Venezuela 1 – México 0

Tal vez deba empezar por señalar que no me estoy refiriendo al partido de fútbol de la Copa Mundial Sub 20 en el que Venezuela venció a México por ese marcador. Me estoy refiriendo a la lastimosa derrota diplomática sufrida no por México sino por su representante ante los países del mundo, el candidato de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República, el mediocre Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray. Dicha derrota tiene que ser explicada y comentada. Hagamos, pues, eso.

Lo primero que tenemos que hacer es sacar a la luz los elementos del bochornoso suceso. Cualquier evento, para ser debidamente comprendido, requiere ser contextualizado. En este caso son dos los ingredientes básicos: la creciente crisis del Estado venezolano y el despreciable y cada vez más descarado lacayismo del gobierno de México frente a las administraciones norteamericanas. Dado que esto último es algo a lo que se nos ha acostumbrado desde hace ya muchas décadas, mucha gente lo ve como algo más o menos normal, pero sería bueno que recordara que no siempre fue así y, sobre todo, que no tiene por qué ser así. Pero vayamos por partes.

Que la situación en Venezuela es desastrosa todos lo entendemos, pero lo que no siempre se entiende es por qué. La respuesta no es muy difícil de dar: muy a grandes rasgos, porque los Estados Unidos no van a dejar vivir en paz a ningún país, y menos de América Latina, en el que se pretenda implantar un modo de vida diferente al que conviene al status quo mundial y que básicamente ellos modelan e imponen. No es ciertamente el bienestar del pueblo de Venezuela lo que les importa, sino su petróleo, sus playas, su posición estratégica, etc. La Revolución Bolivariana luchó exitosamente en contra de multitud de vicios típicos del capitalismo tercermundista: analfabetismo, delincuencia organizada, feudalismo agrario, corrupción, saqueo de la riqueza nacional, etc., al tiempo que introdujo una nueva ideología de corte socialista hábilmente camuflageada bajo la inatacable imagen del Libertador, Simón Bolívar. Liderada por el comandante Chávez, Venezuela inició una nueva vida en la que, por primera vez en ese país, los intereses de clase de la población se hicieron valer y se vieron protegidos. Eso es verdadera democracia. Naturalmente, esa protección sólo se alcanza si se logra romper con el yugo de los industriales, los banqueros, los grandes terratenientes y demás miembros de la élite económica del país y Chávez lo logró. Con un líder tan carismático como él a la cabeza, Venezuela se convirtió en muy poco tiempo en el país políticamente vanguardista en América Latina y, por consiguiente, en el más incómodo para Washington. Desde el punto de vista de los intereses norteamericanos era imperativo detener a cualquier precio el proceso venezolano y ello empezó con el aniquilamiento físico del líder de la Revolución Bolivariana. No nos engañemos: Chávez murió como Arafat, es decir, asesinado. Es cierto que tuvo cáncer, pero lo que no se aclaró nunca es si el cáncer fue inducido. Nunca lo vamos a poder demostrar pero en realidad eso no importa, porque lo que importa es el significado político de su muerte: políticamente, el comandante Chávez fue asesinado puesto que ver en su deceso un mero fenómeno natural es políticamente dañino y en el fondo tanto torpe como ingenuo. Y la prueba política de que su muerte no fue un fenómeno de la naturaleza es que ya sin su líder resultó más fácil echar a andar el complejo proceso de desestabilización del país. Para eso no hay en el mundo nadie más apto que los aparatos de Estado norteamericanos: la CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono. Lo que en cambio nadie se esperaba es que el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, resultara un hueso tan duro de roer y ello por varias razones. Primero, porque por su condición de clase, Maduro no traicionó los ideales del chavismo y, segundo, porque por su carácter mostró que es un hombre decidido y valiente. Él sabe perfectamente bien lo que le espera el día que lo saquen de la Casona, esto es, la residencia presidencial, y por lo tanto no va a titubear en la defensa de la soberanía de Venezuela. Ahora ¿cómo se orquesta un programa de desestabilización? La CIA debe tener manuales de ello. Detengámonos un momento en este punto.

¿Cómo se destruye un régimen político? Entran en juego muchos y muy diversos factores, pero por lo pronto podemos apuntar a acciones coordinadas en al menos los siguientes 5 frentes: el frente militar, el económico, el interno, el propagandístico y el político-diplomático. En el caso de Venezuela, hace lustros que la prensa mundial se ejercita cotidianamente desinformando a la población mundial. CNN, por ejemplo, ha sido atrapada en mentiras flagrantes, deformando de manera monstruosa lo que sucedía en las calles, con reportajes no ya tendenciosos sino abiertamente falseadores de la realidad. En los canales de televisión tanto nacionales como internacionales todos vimos una y otra vez lo que parecían inmensas manifestaciones populares en contra del gobierno legalmente establecido de Maduro, pero si veíamos la misma aglomeración desde otro punto de vista nos dábamos cuenta de que todo había sido una ilusión visual: no había masas, sino un reducido grupo de personas protestando. En cambio, de las colosales manifestaciones populares de apoyo al gobierno nunca se supo nada. Trucos como esos abundan y son aprovechados sistemáticamente. En el frente interno nunca faltan, como bien sabemos, los agitadores profesionales, los pseudo-héroes presentados como mártires caídos en la lucha “por la democracia”, una retórica tan vacua que ya se tornó inefectiva. Leopoldo López y Henrique Capriles ejemplifican a la perfección a los líderes del sabotaje interno, a los dirigentes encargados de sembrar el odio entre la población y las peores actitudes frente al gobierno. En el frente militar lo que hasta ahora encontramos son las bases en Colombia, los movimientos de tropas, los ejercicios militares, todos esos movimientos diseñados para generar temor entre la población, inquietud en los militares, preocupación entre los políticos. Sobre las agresiones comerciales y financieras habría tanto que contar que no podríamos hablar de otra cosa. Las fluctuaciones brutales en los precios del petróleo son el resultado de manipulaciones para acabar con la gran fuente de divisas con lo cual se le cierran a Venezuela las puertas a los mercados internacionales para la compra de medicinas, comida y toda clase de mercancías. ¿No recuerda nadie estas tácticas aplicadas en, por ejemplo, Chile, durante el gobierno de Salvador Allende? Dejemos que, velozmente, Neruda nos las traiga a la memoria:

Honor a la victoria apetecida
Honor al pueblo que llegó a la hora
A establecer su derecho a la vida
Pero el ratón acostumbrado al queso
Nixon, entristecido de perder,
Se despidió de Eduardo con un beso
Cambió de embajador, cambió de espías
y decidió cercarnos con alambres.
No nos vendieron más mercaderías
para que Chile se muriera de hambre
Cuando la Braden les movió la cola
Los momios apoyaron la tarea
gritando Libertad y Cacerolas
mientras que los patrones victimarios
pintaban de bondad sus caras feas
y disfrazándose de proletarios
decretaban la huelga de señores
recibiendo de Nixon los dineros
Treinta monedas para los traidores.

El esquema de la agitación, el sabotaje, el boicot y todas las demás técnicas de desestabilización han sido puestas en práctica en Venezuela. Nos faltaba la presión política y diplomática. Y es aquí que el gobierno de Peña Nieto hace su aparición a través de deplorables y ridículas denostaciones por parte de un Secretario de Relaciones Exteriores que a ojos vistas no tiene la menor formación ideológica y que no pasa de ser un burócrata infectado de aspiraciones presidenciales. Con un gesto acartonado e inexpresivo, Videgaray critica en los foros latinoamericanos en los que se presenta, el “ataque a la democracia” que en realidad no es otra cosa que la defensa que hace un gobierno legítimo de la soberanía de su país. Pero me parece que estamos hablando en un lenguaje que en México hace mucho tiempo dejó de emplearse: “soberanía”, “intervencionismo”, “defensa del patrimonio nacional”, etc. Ese no es el léxico que manejan los políticos mexicanos desde por lo menos la época de Miguel de la Madrid. El problema es que en este caso las cosas no le funcionaron al pobre aprendiz de diplomático, porque ni tarda ni perezosa la Ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela le hizo un recordatorio muy pertinente de su falta total de autoridad moral para criticar al gobierno bolivariano de Venezuela. ¿Qué le señaló la Ministra Delcy Rodríguez al canciller mexicano? La verdad es que estuvo formidable, clara y directa. Empezó por recordarle el enojoso caso de su enriquecimiento semi-incomprensible al adquirir una propiedad de millones de pesos justo cuando estallaba el escándalo de la Casa Blanca que tan mal parado dejó al presidente y a su esposa. Le recordó que México es el país en donde más mueren periodistas y en donde, por lo tanto, la libertad de expresión se ha ido reduciendo a su más mínima expresión. No tuvo empacho en señalarle que en Venezuela no ha habido casos como el de Ayotzinapa, no aparecen decenas de cadáveres en decenas de tumbas clandestinas y que si bien Venezuela tiene problemas económicos graves por lo que de hecho es un bloqueo semi-continental no presenta el cuadro crónico de injusticia social y de desproporciones económicas que presenta nuestro país, un país con uno de los niveles más bajos en el sector educativo, dicho sea de paso (diga lo que diga el inefable Secretario de Educación Pública, quien nos exhorta a que convirtamos México “en el mejor país del mundo” (sic), frase pronunciada en una alocución en la que estaba presente el Ministro de la Defensa Nacional, una fantochada que sólo el pueblo de México se traga). La Ministra tuvo a bien recordarle a su par mexicano que México es un país en donde florece el narcotráfico, el tráfico de personas y que se vive en una atmósfera de permanente violencia. Yo creo que nosotros podríamos añadir que vivimos también en el país del fraude electoral por excelencia y que ese fraude lo orquesta el partido político al que el Secretario Videgaray pertenece. La pregunta es entonces: ¿le vamos a conferir, por lo menos nosotros, los mexicanos, algún valor a las palabras de un individuo que adquieren peso sólo porque ocupa un puesto importante en la actual administración, de un sujeto que dejó su puesto en la Secretaría de Hacienda un par de días antes del gasolinazo, que dejó un peso ultra-devaluado y cuyo único mérito político consiste en haber invitado a Trump durante la campaña de este último, una arriesgada apuesta política que habría podido costarle mucho a México si H. Clinton hubiera ganado? Yo coincido con el diagnóstico de Delcy Rodríguez: las acusaciones de Videgaray son simplemente “infames”.

Lo que no deja de ser francamente ridículo es la respuesta de Videgaray. Frente a una crítica tan explícita como la de la ministra venezolana, lo menos que se podía esperar era una contestación vigorosa, en términos de principios tanto políticos como morales, una defensa profesional y articulada de México. Pero no fue esa la posición de nuestro ilustre Canciller y ello, desafortunadamente, es hasta cierto punto comprensible. Lo indefendible es indefendible y no hay nada que hacer al respecto. Su respuesta fue (y lo cito verbatim): “México no responderá a los señalamientos en contra del gobierno mexicano que ha hecho la ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela, Delcy Rodríguez”. Y afirmó también que “No vamos a responder a esas provocaciones, ni a responder calificativos con calificativos” (!). Pero es obvio que nadie estaba pidiendo un intercambio de insultos, porque lo que la ministra Rodríguez aseveró no era una injuria sino una descalificación plenamente justificada. Tampoco era México a quien le correspondía responder, porque la crítica de la ministra venezolana no estaba dirigida en contra del pueblo de México, sino en contra de alguien que se ostenta como su representante ante el mundo y que a final de cuentas no es más que un manipulador más. El Sr. Videgaray no debería echar en saco roto la idea de que para saltar a la tribuna y externar posiciones políticas críticas de otros hay que estar preparado, hay que tener un mínimo de autoridad moral, tener un respaldo político, porque a final de cuentas él está hablando no en su nombre sino en nombre del país, al que hace quedar mal. Pero todo se aclara cuando entendemos que el rol que se le asignó consiste simplemente en ser portavoz de puntos de vista dictados desde otras latitudes y que él repite como grabadora con no otro objetivo que el de congraciarse con quien (aunque por el momento lo niegue) habrá de darle el visto bueno para la carrera hacia la presidencia el año entrante. No hay en verdad otras palabras para calificar su desempeño que ‘vergonzoso’ y ‘patético’.

Yo me inclino a pensar que Venezuela ya pasó el peor momento, el más peligroso. Con el apoyo popular masivo a la Asamblea Nacional Constituyente y la consistente actuación del presidente Maduro, el estado de derecho queda automáticamente asegurado. El apoyo del pueblo a la iniciativa del gobierno ha sido una demostración palpable de participación democrática. Yo creo que nuestros conocidos, los priistas, deberían por fin entender que la fuerza popular no se logra con acarreados, así como los verdaderos ejércitos no pueden ser meramente ejércitos de mercenarios. Qué extraña coincidencia: Venezuela nos ganó uno a cero en futbol y nos volvió a ganar por el mismo marcador en el ring de la diplomacia y la dignidad.

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