Mediocridad Política y Opinión Pública

10 Octubre, 2017

 

Una noción particularmente interesante pero singularmente elusiva es la idea de objetividad. No me propongo examinar dicho concepto aquí y ahora, sino que simplemente quiero llamar la atención sobre el hecho de que se es o no objetivo dentro de cierto marco conceptual y teórico y que lo que pasa por objetivo en un determinado contexto puede resultar no serlo en otro. A mi modo de ver, más que de objetividad total o a secas deberíamos en general hablar de grados de objetividad. Usaríamos entonces expresiones como ‘él es más objetivo que ella en eso’ o ‘esta explicación es más objetiva que aquella respecto a ese tema’, etc. Este enfoque de la objetividad nos ayuda a evaluar mejor multitud de situaciones y de juicios y resulta especialmente útil en ámbitos en los que con facilidad se mezclan pensamientos, emociones, pasiones, intereses y demás. Ese es claramente el caso de la política. Difícilmente podría ponerse en duda, por ejemplo, la idea de que mucho de las valoraciones y preferencias políticas que la gente manifiesta tener depende en gran medida del bagaje y del trasfondo ideológico del hablante sólo que, obviamente, el equipamiento ideológico varía de caso en caso. Así, el primer punto aclaratorio que hay que hacer es que nuestro trasfondo natural es el constituido por la clase política de nuestro país, por sus prácticas, su lenguaje, sus valores, etc. Sobre ese trasfondo se inscriben, primero, el sector constituido por toda clase de comentaristas y analistas políticos y, segundo, los ciudadanos en general. Esta estructuración de nuestro panorama político explica lo superficial de las evaluaciones o apreciaciones que día a día se hacen de nuestra vida política. Por ejemplo, es palpable, se siente la ausencia de un lenguaje político apropiado, por lo que los juicios, las evaluaciones y los análisis que se proponen rara vez rebasan el nivel de la charla coloquial y resultan en general ser increíblemente acríticos. Es cierto que, por su uso y abuso durante décadas, el léxico priista tradicional emanado de la Revolución Mexicana se fue desgastando al grado de convertirse en un lenguaje vacuo, pero no es menos cierto que cuando funcionó permitía generar explicaciones suficiente o al menos mínimamente aclaratorias de los sucesos políticos de la época, de los conflictos que se daban, de las decisiones que se tomaban. En la actualidad ya no tenemos ni eso. En nuestros tiempos las evaluaciones políticas brotan de valores y comparaciones que prácticamente no tienen nada que ver con la política en sentido estricto. No se usan categorías políticas para evaluar a los políticos. Más bien se les “evalúa” como personas, como mujeres u hombres, pero rara vez qua “animales políticos”. Así, dado que los políticos mexicanos constituyen una clase altamente homogénea, las posiciones políticas y los juicios de las personas sobre situaciones y personajes políticos se reducen a la mera expresión de gustos; la gente da a conocer sus opciones sobre la base de comparaciones pueriles, a menudo de orden personal y apelando a hechos por todos conocidos. Nos encontramos entonces entrampados en una especie de jaula en la que, por decirlo de algún modo, comparamos siempre lo semejante con lo semejante, lo mismo con lo mismo y eso hace que la gente quede satisfecha con las pseudo-explicaciones que se le dan o simplemente que acabe por volverse totalmente indiferente ante lo que sucede. En un contexto así, no es entonces difícil apelar a consideraciones de orden meramente individual para finalmente evaluar y jerarquizar a los políticos de que se trate: éste era más bien parecido que aquel, el otro tenía una esposa más distinguida que las de los demás, y así indefinidamente. Lo que todo esto indica es simplemente que es normal que dado nuestro trasfondo real de política mediocre el nivel de comprensión y de exigencia de explicación sea en México todavía brutalmente bajo. Es poco lo que el pueblo espera y es poco lo que los especialistas le dan.

Que en principio se podría disponer de un trasfondo diferente de manera que sobre dicha base se pudieran generar mejores explicaciones de los sucesos políticos de nuestro país es innegable, pero para ello tendríamos que tener a la mano no necesariamente teorías muy complejas, pero al menos sí estar en contacto con la vida y las realizaciones de grandes políticos (de antaño o contemporáneos), individuos que tuvieron objetivos impersonales grandiosos, personas a las que sencillamente no se les puede medir con el rasero con que se mide a, digamos, Vicente Fox, hombres que tenían intereses universales, objetivos que concernían al género humano en su conjunto y no meramente a ellos mismos y a sus acólitos. Pienso, desde luego, en seres como Alejandro el Grande, César, Napoleón, Bismarck o Fidel Castro. Si ese fuera nuestro trasfondo, automáticamente entenderíamos lo que es un político de alto nivel, un auténtico líder, alguien que efectivamente aspira a dirigir a su pueblo hacia la salvación y éxito. Un trasfondo así automáticamente exige mejores explicaciones de las acciones y las situaciones políticas de la vida cotidiana por parte de los comentaristas y entonces la gente puede conformarse una visión más objetiva de la realidad política en la que vive. Desgraciadamente, como dije más arriba, ese muy útil trasfondo está de facto vedado, por variadas razones, al ciudadano mexicano común.

Pero, se preguntaré el lector: ¿a qué viene todo esto? Lo que sucede es que, si le damos crédito a la prensa y a la televisión, tendríamos que estar conscientes de que además de los recientes temblores que padecimos se habría producido otro terremoto, sólo que uno político esta vez, a saber, el causado … por la renuncia de Margarita Zavala al PAN!!! Si hemos de creerle a los comentaristas, analistas, expositores, especialistas y demás, ello representaría casi una tragedia para México! Mi pregunta es: ¿no es esto una especie de burla? Por desgracia, creo que no: es simplemente la expresión del nivel de análisis y de discusión políticos del que disfrutamos en México, dado obviamente lo que denominé ‘nuestro trasfondo’. Una evaluación así no es una broma, puesto que quienes la enuncian creen ellos mismos en lo que están diciendo. Pero ¿cómo, sobre qué bases evaluar la tan trascendental decisión de tan trascendental agente político? Yo pienso que los ciudadanos mexicanos tenemos el derecho de preguntar: ¿quién, políticamente hablando, es Margarita Zavala?¿Por qué el hombre de la calle tendría que sentirse angustiado por la vergonzosa cuasi-expulsión de la Sra. Zavala de lo que fuera su partido, esto es, el PAN?¿Por qué la renuncia de la esposa del expresidente Calderón a dicho organismo político y su firme decisión de “seguir trabajando por México” habría de inquietar a la gente? Estas y otras preguntas semejantes exigen un examen, por veloz y limitado que sea.

Quizá debamos empezar por señalar, si queremos expresarnos con pulcritud, que en el fondo Margarita Zavala no renunció a nada sino que, habiendo perdido el juego de las intrigas y las presiones dentro de su propio partido, fue prácticamente expulsada del mismo sin mayores contemplaciones. Tampoco tenía muchas opciones. Su salida es hasta cierto punto comprensible en términos de dignidad, pero lo que ya no resulta tan inteligible es su ulterior intención de lanzarse como candidata independiente para buscar la presidencia de México en 2018! Al respecto, lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿en qué se funda dicha pretensión? Más concretamente: ¿cómo puede alguien querer llegar a la presidencia de México cuando de lo que ha dado muestras es de carecer por completo de una doctrina política que la avale, de una concepción global de México, de su pasado, su presente y su futuro, sin ningún programa específico y sobre todo sin más declaraciones que un montón de banalidades de la forma “México es más grande que todos nosotros”, “Quiero seguir trabajando por México”, “Yo no soy la causa sino el efecto” y fracesillas por el estilo?¿De qué se trata? Su famosa “declaración” mediante la cual anunció su “renuncia” al PAN fue todo lo que se quiera menos una declaración política. Fue una especie de recriminación personal en contra de quien dentro del PAN jugó más habilidosamente que ella, una especie de amarga queja porque las decisiones en su partido y la orientación que se le imprimió a éste no se ajustaron a sus caprichos (o a los de cierto grupo), pero nosotros seguimos en la expectativa: ¿en dónde, en todo ello, aparece la figura realmente política, más allá de las maniobras partidistas? En ningún momento. Es con asombro que nos preguntamos: ¿cómo se atreve una persona en esas condiciones a expresar públicamente su deseo de tomar parte en la contienda por la presidencia de la República?¿Será acaso por sus extraordinarias dotes de oratoria? Pero si se expresa como ama de casa! ¿O se deberá quizá a su formidable ideario político? Hasta donde yo sé nunca se dio a conocer por nada semejante. ¿Por su agudísimo olfato político (nada que ver, por ejemplo, con el de un político avezado como Andrés Manuel López Obrador)? Los hechos hablan por sí solos: está fuera de su partido. Su “renuncia” es la mejor prueba de su ineptitud palaciega y su falta de carisma. ¿Y se supone que tenemos que estremecernos por semejante situación? Lo peor del caso es que el asunto no acaba ahí: lo peor (inclusive para ella) consiste en que todos los mexicanos entendemos que su gran deseo de “seguir trabajando por México” se deriva directamente de lo que parece ser la tremenda nostalgia de su esposo, el ex-presidente de México, Felipe Calderón, por el poder y por todo lo que éste entraña. Esa es la raíz de toda su motivación y de su intenso deseo de “seguir trabajando por los mexicanos”. Lo que ni ella ni sus allegados parecen entender es que políticamente su desempeño sencillamente no tiene otra lectura. Nosotros le diríamos: ¿quiere usted aspirar a la presidencia de México? Por favor prepárese un poquito! Aprenda a hilar ideas, a engarzar pensamientos, a desarrollar temas; háblenos de derechos, de inversión estatal, de soberanía, de libertad de expresión, de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos, etc., etc., esto es, de temas políticos genuinos y no nos inunde con los “tengo ganas”, “yo quiero”, “no me dejaron”, etc., etc., que no sirven más que como termómetro para constatar el bajo nivel del juego político y del intercambio de ideas políticas en México. Seamos francos: espectáculo más lamentable en ese contexto es difícilmente visualizable.

Es, pues, evidente hasta para un infante que la fuerza motriz detrás de las aspiraciones de Doña Margarita lo es la colosal ambición de su marido y, sobre todo, lo que debe ser, como ya dije, una insoportable nostalgia por el poder, sentimiento que literalmente ha de agobiar al ex-presidente Calderón. Ese es, dicho sea de paso, otro fenómeno típico de nuestro mercado político digno de ser brevemente examinado. Aquí hay dos elementos involucrados. Por una parte, está el hecho de lo que significa llegar a un puesto (casi podríamos afirmar que el que sea), estar en la posición de ser quien toma (en el nivel que sea, si bien en este caso hablamos de la presidencia de México) las decisiones importantes y ser quien en primer lugar disfruta de todo lo que el poder supremo (en México) proporciona. Por la otra, está la triste realidad consistente en no estar ya en ese lugar clave y en constatar que a partir del momento en que se dejó de ocupar dicho puesto uno se encuentra súbitamente con que ya no es nadie (o casi), que a uno ya no le hacen caso, que de uno hasta se burlan sin que por ello corran a la gente de su centro de trabajo (como sucedió con Carmen Aristegui) y cosas por el estilo. Todo indica que ese es el caso del ex-presidente Calderón. No se necesita ser un vidente, por consiguiente, para adivinar quién sería el verdadero mandamás en México si Margarita Zavala se lanzara como candidata y si por alguna fantástica e inexplicable concatenación de contingencias ella ganara la presidencia de México. Si ese fuera el caso, tendríamos entonces que hablar de una nueva forma de re-elección! Afortunadamente, esa posibilidad es tan remota que cae en los límites de lo lógicamente absurdo.

Toda esta situación de mediocridad absorbente me lleva a compartir un pensamiento, que considero muy atinado, derivado de una experiencia familiar. Por razones de edad, yo tuve muy poco contacto con mi abuelo materno, el Lic. Narciso Bassols, pero creo recordarlo hablar en alguna ocasión y explicarle a alguien de la familia, en tono jocoso, que en relación con los puestos y las personas no había más que dos posibilidades: o el individuo hace al puesto, esto es, le da dignidad y lustre, lo realza, o es el puesto el que hace a la persona, al Don Nadie que momentáneamente lo ocupa. En el primer caso, cuando el hombre superior abandona un cargo es este último el que se ve empobrecido, no él; baja, por así decirlo, de calidad, puesto que de allí en adelante puede ser ocupado por cualquier mediocre con suerte. Cuando es lo segundo lo que sucede, como en la inmensa mayoría de los casos en nuestro país (y no sólo en él: piénsese en los Macri, los Busch, los Aznar, los Temer, etc.), quien ocupa un puesto importante se vuelve de pronto (en su contexto) el gran político, el eminente “doctor”, el supersabio. Naturalmente, tan pronto su periodo termina y él vuelve a ser el señor tal y tal, automáticamente se le deja de hacer caso y la persona en cuestión vuelve sin mucho entusiasmo al anonimato del cual quizá no debió nunca haber salido.

Regresando a Doña Margarita Zavala: ¿por qué tanta alharaca por su “dimisión”?¿Qué peligro corre México porque el grupo Calderón haya perdido la hegemonía dentro de su partido?¿Qué valores patrios están en entredicho?¿Por qué los mexicanos tendríamos que asustarnos por los dimes y diretes de una persona cuyo mayor mérito político es haber sido la esposa de un presidente de México? Respuestas genuinamente explicativas o aclaratorias a estas y a muchas otras preguntas como estas se generan de manera automática sólo cuando disponemos de un panorama de lo que es, como diría F. Nietzsche, la política del gran estilo, el juego político en el que intervienen personajes cuyos intereses personales ni siquiera afloran, cuando por lo que se lucha es por sólidos proyectos de bienestar social global. Si ese fuera nuestro trasfondo ideológico, entonces podríamos evaluar con un más alto grado de objetividad los diversos movimientos de los actores políticos y estaríamos en una mejor posición para apreciar los avances, los estancamientos y los retrocesos a que dan las tomas de decisiones de quienes en nuestro país le dedican su vida a “trabajar por los mexicanos”.