Palestina, mi amor

Desde 1948, el año en que se creó el estado de Israel, el mundo ha evolucionado de una manera pasmosa. Multitud de sucesos de lo más variado, eventos que considerados cósmicamente no tienen ningún valor pero que para nosotros, los humanos, fueron decisivos, conforman dicha evolución. Sin duda pertenecen a esa cadena de hechos que va de la fecha mencionada al día de hoy muchos acontecimientos positivos, aunque habría que apuntar tal vez que no son tan numerosos como hubiera sido deseable. Podríamos incluir, desde luego, a las revoluciones cubana y bolivariana, la integración de China al mundo, la llegada del hombre a la Luna, toda una gama de descubrimientos científicos y algunas cosas más. Dicha lista, sin embargo, queda opacada cuando se le equipara a la de los sucesos negativos que desde entonces tuvieron lugar. Se produjeron las horrorosas guerras de Corea y Vietnam, se popularizó la práctica de la eliminación de individuos por parte de los Estados (de líderes políticos, estudiantiles, sindicalistas, etc. Kennedy, supongo, es un buen ejemplo de ello), el mundo quedó sometido a los caprichos de unos cuantos estados y de una cuantas instituciones (me parece que se hablaba en conexión con esto del “consenso de Washington”), se derrumbó el experimento social más bello de la historia, esto es, el “socialismo real”, se aprendió a experimentar con crisis económicas para enriquecer a unos cuantos y dejar en la miseria a amplios sectores de la población mundial, se alteraron ópticas morales saludables, niveles de vida, rangos de libertad individual, se exacerbó la explotación del planeta (de sus mares, sus bosques, su subsuelo, sus animales, etc.) y así indefinidamente. Todo eso y mucho más pasó, pero hay una cosa que en lo esencial no se ha modificado desde entonces, a saber, el estado de sufrimiento, de hostigamiento brutal permanente, de humillación cotidiana, de trato incomprensiblemente cruel del cual han sido objeto los palestinos, todo ello conjugado con una casi total indiferencia por parte de los gobiernos y (sobre todo por ignorancia) de la población mundial. Eso que no ha cambiado en un mundo esencialmente mutante es el proceso de aniquilación lenta, pero que se pretende volver inexorable, del pueblo palestino.

La historia moderna de Palestina ha sido ya contada en innumerables ocasiones y no tiene mayor caso repetirla. Todo mundo está enterado de cómo los habitantes de Palestina fueron masacrados y expulsados a raíz del surgimiento de Israel, de la guerra de los 6 días y de la invasión de Líbano. En total, más de un millón de personas tuvieron que abandonar sus tierras, sus propiedades, su marco vital y ahora ni los sobrevivientes (por ejemplo, de las masacres de Sabra y Chatila) ni sus descendientes pueden regresar a la tierra de sus ancestros. Poco a poco pero sistemáticamente, los territorios palestinos que todavía constituyen la Franja de Gaza y Cisjordania son literalmente deglutidos por lo que en realidad es una potencia internacional, la cual goza (no por casualidad, desde luego) de múltiples y poderosos apoyos de toda índole (militar, financiero, ideológico, etc.) en muchos lugares del mundo y con la cual el pueblo palestino obviamente no puede rivalizar. No hay televidente en el mundo que no haya visto escenas de “enfrentamientos” entre ciudadanos palestinos arrojando piedras y soldados israelíes usando el mejor armamento imaginable, escenas que expresan el desbalance y la asimetría entre los protagonistas del conflicto. Esta “confrontación” entre, por una parte, el ejército de un estado que exporta armas, que entrena ejércitos para la represión en sus propios países (como sucedió en América Central en los años 80 del siglo pasado, en particular en Guatemala, durante las grandes matanzas de poblaciones indígenas por los kaibiles. Dicho sea de paso, el ejército mexicano en Chiapas podría contarnos algo acerca de cómo se “beneficia” de la experiencia militar israelí), que posee armamento nuclear, químico y biológico, que recibe de regalo submarinos, miles de millones de dólares anualmente en aviones, radares, misiles, etc., y, por la otra, una población cercada, a la que se le restringe en la actualidad la electricidad a tres horas al día, se le raciona el agua, a la que se le retienen sus fondos de cuentas bancarias de manera que nada puede florecer en su cada vez más exiguo territorio por falta de inversiones, cuya infraestructura es una y otra vez inmisericordemente demolida, que ha sido blanco de bombardeos con armas prohibidas (bombas de fósforo blanco, por ejemplo), que no tiene un ejército ni mecanismos elementales de defensa, a la que no se le permite recibir ayuda (recuérdese los casos de las flotillas atacadas por la marina israelí), es una “confrontación” que parece más una lograda creación de literatura de horror que una secuencia de hechos incuestionables. Sin embargo, no es tanto sobre los contenidos de las descripciones que abundan sobre el tema sobre lo que quiero reflexionar. Es más bien la posibilidad misma de ese estado de cosas lo que quisiera considerar. ¿A qué se debe, cómo se explica que el mundo tolere esa situación, una situación obviamente repulsiva moralmente y que inevitablemente hace que uno se sienta, por una parte, horrorizado e indignado y, por la otra, inundado de compasión y de deseos de tender la mano, de ayudar a esa pobre gente? Nuestra duda es: ¿hay realmente una explicación de esa situación infernal?¿Responde ella a una determinada lógica histórica y política o es meramente el resultado de un sinnúmero de contingencias?

Lo primero que habría que hacer es señalar que no todo ciudadano israelí ni todo judío que vive fuera de Israel apoya la actual política gubernamental. Hay multitud de judíos que, por sus propias experiencias pasadas, por la historia, por su conciencia moral, por sus convicciones religiosas, por sus posiciones políticas sencillamente no está de acuerdo con lo que pasa todos los días en Palestina. Hay gente respetable, de primer nivel, como Ilan Pappé o como Norman Finkelstein, simultáneamente aclamado en universidades de prestigio pero sistemáticamente acosado laboralmente en su país (USA), bienvenido en universidades europeas pero vilipendiado por la prensa mundial (en estos días está en Alemania impartiendo conferencias). Como ellos hay muchos otros, menos conocidos, dentro y fuera de Israel, gente que no acepta convivir tranquilamente con el estado de semi-esclavitud en el que se mantiene a la población palestina. Hay importantes grupos de religiosos ortodoxos que rechazan, sobre bases bíblicas, la existencia misma del Estado israelí y que ciertamente no son nazis sino judíos, tan legítimos como sus opositores o más. Hay dentro de Israel artistas e intelectuales, todo el tiempo hostigados y violentados, que protestan en contra del status quo impuesto por el actual gobierno, desgraciadamente apoyado todavía por sectores importantes de la sociedad israelí. Hay de hecho un interesante portal que se llama ‘Rompiendo el Silencio’ (http://www.breakingthesilence.org.il/), un portal de internet en el que los soldados israelíes cuentan sus experiencias durante las incursiones en los territorios ocupados. Es, obviamente, un portal de auto-crítica, no de auto-vanagloria. Hay cantantes encarceladas y hostigadas y muchos librepensadores descontentos con la situación en relación con la población palestina. Los genuinos opositores judíos, sin embargo, siguen todavía siendo una minoría, si bien una minoría que emana del pueblo mismo, de gente que extrae su religión del Antiguo Testamento y que deja que éste guíe su vida cotidiana, y no textos muy posteriores, como el Talmud y la Cábala, que exaltan más bien otras clases de sentimientos y actitudes. Pero si no hay unanimidad en el seno de la población judía mundial respecto a la política a seguir con los palestinos y hay un gran repudio internacional: ¿cómo entonces se explica dicha política?

Yo pienso que hay toda una variedad de factores que coinciden y que, considerados de manera conjunta, están en la raíz de la terrible situación que se vive día a día en Palestina, pero el punto que hay que entender es el siguiente: ninguno de esos factores por sí solo podría llevar a la situación actual. Es su conjunción lo que adquiere el poder causal cuyos efectos conocemos.

Todo tiene que ver con la historia. Israel es ciertamente un país joven, pero las comunidades judías asentadas tanto en Europa como en los Estados Unidos tienen una historia milenaria. Desde hace mucho tiempo ya son comunidades perfectamente bien establecidas, sumamente exitosas económicamente y en muchos casos podemos calificarlas como las más exitosas del mundo. Las fortunas más cuantiosas que hay son básicamente (si bien no únicamente) de gente de origen judío, muchos de ellos ligados desde luego a la banca mundial, pero también al petróleo, a los garitos, etc. El dinero fluye hacia Israel de muchas formas, pero sin duda alguna los cuantiosos apoyos de banqueros y magnates de toda clase le han infundido una gran fuerza y confianza a los sucesivos gobiernos israelíes.

El poder económico judío, particularmente fuerte en los Estados Unidos, y su consecuencia lógica, o sea, su decisiva influencia en las políticas gubernamentales, se ve reforzado por lo que se conoce como el “quinto poder”, los mass media, los aparatos de entretenimiento y propaganda que son parte integral de cualquier sociedad. En los Estados Unidos prácticamente todas las agencias noticias, los canales de televisión, el cine, todos los periódicos conocidos, todo el mundo del show-business, Hollywood en general, todo eso está básicamente en manos de judíos. Desde luego que ello no es ilegal. Es simplemente un hecho que hay que indicar y tomar en cuenta para explicar otros fenómenos. Además, no es ningún secreto. Lo sabe todo mundo y se sabe en todo el mundo. Pero justamente es esa realidad lo que explica por qué un intento de apuñalar a un soldado israelí es objeto de artículos incendiarios en la prensa mundial y en cambio si quien es arteramente baleado, si quien es quemado en su cuna, si a quien le demuelen su casa es un palestino, entonces sencillamente no hay ninguna noticia que reportar. Riqueza y propaganda conforman ya ellas solas un factor político de una formidable fuerza.

En tercer lugar encontramos el factor político. Propaganda y dinero abren puertas, lo cual explica por qué en los Estados Unidos sobre todo hay tantas personas en puestos fundamentales que son americanos de origen judío. Sería ridículo negar la importancia de los lobbies judíos, siendo el más importante desde luego el AIPAC (Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos), pero hay muchos otros (Anti-Defamation League, B’nai B’rith, el World Jewish Congress, etc.), todos ellos sumamente poderosos e influyentes. Es a través de dichos grupos de poder como sus allegados van ocupando puestos clave del gobierno norteamericano. Como un ejemplo paradigmático de este fenómeno podemos señalar a Victoria Nuland y a su esposo, Robert Kagan, quienes forman en verdad una extraordinaria pareja: ella, por ejemplo, organiza el golpe de Estado en Ucrania y él entonces promueve jugosos negocios armamentistas. En general, los así llamados ‘neoconservadores’ (Wolfowitz, Perle, Feith, etc.) son casi todos ellos de origen judío y todo mundo sabe que fueron ellos quienes orquestaron la guerra de Irak. Poder político, por lo tanto, sí tienen.

En cuarto lugar podríamos mencionar el grandioso plan político del gobierno israelí, esto es, la idea del “Gran Israel”, un plan de expansión territorial que se ha ido decantando cada vez con mayor nitidez. El éxito portentoso de los grupos judíos aliados del gobierno israelí hace que éste se vuelva cada día más agresivo, más prepotente, más ambicioso y que sus políticos sean cada día más fanáticos y más decididos. Israel no le rinde cuentas a ninguna institución mundial ni acata ninguna disposición tendiente a limitarlo. Así, lo que hace 20 años era en principio un plan aceptable de dos Estados independientes hoy ya se volvió obsoleto y no representa ya nada atractivo para los actuales dirigentes israelíes, puesto que ahora ellos están conscientes de su enorme fuerza. No tienen entonces para qué negociar si pueden imponer sus objetivos y ciertamente actúan en consecuencia.

En quinto lugar está el chantaje intelectual que a través de todos los medios posibles se ha pretendido ejercer esta vez no sólo nada más sobre los palestinos sino sobre todos los ciudadanos del mundo y consistente en hacerles digerir la ecuación “anti-sionismo = antisemitismo”. Esa identificación es a la vez una mentira y una falacia. Cualquier crítico serio de las políticas israelíes de inmediato es catalogado como “anti-semita” y a partir de ello se inicia su persecución. Obviamente, después de 68 años de haber usado y abusado de esta táctica, el procedimiento ya se desgastó. Dejando de lado la historia del concepto, en la actualidad el sionismo es sencillamente la política del gobierno israelí. “Antisemitismo” y “anti-sionismo”, por consiguiente, son conceptos lógicamente independientes y para ilustrar lo que estoy afirmando haré algo que no me gusta, a saber, me daré a mí mismo como ejemplo. Yo he tenido muchos amigos judíos en diversos lugares (en Polonia, en Inglaterra, en América del Sur), pero lo único que nunca he tenido han sido pensamientos anti-semitas, esto es, nunca he sentido la menor tentación por rechazar a una persona sólo porque profesa una cierta religión o pertenece a una determinada etnia o comunidad. Y como yo hay muchos anti-sionistas que no son antisemitas. En la medida en que el verdadero anti-semitismo es una forma vulgar de racismo, yo soy el primero en oponerme a él. Empero, ello no me ciega para ver las barbaridades cometidas todos los días en contra de una población prácticamente indefensa por parte de un gobierno que le hace lo mismo que lo que le hicieron a su propio pueblo en otros siglos. El problema es que tan pronto alguien quiere alzar la voz, de inmediato la Liga Anti-Difamación (Anti-Defamation League) o cualquier otra organización como esa echa a andar sus mecanismos de desprestigio, vituperación, amenazas, etc., en contra del atrevido hasta que éste queda o en la ruina o es golpeado, amenazado o, lo que también puede suceder, se vuelva un enemigo acérrimo activo del sionismo, como sucedió en Francia con Alain Soral y Dieudonné M’Bala M’Bala, lo cual a final de cuentas le resultó al beligerante movimiento sionista francés altamente contraproducente.
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Por último, está una ideología inculcada desde los primeros años, una ideología de odio, de desprecio por los sentimientos, valores, cultura, etc., del pueblo vecino. Esta ideología es la prueba de que pocas cosas hay tan maleables como el ser humano, porque ese niño que grita “hay que matar niños palestinos” podría haber sido educado de manera que gritara “hay que ayudar a los niños palestinos”. Si los adultos son manipulables, los niños más.

Ahora sí podemos atar cabos y comprender por qué se da la situación que prevalece en esa zona del Medio Oriente, por qué se puede en el siglo XXI atormentar a un pueblo desamparado tal como lo hace el gobierno israelí con los mártires palestinos. Es la conjunción de los factores mencionados lo que constituye la plataforma sobre la cual se erige el anti-palestinismo israelí. Poder, dinero en exceso, manipulación de las mentes, una historia agitada, gobiernos oportunistas, dirigentes políticos tan ambiciosos como inescrupulosos y una ideología no de amor sino de odio, todo eso conjugado es lo que constituye los cimientos sobre los que se erige el trato inhumano del pueblo palestino. Y si a eso le añadimos la fácil identificación del palestino con el terrorista, la pseudo-justificación de la auto-defensa, la auto-conmiseración por sufrimientos pasados, entonces entendemos la modalidad agresiva de racismo que se despliega en un territorio en donde en la actualidad sólo hay presas y depredadores.

Ahora bien, con toda esa ventaja militar, financiera y propagandística que tiene el gobierno israelí sobre el pueblo palestino, de todos modos es difícil pensar que tiene su triunfo asegurado. Y si algo nos asiste en esta idea es la profunda convicción de que un gobierno que cínicamente despliega una política como la del gobierno de B. Netanyahu nunca tendrá el apoyo de la población mundial. Por más que la gente ajena al conflicto esté sometida al bombardeo propagandístico pro-israelí, por más que se llene el espacio con noticias tergiversadas sobre lo que pasa allá todos los días, el hecho es que nunca será la gente indiferente y nunca estará sentimentalmente del lado del prepotente y del abusador, porque esa causa no es noble puesto que exige el exterminio de un pueblo para triunfar. Hay lazos naturales de solidaridad humana que la euforia triunfalista de un grupo, por poderoso que sea, no puede romper. Lograrlo equivaldría a haber destruido la naturaleza humana. Un mínimo de sentido histórico debería hacerles pensar a quienes hoy se ensañan con el pueblo palestino que no es posible sostenerse indefinidamente en el lado victorioso de la “confrontación” y aplastar a los “enemigos” indefinidamente, hasta el fin de los tiempos. No es así como fluye la historia. Por eso pienso que la decisión del presidente D. Trump de pasar la embajada norteamericana de Tel-Aviv a Jerusalem, si bien a primera vista será la expresión del triunfo total del proyecto sionista, será más bien una victoria pírrica y marcará el momento en el que dicho proyecto político estará entrando en su primera etapa de descomposición y de desintegración definitiva.