Netanyahu ante el Congreso: una oportunidad manquée

Me permito sugerir que una forma útil de clasificar a los hombres de Estado es la siguiente: hay algunos que se vuelven grandes, que adquieren una dimensión histórica porque detectaron y no dejaron escapar las ocasiones excepcionales en las que la historia los colocó y porque supieron aprovechar la oportunidad que la vida les estaba brindando para aportar algo nuevo, para desconcertar a todo mundo con una propuesta hasta entonces no imaginada, para salir de un impasse político, para innovar y lograr no sólo alcanzar sus propios objetivos sino también para abrir nuevos horizontes para la vida en el planeta; y hay, por otra parte, los hombres de Estado que, ubicados en posiciones excepcionales y teniendo todo para remodelar las situaciones prevalecientes, dejan pasar la oportunidad en aras de posiciones pragmáticas de corto plazo, por miopía política, por un fanatismo ilimitado y, en última instancia, por un complejo fenómeno de auto-engaño generado por ambiciones desmedidas y por una colosal confianza en sí mismo y en sus capacidades. De seguro que hay muchos casos en los que la clasificación sería controvertible y polémica pero en todo caso, para bien o para mal, podemos afirmar con relativa seguridad que Benjamín Netanyahu no cae dentro de nuestro primer grupo de hombres de Estado. Inteligente, decidido y consciente de su poder se dio el lujo de espetarle al mundo, vía el Congreso de los Estados Unidos (y la prensa mundial), lo que quería decir y en la forma como quiso hacerlo, mostrando una gran seguridad en sí mismo, sabiendo que estaba respaldado por los grupos económicos más fuertes del mundo, con todo lo que eso entraña. El problema es que el contenido de su alocución no sorprendió a nadie. Es triste decirlo: Netanyahu no aportó absolutamente nada para la resolución de los graves problemas por los que pasa el Medio Oriente ni aportó la más mínima idea para resolver pacíficamente las tensiones con Irán. Más bien, hizo todo lo contrario: su discurso fue una mezcolanza indigerible de propaganda incendiaria, de caricaturización política, de propagación de odio y de expresión de amenazas ya no tan veladas. La verdad es que, por lo menos para quienes no somos otra cosa que observadores distantes, es casi imposible entender qué fue a hacer Netanyahu a los Estados Unidos.

Si efectivamente Netanyahu, a pesar de su aplomo y dominio total de la tribuna, no dijo absolutamente nada que pudiera despertar la curiosidad de alguien, entonces ¿cuál fue el propósito de su viaje?¿Para qué retar públicamente a la Casa Blanca aceptando una invitación no avalada por el presidente de los Estados Unidos? En cierto sentido, como bien lo señaló de inmediato Nancy Pelosi, la líder de la minoría demócrata en la Casa de Representantes, el discurso del primer ministro israelí fue un atentado a la inteligencia de los congresistas. No les dijo nada que no supieran. Yo creo que la Sra. Pelosi tiene razón, pero lo importante es lo que podemos inferir de ello y lo primero que podemos “deducir” es precisamente que el discurso no estaba dirigido a los miembros del Congreso. Entonces ¿a quiénes se dirigía Netanyahu con su discurso vía el Congreso? A mí me parece que él tenía varios destinatarios en mente. Veamos cuáles de seguro lo eran.

El primer destinatario del discurso fue, evidentemente, el gobierno (y el pueblo) de Irán. El mensaje, solapado, sepultado entre toneladas de slogans y de retruécanos baratos, tras una parodia de clase de historia, fue: si los Estados Unidos no adoptan y refuerzan la política de sanciones y aislamiento de Irán y si no lo fuerzan a que acepte el diktat israelí, entonces “Israel irá solo”. ¿Qué es lo que estaba diciendo Netanyahu?¿A dónde puede ir solo Israel? Eso no puede ser entendido de otra manera más que como una pre-declaración de guerra. El asunto es grave.

El segundo destinatario obvio del discurso de Netanyahu era el congreso mismo, pero en otro sentido: Netanyahu fue a los Estados Unidos a asegurarse que, en caso de guerra con Irán, el Congreso norteamericano seguirá apoyando incondicionalmente al gobierno de Israel. También en este caso Netanyahu habló sin titubeos: los Estados Unidos e Israel “comparten un mismo destino”. En otras palabras, si Israel entra en guerra, también lo harán los Estados Unidos de América.

Un tercer destinatario era, obviamente, el público israelí, de frente a las elecciones que habrán de tener lugar en Israel dentro de un par de semanas. En este caso el mensaje es diferente: lo que Netanyahu le quiso decir a la población israelí es que, en el espectro político existente en Israel, sólo él puede defenderlo del enemigo externo, del enemigo realmente peligroso y que por lo tanto, a pesar de los fracasos en la política interna (los conflictos con los sindicatos, la pobreza en muchos sectores, el estado permanente de guerra, los choques con los sectores religiosos más radicales por, e.g., el servicio militar, etc.), deberían votar por él.

Y el último gran destinatario del discurso de Netanyahu está constituido por los gobiernos del mundo, y en particular por los gobiernos de las grandes potencias. Lo que Netanyahu fue a decir es que Israel no va a tolerar que haya un país en toda la zona (bastante extensa, dicho sea paso, porque en principio realmente abarca desde Marruecos hasta Paquistán) que rivalice con él y que esté habilitado para ponerle un límite a sus políticas expansionistas y de guerra permanente.

Que el discurso del primer ministro israelí no tenía como objetivo enunciar hechos lo deja en claro no sólo la retahíla de mentiras con las que aderezó su exposición, sino el recurso histriónico de presentar a un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, un pobre anciano que muy probablemente ni cuenta se dio de cómo estaba siendo utilizado. Que Netanyahu se haya prácticamente burlado de los miembros del Congreso lo pone de relieve la sarta de falsedades que expresó ante ellos, quienes conocen la situación tan bien como él. Un ejemplo claro de manipulación política: Netanyahu aseguró que Irán era el responsable del bombazo de la AMIA, en Buenos Aires. El problema es que, por lo menos hasta donde la investigación va en este momento, eso no sólo no ha sido demostrado sino que parece ser una explicación que cada día pierde verosimilitud. Asimismo, presentó en forma casi infantil a Irán como un estado terrorista, como si se tratara de asustar niños, cuando es en Israel y en los territorios ocupados en donde todos los días mueren palestinos asesinados por las fuerzas armadas o por los violentos y fanáticos ocupantes de los nuevos asentamientos. Habló del antisemitismo promovido por Irán, cuando todo mundo sabe que los miembros de las pequeñas comunidades judías de Irán no quieren (como tantas otras de otros rincones del mundo) emigrar a Israel y viven tranquilamente en ese país. Habló del hostigamiento anti-cristiano de Irán, pero se le olvidó mencionar cómo se trata a los cristianos en Jerusalem (no hay más que echar un vistazo a videos en Youtube para ver cómo las monjas se cubren con paraguas de los escupitajos de mucha gente). Hay un sentido, por lo tanto, en el que desde el punto de vista del contenido el discurso de Netanyahu simplemente no fue serio.

El núcleo del supuesto desacuerdo con la administración Obama respecto a un potencial pacto con Irán concierne a las instalaciones de este último y a los tiempos. Netanyahu dejó en claro que a lo que él aspira es a ver de rodillas a Irán, para lo cual éste tiene que desmantelar todas sus instalaciones de producción de energía atómica y se tiene que hacer de modo tal que Irán no pueda, en caso de desacuerdo con los Estados Unidos, tener tiempo para producir una bomba atómica. Realmente el cinismo de Netanyahu no tiene límites y sólo nos hace recordar las palabras que en relación con otro tema expresara hace muchos años el gran Stefan Zweig. Dijo: Quod Deus perdere vult, dementat prius: A quien Dios quiere perder le quita la razón. Este es el caso de Netanyahu: él está exigiendo cosas que son pura y llanamente imposibles de conceder. Y su posición es: o eso o vendrá la guerra. Netanyahu no fue a los Estados Unidos a dar un discurso e implorar ayuda. No: fue a advertir lo que va a pasar si el gobierno iraní no se ajusta a sus exigencias y el pacto con los Estados Unidos no satisface sus requerimientos. Él entiende perfectamente bien que una vez que Irán disponga de armas atómicas ciertas políticas ya no podrán implementarse. Se le olvidó decir, sin embargo, que Israel tiene (según cálculos que son de dominio público) más de trescientas ojivas nucleares, aparte de que tiene, al igual que algunas otras grandes potencias, armamento químico y armamento biológico. El gran problema es el inmenso costo, no sólo pecuniario, del potencial conflicto con Irán. Si el discurso de Netanyahu es un último intento por intimidar a Irán en la fase final de las negociaciones para que ceda todavía más en lo que concierne a sus investigaciones e instalaciones nucleares, es decir, si es un mero blof o si es una amenaza real, eso es algo que sólo Netanyahu y sus allegados más cercanos saben. Nosotros, como el resto del mundo, lo sabremos muy pronto.

Lo que a mí en lo personal me queda claro es que nunca la opción en favor de la guerra es la mejor a mediano y largo plazo. El problema aquí es que ni siquiera a corto plazo se ve una ventaja tan grande por parte de Israel que valga la pena intentarla, a menos de que el gobierno israelí esté decidido ya a usar armas de destrucción masiva, armas atómicas, quizá bombas atómicas tácticas. Pero es evidente que eso acarrearía reacciones impredecibles por parte de otros gobiernos y otros pueblos. Me parece que Netanyahu está jugando irresponsablemente no sólo con la vida de millones de seres humanos, sino con el destino del pueblo cuyos intereses dice defender. En mi opinión, hay indicios de que lo que se está fraguando es una situación apocalíptica. Por el momento, dado el marco dentro del cual se dan los acontecimientos, lo único que nos resta por desear es que Netanyahu no gane las elecciones en Israel. Un conflicto en gran escala es lo peor que puede pasarle a todos. Lo preocupante es que todo parece indicar que el Congreso de los Estados Unidos ya le dio su asentimiento (esto es, su apoyo, que es inmenso) y que la Casa Blanca parece haber finalmente aceptado que Israel actúe por cuenta propia. Esperemos que no tengamos nunca que decir algo como “Ay! Si tan sólo Netanyahu hubiera sopesado mejor las cosas, si tan sólo lo hubiera pensado dos veces!”. Quiera Dios que estemos totalmente equivocados.