Año Nuevo, Infamia Nueva!

Es triste tener que señalar que el 2026 arrancó para nosotros, los mexicanos, con dos desagradables eventos: un mal natural, como lo fue un temblor de 6.5 grados, y un terremoto político, como lo es el ataque norteamericano a la hermana República Bolivariana de Venezuela. Aunque a más de uno podría resultarle sorprendente, lo cierto es que el primero es un fenómeno relativamente fácil de explicar; cualquier geólogo podría proporcionar la explicación que se le requiriera, pero el segundo resulta ser de una complejidad mayúscula y, definitivamente, no es tan fácil de comprender. La prueba de ello es que si bien puede haber una explicación del movimiento sísmico aceptable por todos, hay potencialmente muchas lecturas o interpretaciones del fenómeno político-militar aludido que son incompatibles entre sí. Ahora bien, para enfrentar el tema del ataque yanki en contra de Venezuela, así como el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, la primera condición que se tiene que satisfacer es dejar de lado las emociones, las rabias, los odios, las descripciones soeces, las vulgaridades y cosas por el estilo, y concentrarnos en los hechos crudos, sirviéndonos de los pocos datos a los que tenemos acceso y que en principio nos ayudarían a tener un aperçu realista de lo que sucedió, está sucediendo y probablemente sucederá en los próximos días y semanas. Intentemos entonces pintarnos un cuadro fidedigno de esa realidad sin dejar que las vísceras hablen por nosotros.

El primer requisito, me parece a mí, para entender una situación en la que los elementos catalizadores son los dos presidentes y en la que los factores fundamentales son los países mismos, Venezuela y los Estados Unidos, es ver estos países, primeramente, como piezas en un tablero mundial constituido éste por la red internacional de relaciones que se fraguan entre todos los países desde todos puntos de vista. Dicho de otro modo, si se quiere entender qué está realmente en juego, qué complicaciones políticas, humanas, militares, diplomáticas se van a suscitar y qué intereses profundos entran en confrontación, o  sea, si realmente se quiere entender la situación, lo único que no se debe hacer es concentrar la atención en hechos aislados, por impactantes que sean. Hacer eso, que es lo que la inmensa mayoría de las personas tiende a hacer, equivale simplemente a auto-cancelarse la posibilidad de comprender cabalmente el fenómeno que nos interesa. No es ese, por lo tanto, nuestro punto de vista inicial.

Empecemos entonces por lo más general, que en este caso es la decadencia económica de los Estados Unidos. Ésta, desde luego, viene acompañada de decadencia cultural, educativa, social, etc., pero sobre todo económica. De ahí que cualquier administración o gobierno norteamericano hará lo que esté a su alcance para detener dicho proceso. El proceso de decadencia norteamericana aludido se manifiesta de las más variadas formas, por ejemplo, tanto en los altos niveles de drogadicción de su población como en el fabuloso déficit gubernamental (la deuda del Estado norteamericano es de cerca de 40 trillones de dólares, o sea, 40, 000,000,000,000,000,000 dólares), en el debilitamiento de su planta productiva e incapacidad para competir, tanto en el mercado interno como en el externo, con otras potencias y especialmente con China como en la carencia cada vez más urgente de materias primas, en particular de petróleo y minerales raros. (Permítaseme aquí un veloz recordatorio: sin duda alguna, en gran medida el ataque a Venezuela tiene que ver con el petróleo, ese bien natural que el presidente Andrés Manuel López Obrador sabiamente rescató para México, a pesar de la repulsiva y abiertamente anti-mexicana propaganda de los editorialistas y politólogos locales que lo presionaban un día sí y otro no para que privatizara algo que, según ellos, ya no tenía futuro, y ello sobre la base de que ahora ya teníamos industrias y tecnologías no contaminantes. Con toda franqueza, hay que tener un intelecto de mercenario o ser un pobre arrastrado que se desvive por unas cuantas monedas de plata para sumarse a una campaña tan abiertamente contraria a los genuinos intereses de México como la que se desarrolló aquí. Quizá ahora todos esos mequetrefes entiendan y reconozcan que si algo es crucial para nuestro país ese algo es su petróleo, eso precisamente (inter alia) por lo que los americanos iniciaron el conflicto con Venezuela). En todo caso, lo que para nosotros es importante es, dicho de manera general, el hecho de que por primera vez la economía norteamericana no sólo ya no es funcional, sino que parecería estar entrando en una etapa de debilitamiento crónico y de dependencia respecto a las de otros países, siendo una vez más la República Popular de China la que la supera y, esto es importante, la que poco a poco la arrincona. Este es un hecho que no debería ignorarse en ninguna explicación de temas políticos internacionales.

Por otra parte, no estaría de más tener presente que los gobiernos norteamericanos, hasta el de D. Trump, eran ante todo meras “administraciones” siendo los presidentes básicamente los representantes, los portavoces de las maquinarias gubernamentales. Con D. Trump pasa lo mismo, si bien él ha logrado imponerle su estampa, su sello a su administración. ¿Y cuál es esa estampa, ese estilo? El rasgo fundamental del gobierno del presidente Trump, que es el de un gobierno que está paulatinamente encaminándose por la vía del deterioro económico, es el rotundo rechazo a aceptar el reino de la legalidad. O sea, Trump y sus allegados entienden que si aceptan el juego de la reglamentación internacional, si se conducen acatando las decisiones que se tomen en la ONU o las sentencias de la Corte Internacional de Justicia, etc., entonces están perdidos, porque es precisamente respetando las reglas que países como Rusia y China les han impuesto nuevos límites. Por lo tanto, los Estados Unidos se creen justificados en reivindicar  para sí una posición de excepción en la situación que sea. Toda la política de Trump de imposición a diestra y siniestra de aranceles, medidas que casi de inmediato tiene que cancelar, no son más que la ridícula expresión de un estado de desesperación ante la incuestionable realidad de no ser ya el amo del mundo, el país que consume el 50% de lo todo lo que se produce en el mundo. Mientras los gobiernos norteamericanos tuvieron el control básico (i.e., financiero, comercial, militar, etc.) del planeta, los Estados Unidos se presentaban como un país de leyes en el que prevalecía el respeto a la ley, un país que luchaba en todos los contextos de interacción entre países por hacer valer la ley. Sin embargo, las circunstancias fueron sigilosamente cambiando y, como era de esperarse, ello acarreó cambios de estrategia política. Nótese, simplemente, que estos recordatorios no constituyen más que el dato preliminar para la explicación de lo sucedido en Venezuela. Faltan muchos otros datos igualmente relevantes e importantes.

El suceso fundamental de los últimos tiempos es, obviamente, la guerra de Ucrania. Pero ¿qué tiene que ver dicha guerra con lo que sucede en el Caribe? Mucho, porque la guerra de Ucrania fue ideada y echada a andar por aniquilar a Rusia de una vez por todas vía una guerra de atrición y Ucrania y Venezuela son países amigos. Ucrania, dirigida por alguien a quien Ucrania le importa un comino, esto es, el corrupto carnicero de Europa Oriental, Volodmir Zelensky, sería el campo de batalla que, por razones evidentes de suyo, no habría podido ser la misma Rusia. El dinero y el armamento lo proporcionarían la OTAN (o sea, básica aunque no únicamente, los Estados Unidos, entre otras razones porque fue allí donde se gestó el plan) y los países europeos en general. Los muertos, obviamente, correrían (sobre todo mas no únicamente) por cuenta del pueblo ucraniano (y ya se cuentan, dicho sea de paso, más de un millón de ellos). Todo fue cuidadosamente preparado a partir del golpe de Estado de 2014, un suceso relativamente bien conocido por lo que  no tenemos que entrar en detalles. Cuando era ya evidente que se iban a iniciar las masacres de las poblaciones rusas del Donbás, el gobierno de la Federación Rusa se vio obligado a iniciar su “Operación Especial” y entonces 100,000 soldados rusos chocaron directamente con los soldados ucranianos, los militares de Europa Occidental y los mercenarios que hicieron llegar de los más diversos países, prometiéndoles entre otras cosas, a la antigua usanza, el saqueo de lo que veían como una zona prácticamente desprotegida y ganada de antemano. La promesa de violaciones, robos y asesinatos con licencia llevó a muchos colombianos, sirios, ciudadanos de antiguas repúblicas soviéticas, etc., a engrosar al ejército ucraniano. Cerca de 16,000 sanciones económicas y financieras se le impusieron a Rusia. Le congelaron a los rusos sus inversiones y cuentas en bancos europeos por la fabulosa cantidad de 300,000 millones de dólares. Hubo, sin embargo, un problema: en el campo de batalla Rusia venció a Europa Occidental con Ucrania como su vanguardia. Las cosas no salieron como lo planearon esos mismos que ahora, supuestamente de manera tan exitosa, planearon el ataque a Venezuela. Y entonces, y este es el dato crucial, los Estados Unidos tuvieron que esperar a que cambiara el presidente, es decir, la administración Biden, para que finalmente el gobierno norteamericano pudiera entrar en negociaciones directas con el gobierno ruso. Obviamente, a estas alturas es un error grotesco e imperdonable pensar que el gobierno norteamericano es una entidad monolítica. No obstante, el nuevo presidente, entendiendo que la confrontación con Rusia estaba ya en lo esencial perdida, decidió entablar conversaciones de paz y se dio entonces el encuentro entre los presidentes V. Putin y D. Trump, allá en Anchorage. Cómo será de fuerte la oposición del partido de la guerra en los Estados Unidos que al día de hoy el gobierno norteamericano ni siquiera ha podido todavía forzar al Drácula ucraniano (léase Zelensky) a sentarse a la mesa de negociaciones. Este, sin embargo, no es nuestro tema. El punto importante para nosotros, y que nos acerca un poco más al tema de Venezuela, es que en esa famosa reunión de Alaska, los presidentes de las dos más grandes potencias militares del mundo sin duda alguna decidieron muchas otras cosas. Y no es descabellado pensar que durante esas conversaciones el presidente norteamericano haya exigido libertad de acción en relación con Venezuela. Si hubo una negociación, ésta ha de haber sido sumamente complicada, por múltiples y obvias razones, pues el apoyo ruso siguió llegando a Venezuela a lo largo del año.  Y esto no es todo.

Como todos sabemos y es ya un lugar común que no tiene el menor sentido cuestionar, el gobierno norteamericano está férreamente controlado por lo que se conoce como el ‘Lobby judío’. Sobre eso tampoco ahondaré, porque es material ya más que estudiado y digerido. Ahora bien, tan las cosas son así que prácticamente cada vez que B. Netanyahu viaja a los Estados Unidos se inicia, al poco tiempo, una nueva guerra en el Medio Oriente. Como es bien sabido, Israel ya desfiguró el mapa de la región, pero hay un país que todavía no ha sido vencido y que, en la última confrontación, le dio una feroz lección a Israel. Ese país es Irán. Ojalá pudiera explicársele a la gente que, por un sinnúmero de causas y de razones, Israel es una entidad que se coloca por encima de todos los países de Occidente y si su control sobre el gobierno norteamericano es casi total, su control sobre los gobiernos de Europa Occidental es simplemente total. Sería conveniente que se entendiera de una vez por todas que no es que los europeos benévolamente le concedan a Israel su aprobación por las espantosas decisiones que toma, como la de dejar agonizar por hambre a dos millones de personas, lanzar varias veces más bombas sobre Gaza que lo que representó la bomba atómica de Hiroshima y cometer los peores crímenes que la humanidad ha cometido a lo largo de su historia, sino que sencillamente no tienen opción, porque de una u otra forma, por el sistema bancario mundial, el gobierno norteamericano, el imperio de los mass-media, etc., Israel dicta en todos esos países las políticas que para él son relevantes. Ahora bien, Israel quiere a toda costa acabar con Irán, pero como no puede él mismo hacerlo, como lo deja en claro la tunda que recibió durante la guerra de los 12 días, necesita que tan nefasta labor la realicen sus lacayos norteamericanos. Entendamos la situación: Netanyahu no va a los Estados Unidos a pedir nada. Va a los Estados Unidos a articular en concordancia con los gobiernos norteamericanos la política y las decisiones fundamentales que, desde su perspectiva, le convienen a Israel. Y así ha sido abiertamente desde la guerra de Irak. Podemos inferir, por consiguiente, que se aproxima una nueva guerra en contra del pueblo iraní y de sus legítimas autoridades. Lo que Netanyahu quiere es acabar con el poderío tecnológico, científico y militar iraní, imponer un gobierno títere y entonces poder ya aplicar sin tapujos y sin restricciones de ninguna índole su política expansionista e imperialista del “Gran Israel”. Con todo esto, nos acercamos cada vez más a la guerra contra de Venezuela.

Planear una invasión no es un asunto menor. Se contemplan con mucho tiempo de anticipación absolutamente todas las aristas del tema. En concordancia con ello, yo soy de la opinión de que una de las principales motivaciones para la movilización militar en contra de la República Bolivariana de Venezuela fue la de distraer la opinión pública mundial de la guerra que se prepara en contra de Irán y que Israel exige que se lleve a cabo. Ahora bien, que toda la expedición militar sea un distractor no significa que nada más sea un distractor. Es claro ahora, supongo, que para los Estados Unidos un país latinoamericano con tanta riqueza natural como la de Venezuela y que mantiene vínculos militares y comerciales profundos con Rusia y China, se había vuelto ya en un problema serio, sobre todo porque con un gobierno chavista al frente es imposible subyugar a toda América del Sur. Por si fuera poco, Venezuela tiene lo que los Estados Unidos con urgencia necesitan y si además se trata de un país amigo de sus enemigos jurados y que el gobierno norteamericano se auto-considera excepcional, en el sentido de que está por encima de ley, entonces si ya se tienen suficientes elementos para planear una agresión contra un país que, bien vistas las cosas, no le ha hecho nada a los Estados Unidos y que ciertamente no representa una amenaza para ellos. La pseudo-explicación concerniente a las drogas y el dizque “Cártel de los Soles” no es más que demagogia barata, para consumo de periodistas y lacayos tercermundistas (piénsese nada más en un ser tan detestable como Corina Machado), asociada con crímenes imperdonables, como lo es matar sin identificar ni corroborar nada a lancheros que se desplazan por las aguas  territoriales de su país. Pero ¿en qué consistió en este caso la jugarreta norteamericana? Venezuela no ha sido invadida. Los militares norteamericanos, siguiendo sus bien conocidas tradiciones de terrorismo militar, bombardearon diversas zonas residenciales de Caracas a eso de las 3.30 de la mañana, es decir, cuando la gente está descansando, para en una operación ya muy practicada por ellos, secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa, exactamente como lo haría cualquier pandillero de cualquier asociación delictuosa con un apacible ciudadano normal. Pero, y aquí empiezan a brotar consecuencias indeseables para los agresores, porque si bien bombardear zonas residenciales sirve para destruir psicológicamente a la gente, ello puede tener también consecuencias inesperadas. Hasta donde se sabe, no hay en este momento tropas norteamericanas en territorio venezolano y lo que esto significa es simplemente que el conflicto con Venezuela apenas empieza.

Naturalmente, no somos adivinos ni pretendemos presentarnos como profetas de nada, pero no podemos evitar preguntarnos: ¿qué viene? ´¿Qué va a pasar ahora? Obviamente, el presidente Maduro es el primer mártir venezolano de la política ilegal e ilegítima de la administración Trump. (No digo que el primero de la política norteamericana hacia Venezuela, porque hasta donde recuerdo nunca se demostró que  el Comandante Chávez hubiera tenido una muerte natural. Es cierto que murió de cáncer, per éste le brotó de pronto, cuando se encontraba en su mejor momento. Por ello yo, como otras personas, me inclino a pensar que a él lo mataron, sólo que de otro modo, por así decirlo, más refinadamente. El presidente Maduro, afortunadamente, está todavía con vida). Es obvio que el objetivo manifestado por D. Trump es convertir a la República Bolivariana de Venezuela en el país de la Chevron, de Repsol y de algunas otras compañías que tendrían como misión dejar a Venezuela hecha un páramo. Hasta aquí la iniciativa norteamericana, Lo que viene ahora es la defensa militar y diplomática del territorio venezolano. Muy probablemente, los norteamericanos van a aplicar su tradicional bombardeo estratégico, tratando de arrasar hasta con los perros para posteriormente, una vez que esté todo destruido, enviar su infantería. Allí es donde va a empezar la confrontación. Mucho va a depender de cómo sea el desempeño de las fuerzas armadas venezolanas, pero más importante aún va a ser la respuesta popular. Ahora bien, si los americanos logran destruir las fuerzas de defensa del país, automáticamente se entrará en una segunda fase, a saber, la fase de la guerra de guerrillas y Venezuela tiene todo para prácticamente eternizarse en ella. El odio popular por los bombardeos no se extinguirá en un siglo y habrá que tomar en cuenta la indignación y protesta política de los países en todos los foros existentes. Yo me atrevo a pensar que, a menos de que los gobernantes, sobre todo los de América Latina, carezcan por completo de imaginación y de visión política, tendrán que echar a andar políticas de contención y de auto-defensa efectivas y éstas no pueden consistir más que en una cosa: efectuar un acercamiento real, profundo, multifacético, etc., con la Federación Rusa y con la República Popular de China, multiplicar nuestros lazos comerciales, culturales, etc., con ellos Debe quedar claro que el ataque norteamericano puso a los países de América Latina ante una ineludible disyuntiva: o lacayismo eterno o auto-defensa preventiva. Hay, desde luego, países en América Latina que han optado por lo primero, esto es, que antepusieron los intereses del imperio en decadencia a los intereses de sus respectivas poblaciones. Naturalmente, no son gobiernos representativos, inclusive si son legales. Pero los países cuyos gobiernos no quieran ver succionadas sus riquezas naturales, destruidas sus clases medias, ver a sus poblaciones convertidas en nuevos ejércitos de siervos, etc., etc. tienen que reaccionar ante lo que está sucediendo en Venezuela como si les estuvieran aplicando a ellos mismos las mismas recetas. Eso es crucial para su sobrevivencia como entidades políticas autónomas.

Mi punto de vista es que los Estados Unidos se van a empantanar en Venezuela, porque lo que allá está pasando es, inter alia, el producto de una política de desesperación. Políticas así tienen inevitablemente consecuencias inesperadas. Por lo pronto, Venezuela ya tiene una presidenta constitucional, que es Delcy Rodríguez, quien fungía como Vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela y eso es algo que se tiene que hacer valer. Por otra parte, Colombia va a tener que deslindarse y ¿optará el gobierno del presidente Petro por la subordinación ad aeternum? ¿Y qué va a pasar si la guerrilla colombiana decide internacionalizarse, ampliar su rango de acción y luchar en territorio venezolano con lo que muy probablemente sería la guerrilla venezolana? ¿Qué pasaría si los patriotas venezolanos prefieren destruir su industria petrolera antes que verla en manos de las trasnacionales de siempre? Además, de seguro que muchos venezolanos, que como buenos anti-patriotas se fueron a residir a otros países del sub-continente, van a regresar para luchar … en contra de sus propios compatriotas, lo cual va a hacer de toda esa región un infierno. Por otra parte, dado que evidentemente el secuestro del presidente Maduro fue un acto contrario a la ley, la inconformidad mundial tendrá que hacerse oír y ello le complicará un poco la vida al gobierno de D. Trump. Como todo mundo sabe, no hay un mandato institucional norteamericano que autorice la agresión a otro país y ¿puede un presidente por voluntad propia, sin el respaldo institucional requerido, declarar una guerra porque quiere hacerlo? Nosotros ya sabíamos que en los Estados Unidos lo que prevalece es una oligarquía y ahora confirmamos que lo único que no son es ser un país democrático. Los Estados Unidos imperceptiblemente transitaron de la democracia a la tiranía presidencial, por lo que el ataque ordenado por el Sr. D. Trump no tiene ninguna justificación racional, Venezuela nunca representó un peligro para los Estados Unidos y éstos no debería pasar por alto el hecho de que una invasión no es nunca un fenómeno que no tenga consecuencias imprevisibles y abiertamente contraproducentes, a corto, mediano y largo plazo.

Y todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo debe proceder México? A mi modo de ver, nuestro gobierno y los que vengan tienen que entender que su función en lo que atañe a las relaciones de nuestro país con países como los Estados Unidos o Israel, los únicos países que se creen excepcionales y por encima de las leyes que valen para los demás, es proteger a la nación mexicana, al pueblo de México, prepararlo por medio de una sólida educación y la implantación a nivel nacional de una ideología práctica y realista, es decir, dejando ya de lado luchas ideológicas debilitantes y dañinas, como la exaltación de la mujer en detrimento del hombre o la exaltación del indígena en detrimento del mestizo. Nada de eso fortifica al pueblo de México ni lo prepara para potenciales confrontaciones con potencias agresivas. Confiemos entonces en que la preparación ideológica de muchos años del pueblo venezolano operará y les servirá para enfrentar a un enemigo cruel e inmoral. Lo peor que le puede pasar al hermano pueblo venezolano no es un bombardeo. Claro que habrá muertos y mucha destrucción. Los norteamericanos, lo sabemos, son especialistas en ello. Nada de eso le deseamos a los venezolanos. Pero sin duda alguna lo peor que le puede suceder al pueblo de Venezuela es que le vuelvan a poner los grilletes que el Comandante Chávez ya les había quitado y que su país se vuelva a convertir en una vulgar colonia, en donde seguramente podrían tomar toda la Coca-Cola que quisieran, de un imperio cuyos primeros espasmos de contradicciones insolubles anuncian sin vacilar que se encamina ya por la irreversible senda de la decadencia y la derrota.

4 comments

  1. Tantalén says:

    ¿Gobierno establecido legítimamente? ¿Golpe de Estado? jajajajajaja, por ahí nomás se ve el nivel de patología de un rojete fachocomunista que además intenta encajar hechos históricos de acuerdo a su distorsionada y convenenciosa narrativa histérica. Algo pasó en el desarrollo de estos especímenes que los traumó convirtiéndolos en seres resentidos.

  2. atb says:

    Con toda franqueza, tu nivel de discurso es patético, por lo que me tendré que poner a tu nivel. No tengo dudas de que si justificas un golpe de Estado en contra de un gobierno establecido legítimamente y efectuado a través de un bombardeo a una población civil indefensa, de seguro que apruebas también ex post facto el golpe de Estado de Franco en contra de la República española o el golpe de Estado ucraniano de 2014. Esas sí te parecen acciones edificantes! Ni hablar. Así son los fanáticos de ideología política pre-analítica y expresable solamente por medio de adjetivos simplones. Mejor infórmate antes de pronunciarte!

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