La Tragedia Argentina

Contra todo lo que la razón objetiva indicaba, una mayoría de votantes inclinó el domingo pasado la balanza de manera que quedó elegido como el nuevo presidente de la República Argentina quien, desde el punto de vista de los intereses políticos, sin duda alguna es el enemigo natural del pueblo argentino, esto es, el Ing. Mauricio Macri. Ganó por dos puntos, dejando de paso en claro que ahora más que nunca es la de Argentina una población escindida. Tanto por las consecuencias que dicho resultado tendrá para la propia Argentina como para América Latina en su conjunto, el tema ciertamente amerita algunas reflexiones.

Después de las cataratas de palabras que ya se soltaron sobre el tema ¿qué podemos decir nosotros, desde México y ahora que ya se consumó la tragedia, sobre tan sorprendente resultado? Por lo pronto yo apuntaría a dos factores importantes, uno tan conocido que parece una trivialidad y otro con el que muy probablemente nadie estará de acuerdo, pero que a mí me parece obvio. El primero tiene que ver con verdades aprendidas desde los tiempos de Joseph Goebbels. Como todos sabemos, en Argentina se desató una campaña de desprestigio del gobierno argentino que casi no tiene paralelo en América Latina (el golpeteo cotidiano a Andrés Manuel López Obrador por parte de toda clase de (quinta) columnistas, periodiqueros, locutorcillos y demás es apenas una pálida sombra de lo que fue la campaña del grupo Clarín en contra del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner). Lo que el triunfo macrista una vez más dejó en claro entonces es el hecho de que a las masas, por más que sean de un nivel cultural relativamente alto, se les puede engatusar, hipnotizar, manipular, inducir al grado de hacer que elijan a quien objetivamente no les conviene, que opten por su peor opción. Este punto, sin embargo, es muy general y tiene que anclarse en algo. Este algo fue la presidenta de Argentina. O sea, a quien se convirtió en objeto de escarnio, de burla cruel, a quien se ridiculizó por ejemplo en televisión a un grado que sería simplemente impensable hacerlo, por ejemplo, en México, fue a Cristina Fernández. Lo que a mi modo de ver se sigue de esto es que, dejando de lado desde luego, primero, a los sectores que por razones objetivas de intereses de clase apoyaron a Macri y, segundo, a los grupos que por arreglos políticos negociaron su voto, el de todos aquellos pequeños empleados, tenderos, oficinistas, taxistas, maestros y demás gracias a los cuales la derecha más reaccionaria de América Latina triunfó, fue un voto no razonado sino realmente emocional y por ende irracional. La gente menuda que le dio su voto a Macri no votó por Macri, sino que votó contra Cristina y no votó contra Cristina por razones de orden político, sino porque fueron hábilmente manipulados por la incontenible estrategia de estupidización política efectuada por los medios de comunicación argentinos. Lo que se logró fue catalizar todo el descontento que de manera natural genera y seguirá generando el sistema capitalista sobre una persona a la que se convirtió en el fácil ennemi à abattre. Esto, creo, no es muy difícil de hacer ver. Todo esto nos recuerda también que las masas son en general ingratas y ese es otro factor que también hay que aprender a tomar en cuenta.

El gobierno de Cristina Fernández dejó una Argentina recuperada después de los cataclismos económicos, financieros y políticos sufridos en Argentina a finales del siglo pasado y principios de éste. Argentina tiene aquí y ahora un 6 % de desempleo, un peso que se defiende dignamente en contra de los ataques foráneos (como quedó demostrado, el 90 % de las transacciones oficiales se hace con el peso oficial, no con el peso del mercado negro), un sistema financiero con una morosidad del 2 %, empresas nacionales funcionando y sentando las bases para una nueva riqueza nacional, en pocas palabras, le deja al gobierno de Macri la mesa puesta. El ciudadano argentino no es un ciudadano endeudado, no hubo burbujas inflacionarias ni desastres de bienes raíces como sucedió en España o en Estados Unidos. ¿De qué entonces se queja la gente que tiene un trabajo y un ingreso asegurados, una situación relativamente estable, posibilidades de moverse dentro del país y de viajar, a pesar de que la compra de divisas no era un asunto fácil en un país con un control de cambios? De las cosas más inverosímiles. A mí un taxista me platicó que estaba indignado porque para dar a luz su hija había tenido que ir a un hospital que estaba a cien cuadras de donde vivía, esto es, unos 11 kilómetros. En lo único en lo que este buen hombre no reparaba es en el hecho de que su hija tenía garantizada la cama de un hospital y los servicios médicos que ello entraña. Si el pobre cree que con Macri eso va a cambiar, me temo que se llevará un chasco enorme, sólo que el mal ya se habrá hecho. Una mujer en una tienda en donde se entabló una plática aseguraba que en la Casa Rosada (los Pinos de Argentina) “se habían robado todo”, pero cuando uno le preguntaba qué significaba ‘todo’, entonces no podía decir nada. Anécdotas como estas se pueden recopilar por miles, pero lo importante es lo que encontramos en su núcleo. ¿Qué es eso? Que en realidad hubo dos campañas que se sobrepusieron una a la otra, como los aviones espía que vuelan por encima de otro, siguiendo exactamente la misma ruta y de esa manera pueden escapar a los radares. La campaña política real fue silenciosa y por encima de ella se desarrolló, en torno a la presidenta, la estridente campaña política de distracción. Hubo en todo esto elementos de excitación machista y hembrista exacerbados y muy bien aprovechados por los adversarios del kirchnerismo y, por ende, del peronismo en general. Ahora bien, en la medida en que toda la campaña del “cambio” fue una terrible engañifa, una auténtica estafa, las consecuencias para los engañados serán desastrosas. Si quienes votaron contra Cristina y a favor de Macri piensan que con el triunfo de este último el problema del narcotráfico va a desaparecer (como si el problema lo hubiera creado el gobierno kirchnerista) se van a llevar muy pronto una desagradable sorpresa. Pero hay más: junto con su decepción vendrán su frustración y su enojo cuando sientan en carne propia su derrota de clase: la pérdida de garantías, subvenciones, apoyos, becas, etc. Eso se va a acabar y pronto. Estarán entonces en posición de comprender que les dieron gato por liebre, sólo que será ya demasiado tarde.

La campaña electoral de Macri, por lo tanto, se fundó en una ilusión semántica. Se usó ad nauseam de la palabra ‘cambio’, pero es evidente que ésta tenía al menos dos significados claramente distintos. Para los grupos políticos y de negocios asociados con Macri y que se verán beneficiados por el triunfo de su candidato ‘cambio’ significa ante todo algo como ‘modificaciones estructurales en el manejo de la economía’. Sean las que sean, estas modificaciones toman su tiempo y ellos lo saben. En cambio, para el pequeño votante desinformado, ‘cambio’ significa algo como ‘modificación palpable en el entorno y en los contextos de vida cotidiana’. Cambios así, para ser tenidos por reales, tienen que ser inmediatos. Esto, desafortunadamente, es precisamente lo que no va a haber, porque no son esos los cambios que los promotores del “cambio” tenían en mente. Podemos ir más lejos y aventurar la idea de que precisamente los cambios en el primer sentido de la palabra se contraponen a los cambios en el segundo sentido. Ahí está la tragedia del pueblo argentino.

Permitiéndonos toda la vaguedad posible: ¿qué le espera a Argentina en los próximos tiempos? El cambio de modelo estatal significa la sumisión del país a los cánones de la política mundial regida por las grandes instituciones financieras y comerciales del mundo. Significa, por lo pronto y de entrada, el endeudamiento del país, algo de lo que penosamente la presidenta y su gabinete lograron sacarlo. Ello significa la infusión de millones de dólares bajo la forma de créditos que muy rápidamente se vuelven impagables. Significa también la apertura de las fronteras comerciales y la entrada en masa de multitud de mercancías y baratijas con las cuales el comercio argentino establecido no estará en posición de competir. Los argentinos podrán comprarse un suéter a la mitad de precio, de la misma o de mejor calidad, sólo que hecho en China, fenómenos que llevado a nivel masivo significará la quiebra de multitud de pequeñas empresas productoras. Me pregunto si también se les abrirán las puertas a los países productores de vino, con lo cual uno de los ramos más protegidos de la economía argentina quedaría si no aniquilado sí diezmado, puesto que dicho sector sencillamente no podría competir exitosamente con los vinos franceses, chilenos, italianos, españoles, australianos, sudafricanos y demás con que el mercado se vería súbitamente inundado. Eso, sin embargo, es lo que la lógica indica que habría que hacer. Si tomamos en cuenta lo que de hecho Macri dijo a lo largo de los años mientras fue Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires lo que se viene son recortes a las universidades públicas, restricciones en cuanto a derechos como el de aborto, un incremento alarmante en el desempleo, en fin, la aplicación de todas las recetas del Fondo Monetario Internacional. Ya estoy viendo a la detestable Christine Lagarde en una conferencia de prensa afirmando, con Macri al lado, que por fin “Argentina se atrevió a soñar”. Pero si el panorama interno de Argentina con el nuevo gobierno se ve lúgubre, el panorama externo se ve tétrico. Veamos por qué.

Durante el lastimoso espectáculo que fue la comparecencia de Macri en el debate con su contrincante Daniel Scioli una semana antes del “ballotage” (votación en segunda vuelta), la única afirmación clara que el primero hizo tuvo que ver con la política exterior argentina. Macri señaló dos cosas: primero, que rompería el pacto firmado con el gobierno de Irán en relación con la investigación concerniente al atentado a la AMIA y, segundo, que se distanciaría de inmediato del gobierno bolivariano de Nicolás Maduro. Esto significa no sólo el rompimiento de alianzas que habían resultado ser benéficas para todos, sino la creación de nuevas alianzas en el contexto latinoamericano. Pero ¿quiénes son los dirigentes latinoamericanos con quienes Macri podría sellar alianzas? Desde luego, gente como Enrique Peña Nieto, quien antes que los argentinos ya puso a prueba en México el modelo compartido (con los resultados que todos conocemos en términos de pobreza, inseguridad, estabilidad social, educación, etc.), pero sobre todo gente como el ex-presidente colombiano Álvaro Uribe, el sedicioso Capriles de Venezuela y más en general lo más selecto de la derecha latinoamericana más reaccionaria y violenta. El gobierno de Macri, por lo tanto, es un gobierno entregado a los Estados Unidos desde antes de ser concebido. El triunfo de Macri, por lo tanto, no significa otra cosa que la desarticulación de la unidad política latinoamericana y el triunfo de las oligarquías de América Latina. Ignoro por qué la población argentina en su conjunto podría regocijarse de semejante situación.

Yo creo que es menester aprender de la derrota del kirchnerismo en Argentina y lo primero que habría que señalar es que es un error táctico fatal de los gobiernos progresistas no jugar con las mismas reglas que sus adversarios políticos. Eso es precisamente lo que éstos temen: que les apliquen las reglas de conducta política que ellos les aplican a otros. Es por eso que odian a Maduro, porque éste es un dirigente coherente que hace lo mismo que los Capriles y los López: usa los recursos con los que cuenta para luchar con sus enemigos. Lo peor que se puede hacer es hacerle al párvulo y al inocente cuando se está lidiando con tiburones monitoreados desde los grandes centros de poder del mundo occidental. Eso fue lo que Cristina no hizo: ella y sus seguidores pensaron que los hechos hablarían por sí mismos y en ello se equivocaron totalmente. En ese sentido, el kirchnerismo (por lo menos el de Cristina) siempre estuvo lejos de ser una revolución. Sin embargo, representaba una posición emancipadora y progresista que practicaba políticas asistencialistas y que operaba mediante una sana óptica nacionalista. Todo ello era bueno para su país sin que constituyera un cambio de paradigma en los diversos sectores de la vida social. Fue un régimen un poco más justo en un sistema que vive de asimetrías, injusticias, desniveles e incompatibilidades. La fácil y superficial retórica macrista del “todos juntos” (obreros y banqueros. Ja!) logró poner al frente del país a los representantes argentinos del orden corporativista y anti-nacionalista mundial. Definitivamente, nuevos vientos soplan en el Cono Sur. Aunque la lucha política interna sin duda seguirá, que la oposición irá poco a poco intensificándose, que el descontento se irá manifestando cada vez más sonoramente, de todos modos el poder ya pasó de manos y eso es lo que cuenta. Es de temerse que al igual que en los Estados Unidos y en Francia, los países democráticos de vanguardia que tanto admira Macri, también en Argentina se irán afinando los servicios internos de inteligencia, el espionaje telefónico y cibernético, el control policíaco. Todo viene en, por así decirlo, combos. Que no nos salgan después con un “Ché, pero imposible adivinarlo, viste?”.