Agonía Imperial

04 de Septiembre, 2017

¿Cuál te parece, amable lector, más absurda: la idea de vivir eternamente o la idea de que puede haber un imperio que se mantenga como el Estado protagónico, el Estado Imperial por los siglos de los siglos? Por razones en las que, desafortunadamente, no puedo entrar aquí y ahora, lo cierto es que la obsesión con la idea de una vida sin fin poco a poco se ha ido diluyendo para finalmente casi desaparecer por completo de la conciencia colectiva. Vale la pena señalar que el que semejante pretensión haya ido poco a poco perdiendo vigencia en la mente de la gente no se explica por la formulación de potentes y ultra-claros argumentos, científicos o filosóficos, sino más bien por grandes cambios culturales, alteraciones profundas en los modos de vida que poco a poco fueron desviando la atención y los intereses de las personas en otras direcciones, como por ejemplo el deseo de vivir intensamente esta vida, sin preocuparse mayormente por lo que se supone que podría suceder en la siguiente. La idea de una vida de ultra-tumba quedó reservada para la fabulosa ilogicidad hollywoodense, pero ya no le quita el sueño al ciudadano común, como ciertamente lo hacía hace 10 siglos. A esa persona que piensa en pasarla bien, tener una familia, tener el nivel de vida (i.e., de consumo) más alto posible, tomar mucho alcohol, tener muchas relaciones sexuales y comer muchos tacos al pastor, la idea de una vida futura no le sirve de gran cosa, en el sentido de que no lo orienta en su vida cotidiana. Sencillamente, no la toma en cuenta. Así, pues, de puro obsoleto un deseo como el de querer vivir eternamente, sin saber ni siquiera bien a bien qué se quiere decir, ya no forma parte de nuestra galaxia de ideas y valores y, por lo tanto, no entra ya en nuestras prácticas, en nuestra existencia de todos los días. La idea de vida (individual) eterna pasó de ser una idea rectora a una idea casi incomprensible y enteramente inútil.

Por increíble que parezca, lo cierto es que si bien la idea de eternidad a nivel individual ya no entra en nuestros pensamientos más íntimos, la idea de un Estado imperial eterno en cambio parece resultarle a muchos más viable y, sobre todo, más aceptable. No obstante, en mi opinión una idea así es tan absurda como la idea de vida eterna o más,  además de ser en mi opinión relativamente más fácil de desechar. Bien visto el asunto, pocas cosas hay tan ridículas como concepciones políticas que brotan en momentos de exaltación derivados de grandes triunfos concretos pero que son presentadas como si su validez rebasara con mucho sus limitadas coordenadas históricas. Un ejemplo de sandez “teórica” de esa estirpe fue la ridícula tesis del “fin de la historia”, elaborada a raíz del derrumbe del socialismo real y de la extinción de la Unión Soviética. Tan pronto el enemigo jurado del capitalismo monopolisto-financiero-imperialista (o sea, la URSS) finalmente se apagó, los ideólogos y demagogos a sueldo del sistema triunfador (los “Harvard professors” del momento) ni tardos ni perezosos dieron rienda suelta a su euforia ideológica y empezaron a pulular los cuentos de ficción acerca de un país que nunca más volvería a tener un rival digno de ser temido, que a partir de ese momento hasta la destrucción natural del planeta dicho país reinaría en forma indiscutible sobre la faz de la Tierra y cosas por el estilo. Huelga decir que ese país, en el que supuestamente estarían encarnadas todas las virtudes humanas y los valores supremos de los seres humanos, son los Estados Unidos. Aparentemente, la civilización americana era el punto culminante en la historia humana (por no decir del universo!).

Dejando de lado los escalofríos que genera una distopía tan horrenda como esa, lo cierto es que 20 años bastaron para hacer ver que la tesis en cuestión no pasaba de ser un insulso fraude ideológico, que las cosas no son tan sencillas y que la humanidad no evoluciona de manera tan simplista. Ahora bien, dado que “hacer ver” no es lo mismo que “refutar”, para nosotros la cuestión es: dado que los data con los que uno cuenta son congruentes con múltiples teorías: ¿cómo se refuta una “teoría” así? Más aún: dejando de lado lo que de hecho sabemos ¿es en principio factible refutar formalmente una “teoría” como la de que el imperio norteamericano es eterno, construida cuando éste estaba en su apogeo, cuando había alcanzado su clímax?

Yo creo que en este contexto en particular así como no hay demostraciones de nada tampoco hay refutaciones formales de tesis, hipótesis o teorías. Pero eso no significa que no podamos argumentar en un sentido o en otro. Si bien no hay ni demostraciones ni refutaciones sí hay argumentaciones con diferentes grados de plausibilidad; después de todo, algunas propuestas tiene que ser más convincentes o atractivas que otras. Y, como era de esperarse, yo sí creo que hay formas de razonar que llevan a pensar que lo que algunos se imaginaron que era un imperio que habría de durar más de mil años (asumo que sus partidarios querían algo superior al Tercer Reich, que estaba pensado nada más para mil) en realidad está por desmoronarse. Aquí hay dos puntos que quisiera enfatizar. Primero y paradójicamente, el argumento para mostrar que el supuesto imperio eterno no es tal gira en torno a la idea de poderío militar y, por ende, en torno a la idea de violencia bestial como único mecanismo para la resolución de conflictos; y, segundo, que lo que en efecto es imposible prever son las consecuencias derivadas de su derrota final. Veamos esto más en detalle.

Supongamos que pudiéramos tomarle una radiografía política al planeta: ¿qué veríamos? Yo creo que la respuesta es obvia: veríamos algo así como un planeta enfermo. En verdad, se siente la tentación de decir ‘desahuciado’ y desde luego agotado (humanamente, en su flora, en su fauna, en sus océanos, sus subsuelos, su atmósfera, etc.). Pero si quisiéramos explicarnos su estado: ¿a qué le atribuiríamos su situación? Una respuesta a primera vista inobjetable sería que el planeta está así precisamente porque el Estado hegemónico, el Estado imperial, desde un punto de vista histórico probablemente el peor de todos, es decir, el Estado que más que ningún otro le imprime su impronta al planeta, que lo marca y en más de un sentido orienta o dirige, está entrando en una fase ya perceptible de descomposición. Esta fase es inevitablemente de, por así decirlo, sacudidas políticas severas, espasmos sociales violentos, convulsiones económicas cada vez más graves. Pero ¿cómo determinar si efectivamente el imperio americano inició ya su proceso de descomposición, cómo saber (como se dice) “a ciencia cierta” si lo que estamos viendo no es más que una crisis pasajera y que todo lo que se quiera añadir no pasa de ser mero wishful thinking?

En mi opinión, disponemos con suficientes elementos como para sostener que el zenit americano definitivamente ya quedó atrás. Los signos que tengo en mente son tanto internos a dicho país como externos a él. Los más notorios son, sin duda alguna, los factores externos, los cuales muestran de manera objetiva que la expansión del imperio alcanzó sus límites, pero en mi opinión los simbólicamente más relevantes son los internos. Echémosle un rápido vistazo a estas dos clases de realidades políticas.

El dato fundamental en política mundial es que, a diferencia de lo que, quisiérase o no, tenía que admitirse hace todavía un par de décadas, los norteamericanos ya no son los amos del planeta. Es cierto que sus tropas están desperdigadas por todo el mundo en cientos de bases militares, pero lo que ahora todo mundo entiende es que no están allí para imponer y hacer valer la ley, porque ¿cómo podrían ellos ser los abanderados de la legalidad si desde hace mucho tiempo ya dejaron de ser los representantes de las leyes internacionales, si son los primeros en romperlas? Las sanciones impuestas a Rusia, por ejemplo, entran en ostensiblemente en conflicto con las leyes internacionales de comercio, además de ser ridículamente ineficaces. El soldado norteamericano, que otrora se presentara (y se auto-representara a sí mismo) como un soldado de libertad y como defensor de la democracia, se fue convirtiendo poco a poco en un soldado pirata que lo único que lleva a donde hace su aparición es terror, destrucción y muerte. No hay población en el mundo que espontáneamente le dé la bienvenida al soldado norteamericano, que lo reciba como héroe liberador (con la posible excepción de Polonia, y eso de sólo un sector de la población de ese país). A estas alturas, todo mundo entiende ya que el soldado yanqui trabaja básicamente para defender y salvaguardar los intereses de los dueños de su país, esto es, las grandes corporaciones y los bancos. En este sentido, el ejército norteamericano es casi un ejército privado y en ese sentido es, contrariamente a las apariencias, simplemente un ejército de mercenarios, de condottiere. Si no queremos caer en juegos demagógicos burdos: ¿tendría algún sentido siquiera afirmar que el soldado norteamericano está en Afganistán para defender la democracia, la justicia, la libertad del pueblo afgano, para promover la liberación de las mujeres, para luchar en contra de la producción de amapola, para construir escuelas y hospitales?¿O podría decirse que está allá para defender los intereses del ciudadano medio de, digamos, Iowa o de Pennsylvania, porque las familias de esos estados de la unión americana estarían gravemente amenazadas por los talibanes o por el Estado Islámico? Preguntas como esas son hasta chistosas, por lo que no creo que haya una persona en el mundo con dos dedos de sesos y un mínimo de información que estuviera dispuesta a tomarlas en serio y responder afirmativamente a cualquiera de ellas. De hecho, más en general y contemplando las cosas retrospectivamente, ahora podemos decir del militar norteamericano que éste nunca fue un militar liberador, ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial (¿qué clase de “liberador” es alguien que lanza una bomba atómica en contra de una ciudad prácticamente indefensa?). Es verdad que los norteamericanos siguen teniendo primacía militar sobre Rusia y sobre China, pero eso en cierto sentido es ya irrelevante por una sencilla razón: aunque todavía sean superiores militarmente, por lo menos en el caso de Rusia (y de China dentro de una década a más tardar) su superioridad no basta para ganar el enfrentamiento mediante un inicial ataque sorpresa. Entonces aunque sean superiores no lo son ya suficientemente. De hecho, podríamos decir que (afortunadamente y también gracias a la astucia de algunos de sus interlocutores y adversarios) dejaron pasar su oportunidad. Tienen, desde luego, la opción de lanzar un ataque sorpresa y totalmente destructor, pero ellos lo harían a sabiendas de que serían inmediatamente destruidos, por lo que sería tanto criminal como suicida intentar algo así y por lo tanto no es esa una línea político-militar que tenga mucho sentido adoptar. Los nuevos equilibrios militares en cambio sí explican los cambios en las correlaciones de fuerzas y en las actuaciones políticas: hace 20 años al gobierno chino ni siquiera se le habría ocurrido generar islas artificiales en el Mar de China, como lo ha hecho ahora, islas a las que ha convertido en muy útiles bastiones militares. Ya no hay forma de sacarla de allí, independientemente de las amenazas del gobierno imperial. El punto es simple: el gigante guerrero invencible de Norteamérica dejó de serlo. Sus caprichos geoestratégicos ya no son acatados al pie de la letra por todo mundo. Y China no es el único caso. En pocas palabras: el mundo ya no está a disposición del amo norteamericano. Esa fase de la historia ya terminó.

Si ahora examinamos los signos internos para tratar de apreciar el grado de salud del Estado norteamericano, a mí me parece que la situación es inclusive mucho más clara. Para comprender lo que está pasando tenemos que hacer un esfuerzo por entender los cambios que se han venido produciendo. Muy rara vez en otros tiempos, salvo por ejemplo durante las convenciones de los dos grandes partidos, se había visto que la policía norteamericana reprimiera a ciudadanos norteamericanos blancos. Negros, chicanos, habitantes originarios y demás siempre fueron objeto de represión en los Estados Unidos, pero no los ciudadanos de origen anglo-sajón, escandinavo, los “wasps”. Cualquier percibe ahora que el papel de las fuerzas del orden en los Estados Unidos pasó de ser un instrumento de legalidad a ser un instrumento de represión política. Los Estados Unidos poco a poco (y, no obstante, muy rápidamente) se fueron transformando en una cada vez más visible plutocracia, lo cual genera tensiones cada vez más graves entre las clases pudientes y las clases trabajadoras de ese país. Lo que ocultó siempre las contradicciones internas al sistema fue el alto nivel de vida de los ciudadanos, el “full employment” del que gozaron en diversos momentos de su historia, pero eso es ya parte de su pasado. La verdad importante es la siguiente: por primera vez se siente en los Estados Unidos lo que es la lucha de clases. Esta lucha interna ha impedido, por ejemplo, que se construya y eche a andar un genuino sistema público de seguridad social. Si ello no se logra no es porque sean tontos, sino porque hay intereses contrapuestos operantes, los de las compañías aseguradoras, por una parte, y los de los asegurados, la gente en general, por la otra y el gobierno ya no sabe qué hacer. Rara vez son los intereses de las clases populares los que prevalecen. El repudio del “Obamacare”, que era una forma incipiente de seguro social, una componenda que implicaba un inmenso subsidio gubernamental, es un buen ejemplo de ello. En todo caso, lo que hay que entender es que es la sociedad americana en su conjunto lo que está en crisis. La estrategia retórica de D. Trump, consistente en echarle la culpa al resto del mundo por los conflictos internos de su país, es sólo un expediente de demagogia barata, no el resultado de ningún análisis serio. ¿Cómo es posible decir en público que el TLC sólo ha servido a los intereses de México cuando ellos desde el arranque fijaron los principios y las reglas del tratado? Más bien, lo que pasa es que los verdaderos gobernantes en los Estados Unidos se niegan a aceptar que su sistema de reparto de la riqueza está viciado, que su sistema de impartición de justicia está corrompido y que la superación de sus contradicciones sólo puede emanar de una profunda transformación interna. ¿De qué clase de transformación estamos hablando? De un cambio en el que los intereses genuinamente populares triunfen frente a las ambiciones sin límite de las grandes compañías trasnacionales y de la banca mundial (no me atrevo, pero estoy tentado de decir que lo único que pude salvar a los Estados Unidos es lo que sus élites más temen, a saber, el socialismo). El problema es que nada de eso se logra por decreto o por pasajeros movimientos sociales, por virulentos que resulten ser. La transformación social que se requiere para superar las contradicciones de la sociedad norteamericana presupone lo que podríamos llamar ‘incubación política’ (politización, maduración ideológica, etc.) y el pueblo norteamericano apenas está empezando a entrar en ese proceso. Para dar una idea de la clase de proceso preparatorio que tengo en mente daré un ejemplo: la Revolución Rusa requirió de un proceso de incubación de no menos de 100 años. Fue al cabo de un siglo de protestas, luchas clandestinas, proliferación de grupos revolucionarios, manifestaciones violentas y represión (piénsese en, por ejemplo, la Ochrana (ojrana, seguridad, protección), que era algo así como la CIA del zar), surgimiento de grandes figuras, etc., etc., que pudo darse el movimiento político que culminó con el aniquilamiento del zarismo. Yo ni mucho menos pretendo afirmar que tengo alguna idea de cuánto tiempo se requerirá para que la sociedad norteamericana logre despertarse de su “sueño dogmático”. De que no es para mañana podemos estar seguros, pero de que un proceso así ya está iniciado también.

Hablé más arriba de abuso de la violencia y de la fuerza. El Estado que hace 50 años quitaba y ponía gobernantes como más le convenía sin mayores problemas o con problemas pero con mucho éxito, el que organizaba golpes de Estado a derecha e izquierda, tanto en Irán como en Chile, el que llevaba e institucionalizaba la tortura en los países en los que se gestaban los así llamados ‘movimientos de liberación nacional’, ese Estado ya no puede imponerse como antaño. Sus horripilantes planes de dominación son fallidos. Puede ciertamente llevar el horror y la destrucción, pero eso precisamente es el núcleo del argumento: eso es todo lo que pueden hacer. El ejercicio de su poderío no tiene más que una faceta negativa, real, incuestionable, pero meramente negativa. La parte constructiva de su participación en el mundo, parte integral de todo imperio que se respeta, se ha ido opacando hasta volverse casi invisible: la gran superpotencia mundial no ayuda ni a Haití (que es de hecho, desde 1915, un país ocupado por los norteamericanos); sus “negociaciones” se reducen a puras amenazas (esto lo pueden corroborar los actuales negociadores mexicanos del tristemente célebre Tratado de Libre Comercio. El saludo amenaza inicial fue “Si no aceptan nuestras condiciones nos salimos del tratado!”); los Estados Unidos no juegan ya ningún papel civilizatorio positivo o constructivo, están marcados por el racismo y la xenofobia y por increíbles y cada vez más notorias e indignantes diferencias sociales. En los Estados Unidos hay en realidad dos gobiernos (como lo pone de relieve el hecho de que Trump esté en la vía de la destitución), lo cual es un signo innegable de descomposición institucional. En verdad, en lugar del “sueño americano” de ahora en adelante se debería hablar más bien de la “pesadilla americana”. La fase constructiva del imperio norteamericano, si la hubo, quedó rebasada. La bandera norteamericana es ahora la figura siniestra del soldado de lentes oscuros y armado hasta los dientes, una especie de robocop, el policía idealizado por el odioso Verhoeven. ¿Cuál es en estas condiciones el único mecanismo para lidiar con ellos?

Yo creo que la mejor lección que nos da la política contemporánea proviene de un pequeño país asiático, sometido a toda clase de brutales presiones comerciales, diplomáticas y militares (ejercicios permanentes, espiados, amenazados, etc.), pero que optó sin titubeos por la auto-defensa total. Me refiero a Nor-Corea, un país injustamente vilipendiado, deformado a través de una prensa que no es otra cosa que un arma política más y cuya función es la distorsión mental sistemática de los habitantes del planeta. Pero Nor-Corea se aferró a su armamento nuclear (disponiendo ahora ni más ni menos que de bombas de hidrógeno!) y con eso garantizó su existencia. Podemos estar seguros de que los norcoreanos no van a salir a conquistar a nadie, pero no se van a dejar intimidar por la gigantesca maquinaria guerrera  norteamericana. Al parecer esa es la fórmula para defenderse de una metrópoli que sólo sabe sobrevivir por la fuerza. Es claro que no todos los países pueden desarrollar armamento atómico, pero todos los países pueden intentar al menos hacer valer sus derechos, en foros internacionales y aprendiendo, como Venezuela, a generar la base social que les permita independizarse del verdadero imperio del mal. Ya es más que tiempo de que el famoso edificio newyorkino del Estado Imperial sea remplazado por un magnífico edificio consagrado a la paz y a la amistad entre los pueblos de la Tierra.