevitablemente visión parcial de lo que sucede en el mundo, la verdad es que no sabríamos decir si lo que se está viviendo y sobre todo lo que inconteniblemente se aproxima es el resultado de una jugarreta diabólica o de un castigo divino.