A primera vista, la guerra de Ucrania es un fenómeno sui generis. Sin embargo, cuando se le examina un poco más minuciosamente, resulta que no lo es tanto. Más bien, me inclino a pensar que pertenece a un tipo o una clase de guerras que desde siempre han existido sólo que ésta reviste una modalidad un tanto diferente. Hoy por hoy, hasta un párvulo sabe que la guerra de Volodomir Zelensky, el “presidente” de Ucrania, es una guerra “proxy”, es decir, es una guerra que se hace en nombre de otro u otros. En casos parecidos pero diferentes habríamos hablado simplemente de guerras de mercenarios. De éstas, todos lo sabemos, ha habido muchas. Ahora bien, la diferencia esencial entre la guerra de Ucrania y guerras mercenarias usuales es que estas últimas son guerras con gente que se vende a un determinado precio para pelear en favor de jerarca o de países que no son los suyos. Los mercenarios son instrumentos, soldados alquilados, pero si bien ha habido gente así en Ucrania ésta tiene su propio ejército. Parecería entonces que la guerra de Ucrania no es, estrictamente hablando, una guerra de mercenarios. Sin embargo, yo creo que la guerra de Ucrania sí es una guerra mercenaria sólo que en el sentido de que es una guerra en la que lo que se alquila o se vende para realizar un “servicio” bélico requerido por otros países y otras fuerzas es el gobierno mismo, i.e., en este caso el gobierno ucraniano. Esto, me parece, no es tan difícil de hacer ver.
Para empezar, habría que reconocer que Zelensky es todo lo que se quiera menos un patriota ucraniano. Él mismo ha afirmado en diversas ocasiones que su ideal es hacer de Ucrania un segundo Israel (viéndose a sí mismo, desde luego, como el Epstein europeo). De hecho, él vivió muchos años en lo que era la Unión Soviética, concretamente en la República Socialista Soviética de Ucrania, y luego en Rusia, de manera que cuando se inició su aventura en la política él prácticamente no hablaba ucraniano. Tuvieron que darle clases para lanzarlo al ruedo de la contienda electoral. Por otra parte, habría que señalar que si Ucrania sigue en pie de guerra es porque prácticamente todo su armamento y el entrenamiento de sus tropas es norteamericano y europeo. O sea, la guerra de Zelensky se hace ante todo con armamento extranjero. Y, por último, habría que observar que aunque ello se haya hecho por etapas o fases, es también innegable que multitud de soldados extranjeros se alistaron en el ejército ucraniano. Entre ellos habría que destacar muy especialmente a ex-militares colombianos.
La guerra en Ucrania ha sido cruenta y se cuentan ya en millones los muertos. Como es bien sabido, para tratar de detener lo que parece ser el inexorable avance del ejército ruso, el alto mando ucraniano, dirigido por militares y estrategas europeos, planeó una invasión al territorio ruso, en la región de Kursk. Viendo retrospectivamente las cosas, parecería que si bien el plan de campaña incorporaba objetivos militares, como intentar detener el avance del ejército ruso en otras partes del país, la idea era también la de incentivar a los soldados del ejército ucraniano dándoles la oportunidad de dar rienda suelta a sus bajos instintos y de hacer en los territorios ocupados absolutamente lo que quisieran con la población civil. Los relatos de los sobrevivientes acerca de las masacres y de toda clase de salvajadas son espeluznantes. Militarmente, hay que decirlo, el plan fue por diversas razones un fracaso total, una operación de distracción que le costó muy caro a los ucranianos. Para nuestro tema, sin embargo, el dato elocuente fue la increíble cantidad de armamento occidental usado en dicha operación. A mí, lo reconozco, me impactó en particular el desfile de los tanques y los vehículos blindados; parecía interminable. Obviamente, todo aquel armamento era básicamente de origen occidental, no de fabricación ucraniana. Ucrania nunca tuvo la capacidad de producir semejante armamento, entre otras cosas porque desde el inicio de la Operación Especial la planta militar de Ucrania fue siendo poco a poco pero sistemáticamente destruida.
Ahora bien, si es el gobierno ucraniano lo que es mercenario, se debería poder responder con claridad a la pregunta de quién lo contrató. La respuesta es: el gobierno ucraniano fue “contratado” por los gobiernos occidentales, para lo cual fue necesario empezar por dar un golpe de Estado en Ucrania. Fueron los gobiernos occidentales quienes, dirigidos por los Estados Unidos, orquestaron dicho putsch y, a través de un sinfín de triquiñuelas, prepararon, primero, la masacre de las poblaciones rusas del Donbas, terriblemente hostigadas desde antes inclusive de que Zelesnsky llegara al poder, la integración de Ucrania en la Unión Europea y, lo más importante, su adhesión a la OTAN. Así, en lo que a Occidente atañe Rusia habría quedado no casi sino completamente rodeada por las fuerzas del Occidente colectivo. Se habría podido entonces empezar a aplicar la política de asfixia paulatina de Rusia, sólo que algo echó todo a perder. Lo que arruinó el siniestro plan occidental de destrucción de Rusia fue la firme decisión del presidente de Rusia, V. Putin, de adelantarse y proteger a las comunidades de origen ruso de las masacres que no sólo ya se veían venir, sino que de hecho estaban ya empezando a perpetrarse. Para tener una vaga idea del carácter altamente criminal del proyecto zelenskiano basta con pensar en el regimiento Azov o en la Legión Internacional.
Para todo mundo es evidente, pienso yo, que si la actual guerra fuera una guerra estrictamente entre ucranianos y rusos ésta ya habría terminado. ¿Qué es lo que hace que la guerra continúe? Lo que hace posible ésta se prolongue es, por una parte, que Rusia no es derrotable en un marco militar como el conformado en Ucrania y, por la otra, que no es fácil derrotar a un ejército que hace la guerra en nombre del Occidente en su conjunto. En efecto, en esta guerra, aparte del norteamericano algunos gobiernos europeos proporcionan drones, otros información satelital, otros especialistas y estrategas, otros inclusive soldados disfrazados de militares ucranianos, otros tanques y toda clase de vehículos blindados, otros misiles y drones, otros aviones y así indefinidamente. Los países occidentales ya han sufrido multitud de bajas (cientos de militares, especialistas, entrenadores, pilotos, estrategas, etc., sobre todo franceses, ingleses y alemanes), han gastado cerca de medio trillón de dólares, han desde un punto de vista económico golpeado severamente a sus propios pueblos, han contribuido a la destrucción de la nación ucraniana, han propiciado la formación y la operatividad del gobierno más abiertamente corrupto del mundo, etc., etc., pero, y esta es la pregunta crucial: ¿por qué entonces están todos ellos tan empeñados en guerrear con Rusia cuando este país no representa de facto ningún peligro inminente para los países de Europa Occidental? Desde luego que Rusia puede destruir Europa, pero es evidente por un sinfín de razones que no es algo que esté en sus planes. En mi opinión, se puede responder con razones a dicha pregunta, puesto que hubo un plan previo, un plan cuya preparación llevó años y en el que se contemplaba toda clase de tensiones, amenazas, chantajes, presiones y demás contra el gobierno ruso, mas no una confrontación directa con su ejército. Pôr otra parte, el objetivo declarado de la Operación Especial fue el de proteger de la aniquilación como población autónoma a los ucranianos de origen ruso concentrados en la zona del Donbas y zonas aledañas, pero lo fantástico de la decisión del presidente Putin de adelantarse al golpe ucraniano y penetrar en Ucrania con cerca de 100,000 soldados fue que con dicha operación se nulificó el siniestro plan ucraniano-occidental original. Naturalmente, ello provocó también la intensificación del odio de las élites y de las clases gobernantes occidentales en contra de Rusia y, muy en especial, en contra del presidente V. Putin, su (por así decirlo) “verdugo”. Sobre las causas ocultas de la guerra de Ucrania ya me he pronunciado en otros artículos, por lo que no abordaré el tema en este.
Después de cinco años de conflicto es relativamente fácil delinear el desarrollo de la guerra de Ucrania, a pesar de la desinformación sistemática a la que someten al mundo los medios usuales de comunicación, fundamentalmente televisión y periódicos. Según éstos, Ucrania va de hecho ganando la guerra! Eso es una mentira ridícula. Lo que últimamente sí han desarrollado los ucranianos es la guerra de drones (proporcionados, desde luego, por Alemania e Inglaterra, principal mas no únicamente). Ellos se han visto llevados a aprovechar al máximo el uso de esas armas, primero, porque aunque de alcance limitado y en alguna medida neutralizables, son de todos modos bastante efectivas y, segundo, porque Ucrania no tiene ya el potencial para detener el avance ruso en el terreno. Losdrones no son decisivos, peroresponden a desbordados deseos de venganza y desquite. Todos los días los rusos se posesionan de nuevos territorios ucranianos y todos los días los ucranianos efectúan, con toda su fuerza y odio, ataques con drones en territorio ruso. Un rasgo característico de los ataques ucranianos que vale la pena resaltar es que a menudo sus drones van dirigidos en contra de civiles, en contra de instalaciones como hoteles, en situaciones de playa en donde no hay más que bañistas de todas las edades y condiciones, completamente desprotegidos y simplemente disfrutando de sus vacaciones. Dicha “política” de guerra se explica en parte por lo relativamente baratos que son los drones y en parte por el hecho de que el objetivo mental de Zelensky, aparte de su fantasía exótica consistente en imaginar que puede ganar la guerra, es matar el mayor número de ciudadanos rusos que se pueda y destruir lo más que se pueda de la infraestructura civil y de los centros estratégicos rusos. Este es el tinte del mercenarismo zelenskiano.
La otra cara de la moneda, sin embargo, es que Zelensky enfrenta muchas y muy serias dificultades. Primero, el frente no está estancado por lo que, aunque sea lentamente, el ejército ruso sigue adelante y de seguir así uno de estos días las tropas rusas estarán entrando en Kiev; en segundo lugar, ya viene el invierno y eso va a ser un tormento para una población (que repudia a Zelensky cada vez más abiertamente) que no tendrá gas para calentarse, luz, etc., y probablemente padecerá en forma dramática de múltiples carencias de bienes indispensables (medicinas, comida, transporte, etc.). Aprovecho para recordar que, a pesar de la resistencia de muchos miembros del staff ruso, al día de hoy el ejército ruso no ha hecho suya la política de lo que los anglo-sajones durante la Segunda Guerra Mundial llamaron ‘bombardeos estratégicos’, es decir, bombardeos aéreos masivos que no tenían otro objetivo que destruir ciudades y aterrorizar poblaciones. Usando drones, los ucranianos han bombardeado inclusive Moscú. Para Rusia nada habría de más fácil que arrasar con Kiev o con Lwów (hacer lo que sin escrúpulos de ninguna índole el cobarde ejército israelí ha venido haciendo desde hace más de tres años en Gaza), pero salta a la vista que el ejército ruso no opera con los mismos valores que el ejército ucraniano (no digamos ya del israelí). No hay nada más fácil que bombardear una ciudad desde el aire y ya que esté paralizada hacer intervenir a la infantería. Eso es lo que usualmente hacen los norteamericanos. Lo hicieron en Alemania, en Japón, en Irak, en Afganistán, etc. El ejército ruso, y esto es un hecho, no procede de esa manera.
La pregunta que ahora se impone es: ¿a dónde nos lleva este recuento de hechos bien conocidos por todo mundo? A la constatación de que el odio de Zelensky hacia Rusia y muy en especial hacia el presidente V. Putin es de tales magnitudes que cualquier clase de negociación con el gobierno de la Federación Rusa se vuelve simplemente imposible. Las condiciones de Zelensky para entablar rondas de negociación con el gobierno ruso, condiciones que uno diría que sólo un cocainómano podría contemplar, no sólo no son realistas, sino que son absurdas. Zelensky exige que después de cinco años de guerra Rusia tranquilamente abandone todo lo que hasta antes de la Operación Especial era territorio ucraniano, o sea, que le regrese a Ucrania no sólo los territorios que ahora ocupa, sino también las provincias del sureste del país cuyas poblaciones voluntariamente decidieron, a través de un plebiscito, reintegrarse a la Federación Rusa. Y, como era de esperarse y dada su avidez de dinero, Zelensky exige también que Rusia pague las reparaciones correspondientes! Todo esto (y algunas cosas más) Zelensky lo pide a sabiendas de que los países de la Unión Europea tienen congelados cerca de 300,000 billones de dólares de dinero ruso depositado en bancos europeos antes del conflicto. ¿Fantasía morbosa o descaro total? Yo opino que ambas cosas.
Por su parte, las condiciones rusas son sin duda alguna duras, pero al menos son razonables. Por una parte, Rusia exige que se respete la voluntad popular en la zona del Donbas, de Zaporyzhia, Jersón y, desde luego, que se le regrese el puerto de Odessa, que desde hace siglos pertenecía a Rusia. Rusia no está interesada en ocupar Ucrania y anexarla a Rusia. Eso sería militar y políticamente un disparate. Y en segundo lugar, y esta es la condición fundamental, el gobierno ruso exige que se le den garantías de que por ningún motivo Ucrania se integrará a la OTAN. Visto a distancia y teniendo una idea relativamente nítida de lo que de hecho es la situación actual, las condiciones rusas son perfectamente comprensibles.
El choque ruso-ucraniano es esencialmente complejo al grado de que, como ya ha sido señalado en diversas ocasiones, la guerra entre los dos países (hasta hace 30 años elementos constitutivos de un mismo país, viz., la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) ya duró más que la Primera Guerra Mundial. Evidentemente, se trata de un conflicto complejo porque intervienen en él muchas más fuerzas que las representadas por Ucrania y Rusia. Queda claro, por lo tanto, que en las circunstancias actuales, simplemente no hay ninguna solución diplomática imaginable. Es por ello igualmente obvio que la única solución real visualizable aquí y ahora es la victoria de alguno de los contendientes en el campo de batalla. Si esta es en verdad la única vía de solución al conflicto, entonces prima facie Ucrania está perdida, porque en el marco de lo que existe actualmente es lógicamente imposible que Ucrania (y quienes la sostienen) derrote(n) a Rusia.
Es claro que los países que apoyan a Ucrania lo van a seguir haciendo mientras haya ciudadanos ucranianos que sean físicamente aptos para seguir peleando. Dada la escasez de soldados rasos, las autoridades ucranianas han implementado la técnica de cazar a transeúntes o de ir a sus centros de trabajo o inclusive a sus casas para por la fuerza llevarlos a los cuarteles y mandarlos al frente. Es lo que los ucranianos llaman la ‘busificación’. (Nosotros, en México, diríamos algo así como algo así como “subir a las combies”). Es fácil imaginar las escenas de desesperación, gritos, golpes y demás que se producen en cada caso de secuestro militar de ciudadanos tomados por sorpresa, muchos de los cuales naturalmente no regresan ya a sus casas. El problema es que, inclusive implementando esa política en contra de su propio pueblo, ya casi no hay hombres a quienes llevar al frente. Quedan los púberes y las mujeres, por lo que la insistente recomendación de gobiernos como el de Alemania es que se incorpore al ejército a la población femenil y que se le mande al frente. En otras palabras, la guerra, concebida, planeada, implementada y echada a andar por Occidente está literalmente eliminando al pueblo ucraniano de la faz de la Tierra.
Por otra parte, salta a la vista que se abrió ya un abismo infranqueable entre los intereses de la ultra-corrupta cúpula gobernante ucraniana y los intereses naturales del pueblo de Ucrania. Son dos mundos aparte. La clase gobernante se ha beneficiado de manera directa y descarada de los billones de dólares invertidos en la causa occidental, en tanto que el pueblo ucraniano mas bien sólo padece por los rigores del clima, de las carencias, de los bombardeos de sitios estratégicos (a menudo deliberadamente ubicados en zonas populares), los cuales inevitablemente generan daños colaterales graves en las poblaciones que residen en las zonas que por razones estratégicas están en la mira de los militares rusos. No debería tampoco pasarse por alto el hecho de que el periodo presidencial de Zelensky terminó hace más o menos dos años y medio, por lo que estrictamente hablando él es un usurpador, convertido por si fuera poco en dictador, independientemente de las artimañas leguleyas a las que se apele para justificar su permanencia en el puesto. Pero entonces ¿por qué sigue él al frente de una guerra que cotidianamente destruye a su patria? ¿Por qué insiste él en aferrarse al poder, cuando podría ya, como se dice, abandonar el barco, y permitir que Ucrania y Rusia arreglaran sus diferencias pero ya sin él? La verdad es que Zelensky sigue al frente porque es factualmente imposible encontrar a un sustituto tan ad hoc a los inconfesables y retorcidos intereses occidentales, alguien que combine tan perfectamente el fanatismo con el odio a Rusia, alguien que coopere tan decididamente como él lo hace con las clases políticas occidentales que hoy prevalecen en los Estados Unidos y en Europa. Después de todo, lacayos fanáticos, útiles y obedientes no son tan fáciles de encontrar. La salida de Zelensky del gobierno ucraniano sería el reconocimiento explícito por parte de los gobiernos occidentales que lo han venido subvencionando de que la guerra se habría perdido, que sus objetivos últimos habrían resultado ser inalcanzables y que el plan original de cercar a Rusia para poco a poco asfixiarla y dividirla en pequeños países habría fracasado rotunda y definitivamente. Todo eso es, naturalmente, algo a lo que las élites occidentales no se resignan todavía. Para ello tendrá que morir el último de los ucranianos.
Es claro, creo, que los sponsors occidentales del régimen de Zelensky están dispuestos a seguir presionando, a seguir invirtiendo en Ucrania hasta llegar al límite más allá del cual empieza la guerra total con Rusia, algo que obviamente en realidad no quieren. No obstante, hacen todo lo posible para llevar las cosas a su punto culminante para ver si Rusia detiene el avance de sus tropas y, por así decirlo, “entra en razón”. Eso explica todas las provocaciones que mañana, tarde y noche se hacen en contra de Rusia: acoso a sus barcos en aguas internacionales, dotación a Ucrania de armamento cada vez de mayor alcance, imposición una y otra vez de sanciones en contra de la Federación Rusa (se cuentan ya en miles, pero son estériles, como tantas otras de sus estratagemas) y así indefinidamente. Huelga decir que todas esas políticas de agresión a la Federación Rusa de paso sirven también para beneficiar a múltiples empresas de muy variados sectores o ámbitos, como los de producción de armas, de comunicación satelital, de Inteligencia Artificial, etc. Lo que no se nos dice es que el enriquecimiento de esas empresas significa al mismo tiempo la destrucción del pueblo ucraniano.
Con este panorama en mente, parecería deducirse que la única vía para resolver un doloroso y artificial conflicto que se extendió ya más de lo debido es quitar ya a Zelensky de su puesto. Cómo se haga eso es algo que le corresponde hacerlo a los verdaderos patriotas ucranianos, es decir, a aquellos ucranianos realistas que todavía aspiran a salvar y a reconstituir su país. El odio ucraniano en contra de Rusia es en gran medida inducido. Ucrania fue desde hace siglos parte del Imperio Ruso y luego una de las más importantes repúblicas de la Unión Soviética. El pueblo ruso y el pueblo ucraniano no son enemigos per se. Quienes los convierten en enemigos son los sempiternos manipuladores de la política mundial.
¿Tiene entonces en principio el conflicto de Ucrania una solución final conveniente para los directamente afectados? La respuesta es que sí, sólo que para que ésta se haga realidad es indispensable zafarse de Zelensky, el usurpador y dictador, sacarlo del puesto que ocupa y, si ello se hiciera como se debería hacer, juzgarlo de acuerdo con las leyes ucranianas. Yo en lo personal creo que eso sería menos perjudicial para Zelensky, porque no tengo la menor duda de que si se dejara que el pueblo ucraniano liberara sus sentimientos y sus resentimientos lo más probable es que Zelensky tendría un final un poquito menos dulce que el de B. Mussolini. Y él lo sabe.
No estará de más recordar que diversos miembros del gobierno ruso una y otra vez han hecho ver que eliminar físicamente a Zelensky es desde un punto de vista militar algo relativamente fácil de lograr, pero que eso era algo que Rusia no se permitiría hacer. Ciertamente no fue esa la actitud de Zelensky cuando (en connivencia con las fuerzas norteamericanas de inteligencia) el ejército ucraniano intentó asesinar en dos ocasiones al presidente Putin, una vez en Moscú y otra vez cuando se pensaba que estaría en su residencia, en Valdai, en diciembre de 2025.
En resumen: la solución final y definitiva del malhadado y artificial conflicto entre Ucrania y Rusia consiste en sacar del panorama a quien, desde el centro del poder en Ucrania y como un instrumento más de la élite occidental que decide por todos nosotros, destila toda su ponzoña y todo su veneno para hacer que dos pueblos hermanos se entrematen y se auto-destruyan. A Zelensky la historia ya lo condenó, pero lo que ahora importa es que sean sus propios compatriotas quienes lo juzguen y lo condenen, o eventualmente que lo perdonen, si consideran que eso es lo justo. Eso debería ser una prerrogativa del innecesariamente sufrido pueblo ucraniano. En todo caso, de lo que ahora ya no tenemos duda es de que ese gran mentiroso que es Volodimir Zelensky engañó a su pueblo cuando produjo su famoso programa electorero “El Servidor del Pueblo”, al que realmente tenía que haber llamado “El Lacayo de las Élites” o, quizá mejor, “El Enemigo del Pueblo”.