Historia, Cultura y Política

20 Julio, 2017

Cualquiera entiende, quisiera pensar, que el así llamado ‘punto de vista de Dios’ es, inclusive en principio, inasequible para los seres humanos. Los humanos nunca llegarán a tener el punto de vista privilegiado desde el cual se ve todo. ¿Qué se quiere decir con eso? Que a diferencia de lo que pasaría con Dios, nosotros no podríamos nunca conocer la realidad en su totalidad, es decir, las cosas, los fenómenos y los sucesos en sí mismos y en todas las conexiones que mantienen entre sí. Nuestro mecanismo para conocer la realidad es la ciencia y ésta es ciertamente maravillosa y efectiva, pero incompleta e imperfecta. De hecho, nuestra realidad es tan compleja que necesitamos dos clases de ciencias para poder dar cuenta de ella. Nosotros pertenecemos simultáneamente a un mundo natural, del cual se ocupan las ciencias naturales (física, química, biología) y a un mundo social, del cual se ocupan las ciencias sociales y humanas (historia, psicología, sociología, antropología, etc.) y no hay forma de reducir unas a otras. Somos a la vez seres naturales y sociales (por lo menos). Ambos mundos de los que formamos parte son difíciles de conocer y comprender, si bien yo me inclinaría a pensar que el mundo natural es más complicado en tanto que el mundo social es más complejo. Esto, no obstante, bien puede ser un prejuicio, por lo que me contentaré con meramente enunciar la idea. En todo caso, parecería que podemos explicar fenómenos naturales quedando éstos delineados con relativa nitidez, pero eso no es tan fácil de lograr con los fenómenos sociales. Por ejemplo, se puede estudiar el nacimiento de una estrella o de un niño y dar cuenta del fenómeno de una manera que podríamos llamar ‘completa’ sin tener que extenderse indefinidamente. Se pueden conocer todos los factores relevantes, es decir, los que entran en juego (gravitación, luz, partículas, velocidad, densidad, calor, etc., en un caso y cuerpo, sangre, placenta, cordón umbilical, respiración, etc., en el otro). Podemos asumir que el fenómeno natural de que se trate puede en principio ser conocido y explicado, por así decirlo, en su totalidad. Pero, dejando de lado estipulaciones y decisiones arbitrarias ¿cómo lograr eso en el caso de los fenómenos sociales?¿Cómo o sobre qué bases determinar o decidir que tales o cuales factores ya no son indispensables para la explicación del fenómeno? Un ejemplo nos será aquí de gran ayuda.

 

Tomemos por caso la Revolución Mexicana. Dejando de lado a Zapata, la lucha armada se inicia realmente a raíz del asesinato del presidente Madero y de su vicepresidente a manos de un militar en quien el presidente tenía plena confianza, es decir, el Gral. Victoriano Huerta, a quien la gente después identificaría como “la cucaracha” (y a quien va dirigida la canción). Ahora ¿qué factores hay que tomar en cuenta para explicar el fenómeno de la insurrección, del levantamiento armado? Está, desde luego, en primer lugar la situación general en el campo y el hecho innegable de que con Madero toda reforma agraria real estaba bloqueada por lo que puede suponerse que tarde o temprano la rebelión estallaría. Pero obviamente ese elemento por sí solo no basta. Están los personajes también. Si Huerta no hubiera sido lo codicioso y desmedido que era las cosas hubieran podido pasar de otra manera. De seguro que si el embajador norteamericano no se hubiera entrometido y no hubiera orquestado, como lo hizo, la traición de Huerta, las cosas también habrían podido ser muy diferentes. Aunque una traición es evidentemente algo que un amigo, no un enemigo, hace, podríamos acusar a Madero de falta de perspicacia y de no habérselas ni siquiera olido de que tenía al coyote metido en el gallinero. Si hubiera sido más perceptivo no hubiera caído en la trampa y el movimiento armado no se habría producido, por lo menos como se produjo. Lo menos que podemos decir es que se habría retrasado algunos meses y quizá hasta más tiempo. Es claro, por otra parte, que faltan muchos factores. Supongamos que Villa no hubiera sido lo arrojado que era: hubiera podido ser el caso de que Huerta hubiera asesinado al presidente pero que, no obstante, Villa no se hubiera levantado en el Norte. Y así ad inifnitum, porque contemplando los eventos retrospectivamente no es nada fácil determinar qué factores no eran indispensables para que se dieran los hechos que se dieron. Desde luego que hay unos más importantes que otros, pero ¿en dónde trazamos la línea que separa los factores esenciales o decisivos de los no esenciales o secundarios? Casi podríamos afirmar que si Madero hubiera tenido otra esposa y no se hubiera interesado por el espiritismo, no se habría dejado asesinar del modo casi infantil en que lo fue. Así, llegar a la comprensión total del fenómeno de la Revolución Mexicana, en el sentido de tener un conocimiento exhaustivo de todos los factores que intervinieron es de hecho imposible, porque todos están concatenados, engarzados, conectados unos con otros. Tal vez habría que decir lo mismo de los fenómenos naturales, pero en principio al menos es menos comprometedor teóricamente acotar un fenómeno natural que uno social. Para comprender de manera completa el fenómeno social se requeriría visualizar, por así decirlo, la infinita red de conexiones que se da entre los actores históricos, las situaciones, los trasfondos, etc., y es claro que a una visión así sólo se tiene cuando se accede al punto de vista de Dios, una “ubicación” privilegiada vedada, por así decirlo, a los humanos. El más sabio de los hombres está todavía infinitamente lejos del punto de vista de Dios.

 

            Este preámbulo era indispensable para poder plantear una inquietud que constantemente me acosa, a saber: dejando de lado datos concretos ¿qué tenemos que conocer para comprender, si es que es comprensible, la política (exterior e interior) norteamericana? Porque vista a distancia y dejándonos guiar exclusivamente por la (des)información sistemática dada por la prensa, la televisión, etc., dicha política es simplemente ininteligible. Por ejemplo ¿es comprensible la saña con que los estadounidenses bombardean a civiles sirios cuando Siria es un país que nunca ha hecho nada en contra de los Estados Unidos y sobre todo después de haber llegado a un arreglo con Rusia de cese al fuego hace no más de 10 días?¿Tiene esa política algún sentido? Para los militares y los policy-makers norteamericanos de seguro que sí, pero para el resto de la humanidad es realmente incomprensible. Y es aquí que inevitablemente nos asalta la duda: ¿es realmente contradictoria la política norteamericana o no más bien hay algo que no se percibe a simple vista o que si se percibe no se comprende y que es la clave para entenderla? Hagamos el intento, de profundidad correspondiente al espacio del que gozamos para ello, o sea, de unas cuantas páginas, de responder a esta pregunta.

 

            Quiero públicamente reconocer, antes que cualquier otra cosa, que no hay nada más alejado de mí que la idea de presentarme como un especialista en historia y menos aún en historia de los Estados Unidos, pero lo que sí tengo es un cuadro general del país y de la sociedad norteamericanos que reivindico y que, lo admito, es discutible, y desde luego que no coincide del todo con el que está, por así decirlo, en el aire. Lo importante, sin embargo, es lo siguiente: el “cuadro” que uno se forme de algo demuestra ser útil y por lo tanto fiel a los hechos si posteriormente permite generar explicaciones en forma sistemática. Reivindico algo de eso para el mío, por lo que de entrada me ubico en un plano que no es propiamente hablando el de los historiadores, puesto que no estoy interesado en fechas y nombres, para decirlo de manera un tanto brusca. Ni mucho menos se sigue, obviamente, que el cuadro en cuestión esté fundado en falsedades.  

 

            Preguntémonos entonces, en primer lugar, qué factores o clases de factores intervienen de manera decisiva en la estructuración y orientación de la política norteamericana. Hay una respuesta inmediata. Hay desde luego motivaciones económicas involucradas. Después de todo, mantener el bienestar material, el nivel de vida de los habitantes de los Estados Unidos es algo por lo que todo gobierno norteamericano luchará, independientemente de que dicho bienestar sea hecho posible sólo gracias al “malestar” de decenas de países y de millones de personas. Pero no es esto lo que por el momento nos incumbe, así que no tenemos por qué ni para qué entrar en dicho tema. En segundo lugar, encontramos los requerimientos militares. Más que de cualquier otra cosa, quizá, los Estados Unidos viven de la venta de armas. Son un país que, con un breve interludio, prácticamente no ha dejado de guerrear desde la Primera Guerra Mundial. O sea, los Estados Unidos tienen ya un siglo haciéndole la guerra al mundo (Alemania, Corea, Vietnam, Cuba, Irak, Afganistán, Laos, Camboya, etc., etc.). Las justificaciones de sus guerras son de lo más variado, pero el hecho es ese. Así, pues, economía y militarismo explican hasta cierto punto la política americana, pero intuitivamente resulta claro que no bastan como factores explicativos. Por lo menos habría que incluir también factores políticos: exportación de principios, valores e ideales, postulación y defensa de modos concretos de organización política, exaltación fanática de su “way of life”, etc. Eso también es importante, pero a mí me parece que con esos factores todavía no lograríamos construirnos un cuadro inteligible de la política norteamericana. Y es aquí que quisiera yo contribuir con una idea. A mi modo de ver, es también un factor decisivo lo que podríamos llamar el ‘factor cultural’, una cierta idiosincrasia, una determinada mentalidad, una determinada auto-imagen, etc. Intentaré transmitir lo que pienso en forma clara.

 

            Para ello es inevitable decir unas cuantas palabras acerca del país mismo, esto es, de los Estados Unidos de América. El nombre, cuyo origen es asunto de debate y nadie sabe quién lo acuñó, no es importante. Apareció por allá de 1776 y fue adoptado por todos, pero es obvio que ese nombre no cubría ni mucho menos lo que ahora denota. Lo que se independizó de Gran Bretaña a finales del siglo XVIII fueron 13 colonias que ocupaban lo que hoy es más o menos el noreste del país. Con la compra de Luisiana a Francia el país creció, pero estaba todavía lejos de ser lo que es hoy. Tuvo que venir, primero, la guerra con México y el robo (no sé realmente qué otra palabra se podría emplear) de lo que era la mitad del territorio mexicano y que entre texanos y yanquis se apropiaron y, segundo, la guerra de Secesión, la guerra civil, la cual terminó en 1865. Esta, me parece, es la fecha de nacimiento de los Estados Unidos de Norteamérica. Pasa como con México: éste realmente nace con Don Benito Juárez. Lo que hay entre la Independencia y la República juarista son los estados embrionarios, las etapas previas a la constitución del país. Esto es comprensible. Los países no nacen hechos sino que se van haciendo y esto vale por igual para los Estados Unidos.  

 

            Y aquí empieza lo interesante para nosotros. Una vez conformados, los Estados Unidos automáticamente se convirtieron en “El Dorado”, en la tierra prometida, en particular para amplios sectores de la población europea. Los Estados Unidos eran un inmenso país sólo que despoblado, tierra virgen realmente, con todo por descubrir y hacer y con unos cuantos pueblos autóctonos fácilmente desplazables, con una población negra recientemente “liberada” (es discutible si al día de hoy la población afro-americana está realmente liberada. Ya no hay esclavos negros trabajando en campos de tabaco o de caña de azúcar, pero el racismo sigue siendo una realidad tan odiosa como innegable. Respecto a la esclavitud, habría mucho que decir, sobre todo en relación con la mano de obra mexicana y la trata de blancas, pero no intentaré profundizar en el tema), lo cual garantizaba una muy barata mano de obra y por lo tanto abría un horizonte inmenso de posibilidades de trabajo, inversión, industrialización, etc., y todo ello lejos de un continente siempre en guerra. Empezaron entonces a llegar oleadas de inmigrantes: suecos, alemanes, irlandeses, etc., y judíos, sobre todo de Europa Oriental, es decir, de zonas que estaban bajo jurisdicción zarista, regiones en donde probablemente las comunidades judías habían recibido el peor trato de su historia. Para finales del siglo XIX cerca de 2,000,000 de judíos se habían instalado ya en los Estados Unidos, en particular en Nueva York y zonas aledañas.

 

            Se produjo entonces en los Estados Unidos un auténtico choque cultural entre la población de un país recién nacido y una población que llegaba con 3,000 años de historia. La verdad es que culturalmente fue un choque tremendamente desproporcionado. Lo que los judíos ashkenazi encontraron en el país que les abría sus puertas era una población de entrepreneurs, de cow-boys y de coristas, una alta burguesía industrial (magnates del acero, el carbón, etc.) de inmensas aspiraciones imperialistas, gente trabajadora y esforzada pero culturalmente ingenua (o, casi podríamos decirlo, sin cultura, aparte de la cultura del trabajo) y un gobierno consciente de su potencial y con aspiraciones abiertamente expansionista (por lo menos en lo que concierne a América Latina, como lo pone de manifiesto la guerra por Cuba con España, a finales del siglo XIX y de la cual prácticamente se apropiaron hasta la llegada de Fidel Castro). Desde mi perspectiva amateur, es decir, para mí nadie mejor que Sinclair Lewis ha descrito la atmósfera que prevalecía en, por ejemplo, el así llamado ‘Midwest’ a principios del siglo pasado, una sección del país habitada por gente simple, llena de sectas protestantes muy activas, en donde reinaba un puritanismo estricto, etc. Lo que en todo caso es claro es que se trataba de una sociedad pujante, de un país que ya para finales del siglo XX sería el más industrializado del mundo, una potencia que muy pronto habría de probarse en los campos de batalla y con una población fuerte, trabajadora pero increíblemente ingenua.

 

            Frente a esa sociedad norteamericana, ambiciosa pero joven todavía, apareció una población con tradiciones sólidas, con una muy bien asimilada experiencia de vida en condiciones hostiles, maestra en el arte del comercio y en general en los servicios. Esa población llegó a los Estados Unidos y naturalmente trajo consigo sus tradiciones, su comida (la comida judeo-polaca, por ejemplo, es poco conocida, pero es sencillamente espléndida), su cultura, sus juegos, etc. Como parte de éste se importó a los Estados Unidos lo que por ejemplo en Polonia se llamaba ‘kabaret’ (que no significa lo mismo que ‘cabaret’ en México. Es más bien como teatro de revista). Los recién desembarcados en Nueva York muy pronto se extendieron en el mundo del comercio y en el de lo que ahora llamaríamos el ‘entretenimiento’. Fue tal el éxito que tuvieron los inmigrantes judíos en Nueva York que ya para principios de siglo, esto es, a los 30 años de su llegada, ésta les resultaba ya demasiado chica. ¿Qué pasó entonces? Que los dueños del incipiente mundo del espectáculo se trasladaron a California y en 1905 crearon en Hollywood los primeros 5 grandes estudios (Metro Goldwin Mayer, 20th Century Fox, Universal Studios, etc.). Pero ¿qué quiere decir eso? Que los judíos norteamericanos crearon la industria del cine.

 

            Lo anterior es tremendamente importante, porque si algo moldeó al mundo americano ese algo fue precisamente el cine y, por si fuera poco, con el cine vinieron la prensa, el radio y todo lo que después se inventó. ¿Podría decirse que son los norteamericanos un pueblo de lectores? Sólo en broma! Lo que el americano medio sabe sobre D’Artagnan o inclusive sobre Cleopatra lo sabe no porque haya leído novelas o biografías, sino porque Hollywood se lo dio ya digerido. Y estoy hablando exclusivamente de la conformación de una mentalidad, porque hay otros elementos de primerísima importancia que ni siquiera he mencionado, como la tristemente célebre y mal llamada ‘Reserva Federal Nacional’, que no es ni “Reserva” ni tiene nada de “Nacional”. Ese es evidentemente otro tema crucial, pero no es en el que quisiera concentrarme. Lo que me importa de todo este relato es la conclusión que podemos extraer de él y que, se supone, nos debería ayudar a entender la política norteamericana actual. Yo creo que es importante y es que es sencillamente un error garrafal hablar de la “cultura americana”, a secas. No hay tal cosa. Lo que hay, lo que sí es real, es la cultura judeo-americana. Si le quitamos al mundo americano la aportación de la cultura judía nos quedamos con el base-ball, la country-music y alguna que otra cosa más y punto. En cambio la inversa no es válida y eso también es digno de ser tomado en cuenta. El blues, por ejemplo, es ciertamente música negra pero, al igual que con el rock and roll y la pop music en general, su comercialización pasó por Hollywood y todo lo que de ella se deriva, o sea, todo (en este ámbito): las compañías de discos, los shows de televisión, los conciertos, etc. Así, pues, no existe la “cultura americana pura”. Siendo un país de inmigrantes, todos los grupos étnicos que llegaron de alguna manera contribuyeron al desarrollo cultural de un país ya unificado, pero ninguno de ellos se integró como lo hicieron los judíos. Éstos supieron moldear mejor que nadie el material humano con el que se encontraron.

 

            Ahora sí tenemos, me parece, un elemento más, una clave para comprender la política norteamericana. Si lo que he dicho se acerca aunque sea un poco a la verdad, sencillamente no hay tal cosa como “política norteamericana”. Lo que hay es política judeo-americana, esto es, una política híbrida dado que en realidad lo que se produjo en los Estados Unidos fue una auténtica fusión entre dos pueblos, un poco como pasó en México con la conquista: se creó una raza mestiza a partir de españoles e indígenas. En los Estados Unidos la fusión no fue en lo esencial de carácter étnico, sino cultural. No hay, pues, forma no digamos ya de separar al americano del judío: ni siquiera son distinguibles; se implican mutuamente.

 

            Lo que hemos descrito tiene obvias repercusiones en política y explica por qué los Estados Unidos no pueden más que tener una política contradictoria. Es obvio que, como cualquier otro estado, los Estados Unidos van a defender sus intereses, van a proclamar sus principios, etc. El problema es que al mismo tiempo van a promover los intereses de un grupo especial de norteamericanos, que son los judíos norteamericanos, los cuales desempeñan en las finanzas, en la cultura y en la política un rol único y preponderante. Entonces por un lado los Estados Unidos entran en guerra por razones de interés nacional, independientemente de que la causa sea justa o no, pero por la otra entran también en conflictos por intereses que son sólo de una minoría norteamericana. Al hacer eso se ganan el odio de media humanidad, pero a la poderosísima minoría con la que vive en un estado de simbiosis eso no le importa. Entonces hay muchas decisiones políticas, militares y financieras importantes que van en contra de los intereses de la mayoría de los norteamericanos, pero que beneficia a la minoría norteamericana que realmente gobierna en los Estados Unidos. Un ejemplo notable de conflicto absurdo e innecesario lo constituye Ucrania, así como lo es el capricho de tener rodeada por un escudo de misiles a Rusia. Eso ciertamente no es benéfico para el país llamado ‘Estados Unidos’, pero responde a los intereses de una minoría de norteamericanos. Lo mismo pasa con los precios del petróleo (se maniobra para que bajen los precios y así se afecta severamente a Rusia, Venezuela, Irán, etc., pero también a las compañías americanas) y con el apoyo incondicional a la feroz política israelí en contra del pueblo palestino. ¿Es esa política algo que el americano medio apruebe? Claro que no, pero lo aprueban los norteamericanos que mandan en los Estados Unidos. Ellos no son extranjeros, son norteamericanos, pero tienen además sus propios intereses. Una vez que entendemos esto, entendemos en qué sentido la política norteamericana es congruente y en qué sentido no lo es.

 

            Es muy importante entender la confluencia de la historia con la cultura y la política. Lo interesante en este caso es el resultado final de la mezcla, la creación de Rambos y “supermanes” y la identificación de la gente con esos íconos, la idea de mujer que se inventó, tan distinta de lo que era la mujer norteamericana hasta la segunda mitad del siglo XX, la auto-imagen de una sociedad plenamente convencida de que en ella encarna la familia perfecta, el matrimonio perfecto, la idea correcta de honor, de dignidad, de amistad, etc., etc. Todo eso es un producto cultural fantástico y de una fuerza que modela el pensamiento del hombre común; y es además de fácil exportación. Aquí la pregunta es: ¿qué pasaría si las contradicciones (culturales, económicas, políticas, etc.) se agudizaran y esas fuerzas que un día se unieron y crearon algo nuevo sobre la faz de la Tierra como el agua y el aceite se disociaran? Eso es algo sobre lo cual sólo quien ocupe el punto de vista de Dios podría pronunciarse.