Es un hecho que ni siquiera la verdad es inmune al paso del tiempo: una oración o una fórmula que en un momento dado encapsula un sorprendente descubrimiento tiempo después se vuelve una trivialidad y un lugar común. Yo creo que esto es exactamente lo que pasa con una terrible verdad que la población mundial todavía no digiere, a saber, que el mundo contemporáneo simplemente no se explica sin el sionismo. Decir eso hace 30 años era hacer una afirmación provocativa que de inmediato incitaba al debate. Decirlo ahora es decir una trivialidad. Por ello, lo menos que podemos afirmar de todo aquel que siga tratando de explicar la situación mundial en términos de países y de presidentes, de “derecha” e “izquierda”, de “visión progresista” o de “concepciones retrógradas”, etc., etc., es que tiene un pensamiento francamente rezagado. El rezago consiste en pretender aplicar más allá de su horizonte legítimo un enfoque de la realidad mundial que había sido el adecuado hasta 1948, que es el año en el que la Organización de las Naciones Unidas reconoció al Estado de Israel, pero que a partir de ese momento se volvió obsoleto. En verdad, es imperativo que la gente común, el ciudadano de a pie, el hombre normal entienda que con el hecho histórico mencionado, a primera vista anodino, i.e., el reconocimiento de un nuevo país, empezó para la humanidad en su conjunto un nuevo período, una nueva era: la era del sionismo. Por qué es tan importante dicho evento político es algo que, muy a grandes rasgos, trataré de explicar en las páginas que siguen.
Obviamente, lo primero que tenemos que preguntarnos es: ¿qué es el sionismo? La respuesta es relativamente simple: básicamente, el sionismo es a la vez un muy potente movimiento político, de inmensas repercusiones económicas, militares, etc., y una un tanto simplona pero nítida ideología. Constituye un programa político de amplio espectro, de alcances universales y es propio de un determinado grupo humano que, por delirante que parezca (no lo es), tiene como objetivo último el control y el dominio del mundo. Se trata de un movimiento eminentemente judío pero al cual, bajo condiciones no muy difíciles de discernir, se pueden incorporar también personas que no son de origen judío o que no profesan la religión judía. Bill Gates, por ejemplo, no es judío, pero obviamente es un sionista. Dicho movimiento, sin embargo, no está abierto al gran público, no es para (expresándome coloquialmente) “Juan pueblo”. El ser parte de ese movimiento es algo que se decide en la práctica, no a priori. Ahora bien ¿en qué se basa el movimiento sionista? Éste se funda, en primer lugar, en un arrollador poder económico sobre la base del cual emerge un inmenso poder político, con todo lo que éste conlleva. Para sintetizar lo que estoy diciendo, podría sostenerse simplemente que el sionismo es el movimiento político de los multibillonarios judíos.
Por su parte, la ideología sionista es una ideología impúdicamente segregacionista, declaradamente racista, abiertamente supremacista y descaradamente revanchista. La “plataforma teórica” del sionismo la constituyen ante todo el Antiguo Testamento y textos rabínicos como el Talmud. Esto último permite inferir que la doctrina sionista no tiene ni pretende tener una fundamentación racional o científica ni se inscribe en ninguna tradición humanística reconocida, sino que más bien se deriva de una lectura fácil y totalmente arbitraria de textos bíblicos que raya en lo absurdo. El sionismo no es una teoría sino una doctrina de carácter y de objetivos esencialmente prácticos.
Antes de considerar unos cuantos datos y hechos, será útil distinguir entre judaísmo y sionismo. Ciertamente, el segundo “brotó”, cuando las circunstancias históricas fueron adecuadas para ello, del primero, pero se trata de cuerpos de pensamiento independientes. Es evidente de suyo que no había judíos sionistas en, e.g., el siglo XIII, ni es el sionismo una concepción del pueblo judío y de su posición en el mundo que el judaísmo forzosamente tenía que engendrar. La relación entre judaísmo y sionismo es contingente, puesto que es perfectamente imaginable que el judaísmo hubiera evolucionado de modo que se hubiera convertido en una religión de amor y no en una vulgar doctrina de ambiciones desmedidas y de odio generalizado e irrestricto. Como todo lo que tiene que ver con el judaísmo, la situación es compleja, porque si bien en ciertas circunstancias la inmensa mayoría de los sionistas son judíos también es cierto que hay sionistas que no son judíos y, por otra parte, aunque la inmensa mayoría de los judíos (por muy variadas razones) son sionistas, también es cierto que hay cada vez más judíos distanciados del movimiento sionista (en unos países más que en otros, en ciertos medios más que en otros). Todo ello tiene un carácter circunstancial. Esto que hemos presentado es algo así como el marco general en el que debe insertarse la narración de los hechos relevantes.
Consideremos rápidamente la idea de génesis, obviamente una idea importante en la religión judía. Nuestra pregunta es: ¿cómo es que se llegó a este estado de cosas? Es eso lo que queremos comprender. Son varios los factores que hay que tomar en cuenta. El primer dato histórico es el de la prácticamente nula integración durante siglos de las comunidades judías en las sociedades cristianas. Esto es importante, porque deja ver que el sionismo es ante todo un fenómeno occidental, en primer término europeo y en segundo lugar norteamericano. Está, en segundo lugar, lo que podríamos denominar la “apropiación” por parte de minorías judías del sistema nervioso central de la sociedad capitalista, esto es, de la banca mundial. A partir sobre todo del siglo XIX se fue dando en los países de Europa Occidental (muy en especial pero no únicamente en el Reino Unido, Francia y Alemania) una especie de fusión entre las super-ricas minorías judías y los distintos gobiernos nacionales. Por otra parte, gracias en gran medida a reformas sociales, impulsadas en el continente desde la época de Napoleón, a las masas judías, acostumbradas a vivir en ghettos del pequeño comercio, se les fueron abriendo las puertas de la integración social y muy rápidamente fueron encontrando su lugar en la vida comercial, cultural, académica, etc., de las sociedades a las que pertenecían. Como era de esperarse, sus statu sociales, sus niveles de vida, su acceso a la educación etc., mejoraron notoriamente y se convirtieron en comunidades económica y socialmente cada vez más exitosas. Concomitantemente, su influencia en la vida política, comercial, cultural, etc., de los países se fue ampliando e intensificando. Un símbolo de este progreso histórico lo tenemos en, por ejemplo, el primer ministro británico de la época de la reina Victoria, i.e., Benjamín Disraeli, con quien gracias a su hábil influencia en la reina se fusionaron las élites judías y el gobierno británico. La familia Rotschild ilustra esto a la perfección. Naturalmente, este proceso siguió desarrollándose silenciosamente en todas partes.
Por otra parte, desde mediados del siglo XIX el flujo de judíos, sobre todo de Europa Oriental y especialmente de Rusia, hacia los Estados Unidos se intensificó de manera extraordinaria. Como las poblaciones judías nunca contaron con una clase campesina, las incesantes olas de judíos que llegaban a los Estados Unidos se concentraban en Nueva York. Yo creo que hoy por hoy podemos decir que esta ciudad es la ciudad judía por excelencia: plagada de toda clase de comerciantes y de prestadores de servicios y conformando, de acuerdo con la tradición, nuevos ghettos. Brooklin, o al menos ciertas zonas de Brooklin, son un auténtico ghetto, pero no uno miserable como los de Polonia o de la Rusia zarista, sino un ghetto en el que todo está en hebreo y en donde quienes no son judíos no son bienvenidos. El tremendo éxito a principios del siglo pasado de la “Gran Manzana”, de los teatros y del incipiente cine fue tal que forzaron a sus dueños a inventarse una nueva ciudad para poder expandir sus negocios. Crearon entonces Hollywood. Quizá hasta sea redundante recordar que los dueños de todos aquellos famosos estudios, Metro Goldwyn Mayer, Universal Films, 20th Century Fox, Columbia, Warner Brothers, etc., eran judíos. En aquella época no eran sionistas, ahora lo son. Así, poco a poco y sin que ello respondiera a un plan premeditado, se fueron sentando las bases para lo que muchos años después sería un férreo control mediático, cultural y propagandístico en lo que en muy poco tiempo se convertiría en el país más poderoso del mundo. Así, paulatinamente, después de haber solidificado su posición económica, social y cultural en los Estados Unidos, los miembros de lo que podríamos considerar como la última migración europea hacia ese país se fueron infiltrando en las esferas de poder. Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el gabinete del Presidente F. D. Roosevelt, conocido como el “Trust de Cerebros”, ya incorporaba a múltiples judíos norteamericanos destacados y reconocidos en sus respectivas áreas, como L. Brandeis, H. Frankfurter, Benjamin, V. Cohen, entre otros. Cuando estalló el conflicto entre Gran Bretaña y el Tercer Reich, en los años 30 del siglo pasado, la comunidad judía mundial, dirigida por sus élites, apoyó cien por ciento al gobierno británico y entró también oficialmente en guerra con Alemania. Hay inclusive una bien conocida declaración de guerra en contra del Tercer Reich por parte del Consejo Mundial Judío. En todo caso, dado el desenlace y sobre la base de lo expuesto podemos afirmar lo siguiente: con muy diferentes costos en cada caso, costos materiales y humanos terribles, lo cierto es que los auténticos vencedores de la Segunda Guerra Mundial fueron los Estados Unidos, la Unión Soviética y la comunidad mundial judía.
Ciertamente, con el fin de la guerra en 1945 se inició un período nuevo, por lo menos en algunos sentidos y para ciertos efectos pero, contemplando las cosas retrospectivamente, en lo que a la evolución del mundo concierne, el inicio de la verdaderamente nueva era no es el 7 de mayo de 1945, cuando el Mariscal W. Keitel firmó la rendición incondicional de Alemania, sino el 14 de mayo de 1948, que es cuando oficialmente se funda el Estado de Israel. Es en esa fecha fatídica, con ese singular evento político que, sin duda no para bien de la humanidad, se inició un nuevo periodo histórico. Ahora bien, lo que para nosotros es decisivo es el hecho de que, a partir del momento en que Israel fue inventado, el sionismo automáticamente se transmutó: dejó de tener ciertos objetivos, como el de la creación de un Estado para los judíos de la diáspora, para en su lugar desarrollar una política mucho más agresiva de expansión y de dominio, en todos los sentidos y en todos los contextos. Como si fuera el paso lógico a dar, los dirigentes sionistas transitaron del ideal de la superioridad pecuniaria al del poder sin límites. Ello es hasta cierto punto comprensible: si habían tenido la fuerza para contribuir a la derrota de Alemania y para crear un nuevo país de seguro que también la tendrían para imponer su voluntad en el mundo occidental, puesto que las condiciones para ello ya estaban dadas. Fue a eso a lo que desde ese momento los nuevos dirigentes sionistas se abocaron, eliminando física o políticamente, uno por uno, a los adversarios que fueran surgiendo. Así cayó J. F. Kennedy y así fue derrocado el Gral de Gaulle. Los dirigentes sionistas entendieron a la perfección que no sólo disponían de un inmenso e incomparable poder económico (financiero, comercial) y político, concentrado sobre todo en los Estados Unidos y en algunos países de Europa Occidental, sino que ahora podían ya pensar en tener también un inmenso poder militar. Asegurados el poder económico, el político y el propagandístico tanto en Norteamérica como en Europa, desde la plataforma de ese nuevo imperio invisible empezó a aplicarse no sólo una brutal política de expansión territorial, sino también una política de injerencia en multitud de países. Las diversas “administraciones” norteamericanas empezaron a trabajar abiertamente para beneficio de Israel. Así, se destruyeron Libia, el país africano más rico y con el mejor nivel de vida del continente, Siria, Irak, Líbano, se dividió Sudán y hasta se retó a Rusia con la guerra de Ucrania porque, como lo he expuesto en otros artículos, la guerra de Zelensky es esencialmente una guerra sionista, escondida desde luego detrás de una absurda guerra supuestamente ucraniana. Asimismo, hay que observar que múltiples instituciones internacionales están de facto en manos sionistas. No hay más que echarle un vistazo a los dirigentes, los CEOs de opulentas empresas trasnacionales, como Pfizer, los altos funcionarios de múltiples instituciones públicas, como el Banco Mundial, para entender que el dominio del mundo no tiene por qué hacerse con estandartes y con bayonetas. En nuestros tiempos, basta con manejar desde las sombras los hilos de las instituciones, basándose para ello naturalmente en un poder económico, político y propagandístico que no tiene rivales. Esto último, sin embargo, es algo que habrá que matizar.
Llegamos a un punto que me parece de primera importancia resaltar y que tiene que ver con la formación de la clase política israelí y con la política que está empeñada en imponer. Los actuales dirigentes del sionismo mundial, cuya plataforma formal la constituye el Estado de Israel, conscientes de que las élites judías en todo el mundo occidental manejan las políticas de los países a través ante todo de su tenaz control de los diversos gobiernos de Europa y los Estados Unidos, están ensoberbecidos y se encuentran en un estado permanente de delirium politicum. Están, por ejemplo, ansiosos de vengarse ahora por siglos de hostigamiento de las comunidades judías por parte de los cristianos europeos, aunque la culpa de dicho hostigamiento se debiera en gran medida a sus propias autoridades rabínicas por un sinnúmero de razones; ellos sueñan con un país sin fronteras, que se extiende, por así decirlo, ad infinitum, expulsando de ese país imaginario a sus habitantes originarios y si es necesario exterminándolos, que es lo que en realidad han venido haciendo con el pueblo palestino inclusive desde antes de que se formara Israel como país. Todos sabemos de las atrocidades de la Nabka, de las permanentes salvajadas de los mal llamados “colonos”, de la brutalidad cotidiana de las fuerzas policiacas, militares y hasta paramilitares ejercida desde la formación del Protectorado británico en Tierra Santa, creado en 1919 por los ingleses en pago al apoyo brindado por el juez L. Brandeis para que los Estados Unidos entraran en guerra en contra de Alemania y se evitara así la ignominiosa derrota del Imperio Británico. Como es de esperarse, esta sensación de omnipotencia de los dirigentes judíos actuales genera en los sionistas de todo el mundo un entusiasmo sin antecedentes ni paralelos en la historia judía. Por primera vez son ellos quienes invaden, destruyen, masacran, violan, roban y torturan a cientos de miles de personas indefensas y cuya única culpa es la de haber nacido en esas tierras. En síntesis: aprovechando al máximo un poder económico que podríamos calificar de “infinito”, los sionistas llevaron a cabo una nueva clase de revolución: se apoderaron de los gobiernos de las potencias occidentales pero no por las armas, sino desde dentro, mediante mecanismos silenciosos de corrupción, sirviéndose siempre de otros, generosamente comprados desde luego, para que las decisiones que se tomen sean sistemáticamente las que a ellos convienen. Los dirigentes sionistas no entran en contacto directo con las masas, con los pueblos. No saben mucho del contacto genuino con los ciudadanos, con las personas. El rasgo distintivo de su imperio consiste en que lograron constituirse en los jefes (por no decir ‘los amos’) de los gobernantes. Por eso no se les ve, no se les detecta, no se les percibe, pero se les siente. Por otra parte, y como un elemento fundamental de su perfil ideológico, está la exaltación de valores repudiados por la humanidad en su conjunto, valores como la crueldad, la indiferencia total hacia el dolor humano, la exaltación estrafalaria de la injusticia, la idea ridícula de que se descubrió algo así como un corte biológico entre los judíos y el resto de los goim, a los que ahora se ven como simples “reses humanas”. En aras de sus objetivos, ellos crearon generaciones de israelíes mutilados moralmente, gente que no siente como nosotros, gente que ve como una diversión el bombardeo de una mezquita repleta de fieles, seres humanos a quienes les robaron su esencial vinculación con sus congéneres. Por eso el ejército israelí es el ejército más odioso de todos los tiempos, el ejército más hipócrita y más cobarde que se pueda imaginar, formado por soldados que se conducen como mercenarios, alevosos y sádicos cuando pueden y como cobardes y desquiciados cuando tienen que luchar al tú por tú. Es en eso y más en lo que inevitablemente el sionismo triunfante y soberbio desemboca. Por ello en la actualidad la verdadera guerra en el planeta no es entre, digamos, Alemania y Rusia o Francia e Inglaterra o entre España e Italia, sino entre los sionistas y el resto de los seres humanos. Podemos augurar, aquí y ahora, que aunque ciertamente no se producirá mañana, la derrota del sionismo será brutal, total y definitiva. Un aspecto particularmente detestable de la cultura sionista pero, al parecer, esencial a ella, es el odio al cristianismo, un odio que se manifiesta en la destrucción de todo lo que sea considerado un lugar sagrado, una reliquia, un monumento, documentos, todo. Y lo mismo con el Islam: pocas cosas hacen que los sionistas exulten como la demolición de una mezquita, la profanación de cementerios, las ejecuciones en masa y las tumbas colectivas de niños palestinos. El impulso sionista no es de conquista y pacificación, sino de conquista, destrucción y muerte.
La conquista israelí de los gobiernos norteamericano y europeos (no hay nada más cómodo para manipular los destinos de los pueblos europeos que la creación de un organismo que los englobe y los controle, como la Unión Europea) pasó ya a la siguiente etapa que es la dominación de los países de América Latina. A través del gobierno norteamericano, los países del continente americano se ven forzados a acceder a hacer negocios con Israel, a aceptar que ellos entrenen a sus fuerzas del orden y a sus militares, a que les compren armas a sus compañías, a que adquieran sus productos electrónicos y de computación, a permitir que se lleven el agua de sus comunidades y, entre otras muchas cosas, se les obliga a permitir que los sionistas construyan sus “ciudades independientes”, los nuevos ghettos de la etnia privilegiada en un subcontinente que hasta entonces casi ni los conocía. El sionismo constituye la nueva nobleza mundial, la constituida por seres de nuestra especie que se permiten absolutamente todo, como el caso del bandido Epstein lo pone de manifiesto. Los nuevos nobles trafican sexualmente de manera indistinta con mujeres que con niños, es decir, no le reconocen derechos a los demás. Los límites a su conducta los fijan no las leyes, que ellos no respetan (como lo pone de relieve el caso de la Corte Internacional de Justicia, cuya orden de arresto del criminal genocida que es B. Netanyahu nunca será acatada y en cambio el juez que la emitió fue ya víctima de bochornosas calumnias de carácter sexual), sino en última instancia de la paciencia de las personas, es decir, de los pueblos. Uno se pregunta: ¿por qué un sujeto tan despreciable como el jefe de los servicios de seguridad de Israel, el execrable Itamar Ben Gavir, puede darse el lujo de caminar sonriente sobre una alfombra humana formada por cuerpos de palestinos arrestados? Ni Heinrich Himmler se permitió alguna vez hacer algo como eso! ¿Por qué él sí? La respuesta es simple: porque él forma parte de la maquinaria administrativa que sostiene al imperio sionista, un imperio en el que los sionistas, judíos u otros, se auto-consideran ontológicamente superiores a los demás. Que no se nos olvide que “los demás” podemos serlo en cualquier momento cualquiera de nosotros.
Los sionistas repiten ad nauseam que ellos son los “hijos de Dios”, el “pueblo elegido” y cosas por el estilo. Deberían, sin embargo, aceptar que esa retórica no tienen ningún valor en una discusión seria. Su función es otra. En este caso, es claro que el fundamento de proclamaciones como esas no es de carácter religioso sino más bien eminentemente monetario. Es la riqueza material de unos cuantos lo que da pie a toda esa absurda e incalificable política del sionismo. Independientemente de ello, para nosotros lo interesante del caso es que tampoco no podemos no ver que la creación del imperio sionista dista todavía mucho de estar terminada y que ya tiene fisuras y puntos débiles. Irán, por ejemplo, resultó ser un país de arcángeles: el heroísmo del pueblo iraní nos anuncia que no todo está perdido y que la humanidad puede en principio ser defendida de enemigos mortales; y no debería pasarse por alto que el pueblo norteamericano está empezando a abrir los ojos. Por todas partes los seres humanos están empezando a detectar la fuente de muchos de sus innecesarios problemas. Yo creo que no tiene mucho caso intentar hacer predicciones, porque en situaciones como la que nos atañe es muy fácil sustituir predicciones, por serias que sean, por mero wishful thinking. No obstante, estamos convencidos de que tarde o temprano la pesadilla sionista terminará. Vendrá entonces el juicio final y la plataforma para el veredicto será el inenarrable e injustificado dolor causado a millones de personas y la indeleble mancha de haber pretendido auto-considerarse como una especie diferente del género humano.