Categoría: 2015-III

Información y Libertad

Podríamos decir, a manera de slogan, que la mente humana es la sede del pensamiento creador, constructivo y, sobre todo, libre. Gracias a nuestro pensamiento nos elevamos por encima de las cosas, los hechos y las vicisitudes de la vida cotidiana y podemos introducir un elemento de objetividad en el mundo. El problema es que poco a poco hemos venido cayendo en la cuenta de que después de todo la mente no es tan libre como parece, que es sumamente moldeable y, peor aún, fácilmente manipulable y que la dichosa objetividad por la que tanto nos afanamos bien puede ser un mero espejismo, una auténtica fatamorgana. Los medios para la manipulación de la mente van variando de época en época y se transita fácilmente desde la brutal represión hasta el sutil, imperceptible y prácticamente imposible de neutralizar control de contenidos, lo cual en la actualidad se ejerce a través sobre todo de los medios de comunicación (periódicos, cine, radio y televisión). Esta es una lección bien aprendida y aprovechada por los actuales dueños de las conciencias, esos pocos que deciden cómo moldear los modos de pensar y que, como controladores aéreos, dirigen las mentes de los habitantes del mundo a través de un ininterrumpido bombardeo de mensajes subliminales, de directivas engañosas, de verdades a medias o contradictorias y, sobre todo, de una selección tendenciosa de hechos y de un silencio sepulcral sobre realidades que por alguna razón los amos de los mass-media no quieren que las masas conozcan. Hay que señalar, por otra parte, que esta deprimente realidad en parte se funda y en parte se ve reforzada por el dato empírico que constituye la feroz ignorancia de la inmensa mayoría de la gente. El resultado es que millones de personas van por el mundo con un cuadro general prefabricado y más o menos ajustado a sus respectivas idiosincrasias. Así, paradójicamente, manipulación e ignorancia parecen ser el destino de lo que en principio había de ser la sede del pensamiento libre.

Lo dicho anteriormente concierne en realidad a todos los pueblos del mundo, dado que la diferencia entre ellos es meramente gradual, no esencial. Un inglés o un italiano cualesquiera ciertamente están mucho mejor informados que el mexicano medio sobre lo que pasa en el planeta, pero eso no quiere decir que estén emancipados del poder mediático. Ahora bien, yo sinceramente creo que difícilmente podríamos encontrar a un público más embrutecido ideológicamente que el norteamericano. Esto en gran medida se explica por el hecho de que probablemente no hay otro país en el mundo en donde los medios de comunicación estén tan concentrados en unas cuantas manos y que además no haya una contraparte que balancee el desequilibrio que allá a todas luces prevalece. El ciudadano americano medio no tiene otros lentes con que ver el mundo que los que le ponen CNN, el New York Times, Fox News y todo lo que se deriva de éstos, o sea, todo. Y, en mayor o menor medida, lo mismo vale para el resto de los países, pero hay que reconocer que el amarillismo político y la estridencia ideológica alcanzan niveles de histeria colectiva y de paroxismo ante todo en los Estados Unidos. El negocio ya está muy bien establecido. Para dar un ejemplo: a través de especialistas en la difamación, de comentaristas muy sobrios, técnicos, aparentemente imparciales, de lenguaje terso y delicado, los editorialistas del New York Times saben cómo infundir odio en las mentes de sus lectores, distorsionan los hechos, mienten descaradamente, pero como el periódico no proporciona noticias alternativas que los contradigan, nadie los cuestiona y quien quisiera cuestionarlos no tiene voz pública, los puntos de vista expresados en dicho periódico (que no es más que el portavoz de ciertos grupos políticos y que sirve tanto para generar una mentalidad como para indicarle al gobierno lo que dichos grupos quieren y esperan de él) se vuelven poco a poco vox populi. Así, la verdad resulta ser lo que los moldeadores de mentes digan, puesto que la gente ya está hipnotizada y todo lo que reciba de ellos así será considerado.

La verdad es que no resulta muy difícil ilustrar lo que afirmo mediante un ejemplo concreto. Considérese el hecho innegable de que Rusia está enviando armamento a Siria, hundida como sabemos en una guerra atroz carente por completo de justificación. La acción rusa es entonces presentada como un crimen inenarrable, de lesa humanidad. En primer lugar, sin embargo, lo que nunca se presenta es la postura común de Rusia y Siria y, en segundo lugar, nunca se exponen las causas profundas de la destrucción de ese país: nunca se le dice al lector norteamericano que Israel, Arabia Saudita y Turquía, con el apoyo de la CIA, organizaron un ejército de mercenarios, de criminales a sueldo, para invadir un país soberano y derrocar un gobierno legítimo. Asimismo, nunca se le explica al desorientado telespectador norteamericano que el actual problema de refugiados es una consecuencia directa de la política de su país en el Medio Oriente y que en gran medida dicha política no tiene otro objetivo que permitir el crecimiento de Israel, del “gran Israel”, a costa desde luego de sus vecinos (sus litorales, sus ríos, sus tierras, etc.), empezando por los palestinos, el pueblo más inhumanamente martirizado desde la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos nunca se le informa a nadie que la guerra de Siria no es más que un eslabón en un plan que se echó a andar desde finales de 2010 y que tuvo su primer éxito rotundo en la destrucción de Libia y el bestial asesinato de Muamar Gadafi. No se le cuenta a nadie tampoco que después de la invasión de esos mismos mercenarios que están hoy en Siria, la OTAN con Francia a la cabeza intervino decisivamente bombardeando las ciudades libias y acabando con los remanentes del ejército leal a su país, un país que nunca atentó en contra de los intereses franceses. De ahí que el americano medio nunca se haya enterado de que el “dictador” Gadafi había convertido a Libia en el país más rico de África, dándole a su población el mejor nivel de vida del continente y que gracias al plan norteamericano Libia es ahora un país destrozado, sin futuro, pero eso sí, con su petróleo bien controlado por las compañías extranjeras (factor que ayuda a explicar por qué los norteamericanos pueden usar el petróleo como arma financiera y bajar sus precios hasta donde quieren: simplemente usan riqueza natural que no es de ellos). Desde luego que nunca el Washington Post le explicó en algún momento a sus lectores que el nombre burlesco que se le impuso al plan de desestabilización total del Medio Oriente iba a ser ‘Primavera Árabe’ y que el objetivo fundamental era rediseñar el Medio Oriente, inventar países aprovechando divisiones religiosas y étnicas para imponer gobiernos peleles, que no representaran ningún obstáculo para el expansionismo israelí y menos aún algún peligro. El plan original era modificar toda la región, desde Libia hasta Irán, puesto que Irak y Afganistán ya estaban destruidos y bajo control. Nunca se le dijo a los lectores de periódicos norteamericanos que el golpe de estado en Egipto era el siguiente paso y no le hizo ver tampoco que ese gran aliado de su país, el general Al-Sisi, impuesto por ellos, no es más que un dictador, por así llamarlo, ‘clásico’, un criminal que ha enviado a cientos de personas al cadalso y que tiene a todo el pueblo en contra, pero que se sostiene con la ayuda que “Occidente” le presta. Por todos lados a donde mire, lo que el individuo encuentra es la misma información tergiversada, desfigurada, irreconocible. En los Estados Unidos, el hombre de la calle no sabe lo que está sucediendo y si eso pasa allá lo mismo sucede, mutatis mutandis, en el resto del mundo. Lo único que “sabe” es que sus “muchachos” luchan por la democracia y la justicia al otro lado del mundo!

Si lo que afirmo es acertado, sería entonces infantil pretender creer que sí hay tal cosa como libertad de prensa en el mundo libre. Nosotros, aquí y ahora, podemos asegurar que, gracias a su fabulosa prensa y a su extraordinaria televisión, el ciudadano americano medio no tiene ni idea de lo que su país representa para el mundo: él no tiene con qué entender que la destrucción de Siria no es más que la parte final de un siniestro plan que sufrió su primer descalabro con el triunfo diplomático iraní, dado que la destrucción de Irán era uno de los objetivos supremos de la reconfiguración del Medio Oriente. Y podemos seguir enumerando hechos pero eso no importa, puesto que éstos no pueden quedar integrados en la conciencia individual por la sencilla razón de que a dicha conciencia ya se le puso un velo, ya se le cegó. Naturalmente y como una consecuencia de la desfiguración sistemática de la realidad, el individuo normal no puede integrar en un cuadro coherente los datos que inevitablemente se cuelan por aquí y por allá y que llegan hasta él. Así, uno se entera de que el gobierno ruso ha enviado armamento más sofisticado a Siria, pero no puede entender por qué la prensa mundial pone el grito en el cielo y no hace lo mismo por miles de cosas más horrendas que se hacen a diario. Para nosotros eso es comprensible, porque sabemos que la prensa mundial es un instrumento de guerra, no tanto o no sólo en tiempos de guerra caliente como en tiempos de guerra fría, y sirve para desorientar a quienes no aceptan la política intervencionista de los países expansionistas. Todo esto, obviamente, genera incomprensión y desconcierto en los lectores de periódicos, en los televidentes: ¿cómo se explica el ciudadano medio que los supuestos representantes de la libertad, de la justicia, de la democracia, sus propios gobiernos, sean retados?¿Quién puede haber tan maligno en este mundo, dado que ellos representan el bien? La respuesta no puede venir más que en términos de caricaturas totalmente engañosas: hay un culpable, que es Putin, y un irresponsable, que es Obama, por ser un individuo titubeante y bonachón. El mensaje general es que es por la maldad y la torpeza de algunos individuos que los Estados Unidos han perdido terreno, que están siendo superados y así sucesivamente. Y ahí termina la explicación. La incomprensión de la realidad genera parálisis en la acción y esa es la función de los medios, función que cumplen a cabalidad.
En relación con lo que hemos dicho, hay por lo menos tres preguntas que de inmediato se nos imponen:

a) ¿Realmente tiene mucho sentido hablar de libertad de pensamiento?

b) ¿Podemos realmente hablar de libertad de expresión?

c) ¿Hay algo que podamos hacer para contrarrestar la sujeción mental a la que está sometido el ciudadano de nuestros tiempos?

Antes de intentar responder, de manera esquemática desde luego, a estas preguntas, quisiera rápidamente decir unas cuantas palabras sobre la situación actual en Siria y sobre lo que ésta significa.

Como de paso mencioné, el plan “Primavera Árabe” fracasó a partir del momento en que se logró contener el ímpetu hacia la guerra con Irán. En ese caso, Rusia (y China) jugó (jugaron) un papel diplomático extraordinario y positivo y se logró evitar una confrontación que habría sido de consecuencias incalculables, puesto que, como ahora lo sabemos, no habría podido restringirse a un choque Irán-Israel. Contrariamente a lo que la prensa occidental hace creer, no forma parte de las iniciativas de Rusia invadir países y derrocar gobiernos legítimos. Ni siquiera la Unión Soviética hizo eso. Sobre el potencial contraejemplo del caso de la “invasión” soviética de Afganistán habría muchísimo que decir, empezando por recordar que (usando el esquema de siempre), los occidentales inundaron Afganistán con armamentos suministrados por los Estados Unidos y sus aliados (por M. Thatcher en especial, quien hasta un viaje hizo para encontrarse con quienes ahora son los enemigos de la OTAN y para alentar la sublevación en contra de un gobierno legítimamente establecido) a fin de instalar bases militares en la frontera con la URSS. Todo eso fue presentado de un modo distorsionado y hasta se boicotearon las Olimpiadas de Moscú de 1980, cuando lo que el gobierno soviético hizo fue exactamente lo mismo que lo que el norteamericano había hecho en el caso de Cuba: no permitir la instalación de bases militares en su frontera. En todo caso, el punto político importante, que el ciudadano americano medio sería incapaz de valorar como debe ser, es que el re-diseño del Medio Oriente no es más que el resultado de un esfuerzo de 15 años por parte de los norteamericanos por llenar el espacio que dejó vacío la Unión Soviética y eso lo intentan una y otra vez hasta que se topan con un límite. El límite, desde luego, no es ni legal ni moral, sino de fuerza. Lo interesante, por lo tanto, del caso de la presencia militar rusa en Siria es precisamente que a los americanos, por primera vez quizá en la historia, se les puso un alto. La decisión de Rusia no es el resultado de un capricho ni de una rabieta del dirigente ruso (no es un individuo que reaccione por medio de exabruptos): es una decisión político-militar que sirve para marcar los límites actuales del poder norteamericano, un recordatorio de que hay también en el mundo otra super-potencia (aunque no sea hiper-potencia), y que no se puede ir más allá a menos obviamente de que se tome la decisión final en favor de un enfrentamiento con armamento no convencional. El ciudadano norteamericano no está habilitado para entender que es su país el que pone en peligro al planeta entero, porque la descripción de los hechos a la que está acostumbrado no le permite interpretarlos correctamente, con un mínimo de objetividad. No queda más que “explicar” las situaciones en términos de irracionalismo y barbarie de otros pueblos, lo cual es obviamente ridículo. En el plano de lo real, sin embargo, son los hechos crudos los que hablan. No es por casualidad que B. Netanyahu tuvo que hacer hoy lunes un viaje de 3 horas a Moscú para hacer arreglos con quien es hoy por hoy la bête noire de la prensa mundial: Vladimir Putin. La tergiversación periodística sirve para mantener adormiladas a las mentes, pero es obviamente inservible frente a los helicópteros y los portaviones.

Consideremos ahora sí nuestras preguntas. ¿Podemos hacer algo para no quedar atrapados, como los norteamericanos, en un sistema que impide sistemáticamente que se comprenda la realidad política del mundo, un sistema de mentiras camufladas, de desinformación tendenciosa?¿Podemos hacer algo para no dejarnos imponer una visión de blanco y negro, de buenos y malos (siendo los dueños de los medios y lo que representan los buenos, desde luego)?

Me parece que uno de los pilares del poder de los medios es la ignorancia, profunda y extendida, de la gente. No obstante, es un hecho que siempre hay mecanismos para la auto-preservación y la salvación. Lo importante es despertar las mentes de las personas, abrirles los ojos. Es preciso que los humanos de nuestros tiempos entiendan que si bien la opresión mental es terrible, no es imposible de superar. Quien quiera puede obtener la información que busca, si la busca. Hay que aprender a descolonizarse. La gente debería buscar información en la prensa de otros regímenes, países, culturas y ello en la actualidad es perfectamente factible. Hay que aprovechar el hecho de que el inglés es el idioma universal y que en muchos países en los que se hablan otros idiomas siempre hay fuentes de información en inglés. De manera que podemos afirmar que si este ocultamiento criminal de la verdad política se sostiene es en alguna medida por la indolencia de la gente. La liberación mental es factible, pero exige un esfuerzo por parte del individuo. Tenemos que entender que está, por una parte, la “información” que nos va a llegar, hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos y, por la otra, la información que tenemos nosotros mismos que buscar. Se tiene que aprender a desconfiar de los medios bajo cuya influencia estamos, a (por así decirlo) leer al revés sus mensajes y los datos que proporcionan. Así , si alguien quiere enterarse de lo que pasa en América Latina tiene que buscar portales en internet que no son los estándares, como “Aporrea”, de Venezuela, Granma de Cuba, HispanTV, Telesur (un canal de televisión que llega a toda América del Sur pero que no se permite que llegue a México. Es tan superior a lo que nosotros tenemos!”) y así sucesivamente. Podemos, pues, ser hasta cierto punto optimistas: la liberación del pensamiento es posible, sólo que hay que luchar por ella.

Respecto a si en los países occidentales hay libertad de pensamiento y de expresión, pienso que la repuesta es: sí la hay, dentro de ciertos marcos. Se pueden expresar multitud de verdades, sobre los más variados temas, pero hay límites que no se pueden traspasar. Se puede ser todo lo iconoclasta que se quiera en relación con lo que cae dentro del marco, pero cuestionar el marco mismo y las “verdades” que lo sostienen es prácticamente imposible y hasta peligroso. Hay, no obstante, que seguir adelante, porque es cada día más claro que cualquier cosa es mejor que vivir formando parte de un ejército de borregos.

Fondos Buitre y Deshonra Nacional

La verdad es que, por lo menos aquí en México, cuando se usan ciertas palabras la gente se estremece y hasta siente escalofríos. Una de esas términos tenebrosos es ‘re-estructuración’. Todos recordamos que después del tristemente famoso “error de diciembre” de 1994 estalló en México una crisis que se venía fraguando desde la firma del tratado salinista de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá, uno de esos circos políticos que con auto-complacencia se permiten los presidentes en México a costa, desde luego, de la economía y del bienestar nacionales. La crisis del 94 afectó naturalmente a la sociedad en su conjunto y en particular a los pequeños cuentahabientes que súbitamente vieron cómo de un día para otro sus créditos hipotecarios, por ejemplo, crecían exponencialmente y sus ahorros sencillamente se esfumaban. Muchas personas perdieron sus propiedades, pero muchos cayeron en otro de los garlitos bancarios de la época: “re-estructuraron” sus deudas en UDIs (unidades de inversión) que, aunque fijas, varían con la inflación. El punto por resaltar aquí es que, gracias a una gran presión por parte de los abogados bancarios, de fuertes campañas de persuasión para obligar a los cuentahabientes a pasar sus créditos de pesos a UDIs y a los malabares de la banca privada, el ciudadano mexicano que se había arriesgado a contratar un crédito hipotecario para comprar su casita terminó pagando tres o cuatro veces el valor de la propiedad adquirida (y hay quien sigue pagando todavía). Por ese y por muchos otros episodios en los que están involucrados los bancos (piénsese nada más en el criminal FOBAPROA), lo cierto es que el ciudadano de a pie sabe perfectamente bien que todo lo que tenga que ver con reestructuración bancaria de deuda de entrada es peligroso y huele a podrido.

Lo anterior viene a colación por un suceso de gran importancia política y simbólica acaecido la semana pasada en la ONU y que tiene que ver precisamente con re-estructuración de deuda, soberana o pública esta vez. El paralelismo, sin embargo, no se rompe y así como el pequeño ahorrador se ve agobiado por los bancos de primer piso, así también los Estados se ven acosados y atosigados por la banca mundial. En el primer caso, los bancos tienen el respaldo del gobierno en contra de sus propios ciudadanos, en tanto que en el segundo el respaldo lo proporcionan unos cuantos gobiernos, esto es, los de los países que mandan en el mundo precisamente por el maridaje que se da entre bancos y Estados. En el caso de la resolución de la ONU de la semana pasada, lo que sucedió fue simplemente que el gobierno argentino hizo una propuesta concreta con el fin de establecer un marco legal mínimo para regular los procesos de reestructuración de deuda externa. En dos palabras traeré a la memoria los hechos fundamentales del caso para, acto seguido, reconstruir y examinar críticamente la valiente y atinada propuesta argentina, así como algo de lo mucho que de ella se deriva.

Muy a grandes rasgos, la situación es la siguiente: como una consecuencia natural de años de odioso menemismo, Argentina tuvo que declararse a principios de siglo en moratoria de pagos a sus deudores (bancos privados e instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional). No obstante y a fin de normalizar su situación, a partir de 2005 el gobierno argentino renegoció exitosamente su deuda con un porcentaje elevado de sus acreedores, reduciéndola considerablemente (hasta en un 75 %). Un año después pagó y canceló por completo su deuda con el FMI. Quedaron, sin embargo, unos cuantos acreedores que se rehusaron a renegociar con el gobierno argentino y exigieron el pago total, a los precios vigentes, de los bonos de deuda emitidos por el gobierno argentino. En 2010 éste volvió a ofrecer un canje de deuda para los “inversionistas” que no habían aceptado las condiciones anteriores, pero éstos unas vez más rechazaron toda clase de negociación de la deuda y continuaron exigiendo el pago total del valor de los bonos en su poder, además naturalmente de los ya para entonces exorbitantes (y yo los calificaría de ‘anatocistas’) intereses, con lo cual la deuda argentina se convertía en un super-negocio para los banqueros, pero también en un desplome financiero para las arcas de la nación y en una tragedia económica, política y social para la nación. Ante la negativa del gobierno argentino a satisfacer la voracidad de los especuladores, éstos recurrieron entonces a la “justicia norteamericana” y, como era de esperarse, un juez de Nueva York, un tal Thomas Griesa, le concedió la razón a los demandantes y le ordenó a Argentina someterse a las exigencias de los acreedores. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner valientemente optó entonces por proseguir en la lucha de defensa de los intereses nacionales de su país y llevó su caso ante otras instituciones, como el Club de París el cual, curiosamente y dicho sea de paso, vio la luz a raíz precisamente de otro conflicto con Argentina, en 1956. En todo caso este es el contexto de la actual confrontación entre un Estado soberano, como lo es el argentino, y grupos financieros de especuladores aventureros que se especializan precisamente en comprar deudas de países en crisis, siempre a precios de remate, para posteriormente vender los bonos adquiridos a precios actuales y con intereses descaradamente ilegítimos. Eso es algo que ya se ha hecho con muchos países y siempre se salieron con la suya, pero Argentina no cedió. Así, en un esfuerzo más por solucionar de manera racional y justa el conflicto, el gobierno argentino hizo una propuesta ante la asamblea general de la ONU a fin de regular los procesos de reestructuración de deuda. Sobre esto hay que decir, aunque sea rápidamente, unas palabras a fin de disponer de un cuadro más o menos inteligible de la situación.

La propuesta argentina es en el fondo relativamente simple y se compone de 9 artículos, los cuales incorporan unos cuantos principios que más que otra cosa son de sentido común. Está por ejemplo el principio de que todo Estado soberano tiene derecho “a elaborar sus políticas macroeconómicas” y a no verse obstaculizado en su esfuerzo, que tiene que ver con el crecimiento del país, por actores externos. Está igualmente el principio de que las negociaciones entre un Estado soberano y sus acreedores tienen que ser de buena fe, esto es, constructivas y llevadas a cabo con ánimo de llegar efectivamente a acuerdos benéficos para ambas partes. Esto es elemental pero, como veremos, el que sea elemental y obvio no significa que los reyes del mundo, esto es, los banqueros, lo aprueben. Está también incorporada en la propuesta argentina la idea de que las negociaciones tienen que atenerse a principios como los de transparencia, de imparcialidad y de trato equitativo sin que durante las negociaciones se atente en contra de la inmunidad de jurisdicción de un Estado (i.e., un Estado no puede ser llevado ante los tribunales de otro) ni en contra de la inmunidad de ejecución estatal (es decir, a ningún Estado soberano se le pueden congelar sus bienes, expropiar sus inversiones, etc.). Asimismo, la propuesta explícitamente señala que ninguna negociación de deuda puede poner en entredicho el desarrollo y el crecimiento del país deudor. Las negociaciones con los deudores deben atenerse a lo que la mayoría de éstos decida.

Si no fuera porque sabemos que lo que está en juego es un problema muy serio y que puede afectar de manera grave a la nación argentina, nos sentiríamos tentados a pensar que a los representantes de los países en la ONU les gusta perder el tiempo discutiendo trivialidades. Pero pensar así sería un error y la prueba de ello es el resultado de la votación. Antes de abordar este aspecto de la cuestión, sin embargo, quisiera sin exponer de manera muy general la naturaleza del conflicto.

Es de primera importancia tener claro en qué consiste el problema, porque es sobre la base de dicha comprensión que podremos posteriormente emitir nuestros juicios y nuestras apreciaciones respecto al valor de las decisiones y las tomas de posición de dirigentes y países, tanto en este caso particular como en el de otros que se han dado o que sin duda alguna se darán. Así, pues, tenemos que tener presente permanentemente que vivimos en una época en la que la vida humana está estructurada en función de las instituciones que manejan el dinero de todo mundo (de particulares, de empresas y de Estados) y que estrictamente hablando no tienen país. Tienen sedes, pero son instituciones internacionales y globalizadas. Me refiero, naturalmente, a los grandes bancos del mundo. En general, el capital está asociado a la producción, pero en la actualidad el dinero no necesariamente se invierte en fábricas o en plantaciones (por decir algo), sino que “simplemente” (se trata obviamente de procesos sumamente complejos) se manipulan desde computadoras: se hacen determinados movimientos y se mueven grandes capitales de unas cuentas a otras, de un país a otro; se trata de movimientos permanentes de dinero que no pasan por los procesos de producción de bienes de consumo de ninguna índole. Lo que se tiene que entender es que existe un universo que es exclusivamente de capitales, de inversiones que van y vienen según los vaivenes de los mercados, de alzas y bajas de la Bolsa, de deudas de países, etc., y que no tienen nada que ver con salarios, bienes raíces, producción de mercancías, alimentos, fuerza de trabajo y demás. Es simplemente dinero que se mueve de un lugar a otro, dependiendo  siempre de cosas como tasas de interés, deuda externa, plazos, etc. Estos capitales un día están en Beijing y una semana después en Madrid. En el fondo, por lo tanto, no representan una genuina inversión productiva para los países. No son inversiones que generen mano de obra, fuentes de trabajo, innovaciones industriales, etc. Es más bien compra de acciones, de bonos, de deuda y de cosas por el estilo. Son capitales que buscan ganancias por meras colocaciones en los mercados financieros. Ahora bien, a diferencia de la riqueza generada por o en los sectores primarios (agricultura), secundario (industria) y terciario (servicios), el capital financiero no está todavía regulado a nivel internacional. Por eso hay los así llamados ‘paraísos fiscales’. La verdad es que México es un “paraíso” así, puesto que en este país, como todo mundo sabe, no generan impuestos las ganancias obtenidas en la Bolsa. O sea, el Estado mexicano tiene atrapados en las redes de su policía fiscal a millones de personas que ganan un poquito más de lo que se requiere para subsistir, pero a los especuladores multimillonarios que ganan cantidades insospechadas día con día no les cobra nada! Ellos no pagan impuestos. En este caso, como es obvio, sí hay acuerdo y armonía en las diversas esferas de gobierno, como lo pone de manifiesto el hecho de que ni la presidencia envía al Congreso una iniciativa de ley al respecto ni los congresistas elaboran una propuesta así. La razón es muy simple: por increíble que parezca, sencillamente no se atreven ni siquiera a generarles un mal humor a los banqueros. Más vale que la mitad de la población sea de muertos de hambre.

De manera general, es menester comprender la, por así llamarla, ‘lógica del sistema’. En el sistema en que vivimos, que es el sistema capitalista en lo que podríamos llamar su ‘fase financiera’, no se tiene otro objetivo que el de obtener ganancias, en el sentido más directo, crudo y brutal de la expresión. Hablamos de dinero que genera ganancias sin tener que arriesgarlo en actividades productivas, dinero en libros, dinero que se mueve en el ciberespacio. Es lógico, pues, desde este punto de vista limitarse a buscar las situaciones en las que efectivamente se puedan obtener beneficios así. Pero ¿cuándo se presentan las situaciones óptimas para ello? La respuesta es evidente de suyo: sobre todo y en primer término, cuando los países entran en crisis, cuando sus deudas los están asfixiando. En casos así (léase Grecia, Perú, Polonia, México, etc., etc.), los “inversionistas” aportan capitales así llamados ‘golondrinos’ a cambio de deuda que obviamente compran a precios artificialmente bajos y que luego renegocian obteniendo, a costa de los erarios de las naciones, pingües ganancias. Es así y de muchos otros modos como esos que el capitalismo funciona. Al interior del sistema, prácticas como esas son perfectamente racionales y legítimas. Lo que obviamente la proliferación y la gravedad de situaciones como la que acaba de vivir Grecia o la de Argentina (que en realidad son las de por lo menos el 90 % de los países) de inmediato hace que nos preguntemos: un sistema que funciona de esa manera ¿es él mismo racional y legítimo?¿Racional y justo?

Dado que si bien el sistema capitalista actual evoluciona (y, quiéranlo o no sus beneficiarios, sus abogados y sus soldados, lo hace inevitablemente hacia la izquierda), lo cierto es que el cambio es desesperadamente lento, por lo que la política a seguir no puede ser otra que la de tratar de enmarcar en sistemas de principios regulativos más o menos transparentes como los de la propuesta argentina el funcionamiento del capitalismo para que por lo menos éste deje de ser tan salvaje. La propuesta de Argentina ante la ONU es un tímido primer movimiento en ese sentido. Ahora bien, yo creo que cualquier persona con dos gramos de sesos en la cabeza y tres granos de información acerca de lo que pasa en el mundo estará en posición de adivinar qué países votaron en contra de la propuesta argentina, qué países votaron en su favor y qué países se abstuvieron. En contra, lo cual hasta un infante habría podido predecirlo, votaron Israel, los Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Canadá y Australia, esto es, básicamente los anglo-sajones, con a la cabeza el nuevo jefe del mundo occidental, esto es, Israel, y Japón. Y a favor de la propuesta argentina en contra de los así llamados ‘fondos buitre’ votaron 136 países. Esto no era una decisión del Consejo de Seguridad, por lo que la resolución no tiene un carácter prescriptivo. Es tan válida ésta como la resolución 242 que exige el retiro de las fuerzas de ocupación israelí de los territorios invadidos y anexados en 1967. Dicho de otro modo, lo más probable es que la votación no pase de ser un acto solemne más de una institución que prácticamente no sirve para nada más que para solapar las políticas intervencionistas y criminales de los amos del mundo. Habría que ir pensando en abandonar ese barco que de todos modos está a punto de hundirse.

Desafortunadamente, no podemos dejar inconclusa nuestra narración, por lo que nos vemos forzados a mencionar el hecho de que ciertamente no es por casualidad que en México el asunto de la resolución de la asamblea general de la ONU en favor de la propuesta argentina haya pasado por completo desapercibida, tanto por la prensa escrita como por los noticieros de radio y televisión. ¿Por qué el tema ni siquiera fue mencionado, a diferencia por ejemplo de la asignificativa ratificación de Agustín Carstens como gobernador del Banco de México? Yo estoy seguro de que el lector ya habrá adivinado la razón de este ominoso silencio, el cual no es más que un eslabón más en la cadena de desinformación sistemática a la que se somete al pueblo de México. Lo que pasó fue que sí, claro, ya adivinamos: México fue de los 41 países que se abstuvieron! ¿Podría alguien decente sostener que no estamos hundidos en la ignominia? Creo que unas cuantas palabras al respecto son inevitables.

Si México fuera un país sin deudas (interna y externa), su voto en la ONU habría sido el de una entidad nada solidaria con naciones menos favorecidas y ello sería moralmente cuestionable, pero en última instancia sería comprensible. Pero ¿cómo pudo abstenerse México de apoyar una propuesta como la argentina cuando es un país con una deuda que tarde o temprano terminará por llevarlo a la confrontación con los buitres del sector financiero mundial?¿No era razonable que siquiera como un posicionamiento meramente simbólico hubiera votado en favor de dicha propuesta?¿No era algo que lógicamente correspondía a sus intereses? El problema radica en que desde hace 40 años se instauró en México la mentalidad política de la sumisión total sobre todo frente a los Estados Unidos. El mensaje de México no puede ser más que de regocijo para los vampiros financieros internacionales: el gobierno de México está anunciando que es y seguirá siendo obediente, que no se insubordinará nunca independientemente de cuán injusta sea la situación en la que se le coloque, que el gobierno mexicano no está aquí para defender los intereses nacionales. No importa que el país se esté desmoronando políticamente después de su previa aniquilación moral y educativa. La función del Estado mexicano es mantener una situación más o menos estable para poder seguir protegiendo contra viento y marea los intereses de los bancos que, en México, hacen lo que quieren. Cabe preguntar: ¿hasta cuándo va a durar esta situación de sometimiento desvergonzado? Al parecer, hasta que los gobernantes mexicanos entiendan que lo único que genera la política de sumisión a ciegas es más sumisión todavía, más explotación, más humillación, cuando sea a México a quien le toque volver a pasar por otra grave crisis que lo obligue a “re-estructurar” su deuda. Entonces y sólo entonces recordarán los gobernantes mexicanos que hubo antes que ellos una gran dirigente latinoamericana, a saber, Cristina Fernández de Kirchner, quien dio un modesto pero audaz paso en la dirección correcta y que hizo lo que entonces tardíamente ellos quizá intentarán hacer, esto es, emularla para liberar de una vez por todas al pueblo de México del brutal e inmisericorde yugo de los “inversionistas” y de la nefanda banca mundial.

La “Perspectiva de Género”

Pocas cosas pueden resultar tan estimulantes como entrar en controversia con dogmas aparentemente bien establecidos, que todo mundo da por supuesto que son de aceptación universal, ideas con las que se trafica libremente porque (se nos quiere hacer pensar) son evidentes de suyo y que sería insensato poner en cuestión. La verdad es que de entrada siempre resultan sospechosas las tesis y convicciones que son presentadas por sus adeptos como verdades últimas, transparentes e incuestionables, pues de inmediato nos colocan ante una cierta situación un tanto paradójica: si efectivamente credos así son tan novedosos: ¿por qué habría tardado tanto la humanidad en llegar a ellos, en formularlos, en aprehender su luminosa verdad? Pero ¿podríamos acaso dar un ejemplo de dogma así? Me parece que no tenemos que ir muy lejos para encontrarlo. Un ejemplo paradigmático de esa clase de instrumentos ideológicos es lo que se conoce como ‘perspectiva de género’, una noción de fácil y muy cómoda utilización, como lo pone de manifiesto el hecho de que no hay político, demagogo, funcionario o líder que no la adopte para adornar su programa, su discurso o su persona. De entrada esto huele mal, es decir, presenta todas las apariencias de una noción de naturaleza esencialmente anti-científica, de uso declaradamente “politiquero” y, contrariamente a lo que suponen quienes de buena fe la hacen suya, sumamente dañina. Como el lector sin duda admitirá, se trata de una noción que de hecho nadie somete al más mínimo de los escrutinios, al más superficial de los exámenes, puesto que precisamente parte de su potencia consiste en que por medio de ella se intimida a quien quisiera elevar dudas concernientes a su legitimidad. Por mi parte quisiera, aunque sea en unas cuantas líneas, someterla a un análisis, el cual será sin duda incompleto, de su contenido y de algunas de las consecuencias de su adopción.

La idea de que hay tal cosa como una “perspectiva de género” es la idea de un proyecto o programa en el que dicha noción constituye la plataforma fundamental para el estudio de multitud de temas de carácter social, político, psicológico, histórico, cultural, para lo cual se toma como punto de partida la distinción “hombre/mujer”, una distinción que eventualmente podría ramificarse. La adopción seria de esta “perspectiva” implicaría una nueva forma de encarar toda clase de sucesos y de procesos, es decir, acarrearía consigo una nueva forma de pensar y de dar cuenta de la realidad social. En breve veremos ejemplos de su aplicación, pero no quiero pasar a escudriñar la noción sin antes señalar que es altamente probable que, dadas las consecuencias que acarrea dicha perspectiva, sus partidarios de buena fe no estén del todo conscientes de lo que en realidad están defendiendo.

La idea de perspectiva de género se ha hecho presente en multitud de áreas de la vida cotidiana y una de primera importancia es el área del delito. Para los defensores del sentido común, que es con lo que la perspectiva de género automáticamente choca, si se produce un asesinato lo que se tiene que realizar es una investigación policíaca, en el sentido estricto de la expresión. ¿Qué quiere decir eso? Que se tienen que aplicar las técnicas de investigación policíaca para la elucidación del caso: recopilación de datos (huellas digitales, cabellos, muestras de sangre, de semen, etc.), búsqueda de videos, confrontación de testigos o testimonios de diversa índole, estudio de antecedentes, de potenciales beneficiarios, etc., etc. Pero ahora preguntémonos: ¿tiene en principio alguna importancia para la investigación policíaca el que la víctima sea hombre, mujer o lo que se quiera?¿Podría ello en principio alterar el curso de la investigación? La respuesta brota espontáneamente: no! Lo que cándidamente la gente tendería a pensar es que el sexo de la víctima es tan relevante para la investigación policiaca como su hígado o el color de sus ojos. Pero desde la perspectiva de género no es así y estaría faltando sistemáticamente el factor “género”. ¿No fue justamente para colmar ese hueco que se introdujo en nuestro vocabulario el término ‘feminicidio’? Dejando de lado la cuestión de si esa palabra no es más bien un barbarismo y si éste es superfluo o no, lo que sí tenemos derecho a exigir es una respuesta a la pregunta: ¿en qué concretamente contribuye la perspectiva de género a la investigación policiaca?¿Cómo la enriquece? Aparte de la gratificación verbal que genera en algunas personas el que se hable de “feminicidio” para no tener que recurrir al término ‘homicidio’ y dejando de lado la aportación lingüística: ¿con qué contribuye la “perspectiva de género” al trabajo de la policía? Seamos francos: lo más que puede hacer es desviar la investigación, entorpecerla, por la sencilla razón de que al trabajo policiaco, que es básicamente de carácter empírico, se le está añadiendo una premisa enteramente a priori, es decir, una afirmación que es totalmente independiente por completo de la experiencia, con lo cual lo único que logra es desorientar a los investigadores. Es absolutamente ridículo pensar que frente a un asesinato (espero que no se nos quiera obligar a decir ‘asesinata’) la policía tenga que funcionar de dos maneras distintas según el sexo de las víctimas. La investigación policiaca tiene que realizarse lógicamente sobre la base de datos empíricamente recopilados y no dejarse guiar por principios ideológicos y mucho menos por superficiales consideraciones de sexo.

¿Cuál es la falacia en el razonamiento genérico, esto es, en el que hace del género un factor determinante en todos los dominios en los que en principio se le puede emplear?¿Cuál es su premisa oculta? Me parece que ésta es relativamente fácil de detectar: es simplemente la creencia de que la distinción “hombre/mujer” es conceptual y cognitivamente fundamental, es decir, que dicha distinción es no sólo primordial, sino que es con ella que lógicamente arrancan nuestros razonamientos. El problema es que eso es palpablemente falso. La noción fundamental es obviamente la de ser humano o persona y hay una forma bastante fácil de demostrar que ello es así: partiendo de la noción de ser humano podemos construir las de ser humano masculino y ser humano femenino, en tanto que las nociones de hombre y mujer presuponen ya a la de ser humano (o persona). El enfoque de género, por lo tanto, no puede tener prioridad sobre el enfoque de especie. Ser hombre o ser mujer es algo que está implícito en la noción de persona. Por lo tanto, enfatizar el género al hablar de las personas es ser innecesariamente redundante. Para el lenguaje natural y el sentido común, por lo tanto, el enfoque de género es perfectamente ocioso. De hecho, lo mismo podríamos decir del enfoque en cuestión en relación con el trabajo científico. Tiene tanto sentido hablar de perspectiva de género en biología como hablar de ciencia proletaria o de matemáticas femeninas. Pero si ni la ciencia ni el sentido común son los contextos apropiados para el uso de la perspectiva de género ¿cuál es entonces su contexto natural?¿Hay alguno en el que sí encaje?

Antes de responder a esta pregunta quisiera intentar mostrar algunas consecuencias abiertamente negativas del enfoque que nos ocupa. Preguntémonos: ¿quiénes de manera natural hacen suya dicha perspectiva? Ciertamente no las mujeres de la aristocracia, las mujeres del jet set, para las cuales un enfoque así es claramente contraproducente y ridículo. Pero ¿lo adoptan entonces las campesinas o las mujeres que trabajan en fábricas y maquiladoras? Para mujeres así, el enfoque de género es pura y llanamente inútil y hasta nocivo. ¿Quiénes son entonces quienes activamente están en la raíz del movimiento de género? Básicamente mujeres de clase media, maestras, mujeres pletóricas de aspiraciones que van desde objetivos sensatos hasta posiciones de megalomanía delirante, mujeres que han ganado espacios en los ámbitos culturales y educativos y que ahora incursionan abiertamente en el universo de la política. En este punto hay que ser sumamente cuidadosos, porque tenemos que decir en voz alta una y otra vez que no estamos en contra de las reivindicaciones justas de tales o cuales grupos humanos, sino de su engañoso revestimiento ideológico. Precisamente por su origen “clasemediero”, el enfoque de género tiene obvias consecuencias ideológicas y políticas negativas, puesto que sirve para empañar u ocultar el verdadero conflicto social, esto es, la lucha de clases. Es evidente que una trabajadora de una fábrica de hilados y tejidos tiene mucho más en común con un obrero que con la hija de un banquero (o de un sindicalista exitoso), con la cual sólo comparte la anatomía y la fisiología sólo que, y este es el punto importante, la anatomía y la fisiología no son susceptibles de generar un movimiento político, en tanto que la ideología vinculada a los intereses de clase sí. Se sigue, según mi leal saber y entender, que el enfoque de género sirve para desviar la atención sobre temas que, para las personas que se ubican desfavorablemente frente a los medios de producción y frente al capital, son auténticas nimiedades.

Era de esperarse que, dado el carácter poco científico del enfoque de género, lo que éste promueve no sea prácticamente nunca un debate abierto en el que se intercambian argumentos, sino más bien intercambios de injurias y descalificaciones. Así, el enfoque de género, por ser en su origen tendencioso y parcial, fomenta inevitablemente la gestación de puntos de vista radicalmente tendenciosos y equivocados. Tómese el caso de las mujeres de Juárez, en relación con las cuales precisamente se acuño el término ‘feminicidio’. En los peores años de la crisis de Juárez se llegó a tener algo así como 65 mujeres asesinadas anualmente, una cantidad imperdonable de muertas, muchas de ellas asesinadas por cónyuges, parientes, vecinos, etc., es decir, personas que las conocían. Se inventó entonces el término ‘feminicidio’ fundándose para ello en la ininteligible idea de que en Cd. Juárez mataban mujeres por el mero hecho de ser mujeres! Hasta donde yo sé, el núcleo del problema era un coctel de criminalidad constituido por factores como corrupción ministerial y policiaca, tráfico de personas, prostitución, impunidad, pésima infraestructura, etc. La situación era obviamente de repudio total, sin ambigüedades, pero ¿se le ocurrió siquiera a alguien preguntar si también había hombres asesinados? Esa pregunta hubiera sido útil, porque quien la hubiera hecho se habría enterado de que había un promedio de 6 o 7 hombres por cada mujer, pero hasta donde yo sé al menos a nadie se le ocurrió decir que en Juárez mataban hombres por el mero hecho de ser hombres. Estoy de acuerdo en que una idea así habría sido absurda, pero lo habría sido tanto como lo es cuando se le aplica a mujeres. Más bien habría que tener presente que la idea de “feminicidio” le sirvió a grupos políticos y de intereses particulares para obtener apoyos, financiamientos y demás. Pero, y esto hay que enfatizarlo, no le sirvió para nada a las mujeres que estaban en peligro allá. Esto hasta cierto punto confirma lo que he estado insinuando, a saber, que la motivación de la noción de perspectiva de género es básicamente de orden grupal y político, en el sentido más amplio posible de la expresión.

Si no somos cuidadosos, podemos fácilmente confundir dos cosas. Están, por una parte, las reivindicaciones perfectamente justificables de ciertos grupos humanos que son tratados (por la cultura, por las leyes, por la historia, etc.) injustamente y en contra de las cuales no tenemos absolutamente nada y, por la otra, las pretensiones de ciertos grupúsculos de personas que enarbolan banderas y causas que presentan como de valor universal, tratando de imponer una cierta terminología y propuestas que son abiertamente ridículas porque a final de cuentas no pasan de ser meramente cuantitativas y puramente formales. Por ejemplo, que hablemos del Senado, de la Suprema Corte, de la Junta de Gobierno de la UNAM, del Departamento de Tránsito, etc., es decir, de lo que queramos, los partidarios de la perspectiva de género no saben hacer otra cosa que pedir 50 % de participación de mujeres. Con eso al parecer están satisfechos. Pero ese éxito se logra en detrimento de la preparación, la formación, las habilidades y aptitudes de los miembros del grupo de que se trate: lo único que importa es que haya “mitad y mitad”. Eso es claramente un descarado uso de un enfoque tendencioso transformado en instrumento en la lucha por el avance de posicionamientos, obtención de beneficios, triunfos gremiales y cosas por el estilo. Todo eso en última instancia puede ser legítimo, pero lo que resulta detestable e inaceptable es la maniobra que presenta como objetiva una propuesta que es de carácter netamente anti-científico y al servicio de intereses de grupo. Lo peor del caso es que hasta sus adversarios naturales han caído en el garlito y proclaman a diestra y siniestra el cuento de hadas de la perspectiva de género.

Salta a la vista que la dicotomía inicial básica del enfoque de género es completamente arbitraria. Con igual justicia podemos hablar de perspectiva de edades (dividiendo a la población en niños hasta de 10 años y el resto), de perspectiva de apetitos (clasificando a la humanidad en tragones y sobrios), de perspectiva de color de piel, de virtudes y vicios, etc., etc. Se pueden trazar las distinciones que se quiera, pero lo importante es: ¿cómo se les fundamenta y qué se gana con ellas? El caso de la perspectiva de género es curioso porque parecería ser, aparte de gratuito, contraproducente, por el simple hecho de que es un instrumento que muy fácilmente podría ser adoptado por el otro género. ¿Dejaría por ello de ser eo ipso “enfoque de género”?¿Qué pasaría si de pronto apareciera un líder que hiciera suyo el lema:
                       Miembros del Género Masculino del Mundo
                                                Uníos!?

Sorpresas Esperables

Confieso que cada vez más a menudo tengo que preguntarme si quienes en los centros de poder norteamericanos articulan las políticas a aplicar con los países latinoamericanos (y en general, con los países “en vías de desarrollo”, de hecho un eufemismo para ‘colonias del imperio norteamericano’) son simplemente malignos o son además estúpidos, porque de lo contrario ¿por qué tan a menudo pretenden a toda costa implantar políticas que son fallidas a priori? La cuestión, claro está, no tiene mucho que ver con estupidez personal sino más bien con una forma particular de pensar, un modo especial de concebirse a sí mismos y de concebir sus relaciones con otros estados y pueblos. Si bien entonces no son las personas las que son tontas, de todos modos sí podemos hablar de un pensamiento político tonto, en algún sentido quizá ingenuo y eso sí: abiertamente contraproducente. ¿En qué basamos afirmaciones tan temerarias como estas? En rasgos claramente discernibles del pensamiento político norteamericano tal como éste se materializa en las decisiones que en ese país a diario se toman. En política, a nivel estratégico más que táctico, en los Estados Unidos se piensa de manera escolástica, esto es, mediante categorías más bien simplonas, de fácil consumo, como “peligro comunista”, “terrorista islámico”, “defensa de la democracia”, “libertad de expresión”, “defensores de la libertad”, “dictador”, etc., gracias a las cuales se puede de manera abstracta esquematizar el mundo político, clasificando básicamente en dos bandos (los buenos y los malos) los entes relevantes (personajes, países, comunidades y demás), desarrollando y reforzando con ello un modo de pensar que de manera esencial impide la auto-crítica y que enarbola permanentemente el uso de la fuerza y la imposición militar como el recurso primero y último para resolver toda clase de desavenencias y de problemas en el mundo. Lo único que se necesita para coincidir con lo que digo es fijarse en el modo como se expresan, por ejemplo, los congresistas norteamericanos: ellos hablan como si el mundo les perteneciera, como si ellos representaran los intereses de la humanidad, como si a ellos les correspondiera decretar qué políticas tienen que adoptar los países y cómo tienen que vivir los pueblos. Así, examinado con un espíritu mínimamente crítico, el pensamiento político norteamericano se reduce a una mera expresión de pensamiento imperialista vulgar. A diferencia del pensamiento imperialista romano o napoleónico, en el norteamericano todo se reduce a cuestiones de rapacidad, imposición, amenaza, negocios, chantaje y cosas por el estilo. La verdad es que rasgos como los de ser grandioso o imponente lo tiene pero ante todo en relación con la brutalidad (e.g., el racismo) y la destrucción.

Una consecuencia interesante del modo de pensar político propio de Norteamérica es que parecería que tanto sus elaboradores como sus practicantes están auto-impedidos para aprender de la experiencia. Sus tesis y convicciones una y otra vez los llevan al fracaso, pero ellos no aprenden. ¿Qué es lo que no aprenden? No aprenden que son ellos mismos quienes hacen brotar la oposición, quienes enseñan a que se les odie, quienes generan a sus adversarios, a quienes de la manera más torpe posible orillan a que, paulatina o súbitamente, se radicalicen y se conviertan en adversarios que posteriormente no pueden vencer. Lo que ellos exigen es sumisión total a sus voraces y desmedidos intereses y cuando no obtienen lo que quieren, entonces creen que es sólo a base de presiones, chantajes, amenazas y, si ello no fuera suficiente, de campañas de desestabilización, subversión, acciones criminales y, por último, de bombardeos e invasión como se logra generar la situación para ellos conveniente. Pero ellos no parecen entender que con ese enfoque, cada vez menos redituable, lo que logran es justamente que sus adversarios políticos se radicalicen y perfeccionen. Así, ellos mismos convierten a sus opositores, con quienes habría que negociar (que es lo que ellos desdeñan), en líderes que los aborrecen y con quienes probablemente ya no será posible posteriormente ninguna clase de reconciliación. Yo creo que este es precisamente el caso de uno de los políticos más injustamente vilipendiados por parte de la detestable prensa mundial y denostado por muchos miembros de la clase de políticos mediocres de bajo nivel que podríamos identificar como los ‘lacayos del imperio’. Tengo en mente a una persona que pasó de ser alguien a quien con la mano en la cintura se menospreciaba, pero que resultó ser un político de primer orden. Me refiero al hombre que tomó la estafeta del Comandante Chávez: el actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

¿Quién era y quién es ahora Nicolás Maduro? Es un político que combina convicciones de dos clases diferentes: tiene arraigadas convicciones nacionalistas y genuinas convicciones de clase. Es un individuo que está inmerso en la lucha política desde los 18 años. No es ni aspira a presentarse como un político perfumado (es bastante modesto) o como un intelectualillo deseoso de aparecer en televisión para espetarle al mundo cuánto sabe o cuán verborreico puede ser ni es desde luego un arribista al que fácilmente se podría comprar con coristas o con propiedades. Es un sindicalista, que fue conductor de autobuses, miembro del gabinete del comandante Chávez, de quien obviamente aprendió mucho, muy probablemente el único que combinaba las cualidades necesarias para salvar e intensificar el proceso de la gran Revolución Bolivariana. Quienes temíamos que con la desaparición del comandante la revolución iba a entrar en una especie de letargo, dando lugar al triunfo de una burocracia rígida y paralizante o inclusive a una toma del poder por parte de militares de derecha, tenemos que reconocer públicamente que nos equivocamos. El presidente Maduro resultó ser un hombre excepcional por cuanto combina los principios revolucionarios, la teoría revolucionaria, con la práctica revolucionaria. Maduro es un hombre muy práctico, pero no olvida sus principios. Tanto en política interior como en lo que atañe a relaciones internacionales, se ha mostrado como un político consistente y valiente. Contrariamente a lo que se esperaba y a pesar de la intensísima campaña de desprestigio de la que fue objeto tanto dentro como fuera de Venezuela, Maduro ganó las elecciones presidenciales, como antes que él lo lograron Hugo Chávez en Venezuela, Fernando Lugo en Paraguay y Salvador Allende en Chile. Con Maduro a la cabeza, Venezuela ha sabido sortear muchos problemas obviamente creados desde fuera. Es evidente para todo mundo, salvo naturalmente para los enemigos del régimen y los descontentos, que Venezuela es víctima de una guerra económica permanente y total. Todos los problemas por los que pasó Cuba durante 50 años los está viviendo ahora Venezuela: bloqueos, ataques financieros, abruptas expulsiones de diplomáticos, etc. Pero Maduro ha sabido sacar a su país adelante sin vender el proyecto bolivariano. Lo más fácil, obviamente, sería inundar Venezuela con baratijas, con productos de consumo inmediato, embrutecer a la población con programas hollywoodenses y regresar a los estándares de corrupción de la época de Carlos Andrés Pérez. Pero eso no va a pasar, porque allí está Maduro para evitarlo o, mejor dicho, allí están Maduro y el pueblo políticamente consciente de Venezuela, el cual difícilmente preferirá engañarse optando por las superficiales mejoras inmediatas que representan el retorno de las oligarquías y de las élites americanizantes a cambio de su reinserción en el sistema esclavista norteamericano.

Que Venezuela enfrenta una guerra económica es algo que ni los más fanáticos opositores del estado bolivariano, traidores como Henrique Capriles y Leopoldo López, los eternos usuarios del discurso vacuo y fácil que gira en torno a nociones como las de “democracia” y “libertad”, que sirven para todo y para nada, podrían negar. Es claro, por ejemplo, que la descarada (y extremadamente compleja) manipulación mundial de los precios del petróleo estaba dirigida en primer lugar en contra de Rusia, pero también en contra de Venezuela y si en una potencia como Rusia la maniobra causó problemas, era imposible que en Venezuela no hiciera estragos. (Este es, dicho sea de paso, otro rasgo importante del pensamiento político norteamericano: no importa que nuestras empresas (Texaco, Standar Oil, Halliburton, etc.) se arruinen mientras podamos hacerle un daño a nuestros enemigos). El petróleo es fundamental en la economía venezolana, por lo que afectar su precio y comercialización significa reducir el PIB, la inversión estatal, limitar los programas de apoyo a la población, disminuir considerablemente los gastos en educación, salubridad, etc. Pero frente a esos y muchos otros actos de agresión, lo único que se ha logrado es que Maduro y la revolución chavista se radicalicen y diversifiquen sus contactos con el mundo. El bloqueo norteamericano ha hecho de Maduro un presidente activo: va no sólo a Cuba a reforzar los lazos de amistad y de cooperación con ese país, sino que (como en este momento) va a Vietnam a firmar convenios de cooperación agrícola, y a China a, como todos los dirigentes de los países, hacer negocios y a la vez hacer política. Gracias a Maduro, entre algunos otros, Asia tiene un pie en América.

Es evidente que se está haciendo todo lo posible para ampliar la crisis inducida que vive Venezuela, pero yo creo que hay razones para no ser demasiado pesimista al respecto (aunque, dadas las características del pensar político norteamericano, no podemos hacer muchas predicciones). La situación es la siguiente: en vista de que las presiones económicas no han surtido los efectos buscados, se está tratando de transformar la guerra económica en conflicto militar y para eso Colombia resulta indispensable. La estrategia americana, por lo tanto, consiste en crear focos de tensión en la frontera entre Colombia y Venezuela y en desarrollar una política de provocación permanente de modo que por fin en América del Sur pueda estallar un conflicto armado. Hace algunos días, un grupo de delincuentes colombianos atacaron e hirieron a tres policías venezolanos de la zona. Acciones como esas están bien preparadas. Lo que no está calculado es la reacción del otro. Y ¿cómo reaccionó el presidente Maduro? No con agresiones, con amenazas, con incursiones en territorio colombiano. Simplemente, cerró la frontera e inició un proceso de limpia de las condiciones de putrefacción social, tan fáciles de promover: contrabando de mercancías y de personas, narcotráfico, presencia de delincuentes de toda índole que se habían instalado ya en territorio venezolano. A los promotores de la guerra no les importa lo que pase con las personas: muchos colombianos que de hecho ya eran residentes en Venezuela han tenido que regresar a Colombia, a una zona de inseguridad y delincuencia. El problema es que puede haber una escalada de provocaciones y entonces se cae en el juego de los grandes comerciantes de armas y de quienes quisieran ver debilitados y divididos a los gobiernos latinoamericanos. ¿Puede haber una guerra entre Colombia y Venezuela?

Creo (y quiero pensar) que no. ¿Por qué? Hay varias razones. Primero porque, como lo señaló Fidel Castro, Venezuela tiene el mejor ejército de América Latina; segundo, porque aunque sin duda alguna hay gente en el gobierno colombiano que está dispuesta a generar el conflicto con la República Bolivariana de Venezuela para quedar bien con el gobierno yanqui, hay también gente que está consciente de que ello sería desastroso para Colombia: aparte de que el diálogo de paz entre las FARC y el gobierno colombiano, de por sí frágil, automáticamente terminaría, con lo cual Colombia quedaría hundida una vez más en esa espantosa guerra civil que padece desde hace más de medio siglo, muy probablemente el ejército colombiano no podría sostener el choque con las fuerzas armadas venezolanas y ello por una simple razón (y aquí, una vez más, vemos como se perfila el torpe pensamiento político norteamericano): a pesar de su sin duda gran experiencia, el ejército colombiano está acostumbrado a luchar con narcotraficantes, con guerrilleros, eventualmente con paramilitares, pero no con ejércitos populares como el de Venezuela. El pensamiento norteamericano se aplica a enfrentamientos de tipo diferente, esto es, cuando todo se reduce a una posesión de armamento, que es lo que pasa cuando se enfrentan dos ejércitos de mercenarios. Pero las milicias venezolanas son otra cosa. Y hay un tercer factor: en la frontera entre esos dos países: ¿qué ciudadanos están en qué país: colombianos en Venezuela o venezolanos en Colombia? La respuesta es obvia: quienes huyen son las personas que aspiran a escapar de una situación en la que quienes de hecho gobiernan son narcotraficantes, paramilitares, extorsionadores de toda clase, policías corruptos, etc. (hablo de esa zona de Colombia, no del país en su conjunto). Y ¿a dónde va esa gente as tratar de vivir en paz? A Venezuela. Pero además, Maduro ya dijo que se encuentra con el presidente de Colombia «cuando quiera y donde quiera» para resolver el conflicto. La iniciativa de paz, por lo tanto, se le debe a él. De ahí que, por diversas razones, una guerra entre esos dos países tendría serias repercusiones negativas internas en Colombia. A Colombia el enfrentamiento con Venezuela no le conviene y el presidente Santos lo sabe. Pero la presión debe ser muy fuerte.

Regresemos a nuestro héroe político de América del Sur. Contrariamente a los presidentes no populistas, Maduro es un presidente que informa a su población sobre los problemas del país. Yo creo que vale la pena preguntarse: ¿nos gustaría a nosotros, los mexicanos, que nuestro presidente, independientemente de quién fuera, le dedicara unos 15 minutos diarios a explicarle a la población por qué se desató la inflación, por qué no se puede acabar con la mafia que se roba la gasolina de los conductos de Pemex, por qué hay nuevas infecciones causadas por mosquitos en medio México, por qué se permite que las compañías mineras canadienses sigan envenenando la flora y la fauna del país, por qué México no envía una protesta diplomática por los insultos y ofensas del candidato republicano Donald Trump, etc., etc.? Yo creo que la gente recibiría con gusto esa información. Pero claro: para ello, no hay que tener problemas de esposas criticables, colaboradores sospechosos de toda clase de delitos, etc., y entonces el asunto ya no es viable y lo que queda es criticar a quien sí puede hacerlo. Por ello y a pesar de los problemas, totalmente artificiales algunos de ellos, y de la campaña en su contra, Maduro sí puede darle información a su pueblo, abrirle los ojos sobre las complejidades de la política y se expresa en un lenguaje coloquial, comprensible para todos. En sus alocuciones se explican las medidas que toma el gobierno. ¿No es eso verdadera democracia? Dedicarse a señalar que Maduro no es un literato y que no se expresa como miembro de la real academia de la lengua, que haya cometido algunos errores al hablar ¿qué importancia puede tener?¿Quién se fija en eso y cuáles son sus criterios de selección, porque fijarse en la forma es deliberadamente olvidarse del contenido y, por otra parte, no era Bush Jr. punto menos que analfabeta y no hay libros enteros dedicados a su cantinflismo? Si las pifias de Bush pasan, ¿por qué el lenguaje coloquial de Maduro habría de ser criticable o risible?

Admito que admiro a Maduro y que me gusta su personalidad. Él no es un político de salón y por lo tanto dice lo que su programa, la situación y su temperamento le indican que diga. Cuando hay que denunciar a gente con nombre y apellido, lo hace; cuando hay que responder a un agravio o a un insulto, lo hace; cuando una decisión es, aparte de agresiva, injustificada, Maduro explota, como cuando califica a Obama de “loco” por haber elevado a Venezuela al status de país peligroso para los intereses e integridad de los Estados Unidos. Eso es casi una declaración de guerra. El problema para los norteamericanos es que en lugar de sentirse amedrentado, Maduro explota y hace pública su indignación, con la cual hace partícipe de ella a su público. Nicolás Maduro es en cierto sentido una sorpresa política, pero en otro, dada la forma de pensar en política de los norteamericanos, es de esperarse que constantemente surjan políticos así. Maduro es un político del pueblo. No queda más que quererlo y apoyarlo.

Perfiles Políticos

Difícilmente podría pasar desapercibida la tremenda sacudida que afecta al sistema capitalista global y, como una consecuencia natural de ello, la arremetida en contra de todos por parte de los dueños del mundo. Al hablar de los dueños del mundo podría sentirse la tentación de querer hablar en términos de países. Ello no sería un error, pero de todos modos sería inexacto. Al hablar de los cataclismos financieros, de onerosas quiebras estatales, de impagables deudas externas, etc., hablamos de países, pero se nos olvida, sin caer en esquemas rígidos porque ello falsearía todo lo que digamos, que los estados son básicamente los órganos que expresan políticamente la voluntad de las grandes fuerzas económicas, lideradas obviamente en el sistema capitalista por la banca mundial (y ante todo por Wall Street). O sea, detrás de los gobiernos están las instituciones y las corporaciones que siguen funcionando independientemente de los 4, 6 u 8 años que esté tal o cual presidente, que tal o cual primer ministro dure al frente de un determinado país. Los políticos, por renombrados que sean, no son más que agentes de paso, como no lo son los agentes económicos que le dan estructura al sistema y lo hacen funcionar. Dado que el mundo se divide en países, cuando una situación se vuelve crítica no son los bancos los que intervienen directamente sino sus representantes, sus empleados, esto es, los gobiernos y los hombres de estados, que son quienes les imponen a sus pares, es decir, a otros gobiernos y a otros dirigentes, las políticas y las decisiones que más le convienen a los dueños del sistema global. Cuando un país intenta rebelarse o insubordinarse, de inmediato entran en juego no sólo los aparatos de estado, sino todos los instrumentos que el sistema ha desarrollado para perpetuarse (como los medios de comunicación), se ejerce una gran presión y finalmente, salvo en contadas excepciones, se logra que la oveja descarriada (y cada vez más famélica) se reincorpore al rebaño de países cuyas poblaciones tienen que seguir trabajando para el bienestar del así llamado ‘primer mundo’. Yo creo que pocos ejemplos hay tan ilustrativos de esta penosa situación como Grecia, a cuyo ingenuo dirigente, Alexis Tsipras, la feroz guardiana (presentada ahora como política de dimensiones históricas) de la banca europea pero sobre todo alemana, Angela Merkel, terminó sacando a patadas hasta de la presidencia de su propio país (i.e., es obvio que él no renunció porque hubiera querido cambiar de profesión!). En todo caso, el proceso es siempre el mismo: endeudamiento hasta no poder pagar y luego “privatización”, lo cual quiere decir ‘apropiación por parte de los “inversionistas” de los bienes de la nación’ de que se trate (o de lo que quede de los mismos). En este caso, por ejemplo, los puertos griegos (entre otras cosas) pasaron en gran medida a ser de hecho propiedad alemana.

Es importante entender que en las confrontaciones entre estados en general no hay nada personal involucrado, si bien en algún momento las personalidades pueden jugar un rol, pero éste no rebasará prácticamente nunca cierto nivel de importancia. Son las políticas las que son agresivas. Por ejemplo, la brutal devaluación de las monedas frente al dólar no es un asunto de animadversión personal o inclusive nacional: es resultado de la descarada manipulación de los mercados financieros desde Nueva York. Es un modo de operar con el dinero que contrapone a los bancos con los intereses de la población mundial. Como puede fácilmente constatarse, los “consejos” y las directivas (para no decir las ‘órdenes’) de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo o el Banco Mundial siempre resultan en lo mismo: disminución del gasto público, cancelación de programas de asistencia social, devaluación de las monedas, recortes laborales, etc. En otras palabras, la política monetaria mundial es esencialmente contraria al bienestar de las naciones y aquí no hay opción: o viven los bancos o viven los pueblos. El problema es que los gobiernos están justamente para proteger a sus pueblos, pero los dirigentes de los estados dependientes están en general tan asustados y tan comprometidos con las políticas de los poderosos que en general aceptan acatarlas y hacerlas valer a sabiendas inclusive que con ello llevan a sus países hacia abismos insalvables. Un problema relativamente nuevo es que ya ni esto está dando resultados y la crisis del sistema capitalista es tan fuerte (como lo muestra el déficit del gobierno norteamericano) que éste, a pesar de los múltiples países sacrificados, se tambalea. La crisis mundial, por lo tanto, ya desbordó inclusive a quienes normalmente se benefician con ella. Una consecuencia de ello es que los estados más avanzados entran en una fase de agresión casi indiscriminada, dado que los problemas económicos que empiezan ya a padecer ellos mismos requieren de soluciones que son inasequibles en el marco del propio sistema capitalista. O sea, este sistema generó tales niveles de esclavitud financiera y humana, tales niveles de desigualdad, exacerbó a tal grado la irracionalidad del sistema, generó tal pobreza y tanta destrucción del mundo natural que las soluciones para los grandes problemas que se crearon (económicos, sociales, ecológicos, etc., con todo lo que éstos acarrean) ya no son construibles dentro del sistema. Y aunque los ciudadanos comunes y corrientes no podamos hacer nada, quizá sea mejor de todos modos estar conscientes de la situación: no sólo no se van a reducir los niveles de pobreza, sino que se van a incrementar; no sólo no van a mejor los niveles de salud y de salubridad, sino que van a empeorar; y así con todo. La razón es simple: se requieren cambios de tales magnitudes en las formas de organización político y en los métodos de gobernar que su implementación der hecho equivaldría a un cambio de sistema y es evidente, supongo, que una transformación así no será nunca aceptada sin fuertes convulsiones sociales. El capitalismo ciertamente no va a morir en forma pacífica. Una clara manifestación de desesperación por no poder resolver los problemas que ahora el mundo enfrenta es el recurso ya un poco a tientas y a locas al viejo truco de generar puntos de conflicto militar. La guerra ha sido, es y seguirá siendo un paliativo del o para el sistema capitalista, un poderoso medicamento político al que se recurre para mantenerlo vigente. Naturalmente, para impulsar la gestación de situaciones de guerra no se requiere presentar buenas razones. Cualquier pretexto es fácilmente construible. Lo que importa son los planes de acción e intervención que haya que implementar y para eso están las grandes organizaciones militares y paramilitares, de inteligencia y contrainteligencia, como la CIA, el Mossad, MI6 y tantos otros órganos policiacos y de espionaje, de sabotaje, desestabilización, invasión y demás, que funcionan ya de manera rutinaria y efectiva. Es así como se inventaron los conflictos de Ucrania (lo único que se necesitó fue derrocar a un presidente elegido democráticamente y derribar arteramente un avión de pasajeros en suelo ucraniano), la guerra sin fin en el Medio Oriente (el precio a pagar para el bienestar y expansión de Israel), la destrucción de Irak y la succión de todo su petróleo, la guerra en Afganistán (lo cual permite tener bases a un costado de la Federación Rusa) y ahora la alarmante tensión entre las dos Coreas (con un ojo puesto en China, para alarmarla un poco). Es muy fácil inventar conflictos así, pues a estas alturas ya hay mucho entrenamiento acumulado (no me alcanzarían las páginas de este artículo para mencionar todos los casos de golpes de estado, asesinatos de líderes, actos de terrorismo, etc., organizados y llevados a cabo por las potencias occidentales). Todo esto está muy bien, sólo que hay un problema: esta solución tiene límites muy claros ahora más allá de los cuales no tiene el menor sentido incursionar. Se puede desde luego organizar un ejército de mercenarios y desestabilizar o destruir Siria, pero es obvio que eso no se puede hacer con Rusia o con China. La guerra como solución permanente y global llegó a su fin. Hay por lo tanto que buscar soluciones de otras clases. El problema es que la dueña del sistema, la banca mundial, no lo permite.

Frente a un panorama como este, que me parece todo lo que se quiera menos irreal, yo diría que hay por lo menos dos formas de reaccionar en términos políticos. Pienso que en los países dependientes y siempre a la zaga se pueden gestar dos clases de políticos que no se proponen en principio ninguna transformación radical o revolucionaria, pero sí mejoras palpables dentro del sistema lo cual, dentro de ciertos parámetros, es en alguna medida factible. Y, por otra parte, están los sujetos que decidieron no ser dentistas, ingenieros, deportistas, veterinarios, etc., sino que prefirieron dedicarse más bien a la “política”, porque ésta les pareció que era la mejor forma de ganarse la vida y de vivir lo mejor posible. Los políticos así son sin duda sujetos hábiles para las maniobras, duchos en los arreglos y en las componendas, astutos para los negocios y el posicionamiento en las esferas del poder; son los hombres (y ahora también las mujeres) que se saben todos los trucos para pasar de un puesto a otro y que han hecho todas las trampas imaginables, individuos para quienes la política no es otra cosa que el juego de la influencia y del enriquecimiento subrepticio permanentes. Si todos los políticos de este segundo grupo fueran técnicamente hábiles, la política se habría reducido al mero juego gerencial de la economía capitalista pero al menos serían exitosos en sus respectivas áreas, pero si además de ser moral irredimibles y políticamente inviables son técnicamente tarados (no saben hacer crecer al país, no se les ocurre cómo defender su moneda, no tienen ni idea de lo que es dignificar el papel de su país en los foros internacionales, etc., etc.), la situación para el país de que se trate se vuelve desastrosa. Así, pues, en el marco del sistema y desde la perspectiva de la subordinación, se puede ser un dirigente con objetivos nobles y desinteresados o un político rastrero que no busca otra cosa que su bienestar inmediato (de él y de “los suyos”) sin pensar en nada que no sean beneficios y obstáculos del presente inmediato.

Yo creo que, por múltiples razones, no debemos perder de vista el hecho de que, si bien dentro de límites sumamente estrechos, de todos modos es verdad que el sistema mundial de vida permite actuar con cierta autonomía, aunque ello exige siempre un mínimo de valentía. O sea, siempre será factible hacer algo por su país y por su población (proteger a sus pequeños propietarios, defender los precios de sus productos, reclamar relaciones bilaterales equilibradas, establecer vínculos comerciales parejos y así indefinidamente). América Latina, por ejemplo, tiene en su haber y para su orgullo políticos de esta primera clase, políticos genuinamente progresistas y que, sin ser revolucionarios, fueron o son auténticos defensores de los intereses de sus naciones y de sus pueblos. Desafortunadamente, tiene también, para su vergüenza eterna, grandes símbolos de practicantes de politiquería barata, egoísta, miope, de corto plazo y, por ende, decididamente anti-nacionalista (los ejemplos abundan. Piénsese un momento tan sólo en Salinas y su tristemente célebre “tratado de libre comercio de Norteamérica”, cuya maldición todavía padecemos). Presidentes respetables, dentro del marco del sistema capitalista, aparecieron en Uruguay (José Mojica), en Brasil (Ignacio Lulla da Silva), en Ecuador (Rafael Correa), en Argentina (Néstor Kirchner y Cristina Fernández), en Bolivia (Evo Morales), en Paraguay (Fernando Lugo) y, desde luego, en Venezuela, con el gran Hugo Chávez, misteriosamente atacado por un súbito cáncer. Todos esos presidentes fueron grandes patriotas que introdujeron importantes reformas agrarias, modificaron sus códigos de trabajo, reformaron los servicios médicos populares, tomaron en sus manos la reorganización de barrios y la recuperación de la juventud de las garras de la delincuencia, reforzaron las tareas educativas del Estado, defendieron hasta con las uñas los patrimonios nacionales, así como su autonomía en política exterior, sin rebasar (salvo en el caso de Venezuela, lo cual tiene por otra parte una explicación no muy difícil de proporcionar) las reglas del juego político global. Hicieron lo que se podía hacer, empezando por abrirles los ojos a su gente. Dirigentes como ellos, que estuvieron en contacto directo y permanente con los ciudadanos de sus respectivos países, forman una escuela, una forma de pensar y enfrentar los problemas causados en otras latitudes. Si se les examina se verá que todos ellos desplegaron o despliegan estilos de gobernar diferentes, vinculados naturalmente a sus respectivas personalidades, idiosincrasias y trasfondos, pero los une una misma orientación, las mismas aspiraciones de ya no ver a sus niños desnutridos ni a sus adultos sin saber leer y escribir, tienen los mismos o semejantes deseos de emancipación nacional, hasta donde el sistema, globalmente considerado, lo permite.

En contraste, el panorama que México ofrece es literalmente para llorar. También aquí hay una escuela política, sólo que es radicalmente diferente de la recién mencionada. Aquí los políticos tienen objetivos, no ideales. Tener ideales es visto como algo infantil, pasado de moda, ridículo. Lo que a ellos interesa y motiva es básicamente el éxito local, por pasajero que sea. Los políticos mexicanos son grandes oportunistas, pragmáticos (en el mal sentido de la expresión), de intereses y perspectivas meramente personales y, a lo sumo, partidistas, totalmente acríticos de sus superiores (el presidente en México, sea quien sea, es perfecto), duros o indiferentes con los compatriotas, pero acomplejados, timoratos y arrastrados frente al extranjero dominante. Hay tantos ejemplos tan vergonzosos de conducta ignominiosa que me vienen a la memoria que prefiero pasarlos por alto. Como dije, en México la escuela política es otra. Aquí, a través de un oscuro proceso de varios lustros basado en el embrutecimiento permanente de la gente y en su ignorancia, en el papel nefasto de nefandas capas de “intelectuales” gracias a los cuales se abolió casi por completo la oposición al sistema tanto en la acción como en el pensamiento, en la ya legendaria aguante paciencia de, como solía decirse, “Juan pueblo”, en la expulsión mediática efectiva de todo vocabulario que permitiría articular pensamientos distintos, en todo eso y más, lo único que se genera son políticos arribistas, gente que hace carrera política, personas que ocupan puestos importantes pero carentes en general de una sólida formación profesional (salvo quizá la de abogacía), grandes mentirosos, gente fácilmente comprable y desde luego gente para la que nociones como las de patria, nacionalismo, pueblo, libertad, etc., no significan nada más allá de lo que puedan significar en la retórica cotidiana (leía hoy en el periódico las declaraciones del edil de Orizaba sobre su estatua de Porfirio Díaz! Como para correrlo del país!). Es gracias a esa escuela de (de) formación política que en México se puede hacer desaparecer a 43 estudiantes y no pasa nada, se puede tener a un político vecino injuriándonos a todos nosotros y no hay la más mínima protesta diplomática por parte de nuestras autoridades, se puede mantener en la indigencia a millones de personas y seguir pensando en qué restaurant se va a ir a comer o a cenar, se pueden iniciar millones de averiguaciones previas por atracos, robos, violaciones, asesinatos y demás (en términos de muertes, México es el Irak de América Latina) y ni el 1 % de ellas se resuelve; y así ad nauseam. El problema es desde luego práctico, moral y político, pero es además un problema factual y lógico, en el siguiente sentido: llevado por los grandes traidores al país y a su gente, México cayó en una trampa de la cual no es fácil ver la salida. La trampa consiste en que los políticos (y los sectores poblacionales en los que se fueron apoyando) llevaron al país con bastante rapidez a una situación de descomposición y corrupción tales que lo único que desde entonces este país puede generar son políticos como ellos. México, por lo tanto, cayó en un círculo vicioso para el cual no es fácil vislumbrar una solución. Bueno, una solución dentro del marco del sistema …

Empezamos Mal!

Si la carrera por la rectoría de la UNAM arrancó tres meses antes de que el rector J. Narro deje el puesto, por lo visto la carrera por la Presidencia de la República empezó tres años antes de que el presidente E. Peña Nieto deje el cargo. Una expresión tangible de ello la tenemos, obviamente, en el nombramiento como nuevo presidente del PRI del hasta hace unos días diputado, ex-gobernador de Sonora en las tenebrosas épocas de Carlos Salinas de Gortari, Manlio Fabio Beltrones. Dejando las incontables implicaciones prácticas que tiene dicho nombramiento, lo único que por el momento podemos hacer es preguntarnos sobre su significado: ¿qué significa políticamente que se ponga ahora a Beltrones al frente del PRI? A mi modo de ver, el asunto es relativamente simple y la respuesta obvia: fundado en su ya larga experiencia como agente activo y exitoso dentro del sistema político mexicano y gran conocedor de todos los tejes-manejes de los procedimientos, mecanismos y rituales de la vida política nacional, a Manlio Fabio Beltrones se le ha encargado la delicada tarea de realizar para el presidente la labor política preparatoria a fin de que su candidato a la presidencia disponga, cuando sea destapado, de un partido sin disidencias, de manera que el destapado pueda iniciar su campaña bien respaldado por un partido sólidamente unificado para lo que desde ahora se ve que será un proceso particularmente problemático y reñido. Sobre cómo se irán haciendo los arreglos y las componendas dentro del PRI es algo sobre lo que no tenemos la menor idea, pero hay por lo menos algo que ahora sí ya sabemos: Manlio Fabio Beltrones no será el próximo presidente. Es plausible suponer que, en caso de que para entonces todavía le viera sentido a seguir activo en el sector público, si todo saliera bien él fuera el siguiente Secretario de Gobernación. Sin embargo, falta tanto para eso y van a suceder tantas cosas de aquí a entonces que dedicarle un minuto más al tema no es otra cosa que perder el tiempo.

Aludí al tema de la sucesión presidencial no porque esté particularmente interesado en él, sino más bien porque me parece claro que otros potenciales candidatos ya también, silenciosamente, iniciaron su campaña para candidatearse hacia la presidencia de la República. Ese, me parece, es el caso del muy hábil Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera. Si leemos los hechos con cuidado, tendremos que reconocer que su estrategia general está bien pensada, pues consiste en ir acumulando a partir de ahora resultados positivos de lo que habrá sido su gestión para presentar dentro de un par de años un paquete de resultados exitosos gracias a los cuales podría quedar ungido como el candidato de un frente amplio de oposición y ser así catapultado hacia la silla presidencial. Podemos entonces ver en el nuevo Reglamento de Tránsito para el distrito Federal el banderillazo de arranque de una discreta, pero no por ello menos real, pre-campaña presidencial. Hay, desafortunadamente, un problema: con este nuevo reglamento por delante lo único que se podría afirmar con certeza es que el Jefe de Gobierno de la ciudad habría arrancado su pre-campaña con el pie izquierdo. ¿Por qué? Porque el “nuevo” reglamento de tránsito representa un ataque directo a un sector importante de la población de la ciudad, pues visto con lupa no es otra cosa que un mecanismo de extorsión a la ciudadanía, un trozo de legislación anti-democrático, perverso, incoherente, inoperante, injusto y odioso. Prácticamente, lo único que tiene de nuevo es el incremento brutal de las multas! Constituye además una reglamentación esencialmente punitiva y que revela la profunda ineptitud de los legisladores capitalinos quienes, al parecer, no saben hacer otra cosa que calcar o plagiarse partes de legislaciones de otros países, mostrando su total incapacidad para pensar en las condiciones reales de la ciudad de México y elaborar un reglamento para ello, ad hoc a ella. Al igual que los animales que ven a diario disminuir sus territorios, sus “espacios vitales”, le será imposible a los conductores ajustarse a un reglamento tan absurdo como este que ahora nos anuncian, por lo que es de preverse también una cuantiosa derrama de dinero por parte de los cada día más hostigados y más castigados conductores. Surge la duda: ¿para qué querrá el Gobierno del Distrito Federal forrar sus arcas con el dinero de los ciudadanos?¿Será para poder competir más holgadamente con otros partidos cuando arranque la campaña para la presidencia de México? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que a cambio de mayores restricciones, a los ciudadanos conductores no se nos da nada: no se renueva la carpeta asfáltica, no se nos garantiza una mayor protección frente a ladrones, asaltantes y asesinos, no se nos da un tercer piso para desplazarnos cómodamente a la absurda velocidad fijada por los (pésimos) abogados del gobierno citadino. Nada de eso. Nada más se nos imponen nuevas obligaciones, nuevas restricciones, nuevos castigos. La verdad es que el anuncio del nuevo reglamento hasta suena a burla, puesto que es presentado como un reglamento pensado para darle “mayor seguridad a los ciudadanos”. Yo estoy convencido de que en el gobierno de la ciudad se piensa que los habitantes del Distrito Federal somos retrasados mentales!

Que el modo como se impuso el “nuevo” reglamento de tránsito ejemplifica a la perfección lo que son decisiones y procedimientos anti-democráticos es algo que nos queda claro tan pronto preguntamos dónde y cuándo se hizo la menor encuesta para inquirir acerca de lo que la ciudadanía opinaba respecto al tema del control vehicular en la Ciudad de México. Se nos apabulla de sol a sol con el mareante discurso sobre la democracia y sus valores, pero cuando surge una oportunidad para mostrar que efectivamente las medidas y decisiones gubernamentales que se toman emanan de consultas populares, de referéndums o por lo menos de encuestas, con lo que nos topamos es con decisiones de conciliábulo que sólo reflejan los intereses y las influencias de diversos grupos de interés (como el de las aseguradoras) y que simplemente ponen de manifiesto el hecho de que en esta ciudad carecemos por completo de genuina representatividad popular. A nosotros, los ciudadanos, quienes mantenemos al Estado mexicano a través de nuestros impuestos, se nos notifica, pero no se nos consulta. Por lo tanto, tenemos que ajustarnos a leyes y reglamentos que nos son impuestos por una autoridad que hasta podría ser extranjera. Simplemente se nos ordena que nos conduzcamos de cierto modo, se nos indica cómo tenemos que vivir, independientemente de si cuán irracionales sean las prescripciones en cuestión. En este sentido, el “nuevo” reglamento de tránsito es una auténtica joya.

¿Cómo diríamos, en general, que se mide el valor de un sistema normativo, de un reglamento? No es el lugar ni el momento para adentrarnos en sutiles y alambicadas discusiones, pero sí podemos sostener que es razonable pensar que la bondad de una determinada reglamentación es una función de las consecuencias que ésta tenga para la mayoría de las personas cuyas conductas rige. Pero entonces ¿por qué es bueno este reglamento?¿Contribuye acaso a, por ejemplo, que disminuyan los niveles de contaminación?¿Está diseñado para agilizar el tráfico en una ciudad cada vez más paralizada por la cantidad de vehículos y la mala calidad de las vías de comunicación? Exactamente al contrario! Es claro que este “nuevo” Reglamento de Tránsito no es más que un instrumento legal diseñado ante todo para extraer más dinero de los bolsillos de los conductores.

Yo diría que en general los Reglamentos de Tránsito para el Distrito Federal son ridículamente inconsistentes y éste, en la medida en que no modifica esencialmente nada en relación con el anterior, ciertamente no es una excepción. Consideremos rápidamente el caso de los vidrios polarizados. Por lo que se ve, ni el gobierno federal puede obligar a las compañías de autos a que no vendan sus unidades nuevas con vidrios polarizados, pero es perfectamente legal que un propietario cuyo auto no los tiene le ponga posteriormente a los vidrios de su auto la película que le venga en gana. ¿Cómo se va a hacer para distinguir entre el vidrio polarizado de fábrica y el vidrio polarizado por el dueño del auto?¿Se va a detener a los automovilistas para ir checando unidad por unidad? La distinción está mal trazada, pero si ello es así entonces la fracción VII del artículo 19 simplemente es inválida (y ridícula). Lo peor es que esto no es lo peor.

Dicho de manera general, el flamante reglamento de tránsito es descalificable de entrada por cuanto estipula líneas de conducta que se sabe que no van a ser acatadas, o peor aún: que no pueden serlo. Para ciertos efectos, por lo tanto, es además de incongruente e injusto totalmente fantasioso. Leyéndolo, uno se pregunta si quienes lo redactaron viven en la Ciudad de México o sólo ocasionalmente vienen de paseo. Un ejemplo de ello nos lo proporciona la irrealista fracción VII del artículo 14: ¿ignoran acaso quienes redactaron el reglamento que hay cientos, por no decir miles, de calles en la Ciudad de México que, por decisión de los vecinos, están cerradas a la circulación, a menos de que uno presente una contraseña, un documento, etc., y si no ignoran el hecho ignoran que esa realidad no se va a modificar? Si esa práctica, motivada desde luego por el temor a robos a casa habitación, de autopartes, a asaltos a personas y demás, es de hecho inamovible ¿qué sentido tiene prohibirla? Obviamente, la sensatez no es un rasgo distintivo del “nuevo” reglamento.

Sin duda alguna, sin embargo, el artículo más detestable y más abiertamente contrario al sentido común es el artículo 5 en su fracción V, muy especialmente en sus apartados (a) y (b) (aunque (c) no está exento de irracionalidad), esto es, el concerniente a los límites de velocidad. Un ser que llegara súbitamente a la Tierra podría imaginar que los legisladores están tomando medidas porque aquí la gente se desplaza a velocidades de 180 kilómetros por hora (digamos, en Insurgentes). La mera suposición es francamente ridícula. La velocidad media en la ciudad no rebasa en promedio los 30 kilómetros por hora. Todo mundo sabe, menos los obnubilados creadores y perpetuadores del reglamento, que un auto contamina más mientras más lentamente se desplace y mientras más veces se tenga que usar el freno. A las velocidades estipuladas (30 kilómetros en calles y avenidas y 70 kilómetros en vías rápidas. Esto último es increíblemente ridículo, porque por si fuera poco ahora que hay más autos se redujo arbitrariamente en 10 kilómetros el límite de velocidad en relación con el reglamento anterior!), tendremos que desplazarnos en primera o en segunda, consumiendo así más gasolina y contaminando considerablemente más de lo que lo haría un auto que se desplazara en tercera o cuarta (y perdiendo horas de trabajo para desplazarnos de un punto a otro). Además, por la multitud de baches y topes que contribuyen sistemáticamente al deterioro de las unidades, tenemos por doquier que ir frenando, por lo cual se usa más líquido de frenos y automáticamente se consume más gasolina (puesto que casi siempre se frena también con motor). Tomando todo esto en cuenta, parecería que cualquier reglamento de tránsito sensato debería tener como primer objetivo exactamente lo contrario de lo que éste promueve, es decir, agilizar el movimiento vehicular de la ciudad, entre otras cosas a fin de reducir lo más que se pueda la emisión de partículas contaminantes. Sin embargo y por paradójico que parezca, lo que este “nuevo” Reglamento de Tránsito Metropolitano promueve en su Artículo 5 es precisamente la costosa lentitud y la parálisis vehicular. ¿Cómo es posible que las propias autoridades limiten de manera tan grotescamente inapropiada, con pretextos ridículos, rayando en lo absurdo, la velocidad a la que se puede conducir en vías primarias, secundarias y especiales (c) a 70 kms por hora? Naturalmente, parte del problema es que de hecho las autoridades saben de entrada que nadie podría conducir normalmente ateniéndose a los límites establecidos, los cuales fueron deliberadamente impuestos para que sean sistemáticamente violados, porque el verdadero objetivo del “nuevo” reglamento es pura y llanamente multar a los conductores, independientemente de si lo que por medio de él se promueve es un incremento de la contaminación ambiental y de alertas atmosféricas, que se propicie la corrupción y que se desquicia un tránsito automovilístico de por sí difícil. Se expresa una gran preocupación por los peatones, pero hasta donde yo recuerdo no se ven peatones en el segundo piso. ¿Por qué entonces se ensañan con los conductores porque vayan, digamos, a 90 kms por hora?¿Qué pasa por ir a 90 kms por hora en el Segundo Piso o en el Periférico, cuando se puede, o sea, casi nunca?

Una faceta particularmente indignante del “nuevo” reglamento es el de las sanciones por puntos, una vulgar calca de mecanismos que es probable (aunque discutible) que funcionen sólo que en condiciones drásticamente diferentes a las que prevalecen en la capital del país y en México en general. El artículo 44 es particularmente infame, ilegítimo y atentatorio de los derechos humanos del ciudadano: por dos multas por exceso de velocidad, el ciudadano pierde en principio su derecho a manejar y es sólo tres años después que podrá volver a obtener una licencia! Eso se llama ‘represión’. El castigo, por otra parte, no exime al propietario de tener que pagar la tenencia de su auto, terminar quizá de pagar el auto mismo, pagar la verificación, desplazarse en un ineficiente e insuficiente transporte público, exponerse a ser asaltado, etc. Todo eso y más por no haberse adaptado a los anti-naturales e irracionales lineamientos de un caprichoso reglamento inventado básicamente para esquilmar al ciudadano.

Que, aparte de ser ambientalmente contraproducente, el Reglamento de Tránsito Metropolitano tiene un carácter altamente artificial es algo imposible de negar. Es imposible no percatarse de que en gran medida es un producto importado, es decir, una fácil copia de reglamentos vigentes en otros países. El problema es que a quienes lo importaron se les olvidaron también los trasfondos de los otros reglamentos: la calidad de las avenidas, calles y vías rápidas, la fluidez del movimiento vehicular, las facilidades para estacionarse, la calidad de los servicios policíacos, las tradiciones de manejo, etc. ¿Por qué no copian también la libertad que en Alemania tienen los conductores para manejar sin límites de velocidad en carretera? En Alemania tienen el 20 % de los accidentes que hay en México. Yendo en contra de lo que sensatamente se pretende en cualquier metrópoli equivalente en dimensiones y en problemas a la Ciudad de México, aquí el reglamento está a propósito diseñado ante todo para hacer caer al conductor en errores y faltas por medio de un reglamento anti-natural y con no otro fin que multarlo. Este reglamento, por lo tanto, promueve de hecho la corrupción y está en flagrante contradicción con los objetivos más elementales de cualquier política de salud y de tránsito vehicular racional que pueda articular un gobierno del Distrito Federal.

Una pregunta que la gente constantemente se hace es ‘¿cómo podríamos acabar con la corrupción?’, con ese mal que corroe a nuestra sociedad y sistemáticamente bloquea el desarrollo del país. No sé realmente qué sería una respuesta clara y exhaustiva a una pregunta tan compleja como esa, pero estoy seguro de que una forma de empezar a diagnosticar el mal es preguntando: ¿cómo se promueve la corrupción? La respuesta es simple: en gran medida, mediante leyes injustas y estúpidas, mediante reglamentos anti-sociales y descaradamente coercitivos, imponiendo mecanismos de opresión para que quienes se ostentan como representantes de la ley puedan cebarse en los ciudadanos, en su mayoría sin la capacidad suficiente para defenderse exitosamente de éstos y a cuya merced quedan. Visualizamos ya la formación de alegres jaurías de policías de tránsito desatadas por un reglamento infame y a quienes avalará en todas sus arbitrariedades y fechorías. Y pensar que todo lo horrendo que se nos viene encima podría deberse tan sólo a un ambicioso plan para implementar una potencial contienda política! Quiero pensar que estos acosados y agotados conductores capitalinos en su momento sabrán pasar la cuenta por esta nueva afrenta de la cual son víctimas por parte de sus indeseados gobernantes.