Obama, Trump y México

Por fin podemos con júbilo exclamar que llegó a su término el periodo presidencial de uno de los mandatarios norteamericanos más siniestros de los últimos tiempos, esto es, Barack Obama. A pesar de su francamente cursi y ultra-demagógico discurso de despedida – una especie de canto de cisne ridículo en el que hábilmente sintetizó vanagloria con auto-elogios por supuestos logros más ficticios que reales, manifestando abiertamente actitudes de superioridad moral sobre todos los pueblos de la Tierra, tratando a toda costa de conminar a la administración entrante, mediante insinuaciones y descaradas exhortaciones, a que adopte sus lineamientos de odio, en especial en contra de Rusia – el record de Obama no se altera y sigue siendo negativamente formidable. Decididamente, el mundo está en una peor situación ahora que cuando Obama tomó las riendas del gobierno de los Estados Unidos. Por ningún motivo debemos olvidar que fue un presidente que se jactaba de ser el campeón de los asesinatos selectivos y ataques con drones, una política que ni siquiera G. W. Bush se atrevió a adoptar, una conducta militar que causó miles de muertos, cientos de ellos inocentes, entre otras razones por los errores tácticos cometidos (bombardeo de hospitales o de celebraciones familiares, como bodas, confundidas con “concentraciones de terroristas”). Su frase dilecta y por la que pasará a la historia era: “Soy realmente bueno para matar gente, verdad?”. Curiosamente, siendo él el primer presidente negro de un país azotado por un incurable racismo lo único que a final de cuentas logró fue exacerbar los conflictos raciales como nadie antes! Ahora hay más problemas inter-étnicos en los Estados Unidos que hace 10 años. Para volver a encontrarnos con la misma violencia racial de la actual policía norteamericana tenemos que remontarnos a los años 60 del siglo pasado. Como es bien sabido, por otra parte, Obama deliberadamente no cumplió multitud de promesas de campaña, como la de cerrar la ignominiosa cárcel de Guantánamo, que es en realidad territorio cubano robado y descaradamente ocupado para las peores prácticas represivas. Tampoco retiró las tropas norteamericanas de Afganistán, sino que hizo exactamente lo contrario: reforzó la presencia militar americana en aquel destruido país. México, desgraciadamente podemos afirmarlo, recibió de él un trato de segunda, como lo muestran las diversas operaciones “Rápido y Furioso”, las cuales no se habrían podido realizar sin el asentimiento gubernamental del más alto nivel y que ponen de manifiesto lo que fue su cínica política intervencionista. Dejando de lado el pueril circo mediático ejecutado con B. Netanyahu, consistente en ignorarse mutuamente y en hacer declaraciones que apuntaban a un distanciamiento oficial, el hecho es que Obama le concedió a Israel el apoyo militar norteamericano más considerable de todos los tiempos (firmó en enero de este año el acta por 38,000 millones de dólares), lo cual significa la sumisión total del gobierno de los Estados Unidos a las políticas racistas y expansionistas del actual nefasto gobierno israelí. Obama es, con Hillary Clinton, responsable directo del asesinato de M. Khadafi y de la infame destrucción de Libia, a la sazón el país más próspero de África, con un gobierno que había amasado oro suficiente para echar a andar su propia moneda, una moneda que habría de ser continental e independiente ya del Banco Mundial. Pero eso había que impedirlo a cualquier precio y para quedarse con su oro, y de paso con su petróleo, Obama orquestó (con Francia) la destrucción de Libia. (Hay un video en el que Hillary Clinton sonriendo afirma, parodiando a Julio César: “Llegamos, vimos y él murió”, refiriéndose claro está al gobernante libio). Tampoco se puede perder de vista el hecho de que a pesar de que se le regaló el premio Nobel de la Paz (un premio que, ya lo sabemos y lo reconfirmamos recientemente con el último laureado, no tiene ningún valor aparte del monetario), Obama fue un presidente que llevó a los Estados Unidos a los umbrales de una confrontación frontal con Rusia y con China. El pacto atómico con Irán (JCPOA) se logró a pesar de sus repetidos intentos de boicotear las negociaciones pues, como es bien sabido, en por lo menos dos ocasiones J. Kerry, que era su enviado, trató de terminarlas, sólo que Rusia y China, que también formaban parte de la mesa de negociación, lo impidieron. Los norteamericanos nunca han sabido de diplomacia más allá que lo que permite la presión financiera o la amenaza de drones y misiles. Y lo mismo pasó con Cuba: el contacto con la isla (más mediático que real) es una expresión de la solidez de la Revolución Cubana. Sería infantil pensar que el “acercamiento” se debió a un gesto humanitario por parte de Obama. Al día de hoy el bloqueo sigue en pie y los cubanos siguen sin poder importar tornillos o harina. Lo único que Obama hizo fue oficializar la derrota americana y ello sobre todo porque los norteamericanos se están quedando fuera de los negocios que empiezan a proliferar en Cuba. Ahora bien, sin duda alguna lo más significativo de su mandato en lo que a política internacional concierne es la animadversión personal en contra del super líder político que es Vladimir Putin y el odio mortal en contra de Rusia con que Obama la impregnó. Ese es su sello y pretende que sea su herencia. Para él era realmente muy fácil convertir a Putin en su chivo expiatorio sistemático, pues tenía a la prensa y a la televisión mundiales a su servicio. El que no soporte a Putin quizá se explique porque, dejando de lado el frente de la propaganda y ubicándonos en el de los hechos, éste lo derrotó diplomáticamente con el pacto con Irán y militarmente en Siria, en donde los aviones y misiles rusos prácticamente acabaron con los mercenarios y asesinos entrenados y pagados por Washington para destruir Siria. Con la derrota de los terroristas de Daesh en Siria se firmó el certificado de defunción de la odiosa y criminal política de Obama en el Medio Oriente. Su venganza y la de otras fuerzas operantes en los Estados Unidos fue y desde luego sigue siendo Europa Oriental en sus fronteras con Rusia, a donde como un último acto de maldad y de odio incontenible Obama ordenó el envío de más tanques y tropas que las que hubo alguna vez en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En vista de todo lo que sabemos sobre el personaje, creo que lo único que nos queda por hacer es vitorear su salida de la Casa Blanca y desear no volver a saber nunca nada más acerca de él.

      Frente al monstruoso Obama que por fin se va, dejando un país dividido, con sus programas fallidos (incluido el famoso Obamacare, repudiado por todo mundo y para el cual ya en este momento la nueva administración tiene un proyecto alternativo), quien estará ahora al frente del gobierno de los Estados Unidos (si no lo matan antes de que tome posesión o ya siendo presidente, algo acerca de lo cual en los Estados Unidos tienen experiencia, como sabemos) es el señor Donald Trump. En relación con Trump lo que nosotros tenemos que hacer es simplemente preguntarnos dos cosas: 1) ¿quién es Trump? y 2) ¿qué significa Trump para México? Intentaré responder a estas dos preguntas de manera escueta.

      Donald Trump es un político que viene del mundo del big-business, no de filas partidistas, o sea, no es un político estándar, recortado con tijera. Aunque poco a poco se va delineando su proyecto político global, la verdad es que todavía es una incógnita, en gran medida porque, como es obvio, el contenido de sus discursos está mediado por los intereses inmediatos de campaña y previos a su toma de posesión. Que Trump proceda del mundo de los negocios no significa que políticamente sea un ingenuo o un desorientado. Yo creo que no se puede entender lo que políticamente hablando Trump es si no se dispone de un cuadro mínimamente claro de la situación en la que él se encuentra, que en mi opinión es tanto conflictiva como peligrosa y es, muy a grandes rasgos, la siguiente: por un lado, es incuestionable que Trump se ganó a la opinión pública norteamericana, lo cual es interesante, porque muestra que ésta fue sensible a un discurso político inusual, al tiempo que mostró su hartazgo con la retórica política vacua de los demagogos de siempre, bien representados en este caso por Hillary Clinton. Por otro lado, sin embargo, es un hecho que Trump es permanente, sistemáticamente hostigado por la prensa y la televisión mundiales, que son los medios a través de los cuales la gente “se entera” de lo que él dice y hace. La construcción de la imagen de alguien es algo muy fácil de lograr y los mass media conocen a la perfección las técnicas de deformación y difamación. Nótese, dicho sea de paso, que lo que refleja la oposición entre la opinión pública más o menos despierta políticamente y los medios de comunicación es simplemente que ambas partes tienen intereses diferentes, por no decir opuestos. Dicho de manera general, los intereses de las masas y los de los medios de comunicación se contraponen: lo que le conviene a una parte no le conviene a la otra, y a la inversa. Como nosotros no nos comunicamos con la gente, en abstracto, sino que nos enteramos de lo que sucede a través de los medios, lo que recibimos son los mensajes que éstos quieren hacernos llegar, no los de la gente. Así, lo que a nosotros nos llega es la imagen de un Trump uno de cuyos objetivos más anhelados aparentemente sería destruir México. Eso, huelga decirlo, es una caricatura malvada, una tergiversación que sólo se puede neutralizar si se entiende por qué los medios están interesados en presentar a Trump como lo hacen, esto es, de un modo que se le generan enemigos por todos lados. ¿Por qué se da esa animadversión, esa oposición tan fuerte a Trump por parte de la prensa mundial? Si no se tiene una respuesta a ello, entonces no se entiende a Trump. Mi hipótesis es la siguiente: a diferencia de lo que pasa con Obama y con su ex-jefa del Departamento de Estado, Clinton, quienes obviamente eran simples lacayos del sistema bancario internacional, el rasgo político fundamental de Trump es que él sí es un auténtico nacionalista norteamericano. Yo de entrada diría que el que así sea es mejor para México, puesto que siempre será mejor lidiar con un nacionalista genuino que con un mero empleado de la banca, que lo único que hará será imponer políticas acordes a las reglas que le dicten los amos del dinero. De manera general, es claro que el nacionalismo es en su raíz esencialmente opuesto al cosmopolitismo bancario. El problema se plantea entonces porque en última instancia los bancos son, a través de complejísimos mecanismos, los dueños de todo, las televisoras, los periódicos, el cine, etc., incluidos. Así, todo el ataque mediático en contra de Trump no es más que una enorme presión política de alto nivel para indicarle desde ahora que su nacionalismo tiene límites y que más le conviene no intentar traspasarlos. Para hacerle sentir que la guerra puede ser total ya se llegó hasta el plano de las “revelaciones” personales según las cuales Trump habría participado en Moscú en tremendas orgías. Ahora sabemos que toda esa historieta fue armada por un ex-espía de MI6, el servicio secreto británico. La verdad es que la prensa mundial es un asco y no tiene límites, pero no entraremos ahora en tan horrendo tema. Regresemos al nuestro. Con base en lo dicho, me parece que ahora sí podemos entender por qué es Trump de entrada presentado de una manera tan incongruente, como si fuera un demente y representara una amenaza no sólo para México sino para todo el mundo. La razón es que el espíritu (por el momento sólo es eso. Habrá que ver después cómo se materializa) trumpiano es opuesto al espíritu bancario internacional y éste es el sistema del mundo. Todo haría pensar que tarde o temprano tendrá que haber una confrontación al interior de los Estados Unidos para determinar quién en última instancia manda realmente en ese país, si el gobierno elegido, que en general está de paso, o lo que se llama el “gobierno profundo”, las fuerzas que manejan y controlan las finanzas del mundo, que está ahí permanentemente activo. Si Trump efectivamente es un nacionalista, él de manera natural buscará implementar (si no lo matan, como ya dije) políticas monetarias, de inversión, militares, etc., que son esencialmente contrarias a la clase de maniobras financieras practicadas por los bancos, que son las que los vuelven ultra-ricos y por ende ultra-poderosos, en detrimento desde luego de la población mundial. Las políticas de los, por decir algo, 20 bancos más grandes del mundo desembocan siempre en burbujas inflacionarias, crisis de propiedades y bienes raíces, pauperización galopante, recortes gubernamentales, deudas eternas de los países, etc., esto es, crisis para todo el mundo menos para ellos y de las cuales salen sistemáticamente beneficiados (puesto que ellos las crean). Aquí, naturalmente, no es ni la moralidad ni el sentido común lo que importa, sino los grandes intereses. Así, por ejemplo, uno diría que cuando Trump propone tener relaciones amistosas y de cooperación con Rusia, ello es bueno para todos! Pues no: ello significa limitar al complejo industrial-militar, disminuir las inversiones en nuevas clases de armamento, redirigir fondos hacia objetivos relacionados con la producción agrícola, educativa, etc., y eso no le conviene al sistema bancario mundial. La verdad es que ya no se tiene derecho a no entender quiénes son realmente los enemigos del género humano pero, independientemente de ello, ya entendemos por qué Trump es el blanco de las críticas de la prensa y la televisión mundiales (sin olvidar el cine! Recuérdese, por ejemplo, la ridícula actuación de Merryl Streep en contra de Trump. Patética!).

      Tomando en cuenta lo que hemos dicho: ¿qué podemos pensar que representa Trump para nosotros? A mi modo de ver, el tema del muro y las políticas nacionalistas que él pretende imponer son cuestiones delicadas, de múltiples implicaciones, pero son temas que en principio se deberían poder tratar, negociar, bloquear, modificar. El problema en el fondo es otro y creo que podemos presentarlo de manera un tanto paradójica como sigue: nuestro problema es que nosotros no tenemos Trumps, no tenemos a nadie que dé la cara, que se faje por México. Yo no recuerdo a nadie que proclame a diestra y siniestra que quiere “hacer grande a México”. Nuestro problema, desde la época de la Malinche, pasando por José María Gutiérrez de Estrada (el miserable que le ofreció México a Maximiliano), por Santa Anna y por toda la caterva de Miramones y Mejías que han infectado a este país, es que casi lo único que hemos tenido como gobernantes han sido fracasados y desvergonzados personajes vacíos de sentimientos nacionalistas y populares. Considérese momentáneamente (no soportamos hacerlo más tiempo) al descarado Serra Puche, el irresponsable causante del “error de diciembre” y de todo lo que eso acarreó (ni más ni menos que el Fobaproa), un sujeto que se había mantenido en el anonimato durante 15 años pero que ahora sale a abrir la boca para insistir en que frente a las políticas nacionalistas de Trump México no se cierre y que no haga lo mismo, o sea, que no defienda su economía y su gente! Que se entienda de una vez por todas: nuestro problema no es Trump: nuestro problema son justamente los Serras Puches, los que firmaron un tratado de libre comercio que se sabía de entrada que iba a destruir al agro mexicano, los cretinos incapaces de exigir que se cumplieran las cláusulas del mentado tratado, los actuales rematadores de lo que quedaba de la riqueza nacional, los que firman convenios que le quitan soberanía a México sobre sus territorios aéreos, sus playas, sus productos naturales, los que permiten que en México se experimente con todo, hasta con su gente (piénsese nada más en los alimentos transgénicos y en los permisos para que se produzcan y distribuyan aquí), los que regalan su subsuelo y así ad nauseam. Nuestro problema es precisamente que no tenemos dirigentes como Trump que estén dispuestos a sentarse a la mesa a negociar con dignidad y con valentía el presente y el futuro del país y que no saben hacer otra cosa que ceder y conceder; nuestro problema es ante todo que nos dirigen incapaces, mediocres, gentuza que ocupa puestos de primera importancia, desde los cuales se toman decisiones trascendentales para el país, pero que no están ahí gracias a sus cualidades, sus aptitudes o conocimientos, sino por compadrazgos, compromisos y demás. Nuestro problema son los políticos de pacotilla, los mediocres de siempre que hicieron que México, en lugar de diversificar sus relaciones comerciales, se centrara en Estados Unidos y se volviera enteramente dependiente de éstos; que en lugar de desarrollar una política exterior autónoma y propia, optaron por llevar al país por la senda de la sumisión y la abyección (Fox y Calderón son como el epítome de esas rastreras tendencias). ¿Que quiere Trump erigir un muro? Adelante, siempre y cuando el gobierno que nos represente sepa responder a dicho plan. México tiene muchas maneras de presionar y de defenderse, pero para activarlas  se necesitan políticos valientes, nacionalistas, con visión, “juaristas” me gustaría decir. El problema es que no tenemos eso. Una vez más: nuestro problema no es Trump. Con él en principio se debería poder negociar de manera mucho más positiva y efectiva para México de lo que se pudo hacer con otros gobernantes estadounidenses y desde luego de todo lo que se hubiera podido hacer con una inescrupulosa delincuente de las magnitudes de Hillary Clinton. Nuestro problema son nuestros gobernantes, los priistas venidos a panistas y los panistas transformados en priistas, todos esos imbéciles que no saben hacer otra cosa que aullar apenas se usa la palabra ‘populismo’ o se ensalzan las posiciones populistas de Trump, cuando es justamente una política populista real lo único que podría sacar al país del hoyo en el que está y del abismo al que se aproxima. Desafortunadamente, los profesionales mexicanos de la política sólo reaccionan cuando ya pasaron las cosas, cuando ya no hay nada que hacer, cuando ya se nos murió la gallina de los huevos de oro. Qué horror! Yo estoy seguro de que hasta la hedionda casta política mexicana lamentará, cuando se les congregue un millón o un millón y medio de personas a lo largo de la frontera sin poder cruzarla por el muro de Trump, no haber adoptado posiciones trumpianas y no haber defendido contra viento y marea los verdaderos intereses de lo que es su única razón de ser, lo único que justifica su existencia, a saber, el pueblo de México.