Ludwig Wittgenstein: a 126 años de su nacimiento y 64 de su muerte

Fue por sólo 3 días que no coincidieron la alegre y la funesta efemérides del nacimiento y el deceso de Ludwig Wittgenstein, quien nació el 26 de abril y murió el 29, de 1889 y 1951 respectivamente. Sería una demostración contundente a la vez de insensibilidad filosófica y de profunda torpeza personal no dedicarle algunos pensamientos a quien no sólo es al día de hoy, digan lo que digan sus alfeñiques detractores filosóficos, el pensador más grande en los más o menos 2,600 años de historia que tiene la filosofía occidental. Sin menoscabo de los grandes filósofos, a muchos de los cuales no sólo respetamos sino cuya lectura disfrutamos y quienes constantemente nos dan lecciones de diversa índole, Wittgenstein descuella por la magnitud de su reto filosófico. Él ciertamente no es un eslabón más en la cadena de los grandes filósofos: es alguien que enfrenta la cadena misma, alguien que pone en cuestión esa clase peculiar de actividad intelectual de la cual son brillantes exponentes Platón y Sto. Tomás, Descartes y Kant, Frege y Russell, entre muchos otros desde luego. De las entrañas de la filosofía convencional y sobre la base de una potente y profunda intuición concerniente a la naturaleza última de los problemas de la filosofía, Wittgenstein desarrolló una nueva actividad intelectual, inventó una nueva forma de reflexión cuyo objetivo fundamental era no la supresión autoritaria ni la negación dogmática de la filosofía, sino el desmantelamiento, paulatino y trabajoso, de sus perplejidades, de lo que desde la nueva perspectiva no son otra cosa que conglomerados de marañas conceptuales e insolubles enigmas, esto es, pseudo-problemas. Congruente hasta el último día de su vida en sus exigencias de pureza y dureza argumentativa, auto-crítico como muy pocos, Wittgenstein elaboró un nuevo aparato conceptual y un sistema de técnicas de investigación filosófica, una especie de pequeño motor que él mismo puso a funcionar para mostrar, con resultados tangibles y definitivos, cómo había que proceder frente a las complejas construcciones filosóficas y para hacer ver que, una vez desbaratadas, no había realmente nada detrás de ellas aparte de graves confusiones y profundas incomprensiones de las reglas implícitas en los usos colectivos de los signos (palabras del lenguaje natural, lenguajes teóricos, sistemas formales, notaciones de las más variadas clases). De manera que así como la mente humana no puede evitar caer en las trampas que el lenguaje natural le tiende, así también puede destilar el antídoto necesario generando un modo de pensar que nulifique o cancele las monstruosas creaciones de pensamiento de las que se compone la filosofía tradicional. En muy variadas áreas de la filosofía, Wittgenstein logró establecer puntos de vista de manera tan clara y convincente que hizo redundantes los temas y las discusiones de las que él se ocupó. Dado que, como el Ave Fénix (o como Drácula, que quizá sería un mejor parangón), la filosofía renace de sus propios escombros y cenizas, la labor de esclarecimiento inaugurada por Wittgenstein no tiene fin. En la arena filosófica, hay que decirlo, nadie lo ha vencido, pero hay varios factores que lo afectan negativamente. Yo señalaría dos, uno natural y uno social. El primero es el tiempo, que engulle todo, hasta lo más sagrado; el segundo es la cultura contemporánea, la cual es opuesta por completo en espíritu al trabajo de Wittgenstein. Eso quiere decir, entre otras cosas, que éste luchó siempre contra la corriente, contra el modo usual de pensar, que es lo que hace que surjan las dificultades filosóficas. Los efectos negativos de esa cultura (cientificista, materialista en un sentido peyorativo de la expresión, irreligiosa, mercantilista al máximo, etc.) se sienten en todos los contextos y mucha gente lucha por neutralizarla o superarla. Pero, curiosamente, en el mundo filosófico profesional esa reacción todavía no se deja sentir. Y eso hace que Wittgenstein siga siendo visto como alguien brillante pero un tanto excéntrico, alguien a quien se le puede simplemente ignorar. Yo creo que eso es un error total, pero no ahondaré aquí y ahora en el tema. Mi interés es más bien externar algunos pensamientos no tanto sobre Wittgenstein el filósofo, sino más bien sobre Wittgenstein la persona, el ser humano, para compartir el cuadro que yo me hice de él. A eso me abocaré en lo que sigue.

La verdad es que es difícil determinar qué faceta de Wittgenstein es más imponente, si su faceta como filósofo o su faceta como persona. Como pensador sin duda fue un revolucionario, pero ¿fue también como persona tan excepcional? Yo creo que sí. Yo creo que hay un sentido en el que Wittgenstein pertenece a esa muy especial y reducida clase de hombres a los que podríamos llamar ‘fundadores de religiones’. No quiero decir que ellos mismos sean personas interesadas en generar algo así como una cofradía, una hermandad, un movimiento proselitista. Quiero decir más bien que es de la clase de personas que otros toman para fundar, sobre la base de su enseñanza, un movimiento espiritual nuevo. Hay que ser excepcional para ello. Quizá entonces un breve (e incompleto) recuento de hechos podría ayudar a entender cuán fantástico era en verdad ese hombre.

Para empezar, debo señalar que, salvo quizá por algunas raras excepciones, no conozco a nadie ni sé de nadie que se haya desprendido de una fortuna de las magnitudes de la que Wittgenstein heredó cuando su padre murió. Sé de multitud de personas, inclusive de gente acomodada, que no se desprenderían ni de un clavo. Eso abunda. Pero lo opuesto es más bien raro. Ahora bien ¿por qué habría hecho eso Wittgenstein? Por una razón muy simple: él tenía una misión y sabía que estaba en posición de llevarla a cabo, pero sabía también que la condición sine qua non para ello era la renuncia a transitar en la vida por la senda de la búsqueda incesante del bienestar material, del permanente consumo de mercancías, de la clase que sea. Hay que ser muy fuertes y muy ricos “internamente” para percatarse de lo que uno realmente es y decidirse por su materialización, porque hay un precio alto que pagar por ello. La historia ciertamente nos da algunos ejemplos de seres así, pero son contados. Me refiero a personajes como San Francisco de Asís o Sto. Tomás de Aquino, ambos nobles que dejaron todo lo que la vida les tenía preparado por una irrenunciable vocación. Wittgenstein era de esos privilegiados de Dios.

Wittgenstein ha sido a menudo pintado como una especie de anacoreta paranoide, como una especie de genio un tanto descontextualizado, como un intelectual orgánico un tanto estrafalario, manteniendo una especie de diálogo consigo mismo y sin que le importara mucho lo que otros pensaban o decían. Nada más alejado de la verdad. Para empezar, y es este un tema que habría que investigar mucho más a fondo de lo que se ha hecho pero que es también factible que resulte imposible hacerlo, Wittgenstein era un gran patriota y yo creo que sus sentimientos en ese sentido no se modificaron nunca. Para empezar, fue soldado, estuvo en el frente y en diversas ocasiones solicitó ser elegido para operaciones peligrosas. Valiente, por lo tanto, lo era y sabía lo que era estar en una trinchera, viendo caer gente a su alrededor y no meramente trabajando con los “servicios de inteligencia”. Era un hombre que gustaba de trabajar no sólo con el intelecto sino también con sus manos, como lo ponen de manifiesto su trabajo como jardinero en un monasterio y sus incursiones en la arquitectura y en la escultura. La casa diseñada por él y de la que estuvo al tanto hasta en los más mínimos detalles, como las tapas de las coladeras (una obra de arte que hoy, por increíble que parezca, es propiedad de la Embajada de Bulgaria en Viena), es de un refinamiento, de una belleza sobria y de una originalidad asombrosos. Wittgenstein no despreciaba el ejercicio físico, como lo muestran también algunas fotos en la que se le ve remando. En su caso, mente y cuerpo marchaban al unísono.

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Podría pensarse, como no ha faltado gente que ya lo hizo, que Wittgenstein era una especie de máquina de pensar, ajeno por completo a las expresiones espontáneas de alegría o a los objetivos naturales de los seres de nuestra especie. Tratando de reformatearlo, se ha pretendido ver en él a alguien con una orientación sexual diferente de la que en aquellos tiempos era la estándar. Ahora sabemos que si algo es un “trasvesti” de la verdad es precisamente ese cuadro. Wittgenstein, como cualquier persona normal, estuvo profundamente enamorado de una amiga de su hermana, de origen suizo, quien haciendo uso no sé si de su inteligencia pero sí de todo su derecho prefirió casarse con un sueco e irse a vivir a Chile antes que casarse con Wittgenstein, como él se lo propuso. Wittgenstein, como lo dejan en claro sus diarios, sufrió no poco y ello por al menos dos razones: primero, porque estaba consciente de que había perdido el objeto de su amor y, segundo, porque sabía que así tenía que ser, con ella o con quien fuera, porque él no tenía otra opción. Su formidable misión de libertador del pensamiento no se lo hubiera permitido. Wittgenstein garantizó con sufrimiento personal la indeleble calidad de su obra. Eso es un don reservado a los predestinados.

Que Wittgenstein era un genio sería ridículo negarlo, pero lo importante es entender qué, según él, es ser un genio. Por las razones que sean, prácticamente todo mundo coincidiría en que ser genio tiene algo que ver con el coeficiente intelectual. Eso para Wittgenstein no pasaría de ser una reverenda tontería. Para él, lo genial de una persona tiene que ver con su voluntad, con su fuerza de carácter. El genio es aquel que simplemente no se deja desviar por ninguna clase de tentaciones, de la naturaleza que sean, alguien que persigue una idea hasta sus últimas consecuencias para lo cual tiene que concentrarse en ella, trabajar día y noche hasta que se logra establecer el punto de vista que a uno lo convence y lo deja satisfecho. El genio es, por lo tanto, producto del trabajo que a su vez es producto de la fuerza de voluntad. Los (por paradójico que suene) elitismos baratos no entran en la explicación de su genio.

En 1935 Wittgenstein visitó, en lo que sin duda fue el mejor año de su historia, la Unión Soviética. Para entonces ya había aprendido ruso. Se sabe muy poco de su estancia de tres meses en lo que a la sazón era un floreciente y pujante país, pero si Wittgenstein se decidió a ir con la intención de quedarse a vivir allá ello no habría podido ser el resultado de un capricho o de un arrebato. La verdad es que su decisión es perfectamente comprensible, sólo que es endiabladamente difícil de transmitir en una época de tergiversación histórica sistemática y a gente de otra cultura. Aquí me limitaré a decir que Wittgenstein sin duda era lo que llamaríamos un ‘hombre de izquierda’, lo cual no sirve de mucho porque es una noción un tanto vaga y cuyo significado tiene que ajustarse a los cambios del mundo. De izquierda eran los jacobinos, John S. Mill y muchas otras personas que no parecen tener mucho en común. Pero la expresión es de todos modos útil, porque apunta a un rechazo de las injusticias sociales y de la jerarquización de la gente por razones externas a ellas. Wittgenstein era, pues, un humanista en el que teoría y praxis fueron siempre congruentes. De sus pronunciamientos sobre temas de la situación política de su época sabemos relativamente poco, entre otras razones por la delincuencial labor de censura que ejercieron algunos de sus albaceas, E. Anscombe en particular, pero podemos inferir mucho. El test es la armonía del cuadro final que de él se pinte y es obvio que su simpatía por el socialismo encaja perfectamente con su conducta y su trabajo.

Muchas de las personas que tuvieron el privilegio de tratar personalmente a Wittgenstein quedaron tan impactadas por su personalidad que espontáneamente quisieron a través de la palabra escrita transmitir algo de lo que sus encuentros con él les dejaron. Gracias a ellas, también nosotros podemos ahora disfrutar, aunque sea de lejos, de algo de la ejemplar sabiduría que emanaba de tan singular personaje. Algunas anécdotas son divertidas, otras transmiten una lección filosófica, otras enseñan a comportarse, etc. Particularmente revelador de su delicadeza espiritual es lo que cuenta el Prof. G. H. von Wright, quien fuera primero su discípulo, luego su amigo y finalmente su sucesor en la universidad. Resulta que el último domingo de su vida y para sorpresa de todos, Wittgenstein, con una metástasis ya muy avanzada, pasó a visitar a von Wright a su casa. Súbitamente, Wittgenstein sugirió que tomaran unas fotos que por fortuna se conservan. Después de charlar un momento, Wittgenstein se despidió y se fue. Y comenta von Wright que sólo a la semana, una vez muerto Wittgenstein, cayó en la cuenta de que él había tenido la deferencia con él de ir a su casa para, a su manera, despedirse.

img001pieniA Wittgenstein, por razones comprensibles de suyo, se lo apropiaron los filósofos ingleses, así como en Austria decidieron olvidarse de él, quizá por haberse nacionalizado inglés en 1938. Ambas cosas me parecen injustas. Lo segundo, porque no se toma en cuenta que para poder negociar con las nuevas autoridades en Austria después de la anexión al Reich Wittgenstein no podía simplemente presentarse con un pasaporte austriaco, pues lo habrían automáticamente detenido. No fue por amor a Inglaterra que él se nacionalizó inglés, sino por consideraciones estrictamente prácticas. Podemos sensatamente razonar contrafácticamente: si no hubiera habido anexión, Wittgenstein no habría cambiado de nacionalidad. Así de simple. Por lo tanto, si alguien ha sido maltratado en su país natal ese alguien es Wittgenstein. Respecto a lo primero, es de celebrarse que él haya vivido y trabajado en Inglaterra, el país de vanguardia en filosofía (hasta antes de la contra-revolución norteamericana de los Quine, los Davidson, los Kripke y demás). Pero ello induce a pensar que Wittgenstein es un filósofo británico más y eso es un error. Wittgenstein, qua filósofo, es propiedad mundial en un sentido muy preciso: dado que es el gran filósofo del lenguaje natural, sus técnicas de discusión y esclarecimiento filosófico se pueden adaptar a todo lenguaje natural imaginable. A diferencia de lo que pasa con grandes filósofos como Kant o Quine (y en realidad con todos), la filosofía wittgensteiniana es un asunto no de memorización de tesis sino de práctica filosófica, de ejercicio de pensamiento y eso se puede hacer en todos los idiomas. Se puede hacer filosofía wittgensteiniana en chino, en árabe, en finlandés, etc. Siempre que se presente una “problemática” filosófica se le podrá contrarrestar practicando filosofía wittgensteiniana. Ese es el regalo de Wittgenstein a la humanidad. Es, pues, un error verlo como de tal o cual país, de tal o cual secta. Los horizontes de Wittgenstein eran ciertamente más amplios.

Me parece que se desprende de lo que hemos dicho, que ha sido poco (no mencioné nada, por ejemplo, de su labor como maestro de primaria en una escuela rural), un cuadro de un individuo integral, completo, que sabe que no necesita más que de lo indispensable para realizarse. Sin duda, es un modelo a seguir de honestidad consigo mismo. Por el momento, desafortunadamente, su mensaje no es escuchado, pero en lo personal no tengo la menor duda de que en un futuro no muy lejano lo será, porque cuando se conjugan profundidad y autenticidad inevitablemente se vence. Wittgenstein era un hombre que modificaba vidas, como lo muestran tanto las narraciones auto-biográficas de quienes lo conocieron como las concernientes a discípulos y amigos. Y lo más maravilloso de ese gran ser humano que fue Ludwig Wittgenstein es que, como si hubiera fallecido apenas ayer, lo sigue haciendo, a 64 años de su prematura muerte.