Categoría: 2020-I

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Andrés Manuel López Obrador: ¿drama o tragedia?

Todo mundo sabía que, a partir del momento en el que el Lic. Andrés Manuel López Obrador ganara las elecciones presidenciales, el país automáticamente se encaminaría por la ruta de la confrontación política y social. Era impensable que, por injustificados que fueran sus privilegios, los favorecidos del antiguo sistema y a quienes se les iba a poner en orden se quedaran pasivamente contemplando su defenestración. La confrontación en cuestión, cuya temperatura sube día con día, era de entrada muy desigual, muy dispareja. Por un lado estaban el presidente, las masas de votantes que lo llevaron al poder y los aparatos de Estado, i.e., el gobierno nacional, ocupado éste por primera vez desde hace muchos lustros por un genuino representante de las clases trabajadoras, populares, menos favorecidas, despreciadas. En otras palabras, por el pueblo de México en su inmensa mayoría. Por el otro lado estaban las vampirescas élites nacionales, las mafias constituidas por gente de camisas de seda y relojes de 100,000 pesos pero carentes por completo de escrúpulos, nunca movidos únicamente por algo que no fueran intereses personales y que habían logrado, a través de un fétido e inducido proceso de putrefacción social, apoderarse de los organismos de gobierno y ponerlos a funcionar para su beneficio. Naturalmente, este opulento grupo social que vive de la sucia mezcolanza de poder político con poder financiero en gran escala nunca viene solo. El grupo en cuestión actúa libremente pero de manera oculta y silenciosa, porque para la defensa de sus ambiciones y la representación pública de sus intereses tiene a su disposición, es decir, a sueldo, a toda una caterva de dizque intelectuales tercermundistas, de calumniadores profesionales que se presentan a sí mismos como “periodistas”, como “comunicadores” o como “especialistas” pero que en realidad no son otra cosa que agitadores profesionales, mentirosos descarados y agentes incrustados en los sistemas de propagación ideológica y control mental, es decir, en los periódicos, en la televisión y en el radio. No incluyo las redes sociales puesto que, afortunadamente, éstas no les pertenecen porque, como a todos nos queda claro, si fueran de ellos harían de dichas redes exactamente el mismo uso que hacen de los medios de comunicación de los cuales sí son propietarios. Así, pues, en la confrontación que arrancó desde el momento en que el Lic. López Obrador tomó posesión y que al día de hoy no ha menguado ni tiene visos de hacerlo, muy rápidamente las partes del conflicto quedaron nítidamente delineadas ante la opinión pública. El poder quedó del lado del presidente, un poder fuertemente respaldado por un apoyo popular masivo e incondicional; del otro lado quedaron, aparte de los grupúsculos de privilegiados susceptibles de ejercer fuertes presiones económicas y políticas, todos los mecanismos de desinformación y desorientación sistemáticas a los que se puede recurrir y que desde entonces simplemente no dejan de funcionar. Todo mundo sabe que la lucha tramposa, mal intencionada, mendaz, tendenciosa de los enemigos del presidente y, por transitividad, del gobierno y del pueblo de México, se implementa y actualiza 24 horas al día. El presidente ha respondido a todas estas agresiones, que van desde estupideces mayúsculas y difamaciones indignantes hasta acciones que rayan ya en la ilegalidad, con medidas de gobierno sensatas, con políticas que sólo quienes no sienten nada por México podrían cuestionar, con una conducta personal intachable y con sus conferencias matutinas, imprescindibles para mantener un mínimo de equilibrio respecto a la información. Así, pues, a primera vista al menos el escenario político nacional se ubica sobre un trasfondo de conflicto y confrontación cotidianos que hace pensar que de lo que somos testigos es de un drama político de resultado incierto.

Ahora bien, con el anuncio, hecho por el mismo presidente de México, de una genuina conspiración en su contra, ya a estas alturas imposible de ocultar y en verdad cada vez más descarada, y dados ciertos excesos de bondad, de liberalidad y quizá hasta de inocencia o de miopía política en los que una y otra vez los dirigentes de la Cuarta Transformación incurren, provocados por ciertas confusiones conceptuales tan burdas como graves pero cuyos efectos de inmediato se hacen sentir, la percepción del conflicto social que vive hoy nuestro país forzosamente cambia y nos lleva de visualizarlo como drama a verlo como una potencial tragedia. Hagámonos entonces abiertamente la pregunta: ¿es lo que vive México un drama político o más bien lo que se está gestando es una tragedia política? Intentemos responder a este interrogante.

Empecemos con una aclaración semántica. Es innegable que en nuestro país se tiende a usar de manera inexacta o semi-correcta la palabra ‘tragedia’ y sus derivados, como ‘trágico’. Se habla de una tragedia cuando se produce un desastre natural y que muchas personas mueren o cuando fallecen muchas personas en un accidente aéreo o cosas por el estilo. Pero en sentido estricto una tragedia es otra cosa. La palabra, como todo mundo sabe, es de origen griego y en la antigua Grecia servía para designar cierta clase de representaciones histriónicas cuya característica esencial o definitoria era que el héroe de la pieza de teatro que fuera, por una concatenación de sucesos y acciones, se veía llevado al desenlace fatal que él a toda costa y conscientemente había tratado de evitar pero que, por coincidencias, felonías, intrigas, errores, caprichos de los dioses, casualidades, etc., él mismo generaba y ante los cuales finalmente sucumbía. Demos un ejemplo simple: a Edipo se le dice que matará a su padre y se casará con su madre. La perspectiva de semejante situación genera en la gente normal un sentimiento de horror y de repulsión tanto ahora como en aquellos tiempos, en Grecia como en China. Para evitar semejante destino, Edipo abandona su tierra natal pero por sus propias acciones y un sinnúmero de vicisitudes, él mismo sin saberlo se coloca en la posición de matar al rey (que es su padre, lo cual naturalmente él ignora) y casarse con la reina (que es su madre). Él no quería que eso pasara pero, por así decirlo, su destino ya estaba escrito y no había forma de que lo eludiera. Hiciera lo que hiciera, él estaba condenado a algo y en eso precisamente consiste la tragedia: él mismo construyó la vía que lo llevó a tan horrendo resultado.

Con base en lo expuesto, podemos replantear nuestra pregunta, la cual tendrá para nosotros ahora sí un sentido un poco más definido: cuando hablamos de la Cuarta Transformación y del futuro del actor político del cual ella depende, esto es, del Lic. Andrés Manuel López Obrador: ¿aludimos a un drama o hablamos más bien de una potencial tragedia?

Consideremos la primera opción. Si la lucha política que casi paraliza al país es un drama, entonces la moneda está en el aire y el resultado es aquí y ahora impredecible. Puede ganar el proyecto del Lic. López Obrador como puede vencer la poderosa clique anti-mexicana. En ese caso, todo dependerá de la habilidad de quienes toman parte activa en la confrontación. Al respecto yo pienso que en, en circunstancias normales, la batalla la tiene ganada el presidente de México. ¿Por qué? Las razones son múltiples y de muy variada índole, tanto positivas como negativas. Mencionemos velozmente un par de ellas.

En primer lugar, las causas por las que el actual gobierno (dirigido por un auténtico luchador social como lo es el presidente) lucha son intrínsecamente mejores, más nobles que las de los adversarios. Es risible pensar que es mejor luchar por mezquinos intereses personales o de grupo que por intereses colectivos y nacionales. Y, como era de esperarse, las diferencias entre objetivos tienen su reflejo en las diferencias entre los individuos que toman parte en la contienda. A mí al menos me parece obvio que no pueden tener el mismo status moral quien a toda costa y por todos los medios pelea por mantener sus privilegios sin que le importe en lo más mínimo su costo social que quien lucha por salvaguardar los intereses básicos los demás. Nadie nos podrá convencer de que es mejor rescatar unos cuantos emporios que garantizarle un mínimo de comida, educación y salud a la inmensa mayoría de la población. Prima facie, nadie intentaría convencernos de que el eje fundamental de la política del actual gobierno, a saber, la lucha en contra del virus social y mental de la corrupción, sea algo que deberíamos combatir. Sinceramente, no creo que haya una persona en su sano juicio que seriamente intentara defender el excepcionalismo fiscal consistente en exentar de impuestos a grandes corporaciones, a los compadres y amigos con los que se quiere quedar bien y en última instancia a quien uno quiera, porque para eso se detenta el poder. Recuérdese además que cuando hablamos de exención de impuestos no estamos aludiendo a los impuestos que Hacienda extrae de profesionistas, de pequeños empleadores, de burócratas que están en nóminas y que son fácilmente detectables, etc. No! Estamos hablando de opulentas empresas a las que se les condonaban miles de millones de pesos por ser eso precisamente, esto es, empresas opulentas. Y en este contexto ‘opulentas’ quiere decir justamente que podían sin problemas pagar los impuestos que le deben al erario público. Que estamos hablando de fraudes descarados lo pone de relieve el hecho de que ni una sola de las entidades físicas o morales que se beneficiaron de la política de discrecionalidad fiscal practicada por los presidentes que antecedieron al Lic. López Obrador defiende públicamente su injustificado privilegio. Privilegios así, declaradamente injustos, simplemente no son defendibles y no hay nada más que discutir. Con toda franqueza y en toda candidez: aparte de algún retorcido mental: ¿quién puede ir en contra de la política de recuperación de adeudos? Con ejemplos de esta clase podríamos llenar páginas, por lo que me limito a enunciar mi premisa y conclusión: las causas de la Cuarta Transformación son superiores moral, legal y socialmente a las de sus adversarios.

En segundo lugar, es evidente que el tiempo corre en contra de los enemigos de la Cuarta Transformación y ello por una razón muy simple que hasta ellos entienden: la labor emprendida por el presidente tarde o temprano tendrá que empezar a rendir frutos de manera palpable, visible, tangible, imposible de negar. Una vez que empiece a darse la recolección de los resultados deseados éstos bastarán para cerrarle el pico a las aves de mal agüero que hoy retan al presidente. Para bien o para mal, lo cierto es que las transformaciones sociales llevan tiempo y el esfuerzo hasta hoy realizado por el presidente de México inevitablemente es de efectos retardados, porque no puede ser de otra manera. Pero ‘retardados’ no significa que no llegarán nunca, sino simplemente que no son inmediatos. En todo caso, una vez que el tren del sureste entre en funciones, que el nuevo aeropuerto de Santa Lucía se active, que el ciudadano medio se percate de los beneficios que acarrea la inmensa inversión en infraestructura que está haciendo el gobierno de México, cuando se aprecie lo que fue la reconstrucción y la puesta en funciones de decenas de hospitales abandonados y así sucesivamente, entonces la gente sentirá la necesidad de agradecerle al presidente todo el bien realizado, así como ahora le agradece la ayuda pecuniaria que ha desparramado (y con la que otros se habrían llenado los bolsillos). Se le habrá quitado entonces a la pandilla de propagandistas parásitos sus principales elementos de crítica del actual gobierno y habrán perdido para siempre la posibilidad de debilitar el apoyo popular al presidente. Por ello, mientras el pueblo de México siga sintiendo que tiene un gobernante que piensa en él y que se ocupa de él, que a través de becas, apoyos, programas sociales, etc., le ayuda a llevar comida a su casa diariamente, el actual gobierno tiene la partida ganada.

En resumen: podemos afirmar que si las cosas se dan como fueron previstas, cuando venga el momento de tomar decisiones, la balanza muy claramente se estará inclinando en favor del Lic. López Obrador. Estaríamos entonces hablando de un drama con un final feliz y de un nuevo comienzo en la historia de México. A mi modo de ver hay que ser muy miope políticamente para no entender que una vez que las importantes reformas efectuadas en todos los dominios de la vida social cuajen, éstas serán simplemente irreversibles o si son reversibles (lógicamente, todo puede pasar) lo serían a un costo tan alto que no es seguro que haya alguien que lo quiera pagar.

En México, lo sabemos, no hay oposición política no sólo de altura sino que simplemente no la hay, dado que los partidos promotores de la gran corrupción, PRI y PAN (muchos estarían tentados de añadir al PRD, pero no voy a entrar en controversia por esto. Con los dos primeros me doy a entender) fueron barridos en las elecciones y expulsados definitivamente de la mente y del corazón de la gente. A estas alturas: ¿quién se acuerda y a quién le importa el PRI? Ahora bien, eso no significa que los enemigos de México no hayan desatado una guerra contra el país no ya en las Cámaras, puesto que allí no cuentan, sino en los espacios públicos. La guerra contra el actual gobierno se da en dos grandes frentes. Está por una parte el frente silencioso pero efectivo de la economía real (falta de inversiones, boicot permanente de los planes de gobierno, remesas de divisas hacia el extranjero, etc.) y el frente estridente de los monigotes de ventrílocuo de siempre, dizque expertos parlanchines, mentirosos, tergiversadores y que, como plaga bíblica, acaparan casi en su totalidad periódicos y programas de radio y televisión. Todos los días se dicen cosas realmente tan ridículas como execrables sobre el presidente, sus colaboradores y su política. Desde Cero Gómez Leyva hasta Leo Zuckermann, pasando por los abominables Ricardos Alemanes y Lorets de Mola, todas las marionetas ideológicas al servicio de las élites enardecidas están metidas en una impresionante campaña en contra tanto de la Cuarta Transformación como de la persona misma del Lic. López Obrador. No debería sorprendernos, dicho sea de paso, que la lucha contra los intereses nacionales revista a menudo la forma de ataques en contra el ser humano mismo que es el presidente. Pero ¿quiénes son los soldados ideológicos de los regímenes anteriores? Son muchos y es por lo tanto imposible no digamos ya debatir con todos, sino simplemente enumerarlos. Confieso que no me rebajaría al grado de tomar en serio y discutir afirmaciones hechas por un engendro como Ricardo Alemán pero, para ilustrar rápidamente la calaña de los “críticos” de la presidencia, consideremos momentáneamente a Leo Zuckermann, por el cual (y esto debe quedar bien claro) Televisa es política y socialmente responsable. Presentado como un “especialista”, como un sabelotodo que lo mismo habla de finanzas que de cine (y cuya cultura cinéfila prefiero no traer a colación), este sujeto no tiene otro objetivo que desvirtuar, desprestigiar, difamar todo lo que emane del actual gobierno. Esa es su función. No hay programa (que yo, como muchas personas, dejé de ver hace ya mucho tiempo) en el que no intente abierta o solapadamente, dependiendo del tema, debilitar el pacto federal, la unión nacional, los esfuerzos gubernamentales para enfrentar la actual crisis, presentando siempre temas y problemas de manera insidiosa, tratando de convencer al tele-espectador de que el presidente es el responsable hasta de la pandemia que afecta a todo el planeta. En pocas palabras, Zuckermann es defensor de las causas más anti-populares y más anti-mexicanas y llega en sus desplantes y exabruptos hasta donde sus invitados se lo permiten. Pero tan pronto uno de estos difiere mínimamente, de inmediato se revela su verdadera estatura intelectual y entonces hace el ridículo mostrando sin dar lugar a ambigüedades que no tiene realmente nada que decir. Cometió, por ejemplo, el error táctico garrafal (en el que, supongo, nunca más volverá a caer) de invitar al ex-presidente de Ecuador, al gran Rafael Correa, pensando en que le iba a dar una cátedra de economía y de política pero de quien recibió una vapuleada formidable y por si fuera poco con la mano en la cintura. Quien vio el programa sabe que no hubo una sola cuestión en relación con la cual Correa no lo exhibiera como lo que es: un ignorante y un ideólogo barato que no resiste un examen serio. Esa sesión fue francamente desopilante! En todo caso, estos son los enemigos de AMLO y así son los enemigos del pueblo de México. Son estos grupos de poder e influencia quienes permanentemente riegan “fake news” concernientes a los programas de gobierno y la figura del presidente. A decir verdad, no sabemos qué son más, si las mentiras que destilan o las verdades que sistemáticamente ocultan.

Ante esta situación, a sabiendas de que el ataque permanente al presidente no va a cesar, si se va a seguir haciendo todo lo que se pueda por todos los medios asequibles para bloquearlo, para detener las reformas, para ridiculizarlo, para regresar al estado de impunidad y de injusticia social crónica e imperdonable que los opositores de la Cuarta Transformación tanto añoran, entonces la pregunta que hay que plantearse es: ¿cómo debe reaccionar el Lic. López Obrador en tanto que líder del gobierno y dirigente nacional? Yo pienso que hay una serie de puntos que es muy importante consignar y quisiera aquí enumerar de manera cruda algunos pensamientos que me parecen importantes tomando en cuenta el contexto real actual. De antemano prevengo que ni mucho menos pretendo ofrecer una lista exhaustiva ni un análisis completo ni nada que se les parezca. Además, estoy seguro de que no digo nada que el presidente no sepa ya, pero aquí de lo que se trata es, primero, de expresar lo que uno piensa y, segundo, de tratar de llamar la atención sobre diversos aspectos de la sorda lucha que se desarrolla en México porque ello podría ser de alguna utilidad para quienes quisieran que la Cuarta Transformación triunfe, es decir, que se imponga en este sexenio y se refuerce desarrolle en los que siguen. Con esto en mente, creo que podemos afirmar lo siguiente:

A) El presidente debe saber que su actitud pacífica y conciliatoria (porque lo es! Si no fuera así las cárceles ya estarían repletas de bandidos de cuello blanco, de promotores de golpes de Estado, etc.) no es correspondida. Él extiende la mano y lo que recibe es una bofetada. El presidente debería saber que en principio sí corre el riesgo de que lo derroquen, pero tiene que estar muy consciente de que si lo llegaran a derrocar no lo tratarían como él trató a sus adversarios. Que no se nos olvide que el odio político de los reaccionarios y facinerosos políticos de siempre en general se traduce en venganza personal y que son implacables como lo son todos aquellos que nunca respetaron la ley. La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué tanto escrúpulo y tanta decencia por quienes no tienen barreras morales y que tienen en la conciencia crímenes de toda índole? Si estamos en un escenario de lucha política: ¿por qué no hacer abiertamente uso de las armas políticas de las que uno legalmente dispone? Muchos quisiéramos ver a un presidente un poquito menos condescendiente con los enemigos del país.

B) Mientras el presidente goce del apoyo popular masivo sus enemigos no se atreverán a llevar a cabo ningún atentado personal o estatal, porque no van a correr el riesgo de incendiar el país. El costo sería simplemente demasiado elevado. Pero debe quedar claro que no es por frenos morales, por escrúpulos legales, por sentimientos religiosos que se detienen, sino por temores de represalia popular, temores en este caso bien fundados. Pero entonces es obvio que el presidente no puede darse el lujo de decepcionar a la población porque ésta, junto con el estado de derecho, son su base, su plataforma, su apoyo. Ahora bien ¿cómo podría decepcionarse a la gente? La gente está muy agradecida con el presidente por la inmensa ayuda que ha recibido de él, y eso basta para contener a la ininteligible verborrea de los aburridos y repetitivos “analistas”, pero hay muchos hechos del mosaico social que le resultan a la gente incomprensibles y enervantes. Por ejemplo, el trato casi dulce a los delincuentes, a los vándalos, a toda clase de provocadores. Ahí tenemos un ejemplo de grave error conceptual. La aplicación de la ley no es nunca violación de derechos humanos. Está bien respetar los derechos de las delincuentes, esto es, los que la ley les conceda una vez consignados, pero es un error dejar que la gente se lleve la impresión de que de lo que se trata es de protegerlos, de cuidarlos, de mimarlos! Esta falsa impresión tiene que suprimirse. Nadie apoya los excesos policíacos, pero es absurda la política de no permitir que los policías se defiendan y de que se les reduzca a ser meros observadores pasivos de destrucción citadina, de propiedad ajena, de monumentos públicos, etc. La imagen del gobierno decae, se deteriora en la mente popular cuando los abusos de los cuales la gente es víctima diariamente no son enfáticamente perseguidos y presentados como lo que son. Y aquí hay un peligro, porque la gente es manipulable y la verdad es que se está innecesariamente afectando una faceta sensible en la vida del ciudadano.

C) Es importante presentar ya resultados exitosos concretos. Hay muchos acusaciones, muchos procesos, etc., pero muy pocos resultados. La extradición de Emilio Lozoya Austin no se ha concretado, de la investigación sobre Ayotzinapa todavía no hay nada, se permite que los ex-presidentes se conviertan de nuevo en agentes políticos activos (lo cual es muy peligroso), etc. Los casos de Rosario Robles y del abogado Collado no son suficientes. Como ya dije, sin duda los esfuerzos, las inversiones, etc., del actual gobierno empezarán a dar resultados, pero la población tiene hambre y sed de justicia y también necesita ser saciada. No creo que sea necesario decir mucho más que eso.

D) El presidente debe protegerse. Su política en relación con el coronavirus es defendible, inclusive si los argumentos que la sustentan no se dan, pero él por ningún motivo debería exponerse más allá de lo estrictamente necesario y el presidente se expone más de lo conveniente. Aquí lo único que yo me atrevería a hacer sería el recordatorio de que si al Lic. López Obrador le pasa algo, el país se hunde. Él debe desde luego cuidarse por él mismo, como es lo normal, pero él debe cuidarse más todavía porque millones de personas dependen de que él esté bien. Y eso es algo que tiene que tener el presidente permanentemente en la conciencia.

Regresemos a nuestra pregunta: la lucha política actual ¿es un drama, un estira y afloja cuyo resultado es imprevisible, o se trata de un conflicto que tiene de entrada un perdedor fatalmente designado?¿Está acaso el Lic. López Obrador tomando decisiones y conduciéndose de manera que él mismo está labrando su ruta hacia el fracaso y la derrota? Si el presidente se equivoca, si comete errores de debilidad, va a tener que pagar las consecuencias. Y entonces se habrá consumado la tragedia de Andrés Manuel López Obrador. Lo que ni él ni nadie deberíamos perder de vista es que si la tragedia del presidente se consumara junto con ella se habría producido una tragedia más en la serie de tragedias que conforman la historia de México.

El Cuento de Nunca Acabar

Sin duda muchos refranes no son otra cosa que sabiduría popular encapsulada. A veces esta sabiduría proviene de fáciles generalizaciones y en ocasiones de intuiciones afortunadas del sentido común. Así, por ejemplo, es de sentido común pensar que el mundo y la vida están marcados por contrastes: allí donde hay blanco hay también negro, donde hay pobres hay ricos, donde hay débiles hay fuertes y así sucesivamente. Algo así ha de estar en la raíz del famoso refrán No hay mal que por bien no venga. Éste es un dicho de cariz optimista y a mí me parece que la situación por la que atravesamos nos hace aceptarlo con entusiasmo y hasta con fervor. Dado que no podemos modificar la terrible situación prevaleciente, el refrán en cuestión opera como un paliativo, como un analgésico mental y de alguna manera nos fuerza a hacer de necesidad, virtud. Tenemos, desde luego, que tener los pies en la tierra y no pensar que las cosas van a cambiar para bien en los próximos meses, no digamos ya en las próximas semanas, y deberíamos hacer un esfuerzo para formarnos una idea clara de la situación en la que estamos inmersos y así poder disponer de una perspectiva realista de lo que nos espera. Dicho de otro modo, lo que con más fuerza deberíamos tratar de evitar en este caso son las ilusiones fáciles, porque es altamente probable que el desengaño venga rápidamente y que sea devastador. Pero precisamente por eso también es normal que hagamos un esfuerzo por percibir algo alentador en estas tinieblas en las que estamos envueltos. Por otra parte, llamaré la atención sobre el detalle de que el refrán aludido tiene alcances relativamente limitados y esto es algo que se puede probar. Supóngase que consideramos que la actual pandemia es un super mal. No se sigue de ello entonces que No hay super mal que por super bien no venga. Esto ya no es el refrán ni, por paradójico que suene, está implicado por él. Y la prueba de ello la tenemos ante los ojos: podemos apuntar o reportar alguna utilidad o bondad de esta infección mundial, pero difícilmente alguien podría destacar un aspecto extraordinariamente positivo de la misma. No hay tal cosa o por lo menos por el momento no la vemos y, por consiguiente, el refrán que podría pensarse que está lógicamente implicado por el primero no queda establecido. Tendremos, por lo tanto, que conformarnos con enunciar algunas facetas medianamente positivas de la actual situación, sin olvidar (para que no haya mal entendidos) que éstas se inscriben en un marco mucho más amplio y profundo de desgracia humana.

Nuestra pregunta inicial es entonces: ¿realmente tiene algo de bueno esta epidemia mundial? Yo creo que sí, pero antes de enumerar sus bondades más prominentes no estará de más hacer un veloz recordatorio de los terribles y tangibles efectos de la pandemia. Podemos enumerar por lo menos las siguientes consecuencias desastrosas:

1) La muerte de centenas de miles de personas. Y las que faltan…!

2) El contagio de millones de personas, lo cual automáticamente convierte a un alto porcentaje de ellas en víctimas potencialmente mortales del virus.

3) El colapso económico de los países. Es bien sabido que un rasgo distintivo de este virus es que es altamente contagioso, mucho más que el del N1H1 aunque quizá menos letal. Para mitigar su efecto fue indispensable clausurar las ciudades, es decir, cerrar los comercios, reducir el transporte público al mínimo, prohibir las aglomeraciones y por lo tanto cerrar bares, restaurantes, cines, teatros, estadios, centros comerciales, enviar a sus casas a todas las personas que trabajan en oficinas de la clase que sea: entidades gubernamentales, bancos, empresas particulares y comercios en general; se acabó el turismo, tanto nacional como internacional, se cerraron escuelas, universidades, clubes y demás. Todo eso representa un corte brutal en la cadena productiva y dentro de poco tiempo en la cadena de reparto de bienes de consumo, los fundamentales incluidos (alimentos, medicinas, etc.).

4) Aunque esto varía de país en país, es innegables que asistimos a un control cada vez más completo y más férreo de los ciudadanos por parte del Estado. En multitud de países, y no en México gracias a la visión política nacionalista y humanista del Lic. Andrés Manuel López Obrador (algo que quizá muchos mexicanos ni entienden ni aprecian), la policía tiene derecho de detener a la gente en la calle o en su casa, de exigirles documentos, permisos, aclaraciones, etc., y están autorizados a emplear la fuerza si lo consideran apropiado. En otros países, como los Estados Unidos, desde la época de Obama ya se intervenían los teléfonos, los correos electrónicos, las redes sociales, etc. En otras palabras, estamos empezando a vivir en una situación que desde nuestra plataforma actual es de clara violación cotidiana de derechos humanos. Dicho de otro modo, los ciudadanos hemos perdido derechos. Y esto apenas empieza.

5) Es perfectamente comprensible y por lo tanto previsible que habrá cortes profundos en los procesos productivos y comerciales, en particular de alimentos, todo lo cual tendrá como consecuencia ineludible una baja notoria en el nivel de vida y hasta hambrunas y otros fenómenos económicos y sociales, como desalojos, embargos, etc. No deberían descartarse situaciones de anarquía en las cuales el reino de derecho simplemente sucumbe.

6) Pérdidas de empleo, que ya en este momento se cuentan por millones (14 nada más en los Estados Unidos). Es muy poco probable que todos los empleos se recuperen cuando medio regresemos a la “normalidad”. Para entonces ya habrá quedado claro que el trabajo que hacen 10 personas lo pueden hacer 5, que no se necesita estar pagando oficinas, choferes, agua, luz, elevadores, estacionamientos y demás y que la gente puede trabajar desde su casa. Es, pues, inevitable una fuerte contracción laboral, lo cual a su vez acarreará innumerables problemas sociales. Piénsese en México, en donde desde antes de la crisis ya la mitad de la población en edad de trabajar estaba en el sector informal. En nuestro país éste crecerá espantosamente (y no faltará alguno que otro especialista en taradeces que pomposamente pretenda inculpar al presidente por las desastrosas consecuencias de una pandemia).

7) Yo creo que podemos hablar de violaciones financieras, si nos referimos a lo que sucederá con los países vis à vis los organismos financieros internacionales, la banca mundial, los gobiernos con dinero. Países como México necesitarán urgentemente miles de millones de pesos para tratar de reactivar sus lastimadas economías, fondos que generosamente serán proporcionados por las instituciones ad hoc, las cuales obviamente aprovecharán la oportunidad para imponer inmisericordemente sus planes hambreadores de austeridad y de lumperización de la población mundial. No hablemos ya de los chantajes de las trasnacionales, en particular mas no únicamente, de las farmacéuticas, y las compras forzadas de vacunas (muchas de ellas muy probablemente inefectivas o inclusive contraproducentes, pero no por ello no obligatorias).

Podríamos extender la lista de males que o ya nos aquejan o nos irán afectando poco a poco, a medida que la pandemia se apodere del mundo, pero estoy seguro de que con los males enumerados basta para tener la certeza de que nos habrá tocado vivir en una época tétrica para la humanidad en su conjunto. Pero por otra parte no nos engañemos: mientras el 99% de la población mundial sufrirá de uno u otro modo, y lo más probablemente es que mucho, por la peste de la que se nos hizo víctimas, el 1% de la población mundial se frota las manos por los mega-negocios que de hecho ya están empezando a hacer en detrimento, claro está, de la casi totalidad de los seres humanos. Sobre esto regresaré velozmente al final del artículo, pero ahora quisiera tratar de compensar el estado anímico desastroso en el que se puede caer cuando se piensa en los males que padecemos llamando la atención sobre algunos aspectos de la vida actual que sería importante apreciar y hasta disfrutar o aprender a hacerlo. Quiero hacer ver que el refrán mencionado al inicio tiene sentido y aplicación hasta en las peores circunstancias.

1) Sin duda alguna, una aportación positiva a la vida humana por parte del virus es que la gente tuvo que modificar sus costumbres de higiene. Después de todo, no es lo mismo lavarse las manos al menos 12 o 15 veces al día y dejar los zapatos a la entrada de la casa que comer sin lavarse después de haber manoseado dinero, haber ido al baño, haberse rascado, peinado, etc., etc., y entrar a la casa metiendo en ella todo lo que pudo impregnarse en sus suelas. Supongamos que mucha gente sólo se lava las manos 6 veces al día. Magnífico! Ya con eso de todos modos salimos ganando! Sin duda este paso forzado hacia la limpieza es algo que no podemos más que aplaudir. Ahora, si pasada la tormenta la gente da muestras de no haber asimilado las reglas de higiene que se le impusieron y regresa a sus antiguos hábitos, ello constituirá una gran decepción, pero ni así se no nos hará añorar la época en la que la gente era limpia cuando el coronavirus estaba entre nosotros.

2) Como todos sabemos, existen en nuestro medio, en nuestro país y en muchos otros lo que podríamos denominar los ‘parlanchines de la democracia’. Me refiero a todos aquellos que hicieron del tema de la democracia su modus vivendi, los que se desgañitan y se rasgan las vestiduras ensalzando a la democracia y vituperando y maldiciendo a todo aquel que se atreviera a cuestionarla. Parte de lo grotesco de estos actores ideológicos es que por ‘democracia’ no entienden otra cosa que juego electoral. Su logorrea es chistosa en la medida en que todo se reduce a un mero ejercicio verbal, consistente en indignarse o exaltarse haciendo alusión a una situación particular. Ahí empieza y termina la defensa de la democracia por los parlanchines y los demagogos. No obstante, quiero aprovechar la oportunidad para señalar la lección en democracia impartida por el coronavirus, el cual ha dado una muestra fehaciente, palpable, casi podríamos decir “respirable” de lo que es un auténtico proceso democrático. Básicamente, aquí no hay escapatoria: grandes y chicos, gordos y flacos, morenas y rubias, simpáticos y antipáticos, gente productiva o inútiles, patriotas o vende-patrias, amigos o traidores, Don Juanes o cornudos y así ad infinitum, todos somos susceptibles de atrapar el virus y de pasar a mejor vida en cualquier momento. Algunos se salvan por su condición saludable y otros no pasan la prueba y fenecen. Lo democrático consiste en que el virus no hace distinciones de clase, sexo, edad, etc., y trata a todos por igual. Nadie podrá negar que desde el punto de vista de la democracia es muy superior el virus a los aburridos propagandistas de siempre. Es cierto que ese 1 % de la población a la que aludí un poco más arriba sí está protegido frente al virus y allí éste falla. Para que el actual virus afecte a uno de los super ricos tiene que pasar multitud de filtros y tratar de dañar organismos que seguramente están ya más que preparados para la batalla. Ahora bien, si seguimos con el paralelismo podemos extraer una moraleja política importante, a saber, que inclusive en las condiciones más apropiadas para ella, la democracia tiene límites. Eso es, sin duda alguna, una lección “virulenta” digna de ser tomada en cuenta.

3) Una tercera causa de regocijo que le debemos al virus es que los absurdos niveles de consumo quedaron prácticamente suprimidos, restringiendo los gastos de millones de personas a lo que es estrictamente indispensable, lo que realmente se necesita para vivir. Esto ha generado una cultura de ahorro que abiertamente choca con la de despilfarro y desperdicio en la que desde hace ya mucho tiempo se vivía. Yo creo que, de buena o de mala gana, la gente está en posición de constatar cuán absurdamente dispendiosa era inclusive en épocas que no eran de Jauja para un alto porcentaje de la población. Yo pienso que si esta crisis le abre los ojos a la gente y la hace reflexionar sobre lo superfluo que son realmente innumerables prácticas de consumo le estará haciendo un bien y de paso le estará indicando que lo realmente valioso en esta vida es lo contrario de ser una “compradora compulsiva” o un consumidor insaciable. Si algo en ese sentido se aprende, se lo deberemos al coronavirus.

4) Es perceptible el resurgimiento o (dado que estábamos tan mal) el florecimiento, la re-invención de sentimientos y actitudes de solidaridad social, la promoción de conductas menos agresivas de unos hacia otros. Esto, desde luego, hay que matizarlo. Nunca faltan salvajes que atentan en contra de enfermeras, doctores, asistentes, ayudantes, etc., y que ciertamente desconfirman lo que afirmo. Afortunadamente, sin embargo, son los menos y la inmensa mayoría de la gente los repudia. Es cierto también que nunca falta la maleducada o el barbaján que no respeta reglas y que despliega conductas anti-sociales en el supermercado, en la farmacia, con sus vecinos, etc., es decir, en donde pueda. Pero, de nuevo, no son las excepciones lo que nos interesa ni lo que nos llama la atención. Es la conducta masiva, poblacional, colectiva lo que nos importa y es ahí donde percibimos cambios positivos. Y aquí no podemos más que hipotetizar, pero nuestro razonamiento está respaldado por los hechos. Lo que podemos decir es: si no hubiera sido por el coronavirus seguiríamos viviendo en la selva de asfalto. Lo menos que podemos decir entonces es: gracias coronavirus!

5) Aunque ciertamente no tan contundente como otras situaciones, el haber forzado a la población mundial a refugiarse en sus casas (que tour de force realmente! Qué manifestación de poder tan impresionante!) obligó a la gente a aprender a convivir con su propia familia de una manera hasta ahora en gran medida insólita, inusitada. Una cosa es exaltar la familia verbalmente (el tema de la familia es como el tema de la democracia: propiedad de los demagogos, pero nada más) y otra es convivir cotidianamente con sus miembros. De hecho, para un alto porcentaje de personas iniciar un modo de vida por las imposición de restricciones por culpa del virus ha sido adentrarse por una ruta prácticamente desconocida. No es lo mismo salir todos los días a primera hora, regresar por la noche y medio convivir con su familia los fines de semana que estar las 24 horas del día con ellos. Puede uno entonces percatarse de que antes de la pandemia había deberes que simplemente no se cumplían. Pero ver al hijo aburrido o triste obliga (en condiciones normales) a querer entretenerlo, a enseñarle algo y por lo tanto a pasar tiempo con él, a responder a sus inquietudes, etc. Esa oportunidad se la dio el virus a cientos de millones de personas. Desde luego que, por razones comprensibles de suyo, también se incrementa la violencia intra-familiar, pero eso lo único que significa es que las bondades del virus no son totales.

6) Se ha producido un ahorro inmenso en horas/trabajo/hombre. Yo conozco personas que para llegar a su trabajo tienen que salir a las 6 de la mañana de su casa y están de regreso en ella a las 8 de la noche. Si no me equivoco, son 8 horas de trabajo y 6 horas de trayecto. Eso es infernal y no hay persona que después de meses de dicho tratamiento no esté agotada, de mal humor, incapaz de hacer multitud de cosas porque en lo único que piensa es en recuperarse para el reinicio de la semana de trabajo. Al forzar a las empresas a enviar a sus empleados a sus respectivas casas la gente está viviendo de una manera un poco más natural y disfrutándolo como nunca. Y si quisiéramos agradecerle esta “reforma laboral”: ¿a quién tendríamos que dirigirnos? A ese virus que nos amenaza a todos de muerte. Así son las paradojas de la vida.

7) Sin duda alguna, la maldición del coronavirus está forzando a la gente a actualizarse y a los países a modernizarse. Si ya existían prácticas comerciales, monetarias, etc., que se realizaban por medio de computadoras y teléfonos celulares, esas prácticas ahora se generalizaron al máximo. Esto es una preparación para lo que viene, como el dinero virtual, la robotización de la vida, los chips insertados en el cuerpo con toda la historia clínica del paciente, etc. En otras palabras, el virus obligó a la sociedad a ir al ritmo que la tecnología marca. Así es el progreso social y aunque éste no dependía estrictamente hablando del coronavirus, sin duda éste le dio un formidable impulso.

8) Por último, quisiera señalar que una de las grandes consecuencias maravillosas que ha tenido el temible virus es la felicidad de los animales del mundo ante el retroceso de su peor depredador. Yo creo que podemos afirmar que por lo menos los miembros del reino animal están de fiesta, están felices. Ellos han recuperado (mínimamente, pero lo han hecho) sus espacios. La verdad es que es un gozo ver a los tiburones pasearse por las costas, a los jabalíes corriendo por los parques, a los monos tomando las ciudades, a los ciervos caminando por las avenidas, a las aves revoloteando como cuando uno era joven y así indefinidamente. Nadie nos puede venir a decir que esos espectáculos no son como un sueño, un sueño que contrasta, primero, con la antigua realidad de los animales y, segundo, con la pesadilla que estamos viviendo. Qué daríamos por que los humanos aprendieran las lecciones de vida que el virus está impartiendo!

Ahora bien, una cosa son las, por así llamarlas, ‘bondades’ del virus y otra el status moral de quienes lo soltaron. A estas alturas ya quedan pocas dudas respecto al origen de laboratorio del Sars-2-covid al igual que en relación con las motivaciones políticas, económicas y sociales que subyacen a su aparición y expansión por la faz de la Tierra. Confieso que pocas opiniones tan torpes he escuchado en mi vida como la de que uno de los potenciales resultados de esta pandemia sería una modificación drástica del sistema capitalista en aras de una más justa distribución de la riqueza! Me parece esta una convicción que sólo la podría tener un retrasado mental. Pero no voy a entrar en ese debate aquí. Me interesa pensar un momento sobre algo que nos quitaron y sobre lo que, en un futuro no muy lejano, podría sobrevenir. Yo creo que, dicho de la manera más general posible, lo que nos robaron los super-criminales que a través de la manipulación del virus jugaron a ser dioses, a ser los amos del mundo, a esclavizar a la humanidad para seguir manteniendo sus superlativos privilegios fue el sentido de nuestras vidas. En la medida en que no nos hemos extinguido, un nuevo sentido tendrá que aparecer, pero para millones de personas eso es como volver a nacer, sólo que no para renacer como niños sino para renacer cuando ya se está en el umbral de la muerte. La gente mayor (y hablo de la gente que tiene de 60 años en adelante) tiene ahora que aprender nuevas reglas de convivencia, nuevas reglas sociales (desde como saludarse, como estornudar, cómo salir a la calle, como pagar lo que adquiera, etc.) sólo que en la última etapa de su vida. Ya no tiene eso mucho sentido. Si ya no se pueden ver abuelos y nietos, si ya las parejas no pueden hacer el amor normalmente, si hay que cambiar las dietas y de buenas a primeras hacer todos los días ejercicios respiratorios preparándonos para lo peor, etc., la vida adquiere otro sentido, uno nuevo y hasta cierto punto incomprensible. Para la gente que está en la última etapa de su vida un cambio así es particularmente difícil de asimilar. Nosotros vivimos en estado de guerra, en guerra con un enemigo invisible y que puede dejar caer sobre nuestras cabezas su temible espada en todo momento, cuando menos nos lo imaginemos. Es difícil no sentir terror y no sólo por el auto-aniquilamiento, sino por los seres queridos que súbitamente puede uno dejar en este mundo, o a la inversa. Nosotros no hacemos futurismo, pero hay algo que me parece no tanto una predicción como la extracción de una consecuencia que está ya a la vista. Es evidente que en un futuro no muy lejano se producirá en el planeta una polarización todavía más brutal que la que existe. La primera fase de la confrontación entre los super-ricos, por un lado, y la humanidad, por el otro, la tienen ganada los primeros, los actuales dueños del mundo. Sin duda van a dominar por los próximos 40 o 50 años. Pero su imperio tarde o temprano llevará a la confrontación última con la población mundial, que para entonces los habrá identificado. Y entonces nuestros descendientes tendrán su propia Bastilla y con la misma implacable lógica con que la actual nobleza se apropió del planeta y esclavizó a su población habrá ella de pasar por el cadalso y la guillotina, abriendo con ello las puertas para la reconstitución del mundo y dando inicio a la nueva etapa de la historia humana.

La Crisis del Coronavirus: un ensayo de explicación

Es evidente, supongo, que una pandemia de las magnitudes de la que está viviendo la humanidad en la actualidad no sólo representa una oportunidad para reflexionar sobre ella y sobre múltiples temas con ella vinculados, sino más bien una obligación de tratar de contribuir a la comprensión no sólo de lo que es, de lo cual se ocupan los científicos de las áreas relevantes, sino de lo que significa o representa, que es tarea que corresponde más bien a filósofos y humanistas en general. Es indispensable, sin embargo, antes de entrar en materia, hacer algunas precisiones de carácter conceptual y metodológico para acotar lo más exactamente que se pueda el ámbito de la discusión. Para empezar, quizá deba hacer el recordatorio de que la reflexión filosófica no es investigación factual. Es obvio que los hechos relevantes constituyen la plataforma sobre la cual se desarrolla la labor filosófica de esclarecimiento, pero debería quedar claro que no forma parte del trabajo filosófico ofrecer explicaciones de orden causal. Para eso están los científicos sociales, los biólogos, etc. El filósofo no puede ni siquiera tratar de emularlos por la sencilla razón de que no hay tal cosa como hechos filosóficos. Nuestra función, por lo tanto, tiene que ser distinta. Ahora bien, esto que acabo de decir no implica que en filosofía tengamos que desdeñar o ignorar los hechos. Sostener algo así sería absurdo y no es, por consiguiente, nuestro punto de vista.

Yo creo optimistamente que es factible conformarse una concepción de lo que está pasando que nos dé la racionalidad del fenómeno, que nos haga entender su naturaleza última y que nos permita establecer conexiones entre los incontables datos de los que ya disponemos de manera que podamos hacerlos inteligibles, por más que dicho acercamiento tenga efectos psicológicos deprimentes. Es obvio que, por larga que sea, una secuencia de datos extraídos de la experiencia (e.g., murieron tantas personas en Venecia, los servicios de tantos o cuantos hospitales en Madrid se colapsaron, las primeras diez víctimas sucumbieron en Wuhan en tales y cuales fechas tenían tales y cuales edades, entramos en la tercera fase de la pandemia, etc.) no equivale a ninguna explicación. Dicho de otro modo, el enfoque periodístico por sí solo no sirve para explicar absolutamente nada. Los mismos hechos pueden quedar acomodados en muy diferentes teorías, por lo que si lo que buscamos es comprensión no es cantidad de datos lo que debería importarnos. Por otra parte y por sorprendente que resulte, tampoco podemos confiar, si lo que buscamos es genuina comprensión, en las declaraciones de los políticos y ello por lo menos por dos razones:

a) porque todos mienten y hasta me atrevería a decir que, en situaciones tan graves como por la que estamos pasando, tienen que mentir, y
b) porque los políticos, por avezados, inteligentes, experimentados que sean, son gente práctica, gente que toma decisiones día a día pero que, por ello mismo, en general carecen (salvo en casos excepcionales y yo daré un ejemplo de ello más abajo) de una visión suficientemente global e histórica como para poder dar cuenta de un fenómeno tan trascendental como la actual pandemia y explicarlo de manera clara y convincente.

En concordancia con lo expuesto, presentaré mi plan de trabajo. Me propongo, en primer lugar, analizar sin detenerme mayormente en ello, el concepto de crisis para dejar en claro qué clase de explicación podríamos generar desde una perspectiva filosófica. Para ello, será inevitable discutir una falacia muy extendida pero que, como nadie la cuestiona, permite bloquear de manera sistemática múltiples esfuerzos de explicación. Tengo en mente una muy socorrida forma de argumentar que permite descalificar de entrada cualquier intento de explicación que no sea trivial o simplista. Se trata de un muy útil pero inválido procedimiento al que sistemáticamente se apela cuando lo que se desea es rechazar lo que alguien sostiene y al mismo tiempo estigmatizarlo. Me refiero naturalmente a la atribución de estar proponiendo una “teoría conspirativa”. Deseo sostener que hay “teorías conspirativas” cuya fuerza explicativa es muy superior a cualquier explicación rival, conspirativa u otra, y que para cierta clase de fenómenos son las únicas teorías realmente explicativas. Una vez discutido este asunto presentaré en forma muy breve lo que me parece que son las dos grandes propuestas acerca de la gestación de la actual pandemia y ofreceré algunas razones por las cuales me inclino por una de ellas y desestimo la otra. Por último, y esta es la parte que yo consideraría más importante del trabajo, me propongo tratar de mostrar la congruencia entre la epidemia del coronavirus y el funcionamiento del sistema capitalista en su fase más avanzada, esto es, la etapa de auge del todopoderoso capital financiero (léase, básicamente, la banca mundial, en el sentido más amplio de la expresión), corporativista y globalista. Terminaré con algunas reflexiones generales.

II) El concepto de crisis

La palabra ‘crisis’ es una palabra del lenguaje común, no un tecnicismo de alguna ciencia en particular. En el lenguaje natural la palabra parecería tener varias acepciones, lo cual permite que al emplearla los usuarios enfaticen en ocasiones algunas facetas de su significado y en ocasiones otras. Así, por ejemplo, al hablar de “crisis” se puede aludir un conflicto pero también se puede matizar dicho significado y hablar entonces de un conflicto que es ineludible o muy difícil de resolver; en ocasiones el conflicto opone a entes distintos (países, sistemas, empresas, etc.), pero se aplica también de manera individual, en psicología por ejemplo. Así se usa el término, verbigracia, cuando las contradicciones, las obsesiones, etc., de una persona la llevan a intentar suicidarse, a tomar decisiones absurdas y cosas por el estilo. Para explicar el fatal desenlace se dicen entonces cosas como que “la persona en cuestión pasó por una crisis tremenda”. Se habla de crisis también cuando lo que tenemos en mente son carencias. Hablamos entonces, por ejemplo, de crisis de alimentos, de agua, etc. Podríamos seguir dando ejemplo, pero yo creo que podemos generalizar sobre la base de unos cuantos ejemplos, los cuales son meramente ilustrativos, para afirmar que la palabra ‘crisis’ es aplicable en prácticamente cualquier contexto de la vida humana, tanto en un plano individual como en uno colectivo. Ahora bien, lo que los ejemplos sin duda alguna sí ponen de relieve es que, dado que el uso de la palabra ‘crisis’ es tan variado, el concepto de crisis es un concepto de semejanzas de familia. Dicho de otro modo y en forma escueta: no hay tal cosa como la “esencia de la crisis”. Hay crisis mayúsculas, crisis pasajeras, secundarias, decisivas, económicas, de salud, políticas, psicológicas, etc. Ahora bien, es imposible encontrar un elemento en común a todo lo que llamamos ‘crisis’. Es así como funciona el lenguaje.

Dada esto que es nuestra plataforma semántica fundamental, se sigue que si se pretende usar el concepto de crisis en alguna disciplina concreta, entonces se le tiene que definir en conexión con las nociones relevantes de la disciplina de que se trate. Así, una crisis bancaria se explicará en términos de nociones como “devaluación”, “endeudamiento”, “déficit presupuestario”, “deuda externa”, “desempleo”, etc.; si se habla de “crisis médica” se hablará de infecciones, desnutrición, falta de medicamentos, contagios masivos, predisposiciones genéticas y así sucesivamente. Si hablamos de una “crisis económica” entonces aludiremos a situaciones en las que prevalecen el desempleo, la falta de inversión, conflictos entre objetivos macro-económicos y los de la micro-economía, baja en el consumo interno de un país, devaluaciones, inflación, volatilidad de los capitales extranjeros, monopolismo exacerbado y supresión de la competencia, etc. Si ahora se nos pregunta qué tienen en común una crisis médica con una financiera o con una política, pues lo único que podemos decir es que para ciertas situaciones en todos esos ámbitos de la vida social la palabra más útil para referirse a ellas es la palabra ‘crisis’. No habría nada más que buscar, porque de hecho no tienen nada en común.

Lo anterior es importante porque nos permite empezar a echar luz sobre la actual crisis mundial. ¿De qué clase de crisis se trata? Yo pienso que la respuesta es simple: la crisis actual es una multi-crisis o, si se prefiere, una policrisis, en el sentido de que se trata de un fenómeno social en el que la vida humana es amenazada al mismo tiempo desde muy variados puntos de vista. Por lo pronto, es obvio que la crisis del coronavirus es en primer lugar una crisis médica, por cuanto concierne a la salud y en verdad a la supervivencia de millones de personas; es también, una crisis económica, en un sentido amplio de la expresión, es decir que atañe tanto a los sectores productivos como a los consumidores finales, a los inversionistas como a los tenderos, pequeños comercios, gente que vive al día como los plomeros, taxistas, empleadas domésticas, profesionistas de toda clase (abogados, dentistas, etc.) y así indefinidamente. Por otra parte, y esto es quizá ya menos visible, esta crisis es también una crisis geo-estratégica, es decir, tiene que ver con la creación de cierta clase de armamento, con servicios de inteligencia y contra-inteligencia, con guerra diplomática, con la seguridad nacional de los países y las rivalidades entre ellos, etc. Cuál sea el panorama de la crisis y cómo se visualice su superación en cada contexto es algo que le corresponde a los especialistas de cada ramo describir y determinar, pero a lo que nosotros aspiramos es a tener una visión de conjunto, la cual no es obtenible a partir exclusivamente de los datos provenientes de alguna de las disciplinas involucradas. Entendemos entonces qué se puede y no se puede esperar de un tratamiento estrictamente filosófico del desastre que actualmente azota al mundo. Es evidente que si el filósofo tratara de ofrecer explicaciones que caen bajo alguno de los rubros reconocidos como bien establecidos y operantes, lo único que el filósofo podría hacer sería (en el mejor de los casos) repetir lo que los especialistas en sus respectivos dominios digan y, eventualmente, tratar de sintetizar y armonizar resultados. Como no es eso lo que queremos, no puede ser ese nuestro objetivo.

Hay, sin embargo, una perspectiva de la pandemia del Covid-19 que aunque fundada en hechos es independiente de las que emanan de la ciencia, que es legítima y que podría ser calificada como ‘filosófica’. Lo que quiero decir es que es perfectamente legítimo preguntarse acerca del rol que esta infección mundial juega en el desarrollo del capitalismo contemporáneo, es decir, acerca de cómo incide en él y cómo lo afecta. El rol en cuestión tiene que ser tan complejo como lo es el fenómeno mismo. Ya vimos que aunque ciertamente le corresponde a los economistas, a los politólogos, a los biólogos, etc., explicar la pandemia desde sus respectivas perspectivas, a ninguno de dichos especialistas les correspondería elaborar una visión global o última del fenómeno en toda su complejidad. El economista se ocupa de los procesos económicos relacionados con la pandemia, el biólogo de su faceta biológica y así sucesivamente, pero no hay ningún científico particular que pueda siquiera intentar sintetizar los resultados alcanzados en las diversas disciplinas en una única explicación y en una única teoría general del fenómeno. Es, pues, al filósofo a quien corresponde tratar de articular lo que debería una interpretación plausible del fenómeno mundial creado por la enfermedad del Covid-19, una tarea para la cual éste tendría que aplicar sus técnicas conceptuales y argumentativas para elaborar el cuadro general que se requiere.  O sea, necesitamos una explicación filosófica de carácter totalizante, que resulte tanto explicativa como convincente, porque es sobre la base de una lectura así que se pueden articular políticas concretas eficaces para enfrentar el mal que afecta en nuestros días a la humanidad en su conjunto.

Como en tantas otras ocasiones, la labor filosófica seria pasa por distintas fases y cumple con diferentes objetivos. Desde luego que se nos tiene que explicar positivamente el fenómeno mundial, pero no es menos cierto que necesitamos también tener claridad respecto a lo que es tener una explicación genuina y no una mera pseudo-explicación. Este punto es crucial, porque de lo que logremos establecer en relación con lo que puede y no puede pasar por explicación aceptable dependerá el que avancemos en nuestra comprensión del fenómeno o que nos estanquemos en el pantano infinito de los datos recopilados por los periodistas y que, parecería, no tienen otro objetivo que mantener al ciudadano común en la desinformación y, por lo tanto, en la indefensión. Nuestro objetivo, por lo tanto, es hacer un esfuerzo de imaginación fundado en datos objetivamente establecidos para dar cuenta de lo que está sucediendo, insertando el fenómeno de la pandemia en un marco explicativo amplio.

Yo pienso que, si lo que queremos es comprender qué papel desempeña el flagelo de la pandemia del coronavirus, es absolutamente imposible no recurrir a una u otra modalidad de lo que quienes no quieren que lo comprendamos desdeñosamente describen como “teoría conspirativa”. Por eso lo primero que haré será tratar de hacer ver que esa forma de explicación es, en determinados contextos, inobjetable. Es de eso de lo que me ocuparé en la siguiente sección.

III) La falacia concerniente a las “teorías conspirativas”

Uno de los métodos más socorridos para acallar a la oposición y a los críticos del sistema por parte tanto de periodistas como de intelectuales de diversa estirpe y nivel consiste en utilizar la etiqueta ‘teoría conspirativa’ para descalificar de antemano todo lo que alguien sostenga en relación con una situación o con un suceso que exigen que se hagan inferencias no demostrativas ya que en esos casos es simplemente imposible no hacer suposiciones de diversa índole, no postular objetivos ocultos pero que cuando son postulados echan luz sobre el fenómeno que se examina, no proponer hipótesis que a todas luces son sensatas pero que no fueron deducidas formalmente de premisas previamente aceptadas. Yo creo que ya es hora de exhibir la falacia que subyace a este recurso en la arena del debate político, porque de lo contrario vamos siempre a tener las manos amarradas y no podremos apuntar en ningún caso a culpables ocultos, a causas vergonzosas, a motivaciones secretas, etc., y ello sólo porque es factualmente imposible tener documentos probatorios, porque no se pueden ofrecer deducciones válidas porque no se pudieron encontrar pruebas de ninguna clase y así indefinidamente. Es claro que, sobre todo en el contexto de la historia y de la política, no todo razonamiento sensato puede ser de carácter deductivo. Quizá valga la pena decir unas cuantas palabras acerca de la fuente de este sofisma que es la etiquetación de ‘teoría conspirativa’, a la que se recurre para cualquier neutralizar toda teoría que combine dos rasgos: que no sea de carácter demostrativo (algo más bien difícil en las ciencias sociales) y por ningún motivo queramos que se popularice, independientemente de cuán plausible o convincente sea.

No podría afirmar tajantemente si fue él quien acuño y puso en circulación la noción de “teoría conspirativa”, pero incuestionablemente uno de los pioneros en usarla fue Karl Popper. Confieso que no conozco a nadie que haya usado esa expresión antes que él, pero en todo caso respecto a los objetivos que él tenía en mente cuando se sirvió de la noción en cuestión creo que no podemos tener la menor duda. Fue en su tristemente famosa obra, La Sociedad Abierta y sus Enemigos, publicada en 1946, en donde Popper usa la expresión ‘teoría conspirativa’ para denostar el estudio científico que K. Marx había realizado del sistema de producción de mercancías, esto es, el sistema capitalista. Tenemos que admitir que en escritos que no forman parte de su teoría de economía política, Marx habla de una sociedad en la que las contradicciones del sistema capitalista habrían quedado superadas. Se refiere a ella como la ‘sociedad comunista’. Sin duda, la sociedad en la que Marx piensa resulta de una amalgama de economía y de ensueño político, pero ni mucho menos está Marx comprometido teóricamente con predicciones concernientes al futuro de la sociedad capitalista. Marx era una persona sensata y por lo tanto sabía perfectamente bien que si no podemos ni siquiera predecir lo que va a suceder dentro de 5 minutos menos aun lo que podría pasar, digamos, un siglo después. Marx, por lo tanto, no estaba haciendo premoniciones de ninguna clase. Su punto de vista era que, sobre la base del estudio de los mecanismos de producción y reparto de mercancías y de los efectos de estos mecanismos, fundados todos ellos en la propiedad de los medios de producción, podríamos visualizar cómo sería una sociedad en la que los conflictos de clase que inevitablemente se generan en el seno de la sociedad capitalista hubieran quedado superados. Eso es toda la fantasía que podríamos achacarle a Marx. Popper, sin embargo, en su afán de sobresalir refutando a un pensador de magnitudes mayúsculas (lo intentó infructuosamente también con Platón y con L. Wittgenstein), le atribuye a Marx la absurda idea de que lo que en realidad él estaba haciendo era tratar de adivinar lo que tendría que ser la siguiente etapa en la evolución de la sociedad a nivel mundial. El problema, según Popper, es que sólo se podía acceder a tan fantástico resultado teórico postulando una especie de conspiración. Dice Popper:

A fin de aclarar este punto, pasaremos a describir una teoría ampliamente difundida, pero que presupone lo que es, a nuestro juicio, el opuesto mismo del verdadero objetivo de las ciencias sociales; nos referimos a lo que hemos dado en llamar “teoría conspirativa de la sociedad”. Sostiene ésta que los fenómenos sociales se explican cuando se descubre a los hombres o entidades colectivas que se hallan interesados en el acaecimiento de dichos fenómenos (a veces se trata de un interés oculto que primero debe ser revelado) y que han trabajado y conspirado para producirlos.[i]

Salta a la vista que en su formulación original la presentación popperiana de la noción de teoría conspirativa es excesivamente burda. Quizá por ello el mismo Popper intenta de inmediato pulirla mínimamente, aunque en realidad lo único que logra es hacer incoherente su propio punto de vista. En efecto, un poco después dice:

Que existen conspiraciones no puede dudarse. Pero el hecho sorprendente que, pese a su realidad, quita fuerza a la teoría conspirativa es que son muy pocas las que se ven finalmente coronadas con el éxito. Los conspiradores raramente llegan a consumar su conspiración.[ii]

Se plantean entonces dos preguntas: primero: ¿hay o no hay conspiraciones? y, segundo: ¿son exitosas o no? La respuesta de Popper es que sí hay conspiraciones y que algunas de ellas, pero no todas, tienen éxito. Lo primero que a nosotros se nos ocurre preguntar es: ¿es lo que Popper afirma una demostración de que el recurso a teorías conspirativas está priori cancelado? Si no estoy en un error más bien craso, a mí me parece que lo que Popper está haciendo es reconocer que en ocasiones al menos teorías conspirativas funcionan. Lo que pasa es que él no proporciona ningún criterio de demarcación entre teorías conspirativas y su posición entonces no pasa de ser una afirmación al aire. Él, sin embargo, sigue adelante y trata de explicar por qué las conspiraciones en general fallan. Dice:

¿Por qué? ¿Por qué los hechos reales difieren tanto de las aspiraciones (sic)? Simplemente, porque esto es lo normal en las cuestiones sociales., haya o no conspiración. La vida social no es sólo una prueba de resistencia entre grupos opuestos, sino también acción dentro de un marco más o menos flexible o frágil de instituciones y tradiciones y determina – aparte de toda acción opuesta consciente – una cantidad de reacciones imprevistas dentro de este marco, algunas de las cuales son, incluso, imprevisibles.[iii]

Para terminar su más bien confusa presentación, Popper nos dice lo siguiente:

Tratar de analizar estas reacciones y de preverlas en la medida de lo posible es, a mi juicio, la principal tarea de las ciencias sociales. Su labor debe consistir en analizar las repercusiones sociales involuntarias de las acciones humanas deliberadas, esas repercusiones cuyo significado, como ya dijimos, ni la teoría conspirativa ni el psicologismo pueden ayudarnos a ver. Una acción que se desarrolla exactamente de acuerdo con su intención no crea problema alguno a la ciencia social. [iv]

En suma, el argumento de Popper se reduce a lo siguiente: la “teoría conspirativa de la sociedad” es inaceptable, porque aunque hay conspiraciones éstas rara vez triunfan y ello es así porque en el marco de la vida social se dan reacciones inesperadas (y algunas de ellas imprevisibles) que, de alguna manera, neutralizan sus efectos. Las ciencias sociales deben estudiar las reacciones espontáneas e imprevistas generadas por las acciones conscientemente orientadas, las cuales serían transparentes.

Según mi leal saber y entender, el punto de vista de Popper es pura y llanamente incoherente. Por una parte, él acepta que hay conspiraciones pero, por la otra, rechaza en general las teorías conspirativas, pero ¿cómo se pueden conciliar ambas tesis? Si hay conspiraciones, entonces una teoría de la conspiración ciertamente podría ser acertada. Así, la única forma de rechazar in toto las teorías conspirativas sería sosteniendo que no hay conspiraciones en los absoluto. Esto último, sin embargo, es absurdo. Por lo tanto, Popper no ofrece ningún argumento que eche por tierra a priori toda propuesta explicativa que recurra a la noción de conspiración.

Por otra parte, a mí me parece que Popper presenta mal, es decir, en forma equívoca su posición y me parece que lo que nos ayudaría a entender mejor la problemática sería la noción de contextualización. Es relativamente claro que el objetivo de Popper, en un volumen dedicado en gran parte a la crítica del marxismo, es adscribirle a Marx una idea conspirativa de la historia mostrando así, sobre la base de su previo rechazo de dicha forma de entender los fenómenos sociales, que su tratamiento general era en realidad una mezcolanza de falacias, errores empíricos y teorías equivocadas. Dejando de lado el ataque concreto al marxismo, que no tenemos por qué o para qué considerar en este ensayo, lo que en mi opinión hay que tener presente es que con quien Popper pretende polemizar es con Marx por lo que tenemos que inferir que lo que él rechaza son las teorías conspirativas de la historia. En otras palabras, la clase de teorías conspirativas que Popper estaría rechazando sería la de teorías por medio de las cuales se pretende explicar el devenir de la sociedad capitalista, el decurso de la historia,, i.e., las grandes transformaciones sociales, como el paso del feudalismo al capitalismo o la supuestamente inevitable transición del capitalismo al socialismo. Son los cataclismos sociales de magnitudes seculares, movimientos sociales por así decirlo totalmente impersonales, como (para establecer un parangón) lo son las grandes migraciones de ñus y cebras en el Serengueti, los que no se prestan a ser explicados en términos de teorías conspirativas. En el caso de las migraciones animales, se desplazan un millón de ñús y de cebras, pero nadie los dirige. Algo así pasaría en ocasiones también con los seres humanos y lo que Popper estaría diciendo entonces es que para sucesos de esas magnitudes las teorías conspirativas son inservibles.

Si es esto último lo que Popper quería sostener, creo que no habría nada que objetar, pero lo importante es entonces notar que ese punto de vista no es incompatible con el recurso a “teorías conspirativas” cuando de lo que se habla es de eventos concretos, de menor magnitud, en los que participan grupos humanos reducidos más o menos identificables y en relación con los cuales los que se sabe qué está en juego. Es sólo en relación con las grandes hipótesis históricas, con las hipótesis de más alto nivel en historia o en sociología o en politología que las “teorías conspirativas” no funcionarían y serían totalmente irrelevantes. Pero entonces por ello mismo teorías conspirativas de menor nivel son perfectamente viables y su legitimidad o justificación dependerá de cuán bien articuladas estén. Para situaciones más o menos nítidamente delineables, cuyos actores son suficientemente bien identificables, cuyos objetivos son claramente enunciables, etc., entonces a una “teoría conspirativa” sólo se le puede echar por tierra teóricamente no mediante argumentos a priori, sino cuando efectivamente se le refuta y esto se logra cuando se hace ver que la teoría carece de fundamentos, cuando las motivaciones que postula no son suficientemente fuertes como para explicar la acción relevante, cuando la teoría contiene más huecos explicativos que los hechos que supuestamente explica, cuando es lógicamente incoherente, cuando las explicaciones que suministra son irrelevantes o no alcanzan ni mínimamente a justificar las conclusiones, etc. En todo caso, la moraleja de nuestra breve discusión es importante y quisiera enunciarla con el mayor énfasis posible: no se puede determinar a priori que no hay teorías conspirativas que sean genuinamente explicativas. Tras un examen minucioso, se puede descartar tal o cual teoría conspirativa, pero no es válido rechazar una potencial explicación de un fenómeno social determinado sólo porque se le puede etiquetar como “teoría explicativa”.

Lo que tenemos ahora que preguntarnos es: ¿por qué en el contexto de historia, de la politología y de las ciencias sociales en general es a veces imprescindible apelar a alguna “teoría conspirativa” para dar cuenta de algún fenómeno social importante? La razón es evidente: porque en general se carece de los datos que se requieren para construir una explicación enteramente empírica, es decir, sin presuposiciones discutibles, y entonces se requieren especulaciones racionales para colmar las lagunas explicativas generadas por la carencia de datos relevantes. Esas especulaciones racionales revisten a menudo la forma de “teorías explicativas”. El asunto es fácilmente de ilustrar, puesto que los ejemplos sobran. Recordemos el caso de un grupo de cuatro ciudadanos chinos que con un ciudadano israelí formaron una sociedad que estaba en la vía de la fabricación de nuevos chips y nuevos productos de software muy avanzados. Los cinco miembros de dicha sociedad firmaron un contrato en el que se estipulaba que si alguno de los miembros fundadores faltaba, las acciones se repartirían entre los restantes. Se hablaba en la prensa de una compañía de un monto de negocios de 150,000 millones de dólares. Por alguna extraña razón todavía desconocida, lo cierto es que los cuatro accionistas chinos coincidieron en un mismo avión, el cual habría de llevarlos de algún lugar en Asia a Beijing. Inesperadamente, sin embargo, el avión simplemente se esfumó. Se sabe que cayó en el Océano Índico, pero sus restos nunca se encontraron. Parece ser que años después se encontró parte del fuselaje en aguas australianas, pero en todo caso ello no sirvió para dilucidar absolutamente nada acerca del misterioso vuelo. Intentemos ahora analizar el caso.

Nuestro punto de partida es que, aunque no la tengamos, no es posible que no haya una explicación racional del caso y que si no la hay o es sumamente incompleta ello se debe a que faltan datos. En segundo lugar y en concordancia con nuestra hipótesis, asumamos que en efecto el “accidente” fue el resultado de una conspiración y que, por lo tanto, hay al menos algunas personas (porque difícilmente habría podido una persona sola materializar un plan de esas magnitudes sin ayuda de nadie más) que positivamente sí saben qué fue lo que pasó, puesto que habrían sido ellos quienes habrían planeado cómo lograr que coincidieran todos los accionistas menos en un vuelo, cómo hacer estallar el avión, etc. Hasta aquí vamos bien, porque aunque sin duda alguna el evento, que costó cientos de vidas, es importante, ciertamente no pertenece a la clase de eventos para los cuales cualquier teoría conspirativa dejaría de valer. Pero entonces ¿cómo se procede en casos como este en el que no tenemos datos suficientes y a lo único a lo que podemos recurrir para explicarnos el suceso es a una “teoría conspirativa”? No hay argumentos a priori para rechazarla. Por lo tanto, eso que despectivamente se presenta como “teoría conspirativa” en un caso en el que faltan datos equivale en realidad a un intento de explicación racional del mismo. En verdad, en lugar de “teorías conspirativas” deberíamos hablar de “hipótesis conspirativa”, pero hipótesis así son mucho más convincentes y aceptables que “no hipótesis” en lo absoluto. En determinadas circunstancias, una hipótesis conspirativa puede hacer mucho más comprensible el caso de lo que lo haría la explicación cruda y simplista del evento o la falta total de explicación. En nuestro ejemplo, la explicación rival a cualquier hipótesis conspirativista consistiría en decir que el avión se cayó por algún accidente o porque un rayo lo destruyó. Obviamente, la teoría conspirativista es superior, inclusive si no es confirmable. Ahora bien, para alguien que aceptara una “explicación” simplista y cruda, cualquier teoría “conspirativa”, que sería una teoría rival, resultaría no falsa ni absurda, sino simplemente redundante, es decir, aunque sea redundante de todos modos no pierde su carácter factual. Simplemente, no es verificable, pero una cosa es verificar y otra echar luz. Las teorías conspirativas pueden no ser verificables, pero a menudo ciertamente echan luz sobre los fenómenos estudiados.

Queda claro entonces que una “teoría conspirativa” es un intento por dar cuenta de un fenómeno social o histórico, relativamente bien acotado pero para el cual no se dispone de ninguna explicación alternativa. Las teorías conspirativas, dadas su estructura y la clase de premisas a las que tiene que recurrir, son teorías con mayor o menor grado de probabilidad. En principio, cualquier teoría conspirativa podría eventualmente confirmarse, pero en realidad ello se lograría cuando se obtuvieran los datos requeridos para ofrecer una explicación ahora sí enteramente empírica. Desafortunadamente, esto significa que es poco probable que múltiples teorías que pasan por “conspirativas” se puedan confirmar, puesto que justamente los factores causales de la situación que se investiga son de entrada desconocidos y se pretende mantenerlos ocultos. Esto es comprensible, porque en casos así: ¿qué es lo que se desconoce? Los objetivos de los conspiradores, los planes concretos que tienen, los mecanismos de los que echan mano para alcanzar los fines fijados, etc. Una teoría conspirativa responde, por lo tanto, a un hueco explicativo y es un intento de explicación racional, inclusive si es básicamente especulativa, ahí precisamente en donde no hay ninguna explicación alternativa. Infiero que múltiples teorías conspirativas en relación con un sinfín de sucesos históricos importantes son no sólo legítimas, sino las mejores que hay.

Una vez reivindicadas las teorías conspirativas por lo menos para cierta clase de sucesos podemos replantear nuestro tema de una manera que ya resultará inteligible. La pregunta crucial ahora es: ¿se requiere para explicar la realidad de la pandemia del coronavirus de una teoría conspirativa o hay explicaciones estrictamente empíricas alternativas? De eso nos ocuparemos en la siguiente sección.

IV) Los Estados Unidos versus la República Popular China

Básicamente, ‘coronavirus’ designa una familia de virus que generan al menos tres clases de enfermedades. La enfermedad que azota al planeta en la actualidad es la enfermedad etiquetada como ‘Covid-19’ y se caracteriza por generar sobre todo graves problemas respiratorios. Ahora bien, es un hecho fehaciente que al día de hoy no tenemos una explicación satisfactoria de la gestación, el origen y la expansión de este virus. Por lo pronto, hay dos propuestas de explicación, mutuamente excluyentes. Las presentaré, respectivamente, como la ‘explicación oficial norteamericana’ y la ‘explicación conspirativa china’.

A) La explicación oficial norteamericana. Aunque el gobierno norteamericano ha sido muy parco en sus aclaraciones, poco a poco ha venido delineando una línea de explicación que apunta a China no sólo como el país de origen de la infección de Covid-19, sino en la que también se acusa al gobierno de la República Popular China como el agente que deliberadamente dejó escapar el virus, desde luego soltándolo primero en su propio país para luego literalmente exportarlo a través de los vuelos internacionales que tardaron mucho en detener. De acuerdo con los norteamericanos, desde tiempo atrás los chinos habían venido experimentando con este coronavirus en murciélagos. Primero se sugirió que la gente habría comprado en mercados para su consumo personal murciélagos contaminados, pero luego esa versión fue sustituida por la teoría de que el virus se les habría escapado del laboratorio y es cuando la epidemia se habría iniciado. Este contagio ya no habría sido meramente accidental, sino deliberado. Los norteamericanos alegan que el gobierno chino ya sabía desde finales de diciembre que el virus ya estaba circulando y que una de sus características era precisamente que, aparte de letal, es tremendamente contagioso, a pesar de lo cual no hicieron nada ni previnieron al mundo al respecto. La mala fe del gobierno chino se habría manifestado en que si bien prácticamente cerró y cercó la ciudad de Wuhan, de todos modos siguió permitiendo los vuelos internacionales, con lo cual deliberadamente alentó la expansión del virus sobre todo en Europa, mas no únicamente. No estará de más notar, dicho sea de paso, que la acusación americana sobre el carácter mal intencionado de las decisiones del gobierno chino se funda claramente en una teoría conspirativa, puesto que faltan pruebas y sólo se pueden hacer especulaciones, por lo que si se rechaza como ridícula toda teoría conspirativa en la que el complotista sea el gobierno americano habría que rechazar sobre esas mismas bases la teoría oficial que el gobierno americano defiende. La teoría oficial conspirativa americana pasa porque quien la promueve es el gobierno norteamericano y es difundida por la prensa mundial. Por otra parte, es obvio, supongo, que todo acto de gobierno o privado fundado en la explicación oficial tiene el mismo grado de validez que la explicación misma, por lo que si ahora grupos de abogados pretenden demandar al gobierno chino por la “acción deliberada” que según el gobierno norteamericano habría realizado, su demanda no tiene mayor validez jurídica que la que teóricamente tiene la explicación en la que se sustenta y ésta se funda, parcialmente al menos, en una teoría conspirativa puesto que es una explicación que le atribuye al gobierno chino una intención maliciosa, oculta, del conocimiento de un grupúsculo de personas y sin pruebas empíricas demostrativas. En todo caso, ese es el núcleo de la explicación norteamericana, una “explicación” evidentemente secundada por lo menos por los gobiernos inglés y francés.

B) La explicación conspirativa china. De acuerdo con los portavoces del gobierno chino, el coronavirus efectivamente hizo su aparición en primer lugar en la ciudad de Wuhan, pero ellos niegan rotundamente que el origen del virus sea chino. Lo que ellos sostienen es que el virus fue llevado a China por militares norteamericanos cuando en octubre de 2019 se celebraron en la ciudad de Wuhan los juegos olímpicos militares, juegos en los que, irónicamente, lo que los chinos promovían era justamente la paz y la cooperación entre las naciones. Es cierto que hay un laboratorio en las afueras de la ciudad, el Instituto de Virología, en el cual se hacen toda clase de experimentos. En relación con esto vale la pena señalar que se produce una situación un tanto curiosa, por no decir contradictoria o auto-acusatoria por parte del gobierno de los Estados Unidos, porque éste acusa a China de hacer toda clase de experimentos sumamente peligrosos justamente para demostrarle al mundo que sus investigadores están al mismo nivel que los de los Estados Unidos y que pueden competir con ellos al tú por tú! Lo grotesco de esta acusación es que parecería ser una auto-denuncia de que los norteamericanos han trabajado con dicho virus. Por otra parte, es importante llamar la atención sobre el hecho de que en la televisión israelí (canal 12) se dio a conocer la noticia de que desde noviembre de 2019 los Estados Unidos habrían alertado a los miembros de la OTAN y al gobierno israelí de la aparición de un nuevo virus, cuyos efectos eran todavía desconocidos. O sea, los Estados Unidos sabían del problema desde antes de que éste estallara. Si en China de la epidemia se supo hasta enero y los Estados Unidos ya sabían de dicho virus desde el año pasado, la explicación china cobra fuerza. Si el gobierno chino estuviera diciendo la verdad, quedaría claro entonces que lo que pasó en China fue simplemente un acto de guerra bacteriológica sin declaración de guerra.

Tenemos, pues, dos cuadros distintos del panorama actual, ambos apoyados por grupos de científicos, militares, diplomáticos, etc., que por lo menos al lego y a quien no participa directamente en la controversia lo dejan en la incertidumbre y en el titubeo. El ciudadano común simplemente no tiene elementos para decidir por cuál teoría inclinarse. ¿Significa eso entonces que no podremos saber que teoría es la más plausible puesto que en ambos casos faltan premisas para que los razonamientos pudieran ser conclusivos? Yo pienso que no, pero pienso también que hay una explicación de más alto nivel, superior, que hace a ambas teorías redundantes o por lo menos las desprovee de la importancia que se les quiere adjudicar. Esto se aclarará más abajo, pero por el momento consideremos este choque de teorías como si fueran el último nivel explicativo del fenómeno.

Como es bien sabido, los datos que se obtienen en las diversas (así llamadas) “ciencias duras” adquieren su status de datos científicos en la medida en que son parte de teorías científicas concretas. En cambio, en las ciencias sociales, en donde la teorización toma cuerpo de modo distinto, las teorías son a menudo remplazadas por lo que podríamos llamar ‘descripciones contextuales’. Para decirlo de manera burda pero ilustrativa: un dato de astrofísica es a la teoría de la relatividad lo que un dato histórico es al trasfondo o contexto en el que resulta ubicable y que, por lo tanto, hay que proporcionar. Es precisamente la contextualización lo que le confiere a un hecho, enteramente neutral en sí mismo, su significancia histórica o política. La contextualización es crucial en historia y en política porque en esas áreas no se teoriza como en astrofísica o en bioquímica. Apliquemos esta estrategia a nuestro caso. ¿Cómo o sobre qué bases podríamos optar entre la explicación norteamericana y la china de la pandemia del Covid-19? La respuesta ya la dimos: por medio de la contextualización del “dato”, esto es, proporcionando el trasfondo político, comercial, social, etc., en el que se inserta el hecho de que una y la misma enfermedad está afectando a prácticamente todos los países del mundo. Dicha contextualización es lo único que puede orientar respecto a lo que podría ser la respuesta correcta. Pero ¿es factible dicha contextualización? Pienso que sí, si bien ello es un asunto de grados. Intentemos entonces contextualizar, aunque sea a grandes rasgos, nuestro hecho por explicar, esto es, la pandemia que nos agobia.

Yo creo que el primer “dato” importante para entender lo que está pasando lo constituye la agresión norteamericana en contra de China. En diciembre de 2018, la CEO de la mega-empresa china de telecomunicaciones, Huawei, fue detenida y encarcelada en Canadá con miras a ser extraditada a los Estados Unidos, cosa que aún no sucede. Desde mediados de 2019, el gobierno de D. Trump entró en una abierta guerra comercial con la República Popular China. Los norteamericanos, rompiendo con todas las reglas de juego comercial libre, le impusieron arbitraria y súbitamente  billones de dólares en impuestos a multitud de productos provenientes de China a fin de medio balancear su déficit comercial, llegando hasta los 200 billones de dólares, esto es, 200 mil millones de dólares en impuestos! Podemos estar seguros de que si los Estados Unidos hubieran hecho eso con cualquier otro país simplemente lo habrían destruido, pero en este caso algo falló. Para empezar, los chinos le impusieron a los productos norteamericanos la misma cantidad de impuestos. Quedó claro entonces que, comercialmente, los Estados Unidos perdieron la pelea con China. Sencillamente no tienen forma de ponerlos de rodillas ni de detener su formidable crecimiento (China había venido creciendo a un ritmo de casi 7 % anual, algo que los norteamericanos ni en sueños podrían alcanzar). ¿Qué es, pues, lo que está pasando? Se da una confrontación comercial entre un gigante comercial emergente y un gigante comercial decadente y empieza a ser paulatina pero inexorablemente desplazado. El problema es, claro está, que la potencia destronada comercial y económicamente sigue siendo la potencia número uno militarmente. Parecería entonces que el razonamiento subyacente es el siguiente: si no se puede detener a China por las buenas, esto es, haciendo toda clase de trampas financieras y de chicanerías comerciales, quedan las opciones de inteligencia militar. Desde este punto de vista, lo que se estaría haciendo ver es que, salvo por el recurso último al armamento atómico, que en realidad ya no es un recurso viable salvo para un gobierno suicida, los Estados Unidos están dispuestos a recurrir a absolutamente cualquier mecanismo bélico, cualquier modalidad de guerra para alcanzar sus metas. Independientemente de su carácter moral, habría que reconocer que si es así realmente como se habría razonado en el seno del gobierno norteamericano, el plan delineado no habría sido del todo bien pensado. Sus arquitectos habrían fijado toda una variedad de objetivos, todos ellos secretos si bien algunos de ellos rastreables, pero lo cierto es que el plan falló. Si de lo que se trataba era de detener a toda costa el crecimiento económico y la expansión comercial de China (la Ruta de la Seda, la quinta generación en telecomunicaciones, etc.), dicho objetivo no se alcanzó. En dos semanas los chinos controlaron la epidemia en Wuhan, a la que cerraron a piedra y lodo y detuvieron la expansión de la enfermedad. En segundo lugar, se le causaría un grave daño a la población la cual, se suponía, se levantaría en contra del régimen dictatorial impuesto por el partido comunista chino. Eso tampoco sucedió. (Lo mismo se pensó en relación con Irán y de igual modo la política norteamericana volvió a fallar). Los estrategas norteamericanos pensaban que una vez alcanzados los objetivos estratégicos los Estados Unidos podrían una vez más volver a imponer sus políticas imperialistas e intimidatorias en todo el planeta, lo cual en la confrontación entre las superpotencias es obviamente el objetivo último o supremo. Evidentemente, habría un precio que pagar, que sería el número de muertos que inevitablemente acarrearía la expansión del virus en los Estados Unidos mismos. En relación con esto, no podemos pronunciarnos sobre si el plan fue rebasado o no, porque en los Estados Unidos todavía no se ha logrado detener el contagio masivo y que mueran centenas de personas diariamente. Así, pues, podría afirmarse que en general el plan habría fallado y, tristemente, quizá lo único para lo cual todavía da cabida es precisamente el número de muertos. Es de suponerse que el cálculo que los policy makers norteamericanos hicieron (es evidente que todo lo que está pasando no es producto de la voluntad de una persona) en relación con el número de fallecidos es mucho mayor que el de los fallecimientos hasta ahora acaecidos. Aquí lo que no deja de sorprendernos es lo siguiente: si la explicación china es acertada, entonces quienes en el nivel más alto tomaron las fatales decisiones sabían que su propio pueblo padecería enormemente y, no obstante, siguieron adelante con el plan. En relación con esto quizá valga la pena traer a la memoria el hecho de que, a la pregunta planteada por la televisión iraní a un politólogo estadounidense de si el gobierno norteamericano habría estado dispuesto a atentar en contra de su propia población, éste sin mayores titubeos respondió haciendo primero el recordatorio de que eso ya había pasado, como sucedió con la destrucción de las Torres Gemelas, en donde murieron más de tres mil personas y, en segundo lugar, que es evidente que en el gobierno norteamericano hay gente lo suficientemente inmoral como para afectar a su propia población con tal de alcanzar sus objetivos políticos, militares y comerciales.

Nuestro interrogante era: ¿es factible contextualizar el dato que constituye la pandemia del Covid-19 de modo que la hipótesis de que China deliberadamente infectó primero a su propia población y posteriormente a la población mundial en su conjunto resulte convincente? Confieso que no tengo datos ni razones para pensar que pudiera darse una respuesta positiva a esta pregunta. Está desde luego la hipótesis, que no hemos considerado, de que se haya tratado de un accidente y que por un “error humano” el virus se haya esparcido primero en Wuhan y luego en los demás países. Yo considero que esa hipótesis es simplemente increíble y por lo tanto teóricamente gratuita e inaceptable. Los laboratorios de esa índole, ultra-secretos, dirigidos por militares y demás son herméticos, tienen decenas de filtros para entrar y salir, es decir, están perfectamente preparados y acondicionados para llevar acabo sus labores. Esa hipótesis me parece, por lo tanto, totalmente implausible.

Así, pues, si tuviéramos que elegir entre la hipótesis norteamericana y la china nuestra conclusión tendría que ser entonces que la actual pandemia del Covid-19 muy probablemente habría sido el resultado de una acción de inteligencia militar por parte del gobierno de los Estados Unidos (y, probablemente, con la participación de algún otro gobierno “amigo”) en contra de la República Popular China. El hecho de que ahora se esté revirtiendo a explicaciones que hacen de la transmisión animal la fuente de la tragedia refuerza la idea de que la posibilidad de acusar al gobierno chino ya quedó descartada y habrá que hacer todo lo que se pueda para desviar la atención de la potencial responsabilidad del actual gobierno norteamericano hacia otros temas. Si efectivamente lo que está pasando es el resultado de una confrontación entre los Estados Unidos y China, lo menos que podemos decir es que los Estados Unidos ya perdieron dicha confrontación.

Yo pienso, sin embargo, que la descripción de la actual pandemia en términos de una confrontación entre dos grandes potencias es errónea y que el problema se puede concebir de otra manera, de una manera que me parece a mí que es mucho más explicativa y por ende más útil. De esa explicación alternativa pasaremos ahora a ocuparnos.

V) La significación de la pandemia del Covid-19

Algo que nos deja de maravillarnos es la cantidad de ideas ridículas a las que da lugar un problema mundial tan serio como la actual pandemia y sin duda una de las mayores barrabasadas que oímos a diestra y siniestra es que esta pandemia significa el fin del capitalismo, que éste inevitablemente tiene que reformarse, que llegó el momento de modificar la injusta estructura económica del mundo y que precisamente la pandemia es el inicio de esta remodelación de la vida social del planeta. Yo pienso que posiciones optimistas como esa son no sólo ingenuas, sino que están mal concebidas y lo están por no haber tomado en cuenta suficientes elementos. Intentemos nosotros, con base en lo que hemos señalado y en los datos que podamos ir recabando, un cuadro diferente.

Lo primero que tenemos que hacer es ubicarnos teóricamente en el nivel apropiado. Vamos a abandonar por el momento el plano de la guerra diplomática, la geo-estrategia militar, los servicios de inteligencia, la guerra entre super-potencias, etc. No es desde la perspectiva de la confrontación entre países que ahora intentaremos extraer el verdadero significado, el significado real de la actual crisis. Para adoptar la perspectiva correcta ahora nos ubicaremos en un plano más general y más abstracto que es el de la evolución social mundial. Desde este nuevo punto de vista, la lucha entre los Estados Unidos y la República Popular China pasa a un segundo lugar e inclusive podría resultar ser, como intentaré hacer ver, un falso conflicto. Siendo esto así, la primera pregunta que tenemos que plantearnos es: ¿cómo acercarnos al tema?

A mí me parece que lo primero que se tendría que investigar es a quién beneficia la pandemia, porque es evidente que si bien la inmensa mayoría de las personas, los locales comerciales, las pequeñas empresas e inclusive empresas gigantes como las petroleras, los gobiernos, todos ellos y más sufren y se ven profundamente afectados por ella, habría de todos modos instituciones, organizaciones, corporaciones e individuos que están obteniendo inmensas ganancias gracias a la crisis. Antes de decir algo al respecto, sin embargo, es indispensable pasar en revista algunos hechos.

El primer y principal mega-efecto de la actual pandemia es obviamente la recesión mundial en la que apenas estamos entrando. Lo que se está arruinando es, con las excepciones obvias que no necesitamos considerar, la organización económica mundial considerada globalmente. A tres meses de que la enfermedad se haya extendido por todo el planeta, millones de personas ya no tienen trabajo, el sector de servicios (tiendas, cines, restaurantes, comercios de todo tipo, etc.) está en la ruina; el dinero casi está dejando de circular. Obviamente, el dinero que necesita la gente para adquirir bienes de consumo no son los trillones de dólares puestos en circulación por la Reserva Federal para solventar deudas de grandes empresas (compañías de aviación, por ejemplo). Algo de esa fortuna irá a parar a los bolsillos de los ciudadanos (norteamericanos, en este caso), pero en general ese dinero no es dinero circulante, dinero normal para que entre en el mercado y sea usado por todos. Es dinero, por así llamarlo, ‘teórico’, dinero por medio del cual se hacen transacciones en computadoras y se rescatan así empresas en quiebra, se cubren sus deudas, etc., y posteriormente regresa a los bancos. Pero que quede claro: el dinero que, por ejemplo, en los Estados Unidos “se inyecta” en la economía nacional no se invierte en la construcción de hospitales, de asilos, de escuelas y demás. La impresión de esos billetes está pensada para ayudar sólo a los agentes esenciales, es decir, a los pilares del sistema capitalista (en un sentido no personal, desde luego). Así, pues, ¿quién se beneficia de la actual crisis? La respuesta es simple: la banca mundial y las grandes trasnacionales y en particular por el momento las del sector farmacéutico. ¿A quiénes va a afectar más directamente y para mal esta pandemia? Desde luego a los ciudadanos, a los individuos, a las personas, pero también a los gobiernos de los Estados nacionales, porque ellos van a tener que recurrir a instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, etc., y, desde luego, a los grandes bancos del mundo (JP Morgan, Golden Sachs y demás). Las deudas externas van a crecer enormemente y, claro está, si un país se endeuda quienes pagan en los hechos dicha deuda son sus respectivas poblaciones. Así, pues, los campos de los grandes beneficiados y de los muy afectados negativamente por la actual crisis están relativamente bien delimitados y son claramente discernibles.

Pero cabe preguntar: ¿por qué se habría pensado que era indispensable recurrir a un mecanismo tan diabólico y tan nefasto en sus implicaciones (muertes, parálisis económica, baja sensible en los niveles de vida, etc.) como lo es la pandemia del Covid-19? Porque, y esta la hipótesis que yo quisiera someter a consideración, el sistema capitalista tal como lo hemos venido viviendo está ya agotado y es ya insostenible, pero no en el sentido en el que podría uno espontáneamente pensarlo. ¿En qué sentido entonces es el sistema capitalista ya insostenible? En el sentido de que, aunque hay billones de personas en la inopia, viviendo en la insalubridad, en la inseguridad, en la miseria, etc., también es cierto que hay billones de personas que viven relativamente bien, que tienen acceso a la educación, a servicios de salud, que viajan, que tienen un buen nivel de consumo, que viven de sus jubilaciones, etc., y que quieren cada vez más, es decir, que quieren progresar. Todo eso está muy bien, sólo que hay un problema: el tamaño del planeta no se puede modificar y para mantener el bienestar más o menos aceptable de esos billones de personas que conforman el espectro social que lleva desde las clases trabajadoras más humildes hasta las primeras capas de la gente que goza ya de un nivel de vida respetable, el mundo tendría que transformarse drásticamente y tendría que operarse una re-distribución mucho más justa de la riqueza mundial. Las clases medias, numerosas y muy diversificadas, exigen cada vez mejores salarios, más vacaciones, más acceso a buenos servicios de salud y en general más bienestar material, pero eso sólo se puede obtener en el marco del capitalismo existente no si se explota más a las clases trabajadoras, porque ni eso sería ya suficiente, sino si se le quita riqueza a los super-ricos, si se les expropian sus bienes, si se les cancelan sus obscenos privilegios. Y eso, obviamente, es algo que los dueños del dinero y por lo tanto quienes se apropiaron del sistema, quienes manejan sus mecanismos y conocen sus secretos, no van a permitir.

Empezamos entonces a entender que a través del coronavirus lo que se pretende es re-estructurar, re-modelar la sociedad capitalista, pero no en aras de la justicia sino para garantizarle a los super-ricos, esto es, a los amos económicos del mundo, sus privilegios. La pandemia del Covid-19 resulta ser entonces uno de los instrumentos por medio de los cuales la capa social que está en la cúspide está llevando a cabo sus planes de defensa de sus privilegios en el marco del sistema capitalista, porque nadie está interesado en que éste se modifique. Así, pues, la re-estructuración que se planea tiene como objetivo salvaguardar los inmensos, casi inimaginables privilegios de menos del uno por ciento (cuando mucho) de la población mundial. Por consiguiente, podemos afirmar que si el coronavirus transmisor del Covid-19 (coronavirus–Sars-Cov-2) es efectivamente un instrumento del cambio social lo es de lo que yo propongo llamar la ‘contra-revolución hiper-burguesa’. Por consiguiente, el objetivo central para que el sistema capitalista en su fase actual, esto es, en la que lo que prevalece no es ya el capital industrial sino el financiero, es bajar el nivel de vida de las “clases medias”, esto es, el grueso de la población mundial. De lo que se trata es, por así decirlo, de proletarizarlas. Hay que homogeneizar a la población en una sola clase inmensa que sería la clase trabajadora del futuro, esto es, la clase que garantizaría el bienestar eterno de los super-ricos. ¿Quiénes son los super-ricos? Los dueños de los canales por los que fluye todo el dinero del mundo y los entes trasnacionales (empresas, corporaciones, compañías) en cuyas manos está la producción y la distribución de la riqueza material del planeta. Lo que se echó a andar es, pues, el proceso de esclavización de la humanidad en beneficio de quienes se apoderaron de prácticamente todo lo que hay en la Tierra.

En resumen: el coronavirus está diseñado para que se efectúe una transformación económica radical a nivel mundial. El objetivo es asalariar a la mayor cantidad de personas que se pueda. Esta transformación está pensada para beneficiar ante todo al sector que maneja el dinero, la bolsa de valores, la deuda externa de los países, etc., esto es, la banca mundial, y las grandes trasnacionales, en particular mas no únicamente las de la industria farmacéutica, los grandes laboratorios de los cuales dependerán las vacunas y los tratamientos de las enfermedades. El mismo Bill Gates ya habló de una vacuna para la población mundial, esto es, siete mil millones de vacunas! Sin duda algunos rayan en una megalomanía delirante mas, desafortunadamente, no irreal. Eso es enriquecerse hasta niveles inconcebibles para el ciudadano común. Son gente así quienes idearon la estrategia del coronavirus y lo hicieron por motivaciones egoístas y con objetivos en mente perfectamente delineados.

Ahora bien, es claro que la transformación estructural no puede efectuarse sin una transformación política, pero de esto no se ha hablado mayormente. Es cierto que todavía el tema no ha sido abiertamente discutido, pero ya hubo alguien quien se pronunció al respecto y que sabe muy bien de lo que habla, puesto que él sí está en el núcleo del poder mundial. Este individuo, a manera quizá de advertencia respecto a lo que se viene, ya afirmó públicamente que el coronavirus no puede ser controlado por ningún gobierno en particular. Pero entonces ¿qué o quién lo puede controlar? En opinión de Henry Kissinger, que es de quien hablamos, eso es algo que sólo lo puede lograr un gobierno mundial. Esta sugerencia de Kissinger ciertamente amerita unas cuantas palabras dado que él más que cualquier otra persona es el portavoz de los núcleos humanos que controlan la vida económica del planeta. ¿Qué podemos decir al respecto?

VI) El gobierno mundial

La idea de un gobierno mundial no es nueva, pero en general cuando se aludía a un gobierno así se pensaba ante todo en una especie de idea regulativa y de ideal político, más que en un proyecto efectivamente realizable. Por consiguiente, pretender describir aquí y ahora cómo concretamente estaría estructurado y funcionaría un gobierno mundial sería una labor un tanto fantasiosa, puesto que lo único que podríamos hacer sería especular, dado que no contamos con antecedentes históricos que nos ilustren y nos permitan extraer lecciones de casos pasados. Pero si bien no podemos decir mucho acerca de cómo sería un gobierno así, sí podemos visualizar cómo se llegaría a él. Es evidente hasta para un niño que ningún país de motu proprio estaría dispuesto a suprimir su independencia para someterse a los mandatos de un gobierno supranacional, pero el punto es que la “propuesta” de un gobierno mundial no se plantearía como una opción. ¿Cómo entonces se llegaría a él? Es en relación con este punto que la pandemia del Covid-19 adquiere una importancia explicativa mayúscula. Pienso que algo de lo mucho que puede decirse es lo siguiente:

a) el flagelo que es la pandemia que hoy se expande por el mundo no es un fenómeno natural sino provocado, el resultado de una conspiración fraguada al más alto nivel económico, político y social, seguramente preparada durante años y con objetivos precisos por alcanzar. Todo lo que pasa día con día confirma que hay un plan que se está exitosamente materializando.

b) La pandemia apenas está empezando. Es evidente que el problema no se va a detener en los próximos meses. El objetivo debe ser que se contagien cientos de millones de personas para que todo el proyecto tenga sentido. Lo más que los gobiernos nacionales podrían hacer sería entonces luchar para que las tazas de mortandad no los rebasen y tratar de enseñarles a sus respectivas poblaciones a aprender a vivir de un nuevo modo para reducir al máximo el peligro del contagio y por ende de muerte (vivir con cubre bocas, lavándose las manos cada hora, quitándose los zapatos al entrar a las casa y desinfectarlos, no saludar a nadie de beso, etc.). Pero hay una verdad terrible en todo esto: el virus va a seguir entre nosotros por la sencilla razón de que para eso está pensado.

c) La solución para la pandemia, ya sea bajo la forma de vacunas ya sea bajo la forma de tratamientos, estará en manos de las grandes corporaciones farmacéuticas. Eso quiere decir que, nos guste o no, todos los países van a depender permanentemente de ellas. Y eso es muy fácil de hacer ver: una vez que esta pandemia haya quedado superada, vendrá la siguiente y nos volveremos a encontrar en la misma situación que en la que estamos hoy sólo que con otro virus.

d) Dado el carácter altamente contagioso del coronavirus, inevitablemente los gobiernos tendrán que tomar medidas draconianas para evitar defunciones masivas hasta donde sea posible, pero ello acarreará un terrible desgaste económico en todos los países, sus poblaciones se agotarán, el endeudamiento externo de los gobiernos se volverá galopante, etc. Estarán sentadas las bases entonces para que se inicie el chantaje político en gran escala. No se necesitarán soldados, invasiones, bombardeos, etc. Esos eran mecanismos propios de la etapa previa del desarrollo del capitalismo, pero eso quedó atrás. Ahora se pueden eliminar millones de personas de otra manera y cuando un gobierno vea que se le mueren millones de personas accederá a todo lo que se le exija.

e) Ya con los gobiernos domados y bajo control, se podrá reorganizar la vida social pero habiéndoles previamente robado ya su autonomía. Entrarán en juego entonces nuevs organizaciones internacionales, parecidas a la ONU, a la UNESCO, a la OMS, a la OIT, etc., sólo que esta vez con el poder para imponer las políticas que los directivos de esos organismos consideren que hay que imponer y no habrá mucho que discutir. Dónde estén ubicadas las sedes de estos nuevos ministerios es algo que no tiene mayor importancia.

f) Así como se pasó de los reinos e imperios medievales a la formación de Estados nacionales, ahora se pasará a la organización política mundial acorde a la etapa actual del desarrollo del capitalismo. Dicho de otro modo, se vislumbra ya el fin de los Estados nacionales.

g) El objetivo último de todo esto que parece más que otra cosa el resultado de una conspiración diabólica es, naturalmente, el sostenimiento del sistema capitalista en lo que muy probablemente ahora sí sea su última etapa, una etapa sin embargo cuyo fin no es perceptible en este momento y de hecho es imposible siquiera imaginar. De lo que se trata es de beneficiar al máximo a las grandes corporaciones, reducir costos, dejar de pagar jubilaciones (una temática candente), etc.

Ahora sí me parece que podemos decir que tenemos un cuadro general, una interpretación del rol del coronavirus. Ahora sí tiene sentido lo que nos está sucediendo. Teniendo presente lo que hemos dicho, podemos pasar ahora a extraer algunas conclusiones generales.

VII) Conclusiones

Soy de la opinión de que no habría nada más ingenuo y desorientado que pensar que la actual crisis por la que está empezando a pasar la humanidad no es más que un desafortunado evento del cual pronto saldremos más o menos indemnes y del cual también en última instancia los responsables son los murciélagos. Ver e interpretar lo que está pasando de esa manera me parece el summum de la incomprensión y de la superficialidad. Como ya vimos, la actual pandemia es desde luego un fenómeno biológico, pero también militar, económico, social, cultural, etc., pero es ante todo un instrumento político. Esta pandemia, con todo lo que ella acarrea, es tanto un símbolo como un instrumento ad hoc empleado en una complejísima estrategia global que tiene motivaciones concretas y metas claramente detectables. Si hubiera sido por razones naturales que el Covid-19 hubiera hecho su aparición sobre la faz de la Tierra, como la peste bubónica lo hizo a través de las ratas, de todos modos causaría enormes problemas de toda índole, pero con el tiempo los países podrían salir del atolladero, por dificultoso que fuera ello. Pero vista la enfermedad como un elemento de una estrategia política global motivada por poderosos requerimientos económicos, laborales, políticos, etc., la pandemia se vuelve entonces algo mucho más peligroso y dañino. Quizá sea cierto que llegó el momento en el que las contradicciones del sistema capitalista fuerzan a un cambio que tiene que articularse de alguna manera, pero el problema es que la necesidad de este cambio está siendo aprovechada exclusivamente para beneficio de quienes hoy son los amos financieros del mundo y fueron sus policy makers quienes diseñaron dicho cambio y lo están implementando. Eso es precisamente lo que se hizo. Visto de esta manera, no somos los ciudadanos del mundo otra cosa que peones en un tablero mundial en el que, por lo menos por el momento, sólo juegan los dueños del mundo. Es, pues, crucial llevar al plano de la conciencia universal el siguiente pensamiento: la pandemia del Covid-19 significa una declaración de guerra en contra la humanidad en su conjunto, una humanidad ciertamente desprevenida, no consciente del peligro que la acecha pero que, si logra despertarse y reaccionar a tiempo, tiene toda la fuerza para neutralizar la terrible amenaza que sobre ella se cierne y darse a sí misma la oportunidad de hacer del mundo un lugar en donde pueda pasar su tiempo de existencia viviendo serenamente y en paz.

[i] K. Popper, La Sociedad Abierta y sus Enemigos (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1967), vol. II, p. 114.

[ii] K. Popper, ibid., p. 115.

[iii] K. Popper, ibid., pp. 115-16.

[iv] K. Popper, ibid., p. 116.