Difícilmente podría dudarse de que la violencia es congénita a la vida animal. Los animales tienen que matar para sobrevivir y, tratando de hacer caso omiso de toda una variedad de prejuicios culturales, podemos sostener que la vida, inclusive en su versión más elemental, está esencialmente ligada al dolor. Cuando un oso atrapa a un retoño de alce y los descuartiza, el animal cazador oye los quejidos de su pequeña presa, pero eso no lo detiene: él cumple con los designios de la naturaleza y no hay nada que hacer al respecto. Con el Hombre (y con este término me refiero, obviamente, tanto a hombres como a mujeres), sin embargo, el panorama cambia: la violencia se intensifica, se tecnifica y surge un fenómeno nuevo, que es la guerra. Entre los animales hay cacería, se comen unos a otros, pero no hay guerras. Lo que más se asemeja a una guerra es la feroz rivalidad entre ciertas especies, como la confrontación que se da entre leones y hienas por territorios y presas. Sin embargo, no podríamos decir que se trata de una lucha entre felinos y hyaenidae, porque igualmente intensas son las luchas entre leones y leopardos, siendo ambos felinos. Dicho de otro modo, ni el concepto de odio ni el concepto de guerra ni el concepto de exterminio son conceptos aplicables sin más en el reino animal. Por eso pocas cosas hay tan erradas y tan torpes como esos (por otra parte, magníficos) documentales en los que las presentaciones de la vida animal vienen en términos de, e.g., “tiburones asesinos”, “hienas desalmadas”, “leones depredadores”, etc. Presentaciones así son esfuerzos tan fútiles como ridículos para presentar el mundo animal por medio de categorías humanas y los directores y productores de esas mercancías culturales se percaten siquiera de que lo que hacen es tergiversar por completo la, por así decirlo, “lógica” de la vida animal. La pretendida humanización, en este como en muchos otros casos, sólo puede tener connotaciones negativas. Hasta donde se me alcanza, no encontramos entre los animales fenómenos de esclavitud, de matanzas masivas o de sufrimiento innecesario. Todo eso y mucho más surge sólo con los seres humanos.
Que con el homo sapiens la vida sobre la faz de la Tierra cambió cualitativamente es algo que no podría sensatamente ser puesto en duda. Es altamente probable que en sus orígenes hubieran existido diversas especies de humanos, así como hay diversas familias de felinos. Hipótesis al respecto hay muchas, pero aunque no podemos tener certezas positivas, creo que sí podemos tener al menos algunas certezas negativas. Por ejemplo, es posible que nuestros ancestros efectivamente hayan surgido en lo que hoy es la República de África del Sur y que hayan emigrado poco a poco hacia el norte para después pasar a Asia Menor y a Europa, pero es totalmente implausible que los Neandertales hubieran tenido el mismo origen. Los primeros eran de raza negra; los segundos eran blancos, seres de climas fríos. Pero entonces ¿por qué y cómo desapareció esa tan interesante variante de seres humanos que eran los Neandertales? Dos posibles respuestas son las siguientes: o se mezclaron con los que venían del Sur o éstos pura y llanamente los exterminaron. En otras palabras, la violencia, la pasión por dominar, el deseo de hacer daño y de imponer su voluntad son parte integral de la vida humana, puesto que están presentes desde sus inicios. Con el tiempo, estas tendencias humanas se fueron reforzando y materializando en concordancia con los avances en el ámbito de la cohesión social y del progreso material. Esto es algo no muy difícil de hacer ver.
Automáticamente, a partir del momento en que los hombres primitivos dejaron de ser nómadas, en que empezaron a deslindarse los diversos grupos humanos unos de otros en función de sus lugares de residencias, lenguajes, mitos, etc., empezaron las rivalidades y, por consiguiente, las luchas entre ellos, luchas de conquista, de saqueo, de esclavización y demás. Así fueron surgiendo de diverso modo y con diversos ritmos históricos los grandes imperios de la humanidad: el imperio persa, el imperio chino, el imperio romano, etc., etc. Por razones que pueden darse pero en las que no tenemos para qué entrar, lo cierto es que el centro de la vida humana se fue circunscribiendo a Europa y dentro de Europa a unos cuantos países. Podemos por ello afirmar que, básicamente, franceses, ingleses, españoles y portugueses se repartieron el mundo, siendo como todos sabemos el imperio español y el imperio británico los más extensos. Los franceses nunca tuvieron, ni siquiera con sus “colonias” africanas, un imperio de esas magnitudes. Lo que en cambio sí tienen en común todos esos imperios es que se construyeron a sangre y fuego con, por delante, la espada, el arcabuz, los cañones, las carabelas, etc., y, en algunos casos, la cruz. Esto último se reduce, en lo esencial, al caso de Carlomagno en Europa y de los españoles en América. Ni los ingleses ni los franceses estaban particularmente interesados en convertir a su religión a las poblaciones conquistadas. La evangelización es típica y casi exclusiva del Sacro Imperio Románico de Occidente y de España.
Lo anterior no significa que otros países, aunque haya sido en una escala mucho muy inferior, no hayan contribuido con brutalísimos procesos de conquista, rapiña y explotación. Bélgica es un buen ejemplo de ello. El rey belga Leopoldo II se auto-adjudicó lo que se llamó el ‘Estado Libre del Congo’, de cuya riqueza mineral se apropió y para lo cual se vio en la “necesidad” de exterminar a 10 millones de personas. Ahora bien, no es mi propósito volver a narrar lo que ya todo mundo sabe. El punto que me interesa destacar es simplemente el de que, hasta hace algún tiempo (que intentaré de alguna manera situar en el tiempo), las guerras de conquista tenían por lo menos dos características fundamentales: eran de carácter geográfico o espacial y se llevaban a cabo de la manera más salvaje y cruel posible. Se trataba de guerras de anexión y esclavización llevadas a cabo sin prejuicios morales. Eso, como intentaré hacer ver, ha cambiado.
El siglo XX es, a no dudarlo, el siglo del imperio americano o, lo cual es lo mismo, de la Pax Americana. Quizá el primer dato que haya que tener siempre presente es que los “norteamericanos” son simplemente europeos trasplantados a América del Norte, básicamente a lo que hoy son los Estados Unidos y partes de Canadá. Estos inmigrantes, a quienes se les sacó de Europa con la promesa de darles tierras y oro en el Nuevo Mundo, con el apoyo de los gobiernos instituidos, simplemente aniquilaron a las poblaciones autóctonas, a los pueblos originarios de América del Norte, cuyas tierras ambicionaban. Allá no hubo ni evangelización ni integración con la población. Con los europeos americanizados se inició una nueva etapa en la vida de lo que serían unos cuantos años más tarde los Estados Unidos, ya sin tribus indígenas a quienes despojar pero con muchos esclavos negros para darle solidez a la economía del joven país. Mientras eso pasaba en su interior se empezaba a fraguar también su expansión hacia el exterior y su primer gran trofeo fue naturalmente Cuba. Sin embargo, la verdadera conquista de amplios sectores del mundo por parte de los Estados Unidos se materializó sólo después de la Segunda Guerra Mundial. Lo que para nosotros es relevantes es el hecho de que la nueva forma de conquista fue sobre todo de naturaleza económica, si bien debidamente apoyada por la fuerza, es decir, con las nuevas armas: bombarderos, portaviones, armas químicas, etc. Prácticamente, los Estados Unidos llevan un siglo funcionando en gran medida como un país parásito y fundando su bienestar en la explotación sistemática de un número muy considerable de países. Su esquema imperialista, sin embargo, se ha ido debilitando, por un sinnúmero de razones. Esto es importante, porque nos permite entender mejor lo que es la sucesión imperialista, es decir, la siguiente etapa de la forma como ciertos seres humanos logran imponer una nueva forma de dominio, es decir, una forma de gobernar y de controlar las actividades comerciales, financieras, políticas, etc., en la mayor parte del mundo. Esta nueva modalidad de imperio, sin embargo, viene marcada por una ideología distinta a las de los antiguos imperios, algo acerca de lo cual es de importancia vital tener claridad, aunque sea por consideraciones básicas de supervivencia.
Los imperios anteriores al de nuestra época eran de carácter militar, económico, geográfico o espacial y nobiliario. Este modelo se fue debilitando, aunque todavía persiste, como lo ponen de manifiesto las “casas” remanentes en Europa, la de los Windsor, la de los Borbones y algunas más. Las noblezas francesa y rusa fueron brutalmente aniquiladas. Por eso, dicho sea de paso, no deja de sorprender que un individuo como el General Bonaparte haya intentado crear una nueva nobleza, una nobleza familiar que habría de remplazar a la de los Borbones. Visto retrospectivamente, la verdad es que resulta increíble que después de la Revolución Francesa a alguien, por más genio militar que fuera, se le haya ocurrido intentar restablecer la antigua nobleza – pasada por la Guillotina unos cuantos años antes – cambiando sólo el nombre y fundando su proyecto en triunfos militares! Ese proyecto, ahora lo sabemos, no tenía futuro, como no lo tiene el de los residuos de nobleza que todavía se aferran a la vida. En gran medida, la nobleza fundada en la consanguinidad es cosa del pasado. Lo que en todo caso empezó a erigirse y es parte del nuevo imperialismo es la nobleza económica, la nobleza de los banqueros, de los magnates, de los dueños de las trasnacionales, de los dueños del petróleo, del litio, de las compañías de computación, etc. Esa es la nueva nobleza o por lo menos lo era hasta que un nuevo elemento apareció en el escenario. Este nuevo elemento no la elimina, pero sí la asimila y la transforma. Esto es algo que hay que explicar.
Gracias a la estupidez – o por lo menos a la falta total de visión política – de la Iglesia Católica se abrió en el seno del mundo cristiano un espacio formidable de liberación y de potencial crecimiento y dominio a un grupo social que hasta entonces había sobrevivido en condiciones no fáciles, a menudo hostigado y relativamente endeble. Obviamente, estoy hablando de la población judía de Europa, desde la de la Península Ibérica hasta la de Europa Oriental y, sobre todo, la de Rusia. Al condenar y prohibir como antinatural el préstamo con intereses, un punto de vista teóricamente comprensible y moralmente laudable pero prácticamente contraproducente, la Iglesia le dejó el camino libre a sus enemigos teológicos para que ellos llenaran el espacio económicamente crucial en el capitalismo, como lo es el crédito. De hecho, para ciertos efectos hasta se podría definir ‘capitalismo’ como el modo de producción fundado en el crédito. Esta decisión eclesiástica fue la clave no sólo para la “liberación” del pueblo judío, sino para la inversión de las posiciones sociales tradicionales. No es que todos los judíos se convirtieran de un día para otro en banqueros, pero el que la banca haya quedado básicamente en sus manos fue lo que permitió transformar radicalmente la situación de los conglomerados judíos a lo largo y ancho de Europa. Desde luego que pensando en primer término en sus intereses privados pero también en los de sus correligionarios, los miembros de la nueva nobleza empezaron a reivindicar los derechos de las poblaciones judías. Este asunto es sumamente espinoso y resbaladizo, porque en gran medida el infortunio de amplios sectores de la población judía era provocado por sus propias autoridades rabínicas, a las cuales estaban sometidas pues constituían sus gobiernos y éstos pactaban con las autoridades locales. Ahora bien, ya desde mediados del siglo XIX las inmensamente ricas minorías judías empezaron a presionar con más fuerza en favor de la integración total de los judíos en las sociedades a las que de uno u otro modo pertenecían y entonces surgió el movimiento sionista. Este movimiento en su versión original era un movimiento de reivindicación y de justicia, porque un alto porcentaje de las poblaciones judías vivía en situaciones desfavorables mientras que sus élites eran ya las más ricas del mundo. Es obvio que esa disparidad no podía eternizarse, porque ahora los judíos ya tenían cómo hacer valer sus derechos. Esta es la fase, muy rápidamente rebasada, del sionismo libertario, el sionismo asociado con Theodor Herzl. El gran problema que el sionismo original aspiraba a resolver (entre muchos otros) era encontrar un territorio para el todo de la población judía de Europa, un problema que se resolvió a medias a costillas del pueblo palestino, es decir, de los verdaderos semitas y habitantes milenarios de lo que hoy es Gaza, Cisjordania y desde luego Israel.
Como era de esperarse, el movimiento original judío se fue fortificando. La antigua comunidad judía, transformada y sometida, una vez liberada se convirtió, en condiciones cada vez mejores, en la comunidad líder y ello en los países más relevantes. Muy pronto Inglaterra y Francia, pero sobre todo los Estados Unidos se convirtieron en países conquistados por sus comunidades judías, pero los nuevos conquistadores no lograron sus hazañas con submarinos y satélites, sino ocupando cada vez con más fuerza y poder espacios públicos, como el de los mass-media, la Bolsa, las trasnacionales, etc. Junto con esta evolución cambió también el concepto de sionismo. Ahora el sionismo ya no es un mero instrumento de defensa o de reivindicación, porque dada la nueva situación de las minorías judías en el mundo occidental el sionismo sólo puede ser una ideología de reto, de conquista, de sumisión de otros pueblos o, quizá mejor, de todos aquellos pueblos insertos en las redes financieras y comerciales pertenecientes a sus minorías ultra-privilegiadas. Este es el sionismo de gente como Vladimir Jabotinsky, uno de sus grandes precursores y con cuya vida vale la pena familiarizarse.
Obviamente, hay grandes diferencias entre el nuevo imperialismo sionista y sus antecesores. Éste es sin duda más potente y más ideológico, revistiendo su verdadera naturaleza detrás de textos “religiosos”, interpretados como mejor le conviene al dirigente en turno. La realidad sionista tienen entonces dos componentes: el económico, que es la plataforma constituida por el sinfín de bancos, empresas, industrias y demás que están en manos de miembros de la comunidad judía o de agentes económicos inextricablemente vinculados con dicha plataforma y dependientes de ella, por una parte, y un pequeño país con el que se articulan, el cual proporciona la base política, militar y jurídica que le da unidad al todo y presencia oficial en todas partes. Si nada más existiera la plataforma, ésta estaría como en un vacío, no tendría (por así decirlo) de donde asirse y la ideología del sionismo contemporáneo no habría podido gestarse; y, por otra parte, si nada más existiera el país, i.e., Israel, éste no tendría ni la fuerza ni la influencia que de hecho tiene. Sería sencillamente un país más. Lo que lo distingue es precisamente el hecho de que en él se funden el dinero del mundo y el poder de los Estados que de facto están bajo su control, todo ello ensamblado por medio del cemento que es la ideología “religiosa” del sionismo conquistador.
El problema con esta nueva ideología es que es radicalmente diferente de las ideologías triunfantes de otros tiempos, porque aunque fuera tácitamente las distinciones que las antiguas ideologías trazaban no incorporaban ciertos elementos distintivos que son constitutivos de la ideología sionista. Elementos así son el racismo, el desprecio y hasta el odio por todo lo que rivaliza con el sionismo o que simplemente no pertenece o no es integrable al movimiento. La consecuencia inevitable es entonces que este nuevo y muy poderoso imperio tenga como enemigo a la humanidad en su conjunto. Quienes no pertenecen al nuevo grupo privilegiado son meras “reses”, animales humanos, seres con los que se tiene derecho a hacer lo que se quiera porque no son del status ontológico de los sionistas, La ideología impulsada desde Israel o en los círculos de la Diáspora es, por lo tanto, abiertamente segregacionista y al mismo tiempo tremenda e innecesariamente violenta. Esta ideología, para perpetuarse, se inculca activamente en las escuelas primarias, en los programas de televisión, en las discusiones políticas y teológicas, etc. El resultado neto es la creación de seres humanos construidos para odiar, matar, despreciar, etc., a sus congéneres. El problema es, como dije, que esos “congéneres” por la fuerza son todos los seres humanos. Y el sionista soberbio es el material humano que se desarrolla en ese laboratorio histórico que es Israel, un laboratorio que tarde o temprano tendrá que explotar.
Ahora sí podemos entender la tragedia de nuestros hermanos de Gaza, iraníes, libaneses sirios, etc., pero también norteamericanos, mexicanos, peruanos, franceses, rusos, polacos y así sucesivamente El turista israelí, por ejemplo, nunca es bienvenido en ninguna parte del mundo, porque siempre asume que puede hacer lo que le venga en gana en el país donde esté, que puede tratar a las personas como si fueran animales (como si una persona decente tratara a los animales como se le diera la gana. También hay reglas para el trato animal), que exige conductas de sumisión y de obediencia y todo lo hace porque sabe que tiene el respaldo de las plataformas económica, política, legal, etc., sionistas. Hay un elemento de deseo de venganza por lo sucedido en un pasado ya remoto, pero generalizado y dirigido en contra de la población mundial, una población por lo menos tan maltratada como lo fue la población judeo-europea: hasta donde yo sé, los judíos europeos nunca fueron tan maltratados como los indígenas de México por los españoles, los africanos por los franceses y así ad libitum. Y esto nos lleva al aspecto más repulsivo de esta nueva “cultura” imperialista, que es la limpieza étnica y el extermino físico del pueblo palestino. En sus ansias de poder, los dirigentes sionistas, dentro y fuera de Israel, planearon la expansión de su país a través de la política del Gran Israel, la cual los ha llevado a cometer los más repugnantes y repulsivos crímenes contra la humanidad cometidos al día de hoy. Nadie, ni Tamerlán ni Genghis Khan ni los alemanes ni los rusos, ni los norteamericanos han cometido los crímenes contra la humanidad que los sionistas israelíes han cometido: asesinatos a mansalva de niños indefensos e inocentes, entrenamiento de perros para violar hombres y mujeres y, más en general, lo que podríamos llamar la “sexificación” y el martirio de los prisioneros, de los detenidos, etc. Cárceles plagadas de personas que permanecen en ellas años sin juicios, inhumanamente tratados; bombardeos de hospitales, de mezquitas, de escuelas, de casas habitación, de edificios de todos los tamaños y formas; uso de escudos humanos, armas prohibidas, humillaciones de toda índole y así ad nauseam. El monstruo sionista que se encarga de la seguridad en Israel, Ben Gavir, con un aspecto de sadista degenerado, ya tiene la propuesta de cárceles con cocodrilos para, como en el Coliseo Romano, aventar allí a los palestinos condenados por leyes arbitrarias e imposibles de justificar desde ningún punto de vista, es decir, ni moral ni legal ni política ni religiosamente. Lo que todos los días tiene lugar en la Franja de Gaza, el último remanente de territorio gazatí, es lo más horrendo realizado por seres de nuestra especie. Aquí es donde nuestra razón y nuestro corazón protestan y ello no sólo porque lo que con el apoyo de los sionistas de la Diáspora los sionistas israelíes hacen es de una crueldad inaudita, sino también porque cada día que pasa los ciudadanos del mundo nos damos cada vez más cuenta de que la siguiente víctima del sionismo internacional pueden ser cualquier pueblo. Unas palabras al respecto no caerán mal.
Los sueños de dominación mundial han atraído desde siempre a las mentes más perversas y enfermas, pero en el pasado ello no pasaba de delirios momentáneos de megalómanos desorientados. El sionismo actual, en cambio, encarna esa patología ideológica y a todas luces está intentando implementarla. La verdad es que tiene con qué y cómo, puesto que su poder es el poder de Occidente, puesto que es de Occidente que los sionistas se apoderaron y, lo recuerdo, ello sin balas y sin bayonetas. Por muy complejas razones, el movimiento de liberación judía iniciado en la Rusia zarista desde por lo menos la segunda mitad del siglo XIX no progresó y, después de la creación de la Unión Soviética Stalin mismo se encargó de acabar con los delirios de dominación de lo que él calificaba como ‘cosmopolitas desarraigados’ (Véase la estupenda biografía de Stalin de un trotskista como lo era Isaac Deutscher). El centro de masa del sionismo se desplazó entonces hacia los Estados Unidos y puede afirmarse que a partir del gobierno de F. D. Roosvelt el sionismo ya estaba entronizado en aquel país, es decir, en el país más poderoso del mundo. De aquellos años al derrumbe de la Unión Soviética, yanquis y sionistas trabajaron mano con mano, pero con el desmoronamiento de la Unión Soviética esa unión se acabó. Los sionistas rusos, apoyados en billones de dólares de bancos de sus correligionarios norteamericanos, prácticamente adquirieron la Unión Soviética, pero cuando el sueño del dominio mundial estaba a punto de cuajar apareció V. Putin y, como el gran patriota que es, lo echó por tierra. Ya con un férreo control del gobierno norteamericano, los sionistas americanos hicieron avanzar sus intereses (que aparentemente coincidían con los de los estadounidenses) en Europa Oriental y, por razones ya explicadas en otros artículos, se plantearon como objetivo acabar con Rusia, cercarla y debilitarla para finalmente dividirla y borrarla definitivamente del mapa. Esa política culminó en la guerra de Ucrania, una guerra que es la expresión del odio y del deseo de venganza en contra de Rusia por parte del sionismo internacional, una guerra que es por lo tanto de los gobiernos de Europa Occidental y de los Estados Unidos, una guerra por intermediarios, que es para lo que sirven los pobres ucranianos. ¿Y quién está al frente del proyecto de usar Ucrania hasta el último de sus habitantes? El sionista que tiene como ideal hacer de Ucrania un segundo Israel, esto es, Volodomir Zelensky. Por si fuera poco, los sionistas norteamericanos armaron una increíble red de espionaje, corrupción, etc., al frente de la cual estaba otro héroe sionista, esto es, Jeffrey Epstein, el tristemente célebre violador de niños (y perpetrador de muchos otros crímenes). Así, aunque obviamente no estamos más que dando unas cuantas pinceladas en un cuadro de una complejidad casi infinita, con los elementos con los que contamos podemos comprender mejor lo que está pasando. El objetivo sionista es esclavizar a la humanidad, hacer con ella lo que les venga en gana, usarla descaradamente para satisfacer sus bajos instintos. El problema es que dichos planes no podrán triunfar, porque Rusia (podemos apostarlo) será la vencedora de la guerra en Ucrania y porque el eslabón final del proyecto del Gran Israel no funcionó e Israel, a pesar del inmenso apoyo del ejército norteamericano, perdió la guerra con Irán. El gran proyecto diseñado por múltiples ideólogos, políticos, fanáticos, etc., sionistas no fructificó. ¿Qué le queda al imperio sionista?
Es obvio que, dada la fuerza financiera, política y militar de los sionistas aunque fracase el delirante plan de la imposición de un gobierno mundial, ellos no van a renunciar a lo que ya tienen. Se van a tener que contentar con Occidente! Pero ¿está la población del mundo occidental tan desprotegida, al grado de que no sabrá cómo resistir los embates de la corrupción por medio de la cual pretender alcanzar sus objetivos, como llevarse el agua de los países o crear ciudades independientes que se gobiernan solas, es decir, al margen los gobiernos legítimos de los países? Las luchas por la emancipación y liberación de los pueblos van adquiriendo formas distintas en función de las fuerzas operantes del momento. Los llamamientos a la lucha pueden revestir formas nacionalistas (“Muerte al invasor!”) o clasistas (“Tierra y Libertad!”), pero ¿cómo unir a las víctimas internacionales del sionismo, es decir, a la población mundial? Hay que empezar con algo y poco a poco ir desarrollando los temas. Por lo pronto, propongo como slogan inicial el siguiente:
Anti-sionistas de todos los países: uníos!