El Juego de la Democracia

En el universo, el mundo de la vida se diferencia del puramente orgánico por estar permeado por la teleología. Contrariamente a lo que pasa con los fenómenos químicos o físicos, en las situaciones vitales es simplemente imposible no elegir, no optar siempre por algo, sean las que sean las circunstancias. Ahora bien, en lo que a decisiones colectivas concierne, los seres humanos han desarrollado, en marcado contraste con lo que sucede con los animales, lo que podríamos llamar ‘métodos’ para la toma de lo que, se asume, son las mejores decisiones para la comunidad en su conjunto. Sería un error, sin embargo, pensar que sólo los humanos disponen de desiderata para actuar. Leones y lobos, chimpancés y hienas, todos ellos recurren también a lo que son mecanismos de decisión, los cuales en general se reducen a dos: la fuerza bruta y la astucia para engañar al enemigo. La elección y la voluntad del león se hacen sentir a través de sus garras y fauces, en tanto que las del jabalí o del ratón que se hacen los muertos para hacer que sus cazadores pierdan el interés en ellos se manifiestan más bien en la decisión de jugársela el todo por el todo entrando en un estado catatónico, haciendo todo lo que pueden para persistir en el reino de la existencia. Con el homo sapiens sapiens, sin embargo, las cosas cambiaron radicalmente. En efecto, a lo largo de su historia los humanos fueron paulatinamente dejando atrás los procedimientos puramente instintivos para diseñar, con mayor o menor éxito, mecanismos y procedimientos específicos para las tomas de decisiones y cuyo rasgo distintivo es que eran esencialmente racionales. En relación con esto, sin embargo, de inmediato se plantea un problema porque mecanismos, esquemas, métodos o procedimientos para tomar decisiones han sido y siguen siendo de lo más variado. Pero si ello es así, entonces no todos los métodos o procedimientos son igualmente racionales, puesto que de seguro que algunos son mejores que otros y todos se excluyen mutuamente. Pero ¿implica ello entonces que, por naturaleza hay grupos humanos más racionales que otros, más inteligentes que otros? Y ¿quién ocuparía la posición privilegiada que le permitiría evaluar y juzgar con toda objetividad los diversos mecanismos, propuestas y los procedimientos para tomar de manera sistemática las mejores decisiones? ¿Realmente se podría seleccionar un modelo como siendo objetivamente “el mejor” de todos, el mejor posible? Yo francamente lo dudo.

A lo largo de la historia de la humanidad nos encontramos con toda una gama de modelos de organización política que, en sus respectivos momentos, fueron vistos como encarnando el modelo, el ideal de organización política por excelencia. En estas notas deseo abogar por un punto de vista diferente. La idea que yo me propongo defender es más bien la de que lo adecuado o lo inadecuado de un determinado modelo de organización política es en parte una cuestión de congruencia interna, pero es también y ante todo un asunto de relatividad histórica. Para decirlo de manera simple, a distintos contextos histórico-culturales y socio-económicos sólo pueden corresponder algunos modelos de organización política y lo más absurdo que podría pensarse es que hay un modelo, válido para todos los modos de vida y en todas las circunstancias imaginables. El problema es que la postura que rechazo es precisamente la que adoptan fanáticamente los defensores de la democracia. Dicho punto de vista, pienso yo, es esencialmente absurdo y algo no particularmente difícil de rebatir. Examinemos rápidamente el tema.

Consideremos, por ejemplo, la monarquía. De seguro que en cualquier sociedad en la que prevalecieran condiciones de vida como las de la Edad Media europea se tendría que vivir en un régimen de monarcas, nobles y siervos, con todo lo que eso entraña. Dadas las condiciones materiales de existencia, la sociedad civil, la población de la época del feudalismo no habría podido sobrevivir bajo un modelo diferente de organización política. La única forma de mantener a la sociedad aunque fuera mínima pero suficientemente protegida del caos era la de una sociedad estratificada y constituida por gente que hacía guardar el orden y por súbditos que trabajaban para que se les protegiera (a un precio, sin duda alguna, muy elevado por las arbitrariedades e injusticias a las que esa situación de dependencia daba lugar). En sociedades así, la transmisión del poder sólo podía y sólo podría efectuarse por medio de lazos de consanguinidad, porque si así no hubiera sido la sucesión del poder habría acarreado en cada ocasión (por decir algo, cada 30 años) nuevas guerras y nuevos periodos de profunda inestabilidad social. Sugerir que una sociedad feudal se habría podido regir con base en procedimientos democráticos sería abiertamente ridícula. En todo caso y aceptando el dictum hegeliano de acuerdo con el cual todo lo real es racional, es claro que la sociedad feudal estaba regida por una lógica perfectamente inteligible, a pesar de tratarse de una sociedad ajena por completo a la democracia.

O piénsese en la sociedad azteca. De seguro que los mexicas alcanzaron un cierto grado de estabilidad social y de bienestar material y ello en no más de un siglo, pero la idea de que elecciones populares o de luchas entre partidos políticos eran indispensables para el desarrollo y la expansión del pueblo azteca resulta hasta grotesca. Es obvio que sin sus emperadores y sus grandes sacerdotes, el mundo azteca nos resultaría pura y llanamente inconcebible. ¿Se debió acaso su destrucción a que no imperaba en Tenochtitlán una “cultura democrática”? La respuesta es tan obvia que me la ahorro.

Consideremos un caso más extremo todavía para resaltar aún más lo grotesco de la pretensión de ver en la democracia el sistema perfecto o ideal, el sistema que debería imperar en todas las sociedades posibles. Tomemos el caso de los Nhambiquara. Los miembros que quedan de esta etnia siguen habitando en el Mato Grosso, pero sea como sea de seguro que algún orden debe prevalecer entre ellos, es decir, alguien tiene que tomar las decisiones por todos los demás, decisiones que los demás acatan. ¿Acaso se hace ello por medio de elecciones? Que sugerencia tan absurda! Más bien, entre ellos son los viejos, aquellos que tienen más experiencia, los mejor dotados quienes deciden por los demás. Yo inclusive diría que en las circunstancias en las que viven eso que hacen es precisamente lo más democrático imaginable.

Estos ejemplos, deliberadamente fantasiosos, fueron presentados no tanto para demostrar algo por demás obvio concerniente al pasado, sino más bien para resaltar la idea de que es la situación imperante lo que abre el abanico de las genuinas posibilidades de organización política y es sólo de esas posibilidades efectivamente realizables que emerge lo que es la mejor organización política, el mejor modelo político imaginable para la toma de decisiones políticas, y por ende colectivas, de la sociedad en cuestión. No tomar en cuenta dichas “situaciones” y hablar de modelos de organización política al margen de ellas, en abstracto, equivale a auto-descapacitarse para emitir diagnósticos efectivamente explicativos de situaciones políticas, históricas o actuales, y para hacer propuestas serias concernientes a la clase de gobierno que habría que construir y de cómo se debe gobernar. Pero esto nos lleva a plantear nuevos interrogantes, porque si la democracia es de lo más excepcional que pueda haber, si históricamente sólo la encontramos en la Grecia Antigua y ello exclusivamente en Atenas (y con restricciones que hoy en día la vuelven casi irreconocible como sistema democrático), si ni en la URSS ni en Egipto ni en China los pueblos han vivido bajo regímenes democráticos ¿por qué entonces tanta insistencia y tanta alharaca por la democracia? A esta inquietud es preciso encontrarle una respuesta y ésta es relativamente sencilla: la democracia es el modo de organización política ad hoc o propio del sistema capitalista. Éste es el sistema que empezó a gestarse desde fines del siglo XVII, que se desarrolló impetuosamente durante los siglos XVIII y XIX y se consolidó mundialmente en el siglo XX, pasando en el siglo XXI a una nueva fase, a una etapa superior.

Recordemos rápidamente que el capitalismo es básicamente el sistema que se creó cuando se produjo el bien conocido fenómeno de la “acumulación originaria del capital” y que cuenta entre sus rasgos fundamentales la producción de plusvalía, el fetichismo de la mercancía, la enajenación, la división de la sociedad en clases sociales, el trabajo asalariado, la lucha de clases y algunos más. Esto es bien sabido, pero lo que requiere explicación es por qué sería la democracia el sistema político apropiado para el capitalismo. Ello es así ante todo por razones económico-sociales, es decir, porque en el capitalismo todos en principios somos agentes económicos, en el sentido de que o se es propietario de medios de producción o se es alguien que para vivir tiene que vender su fuerza de trabajo. Este es el esquema original, propio del capitalismo en su fase industrial, pero se ramifica y complica en la etapa de auge del capital financiero y especulativo, que es la de nuestros tiempos. Así, es porque se nos convierte ab initio en potenciales agentes económicos que las personas adquieren el derecho de participar (en forma proporcional, esto es, mínima) en los procesos de toma de decisiones. El problema, naturalmente, es que la participación al estilo Atenas de asamblea deliberativa de algunos propietarios adultos masculinos es fácticamente imposible en nuestras sociedades. El modelo ateniense, por lo tanto, se tiene que modificar. La propuesta democrática consiste entonces en concederle al ciudadano una migaja de participación vía procesos electorales. El problema es que procesos así tienen condiciones para poder llevarse a cabo satisfactoriamente que son tremendamente restrictivas, condiciones que casi convierten a la “participación popular” en una especie de farsa política. Los ciudadanos pueden participar, pero las condiciones de su participación las fijan otros.

La primera condición para o en el juego político de la democracia es la realización de las contiendas a través de partidos políticos. Llevado a su última expresión, el juego de la democracia se reduce entonces al bipartidismo y a la emisión de un voto por cada participante. No podría entonces extrañar a nadie el hecho de que desde que se instauró en el mundo occidental la democracia haya tenido incontables opositores, los cuales han ofrecido muy variados argumentos en su contra. Algunos de ellos son fáciles de refutar, pero es importante entender por qué fallan. Por ejemplo, hay quienes piensan que es una injusticia que individuos sin cultura y sin conciencia política tengan la misma prerrogativa política de participar en elecciones que personas letradas y cultas. El argumento es malo por la simple razón de que va dirigido hacia un aspecto de la situación que es irrelevante, puesto que lo único que cuenta es que potencialmente cualquier ciudadano puede vender su fuerza de trabajo y es eso lo que lo convierte en un homo economicus y, por consiguiente, en un ser con el derecho a participar en los procesos políticos electorales de su sociedad una vez cada cuatro, seis o siete años, y nada más.

Podemos ahora sí aceptar la idea de que el sistema político partidista democrático es el que mejor embona con el capitalismo, en cualesquiera de sus fases, pero ahora se nos plantea otro problema: ¿qué pasa si en el sistema capitalista son sólo los magnates y los dueños del dinero y de los medios de producción quienes disfrutan y aprovechan todo lo que el sistema puede ofrecer (y que se podría repartir) sin que el sistema mismo incluya siquiera la posibilidad de modificar la estructura social que tiene dicho efecto? ¿Qué pasa si el capitalismo contemporáneo es esencialmente un sistema de vida que inevitablemente esclaviza a billones de personas, que somete a los ciudadanos a procesos indefendibles de embrutecimiento por medio de videos, televisión, radio, inteligencia artificial, periódicos, etc., oprimiéndolos por medio de toda clase de privaciones, impuestos, guerras y demás, mientras que una minoría escandalosamente reducida se apropia y usufructúa la riqueza del planeta? Si esa es realmente la situación, parecería que lo que hay que hacer es modificar radicalmente o, eventualmente, destruir el sistema en cuestión. Teóricamente ello es correcto, pero ¿cómo se logra eso?

A primera vista no hay más que dos formas de lograrlo: desde afuera, que es el cambio revolucionario y la implantación de un régimen drásticamente opuesto al democrático, o desde dentro, en cuyo caso el cambio consistiría en la implementación paulatina de medidas políticas y sociales que vayan poco a poco minando los mecanismos de opresión permanente a los que se ven sometidos los ciudadanos de las sociedades democráticas. Lo que en todo caso es crucial entender en relación con esta segunda posibilidad es que el cambio político significativo no se logra operando por medio de los mecanismos propios de toda campaña democrática (carisma de candidatos, propaganda desbocada, cúmulos de promesas sistemáticamente incumplidas, etc.), sino modificando los contenidos de los programas políticos que se propongan y haciendo que los ciudadanos estén conscientes de ello. Si los votantes no aprenden a discernir entre programas reproductivos y programas correctivos del sistema, la segunda opción de cambio queda automáticamente bloqueada. Naturalmente, esto es lo que en general sucede.

Sin duda, se puede argumentar que en el pasado el sistema democrático, que era la expresión política del sistema capitalista, representó el progreso, pero es igualmente evidente que en la actualidad el sistema en cuestión está en crisis, por lo menos en el siguiente sentido: es un constructo económico-político-social y cultural en el que los beneficios a los que teóricamente los ciudadanos deberían tener acceso están de facto políticamente bloqueados para ellos, es decir, el sistema ya no tiene la capacidad de proporcionárselos. En otras palabras, con el sistema capitalista actual lo que está en entredicho es el futuro de la población mundial, el futuro de la humanidad.

Es claro que cuando un sistema de vida se ve hundido en contradicciones tan grandes como las que se viven ahora, en contradicciones para las cuales ya no se tienen mecanismos de solución, el sistema en cuestión empieza a funcionar de manera desordenada y cada vez más dañina, generando resultados cada vez más absurdos e inaceptables para las grandes mayorías. El sistema capitalista alcanzó ya esa fase, que es la fase de la injusticia económica radical, en la que la represión (policiaca e ideológica) es cada vez más brutal, el discurso político cada vez más vacuo e inoperante, la representación política cada vez menos real y en la que personajes como J. Milei, B. Netanyahu, E. Macron y D. Trump pueden entrar en la escena política y dirigir de la manera más arbitraria posible (e inaceptable) los destinos de sus pueblos. El capitalismo evolucionó de modo que un presidente de los Estados Unidos, como lo es Trump, puede tranquilamente traicionar a su propio movimiento, que uno como Milei puede impunemente lanzar a la calle a los jubilados que esperan sus medicamentos a las puerta de los hospitales, que (como Nerón en Roma) un presidente de la República Francesa, como todavía lo es Macron, puede dejar que París se incendie mientras él plácidamente asiste a un concierto de una baladista, que un tirano y criminal de guerra que lleva más de 20 años en el poder, como Netanyahu, pueda (como Herodes) mandar asesinar a miles de niños (en este caso, palestinos) y arrasar con todo un pueblo sin ser juzgado por sus delitos o que un impostor y un farsante como lo es Zelensky pueda fríamente destruir todo un país (su país!) y no pase nada. O, mejor dicho, no pasa nada mientras los pueblos lo toleren y lo soporten. Ahora bien, lo interesante es lo que la situación global lógicamente implica, a saber, que el sistema capitalista, en su estado terminal de putrefacción social y política, en lo que desemboca es en la necesidad de ponerle un punto final al modo democrático de gobernar tal como lo conocemos y padecemos aquí y ahora.

La crisis básica del sistema capitalista actual no es el exceso de población mundial, la pobreza extrema de múltiples pueblos, la destrucción del medio ambiente, la disminución forzada de la oferta de trabajo, etc., sino que se manifiesta en el hecho de que para que los problemas generados en su seno puedan en principio resolverse, el sistema imperante ya no tiene otra propuesta que la guerra. Vivimos en la etapa de la democracia capitalista en la que la solución a los problemas sólo la puede proporcionar la guerra. La guerra como solución de problemas, por paradójico que suene! Es como si dijéramos “el cáncer como solución para el paludismo”. Todo esto se deriva del hecho de que, en su evolución, la democracia capitalista fue perdiendo objetivos fundamentales que habían estado incorporados en el proyecto originario, como el bienestar de los pueblos en donde había quedado establecida. En la actualidad, sin embargo, la idea a la que se aferran los gobernantes es que el pueblo es un mero instrumento para la satisfacción de las insaciables y cada vez mayores ambiciones de los dueños del mundo. La guerra de Ucrania y la bestial masacre de Gaza son excelentes ejemplos de ello.

Es evidente que la solución para los problemas propios del capitalismo de nuestros tiempos no es más capitalismo y más democracia. Esa es una propuesta política falaz y tramposa. La solución para los problemas insolubles del sistema capitalista es el socialismo, entendido éste como un programa global de re-estructuración social, de un reparto mucho más equitativo y razonable de la riqueza planetaria, de abolición de las brutales asimetrías económicas, de cambio radical en el modo de vida de explotación del hombre por el hombre (empezando por la urgente tarea de ponerle coto al trabajo infantil), de reconstitución de la familia tradicional y de la recuperación de la libertad de pensamiento, palabra y acción. Con cambios así vendrían muchos más y podríamos hablar para los habitantes del mundo de un nuevo Renacimiento.

Por último, no estará de más recordar que un rasgo distintivo del capitalismo del siglo XXI es que por encima de los gobiernos de los países está la gran estructura conformada por los bancos y las grandes empresas trasnacionales. Dicha estructura, por razones que ya hemos proporcionado en otros artículos, pertenece a los grandes capos del sionismo mundial. Tenemos con ello una brújula política infalible: sabemos a priori que los sionistas le darán todo su apoyo (que es sumamente poderoso) a la aburrida verborrea en favor del desgastado modelo democrático; sabemos también que sus enemigos son nuestros amigos y protectores. Por consiguiente, sabemos que la razón histórica está del lado de Irán, del pueblo palestino, del gobierno del presidente Lulla, de la Federación Rusa, de la República Popular de China, de la República Popular Democrática de Corea, del gobierno de Burkina Faso, de Cuba y de muchos otros países. En todos esos países lo que cuenta son los programas sociales, las posibilidades de tener un trabajo, los beneficios de la educación, etc. Ninguno de estos proyectos está exento de debilidades o inclusive de defectos, pero comparando las posibilidades de desarrollo personal sin la tara de estar disfrutando de bienes sobre las espaldas de muchas otras personas con miseria administrada desde las cúpulas del sistema actual automáticamente hacen que las objeciones de desvanezcan. La lucha contra un sistema de vida esclavizante es al mismo tiempo la lucha contra sus formas de gobierno y de manipulación de las masas. Si para terminar con el diabólico sistema capitalista se tiene que dejar de bailar al son de la engañosa democracia, lo único que podemos decir es que ya es hora de cambiar de juego y de imponer formas de gobierno que antepongan de manera efectiva y a lo largo y ancho del mundo los genuinos intereses de nuestros congéneres, los seres humanos.

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