Autor: atb-admin

Presencia de Moloch

Difícilmente, me parece, podríamos encontrar una palabra más apropiada para calificar el actual panorama mundial que ‘escalofriante’. Dejando de lado a ciertos estratos ultra-privilegiados de personas que están blindadas frente a cualquier crisis imaginable (puesto que son ellos quienes las generan y de las que se benefician) y concentrándonos en las “poblaciones normales”, de seguro que hay algunas regiones en el planeta en donde se vive tranquilamente y en donde la gente tiene la oportunidad de actualizar sus potencialidades, de aplicar sus habilidades, de disfrutar plácidamente su vida familiar y en general de desarrollarse de manera sana y productiva. Paraísos así, creo, los contamos con los dedos de la mano. Quizá en lugares como Finlandia, Islandia, Suiza o Alaska se pueda vivir sin padecer, en forma directa al menos, los efectos de las guerras, las oleadas de inmigrantes, las burbujas especulativas, el paro forzado, la criminalidad rampante y demás. A nosotros, desde luego, nos llena de gusto, aunque se trate de unos cuantos oasis humanos, que haya personas que puedan cumplir exitosamente con los objetivos de la vida. Debo no obstante confesar que, antes que con los privilegiados, mi vinculación sentimental es con el grueso de la población mundial, es decir, con ese inmenso sector de la humanidad para el cual cada día es un nuevo reto, una nueva aventura y cuyo desenlace inevitablemente escapa a su control. Por ejemplo, la gente no puede saber si el día de mañana se producirá una tremenda devaluación o una crisis en la Bolsa de modo que súbitamente todos sus ahorros se podrían ver reducidos a corcholatas y si tendrá entonces algo para llevarse a la boca o algo que llevar a su casa. Dejando de lado a los felices, para el resto de la humanidad el paisaje vital cotidiano, en un espectro muy matizado de situaciones obviamente, dista mucho de ser halagüeño. Piénsese tan sólo en esa zona del mundo sobre la cual parece haber caído una maldición infernal, a saber, el Medio Oriente. ¿Qué es lo que allí tiene lugar día con día? Tomemos como ejemplo a Irak, un país devastado por una guerra completamente injustificada, puesto que el pretexto de la invasión norteamericana era la existencia de armas de destrucción masiva, armas que no existieron más que en las enfermas mentes de los diseñadores de la invasión. Y está Siria, un país que, si los controladores del mundo no hubieran sido tan fanáticos y sus envidias y odios tan bestiales, con un poquito de tiempo habríamos podido incluirla en lista de países privilegiados como los mencionados más arriba. El problema es que eso precisamente era lo que no se podía permitir. Nada más entre Irak y Siria, más de un millón de personas han sido brutalmente arrancadas de su hábitat y obligadas a errar de un lugar a otro, buscando desesperadamente un sitio en donde poder vivir y trabajar, permanentemente estigmatizadas y hacinadas (cuando no mueren en sus travesías) en nuevos campos de concentración. Siria es otro ejemplo de hecatombe injustificada, un hermoso país bombardeado por la potencia más destructora de todos los tiempos, el ejército norteamericano, la maquinaria militar más grande del mundo al servicio ciego de fuerzas oscuras y a final de cuentas manipulada por éstas como ellas quieren. Yo estoy seguro de que si le preguntamos a cualquier ciudadano normal de cualquier país del mundo por qué los norteamericanos bombardean Siria no sabrían qué decir. Y es que no hay ninguna razón objetiva, más allá de las “razones” que emanan de intereses sectarios particulares. Dado que no se ha dado ninguna declaración de guerra entre Siria y los Estados Unidos, no puede haber objetivos militares que destruir. Los bombardeos, por lo tanto, son bombardeos sobre todo de infraestructura y de seres humanos, es decir, están pensados para arrasar con las ciudades sirias y para aniquilar a su población civil. El ejército norteamericano tiene, desde luego, objetivos “militares”, pero no son los que la gente cándidamente podría imaginar. Lo que los soldados norteamericanos hacen en el Medio Oriente es proteger al máximo en su ya inevitable retirada y disolución al Estado Islámico y a todos los grupos de mercenarios y terroristas que ellos mismos organizaron, entrenaron, pagaron y han venido apoyando desde hace años. Dado que los militares norteamericanos están ya muy fogueados en el arte de invadir, torturar y aterrorizar gente (¿habrá algo más siniestro que las cárceles clandestinas norteamericanas?), el espantoso cuadro que presenta hoy una Siria gratuitamente destruida es para ellos más bien causa de regocijo. Pero a la pregunta de por qué hacen eso no se encontrará una respuesta razonable, clara y directa. Sí la hay, pero es inverosímil, tenebrosa y enredada. Sin embargo, no es mi objetivo ofrecer aquí explicaciones, sino simplemente confirmar que la horrorosa situación en la que fue sumergida Siria es la misma que, desde la invasión de 2003, vemos en Irak, en Libia, en Afganistán y en otros países hacia los cuales poco a poco se recorre. El espectro de la guerra y sus eternos acompañantes, la destrucción y la muerte, recorre el grueso del Medio Oriente y va más allá.

Sería, por otra parte, un error de primaria pensar que el horrendo cuadro que presenta el Medio Oriente es privativo de éste. Nada más alejado de la realidad que una idea así. Si nos trasladamos a la África negra de lo que somos testigos es de un desastre humano total y quizá peor: hambruna, desnutrición, enfermedades importadas deliberadamente (SIDA), matanzas atroces, guerras interminables, desertificación acelerada, miseria en todo su esplendor y todo ello para garantizarle a los civilizados países occidentales y a sus castas privilegiadas el acceso a su riqueza (diamantes, petróleo, carbón, marfil, etc.), a su mano de obra regalada, a su agua, etc. En ese continente, por lo menos desde que los civilizados y muy cristianos europeos inventaron el comercio de esclavos, por ahí del siglo XVI, no han dejado de sufrir por igual niños, mujeres y hombres por, una vez más (inter alia), guerras interminables como las de Nigeria, el Congo, Somalia, Sudán, etc., todas ellas debidamente orquestadas, monitoreadas y aprovechadas por las potencias democráticas occidentales.

En Europa Oriental también se están calentando las cosas de una manera altamente peligrosa y que apunta a una situación de potencial desastre humano completo. Uno de los dos gobiernos de los Estados Unidos, el no oficial (congreso y cámara de representantes), parece estar empeñado en llegar a una confrontación con Rusia restringida, suponen ellos, a las fronteras de esta última. Yo creo que eso es una ilusión absurda: por lo menos en mi modesta opinión, ningún choque militar con Rusia podría no tener terribles repercusiones en el territorio norteamericano. Si ello es así, entonces toda esa política consistente en cercar a Rusia con misiles Patriots a lo largo de su frontera con los países de Europa Oriental y Bálticos es una locura que simplemente no puede dar el resultado que quieren. Uno de los objetivos, obviamente, es mantener tranquila a Rusia debidamente amenazada mientras la aviación norteamericana destruye Irán. Hasta un niño entiende que esa política es fatua y no va dar resultado. Lo que en cambio sí es susceptible de generar es un cataclismo de magnitudes planetarias. Sin embargo y por increíble que suene, este panorama digno de las más ridículas películas de Hollywood, se aproxima a nosotros a pasos agigantados.

Alguien podría objetar: “Está América Latina! Ésta ciertamente no es África. No todo está perdido!” Pero ¿quién podría negar que América Latina ofrece un aspecto deplorable y en el fondo, dadas las perspectivas, sin esperanzas? En México el aplastamiento de la población, la contra-revolución, se impuso con fuerza y en todos los planos hace más o menos tres décadas, pero en el resto del continente es un fenómeno más reciente. Con la nunca suficientemente explicada muerte del comandante Hugo Chávez (sólo con su muerte pudieron detenerlo), el proyecto progresista y unificatorio (perdóneseme el barbarismo. Yo sé que la Real Academia no reconoce este término, pero yo encuentro que responde a mis intuiciones lingüísticas, que resulta sumamente útil, que todo mundo entiende lo que quiero decir con él y que no se multa a nadie por emplearlo. Por lo tanto, me permito usarlo) de Latinoamérica y liderado por gente como Néstor Kirschner, Lulla da Silva, Pepe Mojica, Rafael Correa y otros dirigentes igualmente comprometidos con sus respectivos pueblos (obviamente y para vergüenza de todos nosotros, hay que excluir de dicho grupo al abominable Vicente Fox y a sus secuelas) quedó desarticulado. En Colombia la paz no acaba de llegar, en Argentina como nunca en la historia reciente se puso de rodillas económicamente a la población (entre muchos otros “logros” del macrismo); Venezuela está sometida a una guerra de baja intensidad financiada y organizada desde el extranjero, en Brasil se dio lo que técnicamente fue un golpe de Estado con la destitución de Vilma Russet con lo cual se desataron los conflictos sociales de un modo inusitado. América Latina claramente se mueve en la dirección de la entrega de la riqueza nacional a unas cuantas manos, de la pauperización constante de su población, de su embrutecimiento sistemático, de la destrucción de sus tradiciones culturales, alimenticias, etc., de sus diversos pueblos, de su colosal e impagable endeudamiento y así indefinidamente. América Latina, por lo tanto, ocupa un lugar muy distinguido en el mapamundi de los desastres políticos e históricos que culminan de una u otra manera en la confrontación social, por no hablar crudamente de guerras intestinas. Después de todo, no es factible esclavizar a los pueblos indefinidamente.

Queda claro entonces que no se requiere efectuar un análisis particularmente profundo y pormenorizado para apreciar el carácter tétrico de la situación global en la casi totalidad del globo terráqueo, pero si este espectáculo nos preocupa y enardece cuando hablamos de países distantes, cuando pasamos al capítulo “México” lo que nos invade es un sentimiento de desesperación. ¿Estaré equivocado?

Que nuestro país entró en un proceso acelerado de decadencia es algo que de inmediato percibimos tan pronto examinamos su posición frente al mundo. Es obvio que México se transformó y pasó de ser un país líder que, por razones elementales de auto-protección, promovía en todos los foros la auto-determinación y la no intervención, un país receptor de grupos humanos perseguidos, a ser un país lacayuno, defendiendo siempre las peores causas o manteniendo, como en el caso de la población a la vez heroica y mártir de Palestina, el más ignominioso y despreciable de los silencios, dejándose manipular de manera cada vez más descarada por otros gobiernos, en especial naturalmente (mas no únicamente) por el gobierno norteamericano. Con el inexperto pero ambiciosísimo Videgaray a la cabeza, la política exterior de México se convirtió en simplemente un instrumento para el juego político interno! O sea, aquí se toman decisiones de política exterior en función de lo que éstas puedan redituar o significar para el circo político del año entrante (la elección presidencial), es decir, por razones externas a la diplomacia misma y al rol de México en el escenario mundial. Haciendo gala de una torpeza y de una miopía políticas extraordinarias, los dizque representantes de México frente al mundo no sólo no defienden el desarrollo político propio, libre, autónomo, sino tampoco el de países hermanos como Venezuela. Al contrario: de manera zafia pretenden intervenir en procesos en relación con los cuales (en caso de que todavía no lo sepan) sus esfuerzos son de entrada fallidos (les guste o no, este domingo se llevarán a cabo en toda Venezuela, con el apoyo popular y militar desde luego, las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente). Los irresponsables de la política exterior mexicana parecen incapaces de entender que están sentando peligrosos precedentes y que el día de mañana nos aplicarán a nosotros las mismas presiones y las mismas políticas que ahora con México por delante (junto con otros gobiernos latinoamericanos corrompidos) pretenden incautamente aplicarle a un país independiente. México no tiene el menor derecho de inmiscuirse en conflictos sociales que sólo los directamente involucrados pueden dirimir y superar. Si los venezolanos no inciden en los problemas nacionales de México (que son muchos): ¿por qué la inversa no es válida?¿Acaso Venezuela promueve en nuestro país el descontento social por el caso de los jóvenes de Ayotzinapa, por los cientos de miles de desaparecidos, por los asesinatos en serie de periodistas y por múltiples otras hazañas como esas? Igualmente ridícula es la conducta pública de los funcionarios que de uno u otro modo tienen que ver con la renegociación del tratado de libre comercio. Desde hace 30 años el Ing. C. Cárdenas denunció aspectos desventajosos (y hasta anti-nacionales) que para México tenía dicho “tratado” e insistía en que éste tenía que re-negociarse, pero la cobardía de los gobernantes mexicanos es tan grande que nunca se atrevieron a protestar. El colmo: tuvo que hacer su aparición un presidente norteamericano para que se pudiera modificar el tratado en cuestión. Los Estados Unidos, desde luego, entran en la negociación teniendo objetivos muy claros y tratando de sacar el mayor provecho posible (lo cual, obviamente, son malas noticias para el México debilucho de nuestros días), en tanto que en marcado contraste con ellos los funcionarios mexicanos hablan todos con tonos y poses de sumisión, lo cual es un mal augurio para el país. Sin duda que desde un punto de vista técnico sería factible renegociar el tratado de modo que México saliera beneficiado sólo que el problema no está en los tecnicismos, sino en el entreguismo político, el cual se ha convertido en una especie de segunda naturaleza de los políticos mexicanos en el poder. Fox, Calderón y Peña son los mejores ejemplos de ello. Se suponía, por ejemplo, que Pemex era un lastre porque ya se había agotado el petróleo en México. Con la famosa reforma energética y la posibilidad de “marchandear” el petróleo nacional, como por arte de magia empezaron a aparecer unos tras otros nuevos yacimientos. Qué interesante, sólo que ahora habrá que compartir el petróleo mexicano con las trasnacionales especialistas en extraerlo. Dicho sea de paso, que nadie tenga dudas de que las subastas de la riqueza nacional (yo no las llamaría ‘licitaciones’) le dejarán buenos dividendos a más de uno. Pero regresando a la cuestión del debilitamiento de México frente al mundo: por lo menos desde que tildaron al Estado mexicano de “Estado fallido”, México quedó expuesto como un país sin autoridad moral, una entidad política que no representa ante nadie ya ni principios ni valores dignos de ser defendidos, que limita toda su actuación a congraciarse con el amo, el cual naturalmente lo ve con desprecio y se permite cualquier cosa en relación con él. Yo estoy convencido de que si México hubiera mantenido incólume su dignidad y la posición que había alcanzado en el concierto de las naciones, ningún presidente norteamericano se habría atrevido a proponer, y menos de la manera tan ofensiva como lo hizo D. Trump, la creación de un muro entre nuestros países ni se habría tratado a nuestros connacionales en los Estados Unidos con la saña y el desprecio con que se les ha venido tratando en los últimos tiempos (con Obama, uno de los más peligrosos presidentes norteamericanos, llegando a la cúspide en esto último). Los norteamericanos no paran de presumir a diestra y siniestra que no tienen amigos sino socios, pero la abyecta respuesta de los gobernantes mexicanos es que quieren ser amigos de quienes explícitamente los repelen. Lo único que podemos concluir es que lo que los políticos mexicanos han logrado es dejar a México frente al extranjero desprotegido en grado sumo.

El panorama de México ante el mundo es, pues, sin duda patético y decepcionante, pero si le echamos un vistazo a lo que está pasando al interior de nuestro país el sentimiento que nos gana es uno más bien de horror. ¿Por qué?

Para empezar, México ocupa el nada honorable lugar de país más violento del mundo. Por malas políticas internas (sociales, comerciales, pedagógicas, etc.), amplios sectores de la población literalmente fueron llevados a transitar por los senderos de la delincuencia, en toda su amplitud y extensión. La inmoralidad de los gobernantes contagió a la población y ahora no hay ámbito de vida en el que no prevalezca, de una u otra forma, la corrupción. Esto es muy importante: quiere decir que el ciudadano mexicano sencillamente no visualiza su vida, no entiende que ésta pueda fluir por los cauces de la legalidad. Para el ciudadano normal vivir así sería simplemente tonto. Lo que él no percibe, sin embargo, es que con esa actitud se trastoca el todo de la vida en el país y que él es el primero en salir perjudicado. Lo único que saben hacer las personas (una vez más, con las excepciones de siempre: las mujeres que ayudan a los indocumentados a su paso, los estudiantes esforzados que ganan concursos, etc.) es buscar su beneficio personal directo. Eso ha llevado a la desmoralización total de la sociedad. Aquí ya no hay escrúpulos, reticencias, auto-limitaciones. El poder y las instituciones son usados de manera descarada para la obtención de beneficios personales y eso es visto con admiración y envidia por los demás. Esta realidad tiene al país a las puertas del desastre total irreversible y cuyos efectos con fuerza se dejan sentir. Considérese tan sólo el tema de la “delincuencia organizada”, abarque esto lo que abarque. Todos los días hay enfrentamientos entre las “fuerzas del orden” y grupos de delincuentes armados. Todos los días hay muertos de ambos bandos. Así presentado el asunto parecería que las instituciones están funcionando para defender a la población en contra de criminales, etc., etc. De hecho, se podría elaborar un mapa coloreado del país en el que pudiéramos ver qué zonas son las más afectadas, las más peligrosas, etc. Pero imaginemos por un momento que en todos esos focos rojos en lugar de delincuentes armados lo que hubiera en el país fueran auto-defensas, guerrilleros, luchadores sociales. ¿Qué tendríamos que inferir? Que la mitad del país está en guerra civil. ¿Por qué eso no ha pasado? Básicamente, por el bajísimo nivel educativo del pueblo mexicano. La baja educación acarrea consigo la despolitización. Estos niveles bajísimos de educación y de politización son lo que ha permitido la putrefacción del sindicalismo, el triunfo abierto del bandolerismo institucional, etc., junto con la parálisis política de un pueblo al que poco a poco le fueron bajando su nivel de vida hasta llevarlo a los límites de la desnutrición (acompañada, naturalmente, de obesidad, diabetes y multitud de otros padecimientos metabólicos, físicos, etc.). La inconformidad, sin embargo, se tiene que manifestar y se manifiesta espontáneamente por la vía del delito. Contra éste se puede lanzar a las policías y al ejército, pero ¿se podría hacer lo mismo si es la población civil la que se insubordina? Y ¿estamos acaso muy lejos de que algo así se produzca?

En síntesis: lo que vemos, lo que palpamos en el mundo es lo que yo llamaría la ‘voluntad de la guerra’. Parecería que en todos los contextos y en todos los niveles hay gente decidida a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de mantener sus privilegios y de evitar cualquier reforma genuina, cualquier re-distribución de la riqueza. Los Estados Unidos no quieren por ningún motivo dejar de ser la hiper-potencia, algo que tarde o temprano tendrá que suceder. Muchos dirigentes europeos, irresponsablemente poniendo en peligro a sus propias poblaciones, aceptan entrar en un juego que obviamente no les conviene de provocación a la otra super-potencia. Eso no puede dar buenos resultados. Lo mismo pasa con China: hay que detenerla porque en 10 años eso será ya imposible. Y, a nivel local, vemos que la política no sirve más que como profesión para mantenerse en un cierto nivel de vida y no como una labor de trabajo para las grandes masas. Todo esto es como un embudo: conduce a la confrontación, al choque, a la represión y a la guerra. Y dada nuestra inevitablemente visión parcial de lo que sucede en el mundo, la verdad es que no sabríamos decir si lo que se está viviendo y sobre todo lo que inconteniblemente se aproxima es el resultado de una jugarreta diabólica o de un castigo divino.

Historia, Cultura y Política

Cualquiera entiende, quisiera pensar, que el así llamado ‘punto de vista de Dios’ es, inclusive en principio, inasequible para los seres humanos. Los humanos nunca llegarán a tener el punto de vista privilegiado desde el cual se ve todo. ¿Qué se quiere decir con eso? Que a diferencia de lo que pasaría con Dios, nosotros no podríamos nunca conocer la realidad en su totalidad, es decir, las cosas, los fenómenos y los sucesos en sí mismos y en todas las conexiones que mantienen entre sí. Nuestro mecanismo para conocer la realidad es la ciencia y ésta es ciertamente maravillosa y efectiva, pero incompleta e imperfecta. De hecho, nuestra realidad es tan compleja que necesitamos dos clases de ciencias para poder dar cuenta de ella. Nosotros pertenecemos simultáneamente a un mundo natural, del cual se ocupan las ciencias naturales (física, química, biología) y a un mundo social, del cual se ocupan las ciencias sociales y humanas (historia, psicología, sociología, antropología, etc.) y no hay forma de reducir unas a otras. Somos a la vez seres naturales y sociales (por lo menos). Ambos mundos de los que formamos parte son difíciles de conocer y comprender, si bien yo me inclinaría a pensar que el mundo natural es más complicado en tanto que el mundo social es más complejo. Esto, no obstante, bien puede ser un prejuicio, por lo que me contentaré con meramente enunciar la idea. En todo caso, parecería que podemos explicar fenómenos naturales quedando éstos delineados con relativa nitidez, pero eso no es tan fácil de lograr con los fenómenos sociales. Por ejemplo, se puede estudiar el nacimiento de una estrella o de un niño y dar cuenta del fenómeno de una manera que podríamos llamar ‘completa’ sin tener que extenderse indefinidamente. Se pueden conocer todos los factores relevantes, es decir, los que entran en juego (gravitación, luz, partículas, velocidad, densidad, calor, etc., en un caso y cuerpo, sangre, placenta, cordón umbilical, respiración, etc., en el otro). Podemos asumir que el fenómeno natural de que se trate puede en principio ser conocido y explicado, por así decirlo, en su totalidad. Pero, dejando de lado estipulaciones y decisiones arbitrarias ¿cómo lograr eso en el caso de los fenómenos sociales?¿Cómo o sobre qué bases determinar o decidir que tales o cuales factores ya no son indispensables para la explicación del fenómeno? Un ejemplo nos será aquí de gran ayuda.

Tomemos por caso la Revolución Mexicana. Dejando de lado a Zapata, la lucha armada se inicia realmente a raíz del asesinato del presidente Madero y de su vicepresidente a manos de un militar en quien el presidente tenía plena confianza, es decir, el Gral. Victoriano Huerta, a quien la gente después identificaría como “la cucaracha” (y a quien va dirigida la canción). Ahora ¿qué factores hay que tomar en cuenta para explicar el fenómeno de la insurrección, del levantamiento armado? Está, desde luego, en primer lugar la situación general en el campo y el hecho innegable de que con Madero toda reforma agraria real estaba bloqueada por lo que puede suponerse que tarde o temprano la rebelión estallaría. Pero obviamente ese elemento por sí solo no basta. Están los personajes también. Si Huerta no hubiera sido lo codicioso y desmedido que era las cosas hubieran podido pasar de otra manera. De seguro que si el embajador norteamericano no se hubiera entrometido y no hubiera orquestado, como lo hizo, la traición de Huerta, las cosas también habrían podido ser muy diferentes. Aunque una traición es evidentemente algo que un amigo, no un enemigo, hace, podríamos acusar a Madero de falta de perspicacia y de no habérselas ni siquiera olido de que tenía al coyote metido en el gallinero. Si hubiera sido más perceptivo no hubiera caído en la trampa y el movimiento armado no se habría producido, por lo menos como se produjo. Lo menos que podemos decir es que se habría retrasado algunos meses y quizá hasta más tiempo. Es claro, por otra parte, que faltan muchos factores. Supongamos que Villa no hubiera sido lo arrojado que era: hubiera podido ser el caso de que Huerta hubiera asesinado al presidente pero que, no obstante, Villa no se hubiera levantado en el Norte. Y así ad inifnitum, porque contemplando los eventos retrospectivamente no es nada fácil determinar qué factores no eran indispensables para que se dieran los hechos que se dieron. Desde luego que hay unos más importantes que otros, pero ¿en dónde trazamos la línea que separa los factores esenciales o decisivos de los no esenciales o secundarios? Casi podríamos afirmar que si Madero hubiera tenido otra esposa y no se hubiera interesado por el espiritismo, no se habría dejado asesinar del modo casi infantil en que lo fue. Así, llegar a la comprensión total del fenómeno de la Revolución Mexicana, en el sentido de tener un conocimiento exhaustivo de todos los factores que intervinieron es de hecho imposible, porque todos están concatenados, engarzados, conectados unos con otros. Tal vez habría que decir lo mismo de los fenómenos naturales, pero en principio al menos es menos comprometedor teóricamente acotar un fenómeno natural que uno social. Para comprender de manera completa el fenómeno social se requeriría visualizar, por así decirlo, la infinita red de conexiones que se da entre los actores históricos, las situaciones, los trasfondos, etc., y es claro que a una visión así sólo se tiene cuando se accede al punto de vista de Dios, una “ubicación” privilegiada vedada, por así decirlo, a los humanos. El más sabio de los hombres está todavía infinitamente lejos del punto de vista de Dios.

Este preámbulo era indispensable para poder plantear una inquietud que constantemente me acosa, a saber: dejando de lado datos concretos ¿qué tenemos que conocer para comprender, si es que es comprensible, la política (exterior e interior) norteamericana? Porque vista a distancia y dejándonos guiar exclusivamente por la (des)información sistemática dada por la prensa, la televisión, etc., dicha política es simplemente ininteligible. Por ejemplo ¿es comprensible la saña con que los estadounidenses bombardean a civiles sirios cuando Siria es un país que nunca ha hecho nada en contra de los Estados Unidos y sobre todo después de haber llegado a un arreglo con Rusia de cese al fuego hace no más de 10 días?¿Tiene esa política algún sentido? Para los militares y los policy-makers norteamericanos de seguro que sí, pero para el resto de la humanidad es realmente incomprensible. Y es aquí que inevitablemente nos asalta la duda: ¿es realmente contradictoria la política norteamericana o no más bien hay algo que no se percibe a simple vista o que si se percibe no se comprende y que es la clave para entenderla? Hagamos el intento, de profundidad correspondiente al espacio del que gozamos para ello, o sea, de unas cuantas páginas, de responder a esta pregunta.

Quiero públicamente reconocer, antes que cualquier otra cosa, que no hay nada más alejado de mí que la idea de presentarme como un especialista en historia y menos aún en historia de los Estados Unidos, pero lo que sí tengo es un cuadro general del país y de la sociedad norteamericanos que reivindico y que, lo admito, es discutible, y desde luego que no coincide del todo con el que está, por así decirlo, en el aire. Lo importante, sin embargo, es lo siguiente: el “cuadro” que uno se forme de algo demuestra ser útil y por lo tanto fiel a los hechos si posteriormente permite generar explicaciones en forma sistemática. Reivindico algo de eso para el mío, por lo que de entrada me ubico en un plano que no es propiamente hablando el de los historiadores, puesto que no estoy interesado en fechas y nombres, para decirlo de manera un tanto brusca. Ni mucho menos se sigue, obviamente, que el cuadro en cuestión esté fundado en falsedades.

Preguntémonos entonces, en primer lugar, qué factores o clases de factores intervienen de manera decisiva en la estructuración y orientación de la política norteamericana. Hay una respuesta inmediata. Hay desde luego motivaciones económicas involucradas. Después de todo, mantener el bienestar material, el nivel de vida de los habitantes de los Estados Unidos es algo por lo que todo gobierno norteamericano luchará, independientemente de que dicho bienestar sea hecho posible sólo gracias al “malestar” de decenas de países y de millones de personas. Pero no es esto lo que por el momento nos incumbe, así que no tenemos por qué ni para qué entrar en dicho tema. En segundo lugar, encontramos los requerimientos militares. Más que de cualquier otra cosa, quizá, los Estados Unidos viven de la venta de armas. Son un país que, con un breve interludio, prácticamente no ha dejado de guerrear desde la Primera Guerra Mundial. O sea, los Estados Unidos tienen ya un siglo haciéndole la guerra al mundo (Alemania, Corea, Vietnam, Cuba, Irak, Afganistán, Laos, Camboya, etc., etc.). Las justificaciones de sus guerras son de lo más variado, pero el hecho es ese. Así, pues, economía y militarismo explican hasta cierto punto la política americana, pero intuitivamente resulta claro que no bastan como factores explicativos. Por lo menos habría que incluir también factores políticos: exportación de principios, valores e ideales, postulación y defensa de modos concretos de organización política, exaltación fanática de su “way of life”, etc. Eso también es importante, pero a mí me parece que con esos factores todavía no lograríamos construirnos un cuadro inteligible de la política norteamericana. Y es aquí que quisiera yo contribuir con una idea. A mi modo de ver, es también un factor decisivo lo que podríamos llamar el ‘factor cultural’, una cierta idiosincrasia, una determinada mentalidad, una determinada auto-imagen, etc. Intentaré transmitir lo que pienso en forma clara.

Para ello es inevitable decir unas cuantas palabras acerca del país mismo, esto es, de los Estados Unidos de América. El nombre, cuyo origen es asunto de debate y nadie sabe quién lo acuñó, no es importante. Apareció por allá de 1776 y fue adoptado por todos, pero es obvio que ese nombre no cubría ni mucho menos lo que ahora denota. Lo que se independizó de Gran Bretaña a finales del siglo XVIII fueron 13 colonias que ocupaban lo que hoy es más o menos el noreste del país. Con la compra de Luisiana a Francia el país creció, pero estaba todavía lejos de ser lo que es hoy. Tuvo que venir, primero, la guerra con México y el robo (no sé realmente qué otra palabra se podría emplear) de lo que era la mitad del territorio mexicano y que entre texanos y yanquis se apropiaron y, segundo, la guerra de Secesión, la guerra civil, la cual terminó en 1865. Esta, me parece, es la fecha de nacimiento de los Estados Unidos de Norteamérica. Pasa como con México: éste realmente nace con Don Benito Juárez. Lo que hay entre la Independencia y la República juarista son los estados embrionarios, las etapas previas a la constitución del país. Esto es comprensible. Los países no nacen hechos sino que se van haciendo y esto vale por igual para los Estados Unidos.

Y aquí empieza lo interesante para nosotros. Una vez conformados, los Estados Unidos automáticamente se convirtieron en “El Dorado”, en la tierra prometida, en particular para amplios sectores de la población europea. Los Estados Unidos eran un inmenso país sólo que despoblado, tierra virgen realmente, con todo por descubrir y hacer y con unos cuantos pueblos autóctonos fácilmente desplazables, con una población negra recientemente “liberada” (es discutible si al día de hoy la población afro-americana está realmente liberada. Ya no hay esclavos negros trabajando en campos de tabaco o de caña de azúcar, pero el racismo sigue siendo una realidad tan odiosa como innegable. Respecto a la esclavitud, habría mucho que decir, sobre todo en relación con la mano de obra mexicana y la trata de blancas, pero no intentaré profundizar en el tema), lo cual garantizaba una muy barata mano de obra y por lo tanto abría un horizonte inmenso de posibilidades de trabajo, inversión, industrialización, etc., y todo ello lejos de un continente siempre en guerra. Empezaron entonces a llegar oleadas de inmigrantes: suecos, alemanes, irlandeses, etc., y judíos, sobre todo de Europa Oriental, es decir, de zonas que estaban bajo jurisdicción zarista, regiones en donde probablemente las comunidades judías habían recibido el peor trato de su historia. Para finales del siglo XIX cerca de 2,000,000 de judíos se habían instalado ya en los Estados Unidos, en particular en Nueva York y zonas aledañas.

Se produjo entonces en los Estados Unidos un auténtico choque cultural entre la población de un país recién nacido y una población que llegaba con 3,000 años de historia. La verdad es que culturalmente fue un choque tremendamente desproporcionado. Lo que los judíos ashkenazi encontraron en el país que les abría sus puertas era una población de entrepreneurs, de cow-boys y de coristas, una alta burguesía industrial (magnates del acero, el carbón, etc.) de inmensas aspiraciones imperialistas, gente trabajadora y esforzada pero culturalmente ingenua (o, casi podríamos decirlo, sin cultura, aparte de la cultura del trabajo) y un gobierno consciente de su potencial y con aspiraciones abiertamente expansionista (por lo menos en lo que concierne a América Latina, como lo pone de manifiesto la guerra por Cuba con España, a finales del siglo XIX y de la cual prácticamente se apropiaron hasta la llegada de Fidel Castro). Desde mi perspectiva amateur, es decir, para mí nadie mejor que Sinclair Lewis ha descrito la atmósfera que prevalecía en, por ejemplo, el así llamado ‘Midwest’ a principios del siglo pasado, una sección del país habitada por gente simple, llena de sectas protestantes muy activas, en donde reinaba un puritanismo estricto, etc. Lo que en todo caso es claro es que se trataba de una sociedad pujante, de un país que ya para finales del siglo XX sería el más industrializado del mundo, una potencia que muy pronto habría de probarse en los campos de batalla y con una población fuerte, trabajadora pero increíblemente ingenua.

Frente a esa sociedad norteamericana, ambiciosa pero joven todavía, apareció una población con tradiciones sólidas, con una muy bien asimilada experiencia de vida en condiciones hostiles, maestra en el arte del comercio y en general en los servicios. Esa población llegó a los Estados Unidos y naturalmente trajo consigo sus tradiciones, su comida (la comida judeo-polaca, por ejemplo, es poco conocida, pero es sencillamente espléndida), su cultura, sus juegos, etc. Como parte de éste se importó a los Estados Unidos lo que por ejemplo en Polonia se llamaba ‘kabaret’ (que no significa lo mismo que ‘cabaret’ en México. Es más bien como teatro de revista). Los recién desembarcados en Nueva York muy pronto se extendieron en el mundo del comercio y en el de lo que ahora llamaríamos el ‘entretenimiento’. Fue tal el éxito que tuvieron los inmigrantes judíos en Nueva York que ya para principios de siglo, esto es, a los 30 años de su llegada, ésta les resultaba ya demasiado chica. ¿Qué pasó entonces? Que los dueños del incipiente mundo del espectáculo se trasladaron a California y en 1905 crearon en Hollywood los primeros 5 grandes estudios (Metro Goldwin Mayer, 20th Century Fox, Universal Studios, etc.). Pero ¿qué quiere decir eso? Que los judíos norteamericanos crearon la industria del cine.

Lo anterior es tremendamente importante, porque si algo moldeó al mundo americano ese algo fue precisamente el cine y, por si fuera poco, con el cine vinieron la prensa, el radio y todo lo que después se inventó. ¿Podría decirse que son los norteamericanos un pueblo de lectores? Sólo en broma! Lo que el americano medio sabe sobre D’Artagnan o inclusive sobre Cleopatra lo sabe no porque haya leído novelas o biografías, sino porque Hollywood se lo dio ya digerido. Y estoy hablando exclusivamente de la conformación de una mentalidad, porque hay otros elementos de primerísima importancia que ni siquiera he mencionado, como la tristemente célebre y mal llamada ‘Reserva Federal Nacional’, que no es ni “Reserva” ni tiene nada de “Nacional”. Ese es evidentemente otro tema crucial, pero no es en el que quisiera concentrarme. Lo que me importa de todo este relato es la conclusión que podemos extraer de él y que, se supone, nos debería ayudar a entender la política norteamericana actual. Yo creo que es importante y es que es sencillamente un error garrafal hablar de la “cultura americana”, a secas. No hay tal cosa. Lo que hay, lo que sí es real, es la cultura judeo-americana. Si le quitamos al mundo americano la aportación de la cultura judía nos quedamos con el base-ball, la country-music y alguna que otra cosa más y punto. En cambio la inversa no es válida y eso también es digno de ser tomado en cuenta. El blues, por ejemplo, es ciertamente música negra pero, al igual que con el rock and roll y la pop music en general, su comercialización pasó por Hollywood y todo lo que de ella se deriva, o sea, todo (en este ámbito): las compañías de discos, los shows de televisión, los conciertos, etc. Así, pues, no existe la “cultura americana pura”. Siendo un país de inmigrantes, todos los grupos étnicos que llegaron de alguna manera contribuyeron al desarrollo cultural de un país ya unificado, pero ninguno de ellos se integró como lo hicieron los judíos. Éstos supieron moldear mejor que nadie el material humano con el que se encontraron.

Ahora sí tenemos, me parece, un elemento más, una clave para comprender la política norteamericana. Si lo que he dicho se acerca aunque sea un poco a la verdad, sencillamente no hay tal cosa como “política norteamericana”. Lo que hay es política judeo-americana, esto es, una política híbrida dado que en realidad lo que se produjo en los Estados Unidos fue una auténtica fusión entre dos pueblos, un poco como pasó en México con la conquista: se creó una raza mestiza a partir de españoles e indígenas. En los Estados Unidos la fusión no fue en lo esencial de carácter étnico, sino cultural. No hay, pues, forma no digamos ya de separar al americano del judío: ni siquiera son distinguibles; se implican mutuamente.

Lo que hemos descrito tiene obvias repercusiones en política y explica por qué los Estados Unidos no pueden más que tener una política contradictoria. Es obvio que, como cualquier otro estado, los Estados Unidos van a defender sus intereses, van a proclamar sus principios, etc. El problema es que al mismo tiempo van a promover los intereses de un grupo especial de norteamericanos, que son los judíos norteamericanos, los cuales desempeñan en las finanzas, en la cultura y en la política un rol único y preponderante. Entonces por un lado los Estados Unidos entran en guerra por razones de interés nacional, independientemente de que la causa sea justa o no, pero por la otra entran también en conflictos por intereses que son sólo de una minoría norteamericana. Al hacer eso se ganan el odio de media humanidad, pero a la poderosísima minoría con la que vive en un estado de simbiosis eso no le importa. Entonces hay muchas decisiones políticas, militares y financieras importantes que van en contra de los intereses de la mayoría de los norteamericanos, pero que beneficia a la minoría norteamericana que realmente gobierna en los Estados Unidos. Un ejemplo notable de conflicto absurdo e innecesario lo constituye Ucrania, así como lo es el capricho de tener rodeada por un escudo de misiles a Rusia. Eso ciertamente no es benéfico para el país llamado ‘Estados Unidos’, pero responde a los intereses de una minoría de norteamericanos. Lo mismo pasa con los precios del petróleo (se maniobra para que bajen los precios y así se afecta severamente a Rusia, Venezuela, Irán, etc., pero también a las compañías americanas) y con el apoyo incondicional a la feroz política israelí en contra del pueblo palestino. ¿Es esa política algo que el americano medio apruebe? Claro que no, pero lo aprueban los norteamericanos que mandan en los Estados Unidos. Ellos no son extranjeros, son norteamericanos, pero tienen además sus propios intereses. Una vez que entendemos esto, entendemos en qué sentido la política norteamericana es congruente y en qué sentido no lo es.

Es muy importante entender la confluencia de la historia con la cultura y la política. Lo interesante en este caso es el resultado final de la mezcla, la creación de Rambos y “supermanes” y la identificación de la gente con esos íconos, la idea de mujer que se inventó, tan distinta de lo que era la mujer norteamericana hasta la segunda mitad del siglo XX, la auto-imagen de una sociedad plenamente convencida de que en ella encarna la familia perfecta, el matrimonio perfecto, la idea correcta de honor, de dignidad, de amistad, etc., etc. Todo eso es un producto cultural fantástico y de una fuerza que modela el pensamiento del hombre común; y es además de fácil exportación. Aquí la pregunta es: ¿qué pasaría si las contradicciones (culturales, económicas, políticas, etc.) se agudizaran y esas fuerzas que un día se unieron y crearon algo nuevo sobre la faz de la Tierra como el agua y el aceite se disociaran? Eso es algo sobre lo cual sólo quien ocupe el punto de vista de Dios podría pronunciarse.

¿Predestinación Social?

No cabe duda de que sólo a alguien de mente muy superficial se le ocurriría pensar que el impetuoso avance del conocimiento científico y el imparable desarrollo tecnológico que conlleva, así como la expansión económica con la que ambos están entremezclados, podrían constituir y representar el progreso de la humanidad. El asunto es más complejo que eso. Sería ridículo negar los múltiples beneficios que la ciencia, en toda su extensión, aporta, pero sería igualmente de una lamentable ceguera intelectual y espiritual ser incapaz de percibir lo que la ciencia y sus derivados van destruyendo a su paso. Es muy interesante (e importante) poder palpar, verbigracia, la influencia que el conocimiento científico ejerce en las formas comunes de pensar y hablar. Considérese, por ejemplo, la idea de destino y las múltiples expresiones ligadas a ella (‘ese es mi destino’, ‘estoy destinado a sufrir’, ‘su destino era triunfar y morir’, ‘no puedes modificar tu destino’, ‘tu destino es estar ligado a ella pase lo que pase’ y así ad libitum). En relación con esta idea son obvias dos cosas: primero, que hubo un periodo en la historia humana en el que la gente se la tomaba en serio y, segundo, que en la actualidad prácticamente no tiene aplicación. No estará de más preguntar: ¿para qué se empleaba esa expresión?¿Cuál era su función? Podemos delinear un esbozo de respuesta. Para empezar, es obvio que esta idea estaba asociada con otras, como las idea de castigo o de premio divinos. Así, por ejemplo, si alguien sufría alguna desgracia para la cual no tenía la menor explicación (el ser pobre y el estar consciente de que iba a estar ligado a su porción de tierra toda su vida), entonces expresaba su desasosiego diciendo que “ese era su destino” (“Dios así lo quiso”); pero se apelaba por igual a la misma idea de predestinación cuando a alguien la suerte le sonreía: “ya estaba escrito” que las cosas sucederían de tal o cual manera (“Así lo dispuso el Señor”). Naturalmente, formas como esas de expresarse no son meras manifestaciones de nuestra capacidad de hablar, de decir algo. Tenían un efecto consolador o aterrador, según las circunstancias. De alguna extraña e incomprensible manera, el sujeto que creía que tenía su destino fijado de antemano de uno u otro modo se sentía vinculado sentimentalmente con el mundo. Él era parte de esa gran maquinaria que Dios manejaba. La idea de destino entonces cumplía una función importante.

Con el fulgurante desarrollo científico y tras años de ideología cientificoide, es decir, con la (válgaseme el barbarismo) la “superficialización” del pensamiento, la idea de vinculación personal con el mundo se perdió; la ilusión de una totalidad manejada por su creador, quien habría de llevarla por el mejor de los caminos posibles, se desmoronó. Ahora todo es asunto de (por decirlo de algún modo) sumas y restas, de predicciones, demostraciones, manipulaciones, experimentaciones y demás, todo muy empírico, todo muy crudo. Y sin embargo, curiosamente, la idea de predestinación sigue más o menos vigente, sólo que esta vez avalada no por la voluntad de Dios sino por cosas como estadísticas, estudios económicos, políticas públicas y demás. Pero ya no se trata, evidentemente, de una idea religiosa de predestinación, sino de una prosaica idea de carácter político-económico que proporciona cuasi-certeza en relación con los complejos procesos de manipulación social. En efecto, ahora se puede con relativa seguridad sostener que tal o cual sector de la sociedad está destinado a no crecer, a ir bajando su nivel de consumo, a ir perdiendo posibilidades de desarrollo, de obtención de satisfactores, a desaparecer. Por ejemplo, a menos de que se produzca un milagro, la población palestina está destinada a ser aniquilada por el gobierno de Israel, país que obviamente no tiene nada que ver con Dios. Y a la inversa: se puede también sostener, por ejemplo  que hay sectores sociales que están, por así decirlo, predestinados a enriquecerse cada vez más  (aunque ya no sepan ni qué hacer con todo el dinero que acaparan). Quizá pronto se pueda afirmar de un recién nacido, por ejemplo, que está destinado a ser el rey del mundo pero, una vez más, eso tiene que ver con cuestiones de férrea estratificación social, no con sentimientos religiosos de ninguna índole. Asumo que el lector habrá de inmediato notado que si bien ahora como en la Edad Media se tenía la idea de “estar destinado a algo o para algo”, la atmósfera semántica cambió radicalmente. Antes la idea de predestinación era básicamente de aplicación individual y cada quien podía usarla en su propio caso para hablar de sí mismo para indicar que no sabía qué iba a ser de su vida. Ahora al contrario: es una noción que unos le aplican a otros y que sirve, entre otras cosas, para expresar relaciones más o menos fijas de poder y de sumisión. El fenómeno actual de la predestinación, como veremos, atañe además no sólo a los seres humanos. Intentemos explicar esto.

Pienso que es perfectamente factible defender la idea de que los tres grandes sectores de los seres vivos (separando un tanto arbitrariamente a animales de humanos) están sentenciados en el sistema capitalista. Lo que quiero decir es lo siguiente: si vemos cómo opera y cómo y por qué se sostiene, tendremos que concluir que en el sistema capitalista sabemos a priori que plantas, animales y seres humanos están destinados a sufrir y a extinguirse. Considerémoslos rápidamente en ese orden para luego preguntarnos si hay alguna forma de escapar a nuestro “destino”.

Que la vida vegetal en el planeta está siendo aniquilada es algo tan evidente que hasta el más terco de los seguidores de Donald Trump tendría dificultades para negarlo. La desertificación a nivel planetario es un hecho, no una mera hipótesis. En todas partes del mundo (no incluyo a Rusia en esto), los requerimientos de la agricultura, la tala de árboles, la deforestación acelerada, etc., han transformado los paisajes naturales en auténticos paraísos de cemento y acero. Se cuentan por miles de hectáreas las que diariamente se pierden en aras de la expansión de las ciudades, de las industrias, etc. Ahora hasta pistas de aviones y hoteles hay en medio de las selvas, por no hablar ya de las catástrofes (naturales o causadas por el hombre), como los incendios y la quema de pastizales, lo cual se sigue practicando en muchos lugares del mundo (como México, por ejemplo). Todas las plantas, los árboles, las raíces, etc., se industrializan y se convierten en productos de uso cotidiano (papel, perfumes, medicamentos, etc.), lo cual quiere decir otra cosa que ‘en objetos de compra y venta’. Que el reino vegetal ha sufrido el impacto directo del sistema de vida en el que todo es mercancía, actual o potencialmente, es incuestionable. De ahí que el reino vegetal está destinado a sobrevivir sólo en la medida en que deje de ser natural y se convierta en un reino de mercancías. Un parque, por ejemplo, no es un objeto natural. Es la reproducción humana de un objeto natural y que cumple, entre otras, funciones comerciales. Lo único que al respecto podemos señalar es que no siempre fue así y que no tendría por qué ser así. Cómo tendría que vivir la especie humana para que la destrucción del reino vegetal no tuviera lugar es un tema tremendamente complejo sobre el cual no me pronunciaré a la ligera.

Consideremos ahora a los animales. Todo mundo sabe que día con día desaparecen especies y la lista de especies amenazadas de extinción es enorme. El hombre le ha robado a los animales todos sus espacios. De esto hay pruebas que llegan a lo grotesco. Lo que hace algunos años eran excitantes programas de animales salvajes, digamos de África, se ha convertido en la actualidad en una especie de circo más bien siniestro. Hasta en donde los animales comen o se reproducen hay carreteras, camiones, turistas tomando fotos a derecha e izquierda, interrumpiendo los procesos naturales, etc. Los únicos animales que han resistido el ataque y la depredación humanos son los que se hunden en la tierra (como las ratas) y los insectos. Añádase a esto los desastres ocasionados por la cacería (¿no fue vergonzosa y detestable la foto del rey de España junto a su presa, un hermoso elefante? Pero ¿qué se puede esperar de la gente del jet set si no es precisamente el consumo voraz de todo lo que hay? En este sistema eso es una manifestación de éxito), los experimentos, los laboratorios, la crueldad humana en todo su esplendor bajo la forma de peleas de animales, corridas de toros, mascotas enjauladas, etc. No voy a hablar ya de los animales destinados ( es decir, que no tienen opción, puesto que sabemos qué es lo que va a pasar con ellos) a la alimentación de los humanos y que viven en auténticos campos de exterminio (pollos, cerdos, reses y demás). De hecho, a eso parece reducirse el futuro de los animales: sobrevivirán en las condiciones que los humanos (i.e., los comerciantes de la carne, del cuero, del marfil, etc.) les impongan y sólo aquellos que sirvan para satisfacer requerimientos humanos (circos, zoológicos, etc.). Para entender el destino de los animales lo único que se necesita es simplemente entender la lógica del sistema. Su destino no podría ser diferente. Considérese, por ejemplo, el mercado de marfil. Se necesitan tantas y cuantas toneladas de ese material para hacer adornos, piezas de instrumentos, muebles, etc., para lo cual entonces se hacen los cálculos de cuántos elefantes hay que matar anualmente y eventualmente se generarán criaderos y con eso basta. En otras palabras: en un sistema de vida en el que todo se compra y se vende, los animales están sentenciados; están predestinados a ser convertidos en mercancías. Como todo en el capitalismo, ello es cosa de tiempo.

No sé si sea lo más horroroso de todo, pero ciertamente el panorama de la vida humana en el actual sistema es para llorar. Millones de personas tienen desde su nacimiento su destino fijado y no para llevarlas a las alturas, sino para hundirlas en la decadencia, en la miseria y en la destrucción. Considérese nada más lo que es ahora la dieta y la forma de vida de millones de personas. La industria requiere, por una parte, que los productos para procesar (frutas, vegetales, granos, etc.) sean cada vez más baratos, para lo cual hay que modificarlos genéticamente. Así, lo que antes se obtenía en, digamos, 10 hectáreas y 6 meses ahora se obtiene en 1 hectárea y dos meses. Sí, pero ¿a cambio de qué? De alterar artificialmente los productos naturales con graves consecuencias para la salud humana, aparte de que se van perdiendo las especies naturales. Dado que la gente tiene que trabajar todos los días y desplazarse de un lugar a otro, no queda más que consumir toneladas y toneladas de comida chatarra. La consecuencia natural de esta situación es que la silueta humana quedó transformada, quizá para siempre. Dada la cantidad de saborizantes, colorantes, hormonas, etc., con que vienen los alimentos es altamente probable que de ninguna se pueda volver a tener un cuerpo no adiposo, proporcionado, etc. Salvo gente que se dedica a cuidar su línea (quizá porque no tienen otra cosa en la cabeza), lo que vemos ahora en todas partes del mundo es gente obesa y plagada de problemas cardiovasculares, metabólicos, etc., todo lo cual hace de su vida un infierno y les asegura una muerte prematura. Aquí lo que importa es entender lo siguiente: la gente está condenada de antemano, porque nace, crece, se reproduce y muere en un sistema de vida anti-natural, volcado hacia el consumo y que necesita para perpetuarse la producción permanente y creciente de objetos de toda índole al alcance de la mano y de consumo inmediato. Dadas las condiciones reales de vida, esto es, las que conocemos, el ser humano no tiene escapatoria, es decir, tiene su futuro pre-establecido. Hay, desde luego, excepciones. Lo que digo no vale, naturalmente, para gente como el así llamado ‘rey de la comida chatarra’, Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo y que se hizo rico (y, por lo tanto, respetable) enfermando gente a base de chocolates que son pura grasa y refrescos que representan cucharadas y cucharadas de azúcar (de hecho, él es el mayor accionista individual ni más ni menos que de la Coca-cola, un sabrosísimo veneno embotellado). Gente así no consume lo que produce, pero hay un sentido en el que tampoco son parte de la humanidad y por lo tanto no son ellos quienes nos preocupan ni ellos a quienes tenemos en mente.

Yo creo que el problema para quien reflexiona un poquito sobre lo que pasa en el planeta no consiste en detectar las nefastas consecuencias del modo de vida imperante (están a la vista) ni en entender que vivimos hundidos en contradicciones (las padecemos a diario), sino en qué hacer para escapar a lo que parece un destino ineluctable. Todo indica que estamos predestinados o programados a vivir de una cierta manera y la verdad es que no parece haber una forma de liberarnos de dicha maldición. ¿Qué habría que hacer para dejar atrás este modo de vida que, peor que el de los aztecas, sacrifica día a día a millones de personas en aras del bienestar de otras? El intento más atrevido de la historia por remplazar este sistema, es decir, el socialismo real, falló. Dios ya no es una solución y la guerra atómica tampoco. ¿Tendremos entonces que vivir presenciando toda esta destrucción?¿Tendremos que conformarnos con no ser de los más afectados?

En gran medida el problema consiste en que no podemos ni siquiera visualizar qué habría que hacer para vivir de otro modo. Tomemos el caso de las enfermedades. Muchas de ellas son claramente productos de la civilización actual. No imagino, por ejemplo, al hombre de la Edad de Piedra sintiéndose “estresado” o padeciendo enfisemas pulmonares. El problema es que nuestro modo de vida crea los problemas pero no nos los resuelve realmente. Por ejemplo, para una enfermedad moderna, como la diabetes (estoy seguro de que no faltará un papanatas que salga con la peregrina información de que “se han detectado casos de diabetes en la antigua China” o algo por el estilo), la ciencia encuentra un medicamento apropiado, sólo que ese medicamento apropiado para la diabetes bloquea el funcionamiento normal de diversos órganos o inclusive los daña; para contrarrestar los efectos negativos del medicamento en cuestión, se inventa otro que será de alguna ayuda pero que a su vez tendrá otras consecuencias negativas; y así indefinidamente. Pero en lo único en lo que no se piensa es en cómo vivir de modo que la enfermedad, que como todo también tiene un carácter histórico y social, no surja! Esa sería la medicina ideal, sólo que para ello habría que modificar las dietas y hábitos alimentarios de todos, para lo cual habría que controlar a las grandes compañías trasnacionales de alimentos y eso sería entrar en conflicto con los detentadores del capital y, por ende, del poder. Ergo, tendremos que seguir por la senda de la creación de males y descubrimientos de remedios. El problema es que en esta lucha entre el bien y el mal es claramente el mal quien lleva la delantera.

Lo que quizá deberíamos preguntarnos es si la idea misma de un mundo diferente, de un modo de vida radicalmente distinto al actual, es siquiera congruente. Podría pensarse que si es difícil hasta imaginarlo es porque sería imposible imponerlo. Pensamos que es posible porque sabemos que hubo otras edades en las que la gente no vivió así, pero que en el pasado todo haya sido diferente no significa ni implica que en el futuro pueda serlo. Las personas comunes y corrientes ni siquiera visualizan cómo podrían vivir sin agua caliente, sin electricidad, sin autos, etc., así como tampoco los habitantes de Grecia y Roma hubieran podido imaginar (y desear) vivir en mundos radicalmente diferentes de los suyos, en el nuestro por ejemplo. El problema, claro está, no es nada más el agua caliente. Después de todo, hubo reyes y reinas que vivieron sin luz y que para bañarse calentaban su agua de otra manera (o no la calentaban), así como hay millones de personas en la actualidad que, quiéranlo o no, tienen que bañarse con agua fría (no podemos olvidar que el sistema capitalista es esencialmente injusto). El problema, por lo tanto, es el agua caliente más nuestros medios de transporte, más la cocina, más la computadora, etc., es decir, todo! Es visualizar un todo diferente lo que es colosalmente difícil. Y, sin embargo, es algo que nos urge ser capaces de lograr. Es obvio que el mundo necesita un nuevo visionario, alguien que nos indique un nuevo camino, porque si no aparece tendremos que seguir caminando en las tinieblas.

Preguntarse si el capitalismo es superable es a final de cuentas preguntarse si se puede construir un mundo más justo y más en armonía con la naturaleza. La pregunta entonces se va complicando: ¿es imaginable un mundo con menos asimetrías sociales y más en armonía con la naturaleza?

Mi punto de vista es que lógicamente sí es posible, en el sentido de que imaginarlo podría no resultar auto-contradictorio, pero creo también que la evolución del mundo humano, y por ende de todo lo que pasa en el planeta, no puede saltarse fases. Creo, por ello, que el sistema capitalista no es derrotable más que por la fuerza (lo cual quiere decir, sólo mediante la destrucción total del planeta), pero pienso también que es agotable y que es sólo cuando haya llegado a su etapa de agotamiento que podrá ser modificado drásticamente. El problema no es de fechas, sino de procesos. ¿Cuándo se habrá agotado el sistema capitalista? Me parece que la respuesta, a grandes rasgos, está implícita en lo que dijimos: cuando el mundo natural se haya convertido en una mera fábrica, cuando las selvas, los bosques y hasta los parques hayan sido sustituidos por malls y por shopping centers, cuando los animales estén todos encarcelados, cuando la tierra se haya vuelto árida por tantos fertilizantes, herbicidas, cuando la contaminación haya formado una especie de nueva atmósfera alrededor del planeta, etc., pero sobre todo cuando los humanos vuelvan a dividirse de manera nítida en amos y esclavos, en dueños y trabajadores.

Yo pienso que lo que puede y debería hacer uno cuando no está uno a las puertas de alguna gran transformación es modificar su vida, no vivir de acuerdo con los patrones, los esquemas, los prototipos impuestos por un sistema de vida anti-natural y anti-humano. No podemos acabar con el capitalismo, pero tal vez podamos liberarnos de él desde dentro del sistema, por lo menos en alguna medida. Hay que optar por la libertad de expresión, porque ésta es lo que el sistema más teme. No hay que someterse a la burda racionalidad de la mercantilización de la vida. Hay que aprender a despreciar los valores supremos del sistema: la codicia, la búsqueda loca de ganancias, las pretensiones de consumo sin ton ni son (más camisas, más zapatos, más jabones, más autos, más viajes, más sexo, más películas, etc., etc., es decir, más de todo), todo ello hasta donde sea posible. Hay que rechazar las reglas y las jerarquizaciones de clase para tratar a los demás por lo que son, no por lo que tienen. Qué fácil es decir esto y qué difícil lograrlo! El problema es que si ni siquiera lo intentamos, entonces estaremos siendo como actores de una tragedia griega en la que, hagamos lo que hagamos, no podremos evitar que nuestro destino se cumpla.

Máscaras Democráticas

Amable lector: confieso que por primera vez en mucho tiempo puedo empezar un artículo con un pensamiento alegre (aunque no sé qué tan esperanzador): muy pronto, Miguel Ángel Mancera dejará por fin el gobierno de la Ciudad de México. Por qué es esa una noticia para regocijarse es algo tan obvio que lo que a continuación expongo me parece hasta redundante!

Para poder abordar de manera fructífera nuestro tema, necesitamos primero sentar las bases de la argumentación y, por razones que irán aflorando, a mí me parece que para ello lo mejor es enunciar un par de reflexiones sueltas sobre el concepto de democracia. Todos sabemos que una de las nociones más manoseadas y que más fácilmente se prestan al chanchullo ideológico es el concepto de democracia. Si, por los procedimientos que sean, se logra endosarle a alguien el epíteto de “anti-demócrata”, el sujeto en cuestión queda automáticamente descalificado. Qué signifique ser un “demócrata” o un “defensor de la democracia” es algo que a final de cuentas no importa. Lo que cuenta es aparecer ante los ojos de los demás como un “verdadero representante de la democracia”, como su defensor a ultranza, y cómo se comporte uno en la vida es ya algo secundario o irrelevante. En la actualidad, en el debate político lo que importa es ante todo determinar quién es quien administra la etiqueta “demócrata” o “democrático”. Si teóricamente la discusión es vacua, estéril o aburrida no importa. Lo único que importa es proclamar hasta el hartazgo que uno es un ferviente “partidario de la democracia” y que el malo de la película, i.e., el opositor, es un enemigo de la misma. Una vez establecido eso, el debate queda sellado.

Aquí trataré de zafarme de los cauces convencionales de discusión y tomaré en serio el concepto de democracia. Ciertamente no forma parte de mis planes hundirme en un análisis técnico y detallado del contenido del concepto en cuestión, un contenido de larga y muy variada historia. No es ni el lugar ni el momento para ello. Unas cuantas palabras serán suficientes. El genio de Estagira, por ejemplo, en su Políticatraza unas muy interesantes clasificaciones de formas de gobierno y reconoce básicamente tres, las cuales pueden en principio tener tanto una expresión más o menos positiva como una negativa: la aristocracia, la oligarquía y la democracia. A esta última la describe Aristóteles como el “gobierno de los pobres”, por lo menos debido a que en todos los sistemas de vida de todos los tiempos los pobres (aunque sea en un sentido relativo) han constituido siempre la mayoría y se supone que la democracia es el gobierno de la mayoría. Si esa intuición de Aristóteles fuera acertada y tuviéramos que ubicarla en el núcleo de la definición de ‘democracia’, tendríamos que admitir que no ha habido, no hay y muy probablemente no habrá nunca un sistema realmente democrático, puesto que es hasta risible pensar que algún día los pobres del mundo tomarán y ejercerán el poder político. Hasta donde yo logro ver, al menos, siempre han sido los poderosos y los ricos quienes han gobernado en el mundo y ahora más que nunca. Lo que sí podría argumentarse es que el concepto de democracia evolucionó y que la concepción aristotélica quedó rebasada. Así, por ejemplo, con el tiempo fueron surgiendo, en otros contextos históricos, concepciones de la democracia muy diferentes de la de Aristóteles, como las de los pensadores ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII (Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, etc.). En la actualidad tenemos un concepto de democracia complejo y ligado de manera esencial a cierta clase de procesos políticos como lo son las elecciones de diversos grupos de gobernantes (diputados, gobernadores, presidentes, senadores, delegados, etc.), es decir, de nuestros supuestos representantes. No obstante, por lo menos en el imaginario colectivo un gobierno democrático tendría que tener además ciertos rasgos o características tales que, si efectivamente los tuviera y pudiéramos identificarlos, estaríamos entonces en posición de examinar cualquier gobierno que de hecho exista y podríamos entonces tildarlo con certeza y justificadamente de “democrático”, de “no democrático” o inclusive como “anti-democrático”. Echémosle un vistazo a esta cuestión.

Preguntémonos, pues, para empezar y sin abandonar el plano de la conversación informal: ¿de qué hablamos cuando hablamos de un gobierno democrático? Yo creo que tendríamos en mente a un gobierno con por lo menos las siguientes características:
a) se trataría de un gobierno que recoge, encarna y representa los intereses de las mayorías. Esto no quiere decir que entonces se tendría un régimen en el que las minorías fueran abusadas o sojuzgadas, pero lo que claramente no podría suceder sería que los intereses de una minoría, caracterizada como se quiera (desde una perspectiva étnica, sexual, religiosa, etc.), estuvieran por encima de los intereses (valores, principios, objetivos, etc.) de la mayoría. Esto es verdad por definición.
b) De seguro que hablar de un gobierno democrático sería, asimismo, aludir a un gobierno que consulta regularmente a su pueblo para la toma de por lo menos las decisiones que de manera directa más lo van a afectar en su vida cotidiana; estaríamos entonces hablando de un gobierno que no practica una fácil política de actos consumados, esto es, de un gobierno que no se limitaría a anunciarle a la población qué decisiones que la afectan directamente fueron ya aprobadas o entraron ya en vigor sin tomar en cuenta cuán drásticamente alteren la vida de los ciudadanos.
c) Sin duda alguna, un gobierno democrático no podría tener como uno de sus objetivos, pero tampoco como uno de sus resultados, la pauperización de la gente. Independientemente de cómo se auto-presente o se auto-describa, si un gobierno de hecho explota al pueblo, por ejemplo agobiándolo con impuestos e imposiciones económicas de diversa índole, ese gobierno no podría ser calificado como “democrático”.
d) Definitivamente, un gobierno arbitraria e injustificadamente represor, un gobierno que tiraniza a la población, por ninguna razón podría ser considerado como democrático. No sé quién podría sensatamente poner en cuestión esta característica.
e) Tampoco podría considerarse como democrático a un gobierno conformado por gente que antepone sus intereses personales a los intereses reales de los habitantes, un gobierno conformado por personas autoritarias y dogmáticas (independientemente de cuán sonrientes aparezcan en los periódicos) y en el que todo lo que se hace se hace con miras a alcanzar objetivos personales, gente que, aunque sea oscura o indirectamente, manifiesta un gran desprecio por sus “súbditos”, por más que (aunque sea de manera nada convincente) se presente ante los demás como liberal, comprensiva, inclusive adoptando abiertamente grotescas actitudes paternalistas o, como más bien deberíamos decir en este caso, maternalistas.
f) Por último, creo que no podríamos concebir como democrático a un gobierno que, como cuestión de hecho, es intolerante, en el sentido de que no permite, tolera o asimila la crítica objetiva externa.

Es claro que las características que hemos enunciado son simplemente parte de una lista mucho más larga de cualidades que habría que completar para tener un perfil adecuado de lo que es un estado democrático, pero para efectos de estas divagaciones con las que hemos enunciado nos basta. Yo creo que ahora sí estamos en posición de plantear la pregunta que nos motiva y que es la siguiente: con base en los criterios enunciados ¿podría sensatamente alguien afirmar que el gobierno de Miguel Ángel Mancera Espinosa podría ser considerado como un gobierno democrático? Mi propio punto de vista es que una respuesta positiva sí es factible, pero sólo a condición de que estuviéramos bromeando o en estados cerebrales alterados. Si tomamos como base lo enunciado más arriba, podemos sostener que se puede demostrar que el gobierno de Mancera será lo que se quiera, menos democrático. Procedamos entonces a la demostración.
1) Que el gobierno de Mancera subordinó sistemáticamente los intereses de las mayorías a los de sus minorías privilegiadas es sencillamente innegable. En su afán de “reorganizar” la vida y el tráfico de la ciudad, con Mancera se impusieron los intereses de unos cuantos miles de ciclistas y motociclistas sobre los de más de 5 millones de conductores; se beneficiaron abiertamente los miembros del movimiento lésbico-homosexual sobre las tendencias de millones de padres de familia y de ciudadanos heterosexuales. Si eso no es imponer intereses de minorías, entonces yo ya no sé qué pueda ser.
2) Ni sobre ampliaciones del metrobús ni sobre reglamentos de tránsito ni sobre medidas de contingencia ambiental ni sobre la reducción irracional de calles en colonias populosas de la ciudad de México para crear carriles para ciclistas y patinadores se hizo la más mínima consulta a los vecinos y más en general a los habitantes de la ciudad. Es una infamia que haya un carril para circular en auto y a un costado otro para las bicicletas cuando por la calle pasan 10,000 carros al día y por el otro pasan 20 bicicletas cuando mucho. Algo más contrario a la razón será difícil encontrar. En otras palabras, Mancera es el gran especialista en manejar una metrópoli como la ciudad de México sin el consentimiento de sus habitantes al tiempo que les  trastorna brutalmente su vida cotidiana.
3) En silencio pero sin titubeos nos subieron los costos de multitud de trámites, pagos en la Tesorería, expedición de documentos, alzas en los prediales, verificación vehicular, catastro, agua, etc. Todo eso representa un grave atentado al nivel económico de por sí ya bajo de multitud de familias de la Ciudad de México. ¿Quién se atrevería a denominar esas prácticas como ‘democráticas’?
4) Con su eternamente repudiado y odiado reglamento vehicular para la Ciudad de México, un instrumento esencial en su política descaradamente recaudatoria, el gobierno de Mancera extrajo de los bolsillos del ciudadano (y se jacta de ello, por si fuera poco) cientos de millones de pesos a través de una auténtica cacería citadina de conductores que se ven acosados 24 horas al día en sus trayectos a sus trabajos, en los altos, al estacionarse, al dar la vuelta, etc. En lugar de concebir la ley para proteger al ciudadano, con el gobierno de Mancera (siempre en el lenguaje de las “políticas públicas” y babosadas por el estilo) se pervirtió el espíritu de la ley y se ha estado haciendo un uso perverso de la misma convirtiéndola en un instrumento para la persecución del ciudadano. A los conductores de autos se les convirtió en delincuentes potenciales todos los días!
5) Imposible no resentir y repudiar la actitud abiertamente condescendiente y desdeñosa que adoptan diversos miembros del gabinete de Mancera cuando tienen que dar alguna explicación al público. Nunca falta alguna de las brillantes sub-secretarias del gobierno de la Ciudad de México que, como si fuéramos retrasados mentales, nos explica con lujo de detalles que tenemos en la Ciudad de México graves problemas de contaminación, de movilidad, de seguridad, etc. Lo que no se nos dice es que muchas de las medidas que se toman no son más que el resultado de una fácil  pero torpe importación de decisiones tomadas en otros países, en donde obviamente se vive (se respira, se transita, se gana, se come, etc.) en circunstancias muy diferentes. Si en Inglaterra (por dar un ejemplo) se determinó que la velocidad ideal para no tener accidentes es de 35 kms por hora, ese es un resultado para un país con las brumas, las lluvias, el pavimento, los autos, los conductores, etc., de Inglaterra, pero no para México. Sin embargo, los colonizados culturales, como no saben hacer sus propios estudios, lo único que hacen es efectuar una simple adopción de resultados (aparte de sentirse muy sabios o sabias). Eso es una prueba palpable de tercermundismo. El resultado neto de esas geniales políticas es que la ciudad de México fue convertida en un estacionamiento permanente, que va a ser muy difícil volver a echar a andar y que nos mantiene semanas de nuestras vidas en el auto. Pero eso sí: se parlotea todo el tiempo acerca del “transporte colectivo” apropiado, el cual dicho sea de paso nunca llega y del que hoy todos los usuarios se quejan amargamente.
6) Hace casi exactamente un año se dio la noticia en la Ciudad de México de que un joven estudiante de nombre ‘Emiliano Morales Hernández’ había sido asesinado. La razón que se aducía para explicar su muerte era que el susodicho se había atrevido a criticar en público, durante un evento oficial y delante de él, al gobernador de la ciudad, acusándolo de “fascista”. Posteriormente, hay que decirlo, la noticia fue desmentida y es probable que en efecto el estudiante en cuestión no haya sido ejecutado, pero lo que sí se sabe es que precisamente a raíz de su al parecer insolente participación, el estudiante en cuestión fue amedrentado a través de multitud de mensajes telefónicos y de correos electrónicos. Lo que esto pone de manifiesto es que el Sr. Mancera no es particularmente afecto a la crítica y un gobernante que cierra los conductos de la crítica ciudadana, que no es capaz de enfrentarla y que se esconde tras la represión desde el anonimato, es todo lo que se quiera menos un “demócrata”.

La verdad es que el gobierno de Mancera ha sido fatal para la capital de la República, una ciudad a la que por motivaciones políticas en el peor sentido de la palabra hasta el nombre le cambió. Pero lo que es importante entender es lo que está detrás de decisiones así, decisiones naturalmente nunca consultadas o consultadas sólo con sus allegados, en petit comité. Nada más el costo del cambio de papelería en toda la documentación oficial significó millones y millones de pesos del erario público, fondos que hubiera sido mejor utilizar (por consideraciones de “políticas públicas”) en infraestructura para evitar las terribles inundaciones que afectan a cientos de familias. Las inundaciones en cuestión, dicho sea de paso, no son como las que uno ve en Alemania o en Bélgica: son inundaciones no de ríos potables (que no tenemos), sino de ríos de aguas negras, por lo cual mucho del patrimonio familiar inevitablemente se pierde. Pero el cambio de nombre (injustificado, en mi opinión, puesto que el gobierno federal sigue teniendo su sede en esta ciudad, lo cual la hace especial, y entonces ¿por qué modificar el nombre que la distinguía? Si ahora la Ciudad de México es un “estado” más, ¿por qué sigue siendo la capital de la República y si es la capital por qué ya no es el Distrito Federal?) era una presea que el señor gobernador del Distrito Federal tenía que auto-regalarse. Lo mismo con la famosa “constitución” de la ciudad de México, sobre la cual en otro momento me pronuncié, por lo que no regresaré sobre el tema. Lamentable documento! Desde luego que el gobernador Mancera se puede presentar como candidato de la “izquierda” pero, como argumenté en otro lugar también, dado que la categoría “izquierda” es ya prácticamente inservible, resulta que a quien realmente él representa es a sí mismo.

El proyecto político del Lic. Mancera Espinosa es algo que tenemos ante los ojos. En un par de meses estará iniciando su campaña para darse a conocer a lo largo y ancho del país. Es claro que como candidato del PRD o como candidato independiente, Mancera se va a lanzar cueste lo que cueste a la carrera por la presidencia de la República. El problema es que hasta él mismo sabe que no va a ganar y, no obstante, se lanza. ¿Por qué? Porque su función política es pura y llanamente quitarle votos a Andrés Manuel López Obrador. Esa es la misión política que le fue asignada a Mancera. Por eso nadie se mete con él, no le exigen ninguna rendición de cuentas, él puede hacer y deshacer en su feudo, que es la Ciudad de México, siempre y cuando cumpla con el pacto. Pero lo que queda claro es que hasta el último momento de su mandato, Mancera se habrá ensañado con los capitalinos. Ya recibimos su último presente: las nuevas reglas para tirar la basura. Sobre esto hay que decir al menos unas cuantas palabras, porque da la impresión de ser big business!

Se supone que a partir del 8 de julio los ciudadanos de la capital del país tendremos que dividir la basura en al menos 3 clases de bolsas (la cuarta ni la considero, por lo absurdo que es. No tengo ni la menor idea de cómo alguien que quiera deshacerse de una computadora vieja o de una bicicleta mohosa podría meter dichos artefactos en bolsas para debidamente entregárselas a los caballeros que recogen la basura. De risa!). ¿Por qué esta decisión? La respuesta, en concordancia con los lineamientos del régimen, tiene que venir en términos de lo que se hace en otros países. Se me ocurre Dinamarca, por mencionar alguno. Por lo pronto, nos ponen a hacer una clasificación de basura que va más allá de lo que estaríamos en principio obligados a hacer dado el sistema de recolección de basura que tenemos. Si ni siquiera dividiendo la basura en orgánica e inorgánica la división ha sido particularmente exitosa, entre otras razones porque (como todos sabemos) los ciudadanos se toman la molestia de dividir la basura en bolsas separadas y lo primero que hacen los recolectores de basura es mezclar todo de nuevo. Si eso es porque son idiotas o porque así se les ordena que lo hagan es algo que una persona común y corriente no puede saber. Por lo tanto, tenemos que hacer asunciones y yo asumo que no es por casualidad ni porque sean tontos que los recolectores de basura hacen lo que hacen. Lo hacen porque hay gente empleada para realizar la faena de separar posteriormente los residuos. Pero entonces en las condiciones mexicanas, tal como las conocemos: ¿cuál es el sentido de una medida como la que se ha venido anunciando? La panorámica incluye lo siguiente: en primer lugar, deben tener ya preparado un fabuloso sistema de extracción de dinero (perdón, quise decir ‘de multas’) para quienes no acaten la nueva reglamentación ecológica; sin duda alguna, se pretende hacerle más fácil el trabajo a las compañías particulares involucradas en la recolección y el procesamiento de la basura. Casi podemos adivinar lo que piensan: que lo hagan los ciudadanos, que son quienes la generan! Así deben pensar los cretinos que quieren a toda costa quebrarle la columna vertebral de la voluntad al ciudadano del antiguo (y añorado) Distrito Federal. Como si se pudiera comprar carne o verduras o cuadernos o lo que sea y no llevarse el producto en algún envoltorio! Pero eso no significa que seamos nosotros quienes “generamos” la basura. Por otra parte, si se pone a la población a hacer un trabajo que no le corresponde, se ahorran fondos, salarios, prestaciones, etc., en otros contextos. Esto se llama ‘esclavización de la ciudadanía’, puesto que alguien se beneficiará con el trabajo no remunerado de otros. Con todo respeto, Gobernador Mancera et aliaestoy en contra, como lo estará todo ciudadano  víctima en esta ciudad. Lo que usted nos quiere imponer es una arbitrariedad y sinceramente no creo que vaya a funcionar. De lo que sí podemos estar seguros es de que la basura va a florecer, pero en la vía pública. Proliferarán las ratas, las enfermedades infecciosas, etc., y todo por un caprichito de unas cuantas mentes ensoberbecidas que creen que pueden “meternos en cintura” a como dé lugar, aunque sea para ponernos al servicio de la irracionalidad.

En resumen: ¿deja el gobierno de la ciudad de México alguien que nos tiranizó durante varios años? Sí! ¿Fue el gobierno de M. A. Mancera un gobierno democrático? NO! ¿Podemos tener esperanzas de que nuevas políticas orienten al nuevo gobierno? Tengo serias dudas al respecto. Las cosas deben estar muy bien amarradas, de modo que lo más probable es que seguirá cayendo sobre nosotros la maldición de un gobernante de sonrisa fácil, pero cargado de propósitos políticos que no podemos denominar de otro modo que como ‘declaradamente anti-democráticos’.

Caos Categorial y Parálisis Política

Para describir el carácter de esta contribución necesito una palabra especial y como no quiero usarla sin un mínimo de justificación empezaré con un breve recuento de datos. Como todo mundo sabe, la maravillosa obra de Platón se compone básicamente de unos 28 diálogos (incluidos algunos “apócrifos”) y de algunas cartas. Los diálogos a su vez se dividen en diálogos de juventud, del periodo intermedio, de madurez y, como formando un grupo aparte, su último (espléndido) texto, Las Leyes. Concentrándonos ahora en los primeros diálogos, éstos son conocidos como “diálogos socráticos”, no sólo porque en ellos, como en casi todos, Sócrates lleva la voz cantante, sino porque son textos en los que se plantea un problema, se le discute, se examinan y descartan diversas respuestas, pero el diálogo no termina con ningún resultado concreto. El tema es o demasiado difícil o Platón no tenía todavía la suficiente experiencia filosófica y entonces la temática queda abierta. Diálogos así son caracterizados como “aporéticos”. Ahora sí puedo prevenir al lector y decirle que lo que va a encontrar en estas líneas es un texto “aporético”, en el sentido en que puede haber exposición de ideas, desarrollo de argumentos, información empírica, etc., pero no creo llegar a ningún resultado definitivo, porque el tema más que difícil es complejo y escurridizo. Veamos de qué se trata.

El conjunto de los enemigos del género humano (porque los hay) está constituido por todos aquellos que quieren ver a la humanidad hundida físicamente en la desintegración social y en la decadencia y mentalmente en el caos y la incomprensión. De lo primero no me ocuparé en estas páginas, pero no sería muy difícil rastrear la fuente de la que emanan los poderosamente apoyados objetivos “anti-humanos”. Habría que incluir en los promotores del mal humano, por ejemplo, a todos aquellos que generan grandes crisis económicas pero que, si bien destruyen el patrimonio de la gente, ellos mismos se ven altamente beneficiados por ellas; o podríamos incluir a todos aquellos interesados en destruir todo lo que al día de hoy a todos los seres humanos de todos los tiempos y lugares les ha parecido como lo más normal, como la familia, o que quieren hacer pasar por virtuoso lo que siempre ha sido considerado como anti-natural y aborrecible. Todos esos hijos de Satanás han encontrado el modo, a fuerza de falacias, mentiras, patrañas, calumnias y toneladas de dinero, no tanto de convencer como de forzar a la gente a aceptar lo que en principio nadie pensaría en aceptar. Por ejemplo, ahora se habla del “uso lúdico” de la marihuana, queriendo con eso decir simplemente usar marihuana para inducir los estados semi-anestésicos que a muchos gustan. En la medida en que con ello se alteran las funciones normales del cerebro, eso es drogarse. Así, pues, eso que durante siglos todo mundo entendió que no podía ser la mejor práctica posible para las personas ahora es de buena gana aceptado por muchos hasta como algo saludable! Yo quisiera ser claro en este punto: yo no tengo problemas en entender que, por tales y cuales razones de orden factual (dinero, ociosidad, desempleo, miseria, inclinación al placer, etc.) fuera imposible acabar con la producción, el tráfico y el consumo de marihuana y que tuviéramos que aceptar que millones de personas (incluyendo nuestros seres queridos) sistemáticamente la consumieran. Se trataría de una nueva mercancía, que estaría en el mercado, generando puestos de trabajo, mano de obra, circulación de dinero, etc. Eso es inteligible, pero que la gente conscientemente admita como inofensivo o inocuo o hasta benéfico el uso de la marihuana es lo que ya no resulta tan comprensible: ahora resulta que una adicción que tiene efectos dañinos bien conocidos, efectos tanto corporales como mentales con los que se paga el placer que genera el producto en cuestión, no es perjudicial para el consumidor ni para la gente del entorno. Exagerando un poco, parecería que de lo que se trata ahora es de forzar a los no consumidores a que feliciten y premien a los consumidores! Desde mi humilde perspectiva, quienes desde las sombras promueven “teóricamente” el consumo de marihuana sin duda alguna pertenecen al conjunto de lo que llamé ‘enemigos del género humano’. Yo al menos, lo confieso, no pienso dejarme convencer de que lo blanco es negro y lo negro blanco.

Al igual que con la marihuana, hay muchos otros vicios y desviaciones de diversa índole que a toda costa se pretende hacer pasar por virtudes. Lo más alarmante del caso, sin embargo, es que los defensores de la decadencia humana han acaparado tanto poder que han llegado al grado de lograr que cualquier protesta, cualquier expresión de repudio o de asco inclusive, automáticamente queda descalificada. Los adjetivos con que sepultan a sus opositores sobran, por lo que no los traeré a colación. Yo pienso que estamos apenas empezando a resentir los efectos de un movimiento que ciertamente está adquiriendo momentum y es por eso que sus nefastas consecuencias son por ahora difíciles de vislumbrar. Todo ello se debe tanto a la perseverancia de los enemigos de la humanidad como a la candidez de la gente y a la hipocresía, la cobardía o el oportunismo de muchos que, plenamente conscientes de lo que está en juego para nuestros congéneres de ahora y los del futuro inmediato, optan por callar y por adaptarse a las nuevas circunstancias, tratando claro está de sacarle a la situación todo el provecho que sea posible (por ejemplo, auto-erigiéndose en defensores de derechos humanos). La moraleja es muy simple: los adversarios ocultos de la humanidad tienen el camino prácticamente libre para poder reforzar sus actividades de debilitamiento y corrupción de la sociedad en su conjunto.

Di sólo un ejemplo para ilustrar lo que sería la labor de zapa en relación con vicios de consecuencias físicas negativas para las personas, porque no es mi propósito polemizar aquí con abogados de los incontables (y más bien obvios) casos de deterioro físico, psicológico y social que afectan masivamente a la población del mundo. Quizá en otro momento estemos en el estado de ánimo apropiado para ello. De lo que quiero ocuparme ahora es más bien de algunas confusiones intelectuales que, de no ser corregidas, seguirán impidiendo que se tenga una visión justa del pasado más o menos reciente y clara del presente. Me refiero en este caso exclusivamente a categorías políticas. De éstas hay un número considerable, pero aquí me ocuparé de las más básicas. Pienso en categorías como “izquierda”, “derecha”, “nacionalismo”, “comunismo”, “democracia”, “totalitarismo” y “radicalismo”, por no mencionar más que las primeras que me vienen a las mientes. Nuestra pregunta es: ¿a qué confusiones dan lugar categorías como estas?¿Acaso no son esas nociones suficientemente claras?

Antes de entrar en el análisis categorial propiamente hablando sería conveniente decir unas cuantas palabras acerca del status de las categorías en general. Al respecto, quisiera rápidamente explicar dos cosas: qué son y qué rasgos tienen. Respecto a lo primero, un sencillo contraste puede ser útil y suficiente. Diremos entonces que así como un arado es un instrumento para sembrar, una “categoría” es un instrumento del pensar. En otras palabras, es por medio de y gracias a nuestras categorías que podemos comprender el sector de realidad del que nos ocupemos. En este caso, nos interesa la dimensión política de la vida humana y se supone que por medio de los “instrumentos” en cuestión podemos trazar una especie de mapa de ella, puesto que la dividimos, por así decirlo, en partes suficientemente discernibles. Nuestras categorías, naturalmente, siendo instrumentos pueden ser mejorados, es decir, podemos ir refinando nuestro aparato categorial y entonces nuestra comprensión de la realidad (política, en este caso) será cada vez más exacta y sofisticada. Pero, y este es el segundo punto que quiero mencionar, nuestras categorías son, por así decirlo, “movedizas”. Lo que quiero decir es que sus aplicaciones cambian notoriamente en el espacio y en el tiempo. De hecho, eso pasa con todos nuestros conceptos y no nada más con los políticos. Tomemos el caso del concepto “horrendo”. Si alguien ha vivido toda su vida en un lugar apacible, con un nivel de vida elevado, en donde nunca han aparecido ni indigentes malolientes ni inmigrantes andrajosos ni asesinos seriales, el que un perro o un gato, digamos que por un desafortunado accidente, sean atropellados les resultará “horroroso” a los habitantes de ese idílico pueblo imaginario. Supongo que es claro, sin embargo, que para un ciudadano, digamos, iraquí, es decir, para un sobreviviente de bombardeos de aviones y de atentados terroristas, alguien que vio morir a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, etc., el accidente de un perro sin duda podrá parecerle un evento triste pero podemos asegurar que su idea de algo horroroso no se aplica en este caso: si se le preguntara, la persona en cuestión diría que prefiere reservar la palabra ‘horroroso’ para situaciones espantosas como las que todos los días se producen en su país y que afectan a cientos de personas. La palabra ‘horroroso’, por lo tanto, no tiene un significado fijo sino que sirve ante todo para marcar un contraste y éste depende de las circunstancias. Ahora bien, si queremos insistir en que la palabra debe tener un mismo significado siempre, entonces confieso que no tengo ni idea de qué adjetivo utilizaría el habitante del pueblo de ensueño imaginado si lo pusieran súbitamente frente a las situaciones de masacre padecidas por el ciudadano iraquí. Mucho me temo que el afortunado ciudadano del pueblito de los felices tendría que reconocer que tiene un vocabulario más bien limitado.

Con las categorías políticas pasa lo mismo y algo más. Ellas también están sometidas a las presiones del cambio y del tiempo, pero además son fácilmente tergiversables. Consideremos, por ejemplo, la categoría “comunismo” o “comunista”. La palabra ‘comunismo’ probablemente fue usada por primera vez en tiempos de la Revolución Francesa por personajes como Babeuf, el célebre líder posteriormente guillotinado de la así llamada ‘conspiración de los iguales’. No obstante, es innegable que fue con el marxismo que el concepto de comunismo se volvió, por así decirlo, moneda corriente en el mundo de la política. Ahora bien, cuando Marx habla de “comunismo”, cosa que hace en raras ocasiones, lo que realmente hace es postular o intentar visualizar una sociedad perfecta y justa, es decir, una sociedad que surgiría cuando la división del trabajo hubiera sido superada, cuando el periodo de la dictadura del proletariado hubiera terminado, cuando la propiedad hubiera quedado totalmente socializada, etc. O sea, Marx no habla del comunismo como de algo real, sino que siempre deja en claro que lo considera ante todo como un ideal, algo que más que alcanzable es como un faro que serviría para orientar la acción política. Dicho de otro modo: comunismo (y por lo tanto, comunistas) no ha habido, no hay y probablemente nunca lo(s) habrá. Pero contrastemos este uso con lo que podríamos llamar el ‘uso norteamericano’ (o macarthista) de la palabra (los ‘commies’). ‘Comunistas’, ‘comunismo’, etc., en la jerga americana no significaba otra cosa que ‘soviético’ y por lo tanto, por razones elementales, ‘ruso’. Ahora bien, identificar un ideal político con una nacionalidad es simplemente destruir el concepto original. La tergiversación conceptual, por otra parte, aunque claramente inducida no era ni gratuita ni tonta: se peleaba con un modo de vida alternativo pero para tener a población de su lado se exacerbaba su fanatismo nacionalista haciéndole pensar que ‘ruso’ y ‘comunista’ significaban lo mismo, lo cual era obviamente falso. Una vez engatusada la población, resultaba prácticamente imposible disentir en los Estados Unidos de la política del gobierno en funciones, puesto que era entonces fácil acusar a quien lo hiciera de “anti-patriota”, “anti- americano”, etc., etc. El problema con esta clase de manipulaciones es que quienes están interesados en estudiar temas políticos se quedan sin una noción útil, porque la que todo mundo maneja quedó desfigurada. Es evidente que lo mismo sucede, mutatis mutandis, con nociones como las de libertad o democracia.

Las circunstancias concernientes al modo como hicieron su aparición las nociones políticas son a veces importantes, a veces totalmente irrelevantes y en ocasiones dañinas. Por ejemplo, durante la Revolución Francesa, en la Asamblea Nacional los más radicales ocupaban la parte superior del recinto del parlamento y entonces se hablaba de ellos como los de la Montaña. Esa palabra (y sus derivados, como ‘montagnard’, o sea, ‘montañés’) cayó en desuso, pero otras de la época siguen vigentes. Fue por el hecho casual de que defensores de ciertas ideas de cambio social, progresistas y demás estaban a la izquierda de un recinto y que quienes defendían la monarquía, las jerarquías sociales, el orden establecido, etc., estaban a la derecha que entraron en circulación las categorías políticas “izquierda” y “derecha” y que quedaron como etiquetas obligadas para el ulterior pensamiento político. Y la verdad es que durante mucho tiempo, dada la simplicidad y la nitidez de las oposiciones políticas, categorías así, simplistas y de fácil aplicación, pudieron seguir siendo usadas. Pero esa simplicidad, como en muchos otros casos, se logra a costa de la exactitud. Si a lo largo del siglo XIX la población se dividía básicamente entre proletarios y burgueses, categorías como “izquierda” y “derecha” resultaban útiles, pero si la vida política se complicaba un poco, que fue lo que pasó en el siglo XX, entonces no sólo no sirven sino que son contraproducentes: ocultan diferencias e inducen a pensar en términos de etiquetas y a que nos desentendamos de los contenidos de los programas políticos de los agentes involucrados, ya sean individuos, partidos o grupos de otra índole. Veamos rápidamente algunos casos.

Preguntémonos: ¿ha habido en México movimientos de izquierda? Claro que sí, pero hay que entender que el asunto es tanto contextual como una cuestión de grados, exactamente como pasa con el espectro de los colores. El juarismo es un magnífico espécimen de movimiento exitoso de izquierda. Pero ¿era Juárez de izquierda porque estaba ubicado a la izquierda de algo, una estatua, un monumento, una sala o porque era miembro de algún partido comunista? Claro que no. Era de izquierda porque era radicalmente anti-clerical en una época en la que el clero representaba la reacción, el empobrecimiento de la población, el estancamiento educativo, en tanto que Juárez era el portavoz del recién nacido nacionalismo mexicano y, por consiguiente, valientemente anti-extranjerizante, el mayor representante de la integración nacional, o sea, de la incorporación de todas las etnias en un solo pueblo, el pueblo de México, tenía ideas progresistas, una visión nueva y positiva del país, etc., etc. El zapatismo con su demanda de reparto efectivo de la tierra también era un movimiento agrario de izquierda, pero ¿lo era también el maderismo? Ya no está tan claro, porque si bien es cierto que en el Plan de San Luis se alude vagamente a víctimas de abusos realizados con base en la Ley de Predios y de restitución de tierras, realmente el objetivo principal del plan de Madero era derrocar a Porfirio Díaz, o sea, la lucha anti-re-eleccionista. Y eso, por lo menos en el caso del dictador Díaz representaba un progreso y entonces podría ser visto como de izquierda. Sin embargo, sería falsificar la historia si se le adscribieran a Madero objetivos revolucionarios. Sus objetivos tenían que ver ante todo con procedimientos gubernamentales, con tomas de decisiones, pero él mismo no estaba interesado (como tampoco V. Carranza lo estaba) en una transformación radical de la sociedad mexicana. Podríamos decir entonces que había pálidos elementos de izquierda en su programa, pero hasta ahí. Y ahora, en nuestros días, ¿sirve de algo la categoría “izquierda” para de alguna manera caracterizar el panorama político de México? Sería una buena broma afirmar algo así. En México hubo en algún momento una izquierda tercermundista, plagada de merolicos que terminaron por hacer de la terminología marxista una jerga inservible y con la que Octavio Paz barrió sin mayores problemas. Paz y sus seguidores, en efecto, acabaron con el endeble pensamiento izquierdista que había en México. Hay que decirlo con todas las palabras: de la izquierda mexicana no quedó nada. A Paz le resultó fácil acabar con la izquierda mexicana entre otras razones porque no había en México pensamiento autóctono de izquierda, teóricos mexicanos de izquierda, vocabulario de izquierda y cuando los hay se les reprime sin misericordia (véase el caso Ayotzinapa). Obviamente, si se pretende usar la categoría “izquierda” para hablar del PRD y demás organismos políticos mediocres, pues entonces es mejor renunciar a esa categoría. Dicho sea de paso: ¿es el gobierno actual de la ciudad, el gobierno de M. A. Mancera, un gobierno de izquierda? Hasta un niño entiende que no! Es un gobierno claramente anti-popular, tiránico, déspota, extractor de dinero de la población a base de impuestos, multas, permisos y demás mecanismos de extorsión estatal y cuyas decisiones vienen envueltas en el fácil lenguaje a-teórico de “servimos a la gente”, “trabajamos para la gente” y demás frasecitas insulsas como esas. El gobierno de la Ciudad de México es un oscuro gobierno de derecha disfrazado con el lenguaje del liberalismo estándar. Asimismo, podemos afirmar que confrontado con los programas priista y panista de venta de lo que queda del país (le llaman ‘inversiones’) y la cada vez más obvia pérdida de soberanía (se habla de convenios internacionales), el programa de Andrés Manuel López Obrador es claramente un programa de izquierda.

Si pasamos al plano internacional nos volvemos a encontrar con multitud de falacias, distorsiones históricas y manipulaciones ideológicas. Pregunto: ¿por qué el nacional-socialismo y el fascismo son sistemáticamente presentados como movimientos de derecha? No lo eran. La principal razón de que sean así presentados es que el Tercer Reich entró en guerra con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, siendo este país el emblema oficial de la izquierda. Pero la diferencia entre el nacional-socialismo alemán y el socialismo staliniano o socialismo real era ante todo (aunque no únicamente) ideológica. Los alemanes de la época del nacional-socialismo tenían los mismos enemigos que los soviéticos, pero tenían ideologías radicalmente opuestas. Estas ideologías, sin embargo, no eran otra cosa que banderas para presentarse ante el mundo, pero en el fondo los sistemas alemán y soviético coincidían en múltiples puntos esenciales (aunque obviamente también había importantes diferencias entre ellos). Naturalmente, el que haya dos regímenes o movimientos de izquierda enemigos entre sí no vuelve a ninguno de los dos de derecha! Es perfectamente imaginable que estallara una guerra entre Inglaterra y Francia (una más) y no por ello uno de los dos países dejaría de ser un país capitalista, promotor del bienestar social, etc. En general, es más fácil encontrar gobiernos paradigmáticos de derecha que gobiernos de izquierda igualmente representativos. El gobierno de M. Macri, por ejemplo, es desde el punto de vista que se quiera adoptar (relaciones obrero-patronales, sumisión a la banca y a los grandes propietarios agrícolas o industriales, recortes presupuestales, alzas brutales en precios y estancamiento o retroceso en los niveles de consumo de la población, etc.) un gobierno radical de derecha, y como el de él hay muchos (creo que no tenemos que ir muy lejos para encontrar uno), pero un gobierno de izquierda radical ni el del comandante Chávez, aunque sí el del comandante Fidel Castro.

Dado que, sea como sea, las aspiraciones legítimas de la gente recibirán de uno u otro modo una expresión política, en países como México la “izquierda”, completamente acéfala desde un punto de vista teórico y muy sometida y acorralada desde un punto de vista práctico, no puede tener otra expresión que el así llamado ‘populismo’. El populismo es, por así decirlo, la izquierda en estado bruto o embrionario, la izquierda espontánea, casi dan ganas de decir la izquierda animal. Representa intereses elementales de las clases trabajadoras y más en desventaja. ¿Sirve de algo decir que es un movimiento de izquierda? Me inclino a pensar que por el momento la dicotomía <izquierda/derecha> no es particularmente útil. En los USA, por ejemplo, también se habla en ocasiones de “radicales” y de “izquierdistas” para hablar de miembros del Senado o de la Cámara de Representantes. Esa es la mejor prueba de que esas categorías ya no tienen prácticamente ningún sentido. Tenemos que aprender a examinar las propuestas, los movimientos, los programas, los pronunciamientos en sí mismos y en contraste con otros. Tenemos que aprender a defendernos ideológicamente y a no permitir que se nos obligue a pensar en paquetes (izquierda, anti-establishment, orgullo gay, democracia y libre comercio), porque si pensamos en paquete no podremos actuar dado que los paquetes nunca son del todo coherentes. Hay que tomarse la molestia de examinar caso por caso. Sólo entonces podremos discernir los movimientos ocultos de los enemigos del género humano y hacer con ellos lo que más temen, a saber, sacarlos a la luz del sol de la verdad.

Reacciones Sociales

Hace un poco más de 10 días, Valeria, una niña de 11 años, se paseaba con su papá en bicicleta cuando empezó a llover. Al padre se le hizo fácil, para evitar que se mojara, hacerle la parada a un vehículo de transporte colectivo que iba vacío y subió a su hija, para que la adelantara alrededor de 6 cuadras. El padre siguió en bicicleta al vehículo, pero en cierto momento el chofer aceleró y desapareció. Naturalmente, cuando el papá llegó al lugar donde la niña tenía que haber bajado no la encontró. Empezó entonces una búsqueda afanosa hasta que, al otro día, fue hallado el cuerpo sin vida de Valeria. Había sido violada. Esta es, llamémosla así, nuestra primera “premisa”. Unos cuantos días más tarde, el chofer, un tal José Octavio “N”, fue atrapado y confesó su crimen. Fue enviado al penal de Neza-Bordo y, al tercer día de haber sido ingresado, amaneció colgado de una ventana de su celda. La hipótesis del suicidio es tan ridícula que la menciono sólo para de inmediato olvidarme de ella. Esta es nuestra segunda “premisa”. El tercer dato importante tiene que ver con las reacciones de la gente en torno a este odioso episodio. Para empezar y siguiendo con la tradición, de entrada el agente del ministerio público se negó a admitir que pudiera haberse cometido un delito. La “hipótesis” original era que la niña “se había ido con su novio”. Una vez descubierto el cadáver, la reacción de la gente fue exigir que se hiciera justicia. Finalmente, después de enterarse de que el asesino (confeso) había sido “ajusticiado” y aunque con ello a Valeria misma no se le beneficiaba en nada, de todos modos se dio una explosión popular de satisfacción.

El suceso relatado se inscribe en el marco de una cada vez más frecuente aparición espontánea de “justicieros”, esto es, personas que en presencia de un asalto, en defensa personal o colectiva, ejecutan a los malhechores. La reacción general de la gente es sistemáticamente la misma: no vieron nada, no cooperan con la policía, hacen retratos hablados engañosos, dan datos contradictorios, etc. Y ¿cuál es la repuesta mecánica de las autoridades? Ya tienen la frase hecha lista: “No se puede hacer justicia por su propia mano”. Mi intuición me dice que algo tiene que estar mal con esta respuesta. Lo difícil es exhibir con claridad qué. Intentemos esclarecer, hasta donde sea posible, el tema.

Lo primero que tenemos que señalar es que un cliché, por acertado que sea, no basta para diagnosticar una situación, para superar un dilema o para resolver un conflicto. La frase (Nadie debe hacerse justicia por propia mano) sin duda es buena sólo que a condición de que venga acompañada de un contexto apropiado, porque de lo contrario sólo sirve para engañar a los interlocutores. ¿Cuál es el contexto que aquí falta? Está constituido por dos verdades: primero, que la ciudadanía carece de genuina protección por parte de las autoridades y, segundo, que los asaltantes, violadores, ladrones, plagiarios y demás no reciben prácticamente nunca el castigo que merecen. Por deficiencias legaloides, corrupción judicial, ineptitud de los fiscales, bestialidad de los agentes policiacos, etc., lo cierto es que los delincuentes a menudo salen más rápido de lo que tardan en entrar a los reclusorios. En esas condiciones ¿sigue resultando tan convincente el slogan mencionado? Tengo mis dudas.

Una de las tácticas de quienes se rehúsan a examinar y enfrentar seriamente el problema que plantea la delincuencia, organizada o espontánea (como la ejemplificada en el caso de Valeria), consiste en hacer siempre planteamientos grotescos, en proponer medidas descabelladas y en exigir de los demás LA solución a los problemas, asumiendo obviamente que ésta tiene que venir codificada en una fórmula simple y de aplicación inmediata. Eso realmente equivale a una burla y no es más que una forma de eludir la verdadera controversia. La existencia de la delincuencia tiene muchas causas, operando todas simultáneamente, y lo que eso implica es que la solución tiene que ser compleja. Hay desde luego causas de orden económico, pero cualquiera entiende que la existencia de la criminalidad no se agota en su dimensión económica. Es no sólo imaginable sino un hecho verificado en múltiples ocasiones que hasta en las familias más pobres en las cuales pululan los delincuentes hay también personas que encaminan sus vidas por la senda del trabajo, de la vida comunitaria sana, etc., así como en multitud de familias acomodadas proliferan villanos de las más variadas clases. Por lo tanto, la explicación economicista de la delincuencia es totalmente insuficiente. Lo mismo pasa con la perspectiva educativa. Es obvio que hay una relación fuerte entre la tasa de actos delictivos y la educación de la población pero, una vez más, limitarse a considerar nada más los niveles de educación no basta. De nuevo, así como hay criminales entre gente rica así también los hay entre gente educada (y mucho más de lo que uno podría imaginar) y a la inversa: entre la gente ignorante, que en nuestro país congrega a sectores muy amplios de la población, hay gente buena y que, habiendo inclusive tenido la oportunidad de hacerlo, no está dispuesta a hacerle daño a los demás. Por lo tanto, pretender explicar la delincuencia exclusivamente en términos educativos es, una vez más, perder el tiempo. La educación (o la falta de educación) es ciertamente un factor más en la gestación y expansión de las actividades delictivas, pero ni es el fundamental ni es el decisivo. Por último, una tercera perspectiva que se puede adoptar para explicar y tratar de controlar la vida criminal es, obviamente, la perspectiva policiaco-judicial. Esta tercera perspectiva pretendería explicar el fenómeno del surgimiento y la expansión de la vida criminal apuntando a las deficiencias de las instituciones dedicadas a la persecución del delito, a lo tremendamente defectuoso de los códigos penales vigentes y al estado de putrefacción del sector judicial. A mí en lo personal me parece que este factor es mucho más (por así decirlo) “operativo” que los otros dos, es decir, está ligado de manera mucho más inmediata a la criminalidad que los factores económico y educativo.

Es evidente que la lucha contra la delincuencia tiene que contemplar estos y otros factores y atacar los problemas en sus respectivas áreas. Una sociedad de gente bien comida pero imbuida de valores despreciables seguirá produciendo criminales, al igual que una sociedad de gente bien educada pero viviendo en la inopia. Un régimen dictatorial, en cambio, inclusive con una población viviendo en niveles de subsistencia y con niveles de educación muy bajos de todos modos podría, con una legislación adecuada y cuerpos policiacos y judiciales suficientemente confiables, mantener bajo control a la casta de criminales. De hecho algo ligeramente parecido a eso era lo que pasaba en los antiguos países socialistas de Europa Oriental. En Varsovia, en los años 70, se podía uno pasear a las 3 de la mañana por toda la ciudad y no le pasaba absolutamente nada. Claro que siempre hubo pequeños ladrones, alguno que otro estafador, etc., pero es innegable que los niveles de criminalidad en aquellos países eran increíblemente bajos, sobre todo comparados con los de América Latina, de África o inclusive con los de los Estados Unidos. De ahí que podamos inferir que el principal frente, el ámbito en el que de manera más decisiva se juega el éxito o el fracaso de la criminalidad, es ante todo el de lo policial y de lo jurídico. México, hay que decirlo, está a nivel mundial a la vanguardia en lo que concierne a las tasas de criminalidad (secuestros, asesinatos, violaciones, etc.). Por ejemplo, en lo que a asesinatos de periodistas concierne nos llevamos la presea de oro.

Confieso que las consideraciones de carácter social, las predicciones o proyecciones más o menos probables, las estadísticas y en general toda clase de correlaciones empíricas no son particularmente de mi interés, por lo que no me ocuparé ni de las relaciones entre el crimen y la economía ni de las que se dan entre el crimen y la educación. En cambio las relaciones entre el crimen y las leyes me interesan más por lo que me propongo examinar, de manera muy general, el tema de modo que podamos responder a preguntas como las siguientes: ¿quién tiene razón: quien aboga por el slogan de que nadie puede hacerse justicia por cuenta propia o quien sostiene que ese principio vale sólo si se vive en una sociedad en la que la gente está de hecho protegida? O planteado de otra manera: ¿es justificado el enojo de quienes ven en la ejecución del asesino de Valeria un vulgar homicidio más o está justificado el pueblo en sentir júbilo por su ejecución?¿Quién está en lo correcto: los legisladores o el pueblo?¿Por qué habría que optar: por una justicia que, por las razones que sean, nunca llega, nunca se materializa, o por el justiciero que elimina a bandoleros para proteger a personas que iban a ser de una u otra manera violentadas?¿Quién tiene razón: el abogado o el sentido común?

Independientemente de si se le acepta o no en su totalidad, hay un texto sagrado, a saber, El Antiguo Testamento, el cual sin duda alguna contiene algunas consideraciones esenciales sobre la justicia. Así, en Éxodo 21, precisamente cuando se enuncia lo que podríamos considerar como la legislación básica del pueblo hebreo, claramente se dice “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (24). Esto es la universalmente conocida “Ley del Talión”. ¿Por qué es tan importante este principio?
Yo pienso que la Ley del Talión nos da la esencia de la justicia. Por lo pronto, tiene dos implicaciones de primera importancia:

a) rechaza la impunidad
b) equilibra el castigo

Lo primero que la Ley del Talión nos enseña es que no puede haber una sociedad justa en la que se cometan arbitrariedades, actos delincuenciales, crímenes de la clase que sean si no se tiene previsto un castigo para ellos. En otras palabras, lo que no puede suceder, en aras de la justicia tanto divina como humana, es que se cometa algún acto ilegítimo en contra de alguien y que no se haga nada al respecto, que no pase nada. Aprendemos la lección cuando entendemos que el principio en cuestión se encuentra en los fundamentos no sólo de la sociedad hebrea de aquellos tiempos, sino en los de cualquier sociedad humana posible. Sólo en una sociedad en la que las personas no tienen el mismo valor, en donde hay jerarquías entre humanos, en una sociedad racista o de algún modo segregacionista, en una sociedad en la que pueden cometerse actos de agresión en contra de una persona sin que se busque en serio castigar al culpable, la Ley del Talión no vale. En otras palabras: hay que optar: ¿qué se prefiere ser: segregacionista o partidario de la Ley del Talión? Me parece que la respuesta podría ser: “Hasta la duda ofende!”.

Por otra parte, desde luego que es correcto castigar a quien cometió un ilícito sólo que el sentido común, incorporado en la Lex Tallionis, deja en claro que el castigo del culpable tiene que caer dentro de cierto marco, es decir, no puede ser ni excesivamente blando ni demasiado duro. En verdad, esto es una idea con la que hasta el mismísimo Aristóteles habría estado de acuerdo. En su formulación clásica no se nos dice ojo por ojo y diente, ni ojo y diente por ojo, sino simplemente ojo por ojo. O sea, la sanción tiene que ser más o menos equivalente al daño ocasionado; de lo contrario se vuelve a caer en la injusticia. Ahora bien, se ha objetado que es imposible aplicar literalmente la Ley del Talión: es obvio que no se le va a cortar la oreja a quien cortó la oreja de alguna persona, que no se le va a sacar los ojos a quien le sacó los ojos a otra persona y así sucesivamente. Pero esto no es una objeción propiamente hablando. Tal como la conocemos, la Ley del Talión es simplemente una fórmula expresada en un lenguaje no literal, dado que esa es la única clase de formulación a la que se puede recurrir cuando no se tiene una constitución, un código (penal, por ejemplo) bien elaborado, con artículos precisos, etc. El pensamiento quedó enunciado de manera tan brillante que se puede recurrir a él en prácticamente cualquier situación imaginable.

Un problema para los legisladores en general era encontrar algún o algunos castigos que siempre pudieran infligirse, puesto que era demasiado complicado tener tantos castigos como delitos, pues entre otras cosas ello haría inviable la impartición de justicia. Los castigos a los que se redujeron todos los demás fueron finalmente dos: multas y privación de la libertad. A partir de ese momento lo que se requiere son convenciones: para tal delito, tal multa o tantos días de cárcel. Debe quedar claro que para la elaboración de las listas de castigos no hay ciencia alguna: todo depende de las intuiciones de quienes elaboran las leyes, de sus prejuicios, de su sentido común, de las tradiciones prevalecientes en su marco cultural, etc. Dicho de otro modo, estrictamente hablando en los códigos penales no hay nada objetivo. El Derecho no es una ciencia natural más. Para un mismo delito, las leyes de Noruega, las de Bolivia y las de Tailandia pueden reservar castigos diferentes. No obstante, detrás de todos ellos, implícitamente, sigue vigente la Ley del Talión. Pero ahora ¿en qué consiste el problema? En que dada la hipocresía de nuestros tiempos, se pretende ponerle un límite al rango de aplicación de tan útil ley: lo que se pretende es, por un sinnúmero de vericuetos y túneles argumentativos, limitar por principio el alcance de la Ley del Talión de manera que ésta no se aplique a quienes asesinan a otras personas. En los casos más terribles no se quiere aplicar lo de ojo por ojo. ¿Por qué hablo de hipocresía en este contexto? Me refiero a un rasgo de la cultura actual. Como resultado de sus actuaciones en sus respectivos ámbitos, los políticos y los juristas de hecho condenan diariamente a muerte a miles de personas, pero se sublevan indignados ante la idea de juzgar y condenar a muerte a un detestable criminal del fuero común. O sea, los políticos de todo el mundo, los portavoces de la democracia, los defensores de derechos humanos, toda esa ralea de administradores públicos y de legisladores y juzgadores convive tranquilamente con la realidad de niños calcinados por bombas de fósforo o ahogados a la mitad de su travesía en el Mar Mediterráneo, con la de cientos de miles de mujeres convertidas en esclavas sexuales, con la de multitud de asesinatos de personas cuyos cadáveres van a dar a fosas clandestinas, etc. Todo eso ellos lo aceptan y conviven apaciblemente con ello, pero en cambio no toleran la idea de condenar legalmente a muerte al asesino de una niña. Por paradójico que parezca, es precisamente para los casos graves para los cuales la Ley del Talión es rechazada. Naturalmente, si uno rechaza lo que constituye el núcleo de la justicia, cualquier situación, por absurda que sea, se puede dar. Supongamos, por ejemplo, que una persona mata a otra y que, por razones “humanitarias” no se le condena a muerte sino a un cierto número de años de cárcel. Digamos que se tasa la vida de la persona asesinada en, por decir algo, 25 años de reclusión. Pero supongamos ahora que el delincuente en cuestión asesinó a 2 personas: ¿cuál es entonces el castigo justo? Uno diría, haciendo aritmética elemental, 50 años. Pero ¿y qué tal si el sujeto en cuestión asesinó a, digamos, 15 personas? Hay muchos asesinos así. Uno se pregunta: ¿qué caso tendría dictarle una pena de 375 años? Eso sería más bien como mofarse de la sociedad en su conjunto. Por otra parte, una cosa es matar por algún agravio terrible y otra violar y matar a sangre fría a una persona indefensa, inocente, con un futuro por delante, miembro de una familia que queda destrozada hasta el fin de sus días. En este segundo caso: ¿también 25 años de prisión sería un castigo justo? Me parece a mí que forma parte de la discusión la sugerencia a quienes pretenden mutilar nuestro concepto de justicia que por un momento imaginen que la persona despiadadamente asesinada es su hija o su hermana. ¿Seguirían manteniendo su ecuanimidad y actitud “humanista”? A todos nos encantaría conocer el resultado de ese “experimento de pensamiento”. Pero regresando al punto importante: es un hecho que la justicia mexicana no aplica ni respeta la Ley del Talión para los casos realmente graves, ostentosamente ofensivos para la sociedad. El Estado mexicano es, pues, esencialmente injusto.

La sociedad mexicana, sin embargo, no siempre lo es y de cuando en cuando se inconforma con las decisiones que le imponen. Es por eso que nos encontramos con ese contraste brutal de reacciones, esto es, las reacciones de académicos, políticos y leguleyos que repiten como pericos “Nadie debe hacerse justicia por su cuenta” y la de las personas que sienten que “por fin se hizo justicia”. Yo pregunto: si efectivamente “se hizo justicia: ¿importa mucho quién la hizo? El ideal, evidentemente, no es que cada quien “se haga justicia” por cuenta propia. El problema con esto es que quien dice que se hace justicia por cuenta propia las más de las veces comete una injusticia, delinque para hacer algo que no tiene justificación. Eso no es hacerse justicia por cuenta propia. Eso es ser un delincuente descarado. El verdadero dilema es: ¿qué es mejor, psicológica y socialmente: que se cometa una injusticia por negarse a imponer el castigo merecido o que se haga justicia al margen de la ley? Es a esa pregunta que los legisladores y políticos nacionales tienen que responder ofreciendo razones. ¿Por qué es mejor la primera opción?¿Por qué es mejor no violar la ley y dejar intacta una situación de injustica que corregir una situación injusta violando la ley? Lo que aquí se necesita son argumentos, no meros pronunciamientos.

Difícilmente podría negarse que en gran medida la lamentable situación que prevalece en México tiene entre sus causas la corrupción jurídica (no nada más la judicial). Desde luego que el espectáculo de un linchamiento es espantoso, pero no lo es menos el de la situación en la que el pueblo se queda con hambre y sed de justicia. Yo me pregunto una y otra vez: ¿realmente sería peor el mundo (o México al menos) si se implantara en el país la pena capital para crímenes como el de Valeria, si se eliminara a través de un juicio a asesinos seriales, a grandes criminales del fuero común, a gente que sin derecho alguno privó de la vida a otras personas causándole con ello un tremendo daño a sus seres queridos?¿No oyen los constructores de nuestro marco legal lo que a gritos les dicen las reacciones espontáneas de la gente? Y respondiendo a las preguntas que planteamos más arriba: ¿no está justificada la reacción de júbilo de la población ante la noticias de la ejecución del violador y asesino de Valeria?¿No era ese un derecho que tenían los padres de la niña, un derecho del cual la legislación vigente los había privado pero que, casualmente, otros delincuentes, por las razones que sean, les restituyeron?¿No está la figura del justiciero (del Robin Hood local) reivindicada y sancionada por el pueblo, quien por fin encuentra a un defensor real? Y, por otra parte, ¿no se supone que en los sistemas democráticos es del pueblo de donde emana la soberanía?¿No es en la democracia el pueblo el que manda y no se supone que nosotros vivimos en una democracia?¿Por qué entonces tienen primacía los prejuicios y las preferencias de los legisladores sobre el sentir popular? Si las reacciones de la gente sirven de alguna manera como termómetro para medir el grado de auténtica representación de los intereses populares en las esferas del poder, lo menos que podemos afirmar es que el pueblo y sus dizque representantes en los poderes de la Unión viven en dos universos que, como las galaxias en el cosmos, cada día se alejan más uno del otro.

Venezuela 1 – México 0

Tal vez deba empezar por señalar que no me estoy refiriendo al partido de fútbol de la Copa Mundial Sub 20 en el que Venezuela venció a México por ese marcador. Me estoy refiriendo a la lastimosa derrota diplomática sufrida no por México sino por su representante ante los países del mundo, el candidato de Enrique Peña Nieto a la presidencia de la República, el mediocre Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray. Dicha derrota tiene que ser explicada y comentada. Hagamos, pues, eso.

Lo primero que tenemos que hacer es sacar a la luz los elementos del bochornoso suceso. Cualquier evento, para ser debidamente comprendido, requiere ser contextualizado. En este caso son dos los ingredientes básicos: la creciente crisis del Estado venezolano y el despreciable y cada vez más descarado lacayismo del gobierno de México frente a las administraciones norteamericanas. Dado que esto último es algo a lo que se nos ha acostumbrado desde hace ya muchas décadas, mucha gente lo ve como algo más o menos normal, pero sería bueno que recordara que no siempre fue así y, sobre todo, que no tiene por qué ser así. Pero vayamos por partes.

Que la situación en Venezuela es desastrosa todos lo entendemos, pero lo que no siempre se entiende es por qué. La respuesta no es muy difícil de dar: muy a grandes rasgos, porque los Estados Unidos no van a dejar vivir en paz a ningún país, y menos de América Latina, en el que se pretenda implantar un modo de vida diferente al que conviene al status quo mundial y que básicamente ellos modelan e imponen. No es ciertamente el bienestar del pueblo de Venezuela lo que les importa, sino su petróleo, sus playas, su posición estratégica, etc. La Revolución Bolivariana luchó exitosamente en contra de multitud de vicios típicos del capitalismo tercermundista: analfabetismo, delincuencia organizada, feudalismo agrario, corrupción, saqueo de la riqueza nacional, etc., al tiempo que introdujo una nueva ideología de corte socialista hábilmente camuflageada bajo la inatacable imagen del Libertador, Simón Bolívar. Liderada por el comandante Chávez, Venezuela inició una nueva vida en la que, por primera vez en ese país, los intereses de clase de la población se hicieron valer y se vieron protegidos. Eso es verdadera democracia. Naturalmente, esa protección sólo se alcanza si se logra romper con el yugo de los industriales, los banqueros, los grandes terratenientes y demás miembros de la élite económica del país y Chávez lo logró. Con un líder tan carismático como él a la cabeza, Venezuela se convirtió en muy poco tiempo en el país políticamente vanguardista en América Latina y, por consiguiente, en el más incómodo para Washington. Desde el punto de vista de los intereses norteamericanos era imperativo detener a cualquier precio el proceso venezolano y ello empezó con el aniquilamiento físico del líder de la Revolución Bolivariana. No nos engañemos: Chávez murió como Arafat, es decir, asesinado. Es cierto que tuvo cáncer, pero lo que no se aclaró nunca es si el cáncer fue inducido. Nunca lo vamos a poder demostrar pero en realidad eso no importa, porque lo que importa es el significado político de su muerte: políticamente, el comandante Chávez fue asesinado puesto que ver en su deceso un mero fenómeno natural es políticamente dañino y en el fondo tanto torpe como ingenuo. Y la prueba política de que su muerte no fue un fenómeno de la naturaleza es que ya sin su líder resultó más fácil echar a andar el complejo proceso de desestabilización del país. Para eso no hay en el mundo nadie más apto que los aparatos de Estado norteamericanos: la CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono. Lo que en cambio nadie se esperaba es que el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, resultara un hueso tan duro de roer y ello por varias razones. Primero, porque por su condición de clase, Maduro no traicionó los ideales del chavismo y, segundo, porque por su carácter mostró que es un hombre decidido y valiente. Él sabe perfectamente bien lo que le espera el día que lo saquen de la Casona, esto es, la residencia presidencial, y por lo tanto no va a titubear en la defensa de la soberanía de Venezuela. Ahora ¿cómo se orquesta un programa de desestabilización? La CIA debe tener manuales de ello. Detengámonos un momento en este punto.

¿Cómo se destruye un régimen político? Entran en juego muchos y muy diversos factores, pero por lo pronto podemos apuntar a acciones coordinadas en al menos los siguientes 5 frentes: el frente militar, el económico, el interno, el propagandístico y el político-diplomático. En el caso de Venezuela, hace lustros que la prensa mundial se ejercita cotidianamente desinformando a la población mundial. CNN, por ejemplo, ha sido atrapada en mentiras flagrantes, deformando de manera monstruosa lo que sucedía en las calles, con reportajes no ya tendenciosos sino abiertamente falseadores de la realidad. En los canales de televisión tanto nacionales como internacionales todos vimos una y otra vez lo que parecían inmensas manifestaciones populares en contra del gobierno legalmente establecido de Maduro, pero si veíamos la misma aglomeración desde otro punto de vista nos dábamos cuenta de que todo había sido una ilusión visual: no había masas, sino un reducido grupo de personas protestando. En cambio, de las colosales manifestaciones populares de apoyo al gobierno nunca se supo nada. Trucos como esos abundan y son aprovechados sistemáticamente. En el frente interno nunca faltan, como bien sabemos, los agitadores profesionales, los pseudo-héroes presentados como mártires caídos en la lucha “por la democracia”, una retórica tan vacua que ya se tornó inefectiva. Leopoldo López y Henrique Capriles ejemplifican a la perfección a los líderes del sabotaje interno, a los dirigentes encargados de sembrar el odio entre la población y las peores actitudes frente al gobierno. En el frente militar lo que hasta ahora encontramos son las bases en Colombia, los movimientos de tropas, los ejercicios militares, todos esos movimientos diseñados para generar temor entre la población, inquietud en los militares, preocupación entre los políticos. Sobre las agresiones comerciales y financieras habría tanto que contar que no podríamos hablar de otra cosa. Las fluctuaciones brutales en los precios del petróleo son el resultado de manipulaciones para acabar con la gran fuente de divisas con lo cual se le cierran a Venezuela las puertas a los mercados internacionales para la compra de medicinas, comida y toda clase de mercancías. ¿No recuerda nadie estas tácticas aplicadas en, por ejemplo, Chile, durante el gobierno de Salvador Allende? Dejemos que, velozmente, Neruda nos las traiga a la memoria:

Honor a la victoria apetecida
Honor al pueblo que llegó a la hora
A establecer su derecho a la vida
Pero el ratón acostumbrado al queso
Nixon, entristecido de perder,
Se despidió de Eduardo con un beso
Cambió de embajador, cambió de espías
y decidió cercarnos con alambres.
No nos vendieron más mercaderías
para que Chile se muriera de hambre
Cuando la Braden les movió la cola
Los momios apoyaron la tarea
gritando Libertad y Cacerolas
mientras que los patrones victimarios
pintaban de bondad sus caras feas
y disfrazándose de proletarios
decretaban la huelga de señores
recibiendo de Nixon los dineros
Treinta monedas para los traidores.

El esquema de la agitación, el sabotaje, el boicot y todas las demás técnicas de desestabilización han sido puestas en práctica en Venezuela. Nos faltaba la presión política y diplomática. Y es aquí que el gobierno de Peña Nieto hace su aparición a través de deplorables y ridículas denostaciones por parte de un Secretario de Relaciones Exteriores que a ojos vistas no tiene la menor formación ideológica y que no pasa de ser un burócrata infectado de aspiraciones presidenciales. Con un gesto acartonado e inexpresivo, Videgaray critica en los foros latinoamericanos en los que se presenta, el “ataque a la democracia” que en realidad no es otra cosa que la defensa que hace un gobierno legítimo de la soberanía de su país. Pero me parece que estamos hablando en un lenguaje que en México hace mucho tiempo dejó de emplearse: “soberanía”, “intervencionismo”, “defensa del patrimonio nacional”, etc. Ese no es el léxico que manejan los políticos mexicanos desde por lo menos la época de Miguel de la Madrid. El problema es que en este caso las cosas no le funcionaron al pobre aprendiz de diplomático, porque ni tarda ni perezosa la Ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela le hizo un recordatorio muy pertinente de su falta total de autoridad moral para criticar al gobierno bolivariano de Venezuela. ¿Qué le señaló la Ministra Delcy Rodríguez al canciller mexicano? La verdad es que estuvo formidable, clara y directa. Empezó por recordarle el enojoso caso de su enriquecimiento semi-incomprensible al adquirir una propiedad de millones de pesos justo cuando estallaba el escándalo de la Casa Blanca que tan mal parado dejó al presidente y a su esposa. Le recordó que México es el país en donde más mueren periodistas y en donde, por lo tanto, la libertad de expresión se ha ido reduciendo a su más mínima expresión. No tuvo empacho en señalarle que en Venezuela no ha habido casos como el de Ayotzinapa, no aparecen decenas de cadáveres en decenas de tumbas clandestinas y que si bien Venezuela tiene problemas económicos graves por lo que de hecho es un bloqueo semi-continental no presenta el cuadro crónico de injusticia social y de desproporciones económicas que presenta nuestro país, un país con uno de los niveles más bajos en el sector educativo, dicho sea de paso (diga lo que diga el inefable Secretario de Educación Pública, quien nos exhorta a que convirtamos México “en el mejor país del mundo” (sic), frase pronunciada en una alocución en la que estaba presente el Ministro de la Defensa Nacional, una fantochada que sólo el pueblo de México se traga). La Ministra tuvo a bien recordarle a su par mexicano que México es un país en donde florece el narcotráfico, el tráfico de personas y que se vive en una atmósfera de permanente violencia. Yo creo que nosotros podríamos añadir que vivimos también en el país del fraude electoral por excelencia y que ese fraude lo orquesta el partido político al que el Secretario Videgaray pertenece. La pregunta es entonces: ¿le vamos a conferir, por lo menos nosotros, los mexicanos, algún valor a las palabras de un individuo que adquieren peso sólo porque ocupa un puesto importante en la actual administración, de un sujeto que dejó su puesto en la Secretaría de Hacienda un par de días antes del gasolinazo, que dejó un peso ultra-devaluado y cuyo único mérito político consiste en haber invitado a Trump durante la campaña de este último, una arriesgada apuesta política que habría podido costarle mucho a México si H. Clinton hubiera ganado? Yo coincido con el diagnóstico de Delcy Rodríguez: las acusaciones de Videgaray son simplemente “infames”.

Lo que no deja de ser francamente ridículo es la respuesta de Videgaray. Frente a una crítica tan explícita como la de la ministra venezolana, lo menos que se podía esperar era una contestación vigorosa, en términos de principios tanto políticos como morales, una defensa profesional y articulada de México. Pero no fue esa la posición de nuestro ilustre Canciller y ello, desafortunadamente, es hasta cierto punto comprensible. Lo indefendible es indefendible y no hay nada que hacer al respecto. Su respuesta fue (y lo cito verbatim): “México no responderá a los señalamientos en contra del gobierno mexicano que ha hecho la ministra de Relaciones Exteriores de Venezuela, Delcy Rodríguez”. Y afirmó también que “No vamos a responder a esas provocaciones, ni a responder calificativos con calificativos” (!). Pero es obvio que nadie estaba pidiendo un intercambio de insultos, porque lo que la ministra Rodríguez aseveró no era una injuria sino una descalificación plenamente justificada. Tampoco era México a quien le correspondía responder, porque la crítica de la ministra venezolana no estaba dirigida en contra del pueblo de México, sino en contra de alguien que se ostenta como su representante ante el mundo y que a final de cuentas no es más que un manipulador más. El Sr. Videgaray no debería echar en saco roto la idea de que para saltar a la tribuna y externar posiciones políticas críticas de otros hay que estar preparado, hay que tener un mínimo de autoridad moral, tener un respaldo político, porque a final de cuentas él está hablando no en su nombre sino en nombre del país, al que hace quedar mal. Pero todo se aclara cuando entendemos que el rol que se le asignó consiste simplemente en ser portavoz de puntos de vista dictados desde otras latitudes y que él repite como grabadora con no otro objetivo que el de congraciarse con quien (aunque por el momento lo niegue) habrá de darle el visto bueno para la carrera hacia la presidencia el año entrante. No hay en verdad otras palabras para calificar su desempeño que ‘vergonzoso’ y ‘patético’.

Yo me inclino a pensar que Venezuela ya pasó el peor momento, el más peligroso. Con el apoyo popular masivo a la Asamblea Nacional Constituyente y la consistente actuación del presidente Maduro, el estado de derecho queda automáticamente asegurado. El apoyo del pueblo a la iniciativa del gobierno ha sido una demostración palpable de participación democrática. Yo creo que nuestros conocidos, los priistas, deberían por fin entender que la fuerza popular no se logra con acarreados, así como los verdaderos ejércitos no pueden ser meramente ejércitos de mercenarios. Qué extraña coincidencia: Venezuela nos ganó uno a cero en futbol y nos volvió a ganar por el mismo marcador en el ring de la diplomacia y la dignidad.

Miedos Mundanos y Miedos Trascendentales

Los fenómenos sociales tienen una forma particular de explicación. Yo me inclinaría por pensar que dicha forma de explicación es más compleja que la de las ciencias naturales, las así llamadas ‘ciencias duras’, si bien (aunque ello es desde luego debatible) quizá menos complicada. Esto que afirmo no es una contradicción, como tal vez estaría tentado de inferir más de uno, puesto que complejidad y complicación son, obviamente, cosas diferentes. Por ejemplo, explicar por qué Julio César fue asesinado en los Idus de marzo requiere de datos simples quizá, pero muy numerosos concernientes a sus planes de guerra, sus dolencias, su creencia en los adivinos y las profecías, su relación con Cleopatra, sus vínculos con los conspiradores, etc., etc.; en cambio, explicar la trayectoria de un cometa requiere de unas cuantas variables pero de cálculos matemáticos complicados. Es en este sentido que digo que las explicaciones históricas son complejas en tanto que las físicas son más bien complicadas. En las ciencias naturales se busca en general proporcionar explicaciones causales, las cuales tienen una estructura harto conocida; en cambio, en las ciencias sociales no es tanto causación lo que interesa, sino que más bien se aspira a cierta clase de “comprensión” que tiene que ver con deseos, motivaciones, tendencias, pensamientos y demás, todo lo cual es enteramente irrelevante en las ciencias naturales. Esto yo creo que es suficientemente claro: no es lo mismo estudiar y manipular cromosomas o procesos como los de oxidación y combustión que entender las motivaciones de un individuo para tomar tal o cual decisión y que lo llevaron a la victoria o a la derrota. Uno controla y por ende predice fenómenos naturales, pero uno “comprende” los eventos humanos, no los manipula ni los reproduce. Batalla de Austerlitz sólo hubo y habrá una a lo largo de la historia de la humanidad. Es cierto que en algunas ciencias sociales se puede también hacer proyecciones (de precios,  de elecciones, etc.), pero los resultados son en general pobres y pueden llegar a ser patéticos. Pero disciplinas como la historia, por ejemplo, no tienen como objetivo “reproducir” casos una y otra vez, sino comprenderlos en toda su complejidad y unicidad. Los fenómenos sociales (las guerras de Napoleón, la conquista de México, la Primera Guerra Mundial, el asesinato de J. F. Kennedy y así indefinidamente) se comprenden sólo si se les contextualiza debidamente, es decir, sobreponiendo planos explicativos unos sobre otros o, si se prefiere otra metáfora, encuadrando las explicaciones dentro de marcos que se van estrechando y que llevan desde lo más general hasta lo más particular del caso, es decir, hasta que llegamos al evento en el que lo que entran en juego son los pensamientos, los deseos, las motivaciones, etc., de los agentes involucrados. Por ejemplo, si queremos comprender el fenómeno de la conquista de América por parte de los españoles tenemos que tener una plataforma básica, la cual muy probablemente sería de índole económico. Eso constituiría el marco más general dentro del cual se irían acomodando poco a poco los complementos explicativos. Así, sobre la base del sistema de producción imperante en la época y de la situación económica prevaleciente podríamos insertar el conocimiento científico y los avances tecnológicos de la época: la geografía de los mares, las técnicas de navegación, el retraso armamentista de los pobladores del Nuevo Mundo, etc. Esto constituiría otro marco que contribuye a la explicación global o total del fenómeno que nos interesa. Posteriormente podríamos incluir las intrigas palaciegas y diplomáticas, el poder de la Iglesia Católica, la derrota de los moros, etc. Por último, podríamos incorporar cosas como las ambiciones personales de los Reyes Católicos, los sueños de los navegantes y comerciantes, etc. Lo que quiero sostener es que es sólo si se nos ofrece una descripción de corte piramidal como la delineada que el fenómeno histórico conocido como ‘conquista de América’ resulta comprensible. Dicho de otro modo: si lo que queremos es explicar y comprender el crucial suceso histórico que fue la conquista de América, lo único que no se debería hacer es tratar de ofrecer simplistas explicaciones de la forma (p causó q), aunque vengan acompañadas de leyes, precisamente porque lo que no se estaría ofreciendo sería una explicación de tipo causal estándar, de corte puramente mecanicista. Desde luego que se requiere de datos y de conjuntos de leyes naturales para explicar fenómenos naturales, pero se requiere de todo un entramado de datos, acomodados jerárquicamente, para dar cuenta de situaciones humanas (de orden histórico, social, político, etc.), las cuales requieren o presuponen un trasfondo, puesto que son significativas de un modo en el que los fenómenos naturales (el surgimiento de una estrella, la estructura de las esmeraldas, las propiedades del tejido nervioso, etc.) no lo son.

Lo anterior viene a cuento por lo siguiente: me interesa llamar la atención del lector sobre el hecho de que hay, por ejemplo, fenómenos culturales que quisiéramos explicarnos y que no se sabe bien a bien cómo hacerlo. Deseo sugerir que eso sucede muy a menudo precisamente porque lo que se intenta hacer es tratar de generar una explicación que para los fenómenos sociales de que se trate que no es de la clase apropiada. La noción de causa, ya sea en el sentido aristotélico-tomista de causa eficiente (“a es la causa de b”) ya sea en el sentido de explicación causal tal como se ejemplifica a través del modelo nomológico-deductivo (Leyes + datos referentes al caso particular), es prácticamente inservible en las disciplinas que se ocupan de “lo humano” y como es a esa noción de causa precisamente que una y otra vez se apela para dizque dar cuenta del fenómeno que nos interesa, a lo que se termina es a un fracaso. Un fracaso en las ciencias de lo humano, en la historia por ejemplo, equivale a no comprender por qué sucedió lo que sucedió. Con esto en mente, podemos ahora examinar el tema en torno al cual quisiera permitirme divagar un poco.

Es obvio que los seres humanos responden conductualmente de un sinfín de maneras a las múltiples estimulaciones que todo el tiempo los están afectando. Así, por ejemplo, si le tocan el claxon con insistencia a alguien, la persona en cuestión puede responder bostezando, otra podría empezar a conducir más lentamente aún, otra podría bajar el vidrio y gritarle algo al conductor impaciente, otra persona podría bajarse furiosa de su auto e increpar al osado conductor, etc. ¿Hay alguna ley que permita predecir qué pasa cuando le tocan el claxon a uno en forma impertinente? La respuesta es simple: no! No hay tal ley. Inclusive la misma persona en dos ocasiones diferentes puede actuar de dos modos completamente distintos. Este ejemplo es de una situación muy simple. Las hay más complejas, pero antes de abordar una que en particular me interesa considerar, necesito hacer un par de veloces recordatorios.

El primero tiene que ver con la verdad casi trivial de que los seres humanos actúan a menudo en función de los miedos que sienten. Sin duda que el miedo es, por así decirlo, un motor muy efectivo para la acción. Nadie podría seriamente cuestionar el hecho de que las personas hacen o dejan de hacer muchas cosas por miedo de que algo en particular suceda o les suceda. Así, pues, el miedo, usando el término en forma muy general de modo que queden incluidas bajo dicho rubro todas las sub-clases o variedades de miedo (miedo al castigo, miedo a la difamación, miedo físico, miedo a sentirse abandonado, etc., etc.) fija límites a las potenciales acciones de la gente. Llamaré a los miedos de que algo nos suceda aquí y hora ‘miedos mundanos’. Eso por una parte.

Por la otra, y este es mi segundo recordatorio, quisiera traer a la memoria el hecho de que la ciencia ha contribuido de manera contundente y definitiva a cancelar ciertos miedos que en otros tiempos los seres humanos tenían. Esto ha sido evaluado como una saludable consecuencia liberadora de la investigación científica, pero a mí me parece que esa loa se puede poner en entredicho y en un momento diré por qué. Por lo pronto, lo que es innegable es que, paulatina pero inexorablemente, la ciencia (la física, la biología, la química, etc.) fue destruyendo todo o casi todo el sistema de creencias que mantuvo unificado al mundo occidental por lo menos durante 10 siglos. Me refiero, claro está, a las creencias religiosas como la creencia en la creación a partir de la nada, la creencia en la encarnación de Dios en su Hijo, etc., etc., y, desde luego, a la creencia en un Juicio Final o supremo, así como las ideas de premio o castigo eternos que dicha creencia trae aparejadas. Lo que me interesa destacar de esto es simplemente el hecho de que durante siglos la gente vivió con esas creencias, es decir, se las tomaba en serio. Dicho de otro modo: movida o limitada, según quiera verse, por un terrible miedo, por el gran temor que inspiraban el infierno y el sufrimiento eterno por los pecados cometidos en la Tierra, lo cierto es que de hecho la gente hacía o dejaba de hacer multitud de cosas en función de dichos miedos. Era porque la gente se tomaba en serio la creencia de la vida después de la muerte y de un potencial y terrible castigo si no se había conducido en esta vida en concordancia con determinados cánones, es decir, porque estaba inspirada en el miedo, que mucha gente al menos no estaba dispuesta a arriesgar tanto y por consiguiente a realizar determinadas acciones. Llamemos a estos miedos ‘miedos trascendentales’.

El desarrollo científico acabó con ese sistema de creencias y lo hizo, por así decirlo, de manera imparcial: acabó tanto con su faceta cognoscitiva como con su faceta edificante. Ahora gozamos de una visión científica del universo y de la vida; en otras palabras, ya no tenemos ni, en un sentido importante, volveremos a tener una concepción religiosa del mundo. En el mundo no hay retrocesos. Qué acabe con la visión científica del mundo es imposible de prever, pero que la ciencia acabó con la religión es tan innegable como ‘2 + 2 = 4’. Lo que no se puede negar, sin embargo, es que ese cambio de paradigma resultó muy costoso. El mundo ya no es un milagro, sino algo que se explica causalmente. Lo mismo con la vida: dejó de ser una maravilla para convertirse en un fenómeno natural más, subjetivo cuando mucho. Obviamente, la gran ventaja que la ciencia acarrea consigo es que permite manipular los fenómenos naturales, cosa que ciertamente la religión nunca pudo hacer. Cuando faltaba el conocimiento, la gente se confiaba a asociaciones más o menos aceptables, inducciones fáciles, correlaciones obvias (presentadas en ocasiones como milagros). etc., y sobre todo a una fe ciega en que las cosas no iban a ir tan mal porque había un Ser Supremo que estaba cuidando del mundo. Ahora nos atenemos a lo que nos dicen los eruditos médicos, los calculadores astrofísicos, los controladores de la vida, es decir, los biólogos, etc. Antes era más simple: la gente confiaba en Dios y así vivía y moría.

Huelga decir que con el triunfo arrollador de la ciencia no se acabaron los miedos. Sería grotescamente ridículo pensar algo así. Yo supongo que después de ver un video del estallido de una bomba de hidrógeno hasta el más valiente de los inconscientes sentiría pavor si el personal apropiado le dijera de manera convincente que le van a dejar caer en la cabeza una bomba así allí donde está. Por lo tanto, el miedo sigue llenando la vida de la gente, pero lo que el triunfo de la ciencia significa es, si nos referimos a los miedos, simplemente el triunfo total de los miedos mundanos sobre los miedos trascendentales. Ahora la gente sólo tiene miedos mundanos: miedo de que la asalten, miedo a enfermarse, miedo a que su hijo no nazca sano, miedo a que la esposa lo traicione con su mejor amigo, miedo a que le nieguen el ascenso, etc., etc. Los miedos son de este mundo y no hay más. Pero, y este es el punto que estaba interesado en establecer como parte de una explicación que sin duda tendría que incorporar muchos más factores para ser completa, esta sustitución de una clase de miedos por otra no es en lo absoluto inocua sino que es más bien tremendamente dañina, de consecuencias nefastas, y eso es algo que, si aceptamos las premisas aquí introducidas, será difícil rechazar.

Consideremos brevemente el repulsivo juego de la vida política contemporánea. Si no estoy en un error y en concordancia con lo que he venido sosteniendo, la primera condición para ser un político exitoso es haber aprendido a tener sólo miedos mundanos. ¿A qué le temen los políticos en general (y muy en especial los nuestros, con las honrosas excepciones de siempre)?¿A tener cargos de conciencia? Sería hasta chistoso pensar algo así! ¿A sentirse mal por haber defraudado al pueblo que depositó en él su confianza y sus esperanzas? No pensemos como niños! Eso es lo que menos les importa. Temores típicos de los políticos de nuestros días, tanto en México como en cualquier otra parte del mundo puesto que la ciencia impera en todo el planeta, son, verbigracia, el temor de que se les descubran desfalcos al presupuesto nacional, negocios turbios con voraces compañías trasnacionales, que no puedan ocultar su enriquecimiento ilícito y éste salga a la luz pública, que los atrapen pactando y haciendo negocios con traficantes de la índole que sea, que si mandaron matar a personas porque estorbaban en sus planes se les asocie con los crímenes de que se trate, que si vendieron a su país y comprometieron a las generaciones venideras con un futuro peligroso y sin mayores perspectivas de crecimiento y felicidad para millones de personas sus hijos no tengan ni idea de quiénes fueron sus padres o madres (aquí ciertamente sí se da la igualdad de género) y así ad infinitum. Pero ¿le teme el político actual al juicio de la historia?¿Lo mueven sentimientos de solidaridad y de obligación hacia la gente pequeña, hacia la gente modesta y sencilla, que de uno u otro modo depende de él?¿Lo guía para su toma de decisiones alguna consideración sobre el bien y el mal, sobre el sentido de la vida humana, sobre su oportunidad desperdiciada de hacer algo por los demás en esto que es su única vida? Yo creo que se tendría que ser, en el sentido de la novela del gran F. Dostoievsky, un “idiota”, para razonar de esa manera. Dostoievsky sí sabía de lo que hablaba, puesto que mejor que nadie él expresó la idea que aquí nos mueve: si Dios no existe, todo está permitido. Y lo que sucede en el terreno de la vida política no es más que una de las múltiples consecuencias negativas operadas por medio de la ciencia. A mi modo de ver es evidente que la ciencia y lo trascendental, bueno o malo, son simplemente incompatibles. Si esto es acertado, entonces estamos en posición de elaborar un diagnóstico del político de nuestros tiempos: un rasgo fundamental del político actual, del nivel que sea, es que es esencialmente irreligioso; sus ambiciones son inmanentes y los límites de su acción sólo los fijan las correlaciones de fuerza. No hay mucho más detrás de un político actual común.

Si bien el caso de la política en el sentido de ‘manejo del Estado día con día’ es probablemente el más conspicuo ciertamente no es el único ámbito del que fueron expulsados los miedos trascendentales. Eso que se llama ‘terrorismo’, sobre todo (aunque no únicamente) el estatal, esto es, el que es totalmente impersonal, burocrático, a distancia, masivo y que es tan representativo de nuestra cultura científica (una cultura en la que una persona no es más que un expediente, un número), muy probablemente habría horrorizado hasta al más cruel de los emperadores chinos. Todo en la vida, esperanzas y temores, objetivos y peligros, sentimientos y relaciones personales, éxito y fracaso, todo eso y más quedó violentamente circunscrito a lo inmanente, a lo terrenal, a lo inmediato. Todo se evalúa en función de lo que se gana y se pierde ahora. Y eso, obviamente, tiene el efecto de desligar a las personas de todo lo que es profundo, realmente valioso, importante. Ese es el mundo que con un ímpetu imparable la ciencia contribuyó a crear. Con la ciencia todo se convirtió en objeto y todo objeto en (por lo menos en principio) adquirible y manipulable. El problema es que al mismo tiempo con ello se extinguió el sentido natural de la vida y si bien nos dejó dueños del mundo también nos dejó cada día más perdidos en él.

 Regreso en dos semanas, Deo volente!

Sobre la “Reforma Educativa”

A la rabiosa jauría desatada en contra del candidato del pueblo, el Lic. Andrés Manuel López Obrador, se sumó la semana pasada el mandamás en turno de la Secretaría de Educación Pública, el Mtro. Aurelio Nuño Mayer. Éste, movido por alguna clase de súbita inspiración, pronosticó que en caso de la eventual victoria del Lic. López Obrador en la competencia por la presidencia de México la famosa “reforma educativa” se vería amenazada y que, muy probablemente, se produciría un retroceso hacia formas superadas de prácticas de corte clientelar, de bien conocidos mecanismos de corrupción como venta y herencia de plazas, sobresueldos, ausentismo, trabajos dentro y fuera de las escuelas y demás. No cabe duda de que el Mtro. Nuño es una persona sumamente discreta, pues entre otras cosas se abstuvo de decir que eso de lo que sin que se haya producido todavía ya acusa al candidato de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) es parte de lo que su partido, el PRI, le heredó al país. El descaro de los priistas, hay que decirlo, es realmente fantástico: ellos, que se constituyeron en los maestros del fraude y la corrupción, son quienes ahora acusan a diestra y siniestra a sus adversarios políticos de lo que ellos tan exitosamente institucionalizaron! El Mtro. Nuño habla de peligros potenciales en relación con eventos potenciales, por lo que yo me inclinaría a sostener que su seriedad y su indignación también son potenciales, pero no entraré en el análisis detallado de su conducta verbal porque no es ese realmente el tema que me interesa. Me limitaré a señalar que el Mtro. Nuño ejemplifica a la perfección la práctica camaleónica priista de transformación mágica de un día para otro: el lunes es Jefe de la Oficina de la presidencia y el martes es Secretario de Educación Pública. Ese fenómeno es de lo más común entre los priistas los cuales, con la mano en la cintura, pasan sin problemas de la Secretaría de Hacienda a la de Relaciones Exteriores para luego pasar a la Sedesol (Secretaría de Desarrollo Social) o al Instituto Mexicano del Seguro Social o a la dependencia gubernamental que sea. Eso no importa! Ellos se creen preparados para pasar del sector salud al sector educacional, de éste al energético y así ad infinitum. A todas luces, esa costumbre priista de pasar del amateurismo a la profesionalización (un proceso que les puede llevar hasta 30 años!) a costa del pueblo de México que es quien paga por sus errores de iniciación, llegó para quedarse. En lo que al Mtro. Nuño concierne, dejando de lado su triste papel en el infame caso de la “Casa Blanca” (un caso en el que él defendió lo que hasta el mismo presidente después públicamente consideró que había sido un “error”) y sus poses de lord (sin duda, importados de Oxford, si bien habría que señalar que el “college” en el cual él estuvo, esto es, St. Anthony’s, que es un colegio básicamente para graduados y extranjeros, ni siquiera tiene “formal dinners”, que son de la clase de prácticas típicas de Oxford de las que se le habría podido impregnar algo que permitiera explicar sus actitudes de barón, tan fuera de lugar en un universo como el de la SEP), no podemos menos que preguntarnos sobre qué bases puede él desarrollar una auténtica reforma educativa, pensada para los niños y las niñas de este país, cuando él se formó en una universidad católica privada. ¿Qué contacto tuvo él antes de llegar al puesto que ahora ocupa con alumnos y maestros de ciudades pequeñas diseminadas a lo largo y ancho de México, de zonas agrarias, con escuelas públicas aquí mismo en la ciudad de México, en la Candelaria de los Patos, en la Merced, en Tláhuac, etc.?¿Qué visión de lo que es y debe ser la educación nacional puede brotar de alguien que habla como hacendado y que llegó al puesto por una jugada de ajedrez político, pero ciertamente no por méritos pedagógicos o relacionados con el sector educativo? Todo esto hace pensar que cuando hablamos de “reforma educativa” se puede estar hablando de cosas muy diferentes según quién use la expresión. Por lo pronto, yo estoy persuadido de que el Mtro. Nuño y el Lic. López Obrador tienen en mente cosas distintas cuando hablan de “reforma educativa”. Propongo entonces que, para aclararnos a nosotros mismos qué está en juego le echemos un vistazo al “Modelo Educativo” que, de acuerdo con los miedos del Mtro. Nuño, podría verse en grave peligro en caso de que el candidato de MORENA ganara, como la razón indica que debería suceder, la presidencia de la República el año entrante.

Antes de entrar en materia permítaseme hacer un veloz recordatorio para ubicar mejor el proyecto de reforma. Como todos sabemos, el sector magisterial fue un sector sumamente combativo y de vanguardia hasta que, a punta de golpizas y tácticas represivas, fue destrozado durante el gobierno de Adolfo López Mateos, respaldado e incentivado por su Secretario de Gobernación, el sanguinario Gustavo Díaz Ordaz. Para controlar a los maestros, los gobiernos priistas se apoderaron del sindicato y practicaron de la manera más descarada la política de control de los maestros a través de la corrupción del sector. De ahí surgió el monstruo que, primero, fue destruyendo poco a poco la educación en nuestro país, convirtiéndose ante todo en un órgano activo del PRI y del gobierno, muy útil en particular durante los períodos electorales, con nefandos líderes enriqueciéndose de manera tan increíble como ofensiva y que terminaron creyéndose indispensables en el sistema. El problema fue que con la destrucción sistemática del sistema educativo nacional el propio Estado empezó a sentirse asfixiado y, medio siglo después de lo que pasara con Othón Salazar y el movimiento magisterial de finales de los años 50, entendió que por meras razones de sobrevivencia había que modificar la política en el sector educativo. Los primeros en protestar, naturalmente, fueron los líderes y ahí empezó una lucha que muy rápidamente terminó metiendo a la cárcel a la lideresa suprema, Elba Esther Gordillo, de cuyas hazañas prefiero no hablar. Así, lo que ahora se llama ‘reforma educativa’ constituye simplemente la implantación de una política correctiva, pero sin dejar de tener el control sobre el sindicato de los maestros y sin dejar de sembrar la discordia y la división entre ellos. Yo no creo que ni a corto plazo ese programa tenga éxito.

Con ese trasfondo, podemos entender entonces qué es la “reforma educativa”. Sí hay efectivamente una política de reforma en el sector, pero es todo menos educativa. Viene desde luego revestida en un lenguaje pseudo o cuasi-académico, pero es totalmente vacua desde el punto de vista de la educación propiamente hablando. Esto no es inexplicable: eso que se llama ‘reforma educativa’ debería llamarse más bien ‘reforma gubernamental del sector magisterial’. Eso sería un apelativo mucho más acorde a lo que se propone. Y podríamos estar de acuerdo con la idea de regenerar la escuela primaria y secundaria de México si todo se redujera a eso, pero cuando examinamos con un mínimo de atención los cambios y la orientación que se le quieren imprimir a la educación infantil mexicana, entonces es difícil no darse cuenta de que lo que se está promoviendo es una reforma educativa anti-nacional o apátrida. Y esto, pienso yo, no es muy difícil de hacer ver.

Que todo el “modelo” está marcado ideológicamente de principio a fin es algo que se revela desde la primera página del texto en el que está plasmado. La SEP se formó en 1921, bajo la presidencia del Gral. Álvaro Obregón quien al frente de la cual puso al conocido intelectual mexicano José Vasconcelos. Sobre el desempeño de Vasconcelos en la SEP hay mucho que decir, pero no entraré en detalles aquí y ahora. Es innegable, por otra parte, que tanto en su primer periodo como durante su segundo periodo como Secretario de Educación Pública (en el sexenio de López Mateos, precisamente), el Mtro. Jaime Torres Bodet fue un destacado ministro. Ambos están mencionados en el preámbulo. Pero lo que es una distorsión y una auténtica canallada histórica es que en el texto ni siquiera se mencione la distinguidísima labor educativa desarrollada por el Lic. Narciso Bassols ni lo que, unos cuantos años más tarde, vino a ser conocido como la ‘educación socialista’, impulsada por el Gral. Cárdenas. O sea, el programa de Nuño (con el visto bueno, desde luego, de la presidencia) borra de golpe el periodo más glorioso de la educación mexicana, el periodo durante el cual realmente se sentaron las bases de la educación popular en México. Si el Mtro. Nuño ignora eso lo único que podemos hacer es recomendarle que se instruya, que vaya a la escuela.

Ahora sí, me parece, podemos echarle un vistazo al “modelo”, lo cual requiere también un par de aclaraciones previas. En la SEP, ignoro por qué, son muy afectos a las modas y desde hace ya varios sexenios en ella se ha acogido a toda clase de oportunistas, los cuales se incrustan en la institución e influyen en su orientación general y en las políticas pedagógicas que desde la Secretaría se implementan sin que les importe mayormente sus efectos en la niñez mexicana. Durante el periodo de Luis Echeverría, argentinos y chilenos expulsados de sus respectivos países y a quienes justamente se les dio asilo en México impulsaron reformas que eran obviamente negativas para el país y que tuvieron consecuencias desastrosas, como por ejemplo la introducción de las letras de molde en lugar de la escritura normal. Durante el periodo de E. Zedillo la palabra mágica en la SEP era ‘valores’: había que educar “con valores”, “inculcar valores”, “transmitir valores” y así ad nauseam. Saltaba a la vista que esa moda, importada de algunas universidades norteamericanas, no tenía ni sentido ni valor, pero ¿quién, aparte del presidente, disuade a un Secretario de Estado en este país? Era más fácil convencer a un virrey que modificara algún edicto que lograr que un Secretario no haga su capricho. En todo caso el punto importante es que ahora también el nuevo “modelo” incorpora sus palabras clave, las cuales revelan que no se tiene ni idea de qué es lo que se pretende implantar. Voy a dar un par de ejemplos para ilustrar.

Teóricamente, la noción crucial del “nuevo modelo pedagógico” es la noción de “aprender a aprender” (está también la noción “aprender a convivir”, pero como lo que diga sobre la primera vale, mutatis mutandis, para la segunda, no me ocuparé de esta última). La “justificación” para apelar a esta idea es que la memorización es inadecuada en los tiempos de la “sociedad del conocimiento” (otra de las execrables expresiones meramente importadas y, por ende, usadas sistemáticamente de manera descontextualizada). Lo que se requiere es que los alumnos (niños y púberes) aprendan a resolver problemas, a pensar críticamente y cosas por el estilo. El slogan fundamental, el nuevo apotegma de la reforma educativa, es “hay que aprender a aprender”. ¿Por qué es eso una falacia atroz? Voy a tratar de explicarlo.

Hay verbos que son, llamémoslos así, de primer nivel. Usamos el verbo para indicar directamente que una acción se está llevando a cabo. Verbos como ‘comer’, ‘platicar’ ‘estudiar’, etc., son claramente verbos de primer nivel. Tenemos, sin embargo, verbos que de alguna manera recogen o apuntan a lo que se logra cuando se realizan acciones de primer nivel. Llamemos a estos verbos ‘verbos de segundo nivel’. O sea, por medio de verbos de segundo nivel hablamos de las acciones indicadas por los verbos de primer nivel. Esta es una de las múltiples jerarquías de las que está lleno el lenguaje. Pero si existe esa distinción entre verbos y expresiones de primer nivel y palabras de segundo nivel es porque los términos involucrados no significan de la misma manera. Cuando decimos que, por ejemplo, Luisito aprende rápido, lo que queremos decir es que Luisito responde de inmediato a las preguntas en el examen, que Luisito memoriza fielmente los poemas que oye y cosas por el estilo. En otras palabras, cuando usamos el verbo ‘aprender’ no estamos designando ninguna actividad en particular. No existe una actividad que se llame ‘aprender’, porque aprender no es un verbo de primer nivel. Por lo tanto, cuando alguien dice que hay que “aprender a aprender” lo que está diciendo, salvo si lo dice en contextos teóricos u otros muy peculiares, es una reverenda tontería. Si, per impossibile, nos permitiéramos preguntar: ¿cómo se aprende a aprender?, lo único que podríamos sensatamente responder es. “practica la lectura, escribe todos los días una página y corrígete, memoriza bien las tablas de multiplicación” y así ad libitum.

Es evidente que falacias de esta clase inundan el habla de muchas personas. Hay quien gusta de decir, por ejemplo, que hay que aprender a amar, pero aparte de una frase que podría ser útil en determinadas circunstancias y para determinados efectos, en el nivel del lenguaje coloquial: ¿qué se podría querer decir con ella? Sería una tontería decir algo así. ¿Por qué? Porque, una vez más, ‘amar’ es un verbo de segundo nivel: Juan ama a María porque la quiere, la respeta, la trata bien, etc.; Toño ama a su perro puesto que le da de comer, lo baña, lo cuida, etc., pero ¿qué clase de orden le estaría dando alguien a una persona si le dijera que tiene que “aprender a amar”? Aprender a amar es algo que se hace amando a personas concretas, a seres vivos, conduciéndose de cierta manera, etc. Es, por así decirlo, amando como se aprende a amar y, este el punto relevante para nosotros: es aprendiendo como se aprende a aprender. Por lo tanto, trasladar el énfasis de los procesos educativos del nivel real de aprendizaje, que es el nivel 1, a un fantasmagórico nivel 2 que sería el del aprendizaje del aprendizaje no es más que jugar con palabras y burlarse de la gente. Eso es lo que se hace en el “modelo educativo 2016”.

Podemos ahora extraer ciertas conclusiones, muy tristes debo confesarlo, respecto a lo que es el verdadero proyecto educacional para México incorporado en la tan cacareada “reforma educativa”. Al desestimar la verdadera educación, que es la educación de asimilación de conocimientos (de historia, de matemáticas, de biología, de español, etc.), lo que se pretende hacer es precisamente alejar a los niños y las niñas del mundo de conocimiento real. En el texto del “modelo pedagógico” se habla una y otra vez de la “sociedad del conocimiento”. Nunca se define dicha noción (ni se intenta hacerlo), pero podemos tener una idea de lo que se quiere decir. Lo que se quiere decir es simplemente que en la actualidad los individuos que no están preparados cognoscitivamente (no ‘cognitivamente’, como se dice en el texto. Esto último quiere decir otra cosa) no podrán ascender en la escala social, con todo lo que eso entraña. Por otra parte, ¿qué significa ‘estar preparado cognoscitivamente’? Entre otras cosas, haber asimilado mucha información. El que la información a nivel mundial crezca exponencialmente día con día no significa que haya que ignorar la que ya se acumuló ni que sea factible brincarse las etapas. No es así como se podría pasar de la primaria al doctorado por mucho que el alumno haya “aprendido a aprender”. Eso aparte de falaz es una patraña inmensa. Al desdeñar la asimilación concreta de información lo que se proyecta hacer con la niñez mexicana es moldearla de manera que, para cuando se haya transformado en adulta, conforme una población de taxistas habilidosos, de boleros ingeniosos, de meseras locuaces y así sucesivamente. Los planeadores de la SEP no pueden pretender engañarnos haciéndonos creer que el conocimiento es en última instancia superfluo y que sólo cuentan o son importantes las “habilidades”. De nuevo, ‘habilidad’, como ‘inteligencia’ para dar otro ejemplo, son palabras de segundo nivel. Se es hábil porque se sabe redactar, hacer operaciones matemáticas, dibujar mapas, programar, etc., pero no tiene el menor sentido decir que se puede preparar a alguien para que “desarrolle habilidades”, en abstracto: las habilidades sólo se desarrollan realizando actividades concretas exitosamente. ¿Y qué es esto último? Saber leer, saber historia, saber biología, etc. Por increíble que parezca, eso es de lo único que no se habla en el super “modelo educativo 2016”.

Llama la atención en el texto, aparte de ser “anti-cognoscitivo” en espíritu de arriba a abajo, la total carencia de alusiones a México, a la patria, a nuestros héroes, a nuestro lenguaje, etc. Hay mucho de “igualdad de género”, de “aprender a convivir” (otra locura del texto) y cosas por el estilo (se trata en verdad de un texto verborreico insufrible), pero el sano nacionalismo está notoriamente ausente. Éste no forma parte  de la perspectiva con la que se quiere imbuir a la SEP. Si justamente México es un mosaico étnico, son dos los ejes por los que se debe transitar simultáneamente: el del cemento nacional y el de las peculiaridades contextuales. Desde luego que se tienen que reforzar las culturas y los lenguajes indígenas y éstos varían de estado en estado, pero también se tiene que reforzar la unidad nacional, la idea de México como una nación indisoluble, ligada por un pasado compartido, un lenguaje común y un futuro único, independientemente de acentos y localismos. Ni una sola reflexión de esa naturaleza encontramos en el citado “modelo educativo”.

Yo creo que ahora sí estamos en posición de evaluar el juicio del Mtro. Nuño sobre el Lic. López Obrador. ¿Teme que la “reforma educativa” quede cancelada cuando éste llegue a la presidencia? Yo creo que se equivoca. Yo creo que el Lic. López Obrador está muy consciente de que el gobierno tiene que dejar de controlar al sindicato de maestros, que lo que hay que hacer es re-estructurarlo, limpiarlo (sobre todo de sus líderes) y dejarlo que actúe como lo que debería ser, esto es, como un instrumento de defensa y promoción de los derechos de los trabajadores de la educación y no como un mero apéndice y un instrumento de los gobiernos en turno. Pero yo creo que también el Lic. López Obrador está consciente de que sencillamente no se ha realizado ninguna reforma educativa en el sentido literal de la expresión y que eso está todavía por diseñarse e implementarse. Y con eso creo que sólo un priista a la vez dogmático y fanático podría estar en desacuerdo.

Notas sobre Terrorismo y Guerra

El tema del terrorismo es un tema a la moda, lo cual de inmediato “huele mal” y nos alarma, porque el mero hecho de estar a la moda indica que lo más probable es que haya quedado profundamente tergiversado por los comentaristas de los medios de comunicación y nos alarma porque ello hace nuestra labor de esclarecimiento mucho más ardua. Por otra parte, si el tema está efectivamente a la orden del día es porque el fenómeno del terrorismo se ha esparcido, es decir, se ha convertido en una realidad cotidiana que, de uno u otro modo, afecta a millones de personas en todo el mundo. El terrorismo, obviamente, es un fenómeno sumamente complejo. Se trata inevitablemente de un tema que despierta en todos quienes se ocupan de él las actitudes más radicales y las posiciones más apasionadas. Yo aquí me propongo tan sólo y en unas cuantas líneas intentar decir algo sustancial sobre el terrorismo de manera que tan importante fenómeno social se pueda comprender aunque sea un  poquito mejor. Toda caracterización adecuada, en mi opinión, tiene que ser no sólo coherente, sino también operativa o funcional, es decir, debe permitir efectuar diagnósticos y dar cuenta de situaciones reales y de casos concretos de actos terroristas o de situaciones de terror. Desde luego que no pretendo ofrecer una definición formalmente correcta y materialmente adecuada de ‘terrorismo’, pero confío en que la caracterización que ofrezco no resulte totalmente insatisfactoria. En todo caso, debo decirlo, lo que sí reivindico para mi punto de vista es que es éticamente neutro. En otras palabras, mi análisis es conceptual, no político.

Quizá no sería inapropiado dar inicio a nuestra labor recordando que la palabra ‘terrorismo’ es un término del lenguaje natural y aunque en tanto que término de la politología es quizá de cuño reciente, de todos modos se deriva de nociones que no lo son. Las modalidades del terror son y han sido de lo más variado. A lo largo de la historia, han implantado el terror los padres, los maestros, los gobernantes, los eclesiásticos, los sardos, los filibusteros, los para-militares, etc., es decir, quienes de uno u otro modo ocupaban puestos de autoridad o estaban en posición de imponer su voluntad por la fuerza. Nótese, sin embargo, que un rasgo importante del fenómeno contemporáneo del terrorismo consiste precisamente en que ahora el terror también se impone desde fuera de las esferas del poder, por minorías o grupos que luchan en contra de quienes lo ejercen. Pero vayamos paso a paso.

Habría que señalar que en general el tratamiento del tema del terrorismo queda si no determinado sí prácticamente prejuzgado y orientado en una dirección específica por lo que es el enfoque inicial, por las connotaciones con las que viene cargada la palabra, por lo que se debe ser particularmente cuidadoso con lo que serán las categorías o distinciones de arranque. Así, yo sugiero que se tome como distinción fundamental la dicotomía <terrorismo de Estado (A)/terrorismo contra el Estado (B)>. Yo creo que es sólo sobre la base de esta clasificación inicial que se podría después pasar a considerar objetivos, métodos, valores, etc., del terrorismo real y estar en una mejor posición para comprenderlo y juzgarlo objetivamente. Por lo pronto, soy de la opinión de que se puede sostener con alto grado de plausibilidad la idea de que es lógicamente imposible que haya “terrorismo B” si previamente no hubo o no hay “terrorismo A”. En otras palabras, no tiene mayor sentido hablar de terrorismo de grupos, sectas, facciones o individual si no se vive o no se padeció en algún grado el terrorismo de Estado.

Con esto en mente, tal vez podríamos intentar trazar ahora una especie de mapa conceptual, una lista general de verdades referentes al terrorismo. La idea es indicar una serie de rasgos del fenómeno tales que si detectamos su presencia podríamos entonces hablar del terrorismo de manera sensata. Naturalmente, no hay tal cosa como la esencia del terrorismo: como la gran mayoría de nuestros conceptos, el de terrorismo es un concepto de semejanzas de familia, lo cual significa que es posible que haya casos en los que estarán presentes algunos rasgos que no estarán presentes en otros, si bien en todos ellos podremos seguir hablando de terrorismo. Por lo pronto, creo que podemos incluir entre las notas aclaratorias del concepto a las siguientes:

1) en ninguna de sus modalidades es el terrorismo un fenómeno en principio incomprensible, es decir, no brota de la irracionalidad humana. Obviamente, comprensión y justificación son dos asuntos diferentes e independientes.
2) El terrorismo es un fenómeno de carácter esencialmente político. Se tiene que poder distinguir entre el fenómeno del terrorismo y las prácticas sanguinarias de toda clase de sicarios, para-militares, gangsters, etc.
3) El fenómeno universalmente conocido, esto es, el que encontramos en multitud de países y en prácticamente todos los tiempos, es el terrorismo de tipo A (desde, por decir algo, los primeros emperadores chinos hasta la CIA). El terrorismo de tipo (B) es un fenómeno más bien reciente (aunque también siempre lo hubo. Por ejemplo, un tiranicidio o inclusive un magnicidio son ejemplos de terrorismo de tipo (B)).
4) El terrorismo (A) es una forma de violencia y, más precisamente, una modalidad de guerra (pública cuando se ejerce contra una nación enemiga o secreta y casi silenciosa cuando se practica contra su propio pueblo).
5) El terrorismo en su modalidad (B) es ante todo una reacción. Básicamente, es una consecuencia de la lógica de la violencia estatal. Por consiguiente, el terrorismo (B) tiene causas concretas que debería ser posible especificar (muy probablemente el terrorismo (A) sea siempre una de ellas).
6) El terrorismo (B) tiene un componente simbólico fundamental. Volar la estatua de un dictador no causa víctimas, pero es un acto terrorista de protesta. De ahí que el terrorismo (B) no necesariamente implique víctimas (inocentes o no), aunque en la gran mayoría de las veces sí las tiene. El terrorismo (A) es impensable sin víctimas.
7) La lucha contra el terrorismo (B) tiene dos grandes vertientes y puede consistir en (a): un intento por extirparlo de raíz, es decir, por la fuerza, y (b) una política tendiente a erradicar las causas de las que se deriva.
8) El terrorismo de tipo (A) es la forma más pura de violación de derechos humanos.
9) El terrorismo de tipo (A) es ante todo un instrumento político, un mecanismo de imposición política.

Es obvio que la lista (1)-(9) no pretende ser exhaustiva y que probablemente hayamos dejado de lado muchos rasgos importantes del terrorismo sin mencionar. No obstante, me parece que como plataforma inicial es aceptable. Veamos ahora cómo podemos expandir nuestro análisis.

Consideremos primero el terrorismo (A), es decir, el terrorismo estatal. El estado puede practicar una política de terror frente a:

  1. individuos concretos (líderes políticos, sindicalistas, estudiantiles, opositores, etc.)
  2. grupos humanos relativamente fáciles de identificar (por raza, por religión, por status social, etc.)
  3. poblaciones enteras.

Por otra parte, como ya fue mencionado, el terrorismo estatal puede materializarse frente a poblaciones de un país enemigo en tiempos de guerra (que es claramente, por ejemplo, el caso de Israel y el pueblo palestino) o en tiempos de paz como represión en contra de su propio pueblo. Históricamente, ambas clases de casos están ampliamente ejemplificadas y no sería muy difícil dar largas listas de ellos.

Con las clasificaciones recién trazadas podemos catalogar como “terroristas” muchos estados de cosas o muchas situaciones que normalmente no calificaríamos de “terroristas”. Ello no es particularmente difícil de ilustrar. No estará de más notar, por otra parte, hablar de “terrorismo en tiempos de paz” es un tanto paradójico por no decir contradictorio, pero es innegable que esa situación se da. Me refiero a situaciones de represión estatal brutal, solapada o abierta, en condiciones de vida social relativamente estables. Los asesinatos de dirigentes estudiantiles u obreros a todo lo largo y ancho de América Latina son un claro ejemplo de (a), puesto que son acciones de resultados funestos y alcanzados por completo al margen de la legalidad mientras la sociedad vive más o menos normalmente; las masacres de cátaros y demás herejes por parte de la Inquisición son buen ejemplo de (b); la persecución de indígenas en Guatemala durante la segunda mitad del siglo XX o la vida infra-humana a la que son sometidos de manera inenarrablemente cruel y despiadada los palestinos ilustran (c). De hecho los ejemplos sobran, por lo que resultaría absurdo y dogmático pretender negar que tiene sentido hablar de terrorismo estatal en “tiempos de paz”.

Pero ahora preguntémonos: ¿en qué consiste el terrorismo estatal? Tiene básicamente que ver con la utilización sin restricciones, esto es, al margen de la ley, de los aparatos de represión del Estado (policías, ejércitos, servicios secretos, espionaje, etc.) con miras a imponer o sostener un determinado status quo el cual tuvo que haber generado una gran inconformidad social. El terrorismo (A), por lo tanto, sirve en general para reforzar una política de desigualdad y de injusticia que genera descontento popular y contra la cual no hay antídotos políticos. Si el Estado en cuestión surgió de un putsch (como el gobierno de A. Pinochet), entonces es de entrada un estado dictatorial, ilegítimo, etc., y entonces la política de ese Estado será por principio una política de terror (persecución, tortura, etc.), por lo menos en alguna de sus fases. Aquí podemos establecer una nueva conexión conceptual: aunque no todo Estado terrorista surge como un Estado ilegítimo, todo Estado ilegítimo será en algún momento un Estado terrorista. Las violaciones de los derechos humanos, por otra parte, pueden revestir toda una multiplicidad de formas. Lo característico del caso de política de terror estatal es que a los grupos disidentes afectados se les niega de antemano la posibilidad de negociar y llegar a arreglos. La política de terror por parte del Estado se practica cuando los estrategas políticos calculan que pueden vencer por la fuerza y el objetivo no es otro que la aniquilación material de la oposición. Pero no debemos pasar por alto que no todo terrorismo estatal reviste necesariamente una forma policiaca o militar. Una variante de terrorismo estatal es el terrorismo fiscal. Si se usan las instituciones hacendarias para, por ejemplo, clausurar negocios, efectuar auditorías arbitrariamente, imponer multas, impuestos sin que hayan sido aprobados por las Cámaras, etc., los ciudadanos se verán desprotegidos por y ante su propio Estado y no tendrán a nadie a quien apelar para defenderse. Eso también es terrorismo estatal y violación de derechos humanos. Aquí la cuestión inquietante que es imposible no plantearse es, sin pretender formular una pregunta meramente retórica, lo siguiente: si como reacción frente al terrorismo de tipo (A) se producen acciones violentas de tipo (B): ¿son éstas ilegítimas o condenables a priori?¿Hay algún sentido en el que sería legítimo o justificable luchar contra el terrorismo estatal por medio del terrorismo anti-estatal? La cuestión, obviamente, es demasiado complicada y no se dirime en unas cuantas líneas.

El tema del terrorismo estatal en épocas de guerra desemboca de inmediato en áreas más amplias de discusión, puesto que se toca con el controvertible tema que es el de la así llamada ‘guerra justa’. Podría pensarse que en general las guerras son precisamente la encarnación, por así decirlo, del terrorismo, pero que hay excepciones y que hay guerras que no son así puesto que son “justas”. Yo creo que eso es una falacia, pero antes de pronunciarme sobre el tema habría que decir unas cuantas palabras respecto al concepto de guerra justa.

Vale la pena notar que al hablar de “guerra justa” nos encontramos aquí frente a lo que prima facie es una formulación internamente incongruente, porque ¿cómo podemos hablar de “guerras justas” si precisamente las guerras son fenómenos humanos esencialmente injustos, consistentes en la producción de situaciones atroces en las que mueren niños, mujeres y hombres inocentes, durante las cuales se destruye lo construido por generaciones y se acaba con el patrimonio de los pueblos? Dado que eso no podrá nunca ser visto como justo, al hablar de “guerra justa” se tiene que querer estar diciendo otra cosa. A lo que se alude es, me parece, a dos cosas principalmente:

a) la motivación inicial para entrar en guerra

b) la regulación de la guerra misma

En relación con (b), la “guerra justa” (jus in bello) sería la guerra conducida en concordancia con ciertos principios básicos, ciertos pactos firmados previamente por los países, como las Convenciones de Ginebra; la injusta sería en cambio la guerra en la que todo estaría permitido, la guerra total. ¿Cuándo podríamos hablar de “guerra justa” en este sentido sin tener por ello que hablar al mismo tiempo de terrorismo bélico? Una vez más, estamos aquí en una especie de contradicción, puesto que de lo que estamos hablamos es de acciones destinadas a causar el mayor daño posible pero realizadas de la manera menos salvaje posible, lo cual es incongruente. En todo caso, algunas de las condiciones para poder hablar de “guerra justa” que no fuera una guerra terrorista contra otro país serían por lo menos las siguientes:

a) proporcionalidad entre causas de guerra y medios empleados
b) distinción sistemática entre población civil y ejércitos
c) trato humanitario a heridos, prisioneros, civiles, etc.
d) respeto a las convenciones internacionales y pactos firmados.
e) no recurso a armas prohibidas

El problema es que si bien las intenciones de limitar la conducta desenfrenada de los soldados durante los conflictos son laudables, lo cierto es que son en general ineficaces. Por ejemplo, los actuales bombardeos de Arabia Saudita en contra de Yemen pecan abierta y descaradamente en contra de las Convenciones de Ginebra; bajo ninguna descripción podría sostenerse seriamente que los bombardeos norteamericanos y la destrucción de Irak ilustran lo que sería una “guerra justa”! La verdad es que la idea de guerra justa nos pone inevitablemente frente a una paradoja, porque si ella es la máxima expresión de la violencia y la violencia toma cuerpo en acciones o reacciones incontroladas: ¿cómo se puede pretender regular lo incontrolable? En el fondo ¿no es hablar de guerras justas como hablar de matanzas justas, de pillaje justo, de destrucción justa y así sucesivamente? Desde este punto de vista, por lo tanto, toda guerra, por cuidadosamente planeada que esté, será terrorista.

Hay otro sentido de ‘guerra justa’, el cual tiene que ver no con el modo como se hace la guerra sino con la motivación del conflicto armado. La pregunta ahora es: ‘¿si una declaración de guerra estuviera mínimamente justificada: no podríamos ya hablar de terrorismo estatal en lo absoluto?’. Yo creo que la repuesta no es del todo simple, pero examinemos primero lo que tendrían que ser algunas de las condiciones que se deben cumplir para que podamos aplicar sensatamente la expresión ‘guerra justa’ en el sentido de ‘guerra justificada’. Así, podemos hablar de “guerra justificada” por lo menos cuando:

1) se trata de repeler una agresión (defensa propia)
2) está en grave peligro la existencia del estado o la nación
3) otro estado tiene exigencias insensatas y desmedidas
4) es claro que los procedimientos políticos entre gobiernos dejaron  de  funcionar
5) los males de la guerra no pueden ser mayores que los de aceptación de las potenciales
condiciones de una derrota

En casos en los que se cumplieran condiciones como estas quizá se podría hablar de guerra justificada, pero lo relevante para nosotros no es eso. La pregunta es: si la guerra es justa en el sentido considerado ¿serían las acciones bélicas del Estado atacado o sometido “acciones terroristas”? El intento por responder a esta pregunta hace ver que en el fondo no hay un concepto “objetivo” de terrorismo, sino que es quien dispone de los medios propagandísticos apropiados quien determina si ciertas acciones son terroristas o no, independientemente de si la causa por la que se realizan es justa o no. El concepto de terrorismo es ante todo un concepto estratégico: sirve para describir las acciones del enemigo. Ahora bien, quién sea el enemigo y por qué lo es es irrelevante. La etiqueta es independiente de la causa. De ahí que la idea de terrorismo estatal no tenga mucho que ver con la justicia. Me parece, por lo tanto, que podemos concluir que en general no tiene mayor sentido hablar de “guerras justas” y que inclusive si las hubiere, ello no las despojaría de su carácter de conjuntos de acciones terroristas. Y esto es importante, pero el que no podamos en sentido estricto distinguir entre guerras justas y terrorismo estatal prueba que no hay justificación posible para la guerra. Toda guerra, “justa” o no, será terrorista y en la misma medida inaceptable.

Me parece que podemos empezar a extraer ciertas conclusiones generales importantes. El terrorismo es en primer término una práctica estatal, una forma brutal de implementar políticas las cuales pueden estar dirigidas hacia el exterior, en contra de otros pueblos, o hacia el interior, en contra del propio pueblo del Estado de que se trate. Nos las habemos con casos paradigmáticos de terrorismo estatal frente a otros países cuando se producen crímenes contra la paz (preparación de la guerra), crímenes de guerra (usos de armas no permitidas) y crímenes contra la humanidad (genocidio, masacres, etc.).[1] El horizonte de las guerras nos lleva desde guerras que carecen por completo de justificación (la invasión de Siria, por ejemplo) como las así llamadas ‘guerras justas’, llamadas ‘justas’ tanto por sus causas como por el modo como son practicadas. La conclusión correcta es casi un enunciado analítico, si bien yo no la presentaría como resultado de una mera estipulación lingüística sino como resultado de un examen conceptual y es que toda guerra es de carácter terrorista.

Vimos someramente lo que sería el terrorismo estatal dirigido contra otro Estado (país, nación, etc.), pero habría que decir algo del terrorismo estatal en contra de la propia población del Estado en cuestión. Aunque es relativamente claro lo que es el terrorismo de Estado y, asimismo, que se trata de un fenómeno más bien cotidiano, también es cierto que lo que en general más se discute es el terrorismo en su modalidad (B), esto es, el terrorismo no practicado por el Estado sino más bien en su contra. La pregunta inquietante es: ¿podría haber alguna forma justificada de terrorismo no estatal?

 
 
[1] Para la clasificación de crímenes de Estado véase el libro Le Tribunal Russell. Le Jugement de Stockholm (Paris: Gallimard, 1967).

Los Efectos de la Hipocresía

Debo empezar por decir que disfruté mucho el diagnóstico oficial que hizo el gobierno chino sobre el estado de los derechos humanos en los Estados Unidos para 2016. Esta iniciativa china es la respuesta de una superpotencia a un país que, sin que nadie se lo pidiera, se auto-nombró a través de su Departamento de Estado juez internacional supremo y auto-facultado para calificar la conducta “democrática” de los países,  determinar en cuáles no se respetan los derechos fundamentales de las personas y actuar en consecuencia. Esto es obviamente una forma poco sutil de intervencionismo descarado. Cuba en algún momento le dio la respuesta apropiada a los intentos norteamericanos de desestabilización de la isla y ahora le tocó el turno a la República Popular de China. Creo que vale la pena citar parte del reporte:
En 2016, la política del dinero y los tratos de poder-por-dinero controlaron la elección presidencial, la cual estuvo llena de mentiras y farsas. (…). No hubo garantías de derechos políticos, en tanto que el público respondió con olas de boicot y de protestas, poniendo plenamente al descubierto la naturaleza hipócrita de la democracia de los Estados Unidos.

Yo creo que lo que el gobierno chino dice es algo que todo mundo sabe pero que, curiosamente, no todos se atreven a decir en voz alta. El gobierno mexicano en particular, por ejemplo, tendría muchas y muy buenas razones para emitir un pronunciamiento por lo menos tan crítico como el del gobierno chino. Para la mayor deshonra nacional, sin embargo, la expresión de repudio por parte del gobierno mexicano tanto del discurso político norteamericano actual como de las políticas de hecho implementadas por ese país en contra de México ha sido ridículamente tímida; prácticamente, el gobierno de México se ha quedado callado y ello ciertamente no por falta de oportunidades, porque éstas abundan. Frente a los ridículos infundios de que México se ha aprovechado de los USA a través del Tratado de Libre Comercio, como si un adulto hubiera estafado a un niño, el gobierno mexicano no ha dicho nada respecto a cómo ellos se han beneficiado con dicho tratado, cómo por ejemplo desde el día siguiente al que fue firmado el tratado nos inundaron de buenas a primeras con toda clase de chácharas de consumo casero, comestible, productos industriales, etc., arrasando con compañías e industrias mexicanas, o cómo vaciaron el campo mexicano haciéndonos totalmente dependientes de ellos hasta en maíz y frijol; frente a las fáciles patrañas de D. Trump, pensadas desde luego para consumo del americano medio, en el sentido de que los mexicanos son violadores y narcotraficantes, el gobierno mexicano ni siquiera ha intentado refutarlo con datos referentes a cómo y con qué brazos se levantan las cosechas en el país vecino, en qué condiciones viven y qué salarios reciben los trabajadores mexicanos (porque son trabajadores en su inmensa mayoría) en el país de la democracia y las oportunidades; frente a la provocación que representa la creación del muro y la cínica pretensión de que sea el pueblo mexicano, a través de sus impuestos, quien lo pague, el gobierno mexicano no sólo ha mantenido un discreto silencio (en lugar de haber hecho una gran alharaca), sino que nunca amenazó con medidas diplomáticas elementales, como podría ser la de exigir que los ciudadanos estadounidenses por lo menos paguen por visas para entrar a nuestro país! Como todos sabemos, aquí el ciudadano estadounidense entra como Pedro por su casa, con sólo una identificación americana. Ni siquiera se le exige pasaporte! ¿Por qué si Brasil pudo imponerles visa a los turistas norteamericanos México no puede o más bien no se atreve a hacerlo? El trato es completamente asimétrico entre los norteamericanos y los mexicanos, porque aquí en general hasta los delincuentes son bien tratados, en tanto que allá detienen a mexicanos que van tranquilamente caminando por las calles sin haber cometido ninguna acción ilegal. ¿Por qué entonces el gobierno de México no se ha inconformado a través de un dictamen oficial sobre las violaciones de derechos humanos en los Estados Unidos, aunque fuera restringiéndose exclusivamente al caso de los ciudadanos mexicanos? ¿Por qué el gobierno de México no ha dicho ni esto ni mil cosas más que se pueden decir y ha permanecido vergonzosamente callado frente a las injurias del país del norte (que tampoco son tan nuevas, dicho sea de paso)? Pero claro, se nos olvida que el gobierno mexicano no es un gobierno popular (ni populista) como el de la República Popular de China. Las diferencias radican entonces en las distintas relaciones que se dan entre los gobiernos y sus pueblos.

A mí me parece que la gente pensante compartiría de buena gana la idea de que el gobierno de los USA es efectivamente el más hipócrita del mundo. Ahora bien, aunque el tema de la hipocresía de un gobierno, esto es, un gobierno que proclama una cosa y hace otra completamente distinta, es interesante per se, el estudio de sus potenciales efectos en la conciencia individual puede resultar todavía más interesante todavía. Planteemos, pues, el asunto desde su raíz, a sabiendas de que por razones de espacio no podremos desarrollar el tema todo lo que quisiéramos.

Independientemente de cuán frecuentes puedan ser, lo cierto es que hay determinadas experiencias que nunca nadie querría tener. Tenge en mente en particular la experiencia consistente en, por así decirlo, llegar a descubrir algo importante concerniente a nuestras vidas cuando ya no hay absolutamente nada que hacer, darse cuenta súbitamente de que en realidad uno vivió creyendo algo que era falso de arriba a abajo. Ahora bien, si lo que queremos es evitar el típico error (que a tantos parece complacer) de meter en un mismo saco cosas que son discerniblemente diferentes, es menester trazar aquí ciertas distinciones. Ilustremos el punto. Supongamos que después de enterrar a su amada esposa un hombre de edad ya avanzada a la semana descubre que esa mujer a la que él le consagró su existencia lo engañó sistemáticamente con su mejor amigo. La situación es perfectamente imaginable. Después de todo, así como hay conspiraciones que triunfan hay secretos que nunca salen a la luz. De hecho, se podría sostener con relativa confianza que es muy poco probable que haya alguien que se vaya a la tumba sin secretos. Pero ya sea real o meramente imaginaria, no cabe duda de que la experiencia a la que aludimos tendría que ser sumamente dolorosa, pues equivaldría a enterarse de que se cometió un fraude con uno, que uno fue durante años objeto de escarnio, que se abusó de su buena fe. Eso es precisamente lo que un hipócrita exitoso lograría generar en alguien y no veo por qué lo que vale para una persona no valdría también para un gobierno o para un Estado. El caso es psicológica y existencialmente interesante pero, debo decirlo, no es tampoco exactamente la clase de experiencia de la que quisiera ocuparme aquí. Lo que yo quisiera indagar es no tanto situaciones en las que a uno lo engañan, sino más bien situaciones en las que uno se engaña a sí mismo. De nuevo, es imprescindible trazar distinciones, porque hay sub-grupos dentro de este grupo de casos de auto-engaño que son radicalmente diferentes unos de otros. No me propongo ocuparme, por ejemplo, de casos de akrasia, de ilogicidad notoria, de acciones voluntarias que chocan abiertamente con lo que son nuestros mejores juicios y cosas semejantes. Tampoco es mi objetivo ocuparme de casos de auto-engaño vinculados a disfunciones mentales, ni de casos de sujetos con creencias irracionales (incomprensibles, injustificables, incompartibles, etc. (delusions)). ¿Cuál es entonces mi tema? Aquí me interesa considerar exclusivamente el caso de creencias asumidas conscientemente por una persona, la cual estaría plenamente convencida de ellas porque estarían basadas en argumentos que la gente en general tendería a dar por buenos, creencias asumidas y compartidas por multitud de personas, al grado de que hasta podríamos quizá referirnos a ellas como creencias “decentes”. Esta forma de presentar nuestro material nos obliga a ser un poquito más precisos todavía.

Debo, pues, decir, que lo que me interesa considerar, aunque sea  superficialmente, es el caso de creencias muy generales concernientes a, por ejemplo, modos de vida, sistemas políticos, convicciones religiosas y cosas por el estilo, creencias, puntos de vista, convicciones que normaron la existencia de una persona durante prácticamente toda su vida, que le imprimieron seguridad, que le dieron una orientación precisa a lo largo de su existencia, que le permitieron ocasionalmente sentirse feliz, totalmente integrada a su sociedad pero que, por alguna razón, hacia el final la persona en cuestión se ve llevada a repudiar. Nuestro experimento de pensamiento consistiría entonces en imaginar cómo sería y qué le pasaría a una persona que en su última etapa de vida racional, por inspiración divina, evolución personal, por casualidad o por cualquier otra razón, se percata o llega a la conclusión de que esas hermosas creencias en función de las cuales vivió en el fondo son totalmente falsas, que ella las adoptó sin haber tenido nunca la oportunidad de ponderarlas con el cuidado que ameritaban, porque básicamente habría sido inducido desde que tenía edad de razón a hacerlas suyas de modo que se fueron convirtiendo poco o a poco en una especie de férula mental que habría fijado para siempre su estructura doxástica, su cosmovisión. La pregunta es: ¿de qué tendría que ser testigo una persona para que tuviera una experiencia así?

Es evidente, supongo, que una situación como la imaginada puede materializarse cuando de lo que hablamos es de creencias de carácter político, de posiciones ideológicas (en el sentido más simple o menos técnico de la palabra), de convicciones religiosas. Se sigue que el trauma intelectual causado por una decepción de la clase que estoy considerando estaría asociado a ciertas nociones básicas y muy generales, indispensables en nuestro discurso y actuar cotidianos, como por ejemplo las nociones de libertad (y todo lo que ella acarrea: libertad de pensamiento, de expresión, de acción), de democracia, de derechos humanos y así indefinidamente. Pero ahora sí podemos ser más concretos e iniciar nuestra disquisición. Imaginemos entonces a un ciudadano norteamericano que hubiera nacido, crecido y se hubiera desarrollado en lo que desde niño se le hubiera inculcado a decir que era “el país de la libertad”, “el país democrático por excelencia”, “el país paladín de los derechos humanos en todo el mundo”, “el país exportador de ideales superiores”, “el país igualitario por antonomasia” y así sucesivamente. Asumamos también que estamos hablando de un individuo suficientemente honrado intelectualmente como para ser susceptible de pasar por un proceso de deconstrucción y reconstrucción de hechos y que cuando ya está en la etapa final de su vida de pronto  “redescubre” a su país. ¿Qué es lo que él habría tenido que percibir para sentirse engañado al grado de sentirse forzado a repudiar sus queridas ideas y convicciones? La verdad es que en el caso de los USA no creo que ello sea tan difícil de enunciar! El sujeto en cuestión habría visto que los Estados Unidos son el país exportador de guerras más grande de la historia, que no hay continente en donde no haya soldados norteamericanos sembrando el terror y la muerte, drones, helicópteros, submarinos, bombarderos, misiles, paramilitares, escuadrones de la muerte, tortura, etc. El país que más golpes de Estado ha organizado, que a más dictadores ha apoyado (América Latina fue su gran campo de experimentación durante un siglo y lo sigue siendo, si bien ahora mediante nuevos métodos, y ciertamente no el único), que más bombas ha dejado caer y probablemente el que más civiles inocentes haya sacrificado en aras de sus maravillosos ideales, el único que ha bombardeado un país con armas atómicas y no una vez sino dos! El norteamericano imaginario en cuestión se percataría de que eso que se llama ‘democracia’ y en nombre de la cual muere tanta gente degeneró muy rápidamente en un juego político que reduce la participación ciudadana a una ridícula ceremonia de votación cada cuatro años, en tanto que los dos partidos que se reparten el poder no son otra cosa que los instrumentos de un poder oculto mayor que los financia y para el cual trabajan. Yo creo que ese pobre ciudadano norteamericano imaginario realmente podría quedar muy afectado si de pronto se percatara de que su país ha vivido a base de tratados disparejos, desiguales, injustos, asimétricos, ventajosos, impuestos por la fuerza o aprovechándose descaradamente de la miseria y el retroceso de otros pueblos para finalmente consumir la mitad de lo que en el globo terráqueo se produce, o sea, lo que producen diariamente millones de seres que trabajan en todas las latitudes del planeta. Y creo que podemos ir todavía un poco más lejos y divagar sobre qué pasaría con ese ciudadano norteamericano si súbitamente entendiera que la libertad de la que habría gozado durante toda su vida era total pero dentro de marcos rígidamente establecidos y bastante estrechos a final de cuentas. O sea, él se habría dado cuenta de que en su país se era libre siempre y cuando lo que se hiciera sirviera  para apoyar, reforzar, fortificar el American Way of Life, pero que no se es libre si se quiere ser crítico, adverso o contrario a los pilares de su tan querida “libertad”, que la libertad de asociación está restringida (el Partido Comunista, por ejemplo, está proscrito en los Estados Unidos. No se tiene el derecho de formar un partido así!), que el ciudadano medio es el más espiado del mundo y muchas cosas más. Pero una vez que efectivamente hubiera caído en la cuenta de que fue sistemáticamente engañado no por una persona sino más bien por un modo de vida: ¿qué le pasaría a un ciudadano así? ¿Se suicidaría? Es poco probable. Lo que no es improbable, sin embargo, es que se llenara de amargura y de odio por haberse dejado engañar, por constatar que vivió imbuido de creencias semi-absurdas que lo habrían llevado no por los derroteros de la realidad social e histórica, sino por los de la fantasía política y la manipulación práctica.

Yo tomé el implausible caso de un norteamericano renegado, porque al preguntarme sobre lo que puede pasar con alguien que descubre en su propio caso lo que son las trampas de la hipocresía estaba tomando el caso de un país y una sociedad altamente representativos y cuyos roles a nivel mundial nadie sensato cuestionaría. El problema es que de pronto me asaltó a mí la duda de si eso que podría pasarle en la actualidad a un ciudadano norteamericano no podría suceder también en otras latitudes, a ciudadanos de otros países. Resulta entonces imposible no preguntar: ¿estaremos acaso nosotros, los mexicanos, a salvo de un fenómeno semejante?¿Acaso es lógicamente imposible que una decepción tan grande como la de nuestro norteamericano imaginado le sucediera a un mexicano de nuestros días? Después de todo, también aquí en México se proclama a diestra y siniestra que éste es un país de libertad en el que la gente puede expresarse sin tapujos, pero ¿y si eso fuera falso? Recordemos rápidamente, sin entrar en detalles, que la hipocresía consiste en fingir algo que no se es, en decir lo que no se piensa y también en no decir lo que se piensa. Mucho me temo entonces que sí podríamos encontrarnos en una situación muy semejante a la de mi norteamericano imaginario. La verdad es que las diferencias entre esa entidad imaginada y un mexicano real que llegara a abrir los ojos sobre su mundo son sólo  de grado: los estadounidenses son más fanáticos que nosotros y por lo tanto adoptan con mayor dogmatismo y vehemencia sus creencias políticas que nosotros las nuestras. Pero la diferencia es, como dije, meramente de grado. De todos modos la inquietud persiste: ¿qué pasaría con un paisano que llegara a entender cuánto dolor, cuánto sacrificio, cuánta injusticia, cuánto desperdicio de recursos nacionales se requiere para construir la sociedad que tenemos?¿Pudiera llegar a darse el caso de que nunca más quisiera volver a cantar México lindo y querido?

¿Y si se hubiera equivocado?

Quiero empezar por confesar que desde que adopté la perspectiva marxista del desarrollo social siempre he pensado que el ser humano es esencialmente un ser maleable. Lo que quiero decir con esto es, dicho de manera un tanto gruesa, que sus modalidades de ser están históricamente condicionadas. Esto a su vez implica que cada civilización, cada cultura, cada sociedad tiene su propia forma de crear y destruir, de progresar y retroceder, de amar y odiar, de respetar la vida o de hacer de ella un infierno. Hay, obviamente, un sentido en el que los seres humanos son los mismos en todas partes y en todos los tiempos (biológicamente, por ejemplo, e inclusive en ese terreno se dan cambios), pero hay otro sentido, igualmente importante, en el que ciertamente no lo son. Me parece, por ejemplo, que la racionalidad y la irracionalidad están también condicionadas históricamente y desde luego este condicionamiento depende en gran medida del modo como se produzca y se distribuya la riqueza generada, pero también está mediado por grandes creencias que permean a las sociedades en cuestión, las cuales tienden a ser incompartibles por seres humanos de otras culturas y que, por ende, les resultan ininteligibles. Es claro, por ejemplo, que era no sólo racional sino vitalmente indispensable para los aztecas arrancarle el corazón a niños y jóvenes y ofrecérselos a sus dioses, puesto que ellos estaban convencidos de que de eso dependía el que hubiera un “mañana”. Esa conducta, socialmente aceptada en aquella extraña y para nosotros ciertamente incomprensible sociedad (sería francamente ridículo argumentar que el mexicano contemporáneo comparte mucho de su concepción del mundo con los habitantes del Valle de México de hace 600 años sólo porque vivimos donde ellos vivieron; inclusive esto último es en algún sentido debatible, puesto que si de pronto apareciera algún azteca genuino entre nosotros, lo único que no reconocería sería su Valle de Anáhuac, su “región más transparente”. Pienso, pues, que estamos justificados en deducir que Valle de Anáhuac y Valle de México no son lo mismo) sería totalmente inadmisible en la nuestra. ¿Eran entonces irracionales los aztecas? Decir algo así sería manifestar una gran torpeza. Lo que habría que decir es más bien que su cosmovisión estaba regida por otra racionalidad, por un sistema de creencias y valores drásticamente diferente del nuestro y que para nosotros resulta incompartible e incomprensible. Pasar luego a decir que una es mejor o superior a la otra ya no es decir nada que valga la pena debatir.

Ahora bien, a pesar de las diferencias profundas que podemos discernir entre civilizaciones, culturas o sociedades, se pueden no obstante trazar distinciones que permiten agruparlas de diverso modo, esto es, en función de los intereses teóricos que persigamos. Una clasificación así es entre sociedades de las cuales podemos decir que, aunque lo hagan de manera diferente en cada caso, van hacia adelante, se mueven en la dirección del progreso, entendido como mejoramiento medido por los parámetros de su propio marco histórico y cultural. Y al revés: hay sociedades que, medidas con sus propios criterios, van hacia atrás. Hay sociedades que aunque intentan ir hacia adelante, de todos modos sus esfuerzos pueden terminar en un estrepitoso fracaso. Considérese por un momento el gobierno de D. Trump, tratando de entenderlo por así decirlo “internamente”, esto es, al margen de sus relaciones con México o con otros pueblos y religiones, porque entonces automáticamente irrumpen las emociones y entonces el enfoque objetivo se vuelve imposible. Preguntémonos: ¿con qué se enfrentó Trump en los Estados Unidos? Con una clase política putrefacta, conformada por vividores en gran escala de la política que fueron perdiendo su credibilidad y que no juegan ya realmente su rol de representantes de los genuinos intereses del pueblo norteamericano; con una situación económica que empieza a ser desesperante (desempleo, marcados contrastes sociales, a más de graves y profundos problemas en los ámbitos de la educación, la salud, la vivienda, etc.). Y ¿qué es lo que hace Trump, es decir, cómo reacciona frente a esa alarmante situación? A diferencia de lo que hacía Obama y que habría hecho H. Clinton, Trump (y lo que él representa, naturalmente) intenta resolver la crisis de su país. Dejando de lado el hecho de que prácticamente no lo dejan gobernar y de que lo que se libra en los Estados Unidos es un gran conflicto político interno de grandes repercusiones a corto, mediano y largo plazo, se puede argumentar que muchas de sus políticas están mal pensadas y que, por consiguiente, no van a dar los resultados que él confía que darán, pero obviamente no es ese nuestro tema ni lo que me interesa discutir. Lo que a mí sí me interesa destacar es el hecho de que la sociedad norteamericana, lo logre o no, intenta ir hacia adelante  rompiendo esquemas de acción política, económica, militar, etc. Es perfectamente imaginable que el trumpismo termine siendo un fracaso total y que la sociedad norteamericana finalmente pierda su oportunidad de regenerarse, pero lo que es importante enfatizar es el hecho de que hay una conciencia nacional respecto a en qué dirección moverse, inclusive si el esfuerzo en última instancia es fallido. Una y otra vez Trump afirma que su objetivo es rehacer los Estados Unidos: reconstruir puentes, líneas de ferrocarril, carreteras, acabar con el pandillerismo, etc., etc. Por lo menos allá están conscientes de qué es lo que se debería hacer. Que lo logren o no ya es una cuestión de hechos, pero obviamente no es de hechos de lo que me estoy ocupando sino de un modo particular de encararlos.

Cuando volvemos la mirada sobre nuestro país, lo que dolorosamente los hechos nos hacen percibir es que, a diferencia del esfuerzo norteamericano, fallido o no, de “ir hacia adelante”, México es un país que decididamente va hacia atrás. ¿Qué queremos decir con eso? Algo tan simple como lo siguiente: en México la población actúa de miles de formas que inciden en contra de sus propios intereses y el Estado, a través de sus aparatos y operadores políticos, no hace nada para detener, redireccionar y modificar la conducta popular. Para no hacer de estas afirmaciones aseveraciones sin fundamento, demos algunos ejemplos de conducta socialmente irracional (o sea, que es dañina, que se sabe que es dañina, pero que no obstante se sigue practicando) y ello nos permitirá extraer de manera justificada la conclusión ya anunciada.

Son incontables los rubros que habría que considerar y, naturalmente, sería imposible examinarlos todos, pero ni mucho menos es esa mi pretensión. Tengo en mente objetivos muchos más modestos, por lo que me concentraré en temas comunes y prosaicos como el agua, la basura, la contaminación y auto-boicot social, tanto a nivel individual como institucional. Diré unas cuantas palabras sobre cada uno de esos temas respecto a los cuales, debo advertir, no soy ni pretendo presentarme como un especialista.

Que la Ciudad de México está condenada por sus requerimientos insaciables de agua es algo que a estas alturas difícilmente se podría negar. Poco menos de la mitad del agua que se consume en la ciudad se tiene que traer desde una distancia de más de 100 kilómetros. Dejando de lado multitud de factores, lo que esto significa es pura y llanamente que se le roba el agua a otros estados para mantener con vida a la capital del país. El resto del agua que se consume se extrae del subsuelo de la ciudad. Esta succión llevó, entre otras cosas, a la desecación del Lago de Texcoco, como está empezando a hacerlo ahora en la zona de Xochimilco. Hace unas cuantas semanas se vio como se formaba un gran hoyo por donde literalmente se vaciaba todo un sector de la zona de las chinampas. El nivel del agua bajó considerablemente (como pasó en Chapala, en Pátzcuaro y en tantos otros lugares). Dejando de lado los alardes patrioteros de “zona protegida”, “patrimonio de la humanidad” y muchas otras fórmulas huecas como esas, la verdad es que Xochimilco se ha ido transformando en un basurero lacustre. Da una mezcla de pena, vergüenza y asco ir de visita por allí. Cuando uno se sube a una trajinera se tarda uno media hora en salir del amontonamiento de barcas por lo que no queda más que hacer un recorrido por canales cercanos, todos plagados de basura, plásticos, papeles y demás, obviamente sin vida y sin poder ir hacia canales más limpios pero más lejanos so pena de ser asaltado. Aquí automáticamente se plantean dos preguntas y con igual celeridad se obtienen dos respuestas inequívocas: 1) ¿quién daña la zona con basura, desperdicios, etc., y a quién perjudica de manera directa esa situación? Respuesta: los habitantes de la zona tanto la arruinan como padecen su deterioro. En otras palabras, ellos mismos destruyen su habitat; y 2) ¿“quién” no sabe, no puede y no quiere tomar las medidas necesarias para transformar Xochimilco en la zona que podría ser? Planteo la pregunta en términos personales, porque es la forma sencilla como el lenguaje nos permite expresarnos, aunque todos entendemos que no estamos hablando de personas. Respuesta: es el gobierno de la ciudad de México, las autoridades delegacionales, el gobierno federal, las entidades políticas que se han revelado como totalmente incapaces para resolver los problemas de Xochimilco. ¿Cuál es el diagnóstico? Muy simple: estamos hundidos en una situación prácticamente insoluble dado que los incontables intereses involucrados se contraponen de modo que el deterioro ambiental es tanto imposible de detener como irreversible. Esta situación ilustra lo que quiero decir cuando digo que una sociedad va hacia atrás.

Tomemos el caso de la basura. México es el campeón de los tiraderos al aire libre. Vaya uno a donde vaya en el país, con lo que se va a encontrar es con zonas, en general fuera de las ciudades pero no necesariamente muy lejos de ellas, en donde elegantemente planean los zopilotes, pululan las ratas, hiede de manera repugnante y en donde, para “resolver” el problema de los excesos de basura, ésta se quema generando un soberbio desastre ambiental. Todos nos preguntamos una y otra vez: ¿por qué en México no hay un centro de procesamiento de las miles de toneladas de basura que todos los días se generan? La situación es complicada. Nosotros en nuestras casas separamos la basura, pero los trabajadores de la basura la vuelven a juntar porque todo se deposita en lugares en donde se reclasifica la basura. Para ello, hay ejércitos de los así llamados ‘pepenadores’ y éstos están organizados laboralmente. Hay, por lo tanto, intereses económicos, políticos y financieros involucrados y una estructura que de hecho no se puede tocar. Imagínese nada más si hay una huelga de los trabajadores de la basura en la Ciudad de México por más de 48 horas! Nos comen las ratas y nos aniquila el tifo. Pero ¿cómo es posible que una metrópoli como la ciudad de México no cuente con una refinería moderna de basura?¿Acaso no hay ingenieros en México que puedan construir y echar a andar una empresa así? Claro que los hay sólo que, una vez más, hay fuerzas sociales que están en contradicción: el trabajo de miles de personas contra la eficiencia laboral, los grandes negocios de los caciques de la basura frente a los intereses de los ciudadanos particulares, los objetivos políticos del gobierno de mantener ciertos equilibrios, etc., etc. El resultado neto es la parálisis respecto a la solución a fondo del grave problema de la basura. En México, podríamos decir, se traslada la basura de un lugar a otro, pero el problema de la basura sigue sin resolverse. Aquí no se superan los problemas, sino que se les tapa con otros problemas. Por lo pronto yo, contra mi voluntad, confirmo mi dicho: en relación con la basura, el país va para atrás.

Si consideramos el aire y la contaminación no sólo en la Ciudad de México (la cual a menudo ya presenta las apariencias de una ciudad fantasma, lo cual sería gracioso si no fuera por el detalle de que el aspecto fantasmal se debe al veneno atmosférico que respiramos todos los días y que de múltiples maneras daña en forma terrible nuestra salud), sino en muchas otras grandes ciudades del país (Monterrey, Guadalajara, León, etc.) se nos ponen los cabellos de punta. El problema técnicamente tiene solución pero factualmente no, puesto que para implementarla se requeriría una reforma tan profunda de los procesos económicos de las ciudades, reformas de impuestos, laborales, regulaciones de tránsito, de transporte colectivo, etc., etc. Así, se puede vivir todavía con tranquilidad en las grandes aglomeraciones mexicanas siempre y cuando no se tenga la ilusión de que los problemas de contaminación del aire se van resolver. Si se quiere vivir en ciudades como la Ciudad de México se tiene que haber interiorizado la idea de que habrá cada vez más seguido contingencias ambientales, se aplicará cada vez más el doble (y luego el triple) “hoy no circula” y cosas por el estilo. ¿Qué significa todo esto? Que en este rubro el país no va para adelante y esto a su vez quiere decir que simplemente no hay mecanismos de solución de problemas, esto es, que el progreso en esta área no es para quienes vivimos aquí una opción.

Si le echamos un vistazo al  tema de los ríos el efecto en nosotros es como el de un mazazo en la cabeza: nos marea, nos duele, nos vence, nos acaba. México de por sí siempre fue un país con poca agua. Comparado con Francia o con Brasil, por ejemplo, México es de una orografía más bien pobre. Pero ese ya no es ahora el problema. El problema ahora consiste en que se acabaron los ríos que había en México. Yo reto al más erudito de los geógrafos a que nos indique en qué ríos de México hay todavía vida, qué ríos no están saturados de toda clase de desechos (industriales, caseros, petrolíferos, etc.), en qué ríos se puede uno meter a bañarse sin salir con problemas de piel, infecciones y demás. Hay desde luego pequeños meandros, pequeñas barras en donde todavía puede uno adentrarse y disfrutarlos, pero a nivel nacional realmente no cuentan (ni cuantitativamente ni en términos de productividad, piscícola, turística o de cualquier otra naturaleza). Yo por lo menos no le aconsejaría ni a mi peor enemigo que metiera el pie en lo que queda del río Lerma (sobre todo en ciertas partes del Estado de México!). Por si fuera poco, muchos ríos no sólo están contaminados y son ellos mismos fuentes de contaminación, sino que ya están entubados, es decir, ya dejaron de ser ríos, propiamente hablando. ¿A qué se debe este desastre ecológico de grandes dimensiones? No tenemos que ir muy lejos por la respuesta: industriales, agricultores, campesinos, la gente en general usó los ríos para tirar sus desechos (si alguien tiene dudas respecto al comportamiento de la gente y a la ineptitud de las autoridades que le eche un vistazo a los Dinamos para que se convenza), para evitar gastos e inversiones, llenándolos de detergentes, químicos, residuos animales, etc., a ciencia y paciencia de los gobiernos estatales y de los diversos gobiernos federales, incapaces de forzar a la gente (empresarios o simplemente habitantes de la zona) a convertirse en agentes económicos que respetan el patrimonio nacional. Obviamente, la naturaleza se desquita: se contaminan las aguas, el ganado se envenena, los productos agrícolas (espinacas, lechugas, etc.) absorben químicos, materia fecal, etc., y esos productos se venden en los mercados y son alimento tanto para niños como para adultos. ¿Hay forma de detener toda esa locura? Teóricamente, sí; en la vida real, no. Son demasiadas las contradicciones entre los actores sociales de manera que no hay propuesta que salvaguarde los intereses  ni siquiera de la mayoría. O ¿piensa alguien que los ríos en México tienen una posibilidad real de reconstituirse? Pago por que me contagie su optimismo.

Es relativamente fácil seguir el derrotero mexicano si lo contemplamos a distancia. Detectamos la brutalidad del gobierno cuando de los intereses populares se trata, sólo que esta brutalidad se tiene que compensar con algo y eso se logra volviendo laxas e inefectivas multitud de reglas elementales de convivencia, legislaciones y en general la normatividad que debería imperar. Como se mantiene a la gente en un estado de sumisión, se le permite (dentro de ciertos márgenes) que haga lo que quiera. En marcado contraste con la brutalidad hacia las clases bajas, encontramos la sumisión gubernamental frente a las élites, frente a los “inversionistas”. Por otras razones pero con un efecto parecido (aunque peor, por ser de mayores magnitudes), la ley no se hace respetar por los propietarios, las grandes empresas (piénsese nada más un momento en el daño tanto ecológico como humano que causan los compañías mineras canadienses), nunca se les marcan límites para nada (en playas, por ejemplo). Es, pues, normal que los gobiernos municipales, estatales y federal conciban su acción y su toma de decisiones como no teniendo otro objetivo que mantener el status quo, es decir, la estabilidad social, aunque tenga ésta fundamentos enclenques y corroídos. Pero hay un problema: eso no es gobernar. Eso es sentar las bases para la desintegración paulatina de la nación. Así, los gobiernos por un lado y los diversos grupos sociales por el otro, lo cierto es que todos contribuyen a que resulte imposible resolver de manera sensata los problemas que aquejan a todos. Por lo tanto, sí se puede afirmar que el país no cuenta con los mecanismos apropiados para generar progreso. Todo además es causa y efecto de la formidable corrupción que está matando a México. Aquí todos velan por sus intereses personales de corto plazo y la idea misma de bienestar colectivo o de obligaciones hacia la comunidad es una idea que no pasa nunca por las cabezas de las personas. Por ejemplo, en cualquier predio que se encuentre en, digamos, la Delegación Benito Juárez, el empresario o la compañía que tenga los recursos de inmediato construyen un inmenso edificio, habitacional o para oficinas. Cualquier edificio acarrea un complejo sistema de tuberías, porque en todos los pisos de todos los edificios se va a usar agua, mucha y que además se desperdicia. Por qué el gobierno de la Ciudad de México no impone restricciones y sigue permitiendo que se construyan en serie condominios en, por ejemplo, la Colonia del Valle, en las zonas de mayor aglomeración de la ciudad, es algo que no vamos a poder entender. Es incomprensible que en el gobierno de la ciudad no se sienta la necesidad (no digamos la urgencia) de diseñar planes para detener el crecimiento elefantiásico de la capital, con todo lo que ello entraña, o sea, más consumo de agua, más basura, más inseguridad, etc. En condiciones como las nuestras: ¿es siquiera visualizable la posibilidad de progreso en esas condiciones? Le dejo al amable lector la respuesta.

Yo quisiera poder, como Voltaire, decir No es ya a los hombres a quienes me dirijo, sino a Ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos y elevar entonces un plegaria para que a través de Su intervención se le diera solución a los problemas del mundo. Esa, sin embargo, no es nuestra forma de expresar nuestro desasosiego. Se nos ha enseñado desde siempre que Dios es omnisciente y que, por lo tanto, el ser humano, su invención, es la maravilla del mundo y la cúspide de la creación. Pero viendo lo que los humanos de nuestros tiempos y nuestras latitudes hacen, las bajezas, ruindades y vilezas que día con día cometen, la barbarie en la que viven y obligan a los demás a vivir, si como Voltaire me atreviera a dirigirme a Dios, yo me contentaría con preguntarle de la manera más humilde posible: Señor: tu aparente joya está destruyendo el mundo. ¿Está excluida la posibilidad de que te hubieras equivocado y no sería acaso para volver a intentarlo todo de nuevo que esto que hoy existe se está acabando?

La Perspectiva Nacional

No se necesita ser un experto en historia de México para saber que las reglas del juego político en torno a la sucesión presidencial son drásticamente diferentes ahora de lo que eran hace 30 años. Otrora, las reglas eran claras y el resultado incierto, en tanto que ahora es difícil no tener la impresión de que las reglas fueron sustituidas por coyunturas y los resultados están más o menos a la vista de todos. En aquellos tiempos quién resultara ser el “tapado” era, para la gran mayoría de las personas, una cuestión de adivinanza, pero las reglas eran relativamente claras: el presidente en turno tenía la última palabra y él determinaba no sólo quién sería el sucesor sino los tiempos de la campaña. El presidente era el fiel de la balanza de tan importante proceso. En la actualidad las reglas son otras. Primero, porque ya no hay tal cosa como “El Candidato” y el presidente no tiene injerencia en la elección de los candidatos de otros partidos que no sean el suyo; y, segundo, porque ya ni en el suyo es la decisión del presidente totalmente personal. Ahora tiene que “consensuar” su decisión de un modo como no tenía que hacerlo antaño. Todo eso significa que el sistema presidencialista mexicano se debilitó. La moraleja es simple: ahora estamos ya como en los Estados Unidos: si pudo ser presidente de México un individuo como Vicente Fox, entonces efectivamente cualquiera puede ser presidente de México.

Lo anterior viene a cuento por el hecho de que podemos detectar desde ahora una cierta transición gradual de carácter cognoscitivo respecto de quiénes serán los protagonistas del próximo espectáculo electoral. En primer lugar y concentrándonos exclusivamente en las candidaturas, esto es, en decisiones partidistas y no en cuestiones factuales (alguien se enferma, le pasa algo, etc.), MORENA es el partido de mayor claridad y ya tiene a su candidato que, obviamente, es Andrés Manuel López Obrador. Él es el líder político y moral de ese partido y es incuestionable su primacía. En segundo lugar está el PRI. No podemos afirmar con el mismo grado de certeza quién será el candidato, pero hay multitud de síntomas que dejan entrever con un alto grado de probabilidad que el candidato del presidente es Luis Videgaray. Se han tomado decisiones importantes en las que este último ha participado, se ha tratado de protegerlo (frente al gasolinazo, por ejemplo) y él ha venido jugando un rol cada vez más prominente en la política nacional de manera que, a todas luces, Videgaray lleva la delantera. Es posible equivocarse desde luego, pero el margen de error es más bien reducido. En tercer lugar presenciamos una disputa casi de vecindario entre el presidente del PAN, Ricardo Anaya, y la esposa del ex-presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, esto es, Margarita Zavala de Calderón. Aquí hay demasiados estiras y aflojas de manera que por el momento no se puede determinar cuál de los dos candidatos terminará siendo el abanderado del blanquiazul, pero algo sí es relativamente claro: los ambiciosos improvisados, con unas ganas de llegar a la cima del poder que no saben ni disfrazar, como el gobernador de Puebla, no van a llegar a la fase final. No tienen, al interior de su partido, la fuerza suficiente. Y, por último, está el PRD. Aquí a lo que asistimos es a una vulgar rebatinga de la que no es improbable que el mayor beneficiado sea el gobernador de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera. Después de todo, hay que aprovechar las ventajas que aporta el saqueo de los bolsillos de los conductores a base de multas hasta por rebasar 10 centímetros con el carro la marca peatonal y en ese sentido el Dr. Mancera estaría, si el criterio es financiero, a la vanguardia. En este caso, un problema se resuelve con otro: Mancera es apartidista, pero el PRD no tiene en este momento a nadie realmente representativo. La otra posibilidad es, claro está, que el PRD, después de una pelea de perros interna saque a su propio candidato y Mancera se lance como candidato independiente. Ese es más o menos el panorama visual de la carrera por la presidencia. Lo interesante es que hay también “lo no visual”. Trataré de ser claro.

Yo diría que, dejando de lado desde luego a Andrés Manuel López Obrador, el rasgo común, la característica compartida de los candidatos en perspectiva se llama ‘mediocridad’. ¿Cómo se explica eso? La explicación es simple. Lo que pasa es que en México la política conforma una dimensión de la vida en la que, como sucede con tantas otras, la excelencia profesional y moral de los involucrados es lo único que no cuenta. En el medio político nacional nadie tiene escrúpulos como para rehusar una candidatura aunque sepa en su fuero interno que, por así decirlo, es un(a) incapaz y que no tiene el nivel para ella. Aquí los criterios que permiten seleccionar gente no son criterios de calidad, porque ¿quién los impondría? Yo diría, por ejemplo, que un candidato a la presidencia tendría que tener un record laboral impecable, pero ¿alguien se atrevería a afirmar tal cosa de la labor del Secretario Videgaray al frente de la Secretaría de Hacienda? Sólo de broma. Asimismo, yo supondría que si alguien se propone tratar de llegar a la presidencia de México debería tener una visión política bien estructurada, sutil, ramificada, ser capaz de ofrecer explicaciones sistemáticas de situaciones tanto internas como internacionales, no recurrir al lenguaje de las amas de casa, pero ¿pretendería alguien en serio sostener que Margarita Zavala es alguien que viene cargada con una dosis de ideología y de teoría política que le permitiría enfrentar y manejar con éxito los problemas del país? Si se está parloteando en una cantina sí se podría decir algo así, pero no confundamos el destino de México con las intrigas de una telenovela, por popular que sea! Siendo francos: ¿de dónde sale la Sra. Margarita con aspiraciones presidenciales si no es por la ambición desenfrenada de su marido de volver a residir en Los Pinos? Y por si fuera poco: ¿cuál es la orientación política de dicho ex-presidente? Como todos sabemos, acaba de compartir con el público su última escenita de político retrógrada y de peón al servicio de las más despreciables fuerzas en su fracasado intento de ir a Cuba a entrevistarse con la odiosa disidencia cubana. Con toda razón el gobierno cubano le negó la entrada. Como era de esperarse, el Secretario de Relaciones Exteriores, miembro de otro partido político pero del mismo partido ideológico que Calderón, ni tardo ni perezoso se apresuró a decir que el gobierno de México “lamentaba profundamente la decisión del gobierno de Cuba”. Pero eso aparte de una maniobra diplomática intervencionista es hipócrita y unilateral, porque ¿acaso dejaría entrar México a Raúl Castro para que se fuera a entrevistar con los padres de los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa? No se lo permitieron ni al Papa! O ¿dejarían los hipócritas que ocupan los puestos decisivos en el gobierno mexicano que viniera, por ejemplo, el ex-presidente de Irán, el gran  Mahmud Ahmadinejad, a entrevistarse con la dirigencia zapatista?¿O le negarían la entrada? La respuesta es tan evidente que hasta un débil mental daría con ella, por lo que me la ahorro. Aquí tenemos, dicho sea de paso, otro ejemplo de cómo se han venido rompiendo antiguas reglas del juego político en México: anteriormente, una regla importante y sana era que una vez que dejaba alguien de ser presidente ya no intervenía más en política. Esa regla era útil, porque permitía gobernar y mantener un cierto equilibrio. Aquí los panistas, Fox y Calderón, han ido lo más que han podido en contra de dicha regla. Claro que es muy fácil para el ejecutivo volver a ponerlos en su lugar puesto que, como es obvio, les saben muchas cosas. Por ejemplo, en el caso de Fox, que es un hablantín insoportable, cuando empezó a rebasar ciertos límites se le hizo públicamente el recordatorio de que los hijos de su señora esposa tenían cuentas pendientes y entonces automáticamente se calló (por un rato). El problema para nosotros, los ciudadanos apartidistas, es que la banda de los presidenciables, dejando de lado una vez más a Andrés Manuel López Obrador, son del mismo club ideológico que Calderón, o sea, lacayunos, sometidos, cobardes políticamente (por ejemplo, frente a los Estados Unidos. Las declaraciones de Videgaray en relación con la situación creada por la llegada de D. Trump a la Casa Blanca son casi ridículas). Lo primero que un ciudadano se pregunta es: ¿esos son los que nos van a defender cuando lleguen al poder? No nos hagamos ilusiones: una vez más, estamos condenados.

Y, sin embargo, sí podemos hacernos ilusiones, porque sí podemos visualizar el triunfo del personaje político al que, en este momento y en las circunstancias por las que atraviesa el país, le corresponde históricamente convertirse en el presidente de México, esto es, Andrés Manuel López Obrador. Es incontrovertible (por favor, lector, no digas ‘controversial’, como la mayoría de nuestros encumbrados políticos y alguno que otro “agente cultural”) que políticamente la presidencia le corresponde al hombre a quien ya se la robaron dos veces! Yo no sostendría que el Lic. López Obrador tiene absolutamente todas las virtudes del político perfecto. Aparte de tonto, hacer una afirmación de esa clase es infantil y confieso que no soy proclive a esa especie de exabruptos. Lo que sí sostengo, en cambio, y en esto coincido con lo que siente (aunque no lo sepa expresar en una prosa impecable, pero para eso precisamente estamos nosotros) la gran mayoría del pueblo de México, es que Andrés Manuel López Obrador es notablemente superior como político (y en la mayoría de los casos como persona) a cualquier de sus potenciales contrincantes. No sólo es un hombre de una honestidad a prueba de calumnias y patrañas, un hombre con una sólida y bien armada perspectiva nacionalista, identificado con y por el ciudadano mexicano desde Baja California hasta Yucatán, si no también una persona con genuina experiencia política, un gran organizador y constructor y al que, como sabemos, lo respalda un desempeño administrativo formidable (a pesar de la, como todos lo recordamos, infame guerra que le declaró el entonces presidente de las botas de charol a Andrés Manuel cuando éste era Jefe de Gobierno del Distrito Federal, entidad a la que dicho sea de paso el presidente ranchero dañó criminalmente a través de brutales reducciones presupuestales que no tenían otro objetivo ni otra justificación que empañar la labor del entonces Jefe de Gobierno. La actitud de Fox es curiosa, porque es una extraña y patológica mezcla de odio político y profunda envidia personal). Desafortunadamente, ser un hombre honrado y tener una orientación progresista es precisamente lo que los políticos comunes y mediocres no perdonan. Esto explica algo de lo que está pasando.

Las declaraciones de los políticos del momento dejan en claro una cosa: por encima de las divergencias tanto inter-partidistas como intra-partidistas los une el pavor que les inspira una victoria masiva de López Obrador en las elecciones del año entrante. ¿Por qué? Por lo menos por dos razones. Primero, porque con López Obrador en la presidencia se acabarían multitud de chanchullos, prebendas, atracos a la nación, negocios fraudulentos, crímenes de cuello blanco y así sucesivamente. Pero si eso llegara a pasar entonces la política, tal como ha sido entendida ya desde generaciones por quienes se dedican a ella aquí en México, perdería su sentido, puesto que aquí no es más que una forma de ganarse la vida a través de actividades de una u otra manera relacionadas con el patrimonio nacional. Podemos hablar de sueldos (en la suprema corte saben algo de eso, según creo) o de puestos clave para hacer negocios (concesiones, concursos, licitaciones, etc.). Ejemplos no es lo que nos faltaría, me parece. Los gobernadores priistas son maravillosos y famosos ejemplares de esa concepción de la política, de modo que ni pierdo mi tiempo en dar nombres. Todo mundo los conoce. Y, en segundo lugar, los políticos de carrera le temen a la victoria de Andrés Manuel porque saben que a la cabeza del país con éste se operaría un golpe de timón. Pero todos los ciudadanos debemos estar plenamente conscientes de que a los profesionales de la política no les importa que eso justamente sea lo que el país necesita. Un cambio radical es un obstáculo en sus proyectos privados y eso no se puede permitir. Por consiguiente, van a hacer todo lo que esté a su alcance para impedir el triunfo popular, es decir, el de López Obrador. No importa que, como ese maravilloso lugar que alguna vez fue Xochimilco, México acabe de hundirse. Lo único que les importa es que López Obrador no llegue a la silla presidencial. Es muy importante entender que hay aquí una oposición radical: están por un lado los intereses y objetivos de los políticos profesionales y por el otro los del pueblo de México. Va a estar difícil que una pandilla, por poderosa que sea, gane esta vez.

Es penoso constatar, por otra parte, que además de las calumnias, patrañas, mentiras descaradas y toda clase de denuestos en contra del político hoy por hoy más aclamado en México proferidos por los dirigentes partidistas y gente así, se unan a esa campaña difamatoria catervas de novelistas y panfletistas a la moda (y sería bueno analizar la moda en cuestión). Un ejemplo paradigmático de lo primero lo tenemos en el actual presidente del PRI, E. Ochoa Reza, un sujeto que combina maravillosamente la mala fe y una verborrea infernal con una especie de inocencia psicológica que da como resultado declaraciones ridículas. Por ejemplo, todos sabemos quién es y tenemos una idea de lo que hizo Javier Duarte mientras fue gobernador de Veracruz. Era un gobernador priista. Lo que hizo es no solamente ilegal sino moralmente repugnante. Ahora bien, la brillante estrategia del Sr. Ochoa consiste en ligar a Duarte con el Lic. López Obrador y con MORENA y exige entonces a grito pelado una investigación al respecto! El caso es más o menos como sigue: alguien llega a casa de un criminal, al que deja escapar, pero estando en la mansión del criminal se encuentra con un llavero de otra persona y entonces se olvida del criminal y pretende desviar toda la atención pública y la investigación policiaca sobre el propietario del llavero, asumiendo que hay tal propietario. ¿No es eso francamente ridículo? El Sr. Ochoa es un especialista en bravuconadas y pretende que el Lic. López Obrador se ponga al tú por tú a debatir con un energúmeno. Bien vistas, son chistosas las declaraciones de Ochoa cuando afirma que no puede creer que López Obrador viva con sólo 50,000 pesos mensuales! A esto me refería cuando hablaba de su candidez psicológica: él se está auto-exhibiendo cuando dice eso. Está involucrada en lo que dice lo que se llama una “implicatura conversacional”: el Sr. Ochoa asevera una cosa, pero sin darse cuenta da a entender otra. En pocas palabras: es grotesco. Por otra parte, están los revisionistas de nuestra historia, la gente encargada de desfigurar a muchos mexicanos del pasado que se destacaron por alguna hazaña o alguna realización en favor de México. Es el caso de Francisco Martín Moreno, estrella de televisión y columnista de diversos diarios, además de novelista. Este sujeto es digno de una investigación especial, por lo que no me abocaré a analizar su trayectoria aquí y ahora, pero es imposible no señalar su permanente ataque a Andrés Manuel. Lo que queda claro cuando uno lo lee es que ataques como los suyos son todo menos espontáneos. Son, podría pensarse, como algunos de sus libros: sobre pedido (y quizá hasta escritos por otros). Es con escritores así como se realiza esa simbiosis político-intelectual (ejemplificada en “Ochoa/ Martín Moreno”) y entonces la maquinaria empieza a funcionar. El resultado es el acoso cotidiano y desde todos puntos de vista que se les ocurra a López Obrador. La preocupación de muchos es: ¿lograrán acabar con él?

Es obvio que no. Las injurias y los improperios, las difamaciones y las afirmaciones insidiosas le hacen a López Obrador “lo que el viento a Juárez”, o sea, nada. No es así como se combate al verdadero adversario ideológico, pero es que en el fondo en toda esa jauría desatada en contra de López Obrador no hay un solo rival a la altura de su perseguido. Cualitativamente, están perdidos. Pero hay además un argumento mayor en contra de la coalición de los mediocres, a saber, que ni Zavala, ni Videgaray ni Anaya ni ninguno de los que están preparándose para la competencia por la presidencia encarnan el espíritu de los tiempos, la necesidad de un cambio profundo, los intereses populares, los valores nacionales. Todos bailan al son que les tocan y ellos lo saben. En el espectro mexicano, por lo tanto, no hay más que un político que auténticamente represente a los mexicanos en su conjunto (no a todos, desde luego, puesto que eso es imposible inclusive en la más perfecta de las democracias, pero sí a la gran mayoría), un político con quienes los jerarcas del país deberían ya llegar a un acuerdo definitivo si no quieren ver a México sumergido en un pantano del cual ya no podrá salir. Ese político se llama ‘Andrés Manuel López Obrador’ y es quien representa la perspectiva mexicana.

Lenguaje Político y Sentimientos Nacionales

Una de las funciones que todos los días cumplen (o deberían cumplir) los políticos profesionales es hacer declaraciones. Dependiendo de las épocas y de los personajes, las relaciones comunicativas entre individuos que ocupan puestos políticos importantes (presidentes, primeros ministros, líderes supremos) y la gente son de lo más variado y van desde el mutismo casi total hasta una relación cotidiana de explicación al pueblo sobre las decisiones que se toman. Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, cuando era Jefe de Gobierno del Distrito Federal tenía todos los días una entrevista de prensa a las 8 de la mañana, una sana pero pesada costumbre que, evidentemente, ningún otro político mexicano se ha auto-impuesto. El Comandante Chávez, por ejemplo, tenía un programa de radio todos los días de varias horas que se llamaba ‘Aló, Presidente?’ (retomado ahora por el presidente Nicolás Maduro) durante el cual él le explicaba a los radioescuchas (la ciudadanía en su conjunto) los problemas que aquejaban a su país y las soluciones que su gobierno iba implementando. Chávez le esbozaba a los venezolanos un cuadro de la situación general que prevalecía tanto al interior como al exterior de Venezuela, así como entraba en detalles sobre temas particulares (cambios en su gabinete, problemas con tal o cual empresa, etc.) de modo que la población estaba más o menos enterada de lo que realmente sucedía en el país y fuera de él. Es evidente que para poder hacer eso hay que tener algo que decir y eso por lo que se ve no se le da a todos. Otro ejemplo de político de altos vuelos que mantenía una comunicación permanente con su pueblo era Fidel. Éste, como todos sabemos, no se limitaba al radio: él aparecía por igual en televisión y, más importante aún, se presentaba personalmente en las fábricas, en los centros agrícolas, en las escuelas, etc., y permanentemente dialogaba con cubanos y cubanas de todas las edades. Para poder hacer eso hay que tener mucha confianza en sí mismo y estar seguro de que lo respalda a uno el bien social que ha logrado generar. Eso no lo hace cualquiera. Es inimaginable, por ejemplo, ver a Mauricio Macri conducirse de un modo parecido. Vale la pena notar, por otra parte, que las actitudes comunicativas genuinas no se limitan a los gobiernos (llamémosles así) “progresistas”. Tienen que ver más bien con una concepción de cómo debería ser la relación entre gobernantes y gobernados, independientemente de la ideología que se adopte. En los Estados Unidos, por ejemplo, la comunicación entre presidente y ciudadanos se daba básicamente por televisión y a través de entrevistas de prensa. Con D. Trump, sin embargo, eso cambió notoriamente, porque éste optó por hablarle directamente a su gente, por comunicarse con su pueblo de un modo como una política momificada como H. Clinton era totalmente incapaz de hacer suyo. Y ¿qué características tiene esa forma de comunicación? La respuesta está a la vista de todo mundo: Trump afirma a derecha e izquierda que el objetivo último de su política es el bienestar del pueblo norteamericano, informa a la población sobre muchos temas que los políticos profesionales de siempre mantienen en la oscuridad, como si fueran privados, habla en un lenguaje coloquial comprensible por todas las personas, dejando de lado el lenguaje acartonado y semi-vacuo de los políticos comunes; toma en serio a la gente  y se dirige a su público casi como si estuviera dialogando con él, lo cual es una evidente marca de respeto. Y hace además algo que le da mucho gusto a la gente: denuesta a la omniabarcadora prensa establecida, a las grandes cadenas de televisión y rechaza hablar con ellos, los denuncia y los acusa públicamente de mentir y de engañar a la gente en forma sistemática y cínica, lo cual es totalmente cierto. Aunque sin duda recurre a otros medios, lo que quiere decir lo transmite básicamente de manera presencial. Es importante que la gente se percate de que esa clase de interacción que se da entre Trump y el pueblo norteamericano es uno de los factores que lo hizo popular y lo llevó al poder. Desafortunadamente, hay que reconocerlo, es una forma de interactuar entre gobernantes y gobernados casi por completo desconocida en el México contemporáneo.

Dije unas cuantas palabras sobre una forma particular de comunicación entre políticos y pueblo, pero ¿podríamos decir algo sobre sus contenidos? En la forma de comunicarse con la gente a la que me refiero se tiende a dar datos precisos, se alude a problemas concretos y no se mantiene uno en el plano del discurso impersonal, como si se estuviera dando una clase, proporcionando datos que al 99 % de las personas no les dicen absolutamente nada. El político con el perfil delineado tiene en general, hay que decirlo, un lenguaje nacionalista y no se cansa de exaltar los valores de su país y de su cultura. Como es obvio, y dejando de lado una vez más a México, siempre encontraremos elementos de esta clase de discurso en cualquier político que se respete, en cualquier político serio. Hablaban o hablan así (y en ocasiones hasta fanáticamente) personas tan diferentes entre sí como Margaret Thatcher, Marie Le Pen o Vladimir Putin. Por otra parte, también es fácil reconocer a los políticos del estilo lingüístico opuesto. H. Clinton, M. Macri y los presidentes mexicanos de Miguel de la Madrid en adelante son buenos representantes de él. Nosotros, en México, ya estamos adaptados a esa otra forma de hacer declaraciones políticas, pero es justamente aquí que quisiera apuntar a un problema, un problema que es en parte social y en parte político: ahora podemos constatar que la clase de discurso que se impuso en México tiene efectos sociales negativos en tiempos más o menos apacibles y en épocas de conflictos más serios la ausencia del estilo vivaz de relacionarse con la población desde el poder tiene efectos pura y llanamente devastadores. Si en situaciones de peligro, de amenaza externa, de desasosiego, la comunicación entre la población y los miembros de la cúpula política sigue siendo la estándar, la aburrida, la de siempre, la gente se deprime y, como pasa ahora, se siente no sólo decepcionada sino, una vez más, defraudada y desprotegida. ¿Cómo se podría etiquetar el discurso político que hemos muy a grandes rasgos caracterizado? La respuesta es más que obvia: hablamos de lenguaje o de discurso (permítaseme emplear la palabra prohibida) populista. Dada la compleja situación actual, lo menos que podemos decir es: cómo nos hace falta!

Yo no sabría decir aquí y ahora si Trump es un presidente “populista”, en parte porque el concepto mismo de populismo ha sido tan manoseado que realmente casi no permite hacer ninguna descripción precisa de nada. Ahora bien, independientemente de cómo evaluemos su desempeño, lo cierto es que el actual presidente de los Estados Unidos se ganó la simpatía y el apoyo de millones de norteamericanos con su promesa, que como político populista parecería que tiene todas las intenciones de cumplir, de erigir un muro a lo largo de la frontera con nuestro país. Se trata de una decisión con importantes implicaciones para ambas partes a corto, mediano y largo plazo y desde muy diversos puntos de vista (comercial, político, de seguridad, cultural, etc.). Aquí mucha gente a título personal ha manifestado su repudio, su rechazo, su crítica de la política delineada en Washington, pero lo que no deja de asombrarnos es que siendo este un conflicto (porque lo es) entre dos gobiernos, los diversos personajes políticos de alto nivel que se han expresado al respecto lo han hecho en el lenguaje declaradamente no-populista y hasta anti-populista típico de los últimos 40 años. A estos políticos de lenguaje pulcro y rígido no parece importarles que hasta el más simple de los mexicanos hubiera esperado de ellos, y sobre todo del presidente y de sus allegados, un mínimo de alocuciones en defensa abierta de la soberanía nacional, una exposición seria por parte del presidente de cuál es la situación, de que amenazas se ciernen sobre México, de cómo puede México reaccionar para defenderse, de qué significa la unidad nacional, etc., frente a lo que a primera vista es una agresión. Pero ¿cuál ha sido más bien la retórica de los políticos nacionales? Hagamos un poquito de memoria.

Que el populismo en México, signifique éste lo que signifique, fue convertido en una postura política de antemano condenable e imperdonable lo muestra el hecho de que ser tachado de populista es para los políticos mexicanos la vergüenza mayúscula, la etiqueta que a toda costa hay que evitar. Esto explica quizá la bochornosa escena en la que Peña Nieto advierte sobre los peligros del populismo y el mismo Barack Obama le responde en esa reunión que hay que tener cuidado porque muy probablemente él (o sea, Obama) sea un presidente populista! O sea, ni en los Estadios Unidos es el populismo tan  temido y detestado como en México. Cuando se suscitó el problema de la cancelación del viaje del presidente Peña Nieto a los Estados Unidos para entrevistarse con el entonces recién nombrado presidente Trump, quienes primero hicieron declaraciones públicas fueron el Secretario José Antonio Meade y el actual Secretario de Relaciones Exteriores, el político consentido del sistema, Luis Videgaray. Y ¿cuál fue el tenor de sus dichos? Frente a un discurso de Trump que para nosotros era prepotente, chauvinista e impositivo pero para ellos era “populista”, la respuesta (si es que eso es una respuesta) vino en términos desde luego no populistas, sino más bien en términos de “intentos de negociación”, de recomendaciones de no abandonar nunca los “canales de la diplomacia” y, perdóneseme la expresión, burradas de esas magnitudes. A lo más que Videgaray ha llegado, movido sin duda por el hecho de que ya es imposible no percibir que se presenta casi oficialmente como el sucesor de Peña Nieto (y desde luego pontifica como si lo fuera) ha sido decir que de “ninguna manera México pagará por el muro”. Definitivamente: qué anti-populista!, pero también qué pobreza de expresión, qué débil vinculación con los ciudadanos! Da lo mismo decir eso que no decir nada. Aparte de timorata, hay que señalar de paso que se trata de una posición fácilmente desmontable. El gobierno norteamericano tiene muchos mecanismos para arrebatarle a México el dinero que cueste la construcción del famoso muro. Pero como Videgaray se limita a unas cuantas palabras, lo que se revela es su actitud de fondo, una actitud de “no hay nada que hacer. Ya lo decidieron por nosotros!”. Así precisamente es como se expresan los no populistas. Ahora bien, el punto culminante de la ignominia y la desvergüenza sin duda se produjo cuando el Secretario Meade expresó su opinión acerca de cómo tenía que reaccionar México. Como fenómeno más bien raro, fue tan indignante su respuesta y tan repulsiva su actitud (desde luego, no populistas) que inclusive periodistas de Televisa encontraron que lo que decía era inaceptable! El mismo Carlos Loret de Mola no aguantó y se atrevió a increparlo en vivo, reclamándole (con justa razón, pienso yo) por la tibieza (por no decir, ‘por la cobardía’) de su posición. Ante lo que obviamente era una afrenta al presidente de México, el Sr. Secretario Meade aconsejaba guardar la compostura, no olvidar la diplomacia y sandeces por el estilo. Aquí lo que me interesa enfatizar es que estamos precisamente en presencia de un típico discurso político no populista. ¿Qué quiere decir eso en nuestras circunstancias? Un discurso político miedoso, entreguista, sometido y a final de cuentas anti-mexicano, un discurso en el que no se alude a la nación en su conjunto, a la necesidad de integrarse en un nuevo pacto social, a la urgencia por encontrar mecanismos de defensa que tenga el aval y el apoyo del pueblo de México. Por ello, desde mi muy humilde punto de vista, esas declaraciones de Meade bastan para descalificarlo definitivamente de toda competencia por la candidatura del PRI a la presidencia de la República. Definitivamente, no puede ser candidato a la presidencia (si alguna vez tuvo esa ambición) y mucho menos presidente un sujeto que ante una situación de amenaza externa, una situación que dista mucho de ser una broma, se revela como un ser incapaz de expresar puntos de vista patrióticos, de diseñar políticas realistas pero nacionalistas, de defender el orgullo nacional (¿por qué los norteamericanos sí tendrían derecho a ello y nosotros no?) y aprovecha la ocasión para auto-presentarse más bien como alguien sensato que quiere congraciarse con quien nos ofende, como alguien sin voluntad de defensa de los intereses nacionales y doblando públicamente la cerviz de la manera más desvergonzada posible. El problema es que básicamente esa ha sido la dieta retórica con la que nos han alimentado, una dieta de carácter obviamente no populista.

¿Esperábamos algo grandioso por parte de las autoridades mexicanas? En relación con estos (y con muchos) temas, los mexicanos siempre han sido modestos. Esperábamos solamente una reacción digna, no una reacción cobarde y tonta. A nadie se le ocurre pensar en conflictos con los Estados Unidos de una naturaleza que no sea económica, comercial o política, pero es que ellos tampoco piensan en eso. El infame rumor de que Trump había amenazado con enviar tropas a México es, como todo mundo sabe ahora, una patraña más de la prensa mundial para intensificar las tensiones entre México y los Estados Unidos. El problema es de relaciones complicadas, no de odios insuperables, pero lo que a mí me interesaba destacar es cómo el lenguaje político “mesurado”, “pro-positivo”, “constructivo”, etc.,  de los políticos mexicanos hace nacer en la población un sentimiento de frustración y de traición. Cómo sería útil ahora un discurso más comprometido con los requerimientos y las expectativas nacionales, es decir, un discurso populista!

¿Por qué esa clase de discurso está vedada en México? Curiosamente, la expulsaron del país grupos que ahora más nunca la necesitarían. Ahora que la retórica y la vida política en los Estados Unidos cambió, porque de hecho cambió y lo hizo de un modo y en una dirección inesperados, quienes se solazaron criticando toda clase de visión nacionalista, de conexiones con nuestro pasado, minimizando políticas represoras y conflictos de clase, todos ellos carecen ahora de un discurso político vigorizante, útil; ahora vemos que son ellos los incapaces de generar un discurso que contenga otra cosa que tres datos baratos de economía y que les permita hacer algo más que prognosis que rayan en lo ridículo (hay, en este  sentido, un par de comentaristas de televisión que son verdaderamente de antología!). Pero el problema sigue y ahora tenemos no sólo el derecho sino la necesidad de preguntar: ¿cómo se unifica y encauza a la población?¿Con datos sobre las tasas de interés?¿Cómo puede un gobierno anti- populista tomar decisiones auténticamente nacionalistas, que es lo que ahora se necesita?¿Qué apoyo tiene un gobierno cuando ante una situación como la que enfrentamos se reúnen en torno al Ángel de la Independencia unos cuantos miles de personas? Ahí quedó exhibida la fractura entre el Estado mexicano y el pueblo de México. Esa es precisamente la clase de manifestaciones públicas a las que da lugar el discurso político usual. Eso se tiene que recomponer, aunque sea por estrictas razones de supervivencia, pero para ello es indispensable galvanizar a la población con un lenguaje político renovado, hacer valer mitos políticos nacionalistas (como los tienen todos los pueblos), desechar el aletargador discurso en torno a la “democracia” y cosas por el estilo. Se necesitan nuevos ideólogos, gente con mente fresca y consciente de que está en juego el futuro del país y de que los políticos de hoy no parecen ser capaces de defenderlo en su integridad y en sus derechos. Pero claro: un nuevo lenguaje político implicaría un drástico viraje en las políticas públicas y es eso lo que todavía y a toda costa se quiere evitar. Por eso el discurso político mexicano sigue siendo frío, aemocional, telegráfico, inútil. Por ello, aunque es obvio que tienes asegurado tu futuro y que tarde o temprano estarás de nuevo en circulación, lo menos que podemos decir por ahora, antes de que las cosas se pongan más difíciles todavía, es: Ay! Populismo, cómo te extrañamos!

 

Viaje a Disneylandia

No es nada inusual en nuestro medio que importantes decisiones políticas se tomen en función no de los requerimientos y necesidades reales de la población y del país en general, sino en función de proyectos y caprichos personales vinculados a ambiciones políticas a menudo hasta difíciles de ocultar. Dicho de manera coloquial, con tal de obtener lo que consideran útil para la promoción de sus objetivos personales, los políticos están dispuestos a actuar en forma egoísta sin percatarse de que muy pronto sus acciones pueden resultar negativas y hasta contraproducentes, quizá no para sus propias causas pero sin duda sí para la población en su conjunto. Por ejemplo, me parece que ese es precisamente el caso que quedó muy bien ejemplificado en la incesante presión que el actual Gobernador de la Ciudad de México ejerció sobre los miembros de la comisión encargada de redactar la nueva constitución de la capital del país. Todo mundo pudo apreciar que el Sr. Mancera estaba obsesionado con la idea de que dicho documento tenía que quedar “listo” para el 5 de febrero, esto es, tenía a fuerzas que coincidir con el centésimo aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917. Esta insistencia tenía obviamente que ver con su proyecto presidencial, pues como él mismo lo confesó públicamente hace algunos meses, “claro que quiero ser presidente de México”. Es, pues, evidente que si alguien está interesado en interpretar debidamente su desempeño político, lo que tiene que hacer es determinar cómo se vincula el discurso que pronuncie (frente a quien lo hace, por ejemplo), su participación en tal o cual evento (de quién está acompañado o a quién acompaña), las medidas que tome (si son efectivas para recaudar fondos, por ejemplo) y así sucesivamente con el proyecto presidencial, que es la columna vertebral de su conducta política. El Sr. Mancera, por alguna razón que se me escapa, veía la promulgación de la nueva constitución como absolutamente crucial para seguir adelante con su plan. Yo pienso que todo ese proyecto está destinado al fracaso y no sólo porque hay otros candidatos, porque él es un ilustre desconocido en provincia y cosas por el estilo, sino sobre todo porque los habitantes de la Ciudad de México no le vamos a perdonar el daño que nos hizo con su letal (y probablemente de efectos irreversibles) reglamento de tránsito. Desde luego que al actual gobernador de la Ciudad de México lo deja completamente indiferente lo que los ciudadanos sientan y opinen sobre él hasta que llega el momento de las elecciones, naturalmente. El Sr. Mancera es, a no dudarlo, un hombre hábil. Para poderse manejar en forma autónoma, uno de sus primeros movimientos fue distanciarse muy oportunamente de su antiguo jefe, Marcelo Ebrard y, por consiguiente, del candidato natural a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador. Y ¿cómo no mencionar lo que podríamos llamar su ‘programa de asalto lícito al ciudadano’, encarnado en un reglamento de tránsito cuyos efectos devastadores no terminamos de ver? Todos somos testigos de cómo los conductores se sienten literalmente desvalijados por las multas legales pero ilegítimas que se nos imponen por tratar de agilizar el tráfico cuando ello es viable o cuando hay que pagar por haber circulado a 60 kms por hora en Insurgentes cuando ello era perfectamente factible. Todo eso es una práctica de la que Mancera y su grupo abiertamente se jactan. Hace no mucho leía en el periódico que comunicaban orgullosamente que llevaban acumulados más de 260 millones de pesos de fotomultas! Yo ya me he pronunciado sobre el tema en numerosas ocasiones, pero aprovecho la ocasión para expresar una vez más mi repudio de esas vulgares tácticas recaudatorias. La verdad es que con su administración de pronto todo se volvió una cuestión de multas, pagos, impuestos, resellos, verificaciones, actualizaciones de la ley, etc., etc. Yo estoy seguro de que la ciudadanía no se olvidará cuando de todas esas afrentas y en su momento lo harán sentir, pero también creo que ya es hora de que alguien (algún presidente, Trump, Dios) empiece a mandarle la cuenta por las nefastas consecuencias de sus mal pensadas decisiones. Los resultados están a la vista: peligrosos índices de contaminación, un cada vez más insoportable tráfico, incontables daños a autos ocasionados por esos infames “reductores de velocidad vial” (todo un negocio, como lo pone de manifiesto su carácter esencialmente superfluo o gratuito), por hoyos nunca tapados, por topes que proliferan por todos lados, la contaminación visual de miles de señalamientos completamente innecesarios (uno tras otro tras otro tras otro, sin ton ni son), la inseguridad en aumento galopante (se disparó, por ejemplo, el robo de motocicletas) y así indefinidamente. Habría que incluir todo lo que son “regularizaciones” en relación con prediales, agua, etc., el cambio de nombre de la ciudad y de la papelería con todo lo que ello entrañó (gastos fantásticos!). Es claro que toda esa “política” ha representado entradas masivas de dinero. Nosotros, naturalmente, no somos ni contadores ni trabajamos en la Secretaria de la Función Pública ni nos interesa estar rastreando fondos, pero lo que nos llama la atención es el contraste entre el flujo pecuniario y la inversión pública. Es cierto que se pusieron jardincitos verticales en las columnas del Periférico, pero ahora que la basura se está comiendo a la ciudad: ¿se empezó acaso a construir una gran procesadora de basura que viniera a remplazar a los pestilentes basureros al aire libre? Yo no recuerdo haber transitado en otros tiempos por calles y avenidas en el estado tan lamentable en el que está ahora la carpeta asfáltica de la ciudad. Y así como el Sr. Mancera aprovecha cualquier evento, cualquier situación (el gasolinazo, por ejemplo) para darle retoques a su imagen pública (él “se deslinda”, pero ¿y eso de qué sirve?): ¿no debería también aceptar abiertamente su responsabilidad (y su fracaso) en relación con el obvio deterioro de la ciudad y el desquiciamiento de la vida en ella? Pero eso es obviamente pedir demasiado, porque el plan de lucha por la presidencia está más vigente que nunca.

El panorama que presenciamos es en verdad espeluznante, pero no hemos mencionado todavía la cereza de este pastel podrido que es la política del actual gobernador de la Ciudad de México. ¿Cuál podrá ser esta? La respuesta es evidente de suyo: la constitución de la Ciudad de México, un texto elaborado a marchas forzadas para que el señor gobernador pudiera tener su juguete justo a tiempo, esto es, en el centésimo aniversario de la Constitución de 1917 y pudiera pasar con éxito a la siguiente etapa de su plan general de trabajo. Que el texto constitucional tenía que terminar siendo lo que ahora tenemos me parece que es el resultado natural de un capricho más del señor gobernador, un logro más en lo que a todas luces pretende ser su carrera hacia la Presidencia de la República. Independientemente ya de cuándo entre en vigor, la Constitución ya está redactada. El que ésta se haya cocinado al vapor no es algo que parezca importarle mayormente al Sr. Mancera, puesto que lo que a él le interesaba era básicamente disponer de dicho documento para dejar en claro en la arena política su eficiencia administrativa, su control de la cámara de representantes y cosas por el estilo. Yo en lo personal creo que logró sus objetivos, sólo que el precio es tremendamente alto. ¿Por qué? Porque el texto que se le entregó a la ciudadanía es como un cuento de hadas, un conjunto de pronunciamientos sin mayor relación con la realidad. Debe quedar claro que a nosotros el destino político del Sr. Mancera no es algo que nos interese, pero sí es de nuestra incumbencia el hecho de que por la premura en tener listo el texto constitucional de la ciudad de México (confieso que yo añoro hablar del Distrito Federal) lo que se logró fue confirmar que México es un país en donde por un lado están las leyes, los reglamentos, las edictos, los protocolos, los mandatos, etc., y por otro la vida canalizada por los requerimientos prácticos cotidianos y no por cuentos de hadas jurídicos. El resultado en el caso de la flamante constitución es que tenemos un texto desbordante de palabras pomposas, promesas, pronunciamientos, declaraciones y demás, todos ellos maravillosos, pero que no son otra cosa que palabras huecas. Veamos rápidamente por qué hacemos aseveraciones tan osadas.

La verdad es que a mí me encantaría poder pedirle al Sr. Mancera, siendo él además abogado, que me explicara qué entiende él por ‘derechos humanos’ y, dado el uso de la expresión en su constitución, le estaría muy agradecido (y no sólo yo) si pudiera, por ejemplo, darnos una lista, por mínima que fuera, de “nuestros derechos humanos”, una noción que permea el texto de arriba a abajo. Por ejemplo ¿es un derecho humano mío el respirar, el comerme unos tacos en la calle, el cruzar la avenida corriendo, el usar paraguas si llueve, oír música en mi auto? Yo sé que tengo los derechos que explícitamente emanan de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos y de los códigos que se deriven de ella, pero si ahora además se me dice que tengo “derechos humanos” lo menos que puedo hacer es preguntar cuáles son éstos! Yo en verdad quisiera saberlo, asumiendo (quizá erróneamente) que son los mismos que los de cualquier otro ciudadano. Para no extendernos, a mi modo de ver lo que hay que decir es simple: no hay tal cosa como “derechos humanos”. Me parece ya oír a más de un abogado o de algún honorable miembro de alguna organización no gubernamental elevar la voz y responder indignado: “pero es evidente que todos los seres humanos tenemos derechos humanos!”. Eso es una hermosa tautología, aparte de que la repuesta no podría reducirse a un “es obvio”. Aquí no hay nada obvio y lo que sí hay es una confusión conceptual. Esto no es muy difícil de entender. Los derechos que los ciudadanos tienen son, como dije, los derechos que están recogidos en la Constitución de México y en los diferentes códigos que se han ido elaborando y que cubren distintas facetas de la vida social. Pero debería quedar claro que no hay otra fuente de derechos que la Constitución. Si eso es así, entonces ‘derechos humanos’ significa lo mismo que ‘derechos positivos’ o ‘garantías individuales’ y si a su vez ese fuera el caso: ¿para qué querríamos una nueva expresión? Es obvio que ello no puede ser así. La expresión ‘derechos humanos’ es muy útil, pero tiene que ser empleada en conexión con por lo menos otra. Lo que los destacados leguleyos, intelectuales y demás que tomaron parte en la redacción de la nueva constitución parecen ignorar es el simple hecho de que el concepto fundamental no es “derechos humanos” a secas, sino “violación de derechos humanos”, queriendo eso decir ‘violación de los derechos positivos, de las garantías individuales de una persona por parte de las autoridades”. Eso sí que tiene sentido. Pero decir, como se dice en 4.A.1 del texto constitucional que “En la Ciudad de México las personas gozan de los derechos humanos y garantías reconocidos en la Constitución ….” es decir una reverenda tontería. Es como decir “En la Ciudad de México las personas gozan de las garantías y de las garantías reconocidas en la Constitución …”. En otras palabras, el texto está ajustado a la retórica política en circulación independientemente de si equivale a un engaño y, obviamente, a un auto-engaño. Ahora, no todo está mal: lo que se afirma en, por ejemplo, 4.A.5 (“Las autoridades deberán prevenir, investigar, sancionar y reparar las violaciones a los derechos humanos.”) es perfectamente correcto. Pero 4.B vuelve a ser un conjunto de sinsentidos. El texto es una mezcolanza de afirmaciones sensatas y afirmaciones asignificativas.

El artículo 2 es alarmante. Independientemente de lo que se diga en otra parte del texto (y si no concuerdan es porque el documento es pura y llanamente incoherente), el punto 2 indica explícitamente que se tiene proyectado no planear la expansión poblacional de la ciudad. Cito: “La Ciudad de México se enriquece con el tránsito, destino y retorno de la migración nacional e internacional”(¡). A menos de que tenga un significado oculto, lo que se está diciendo es que aquí puede venir a instalarse quien quiera y cuando tenga ganas de hacerlo. No se prevén restricciones, ordenamientos, re-organización, nada. La bandera es: “libertad absoluta”, aunque sea en detrimento de los habitantes y de la vida en la ciudad. O sea, en una ciudad que ya no se da abasto con el agua (que se desperdicia a chorros todos los días, porque la mitad de la tubería es obsoleta y no se le ha dado el mantenimiento apropiado), cuyo aire está literalmente matando a miles de personas (aunque rehúsen dárnoslos y traten de mantener ocultos los datos concretos de habitantes de la ciudad con graves problemas respiratorios, cutáneos, oculares y demás), los legisladores se dan de todos modos el lujo de dictaminar que quien quiera puede venir a instalarse aquí. O sea, hasta que la Ciudad de México no se funda con Cuernavaca, Pachuca, Puebla o Toluca no se prevé que se impongan restricciones para vivir en la capital del país. Eso es, según ellos, cuidar su futuro!

El carácter fantasioso de la nueva Carta Magna se deja sentir desde el inicio. Por ejemplo, en I.6 se nos dice que “Para la construcción del futuro la Ciudad impulsa la sociedad del conocimiento, la educación integral e inclusiva, la investigación científica, la innovación tecnológica y la difusión del saber.”. Eso es demagogia en gran escala. ¿De cuándo a acá la investigación científica (digamos, sobre la formación de galaxias o de la reproducción de tarántulas) ha dependido de las autoridades de la Ciudad de México? La idea de una “sociedad del conocimiento” es simplemente irreal. ¿A qué sociedad se refieren quienes redactaron este documento? Dejando de lado a la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, cuyos orígenes se remontan desde luego a Andrés Manuel López Obrador quien cuando la creó le había imprimido una orientación perfectamente clara y justificada, hablar de la “sociedad del conocimiento” en abstracto es simplemente generar expectativas, jugar con palabras, expresar deseos fantasiosos y dar los lineamientos de una ciudad de un mundo al que la Ciudad de México, para bien o para mal, sencillamente no pertenece. Aquí, en mi opinión, lo que necesitamos, y con urgencia, es la sociedad de la gente sin hambre, la sociedad de los niños de la calle, la sociedad de las personas asaltadas y violadas y así sucesivamente. Pero ¿necesita la Ciudad de México, dejando de lado desde luego sus grandes centros académicos, como la UNAM y el CINVESTAV (no son los únicos, desde luego), que se impulse desde el gobierno de la capital algo así como una “sociedad del conocimiento”, una expresión que además ni siquiera es definida, de manera que ni siquiera sabemos de qué se está hablando?¿Es eso serio? Mi diagnóstico es que tenía que ser así por la precipitación con que fue redactada. Y ¿por qué tal precipitación? La respuesta es automática: por los tiempos políticos del Sr. Mancera.

Se supone que el texto de la Constitución de la Ciudad de México debería constituir el marco normativo supremo de la vida en la ciudad y, por lo tanto, debería contener únicamente prescripciones, reglas, normas, recomendaciones. Curiosamente, sin embargo, contiene también enunciados que no tienen ningún carácter normativo, como 1.7, en donde se afirma que “La sustentabilidad de la Ciudad exige eficiencia en el uso del territorio, así como en la gestión de bienes públicos, infraestructura, servicios y equipamiento”. Suena bien, pero ¿es aquí que se va a cumplir todo eso?¿Y se va a cumplir simplemente porque está la idea recogida en un texto?¿Por decreto? Eso es ridículo. No hay ni siquiera atisbos de cómo se podrían generar u obtener los bellos resultados visualizados por quienes pasaron un buen rato elaborando el texto. Se nos debería decir algo, aunque fuera muy a grandes rasgos, sobre cómo se podría pasar de la vida en el desperdicio (pienso, por ejemplo, en las toneladas de productos del campo que diariamente se desperdician en la Central de Abastos) a una vida en la que privara la eficiencia en la administración de los recursos. Pero naturalmente sobre los temas difíciles, esto es, los que exigen tomas de decisiones valientes, no se nos dice una sola palabra.

Hay secciones que, por agramaticales, son simplemente vergonzosas. Considérese el Articulo 3.2.en donde se lee: “La función social de la Ciudad, a fin de garantizar el bienestar de sus habitantes, en armonía con la naturaleza”. Así como está es un sinsentido, pero no sería justo afirmar que el texto es asignificativo dado que hay una frase introductoria previamente enunciada y que dice: “La Ciudad de México asume como principios:” y a continuación viene, entre otras cosas, lo que cité más arriba. El problema es que esa aclaración no sirve de gran cosa, porque: ¿qué diablos significa eso de “la función social de la ciudad”? ¿Qué es eso? Un lector cándido no tiene ni idea. Hay, por otra parte, sentencias que no sólo son falsas o por lo menos altamente cuestionables, sino que son grotescas. Considérese por ejemplo la siguiente: “La vida digna contiene implícitamente el derecho a una muerte digna”. Aparte de ser de un sentimentalismo barato y fuera de lugar, eso es claramente falso y, peor aún, torpe. Es perfectamente imaginable que alguien haya vivido “dignamente” (sin saber realmente qué es lo que se está afirmando) y que hacia el final de su vida se hubiera convertido en un gran criminal. Alguien así: ¿tiene derecho a una “muerte digna”? Supongamos que sí, pero si tiene derecho a una muerte digna haga lo que haga, entonces ¿para qué hablar de vida con dignidad, si independientemente de cómo sea ésta de todos modos se tiene derecho a una muerte digna? El texto es, pues, ridículo, pero ¿por qué esa formulación? Porque, como todo en el texto, es una fórmula demagógica y falaz (ya que por medio de ella se apela descaradamente a los sentimientos de la gente para que se le dé el visto bueno), porque ¿quién querría cuestionar la idea de una vida en la dignidad? Nadie. Esa expresión no sirve más que para confundir.

Si he de ser franco, leer el texto de la nueva constitución se vuelve muy pronto una experiencia harto desagradable, porque resulta imposible no ver en ella un texto politiquero de la peor calaña: parecería que de lo que se trataba era de quedar bien con todo mundo y con todos los sectores poblacionales, identificados desde todos los puntos de vista posibles: se queda bien lo mismo con autoridades que con empleados, con niños que con comunidades lésbico-homosexuales, con policías que con pueblos originarios, con estudiantes que con el sector magisterial, y así indefinidamente. O sea, esta constitución no pretende dirigir la vida de la ciudad en ninguna dirección concreta y precisa. Para ser la primera, eso es un gran fracaso. Nosotros podríamos seguir analizando el texto e ir sacando a la luz sus incontables fallas, pero obviamente no es esa nuestra función. A mí lo que de entrada me llamó la atención y me chocó fue la ansiedad del Jefe de Gobierno de verla ya terminada, sin que importara mucho cómo iba a quedar redactada. Lo que importaba era la constitución como arma política, no como un marco regulatorio que permitiera aspirar a realidades benéficas pero asequibles. Lo que se elaboró fue una especie de cuento de hadas con muy poco valor práctico. Eso sí: se habla de la ciudad de los derechos humanos, de la ciudad democrática, de la ciudad educadora, etc., etc. Eso no es lo que se esperaba. Lo único que se hizo fue traspasar, en un champurrado inservible, trozos de constituciones de otros países copiadas y amalgamadas aquí para hacer de la constitución de la Ciudad de México “la más avanzada”, “la más progresista”, etc., del mundo, y de paso la más inútil. Una vez más, venció el engaño político, la ambición personal o de grupo y, una vez más, perdieron la ciudadanía y las generaciones que vienen. El recorrido del texto es como un viaje virtual a un lugar de recreo, digamos, Disneylandia, y en ese sentido es medio entretenido. Pero tiene un problema y es que cuando despertamos de toda esa excursión al país del wishful thinking, encarnado en artículos dignos de una legislación de novela fantástica, nos volvemos a topar con la realidad y volvemos a constatar que en México la vida habrá de seguir por el doble cauce de las inservibles fantasías políticas, por un lado, y de las amargas verdades cotidianas, por el otro.

Decisiones Últimas

Desde hace ya algún tiempo se ha venido haciendo del dominio público una gran multitud de documentos y de información en torno a lo que sería la verdadera personalidad de la expareja presidencial norteamericana, esto es, Barack y Michelle Obama. De él hacía tiempo que corrían rumores un tanto desconcertantes referentes a su pasado, a sus hábitos de juventud, a su conducta como adulto y desde luego como político, pero era natural pensar que todas esas historietas no eran otra cosa que chismes e infundios puestos en circulación por sus enemigos políticos. Se decía, por ejemplo, que había serios problemas con sus documentos personales (acta de nacimiento, pasaporte), los cuales nunca habían sido sacados a la luz pública. El mismo Donald Trump, durante su campaña, no tuvo empacho en públicamente acusar a Obama de ser el presidente menos transparente en cuanto a su vida personal en la historia de los Estados Unidos. Poco a poco, sin embargo, todos esos rumores se han venido reforzando y ahora circula una gran cantidad de datos sorprendentes sobre el pasado y la vida personal de Obama que ya no se puede tranquilamente ignorar o simplemente desdeñar. Por ejemplo, el pasaporte original de Obama deja perfectamente en claro que él no nació en los Estados Unidos. Al parecer su madre, de nombre ‘Ann Dunham’, siendo una teenager izquierdosa, se habría ido a radicar a Hawai, en donde supuestamente habría conocido a quien Obama dice que es su padre. El problema es que está prácticamente demostrado (y eso se constata además cuando se confrontan las fotografías de los interfectos) que el verdadero padre de Obama fue más bien un amigo de su mamá, a saber, un activista político de nombre ‘Frank Marshall Davies’. Es con éste y no con Barack Obama Senior que ella habría tenido a Obama siendo soltera. O sea, el padre biológico de Obama no es quien Obama dice que es. Se sabe, por otra parte, que por una serie de triquiñuelas administrativas, Obama pudo inscribirse y mantenerse en la Universidad de Columbia, en Nueva York,  a pesar de sus no muy buenas calificaciones (algo que logró, según se cuenta, por estar inscrito como estudiante extranjero de intercambio). Es cierto que posteriormente él estudió derecho en Harvard, en donde enseñó alrededor de 10 años. Posteriormente pasó a Chicago, que es donde realmente empezó su carrera política. En 2004, Obama ganó un puesto de elección popular y se convirtió en senador por el partido demócrata. Para entonces ya había llamado la atención de importantes y muy efectivos operadores políticos, como David Axelrod, Valery Jarrett y Lester Crown, quienes al parecer coincidieron en ver en él al potencial primer candidato negro a la presidencia de los Estados Unidos.

De su juventud se sabe, como ya dije, que no fue un estudiante destacado, pero al parecer sí consumía cantidades considerables de mariguana y era muy fiestero. Esto pudo haber sido la regla para muchos jóvenes de la época, pero si lo que se cuenta de Obama es cierto lo menos que puede decirse es que él con mucho habría rebasado los límites de la decencia y de lo que pasaba por normal. Circulan ahora, por ejemplo, testimonios de gente que tuvo un trato íntimo con él y que lo describe de un modo que resulta hasta difícil de creer. Larry Sinclair, por ejemplo, quien en una audiencia pública reconoce ser homosexual, extraficante de droga, falsificador de cheques, de haber usado tarjetas de créditos robadas, de ser convicto y haber estado en la cárcel, declara haber conocido a Obama en Chicago, en 1999. Él cínicamente reconoce haber estado en busca de compañía masculina y entonces es puesto en contacto por un conocido común con el senador Obama mismo. De acuerdo con su relato, Obama por teléfono habría conseguido la cocaína que los dos, en la limusina rentada de Sinclair, habrían consumido, aparte de practicar felatio con él. Posteriormente, sin embargo, este sujeto habría iniciado un litigio en contra del senador Obama por hostigamiento y amenazas. Muchos datos se pueden añadir a la lista de los que ya disponemos, pero con toda franqueza no es la vida privada de Obama lo que me interesa. Lo que me incumbe es lo que su vida privada y algunos detalles que de ella se conocen dejan entrever acerca del modus operandi de la política en los Estados Unidos de hoy y en la orientación  que se le está imprimiendo. Antes de abordar dicho tema, sin embargo, quisiera decir unas cuantas palabras sobre quien todos suponemos que es (o era, si es cierto que ya está en proceso su divorcio) la esposa de Obama, a saber, Michelle Obama.

Al igual que con Obama, ya hay mucha investigación sobre la niñez y la juventud de Michelle pero, al igual que lo que me pasa en relación con su marido, no es su vida privada lo que me atrae. Es imposible, sin embargo, no tocar ciertos temas que son ahora del dominio público. A decir verdad, el caso de Michelle me parece un poquito menos claro y quizá más el resultado de una manipulación y una construcción que el caso de Barack, pero de todos modos es muy difícil no tener serias dudas respecto a su persona cuando se examina el material que circula en internet. Lo que se dice y se intenta mostrar a través de todo un arsenal de fotografías, análisis anatómicos, videos, gestos, muecas, etc., es simplemente que Michelle Obama es un … transgénero! Lo “trasgénero” no tiene una única caracterización, pero en el caso de Michelle Obama lo que se quiere decir es simplemente que el sexo que oficialmente se le reconoce (i.e., femenino) no coincide con su conducta, su anatomía, sus reacciones. Dicho de manera breve, lo que se sostiene es ni más ni menos que Michelle Obama es un hombre. Habiendo sido ella hasta hace un mes y durante ocho años la primera dama de los Estados Unidos, un alegato como ese no puede ser simplemente ignorado, puesto que de ser cierto se trataría de un tremendo engaño y una increíble burla de los estadounidenses.

¿Cuáles son las fuentes de estas visiones de la ex-pareja presidencial norteamericana? Hay muchas, pero una de ellas fue quien tuviera en Hollywood uno de los programas de chismes, básicamente sobre actores y políticos, más populares en los Estados Unidos. Me refiero a la famosa Sra. Joan Rivers, Ésta se caracterizaba, como es bien sabido, por una personalidad mordaz y provocativa y era un personaje quizá más que respetado temido en el mundo de la televisión. Ahora bien, como se sabe, hay una veloz entrevista con ella en la que explícitamente describe a Michelle como transgenérica, dejando dicho sea de paso boquiabierto al periodista que le hacía la entrevista. Lo curioso del caso es que un par de semanas después de su temible declaración en público la famosa conductora de programas estaba muerta, dejando una herencia de cerca de 100 millones de dólares.

Nosotros, estando lejos y siendo totalmente externos al espectáculo político de los Estados Unidos, no podemos hacer otra cosa que tratar de obtener información generada y procesada allá. Los datos no los generamos nosotros; nosotros no somos ni pretendemos ser fuente de información. Lo que sí podemos hacer es reflexionar libremente sobre la información recabada y no cabe duda de que el escándalo que se está gestando en los Estados Unidos ante el descubrimiento de que Obama era un homosexual y Michelle una transgénero tiene que estar diciéndonos algo sobre lo que son los procesos políticos en ese país. Antes de emitir alguna hipótesis al respecto, sin embargo, quisiera considerar otro caso.

Diré, pues, unas cuantas palabras sobre el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Quizá debería empezar por decir que, dejando de lado las apariciones de Trump como candidato y como presidente, he visto algunos videos en los que él aparece. Concretamente, vi tres. A decir verdad, el señor Trump, porque eso es lo que era en los videos mencionados, me resultó simpático. La primera vez lo vi cuando lo entrevistaba un individuo sumamente turbio del cine, un sujeto que dirigió y actuó en una famosa película llamada ‘Borat’. Me refiero, claro está, a Sasha Baron Cohen. Sobre este último me voy a limitar a un par de datos por la sencilla razón de que es bien conocido, además de que no estoy interesado en ocuparme de él. Ahora bien, esta persona tenía en Inglaterra un famoso programa de entrevistas y estaba acostumbrado a poner a temblar a miembros de la Cámara de los Comunes, a artistas, etc., con preguntas insolentes, capciosas, tendenciosas, provocativas. Él mismo es un agente provocador, como todo mundo sabe. Pues bien, en el video que vi él pretende meter en su circo al Sr. Trump pero éste no se lo permite: tan pronto empiezan las preguntas ridículas, le desea suerte, lo saluda, se levanta y se va. A mí me cayó muy bien Trump en esa ocasión. Las otras dos veces que vi al Sr. Trump fueron una en la lucha libre y otra en una pelea de box por un campeonato mundial de peso completo. Él era el promotor en ambos casos. En el caso de la lucha libre, que en los Estados Unidos es todo un espectáculo, en un momento dado él mismo empieza a pelear con un luchador, se caen al suelo, él lo golpea o hace como que lo golpea, etc., etc., recibiendo los aplausos frenéticos de la audiencia. Quien ha visto alguna vez un show de lucha libre norteamericana entenderá que la participación de Trump era parte del espectáculo, independientemente de si el show mismo es o no un fraude total. Lo que nadie puede negar es que ciertamente es muy entretenido.

Lo que sugiero ahora es que consideremos de manera conjunta los casos mencionados, esto es, los de los Obama y el de Trump. Por un lado tenemos, si lo que se afirma es cierto, a una pareja totalmente fraudulenta, gente que se hizo pasar por lo que no era, que engañó descaradamente a la sociedad estadounidense (y al mundo) o, para ser precisos, que se burló durante ocho años ante todo del pueblo norteamericano. Según algunas fuentes, ni siquiera son de ellos las niñas a quienes presentan como sus hijas, sino de unos amigos muy cercanos y ciertamente no se les parecen. Dicho de otro modo, en los Estados Unidos habrían tenido como presidente durante 8 años a un homosexual y consumidor de cocaína, o sea, la droga por la que han obligado a que se entrematen poblaciones enteras de muchos países, por ejemplo en América Latina. Eso es un fraude total, una estafa imperdonable y que rebasa con mucho las fronteras y los intereses de los Estados Unidos. Por otra parte, me parece que se tiene derecho a preguntar: ¿ese personaje que aparece forcejando con luchadores profesionales  (en un auditorio repleto de gente), revolcándose en el piso, es el presidente del país más poderoso del mundo? Confieso que me cuesta mucho asociar los dos roles. ¿Cómo nos explicamos estos casos?¿Qué nos dicen de los procesos políticos de los Estados Unidos?

A mí me parece que hay de entrada dos posibles líneas de explicación. La primera es rechazar la veracidad de la información en circulación y minimizar lo más que se pueda los casos: nada de lo que se afirma por aquí y por allá está probado, las escenas con Trump son perfectamente comprensibles (él era un empresario, estaba en su negocio, había que hacer ciertas cosas, etc.). En pocas palabras, no hay nada que explicar. A mí, lo confieso, esta primera línea de respuesta me parece superficial e inaceptable. El cuadro total que una respuesta así permitiría elaborar resulta a final de cuentas ininteligible, plagado de huecos explicativos e insatisfactorio intelectualmente. Opto, por lo tanto, por la segunda línea de respuesta que consistiría en aceptar como verídica la información, cada vez más completa, y en razonar tomándola como plataforma. Lo que vemos entonces es lo siguiente: en los Estados Unidos ya encontraron el mecanismo ideal para poner al frente del gobierno a personas que, por su pasado oscuro, son perfectamente controlables y manejables. Tienen que ser, obviamente, personas inteligentes, hábiles, audaces, que saben hablar y con muchas otras cualidades, pero eso no les quita su status de peleles. El punto crucial, por lo tanto, es que hay algunas personas en los Estados Unidos, ciertamente no muchas, que son quienes los eligen y los hacen llegar al puesto más alto. Lo que los casos de los Obama y de Trump ponen de manifiesto es que detrás del gobierno oficial de los Estados Unidos hay un gobierno sombra, un gobierno profundo, un gobierno secreto que es el que realmente decide, en función de sus intereses ocultos, quiénes son los candidatos, quién tiene que ganar y, desde luego, qué es lo que tiene que hacer quien gane una vez en la Casa Blanca. Es ese gobierno sombra el que fija la agenda política, militar, financiera, social, cultural, deportiva, etc., etc., de la presidencia de los Estados Unidos y, a través de ella, de un gran sector del mundo y es para alcanzar sus objetivos que necesitan a individuos como Obama y como Trump. Después de todo, es mejor tener a un drogadicto y a un buscapleitos como presidentes, puesto que son mucho más fácilmente chantajeables, manejables o manipulables que políticos más serios, más profesionales, un poco más idealistas quizá (pienso en alguien como Bernie Sanders, aunque si la hipótesis del gobierno sombra es acertada, ni Bernie Sanders ni nadie que tome parte en el juego político puede sustraerse al dinero del gobierno cuyo inmenso poder se deja sentir, pero no se deja identificar).

Si adoptamos la hipótesis aquí propuesta, entonces muchas cosas súbitamente se aclaran. Ahora entendemos por qué Barack Obama tenía que ser el primer presidente de los Estados Unidos en promover los matrimonios entre personas del mismo sexo, rompiendo con una tradición muy arraigada en ese país, es decir, yendo en contra de valores que se suponía que él iba a hacer respetar. Pero la promoción de la homosexualidad en los Estados Unidos, y por ende en el mundo, es parte de un programa que se echó a andar hace ya muchos lustros y que con Obama alcanzó su zénit. Podemos entender también el de otro modo incomprensible y a todas luces injustificado odio de Obama por Rusia y por su máximo dirigente, Vladimir Putin. Claro: Obama simplemente estaba siguiendo las directivas de los grupos realmente poderosos interesados en imponer a como dé lugar un “nuevo orden mundial”, pero que tenían (y es de esperarse que tienen) en Rusia a un opositor decidido e igualmente poderoso. Ahora podemos entender toda la política norteamericana de destrucción y muerte en el Medio Oriente. Obama lo único que hacía era articular dichas políticas, darles expresión, pero los objetivos mismos de dichas políticas no los fijaba él. Así, pues, de acuerdo con esta hipótesis, el presidente de los Estados Unidos es simplemente el lacayo de los ultra-poderosos y de los super-super ricos norteamericanos. Siendo coherentes con eso, creo que tendría que decirse que lo mismo vale, con las variantes que cada caso entraña, para Donald Trump. Todo su discurso en contra de los musulmanes, un discurso ridículo y sin fundamentos, está dirigido a preparar un escenario político y de guerra que es francamente espeluznante.

Y eso nos lleva entonces a examinar la situación actual y a interpretarla desde la óptica que hemos adoptado. La verdad es que lo que vemos es aterrador. Todo mundo puede darse cuenta de que muchas de las medidas del gobierno de Trump no tienen la menor justificación, aunque nos las repitan y escriban 1000 veces al día. Considérese, por ejemplo, la actual retórica militar norteamericana tendiente a convencer a todo mundo de que Irán es un peligro para la seguridad de los Estados Unidos. ¿Quién podría creer tan descarada mentira?¿Cerca de qué costas del continente americano están los submarinos o los portaviones iraníes que puedan amenazar el territorio yanqui? Ni un niño se cree semejante patraña. ¿Por qué el empresario de boxeo y lucha libre tiene desde hace meses un discurso de acercamiento con Rusia? La respuesta es obvia: la encomienda consiste en tratar a toda costa de contener a Rusia para tener las manos libres con Irán. Si para poder actuar libremente con Irán (esto es, destruirlo) hay que regalarle Ucrania a Rusia (habría que decir más bien “devolverle”, pero no entraré en el tema en este momento), pues hay que tenderle la mano, negociar con ella y proceder como se tiene planeado hacerlo. O sea, la política que el gobierno sombra le ordenó a Obama practicar, esto es, la política de la confrontación con Rusia, de las sanciones, del boicot, de la presencia militar en las fronteras, etc., ya no funcionó. Hay que cambiarla. Hay que optar, por lo tanto, por la negociación, el diálogo, las concesiones, etc., pero sin olvidar el objetivo central que es la destrucción de Irán. No se fueron a pasear al Océano Indico los portaviones norteamericanos. La consigna que viene de los amos del mundo es acabar con Irán al precio que sea. Trump lo único que hace es orquestar las órdenes que recibe de “más arriba”. Aquí la pregunta inquietante es: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar y cuál podría ser el costo de ese capricho?

Sería conveniente tomar en cuenta, me parece, que los dirigentes de la República Islámica de Irán están perfectamente conscientes de lo que se avecina. Las declaraciones de Trump, completamente gratuitas, en el sentido de que Irán es el país terrorista más peligroso del mundo, son la indicación verbal indirecta de que Irán está en la mira de los militares estadounidenses. Por eso los militares iraníes han perfeccionado sus misiles, sus drones, su marina, etc. Por otra parte, es altamente dudoso, por no decir imposible, que Rusia se venda, que abandone por razones dizque pragmáticas a su mejor aliado y que renuncie a la columna vertebral de su política exterior, una política de contención de las agresiones norteamericanas. Éstas no paran. Todos los días, sin permiso del gobierno sirio, aviones norteamericanos bombardean poblaciones sirias y matan a decenas de personas en sus bombardeos. ¿Con qué derecho? Con el derecho que da la fuerza para diseñar provocaciones, para cometer crímenes contra la paz y crímenes de guerra. Yo sinceramente no creo que Trump sea más sagaz que Putin. El problema es que todo indica que los Estados Unidos ya se decidieron por la guerra. No es por casualidad (ni por el festejo de toma de posesión) que dentro de unos 10 días B. Netanyahu estará en los Estados Unidos. La visita de Netanyahu es exactamente una calca de la visita de Ariel Sharon a G. W. Bush y que sirvió para ultimar los detalles de la invasión a Irak (una vez más, una invasión completamente injustificada). No es por casualidad que los mandos supremos de la OTAN hacen todo el tiempo declaraciones beligerantes en contra de Rusia. Se trata de disuadirla a toda costa para que acepte la remodelación completa del Medio Oriente, empezando por la destrucción de Irán. El panorama ya está más o menos claro: son los Estados Unidos, la OTAN e Israel contra Rusia, China e Irán. Que no quepa duda alguna: se están poniendo las piezas en el tenebroso tablero de la guerra total.

El panorama delineado sólo cumple una función: sirve para hacer ver hasta dónde se puede llegar cuando la población (el pueblo) queda efectivamente al margen de las decisiones políticas, cuando las masas dejan de contar, cuando los procedimientos democráticos (elecciones, por ejemplo) fueron corrompidos, cuando se rompió el contacto entre la gente y su gobierno o, para decirlo de otra manera, cuando la gente dejó de tener su gobierno. Eso precisamente fue lo que pasó en los Estados Unidos. Cuando el poder es ejercido vía terceros, a través de alguien; cuando ya no se tiene que dar cuenta de nada, cuando ya no es necesario dar explicaciones y justificar decisiones; cuando los programas gubernamentales ya no están dirigidos hacia el bienestar de la gente, de la población, de nuestros congéneres, cuando el poder se ejerce desde la oscuridad; cuando todo eso sucede, entonces la humanidad pierde su  status de fin último y se convierte en un objeto más de negociación, de compra y venta, en una vulgar mercancía. Cuando ya no tiene importancia si mueren o viven millones de personas, entonces la vida política empieza a girar en torno a planes demenciales de megalómanos desquiciados, de gente ebria de poder completamente desorientada, de gente que perdió ya el sentido de la realidad y que se cree Dios. Yo no tengo dudas de que esa gente volverá a poner los pies en la tierra, pero cuando ya sea demasiado tarde, cuando la destrucción toque a su puerta y entonces entienda, cuando ya todo esté perdido, que para lo único que sirvió fue para ser un instrumento en los planes de Satanás.

Política, Intereses y Odio

Es realmente lamentable que el presidente Donald Trump acapare al grado que lo hace la atención mundial. Eso desde luego no es culpa de él, sino una consecuencia inmediata de la guerra desencadenada en su contra por la televisión y la prensa mundiales. Dado que, en forma general, la prensa mundial no está interesada en presentar a Trump bajo una buena luz, el cuadro que se genera de él termina por ser una caricatura de su persona. Desde luego que Trump ha tomado algunas decisiones que son altamente criticables, pero también es innegable que frente a dichas decisiones hay otras que son sumamente laudables y en relación con las cuales no sólo no se dice prácticamente nada, sino que en general se les tergiversa. El resultado neto de la acción de la prensa y la televisión mundiales es la deformación sistemática y la incomprensión total del actual presidente norteamericano, con lo cual se crea un abismo entre él (su administración) y la población, americana y mundial. Esta oposición a Trump es de ramificaciones alambicadas y no es fácil llegar hasta su raíz, pero hay cosas que son relativamente obvias como para pasar desapercibidas. La prensa y la televisión, como los mercados y las bolsas de valores, no se mueven solitos, por una inercia física. No! Alguien los mueve, alguien los dirige, así como alguien toma las decisiones de subir o bajar los precios de las mercancías, las tasas de interés, las fluctuaciones entre divisas y demás. Sería ridículo echarle la culpa “al mercado” por alguna catástrofe financiera. Debería ser evidente que cualquier evento así es causado por agentes económicos concretos, aunque obviamente ocultos, a quienes ello beneficia. Lo mismo pasa con la prensa y en general con los medios de comunicación. Para decirlo de manera simplista, “alguien” tiene que decidir qué se suprime, qué se anuncia y cómo se debe presentar el material destinado al consumo de las grandes masas. Por consiguiente, si Trump es permanentemente atacado o vilipendiado por la prensa y la televisión, lo que eso indica es que hay tensiones entre él y quienes manejan los medios de comunicación. Son conflictos de alto nivel que sólo se manifiestan, pero que no salen a la luz pública. Yo en lo personal creo que Trump ha cometido errores, algunos de ellos graves, pero me parece que muchos de ellos, como el conflicto con México por ejemplo, son obviamente el resultado de inexperiencia política. La ventaja de que esos errores tengan esa causa es que, por lo menos en principio, son corregibles y sus resultados reversibles. Es obvio que Trump necesita empaparse de experiencia política y urge que se le enseñe algo que se supone que debería saber pero que él claramente muestra que no sabe, esto es, que el capitalismo no se maneja, controla o gobierna por decretos. El capitalismo es mucho más complejo que el mundo circunscrito de negocios (por millonarios que sean) al que Trump pertenecía y en el que se pueden eventualmente tomar decisiones arbitrarias para, por ejemplo, acabar con un competidor indeseable. Pero no se puede proceder de esa manera a nivel global, a nivel de países. De modo que exabruptos como el de que si México no quiere pagar por la construcción del muro, y en lo cual está 100% en lo correcto (de hecho, habría una rebelión nacional si el gobierno cediera a la presión norteamericana), entonces se subirán los aranceles de los productos mexicanos de exportación, son de un simplismo político y de una ceguera económica y comercial que simplemente los exhiben como lo que son, esto es, como baladronadas infundadas por parte de alguien que todavía no entiende ni aprecia bien lo que es estar al frente del gobierno de los Estados Unidos. Las consecuencias que una política tan atrabiliaria como la enunciada tendría si se implementara serían muy graves y no poco inconvenientes para los Estados Unidos, a condición, claro está, que el gobierno mexicano sepa responder y comportarse a la altura de las circunstancias. En todo caso, para bien o para mal, lo cierto es que el capitalismo no es tan simple como Trump parece haberlo imaginado. De igual modo, la clase de decisiones personales y unilaterales a la que Trump estaba acostumbrado como empresario, que vale para mundos reducidos de competidores económicos, no se puede sencillamente traspasar a otros dominios ni permite generar políticas sensatas (internas o externas), puesto que lo que de inmediato generan (como ya se vio) son el caos, distorsión económica, turbulencias gratuitas que el mundo en general no está ya dispuesto a aceptar. Cuesta mucho llegar a ciertos equilibrios para que un individuo (y “su” administración) de un plumazo derribe todo lo construido a lo largo de lustros. Así, por ejemplo, el proyecto trumpiano del muro a lo largo de la frontera con México, que se veía como viable al momento de la campaña por la presidencia, ya desde la presidencia se ve pura y llanamente como algo imposible y hasta contraproducente, a corto, mediano y largo plazo. Aparte de completamente injustificable desde casi todo punto de vista (quizá no de todos: si sirviera, por ejemplo, para detener el flujo de armas de Estados Unidos hacia México al menos cumpliría una función benéfica), se trata de un proyecto destinado al fracaso, una inversión absurda puesto que es obvio, me parece, que si se llegara a construir en unos cuantos años habría que derribarlo. El muro que Trump, motivado sin duda por razones patrióticas mal digeridas, soñó en construir no tiene futuro. Ese proyecto suyo pertenece justamente a la clase de planes que se pueden considerar cuando no se está tomando en serio la naturaleza indómita del capitalismo. Yo pienso que Trump tendrá que entender que no se manejan como él pensó que se manejaban las complejas relaciones entre países en el sistema capitalista, en donde hay acuerdos, organizaciones, instituciones, pactos, etc., a nivel mundial y que de uno u otro modo las regulan. En verdad, ahora el problema de Trump es cómo echar marcha atrás sin perder demasiado la cara, es decir, sin hacer demasiado el ridículo.

Ahora bien, los errores crasos de Trump no deberían opacar sus ideas positivas, algunas (como dije) altamente laudables. ¿Por qué entonces atacarlo por ellas también? Se nos preguntará: ¿qué ideas o propuestas de Trump son claramente positivas? Hay una respuesta inmediata: el proyecto de acercarse a Rusia, de convertirla en aliada, de acabar junto con ella con el terrorismo mundial, de instaurar un periodo de paz. Pregunto: ¿hay quién en sus cabales podría estar en contra de una propuesta así? Desafortunadamente, la respuesta es que sí. Yo diría, inclusive, que si hay un proyecto que más genere una enconada oposición en los medios políticos norteamericanos importantes (empezando por el Congreso) es precisamente esa idea, esto es, la idea de levantar las sanciones económicas (esas sí, completamente arbitrarias e injustas aunque no demoledoras) en contra de Rusia, de arreglar de una vez por todas la situación de Ucrania (una región del mundo que siempre estuvo ligada a Rusia), de formar un único frente para acabar con ISIS, de eventualmente llegar a un acuerdo de reducción de armamentos nucleares, de incrementar los niveles de comercio, intercambios culturales, etc. Evidentemente, quienes están en contra de esos proyectos son quienes dirigen la prensa y la televisión contra Trump y quienes a toda costa pretenden desprestigiarlo y hasta (si se puede) sacarlo (como sea) de la presidencia. Es obvio que en cualquier momento se inventan un nuevo “watergate” para lo cual ya casi está el trasfondo listo, a saber, la dizque “inconformidad popular”. Aquí la incógnita, la pregunta que todos deberían hacerse es: ¿por qué hay gente que está en contra del acercamiento con Rusia? Parafraseando nuestra pregunta: ¿Por qué hay gente decididamente en contra de la paz mundial?

Es obvio que los Estados Unidos están viviendo un proceso nuevo, a mi modo de ver tremendamente interesante, y que hasta cierto punto ha tomado a todos por sorpresa. Cambios así no son impuestos a la fuerza por una persona. Más bien, una persona es en un momento dado la expresión de la necesidad de un cambio, un cambio que la sociedad, de una u otra manera, está exigiendo. Cambios como el que está teniendo lugar en los Estados Unidos y que no sabemos hasta dónde pueda llegar, es decir, que tan radical pueda ser, representan la oxigenación política del país. El “cambio Trump” es simplemente la expresión del rechazo masivo de un sistema en el que estándares económicos, ideales políticos y procedimientos y mecanismos de gobierno ya no estaban coordinados, ya no encajaban unos con otros. El fenómeno Trump no es más que la expresión de esa insatisfacción. Ahora bien, tratar de superar esa “insatisfacción” implica inevitablemente entrar en conflicto con las fuerzas políticas (entre otras) del status quo, es decir, con quienes se benefician de él y quienes obviamente no quieren el cambio. Los gritos en los aeropuertos, las emociones colectivas frente a un edificio, etc., etc., que tanto exaltan la televisión y los periódicos, no tienen mayor peso. Las masas son siempre manejables. Esa es una lección perenne de los maestros por excelencia de la manipulación ideológica, esto es, los medios de comunicación actuales (sobre todo, aunque no únicamente, los anglo-sajones). Pero entonces ¿con quién y por qué está en conflicto Trump cuando pretende entablar relaciones, digamos, amistosas con Rusia? Está desde luego el ahora insignificante y mal recordado Obama, pero desafortunadamente no es el único.

Dije más arriba que una de los objetivos de los medios masivos de comunicación mundiales era desviar la atención de la población de asuntos fundamentales concentrando el interés de las personas en la “caricatura Trump”. El caso de las relaciones entre los Estados Unidos y Rusia es un ejemplo perfecto de ello. De hecho, el propio Trump en un twitter da un atisbo de lo que estoy sosteniendo. Lo transcribo para evitar malos entendidos. Escribe Trump:

  • Senators should focus their energies on ISIS, illegal immigrationand border security instead of always looking to start World War III.
  • Los senadores deberían enfocar sus energías sobre ISIS, sobre la inmigración ilegal y la seguridad fronteriza, en lugar de estar siempre tratando de iniciar la Tercera Guerra Mundial

Aseveraciones como esta de parte del presidente de los Estados Unidos, sea quien sea, no son algo que se pueda tomar a broma. Son declaraciones muy serias y de una clase no muy usual, puesto que sacan a la luz lo que son tensiones internas del gobierno norteamericano, sin duda alguna muy fuertes. ¿A quién se refiere Trump en su twitter?¿Quiénes son los senadores en cuestión? Ni más ni menos que los promotores de guerra más explícitos que pueda haber, a saber, John McCain y Lindsay Graham, senadores republicanos por Arizona y Carolina del Sur respectivamente. Ahora bien, ellos obviamente no son otra cosa que los voceros de una posición determinada; a decir verdad, son como muñecos en las rodillas de alguien y a través de los cuales ese otro alguien habla. No voy a entrar aquí y ahora en las zonas oscuras de la política norteamericana. Me interesa más bien destacar una consecuencia práctica de la oposición a Trump y tratar de construir algunos pensamientos al respecto. Veamos de qué se trata.

El Congreso norteamericano, dirigido de arriba a abajo por promotores de guerra (como siempre) giró indicaciones precisas al Pentágono y a los diversos servicios de inteligencia para que realizaran un estudio sobre las probabilidades de sobreviviencia de dirigentes rusos y chinos a lo que sería un súbito ataque nuclear norteamericano. Entendámonos: esto no es una, por así llamarla, investigación académica. Esta orden tiene objetivos concretos. Sirve para hacer cálculos político-militares, pero ¿de qué clase? Tienen que ver ni más ni menos que con la destrucción del mundo. El tema del estudio solicitado es el de determinar qué tan probable sería que los dirigentes de China y Rusia pudieran seguir, desde por ejemplo, escondites subterráneos, dando instrucciones y responder a lo que sería un súbito ataque nuclear con uno de magnitudes semejantes. Pero ¿quién que no sea un demente puede intentar implementar un plan de ataque con las clases de armamentos, de radares, satélites, submarinos, etc., que ahora se tienen?

Debo decir que mi instinto me dice, aunque obviamente se trata de cuestiones tremendamente complicadas que no se manejan por medio de “intuiciones”, que afortunadamente el resultado de la investigación será negativo. La paridad atómica entre los Estados Unidos y Rusia (no así todavía entre los Estados Unidos y China), con todo lo que ello entraña, es básicamente imposible de modificar. No hay forma de que un agresor atómico se salga con la suya. Pero lo que no es imposible es volver a forzar a Rusia a entrar en el “juego” de la carrera armamentista. ¿Cuál es el interés de ello? Son muchos los objetivos que se logran, pero en lo fundamental se trata de reactivar la economía de los Estados Unidos, de volver a hacer grandes, grandes negocios y de retrasar el progreso económico ruso lo más que se pueda; se trata de echar otra vez a andar el potente complejo militar-industrial de los Estados Unidos para volver a unir en un ciclo económico virtuoso a la industria, la defensa y las universidades y así reactivar el mercado interno, el comercio, etc., y sobre todo, como ya dije, el big, big business. El problema es que un plan así ya no es viable al modo como lo fue mientras existió la Unión Soviética. En la confrontación con esta última, esa modalidad de presión constante sobre ella funcionó maravillosamente por la clase de sistema económico que prevalecía en aquel país: para los soviéticos, aumentar el presupuesto militar significaba inevitablemente quitárselo a la educación, a la inversión interna, etc., en tanto que con los Estados Unidos pasaba exactamente lo contrario. Pero esa fundamental condición en la Rusia actual ya no se da (y en China menos). ¿Cómo se explica entonces la insistencia en querer a toda costa ganar una nueva guerra fría a sabiendas de que la “guerra caliente” es imposible de ganar? Nótese que eso es a lo que aspiran los enemigos de Trump en los Estados Unidos.

Yo desde hace ya mucho tiempo dejé de ser, por toda una serie de razones que he ofrecido en otros escritos, consumidor de películas (aunque quizá nunca se pueda llegar a una abstinencia total en ese sentido), pero hay algunas entre las muchas que vi que me siguen resultando dignas de ser vistas. Una de ellas es de Stanley Kubrick intitulada ‘Doctor Strangelove’. La película combina comedia (por no decir parodia) con un tema álgido en aquellos tiempos (principios de los años 60, poco después de la crisis cubana), a saber, precisamente la confrontación nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo que el director con mucha perspicacia detectó y de manera un tanto jocosa presentó es el inmenso riesgo que de hecho se corre cuando se llevan las cosas al límite. En la película es un fanático militar norteamericano quien se encierra y da una orden de ataque nuclear y el ataque tiene lugar, con las consecuencias previstas. Quizá las cosas no sean tan simples ahora y que un militar aislado no pueda dar una orden de ataque a submarinos y bombarderos, pero cuando hay nuevos riesgos hay nuevas posibilidades de traspasar los límites. ¿Qué se requiere para eso? Yo creo que los ingredientes son relativamente pocos y simples. Se requiere ser de un fanatismo brutal, estar imbuido de un odio tan grande que se prefiere destruir el mundo (y morir con él, desde luego) a presenciar un mundo en el que sus queridos ideales y los valores que le inculcaron desde niño son superados por otros que ni siquiera intenta conocer. Se necesita haber pasado por un proceso de profunda des-espiritualización para no saber apreciar otra cosa que costos y beneficios, ganancias y pérdidas, poder y superioridad sobre los demás. Es revelador que haya gente que esté dispuesta a llevar las cosas hasta sus últimas (en todos los sentidos de la expresión) consecuencias con tal de no aceptar la derrota de su concepción del mundo. El problema es que gente así tiene mucho poder y está en puestos clave en el gobierno más poderoso del mundo. Esos son algunos de los enemigos de Trump.

A mí me parece que algunas decisiones abruptas de Trump han tenido buenas consecuencias, aunque éstas sean mínimas y hayan sido provocadas por malas razones. Por ejemplo, el absurdo y totalmente injusto decreto trumpiano de no dejar llegar  musulmanes a los USA (una especie de trampa que él mismo se puso, pues ahora tiene que cumplir con lo que prometió durante su campaña) generó en algunos sectores de la población norteamericana una reacción muy positiva: por fin la gente se dio cuenta de que los “musulmanes” también son personas, de que también tienen familias, sentimientos, actividades productivas, que pueden ser grandes amigos, que también hay musulmanas hermosas, etc., y súbitamente dejaron de percibirlos como habían sido acostumbrados a hacerlo por la prensa y la televisión, esto es, a través de meras etiquetas, despersonalizándolos por completo. Poco a poco, a través de una política un tanto errática, el pueblo americano se va politizando, va abriendo los ojos a muchas realidades que hasta antes de Trump no veía. Es de esperarse que este despertar político se oriente hacia el control cada vez más efectivo de los verdaderos enemigos de la humanidad, los imperdonables promotores de guerras, los grandes e insaciables negociantes, quienes trafican y lucran con la vida humana, yo diría los “sin Dios” que se apoderaron del gobierno norteamericano para convertirlo en el vampiro de los pueblos (América Latina, África y Asia dan testimonio de ello sin problemas). Yo desde luego que repudio muchas de las cosas que Trump hace y dice pero, sea Trump o sea quien sea, si un presidente de los Estados Unidos trabaja para la paz mundial, no veo qué podría sensatamente decirse para condenarlo, dejando de lado desde luego las toneladas de calumnias y patrañas con que se le quiere enterrar.

 

Palestina, mi amor

Desde 1948, el año en que se creó el estado de Israel, el mundo ha evolucionado de una manera pasmosa. Multitud de sucesos de lo más variado, eventos que considerados cósmicamente no tienen ningún valor pero que para nosotros, los humanos, fueron decisivos, conforman dicha evolución. Sin duda pertenecen a esa cadena de hechos que va de la fecha mencionada al día de hoy muchos acontecimientos positivos, aunque habría que apuntar tal vez que no son tan numerosos como hubiera sido deseable. Podríamos incluir, desde luego, a las revoluciones cubana y bolivariana, la integración de China al mundo, la llegada del hombre a la Luna, toda una gama de descubrimientos científicos y algunas cosas más. Dicha lista, sin embargo, queda opacada cuando se le equipara a la de los sucesos negativos que desde entonces tuvieron lugar. Se produjeron las horrorosas guerras de Corea y Vietnam, se popularizó la práctica de la eliminación de individuos por parte de los Estados (de líderes políticos, estudiantiles, sindicalistas, etc. Kennedy, supongo, es un buen ejemplo de ello), el mundo quedó sometido a los caprichos de unos cuantos estados y de una cuantas instituciones (me parece que se hablaba en conexión con esto del “consenso de Washington”), se derrumbó el experimento social más bello de la historia, esto es, el “socialismo real”, se aprendió a experimentar con crisis económicas para enriquecer a unos cuantos y dejar en la miseria a amplios sectores de la población mundial, se alteraron ópticas morales saludables, niveles de vida, rangos de libertad individual, se exacerbó la explotación del planeta (de sus mares, sus bosques, su subsuelo, sus animales, etc.) y así indefinidamente. Todo eso y mucho más pasó, pero hay una cosa que en lo esencial no se ha modificado desde entonces, a saber, el estado de sufrimiento, de hostigamiento brutal permanente, de humillación cotidiana, de trato incomprensiblemente cruel del cual han sido objeto los palestinos, todo ello conjugado con una casi total indiferencia por parte de los gobiernos y (sobre todo por ignorancia) de la población mundial. Eso que no ha cambiado en un mundo esencialmente mutante es el proceso de aniquilación lenta, pero que se pretende volver inexorable, del pueblo palestino.
La historia moderna de Palestina ha sido ya contada en innumerables ocasiones y no tiene mayor caso repetirla. Todo mundo está enterado de cómo los habitantes de Palestina fueron masacrados y expulsados a raíz del surgimiento de Israel, de la guerra de los 6 días y de la invasión de Líbano. En total, más de un millón de personas tuvieron que abandonar sus tierras, sus propiedades, su marco vital y ahora ni los sobrevivientes (por ejemplo, de las masacres de Sabra y Chatila) ni sus descendientes pueden regresar a la tierra de sus ancestros. Poco a poco pero sistemáticamente, los territorios palestinos que todavía constituyen la Franja de Gaza y Cisjordania son literalmente deglutidos por lo que en realidad es una potencia internacional, la cual goza (no por casualidad, desde luego) de múltiples y poderosos apoyos de toda índole (militar, financiero, ideológico, etc.) en muchos lugares del mundo y con la cual el pueblo palestino obviamente no puede rivalizar. No hay televidente en el mundo que no haya visto escenas de “enfrentamientos” entre ciudadanos palestinos arrojando piedras y soldados israelíes usando el mejor armamento imaginable, escenas que expresan el desbalance y la asimetría entre los protagonistas del conflicto. Esta “confrontación” entre, por una parte, el ejército de un estado que exporta armas, que entrena ejércitos para la represión en sus propios países (como sucedió en América Central en los años 80 del siglo pasado, en particular en Guatemala, durante las grandes matanzas de poblaciones indígenas por los kaibiles. Dicho sea de paso, el ejército mexicano en Chiapas podría contarnos algo acerca de cómo se “beneficia” de la experiencia militar israelí), que posee armamento nuclear, químico y biológico, que recibe de regalo submarinos, miles de millones de dólares anualmente en aviones, radares, misiles, etc., y, por la otra, una población cercada, a la que se le restringe en la actualidad la electricidad a tres horas al día, se le raciona el agua, a la que se le retienen sus fondos de cuentas bancarias de manera que nada puede florecer en su cada vez más exiguo territorio por falta de inversiones, cuya infraestructura es una y otra vez inmisericordemente demolida, que ha sido blanco de bombardeos con armas prohibidas (bombas de fósforo blanco, por ejemplo), que no tiene un ejército ni mecanismos elementales de defensa, a la que no se le permite recibir ayuda (recuérdese los casos de las flotillas atacadas por la marina israelí), es una “confrontación” que parece más una lograda creación de literatura de horror que una secuencia de hechos incuestionables. Sin embargo, no es tanto sobre los contenidos de las descripciones que abundan sobre el tema sobre lo que quiero reflexionar. Es más bien la posibilidad misma de ese estado de cosas lo que quisiera considerar. ¿A qué se debe, cómo se explica que el mundo tolere esa situación, una situación obviamente repulsiva moralmente y que inevitablemente hace que uno se sienta, por una parte, horrorizado e indignado y, por la otra, inundado de compasión y de deseos de tender la mano, de ayudar a esa pobre gente? Nuestra duda es: ¿hay realmente una explicación de esa situación infernal?¿Responde ella a una determinada lógica histórica y política o es meramente el resultado de un sinnúmero de contingencias?
Lo primero que habría que hacer es señalar que no todo ciudadano israelí ni todo judío que vive fuera de Israel apoya la actual política gubernamental. Hay multitud de judíos que, por sus propias experiencias pasadas, por la historia, por su conciencia moral, por sus convicciones religiosas, por sus posiciones políticas sencillamente no está de acuerdo con lo que pasa todos los días en Palestina. Hay gente respetable, de primer nivel, como Ilan Pappé o como Norman Finkelstein, simultáneamente aclamado en universidades de prestigio pero sistemáticamente acosado laboralmente en su país (USA), bienvenido en universidades europeas pero vilipendiado por la prensa mundial (en estos días está en Alemania impartiendo conferencias). Como ellos hay muchos otros, menos conocidos, dentro y fuera de Israel, gente que no acepta convivir tranquilamente con el estado de semi-esclavitud en el que se mantiene a la población palestina. Hay importantes grupos de religiosos ortodoxos que rechazan, sobre bases bíblicas, la existencia misma del Estado israelí y que ciertamente no son nazis sino judíos, tan legítimos como sus opositores o más. Hay dentro de Israel artistas e intelectuales, todo el tiempo hostigados y violentados, que protestan en contra del status quo impuesto por el actual gobierno, desgraciadamente apoyado todavía por sectores importantes de la sociedad israelí. Hay de hecho un interesante portal que se llama ‘Rompiendo el Silencio’ (http://www.breakingthesilence.org.il/), un portal de internet en el que los soldados israelíes cuentan sus experiencias durante las incursiones en los territorios ocupados. Es, obviamente, un portal de auto-crítica, no de auto-vanagloria. Hay cantantes encarceladas y hostigadas y muchos librepensadores descontentos con la situación en relación con la población palestina. Los genuinos opositores judíos, sin embargo, siguen todavía siendo una minoría, si bien una minoría que emana del pueblo mismo, de gente que extrae su religión del Antiguo Testamento y que deja que éste guíe su vida cotidiana, y no textos muy posteriores, como el Talmud y la Cábala, que exaltan más bien otras clases de sentimientos y actitudes. Pero si no hay unanimidad en el seno de la población judía mundial respecto a la política a seguir con los palestinos y hay un gran repudio internacional: ¿cómo entonces se explica dicha política?
Yo pienso que hay toda una variedad de factores que coinciden y que, considerados de manera conjunta, están en la raíz de la terrible situación que se vive día a día en Palestina, pero el punto que hay que entender es el siguiente: ninguno de esos factores por sí solo podría llevar a la situación actual. Es su conjunción lo que adquiere el poder causal cuyos efectos conocemos.
Todo tiene que ver con la historia. Israel es ciertamente un país joven, pero las comunidades judías asentadas tanto en Europa como en los Estados Unidos tienen una historia milenaria. Desde hace mucho tiempo ya son comunidades perfectamente bien establecidas, sumamente exitosas económicamente y en muchos casos podemos calificarlas como las más exitosas del mundo. Las fortunas más cuantiosas que hay son básicamente (si bien no únicamente) de gente de origen judío, muchos de ellos ligados desde luego a la banca mundial, pero también al petróleo, a los garitos, etc. El dinero fluye hacia Israel de muchas formas, pero sin duda alguna los cuantiosos apoyos de banqueros y magnates de toda clase le han infundido una gran fuerza y confianza a los sucesivos gobiernos israelíes.
El poder económico judío, particularmente fuerte en los Estados Unidos, y su consecuencia lógica, o sea, su decisiva influencia en las políticas gubernamentales, se ve reforzado por lo que se conoce como el “quinto poder”, los mass media, los aparatos de entretenimiento y propaganda que son parte integral de cualquier sociedad. En los Estados Unidos prácticamente todas las agencias noticias, los canales de televisión, el cine, todos los periódicos conocidos, todo el mundo del show-business, Hollywood en general, todo eso está básicamente en manos de judíos. Desde luego que ello no es ilegal. Es simplemente un hecho que hay que indicar y tomar en cuenta para explicar otros fenómenos. Además, no es ningún secreto. Lo sabe todo mundo y se sabe en todo el mundo. Pero justamente es esa realidad lo que explica por qué un intento de apuñalar a un soldado israelí es objeto de artículos incendiarios en la prensa mundial y en cambio si quien es arteramente baleado, si quien es quemado en su cuna, si a quien le demuelen su casa es un palestino, entonces sencillamente no hay ninguna noticia que reportar. Riqueza y propaganda conforman ya ellas solas un factor político de una formidable fuerza.
En tercer lugar encontramos el factor político. Propaganda y dinero abren puertas, lo cual explica por qué en los Estados Unidos sobre todo hay tantas personas en puestos fundamentales que son americanos de origen judío. Sería ridículo negar la importancia de los lobbies judíos, siendo el más importante desde luego el AIPAC (Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos), pero hay muchos otros (Anti-Defamation League, B’nai B’rith, el World Jewish Congress, etc.), todos ellos sumamente poderosos e influyentes. Es a través de dichos grupos de poder como sus allegados van ocupando puestos clave del gobierno norteamericano. Como un ejemplo paradigmático de este fenómeno podemos señalar a Victoria Nuland y a su esposo, Robert Kagan, quienes forman en verdad una extraordinaria pareja: ella, por ejemplo, organiza el golpe de Estado en Ucrania y él entonces promueve jugosos negocios armamentistas. En general, los así llamados ‘neoconservadores’ (Wolfowitz, Perle, Feith, etc.) son casi todos ellos de origen judío y todo mundo sabe que fueron ellos quienes orquestaron la guerra de Irak. Poder político, por lo tanto, sí tienen.
En cuarto lugar podríamos mencionar el grandioso plan político del gobierno israelí, esto es, la idea del “Gran Israel”, un plan de expansión territorial que se ha ido decantando cada vez con mayor nitidez. El éxito portentoso de los grupos judíos aliados del gobierno israelí hace que éste se vuelva cada día más agresivo, más prepotente, más ambicioso y que sus políticos sean cada día más fanáticos y más decididos. Israel no le rinde cuentas a ninguna institución mundial ni acata ninguna disposición tendiente a limitarlo. Así, lo que hace 20 años era en principio un plan aceptable de dos Estados independientes hoy ya se volvió obsoleto y no representa ya nada atractivo para los actuales dirigentes israelíes, puesto que ahora ellos están conscientes de su enorme fuerza. No tienen entonces para qué negociar si pueden imponer sus objetivos y ciertamente actúan en consecuencia.
En quinto lugar está el chantaje intelectual que a través de todos los medios posibles se ha pretendido ejercer esta vez no sólo nada más sobre los palestinos sino sobre todos los ciudadanos del mundo y consistente en hacerles digerir la ecuación “anti-sionismo = antisemitismo”. Esa identificación es a la vez una mentira y una falacia. Cualquier crítico serio de las políticas israelíes de inmediato es catalogado como “anti-semita” y a partir de ello se inicia su persecución. Obviamente, después de 68 años de haber usado y abusado de esta táctica, el procedimiento ya se desgastó. Dejando de lado la historia del concepto, en la actualidad el sionismo es sencillamente la política del gobierno israelí. “Antisemitismo” y “anti-sionismo”, por consiguiente, son conceptos lógicamente independientes y para ilustrar lo que estoy afirmando haré algo que no me gusta, a saber, me daré a mí mismo como ejemplo. Yo he tenido muchos amigos judíos en diversos lugares (en Polonia, en Inglaterra, en América del Sur), pero lo único que nunca he tenido han sido pensamientos anti-semitas, esto es, nunca he sentido la menor tentación por rechazar a una persona sólo porque profesa una cierta religión o pertenece a una determinada etnia o comunidad. Y como yo hay muchos anti-sionistas que no son antisemitas. En la medida en que el verdadero anti-semitismo es una forma vulgar de racismo, yo soy el primero en oponerme a él. Empero, ello no me ciega para ver las barbaridades cometidas todos los días en contra de una población prácticamente indefensa por parte de un gobierno que le hace lo mismo que lo que le hicieron a su propio pueblo en otros siglos. El problema es que tan pronto alguien quiere alzar la voz, de inmediato la Liga Anti-Difamación (Anti-Defamation League) o cualquier otra organización como esa echa a andar sus mecanismos de desprestigio, vituperación, amenazas, etc., en contra del atrevido hasta que éste queda o en la ruina o es golpeado, amenazado o, lo que también puede suceder, se vuelva un enemigo acérrimo activo del sionismo, como sucedió en Francia con Alain Soral y Dieudonné M’Bala M’Bala, lo cual a final de cuentas le resultó al beligerante movimiento sionista francés altamente contraproducente.
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Por último, está una ideología inculcada desde los primeros años, una ideología de odio, de desprecio por los sentimientos, valores, cultura, etc., del pueblo vecino. Esta ideología es la prueba de que pocas cosas hay tan maleables como el ser humano, porque ese niño que grita “hay que matar niños palestinos” podría haber sido educado de manera que gritara “hay que ayudar a los niños palestinos”. Si los adultos son manipulables, los niños más.
Ahora sí podemos atar cabos y comprender por qué se da la situación que prevalece en esa zona del Medio Oriente, por qué se puede en el siglo XXI atormentar a un pueblo desamparado tal como lo hace el gobierno israelí con los mártires palestinos. Es la conjunción de los factores mencionados lo que constituye la plataforma sobre la cual se erige el anti-palestinismo israelí. Poder, dinero en exceso, manipulación de las mentes, una historia agitada, gobiernos oportunistas, dirigentes políticos tan ambiciosos como inescrupulosos y una ideología no de amor sino de odio, todo eso conjugado es lo que constituye los cimientos sobre los que se erige el trato inhumano del pueblo palestino. Y si a eso le añadimos la fácil identificación del palestino con el terrorista, la pseudo-justificación de la auto-defensa, la auto-conmiseración por sufrimientos pasados, entonces entendemos la modalidad agresiva de racismo que se despliega en un territorio en donde en la actualidad sólo hay presas y depredadores.
Ahora bien, con toda esa ventaja militar, financiera y propagandística que tiene el gobierno israelí sobre el pueblo palestino, de todos modos es difícil pensar que tiene su triunfo asegurado. Y si algo nos asiste en esta idea es la profunda convicción de que un gobierno que cínicamente despliega una política como la del gobierno de B. Netanyahu nunca tendrá el apoyo de la población mundial. Por más que la gente ajena al conflicto esté sometida al bombardeo propagandístico pro-israelí, por más que se llene el espacio con noticias tergiversadas sobre lo que pasa allá todos los días, el hecho es que nunca será la gente indiferente y nunca estará sentimentalmente del lado del prepotente y del abusador, porque esa causa no es noble puesto que exige el exterminio de un pueblo para triunfar. Hay lazos naturales de solidaridad humana que la euforia triunfalista de un grupo, por poderoso que sea, no puede romper. Lograrlo equivaldría a haber destruido la naturaleza humana. Un mínimo de sentido histórico debería hacerles pensar a quienes hoy se ensañan con el pueblo palestino que no es posible sostenerse indefinidamente en el lado victorioso de la “confrontación” y aplastar a los “enemigos” indefinidamente, hasta el fin de los tiempos. No es así como fluye la historia. Por eso pienso que la decisión del presidente D. Trump de pasar la embajada norteamericana de Tel-Aviv a Jerusalem, si bien a primera vista será la expresión del triunfo total del proyecto sionista, será más bien una victoria pírrica y marcará el momento en el que dicho proyecto político estará entrando en su primera etapa de descomposición y de desintegración definitiva.

Obama, Trump y México

Por fin podemos con júbilo exclamar que llegó a su término el periodo presidencial de uno de los mandatarios norteamericanos más siniestros de los últimos tiempos, esto es, Barack Obama. A pesar de su francamente cursi y ultra-demagógico discurso de despedida – una especie de canto de cisne ridículo en el que hábilmente sintetizó vanagloria con auto-elogios por supuestos logros más ficticios que reales, manifestando abiertamente actitudes de superioridad moral sobre todos los pueblos de la Tierra, tratando a toda costa de conminar a la administración entrante, mediante insinuaciones y descaradas exhortaciones, a que adopte sus lineamientos de odio, en especial en contra de Rusia – el record de Obama no se altera y sigue siendo negativamente formidable. Decididamente, el mundo está en una peor situación ahora que cuando Obama tomó las riendas del gobierno de los Estados Unidos. Por ningún motivo debemos olvidar que fue un presidente que se jactaba de ser el campeón de los asesinatos selectivos y ataques con drones, una política que ni siquiera G. W. Bush se atrevió a adoptar, una conducta militar que causó miles de muertos, cientos de ellos inocentes, entre otras razones por los errores tácticos cometidos (bombardeo de hospitales o de celebraciones familiares, como bodas, confundidas con “concentraciones de terroristas”). Su frase dilecta y por la que pasará a la historia era: “Soy realmente bueno para matar gente, verdad?”. Curiosamente, siendo él el primer presidente negro de un país azotado por un incurable racismo lo único que a final de cuentas logró fue exacerbar los conflictos raciales como nadie antes! Ahora hay más problemas inter-étnicos en los Estados Unidos que hace 10 años. Para volver a encontrarnos con la misma violencia racial de la actual policía norteamericana tenemos que remontarnos a los años 60 del siglo pasado. Como es bien sabido, por otra parte, Obama deliberadamente no cumplió multitud de promesas de campaña, como la de cerrar la ignominiosa cárcel de Guantánamo, que es en realidad territorio cubano robado y descaradamente ocupado para las peores prácticas represivas. Tampoco retiró las tropas norteamericanas de Afganistán, sino que hizo exactamente lo contrario: reforzó la presencia militar americana en aquel destruido país. México, desgraciadamente podemos afirmarlo, recibió de él un trato de segunda, como lo muestran las diversas operaciones “Rápido y Furioso”, las cuales no se habrían podido realizar sin el asentimiento gubernamental del más alto nivel y que ponen de manifiesto lo que fue su cínica política intervencionista. Dejando de lado el pueril circo mediático ejecutado con B. Netanyahu, consistente en ignorarse mutuamente y en hacer declaraciones que apuntaban a un distanciamiento oficial, el hecho es que Obama le concedió a Israel el apoyo militar norteamericano más considerable de todos los tiempos (firmó en enero de este año el acta por 38,000 millones de dólares), lo cual significa la sumisión total del gobierno de los Estados Unidos a las políticas racistas y expansionistas del actual nefasto gobierno israelí. Obama es, con Hillary Clinton, responsable directo del asesinato de M. Khadafi y de la infame destrucción de Libia, a la sazón el país más próspero de África, con un gobierno que había amasado oro suficiente para echar a andar su propia moneda, una moneda que habría de ser continental e independiente ya del Banco Mundial. Pero eso había que impedirlo a cualquier precio y para quedarse con su oro, y de paso con su petróleo, Obama orquestó (con Francia) la destrucción de Libia. (Hay un video en el que Hillary Clinton sonriendo afirma, parodiando a Julio César: «Llegamos, vimos y él murió», refiriéndose claro está al gobernante libio). Tampoco se puede perder de vista el hecho de que a pesar de que se le regaló el premio Nobel de la Paz (un premio que, ya lo sabemos y lo reconfirmamos recientemente con el último laureado, no tiene ningún valor aparte del monetario), Obama fue un presidente que llevó a los Estados Unidos a los umbrales de una confrontación frontal con Rusia y con China. El pacto atómico con Irán (JCPOA) se logró a pesar de sus repetidos intentos de boicotear las negociaciones pues, como es bien sabido, en por lo menos dos ocasiones J. Kerry, que era su enviado, trató de terminarlas, sólo que Rusia y China, que también formaban parte de la mesa de negociación, lo impidieron. Los norteamericanos nunca han sabido de diplomacia más allá que lo que permite la presión financiera o la amenaza de drones y misiles. Y lo mismo pasó con Cuba: el contacto con la isla (más mediático que real) es una expresión de la solidez de la Revolución Cubana. Sería infantil pensar que el “acercamiento” se debió a un gesto humanitario por parte de Obama. Al día de hoy el bloqueo sigue en pie y los cubanos siguen sin poder importar tornillos o harina. Lo único que Obama hizo fue oficializar la derrota americana y ello sobre todo porque los norteamericanos se están quedando fuera de los negocios que empiezan a proliferar en Cuba. Ahora bien, sin duda alguna lo más significativo de su mandato en lo que a política internacional concierne es la animadversión personal en contra del super líder político que es Vladimir Putin y el odio mortal en contra de Rusia con que Obama la impregnó. Ese es su sello y pretende que sea su herencia. Para él era realmente muy fácil convertir a Putin en su chivo expiatorio sistemático, pues tenía a la prensa y a la televisión mundiales a su servicio. El que no soporte a Putin quizá se explique porque, dejando de lado el frente de la propaganda y ubicándonos en el de los hechos, éste lo derrotó diplomáticamente con el pacto con Irán y militarmente en Siria, en donde los aviones y misiles rusos prácticamente acabaron con los mercenarios y asesinos entrenados y pagados por Washington para destruir Siria. Con la derrota de los terroristas de Daesh en Siria se firmó el certificado de defunción de la odiosa y criminal política de Obama en el Medio Oriente. Su venganza y la de otras fuerzas operantes en los Estados Unidos fue y desde luego sigue siendo Europa Oriental en sus fronteras con Rusia, a donde como un último acto de maldad y de odio incontenible Obama ordenó el envío de más tanques y tropas que las que hubo alguna vez en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En vista de todo lo que sabemos sobre el personaje, creo que lo único que nos queda por hacer es vitorear su salida de la Casa Blanca y desear no volver a saber nunca nada más acerca de él.
      Frente al monstruoso Obama que por fin se va, dejando un país dividido, con sus programas fallidos (incluido el famoso Obamacare, repudiado por todo mundo y para el cual ya en este momento la nueva administración tiene un proyecto alternativo), quien estará ahora al frente del gobierno de los Estados Unidos (si no lo matan antes de que tome posesión o ya siendo presidente, algo acerca de lo cual en los Estados Unidos tienen experiencia, como sabemos) es el señor Donald Trump. En relación con Trump lo que nosotros tenemos que hacer es simplemente preguntarnos dos cosas: 1) ¿quién es Trump? y 2) ¿qué significa Trump para México? Intentaré responder a estas dos preguntas de manera escueta.
      Donald Trump es un político que viene del mundo del big-business, no de filas partidistas, o sea, no es un político estándar, recortado con tijera. Aunque poco a poco se va delineando su proyecto político global, la verdad es que todavía es una incógnita, en gran medida porque, como es obvio, el contenido de sus discursos está mediado por los intereses inmediatos de campaña y previos a su toma de posesión. Que Trump proceda del mundo de los negocios no significa que políticamente sea un ingenuo o un desorientado. Yo creo que no se puede entender lo que políticamente hablando Trump es si no se dispone de un cuadro mínimamente claro de la situación en la que él se encuentra, que en mi opinión es tanto conflictiva como peligrosa y es, muy a grandes rasgos, la siguiente: por un lado, es incuestionable que Trump se ganó a la opinión pública norteamericana, lo cual es interesante, porque muestra que ésta fue sensible a un discurso político inusual, al tiempo que mostró su hartazgo con la retórica política vacua de los demagogos de siempre, bien representados en este caso por Hillary Clinton. Por otro lado, sin embargo, es un hecho que Trump es permanente, sistemáticamente hostigado por la prensa y la televisión mundiales, que son los medios a través de los cuales la gente “se entera” de lo que él dice y hace. La construcción de la imagen de alguien es algo muy fácil de lograr y los mass media conocen a la perfección las técnicas de deformación y difamación. Nótese, dicho sea de paso, que lo que refleja la oposición entre la opinión pública más o menos despierta políticamente y los medios de comunicación es simplemente que ambas partes tienen intereses diferentes, por no decir opuestos. Dicho de manera general, los intereses de las masas y los de los medios de comunicación se contraponen: lo que le conviene a una parte no le conviene a la otra, y a la inversa. Como nosotros no nos comunicamos con la gente, en abstracto, sino que nos enteramos de lo que sucede a través de los medios, lo que recibimos son los mensajes que éstos quieren hacernos llegar, no los de la gente. Así, lo que a nosotros nos llega es la imagen de un Trump uno de cuyos objetivos más anhelados aparentemente sería destruir México. Eso, huelga decirlo, es una caricatura malvada, una tergiversación que sólo se puede neutralizar si se entiende por qué los medios están interesados en presentar a Trump como lo hacen, esto es, de un modo que se le generan enemigos por todos lados. ¿Por qué se da esa animadversión, esa oposición tan fuerte a Trump por parte de la prensa mundial? Si no se tiene una respuesta a ello, entonces no se entiende a Trump. Mi hipótesis es la siguiente: a diferencia de lo que pasa con Obama y con su ex-jefa del Departamento de Estado, Clinton, quienes obviamente eran simples lacayos del sistema bancario internacional, el rasgo político fundamental de Trump es que él sí es un auténtico nacionalista norteamericano. Yo de entrada diría que el que así sea es mejor para México, puesto que siempre será mejor lidiar con un nacionalista genuino que con un mero empleado de la banca, que lo único que hará será imponer políticas acordes a las reglas que le dicten los amos del dinero. De manera general, es claro que el nacionalismo es en su raíz esencialmente opuesto al cosmopolitismo bancario. El problema se plantea entonces porque en última instancia los bancos son, a través de complejísimos mecanismos, los dueños de todo, las televisoras, los periódicos, el cine, etc., incluidos. Así, todo el ataque mediático en contra de Trump no es más que una enorme presión política de alto nivel para indicarle desde ahora que su nacionalismo tiene límites y que más le conviene no intentar traspasarlos. Para hacerle sentir que la guerra puede ser total ya se llegó hasta el plano de las “revelaciones” personales según las cuales Trump habría participado en Moscú en tremendas orgías. Ahora sabemos que toda esa historieta fue armada por un ex-espía de MI6, el servicio secreto británico. La verdad es que la prensa mundial es un asco y no tiene límites, pero no entraremos ahora en tan horrendo tema. Regresemos al nuestro. Con base en lo dicho, me parece que ahora sí podemos entender por qué es Trump de entrada presentado de una manera tan incongruente, como si fuera un demente y representara una amenaza no sólo para México sino para todo el mundo. La razón es que el espíritu (por el momento sólo es eso. Habrá que ver después cómo se materializa) trumpiano es opuesto al espíritu bancario internacional y éste es el sistema del mundo. Todo haría pensar que tarde o temprano tendrá que haber una confrontación al interior de los Estados Unidos para determinar quién en última instancia manda realmente en ese país, si el gobierno elegido, que en general está de paso, o lo que se llama el “gobierno profundo”, las fuerzas que manejan y controlan las finanzas del mundo, que está ahí permanentemente activo. Si Trump efectivamente es un nacionalista, él de manera natural buscará implementar (si no lo matan, como ya dije) políticas monetarias, de inversión, militares, etc., que son esencialmente contrarias a la clase de maniobras financieras practicadas por los bancos, que son las que los vuelven ultra-ricos y por ende ultra-poderosos, en detrimento desde luego de la población mundial. Las políticas de los, por decir algo, 20 bancos más grandes del mundo desembocan siempre en burbujas inflacionarias, crisis de propiedades y bienes raíces, pauperización galopante, recortes gubernamentales, deudas eternas de los países, etc., esto es, crisis para todo el mundo menos para ellos y de las cuales salen sistemáticamente beneficiados (puesto que ellos las crean). Aquí, naturalmente, no es ni la moralidad ni el sentido común lo que importa, sino los grandes intereses. Así, por ejemplo, uno diría que cuando Trump propone tener relaciones amistosas y de cooperación con Rusia, ello es bueno para todos! Pues no: ello significa limitar al complejo industrial-militar, disminuir las inversiones en nuevas clases de armamento, redirigir fondos hacia objetivos relacionados con la producción agrícola, educativa, etc., y eso no le conviene al sistema bancario mundial. La verdad es que ya no se tiene derecho a no entender quiénes son realmente los enemigos del género humano pero, independientemente de ello, ya entendemos por qué Trump es el blanco de las críticas de la prensa y la televisión mundiales (sin olvidar el cine! Recuérdese, por ejemplo, la ridícula actuación de Merryl Streep en contra de Trump. Patética!).
      Tomando en cuenta lo que hemos dicho: ¿qué podemos pensar que representa Trump para nosotros? A mi modo de ver, el tema del muro y las políticas nacionalistas que él pretende imponer son cuestiones delicadas, de múltiples implicaciones, pero son temas que en principio se deberían poder tratar, negociar, bloquear, modificar. El problema en el fondo es otro y creo que podemos presentarlo de manera un tanto paradójica como sigue: nuestro problema es que nosotros no tenemos Trumps, no tenemos a nadie que dé la cara, que se faje por México. Yo no recuerdo a nadie que proclame a diestra y siniestra que quiere “hacer grande a México”. Nuestro problema, desde la época de la Malinche, pasando por José María Gutiérrez de Estrada (el miserable que le ofreció México a Maximiliano), por Santa Anna y por toda la caterva de Miramones y Mejías que han infectado a este país, es que casi lo único que hemos tenido como gobernantes han sido fracasados y desvergonzados personajes vacíos de sentimientos nacionalistas y populares. Considérese momentáneamente (no soportamos hacerlo más tiempo) al descarado Serra Puche, el irresponsable causante del “error de diciembre” y de todo lo que eso acarreó (ni más ni menos que el Fobaproa), un sujeto que se había mantenido en el anonimato durante 15 años pero que ahora sale a abrir la boca para insistir en que frente a las políticas nacionalistas de Trump México no se cierre y que no haga lo mismo, o sea, que no defienda su economía y su gente! Que se entienda de una vez por todas: nuestro problema no es Trump: nuestro problema son justamente los Serras Puches, los que firmaron un tratado de libre comercio que se sabía de entrada que iba a destruir al agro mexicano, los cretinos incapaces de exigir que se cumplieran las cláusulas del mentado tratado, los actuales rematadores de lo que quedaba de la riqueza nacional, los que firman convenios que le quitan soberanía a México sobre sus territorios aéreos, sus playas, sus productos naturales, los que permiten que en México se experimente con todo, hasta con su gente (piénsese nada más en los alimentos transgénicos y en los permisos para que se produzcan y distribuyan aquí), los que regalan su subsuelo y así ad nauseam. Nuestro problema es precisamente que no tenemos dirigentes como Trump que estén dispuestos a sentarse a la mesa a negociar con dignidad y con valentía el presente y el futuro del país y que no saben hacer otra cosa que ceder y conceder; nuestro problema es ante todo que nos dirigen incapaces, mediocres, gentuza que ocupa puestos de primera importancia, desde los cuales se toman decisiones trascendentales para el país, pero que no están ahí gracias a sus cualidades, sus aptitudes o conocimientos, sino por compadrazgos, compromisos y demás. Nuestro problema son los políticos de pacotilla, los mediocres de siempre que hicieron que México, en lugar de diversificar sus relaciones comerciales, se centrara en Estados Unidos y se volviera enteramente dependiente de éstos; que en lugar de desarrollar una política exterior autónoma y propia, optaron por llevar al país por la senda de la sumisión y la abyección (Fox y Calderón son como el epítome de esas rastreras tendencias). ¿Que quiere Trump erigir un muro? Adelante, siempre y cuando el gobierno que nos represente sepa responder a dicho plan. México tiene muchas maneras de presionar y de defenderse, pero para activarlas  se necesitan políticos valientes, nacionalistas, con visión, “juaristas” me gustaría decir. El problema es que no tenemos eso. Una vez más: nuestro problema no es Trump. Con él en principio se debería poder negociar de manera mucho más positiva y efectiva para México de lo que se pudo hacer con otros gobernantes estadounidenses y desde luego de todo lo que se hubiera podido hacer con una inescrupulosa delincuente de las magnitudes de Hillary Clinton. Nuestro problema son nuestros gobernantes, los priistas venidos a panistas y los panistas transformados en priistas, todos esos imbéciles que no saben hacer otra cosa que aullar apenas se usa la palabra ‘populismo’ o se ensalzan las posiciones populistas de Trump, cuando es justamente una política populista real lo único que podría sacar al país del hoyo en el que está y del abismo al que se aproxima. Desafortunadamente, los profesionales mexicanos de la política sólo reaccionan cuando ya pasaron las cosas, cuando ya no hay nada que hacer, cuando ya se nos murió la gallina de los huevos de oro. Qué horror! Yo estoy seguro de que hasta la hedionda casta política mexicana lamentará, cuando se les congregue un millón o un millón y medio de personas a lo largo de la frontera sin poder cruzarla por el muro de Trump, no haber adoptado posiciones trumpianas y no haber defendido contra viento y marea los verdaderos intereses de lo que es su única razón de ser, lo único que justifica su existencia, a saber, el pueblo de México.

La Receta Perfecta

La reflexión sobre lo que pasa todos los días en México es, para nosotros, una cuestión de obligación moral, pero también lo es el que en ocasiones hagamos un esfuerzo por pensar en México considerándolo más bien in toto, por así decirlo “a distancia”, tratando de rastrear su evolución a lo largo de (permítaseme ser vago por el momento) los últimos tiempos y sobre todo por tratar de adivinar la dirección en la que se desplaza. A mí en lo particular, debo decirlo, esta clase de faena intelectual me gusta en gran medida porque obliga a combinar pensamientos empíricos, datos, con pensamientos a priori. El problema son las sorpresas que en ocasiones nos llevamos porque hay veces en las que los resultados a los que uno llega pueden ser tan alarmantes que uno hubiera preferido no haberse adentrado en los temas de los que uno se ocupó ni haberlos abordado combinando las dos clases de enfoque mencionadas. Intentemos justificar esta pequeña paradoja.
      Un primer punto que quisiera dejar establecido es que las sublevaciones no son previsibles. Es perfectamente defendible la idea de que la Revolución Francesa, la mexicana, la cubana y muchos otros fenómenos históricos de magnitudes semejantes, así como sus respectivas consecuencias, en realidad eran impensables para quienes los vivieron y hasta para quienes mucho tiempo después se ocuparon de ellos. Podría argüirse que, sea como fuere, la Revolución Francesa tarde o temprano de todos modos habría estallado. Eso no se puede negar, pero lo que es indudable es que fue una chispa, por así describirla, lo que súbitamente le imprimió un giro distinto al descontento generalizado que prevalecía y que fue la toma de la Bastilla. Este evento concreto se dio como resultado de un movimiento espontáneo ante ciertas noticias provenientes de la corte, asentada en Versalles (la destitución de Necker, la supuesta concentración de tropas alemanas cerca del Palacio de Versalles, las intrigas de diversos agitadores profesionales, ciertos temores y resentimientos populares, etc.), lo cual enardeció al populacho y éste se lanzó contra la fortaleza y antigua prisión, la cual en un santiamén quedó reducida a cenizas. Todo esto es bien conocido, pero lo que a mí me importa enfatizar es el hecho de que la trascendental acción de tomar la Bastilla era simplemente impensable una semana antes de que sucediera. En México, el movimiento armado del siglo pasado realmente arrancó sólo cuando Madero y Pino Suárez fueron asesinados por V. Huerta pero, salvo quizá en la mente de quien lo perpetró, el magnicidio mismo no estaba en la agenda política nacional y era totalmente imposible un mes antes tener siquiera atisbos de que algo así podría suceder. Una de las muchas razones por las que la Revolución de Octubre nos parecerá siempre un evento un tanto fantástico es que todo lo que acarreó (ni más ni menos que el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la nacionalización de la tierra, etc.) no se habría dado si Lenin no se hubiera adueñado del poder dando en el momento propicio un audaz golpe de Estado. Ahora bien, lo que Lenin mostró es que era un gran oportunista, pero precisamente por eso la decisión concreta que tomó fue una improvisación y por lo tanto algo imposible de predecir. Podemos seguir ejemplificando nuestra tesis, pero creo que con lo que hemos dicho nos basta. Lo que yo deseo sostener es simplemente que las revoluciones requieren de detonadores, pero los detonadores son imprevisibles. Por consiguiente, hay un sentido en el que las revoluciones también lo son.
      Ahora bien, y esta es la otra cara de la moneda, el que las revoluciones requieran para producirse de un evento fatal que es imprevisible no significa ni anula el hecho de que sólo puedan gestarse toda vez que se haya cocinado el caldo de cultivo apropiado y de que si no hay tal “caldo de cultivo” entonces la idea misma de detonador pierde todo su sentido. Aquí lo interesante es el contraste entre el caldo de cultivo y el detonador, porque a diferencia del segundo el primero es un fenómeno explicable científicamente. Podemos entonces presentar la relación entre transformación social radical, caldo de cultivo y detonador como sigue:

A) Caldo de cultivo
(cognoscible)
Detonador(es) Sublevación general
(movimiento armado, transformación social radical, etc.)
B) No hay caldo de cultivo No tiene sentido hablar de detonador No hay transformación social
C) Caldo de cultivo No hay detonador ? ? ? ? ?

Es obvio, supongo, que cuando hablo de “caldo de cultivo” estoy aludiendo a la última etapa de diversos procesos complejos, todos ellos con efectos de carácter acumulativo y relativamente largos, esto es, que pueden durar 80, 100 años o más. Estos complejos procesos son los factores que en un determinado momento constituyen una plataforma que sólo espera a su detonador para estallar. Pero ¿qué clases de procesos o situaciones son los componentes de esos “caldos de cultivo”? Intentaré responder a esta pregunta proponiendo una breve lista de factores que a mi modo de ver son condición sine qua non del cambio social, si bien no son ellos mismos sus causas eficientes. Me limitaré, pues, a mencionar los que me parecen ser los más prominentes y decisivos, sin pretender en ningún momento estar ofreciendo aquí y ahora una lista de condiciones necesarias y suficientes. De hecho, no creo que sea posible elaborar una lista así. Lo que en todo caso sí es importante es que el cuadro general quede claro. Ahora sí: ¿qué factores podríamos incluir dentro de la lista de elementos que configuran el caldo de cultivo para que se dé un determinado cataclismo social? Sugiero por lo menos los siguientes:
A) Brutales contrastes económicos e injusticia social. Es relativamente obvio, pienso, que la primera condición en el proceso de descomposición social global es la existencia de desmedidas, injustificables y casi absurdas asimetrías económicas y, por ende, sociales. No sé ahora, pero hace 30 años El Salvador prácticamente le pertenecía a 12 familias. En México, el 1% de los mexicanos acapara cerca de 45 % de la riqueza! La situación mexicana es un auténtico paradigma de desbalance (y, por lo tanto, de injusticia) social.
B) Baja sistemática del nivel de vida. Un segundo factor que a primera vista tendría que estar presente y que de hecho es una consecuencia o efecto del anterior es el permanente descenso en el nivel de vida de la población hasta llegar a condiciones ignominiosas de paupericidad. ¿Qué queda de la canasta básica de tiempos de Echeverría o de López Portillo? Un vago recuerdo. Es obvio que en el capitalismo el nivel de consumo en el capitalismo resulte decisivo para cualquier clase de diagnóstico o evaluación social. Ello explica por qué la gente puede seguir viviendo tranquilamente (como sucede en Estados Unidos o Europa Occidental) a sabiendas de que hay por encima de ella multimillonarios que viven infinitamente mejor siempre y cuando ella misma viva bien, tenga un nivel de consumo respetable, que se le asegure el acceso a los productos básicos y no solamente a éstos. Después de todo, el ciudadano común y corriente también tiene derecho a ir de vacaciones al mar al menos una vez al año, a llevar a su familia de cuando en cuando a un restaurant y cosas por el estilo. Pero eso es precisamente lo que no pasa cuando la gente tiene que contar sus centavos para poder llegar a finales de mes, cuando tiene que calcular los litros de gasolina que puede usar diariamente, etc., etc. Como dije, yo creo que este fenómeno se deriva directamente del anterior, pero no discutiré el punto aquí.
C) Corrupción generalizada Es muy importante para entender la clase de agitación social de la que estamos hablando el hecho de que la corrupción se haya generalizado a toda la sociedad. En México, todos lo sabemos, desde el ciudadano más humilde hasta el más prepotente de los multimillonarios, la inmensa mayoría de los habitantes está imbuida, cada quien a su manera, de corrupción. Este factor es ciertamente crucial y México, una vez más, está a la vanguardia en este punto. A menudo se compara a la corrupción con un cáncer. La metáfora no está mal, pero creo que habría que precisarla. La corrupción a nivel nacional, que inunda todos los sectores de la vida social, no es nada más un cáncer: es una metástasis y éstas ya no tienen curación. Así es la clase de corrupción que prevalece en México. De ahí que cualquier persona normal entendería, si se le explicara, que ya instalada y siendo de esas magnitudes y esa profundidad, sencillamente no hay nadie que pueda erradicar la corrupción, es decir, no hay medidas particulares, pactos, legislaciones, etc., que acaben con ella. Más bien es la corrupción la que acaba con la sociedad.
D) Pantano institucional. Otro elemento que contribuye a los terremotos sociales es el hecho de que las instituciones dejen de funcionar normalmente, con la efectividad que deberían tener y cumpliendo con las funciones para las cuales fueron creadas. Una vez más, nuestro país ilustra magníficamente esta falla. Los ministerios públicos, los juzgados, los hospitales, etc., operan por inercia y las más de las veces hay que luchar no para tener éxito en nuestras solicitudes, sino simplemente para que a uno lo atiendan, le den curso a su solicitud, le presten el servicio que supuestamente la institución de que se trata proporciona. Yo creo que no necesito dar ejemplos, porque todos sabemos bien de qué se trata.
E) Inefectividad legal. Un factor de exacerbación política que es tan efectivo como significativo es la incesante generación de marcos jurídicos con, por así decirlo, osteoporosis, legislaciones vacuas y hasta abiertamente contraproducentes. En este sentido, un formidable ejemplo de esto último y que es particularmente indignante, un ejemplo de maldad y de estupidez gerencial nos lo proporciona el criminal Reglamento de Tránsito impuesto por Mancera. A partir de su imposición les llueve a los conductores del Distrito Federal multas sin fin, lo cual en nuestras circunstancias significa acabar con el reducido capital familiar, estrangularlo, darle la estocada final. Como todo mundo sabe, dicho “reglamento”, que se impuso por la fuerza, obliga a los conductores a una reducción ridícula y absurda de velocidad cuando el sentido común indica que lo que había que hacer era exactamente lo contrario, esto es, agilizar al máximo el tránsito vehicular. La ley Mancera causa pérdida imperdonable de horas de vida (lo que antes se hacía en 20 minutos ahora requiere de una hora), hizo subir brutalmente los niveles de contaminación (todos la padecemos día con día), propició la multiplicación de asaltos a conductores, pero eso sí: enriqueció a un par de compañías y quién sabe bien a bien qué se hace con los cientos de millones de pesos extraídos de los bolsillos de las personas (hay una campaña presidencial en perspectiva y campañas así requieren de sumas millonarias). Yendo, sin embargo, más allá de leyes anti-sociales como la mencionada, en la situación que hemos denominado ‘caldo de cultivo’ el fenómeno es de desprecio por la legalidad y violación permanente de las leyes, en todos los contextos y en todos los ámbitos. Si las leyes no son útiles, entonces son tiránicas y no se tiene por qué acatarlas. Aquí se cree que se puede gobernar por promulgaciones jurídicas, pero cualquiera en su sano juicio entiende que la realidad no se deja manipular de esa manera. Las leyes en México son cada vez más como manivelas de un gran mecanismo en el que se mueven de un lado para otro, pero que realmente no contribuyen a su funcionamiento.
F) Sistema educativo destruido. Las explosiones sociales a las que estamos aludiendo requieren que el nivel educativo de la población en su conjunto sea ínfimo. México, una vez más, se lleva un galardón en este rubro. No solamente tenemos a millones de iletrados sino que también un altísimo porcentaje de que los que van a la escuela desertan en los primeros años y no pasan del nivel de tercero de primaria. Un problema con ello es que gente tan “despreparada” de esta manera es fácilmente manipulable. La gente sin instrucción no sabe cómo expresar su descontento y, por lo tanto, aguanta más el mal trato, las injusticias, la impunidad. No ahondo en el tema porque nos es bien conocido. Lo que fácilmente se pierde de vista, en cambio, es que también la paciencia de esa gente tiene límites y cuando se les rebasa esa gente a la que no se le dotó de la educación a la que tenía derecho se vuelve con mucha facilidad la carne de cañón (y el brazo armado) del conflicto social.
G) Gobiernos anti-nacionalistas. Es decisivo en la gestación de un trastorno social de grandes magnitudes que los sucesivos gobiernos hayan sido, durante varios lustros o decenios, gobiernos de cobardes frente al extranjero, de sometidos políticos, gobiernos peleles y entreguistas. No creo que tengamos que ir muy lejos para constatar lo que es nuestra realidad y cómo, paulatina pero sistemáticamente, se fue desmantelando el patrimonio económico nacional. Lo que quiero resaltar, sin embargo, es que se requiere también que quienes toman las decisiones, además de traidores a la patria y a su pueblo, sean en general grandes ineptos, meras mariposas ministeriales, que brincan de una Secretaría a otra, de una gubernatura a una diputación, etc. Nuestros más destacados políticos son “todólogos”. Lo que esto significa, desafortunadamente, es que el Estado ya no está bajo el control de gente competente en cada uno de sus sectores. Ha habido políticos en México que han sido todo menos presidentes de la República. En países realmente avanzados y sólidamente establecidos eso sencillamente no es posible.
H) Libertad de expresión ficticia. Algo que va cobrando importancia a medida que se va instalando es la supresión de la libertad de expresión. Quizá todavía no lleguemos al plano de la censura descarada, de la prohibición estricta de decir lo que se piensa (aunque hay indicios de que nos movemos en esa dirección), pero lo que es cada día más claro es que la verdadera oposición sencillamente no tiene voz en este país. Hay, por ejemplo, multitud de programas de televisión y de radio en donde los 4 o 5 aburridos participantes de siempre nos regalan sus invaluables opiniones. El problema es que son siempre los mismos quienes opinan, en tanto que a sus adversarios políticos o ideológicos nunca se les concede la palabra. La gente entonces no se nutre más que del mismo material insulso, enredoso y carente de valor explicativo, esencialmente cargado con contenidos ideológicos baratos y hasta grotescos. En México, es cierto, no hay mordazas (todavía), pero tampoco hay “el otro”, al que se le volvió mudo. Esa es una forma más perversa de acabar con la libertad de expresión que la prohibición explícita.
I) Hostilidad colectiva. Una marca inequívoca de la descomposición del tejido social es el hecho de que los miembros de la sociedad, llevados por el desgaste al que están sometidos, empiezan a atacarse unos a otros. Este ataque puede ser, por ejemplo, monetario: todo mundo trata sistemáticamente de sacarle dinero a los demás, porque de hecho lo necesita. La solidaridad social no se manifiesta entonces más que negativamente, esto es, en la protesta.
J) Represión. Con lo que se topan las manifestaciones sociales de inconformidad es con la represión. De manera natural, el Estado recurrirá todos sus aparatos para “restablecer el orden”, hacer valer el estado de derecho, etc. Con la represión se cierra un ciclo y empieza otro.
      Me parece innegable que, aunque se podrían mencionar otros factores que son quizá igualmente imprescindibles para que se dé una sublevación masiva, por lo menos los que hemos mencionado se articulan de modo tal que conforman un peculiar trasfondo, un caldo de cultivo o una plataforma (el símil es lo de menos) listos para que cuando menos se lo espere la sociedad se inicie un incendio social de magnitudes incalculables. Preguntémonos entonces: ¿se dan en México las condiciones que permitirían una sacudida social severa? Le dejo la respuesta al amable lector. Lo que ciertamente ha faltado es simplemente la chispa apropiada y que tiene que afectar a la población en su conjunto. Un pillo como Duarte afecta directamente a los veracruzanos, pero mucho menos a los defeños y menos aún a los sinaloenses o a los yucatecos. De males sociales, humanos y naturales está inundado el país, pero se trata de males consuetudinarios. Falta el mal o los males que opere u operen como detonadores. Preguntemos entonces: ¿qué podría fungir aquí y ahora como un mal así? Ya sostuve que eso es esencialmente impredecible, pero podemos especular al respecto. Tiene que tratarse de decisiones abiertamente contrarias al interés popular inmediato, medidas tomadas por el gobierno que afecten de manera directa, palpable y cruda a las grandes masas, las cuales viven y padecen todos los días el complejo caldo de cultivo que ya no se puede deshacer. No habría sido descabellado pensar, por ejemplo, que el caso de los muchachos de Ayotzinapa movilizaría a la población en su conjunto o totalidad, pero no fue así. El caso Ayotzinapa no fue un detonador suficientemente fuerte. El caso del brutal incremento de la gasolina, en cambio, me parece que se acerca mucho más a la idea de detonador de procesos sociales terribles. No es improbable que, una vez más, el pueblo de México se apriete el cinturón y se resigne a vivir en las condiciones que se le imponen. Es muy importante entender, no obstante, que los sistemas de vida tienen su propia lógica y que no se pueden desviar de lo que son sus objetivos internos, como el mantenimiento y reforzamiento del status quo. De ahí que si no fue Ayotzinapa y no fue el gasolinazo otra cosa será el detonador del gran conflicto social que se avecina. Lo que difícilmente podría negarse es que estamos cada vez más cerca de los límites más allá de los cuales se da la conflagración social a nivel nacional. Cuando eso suceda, de lo único de lo que no podremos tener dudas es de quiénes habrán sido los culpables, esto es, los ineptos cocineros políticos que elaboraron y aplicaron la receta perfecta para la esclavización del pueblo de México y su perpetuo estado de insatisfacción y enojo.

Cristo y el Jesús de Paul Verhoeven

Ahora que, después de haberla abandonado durante un año, decidí retomar mi práctica de escribir al menos un artículo por semana sobre temas de interés general, necesito empezar por confesar que reinicio mi labor con sentimientos encontrados porque, por una parte, estoy contento por volver a poner por escrito algunas reflexiones personales pero, por la otra, reconozco que justo mi tema de hoy lo constituye un libro que me resultó, de principio a fin, un auténtico vomitivo! Podría pensarse que hay que ser muy perverso para dedicarle tiempo y atención a algo que nos resulta desagradable. Mi justificación es que el tema es importante y que es mi deber ocuparme de él, independientemente de la reacción que suscite en mí el material considerado. El libro en cuestión no es muy reciente y lo adquirí en Buenos Aires durante mi última estancia en dicha ciudad, una ciudad en la que, a diferencia de lo que pasa aquí en el Distrito Federal, el libro es una mercancía muy apreciada, lo cual explica por qué tienen allá la cantidad de librerías que tienen y por qué en México no pasa de haber una cuantas y muy mediocres. El texto que me propongo comentar, como dije, no es muy reciente, pero su traducción al español sí lo es y ello me alentó a examinarlo. Se intitula ‘Jesús de Nazaret’ y pretende ser una “reconstrucción racional” de la vida de Jesús o, siendo un poco más precisos, de algunos grandes momentos de su vida y, desde luego, de La Pasión. Así, pues, creo que el tema simplemente basta para reivindicarme por tomar como objeto de análisis el libro mencionado.
          Uno pensaría que, independientemente de si se le considera histórico o ficticio, escribir sobre un personaje de la talla de Jesús, un sujeto (por así decirlo) consagrado ya históricamente, constituye un reto intelectual de primer orden y, por consiguiente, quien se atreve a hacerlo tiene que estar consciente de que tiene que salir con algo realmente novedoso, original y aclaratorio. Meras paráfrasis de textos clásicos, plagios velados, repeticiones de lo que todo mundo ya sabe automáticamente descalifican al autor y a su producto. Algo, pienso yo, hay de esto en este caso, pero antes de presentar y examinar el contenido del libro quisiera decir unas cuantas palabras sobre su autor, porque me parece que ello puede ayudar a comprender mejor la evaluación que yo haga del texto.
          El autor del libro del que me ocupo no es ni un completo desconocido ni un erudito de biblioteca. Es un holandés de nombre ‘Paul Verhoeven’ y es un relativamente bien conocido director de cine. Entre sus trabajos más famosos como director están Robocop y Show Girls, así como su más reciente “creación”, Elle, una película cuyo tema central es una violación. Verhoeven llegó al cine después de haber trabajado en televisión y de haber hecho la carrera de física. Formación científica la tiene, no así humanística. ¿Cómo entonces es que llegó al tema de Cristo? Lo que pasó es que durante su estancia de 10 años en Hollywood participó durante algún tiempo en el “Seminario Jesús” (Jesus Seminar), como parte de las actividades del Westar Institute, una organización supuestamente dedicada al estudio de la historia y las tradiciones cristianas (o, lo que parece más probable, a su desmantelamiento y destrucción). Pero ¿cómo es que un sujeto que se ha solazado a través de sus películas en la violencia y en la pornografía de pronto se interesa por el pacifista más grande de todos los tiempos y por quien el Fénix de los Ingenios presentara como sigue:

¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo en verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo entre tanta gente!?

          ¿Qué tiene que ver un especialista en perversiones sexuales con un ser como el descrito en el verso y que, por si fuera poco, es uno de los pilares de la civilización occidental? Lo menos que podemos decir es que de entrada se trata de personajes que son como antípodas y que se mueven en direcciones opuestas. Esto, sin embargo, no es más que el inicio.
          El punto de partida de Verhoeven lo constituye la tesis central del grupo del cual él formó parte durante algún tiempo y es la siguiente:
haya sido quien haya sido y haya sucedido lo que haya sucedido, los Evangelios sólo pueden hablar de lo que de hecho pasó en el mundo natural. En otras palabras, para comprender al “verdadero Jesús” se le tiene que ubicar en el marco del espacio-tiempo, verlo como un ser humano que actuaba en su contexto natural, la sociedad judía en tiempos de Tiberio. Esto equivale a la adopción de un “naturalismo” radical y la primera implicación de dicho naturalismo es, obviamente, el rechazo de toda clase de milagros y, muy especialmente, de la resurrección. Todo eso queda descartado si aceptamos una visión naturalista del mundo y con ella enfocamos el fenómeno “Jesús”. Esto que acabo de enunciar es la plataforma fundamental de la “interpretación” de Verhoeven. Lo crucial es lo que éste elabora sobre ella y que es en lo que se supone que consiste su “aportación” a la cristología. Así, lo que sin duda todos quieren preguntarse entonces es: habiéndonos puesto los anteojos naturalistas: ¿cómo entonces se leen los Evangelios? Podemos adivinar que el resultado va a ser no sólo radicalmente diferente del cuadro universalmente aceptado de Jesús de Nazaret, sino un cuadro en última instancia grotesco de este último. ¿Qué o cómo era Jesús desde la perspectiva naturalista de Verhoeven? Se trata de un individuo que (por lo menos hasta su conversión espiritual) no rechazaba la violencia como una opción, a quien le gustaba departir y beber, que frecuentaba prostitutas, se dedicaba a efectuar exorcismos, un individuo un tanto desequilibrado mentalmente a quien sus familiares iban a buscar para llevarlo de regreso a su casa y líder de gente descontenta con la dominación romana a quienes no obstante defraudó, puesto que se rehusó a ser el líder de la insurrección en contra de los romanos y de los colaboracionistas judíos, la casta sacerdotal. Aparentemente, Jesús estaba convencido de que el Reino de Dios, una situación de justicia universal impuesta por el Todopoderoso, estaba por producirse y era él quien anunciaba la “buena nueva”. Ahora bien, dicho evento nunca sucedió y lo que pasó es que los evangelistas modificaron su mensaje, que quedó refutado en la experiencia, por el de la resurrección, que obviamente el enfoque naturalista descarta como posible. En manos de Verhoeven, es el relato de la vida de Jesús en su conjunto lo que cambia: no hubo ninguna “última cena”, lo que a Jesús se le atribuye haber dicho en esa ocasión es algo que él dijo en otro momento y con otros objetivos en mente, su actuación en el Templo no tuvo lugar cuando los evangelistas afirman que sucedió y así sucesivamente. Judas, por ejemplo, no fue ningún traidor, sino un “discípulo” que se decepcionó de las promesas de Jesús y que, después de la muerte de éste oficialmente se convirtió en un renegado, pero el traidor era otra persona, un típico “agent provocateur” que trabajaba para las autoridades, “judías o romanas”, algo sobre lo cual Verhoeven cómodamente nos deja en la incertidumbre (p. 256). El resultado de las invenciones de los evangelistas fue simple: “El discípulo renegado y el traidor (sea quien fuere) se fundieron en una única figura, que conservaba el nombre del renegado, Judas Iscariote” (p. 253). Independientemente de cuán repelente pueda resultarle a alguien la historieta narrada por Verhoeven, hay que señalar que da la impresión de ser el trabajo de un erudito, puesto que viene apoyada en un impresionante número de citas de los distintos Evangelios, los apócrifos incluidos. Esto hace pensar que en realidad es el coautor (Rob van Scheers) quien suministra el apoyo bibliográfico y que es Verhoeven quien elabora el cuadro de Jesús que se pretende poner en circulación.
          Antes de examinar críticamente la propuesta del cineasta venido a historiador y “humanista” (permitiéndome aprovechar la elasticidad de los conceptos), quisiera muy rápidamente dar un ejemplo de reconstrucción “a la Verhoeven” (“naturalista”) de un pasaje importante de los Evangelios, a saber, el milagro de los peces. Por definición, ya lo sabemos, la idea misma de acción milagrosa es rechazada por el enfoque naturalista del Verhoeven. Como este mismo dice: “Ese ‘milagro’ es imposible. Jesús nunca convirtió cinco panes en cientos, no es Harry Potter. Además, todo el relato está tomado del Antiguo Testamento, más precisamente de 2 Reyes 4: 42-44” (p. 143). ¿Cómo se explica entonces el suceso, que ciertamente tuvo lugar, en el que se alimenta por lo menos a 500 personas? Verhoeven, dicho sea de paso, rechaza que hayan sido 5000: “Es verosímil que una gran multitud (cinco mil es una cifra hiperbólica, quinientos me parece más probable) haya sido alimentada con peces en la estepa, a la orilla del mar. Al menos cuatro de los discípulos de Jesús eran pescadores: Pedro, Andrés, Juan y Jacobo; los últimos dos, incluso, tenían una pequeña pescadería” (p. 145). Según Verhoeven, entonces, lo que pasó fue simplemente que una multitud, enardecida por la ejecución del Bautista, y un “predicador carismático” que auguraba la llegada del “Reino de Dios”, se reúnen en un lugar aislado para expresar su enojo y planear una sublevación. Pero ¿cómo se alimentaron todos esos potenciales guerrilleros? La resolución naturalista es clara: “Creo que los pescadores, en un gesto de solidaridad con Pedro, Andrés, Jacobo y Juan, arrojaron sus redes para alimentar a la población con su pesca.” (p. 145). Más claro y sencillo imposible.
          Como es natural, no puedo examinar detalladamente en unas cuantas páginas el contenido de este libro y ello no sólo por su temática (ni más ni menos que la vida de Jesús y la doctrina cristiana), sino también porque habría que discutir prácticamente todo lo que el autor afirma. Para decirlo rápidamente: no hay una página en la que no detectemos una calumnia, una burla, un insulto (por lo menos a la inteligencia), una mentira, una incongruencia, una pseudo-explicación, una aseveración fuera de lugar. No me queda, por consiguiente, más que abordar el contenido del libro de la manera más abstracta posible. Quisiera entonces llamar la atención sobre varios puntos.
a) Naturalismo y religión. A mí, debo decirlo, pocas cosas me parecen tan ridículas como la de pretender interpretar un texto sagrado desde la perspectiva de la ciencia contemporánea, independientemente de qué ciencia se trate. Eso es tan absurdo como la inversa: pretender interpretar la ciencia desde un punto de vista religioso. Si alguien es un creyente genuino y acepta un determinado mensaje religioso ya no tiene nada más qué buscar o qué demostrar. La ciencia es irrelevante. El creyente acepta su texto sagrado tal cual, es decir, como se le acepta en la tradición a la que funda y a la que él pertenece. Para quien hace suyo el mensaje de Cristo la discusión acerca de su “verdad histórica”, del “verdadero Jesús”, etc., no tiene ni sentido ni interés y desde luego que no es relevante para eso que se convirtió en “su verdad”.
b) Naturalismo y congruencia. Es cierto que el escrito de Verhoeven está dedicado a Jesús de Nazaret, pero hasta un niño percibe que toda su descalificación naturalista tiene implicaciones obvias que él podría al menos haber mencionado. Yo puedo estar de acuerdo en que si un milagro es una excepción a una ley natural, entonces no hay milagros pero entonces, en aras de la coherencia, habría que sostener que los relatos en los que se nos habla de que las aguas del Mar Rojo se abrieron para dejar a un grupo humano, de la caída de los muros de Jericó y todos los supuestos sucesos maravillosos (casi todos de corte nacionalista y guerrero) en los que Jehová interviene también requieren de una “interpretación naturalista”. ¿Por qué el naturalismo nada más se le aplica la Nuevo Testamento? Hay aquí un desequilibrio demasiado ostensible como para no percibirlo. Ello naturalmente da qué pensar respecto a las motivaciones ocultas del autor.
c) Autoridad moral del autor. ¿Quién es Paul Verhoeven y cómo es que se atreve a escribir un texto tan obviamente lleno de deformaciones históricas y de transgresiones de muy variada índole (desde luego morales, pero también científicas; sobre esto digo algo más abajo) sobre un personaje, real o ficticio, que sirvió y sigue fungiendo como fundamento de toda una civilización, que estableció mejor que nadie nuestro espectro moral (la Regla de Oro), que enseñó a vernos los unos a los otros de un modo que era (y por lo visto sigue siendo) novedoso? Verhoeven es un obsesionado genital y sexual bien conocido, un cineasta nada sutil. ¿Cómo es que un sujeto así se permite vilipendiar lo que de hecho es nuestro paradigma moral último, supremo? A lo que Verhoeven aspira no es a “naturalizar” a Jesús, sino más bien a encontrar una manera de convertirlo en uno de sus descarnados personajes para llevarlo a la pantalla teniendo como “justificación” su “reconstrucción científica”.
d) Seriedad de tratamiento. Si algo no hay en el texto de Verhoeven es una genuina actitud científica. Debería quedar claro que simplemente dedicarse a jugar con lo que es lógicamente posible no es adoptar una óptica apropiada en historia. Los contextos son importantes y fijan límites a las descripciones y a las comparaciones. Por ejemplo, Verhoeven se inventa un Jesús que es ante todo un exorcista, pero es obvio que su noción de exorcista es la de la famosa película, o sea, es una noción actual. Él no dice ni que gente así proliferaba en aquellas tierras ni aclara que ser exorcista entonces no era exactamente lo mismo que ser exorcista ahora. Un exorcista ahora es un farsante que se aprovecha de la ignorancia de las personas; un exorcista de aquellos tiempos era, al menos parcialmente, un médico, porque la medicina como muchas otras cosas estaba ligada a las creencias escatológicas de la gente de aquellos lugares y de aquellos tiempos. Judea, Samaria y demás no eran territorios en donde se hubieran desarrollado la anatomía, la fisiología, la endocrinología, etc. La gente (los exorcistas) curaba apelando a las creencias universalmente aceptadas en su medio. Verhoeven abunda en descripciones que ante todo revelan incomprensión histórica. El resultado es que Jesús es pintado como como un estafador y además como particularmente repugnante, puesto que su tratamiento consistía, según él, en escupirle a los pacientes en los ojos y los oídos. Eso no es hacer historia, es deformar la historia. Por otra parte, es cierto que Verhoeven cita a diestra y siniestra a los evangelistas y a múltiples otros autores, antiguos y actuales (empezando por San Pablo), pero muy rápidamente se da uno cuenta de que los usa como le conviene y cuando le conviene. Muchas de sus citas (la mayoría) están desconectadas de sus contextos naturales. Eso es muy fácil de hacer, sólo que es un expediente declaradamente deformador y en última instancia inútil. Conclusión: el Jesús de Nazaret engendrado por Verhoeven es un fraude total: un engaño a sus contemporáneos y completamente inservible a nosotros, aquí y ahora. La pregunta que hay que hacerse es: ¿para qué redactar textos así, textos que no sólo son ofensivos sino que están destinados a ser relegados al olvido tan pronto son publicados?
Alguien podría objetar: pero de todos modos tiene que haber algo original y que valga la pena en este libro! Quizá no mucho, aparte del estilo decididamente irrespetuoso del autor. Señalar que hay contradicciones entre los Evangelios o examinar el papel histórico de cierto galileo de aquellos tiempos ciertamente no tiene nada de original. Creo, no obstante, que hay algunas sugerencias esparcidas por aquí y por allá dignas de ser ponderadas sólo que no pasan de ser curiosidades, comentarios en torno a un relato que permanece básicamente intacto. Desde mi punto de vista, sin duda alguna el tema más interesante (e importante) considerado en el libro es la transición que Verhoeven describe del Jesús revolucionario al Jesús religioso, por así decirlo, la transformación de Jesús en Cristo. Como era de esperarse, Verhoeven no tiene ni los elementos ni la capacidad para profundizar en el tema. Es esa muy especial experiencia mística que lleva a Jesús de la idea de “Reino de Dios” a la idea de sacrificio por todos (de tener que morir para que la causa triunfe) y de resurrección lo que me parece a la vez el tema más atractivo y decisivo del libro y que el autor no tiene ni idea de cómo explotar. Confirma que, por lo menos en general, los grandes hombres son seres que evolucionan, cuyos pensamientos se van transformando y con ellos ellos mismos. Qué evolución tan notable la de Jesús que lo lleva de luchador social a emancipador universal, de la idea de que hay que sacudirse a los parásitos que colaboran con los romanos (una idea meramente local) a la de que se triunfa sólo a través del perdón y del amor por quien le hace a uno daño. Qué lúcido y qué valiente tiene que ser un hombre para entregarse de esa manera a un ideal tan difícil de alcanzar. Y qué despreciable puede ser un sujeto que se expresa, como Paul Verhoeven lo hace, protegido por la atmósfera típicamente anti-cristina de Hollywood, de un individuo, ficticio o histórico, tan superior a él, a quien denigra y ridiculiza sin que siquiera le cruce por la mente el pensamiento de que ese hombre habría sido el primero (y muy probablemente el último) que lo habría perdonado.

Lo lograron!

A mí me parece casi una trivialidad la afirmación de que aquí y ahora, siempre y en cualquier parte del mundo, los seres humanos actúan y piensan en concordancia con ciertos principios básicos de racionalidad. Ello tiene que ser así, puesto que después de todo las acciones humanas en general tienden a no ser ni caóticas ni arbitrarias. La gente por lo menos aspira a justificar sus acciones y a dar cuenta de sus opiniones y pensamientos. Sólo entre personas que presenten descomposturas mentales graves encontraremos a gente que actúe a tientas y a locas o que haga afirmaciones totalmente gratuitas y sin ningún sustento. Salvo en excepcionales y contadísimas ocasiones, si nos topamos con alguien que a la pregunta ‘¿Por qué hiciste eso?’ o ‘¿Por qué dijiste eso?’ responde con un ‘no sé, no tengo idea’ o con un ‘se me ocurrió en el momento’ o con algo por el estilo, automáticamente desestimamos su respuesta y de inmediato lo reubicamos en el cuadro de nuestro sistema de relaciones personales.
Tal vez no esté de más ilustrar lo que he dicho con por lo menos un ejemplo de esos principios de racionalidad a los que acabo de aludir. Uno que me parece particularmente pertinente para la idea a la que más abajo quisiera dar expresión es el bien conocido “principio” de que todo efecto tiene una causa. Esa no sería la formulación que yo le daría, pero no es mi objetivo discutir filosofía en este momento. Quiero simplemente señalar que en general todo mundo estaría dispuesto a aceptar tanto dicho principio como su converso, algo como toda causa tiene un efecto. En realidad lo que estamos afirmando es simplemente que hay causas si y sólo si hay efectos. Eso no quiere decir que nosotros sepamos automáticamente cuales son las causas si conocemos los efectos o cuáles son los efectos si conocemos las causas. Con lo único con lo que estamos comprometidos es con la idea de que si vemos algo como causa, entonces podemos inferir que ese algo tendrá algún efecto y si vemos algo como efecto podemos deducir que tiene alguna causa, que algo de hecho lo causó. Estos “principios” elementales son útiles porque permiten descartar multitud de dizque explicaciones de situaciones, explicaciones en las que se habla de causas pero no se admiten efectos o al revés. En particular, se aplican a las acciones humanas. Los principios nos permiten ver en las acciones humanas causas de situaciones y a las situaciones como efectos de las acciones y establecer conexiones entre ellas. No podremos entonces aceptar como legítimo un discurso en el que se hable de decisiones, elecciones, acciones, y demás, pero que no obstante no incorpore en relación con ellas a sus efectos. Lo que estamos afirmando, precisamente, es que las acciones humanas tienen que tener efectos. En otras palabras: no hay acciones humanas normales sin efectos y a menudo éstos son previsibles o predecibles. Esto, naturalmente, se aplica en todos los contextos en los que los humanos intervienen, o sea, en todos. Asimismo, como acabo de decir, es un hecho que a menudo podemos saber, si conocemos las causas cuáles serán los efectos y si conocemos (o padecemos) los efectos también a menudo podemos detectar sus causas. Así consideradas las cosas, lo más irracional e intelectualmente ridículo que podría hacerse sería afirmar o pensar, explícita o tácitamente, que podemos escapar a la dimensión de la causación, en los dos sentidos mencionados: de causa a efecto y de efecto a causa. Nosotros ya sabemos que todo tiene efectos y que todo tiene causas y muy a menudo podemos pasar del conocimiento de unos al conocimiento de las otras, y a la inversa.
Lo anterior tiene una aplicación obvia en la política nacional y de paso, aunque de esto último no tengo certeza, también en antropología, porque parecería que en función de las ideas causa y efecto podemos discernir un subgrupo de los seres humanos cuyos elementos opinan que pueden actuar sin que sus acciones tengan consecuencias o sin que podamos conocer los potenciales efectos de sus decisiones o, también, que no se pueden rastrear las causas de situaciones cuyos efectos éstas son. Yo sospecho que dicho grupo humano está constituido por lo menos por los honorables miembros de la clase política mexicana. En efecto, en este país los gobernadores, los diputados, los magistrados de la Suprema Corte, los senadores, los delegados, etc., todos parecen pensar:
a) que sus acciones y decisiones no tienen repercusiones
b) que si las tienen nadie se va a enterar de ello
c) que no será factible transitar desde los efectos a las causas
d) que pase lo que pasa no importa, porque México es el país en el que los principios de racionalidad y de justicia simplemente no valen.
Yo creo que los políticos mexicanos están totalmente equivocados en lo que concierne a (a), (b) y (c), y quisiera pensar que también se equivocan respecto a (d) pero de esto último no estoy tan seguro. Intentemos ahora aplicar nuestros principios a una situación real “concreta”.
Que los miembros de la clase política mexicana se olvidan de que las causas tienen efectos es algo de lo que la Ciudad de México puede dar un vivo testimonio. Yo empezaría por señalar que de eso que los antiguos habitantes del en algún momento espectacular Valle de México llamaron la ‘región más transparente’ no queda sino vestigios. La última semana en particular fue sencillamente tenebrosa. Yo toda mi vida, salvo cuando residí en el extranjero, la he vivido en la ciudad de México. Conozco por experiencia los problemas citadinos que enfrentan los habitantes en su vida cotidiana, pero debo decir que nunca antes sentí como esta vez que el destino de nuestra ciudad finalmente se le había escapado a sus gobernantes. Durante esta última semana se conjugaron todos los factores que hacen de esta metrópoli una auténtica ciudad fantasma: grados elevadísimos de contaminación, desvíos de vuelos por visibilidad nula (ya ni siquiera se podían ver desde el sur los grandes edificios que “normalmente” se perciben sin mayores problemas), un cielo peor que el de Londres de finales del siglo XIX y, evidentemente, un descontrol automovilístico casi total: embotellamientos a lo largo y ancho de la ciudad y a todas horas, tanto en calles, como en avenidas, vías rápidas u otras. La gente ingenuamente habla de “bruma”, “neblina” y demás, pero me parece que sólo porque no sabe que brumas y neblinas se producen donde hay coníferas, donde hay humedad en la atmósfera y no en las selvas de asfalto, como nuestro pobre Distrito Federal. La “bruma” en cuestión era simplemente la nata de smog que bajó casi a ras del suelo. El problema llegó a tales magnitudes que pasó lo que era de esperarse que pasara cuando se es gobernado por políticos irracionales y carentes de imaginación, como los de este país: salieron como jaurías patrullas ecológicas, de las cuales yo hacía años que no veía una sola. Pero ¿para qué salieron las manadas de “patrullas ecológicas”? La repuesta es de Ripley: para detener y multar autos que ostensiblemente contaminaran. Eso suena bien, pero ¿no es ridículo pensar que unos cuantos destacamentos de patrullas podrían incidir de alguna manera que no sea en detrimento de los bolsillos de los ciudadanos en lo que para el sábado pasado era una situación ecológica ya casi insostenible? Como todos sabemos, México es el país de la desinformación sistemática. De ahí que si como el pueblo de México es de los más fácilmente manipulables que podamos imaginar ello se deba a un sinfín de decisiones políticas tomadas a lo largo de muchos años, así también lo que es casi el colapso de la Ciudad de México es un efecto de muchas otras decisiones de políticos que, en aras de sus objetivos prosaicos e inmediatos, sacrificaron al Distrito Federal y a sus habitantes. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de “colapso”?
De varias cosas. Por lo pronto queremos indicar que la calidad del aire que estaremos respirando de aquí en adelante será la peor del planeta (con un par de excepciones a lo sumo), lo cual generará más dolores de cabeza, más enfermedades respiratorias, más cánceres; queremos decir también que nuestros desplazamientos se van a alargar considerablemente, un 200 % por ejemplo. Yo creo que a estas alturas nadie cuestiona que lo que hasta hace 8 o 10 meses se hacía en 20 minutos ahora requiere de una hora, si tiene suerte; se quiere decir también que el habitante de la Ciudad de México va a dormir menos y que se van a perder millonadas en horas /trabajo/hombre. Está implicado también que vamos a tener una población sobre-excitada (como pasa con las ratas cuando hay sobrepoblación, con la diferencia de que nosotros no tenemos “reyes de ratas”. Véase al final para la aclaración de este punto), por lo cual habrá más violencia, más excitación, más neurosis colectiva. Eso y mucho más es lo que significa el que una ciudad como el Distrito Federal se esté colapsando. Ahora bien, lo que yo quiero señalar es que hay culpables, porque este colapso fue causado, es decir, es el efecto de decisiones tomadas en el pasado reciente y no tan reciente y en el presente. Pero ¿quiénes tomaron dichas decisiones, cuáles habrían podido ser éstas y sobre qué bases se habrían tomado decisiones que era evidente que iban a tener los efectos que ahora estamos padeciendo? No tenemos que estrujarnos los sesos para responder a estas y a otras preguntas como estas. Demos algunos ejemplos. 
Ejemplo paradigmático de conducta criminal en contra del Distrito Federal nos lo proporciona el nunca suficientemente denostado Vicente Fox. Todos recordarán, estoy seguro, de que con tal de estrangular políticamente (no tengo dudas respecto a sus potenciales intenciones si se hubiera tratado de un estrangulamiento físico) a su rival, el por entonces gobernador del Distrito Federal, el Lic. Andrés Manuel López Obrador, Fox le redujo en más de 5,000 millones de pesos el presupuesto al Gobierno del D.F., una importante suma de dinero destinada para programas educativos (becas y demás) en la capital de la República. Se quedaron sin el apoyo esperado millones de niños y adolescentes y ello sólo para satisfacer los bajos instintos politiqueros de un ranchero criollo venido a presidente gracias a la desesperación de un pueblo que sólo buscaba salir del pantano de 70 años priismo. Ahí tenemos un claro ejemplo de decisión en la que los intereses populares son relegados para satisfacer ambiciones personales y sobre todo, en ese caso particular, para acallar miedos por lo que habría podido suceder si el Lic. López Obrador hubiera llegado a la Presidencia. Pero hay otros ejemplos como ese y más relevantes para nuestro tema. En estos días se despidieron de la SCJN un par de magistrados. Todo era sonrisa, despido casi con lágrimas, un cuadro conmovedor. Qué emoción! Sí, pero sobre esos dos magistrados, en tanto que miembros de la institución a la que pertenecían, recae también la responsabilidad de haber permitido el brutal reingreso al parque vehicular de decenas de miles de autos chatarra que ahora inundan las calles de la ciudad. En la SCJN se llegó a la muy sabia decisión de que impedir que se usen todos los días autos chatarra era violar un derecho humano! Desde su muy refinada perspectiva, lo único que se requería era simplemente que los autos pasaran los tests que a su vez el muy honorable Gobierno del Distrito Federal tiene ya listos. Claro! Cómo si México no fuera el segundo país más corrupto del mundo y como si aquí los chanchullos y las trampas en los verificentros no fueran el pan nuestro de cada día. Ese, hay que señalarlo, es un rasgo típico de países que, como México, combinan subdesarrollo con corrupción: se toman medidas, se elaboran decretos, de promulgan leyes todo ello, por así decirlo, in vitro, en abstracto, sin tomar en cuenta la realidad social. De manera que esa emotiva despedida en la Corte de dos grandes colegas que por fin le ceden su lugar a otros dos que llegarán para percibir los sueldos oficiales más elevados de este país exigiría una investigación de cómo y por qué se tomó una decisión tan obviamente nefasta y que era más que evidente que acarrearía consecuencias desastrosas para la ciudad. Se nos olvida, sin embargo, que este es el país de esos antropoides que actúan y hablan imbuidos de la idea de que sus acciones no tienen consecuencias (efectos), que la constatación de efectos (el desastre ecológico y humano de la Ciudad de México) no lleva a la detección y al examen de sus causas y que si se descubren las causas de todos modos ello no tiene ninguna consecuencia práctica. Los señores magistrados (como los gobernadores, los diputados, etc., etc.) pueden estar tranquilos. En este país no hay cuentas que rendir.
Un último ejemplo, el cual me parece en algún sentido el más bestial de todos, por lo burdo que es. Me refiero a esa obra de arte de estupidez y maldad, ese monumento a la imbecilidad que se llama ‘Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México’. Se necesita no sólo ser irracional, en el sentido explicado más arriba, sino profundamente anti-social para pretender implantar algo así. Quienes lo prepararon son declaradamente torpes, puesto que los efectos negativos de dicho reglamento los afectará a ellos y a sus hijos por igual. Pero dejando de lado esta faceta del asunto, preguntémonos: ¿se necesitaba ser un vidente para entender que lo único que no hay que hacer en esta ciudad es pretender reducir al máximo la velocidad, que ya en promedio es de alrededor de 20 kms por hora?¿Se tenía que ser un sabio o un premio Nobel para entender que con las restricciones que se implementaron (y que ya venían del reglamento anterior) lo único que iban a lograr era convertir la ciudad en un inmenso estacionamiento? Ah!, pero que no se nos olvide que los políticos mexicanos “piensan” que sus decisiones no tienen efectos, que las causas de los desastres no son rastreables y que si son rastreables no son punibles.
Parecería que una maldición le cayó a este pobre país, la cual consiste en ser gobernado por gente totalmente incapaz de tener objetivos impersonales, de sustraerse a la maquinaria de la corrupción, de entender la actividad política como algo más que la profesión cuya práctica tiene como meta el enriquecimiento y, por si fuera poco, en ser gobernado por gente incapaz de pensar en concordancia con principios básicos de racionalidad. Nos estamos literalmente ahogando en la ciudad y los ambiciosos de siempre están metidos en la lucha por los “candidaturas independientes” (ahí está, por ejemplo, el Sr. J. Castañeda, haciendo proselitismo por su causa – que alguno de estos días vamos a analizar con detenimiento – lo cual es comprensible puesto que, como todos sabemos, él gozaría del apoyo de diversos grupos más o menos bien identificados en caso de que se modificara la ley y pudiera postularse como candidato independiente para la Presidencia de la República. Líbranos Dios de todo mal!). O sea, aquí los políticos están en la rebatinga, en afanes desenfrenados y descarados por puestos, por honores y demás mientras la ciudad se está derrumbando. No queda más que aplaudirles: aunque no piensen en términos de causas y efectos, nosotros sí podemos constatar que de hecho sus acciones tuvieron y siguen teniendo resultados notables, aunque sea negativamente. Pueden estar orgullosos de sí mismos: lograron lo que ni los españoles hicieron con Tenochtitlán. Felicidades, políticos mexicanos!

* Un «rey de ratas» es un grupo de entre 8 y 15  ratas atadas por la cola por las mismas ratas a fin de evitar que se reproduzcan. Con el tiempo quedan pegadas. La comunidad les garantiza su alimentación, pero impide que se multipliquen. La formación de «reyes de ratas» es , pues, un mecanismo de control natal por parte de las ratas cuando ya la sobrepoblación las excede. Recomiendo la lectura del libro Nuestras hermanas, las ratas, de Michel Dansel.

La Tragedia Argentina

Contra todo lo que la razón objetiva indicaba, una mayoría de votantes inclinó el domingo pasado la balanza de manera que quedó elegido como el nuevo presidente de la República Argentina quien, desde el punto de vista de los intereses políticos, sin duda alguna es el enemigo natural del pueblo argentino, esto es, el Ing. Mauricio Macri. Ganó por dos puntos, dejando de paso en claro que ahora más que nunca es la de Argentina una población escindida. Tanto por las consecuencias que dicho resultado tendrá para la propia Argentina como para América Latina en su conjunto, el tema ciertamente amerita algunas reflexiones.
Después de las cataratas de palabras que ya se soltaron sobre el tema ¿qué podemos decir nosotros, desde México y ahora que ya se consumó la tragedia, sobre tan sorprendente resultado? Por lo pronto yo apuntaría a dos factores importantes, uno tan conocido que parece una trivialidad y otro con el que muy probablemente nadie estará de acuerdo, pero que a mí me parece obvio. El primero tiene que ver con verdades aprendidas desde los tiempos de Joseph Goebbels. Como todos sabemos, en Argentina se desató una campaña de desprestigio del gobierno argentino que casi no tiene paralelo en América Latina (el golpeteo cotidiano a Andrés Manuel López Obrador por parte de toda clase de (quinta) columnistas, periodiqueros, locutorcillos y demás es apenas una pálida sombra de lo que fue la campaña del grupo Clarín en contra del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner). Lo que el triunfo macrista una vez más dejó en claro entonces es el hecho de que a las masas, por más que sean de un nivel cultural relativamente alto, se les puede engatusar, hipnotizar, manipular, inducir al grado de hacer que elijan a quien objetivamente no les conviene, que opten por su peor opción. Este punto, sin embargo, es muy general y tiene que anclarse en algo. Este algo fue la presidenta de Argentina. O sea, a quien se convirtió en objeto de escarnio, de burla cruel, a quien se ridiculizó por ejemplo en televisión a un grado que sería simplemente impensable hacerlo, por ejemplo, en México, fue a Cristina Fernández. Lo que a mi modo de ver se sigue de esto es que, dejando de lado desde luego, primero, a los sectores que por razones objetivas de intereses de clase apoyaron a Macri y, segundo, a los grupos que por arreglos políticos negociaron su voto, el de todos aquellos pequeños empleados, tenderos, oficinistas, taxistas, maestros y demás gracias a los cuales la derecha más reaccionaria de América Latina triunfó, fue un voto no razonado sino realmente emocional y por ende irracional. La gente menuda que le dio su voto a Macri no votó por Macri, sino que votó contra Cristina y no votó contra Cristina por razones de orden político, sino porque fueron hábilmente manipulados por la incontenible estrategia de estupidización política efectuada por los medios de comunicación argentinos. Lo que se logró fue catalizar todo el descontento que de manera natural genera y seguirá generando el sistema capitalista sobre una persona a la que se convirtió en el fácil ennemi à abattre. Esto, creo, no es muy difícil de hacer ver. Todo esto nos recuerda también que las masas son en general ingratas y ese es otro factor que también hay que aprender a tomar en cuenta.
El gobierno de Cristina Fernández dejó una Argentina recuperada después de los cataclismos económicos, financieros y políticos sufridos en Argentina a finales del siglo pasado y principios de éste. Argentina tiene aquí y ahora un 6 % de desempleo, un peso que se defiende dignamente en contra de los ataques foráneos (como quedó demostrado, el 90 % de las transacciones oficiales se hace con el peso oficial, no con el peso del mercado negro), un sistema financiero con una morosidad del 2 %, empresas nacionales funcionando y sentando las bases para una nueva riqueza nacional, en pocas palabras, le deja al gobierno de Macri la mesa puesta. El ciudadano argentino no es un ciudadano endeudado, no hubo burbujas inflacionarias ni desastres de bienes raíces como sucedió en España o en Estados Unidos. ¿De qué entonces se queja la gente que tiene un trabajo y un ingreso asegurados, una situación relativamente estable, posibilidades de moverse dentro del país y de viajar, a pesar de que la compra de divisas no era un asunto fácil en un país con un control de cambios? De las cosas más inverosímiles. A mí un taxista me platicó que estaba indignado porque para dar a luz su hija había tenido que ir a un hospital que estaba a cien cuadras de donde vivía, esto es, unos 11 kilómetros. En lo único en lo que este buen hombre no reparaba es en el hecho de que su hija tenía garantizada la cama de un hospital y los servicios médicos que ello entraña. Si el pobre cree que con Macri eso va a cambiar, me temo que se llevará un chasco enorme, sólo que el mal ya se habrá hecho. Una mujer en una tienda en donde se entabló una plática aseguraba que en la Casa Rosada (los Pinos de Argentina) “se habían robado todo”, pero cuando uno le preguntaba qué significaba ‘todo’, entonces no podía decir nada. Anécdotas como estas se pueden recopilar por miles, pero lo importante es lo que encontramos en su núcleo. ¿Qué es eso? Que en realidad hubo dos campañas que se sobrepusieron una a la otra, como los aviones espía que vuelan por encima de otro, siguiendo exactamente la misma ruta y de esa manera pueden escapar a los radares. La campaña política real fue silenciosa y por encima de ella se desarrolló, en torno a la presidenta, la estridente campaña política de distracción. Hubo en todo esto elementos de excitación machista y hembrista exacerbados y muy bien aprovechados por los adversarios del kirchnerismo y, por ende, del peronismo en general. Ahora bien, en la medida en que toda la campaña del “cambio” fue una terrible engañifa, una auténtica estafa, las consecuencias para los engañados serán desastrosas. Si quienes votaron contra Cristina y a favor de Macri piensan que con el triunfo de este último el problema del narcotráfico va a desaparecer (como si el problema lo hubiera creado el gobierno kirchnerista) se van a llevar muy pronto una desagradable sorpresa. Pero hay más: junto con su decepción vendrán su frustración y su enojo cuando sientan en carne propia su derrota de clase: la pérdida de garantías, subvenciones, apoyos, becas, etc. Eso se va a acabar y pronto. Estarán entonces en posición de comprender que les dieron gato por liebre, sólo que será ya demasiado tarde.
La campaña electoral de Macri, por lo tanto, se fundó en una ilusión semántica. Se usó ad nauseam de la palabra ‘cambio’, pero es evidente que ésta tenía al menos dos significados claramente distintos. Para los grupos políticos y de negocios asociados con Macri y que se verán beneficiados por el triunfo de su candidato ‘cambio’ significa ante todo algo como ‘modificaciones estructurales en el manejo de la economía’. Sean las que sean, estas modificaciones toman su tiempo y ellos lo saben. En cambio, para el pequeño votante desinformado, ‘cambio’ significa algo como ‘modificación palpable en el entorno y en los contextos de vida cotidiana’. Cambios así, para ser tenidos por reales, tienen que ser inmediatos. Esto, desafortunadamente, es precisamente lo que no va a haber, porque no son esos los cambios que los promotores del “cambio” tenían en mente. Podemos ir más lejos y aventurar la idea de que precisamente los cambios en el primer sentido de la palabra se contraponen a los cambios en el segundo sentido. Ahí está la tragedia del pueblo argentino.
Permitiéndonos toda la vaguedad posible: ¿qué le espera a Argentina en los próximos tiempos? El cambio de modelo estatal significa la sumisión del país a los cánones de la política mundial regida por las grandes instituciones financieras y comerciales del mundo. Significa, por lo pronto y de entrada, el endeudamiento del país, algo de lo que penosamente la presidenta y su gabinete lograron sacarlo. Ello significa la infusión de millones de dólares bajo la forma de créditos que muy rápidamente se vuelven impagables. Significa también la apertura de las fronteras comerciales y la entrada en masa de multitud de mercancías y baratijas con las cuales el comercio argentino establecido no estará en posición de competir. Los argentinos podrán comprarse un suéter a la mitad de precio, de la misma o de mejor calidad, sólo que hecho en China, fenómenos que llevado a nivel masivo significará la quiebra de multitud de pequeñas empresas productoras. Me pregunto si también se les abrirán las puertas a los países productores de vino, con lo cual uno de los ramos más protegidos de la economía argentina quedaría si no aniquilado sí diezmado, puesto que dicho sector sencillamente no podría competir exitosamente con los vinos franceses, chilenos, italianos, españoles, australianos, sudafricanos y demás con que el mercado se vería súbitamente inundado. Eso, sin embargo, es lo que la lógica indica que habría que hacer. Si tomamos en cuenta lo que de hecho Macri dijo a lo largo de los años mientras fue Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires lo que se viene son recortes a las universidades públicas, restricciones en cuanto a derechos como el de aborto, un incremento alarmante en el desempleo, en fin, la aplicación de todas las recetas del Fondo Monetario Internacional. Ya estoy viendo a la detestable Christine Lagarde en una conferencia de prensa afirmando, con Macri al lado, que por fin “Argentina se atrevió a soñar”. Pero si el panorama interno de Argentina con el nuevo gobierno se ve lúgubre, el panorama externo se ve tétrico. Veamos por qué.
Durante el lastimoso espectáculo que fue la comparecencia de Macri en el debate con su contrincante Daniel Scioli una semana antes del “ballotage” (votación en segunda vuelta), la única afirmación clara que el primero hizo tuvo que ver con la política exterior argentina. Macri señaló dos cosas: primero, que rompería el pacto firmado con el gobierno de Irán en relación con la investigación concerniente al atentado a la AMIA y, segundo, que se distanciaría de inmediato del gobierno bolivariano de Nicolás Maduro. Esto significa no sólo el rompimiento de alianzas que habían resultado ser benéficas para todos, sino la creación de nuevas alianzas en el contexto latinoamericano. Pero ¿quiénes son los dirigentes latinoamericanos con quienes Macri podría sellar alianzas? Desde luego, gente como Enrique Peña Nieto, quien antes que los argentinos ya puso a prueba en México el modelo compartido (con los resultados que todos conocemos en términos de pobreza, inseguridad, estabilidad social, educación, etc.), pero sobre todo gente como el ex-presidente colombiano Álvaro Uribe, el sedicioso Capriles de Venezuela y más en general lo más selecto de la derecha latinoamericana más reaccionaria y violenta. El gobierno de Macri, por lo tanto, es un gobierno entregado a los Estados Unidos desde antes de ser concebido. El triunfo de Macri, por lo tanto, no significa otra cosa que la desarticulación de la unidad política latinoamericana y el triunfo de las oligarquías de América Latina. Ignoro por qué la población argentina en su conjunto podría regocijarse de semejante situación.
Yo creo que es menester aprender de la derrota del kirchnerismo en Argentina y lo primero que habría que señalar es que es un error táctico fatal de los gobiernos progresistas no jugar con las mismas reglas que sus adversarios políticos. Eso es precisamente lo que éstos temen: que les apliquen las reglas de conducta política que ellos les aplican a otros. Es por eso que odian a Maduro, porque éste es un dirigente coherente que hace lo mismo que los Capriles y los López: usa los recursos con los que cuenta para luchar con sus enemigos. Lo peor que se puede hacer es hacerle al párvulo y al inocente cuando se está lidiando con tiburones monitoreados desde los grandes centros de poder del mundo occidental. Eso fue lo que Cristina no hizo: ella y sus seguidores pensaron que los hechos hablarían por sí mismos y en ello se equivocaron totalmente. En ese sentido, el kirchnerismo (por lo menos el de Cristina) siempre estuvo lejos de ser una revolución. Sin embargo, representaba una posición emancipadora y progresista que practicaba políticas asistencialistas y que operaba mediante una sana óptica nacionalista. Todo ello era bueno para su país sin que constituyera un cambio de paradigma en los diversos sectores de la vida social. Fue un régimen un poco más justo en un sistema que vive de asimetrías, injusticias, desniveles e incompatibilidades. La fácil y superficial retórica macrista del “todos juntos” (obreros y banqueros. Ja!) logró poner al frente del país a los representantes argentinos del orden corporativista y anti-nacionalista mundial. Definitivamente, nuevos vientos soplan en el Cono Sur. Aunque la lucha política interna sin duda seguirá, que la oposición irá poco a poco intensificándose, que el descontento se irá manifestando cada vez más sonoramente, de todos modos el poder ya pasó de manos y eso es lo que cuenta. Es de temerse que al igual que en los Estados Unidos y en Francia, los países democráticos de vanguardia que tanto admira Macri, también en Argentina se irán afinando los servicios internos de inteligencia, el espionaje telefónico y cibernético, el control policíaco. Todo viene en, por así decirlo, combos. Que no nos salgan después con un “Ché, pero imposible adivinarlo, viste?”.

Una Infamia Más

Por lo que se ve, los países occidentales ya encontraron la fórmula perfecta: cada vez que quieren iniciar o profundizar una agresión en contra de un pueblo o de un país que no se somete a sus designios confeccionan un auto-atentado. Acto seguido, corresponde a los medios de comunicación, sobre todo periódicos y televisión, todos ellos desde luego al servicio de la causa, presentar los hechos tal como los expertos en instigación, agitación, provocación y demás lo tienen estudiado y preparado y el asunto queda así internamente arreglado: la potencia en cuestión ya quedó plenamente justificada frente a su población para la siguiente fase, que es la de la intervención armada en alguna zona del planeta y para los horrores que preparan. El esquema original lo proporcionaron, como todo mundo sabe, los Estados Unidos, con su auto-golpe de septiembre de 2001 o ¿habrá todavía por allí algún incauto que realmente esté convencido de que 22 beduinos pasaron todos los filtros de seguridad de la primera potencia del mundo, se subieron a aviones modernos de cuyo funcionamiento no habrían podido tener ni idea y los estrellaron contra los bien conocidos blancos como quien se entretiene batiendo huevos para un pastel? Yo, la verdad, no lo creo, es decir, sé que hay quienes repiten el texto original, pero sinceramente no pienso que en su fuero interno ellos mismos lo crean. Después de esa obra de arte de estrategia policiaco-militar en contra de su propia población vino, como todos recordarán, el famoso episodio parisino de “Charly Hebdo”. Por lo que se ve, éste resultó tan exitoso que se decidieron a un segundo “coup de théatre”. En este caso, la situación es tan obvia que hasta vergüenza da describirla. En todo caso, lo único que por ninguna razón nosotros deberíamos perder de vista es el principio, que yo calificaría hasta de “tautológico”, de que no es porque alguien grita ‘Sólo hay un Dios, Alá, y Mahoma es su profeta’ que ya nos las habemos con una genuina acción de militantes árabes, en esta caso sirios! Con el mismo derecho podríamos pensar que porque un borracho entra a una cantina y tirotea a medio mundo gritando ‘Viva Buffalo Bill’ que se trata de una agresión texana!
Es evidente que el crimen de París (porque obviamente se trata de un crimen y yo diría, de un imperdonable crimen de estado) no se entiende si no se comprende la situación en la que ahora el gobierno francés quiere inmiscuirse. Todo el problema tiene que ver con el Medio Oriente y con el desastre provocado por algunas camarillas políticas internacionales. Para todos los que nos informamos y que no estamos vinculados con el problema es claro que el así llamado ‘Estado Islámico’ no es ni un estado ni representa a la población islámica en su conjunto. Se trata, como todos saben, de un grupo de mercenarios reclutados, entrenados y armados por Arabia Saudita, Israel, Turquía y los Estados Unidos, básicamente, y cuyo principal objetivo era derrocar al legítimo gobierno de Siria. Y estuvieron a punto de hacerlo, pero intervino Rusia y el plan se frustró. Ahora bien, la destrucción de Siria es un eslabón fundamental en los planes de expansión israelí, pero si por una parte Irán (el enemigo supremo, el objetivo de destrucción último) ganó con diplomacia (y la ayuda de Rusia y China) y logró firmar un acuerdo de paz (a costa de su desarrollo atómico, desde luego) con los Estados Unidos bloqueando con ello la confrontación y, por la otra, Siria no cae, entonces todo el plan de la “primavera árabe”, el derrocamiento y asesinato de Khadafi, la eterna guerra en Irak y Afganistán, pierden su sentido. Siria tiene que caer y para eso está el “ejército islámico”. Éste no es más que un instrumento y por lo tanto puede ser usado tanto para invadir un país como para ser bombardeado y disuelto en el momento en que sus amos lo decidan. El evento de París, por lo tanto, significa la entrada de Francia en guerra con una entidad inapresable sólo que ya en territorio sirio. ¿Cuál es el objetivo de ello? Aquí es donde vemos el carácter siniestro de toda la operación que se inicia en París. A mí me parece que a lo que en última instancia el gobierno francés realmente se prestó es a hacer la faena que los norteamericanos no habían querido hacer, esto es, enfrentar a la aviación rusa. Esto último no se puede hacer porque significa pura y llanamente el enfrentamiento entre potencias, esto es, la guerra total. Los rusos han estado destruyendo con mucho éxito a las “fuerzas opositoras” al gobierno sirio y eso es algo que hay que obstaculizar, detener, bloquear sin que para ello las dos superpotencias tengan que enfrentarse. Ahora los aviones franceses podrán también invadir el espacio aéreo sirio, complicando las operaciones rusas y prestando ayuda a los mercenarios invasores. Para lo que la masacre de gente inocente en París sirvió, por lo tanto, fue para permitir (“justificar”) la entrada en el escenario de guerra del Medio Oriente (África no les bastó) a la aviación de un gobierno de la OTAN completamente gobernado, por si fuera poco, por el CRIF. Por consiguiente, lo que Hollande y su ministro Vals hicieron fue sacrificar a ciudadanos franceses inocentes (en esta ocasión no hubo judíos involucrados los cuales, es de pensarse, habrían sido los blancos preferidos de fanáticos musulmanes) para llevar hasta sus últimas consecuencias un plan, diseñado hace una década, de destrucción de todo estado genuino en el Medio Oriente y de conformación de pequeños estados “religioso”-militares peleando entre sí y que no representarían ya ningún obstáculo para el crecimiento de Israel, un crecimiento que por razones más bien obvias está empezando a volverse urgente.
Naturalmente, una operación tan anti-nacional como la de París tiene que estar cuidadosamente preparada y es crucial sobre todo no permitir hablar a los supuestos culpables, como pasó con el episodio del periódico francés. La versión oficial por ahora es que la operación se gestó en Bélgica y en Siria. ¿Cómo habrán hecho los militantes para pasar de un país a otro, disponer de armas como las que usaron, detonar bombas cerca de donde se encontraba el presidente francés?¿Cómo obtuvieron la información clasificada concerniente a los movimientos del presidente de Francia? Este último, es imposible no pensarlo, es un auténtico payaso (véanse, por ejemplo, en internet los videos concernientes a sus actos ridículos (tropezones, faldones de camisa, cierres del pantalón abiertos, movimientos super torpes, etc., etc.). Son increíblemente grotescos!)) que además comete errores hasta en operaciones tan delicadas como esta: ¿cómo pudo él haber sabido quiénes eran los perpetradores a media hora de que tuvieron lugar los sucesos? ¿Cómo pudo él de inmediato haber declarado ante todo mundo que ellos ya sabían quiénes eran quienes habían cometido los actos criminales en el teatro, en el restaurant y cerca del estadio? ¿Le llevó a él 10 minutos enterarse de lo que normalmente lleva días, semanas y hasta meses de investigación? Yo pienso que François Hollande se vendió y vendió a su país. De lo que no podrá zafarse tan fácilmente será de la investigación que tarde o temprano se iniciará, porque realmente no creo que, más allá de La Marsellesa cantada una y otra vez, de que multitud de artistas pasen a la televisión a cantar “La vie en rose”, etc., etc., los periodistas serios, los historiadores, los politólogos franceses acepten a pie juntillas lo que un gobierno mentiroso les diga. La explicación va a salir a luz, por una razón: Francia no es como los Estados Unidos. De aquí a 6 meses hablamos.
Me parece importante señalar lo siguiente: el plan puede estar bien orquestado, las reacciones de la gente bien calculadas, las futuras operaciones bien pensadas, pero hay un factor que no van a poder nunca manejar como manejan todas las demás variables de una operación de las magnitudes de la parisina, a saber, la reacción de Rusia y, probablemente, la de China. Lo realmente tenebroso del asunto de París es que pone de manifiesto la voluntad occidental de enfrentar militarmente a Rusia. Es obvio que hay quienes piensan que la tríada ”Estados Unidos-Israel-Francia” puede intimidar y dislocar la política diseñada por Putin de apoyo a su aliado. Me temo que esa política occidental está destinada al fracaso. El verdadero problema que aflora de un examen superficial de la desalmada matanza de gente que se divertía sin molestar a nadie ocurrida en París es que la política de los Estados Unidos parece haber llegado a una encrucijada última, definitiva: o Rusia se somete, lo cual tendrá que ser “por las malas” o se acabó definitivamente la preeminencia militar norteamericana en el mundo. Lo realmente alarmante es precisamente la constatación, a través de sucesos como el de París, que si no están insertos en un contexto más amplio simplemente no tienen sentido, de que la clique política norteamericana que maneja a su antojo el destino de los Estados Unidos (y por ende, del mundo) parece estar diabólicamente decidida a optar por la masacre no ya de cientos de personas sino de miles de millones de seres humanos para seguir manteniendo su hegemonía y satisfaciendo sus caprichos, materiales u otros. La concentración de armamento en Ucrania, a lo largo de la frontera de Rusia, las descaradas provocaciones a China, etc., parecen indicar que hay individuos y grupos en el mundo que prefieren la destrucción del planeta a la renuncia a sus delirantes sueños de poder y dominio. Lo que pasó en París hace unos días no es más que una pálida muestra de lo que están dispuestos a hacer por lograr sus objetivos. El asunto de fondo es mucho más importante que el pretexto de lo sucedido en París, configurado para justificar ulteriores decisiones políticas y militares trascendentales.
Si nos volvemos a ubicar en el nivel de lo sucedido y dejamos de lado su articulación política, hay mucho que decir. Desde luego, es evidente, ça va de soi, es obvio, en fin, no sabría qué más decir para expresar toda la indignación que nos embarga ante el espectáculo del asesinato de gente inocente, gente que tenía sus planes de vida, sus proyectos, sus familiares, etc., y que por ambiciones de terceros quedaron segados, cercenados, destruidos. Pero ¿no es eso precisamente lo que vienen sistemáticamente padeciendo las poblaciones de Palestina, de Irak, de Libia, de Siria? O ¿acaso los llantos de las madres árabes no valen lo mismo que los lamentos de las progenitoras occidentales? ¿No es lo que pasó en París lo que los occidentales han hechos, dan ganas de decir ‘desde tiempos inmemoriales’, en otros continentes? Hay un libro sagrado, lleno de sabiduría, al que yo apelaría hoy para situarnos emocionalmente. Se nos dice que “El que a hierro mata, a hierro muere”. Ojalá todos esos criminales “policy makers” que hoy manejan el mundo lo tuvieran grabado en sus irresponsables mentes.

Pensamientos Lúgubres

A Doña Aurelia Bassols Batalla

In Memoriam

Como sin duda alguna el amable lector de estas páginas sabe, la redacción de un artículo exige que se cumplan algunas condiciones. Por lo pronto, puedo mencionar dos: primero, se tiene que recabar información, dado que tiene que haber algún material objetivo sobre el cual trabajar y, segundo, se requiere que quien procesa la información tenga algo que decir al respecto, independientemente de cuán convincente sea su punto de vista. La primera condición, por otra parte, se cumple leyendo periódicos, visitando páginas de internet de orientación política variada (yo, por ejemplo, leo sistemáticamente el New York Times, el Jerusalem Post y presstv.ir, el portal iraní, el cual siempre proporciona información interesante y útil) para poder conformarse un punto de vista mínimamente equilibrado. A mí, debo decirlo, no me interesa formar parte de ningún club de fanáticos. El ideal que persigo es más bien el de la imparcialidad, aunque obviamente ser imparcial no quiere decir que no se pueda criticar nada. Lo que es importante es que la crítica sea lo más impersonal posible, lo más objetiva y balanceada que se pueda. Y es desde esta primera etapa que empiezan a plantearse problemas, porque el material que encontramos en los mass media es básicamente el mismo siempre. Y no me refiero nada más a las presentaciones tendenciosas a las que nos tienen acostumbrados, sino al hecho más general de que las noticias que todos los días nos regalan son básicamente las mismas: nos enteramos a diario de bombardeos, de asesinatos, de masacres, de violaciones, de estafas, etc., etc., de manera que termina uno por preguntarse si vale la pena seguir haciendo ejercicios de reflexión sobre lo que no es sino más de lo mismo todos los días. Es muy difícil al cabo del tiempo que no le vengan a uno pensamientos pesimistas y que nuestra perspectiva personal no se vaya tornando cada vez menos alegre, cada vez más lúgubre. Poco a poco, en efecto, vamos cayendo en la cuenta de que los humanos sencillamente no saben vivir, es decir, no saben aprovechar debidamente el maravilloso don de la vida. Inevitablemente se nos impone la idea de que para la inmensa mayoría de nuestros congéneres la vida que vale la pena vivir es la que está puesta al servicio de las pasiones más bajas, de los intereses más vergonzosos, de los ideales más odiosos. Lo que todos los días los periódicos anuncian es precisamente que es eso lo que los humanos han mostrado que saben hacer. Estamos aquí frente a una especie de paradoja: los humanos generan vida, pero muy activa y efectivamente promueven la muerte. Como dije, para millones de personas aprovechar la vida no significa otra cosa que arruinar la de otros seres humanos y mientras más exitosos sean en ello más realizados se sienten y más felices son. Aquí, como se nos enseñó hace dos mil años, no queda más que el perdón incondicional, puesto que es obvio que no saben lo que hacen.
Por lo menos desde la obra de Karl Marx, los humanos nos hemos visto en una cierta encrucijada, esto es, se nos plantea el dilema de ver la vida humana o como el resultado del desarrollo ineluctable de las fuerzas productivas o como el resultado de la acción voluntaria, tanto individual como colectiva. A mi modo de ver, ambas perspectivas son esenciales para la comprensión del desarrollo social e histórico. Por un lado, es obvio que las personas actúan siempre en el contexto en el que les tocó vivir, algo que no pueden ni evitar ni modificar, pero una vez ubicados en un contexto social determinado las personas actúan libremente e influyen de diverso en la vida colectiva. Ciertamente, los seres humanos son libres, pero su libertad se ejerce en contextos que ellos no eligen. Así, por ejemplo, nosotros en el mundo occidental somos libres para hacer con nuestras respectivas individualidades lo que queramos (podamos o sepamos), pero hay estructuras que no vamos a poder alterar. Por ejemplo, es obvio que vivimos en sociedades orientadas hacia el consumo, hacia la satisfacción permanente de necesidades y hacia la creación constante de nuevas necesidades y de nuevos satisfactores. El éxito se mide (en gran medida al menos) en función de los grados o niveles de consumo: dicho de manera brutal, la opinión generalizada parece ser la de que fue más feliz el individuo que comió más chocolates que el sujeto que consumió moderadamente ese producto y, obviamente, lo que pasa con el chocolate pasa con cualquier otra “mercancía” (sexo, autos, viajes, ropa, tequila, carne y así ad infinitum). Desde niños se nos enseña a consumir cada vez más, a buscar más bienes, más ganancias, más beneficios, más placer, más de todo. En la perspectiva occidental para eso se vive. Todo eso suena excelente sólo que hay un problema: si bien el mundo social lo crearon los humanos, el mundo en cuanto tal no es su creación. Casi dan ganas de decir, de gritar que más bien el mundo padece su existencia. Hay cosas, por lo tanto, que ni el hombre más poderoso del mundo puede hacer. Por ejemplo, por muy exitoso y longevo que sea un autócrata o un criminal político afortunado, lo más probable es que no rebase los 90 años. En teoría le concedemos los 100, pero difícilmente más. Así, aunque haya sido un vencedor inmisericorde durante toda su vida de todos modos también a él le llegará su momento supremo, un momento en el que quizá se pregunte si todo su éxito valió la pena, si no desperdició su vida, si no en el fondo nada más vivió para hacer el mal y que no es imposible que haya una relación proporcional entre lo exitoso de su vida y la maldad de su existencia: mientras más exitoso, mientras más consumidor fue, más mala fue su vida; mientras más enemigos tuvo y aniquiló, peor vivió. Ahora bien, esto que afirmo me permite llegar al punto que realmente quiero establecer y que es simplemente el siguiente: nuestra cultura nos lleva por la senda del consumo y el éxito, nos hace ver lo valioso y lo bueno de todo lo que podemos tener, de cuán triunfante se puede sentir alguien que está en posición de derrochar lo que otros produjeron, pero no nos enseña que hay límites que ni el más poderoso de los hombres puede alterar. En otras palabras, lo que la cultura contemporánea, cultura de consumo, competitividad, guerra y destrucción no enseña es a bien morir. Aunque intuitivamente todo mundo sabe que tiene que morir, de hecho la gente vive sin ver o sin tener presente el dato importante de que su vida tiene límites y que por consiguiente debería tratar de vivirla bien, porque no tendrá una segunda oportunidad. De ahí que en general el tema de la muerte queda oculto tras los fuegos artificiales de la vida socialmente exitosa. El dato está, pero como si no estuviera y ello es un error. ¿Por qué? Porque obviamente no es lo mismo vivir con la mente fijada en el consumo que vivir con la mente fijada en la esencial finitud de nuestra existencia. Cada uno de estos dos modos de vida acarrea consigo sus propios valores y sus propios ideales. Sugiero entonces que no nos ajustemos a la tónica cultural prevaleciente y que reflexionemos, aunque sea un poquito, sobre el importante tema de la muerte.
Para empezar, habría que decir que nuestro tema es demasiado serio como para permitirnos decir banalidades o trivialidades al respecto. Es desde luego un tema plagado de inquietudes y de confusiones. Todos los seres que manejamos conceptos quisiéramos saber qué es morir, pero cuando empezamos a pensar sobre el tema nos percatamos de que si pensamos en lo que es morir tomando como modelo lo que es, e.g., ver, no vamos a llegar muy lejos: tiene sentido decir ‘ayer vi un partido de fútbol’, pero no tiene sentido decir ‘ayer me morí en mi casa’. ‘Ver’ es un verbo de experiencia, ‘morir’ no. No hay tal cosa como la experiencia de la muerte. Ya lo dijo, mejor que nadie, Wittgenstein en su Tractatus: “la muerte no es una experiencia. La muerte no se vive”. Para el hablante hablar de su muerte es aludir no un estado particular, sino a un límite. La muerte es para el sujeto el límite de sus experiencias. Obviamente, más allá del límite no hay nada.
Es interesante notar que, al igual que los verbos psicológicos, el verbo ‘morir’ está regido por una asimetría: en primera persona, como acabamos de ver, no se puede conjugar (nadie puede decir ‘estoy muerto’, hablando literalmente), pero en tercera persona sí. Ahora bien ¿qué es lo que se quiere decir cuando decimos de alguien que ‘está muerto(a)’? Empleamos la noción de muerte en relación con otras personas cuando queremos dar a entender que cesó toda interacción posible con ella. Con la persona fallecida ya no hay intercambios de ninguna índole, ni siquiera si uno se acerca y abraza el cadáver de un ser querido. La muerte anula toda reciprocidad. Podría objetarse que entonces estar muerto y estar inconsciente son lo mismo, pero eso sería un error. La diferencia radica en que si bien conductualmente el cadáver y el individuo inconsciente son similares, de todos modos no son idénticos. La persona que está en estado de coma de todos modos respira, le late el corazón y en principio puede volver a interactuar con los demás si recobra la conciencia. La persona fallecida, en cambio, ya está ubicada más allá de toda posibilidad de volver a interactuar con los demás, con el mundo. La muerte es la cancelación de toda posibilidad. Estar muerto es, pues, radicalmente diferente inclusive de quien está en un coma profundo. Metafóricamente podemos afirmar que estar muerto es haber sido expulsado del mundo, sólo que literalmente no hay nada más allá del mundo. Esto también lo recoge el Tractatus en donde Wittgenstein de la manera más contundente (y estremecedora) posible asevera que “Con la muerte el mundo no cambia, sino que termina”. No tiene el menor sentido hablar de una transformación operada por la muerte. No hay tal cosa.
El concepto de muerte es único, por cuanto su aplicación altera drásticamente el todo de nuestro aparato conceptual. Considérese el tiempo. Para los vivos, no es lo mismo haber pasado 10 años en China que no haberlos pasado, pero para un muerto da exactamente lo mismo estar muerto un día que estar muerto 100 años. No hay grados o niveles de defunción. El tiempo, por lo tanto, deja de correr para quien fallece. Con la muerte todo queda aniquilado, tanto el espacio como el tiempo, la conciencia y el inconsciente. Nosotros nos engañamos pensando que podemos imaginar nuestra muerte si tomamos como ejemplo la muerte del otro. Eso es engañarse, porque el concepto de muerte aplicado al otro es conductual, cosa que no puede ser en nuestro caso. En el caso de cada quien, el concepto de muerte es vivencial y sirve exclusivamente para indicar un límite. Sirve simplemente para recordarnos que no somos inmortales.
Hay conexiones interesantes por dilucidar entre los conceptos de saber y morir. ¿Sabemos en forma innata que tenemos que morir o eso es más bien algo que aprendemos en la experiencia? Lo primero no puede ser, por la sencilla razón de que el lenguaje no es innato. Por lo tanto, el que sepamos que nos tenemos que morir es algo que aprendemos en la vida. Como no hay tal cosa como la experiencia de la muerte, nosotros normalmente aprendemos a usar el concepto de muerte en circunstancias especiales, cuando la gente habla y se conduce de manera especial: llora, se lamenta, presenta todos los síntomas de lo que llamamos ‘tristeza’, etc. Morir, por lo tanto, queda asociado desde el inicio a la congoja, a la desesperación, a la angustia. El concepto de muerte queda por consiguiente en primera instancia vinculado a lo que hay que evitar, a lo malo, al mal. “Morir”, ya lo dijimos, no es un concepto de experiencia, pero sí es en cambio un concepto moral y, por razones en las que no puedo entrar aquí, es también un concepto religioso. Y este es el punto que me interesaba establecer.
Aparte de las connotaciones que ya hemos señalado, la idea de muerte acarrea consigo nociones como las de irreversibilidad, la de que es imposible modificar algo que se hizo, la de arrepentimiento y el deseo de pedir perdón. La vida orientada por la idea de que somos finitos no nos hace abandonar nuestros proyectos de vida, pero sí nos lleva a moldearlos de determinada manera. De manera natural, quien vive su vida pensando en su muerte (en que algún día dejará de tener experiencias) está mejor preparado para despojarse poco a poco de ambiciones mundanas inmediatas y estrechas, ama más la vida y aspira a dar más de sí; en otras palabras, la vida guiada por la idea de que no es eterna (sino que es más bien corta) es más susceptible de generar actitudes y conductas solidarias, de comprensión, de conmiseración que la vida guiada por los ideales (tan actuales!) de codicia, consumo y exclusión. No es por casualidad que la idea de muerte están siempre vinculados a lo que podríamos llamar la ‘conciencia moral de la humanidad’.
En resumen: la muerte es, vista en primera persona  (“mi muerte”), el límite último de mi existencia, un límite imposible para mí de fijar, en tanto que vista en tercera persona (“su muerte”) es la supresión total y definitiva de toda interacción con el otro. En la vida cotidiana, en condiciones de vida usual, la conciencia de lo primero sirve para darle un giro radical a nuestras vidas: para morir de cierto modo (tranquilo, etc.) se tiene que vivir de cierto modo. La clave de ese “cierto modo” es, para mí, el dar. Pienso que en realidad el ser humano no le teme a la muerte, puesto que no tenemos la experiencia de la muerte; lo que sí es razonable temer es el cómo va uno a morir (en el dolor, en un accidente, etc.), pero eso es un asunto meramente empírico. Por lo tanto, el dolor asociado con la muerte es siempre el dolor de la muerte del otro, del ser querido, la conciencia de su supresión, la imposibilidad de ya no volver a compartir nada con él o con ella. Ahí sí muerte y dolor van de la mano.

Mariguana: algunos pros y contras

En estos días, los sibilinos intérpretes oficiales de la Constitución, esto es, los miembros de la Suprema Corte de Justicia, parecen estar hundidos en un profundo océano de pensamiento y deliberación: tienen como misión  determinar si el “uso lúdico” de la cannabis es o no contrario a la Constitución, que es el marco normativo supremo del país. Dado que la palabra ‘mariguana’ no aparece en el texto constitucional, lo que se tiene que determinar es si el uso libre de la mariguana entra en conflicto o no con lo implicado por los artículos constitucionales. Podemos, por consiguiente, estar seguros de antemano de que el veredicto será controvertible. Es obvio que en ningún caso la interpretación por parte de los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación será la conclusión de una deducción formalmente válida: o faltarán premisas o se incluirán premisas que se contraponen a otras o bien se aplicarán de manera dudosa ciertas reglas de inferencia o se aplicarán reglas de inferencia cuestionables. De lo que podemos estar seguros es de que nadie quedará satisfecho con el veredicto. Por consiguiente, nosotros podemos razonar libremente, puesto que lo que podamos afirmar sobre el tema podría ser usado tanto por los partidarios del “uso lúdico” de la mariguana como por sus oponentes.
Desde mi perspectiva, el modo como se ha venido planteando el asunto es de entrada tendencioso y tramposo. Se habla a diestra y siniestra, por ejemplo, del ‘uso lúdico de la mariguana’, pero eso no pasa de ser una formulación ridícula, porque ¿qué se podría querer decir con eso? Intentemos aclarar la idea. Por lo pronto, un primer contraste que habría que señalar se daría entre ‘uso lúdico’ y ‘uso medicinal’ de la mariguana. Se supone que no son lo mismo. ‘Lúdico’ tiene que ver con “juego”. Por lo tanto, ‘uso lúdico de la mariguana’ quiere decir algo como ‘uso de la mariguana para entretenimiento o diversión o por mera búsqueda de placer por parte de la persona que la consuma’. En otras palabras, cuando alguien se ampara a fin de que se le permita hacer un “uso lúdico” de la mariguana lo que está pidiendo es pura y llanamente que no sea ilegal que use mariguana como y cuando a él o a ella se le antoje. Así, en lugar de ‘lúdico’ realmente lo que se quiere decir es ‘individual’: la controversia constitucional, por lo tanto, tiene que ver con la pretensión de volver legal el uso de la mariguana. Ese es el punto importante. ‘Lúdico’ aquí es perfectamente redundante. ‘Uso lúdico de la mariguana’, estrictamente hablando, quiere sencillamente decir ‘uso personal libre e irrestricto de la mariguana’. Lo que con ‘lúdico’ se hace es engañar a los hablantes. Podríamos con el mismo derecho hablar del ‘uso lúdico de la morfina’, ‘uso lúdico de las pistolas’ y así indefinidamente. Quien habla de “uso lúdico” o es semi-tarado o es deliberadamente tendencioso en su enfoque. No hay de otra. Por consiguiente, el problema se puede plantear de manera más cruda, simple y comprensible como sigue: ¿debe el Estado mexicano permitir la venta y el consumo individual de la mariguana en el territorio nacional? Todo lo que tenga que ver con “lúdico”, “fantasioso”, “imaginativo”, etc., etc., es simplemente una cortina de humo para no plantear la cuestión en forma clara y de manera escueta.
Como dije, el enfoque del tema en estos días de entrada es equivocado por la simple razón de que la Constitución, por my mexicana que sea, no es perfecta. De hecho, se le altera y parcha constantemente mediante “iniciativas” de diversa índole. De ahí que pudiera darse el caso de que los miembros de la SCJN ofrecieran un dictamen que fuera coherente con la Constitución y que, no obstante, fuera errado (nada de eso podría sorprendernos a estas alturas!), o a la inversa. Infiero que no se puede alcanzar la decisión correcta mediante un enfoque puramente formal, confrontando sistemas normativos. En relación con la permisibilidad o no permisibilidad de la mariguana se tienen que hacer consideraciones que van más allá de una mera discusión de congruencia o incongruencia lógica. O sea, en este caso se requieren datos y argumentos, información, aprovechar la experiencia de otros pueblos, etc. Pudiera inclusive darse el caso de que todas las consideraciones apuntaran decididamente en favor de la despenalización de la mariguana, pero que dicha despenalización entrara en conflicto con algún precepto constitucional. Según mi leal saber y entender, lo que entonces habría que hacer sería modificar la Constitución. Esa posibilidad es, hasta donde logro ver, perfectamente legítima.
Abandonemos entonces el terreno del derecho y examinemos el tema mismo. Éste es en verdad sumamente complejo, es decir, está vinculado a otros, entre los cuales destacan problema de salud, tanto individual como colectiva, y problemas de producción y comercialización. ¿Qué se puede decir al respecto?
Lo primero que se tendría que hacer sería ofrecer una evaluación de los daños que causa el consumo de la mariguana. Sus consumidores aseguran con vehemencia que la mariguana no sólo es menos dañina que el alcohol, el cual no está prohibido, sino que de hecho no es dañina. Dicho punto de vista es poco creíble y es más que debatible. Tan simple como esto: no parece plausible sostener que se puede introducir humo a los pulmones, ya sea por madera, por nicotina o por mariguana, y que el organismo no se vea seriamente afectado. La mariguana, por lo tanto, es todo lo que se quiera menos inocua. Lo que no es del todo claro es si a la larga el uso de la mariguana no tiene efectos negativos irreversibles no ya en el sistema respiratorio, sino en el sistema nervioso y en la vida psíquica de la persona. La mariguana ciertamente afecta el sistema nervioso (el funcionamiento normal del cerebro), puesto que sirve para “aplatanar”, “tranquilizar”, “calmar” a quien la consume, pero es altamente probable que quien se haya dado un duchazo de aplatanamiento todos los días durante periodos largos tenga un su sistema nervioso seriamente afectado. Dado que la determinación del daño exige mucho tiempo, hay todavía discusiones acerca de cuán dañino es su consumo, pero nadie en sus cabales negaría que la mariguana afecta tanto la salud física como la psíquica de la persona que recurre a ella. Por si fuera poco, la mariguana acarrea otros males.
Quizá el más obvio de los males causados por el consumo de la mariguana sea la adicción. Quien rebasa el pequeño resquicio reservado a los meramente curiosos, quien empieza a recurrir a la mariguana de manera sistemática posteriormente encuentra muy difícil salir de ella, tanto para sentirse eufórico como para salir momentáneamente de alguna depresión o de algo parecido. Y eso no es todo: sin duda alguna, la mariguana es la mejor vía para la entrada al mundo de los psico-trópicos en general. En la primera etapa de su uso, la mariguana es un juego, refuerza la solidaridad con el grupo de amigos, excita la sensibilidad, etc., sólo que también es la mejor vía para probar otros productos más fuertes que muy fácilmente pueden modificar de manera radical (y no para bien) la vida mental de las personas. Si ello es así, entonces no es factible negar que la mariguana acarrea consigo peligros que no pueden ser ignorados. Ahora bien, podríamos aceptar que así como la eutanasia es en ocasiones la “solución racional” para un problema de salud que no tiene solución (e.g., cáncer en etapa terminal ), el consumo de mariguana es también un asunto de decisión personal, el cual en todo caso afecta sólo a la persona que a ella recurre. El problema es que ello no es así. Un problema muy serio ocasionado por el consumo de mariguana es precisamente que quienes la usan en múltiples ocasiones la usan cuando están frente o junto a otras personas que no quieren consumir mariguana y se ven forzados a hacerlo! La mariguana plantea exactamente el mismo problema que planteaba el tabaco: un fumador bastaba para inundar con humo un salón y con ello de facto forzaba a todos a fumar. Esa posibilidad es algo que no se puede permitir, es decir, los legisladores no pueden simplemente desentenderse de las consecuencias sociales indeseables de una práctica como la del consumo de mariguana. Esto es relevante para potenciales modalidades de despenalización de la hierba.
Hay dos formas de despenalizar la mariguana: convertirla en una mercancía más y, por lo tanto, dejar que su producción y comercialización quede en manos privadas, o convertirla en un producto que legalmente sólo el gobierno maneje, es decir, que la siembra, la cosecha y la distribución caigan totalmente bajo su jurisdicción, de manera que se pudiera controlar el consumo de la mariguana así como se controla la venta de antibióticos, por ejemplo, exigiendo siempre prescripciones médicas. Una vez más, sin embargo, nos encontramos frente a un problema, porque parecería obvio que lo primero definitivamente no es recomendable, pero lo segundo no parece siquiera factible; la tendencia hacia el adelgazamiento casi total del estado lo impide. Se puede argumentar entonces que una potencial solución podría consistir en una fusión de iniciativa privada y regulación pública. No se ve fácil, pero no es inviable. Si nos fijamos bien, algo así se logró en los Estados Unidos. Por ejemplo, la tristemente famosa DEA, operante en México desde luego, en realidad no es otra cosa que el ministerio norteamericano de asuntos relacionados con las drogas. En ese país, como todo mundo sabe y ellos cada vez menos lo ocultan, se lavan cantidades inmensas de dinero procedente del negocio del narcotráfico. Como auténticos Rambos, sus agentes heroicamente luchan en los territorios de los países que dominan (México, por ejemplo), para que el negocio se organice de modo que ellos lo controlen en todas sus fases. Es, pues, razonable pensar como ellos y establecer en México algo así como la Secretaría de Asuntos de Estupefacientes, no como un organismo subordinado a otros (por ejemplo, la Secretaría de Salud o a la de Defensa, pero sí en coordinación con ellas), sino como una institución independiente. Entonces sí se podría adoptar un enfoque científico: el Estado giraría permisos para la siembra y cosecha de mariguana, el compraría el producto a los campesinos y él lo procesaría y vendería en expendios, regulando los precios, extendiendo algo así como cartillas para su adquisición y consumo in situ, etc. A mí me parece que son propuestas como esa, desarrollada en todas sus ramificaciones, lo que permitiría de alguna manera mitigar los males de la venta y consumo de mariguana y hasta hacer decrecer, en un plazo relativamente corto, el interés en ella. El problema, a todas luces, no es que no se pueda elaborar una política de salud pública en relación con el producto del que nos hemos venido ocupando, sino que hay fuerzas superiores que sistemáticamente se van a oponer a ellas. Concretamente, los Estados Unidos se oponen a todo intento de legalización de la mariguana no ciertamente porque se preocupen por la suerte de los adictos, sino porque de implementarse millones de dólares dejarían anualmente de ingresar a  su país y se quedarían en los países en donde el Estado hubiera tomado las riendas del asunto. Son, de nuevo, las ganancias, las ambiciones, la codicia lo que impide que se tomen decisiones drásticas pero razonables de salud pública. De todos modos, me parece que tarde o temprano los gobiernos se van a volver a plantear el asunto. No tomar decisiones, por lo tanto, es dejar que el problema crezca.
El primer paso para quitarle a la mariguana su halo de fantasía es desligarla por completo de su carácter de producto clandestino. El acceso libre a ella bajo un control estatal la mata (por así decirlo, mata a la mata). El trilema para cualquier gobierno mínimamente nacionalista es obvio: o deja el negocio de la mariguana en manos privadas, esto es, en manos de “narcos” o se lo cede por completo a los vecinos del norte o se encarga él de ella través de instituciones y de las reglamentaciones correspondientes. En mi muy humilde opinión, las dos primeras posibilidades no representan genuinas opciones. Queda por ver cómo reaccionan, piensan y actúan los “representantes del pueblo”.

El Asalto a la Rectoría de la UNAM

Desafortunadamente, el pueblo mexicano en su conjunto no está enterado (ni goza de los suficientes elementos para apreciar el fenómeno) de que nos encontramos en lo que podríamos llamar la ‘recta final’ de la carrera por la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Digo ‘desafortunadamente’ porque si todos los mexicanos estuvieran al tanto de lo que está por suceder en la UNAM y estuvieran en posición de apreciar las consecuencias del resultado, sin duda alguna se pronunciarían al respecto y la opinión pública entonces se convertiría en un factor que, a diferencia de lo que pasa ahora, no sería posible ignorar. Por otra parte, si en este momento a un ciudadano común de, digamos, Guadalajara o Campeche, se le pidiera una descripción de lo que está pasando en estos momentos en la UNAM y la persona en cuestión respondiera cándidamente, lo más probable es que diría que se trata de un proceso académico-administrativo que seguramente se rige por los cánones universales de la vida académica (méritos, distinciones, descubrimientos, obra, etc.). Nos veríamos entonces forzados a contradecirlo para tratar de hacerle ver que en la UNAM, y más en general en México, las cosas no suceden en concordancia con un imaginario manual ideal. Aquí las cosas se manejan de un modo diferente a como el sentido común espontáneamente lo indicaría. Intentemos rápidamente hacer ver por qué.
Todos sabemos que la UNAM no es sólo una universidad, una universidad más. Por la magnitud de su presupuesto, la cantidad de estudiantes, profesores, empleados e investigadores que alberga, la cantidad y variedad de actividades académicas, artísticas y deportivas que en ella se desarrollan, la UNAM juega un papel crucial en la vida nacional. Y sin duda alguna parte de la gran originalidad de esta noble institución es que es algo así como una Secretaría de Educación Superior sin por ello ser una secretaría de Estado. En eso, parcialmente al menos, consiste su “autonomía”: la Universidad Nacional, por lo menos en principio, es independiente frente al Poder Ejecutivo. De ahí que sea una de las obligaciones principales de quien esté al frente de la UNAM respetar, defender y luchar a muerte por este rasgo de la institución y ello contra quien sea. La noción seria de autonomía universitaria no tiene nada que ver con la tesis de algunos ingenuos o de algunos mal intencionados que se divierten discutiendo si ‘autonomía’ quiere decir que la policía no puede entrar al recinto universitario. Nosotros, ya lo dijimos, pensamos que el significado serio de ‘autonomía universitaria’ no tiene nada que ver con esto último, sino que más bien concierne en primer lugar a su fundamental independencia vis à vis el poder central, esto es, la Presidencia de la República. Dicho de otro modo: la UNAM no es parte de ningún gabinete presidencial y por lo tanto no está sometida a los criterios y mecanismos propios de ese ámbito de la vida nacional. De ahí que, más allá de los slogans sobre “el espíritu” que hablará por nosotros, las porras y todo lo que podríamos llamar ‘expresiones de patrioterismo universitario’, los grandes rectores de la UNAM al día de hoy hayan sido aquellos que han defendido contra viento y marea la autonomía universitaria, en nuestro sentido. Es importante no olvidar este punto.
La UNAM es una institución de múltiples facetas y es por eso de un infantilismo insoportable pretender hacerla pasar por una institución de un solo matiz, de un único cariz, de una sola faceta. Eso es simplemente falso. Es cierto que trabajan en ella científicos y humanistas de primer nivel, respetables en grado sumo, pero junto con ellos está también una inmensa caterva de arribistas, aprovechados, manipuladores, malversadores y demás. El manejo del presupuesto universitario, por ejemplo, dista mucho de ser transparente. Más de uno se sorprendería si se enterara de todo lo que pasa en relación con, por ejemplo, compras de computadoras, bacheo de vías, construcción de edificios, aseguradoras, etc. En relación con todos esos rubros de la vida administrativa de la UNAM corren todos los rumores imaginables referentes a abusos, fraudes, negocios, chanchullos y demás. Todo mundo lo sabe, todo mundo lo comenta, pero como las autoridades no dicen nada, no abren expedientes, no se pronuncian oficialmente, entonces los asuntos no pasan del nivel de chismes, anécdotas, historietas contadas en los pasillos y ahí termina todo. Pero no nos engañemos: es obvio que cuando el río suena es porque piedras lleva. Que no haya pruebas no quiere decir que no se produzcan sistemáticamente ilícitos en nuestra Alma Mater, de ahí que llame mucho la atención el hecho de que prácticamente ninguno de los aspirantes a rector se haya dignado tomar el toro por los cuernos y haya planteado abiertamente el terrible problema de la corrupción en la universidad. ¿Cómo pueden potenciales rectores omitir tan fundamental tema? De hecho, en lo que a corrupción administrativa concierne (dejo de lado la académica, que también existe y sobre la que se podrían contar muchas cosas interesantes y que causarían estupor), la UNAM no se diferencia mayormente de otras instituciones nacionales, tanto del sector público como del privado. El problema es que este doble carácter, esta naturaleza bipolar de la UNAM, permite que una y otra vez diversos grupos políticos (la Presidencia incluida, diga lo que diga el ex-rector Barnés) externos a la UNAM, aunque obviamente representados en la UNAM por egresados universitarios, intenten apoderarse de ésta, tratando de dar lo que podríamos denominar un ‘golpe de estado universitario’, esto es, imponiendo en Rectoría a “su hombre”, a su candidato, a fin de catapultar la Universidad Nacional en la dirección que a ellos resulte conveniente.
La palabra ‘candidato’ de inmediato nos trae a las mientes la tergiversación del actual proceso universitario, puesto que deja en claro que ya se logró convertir a la UNAM en un laboratorio de experimentación política. En efecto, el proceso de elección de rector se ha convertido en una especie de réplica de cualquier proceso electoral de diputados o gobernadores y tan desagradable como esos. Lo que con ello se logra es desproveer al proceso universitario de su carácter académico para convertirlo en un vulgar proceso de manipulación politiquera revestida, eso sí, de birrete y toga. Ahora bien, esta nueva forma de movilizar a la comunidad universitaria tiene de todos modos un aspecto positivo: más allá de toda consideración referente a las características personales de los directamente involucrados, permite rastrear más fácilmente sus vínculos personales, sus dependencias políticas, sus proyectos (por así llamarlos) ‘opacos’ o no explícitos con el mundo extra-universitario, esto es, con fuerzas que operan allende los muros universitarios. Este es otro punto que tampoco hay que perder de vista.
Yo soy de la opinión de que los universitarios deben dejar en claro que no estamos dispuestos a cruzarnos de brazos, a permitir que algunos vivales se apoderen del proceso de elección de rector de la UNAM y que lo conviertan en algo así como una intriga del PRI del Distrito Federal. Para ello, lo que hay que hacer es pronunciarse de manera abierta y evitar a toda costa el juego del discurso sibilino y de la transmisión oblicua u opaca de nuestros puntos de vista. Nada de eso! A diferencia de lo que pasa con los miembros de los partidos políticos, nosotros, los universitarios, reivindicamos el derecho a expresarnos con toda libertad, le guste a quien le guste. Es más: yo diría que es una obligación hacerlo. De manera que yo, como cualquier otro miembro de la UNAM, tengo el derecho de decir lo que pienso y pienso hacer valer mi derecho. Naturalmente, nada más alejado de mí que pretender hablar de las personas mismas, puesto que yo no conozco personalmente a ninguno de los candidatos, pero sí me reservo el derecho de pronunciarme sobre los personajes universitarios en función de sus perfiles públicos, y de externar comentarios sobre sus programas haciendo explícito lo que éstos me inspiran. Antes de ello, sin embargo, quisiera rápidamente señalar algunas características primordiales de nuestra universidad.
Yo creo que no estará de más preguntarnos ‘¿qué no es la UNAM? Me parece que con certeza podemos afirmar lo siguiente:
a) no es una compañía o empresa privada. Por lo tanto,
a’) no requiere de un gerente
b) no es una secretaría de estado (eso sería más bien CONACYT). Por lo tanto
b’) no requiere de un burócrata
c) no es una universidad desligada de los intereses nacionales. La UNAM   tiene compromisos con la nación. Por consiguiente
c’) no puede ni debe operar como una universidad privada. La UNAM forzosamente se mueve en una dirección diferente de la que es propia de instituciones educativas que tienen fines de lucro.
Una vez hecho un planteamiento general, podemos rápidamente pronunciarnos sobre algunas de las propuestas que nos han hecho. La verdad sea dicha: ninguno de los “programas” hasta ahora presentados resulta totalmente atractivo o convincente. Empero, hay niveles o grados de aceptabilidad, de manera que de todos modos se pueden jerarquizar las propuestas. Éstas, hay que decirlo, son híbridas y no están suficientemente matizadas. Por ejemplo, la idea de eliminar las tesis en licenciatura como condición para obtener el grado me parece en principio aceptable en ciertas áreas (química, matemáticas, física, biología), porque en ellas un buen trabajo experimental o un buen ejercicio demostrativo podrían bastar para acreditar que el alumno tiene el nivel adecuado, pero eso mismo es a todas luces inaceptable para otras (letras, filosofía, historia), en las que lo que se requiere es precisamente que los alumnos sepan servirse con fluidez de lo que es su instrumento fundamental, a saber, el lenguaje y por lo tanto tienen que mostrar su capacidad escribiendo un trabajo. Algunas ideas, como la del Dr. E. Graue, director de la Facultad de Medicina, como la de combinar posgrado y docencia, me parecen atinadas y sobre todo practicables, ejecutables. En general, la bandera de la interdisciplinariedad, enarbolada por varios de los candidatos, de entrada me huele mal: si no está debidamente acotada, lo que la interacción interdisciplinaria tiende a generar no es otra cosa que superficialidad, parloteo y estancamiento temático. La mezcolanza de tecnicismos sólo da lugar a diálogos ficticios y a discusiones inservibles. La verdadera investigación, la investigación de punta, es siempre especializada y las más de las veces es sólo como resultado de un venturoso azar que puede ser de utilidad en otras áreas y para otros especialistas. El Dr. Bolívar nos dice que hay que mejorar el bachillerato y yo pregunto: ¿quién podría estar en desacuerdo con eso? Nadie, pero ¿por qué? Porque decir eso no es realmente hacer ninguna propuesta, sino mero wishful thinking: mientras no se nos diga cómo se reforma el bachillerato no se nos ha dicho nada en lo absoluto. Creo que así podríamos pasar en revista las diversas opiniones de los ilustres universitarios que se postulan o los postulan para el puesto supremo en la UNAM. Me parece que, independientemente de lo que pensemos en concreto acerca de los proyectos de los diversos candidatos, lo que sí podemos decir es que se trata en su mayoría de planes bien intencionados que traen consigo la impronta del académico. Hay, no obstante, un caso particular que, en mi humilde opinión, amerita una reflexión particular. Me refiero al Ing. Sergio Alcocer.
Lo que yo pienso sobre el candidato Alcocer se enmarca en lo que he venido afirmando y lo que sostengo es que la Universidad Nacional Autónoma de México tiene ciertos rasgos que simplemente no encajan con el perfil del candidato en cuestión. Reconozco que a mí me en lo particular me dio una desagradable impresión inicial cuando, al arrancar su campaña de conquista de la Rectoría (mucho antes que todos los demás, dicho sea de paso), afirmó que venía “a aportar su talento” a la universidad. “Bueno”, pensé yo para mis adentros, “esta petulancia ¿con qué se justifica?¿Nos las estamos viendo aquí con un Premio Nobel, con un Príncipe de Asturias, como el Dr. Bolívar? Vaya decepción! Simplemente no es el caso. La producción teórica (también hay teóricos en ingeniería, no lo pasemos por alto) del Ing. Alcocer no es (siendo suave en la caracterización) apabullante. No es, pues, por la enumeración de sus méritos académicos por lo que se engruesa su curriculum. Pero más allá de su falta de lustre académico, la verdad es que las propuestas de Alcocer no parecen tener mayor contenido. Considérese, verbigracia, la sugerencia concerniente a la “formación y actualización de profesores”: ¿es eso parte de la reforma que la UNAM requiere?¿Qué tiene de novedoso?  La formación y actualización de profesores e investigadores es algo que en la UNAM permanentemente se hace. ¿En qué consiste entonces la originalidad de la propuesta? Algunas cosas que Alcocer afirma son reveladoras. Él sostiene, por ejemplo, que hay que contratar a los mejores egresados “de la UNAM y de otras universidades”. Eso es un arma de doble filo. ¿Por qué no mejor nos proponemos traer a todos los académicos desempleados de los Estados Unidos y llenamos con ellos la nómina universitaria, desplazando así a los menos buenos que serían en este caso los profesores e investigadores mexicanos? Todo el detestable rollo sobre el liderazgo y la innovación no es más que el reflejo de la absorción mental de los esquemas yanquis de pensamiento, esquemas que no tenemos por qué hacer nuestros, sobre todo cuando vemos cada día más claramente que el modelo universitario norteamericano ya fracasó, inclusive si admitimos que en otros tiempos les funcionó muy bien. No entiendo para qué tenemos nosotros que hacer un recorrido que sabemos de antemano que lleva al fracaso. El programa de Alcocer incluye también la incongruente idea de que habría que identificar candidatos para convertirse en maestros de bachillerato. Con todo respeto: la idea misma es declaradamente ridícula. Todo estudiante, todo egresado es potencialmente un maestro de la Preparatoria. Quizá a Alcocer ya se le olvidó cómo se ganan las plazas, pero podemos asegurarle que si hubiera un método para ello (aparte del de ser un estudiante dedicado, aplicado, interesado en sus materias, etc.), todo mundo lo aplicaría y por consiguiente todo mundo se convertiría en maestro del bachillerato. Confieso que no veo nada particularmente interesante o relevante en lo que he podido atrapar de su proyecto. Para mí que es claro que la perspectiva académica de Alcocer no es la que la UNAM necesita, pero lo importante es entender que lo que no es positivo para la UNAM es activamente negativo para ella y eso es algo que nosotros, los universitarios, no podemos conscientemente querer para nuestra máxima casa de estudios.
La verdad es que lo que distingue a Alcocer de los demás candidatos no es su “programa” sino el hecho de que a diferencia de los demás él, aunque egresado de la UNAM, llega a la contienda por la rectoría cargado de “conexiones” extra-académicas, de carácter no sólo político, que no puede ocultar y que inevitablemente lo delatan. Es difícil no ver en él un mero gestor, un administrador cuya función sería básicamente la re-estructuración de la UNAM en la dirección de su “apertura” al universo de la empresa privada. Dado su trasfondo, es imposible no ver en él a alguien que viene con un proyecto de universidad acorde a la política del gobierno para el cual trabajó. Después de todo, es perfectamente comprensible que alguien razone así: si “se abrió” Pemex a la inversión privada: ¿por qué no habría de suceder lo mismo con la UNAM? De hecho, eso es lo que tendría que pasar para que la UNAM dejara de ser la molesta piedrita en el zapato para un gobierno decidido a cumplir con la última etapa del proceso de desmantelamiento de la infraestructura nacional, esta vez en el terreno de la educación superior. Esto hace vislumbrar la posibilidad de un grave conflicto interno en la UNAM, algo que todos quisiéramos que no sucediera. Es posible que yo esté en un error, pero a mí nadie me ha convencido de que no es cierto que con Alcocer se darán los primeros pasos en la dirección de la privatización de la UNAM. ¿Cómo se hace eso? No es, claro está, vendiendo la UNAM edificio por edificio. Nadie dice semejantes barbaridades. La privatización se logra empezando por establecer los tan anhelados vínculos con la iniciativa privada, con los fondos privados, la financiación privada de proyectos, atrayendo con el cebo del dinero y el turismo académico en grande el interés de los investigadores, a menudo presa fácil de tentaciones como esas. Y poco a poco se integra la UNAM al mundo de los inversionistas, lo cual quiere decir se irán subordinando poco a poco sus intereses propios (libertad de investigación y cátedra, por ejemplo) a los proyectos que efectivamente rindan beneficios, generen ganancias, etc. Si eso sucediera, podrán entonces afirmar triunfalmente todos aquellos que hubieran contribuido a la elección como rector de Sergio Alcocer: “Estamos de fiesta! La Universidad Nacional Autónoma de México ha muerto!”. ¿Será por esto por lo que opte la venerable Junta de Gobierno de la UNAM?

Éxitos Contraproducentes

Si el mundo es todo lo que sucede y lo que sucede es mucho: ¿por qué tendríamos que ocuparnos una y otra vez de las mismas situaciones?¿Por qué no abordar, por ejemplo, la densa cuestión de la sucesión universitaria o el  muy entretenido script peliculesco (tan bien armado por los genios de la PGR) concerniente, primero, a la evasión de la cárcel y ahora (el siguiente capítulo de la novela policiaca que al parecer ya nos tienen listo) a la misteriosa huida de un malherido Chapo Guzmán, preámbulo obligatorio del capítulo final y cuyo desenlace a todas luces tendrá necesariamente que ver con la muerte del héroe? ¿Por qué no hablar de los problemas del magisterio nacional, del sino macabro de los muchachos de Ayotzinapa (y de las nuevas infamias que nos tienen preparadas las autoridades encargadas del caso, como la inculpación de nuevos personajes) o de la sucesión presidencial argentina? Es obvio que como esos hay un sinfín de temas de interés. Sin embargo, hay algunos que por su importancia y trascendencia de manera natural se auto-imponen y literalmente nos fuerzan a volver a encararlos. Un tema así, sin duda alguna, es el conflicto israelí-palestino. ¿Por qué ese problema una y otra vez, por así decirlo, nos estalla en las manos? La respuesta es obvia y simple: porque es un conflicto al que no se le ha querido dar una solución. Pero eso ¿por qué? La respuesta a esta pregunta es todo lo que se quiera menos obvia y simple. Intentemos, no obstante, decir algo razonable al respecto.

A lo largo de las últimas semanas nos hemos venido enterando, a través de los más variados medios de información, de choques cotidianos entre palestinos e israelíes. Para empezar, es tentador señalar un evento particular como el detonador de la nueva fase de violencia, pero una sugerencia así es fácilmente rebatible: son tantos ya los actos de violencia ocurridos (como el haberle prendido fuego a un niño en su cuna) que sería prácticamente imposible seleccionar uno en particular y erigirlo en detonador, además de que, en segundo lugar, es obvio que algo es o puede ser un detonador sólo en un contexto apropiado. Sería altamente improbable que, si se eliminara o modificara drásticamente el contexto, el detonador en cuestión tuviera los efectos que en este caso habría mostrado tener o simplemente ni siquiera se habría dado. La pregunta es entonces: ¿cuál es ese contexto que con tanta facilidad promueve la detonación de actos de violencia y odio entre palestinos e israelíes? La pregunta es precisa, pero requiere para ser debidamente respondida ciertas aclaraciones.

Con toda franqueza, no creo que tenga el menor sentido abordar un tema a fin de tratarlo con seriedad para posteriormente limitarse a recitar lugares comunes, discutir con hombres de paja o repetir consignas. Pero si ello es así, entonces tal vez debamos empezar por señalar que lo que es inusual en Israel y en los territorios ocupados es la violencia entre palestinos e israelíes, puesto que lo que sí es real es la violencia cotidiana en contra de la población palestina en su conjunto. Negar eso sería simplemente mostrar que no se desea tratar el tema con objetividad. Todos sabemos que todos los días la población palestina, independientemente de que se sea hombre, mujer, anciano o niño, es víctima de toda clase de tropelías y humillaciones por parte del ejército israelí, así como todos los días los palestinos son víctimas de atropellos y de actos de violencia injustificada por parte de los colonos (los famosos “settlers”), quienes poco a poco, y en concordancia con la política del gobierno israelí, se engullen los remanentes de lo que otrora fuera tierra palestina. A lo que asistimos ahora, por consiguiente, es a expresiones de violencia por parte de palestinos como una respuesta desesperada frente a una situación que es ya francamente insoportable. ¿Cuál es esa situación?¿De qué situación hablamos? De una situación de injusticia estructural, crónica y galopante. Se trata de una situación que prevalece por lo menos desde la creación de Israel, o sea, desde hace 67 años. En otras palabras, mientras que las personas que viven a lo largo y ancho del mundo en situaciones de normalidad se pasean, trabajan, se reproducen, comen, festejan, etc., los palestinos lloran, son agredidos, golpeados, encarcelados, asesinados. Así, el mundo contempla pasivamente y desde lejos el martirio cotidiano palestino. Por razones que es ya es hora de que salgan a la luz, lo cierto es que la casi totalidad de los gobiernos actúa en connivencia con la política de limpieza racial, de odio irracional y de prepotencia alevosa por parte del gobierno y la sociedad israelíes.

No es mi propósito discutir aquí y ahora el status de la “violencia palestina”. Desde luego que cuando un palestino apuñala a un soldado israelí ejerce violencia, pero es pura y llanamente imposible (insensato) pretender juzgar un acto así al margen de su contexto, de su trasfondo. Si a una persona le mataron a sus padres, demolieron su casa, lo han golpeado en repetidas ocasiones, mutilaron a sus hermanos, etc., es perfectamente comprensible que el individuo en cuestión en algún momento actúe con violencia. Frente a un estado racista y terrorista como el israelí, no creo que haya muchas opciones de acción. El tema interesante es desde luego el de cómo y por qué puede haber un estado así, pero ese es un tema demasiado complejo como para tratarlo en unas cuantas páginas. De seguro que en algún momento regresaremos sobre él. Por ahora, sin embargo, mi objetivo es mucho más modesto y se reduce a compartir con el lector algunas reflexiones sueltas sobre diversos potenciales efectos, quizá no del todo bien sopesados por parte de los actuales dirigentes israelíes, de una política que, se puede argumentar tanto a priori como a posteriori, está destinada a fracasar.

Yo creo que debería quedarle claro a los líderes sionistas que, con toda y su inmensa superioridad material, va a ser de hecho imposible para Israel aniquilar a 5,000,000 de personas. Ahora bien, si, per impossibile, el estado israelí lograra realizar dicha proeza, ello representaría ipso facto una derrota simbólica total para él. ¿Por qué? Porque lo que Israel habría realizado sería una nueva Shoah, su propia Shoah, una Shoah palestina. Con ello, al mismo tiempo, quedaría identificado precisamente con eso que más detesta que lo identifiquen: sería, a los ojos de la población mundial, el nuevo estado nazi, el estado nazi del Medio Oriente. Eso será todo lo que se quiera menos una victoria política.

En segundo lugar, el estado israelí no debería desdeñar al modo como lo hace el repudio popular mundial al cual ya se ha hecho acreedor. El estado israelí funda su política única y exclusivamente en consideraciones de fuerza (financiera, militar y propagandística). Le importan únicamente los apoyos gubernamentales en las instancias relevantes, pero es ostensiblemente indiferente a la antipatía de los pueblos. Empero, ésta a menudo resulta indispensable y hasta decisiva. Ya en nuestros días, dejando de lado algunos sectores importantes de la sociedad norteamericana, hay prácticamente pocos pueblos no directamente involucrados en el conflicto del Medio Oriente que sientan simpatía por Israel, mucho menos que lo apoyen. Digámoslo claramente: los millones de personas que viajan a Israel no se desplazan por conocer dicho país, sino que viajan a él para visitar el Santo Sepulcro, el Jardín de los Olivos y el Gólgota y las más de las veces regresan ofendidos por lo que vieron o vivieron allá (los sistemáticos escupitajos a las monjas por parte de los transeúntes, por ejemplo).

En tercer lugar, me parece muy arriesgado pensar que en los países de los cuales provienen sus mayores apoyos (Estados Unidos y Francia, sobre todo) no pueden darse cambios sustanciales que podrían afectar peligrosamente su situación de vencedores. Es claro que sin el apoyo material, financiero, logístico y diplomático de los Estados Unidos Israel no sería el país fuera de ley que es y digo ‘fuera de ley’ por la simple razón de que nunca acata las resoluciones en su contra independientemente de en dónde se tomen (UNESCO, ONU, etc.). Sin los cerca de 10,000 millones de dólares que el Congreso norteamericano le regala a Israel anualmente, sin la pródiga dádiva de armamento sensible que recibe del Pentágono, Israel no resistiría mucho tiempo una guerra como la que ahora se libra en el Medio Oriente. Ahora bien, cambios así se pueden dar. Es bien sabido que el Partido Socialista francés (y por ende, en la actualidad, el gobierno francés) está dominado por gente que trabaja abiertamente en comunión con el CRIF (Concejo representativo de las Instituciones Judías de Francia), pero también se sabe de la oposición popular la cual, dirigida por gente tan diversa como Alain Soral o Dieudonné M’Bala M’Bala, ha sido aclamada de un modo que hasta hace un par de años habría sido inimaginable. En Estados Unidos, igualmente, se pueden dar cambios que podrían limitar drásticamente la actualmente todopoderosa influencia del así llamado ‘lobby judío’. De hecho, el lenguaje político norteamericano está empezando a cambiar, por la sencilla razón de que las políticas públicas tienen que modificarse (seguro social, educación, etc.). Pero ¿qué pasaría si el status quo político norteamericano se modificara y las correlaciones de fuerzas cambiaran? Es obvio que Israel no se puede bombardear a sí mismo con armas atómicas y una guerra sin el masivo apoyo occidental del cual dependen y al cual están acostumbrados podría poner a los israelíes en situaciones críticas hasta ahora desconocidas. Infiero que la soberbia a la Netanyahu, fundada en la convicción de que nunca nada cambiará en los países occidentales, puede conducir al desastre.

Podemos señalar, en cuarto lugar, como una causa más para re-pensar la política intransigente y criminal del actual gobierno israelí el hecho de que es una vulgar patraña la afirmación de que el gobierno sionista efectivamente representa al 100 % de la población israelí y judía en general. Hay varios sectores judíos de personas inconformes con la política racista y represora del gobierno israelí. Están, por una parte, los ultra-ortodoxos, aquellos que por razones religiosas están en contra de la existencia del estado mismo de Israel. Ese es un tema nada desdeñable, ni teórica ni prácticamente. Están, por otra parte, los libre-pensadores, la gente que no comparte los valores sionistas y que, superando multitud de prejuicios y chantajes, se han declarado en contra de las masacres y el trato degradante de los ciudadanos de segunda clase, esto es, de los árabes que son ciudadanos israelíes y viven en Israel. Los exponentes de la política israelí siempre se expresan como si hablaran en nombre de todos los judíos del planeta, israelíes o no, pero eso es simplemente una táctica política. No hay tal cosa. Hay muchos intelectuales, artistas, refuseniks, religiosos y seres humanos de buena voluntad de origen judío que simplemente están en contra de lo que en su nombre se hace. Por el momento, sin duda alguna, son una minoría, pero es más que obvio que es una minoría que crece día con día.

Por último, podemos apuntar a fracasos políticos que pueden desencadenar secuencias de hechos cuyos impactos es altamente probable que el gobierno israelí no pueda neutralizar. Un caso así fue el pacto atómico con Irán y otro la no extinción de Siria y de su legítimo gobierno. Ya Israel se llevó algunas sorpresas cuando tuvo que enfrentar al Hezbollá con un mínimo de armamento (nunca igual al suyo, es cierto). El día que el ejército israelí enfrente un ejército realmente bien preparado y que no pueda derrotarlo: ¿qué consecuencias acarrearía eso a nivel mundial para la población judía? Pienso que, si se sopesaran las potenciales consecuencias de una coyuntura no favorable, se tendrían elementos para pensar que la política de gobiernos como el de Netanyahu pueden ser funestas para los israelíes y para el pueblo judío en general.

Yo me inclino a pensar que la historia ha sentado tantos precedentes y le ha dado a los seres humanos tantas lecciones que lo menos inteligente que se puede hacer es taparse ojos y oídos y rehusarse a aprender del pasado. Una política de odio, de desprecio hacia nuestros congéneres, no puede triunfar. Los dogmas de superioridad y los mesianismos de invencibilidad terminan siempre por derrumbarse estrepitosamente. No se le puede impunemente enseñar a niños a cantar que hay que ir a matar palestinos y cosas por el estilo (hay mucho de esto en internet y para alguien que no está inmerso en ese mundo no es tan fácil de soportar), porque esa política a la larga dará malos resultados al interior de la sociedad que ahora los fomenta. La terca política de un solo estado con diferentes clases de ciudadanos (diferentes derechos, obligaciones, etc.) no tiene futuro y menos aún en la época de una feroz globalización. La cruel obscenidad del presente no se justifica apelando a la crueldad obscena del pasado. El mundo sabe ya cuál es la fuente del verdadero terrorismo, del terrorismo de estado, a pesar de toda la manipulación que sistemáticamente se haga a través de los medios de comunicación. A pesar de éstos y de las múltiples formas que hay para presionar, a la gente alrededor del mundo le queda día con día cada vez más claro quiénes son los terroristas y quienes las víctimas en Tierra Santa.

Descarado!

Una ventaja que tenemos quienes de motu proprio nos esforzamos por articular pensamientos que sean no sólo coherentes y explicativos sino también que sirvan para expresar lo que son nuestros genuinos puntos de vista es que no estamos constreñidos a ocuparnos de los temas del momento, de esos de los que a fuerzas (por definición) se tienen que ocupar los periodistas profesionales. Nosotros no tenemos semejantes restricciones, por lo que podemos retomar libremente el tema que consideremos digno de reflexión aunque éste ya no sea “de actualidad”. Yo tuve que ausentarme una semana, por razones de trabajo (asistí en la ciudad de Puebla al “Vº Congreso Wittgenstein en Español”, del cual soy co-organizador) y no tuve entonces tiempo para abordar un tema que llamó la atención pública y que sin duda ameritaba un mínimo de ponderación. Puedo desde luego enunciar rápidamente el tema que me incumbe, pero me parece que lo apropiado es describir, aunque sea a grandes rasgos, el marco general dentro del cual es menester ubicarlo.

Con toda franqueza, no sabría decir si sólo un desquiciado o un ser malvado podrían negar que el mundo está pasando por una etapa de destrucción y desolación que no tiene paralelo en la historia humana. ¿Cómo entender y evaluar de manera responsable lo que está pasando en el mundo? Yo creo que las respuestas variarán en función del grado de abstracción en el que nos ubiquemos. Hay que hacer aquí un gran esfuerzo para, por así decirlo, colocarse por encima y ver de lejos los sucesos del mundo y mientras más universal sea nuestra perspectiva mayor claridad tendremos del tema que nos incumbe. Evidentemente, el nivel perfecto de observación es lo que podríamos llamar el ‘punto de vista de Dios’: a Él sí una sola mirada le bastaría para captar el complicado entramado de políticas, decisiones, ambiciones, ideas, pasiones y demás que operan y que dan como resultado lo que es la situación actual. A Dios ciertamente Obama no podría engañarlo, Netanyahu no podría amedrentarlo, Hollande no le haría sentir pena ajena y así podríamos seguir mencionando a todos aquellos que, por ocupar (aunque sea de manera pasajera) posiciones mundanas decisivas, inciden en las vidas de los demás y muy a menudo para el infortunio de las personas. Nosotros, evidentemente, estamos a años luz de la sabiduría divina, por lo que no nos imaginamos estar revelando los arcanos del universo. No obstante, aunque sea de manera sumamente imperfecta, hacemos el esfuerzo por contemplar lo que pasa alrededor de nosotros de la manera más objetiva posible. Y ¿qué es lo que vemos? Lo que mi aparato cognoscitivo me indica, a la manera de un sensor que cuando detecta una señal automáticamente enciende un foco, es algo tan simple que hasta da pena enunciarlo, en gran medida porque quienes no tienen ese sensor (la inmensa mayoría de las personas, por muy variadas razones) intentan hacer sentir a quien sí lo tiene como si fuera alguien que padece alucinaciones de alguna índole o que es algo así como un retrasado mental. ¿A qué me refiero, concretamente? Yo creo que lo que salta a la vista es pura y simplemente que el sistema de vida reinante, el capitalismo, ya no funciona, es decir, ya no es operativo realmente, ya no hace que la humanidad progrese, vaya hacia adelante, supere sus contradicciones y sus miserias. No creo, en efecto, que nadie sensato y con una dosis elemental de información pueda sostener que la civilización contemporánea no es una civilización de destrucción sistemática de la naturaleza y de sumisión de unos (muchos) por otros (muy pocos). Sería hasta redundante, por no decir tedioso, enumerar las catástrofes humanas que día con día tienen lugar en el planeta, catástrofes no naturales y de causantes fácilmente indiciables. Ese es el marco dentro del cual habría que ubicar nuestro tema. ¿Y cuál es ese?

Como todos sabemos, el Papa Francisco hizo recientemente una importante visita a América. Básicamente, sus pasos lo llevaron a Bolivia, a Cuba y a los Estados Unidos. Parte crucial del mensaje del Papa fue un llamado, a mi modo de ver infructuoso pero eminentemente noble, a abrir los ojos ante la evolución del mundo. Como el mundo es entendido vía categorías económico-políticas, el Papa Francisco habló del capitalismo (o sea, el sistema de vida imperante) y en forma casi patética llamó a cambiarlo porque él, sin duda mucho más y mejor inspirado que yo, detectó la esencial maldad del sistema, un sistema que genera profundas asimetrías económicas y crueles engaños políticos. Todos sabemos que un papa es la cabeza de un estado, pero no por ello deja de ser persona y por lo tanto no se puede simplemente descalificar lo que dice apelando a su investidura. Su discurso fue muy claro: el modo de vida prevaleciente es cruel y contrario a las más básicas de las genuinas intuiciones religiosas, intuiciones que tienen que ver con el amor al prójimo y el respeto a la vida.

Y es aquí que de pronto nos topamos con el asombroso hecho de que un escritor venido a más, un cuentero artificialmente inflado, un político fracasado y lleno de resentimientos, se permite pronunciarse, en un tono condescendiente y desdeñoso, sobre lo dicho por el Papa, como dando a entender que las afirmaciones de este último son meramente el producto de la senilidad y de una profunda incomprensión de lo que está pasando. Me refiero al novelista Mario Vargas Llosa. Su pronunciamiento, obviamente, no fue hecho en privado sino que recibió la mayor difusión posible, lo cual también tiene una explicación. Aquí se hace valer el proverbio según el cual Dime con quién andas y te diré quién eres y ¿con quién hizo pública Vargas Llosa su evaluación del Papa? Ni más ni menos que con el agente ideológico pro-yanki, el apologista del capitalismo por excelencia, el argentino-norteamericano Andrés Oppenheimer!! Así, pretendiendo enmendarle la plana al Papa Francisco, Vargas Llosa se permitió hacer un par de afirmaciones dignas de ser tomadas en cuenta. Sostuvo, primero, que la crítica de la Iglesia al capitalismo no era nueva y que lo que el Papa había sostenido simplemente representaba el verdadero punto de vista de la Iglesia Católica y, segundo, que el Papa (y por consiguiente la Iglesia) no había logrado comprender que el capitalismo está internamente conectado con la libertad y la democracia. Dado que es obvio que Vargas Llosa no tiene formación filosófica fue incapaz de enunciar lo que realmente tenía en mente. Lo vamos a hacer nosotros por él: lo que Vargas Llosa quiso decir es simplemente que los conceptos de democracia, capitalismo y libertad están esencialmente vinculados unos con otros. O sea, se implican mutuamente y rechazar uno equivale a rechazar los otros dos.

Me parece que podemos copiarle al Papa su conducta lingüística y aplicarla en el caso del escritor español (y digo ‘español’ porque, como todo mundo sabe, Vargas Llosa renunció a la nacionalidad peruana a raíz de su estrepitosa derrota electoral ni más ni menos que ante Alberto Fujimori; a todas luces, no es un buen perdedor). Cuando le pidieron al Papa que se pronunciara sobre los homosexuales (al margen de la Iglesia), él con humildad respondió: ¿Y quién soy yo para juzgar a los demás? Yo creo que podemos, mutatis mutandis, hacer la misma pregunta en relación con Vargas Llosa: ¿y quién es él para permitirse juzgar a personajes mucho más capacitados y mejor ubicados que él para hablar de la situación mundial?¿Por qué se le habría de conceder atención especial a los dichos de un escritor al que por decisiones de burocracia internacional de administración cultural se le colocó en la cima? Nosotros quisiéramos preguntar (como en algunos otros casos notorios): ¿cuál es esa obra tan magnífica que lo llevó al premio Nobel? ¿Pantaleón y las Visitadoras? Que no nos hagan reír! Vargas Llosa es obviamente el beneficiario de un premio que no es de literatura en sentido estricto, sino que se da en el ámbito de la literatura dependiendo del rol político que se desempeñe. La pregunta es entonces: ¿cuál es dicho rol?

Es evidente hasta para un niño que Vargas Llosa es el caso típico del escritor que, gozando de un cierto prestigio literario, aprovecha un determinada coyuntura, cambia de disfraz ideológico y se deja mansamente cooptar, convirtiéndose entonces en el portavoz de exactamente lo contrario que hasta entonces había venido representando. Dado que, a diferencia de lo que pasa en Europa en donde el filósofo, cuando es relevante, es una figura pública respetable y escuchada, en América Latina ese papel lo juegan más bien los literatos. Son éstos los que, ante la opinión pública, juegan el papel de hacedores de opinión. Vargas Llosa es claramente el caso peruano, pero nosotros no tenemos que ir muy lejos para apuntar a exactamente el mismo fenómeno: ahí está Octavio Paz, el individuo que, adelantándosele,  le marcó con toda precisión el camino a seguir a Vargas Llosa. Como muchos otros, Gabriel García Márquez por ejemplo y el mismo Paz, Vargas Llosa se inició en la literatura como un escritor de izquierda, lo cual a la sazón quería decir ‘anti-golpista’, ‘pro Revolución Cubana’, etc. Pero Vargas Llosa tuvo su camino de Damasco: su inspiración divina llegó con la intervención de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga, en 1968, una intervención nunca siquiera mínimamente explicada. Ahora que para nosotros es fácil constatar que lo que pasó en Polonia 10 años después era justamente lo que estaba a punto de suceder en lo que era la República Socialista de Checoslovaquia, podemos apreciar el certero oportunismo de Vargas Llosa. Éste súbitamente se apoderó (o creyó que lo hacía, porque podríamos pensar que más bien fue al revés) del fácil vocabulario demagógico de la “libertad” y la “democracia” para convertirse a partir de ese momento en uno de los líderes de la más descarada de las derechas. No podría sorprender a nadie entonces que ahí y no antes se iniciara su incontenible triunfo mundano, un triunfo que sus previas novelitas no le habrían podido deparar: candidato a la presidencia, premio Nobel, ideólogo reconocido, ciudadano ilustre, invitado distinguido, etc., etc. Como es natural, fue un participante activo en los programas de Televisa que Octavio Paz dirigió (y que de cuando en cuando vuelven a sacar al aire, por si se nos olvidan sus “lecciones”) a raíz de la caída del Muro de Berlín y de la disolución final del mundo socialista, cosa que aprovechó a la perfección para exponer su famosa tesis sobre la “dictadura perfecta” mexicana, encarnada desde luego en el PRI y la cual curiosamente encajaba a la perfección con los planes de cambio gubernamental para México que ya se fraguaban en los Estados Unidos. Desde luego que no vamos a defender al PRI pero tampoco a atacarlo, porque eso es caer en el juego falaz de considerar fenómenos muy complejos como si fueran simples: el PRI jugó papeles diferentes en diferentes momentos de su historia y es evidente de suyo que hablar del PRI como lo hizo Vargas Llosa no era más que una maniobra demagógica para debilitar, con el pretexto del cambio mundial, a un gobierno que todavía tenía vetas nacionalistas. En ese sentido, es claro que Vargas Llosa le hizo un profundo daño a la nación mexicana, inter alia. En todo caso, lo que es claro es que a partir de entonces Vargas Llosa ha sido uno de los más estridentes críticos de todo lo que sea oposición al sistema capitalista. No cabe duda de que es un hombre con los pies muy bien puestos en la tierra!

Tengo que confesar que por diversas razones siento una gran antipatía por Vargas Llosa, porque creo detectar en él motivaciones muy bajas o sucias en lo que es su rol político, pero mi animadversión se incrementó cuando me percaté de que sucedía con él lo que sucede en muchos países de habla hispana (España incluida, desde luego) y es que, una vez ungido, se volvió un parlanchín que se pronuncia con nonchalance sobre temas que desconoce y que, para quienes algo sabemos al respecto, no son otra cosa que retahílas insoportable de trivialidades, errores y falsedades. Es el caso, por ejemplo, de su reseña de un bien conocido libro sobre el célebre encuentro entre el gran pensador austriaco, naturalizado británico, Ludwig Wittgenstein, y el filósofo Karl Popper, también de origen austriaco y también naturalizado inglés, quien provocó en la universidad de Cambridge una situación ridícula de enfrentamiento con alguien a quien envidiaba y que era infinitamente superior a él, como lo historia lo atestigua. La reseña por parte de Vargas Llosa del libro que recoge ese episodio es a las claras la de alguien externo al mundo académico pero que, avalado por su fama, se siente autorizado para hablar con desparpajo sobre temas que le son ajenos. Yo mismo reseñé el libro del cual él se ocupa e invito al lector a que confronte nuestros respectivos trabajos para que pueda determinar por cuenta propia cuán bien o mal fundado está lo que afirmo.

La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿qué peligros representan personajes como Vargas Llosa? Éste me parece ser un buen prototipo del ser humano esencialmente materialista, un desespiritualizado típico de la época de nihilismo por la que atravesamos, justamente de lo más anti-wittgensteiniano que podríamos imaginar. Vargas Llosa es el intelectual latinoamericano adormecido por los cantos de sirena del éxito terrenal. Ser un clown de super-ricos, alguien que ameniza con palabras el banquete al que con benevolencia se le invita, alguien que puede salir en las revistas de la “gente bien”, alguien a quien por consiguiente por decreto se le aplaudirá, escriba lo que escriba, esa es la meta de Vargas Llosa y de gente como él. Es, pues, el símbolo perfecto del intelectual latinoamericano extraviado espiritualmente. Qué lástima que lo que nos incitó a redactar estas cuantas páginas no haya sido otra cosa que un descarado comentario.

La Irrelevancia de la Diplomacia

Pocas cosas hay tan decepcionantes y frustrantes como lo es un fracaso conversacional que termina en un mero diálogo de sordos. Y no estará de más entender que, además de ser decepcionante y frustrante, dicho fracaso es un mal augurio cuando los dialogantes son personajes decisivos para el mundo. Eso es más o menos lo que podemos afirmar que sucedió en la Asamblea General de la ONU cuando examinamos, aunque sea superficialmente, los discursos de los presidentes V. Putin, de Rusia, y B. Obama, de los Estados Unidos. Literal y metafóricamente, hablan idiomas distintos. Desde luego que el contenido de sus respectivos discursos es interesante per se, pero también resulta ilustrativo leer entre líneas y tratar de entender no lo que afirman (lo cual está a la vista), sino sus motivaciones subyacentes, lo que revelan. Sobre algo de ello quisiera decir unas cuantas palabras, para mí obvias, aunque quizá no evidentes para todo mundo.

No deberíamos perder de vista que es a través de discursos, por así llamarlos, ‘oblicuos’, como a menudo los mandatarios promueven sus posiciones políticas y hacen llegar sus mensajes al mundo. Hay en sus alocuciones, por lo tanto, dos niveles: el explícito y lo que sus textos revelan o permiten entrever. Dado que escuchamos sus discursos, disponemos entonces del material suficiente para extraer de sus exposiciones rasgos generales no ya de sus personalidades, puesto que realmente prácticamente no hay nada subjetivo en ellas, sino de sus respectivas perspectivas políticas. Es de eso de lo que quisiéramos someramente ocuparnos.

Recordemos, para empezar, que la frase ‘no entendemos a Putin’ se ha vuelto ya de uso permanente en los medios políticos norteamericanos. ¿Por qué dicen ellos eso? Cada vez que Putin se les adelanta con alguna propuesta o medida, diplomática, económica o militar, los políticos americanos se sorprenden y exclaman que “no logran entender a Putin”. Ellos, naturalmente, presentan el asunto en términos psicológicos, lo cual es un error garrafal, porque no es eso lo que está en juego. Por ejemplo, los norteamericanos pensaban que los rusos aceptarían tranquilamente perder Crimea y, claro está, se equivocaron rotundamente; se imaginaron que con el golpe de estado que organizaron y la imposición de un gobierno abiertamente anti-ruso en Ucrania los rusos se amedrentarían, y no fue así; estaban muy confiados en que lograrían poner de rodillas a Irán, pero la participación rusa (y china) en las negociaciones del pacto nuclear con dicho país bloqueó su siniestro plan bélico; creían que podrían hacer con Siria lo que hicieron con Libia y la decisiva intervención rusa frenó sus ambiciones. La pregunta interesante es: ¿por qué, para decirlo de un modo simple, la mentalidad de políticos profesionales impide que se entienda la mentalidad de algunos de sus enemigos jurados (tienen muchos)?¿Cómo y por qué, dado que no estamos hablando de tontos, son posibles tantos errores estratégicos?

Yo creo que el discurso de Obama echa un poco de luz sobre el asunto. Preguntémonos: ¿qué dice y cómo se expresa el actual presidente de los Estados Unidos? Algo que de inmediato llama la atención es que Obama habla desde la perspectiva del poder desnudo, desde un trono que, sin saberlo él, día con día pierde grados de realidad; él se expresa con la crudeza de un militar desalmado, de alguien que sabe que detrás de él está un inmenso poder militar y, también, de alguien que enarbola la verdad. De todo eso y más se jacta. Sin embargo, hay algo que parece olvidársele: la Asamblea General es un foro para la enunciación de propuestas, de planes pro-positivos, de intercambio de ofrecimientos. Pero Obama no habla ese lenguaje. Él dictamina, pontifica, se erige en juez, anuncia decisiones, miente. Todos recordamos cómo se iniciaron los conflictos en Siria y en Ucrania y lo que él dice simplemente no corresponde a la realidad. Por ejemplo, todos (supongo) tenemos presente cómo, hace cerca de dos años, se le quiso imputar al gobierno legítimo de Siria el uso de gases letales para aniquilar… a su propia población, una acusación grotesca que fue desmentido no sólo por el gobierno sirio y la comisión de la ONU que visitó Siria, sino por la población misma, esa población que ahora huye despavorida de las hordas criminales que fueron a “liberarlos”. El discurso de Obama, por consiguiente, se funda en patrañas difundidas por su gobierno para justificar su ilegal intervención en un país que había logrado mantenerse independiente, firme y hermoso. Había, por lo tanto, que destruirlo y quitar al gobernante legítimo, el presidente Bashar al-Assad, que era y sigue siendo un sólido dique para contrarrestar el insaciable expansionismo israelí y las delirantes ambiciones megalómanas de B. Netanyahu. Es, pues, desde una plataforma de cinismo que Obama se presenta ante el mundo y lanza su mensaje. Su voz ciertamente no es una voz de conciliación. Él sencillamente no sabe tender la mano. ¿Para qué entonces se presenta en la Asamblea General de una organización cuyo objetivo es ese precisamente: juntar a los dirigentes de los países para que lleguen a acuerdos?

En marcado contraste con el de Obama, el discurso de Putin es un documento en el que se diagnostican situaciones, se señalan problemas y se hacen propuestas concretas. Putin, acertadamente, apunta que muchos de los problemas actuales se deben al inmenso vacío que dejó la Unión Soviética. Sin decirlo obviamente de manera cruda, deja en claro que el objetivo central de la política norteamericana a partir de ese momento fue llenar dicho espacio. De ahí que de manera cada vez más cínica, los diversos gobiernos norteamericanos de la post-Unión Soviética hayan ido practicando, cada vez más convencidos de que estaban en la línea correcta, la política de veto en la ONU acompañada de invasiones, ya sea por ellos mismos (Irak, Afganistán) o mediante mercenarios (Libia, Siria). Pero los yanquis no parecen haberse dado cuenta de dos cosas, sobre las que Putin atinadamente llama la atención: primero, hay otra super-potencia y, por lo tanto, hay un límite a lo que habría que llamar su “invasionismo”. Quizá Rusia no sea una “hiper-potencia” (si es que realmente hay alguna diferencia sustancial y no meramente lingüística entre las expresiones), pero de lo que no hay duda es de que está perfectamente capacitada para fijar límites. A los norteamericanos les llevó tiempo entender que la destrucción de la Unión Soviética no era la destrucción del poderío militar ruso y ahora están percibiendo su error geopolítico (e histórico, puesto que se desperdiciaron muchas oportunidades de trabajo conjunto). El segundo punto que Putin establece es igualmente obvio, pues es una verdad que vale no sólo en el plano internacional sino hasta en el gangsteril: si alguien acude a un delincuente para cometer alguna fechoría, lo más seguro es que posteriormente el delincuente lo chantajee y se aproveche de él. Eso es literalmente lo que está pasando, mutatis mutandis, con los neo-condottieri entrenados, pagados y armados por los Estados Unidos. Hay más de un sentido en que ya no los controlan, sólo que ya les dieron armas y los entrenaron (el mismo esquema que en América Latina en los años 70, digamos). Así, pues, si hay algo que ha dado malos resultados es, como puede constatarse, la política exterior neoconservadora norteamericana. Son el caso típico del aprendiz de brujo.

No es nada difícil corroborar que la forma norteamericana de entender la política presupone siempre la amenaza y el recurso a la fuerza (simplemente véanse, por ejemplo, los discursos de D. Trump). La desaparición del gran enemigo que era la Unión Soviética hizo que los americanos pensaran que todo les estaba permitido, que literalmente el mundo les pertenecía. Naturalmente, con una perspectiva así no hay necesidad de negociar. En relación con esta faceta de la política: ¿qué significó entonces la desaparición de la Unión Soviética? Tan simple como esto: que a los norteamericanos se les olvidó por completo lo que es la diplomacia y se encauzaron por la vía de la fuerza. Para decirlo de otro modo: ya no hay (si es que alguna vez la hubo) una escuela americana de diplomacia. Con los americanos el planteamiento es: o se hacen las cosas como ellos dicen o bombardean, bloquean económicamente, restringen créditos, manipulan los precios de las materias primas, organizan “putschs”, generan conflictos con los vecinos, instalan bases militares, atentan contra los dirigentes y mandatarios y así indefinidamente. En pocas palabras, los políticos norteamericanos desmoralizaron la política mundial.
Esto me lleva a un punto realmente formidable del discurso de Putin. Después de describir de manera sucinta pero clara la situación en el Medio Oriente, Putin hace una pregunta escalofriante y todo mundo entiende a qué interlocutor está dirigida: “¿Se dan siquiera cuenta”, pregunta, “de todo lo que hicieron?”. Parafraseándolo: ¿se percatan quienes toman las decisiones desde suntuosas oficinas en Washington de todo lo que significa esta destrucción, estas migraciones forzadas, todas esas orgías de sangre, todos esos niños, ancianos, hombres y mujeres martirizados de múltiples formas, todo eso que ellos causaron? La acusación es obvia: eso lo hicieron los Estados Unidos de Norteamérica. Desde luego que siempre habrá gente que se beneficie del dolor de otros, siempre habrá políticos y militares marioneta que se prestarán a cualquier clase de maniobra (Egipto es un buen ejemplo de ello), siempre y cuando estén bien pagados, pero los responsables últimos del actual desastre mundial son los Estados Unidos. Desde luego que siempre se puede recurrir a la fuerza, pero eso no es diplomacia. Lo desesperante del asunto es la convicción y la certeza de que el discurso moral, por obvio y apropiado que sea, no hace mella en los políticos occidentales, en los políticos que ya son indiferentes al reproche moral. A eso se reduce, si es que la podemos llamar así, la escuela diplomática norteamericana. Por eso burócratas brillantemente mediocres, como el ministro francés de relaciones exteriores, L. Fabius, un sionista descarado, se permite afirmar públicamente que el discurso de Putin “no tenía nada” e insistir en que el presidente de Siria se tiene que ir. ¿Qué autoridad tiene ese desprestigiado burócrata, odiado hasta en su país, para entrometerse en los asuntos internos de un país soberano? Simplemente es un adepto de la escuela americana.

La participación de Putin en la ONU fue realmente extraordinaria, no sólo porque no divagó sino porque hizo una propuesta concreta: propuso una unión internacional para luchar con efectividad en contra del “terrorismo”, una noción que los americanos casi convirtieron en hollywoodense y vaciaron de sentido al emplearla para todo, como lo hicieron otrora con “comunismo”. Para Rusia es desde luego un asunto importante, porque ese país ya padeció los ataques de fanáticos islamistas en su propio territorio. Rusia va a actuar porque puede hacerlo, pero está proponiendo hacerlo de manera conjunta, con aliados. Por lo pronto, quedó claro que su presencia en Siria, garantía para el presidente Assad, no está sujeta a discusión. Los occidentales le declararon la guerra a ISIL, bombardean sus campamentos mañana, tarde y noche pero, curiosamente, los mercenarios siguen allí. O sea, la guerra contra los terroristas islámicos por parte de los Estados Unidos es una ficción. Con Rusia no será así y es eso lo que preocupa a los gobiernos de los países que sólo saben fomentar, para lograr sus objetivos, la destrucción y la muerte.
Regresemos a nuestro punto de partida: ¿por qué los americanos no entienden a Putin?¿Porque éste piensa como marciano? Obviamente que no. Lo que no entienden es la mentalidad de la concordancia, lo que se les escapa es la psicología del mediador, lo que no aprehenden son los valores morales superiores. No basta con proclamar a derecha e izquierda “democracia!, democracia!” cuando lo que en la vida real se hace es todo lo contrario de lo que la democracia entraña y significa. Putin fue auto-crítico y su auto-crítica le permitió poner el dedo en la llaga: hubo, reconoció, una época en que se “exportaba” la revolución (yo no diría eso, puesto que las “revoluciones” eran más que indispensables en, por ejemplo, América Latina, pero se entiende el contexto discursivo). Ahora se exportan las “revoluciones democráticas”, un nuevo apelativo para los golpes de estado. La acusación es obvia y está bien fundada. ¿Podríamos entonces con titubeos estar siquiera de acuerdo con exabruptos de políticos de segundo nivel, como Fabius? Sería ir en contra del sentido común, algo de lo que nos guardamos de hacer lo más que podemos.

Por otra parte, lo que resulta imposible no evaluar como patético y como contra-producente para él mismo fue la intervención del presidente Peña Nieto. Lo que él hizo fue, primero, llevar a un foro internacional tan importante (simbólica y prácticamente) como lo es la Asamblea General de la ONU un discurso de carácter casero, con temas obsoletos, como lo fue toda su perorata en contra del “populismo”. No sé quién le habrá escrito el discurso al presidente, pero lo que sí sé es casi un retrasado mental. Lo primero que hizo el presidente fue poner a Andrés Manuel López Obrador en la mira de todo mundo: ahora ya todo el mundo sabe que hay un “peligroso populista” en México, que es obviamente Andrés Manuel. Eso, que no lo duden, le va a generar a éste muchas más simpatías. El presidente fue a hacerle publicidad y lo logró. Por otra parte, ¿cómo puede el presidente de México ir a denostar el “populismo” (noción que evidentemente ni por asomo definió) cuando su país está atravesando una tremenda crisis de legitimidad y de credibilidad por asesinatos de estudiantes, periodistas y gente común que todos los días padece asaltos, violaciones, robos, etc.? Habiendo tantos temas sobre los cuales pronunciarse: ¿qué necesidad había de ir a soltar un discurso descontextualizado y semi-ridículo? Para aplicar nuestra metodología, lo interesante aquí sería preguntarse qué revela, qué pone de manifiesto indirectamente el texto del presidente, pero eso es algo que dejaremos para una mejor ocasión.

La presencia de Putin en Nueva York no fue inocua. Políticos de lengua larga, como el primer ministro británico (a quien dicho sea de paso le acaban de sacar una biografía en la que se cuenta cómo participó en un “rito” oxoniense de grupos de élite consistente en jugar sexualmente con la cabeza de un cerdo muerto. Qué altura moral, que superioridad estética!) después de mucho amenazar al presidente Assad ahora reconocen que éste “puede jugar un papel importante”, por lo menos para la transición de régimen. Yo creo que Putin les fue a decir sobre todo a quienes toman las decisiones en los Estados Unidos y en los países aliados que es insensato pensar en la confrontación con Rusia como una opción. Si los mandamases norteamericanos no entienden o no quieren entender el mensaje, lo más probable es que todos paguemos por lo que no habrá sido otra cosa que su incompetencia diplomática.

Información y Libertad

Podríamos decir, a manera de slogan, que la mente humana es la sede del pensamiento creador, constructivo y, sobre todo, libre. Gracias a nuestro pensamiento nos elevamos por encima de las cosas, los hechos y las vicisitudes de la vida cotidiana y podemos introducir un elemento de objetividad en el mundo. El problema es que poco a poco hemos venido cayendo en la cuenta de que después de todo la mente no es tan libre como parece, que es sumamente moldeable y, peor aún, fácilmente manipulable y que la dichosa objetividad por la que tanto nos afanamos bien puede ser un mero espejismo, una auténtica fatamorgana. Los medios para la manipulación de la mente van variando de época en época y se transita fácilmente desde la brutal represión hasta el sutil, imperceptible y prácticamente imposible de neutralizar control de contenidos, lo cual en la actualidad se ejerce a través sobre todo de los medios de comunicación (periódicos, cine, radio y televisión). Esta es una lección bien aprendida y aprovechada por los actuales dueños de las conciencias, esos pocos que deciden cómo moldear los modos de pensar y que, como controladores aéreos, dirigen las mentes de los habitantes del mundo a través de un ininterrumpido bombardeo de mensajes subliminales, de directivas engañosas, de verdades a medias o contradictorias y, sobre todo, de una selección tendenciosa de hechos y de un silencio sepulcral sobre realidades que por alguna razón los amos de los mass-media no quieren que las masas conozcan. Hay que señalar, por otra parte, que esta deprimente realidad en parte se funda y en parte se ve reforzada por el dato empírico que constituye la feroz ignorancia de la inmensa mayoría de la gente. El resultado es que millones de personas van por el mundo con un cuadro general prefabricado y más o menos ajustado a sus respectivas idiosincrasias. Así, paradójicamente, manipulación e ignorancia parecen ser el destino de lo que en principio había de ser la sede del pensamiento libre.

Lo dicho anteriormente concierne en realidad a todos los pueblos del mundo, dado que la diferencia entre ellos es meramente gradual, no esencial. Un inglés o un italiano cualesquiera ciertamente están mucho mejor informados que el mexicano medio sobre lo que pasa en el planeta, pero eso no quiere decir que estén emancipados del poder mediático. Ahora bien, yo sinceramente creo que difícilmente podríamos encontrar a un público más embrutecido ideológicamente que el norteamericano. Esto en gran medida se explica por el hecho de que probablemente no hay otro país en el mundo en donde los medios de comunicación estén tan concentrados en unas cuantas manos y que además no haya una contraparte que balancee el desequilibrio que allá a todas luces prevalece. El ciudadano americano medio no tiene otros lentes con que ver el mundo que los que le ponen CNN, el New York Times, Fox News y todo lo que se deriva de éstos, o sea, todo. Y, en mayor o menor medida, lo mismo vale para el resto de los países, pero hay que reconocer que el amarillismo político y la estridencia ideológica alcanzan niveles de histeria colectiva y de paroxismo ante todo en los Estados Unidos. El negocio ya está muy bien establecido. Para dar un ejemplo: a través de especialistas en la difamación, de comentaristas muy sobrios, técnicos, aparentemente imparciales, de lenguaje terso y delicado, los editorialistas del New York Times saben cómo infundir odio en las mentes de sus lectores, distorsionan los hechos, mienten descaradamente, pero como el periódico no proporciona noticias alternativas que los contradigan, nadie los cuestiona y quien quisiera cuestionarlos no tiene voz pública, los puntos de vista expresados en dicho periódico (que no es más que el portavoz de ciertos grupos políticos y que sirve tanto para generar una mentalidad como para indicarle al gobierno lo que dichos grupos quieren y esperan de él) se vuelven poco a poco vox populi. Así, la verdad resulta ser lo que los moldeadores de mentes digan, puesto que la gente ya está hipnotizada y todo lo que reciba de ellos así será considerado.

La verdad es que no resulta muy difícil ilustrar lo que afirmo mediante un ejemplo concreto. Considérese el hecho innegable de que Rusia está enviando armamento a Siria, hundida como sabemos en una guerra atroz carente por completo de justificación. La acción rusa es entonces presentada como un crimen inenarrable, de lesa humanidad. En primer lugar, sin embargo, lo que nunca se presenta es la postura común de Rusia y Siria y, en segundo lugar, nunca se exponen las causas profundas de la destrucción de ese país: nunca se le dice al lector norteamericano que Israel, Arabia Saudita y Turquía, con el apoyo de la CIA, organizaron un ejército de mercenarios, de criminales a sueldo, para invadir un país soberano y derrocar un gobierno legítimo. Asimismo, nunca se le explica al desorientado telespectador norteamericano que el actual problema de refugiados es una consecuencia directa de la política de su país en el Medio Oriente y que en gran medida dicha política no tiene otro objetivo que permitir el crecimiento de Israel, del “gran Israel”, a costa desde luego de sus vecinos (sus litorales, sus ríos, sus tierras, etc.), empezando por los palestinos, el pueblo más inhumanamente martirizado desde la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos nunca se le informa a nadie que la guerra de Siria no es más que un eslabón en un plan que se echó a andar desde finales de 2010 y que tuvo su primer éxito rotundo en la destrucción de Libia y el bestial asesinato de Muamar Gadafi. No se le cuenta a nadie tampoco que después de la invasión de esos mismos mercenarios que están hoy en Siria, la OTAN con Francia a la cabeza intervino decisivamente bombardeando las ciudades libias y acabando con los remanentes del ejército leal a su país, un país que nunca atentó en contra de los intereses franceses. De ahí que el americano medio nunca se haya enterado de que el “dictador” Gadafi había convertido a Libia en el país más rico de África, dándole a su población el mejor nivel de vida del continente y que gracias al plan norteamericano Libia es ahora un país destrozado, sin futuro, pero eso sí, con su petróleo bien controlado por las compañías extranjeras (factor que ayuda a explicar por qué los norteamericanos pueden usar el petróleo como arma financiera y bajar sus precios hasta donde quieren: simplemente usan riqueza natural que no es de ellos). Desde luego que nunca el Washington Post le explicó en algún momento a sus lectores que el nombre burlesco que se le impuso al plan de desestabilización total del Medio Oriente iba a ser ‘Primavera Árabe’ y que el objetivo fundamental era rediseñar el Medio Oriente, inventar países aprovechando divisiones religiosas y étnicas para imponer gobiernos peleles, que no representaran ningún obstáculo para el expansionismo israelí y menos aún algún peligro. El plan original era modificar toda la región, desde Libia hasta Irán, puesto que Irak y Afganistán ya estaban destruidos y bajo control. Nunca se le dijo a los lectores de periódicos norteamericanos que el golpe de estado en Egipto era el siguiente paso y no le hizo ver tampoco que ese gran aliado de su país, el general Al-Sisi, impuesto por ellos, no es más que un dictador, por así llamarlo, ‘clásico’, un criminal que ha enviado a cientos de personas al cadalso y que tiene a todo el pueblo en contra, pero que se sostiene con la ayuda que “Occidente” le presta. Por todos lados a donde mire, lo que el individuo encuentra es la misma información tergiversada, desfigurada, irreconocible. En los Estados Unidos, el hombre de la calle no sabe lo que está sucediendo y si eso pasa allá lo mismo sucede, mutatis mutandis, en el resto del mundo. Lo único que “sabe” es que sus “muchachos” luchan por la democracia y la justicia al otro lado del mundo!

Si lo que afirmo es acertado, sería entonces infantil pretender creer que sí hay tal cosa como libertad de prensa en el mundo libre. Nosotros, aquí y ahora, podemos asegurar que, gracias a su fabulosa prensa y a su extraordinaria televisión, el ciudadano americano medio no tiene ni idea de lo que su país representa para el mundo: él no tiene con qué entender que la destrucción de Siria no es más que la parte final de un siniestro plan que sufrió su primer descalabro con el triunfo diplomático iraní, dado que la destrucción de Irán era uno de los objetivos supremos de la reconfiguración del Medio Oriente. Y podemos seguir enumerando hechos pero eso no importa, puesto que éstos no pueden quedar integrados en la conciencia individual por la sencilla razón de que a dicha conciencia ya se le puso un velo, ya se le cegó. Naturalmente y como una consecuencia de la desfiguración sistemática de la realidad, el individuo normal no puede integrar en un cuadro coherente los datos que inevitablemente se cuelan por aquí y por allá y que llegan hasta él. Así, uno se entera de que el gobierno ruso ha enviado armamento más sofisticado a Siria, pero no puede entender por qué la prensa mundial pone el grito en el cielo y no hace lo mismo por miles de cosas más horrendas que se hacen a diario. Para nosotros eso es comprensible, porque sabemos que la prensa mundial es un instrumento de guerra, no tanto o no sólo en tiempos de guerra caliente como en tiempos de guerra fría, y sirve para desorientar a quienes no aceptan la política intervencionista de los países expansionistas. Todo esto, obviamente, genera incomprensión y desconcierto en los lectores de periódicos, en los televidentes: ¿cómo se explica el ciudadano medio que los supuestos representantes de la libertad, de la justicia, de la democracia, sus propios gobiernos, sean retados?¿Quién puede haber tan maligno en este mundo, dado que ellos representan el bien? La respuesta no puede venir más que en términos de caricaturas totalmente engañosas: hay un culpable, que es Putin, y un irresponsable, que es Obama, por ser un individuo titubeante y bonachón. El mensaje general es que es por la maldad y la torpeza de algunos individuos que los Estados Unidos han perdido terreno, que están siendo superados y así sucesivamente. Y ahí termina la explicación. La incomprensión de la realidad genera parálisis en la acción y esa es la función de los medios, función que cumplen a cabalidad.
En relación con lo que hemos dicho, hay por lo menos tres preguntas que de inmediato se nos imponen:

a) ¿Realmente tiene mucho sentido hablar de libertad de pensamiento?

b) ¿Podemos realmente hablar de libertad de expresión?

c) ¿Hay algo que podamos hacer para contrarrestar la sujeción mental a la que está sometido el ciudadano de nuestros tiempos?

Antes de intentar responder, de manera esquemática desde luego, a estas preguntas, quisiera rápidamente decir unas cuantas palabras sobre la situación actual en Siria y sobre lo que ésta significa.

Como de paso mencioné, el plan “Primavera Árabe” fracasó a partir del momento en que se logró contener el ímpetu hacia la guerra con Irán. En ese caso, Rusia (y China) jugó (jugaron) un papel diplomático extraordinario y positivo y se logró evitar una confrontación que habría sido de consecuencias incalculables, puesto que, como ahora lo sabemos, no habría podido restringirse a un choque Irán-Israel. Contrariamente a lo que la prensa occidental hace creer, no forma parte de las iniciativas de Rusia invadir países y derrocar gobiernos legítimos. Ni siquiera la Unión Soviética hizo eso. Sobre el potencial contraejemplo del caso de la “invasión” soviética de Afganistán habría muchísimo que decir, empezando por recordar que (usando el esquema de siempre), los occidentales inundaron Afganistán con armamentos suministrados por los Estados Unidos y sus aliados (por M. Thatcher en especial, quien hasta un viaje hizo para encontrarse con quienes ahora son los enemigos de la OTAN y para alentar la sublevación en contra de un gobierno legítimamente establecido) a fin de instalar bases militares en la frontera con la URSS. Todo eso fue presentado de un modo distorsionado y hasta se boicotearon las Olimpiadas de Moscú de 1980, cuando lo que el gobierno soviético hizo fue exactamente lo mismo que lo que el norteamericano había hecho en el caso de Cuba: no permitir la instalación de bases militares en su frontera. En todo caso, el punto político importante, que el ciudadano americano medio sería incapaz de valorar como debe ser, es que el re-diseño del Medio Oriente no es más que el resultado de un esfuerzo de 15 años por parte de los norteamericanos por llenar el espacio que dejó vacío la Unión Soviética y eso lo intentan una y otra vez hasta que se topan con un límite. El límite, desde luego, no es ni legal ni moral, sino de fuerza. Lo interesante, por lo tanto, del caso de la presencia militar rusa en Siria es precisamente que a los americanos, por primera vez quizá en la historia, se les puso un alto. La decisión de Rusia no es el resultado de un capricho ni de una rabieta del dirigente ruso (no es un individuo que reaccione por medio de exabruptos): es una decisión político-militar que sirve para marcar los límites actuales del poder norteamericano, un recordatorio de que hay también en el mundo otra super-potencia (aunque no sea hiper-potencia), y que no se puede ir más allá a menos obviamente de que se tome la decisión final en favor de un enfrentamiento con armamento no convencional. El ciudadano norteamericano no está habilitado para entender que es su país el que pone en peligro al planeta entero, porque la descripción de los hechos a la que está acostumbrado no le permite interpretarlos correctamente, con un mínimo de objetividad. No queda más que “explicar” las situaciones en términos de irracionalismo y barbarie de otros pueblos, lo cual es obviamente ridículo. En el plano de lo real, sin embargo, son los hechos crudos los que hablan. No es por casualidad que B. Netanyahu tuvo que hacer hoy lunes un viaje de 3 horas a Moscú para hacer arreglos con quien es hoy por hoy la bête noire de la prensa mundial: Vladimir Putin. La tergiversación periodística sirve para mantener adormiladas a las mentes, pero es obviamente inservible frente a los helicópteros y los portaviones.

Consideremos ahora sí nuestras preguntas. ¿Podemos hacer algo para no quedar atrapados, como los norteamericanos, en un sistema que impide sistemáticamente que se comprenda la realidad política del mundo, un sistema de mentiras camufladas, de desinformación tendenciosa?¿Podemos hacer algo para no dejarnos imponer una visión de blanco y negro, de buenos y malos (siendo los dueños de los medios y lo que representan los buenos, desde luego)?

Me parece que uno de los pilares del poder de los medios es la ignorancia, profunda y extendida, de la gente. No obstante, es un hecho que siempre hay mecanismos para la auto-preservación y la salvación. Lo importante es despertar las mentes de las personas, abrirles los ojos. Es preciso que los humanos de nuestros tiempos entiendan que si bien la opresión mental es terrible, no es imposible de superar. Quien quiera puede obtener la información que busca, si la busca. Hay que aprender a descolonizarse. La gente debería buscar información en la prensa de otros regímenes, países, culturas y ello en la actualidad es perfectamente factible. Hay que aprovechar el hecho de que el inglés es el idioma universal y que en muchos países en los que se hablan otros idiomas siempre hay fuentes de información en inglés. De manera que podemos afirmar que si este ocultamiento criminal de la verdad política se sostiene es en alguna medida por la indolencia de la gente. La liberación mental es factible, pero exige un esfuerzo por parte del individuo. Tenemos que entender que está, por una parte, la “información” que nos va a llegar, hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos y, por la otra, la información que tenemos nosotros mismos que buscar. Se tiene que aprender a desconfiar de los medios bajo cuya influencia estamos, a (por así decirlo) leer al revés sus mensajes y los datos que proporcionan. Así , si alguien quiere enterarse de lo que pasa en América Latina tiene que buscar portales en internet que no son los estándares, como “Aporrea”, de Venezuela, Granma de Cuba, HispanTV, Telesur (un canal de televisión que llega a toda América del Sur pero que no se permite que llegue a México. Es tan superior a lo que nosotros tenemos!”) y así sucesivamente. Podemos, pues, ser hasta cierto punto optimistas: la liberación del pensamiento es posible, sólo que hay que luchar por ella.

Respecto a si en los países occidentales hay libertad de pensamiento y de expresión, pienso que la repuesta es: sí la hay, dentro de ciertos marcos. Se pueden expresar multitud de verdades, sobre los más variados temas, pero hay límites que no se pueden traspasar. Se puede ser todo lo iconoclasta que se quiera en relación con lo que cae dentro del marco, pero cuestionar el marco mismo y las “verdades” que lo sostienen es prácticamente imposible y hasta peligroso. Hay, no obstante, que seguir adelante, porque es cada día más claro que cualquier cosa es mejor que vivir formando parte de un ejército de borregos.

Fondos Buitre y Deshonra Nacional

La verdad es que, por lo menos aquí en México, cuando se usan ciertas palabras la gente se estremece y hasta siente escalofríos. Una de esas términos tenebrosos es ‘re-estructuración’. Todos recordamos que después del tristemente famoso “error de diciembre” de 1994 estalló en México una crisis que se venía fraguando desde la firma del tratado salinista de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá, uno de esos circos políticos que con auto-complacencia se permiten los presidentes en México a costa, desde luego, de la economía y del bienestar nacionales. La crisis del 94 afectó naturalmente a la sociedad en su conjunto y en particular a los pequeños cuentahabientes que súbitamente vieron cómo de un día para otro sus créditos hipotecarios, por ejemplo, crecían exponencialmente y sus ahorros sencillamente se esfumaban. Muchas personas perdieron sus propiedades, pero muchos cayeron en otro de los garlitos bancarios de la época: “re-estructuraron” sus deudas en UDIs (unidades de inversión) que, aunque fijas, varían con la inflación. El punto por resaltar aquí es que, gracias a una gran presión por parte de los abogados bancarios, de fuertes campañas de persuasión para obligar a los cuentahabientes a pasar sus créditos de pesos a UDIs y a los malabares de la banca privada, el ciudadano mexicano que se había arriesgado a contratar un crédito hipotecario para comprar su casita terminó pagando tres o cuatro veces el valor de la propiedad adquirida (y hay quien sigue pagando todavía). Por ese y por muchos otros episodios en los que están involucrados los bancos (piénsese nada más en el criminal FOBAPROA), lo cierto es que el ciudadano de a pie sabe perfectamente bien que todo lo que tenga que ver con reestructuración bancaria de deuda de entrada es peligroso y huele a podrido.

Lo anterior viene a colación por un suceso de gran importancia política y simbólica acaecido la semana pasada en la ONU y que tiene que ver precisamente con re-estructuración de deuda, soberana o pública esta vez. El paralelismo, sin embargo, no se rompe y así como el pequeño ahorrador se ve agobiado por los bancos de primer piso, así también los Estados se ven acosados y atosigados por la banca mundial. En el primer caso, los bancos tienen el respaldo del gobierno en contra de sus propios ciudadanos, en tanto que en el segundo el respaldo lo proporcionan unos cuantos gobiernos, esto es, los de los países que mandan en el mundo precisamente por el maridaje que se da entre bancos y Estados. En el caso de la resolución de la ONU de la semana pasada, lo que sucedió fue simplemente que el gobierno argentino hizo una propuesta concreta con el fin de establecer un marco legal mínimo para regular los procesos de reestructuración de deuda externa. En dos palabras traeré a la memoria los hechos fundamentales del caso para, acto seguido, reconstruir y examinar críticamente la valiente y atinada propuesta argentina, así como algo de lo mucho que de ella se deriva.

Muy a grandes rasgos, la situación es la siguiente: como una consecuencia natural de años de odioso menemismo, Argentina tuvo que declararse a principios de siglo en moratoria de pagos a sus deudores (bancos privados e instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional). No obstante y a fin de normalizar su situación, a partir de 2005 el gobierno argentino renegoció exitosamente su deuda con un porcentaje elevado de sus acreedores, reduciéndola considerablemente (hasta en un 75 %). Un año después pagó y canceló por completo su deuda con el FMI. Quedaron, sin embargo, unos cuantos acreedores que se rehusaron a renegociar con el gobierno argentino y exigieron el pago total, a los precios vigentes, de los bonos de deuda emitidos por el gobierno argentino. En 2010 éste volvió a ofrecer un canje de deuda para los “inversionistas” que no habían aceptado las condiciones anteriores, pero éstos unas vez más rechazaron toda clase de negociación de la deuda y continuaron exigiendo el pago total del valor de los bonos en su poder, además naturalmente de los ya para entonces exorbitantes (y yo los calificaría de ‘anatocistas’) intereses, con lo cual la deuda argentina se convertía en un super-negocio para los banqueros, pero también en un desplome financiero para las arcas de la nación y en una tragedia económica, política y social para la nación. Ante la negativa del gobierno argentino a satisfacer la voracidad de los especuladores, éstos recurrieron entonces a la “justicia norteamericana” y, como era de esperarse, un juez de Nueva York, un tal Thomas Griesa, le concedió la razón a los demandantes y le ordenó a Argentina someterse a las exigencias de los acreedores. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner valientemente optó entonces por proseguir en la lucha de defensa de los intereses nacionales de su país y llevó su caso ante otras instituciones, como el Club de París el cual, curiosamente y dicho sea de paso, vio la luz a raíz precisamente de otro conflicto con Argentina, en 1956. En todo caso este es el contexto de la actual confrontación entre un Estado soberano, como lo es el argentino, y grupos financieros de especuladores aventureros que se especializan precisamente en comprar deudas de países en crisis, siempre a precios de remate, para posteriormente vender los bonos adquiridos a precios actuales y con intereses descaradamente ilegítimos. Eso es algo que ya se ha hecho con muchos países y siempre se salieron con la suya, pero Argentina no cedió. Así, en un esfuerzo más por solucionar de manera racional y justa el conflicto, el gobierno argentino hizo una propuesta ante la asamblea general de la ONU a fin de regular los procesos de reestructuración de deuda. Sobre esto hay que decir, aunque sea rápidamente, unas palabras a fin de disponer de un cuadro más o menos inteligible de la situación.

La propuesta argentina es en el fondo relativamente simple y se compone de 9 artículos, los cuales incorporan unos cuantos principios que más que otra cosa son de sentido común. Está por ejemplo el principio de que todo Estado soberano tiene derecho “a elaborar sus políticas macroeconómicas” y a no verse obstaculizado en su esfuerzo, que tiene que ver con el crecimiento del país, por actores externos. Está igualmente el principio de que las negociaciones entre un Estado soberano y sus acreedores tienen que ser de buena fe, esto es, constructivas y llevadas a cabo con ánimo de llegar efectivamente a acuerdos benéficos para ambas partes. Esto es elemental pero, como veremos, el que sea elemental y obvio no significa que los reyes del mundo, esto es, los banqueros, lo aprueben. Está también incorporada en la propuesta argentina la idea de que las negociaciones tienen que atenerse a principios como los de transparencia, de imparcialidad y de trato equitativo sin que durante las negociaciones se atente en contra de la inmunidad de jurisdicción de un Estado (i.e., un Estado no puede ser llevado ante los tribunales de otro) ni en contra de la inmunidad de ejecución estatal (es decir, a ningún Estado soberano se le pueden congelar sus bienes, expropiar sus inversiones, etc.). Asimismo, la propuesta explícitamente señala que ninguna negociación de deuda puede poner en entredicho el desarrollo y el crecimiento del país deudor. Las negociaciones con los deudores deben atenerse a lo que la mayoría de éstos decida.

Si no fuera porque sabemos que lo que está en juego es un problema muy serio y que puede afectar de manera grave a la nación argentina, nos sentiríamos tentados a pensar que a los representantes de los países en la ONU les gusta perder el tiempo discutiendo trivialidades. Pero pensar así sería un error y la prueba de ello es el resultado de la votación. Antes de abordar este aspecto de la cuestión, sin embargo, quisiera sin exponer de manera muy general la naturaleza del conflicto.

Es de primera importancia tener claro en qué consiste el problema, porque es sobre la base de dicha comprensión que podremos posteriormente emitir nuestros juicios y nuestras apreciaciones respecto al valor de las decisiones y las tomas de posición de dirigentes y países, tanto en este caso particular como en el de otros que se han dado o que sin duda alguna se darán. Así, pues, tenemos que tener presente permanentemente que vivimos en una época en la que la vida humana está estructurada en función de las instituciones que manejan el dinero de todo mundo (de particulares, de empresas y de Estados) y que estrictamente hablando no tienen país. Tienen sedes, pero son instituciones internacionales y globalizadas. Me refiero, naturalmente, a los grandes bancos del mundo. En general, el capital está asociado a la producción, pero en la actualidad el dinero no necesariamente se invierte en fábricas o en plantaciones (por decir algo), sino que “simplemente” (se trata obviamente de procesos sumamente complejos) se manipulan desde computadoras: se hacen determinados movimientos y se mueven grandes capitales de unas cuentas a otras, de un país a otro; se trata de movimientos permanentes de dinero que no pasan por los procesos de producción de bienes de consumo de ninguna índole. Lo que se tiene que entender es que existe un universo que es exclusivamente de capitales, de inversiones que van y vienen según los vaivenes de los mercados, de alzas y bajas de la Bolsa, de deudas de países, etc., y que no tienen nada que ver con salarios, bienes raíces, producción de mercancías, alimentos, fuerza de trabajo y demás. Es simplemente dinero que se mueve de un lugar a otro, dependiendo  siempre de cosas como tasas de interés, deuda externa, plazos, etc. Estos capitales un día están en Beijing y una semana después en Madrid. En el fondo, por lo tanto, no representan una genuina inversión productiva para los países. No son inversiones que generen mano de obra, fuentes de trabajo, innovaciones industriales, etc. Es más bien compra de acciones, de bonos, de deuda y de cosas por el estilo. Son capitales que buscan ganancias por meras colocaciones en los mercados financieros. Ahora bien, a diferencia de la riqueza generada por o en los sectores primarios (agricultura), secundario (industria) y terciario (servicios), el capital financiero no está todavía regulado a nivel internacional. Por eso hay los así llamados ‘paraísos fiscales’. La verdad es que México es un “paraíso” así, puesto que en este país, como todo mundo sabe, no generan impuestos las ganancias obtenidas en la Bolsa. O sea, el Estado mexicano tiene atrapados en las redes de su policía fiscal a millones de personas que ganan un poquito más de lo que se requiere para subsistir, pero a los especuladores multimillonarios que ganan cantidades insospechadas día con día no les cobra nada! Ellos no pagan impuestos. En este caso, como es obvio, sí hay acuerdo y armonía en las diversas esferas de gobierno, como lo pone de manifiesto el hecho de que ni la presidencia envía al Congreso una iniciativa de ley al respecto ni los congresistas elaboran una propuesta así. La razón es muy simple: por increíble que parezca, sencillamente no se atreven ni siquiera a generarles un mal humor a los banqueros. Más vale que la mitad de la población sea de muertos de hambre.

De manera general, es menester comprender la, por así llamarla, ‘lógica del sistema’. En el sistema en que vivimos, que es el sistema capitalista en lo que podríamos llamar su ‘fase financiera’, no se tiene otro objetivo que el de obtener ganancias, en el sentido más directo, crudo y brutal de la expresión. Hablamos de dinero que genera ganancias sin tener que arriesgarlo en actividades productivas, dinero en libros, dinero que se mueve en el ciberespacio. Es lógico, pues, desde este punto de vista limitarse a buscar las situaciones en las que efectivamente se puedan obtener beneficios así. Pero ¿cuándo se presentan las situaciones óptimas para ello? La respuesta es evidente de suyo: sobre todo y en primer término, cuando los países entran en crisis, cuando sus deudas los están asfixiando. En casos así (léase Grecia, Perú, Polonia, México, etc., etc.), los “inversionistas” aportan capitales así llamados ‘golondrinos’ a cambio de deuda que obviamente compran a precios artificialmente bajos y que luego renegocian obteniendo, a costa de los erarios de las naciones, pingües ganancias. Es así y de muchos otros modos como esos que el capitalismo funciona. Al interior del sistema, prácticas como esas son perfectamente racionales y legítimas. Lo que obviamente la proliferación y la gravedad de situaciones como la que acaba de vivir Grecia o la de Argentina (que en realidad son las de por lo menos el 90 % de los países) de inmediato hace que nos preguntemos: un sistema que funciona de esa manera ¿es él mismo racional y legítimo?¿Racional y justo?

Dado que si bien el sistema capitalista actual evoluciona (y, quiéranlo o no sus beneficiarios, sus abogados y sus soldados, lo hace inevitablemente hacia la izquierda), lo cierto es que el cambio es desesperadamente lento, por lo que la política a seguir no puede ser otra que la de tratar de enmarcar en sistemas de principios regulativos más o menos transparentes como los de la propuesta argentina el funcionamiento del capitalismo para que por lo menos éste deje de ser tan salvaje. La propuesta de Argentina ante la ONU es un tímido primer movimiento en ese sentido. Ahora bien, yo creo que cualquier persona con dos gramos de sesos en la cabeza y tres granos de información acerca de lo que pasa en el mundo estará en posición de adivinar qué países votaron en contra de la propuesta argentina, qué países votaron en su favor y qué países se abstuvieron. En contra, lo cual hasta un infante habría podido predecirlo, votaron Israel, los Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Canadá y Australia, esto es, básicamente los anglo-sajones, con a la cabeza el nuevo jefe del mundo occidental, esto es, Israel, y Japón. Y a favor de la propuesta argentina en contra de los así llamados ‘fondos buitre’ votaron 136 países. Esto no era una decisión del Consejo de Seguridad, por lo que la resolución no tiene un carácter prescriptivo. Es tan válida ésta como la resolución 242 que exige el retiro de las fuerzas de ocupación israelí de los territorios invadidos y anexados en 1967. Dicho de otro modo, lo más probable es que la votación no pase de ser un acto solemne más de una institución que prácticamente no sirve para nada más que para solapar las políticas intervencionistas y criminales de los amos del mundo. Habría que ir pensando en abandonar ese barco que de todos modos está a punto de hundirse.

Desafortunadamente, no podemos dejar inconclusa nuestra narración, por lo que nos vemos forzados a mencionar el hecho de que ciertamente no es por casualidad que en México el asunto de la resolución de la asamblea general de la ONU en favor de la propuesta argentina haya pasado por completo desapercibida, tanto por la prensa escrita como por los noticieros de radio y televisión. ¿Por qué el tema ni siquiera fue mencionado, a diferencia por ejemplo de la asignificativa ratificación de Agustín Carstens como gobernador del Banco de México? Yo estoy seguro de que el lector ya habrá adivinado la razón de este ominoso silencio, el cual no es más que un eslabón más en la cadena de desinformación sistemática a la que se somete al pueblo de México. Lo que pasó fue que sí, claro, ya adivinamos: México fue de los 41 países que se abstuvieron! ¿Podría alguien decente sostener que no estamos hundidos en la ignominia? Creo que unas cuantas palabras al respecto son inevitables.

Si México fuera un país sin deudas (interna y externa), su voto en la ONU habría sido el de una entidad nada solidaria con naciones menos favorecidas y ello sería moralmente cuestionable, pero en última instancia sería comprensible. Pero ¿cómo pudo abstenerse México de apoyar una propuesta como la argentina cuando es un país con una deuda que tarde o temprano terminará por llevarlo a la confrontación con los buitres del sector financiero mundial?¿No era razonable que siquiera como un posicionamiento meramente simbólico hubiera votado en favor de dicha propuesta?¿No era algo que lógicamente correspondía a sus intereses? El problema radica en que desde hace 40 años se instauró en México la mentalidad política de la sumisión total sobre todo frente a los Estados Unidos. El mensaje de México no puede ser más que de regocijo para los vampiros financieros internacionales: el gobierno de México está anunciando que es y seguirá siendo obediente, que no se insubordinará nunca independientemente de cuán injusta sea la situación en la que se le coloque, que el gobierno mexicano no está aquí para defender los intereses nacionales. No importa que el país se esté desmoronando políticamente después de su previa aniquilación moral y educativa. La función del Estado mexicano es mantener una situación más o menos estable para poder seguir protegiendo contra viento y marea los intereses de los bancos que, en México, hacen lo que quieren. Cabe preguntar: ¿hasta cuándo va a durar esta situación de sometimiento desvergonzado? Al parecer, hasta que los gobernantes mexicanos entiendan que lo único que genera la política de sumisión a ciegas es más sumisión todavía, más explotación, más humillación, cuando sea a México a quien le toque volver a pasar por otra grave crisis que lo obligue a “re-estructurar” su deuda. Entonces y sólo entonces recordarán los gobernantes mexicanos que hubo antes que ellos una gran dirigente latinoamericana, a saber, Cristina Fernández de Kirchner, quien dio un modesto pero audaz paso en la dirección correcta y que hizo lo que entonces tardíamente ellos quizá intentarán hacer, esto es, emularla para liberar de una vez por todas al pueblo de México del brutal e inmisericorde yugo de los “inversionistas” y de la nefanda banca mundial.

La “Perspectiva de Género”

Pocas cosas pueden resultar tan estimulantes como entrar en controversia con dogmas aparentemente bien establecidos, que todo mundo da por supuesto que son de aceptación universal, ideas con las que se trafica libremente porque (se nos quiere hacer pensar) son evidentes de suyo y que sería insensato poner en cuestión. La verdad es que de entrada siempre resultan sospechosas las tesis y convicciones que son presentadas por sus adeptos como verdades últimas, transparentes e incuestionables, pues de inmediato nos colocan ante una cierta situación un tanto paradójica: si efectivamente credos así son tan novedosos: ¿por qué habría tardado tanto la humanidad en llegar a ellos, en formularlos, en aprehender su luminosa verdad? Pero ¿podríamos acaso dar un ejemplo de dogma así? Me parece que no tenemos que ir muy lejos para encontrarlo. Un ejemplo paradigmático de esa clase de instrumentos ideológicos es lo que se conoce como ‘perspectiva de género’, una noción de fácil y muy cómoda utilización, como lo pone de manifiesto el hecho de que no hay político, demagogo, funcionario o líder que no la adopte para adornar su programa, su discurso o su persona. De entrada esto huele mal, es decir, presenta todas las apariencias de una noción de naturaleza esencialmente anti-científica, de uso declaradamente “politiquero” y, contrariamente a lo que suponen quienes de buena fe la hacen suya, sumamente dañina. Como el lector sin duda admitirá, se trata de una noción que de hecho nadie somete al más mínimo de los escrutinios, al más superficial de los exámenes, puesto que precisamente parte de su potencia consiste en que por medio de ella se intimida a quien quisiera elevar dudas concernientes a su legitimidad. Por mi parte quisiera, aunque sea en unas cuantas líneas, someterla a un análisis, el cual será sin duda incompleto, de su contenido y de algunas de las consecuencias de su adopción.

La idea de que hay tal cosa como una “perspectiva de género” es la idea de un proyecto o programa en el que dicha noción constituye la plataforma fundamental para el estudio de multitud de temas de carácter social, político, psicológico, histórico, cultural, para lo cual se toma como punto de partida la distinción “hombre/mujer”, una distinción que eventualmente podría ramificarse. La adopción seria de esta “perspectiva” implicaría una nueva forma de encarar toda clase de sucesos y de procesos, es decir, acarrearía consigo una nueva forma de pensar y de dar cuenta de la realidad social. En breve veremos ejemplos de su aplicación, pero no quiero pasar a escudriñar la noción sin antes señalar que es altamente probable que, dadas las consecuencias que acarrea dicha perspectiva, sus partidarios de buena fe no estén del todo conscientes de lo que en realidad están defendiendo.

La idea de perspectiva de género se ha hecho presente en multitud de áreas de la vida cotidiana y una de primera importancia es el área del delito. Para los defensores del sentido común, que es con lo que la perspectiva de género automáticamente choca, si se produce un asesinato lo que se tiene que realizar es una investigación policíaca, en el sentido estricto de la expresión. ¿Qué quiere decir eso? Que se tienen que aplicar las técnicas de investigación policíaca para la elucidación del caso: recopilación de datos (huellas digitales, cabellos, muestras de sangre, de semen, etc.), búsqueda de videos, confrontación de testigos o testimonios de diversa índole, estudio de antecedentes, de potenciales beneficiarios, etc., etc. Pero ahora preguntémonos: ¿tiene en principio alguna importancia para la investigación policíaca el que la víctima sea hombre, mujer o lo que se quiera?¿Podría ello en principio alterar el curso de la investigación? La respuesta brota espontáneamente: no! Lo que cándidamente la gente tendería a pensar es que el sexo de la víctima es tan relevante para la investigación policiaca como su hígado o el color de sus ojos. Pero desde la perspectiva de género no es así y estaría faltando sistemáticamente el factor “género”. ¿No fue justamente para colmar ese hueco que se introdujo en nuestro vocabulario el término ‘feminicidio’? Dejando de lado la cuestión de si esa palabra no es más bien un barbarismo y si éste es superfluo o no, lo que sí tenemos derecho a exigir es una respuesta a la pregunta: ¿en qué concretamente contribuye la perspectiva de género a la investigación policiaca?¿Cómo la enriquece? Aparte de la gratificación verbal que genera en algunas personas el que se hable de “feminicidio” para no tener que recurrir al término ‘homicidio’ y dejando de lado la aportación lingüística: ¿con qué contribuye la “perspectiva de género” al trabajo de la policía? Seamos francos: lo más que puede hacer es desviar la investigación, entorpecerla, por la sencilla razón de que al trabajo policiaco, que es básicamente de carácter empírico, se le está añadiendo una premisa enteramente a priori, es decir, una afirmación que es totalmente independiente por completo de la experiencia, con lo cual lo único que logra es desorientar a los investigadores. Es absolutamente ridículo pensar que frente a un asesinato (espero que no se nos quiera obligar a decir ‘asesinata’) la policía tenga que funcionar de dos maneras distintas según el sexo de las víctimas. La investigación policiaca tiene que realizarse lógicamente sobre la base de datos empíricamente recopilados y no dejarse guiar por principios ideológicos y mucho menos por superficiales consideraciones de sexo.

¿Cuál es la falacia en el razonamiento genérico, esto es, en el que hace del género un factor determinante en todos los dominios en los que en principio se le puede emplear?¿Cuál es su premisa oculta? Me parece que ésta es relativamente fácil de detectar: es simplemente la creencia de que la distinción “hombre/mujer” es conceptual y cognitivamente fundamental, es decir, que dicha distinción es no sólo primordial, sino que es con ella que lógicamente arrancan nuestros razonamientos. El problema es que eso es palpablemente falso. La noción fundamental es obviamente la de ser humano o persona y hay una forma bastante fácil de demostrar que ello es así: partiendo de la noción de ser humano podemos construir las de ser humano masculino y ser humano femenino, en tanto que las nociones de hombre y mujer presuponen ya a la de ser humano (o persona). El enfoque de género, por lo tanto, no puede tener prioridad sobre el enfoque de especie. Ser hombre o ser mujer es algo que está implícito en la noción de persona. Por lo tanto, enfatizar el género al hablar de las personas es ser innecesariamente redundante. Para el lenguaje natural y el sentido común, por lo tanto, el enfoque de género es perfectamente ocioso. De hecho, lo mismo podríamos decir del enfoque en cuestión en relación con el trabajo científico. Tiene tanto sentido hablar de perspectiva de género en biología como hablar de ciencia proletaria o de matemáticas femeninas. Pero si ni la ciencia ni el sentido común son los contextos apropiados para el uso de la perspectiva de género ¿cuál es entonces su contexto natural?¿Hay alguno en el que sí encaje?

Antes de responder a esta pregunta quisiera intentar mostrar algunas consecuencias abiertamente negativas del enfoque que nos ocupa. Preguntémonos: ¿quiénes de manera natural hacen suya dicha perspectiva? Ciertamente no las mujeres de la aristocracia, las mujeres del jet set, para las cuales un enfoque así es claramente contraproducente y ridículo. Pero ¿lo adoptan entonces las campesinas o las mujeres que trabajan en fábricas y maquiladoras? Para mujeres así, el enfoque de género es pura y llanamente inútil y hasta nocivo. ¿Quiénes son entonces quienes activamente están en la raíz del movimiento de género? Básicamente mujeres de clase media, maestras, mujeres pletóricas de aspiraciones que van desde objetivos sensatos hasta posiciones de megalomanía delirante, mujeres que han ganado espacios en los ámbitos culturales y educativos y que ahora incursionan abiertamente en el universo de la política. En este punto hay que ser sumamente cuidadosos, porque tenemos que decir en voz alta una y otra vez que no estamos en contra de las reivindicaciones justas de tales o cuales grupos humanos, sino de su engañoso revestimiento ideológico. Precisamente por su origen “clasemediero”, el enfoque de género tiene obvias consecuencias ideológicas y políticas negativas, puesto que sirve para empañar u ocultar el verdadero conflicto social, esto es, la lucha de clases. Es evidente que una trabajadora de una fábrica de hilados y tejidos tiene mucho más en común con un obrero que con la hija de un banquero (o de un sindicalista exitoso), con la cual sólo comparte la anatomía y la fisiología sólo que, y este es el punto importante, la anatomía y la fisiología no son susceptibles de generar un movimiento político, en tanto que la ideología vinculada a los intereses de clase sí. Se sigue, según mi leal saber y entender, que el enfoque de género sirve para desviar la atención sobre temas que, para las personas que se ubican desfavorablemente frente a los medios de producción y frente al capital, son auténticas nimiedades.

Era de esperarse que, dado el carácter poco científico del enfoque de género, lo que éste promueve no sea prácticamente nunca un debate abierto en el que se intercambian argumentos, sino más bien intercambios de injurias y descalificaciones. Así, el enfoque de género, por ser en su origen tendencioso y parcial, fomenta inevitablemente la gestación de puntos de vista radicalmente tendenciosos y equivocados. Tómese el caso de las mujeres de Juárez, en relación con las cuales precisamente se acuño el término ‘feminicidio’. En los peores años de la crisis de Juárez se llegó a tener algo así como 65 mujeres asesinadas anualmente, una cantidad imperdonable de muertas, muchas de ellas asesinadas por cónyuges, parientes, vecinos, etc., es decir, personas que las conocían. Se inventó entonces el término ‘feminicidio’ fundándose para ello en la ininteligible idea de que en Cd. Juárez mataban mujeres por el mero hecho de ser mujeres! Hasta donde yo sé, el núcleo del problema era un coctel de criminalidad constituido por factores como corrupción ministerial y policiaca, tráfico de personas, prostitución, impunidad, pésima infraestructura, etc. La situación era obviamente de repudio total, sin ambigüedades, pero ¿se le ocurrió siquiera a alguien preguntar si también había hombres asesinados? Esa pregunta hubiera sido útil, porque quien la hubiera hecho se habría enterado de que había un promedio de 6 o 7 hombres por cada mujer, pero hasta donde yo sé al menos a nadie se le ocurrió decir que en Juárez mataban hombres por el mero hecho de ser hombres. Estoy de acuerdo en que una idea así habría sido absurda, pero lo habría sido tanto como lo es cuando se le aplica a mujeres. Más bien habría que tener presente que la idea de “feminicidio” le sirvió a grupos políticos y de intereses particulares para obtener apoyos, financiamientos y demás. Pero, y esto hay que enfatizarlo, no le sirvió para nada a las mujeres que estaban en peligro allá. Esto hasta cierto punto confirma lo que he estado insinuando, a saber, que la motivación de la noción de perspectiva de género es básicamente de orden grupal y político, en el sentido más amplio posible de la expresión.

Si no somos cuidadosos, podemos fácilmente confundir dos cosas. Están, por una parte, las reivindicaciones perfectamente justificables de ciertos grupos humanos que son tratados (por la cultura, por las leyes, por la historia, etc.) injustamente y en contra de las cuales no tenemos absolutamente nada y, por la otra, las pretensiones de ciertos grupúsculos de personas que enarbolan banderas y causas que presentan como de valor universal, tratando de imponer una cierta terminología y propuestas que son abiertamente ridículas porque a final de cuentas no pasan de ser meramente cuantitativas y puramente formales. Por ejemplo, que hablemos del Senado, de la Suprema Corte, de la Junta de Gobierno de la UNAM, del Departamento de Tránsito, etc., es decir, de lo que queramos, los partidarios de la perspectiva de género no saben hacer otra cosa que pedir 50 % de participación de mujeres. Con eso al parecer están satisfechos. Pero ese éxito se logra en detrimento de la preparación, la formación, las habilidades y aptitudes de los miembros del grupo de que se trate: lo único que importa es que haya “mitad y mitad”. Eso es claramente un descarado uso de un enfoque tendencioso transformado en instrumento en la lucha por el avance de posicionamientos, obtención de beneficios, triunfos gremiales y cosas por el estilo. Todo eso en última instancia puede ser legítimo, pero lo que resulta detestable e inaceptable es la maniobra que presenta como objetiva una propuesta que es de carácter netamente anti-científico y al servicio de intereses de grupo. Lo peor del caso es que hasta sus adversarios naturales han caído en el garlito y proclaman a diestra y siniestra el cuento de hadas de la perspectiva de género.

Salta a la vista que la dicotomía inicial básica del enfoque de género es completamente arbitraria. Con igual justicia podemos hablar de perspectiva de edades (dividiendo a la población en niños hasta de 10 años y el resto), de perspectiva de apetitos (clasificando a la humanidad en tragones y sobrios), de perspectiva de color de piel, de virtudes y vicios, etc., etc. Se pueden trazar las distinciones que se quiera, pero lo importante es: ¿cómo se les fundamenta y qué se gana con ellas? El caso de la perspectiva de género es curioso porque parecería ser, aparte de gratuito, contraproducente, por el simple hecho de que es un instrumento que muy fácilmente podría ser adoptado por el otro género. ¿Dejaría por ello de ser eo ipso “enfoque de género”?¿Qué pasaría si de pronto apareciera un líder que hiciera suyo el lema:
                       Miembros del Género Masculino del Mundo
                                                Uníos!?

Sorpresas Esperables

Confieso que cada vez más a menudo tengo que preguntarme si quienes en los centros de poder norteamericanos articulan las políticas a aplicar con los países latinoamericanos (y en general, con los países “en vías de desarrollo”, de hecho un eufemismo para ‘colonias del imperio norteamericano’) son simplemente malignos o son además estúpidos, porque de lo contrario ¿por qué tan a menudo pretenden a toda costa implantar políticas que son fallidas a priori? La cuestión, claro está, no tiene mucho que ver con estupidez personal sino más bien con una forma particular de pensar, un modo especial de concebirse a sí mismos y de concebir sus relaciones con otros estados y pueblos. Si bien entonces no son las personas las que son tontas, de todos modos sí podemos hablar de un pensamiento político tonto, en algún sentido quizá ingenuo y eso sí: abiertamente contraproducente. ¿En qué basamos afirmaciones tan temerarias como estas? En rasgos claramente discernibles del pensamiento político norteamericano tal como éste se materializa en las decisiones que en ese país a diario se toman. En política, a nivel estratégico más que táctico, en los Estados Unidos se piensa de manera escolástica, esto es, mediante categorías más bien simplonas, de fácil consumo, como “peligro comunista”, “terrorista islámico”, “defensa de la democracia”, “libertad de expresión”, “defensores de la libertad”, “dictador”, etc., gracias a las cuales se puede de manera abstracta esquematizar el mundo político, clasificando básicamente en dos bandos (los buenos y los malos) los entes relevantes (personajes, países, comunidades y demás), desarrollando y reforzando con ello un modo de pensar que de manera esencial impide la auto-crítica y que enarbola permanentemente el uso de la fuerza y la imposición militar como el recurso primero y último para resolver toda clase de desavenencias y de problemas en el mundo. Lo único que se necesita para coincidir con lo que digo es fijarse en el modo como se expresan, por ejemplo, los congresistas norteamericanos: ellos hablan como si el mundo les perteneciera, como si ellos representaran los intereses de la humanidad, como si a ellos les correspondiera decretar qué políticas tienen que adoptar los países y cómo tienen que vivir los pueblos. Así, examinado con un espíritu mínimamente crítico, el pensamiento político norteamericano se reduce a una mera expresión de pensamiento imperialista vulgar. A diferencia del pensamiento imperialista romano o napoleónico, en el norteamericano todo se reduce a cuestiones de rapacidad, imposición, amenaza, negocios, chantaje y cosas por el estilo. La verdad es que rasgos como los de ser grandioso o imponente lo tiene pero ante todo en relación con la brutalidad (e.g., el racismo) y la destrucción.

Una consecuencia interesante del modo de pensar político propio de Norteamérica es que parecería que tanto sus elaboradores como sus practicantes están auto-impedidos para aprender de la experiencia. Sus tesis y convicciones una y otra vez los llevan al fracaso, pero ellos no aprenden. ¿Qué es lo que no aprenden? No aprenden que son ellos mismos quienes hacen brotar la oposición, quienes enseñan a que se les odie, quienes generan a sus adversarios, a quienes de la manera más torpe posible orillan a que, paulatina o súbitamente, se radicalicen y se conviertan en adversarios que posteriormente no pueden vencer. Lo que ellos exigen es sumisión total a sus voraces y desmedidos intereses y cuando no obtienen lo que quieren, entonces creen que es sólo a base de presiones, chantajes, amenazas y, si ello no fuera suficiente, de campañas de desestabilización, subversión, acciones criminales y, por último, de bombardeos e invasión como se logra generar la situación para ellos conveniente. Pero ellos no parecen entender que con ese enfoque, cada vez menos redituable, lo que logran es justamente que sus adversarios políticos se radicalicen y perfeccionen. Así, ellos mismos convierten a sus opositores, con quienes habría que negociar (que es lo que ellos desdeñan), en líderes que los aborrecen y con quienes probablemente ya no será posible posteriormente ninguna clase de reconciliación. Yo creo que este es precisamente el caso de uno de los políticos más injustamente vilipendiados por parte de la detestable prensa mundial y denostado por muchos miembros de la clase de políticos mediocres de bajo nivel que podríamos identificar como los ‘lacayos del imperio’. Tengo en mente a una persona que pasó de ser alguien a quien con la mano en la cintura se menospreciaba, pero que resultó ser un político de primer orden. Me refiero al hombre que tomó la estafeta del Comandante Chávez: el actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

¿Quién era y quién es ahora Nicolás Maduro? Es un político que combina convicciones de dos clases diferentes: tiene arraigadas convicciones nacionalistas y genuinas convicciones de clase. Es un individuo que está inmerso en la lucha política desde los 18 años. No es ni aspira a presentarse como un político perfumado (es bastante modesto) o como un intelectualillo deseoso de aparecer en televisión para espetarle al mundo cuánto sabe o cuán verborreico puede ser ni es desde luego un arribista al que fácilmente se podría comprar con coristas o con propiedades. Es un sindicalista, que fue conductor de autobuses, miembro del gabinete del comandante Chávez, de quien obviamente aprendió mucho, muy probablemente el único que combinaba las cualidades necesarias para salvar e intensificar el proceso de la gran Revolución Bolivariana. Quienes temíamos que con la desaparición del comandante la revolución iba a entrar en una especie de letargo, dando lugar al triunfo de una burocracia rígida y paralizante o inclusive a una toma del poder por parte de militares de derecha, tenemos que reconocer públicamente que nos equivocamos. El presidente Maduro resultó ser un hombre excepcional por cuanto combina los principios revolucionarios, la teoría revolucionaria, con la práctica revolucionaria. Maduro es un hombre muy práctico, pero no olvida sus principios. Tanto en política interior como en lo que atañe a relaciones internacionales, se ha mostrado como un político consistente y valiente. Contrariamente a lo que se esperaba y a pesar de la intensísima campaña de desprestigio de la que fue objeto tanto dentro como fuera de Venezuela, Maduro ganó las elecciones presidenciales, como antes que él lo lograron Hugo Chávez en Venezuela, Fernando Lugo en Paraguay y Salvador Allende en Chile. Con Maduro a la cabeza, Venezuela ha sabido sortear muchos problemas obviamente creados desde fuera. Es evidente para todo mundo, salvo naturalmente para los enemigos del régimen y los descontentos, que Venezuela es víctima de una guerra económica permanente y total. Todos los problemas por los que pasó Cuba durante 50 años los está viviendo ahora Venezuela: bloqueos, ataques financieros, abruptas expulsiones de diplomáticos, etc. Pero Maduro ha sabido sacar a su país adelante sin vender el proyecto bolivariano. Lo más fácil, obviamente, sería inundar Venezuela con baratijas, con productos de consumo inmediato, embrutecer a la población con programas hollywoodenses y regresar a los estándares de corrupción de la época de Carlos Andrés Pérez. Pero eso no va a pasar, porque allí está Maduro para evitarlo o, mejor dicho, allí están Maduro y el pueblo políticamente consciente de Venezuela, el cual difícilmente preferirá engañarse optando por las superficiales mejoras inmediatas que representan el retorno de las oligarquías y de las élites americanizantes a cambio de su reinserción en el sistema esclavista norteamericano.

Que Venezuela enfrenta una guerra económica es algo que ni los más fanáticos opositores del estado bolivariano, traidores como Henrique Capriles y Leopoldo López, los eternos usuarios del discurso vacuo y fácil que gira en torno a nociones como las de “democracia” y “libertad”, que sirven para todo y para nada, podrían negar. Es claro, por ejemplo, que la descarada (y extremadamente compleja) manipulación mundial de los precios del petróleo estaba dirigida en primer lugar en contra de Rusia, pero también en contra de Venezuela y si en una potencia como Rusia la maniobra causó problemas, era imposible que en Venezuela no hiciera estragos. (Este es, dicho sea de paso, otro rasgo importante del pensamiento político norteamericano: no importa que nuestras empresas (Texaco, Standar Oil, Halliburton, etc.) se arruinen mientras podamos hacerle un daño a nuestros enemigos). El petróleo es fundamental en la economía venezolana, por lo que afectar su precio y comercialización significa reducir el PIB, la inversión estatal, limitar los programas de apoyo a la población, disminuir considerablemente los gastos en educación, salubridad, etc. Pero frente a esos y muchos otros actos de agresión, lo único que se ha logrado es que Maduro y la revolución chavista se radicalicen y diversifiquen sus contactos con el mundo. El bloqueo norteamericano ha hecho de Maduro un presidente activo: va no sólo a Cuba a reforzar los lazos de amistad y de cooperación con ese país, sino que (como en este momento) va a Vietnam a firmar convenios de cooperación agrícola, y a China a, como todos los dirigentes de los países, hacer negocios y a la vez hacer política. Gracias a Maduro, entre algunos otros, Asia tiene un pie en América.

Es evidente que se está haciendo todo lo posible para ampliar la crisis inducida que vive Venezuela, pero yo creo que hay razones para no ser demasiado pesimista al respecto (aunque, dadas las características del pensar político norteamericano, no podemos hacer muchas predicciones). La situación es la siguiente: en vista de que las presiones económicas no han surtido los efectos buscados, se está tratando de transformar la guerra económica en conflicto militar y para eso Colombia resulta indispensable. La estrategia americana, por lo tanto, consiste en crear focos de tensión en la frontera entre Colombia y Venezuela y en desarrollar una política de provocación permanente de modo que por fin en América del Sur pueda estallar un conflicto armado. Hace algunos días, un grupo de delincuentes colombianos atacaron e hirieron a tres policías venezolanos de la zona. Acciones como esas están bien preparadas. Lo que no está calculado es la reacción del otro. Y ¿cómo reaccionó el presidente Maduro? No con agresiones, con amenazas, con incursiones en territorio colombiano. Simplemente, cerró la frontera e inició un proceso de limpia de las condiciones de putrefacción social, tan fáciles de promover: contrabando de mercancías y de personas, narcotráfico, presencia de delincuentes de toda índole que se habían instalado ya en territorio venezolano. A los promotores de la guerra no les importa lo que pase con las personas: muchos colombianos que de hecho ya eran residentes en Venezuela han tenido que regresar a Colombia, a una zona de inseguridad y delincuencia. El problema es que puede haber una escalada de provocaciones y entonces se cae en el juego de los grandes comerciantes de armas y de quienes quisieran ver debilitados y divididos a los gobiernos latinoamericanos. ¿Puede haber una guerra entre Colombia y Venezuela?

Creo (y quiero pensar) que no. ¿Por qué? Hay varias razones. Primero porque, como lo señaló Fidel Castro, Venezuela tiene el mejor ejército de América Latina; segundo, porque aunque sin duda alguna hay gente en el gobierno colombiano que está dispuesta a generar el conflicto con la República Bolivariana de Venezuela para quedar bien con el gobierno yanqui, hay también gente que está consciente de que ello sería desastroso para Colombia: aparte de que el diálogo de paz entre las FARC y el gobierno colombiano, de por sí frágil, automáticamente terminaría, con lo cual Colombia quedaría hundida una vez más en esa espantosa guerra civil que padece desde hace más de medio siglo, muy probablemente el ejército colombiano no podría sostener el choque con las fuerzas armadas venezolanas y ello por una simple razón (y aquí, una vez más, vemos como se perfila el torpe pensamiento político norteamericano): a pesar de su sin duda gran experiencia, el ejército colombiano está acostumbrado a luchar con narcotraficantes, con guerrilleros, eventualmente con paramilitares, pero no con ejércitos populares como el de Venezuela. El pensamiento norteamericano se aplica a enfrentamientos de tipo diferente, esto es, cuando todo se reduce a una posesión de armamento, que es lo que pasa cuando se enfrentan dos ejércitos de mercenarios. Pero las milicias venezolanas son otra cosa. Y hay un tercer factor: en la frontera entre esos dos países: ¿qué ciudadanos están en qué país: colombianos en Venezuela o venezolanos en Colombia? La respuesta es obvia: quienes huyen son las personas que aspiran a escapar de una situación en la que quienes de hecho gobiernan son narcotraficantes, paramilitares, extorsionadores de toda clase, policías corruptos, etc. (hablo de esa zona de Colombia, no del país en su conjunto). Y ¿a dónde va esa gente as tratar de vivir en paz? A Venezuela. Pero además, Maduro ya dijo que se encuentra con el presidente de Colombia «cuando quiera y donde quiera» para resolver el conflicto. La iniciativa de paz, por lo tanto, se le debe a él. De ahí que, por diversas razones, una guerra entre esos dos países tendría serias repercusiones negativas internas en Colombia. A Colombia el enfrentamiento con Venezuela no le conviene y el presidente Santos lo sabe. Pero la presión debe ser muy fuerte.

Regresemos a nuestro héroe político de América del Sur. Contrariamente a los presidentes no populistas, Maduro es un presidente que informa a su población sobre los problemas del país. Yo creo que vale la pena preguntarse: ¿nos gustaría a nosotros, los mexicanos, que nuestro presidente, independientemente de quién fuera, le dedicara unos 15 minutos diarios a explicarle a la población por qué se desató la inflación, por qué no se puede acabar con la mafia que se roba la gasolina de los conductos de Pemex, por qué hay nuevas infecciones causadas por mosquitos en medio México, por qué se permite que las compañías mineras canadienses sigan envenenando la flora y la fauna del país, por qué México no envía una protesta diplomática por los insultos y ofensas del candidato republicano Donald Trump, etc., etc.? Yo creo que la gente recibiría con gusto esa información. Pero claro: para ello, no hay que tener problemas de esposas criticables, colaboradores sospechosos de toda clase de delitos, etc., y entonces el asunto ya no es viable y lo que queda es criticar a quien sí puede hacerlo. Por ello y a pesar de los problemas, totalmente artificiales algunos de ellos, y de la campaña en su contra, Maduro sí puede darle información a su pueblo, abrirle los ojos sobre las complejidades de la política y se expresa en un lenguaje coloquial, comprensible para todos. En sus alocuciones se explican las medidas que toma el gobierno. ¿No es eso verdadera democracia? Dedicarse a señalar que Maduro no es un literato y que no se expresa como miembro de la real academia de la lengua, que haya cometido algunos errores al hablar ¿qué importancia puede tener?¿Quién se fija en eso y cuáles son sus criterios de selección, porque fijarse en la forma es deliberadamente olvidarse del contenido y, por otra parte, no era Bush Jr. punto menos que analfabeta y no hay libros enteros dedicados a su cantinflismo? Si las pifias de Bush pasan, ¿por qué el lenguaje coloquial de Maduro habría de ser criticable o risible?

Admito que admiro a Maduro y que me gusta su personalidad. Él no es un político de salón y por lo tanto dice lo que su programa, la situación y su temperamento le indican que diga. Cuando hay que denunciar a gente con nombre y apellido, lo hace; cuando hay que responder a un agravio o a un insulto, lo hace; cuando una decisión es, aparte de agresiva, injustificada, Maduro explota, como cuando califica a Obama de “loco” por haber elevado a Venezuela al status de país peligroso para los intereses e integridad de los Estados Unidos. Eso es casi una declaración de guerra. El problema para los norteamericanos es que en lugar de sentirse amedrentado, Maduro explota y hace pública su indignación, con la cual hace partícipe de ella a su público. Nicolás Maduro es en cierto sentido una sorpresa política, pero en otro, dada la forma de pensar en política de los norteamericanos, es de esperarse que constantemente surjan políticos así. Maduro es un político del pueblo. No queda más que quererlo y apoyarlo.

Perfiles Políticos

Difícilmente podría pasar desapercibida la tremenda sacudida que afecta al sistema capitalista global y, como una consecuencia natural de ello, la arremetida en contra de todos por parte de los dueños del mundo. Al hablar de los dueños del mundo podría sentirse la tentación de querer hablar en términos de países. Ello no sería un error, pero de todos modos sería inexacto. Al hablar de los cataclismos financieros, de onerosas quiebras estatales, de impagables deudas externas, etc., hablamos de países, pero se nos olvida, sin caer en esquemas rígidos porque ello falsearía todo lo que digamos, que los estados son básicamente los órganos que expresan políticamente la voluntad de las grandes fuerzas económicas, lideradas obviamente en el sistema capitalista por la banca mundial (y ante todo por Wall Street). O sea, detrás de los gobiernos están las instituciones y las corporaciones que siguen funcionando independientemente de los 4, 6 u 8 años que esté tal o cual presidente, que tal o cual primer ministro dure al frente de un determinado país. Los políticos, por renombrados que sean, no son más que agentes de paso, como no lo son los agentes económicos que le dan estructura al sistema y lo hacen funcionar. Dado que el mundo se divide en países, cuando una situación se vuelve crítica no son los bancos los que intervienen directamente sino sus representantes, sus empleados, esto es, los gobiernos y los hombres de estados, que son quienes les imponen a sus pares, es decir, a otros gobiernos y a otros dirigentes, las políticas y las decisiones que más le convienen a los dueños del sistema global. Cuando un país intenta rebelarse o insubordinarse, de inmediato entran en juego no sólo los aparatos de estado, sino todos los instrumentos que el sistema ha desarrollado para perpetuarse (como los medios de comunicación), se ejerce una gran presión y finalmente, salvo en contadas excepciones, se logra que la oveja descarriada (y cada vez más famélica) se reincorpore al rebaño de países cuyas poblaciones tienen que seguir trabajando para el bienestar del así llamado ‘primer mundo’. Yo creo que pocos ejemplos hay tan ilustrativos de esta penosa situación como Grecia, a cuyo ingenuo dirigente, Alexis Tsipras, la feroz guardiana (presentada ahora como política de dimensiones históricas) de la banca europea pero sobre todo alemana, Angela Merkel, terminó sacando a patadas hasta de la presidencia de su propio país (i.e., es obvio que él no renunció porque hubiera querido cambiar de profesión!). En todo caso, el proceso es siempre el mismo: endeudamiento hasta no poder pagar y luego “privatización”, lo cual quiere decir ‘apropiación por parte de los “inversionistas” de los bienes de la nación’ de que se trate (o de lo que quede de los mismos). En este caso, por ejemplo, los puertos griegos (entre otras cosas) pasaron en gran medida a ser de hecho propiedad alemana.

Es importante entender que en las confrontaciones entre estados en general no hay nada personal involucrado, si bien en algún momento las personalidades pueden jugar un rol, pero éste no rebasará prácticamente nunca cierto nivel de importancia. Son las políticas las que son agresivas. Por ejemplo, la brutal devaluación de las monedas frente al dólar no es un asunto de animadversión personal o inclusive nacional: es resultado de la descarada manipulación de los mercados financieros desde Nueva York. Es un modo de operar con el dinero que contrapone a los bancos con los intereses de la población mundial. Como puede fácilmente constatarse, los “consejos” y las directivas (para no decir las ‘órdenes’) de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo o el Banco Mundial siempre resultan en lo mismo: disminución del gasto público, cancelación de programas de asistencia social, devaluación de las monedas, recortes laborales, etc. En otras palabras, la política monetaria mundial es esencialmente contraria al bienestar de las naciones y aquí no hay opción: o viven los bancos o viven los pueblos. El problema es que los gobiernos están justamente para proteger a sus pueblos, pero los dirigentes de los estados dependientes están en general tan asustados y tan comprometidos con las políticas de los poderosos que en general aceptan acatarlas y hacerlas valer a sabiendas inclusive que con ello llevan a sus países hacia abismos insalvables. Un problema relativamente nuevo es que ya ni esto está dando resultados y la crisis del sistema capitalista es tan fuerte (como lo muestra el déficit del gobierno norteamericano) que éste, a pesar de los múltiples países sacrificados, se tambalea. La crisis mundial, por lo tanto, ya desbordó inclusive a quienes normalmente se benefician con ella. Una consecuencia de ello es que los estados más avanzados entran en una fase de agresión casi indiscriminada, dado que los problemas económicos que empiezan ya a padecer ellos mismos requieren de soluciones que son inasequibles en el marco del propio sistema capitalista. O sea, este sistema generó tales niveles de esclavitud financiera y humana, tales niveles de desigualdad, exacerbó a tal grado la irracionalidad del sistema, generó tal pobreza y tanta destrucción del mundo natural que las soluciones para los grandes problemas que se crearon (económicos, sociales, ecológicos, etc., con todo lo que éstos acarrean) ya no son construibles dentro del sistema. Y aunque los ciudadanos comunes y corrientes no podamos hacer nada, quizá sea mejor de todos modos estar conscientes de la situación: no sólo no se van a reducir los niveles de pobreza, sino que se van a incrementar; no sólo no van a mejor los niveles de salud y de salubridad, sino que van a empeorar; y así con todo. La razón es simple: se requieren cambios de tales magnitudes en las formas de organización político y en los métodos de gobernar que su implementación der hecho equivaldría a un cambio de sistema y es evidente, supongo, que una transformación así no será nunca aceptada sin fuertes convulsiones sociales. El capitalismo ciertamente no va a morir en forma pacífica. Una clara manifestación de desesperación por no poder resolver los problemas que ahora el mundo enfrenta es el recurso ya un poco a tientas y a locas al viejo truco de generar puntos de conflicto militar. La guerra ha sido, es y seguirá siendo un paliativo del o para el sistema capitalista, un poderoso medicamento político al que se recurre para mantenerlo vigente. Naturalmente, para impulsar la gestación de situaciones de guerra no se requiere presentar buenas razones. Cualquier pretexto es fácilmente construible. Lo que importa son los planes de acción e intervención que haya que implementar y para eso están las grandes organizaciones militares y paramilitares, de inteligencia y contrainteligencia, como la CIA, el Mossad, MI6 y tantos otros órganos policiacos y de espionaje, de sabotaje, desestabilización, invasión y demás, que funcionan ya de manera rutinaria y efectiva. Es así como se inventaron los conflictos de Ucrania (lo único que se necesitó fue derrocar a un presidente elegido democráticamente y derribar arteramente un avión de pasajeros en suelo ucraniano), la guerra sin fin en el Medio Oriente (el precio a pagar para el bienestar y expansión de Israel), la destrucción de Irak y la succión de todo su petróleo, la guerra en Afganistán (lo cual permite tener bases a un costado de la Federación Rusa) y ahora la alarmante tensión entre las dos Coreas (con un ojo puesto en China, para alarmarla un poco). Es muy fácil inventar conflictos así, pues a estas alturas ya hay mucho entrenamiento acumulado (no me alcanzarían las páginas de este artículo para mencionar todos los casos de golpes de estado, asesinatos de líderes, actos de terrorismo, etc., organizados y llevados a cabo por las potencias occidentales). Todo esto está muy bien, sólo que hay un problema: esta solución tiene límites muy claros ahora más allá de los cuales no tiene el menor sentido incursionar. Se puede desde luego organizar un ejército de mercenarios y desestabilizar o destruir Siria, pero es obvio que eso no se puede hacer con Rusia o con China. La guerra como solución permanente y global llegó a su fin. Hay por lo tanto que buscar soluciones de otras clases. El problema es que la dueña del sistema, la banca mundial, no lo permite.

Frente a un panorama como este, que me parece todo lo que se quiera menos irreal, yo diría que hay por lo menos dos formas de reaccionar en términos políticos. Pienso que en los países dependientes y siempre a la zaga se pueden gestar dos clases de políticos que no se proponen en principio ninguna transformación radical o revolucionaria, pero sí mejoras palpables dentro del sistema lo cual, dentro de ciertos parámetros, es en alguna medida factible. Y, por otra parte, están los sujetos que decidieron no ser dentistas, ingenieros, deportistas, veterinarios, etc., sino que prefirieron dedicarse más bien a la “política”, porque ésta les pareció que era la mejor forma de ganarse la vida y de vivir lo mejor posible. Los políticos así son sin duda sujetos hábiles para las maniobras, duchos en los arreglos y en las componendas, astutos para los negocios y el posicionamiento en las esferas del poder; son los hombres (y ahora también las mujeres) que se saben todos los trucos para pasar de un puesto a otro y que han hecho todas las trampas imaginables, individuos para quienes la política no es otra cosa que el juego de la influencia y del enriquecimiento subrepticio permanentes. Si todos los políticos de este segundo grupo fueran técnicamente hábiles, la política se habría reducido al mero juego gerencial de la economía capitalista pero al menos serían exitosos en sus respectivas áreas, pero si además de ser moral irredimibles y políticamente inviables son técnicamente tarados (no saben hacer crecer al país, no se les ocurre cómo defender su moneda, no tienen ni idea de lo que es dignificar el papel de su país en los foros internacionales, etc., etc.), la situación para el país de que se trate se vuelve desastrosa. Así, pues, en el marco del sistema y desde la perspectiva de la subordinación, se puede ser un dirigente con objetivos nobles y desinteresados o un político rastrero que no busca otra cosa que su bienestar inmediato (de él y de “los suyos”) sin pensar en nada que no sean beneficios y obstáculos del presente inmediato.

Yo creo que, por múltiples razones, no debemos perder de vista el hecho de que, si bien dentro de límites sumamente estrechos, de todos modos es verdad que el sistema mundial de vida permite actuar con cierta autonomía, aunque ello exige siempre un mínimo de valentía. O sea, siempre será factible hacer algo por su país y por su población (proteger a sus pequeños propietarios, defender los precios de sus productos, reclamar relaciones bilaterales equilibradas, establecer vínculos comerciales parejos y así indefinidamente). América Latina, por ejemplo, tiene en su haber y para su orgullo políticos de esta primera clase, políticos genuinamente progresistas y que, sin ser revolucionarios, fueron o son auténticos defensores de los intereses de sus naciones y de sus pueblos. Desafortunadamente, tiene también, para su vergüenza eterna, grandes símbolos de practicantes de politiquería barata, egoísta, miope, de corto plazo y, por ende, decididamente anti-nacionalista (los ejemplos abundan. Piénsese un momento tan sólo en Salinas y su tristemente célebre “tratado de libre comercio de Norteamérica”, cuya maldición todavía padecemos). Presidentes respetables, dentro del marco del sistema capitalista, aparecieron en Uruguay (José Mojica), en Brasil (Ignacio Lulla da Silva), en Ecuador (Rafael Correa), en Argentina (Néstor Kirchner y Cristina Fernández), en Bolivia (Evo Morales), en Paraguay (Fernando Lugo) y, desde luego, en Venezuela, con el gran Hugo Chávez, misteriosamente atacado por un súbito cáncer. Todos esos presidentes fueron grandes patriotas que introdujeron importantes reformas agrarias, modificaron sus códigos de trabajo, reformaron los servicios médicos populares, tomaron en sus manos la reorganización de barrios y la recuperación de la juventud de las garras de la delincuencia, reforzaron las tareas educativas del Estado, defendieron hasta con las uñas los patrimonios nacionales, así como su autonomía en política exterior, sin rebasar (salvo en el caso de Venezuela, lo cual tiene por otra parte una explicación no muy difícil de proporcionar) las reglas del juego político global. Hicieron lo que se podía hacer, empezando por abrirles los ojos a su gente. Dirigentes como ellos, que estuvieron en contacto directo y permanente con los ciudadanos de sus respectivos países, forman una escuela, una forma de pensar y enfrentar los problemas causados en otras latitudes. Si se les examina se verá que todos ellos desplegaron o despliegan estilos de gobernar diferentes, vinculados naturalmente a sus respectivas personalidades, idiosincrasias y trasfondos, pero los une una misma orientación, las mismas aspiraciones de ya no ver a sus niños desnutridos ni a sus adultos sin saber leer y escribir, tienen los mismos o semejantes deseos de emancipación nacional, hasta donde el sistema, globalmente considerado, lo permite.

En contraste, el panorama que México ofrece es literalmente para llorar. También aquí hay una escuela política, sólo que es radicalmente diferente de la recién mencionada. Aquí los políticos tienen objetivos, no ideales. Tener ideales es visto como algo infantil, pasado de moda, ridículo. Lo que a ellos interesa y motiva es básicamente el éxito local, por pasajero que sea. Los políticos mexicanos son grandes oportunistas, pragmáticos (en el mal sentido de la expresión), de intereses y perspectivas meramente personales y, a lo sumo, partidistas, totalmente acríticos de sus superiores (el presidente en México, sea quien sea, es perfecto), duros o indiferentes con los compatriotas, pero acomplejados, timoratos y arrastrados frente al extranjero dominante. Hay tantos ejemplos tan vergonzosos de conducta ignominiosa que me vienen a la memoria que prefiero pasarlos por alto. Como dije, en México la escuela política es otra. Aquí, a través de un oscuro proceso de varios lustros basado en el embrutecimiento permanente de la gente y en su ignorancia, en el papel nefasto de nefandas capas de “intelectuales” gracias a los cuales se abolió casi por completo la oposición al sistema tanto en la acción como en el pensamiento, en la ya legendaria aguante paciencia de, como solía decirse, “Juan pueblo”, en la expulsión mediática efectiva de todo vocabulario que permitiría articular pensamientos distintos, en todo eso y más, lo único que se genera son políticos arribistas, gente que hace carrera política, personas que ocupan puestos importantes pero carentes en general de una sólida formación profesional (salvo quizá la de abogacía), grandes mentirosos, gente fácilmente comprable y desde luego gente para la que nociones como las de patria, nacionalismo, pueblo, libertad, etc., no significan nada más allá de lo que puedan significar en la retórica cotidiana (leía hoy en el periódico las declaraciones del edil de Orizaba sobre su estatua de Porfirio Díaz! Como para correrlo del país!). Es gracias a esa escuela de (de) formación política que en México se puede hacer desaparecer a 43 estudiantes y no pasa nada, se puede tener a un político vecino injuriándonos a todos nosotros y no hay la más mínima protesta diplomática por parte de nuestras autoridades, se puede mantener en la indigencia a millones de personas y seguir pensando en qué restaurant se va a ir a comer o a cenar, se pueden iniciar millones de averiguaciones previas por atracos, robos, violaciones, asesinatos y demás (en términos de muertes, México es el Irak de América Latina) y ni el 1 % de ellas se resuelve; y así ad nauseam. El problema es desde luego práctico, moral y político, pero es además un problema factual y lógico, en el siguiente sentido: llevado por los grandes traidores al país y a su gente, México cayó en una trampa de la cual no es fácil ver la salida. La trampa consiste en que los políticos (y los sectores poblacionales en los que se fueron apoyando) llevaron al país con bastante rapidez a una situación de descomposición y corrupción tales que lo único que desde entonces este país puede generar son políticos como ellos. México, por lo tanto, cayó en un círculo vicioso para el cual no es fácil vislumbrar una solución. Bueno, una solución dentro del marco del sistema …

Empezamos Mal!

Si la carrera por la rectoría de la UNAM arrancó tres meses antes de que el rector J. Narro deje el puesto, por lo visto la carrera por la Presidencia de la República empezó tres años antes de que el presidente E. Peña Nieto deje el cargo. Una expresión tangible de ello la tenemos, obviamente, en el nombramiento como nuevo presidente del PRI del hasta hace unos días diputado, ex-gobernador de Sonora en las tenebrosas épocas de Carlos Salinas de Gortari, Manlio Fabio Beltrones. Dejando las incontables implicaciones prácticas que tiene dicho nombramiento, lo único que por el momento podemos hacer es preguntarnos sobre su significado: ¿qué significa políticamente que se ponga ahora a Beltrones al frente del PRI? A mi modo de ver, el asunto es relativamente simple y la respuesta obvia: fundado en su ya larga experiencia como agente activo y exitoso dentro del sistema político mexicano y gran conocedor de todos los tejes-manejes de los procedimientos, mecanismos y rituales de la vida política nacional, a Manlio Fabio Beltrones se le ha encargado la delicada tarea de realizar para el presidente la labor política preparatoria a fin de que su candidato a la presidencia disponga, cuando sea destapado, de un partido sin disidencias, de manera que el destapado pueda iniciar su campaña bien respaldado por un partido sólidamente unificado para lo que desde ahora se ve que será un proceso particularmente problemático y reñido. Sobre cómo se irán haciendo los arreglos y las componendas dentro del PRI es algo sobre lo que no tenemos la menor idea, pero hay por lo menos algo que ahora sí ya sabemos: Manlio Fabio Beltrones no será el próximo presidente. Es plausible suponer que, en caso de que para entonces todavía le viera sentido a seguir activo en el sector público, si todo saliera bien él fuera el siguiente Secretario de Gobernación. Sin embargo, falta tanto para eso y van a suceder tantas cosas de aquí a entonces que dedicarle un minuto más al tema no es otra cosa que perder el tiempo.

Aludí al tema de la sucesión presidencial no porque esté particularmente interesado en él, sino más bien porque me parece claro que otros potenciales candidatos ya también, silenciosamente, iniciaron su campaña para candidatearse hacia la presidencia de la República. Ese, me parece, es el caso del muy hábil Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera. Si leemos los hechos con cuidado, tendremos que reconocer que su estrategia general está bien pensada, pues consiste en ir acumulando a partir de ahora resultados positivos de lo que habrá sido su gestión para presentar dentro de un par de años un paquete de resultados exitosos gracias a los cuales podría quedar ungido como el candidato de un frente amplio de oposición y ser así catapultado hacia la silla presidencial. Podemos entonces ver en el nuevo Reglamento de Tránsito para el distrito Federal el banderillazo de arranque de una discreta, pero no por ello menos real, pre-campaña presidencial. Hay, desafortunadamente, un problema: con este nuevo reglamento por delante lo único que se podría afirmar con certeza es que el Jefe de Gobierno de la ciudad habría arrancado su pre-campaña con el pie izquierdo. ¿Por qué? Porque el “nuevo” reglamento de tránsito representa un ataque directo a un sector importante de la población de la ciudad, pues visto con lupa no es otra cosa que un mecanismo de extorsión a la ciudadanía, un trozo de legislación anti-democrático, perverso, incoherente, inoperante, injusto y odioso. Prácticamente, lo único que tiene de nuevo es el incremento brutal de las multas! Constituye además una reglamentación esencialmente punitiva y que revela la profunda ineptitud de los legisladores capitalinos quienes, al parecer, no saben hacer otra cosa que calcar o plagiarse partes de legislaciones de otros países, mostrando su total incapacidad para pensar en las condiciones reales de la ciudad de México y elaborar un reglamento para ello, ad hoc a ella. Al igual que los animales que ven a diario disminuir sus territorios, sus “espacios vitales”, le será imposible a los conductores ajustarse a un reglamento tan absurdo como este que ahora nos anuncian, por lo que es de preverse también una cuantiosa derrama de dinero por parte de los cada día más hostigados y más castigados conductores. Surge la duda: ¿para qué querrá el Gobierno del Distrito Federal forrar sus arcas con el dinero de los ciudadanos?¿Será para poder competir más holgadamente con otros partidos cuando arranque la campaña para la presidencia de México? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que a cambio de mayores restricciones, a los ciudadanos conductores no se nos da nada: no se renueva la carpeta asfáltica, no se nos garantiza una mayor protección frente a ladrones, asaltantes y asesinos, no se nos da un tercer piso para desplazarnos cómodamente a la absurda velocidad fijada por los (pésimos) abogados del gobierno citadino. Nada de eso. Nada más se nos imponen nuevas obligaciones, nuevas restricciones, nuevos castigos. La verdad es que el anuncio del nuevo reglamento hasta suena a burla, puesto que es presentado como un reglamento pensado para darle “mayor seguridad a los ciudadanos”. Yo estoy convencido de que en el gobierno de la ciudad se piensa que los habitantes del Distrito Federal somos retrasados mentales!

Que el modo como se impuso el “nuevo” reglamento de tránsito ejemplifica a la perfección lo que son decisiones y procedimientos anti-democráticos es algo que nos queda claro tan pronto preguntamos dónde y cuándo se hizo la menor encuesta para inquirir acerca de lo que la ciudadanía opinaba respecto al tema del control vehicular en la Ciudad de México. Se nos apabulla de sol a sol con el mareante discurso sobre la democracia y sus valores, pero cuando surge una oportunidad para mostrar que efectivamente las medidas y decisiones gubernamentales que se toman emanan de consultas populares, de referéndums o por lo menos de encuestas, con lo que nos topamos es con decisiones de conciliábulo que sólo reflejan los intereses y las influencias de diversos grupos de interés (como el de las aseguradoras) y que simplemente ponen de manifiesto el hecho de que en esta ciudad carecemos por completo de genuina representatividad popular. A nosotros, los ciudadanos, quienes mantenemos al Estado mexicano a través de nuestros impuestos, se nos notifica, pero no se nos consulta. Por lo tanto, tenemos que ajustarnos a leyes y reglamentos que nos son impuestos por una autoridad que hasta podría ser extranjera. Simplemente se nos ordena que nos conduzcamos de cierto modo, se nos indica cómo tenemos que vivir, independientemente de si cuán irracionales sean las prescripciones en cuestión. En este sentido, el “nuevo” reglamento de tránsito es una auténtica joya.

¿Cómo diríamos, en general, que se mide el valor de un sistema normativo, de un reglamento? No es el lugar ni el momento para adentrarnos en sutiles y alambicadas discusiones, pero sí podemos sostener que es razonable pensar que la bondad de una determinada reglamentación es una función de las consecuencias que ésta tenga para la mayoría de las personas cuyas conductas rige. Pero entonces ¿por qué es bueno este reglamento?¿Contribuye acaso a, por ejemplo, que disminuyan los niveles de contaminación?¿Está diseñado para agilizar el tráfico en una ciudad cada vez más paralizada por la cantidad de vehículos y la mala calidad de las vías de comunicación? Exactamente al contrario! Es claro que este “nuevo” Reglamento de Tránsito no es más que un instrumento legal diseñado ante todo para extraer más dinero de los bolsillos de los conductores.

Yo diría que en general los Reglamentos de Tránsito para el Distrito Federal son ridículamente inconsistentes y éste, en la medida en que no modifica esencialmente nada en relación con el anterior, ciertamente no es una excepción. Consideremos rápidamente el caso de los vidrios polarizados. Por lo que se ve, ni el gobierno federal puede obligar a las compañías de autos a que no vendan sus unidades nuevas con vidrios polarizados, pero es perfectamente legal que un propietario cuyo auto no los tiene le ponga posteriormente a los vidrios de su auto la película que le venga en gana. ¿Cómo se va a hacer para distinguir entre el vidrio polarizado de fábrica y el vidrio polarizado por el dueño del auto?¿Se va a detener a los automovilistas para ir checando unidad por unidad? La distinción está mal trazada, pero si ello es así entonces la fracción VII del artículo 19 simplemente es inválida (y ridícula). Lo peor es que esto no es lo peor.

Dicho de manera general, el flamante reglamento de tránsito es descalificable de entrada por cuanto estipula líneas de conducta que se sabe que no van a ser acatadas, o peor aún: que no pueden serlo. Para ciertos efectos, por lo tanto, es además de incongruente e injusto totalmente fantasioso. Leyéndolo, uno se pregunta si quienes lo redactaron viven en la Ciudad de México o sólo ocasionalmente vienen de paseo. Un ejemplo de ello nos lo proporciona la irrealista fracción VII del artículo 14: ¿ignoran acaso quienes redactaron el reglamento que hay cientos, por no decir miles, de calles en la Ciudad de México que, por decisión de los vecinos, están cerradas a la circulación, a menos de que uno presente una contraseña, un documento, etc., y si no ignoran el hecho ignoran que esa realidad no se va a modificar? Si esa práctica, motivada desde luego por el temor a robos a casa habitación, de autopartes, a asaltos a personas y demás, es de hecho inamovible ¿qué sentido tiene prohibirla? Obviamente, la sensatez no es un rasgo distintivo del “nuevo” reglamento.

Sin duda alguna, sin embargo, el artículo más detestable y más abiertamente contrario al sentido común es el artículo 5 en su fracción V, muy especialmente en sus apartados (a) y (b) (aunque (c) no está exento de irracionalidad), esto es, el concerniente a los límites de velocidad. Un ser que llegara súbitamente a la Tierra podría imaginar que los legisladores están tomando medidas porque aquí la gente se desplaza a velocidades de 180 kilómetros por hora (digamos, en Insurgentes). La mera suposición es francamente ridícula. La velocidad media en la ciudad no rebasa en promedio los 30 kilómetros por hora. Todo mundo sabe, menos los obnubilados creadores y perpetuadores del reglamento, que un auto contamina más mientras más lentamente se desplace y mientras más veces se tenga que usar el freno. A las velocidades estipuladas (30 kilómetros en calles y avenidas y 70 kilómetros en vías rápidas. Esto último es increíblemente ridículo, porque por si fuera poco ahora que hay más autos se redujo arbitrariamente en 10 kilómetros el límite de velocidad en relación con el reglamento anterior!), tendremos que desplazarnos en primera o en segunda, consumiendo así más gasolina y contaminando considerablemente más de lo que lo haría un auto que se desplazara en tercera o cuarta (y perdiendo horas de trabajo para desplazarnos de un punto a otro). Además, por la multitud de baches y topes que contribuyen sistemáticamente al deterioro de las unidades, tenemos por doquier que ir frenando, por lo cual se usa más líquido de frenos y automáticamente se consume más gasolina (puesto que casi siempre se frena también con motor). Tomando todo esto en cuenta, parecería que cualquier reglamento de tránsito sensato debería tener como primer objetivo exactamente lo contrario de lo que éste promueve, es decir, agilizar el movimiento vehicular de la ciudad, entre otras cosas a fin de reducir lo más que se pueda la emisión de partículas contaminantes. Sin embargo y por paradójico que parezca, lo que este “nuevo” Reglamento de Tránsito Metropolitano promueve en su Artículo 5 es precisamente la costosa lentitud y la parálisis vehicular. ¿Cómo es posible que las propias autoridades limiten de manera tan grotescamente inapropiada, con pretextos ridículos, rayando en lo absurdo, la velocidad a la que se puede conducir en vías primarias, secundarias y especiales (c) a 70 kms por hora? Naturalmente, parte del problema es que de hecho las autoridades saben de entrada que nadie podría conducir normalmente ateniéndose a los límites establecidos, los cuales fueron deliberadamente impuestos para que sean sistemáticamente violados, porque el verdadero objetivo del “nuevo” reglamento es pura y llanamente multar a los conductores, independientemente de si lo que por medio de él se promueve es un incremento de la contaminación ambiental y de alertas atmosféricas, que se propicie la corrupción y que se desquicia un tránsito automovilístico de por sí difícil. Se expresa una gran preocupación por los peatones, pero hasta donde yo recuerdo no se ven peatones en el segundo piso. ¿Por qué entonces se ensañan con los conductores porque vayan, digamos, a 90 kms por hora?¿Qué pasa por ir a 90 kms por hora en el Segundo Piso o en el Periférico, cuando se puede, o sea, casi nunca?

Una faceta particularmente indignante del “nuevo” reglamento es el de las sanciones por puntos, una vulgar calca de mecanismos que es probable (aunque discutible) que funcionen sólo que en condiciones drásticamente diferentes a las que prevalecen en la capital del país y en México en general. El artículo 44 es particularmente infame, ilegítimo y atentatorio de los derechos humanos del ciudadano: por dos multas por exceso de velocidad, el ciudadano pierde en principio su derecho a manejar y es sólo tres años después que podrá volver a obtener una licencia! Eso se llama ‘represión’. El castigo, por otra parte, no exime al propietario de tener que pagar la tenencia de su auto, terminar quizá de pagar el auto mismo, pagar la verificación, desplazarse en un ineficiente e insuficiente transporte público, exponerse a ser asaltado, etc. Todo eso y más por no haberse adaptado a los anti-naturales e irracionales lineamientos de un caprichoso reglamento inventado básicamente para esquilmar al ciudadano.

Que, aparte de ser ambientalmente contraproducente, el Reglamento de Tránsito Metropolitano tiene un carácter altamente artificial es algo imposible de negar. Es imposible no percatarse de que en gran medida es un producto importado, es decir, una fácil copia de reglamentos vigentes en otros países. El problema es que a quienes lo importaron se les olvidaron también los trasfondos de los otros reglamentos: la calidad de las avenidas, calles y vías rápidas, la fluidez del movimiento vehicular, las facilidades para estacionarse, la calidad de los servicios policíacos, las tradiciones de manejo, etc. ¿Por qué no copian también la libertad que en Alemania tienen los conductores para manejar sin límites de velocidad en carretera? En Alemania tienen el 20 % de los accidentes que hay en México. Yendo en contra de lo que sensatamente se pretende en cualquier metrópoli equivalente en dimensiones y en problemas a la Ciudad de México, aquí el reglamento está a propósito diseñado ante todo para hacer caer al conductor en errores y faltas por medio de un reglamento anti-natural y con no otro fin que multarlo. Este reglamento, por lo tanto, promueve de hecho la corrupción y está en flagrante contradicción con los objetivos más elementales de cualquier política de salud y de tránsito vehicular racional que pueda articular un gobierno del Distrito Federal.

Una pregunta que la gente constantemente se hace es ‘¿cómo podríamos acabar con la corrupción?’, con ese mal que corroe a nuestra sociedad y sistemáticamente bloquea el desarrollo del país. No sé realmente qué sería una respuesta clara y exhaustiva a una pregunta tan compleja como esa, pero estoy seguro de que una forma de empezar a diagnosticar el mal es preguntando: ¿cómo se promueve la corrupción? La respuesta es simple: en gran medida, mediante leyes injustas y estúpidas, mediante reglamentos anti-sociales y descaradamente coercitivos, imponiendo mecanismos de opresión para que quienes se ostentan como representantes de la ley puedan cebarse en los ciudadanos, en su mayoría sin la capacidad suficiente para defenderse exitosamente de éstos y a cuya merced quedan. Visualizamos ya la formación de alegres jaurías de policías de tránsito desatadas por un reglamento infame y a quienes avalará en todas sus arbitrariedades y fechorías. Y pensar que todo lo horrendo que se nos viene encima podría deberse tan sólo a un ambicioso plan para implementar una potencial contienda política! Quiero pensar que estos acosados y agotados conductores capitalinos en su momento sabrán pasar la cuenta por esta nueva afrenta de la cual son víctimas por parte de sus indeseados gobernantes.

Violencia de Géneros

Tal vez lo primero que habría que hacer para enfrentar con un mínimo de objetividad un tema tan espinoso y resbaladizo como lo es el de la violencia de género – un tema que por concernir a asuntos caros a los seres humanos muy fácilmente logra que la razón se extravíe y se convierta en lo que quería el filósofo escocés David Hume, a saber, en la esclava de las pasiones – sea hacer un veloz recordatorio de un mosaico de hechos del que en general todos de uno u otro modo tenemos conocimiento, pero rara vez una visión completa. El tema es en sí mismo interesante, entre otras razones porque podemos estar seguros de que, al tratarse de cuestiones de importancia álgida para la gente, habrá un estrato en la discusión reservado (legítimamente, en mi opinión) para la expresión de la subjetividad y por lo tanto es altamente improbable que pueda haber un acuerdo generalizado y que sobre la base de los mismos datos y hechos aceptados por todas las personas que reflexionen sobre ellas extraigan conclusiones que nadie más comparta. Esta posibilidad, sin embargo, no debe disuadirnos de plantear el tema, intentado hacerlo de la manera más objetiva posible y sin olvidar que, dado que somos seres humanos, tomamos parte en la discusión desde una plataforma particular, dato válido para todos y que sería fútil pretender ignorar. Dicho de otro modo, no se encontrará para el tratamiento de temas como el que nos ocupa la objetividad propia de un laboratorio de física y quien pretenda lo contrario muy probablemente estará conscientemente mintiéndole tanto a los demás como a sí mismo. Y para evitar ambigüedades, debo quizá advertir desde ahora que para la redacción de estas líneas voy a reconocer como géneros sólo el masculino y el femenino. Sobre lo transgenérico me pronunciaré en otro artículo cuando aborde el tema, pero por razones metodológicas no me ocupo de él en estas líneas.

Me parece entonces que lo aconsejable es partir de verdades obvias, por no decir triviales, y a partir de ellas desarrollar nuestro punto de vista. Así, pues, yo creo que lo primero que habría que reconocer es que la confrontación y la violencia entre géneros es un hecho tan antiguo como la existencia de los seres humanos. Es una modalidad de forma de ser de los humanos que siempre la ha habido. Obviamente, ésta se ha ejercido recurriendo a las “armas” disponibles respectivamente al alcance de los hombres y de las mujeres. Dada la estructura natural de los cuerpos, que no nos alimentamos del aire sino que hay que ir a buscar la comida, que los miembros de la raza humana buscan reproducirse y que este fenómeno natural es un proceso con determinadas características, que tiene sus tiempos, etc., el peso de la vida, por así decirlo, tenía que recaer sobre quien fuera físicamente más fuerte. De manera “natural”, por lo tanto, tenía que haber una nítida división del trabajo que en más de un sentido no era opcional. Lo hubiera sido si, por ejemplo, tanto los hombres como las mujeres dieran a luz, pero como ello está cancelado por la naturaleza, todo el proceso de procreación se tenía que enmarcar dentro de ciertas reglas y comportamientos. Para lo que a nosotros interesa, sin embargo, lo importante es entender que es impensable que la fuerza masculina fuera un poder que sólo se aplicara en la cacería o en el trabajo. Se trata más bien una capacidad susceptible de ser utilizada en todo momento. Es muy importante observar que a partir de la superioridad física del hombre se fue gestando una situación de fundamental importancia, a saber, la dependencia económica de las mujeres. En esto no interviene ninguna clase de verdad subjetiva: el ser humano fuerte trabaja y al trabajar recibe un salario del cual depende el ser humano físicamente menos fuerte. No hay ningún misterio al respecto.

La realidad de la fuerza física y de la preponderancia económica alienta una posibilidad inscrita en todo ser humano y que sin duda fascina, por decirlo de alguna manera, al 99 % de la raza humana, hombres y mujeres, a saber, el dominio y control sobre las personas del entorno y de más allá si ello resulta factible. Pero aquí debemos introducir un elemento de re-equilibrio, porque si bien es cierto que la fuerza física es preponderante, también lo es que no es la única y que a los humanos si bien les gusta el conflicto y la manipulación, también los motivan otros deseos y otras aspiraciones. Es eso lo que permite que la mujer responda con los elementos, tanto naturales como sociales, de los que ella dispone. Éstos pueden ser sumamente efectivos y tanto la historia como la vida cotidiana lo ponen de manifiesto, si bien sigue siendo cierto que en última instancia la fuerza bruta se impone. Esto se puede constatar sin mayores dificultades más allá del conflicto “hombre-mujer”.

Dada la desventaja física inicial del género femenino frente al masculino, la naturaleza y la sociedad tenían que proporcionar elementos compensatorios. Es cierto que la lucha por la sobrevivencia y el triunfo se tenía que dar en el marco de lo fijado por la superioridad física, pero dentro de dicho marco las “armas” de la mujer podían ser igualmente efectivas y temibles. Nada más común que ver a un sujeto de dos metros y de bíceps crecidos llorar como niño y arrastrarse cuando la mujer que ama lo desdeña o prefiere a otro para reproducirse con él. La moraleja es que la fuerza bruta puede ser neutralizada y se hace de manera natural, porque la naturaleza proporciona los elementos para que se dé y se sostenga un equilibrio básico entre los dos géneros. Si no lo hubiera, lo más probable es que la vida humana ya se habría acabado. ¿Podemos apuntar a algunas de las “armas” propias del género femenino en el contexto de la confrontación con el hombre y en el marco de la vida social más o menos estable? Yo creo que sí. Se trata de “armas” que son, por así decirlo, olfateadas por todos y en todas las culturas, sólo que cuando la gente que las percibe intenta enunciarlas lo más que produce son generalizaciones vagas, verdades a medias, prejuicios sistematizados y cosas por el estilo. Así, por ejemplo, a lo largo de los siglos la mujer fue desarrollando una resistencia psíquica peculiar, puliendo sus técnicas de conquista y seducción, aprendió a convertirse en objeto de deseo y por lo tanto a manipular a quien la desea, etc. La cultura entró en juego y fue sancionando dicho estado de cosas a través de, por ejemplo, la literatura y el cine, de manera que quedaron establecidos de manera oficial los roles sociales a jugar para los miembros de los dos géneros. Es así como se crean los estereotipos, los modelos, los esquemas a través de los cuales fluye la vida humana y como surge la idea misma de felicidad. Para millones de personas, ser feliz no es otra cosa que vivir en concordancia con los esquemas histórica y culturalmente establecidos de su época.

Ahora bien, los esquemas y los estereotipos a los que hemos aludido se van arraigando y conforman lo que podríamos llamar ‘tradiciones’. Es probable que haya un momento en la historia en la que el modo como la sociedad se reproduce coincida plenamente con los esquemas culturales prevalecientes, pero las más de las veces hay discordancias: los modos de producir y de repartir los bienes, las mercancías, la riqueza van cambiando, pero los esquemas están estacionados, no se van modificando a la misma velocidad. Eso se puede ver muy fácilmente con los conflictos generacionales: los muchachos viven en condiciones que ya no son estrictamente hablando las mismas que las de sus progenitores y entonces se producen choques entre ellos. Por ejemplo en México, dado el modo medieval de vivir de millones de personas hasta hace algunas décadas, era parte de las tradiciones besarle la mano a los padres o que las esposas les pusieran las pantuflas a los maridos cuando llegaban a la casa. Ahora no hay condiciones para conductas así. Tan quedaron rebasadas que ni siquiera son atractivas, pero hay que entender que todo ello tenía un fundamento objetivo, que correspondían al rol social (económico, de seguridad, etc.) del hombre en la casa (un rol que ya muchos hombres no juegan) y la verdad es que, aunque había inconformidades (porque por si fuera poco, nunca faltan los abusivos), en general no se le cuestionaba. Lo menos que se podían imaginar los hombres de hace 60 años es que esa situación cambiaría y que lo haría de manera radical.

No creo que pueda cuestionarse la idea de que la raíz de la transformación en las relaciones hombre-mujer se produjo con el desarrollo del capitalismo y el requerimiento de mano de obra masiva para mantener e incrementar los niveles de producción de mercancías de toda especie. Con el trabajo de las mujeres vinieron los ingresos y con ello poco a poco el reforzamiento paulatino de un marco legal en el que la faceta “productor-trabajador” tiene prioridad sobre la faceta biológica de las personas y todo ello desembocó en la independización de la mujer vis à vis el hombre. Lo que no era fácil de percibir eran las consecuencias a mediano y largo plazo de estos cambios en los fundamentos de la vida social, esto es, las repercusiones en los sistemas de relaciones humanas y en particular en el de las relaciones “hombre-mujer”. Pero era adivinable que cambios tan fundamentales como esos tenían que traer consecuencias sorprendentes, puesto que a mayor legalidad menor uso de la fuerza y ahora es una realidad el que, con muchas imperfecciones, asimetrías, desbalances y demás, de todos modos hombre y mujer están, para decirlo coloquialmente, “al tú por tú”. Yo creo que podemos preguntar: ¿qué queda de la violencia de género?

Para empezar, no perdamos de vista que lo que tenemos ahora es un conflicto entre modos de vida o modos de reproducción de la vida social, tradiciones que no desaparecen y que difícilmente podrían hacerlo del todo y nuevos esquemas y estereotipos sociales. Es de imaginar que tarde o temprano habrá ajustes entre estos factores, pero que por el momento lo que generan es una crisis. A mí me parece que la evolución del feminismo es un buen termómetro para visualizar la situación actual. Se puede defender la idea de que el feminismo pasó de reivindicatorio de derechos de la mujer, lo cual era indispensable para que la nueva sociedad funcionara, a ser un movimiento cada vez más anti-masculino y eso ya no tiene por qué ser aceptable. Que la mujer proteste y se rebele frente a un yugo históricamente rebasado me parece inobjetable, pero que se le convierta en un instrumento del eterno conflicto entre hombre y mujer ya no resulta aceptable. El problema con movimientos como el feminista es que, por un lado, están histórica y culturalmente condicionados pero, por el otro, muy fácilmente pueden “desvirtuarse”. Puede argumentarse por ello que el feminismo ya cumplió su rol histórico, pero entonces ya es hora de que ceda el lugar a otras propuestas, a propuestas conciliatorias y constructivas y no meramente reivindicatorias y destructivas. En nuestra sociedad actual, pretender rechazar la igualdad esencial entre hombre y mujer en lo que a roles sociales concierne es simplemente hacer el ridículo. No conozco a nadie sensato que se oponga (ni siquiera “teóricamente”, no digamos “en la práctica”) a la situación de autonomía e independencia de la mujer y la verdad es que ni siquiera logro imaginar qué clase de argumentos no fácilmente desbaratables podría ofrecer alguien que postulara un regreso a situaciones pasadas (hablo de todo lo que usualmente está implicado en las relaciones entre hombres y mujeres: posesión, virginidad, fidelidad, matrimonio, etc.). El problema es que el asunto no termina ahí. Las transiciones culturales tienen consecuencias que hay que aprender a extraer, so pena de no comprender en qué mundo se vive. En relación con los cambios operados creo que hay que señalar dos puntos importantes.

El primero es que independientemente de los momentos históricos por los que se pase, la confrontación “hombre-mujer” va a seguir sólo que ahora las condiciones se invirtieron: la mujer disfruta de sus “eternas” armas y además de la nueva cultura y de la nueva legalidad que sin duda alguna la benefician. Esto último es sumamente laudable en la medida en que es un freno para la preponderancia secular del hombre. Todos entendemos que la perspectiva prevaleciente en la cultura ya no es de carácter biológico, sino económico y en este terreno el sexo de las personas es irrelevante. Pero ¿hasta dónde va a llegar lo que en un momento fue un movimiento de defensa de la mujer? Parecería que lo que hay ahora es (por lo menos en las mentes de muchas personas) un movimiento de venganza de la mujer. La agresión ahora va a menudo en otro sentido. Ahora es de lo más común que una mujer le quite los hijos a un sujeto, que se descuente de su sueldo sin siquiera consultarlo, que se le acuse penalmente por toda una gama de conductas supuestamente agresivas (algunas de ellas francamente ridículas), etc. Aquí hay un problema serio, porque muy fácilmente transita de una situación de injusticia a otra también de injusticia.

Relacionado con lo anterior está el segundo punto que quería mencionar, de importancia vital en mi opinión, y que tiene que ver con la reacción masculina frente a lo que muchos hombres viven como agresión femenina. Esto es muy importante, porque lo más probable es que tenga repercusiones negativas para la mujer. ¿Cuál ha sido la reacción del hombre frente a los cambios y qué podría razonablemente proyectarse que será su evolución? Hay multitud de fenómenos asociados de muy diverso modo (aunque no como mera relación simple de causa-efecto) y que están a la vista. Para empezar, hay una marcada tendencia por parte de los hombres a no casarse. Si eso era algo que la mujer quería lograr en las nuevas condiciones es probable que no lo obtenga. También la forma “clásica” del matrimonio (unión para toda la vida, etc., etc.) parece cosa del pasado. El incremento en la homosexualidad también tiene que ver con el sentimiento de derrota del hombre actual frente a la mujer de nuestros días. Hay muchos hombres que sencillamente no resisten el impacto de un cambio y buscan refugio en algo diferente. El multi-divorcio está a la orden del día, con la consabida banalización de lo que era el lazo socialmente sagrado del matrimonio; el oficio más antiguo del mundo pasó de ser una práctica semi-oculta y un complemento al matrimonio estable (los Rolling Stones, dicho sea de paso, tienen una canción formidable al respecto, de los años 60, que se llama ‘Back Street Girl’ y que expresa muy bien – artísticamente – en unas cuantas frases esta situación) a ser una práctica impúdica ejercida a la luz pública, sin ninguna otra función que inducir consumo sexual bestial, conectado además con el crimen organizado y el sufrimiento de millones de mujeres a lo largo y ancho del mundo. No son éstas consecuencias positivas de algo que en su origen ciertamente fue positivo.

Yo creo que debería quedar claro que la violencia, sea quien sea quien la ejerza, debería quedar proscrita, si bien esto es algo que habría que matizar, pero no entraré en el tema aquí y ahora. Lo que es muy importante entender es que se puede ser violento de muy diferentes maneras, no sólo físicamente. La violencia física, básica mas no únicamente masculina, puede ser una mera expresión de mentalidad primitiva, que es lo que pasa en México, y hay que repudiarla, pero puede también ser una reacción frente a una situación en la que el hombre se siente en desventaja, con derechos disminuidos, es decir, agredido genéricamente por una cultura que lo asfixia. Es violencia física contra lo que se resiente como violencia (y que conste que no estoy defendiendo a nadie por actuar violentamente. Lo mío es un diagnóstico social, no un ejercicio de casuística). Esta otra forma de violencia física se extirpa de otro modo que nada más mediante represión y códigos penales. De ahí que una triste conclusión que habría que extraer es no que se logró acabar con la violencia de género, sino más bien que el progreso consistió en que se capacitó a ambos géneros para agredirse de aquí en adelante cada vez más en un plano de igualdad.

Vladimir, el Grande

Antes de empezar a exponer mi punto de vista sobre el tema del cual quiero ocuparme hoy es menester despejar un potencial malentendido. Cuando hablo de Vladimir no me refiero al sujeto que, en 1918, ordenó la alevosa masacre del zar y su familia; no tengo en mente al astuto manipulador político que se apoderó de su país por medio de un audaz golpe de estado y quien muy pronto se encontró con la horma de su zapato, esto es, con el verdadero revolucionario que terminó haciéndolo a un lado para construir los cimientos, independientemente de cómo evaluemos su desempeño, de lo que pasó a la historia como ‘Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas’, esto es, José Visariónovich Dzlugashvili, alias ‘el hombre de acero’. Sin duda ese Vladimir fue de esos hombres que logran darle un giro a la historia y por lo tanto sería infantil no reconocer su tenacidad y sus grandes capacidades de organización y de oratoria. Pero no es ese el Vladimir que me interesa. Ese es un Vladimir de un pasado que está más que muerto y enterrado. El Vladimir al que me refiero también es un hombre de historia, pero está vivo: es orgullosamente masculino y viril, es un regenerador social, un patriota más allá de toda duda posible, un hombre que impidió que su país quedara en manos de unos cuantos bandoleros multibillonarios, el individuo que está orquestando, junto con sus colegas chinos, el nuevo orden mundial, un político a quien en Europa Occidental mucha gente simplemente lo admira o hasta lo idolatra, un diplomático efectivo y, cosa rara, un dirigente político querido por sus conciudadanos. Me refiero, desde luego, al gran Vladimir Putin, incuestionablemente la figura política internacional más carismática de nuestros tiempos. Tratemos de explicar rápidamente por qué es ello así.

Debido quizá a la influencia, inconsciente tal vez, de modelos de estado y de gobierno como los que prevalecen en el mundo occidental y al que por nuestra ubicación geográfica inevitablemente pertenecemos, en general se nos ha querido hacer creer que mientras más mediocre y gris sea un gobernante, mejor! Al parecer lo contrario equivale a ensalzar al líder, al caudillo, al dirigente y eso, se nos asegura por medio de las aburridas y vacuas frases de los apologistas usuales del sistema, es “contrario a los valores de la democracia”. Esto es hasta cierto punto comprensible, pero no es un mérito. Considérense los Estados Unidos. Allá hay un presidente y éste ciertamente toma decisiones, pero en realidad lo que opera es lo que se llaman ‘administraciones’ (“la administración Clinton”, “la administración Bush”, “la administración Obama”, etc.) y lo que eso quiere decir es que lo que gobierna es una compleja maquinaria que tiene un rostro que es el del presidente en turno. Quien está a la cabeza entonces puede ser un ignorante (como Bush) o un personaje semi-ridículo (como Hollande) o un personaje despreciable (como Reagan): ya no importa, porque “su” administración funciona independientemente de él. Así, cualquier ciudadano americano puede ser presidente de los Estados Unidos, pero ciertamente no cualquier ciudadano americano puede ser un líder. Es mucho más difícil ser un gran líder que ser quien oficialmente da la cara por la política que de manera impersonal la maquinaria va imponiendo. Lo ideal, obviamente, es tener hombres de estado que al mismo tiempo son líderes en sus países, esto es, gente que suscita emociones positivas, que es admirada, personas en las que sus pueblos creen y a quienes la gente quiere al frente de sus países. Putin, por ejemplo, está en su tercer periodo como presidente de la Federación Rusa, porque el pueblo ruso lo aclama, porque los ciudadanos rusos saben que está allí para defender sus intereses. Sobre esto diré unas palabras más abajo, pero por el momento lo que me interesa dejar asentado es la simple verdad de que Putin sobresale por ser simultáneamente además de ser un gran hombre de estado es un gran líder. Angela Merkel, para dar un ejemplo, es una astuta y efectiva dirigente de un gran país, como lo es Alemania, pero es difícil visualizar siquiera que haga que su perro mueva la cola de emoción al verla llegar a su casa! Ahí tenemos un caso de gran estadista sin carisma. Y hay peor!

Dejando de lado las consideraciones de orden personal (carácter, personalidad, anécdotas, etc.), un individuo puede ser un líder dentro de su país o también dentro y fuera de él. Mucha gente se sentiría tentada a decir que si se es de un país pobre o pequeño, entonces sencillamente ya no se puede ser un gran líder. Aparte de revelar falta de imaginación, ese punto de vista es obviamente falaz. Fidel Castro fue el dirigente de una pequeña isla durante 50 años, pero era incuestionablemente un líder de talla mundial y en algún momento quizá el mayor. Y a la inversa: se puede ser el dirigente de una potencia, por ser el jefe de una “administración” en un país poderoso, y ser no obstante un tipo despreciable o repulsivo. Lo peor, desde luego, es estar al frente de un país y no ser ni un gran hombre de estado ni un líder carismático. De lo que podemos estar seguros es de que no ese el caso de Vladimir Putin.

Admitamos, pues, que la Federación Rusa tiene en Putin tanto a un hombre de estado como a un auténtico líder. A la larga, esa combinación de cualidades no puede más que producir excelentes resultados. En lo que a Rusia concierne, yo creo que un mínimo de información de lo que pasó con ella después del brutal cambio de sistema que se operó a finales de los 80 y de su situación actual basta para confirmar que nos las estamos viendo con un individuo realmente excepcional. Cuando un país cambia de sistema de vida, independientemente del giro que tome, la vida para los habitantes del lugar puede volverse muy difícil antes de llegar a una cierta estabilización. En Rusia el cambio fue el abandono del régimen socialista y ello se operó en forma brutal en no más de una década, una década malignamente aprovechada por los norteamericanos para imponer su presencia en Asia y en algunas de las antiguas repúblicas de la URSS. Pero la transición efectuada en realidad estaba no sólo debilitando al país que estaba empezando a ver la luz, sino que había llevado a la creación de una minúscula super-oligarquía, dueña de prácticamente todo, en detrimento desde luego de los intereses de las grandes masas, con lo cual se corría el riesgo de convertir al pueblo ruso en un pueblo completamente dominado y controlado desde el extranjero a través de una minoría cosmopolita, de una nueva nobleza. Enfrentarse a los millonarios siempre es un reto, pero lidiar con 20 multibillonarios extranjerizantes y apoyados por poderosos grupos de otros países presupone mucha seguridad en sí mismo, mucha claridad respecto a lo que se quiere y mucha valentía. Putin manifestó tener todo eso: entró en la confrontación directa con los neo-super-magnates rusos y terminó expropiándoles lo que se habían robado (el petróleo, las compañías de radio y televisión, de periódicos, de aviación, la industria minera, etc. En otras palabras, todo). Pero hay que señalar varias cosas en relación con ello. Primero, ningún político mediocre se atreve a enfrentar por intereses nacionalistas a los oligarcas o plutócratas de su país. Eso sólo lo puede hacer alguien de personalidad fuerte pero sobre todo motivado por genuinas causas patrióticas, alguien que realmente quiere subir el nivel de vida de su población, garantizar su soberanía y autonomía, asegurar su desarrollo pensando no sólo en las situaciones del momento, sino en las generaciones por venir. Segundo punto: Putin hizo algo muy importante para lo que para entonces era la ex-Unión Soviética: él volvió a hacer de la religión ortodoxa la religión de estado. Esta nueva alianza se hizo sin concederle a la Iglesia Ortodoxa poderes políticos, pero sí convirtiéndola en el cemento social que su país requería. Y esta variante de religión cristiana volvió a florecer en un país del cual había sido prácticamente extirpada, convirtiéndose así en una especie de escudo frente a muchos males y peligros espirituales.

Si en Rusia Putin es un estadista aclamado por sus reformas y por haberle vuelto la dignidad al pueblo (así como a los pueblos de las antiguas repúblicas soviéticas que permanecieron dentro de la federación), cuando lo que examinamos es su desempeño como actor en la arena internacional, entonces habría que decir más bien que Putin se ha venido convirtiendo en el paladín del mundo que lucha por liberarse del estrangulamiento al que tienen sometidas a la mayoría de las naciones algunas potencias en connivencia con el criminal régimen bancario de explotación universal. Poco a poco, Putin se ha ido perfilando como el estadista con las mejores y más apropiadas propuestas para el restablecimiento de la paz, inclusive si llevados por la descarada megalomanía otros países sistemáticamente la vuelven imposible, que es lo que pasó y sigue sucediendo en Siria. Si ésta no se ha desplomado ha sido en última instancia por la ayuda rusa, en todos los sentidos de ‘ayuda’. Rusia fue un factor decisivo en las negociaciones con Irán y que culminaron en el todavía incierto pacto para limitar las actividades nucleares de dicho país. Putin, por otra parte, hizo realidad la estrategia geo-política que tarde o temprano habrá de modificar la vida en el planeta: intensificó la alianza con la gran potencia económica y militar que es China. Putin impulsó con fuerza la creación de lo que se conoce como el BRIC, que es el grupo formado por Rusia, China, Brasil y la India el cual tiene, entre uno de sus grandes objetivos, la creación de un nuevo banco mundial, esto es, de una nueva institución bancaria internacional que sea una alternativa a instituciones tristemente famosas como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instauradas y manejada a su antojo básicamente por unos cuantos países occidentales que no buscan otra cosa que perpetuar el subdesarrollo de las naciones. El proyecto del BRICS (si sumamos la República de África del Sur) ya está en marcha y en realidad significa que, una vez que entre en funciones, el desbancamiento del dólar como la divisa mundial obligada será casi automático. Por otra parte, Putin, forzado en gran medida por lo que deberíamos llamar el ‘provocacionismo norteamericano’, quiero decir la política de constante provocación económica, militar, diplomática y comercial en contra de Rusia orquestada básicamente desde los Estados Unidos, se vio forzado a modernizar las fuerzas armadas de su país. Es, pues, evidente hasta para el más fanático y ciego de los “neo-conservadores” norteamericanos que, en palabras de Putin, “Rusia no es un país con el que se pueda tratar a base de ultimátums”. Si eso en algún momento imaginaron los políticos norteamericanos que podrían hacer con Rusia, hay que recordarles que Putin les estropeó su ensueño.

Es innegable que como político Putin es un dirigente efectivo y progresista en un sentido serio de la palabra, un hombre que ha sabido soportar terribles presiones externas pero que al mismo tiempo ha puesto en jaque a los países occidentales llevándose las palmas en más de un encuentro de alto nivel y a los cuales les ha dejado en claro que sus muy practicados procedimientos de imposición (manipulación descarada de los precios del petróleo, sin duda alguna una fuente importante de ingresos para Rusia, creación de frentes militares en sus fronteras, como lo es la absurda guerra en Ucrania, constantes ejercicios militares de la OTAN en los países limítrofes con Rusia, los típicos boicots comerciales de sus productos, etc.) simplemente no han dado y no darán los resultados esperados. Lo cierto es que Rusia cada día está más sólida y que en Rusia cada día se vive mejor (a pesar de los actuales boicots), porque Rusia es, para retomar y darle contenido a una vieja idea hegeliana, el país que encarna el desarrollo, el espíritu del futuro inmediato. Los occidentales han intentado de todo, pero les ha salido las más de las veces el tiro por la culata. Considérense las dos fragatas que Rusia ordenó en Francia por un costo de más de un billón de euros y que representaba un jugoso negocio para el gobierno francés. Incomprensiblemente, de seguro que por presiones de ciertas minorías franceso-cosmopolitas muy poderosas, el gobierno de Hollande decidió abruptamente romper el contrato y no entregar los barcos prácticamente ya terminados. Rusia se quedó sin sus fragatas para las cuales tendrá sin duda nuevas ofertas, pero Francia tendrá que pagar no menos de dos billones y medio de euros a título de reparación por los daños ocasionados a Rusia. Quién se benefició con la absurda maniobra francesa es asunto de especulación, pero así como ciertamente podemos incluir dentro de los “beneficiados” a Rusia no podemos incorporar en la lista a Francia. En resumen: es innegable que con Putin Rusia no sólo se salvó cuando estaba a la deriva, sino que a partir de entonces ha crecido y todos los indicadores, económicos u otros, lo confirman. Pero hay mucho más que decir en relación con Putin y que tiene que ver con la persona misma, con el ser humano que dista mucho de ser un mero burócrata estatal. Putin interviene abiertamente en la vida cotidiana de su país con decisiones que provienen de alguien que no nada más es el portador de una cierta investidura, sino un ser humano que tiene sensibilidad y sentido común.

Esto me lleva a otro punto que es digno de ser tomado en cuenta. Si como político Putin se ha convertido en un actor al que sencillamente no se le puede ignorar, un portavoz de la paz que congrega cada vez más a la clase política internacional, en otras palabras, si como político Putin es grande, como hombre es sencillamente fantástico. Por ejemplo, físicamente es un individuo sano y fuerte, mentalmente muy ágil pero además es un hombre que (como Mahmoud Ahmadinejad) por no estar bajo el influjo de la ponzoñosa propaganda hollywoodense, no se ha convertido como Obama en un descarado abogado de la homosexualidad (Nada más recuérdese el ridículo del presidente norteamericano durante su última gira por África en donde, en lugar de hablar de las hambrunas y de las matanzas cotidianas, se puso durante una cena a defender el matrimonio “gay”! No es fácil rastrear actuaciones de presidentes tan incomprensibles y tan fuera de lugar como esa de Obama). Putin ya dejó en claro que aunque los homosexuales no son clasificados como delincuentes en Rusia, ello no convierte a la homosexualidad en algo que él quiera para su país, para su juventud y difícilmente podría ser criticado por ello. Putin no esconde su masculinidad, algo de lo que en Occidente muchos quieren que uno se avergüence. Ahora en ciertos medios hasta hay que ofrecer disculpas por ser normal! El presidente ruso es además un soberbio luchador de judo y practica deportes extremos. Pero además tiene gestos y actitudes que sólo los grandes manifiestan. Muy significativa es la escena en la que obliga a los millonarios dueños de una fábrica a firmar un nuevo contrato colectivo con el que los trabajadores podrán ver respetados sus derechos. Esa clase de escenas son en nuestras latitudes simplemente desconocidas. Una situación que sin duda alguna, si efectivamente se dio como se cuenta que sucedió, requirió de mucha entereza y firmeza habría sido el choque con B. Netanyahu cuando éste, sin previa cita, se presentó en Moscú para prevenir a Putin respecto a que Israel destruiría Teherán con bombas atómicas si Rusia le vendía sus famosos misiles tierra-aire S-300 a Irán. Al parecer, Putin habría corrido del Kremlin al todopoderoso primer ministro israelí. Una tormentosa escena digna de Hollywood!

Desafortunadamente, de una cosa podemos estar seguros: si de lo que se trata es de informar al público general respecto a quién es quién hoy por hoy en nuestro mundo, la prensa, el radio y la televisión mexicanas no serán las fuentes de información. Lo mismo pasó con Chávez y su revolución bolivariana: en México el 99% de la población no tiene ni idea de lo que fue el proceso venezolano, pero la culpa no es de la población. Es cierto que la información es en principio asequible, pero hay que investigar y el público general no puede estar haciendo eso. Tiene entonces que conformarse con la escuálida información que los mass-media locales le proporcionan. Y sin embargo, a pesar del bloqueo informacional, a nivel mundial la popularidad de Putin crece todos los días. Cada vez gusta más su estilo directo, su sensatez política, su nacionalismo legítimo y no aplastante ni excluyente, sus intuiciones y su buen olfato político. La verdad es que lo único que a nosotros nos queda por hacer es exclamar algo como “Qué envidia!”. En verdad, nosotros, comparando la situación del pueblo de México y sus perspectivas en conexión con sus mandamases, no podemos hacer otra cosa que parafrasear el famoso dicho mexicano, atribuido a los más variados personajes de nuestra vida nacional:
   Pobre México! Tan cerca de Obama y tan lejos del gran Vladimir Putin!

Esclavitud e Hipocresía

(A la memoria del Licenciado Narciso Bassols, obligado a fallecer el 24 de julio de 1959).
Difícilmente podría negarse, siento yo, que la hipocresía es uno de los rasgos más detestables tanto de personas como de diversos aspectos de la vida contemporánea.  Para los propósitos de estas líneas, sin embargo, más que como un mero fenómeno personal me inclino por ver en la hipocresía una característica de la cultura actual, una forma de educar a las personas de la que no es fácil escapar. En la vida política de nuestros tiempos, por ejemplo, la hipocresía está a la orden del día. La diplomacia norteamericana (y creo que no sería descabellado pregonar lo mismo de la diplomacia occidental en general) convirtió a la hipocresía en uno de sus más notables instrumentos. Carentes de una ideología aunque sea un poco más sofisticada que la incorporada en la perspectiva de burócratas clase medieros o en las charlas de amas de casa, los sucesivos gobiernos norteamericanos fueron desgastando poco a poco los valores fundamentales asociados con su propia situación y con su rol histórico para no dejar más que cascarones ideológicos, categorías huecas que paulatinamente fueron dejando de cumplir su función original que era justificar las intervenciones armadas, la Guerra Fría y demás. Con el tiempo, ellos siguieron recurriendo a las peores prácticas imaginables (la tortura, por ejemplo), pero su discurso político prima facie justificatorio no se alteró por lo que terminó siendo lo que ahora es, es decir, un discurso totalmente hipócrita y en el fondo inservible. Las prácticas político-militares norteamericanas son horrendas y vienen envueltas en el mismo lenguaje de hace décadas, sólo que a éste ahora ya nada lo sustenta y por lo mismo no pasa de constituir un lenguaje falsificador e hipócrita. Por ejemplo, para desacreditar sistemas de vida dirigidos por ideales de igualdad y no dominados totalmente por meros objetivos de ambición privada obscena, los Estados Unidos impusieron en el mundo el banal discurso de la democracia, la libertad y los derechos humanos, perfectamente asimilado y reproducido por los pericos teóricos de latitudes más tropicales, pero aparte de ponerlo en circulación para impedir el florecimiento de otra terminología y otros ideales lo impusieron también para justificar las mayores atrocidades que al día de hoy se han cometido. Los ejemplos abundan de manera que no me detendré en ellos, pero para ilustrar lo que digo no estará de más traer a la memoria que en nombre de los derechos humanos se inundó Vietnam de napalm, se bombardeó y destruyó Yugoeslavia (generando horrores sin fin en el único lugar de Europa en donde en algún momento convivieron en armonía cristianos, judíos y musulmanes) y hoy se tienen a sueldo a ejércitos de mercenarios criminales (¿o son otra cosa los asesinos del Estado Islámico, los sucesores de esa gran organización armada por la CIA y que pasó a la historia como Al Quaeda?) que no tienen otro objetivo que masacrar gente, degollar públicamente a soldados hechos prisioneros en acción (lo más contrario que pueda haber a los pactos universalmente firmados concernientes a cómo conducir un conflicto armado) y destruir sistemáticamente la infraestructura de los países en donde aparecen, así como sus reliquias históricas y en general toda su riqueza cultural acumulada. De igual modo, en nombre de la maravillosa libertad (que aparte de las posibilidades de florecimiento de capacidades humana quién sabe en qué pueda consistir) se ha logrado instaurar un nuevo sistema de esclavitud universal, menos obvio quizá que el inenarrable tráfico de esclavos que algunos pueblos europeos (muy especialmente aunque no únicamente, ingleses, holandeses y portugueses) diligentemente practicaron a lo largo de tres siglos durante los cuales comerciaron con alrededor de 80 millones de personas (dato extraído del formidable libro de Hugh Thomas, The Slave Trade. The history of the Atlantic slave trade 1440-1870), pero a final de cuentas tan efectivo y tan odioso como el de antaño. A decir verdad, no creo que sea muy difícil de hacerlo ver. El elemento impulsor del comercio de esclavos (básicamente, de población africana – hombres, mujeres y niños – hacia algunos países de América Latina y los Estados Unidos) era la urgencia por el enriquecimiento personal: los propietarios de grandes extensiones de terreno requerían de mano de obra barata, de preferencia gratuita (salvo por el costo del esclavo y su mantenimiento en los límites de su resistencia física) y fue así como en los grandes campos de tabaco y de caña de azúcar al rayo del sol y latigazos trabajaron y murieron millones de hombres. Pero, yo pregunto: ¿es en nuestros tiempos acaso radicalmente diferente la situación para millones de personas? Francamente, lo dudo. Yo creo que los mecanismos mediante los cuales se ejerce la opresión son diferentes, pero a final de cuentas son tan efectivos y brutales como los de tiempos más descarnados. Es innegable que el fenómeno de la esclavitud reviste otras formas que las más crudas y burdas de las modalidades de antaño; por ejemplo, no hay un mercado público para la compra de personas. Pero es obvio que ello no basta para mostrar que la esclavitud actual no es un fenómeno real y no menos lacerante, injustificado y cruel que el que era común en la época de Raleigh o de Francis Drake. ¿Cómo podemos mostrar que efectivamente se da esta continuidad en las prácticas esclavistas? A mi modo de ver, una veloz mirada sobre el impactante fenómeno de la inmigración basta para convencernos de ello. Echemos, pues, un superficial vistazo sobre este panorama no para efectuar un ejercicio de redacción, sino más bien para intentar llevar al plano de la conciencia la verdad de sobre quién está fincado el bienestar de millones de personas y, en verdad, ese sistema de vida que parece sobre todo una maldición y del cual inevitablemente formamos parte.

Una comparación que de inmediato a cualquiera le viene a las mientes y que habla por sí misma es la que se puede trazar entre las oleadas de humanos que se desplazan hacia países que no son los de ellos y las de los ñúes y las cebras del Serengueti, animales que movidos por el instinto año tras año realizan su épica migración hacia pastizales y ríos menos afectados por las terribles sequías. Son ciertamente épocas de bonanza para los grandes depredadores, básicamente felinos y hienas. Ahora bien, siguiendo con el contraste entre animales y humanos de inmediato habría que decir de las rutas de los migrantes que están plagadas de toda clase de depredadores no animales, pero sí humanos: policías, pandillas, explotadores, personas indiferentes dispuestas a verlos morir antes que darles algo suyo (unas monedas, un vaso de agua), violadores y en general toda clase de gente abusiva dispuesta a aprovechar las ventajas que tienen sobre los caminantes para la obtención de algún beneficio personal. Pero además del paralelismo con los depredadores hay otras similitudes entre migraciones animales y migraciones humanas en las que estos últimos, por así decirlo, salen perdiendo. Las migraciones animales están, por decirlo de algún modo, programadas: se producen una vez al año durante el período de sequía. Las de los humanos que huyen de sus países se dan todo el año. Los animales saben qué dirección tomar; los humanos van a donde puedan, a donde tengan cabida. Por estas y otras muchas razones habría que inferir que son más terribles los grandes movimientos migratorios de sirios, hondureños, libios, mexicanos, guatemaltecos, iraquíes, tailandeses y demás que las migraciones de los grandes herbívoros de las planicies africanas.

Las migraciones humanas contemporáneas son la expresión última, en todos los sentidos de la palabra, de las esclavizantes relaciones que prevalecen entre un grupo reducido de países y lo que se solía llamar el ‘Tercer Mundo’, países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Es importante comprender la situación. Hasta donde logro ver, nadie abandona a su familia, su tierra, su milieu natural a menos de que tenga una o muchas razones para ello. Alguien puede irse a hacer un doctorado a un país diferente, pero todos en su entorno asumen que va a regresar y que se reincorporará a su país tan pronto adquiera su grado; alguien se puede casar y entonces irse a vivir al país de su cónyuge, pero si lo hace es, primero, de motu proprio y, segundo, porque lo más probable es que le convenga más empezar en otro lado que quedarse en su país. Pero si millones de personas dejan sus tierras, abandonan a sus familias y se lanzan casi a ciegas a una aventura plagada de peligros y cuyo desenlace es más que incierto, ello no se debe al deseo de obtener un beneficio extra a los beneficios que su medio ambiente le proporciona. Ello se debe más bien a que éste no le da nada. En el mejor de los casos su huida se debe a que su mundo no le garantiza un trabajo, a que no tiene ingresos, a que no hay ni una mínima perspectiva de desarrollo para él y su familia. Y hay muchos casos mucho más patéticos: familias enteras se ven desplazadas porque sus casas fueron demolidas o bombardeadas, porque sicarios o militantes de la clase que sea los buscan para hacerle daño a ellos o a sus familias y entonces tienen que dejar todo atrás: su casa, sus animales, su pasado, su vida y emigrar, que en situaciones así es como dar un salto al vacío o alternativamente, dada su indefensión y su esencial vulnerabilidad, como dar un brinco hacia la esclavitud, porque a menos de que corra con mucha suerte es eso lo que les espera.

Podría preguntarse: ¿qué culpa tiene de su situación el ciudadano medio de un país afortunado?¿Acaso es él culpable de que el mundo del migrante se haya derrumbado como lo hizo al grado de que éste no pueda hacer otra cosa que salir corriendo y tratar de refugiarse en su país? Hay un sentido en el que un ciudadano de un país que súbitamente se ve inundado por migrantes no es responsable de las desgracias de éstos, pero hay otro en el que eso ya no está tan claro. Millones de campesinos latinoamericanos han tenido que dejar sus países y adentrarse en otros porque especulaciones en las Bolsas de Londres, de París o de Nueva York le quitaron prácticamente todo el valor a sus productos por lo que hagan lo que hagan, se esfuercen lo que se esfuercen, de entrada saben que no podrán vivir con los frutos de su trabajo. Pero podría también tratarse de un ciudadano pacífico de un país que lucha por no ser destruido (Siria, por ejemplo) cuando súbitamente ve que se aproximan hordas de asesinos y no tiene otra salida que la de salir corriendo con su familia. ¿A dónde? A donde pueda, sin documentos, sin salvoconductos, sin nada. Un vago instinto conduce a millones de personas hacia los centros poblacionales en donde se supone que pueden trabajar y vivir en paz. Se habla entonces de cosas como del “sueño americano”, una expresión para la que si nos ubicamos en los años 50 del siglo pasado le veo un sentido, pero en la actualidad me resulta casi ininteligible. Cuando después de incontables vicisitudes, accidentes, atracos, golpizas, estafas y demás llegan al supuesto paraíso terrenal, a los terrenos de la libertad, la democracia y los derechos humanos, descubren para su horror que lo que les espera no es otra cosa que la esclavitud. ¿Exagero? Examinemos rápidamente el tema.

La tesis de que la esclavitud es un asunto del pasado es declarada, y yo diría ‘descaradamente’, falsa. En mi opinión, sería de una candidez irritante suponer que las prácticas de las antiguas formas de esclavitud ya no son vigentes. La verdad es que ahora hay más modalidades de esclavitud que hace 4 siglos. En efecto, está primero desde luego la esclavitud laboral (un fenómeno bien conocido en nuestro querido México. Quizá sea útil refrescarnos la memoria con el vergonzoso asunto de hace unos meses concerniente al caso de esclavitud laboral agraria allá en Baja California, un caso en el que por estar de una u otra manera involucrado el inefable Fox, puesto que tenía que ver con una empresa “vinculada” con su familia, resulta particularmente nauseabundo. En terrenos aislados trabajaban y vivían hacinadas familias enteras, con niños, ganando unos cuantos pesos al día, trabajando horas extras no remuneradas, sin servicios elementales de salud, en condiciones de insalubridad medievales. Este caso de violación sistemática de derechos humanos es un ejemplo de esclavitud desde el punto de vista que se le quiera examinar. Pero en la actualidad se da también la esclavitud sexual: no creo que sea por gusto que haya auténticos ejércitos de mujeres que tienen, digamos, 50 relaciones sexuales al día, en medio de golpizas, enfermedades y abandono. Y eso, como sucede en el frente del trabajo, pasa en todos los países diariamente. Están también los casos de violación permanente de derechos fundamentales de cualquier ser humano, esto es, de víctimas de violencia física salvaje que no tienen la menor posibilidad de defenderse; ni más ni menos que lo que pasa con una persona que es propiedad de alguien, es decir, con un esclavo. Antes ciertamente se distinguía entre seres humanos (digamos, blancos) y esclavos (básicamente, negros). Distinciones así en la actualidad son explícitamente repudiadas por tratarse de expresiones de odio, de racismo, etc. O sea, en la cultura occidental es propio de las personas horrorizarse antes tales categorizaciones. Éstas no están permitidas: es de mal gusto recurrir a ellas, no es “decente” ni “políticamente correcto” hacerlo. Nos rehusamos a distinguir lingüísticamente entre seres humanos. Eso suena bien, pero ¿también se corrige con eso la realidad? Me temo que no. Ahora ya no hablamos de amos y esclavos. ¿Para qué? Se habla más bien de indocumentados, de ilegales. El problema es que el cambio de terminología no modificó la realidad, el status de millones de personas que de hecho son las sucesoras de los esclavos de otros tiempos. La situación es, pues, en lo esencial la misma para los hombres que venían en cadenas desde su tierra natal que para los millones de personas que por hambre, miedos, soledad, etc., tienen que aceptar lo que se exija de ellos para poder seguir viviendo. Pero la verdad es que hay algo que hace a estas situaciones más odiosas aún, si es ello factible, Me refiero al toque de hipocresía en el que vienen envueltas, el detestable envoltorio lingüístico de la cultura contemporánea que contrasta abiertamente con sus prácticas para ella indispensables. Las mismas terribles prácticas de tiempos rebasados siguen vigentes, pero el discurso oculta dicha realidad.

Otro aspecto incomprensible del fenómeno de la esclavitud capitalista revestida de descripciones tranquilizantes se refleja espontáneamente en la actitud de millones de personas que sinceramente se sienten negativamente afectadas por las nuevas migraciones humanas. Grandes representantes de estas actitudes lo son en particular grupos cuantitativamente no desdeñables de norteamericanos y de franceses. Por ejemplo, en los Estados Unidos mucha gente sinceramente cree que los mexicanos, como los argelinos o los cameruneses en Francia, son gente que llega para “aprovecharse” de los habitantes de buena fe de países que en principio les abren las puertas y a los cuales ellos sólo contribuyen desequilibrando el mercado de trabajo, aportando su delincuencia y cosas por el estilo. Pero eso no pasa de ser una grotesca parodia de la realidad y por muy sincero que sea el sentimiento de gente que así piensa no por ello está en lo correcto. En general, yo diría, por una parte, que entran en los países del bienestar básicamente las cantidades más o menos calculadas de personas que se requieren para mantener salarios bajísimos y para que se realicen las faenas (como limpiar cañerías) que ya nadie en esos países quiere realizar. Ningún ciudadano norteamericano haría el pesado trabajo que realizan los mexicanos y menos aún por los salarios que éstos reciben y en las condiciones en las que trabajan. Pero además se les olvida a todas esas personas que si efectivamente los niveles de migración rebasan los calculados y que la carne de cañón laboral y humana empieza a ser incontenible en gran medida los responsables de ello son sus connacionales. Se les olvida que a menudo sus empresas agotan los recursos naturales de donde son oriundos esos migrantes, que si bien sus “inversiones” fueron cuantiosas nunca se reinvirtieron por lo que para las poblaciones locales su enriquecimiento significó más bien una pauperización irrefrenable, que las más de las veces sus empresas evadieron impuestos por medio de prestanombres y de triquiñuelas de toda clase de modo que le dejaron muy poco al país del que obtuvieron sus ganancias, que si bien generaron jugosos dividendos para sus accionistas ello fue a costa de grandes estragos ecológicos y manipulando al máximo los mercados de trabajo para mantener a los trabajadores al nivel casi de la subsistencia. Pero entonces ¿cómo se entiende la situación de la gente a la que se desproveyó de toda posibilidad real de desarrollo personal y que está a merced de gente abusiva y de mala fe?¿Hay otra palabra para describir dicha situación mejor que ‘esclavitud’?

Lo que es increíble es que a pesar de todo, en esta atmósfera de hipocresía lingüística y cinismo práctico, de todos modos aparecen seres humanos que no se suman a la fácil corriente ideológica de condena y ataque de los migrantes. A mí me parece que en relación con dicho tema la actitud correcta consiste en la adopción de una forma de tribalismo: es cierto que muchos de nosotros en lo personal no nos hemos aprovechado de nadie, pero es claro que muchos otros sí. Todos entonces cargamos con la culpa. Dicho de manera cruda: el sistema capitalista nos hace a todos culpables. Por razones obvias de funcionalidad social y de justicia, no se puede indiciar legalmente más que a quienes se atrape in fraganti cometiendo alguna clase de ilícito (y ya sabemos que ni siquiera a pillos así se les puede hacer pagar por su codicia y su deseo irracional de enriquecimiento sin fin. ¿Nunca se preguntarán estos multibillonarios para qué amasar tanto dinero si de todos modos lo más probable es que, si bien les va, llegarán a los 90 años?), pero lo cierto es que todos aquellos que no somos migrantes de uno u otro modo cargamos inevitablemente con la mancha con que nos ensucia este sistema que además de cosificar todo destruye modos enteros de vida, sociedades, familias, personas. Es para dar expresión a esta situación existencial de culpa heredada que dan ganas de hablar de auténtica, seria, profunda, indeleble pecaminosidad, porque en verdad es día con día que con nuestro bienestar avalamos la plataforma en la que se erigen nuestras vidas pero que aplasta a millones de seres humanos. Yo me pregunto si más allá de la fácil retórica de justificación individual y del lenguaje propagandístico estándar hay algo o alguien que pueda en principio eximirnos de nuestra responsabilidad y de nuestra culpa.

Pacto con Irán

Por fin, después de casi dos años de arduas negociaciones, el grupo de los 5 + 1 (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia y Alemania) e Irán lograron llegar a un acuerdo concerniente al programa nuclear de esa república islámica. Hay que recalcar que, si bien no se trata de un pacto bilateral entre los Estados Unidos e Irán, éstos fueron los países que llevaron la voz cantante durante todo este periodo. Es importante entender, sin embargo, que el mero factum de la negociación es un triunfo colosal del gobierno iraní, porque como es bien sabido los Estados Unidos no se sientan a negociar con nadie salvo cuando no están en posición de imponer sus puntos de vista mediante presiones económicas, chantajes políticos o amenazas de uso de la fuerza. O sea, ellos “negocian” con sus generales por delante y llaman a eso ‘diplomacia’. Lo que es cierto es que desde hacía años Irán buscaba llegar a acuerdos con los Estados Unidos, pero mientras éstos no consideraron que Irán fuera un adversario a tomar seriamente en cuenta sencillamente desdeñaron toda invitación a negociar. Pero cuando Irán lanzó satélites al espacio, neutralizó los ciber-ataques a sus instalaciones atómicas (por ejemplo, el del famoso virus Stuxnet, así como virus de la siguiente generación), desarrolló un programa de misiles de mediano alcance (no intercontinentales), derribó drones espías en su territorio, desmanteló redes terroristas creadas para asesinar a sus científicos más destacados, sobrevivió a las descaradas manipulaciones de los precios del petróleo (hay gente de buena voluntad que todavía cree en las “leyes objetivas del mercado”) y que mostró que no lo habían doblegado ni las brutales e injustificadas sanciones comerciales ni el congelamiento de sus cuantiosos fondos en bancos occidentales, entonces y sólo entonces los norteamericanos se sentaron a negociar con ellos. Se puede así constatar que, estrictamente hablando, no hay tal cosa como “diplomacia americana”: si ellos no “negocian” desde una posición de superioridad y de prepotencia, entonces no ganan las negociaciones. Y la mejor prueba de ello nos la da el pacto con Irán: lo que los norteamericanos y sus aliados (en este caso al menos) lograron fue imponerle a Irán algo que nunca se contrapuso a los objetivos del gobierno iraní! Para que nos entendamos: Irán, al día de hoy, nunca se propuso desarrollar armas atómicas y eso que nunca se propuso es lo que los americanos le impusieron! Es cierto que el acuerdo está enmarcado en un sinnúmero de restricciones y de condiciones casi humillantes, de formas de vigilancia que son más bien modalidades no muy discretas de espionaje, pero visto todo el proceso de manera global, no se puede ocultar el hecho de que la diplomacia iraní mostró ser mucho más fina y efectiva que la occidental y la americana en particular (dejando de lado un rol serio y bien llevado por parte del Secretario de Estado, J. Kerry, que sería de necios no reconocer). En todo caso, Irán alcanzó sus objetivos fundamentales, entre los cuales podemos mencionar el levantamiento (aunque sea gradual) de las pesadas sanciones económicas, tanto de las impuestas por la ONU como de las emanadas del congreso norteamericano y de sus aliados occidentales, la reanudación de los intercambios comerciales con estos últimos, relaciones benéficas y sumamente prometedoras para ambas partes (hablamos de inversiones inmensas en diversos sectores productivos), el incuestionable engrandecimiento de su presencia en el Medio Oriente sin para ello tener que renunciar a su política de apoyo a Siria y al pueblo palestino. Tiene además las manos libres para firmar nuevos y millonarios contratos de gas y petróleo con China, la India y otros países, adquirir el armamento que requiera (los SS-20 rusos, por ejemplo, si éstos finalmente se los venden) y podrá en general reactivar con ímpetu su economía y elevar el nivel de vida de su esforzada población. ¿Todo eso por no hacer lo que de todos modos no se tenía pensado hacer? No está mal!
Como siempre pasa con acuerdos de magnitudes del que se acaba de concretar, una cosa es el texto y otra las implicaciones, esto es, los racimos de consecuencias que éstos acarrean. No es nunca fácil extraer de golpe y hacer explícito todo lo que está virtualmente contenido en pactos como éste, pero lo cierto es que con ellos súbitamente se iluminan ámbitos de sectores de la vida política cotidiana que aunque los tenemos frente a nosotros permanentemente en general rara vez fijamos nuestra atención en ellos. Yo creo que en este caso, podemos apuntar al menos a dos escenarios políticos de primera importancia en relación con los cuales a no dudarlo el pacto nuclear iraní habrá de producir convulsiones y transformaciones.
El primero concierne a una reconfiguración general del mapa político del Medio Oriente. Por lo pronto, el plan de destrucción de los países musulmanes hostiles a Israel y que había venido cuajando, aunque fuera a un costo altísimo (Irak, Libia, Egipto, Líbano y Siria y que habría de culminar con la destrucción de Irán) ya no fructificó. Siria, y eso es innegable, habrá quedado prácticamente destruida por el ejército mercenario que la invadió, pero el régimen legítimo del presidente Bashar al-Assad se sostuvo y ahora ya no habrá forma de aniquilarlo. Contrariamente a lo que recientemente afirmó un general israelí, es falso que Siria se esté muriendo y que lo único que falte sea su acta de defunción. Irán es un aliado de Siria y es ahora un factor que ya no será posible ignorar. En segundo lugar, el pacto puso al descubierto súbitamente una profunda escisión en el universo político norteamericano. Dejó en claro en efecto que, más allá de las luchas entre republicanos y demócratas, que son básicamente luchas entre grupos de consorcios – puesto que dejando de lado la usual retórica a la que cada uno de los dos grandes partidos recurre, no hay ninguna oposición ideológica fundamental entre ellos – lo que se empieza a delinear es una lucha cada vez más explícita y cada vez más enconada entre los políticos norteamericanos (senadores, representantes, gobernadores) que dependen y están estrechamente vinculados a los intereses americano-sionistas y por ende claramente al servicio de Israel, por una parte, y los políticos que pretenden velar por los genuinos intereses de los Estados Unidos antes que por los de cualquier otro estado, sea el que sea, por la otra. Esta ciertamente es una confrontación que apenas comienza, pero cuyo espectro sin duda se irá poco a poco ampliando y profundizando. Por el momento esta confrontación reviste la forma de un conflicto entre el poder ejecutivo y el congreso, pero es obvio que eso no es más que la punta de un iceberg que poco a poco irá emergiendo. Como es del dominio público, el Congreso está fuertemente dominado por los defensores a ultranza del gobierno israelí por lo que puede en principio bloquear el acuerdo con Irán, pero se expone al veto, ya anunciado, del presidente. Así, pues, dejando de lado las cláusulas técnicas del acuerdo, es obvio que éste tiene implicaciones políticas de largo alcance no siempre visibles, pero que de todos modos es importante intentar descifrar.
De lo que en cambio no cabe duda es de que el gran perdedor con el acuerdo es, evidentemente, B. Netanyahu, el primer ministro israelí. Aquí lo irónico del asunto es que no es improbable que, por desafiar abiertamente la política del presidente de los Estados Unidos confiado en el inmenso poder de los grupos sionistas y pro-israelíes americanos, el propio Netanyahu le haya dado sin querer un fuerte impulso a lo que precisamente a toda costa quería evitar. No hay duda de que, independientemente de su fracaso político, él intentará de todos modos sacarle provecho a su derrota ordeñando al gobierno norteamericano y extrayendo de él un aumento de entre un 30 y un 40 % en el apoyo anual de los más o menos 3,000 millones de dólares que los Estados Unidos desde hace lustros le regalan a Israel año tras año. Se habla ahora de cantidades que oscilan entre los 4,000 y 4,500 millones de dólares. Ningún estado en la historia de la humanidad ha recibido o recibe subvenciones de estas magnitudes, cuya raison d’être sin embargo no es el momento de explorar. Hay, pues, un sentido en el que, a pesar del permanente boicot al que lo sometió y lo sigue sometiendo, también a Israel le convino el acuerdo nuclear con Irán. No obstante, hay un punto en el que el pacto inevitablemente significa la bancarrota moral de la política del actual gobierno israelí y es el siguiente: si un estado, presentado sistemáticamente ante el mundo como “terrorista” y como “promotor del terrorismo”, como lo ha sido Irán, acepta firmar pactos de no proliferación de armas nucleares y llega a un acuerdo según el cual acepta auto-limitar su producción de energía atómica así como una vigilancia extrema y permanente de sus instalaciones, la supresión de miles de centrífugas, la disminución en sus procesos de enriquecimiento de plutonio y uranio y, más en general, se compromete a no intentar producir un arma atómica: ¿por qué entonces Israel sigue siendo la excepción?¿Por qué no negocian y firman también un pacto nuclear el grupo de los 5 + 1 e Israel esta vez?¿Por qué Israel no permite la inspección internacional de sus instalaciones nucleares del desierto de Neguev y en particular del ya obsoleto reactor de Dimona? Es evidente que no se puede sentar a la mesa de negociaciones a Israel por la fuerza, pero lo que se discutía no era eso sino la supuesta supremacía moral de la que gozaba. Uno de los efectos notorios del pacto nuclear con Irán y que está a la vista de todo mundo es que se demostró que la tesis de la superioridad moral de Israel sobre el mundo musulmán no tiene el menor fundamento, no pasa de ser un mito ideológico y que si hay un estado terrorista en el Medio Oriente ese estado no es Irán.
El histórico acuerdo al que llegaron las partes en concordancia con el cual el avance atómico iraní queda confinado a usos pacíficos (medicina, electricidad, etc.) puso también de relieve que cierta retórica ideológica y política ya está descontinuada, completamente desgastada y que si se sigue recurriendo a ella es pura y simplemente por falta de argumentos y de imaginación. Es el caso de todos esos fáciles rapprochements de cualquier situación tensa que de uno u otro modo tenga algo que ver con Israel con situaciones pasadas (el Pacto de Múnich de 1938, el peligro del antisemitismo, los testimonios de sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial y cosas por el estilo). Eso, hay que decirlo, ya no da resultado y ello no sólo porque las comparaciones son cada vez más forzadas, más incongruentes, más fuera de lugar, sino porque a menudo están fundadas en datos que son no sólo cuestionables, sino demostrablemente falsos. Por ejemplo, como se recordará, Netanyahu se permitió llevar para su presentación ante el Congreso a un supuesto sobreviviente de Auschwitz, Elie Wiesel (Premio Nobel, por si fuera poco), al cual los representantes de las dos cámaras le rindieron un prolongado aplauso. El problema es que, como ahora se sabe, dicho personaje ni siquiera lleva en el brazo el tatuaje que forzosamente portaban los prisioneros del mencionado campo de concentración y que de hecho todavía tienen los auténticos sobrevivientes, además de muchos otros datos que hacen pensar que se trata de un fraude completo (su edad no corresponde a la que debería tener, las autoridades polacas no tienen documentos de él, hay otra persona que sí tiene tatuado en el brazo el número que él afirma que era el suyo, la gente que estuvo en el campo no lo reconoce, no habla húngaro, etc. A este respecto vale la pena examinar en los videos correspondientes lo que afirman Brother Nathanael y Alain Soral sobre el caso). Parecería, por consiguiente, que el acuerdo iraní volvió obsoleto el expediente del recurso a lo sucedido durante la Segunda Guerra Mundial como un elemento argumentativo en las discusiones y negociaciones políticas contemporáneas. La confrontación política o diplomática exige, al igual que las negociaciones comerciales o financieras, el uso de argumentos de actualidad, vigentes, no de otra naturaleza.
El acuerdo entre Irán y las grandes potencias está todavía en un estado no embrionario, pero sí fetal. Mientras no esté firmado por el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y por el líder supremo de la República Islámica de Irán, el Ayatollah Khamenei, puede en todo momento desvanecerse. La batalla en el Congreso norteamericano va a ser tremenda, si bien el presidente Obama ya anunció que vetará cualquier resolución tendiente a bloquear su materialización. El problema es que el actual presidente norteamericano no estará ya mucho tiempo más en funciones y así como los pactos se firman también se cancelan. Lo realmente importante para quienes no estamos directamente involucrados en tan complicados procesos es tener bien claro qué se gana y qué se pierde, quién gana y quién pierde, con el acuerdo iraní. El acuerdo, con todos los defectos que pueda contener para una y otra parte, es básicamente un acuerdo de paz, encarna la preferencia por mecanismos racionales de solución de conflictos en lugar del fácil pero muy peligroso y contraproducente uso de la fuerza (que en nuestros días ya no es de falanges y batallas cuerpo a cuerpo sino de armas cada vez más sofisticadas de destrucción masiva), simboliza un muro de contención para políticos megalómanos y demagogos delirantes, fanáticos e irresponsables. Si quisiéramos jugar con visiones maniqueas, diríamos que el Bien acaba de ganarle una partida al Mal. El problema con esta reificación de los valores es que de inmediato tendríamos que pensar en que inevitablemente habrá una próxima jugada en la que lo que podría vencer fueran el odio y la ambición y que con ello de golpe se estropeara lo que con tanto esfuerzo y para beneficio de los pueblos de la región se logró construir.