Los Efectos de la Hipocresía

Debo empezar por decir que disfruté mucho el diagnóstico oficial que hizo el gobierno chino sobre el estado de los derechos humanos en los Estados Unidos para 2016. Esta iniciativa china es la respuesta de una superpotencia a un país que, sin que nadie se lo pidiera, se auto-nombró a través de su Departamento de Estado juez internacional supremo y auto-facultado para calificar la conducta “democrática” de los países,  determinar en cuáles no se respetan los derechos fundamentales de las personas y actuar en consecuencia. Esto es obviamente una forma poco sutil de intervencionismo descarado. Cuba en algún momento le dio la respuesta apropiada a los intentos norteamericanos de desestabilización de la isla y ahora le tocó el turno a la República Popular de China. Creo que vale la pena citar parte del reporte:

En 2016, la política del dinero y los tratos de poder-por-dinero controlaron la elección presidencial, la cual estuvo llena de mentiras y farsas. (…). No hubo garantías de derechos políticos, en tanto que el público respondió con olas de boicot y de protestas, poniendo plenamente al descubierto la naturaleza hipócrita de la democracia de los Estados Unidos.

Yo creo que lo que el gobierno chino dice es algo que todo mundo sabe pero que, curiosamente, no todos se atreven a decir en voz alta. El gobierno mexicano en particular, por ejemplo, tendría muchas y muy buenas razones para emitir un pronunciamiento por lo menos tan crítico como el del gobierno chino. Para la mayor deshonra nacional, sin embargo, la expresión de repudio por parte del gobierno mexicano tanto del discurso político norteamericano actual como de las políticas de hecho implementadas por ese país en contra de México ha sido ridículamente tímida; prácticamente, el gobierno de México se ha quedado callado y ello ciertamente no por falta de oportunidades, porque éstas abundan. Frente a los ridículos infundios de que México se ha aprovechado de los USA a través del Tratado de Libre Comercio, como si un adulto hubiera estafado a un niño, el gobierno mexicano no ha dicho nada respecto a cómo ellos se han beneficiado con dicho tratado, cómo por ejemplo desde el día siguiente al que fue firmado el tratado nos inundaron de buenas a primeras con toda clase de chácharas de consumo casero, comestible, productos industriales, etc., arrasando con compañías e industrias mexicanas, o cómo vaciaron el campo mexicano haciéndonos totalmente dependientes de ellos hasta en maíz y frijol; frente a las fáciles patrañas de D. Trump, pensadas desde luego para consumo del americano medio, en el sentido de que los mexicanos son violadores y narcotraficantes, el gobierno mexicano ni siquiera ha intentado refutarlo con datos referentes a cómo y con qué brazos se levantan las cosechas en el país vecino, en qué condiciones viven y qué salarios reciben los trabajadores mexicanos (porque son trabajadores en su inmensa mayoría) en el país de la democracia y las oportunidades; frente a la provocación que representa la creación del muro y la cínica pretensión de que sea el pueblo mexicano, a través de sus impuestos, quien lo pague, el gobierno mexicano no sólo ha mantenido un discreto silencio (en lugar de haber hecho una gran alharaca), sino que nunca amenazó con medidas diplomáticas elementales, como podría ser la de exigir que los ciudadanos estadounidenses por lo menos paguen por visas para entrar a nuestro país! Como todos sabemos, aquí el ciudadano estadounidense entra como Pedro por su casa, con sólo una identificación americana. Ni siquiera se le exige pasaporte! ¿Por qué si Brasil pudo imponerles visa a los turistas norteamericanos México no puede o más bien no se atreve a hacerlo? El trato es completamente asimétrico entre los norteamericanos y los mexicanos, porque aquí en general hasta los delincuentes son bien tratados, en tanto que allá detienen a mexicanos que van tranquilamente caminando por las calles sin haber cometido ninguna acción ilegal. ¿Por qué entonces el gobierno de México no se ha inconformado a través de un dictamen oficial sobre las violaciones de derechos humanos en los Estados Unidos, aunque fuera restringiéndose exclusivamente al caso de los ciudadanos mexicanos? ¿Por qué el gobierno de México no ha dicho ni esto ni mil cosas más que se pueden decir y ha permanecido vergonzosamente callado frente a las injurias del país del norte (que tampoco son tan nuevas, dicho sea de paso)? Pero claro, se nos olvida que el gobierno mexicano no es un gobierno popular (ni populista) como el de la República Popular de China. Las diferencias radican entonces en las distintas relaciones que se dan entre los gobiernos y sus pueblos.

A mí me parece que la gente pensante compartiría de buena gana la idea de que el gobierno de los USA es efectivamente el más hipócrita del mundo. Ahora bien, aunque el tema de la hipocresía de un gobierno, esto es, un gobierno que proclama una cosa y hace otra completamente distinta, es interesante per se, el estudio de sus potenciales efectos en la conciencia individual puede resultar todavía más interesante todavía. Planteemos, pues, el asunto desde su raíz, a sabiendas de que por razones de espacio no podremos desarrollar el tema todo lo que quisiéramos.

Independientemente de cuán frecuentes puedan ser, lo cierto es que hay determinadas experiencias que nunca nadie querría tener. Tenge en mente en particular la experiencia consistente en, por así decirlo, llegar a descubrir algo importante concerniente a nuestras vidas cuando ya no hay absolutamente nada que hacer, darse cuenta súbitamente de que en realidad uno vivió creyendo algo que era falso de arriba a abajo. Ahora bien, si lo que queremos es evitar el típico error (que a tantos parece complacer) de meter en un mismo saco cosas que son discerniblemente diferentes, es menester trazar aquí ciertas distinciones. Ilustremos el punto. Supongamos que después de enterrar a su amada esposa un hombre de edad ya avanzada a la semana descubre que esa mujer a la que él le consagró su existencia lo engañó sistemáticamente con su mejor amigo. La situación es perfectamente imaginable. Después de todo, así como hay conspiraciones que triunfan hay secretos que nunca salen a la luz. De hecho, se podría sostener con relativa confianza que es muy poco probable que haya alguien que se vaya a la tumba sin secretos. Pero ya sea real o meramente imaginaria, no cabe duda de que la experiencia a la que aludimos tendría que ser sumamente dolorosa, pues equivaldría a enterarse de que se cometió un fraude con uno, que uno fue durante años objeto de escarnio, que se abusó de su buena fe. Eso es precisamente lo que un hipócrita exitoso lograría generar en alguien y no veo por qué lo que vale para una persona no valdría también para un gobierno o para un Estado. El caso es psicológica y existencialmente interesante pero, debo decirlo, no es tampoco exactamente la clase de experiencia de la que quisiera ocuparme aquí. Lo que yo quisiera indagar es no tanto situaciones en las que a uno lo engañan, sino más bien situaciones en las que uno se engaña a sí mismo. De nuevo, es imprescindible trazar distinciones, porque hay sub-grupos dentro de este grupo de casos de auto-engaño que son radicalmente diferentes unos de otros. No me propongo ocuparme, por ejemplo, de casos de akrasia, de ilogicidad notoria, de acciones voluntarias que chocan abiertamente con lo que son nuestros mejores juicios y cosas semejantes. Tampoco es mi objetivo ocuparme de casos de auto-engaño vinculados a disfunciones mentales, ni de casos de sujetos con creencias irracionales (incomprensibles, injustificables, incompartibles, etc. (delusions)). ¿Cuál es entonces mi tema? Aquí me interesa considerar exclusivamente el caso de creencias asumidas conscientemente por una persona, la cual estaría plenamente convencida de ellas porque estarían basadas en argumentos que la gente en general tendería a dar por buenos, creencias asumidas y compartidas por multitud de personas, al grado de que hasta podríamos quizá referirnos a ellas como creencias “decentes”. Esta forma de presentar nuestro material nos obliga a ser un poquito más precisos todavía.

Debo, pues, decir, que lo que me interesa considerar, aunque sea  superficialmente, es el caso de creencias muy generales concernientes a, por ejemplo, modos de vida, sistemas políticos, convicciones religiosas y cosas por el estilo, creencias, puntos de vista, convicciones que normaron la existencia de una persona durante prácticamente toda su vida, que le imprimieron seguridad, que le dieron una orientación precisa a lo largo de su existencia, que le permitieron ocasionalmente sentirse feliz, totalmente integrada a su sociedad pero que, por alguna razón, hacia el final la persona en cuestión se ve llevada a repudiar. Nuestro experimento de pensamiento consistiría entonces en imaginar cómo sería y qué le pasaría a una persona que en su última etapa de vida racional, por inspiración divina, evolución personal, por casualidad o por cualquier otra razón, se percata o llega a la conclusión de que esas hermosas creencias en función de las cuales vivió en el fondo son totalmente falsas, que ella las adoptó sin haber tenido nunca la oportunidad de ponderarlas con el cuidado que ameritaban, porque básicamente habría sido inducido desde que tenía edad de razón a hacerlas suyas de modo que se fueron convirtiendo poco o a poco en una especie de férula mental que habría fijado para siempre su estructura doxástica, su cosmovisión. La pregunta es: ¿de qué tendría que ser testigo una persona para que tuviera una experiencia así?

Es evidente, supongo, que una situación como la imaginada puede materializarse cuando de lo que hablamos es de creencias de carácter político, de posiciones ideológicas (en el sentido más simple o menos técnico de la palabra), de convicciones religiosas. Se sigue que el trauma intelectual causado por una decepción de la clase que estoy considerando estaría asociado a ciertas nociones básicas y muy generales, indispensables en nuestro discurso y actuar cotidianos, como por ejemplo las nociones de libertad (y todo lo que ella acarrea: libertad de pensamiento, de expresión, de acción), de democracia, de derechos humanos y así indefinidamente. Pero ahora sí podemos ser más concretos e iniciar nuestra disquisición. Imaginemos entonces a un ciudadano norteamericano que hubiera nacido, crecido y se hubiera desarrollado en lo que desde niño se le hubiera inculcado a decir que era “el país de la libertad”, “el país democrático por excelencia”, “el país paladín de los derechos humanos en todo el mundo”, “el país exportador de ideales superiores”, “el país igualitario por antonomasia” y así sucesivamente. Asumamos también que estamos hablando de un individuo suficientemente honrado intelectualmente como para ser susceptible de pasar por un proceso de deconstrucción y reconstrucción de hechos y que cuando ya está en la etapa final de su vida de pronto  “redescubre” a su país. ¿Qué es lo que él habría tenido que percibir para sentirse engañado al grado de sentirse forzado a repudiar sus queridas ideas y convicciones? La verdad es que en el caso de los USA no creo que ello sea tan difícil de enunciar! El sujeto en cuestión habría visto que los Estados Unidos son el país exportador de guerras más grande de la historia, que no hay continente en donde no haya soldados norteamericanos sembrando el terror y la muerte, drones, helicópteros, submarinos, bombarderos, misiles, paramilitares, escuadrones de la muerte, tortura, etc. El país que más golpes de Estado ha organizado, que a más dictadores ha apoyado (América Latina fue su gran campo de experimentación durante un siglo y lo sigue siendo, si bien ahora mediante nuevos métodos, y ciertamente no el único), que más bombas ha dejado caer y probablemente el que más civiles inocentes haya sacrificado en aras de sus maravillosos ideales, el único que ha bombardeado un país con armas atómicas y no una vez sino dos! El norteamericano imaginario en cuestión se percataría de que eso que se llama ‘democracia’ y en nombre de la cual muere tanta gente degeneró muy rápidamente en un juego político que reduce la participación ciudadana a una ridícula ceremonia de votación cada cuatro años, en tanto que los dos partidos que se reparten el poder no son otra cosa que los instrumentos de un poder oculto mayor que los financia y para el cual trabajan. Yo creo que ese pobre ciudadano norteamericano imaginario realmente podría quedar muy afectado si de pronto se percatara de que su país ha vivido a base de tratados disparejos, desiguales, injustos, asimétricos, ventajosos, impuestos por la fuerza o aprovechándose descaradamente de la miseria y el retroceso de otros pueblos para finalmente consumir la mitad de lo que en el globo terráqueo se produce, o sea, lo que producen diariamente millones de seres que trabajan en todas las latitudes del planeta. Y creo que podemos ir todavía un poco más lejos y divagar sobre qué pasaría con ese ciudadano norteamericano si súbitamente entendiera que la libertad de la que habría gozado durante toda su vida era total pero dentro de marcos rígidamente establecidos y bastante estrechos a final de cuentas. O sea, él se habría dado cuenta de que en su país se era libre siempre y cuando lo que se hiciera sirviera  para apoyar, reforzar, fortificar el American Way of Life, pero que no se es libre si se quiere ser crítico, adverso o contrario a los pilares de su tan querida “libertad”, que la libertad de asociación está restringida (el Partido Comunista, por ejemplo, está proscrito en los Estados Unidos. No se tiene el derecho de formar un partido así!), que el ciudadano medio es el más espiado del mundo y muchas cosas más. Pero una vez que efectivamente hubiera caído en la cuenta de que fue sistemáticamente engañado no por una persona sino más bien por un modo de vida: ¿qué le pasaría a un ciudadano así? ¿Se suicidaría? Es poco probable. Lo que no es improbable, sin embargo, es que se llenara de amargura y de odio por haberse dejado engañar, por constatar que vivió imbuido de creencias semi-absurdas que lo habrían llevado no por los derroteros de la realidad social e histórica, sino por los de la fantasía política y la manipulación práctica.

Yo tomé el implausible caso de un norteamericano renegado, porque al preguntarme sobre lo que puede pasar con alguien que descubre en su propio caso lo que son las trampas de la hipocresía estaba tomando el caso de un país y una sociedad altamente representativos y cuyos roles a nivel mundial nadie sensato cuestionaría. El problema es que de pronto me asaltó a mí la duda de si eso que podría pasarle en la actualidad a un ciudadano norteamericano no podría suceder también en otras latitudes, a ciudadanos de otros países. Resulta entonces imposible no preguntar: ¿estaremos acaso nosotros, los mexicanos, a salvo de un fenómeno semejante?¿Acaso es lógicamente imposible que una decepción tan grande como la de nuestro norteamericano imaginado le sucediera a un mexicano de nuestros días? Después de todo, también aquí en México se proclama a diestra y siniestra que éste es un país de libertad en el que la gente puede expresarse sin tapujos, pero ¿y si eso fuera falso? Recordemos rápidamente, sin entrar en detalles, que la hipocresía consiste en fingir algo que no se es, en decir lo que no se piensa y también en no decir lo que se piensa. Mucho me temo entonces que sí podríamos encontrarnos en una situación muy semejante a la de mi norteamericano imaginario. La verdad es que las diferencias entre esa entidad imaginada y un mexicano real que llegara a abrir los ojos sobre su mundo son sólo  de grado: los estadounidenses son más fanáticos que nosotros y por lo tanto adoptan con mayor dogmatismo y vehemencia sus creencias políticas que nosotros las nuestras. Pero la diferencia es, como dije, meramente de grado. De todos modos la inquietud persiste: ¿qué pasaría con un paisano que llegara a entender cuánto dolor, cuánto sacrificio, cuánta injusticia, cuánto desperdicio de recursos nacionales se requiere para construir la sociedad que tenemos?¿Pudiera llegar a darse el caso de que nunca más quisiera volver a cantar México lindo y querido?