Nacionalismo o Muerte

Es innegable que el devenir de las ideologías es impredecible, por no decir enigmático. Obviamente, el surgimiento de estos conjuntos de ideas, principios y valores que son las ideologías se vuelve comprensible cuando se describen las condiciones materiales en las que se gestan. Es claro, por ejemplo, que no podría surgir y tener éxito una ideología revolucionaria en la actual Suiza, puesto que es obvio que una ideología así sería simplemente redundante en un país como ese. Allá, dadas las condiciones materiales de la vida, los objetivos y principio de acción revolucionarios simplemente serían inaplicables, carecerían de sentido. Naturalmente, no es ese el caso de todas las ideologías, Consideremos, por ejemplo, el nacionalismo. Éste es una ideología relativamente reciente, puesto que no podía haber pensamientos y actitudes nacionalistas mientras no hubiera naciones y el surgimiento de las naciones es un fenómeno histórico relativamente reciente. Más o menos al mismo tiempo que en Europa, en el continente americano el nacionalismo funcional y victorioso fue un fenómeno propio del siglo XIX. En el viejo continente, por ejemplo, ni Alemania ni Italia existían como países antes de la segunda mitad del siglo antepasado y muchos países nuevos no surgieron sino hasta terminada la Primera Guerra Mundial, gracias entre otras cosas a la implantación del infame Tratado de Versalles. En América, el siglo XIX fue el siglo de la confirmación geopolítica del continente y del nacimiento de los países tal como los conocemos hoy. Ahora bien, mi objetivo no es hacer historia y pasar un buen rato recordando hechos, sino más bien examinar ciertos temas de actualidad que, de uno u otro modo, están también relacionados con el nacionalismo. Y el problema que me interesa consignar es que si bien la ideología del nacionalismo opera con mucha fuerza y efectividad al momento del surgimiento de los países, lo cual es comprensible, con el tiempo tiende a diluirse y otras ideologías, de diversa naturaleza, tienden a remplazarla en los corazones de las personas. El cuadro es entonces el siguiente: primero los hombres luchan guiados por ideales nacionalistas para que sus respectivas repúblicas vean la luz, pero una vez realizado ese sueño muy fácilmente la gente se olvida de los principios e ideales nacionalistas y busca su felicidad y su realización en ideologías alternativas.

Un dato interesante, sin embargo, es el hecho de que el fuego nacionalista puede encenderse súbitamente si se vuelven a producir las condiciones apropiadas, condiciones que no serían ya de irrupción en el reino de la existencia por parte de un país, sino de su sostenimiento en él y de su potencial extinción. Es, pues, muy importante tratar de visualizar lo que serían las condiciones existenciales de peligro que todo ideólogo nacionalista debería contemplar, teniendo siempre presente lo que es el objetivo supremo de la ideología nacionalista, esto es, contribuir a garantizar la existencia independiente y el bienestar de la nación en su conjunto.

Antes de entrar de lleno en nuestro tema, sin embargo, creo que es menester dar cuenta de una cierta distinción conceptual, porque de lo contrario se pueden generar confusiones superfluas. Los conceptos que quiero distinguir son los de nacionalismo y de chauvinismo. El nacionalismo es una ideología que se funda en un pasado común, con un territorio compartido, en donde se usa un mismo lenguaje y en donde reina un determinado conjunto de tradiciones culturales, las cuales permiten que los habitantes se identifiquen unos con otros como miembros de tal o cual país o nación (estos no son exactamente lo mismo, pero para nuestros propósitos no importa). Como era de esperarse, ya en un estado de seguridad y llevado al extremo el nacionalismo puede fácilmente dar lugar a expresiones chauvinistas, pero la inversa no vale: el chauvinismo no necesariamente genera nacionalismo, sino que más bien se sirve de él. El chauvinismo es un conjunto abierto de expresiones de exaltación de corte  nacionalista, pero que en realidad son básicamente superficiales. Por ejemplo, es célebre el chauvinismo francés, la persuasión de que la comida francesa es la mejor del mundo, que París es la ciudad Luz por excelencia, la más bella de todas, que los soldados franceses son los más heroicos, que la literatura francesa es superior a cualquier otra, que las mujeres francesas son las más delicadas y hermosas de la Tierra, que el francés es el lenguaje del pensamiento y así indefinidamente. Ahora bien, el chauvinismo así entendido es más que otra cosa una pose, una actitud de auto-compensación ante comparaciones con otros pueblos que no siempre resultan favorables. Es, sin embargo, perfectamente imaginable que un chauvinista sea alguien que sólo sabe perseguir su propio beneficio, a quien la justicia social no le quite el sueño y, por lo tanto, alguien que en aras de su bienestar y de sus fines personales podría desarrollar una conducta anti-patriótica y, por ende, anti-nacionalista, aunque siguiera gritando a derecha e izquierda que su país es el mejor de todos. El verdadero nacionalista, en cambio, si bien puede también adoptar actitudes chauvinistas es alguien que se centra más bien en situaciones menos superficiales, en valores más respetables, en intereses más genuinos, como la autonomía de su gobierno, la independencia de su país, el bienestar y la educación de su pueblo, etc., sin forzosamente detenerse en comparaciones semi-absurdas y en exaltaciones que a menudo rayan en lo ridículo. A diferencia del nacionalismo, por consiguiente, el chauvinismo no se constituye realmente en un punto de vista político, sino meramente propagandístico y, en algún sentido laxo de la palabra, cultural. Es, pues, claro que aunque los conceptos de chauvinismo y de nacionalismo están de alguna manera entrelazados, se trata de todos modos de conceptos lógicamente independientes, es decir, podemos pensar en uno sin tener que pensar en el otro y a la inversa.

Ahora sí podemos encarar problemas que nos interesan, esto es, de nacionalismo, sin tener que preocuparnos por consideraciones que inciden en el debate político de manera meramente tangencial. Con esto en mente, creo que podemos sostener que sin duda alguna un tema delicado en relación con el nacionalismo es el de los cambios y las presiones que se ejercen sobre las naciones por parte de países en más de un sentido más fuertes y con gobiernos decididos a no respetar los postulados primordiales de cualquier posición nacionalista seria. A decir verdad, a mí me parece que no tenemos que ir muy lejos para entender que, en la actualidad, las políticas genuinamente nacionalistas de múltiples países se han visto amenazadas por gobiernos que deliberadamente intentar socavar sus fundamentos y sus futuros. A mí, desde luego, la situación mundial me incumbe, pero para efectos de estas reflexiones me concentraré en lo que es la amenaza anti-nacionalista que más directamente me afecta, a saber, la que se ejerce sobre mi país, i.e., sobre  México. Si lo que afirmo vale para otros países o no es algo sobre lo que no me pronunciaré.

No se necesita ser especialista en nada sino tan sólo estar mínimamente informado de lo que sucede día a día en el mundo para entender que desde hace ya bastante tiempo México ha venido siendo acosado por el gobierno norteamericano y que este acoso se ha incrementado e intensificado con el gobierno de Donald Trump. La verdad es que los dirigentes del actual gobierno de los Estados Unidos, quienes se rompen la cabeza para delinear una política de fuerza que les permita volver a imponer en el “Sur Global” sus intereses y sus objetivos colonialistas, pretenden producir un  resultado enteramente anti-histórico. Incapaces, primero, de aceptar las lecciones de la historia y, segundo, de diseñar políticas viables para un futuro compartido y realista, optan en su mediocridad estratégica y táctica por regresar a políticas en las que los Estados Unidos efectivamente eran la super-potencia mundial, quienes dictaban la política mundial, inclusive si su contrapeso natural, esto es, la Unión Soviética, les marcaba un límite infranqueable a sus delirantes pretensiones de dominio y explotación mundiales, los “think tanks” norteamericanos parecen incapaces de entender que esos tiempos quedaron atrás, por múltiples razones, entre otras su desbancamiento del primer lugar en la competencia económica con la República Popular de China y por su incapacidad de superar militarmente a la Federación Rusa. Al desconfigurarse el mapa del mundo que prevalecía hasta principios de este siglo, los diversos gobiernos norteamericanos tuvieron que aceptar que su bestial y odiosa política de descarada intromisión en las vidas internas de los países ya no era viable y tuvieron que conformarse con pactos económicos, comerciales, militares y demás. El problema es que la decadencia norteamericana –  generada entre otras cosas por el internamente destructor factor sionista operante en los Estados Unidos que debilita su salud social interna y su posición en el mundo en su conjunto –  llevó al gobierno de D. Trump a intentar por la fuerza convertirse de nuevo, por lo menos en relación con los países más débiles y menos desarrollados, en una especie de gobierno para el cual no hay nada más natural que someter a sus caprichos a todos los demás, amenazando todo el tiempo con aranceles, invasiones y en general presiones de toda índole, intentando generar miedo, desequilibrios y conflictos internos para debilitar a los países y así hacer valer sus exigencias de colonialismo de la época del descubrimiento de América. Evidentemente y como era de esperarse, los gobiernos y los pueblos afectados protestan y reaccionan, pero la lucha contra el decadente imperio yanki hace que la vida de los países que tienen que defenderse permanentemente de las agresiones norteamericanas se vuelva pesada, se complique innecesariamente y que muchos de los objetivos socialmente benéficos para todas esas poblaciones tengan que posponerse indefinidamente. El que las dificultades cotidianas que enfrentan las poblaciones se intensifiquen hacen que se genere en ellas un permanente descontento, debilitando así a sus respectivos gobiernos.

Lo que deseo sostener es que es en situaciones como esas que la ideología del nacionalismo se vuelve prácticamente indispensable, al grado de que desdeñarla o simplemente pretender pasarse de ella puede constituirse en un factor decisivo para la derrota de los pueblos y de sus gobiernos. Tengo en mente una derrota de los países acosados por el moribundo sistema político basado en desigualdades e injusticias que puede ser total y definitiva. Ahora bien, todos podríamos estar de acuerdo en que, al igual que otros países, México necesita urgentemente implantar una política nacionalista, pero ¿qué es una política nacionalista? ¿En qué consiste y cómo se implementa? Obviamente, no me propongo ni siquiera intentar delinear un plan concreto de desarrollo integral nacionalista, pero sí quisiera avanzar algunas ideas que me parece que son no sólo tanto utilizables como útiles, sino inevitables. Por ‘utilizables’ quiero decir que son viables, asequibles, practicables y por ‘útiles’ quiero decir que son benéficas, a corto y a largo plazo, para la nación mexicana. Presentemos entonces unas cuantas ideas que los políticos podrían hacer suyas y, siendo ellos los expertos, aplicarlas.

Desde mi punto de vista, hay varios sectores en los que se debería implantar con decisión un auténtico programa ideológico nacionalista. Estos sectores son, por lo menos, los de la educación, el ejército y las fuerzas de seguridad y los aparatos de Estados, es decir, los organismos controlados por la clase política actualmente en el poder, esto es, el gobierno de MORENA. Veamos estos tres casos en el orden señalado.

A) Educación. Cuando hablo de ‘educación’ me refiero a todo el espacio educativo que va del primer año en la escuela al último año del bachillerato. Yo estoy seguro de que a todo mundo le parecerá obvio que se requieren modificaciones drásticas en los programas de “estudio”. Basta con tener una idea aunque sea vaga de lo que es el nivel tanto escolar como de conciencia política del ciudadano medio mexicano. Yo creo que, en las circunstancias políticas actuales, lo peor que se puede hacer es caer en la auto-complacencia y seguir manteniendo una escuela primaria, secundaria y de preparatoria heredada del prianismo más execrable posible e instaurada y manejada a base de turbias negociaciones, nunca dadas a conocer a la población, entre las autoridades y los “sindicatos” (SNTE y CNTE) que son, como todo mundo sabe, de lo más corrupto que pueda uno imaginar. Los programas no están pensados en términos de los genuinos y supremos intereses nacionales, sino en función de estiras y aflojas concernientes a sueldos, vacaciones, días de asueto, lucha sistemática en contra de toda forma de obligaciones, de meritocracia y de disciplina escolar, de la eliminación casi total de exigencias naturales de los procesos de aprendizaje, de importación irracional y sumisión a “recomendaciones” y “programas” extranjeros que no tienen otro objetivo que debilitar al máximo la formación escolar, el remplazo de objetivos genuinos (aprendizaje real de “datos duros”) por políticas absurdas (“aprender a aprender”), el fingimiento y el auto-engaño permanentes (fijándose en estadísticas concernientes a números de niños y púberes inscritos, pero que “terminan” sus respectivos ciclos a sabiendas de que sus niveles son de los más bajos del mundo) y así indefinidamente. Es obvio que en México se requiere un cambio radical en los programas de educación primaria, secundaria y preparatoria y en el manejo institucional cotidiano. En el gobierno se tiene que entender que en caso de un conflicto serio con, por ejemplo, el gobierno norteamericano, la única base para sobrevivir es la población y una población despolitizada, inoculada en relación con los valores patrios, es no sólo una población inerme, pasiva, por así decirlo, despreparada para cualquier contingencia seria; y es también una población que no serviría para sostener al gobierno en su potencial lucha por la autonomía del país. La historia y la geografía de México son esenciales en la formación mental básica de los niños. Todos tienen que saber, por decirlo de algún modo, “en serio”, quién conquistó México, quién formó al país y quien hoy por hoy lo amenaza en su integridad y en su autonomía; o, por ejemplo, todo mundo tiene que saber que hay algo que se llama ‘Golfo de México’, lo rebautice como le venga en gana cualquier presidente supino y gangsteril norteamericano. ‘Golfo de México’ tiene que aparecer en todos los documentos oficiales, diplomáticos u otros. Lo que en todo caso es evidente de suyo es que un adulto que no pasó por el tamiz de una educación nacionalista no podría cumplir el mandato implícito en el himno nacional de ser, si fuera necesario, un soldado dado a la Patria por Dios.

B) El ejército. Como todos los ejércitos del mundo, el ejército mexicano es potencialmente un peligro para el país, en el sentido en que los militares en todo el mundo ya han dejado en claro una y otra vez lo que son susceptibles de hacer. Considérese el caso de las cúpulas militares de Venezuela, las cuales vendieron a su propio presidente! A estas alturas todo mundo sabe, supongo, que Venezuela no sufrió ninguna invasión. Lo que pasó en Venezuela fue el resultado de una vulgar traición, prácticamente un golpe de Estado. Que Trump presente los hechos como si se tratara de una acción norteamericana heroica que tomó por sorpresa a los militares venezolanos es pura y llanamente una mentira descarada para consumo de los ciudadanos, tanto fuera como dentro de los Estados Unidos. El hecho es alarmante, porque la cúpula militar venezolana tenía un trasfondo revolucionario probado, una ideología asociada con el Comandante Hugo Chávez y admirablemente reforzada por el presidente traicionado, esto es, Nicolás Maduro, un dirigente político de un país autónomo que lleva seis meses secuestrado y sin haber todavía sido sometido a juicio. De manera que, en relación con los ejércitos, garantías no las hay en ningún lado. Lo mismo sucede con todos los órganos de poder y en todos los países. En los Estados Unidos, por ejemplo, la CIA se maneja sola a sí misma, es decir, actúa como si fuera un gobierno dentro del gobierno y al cual de facto no rinde cuentas. La CIA y el Mossad, por ejemplo, trabajan más unidos entre sí que la CIA y los poderes republicanos del gobierno norteamericano. Independientemente de ello, lo cierto es que se tiene que contar con los cuerpos militares, por lo que es de primera importancia imbuir en ellos hasta donde sea posible un fuerte espíritu nacionalista y patriota. No sólo hay que incorporarlos a la vida pública, como lo enseñó nuestro gran expresidente, el Lic. Andrés Manuel López Obrador, sino que hay que ir más allá. Es en la carrera de militar que hay que introducir y reforzar los valores nacionalistas. Desde mi punto de vista y dada la urgencia por la defensa de la nación debido al ataque permanente del gobierno norteamericano en contra de nuestro país, es claro que se debería reintroducir el servicio militar, pero uno real no uno ficticio, como el que prevalecía cuando éramos jóvenes, hace 60 años. La población mexicana no tiene ni un mínimo de instrucción militar. Aquí pululan los matones y los sicarios, pero ¿por qué no los milicianos y los ciudadanos que aprendieron a usar armas y que sabrían cómo defender al país en caso de invasión o de ataques militares de la naturaleza que sean? Es obvio que México enfrenta amenazas que no son meros juegos de presiones, sino amenazas reales a su integridad y a su autonomía. Por ello, una visión nacionalista sana exige fuerzas armadas que no sean meras bandas de maleantes. Los grupos de sicarios no son soldados y no pueden luchar con éstos. Cada vez que hay un enfrentamiento serio entre élites de delincuentes y el ejército mexicano éste simplemente acaba con ellas. Por lo tanto, el país debería preparar personas (e., hombres y mujeres) con un mínimo de formación militar pero formadas en una ideología marcadamente nacionalista o, si se prefiere, mexicanista. Una reforma seria en este sentido uniría más al ejército con su pueblo de lo que lo está ahora. Y a largo plazo, eso sería muy benéfico. Un último punto: es importante la diversificación de los contactos entre el ejército mexicano y las fuerzas armadas de otros países, países que eventualmente podrían venderle a México armamento, tecnología y demás. Es importante aprender de lo que sucede en otros lados e Irán es una muy buena escuela en este sentido.

C) Los órganos de Estado. La concepción nacionalista de la política acarrea consigo dos cosas por lo menos: una convicción inamovible de estar al servicio del pueblo de México y, lo cual choca con la cultura que se fue poco a poco imponiendo en nuestro país, la acción decidida en contra de quienes violan las leyes que nos rigen. El nacionalismo real es amor y respeto a las leyes porque, ya lo sabemos, son los mexicanos anti-mexicanos quienes más violentan el sistema jurídico nacional, quienes más evaden las leyes, quienes menos pagan impuestos, los entreguistas y (como diría Stalin) los “cosmopolitas desenraizados”. El nacionalismo gubernamental tiene que ver con los ideales propios de lo que deberían ser los nuevos políticos de México: personas que no se dejan comprar por treinta monedas de oro, porque lo que a ellos los movería serían valores patrios, porque estarían conscientes de que no tienen derecho a anteponer su bienestar material al bienestar popular, al bienestar de millones de personas y de que mucho de ese bienestar depende de su honestidad y de su respeto a la ley. Lo que resulta increíble y sumamente indignante es que los políticos de la época del prianismo (y del priismo) no hayan siquiera sentido un mínimo de respeto por su país y por su pueblo. Yo pregunto: ¿quién en su sano juicio y que se considere alguien que ama a su país desearía que gente como Ricardo Anaya o Alito Moreno tomaran las riendas de México? Habría que estar drogado para querer algo así o, simplemente, carecer de una ideología nacionalista! Lo que se necesita para implantar la visión nacionalista en el gobierno es la conciencia de que es imprescindible tener mano dura con la delincuencia de cuello blanco. Ya basta de presidencillos municipales que creen que pueden convertirse impunemente en delincuentes ocultos, en embajadores que creen que pueden hacer toda clase de transacciones al margen de la ley, en miembros del poder judicial que se imaginan que no tienen cuentas que rendir y que a ellos nadie les va a expropiar sus bienes mal habidos ni meterlos a la cárcel. Todo eso ya se debería acabar, porque no acabar con esas prácticas es debilitar al país, es exponerlo a las intervenciones extranjeras que nunca serán para beneficio del pueblo de México. Sin duda el gobierno actual es un gobierno nacionalista, pero es un gobierno débil porque carece del apoyo que le daría una población políticamente despierta y decidida, un ejército que funcionara en estado de simbiosis con la nación en su conjunto y una clase política depurada que ya no pueda ser objeto de burla y de crítica fácil por parte de los enemigos del pueblo. Con un gobierno nacionalista sólido no se plantearían dudas respecto a nuestro litio, a nuestro petróleo, a nuestras playas y así sucesivamente. Es muy importante tener presente que es una obligación del gobierno mexicano actual defenderse a capa y espada en contra de los usurpadores y de los vende-patrias y para ello el espíritu nacionalista tiene que desparramarse sobre la sociedad en su conjunto.

En resumen: están dadas las condiciones para que reine en México una sana ideología nacionalista, realmente pro-mexicana, protectora del país en el plano de las ideas, pero es obvio que una ideología así no puede reducirse a una mera actividad verbal. La expresión ideológica del nacionalismo tiene que estar sustentada en la praxis nacionalista, esto es, en acciones firmes pero orientadas por la ideología que el país requiere. A mi modo de ver, si no queremos que fuerzas ajenas a México, en connivencia con los malnacidos dispuestos a desmembrar al país para tener cuarenta casas y 70 coches, se roben la riqueza nacional y conviertan a nuestros compatriotas en sus eternos siervos, tenemos que luchar para que, desde el gobierno y dándole todo nuestro apoyo, se inicie la batalla por la reconquista de las mentes y poder así salvaguardar el futuro del pueblo de México.

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