La Receta Perfecta

La reflexión sobre lo que pasa todos los días en México es, para nosotros, una cuestión de obligación moral, pero también lo es el que en ocasiones hagamos un esfuerzo por pensar en México considerándolo más bien in toto, por así decirlo “a distancia”, tratando de rastrear su evolución a lo largo de (permítaseme ser vago por el momento) los últimos tiempos y sobre todo por tratar de adivinar la dirección en la que se desplaza. A mí en lo particular, debo decirlo, esta clase de faena intelectual me gusta en gran medida porque obliga a combinar pensamientos empíricos, datos, con pensamientos a priori. El problema son las sorpresas que en ocasiones nos llevamos porque hay veces en las que los resultados a los que uno llega pueden ser tan alarmantes que uno hubiera preferido no haberse adentrado en los temas de los que uno se ocupó ni haberlos abordado combinando las dos clases de enfoque mencionadas. Intentemos justificar esta pequeña paradoja.

      Un primer punto que quisiera dejar establecido es que las sublevaciones no son previsibles. Es perfectamente defendible la idea de que la Revolución Francesa, la mexicana, la cubana y muchos otros fenómenos históricos de magnitudes semejantes, así como sus respectivas consecuencias, en realidad eran impensables para quienes los vivieron y hasta para quienes mucho tiempo después se ocuparon de ellos. Podría argüirse que, sea como fuere, la Revolución Francesa tarde o temprano de todos modos habría estallado. Eso no se puede negar, pero lo que es indudable es que fue una chispa, por así describirla, lo que súbitamente le imprimió un giro distinto al descontento generalizado que prevalecía y que fue la toma de la Bastilla. Este evento concreto se dio como resultado de un movimiento espontáneo ante ciertas noticias provenientes de la corte, asentada en Versalles (la destitución de Necker, la supuesta concentración de tropas alemanas cerca del Palacio de Versalles, las intrigas de diversos agitadores profesionales, ciertos temores y resentimientos populares, etc.), lo cual enardeció al populacho y éste se lanzó contra la fortaleza y antigua prisión, la cual en un santiamén quedó reducida a cenizas. Todo esto es bien conocido, pero lo que a mí me importa enfatizar es el hecho de que la trascendental acción de tomar la Bastilla era simplemente impensable una semana antes de que sucediera. En México, el movimiento armado del siglo pasado realmente arrancó sólo cuando Madero y Pino Suárez fueron asesinados por V. Huerta pero, salvo quizá en la mente de quien lo perpetró, el magnicidio mismo no estaba en la agenda política nacional y era totalmente imposible un mes antes tener siquiera atisbos de que algo así podría suceder. Una de las muchas razones por las que la Revolución de Octubre nos parecerá siempre un evento un tanto fantástico es que todo lo que acarreó (ni más ni menos que el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la nacionalización de la tierra, etc.) no se habría dado si Lenin no se hubiera adueñado del poder dando en el momento propicio un audaz golpe de Estado. Ahora bien, lo que Lenin mostró es que era un gran oportunista, pero precisamente por eso la decisión concreta que tomó fue una improvisación y por lo tanto algo imposible de predecir. Podemos seguir ejemplificando nuestra tesis, pero creo que con lo que hemos dicho nos basta. Lo que yo deseo sostener es simplemente que las revoluciones requieren de detonadores, pero los detonadores son imprevisibles. Por consiguiente, hay un sentido en el que las revoluciones también lo son.

      Ahora bien, y esta es la otra cara de la moneda, el que las revoluciones requieran para producirse de un evento fatal que es imprevisible no significa ni anula el hecho de que sólo puedan gestarse toda vez que se haya cocinado el caldo de cultivo apropiado y de que si no hay tal “caldo de cultivo” entonces la idea misma de detonador pierde todo su sentido. Aquí lo interesante es el contraste entre el caldo de cultivo y el detonador, porque a diferencia del segundo el primero es un fenómeno explicable científicamente. Podemos entonces presentar la relación entre transformación social radical, caldo de cultivo y detonador como sigue:

A) Caldo de cultivo
(cognoscible)
Detonador(es) Sublevación general
(movimiento armado, transformación social radical, etc.)
B) No hay caldo de cultivo No tiene sentido hablar de detonador No hay transformación social
C) Caldo de cultivo No hay detonador ? ? ? ? ?

Es obvio, supongo, que cuando hablo de “caldo de cultivo” estoy aludiendo a la última etapa de diversos procesos complejos, todos ellos con efectos de carácter acumulativo y relativamente largos, esto es, que pueden durar 80, 100 años o más. Estos complejos procesos son los factores que en un determinado momento constituyen una plataforma que sólo espera a su detonador para estallar. Pero ¿qué clases de procesos o situaciones son los componentes de esos “caldos de cultivo”? Intentaré responder a esta pregunta proponiendo una breve lista de factores que a mi modo de ver son condición sine qua non del cambio social, si bien no son ellos mismos sus causas eficientes. Me limitaré, pues, a mencionar los que me parecen ser los más prominentes y decisivos, sin pretender en ningún momento estar ofreciendo aquí y ahora una lista de condiciones necesarias y suficientes. De hecho, no creo que sea posible elaborar una lista así. Lo que en todo caso sí es importante es que el cuadro general quede claro. Ahora sí: ¿qué factores podríamos incluir dentro de la lista de elementos que configuran el caldo de cultivo para que se dé un determinado cataclismo social? Sugiero por lo menos los siguientes:

A) Brutales contrastes económicos e injusticia social. Es relativamente obvio, pienso, que la primera condición en el proceso de descomposición social global es la existencia de desmedidas, injustificables y casi absurdas asimetrías económicas y, por ende, sociales. No sé ahora, pero hace 30 años El Salvador prácticamente le pertenecía a 12 familias. En México, el 1% de los mexicanos acapara cerca de 45 % de la riqueza! La situación mexicana es un auténtico paradigma de desbalance (y, por lo tanto, de injusticia) social.

B) Baja sistemática del nivel de vida. Un segundo factor que a primera vista tendría que estar presente y que de hecho es una consecuencia o efecto del anterior es el permanente descenso en el nivel de vida de la población hasta llegar a condiciones ignominiosas de paupericidad. ¿Qué queda de la canasta básica de tiempos de Echeverría o de López Portillo? Un vago recuerdo. Es obvio que en el capitalismo el nivel de consumo en el capitalismo resulte decisivo para cualquier clase de diagnóstico o evaluación social. Ello explica por qué la gente puede seguir viviendo tranquilamente (como sucede en Estados Unidos o Europa Occidental) a sabiendas de que hay por encima de ella multimillonarios que viven infinitamente mejor siempre y cuando ella misma viva bien, tenga un nivel de consumo respetable, que se le asegure el acceso a los productos básicos y no solamente a éstos. Después de todo, el ciudadano común y corriente también tiene derecho a ir de vacaciones al mar al menos una vez al año, a llevar a su familia de cuando en cuando a un restaurant y cosas por el estilo. Pero eso es precisamente lo que no pasa cuando la gente tiene que contar sus centavos para poder llegar a finales de mes, cuando tiene que calcular los litros de gasolina que puede usar diariamente, etc., etc. Como dije, yo creo que este fenómeno se deriva directamente del anterior, pero no discutiré el punto aquí.

C) Corrupción generalizada Es muy importante para entender la clase de agitación social de la que estamos hablando el hecho de que la corrupción se haya generalizado a toda la sociedad. En México, todos lo sabemos, desde el ciudadano más humilde hasta el más prepotente de los multimillonarios, la inmensa mayoría de los habitantes está imbuida, cada quien a su manera, de corrupción. Este factor es ciertamente crucial y México, una vez más, está a la vanguardia en este punto. A menudo se compara a la corrupción con un cáncer. La metáfora no está mal, pero creo que habría que precisarla. La corrupción a nivel nacional, que inunda todos los sectores de la vida social, no es nada más un cáncer: es una metástasis y éstas ya no tienen curación. Así es la clase de corrupción que prevalece en México. De ahí que cualquier persona normal entendería, si se le explicara, que ya instalada y siendo de esas magnitudes y esa profundidad, sencillamente no hay nadie que pueda erradicar la corrupción, es decir, no hay medidas particulares, pactos, legislaciones, etc., que acaben con ella. Más bien es la corrupción la que acaba con la sociedad.

D) Pantano institucional. Otro elemento que contribuye a los terremotos sociales es el hecho de que las instituciones dejen de funcionar normalmente, con la efectividad que deberían tener y cumpliendo con las funciones para las cuales fueron creadas. Una vez más, nuestro país ilustra magníficamente esta falla. Los ministerios públicos, los juzgados, los hospitales, etc., operan por inercia y las más de las veces hay que luchar no para tener éxito en nuestras solicitudes, sino simplemente para que a uno lo atiendan, le den curso a su solicitud, le presten el servicio que supuestamente la institución de que se trata proporciona. Yo creo que no necesito dar ejemplos, porque todos sabemos bien de qué se trata.

E) Inefectividad legal. Un factor de exacerbación política que es tan efectivo como significativo es la incesante generación de marcos jurídicos con, por así decirlo, osteoporosis, legislaciones vacuas y hasta abiertamente contraproducentes. En este sentido, un formidable ejemplo de esto último y que es particularmente indignante, un ejemplo de maldad y de estupidez gerencial nos lo proporciona el criminal Reglamento de Tránsito impuesto por Mancera. A partir de su imposición les llueve a los conductores del Distrito Federal multas sin fin, lo cual en nuestras circunstancias significa acabar con el reducido capital familiar, estrangularlo, darle la estocada final. Como todo mundo sabe, dicho “reglamento”, que se impuso por la fuerza, obliga a los conductores a una reducción ridícula y absurda de velocidad cuando el sentido común indica que lo que había que hacer era exactamente lo contrario, esto es, agilizar al máximo el tránsito vehicular. La ley Mancera causa pérdida imperdonable de horas de vida (lo que antes se hacía en 20 minutos ahora requiere de una hora), hizo subir brutalmente los niveles de contaminación (todos la padecemos día con día), propició la multiplicación de asaltos a conductores, pero eso sí: enriqueció a un par de compañías y quién sabe bien a bien qué se hace con los cientos de millones de pesos extraídos de los bolsillos de las personas (hay una campaña presidencial en perspectiva y campañas así requieren de sumas millonarias). Yendo, sin embargo, más allá de leyes anti-sociales como la mencionada, en la situación que hemos denominado ‘caldo de cultivo’ el fenómeno es de desprecio por la legalidad y violación permanente de las leyes, en todos los contextos y en todos los ámbitos. Si las leyes no son útiles, entonces son tiránicas y no se tiene por qué acatarlas. Aquí se cree que se puede gobernar por promulgaciones jurídicas, pero cualquiera en su sano juicio entiende que la realidad no se deja manipular de esa manera. Las leyes en México son cada vez más como manivelas de un gran mecanismo en el que se mueven de un lado para otro, pero que realmente no contribuyen a su funcionamiento.

F) Sistema educativo destruido. Las explosiones sociales a las que estamos aludiendo requieren que el nivel educativo de la población en su conjunto sea ínfimo. México, una vez más, se lleva un galardón en este rubro. No solamente tenemos a millones de iletrados sino que también un altísimo porcentaje de que los que van a la escuela desertan en los primeros años y no pasan del nivel de tercero de primaria. Un problema con ello es que gente tan “despreparada” de esta manera es fácilmente manipulable. La gente sin instrucción no sabe cómo expresar su descontento y, por lo tanto, aguanta más el mal trato, las injusticias, la impunidad. No ahondo en el tema porque nos es bien conocido. Lo que fácilmente se pierde de vista, en cambio, es que también la paciencia de esa gente tiene límites y cuando se les rebasa esa gente a la que no se le dotó de la educación a la que tenía derecho se vuelve con mucha facilidad la carne de cañón (y el brazo armado) del conflicto social.

G) Gobiernos anti-nacionalistas. Es decisivo en la gestación de un trastorno social de grandes magnitudes que los sucesivos gobiernos hayan sido, durante varios lustros o decenios, gobiernos de cobardes frente al extranjero, de sometidos políticos, gobiernos peleles y entreguistas. No creo que tengamos que ir muy lejos para constatar lo que es nuestra realidad y cómo, paulatina pero sistemáticamente, se fue desmantelando el patrimonio económico nacional. Lo que quiero resaltar, sin embargo, es que se requiere también que quienes toman las decisiones, además de traidores a la patria y a su pueblo, sean en general grandes ineptos, meras mariposas ministeriales, que brincan de una Secretaría a otra, de una gubernatura a una diputación, etc. Nuestros más destacados políticos son “todólogos”. Lo que esto significa, desafortunadamente, es que el Estado ya no está bajo el control de gente competente en cada uno de sus sectores. Ha habido políticos en México que han sido todo menos presidentes de la República. En países realmente avanzados y sólidamente establecidos eso sencillamente no es posible.

H) Libertad de expresión ficticia. Algo que va cobrando importancia a medida que se va instalando es la supresión de la libertad de expresión. Quizá todavía no lleguemos al plano de la censura descarada, de la prohibición estricta de decir lo que se piensa (aunque hay indicios de que nos movemos en esa dirección), pero lo que es cada día más claro es que la verdadera oposición sencillamente no tiene voz en este país. Hay, por ejemplo, multitud de programas de televisión y de radio en donde los 4 o 5 aburridos participantes de siempre nos regalan sus invaluables opiniones. El problema es que son siempre los mismos quienes opinan, en tanto que a sus adversarios políticos o ideológicos nunca se les concede la palabra. La gente entonces no se nutre más que del mismo material insulso, enredoso y carente de valor explicativo, esencialmente cargado con contenidos ideológicos baratos y hasta grotescos. En México, es cierto, no hay mordazas (todavía), pero tampoco hay “el otro”, al que se le volvió mudo. Esa es una forma más perversa de acabar con la libertad de expresión que la prohibición explícita.

I) Hostilidad colectiva. Una marca inequívoca de la descomposición del tejido social es el hecho de que los miembros de la sociedad, llevados por el desgaste al que están sometidos, empiezan a atacarse unos a otros. Este ataque puede ser, por ejemplo, monetario: todo mundo trata sistemáticamente de sacarle dinero a los demás, porque de hecho lo necesita. La solidaridad social no se manifiesta entonces más que negativamente, esto es, en la protesta.

J) Represión. Con lo que se topan las manifestaciones sociales de inconformidad es con la represión. De manera natural, el Estado recurrirá todos sus aparatos para “restablecer el orden”, hacer valer el estado de derecho, etc. Con la represión se cierra un ciclo y empieza otro.

      Me parece innegable que, aunque se podrían mencionar otros factores que son quizá igualmente imprescindibles para que se dé una sublevación masiva, por lo menos los que hemos mencionado se articulan de modo tal que conforman un peculiar trasfondo, un caldo de cultivo o una plataforma (el símil es lo de menos) listos para que cuando menos se lo espere la sociedad se inicie un incendio social de magnitudes incalculables. Preguntémonos entonces: ¿se dan en México las condiciones que permitirían una sacudida social severa? Le dejo la respuesta al amable lector. Lo que ciertamente ha faltado es simplemente la chispa apropiada y que tiene que afectar a la población en su conjunto. Un pillo como Duarte afecta directamente a los veracruzanos, pero mucho menos a los defeños y menos aún a los sinaloenses o a los yucatecos. De males sociales, humanos y naturales está inundado el país, pero se trata de males consuetudinarios. Falta el mal o los males que opere u operen como detonadores. Preguntemos entonces: ¿qué podría fungir aquí y ahora como un mal así? Ya sostuve que eso es esencialmente impredecible, pero podemos especular al respecto. Tiene que tratarse de decisiones abiertamente contrarias al interés popular inmediato, medidas tomadas por el gobierno que afecten de manera directa, palpable y cruda a las grandes masas, las cuales viven y padecen todos los días el complejo caldo de cultivo que ya no se puede deshacer. No habría sido descabellado pensar, por ejemplo, que el caso de los muchachos de Ayotzinapa movilizaría a la población en su conjunto o totalidad, pero no fue así. El caso Ayotzinapa no fue un detonador suficientemente fuerte. El caso del brutal incremento de la gasolina, en cambio, me parece que se acerca mucho más a la idea de detonador de procesos sociales terribles. No es improbable que, una vez más, el pueblo de México se apriete el cinturón y se resigne a vivir en las condiciones que se le imponen. Es muy importante entender, no obstante, que los sistemas de vida tienen su propia lógica y que no se pueden desviar de lo que son sus objetivos internos, como el mantenimiento y reforzamiento del status quo. De ahí que si no fue Ayotzinapa y no fue el gasolinazo otra cosa será el detonador del gran conflicto social que se avecina. Lo que difícilmente podría negarse es que estamos cada vez más cerca de los límites más allá de los cuales se da la conflagración social a nivel nacional. Cuando eso suceda, de lo único de lo que no podremos tener dudas es de quiénes habrán sido los culpables, esto es, los ineptos cocineros políticos que elaboraron y aplicaron la receta perfecta para la esclavización del pueblo de México y su perpetuo estado de insatisfacción y enojo.