Modelos de Organización Política

 

A primera vista, la humanidad ya produjo a lo largo de su historia todos los modelos de organización estatal imaginables. Afirmar algo así me parece que es, entre otras cosas, revelar una miopía política y una imaginación tan pobres que hasta risa da. Me parece que se podría argumentar a priori que, si todavía hay seres humanos poblando el planeta (lo cual es todo menos obvio) habrá dentro de un siglo formas de organización social y política que no han encontrado todavía a su Julio Verne. Mucho de las limitaciones que la mente humana en nuestros días se auto-impone en cuanto a concepciones políticas concierne se debe en alguna medida a los obstáculos intelectuales que impone el modelo democrático reinante y, peor todavía, a la presión moral y política que en su nombre sistemáticamente se ejerce. Por razones que no sería muy difícil proporcionar, el ciudadano contemporáneo, no importa de dónde sea, se ve bombardeado mañana, tarde y noche con toda clase de mensajes, tanto burdos como subliminales, para que al despertarse grite a todo pulmón y se vaya a dormir inscribiendo en su conciencia la consigna obligatoria, tanto política como moralmente, de que la democracia es el non plus ultra en cuanto a sistemas de vida y de organización gubernamental atañe. Ahora desde el más inteligente hasta el más tonto de los habitantes repiten como sonámbulos aburridas y vacuas proclamas de la forma “La democracia es el bien supremo”, “Sin la democracia no queremos vivir”, “Todo se lo debemos a la democracia”, etc., etc. Y, naturalmente, está activa también la faceta menos agradable de la “defensa de la democracia”, a saber, la mirada colectiva sospechosa sobre quien se atreve a poner en duda sus bondades, la denostación pública del escéptico, la animadversión grupal hacia quien osa cuestionar el modelo. El crítico de la democracia puede tener algunos titubeos, pero hay algo sobre lo cual puede tener certeza: para sus objeciones, por razonables que sean, no habrá mecanismos de difusión, no habrá un auditorio mínimamente objetivo, no habrá paz.

Y sin embargo, cuando echamos una ojeada no ya al futuro, puesto que eso no se puede, sino al pasado, nos encontramos con que eso que ahora es exaltado con fanatismo era visto más bien con condescendencia y hasta con desdén. Los griegos, tan sabios en todo, sentían una particular aversión por la democracia. De los tres gigantes del pensamiento occidental que fueron Sócrates, Platón y Aristóteles, ninguno de ellos se inclinaba por la democracia. De hecho Sócrates fue una víctima de ese sistema y Platón, el divino, hasta fue vendido como esclavo por estar promoviendo ideales anti-democráticos. De los grandes pensadores políticos que vinieron después, ni San Agustín, ni Sto. Tomás, ni Maquiavelo, ni Leibniz ni Hegel ni Marx ni muchos otros eran partidarios de la democracia. La democracia se gestó y se fundamentó filosóficamente en el mundo anglo-sajón. Sus grandes representantes son Locke, Mill, Russell (con reticencias) y posteriormente los politólogos norteamericanos. Como los anglo-sajones se quedaron con el mundo impusieron su sistema, un sistema que les funcionó a ellos (hasta hoy, porque es debatible el que seguirá funcionando todavía por mucho tiempo) y acerca del cual nos quieren a toda costa convencer de que efectivamente es el mejor. Independientemente de todo, es innegable que la democracia genera políticos de una mediocridad superlativa. Recuerdo al vicepresidente Dan Quayle diciendo, justo antes de iniciar un viaje por América Latina, cuando se le preguntó sobre cuál era su mensaje a los gobiernos del continente, que elocuentemente respondió: “Democracia, democracia y más democracia”. El sistema democrático está íntimamente asociado con la demagogia y la vacuidad retórica. Nadie negará que con argumentos como el de Quayle resulta en verdad un poquito difícil polemizar. Lo interesante del caso es que (estoy seguro) nunca le cruzó por la mente a Quayle el famoso dictum de Heráclito Todo pasa, nada permanece. Según yo, esto se aplica por igual a la democracia la cual, como todo, tiene su momento de florecimiento y también de descomposición. El escándalo de la reelección de Bush, por ejemplo, es un síntoma inequívoco de que el sistema democrático de los Estados Unidos está desgastado y está empezando a agotarse. No creo que lo que paulatinamente lo remplace sea magnífico (más bien me temo lo contrario), pero el bipartidismo estéril, el triunfo de las trasnacionales, la sumisión total a las políticas de la Federal Reserve, el racismo cada vez más intenso en el que se vive, la presencia cada vez mayor de los órganos de represión, el espionaje permanente de los ciudadanos, etc., etc., no permiten augurar nada maravilloso. Yo creo que no es descabellado pensar que cuando finalmente caiga, el derrumbe del sistema democrático será estrepitoso.

Como decía más arriba, se nos quiere inculcar la idea de que el sistema democrático es la culminación natural en la evolución política del Hombre. Yo creo que la historia enseña otra cosa. El desarrollo histórico y político no es tan simple. Consideremos nuestro país. ¿Qué se logró con la democracia en México? La respuesta es simple: afianzar, reforzar, radicalizar el status quo. La democracia mexicana (o a la mexicana) ha tenido resultados palpables que es imposible no percibir. Permítaseme mencionar algunos. Con la democracia, México perdió autonomía en el plano internacional. Nunca los gobiernos democráticos de México han desarrollado una política internacional tan digna como la de la época de López Mateos o de Luis Echeverría; las sumas de dinero gastadas para mantener el sistema partidista (que es la modalidad democrática de la lucha política) son obscenas y afrentosas, sobre todo para lo que es una población hambrienta, desarrapada, sin instrucción, de gente que vive al día y todo lo que ya sabemos; con la democracia creció exponencialmente la corrupción en México. Lo que antes unos cuantos hacían a escondidas ahora lo hace quien puede a la luz del día y presume por ello; si de algo podemos acusar al sistema democrático es de haber impulsado, reforzado, potenciado la impunidad. Las estadísticas hablan por sí solas: de 100,000 averiguaciones previas que se inician no se concluyen exitosamente ni 50. Vivimos, gracias en gran medida al sistema democrático-corrupto-propiciador de la impunidad en la indefensión y en la injusticia. México siempre fue un país de contrastes pero ahora, gracias a la bendita democracia, lo que eran límites borrosos en otros tiempos se transformaron en límites nítidos, profundos, infranqueables entre grupos sociales. En México conviven universos que se yuxtaponen, pero que no se tocan. El sistema que nos rige fomenta el caos, ya que esa es la única forma de protesta política lógicamente compatible con él. El sistema es una auténtica burla. Por ejemplo, se nos dice que diputados y senadores son “nuestros representantes”. No sé qué pasará con otras personas, pero confieso que no me siento en lo más mínimo representado por gente que ni conozco ni me conocen, gente que no recorre la zona donde vivo, que no entra en contacto con los vecinos más que en periodos de elecciones y eso a distancia, él o ella sobre una tarima y los asistentes, acarreados o no, abajo y de lejos, gente que cuando deja su puesto abandona lo que caía bajo su radio de acción en peores condiciones que cuando asumió el poder. Pero al parecer todos estos flagelos, estos males que la democracia le ha acarreado al pueblo de México se justifican por los beneficios que, se nos quiere hacer creer, la democracia nos ha traído, a nosotros los ciudadanos comunes y corrientes. Preguntémonos entonces: ¿cuáles son dichos beneficios? La respuesta es tan obvia como inmediata: los efectos negativos de la democracia (de inmediato se nos aclara: no lógica sino sólo contingentemente vinculados a ésta) son el precio que hay que pagar por la participación del ciudadano en la vida política del país. Y ¿cómo se manifiesta, cómo toma cuerpo dicha “participación”? Hasta un niño lo sabe: el ciudadano tiene el derecho, el privilegio, de ir a depositar su voto en una urna una vez cada 6 años, si la elección es presidencial, de gubernatura estatal o para la Cámara de Senadores y una vez cada 3 años para elegir a su diputado o a su delegado. El ciudadano tiene el inalienable derecho de tachar unas hojitas y expresar así, desde lo más hondo de su alma, su voluntad política. Ese es el gran avance político que representa la democracia para el hombre de la calle y por el cual es menester soportar con estoicismo los males que casualmente implica.

No nos engañemos: el juego político de la democracia tiene dos frentes. Uno es el de las relaciones entre el poder (las autoridades) y el ciudadano y otra es el de las relaciones entre los miembros de la clase gobernante, en todos los ámbitos relevantes. En relación con éstos ciertamente el juego cambió: pasamos de un presidencialismo autoritario al juego de la democracia parlamentaria, de las elecciones (siempre truqueadas, siempre falseadas) que es lo que entretiene, interesa y beneficia a los actores políticos. Lo que con la democracia se modificó fueron las reglas internas de la contienda política: ahora se puede interpelar al presidente, se pueden hacer coaliciones con adversarios y ganar posiciones, etc., etc. Ese es el gran logro de la democracia: una revolución para beneficio de la clase política, de la clase constituida por la gente que toma decisiones. Ahí se produjo un cambio evidente. Pero eso ¿en qué beneficia eso a la población? Propongo que se lo pregunten a los estudiantes de Ayotzinapa.

Podemos distinguir entonces entre dos grandes aspectos de la vida política de un país: el aspecto formal, que es donde la democracia es relevante, y el aspecto material, en donde la democracia es más que inocua, dañina. Proporcionalmente, desde un punto de vista material el pueblo de México no vive mejor ahora que en los años 70. El comercio mundial se expandió y ahora los humanos explotan sin misericordia alguna hasta el último rincón del planeta (imagino que si la Tierra fuera un ser vivo preferiría estar muerta a seguir siendo tratada como lo es en la actualidad. Afortunadamente no se trata más que de una imaginación que en ocasiones se desboca). Pero aun así hay más gente que vive peor hoy que hace 40 años. La criminalidad, la inseguridad, la contaminación, etc., no tienen comparación. Podemos ahora entender por qué el juego de la democracia es un juego político perjudicial: se antepone el aspecto formal al material y el aspecto material de la vida, que es el que le importa al ser humano de carne y hueso, se mantiene en los límites de lo aceptable y si es necesario se le baja o disminuye, como por ejemplo se reducen a su mínima expresión la canasta básica y el salario mínimo. Todo ello en aras del bienestar de minorías infames, voraces, sin límites. Si todavía el lenguaje religioso tuviera el sentido y la fuerza que tuvo en otros tiempos, yo diría “de minorías sin Dios”. Por todo eso y muchas cosas más que podrían decirse reconocemos que la democracia no convence, no gusta, no se le quiere. Toda la verborrea desplegada para ensalzarla en el fondo no es más que una artimaña para mantener en una situación permanente de sumisión, de sometimiento, de sobajamiento, de humillación a millones de personas, de seres de nuestra especie que podrían florecer, desarrollarse, aportar alegría, arte, conocimiento, toda clase de logros, pero que viven con sus potencialidades mutiladas o canceladas. En verdad, la clase política mexicana y sus portavoces a sueldo no tienen nombre!

¿Qué queremos? ¿Regresar al pasado, a sistemas políticos rebasados? En política no hay regresos, por lo tanto, esa no es una opción. No es eso lo que se quiere, pienso yo, aunque si se nos pone en la disyuntiva de elegir entre un poder tirano pero benefactor material de su población o un régimen democrático pero inepto o incapaz en lo que a producir bienestar material concierne, estoy persuadido de que millones de personas (sobre todo si piensan en sus hijos) sin vacilar preferirían lo primero y con mucho. Pero esa disyuntiva es puramente teórica. Yo creo que lo que la gente quiere es un modo de vida en el que se dé el juego democrático, si esa es la condición, pero a cambio de convertir a este país no sólo en un país de leyes sino en uno en el que se apliquen las que tiene y que a sí mismo se da, un país en el que por tener la población tan desvalida y desprotegida que tiene haya un gobierno que se erija en protector del pueblo, llámesele como se le llame (a sabiendas de que no faltarán los doctos que de inmediato se levantarán en contra de la idea de un gobierno “paternalista”, “populista”, “benefactor”, “proveedor”, etc., etc., todas esas desde luego categorías importadas por los portavoces de la democracia de los países en donde ésta no se contrapone a los intereses nacionales), que cuide a su población, a su infancia y no que esté permanentemente velando por los intereses de los grandes capitalistas mexicanos. Yo no veo en México más que a un político susceptible de reprogramar al país dentro del marco del sistema democrático, pero sobre él hablaremos en otra ocasión.