Putrefacción Social a la Mexicana

1) La gente normal se horroriza, lo cual es más que comprensible, ante los terribles sucesos que tuvieron lugar hace alrededor de un mes en Iguala, Guerrero. Sin embargo, esa minoría de gente de buena voluntad, gente sencilla que todavía vive con restricciones morales, que no se cree todo permitido, desafortunadamente no siempre razona correctamente frente a las situaciones que la aterrorizan y la asquean y por ello rara vez logra forjarse una idea correcta de la situación in toto. Es, pues, muy importante hacer un esfuerzo y elevarse por encima de la descripción casi anecdótica de hechos particulares y tratar de tener una visión de conjunto para poder ofrecer un diagnóstico general apropiado. Ya ni me detengo a hacer el recordatorio de que, sobre todo en situaciones de conflicto social profundo como el que aqueja a nuestro país, pocas cosas hay que resulten tan inútiles y repulsivas (por hipócritas) como las rasgaduras de ropa y los golpes de pecho, esto es, las estériles declaraciones de indignación moral, que no sirven para absolutamente nada y menos aún cuando provienen de gente que no es ninguna autoridad moral para nadie. Desde hace mucho tiempo sabemos que los conflictos sociales no se resuelven por medio de imprecaciones morales y que el papel de plañidera política en el fondo no es más que una forma perversa de reforzar la situación general prevaleciente, el status quo. Ciertamente, no es esta la vía por la que nos interesa a nosotros adentrarnos.

2) A mí me parece que hay por lo menos dos formas de delinear el perfil del México de nuestros días. Una es a través de descripciones, esto es, por medio de palabras; otra es por medio de imágenes. Sugiero que intentemos por esta segunda vía. ¿Cómo es entonces México? ¿Cómo habría que pintarlo? No estando ya entre nosotros el magnífico Diego Rivera, que era quien veía por el pueblo de México y quien le dio rostro a su historia, ¿quién podría pintarnos un retrato del país? Yo creo que nadie. No obstante, podemos recurrir a la fotografía. Debo decir entonces que me parece que nada nos pinta mejor la faz social de México que el rostro mutilado, destrozado, torturado del joven estudiante que llevó en vida el nombre Julio César Mondragón. Lo que quiero decir es que si tuviéramos que plasmar plásticamente el rostro de México nada lo representaría mejor que el rostro desfigurado de ese pobre muchacho, víctima de un acto de salvajismo que en nuestro país ni mucho menos es inaudito. De acuerdo con el parangón, así es México, es decir, un país destrozado. No voy desde luego a solazarme con los detalles necrológicos del caso, sino que intentaré más bien reflexionar un momento sobre su posibilidad misma. ¿Cómo es posible que algo así suceda? ¿Qué clase de seres humanos genera un país en el que hay individuos capaces de ensañarse con una persona al modo como lo hicieron con Julio César, desollándolo vivo, arrancándole los ojos, el cuero cabelludo y quién sabe cuántas barbaridades más? ¿Qué clase de bestia puede hacer algo así? Y una decepcionante confirmación de que nuestra sospecha respecto a México es correcta es que suben ya hasta las narinas los hedores de la putrefacción social en la que estamos inmersos consistentes esta vez en las aburridas filípicas de siempre, plagadas de argumentos descaradamente inválidos, en contra de la sugerencia misma de que habría que condenar a muerte ya a los asesinos de Julio César. ¿Cómo es que llegamos a todo esto y cómo haremos para modificar el curso de lo que a todos luces se presenta como un tormentoso futuro?

JulioCesarMondragon3) Yo pienso que, si es escueta, la respuesta es muy simple: en México se ha venido practicando con espantoso éxito a lo largo del último medio siglo la receta perfecta para el desmoronamiento de un país. Recordemos velozmente algunos hechos relevantes. Yo creo que podríamos aceptar in extremis que, como él mismo lo proclamaba, el gobierno de López Portillo fue el último gobierno revolucionario, sólo que él se quedó corto. Tenía que haber añadido que a partir de él empezaba la etapa de la contrarrevolución. Se dio, por ejemplo, la desnacionalización, la entrega irresponsable y criminal de la banca (ya se preparan las de la electricidad, el petróleo y demás bienes nacionales), la consciente destrucción del sistema de educación básica imponiendo un sindicato abiertamente corruptor y violentamente represor para poder controlar el movimiento de los maestros, un movimiento iniciado en los tiempos de Othón Salazar y que fuera brutalmente reprimido durante el período de López Mateos, se instauró un programa de desinformación permanente y de embrutecimiento sistemático de la población a través de los medios de comunicación (para dar un ejemplo: un noticiero mexicano es basura frente a, digamos, uno argentino), se sembraron las semillas de toda forma concebible de corrupción, tanto en el sector público como en el privado, triunfó la delincuencia organizada que pasó del mundo de las sombras al de las estructuras públicas (policíacas, judiciales, políticas, etc.) a las que inundó y medio controla, se convirtió a los rateros más grandes de la historia de México en ejemplos a emular, en grandes personajes de la vida pública, se les dio la palabra a pseudo-intelectuales mediocres, portavoces de una dizque nueva historia, destructores de los grandes héroes del pasado de México [1]  y dedicados a denigrar a nuestros héroes nacionales, por lo menos de Hidalgo en adelante (cómo odian a Juárez todos estos mentecatos que se lucen en televisión, que escriben sus articulitos de periódico porque sus escritos rara vez son aceptados en revistas especializadas). En esas condiciones, al pueblo de México no le quedó otra cosa que asirse de objetivos pueriles y de ideales nocivos, que es con los que se le bombardea mañana, tarde y noche. Al mexicano medio se le quitó hasta la posibilidad del lenguaje, como lo muestran los datos referentes a sus niveles de educación, a sus capacidades escolares y demás. Todo eso aunado a una explotación brutal (baja constante en los salarios, disminución del contenido de la “canasta básica”, desempleo sistemático, etc.), al espectáculo de los contrastes sociales cada vez más marcados y escandalosos (pensamos en gente como la pareja Fox y se nos revuelve el estómago), tenía que dar como resultado lo que estamos padeciendo ahora. La estrategia de nulificación de México, muy probablemente orquestada desde el extranjero, dio resultado. Tenemos ahora una población inculta, pobre, sin futuro, endeble y, por ende, susceptible de realizar las peores acciones. Ahí está la conexión con las masacres de Guerrero.

4) Cabe preguntar: ¿por qué sucede lo que sucede ahora si antes, digamos hace medio siglo, la gente no era así? Siempre ha habido delincuencia, prostitución, tráficos de todo tipo, pero todo eso estaba confinado a ámbitos relativamente reducidos de la vida social. ¿Cómo fue que pasamos de ser un país sin duda con problemas, rezagos, injusticias pero relativamente estable y hasta cierto punto optimista al monstruoso país de nuestros días, un país de mentiras permanentes en todos los niveles y sectores de la vida social, un país vendido al extranjero, un país al que le robaron hasta a sus héroes patrios, sus tradiciones, su cultura, un país en el que se vive con un miedo cada vez mayor, un país en el que, como lo diría un gran artista nacional, literalmente “la vida no vale nada”? Porque es muy importante entender el punto general: lo que pasó en Ayotzinapa pasa y va a seguir pasando en cualquier parte del país, en todo momento. Es una tontería pensar que lo que pasó en Guerrero es un suceso casual, único, irrepetible. Pensar eso es ridículo. Al contrario y los hechos lo confirman día tras día: allá se fueron a buscar los cadáveres de los estudiantes abducidos y se encontraron con fosas comunes de las que no tenían ni idea y lo que pasa en Guerrero pasa en Veracruz, en Tamaulipas y de hecho en cualquier estado de la República. Lo de Guerrero es un caso, particularmente espeluznante, de lo que pasa a diario en México. ¿Por qué se cometen crímenes tan horrendos en México? Porque se llevó al país a una situación de penuria, de embrutecimiento, de brutalidad en la que la vida se vuelve insoportable. Pero ¿quién comete crímenes así? La respuesta, me parece, es más que alarmante: un aspecto terrible de esta situación es que en México casi cualquier persona, millones de personas, pueden fácilmente enrolarse en las files de la delincuencia, organizada u otra, y actuar en consecuencia. A cualquier persona en México se le ocurre mandar asesinar a su vecino sólo porque tuvo algún altercado con él, bajarse de su auto con un arma en la mano por un incidente de tráfico, organizarse con otros para robar dentro de su propia institución, desfalcarla, desviar fondos, etc., etc. O sea, lo que al ciudadano medio de muchos países ni siquiera se le ocurre, aquí a millones de personas no sólo se les ocurre sino que se les antoja, aspiran a eso. Eso es México hoy y es por eso que su rostro social es el ya aludido. ¿Es mi contrastación exagerada? Me temo que no.

5) Los seres humanos no son esencialmente ni buenos ni malos. Que afloren en ellos más virtudes que vicios, que su existencia sea más justa que injusta, etc., todo eso depende en gran medida de las circunstancias por las que fluye su existencia cotidiana. Los humanos son mucho más exitosos para sobrevivir que el resto de las especies precisamente porque, entre otras cosas, tienen una mucho mayor capacidad de adaptación. Desde esta perspectiva, hay que entender que el alza en las tazas de criminalidad en México no se debe a ninguna maldad particular del mexicano, sino más bien al hecho de que su particular modo de vida quedó desquiciado, desbalanceado, truncado. La reacción natural de una población que vive en las circunstancias de insalubridad, ignorancia, hambre, falta de trabajo, etc., como lo es la que prevalece en México es naturalmente orientarse hacia lo que presenta todas las apariencias de superación de esas circunstancias y si hay algo que se presenta de esa manera es la vida delincuencial: dinero fácil, satisfacción de necesidades biológicas básicas, surgimiento de sentimientos fuertes (emociones, solidaridad, protección de la familia, etc.). El problema obviamente es que quienes se encaminan por esa senda no perciben sus peligros, no entienden que ellos mismos serán víctimas de sus propias malas elecciones, de decisiones tomadas porque no veían alternativas. Frente al mundo de la corrupción institucionalizada que lo agobia, el ciudadano no ve otra cosa para sobrevivir que la ilegalidad, pero la ilegalidad conduce directamente a la brutalidad. Esa es la situación en la que nos encontramos. Ésta no se supera con estériles y aburridas prédicas morales. Los problemas sociales se resuelven políticamente, pero esto puede querer decir dos cosas: o por paquetes de medidas urgentes y efectivas en beneficio de las grandes masas o por otros medios. Dependerá de si quienes dirigen al país se atreven a dar la batalla en el frente político o si optan comodinamente por dejar que la situación actual se intensifique, que México se deslice por vía de las grandes reformas o por la de las grandes conflagraciones. Si la vida ilegal, hasta ahora casi por completo despolitizada, se llega a politizar, vamos a vivir un México para el cual hasta la fotografía aquí empleada va a resultar totalmente insuficiente.

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[1] Ahora está de moda ensalzar al ambicioso y despiadado criminal llamado ‘Hernán Cortés’, elogiar a quien aspiraba a ser el emperador de los mexicanos, el desheredado Maximiliano de Habsburgo y compadecerse de su esposa, la demencial Carlota, ante quienes habríamos tenido que doblar la cerviz y besar la mano de rodillas, ensalzar la supuestamente brillante labor económica pionera del dictador oaxaqueño, Porfirio Díaz, etc. Todo esto y mucho más es tergiversación histórica sobre pedido.