La Irrelevancia de la Diplomacia

Pocas cosas hay tan decepcionantes y frustrantes como lo es un fracaso conversacional que termina en un mero diálogo de sordos. Y no estará de más entender que, además de ser decepcionante y frustrante, dicho fracaso es un mal augurio cuando los dialogantes son personajes decisivos para el mundo. Eso es más o menos lo que podemos afirmar que sucedió en la Asamblea General de la ONU cuando examinamos, aunque sea superficialmente, los discursos de los presidentes V. Putin, de Rusia, y B. Obama, de los Estados Unidos. Literal y metafóricamente, hablan idiomas distintos. Desde luego que el contenido de sus respectivos discursos es interesante per se, pero también resulta ilustrativo leer entre líneas y tratar de entender no lo que afirman (lo cual está a la vista), sino sus motivaciones subyacentes, lo que revelan. Sobre algo de ello quisiera decir unas cuantas palabras, para mí obvias, aunque quizá no evidentes para todo mundo.

No deberíamos perder de vista que es a través de discursos, por así llamarlos, ‘oblicuos’, como a menudo los mandatarios promueven sus posiciones políticas y hacen llegar sus mensajes al mundo. Hay en sus alocuciones, por lo tanto, dos niveles: el explícito y lo que sus textos revelan o permiten entrever. Dado que escuchamos sus discursos, disponemos entonces del material suficiente para extraer de sus exposiciones rasgos generales no ya de sus personalidades, puesto que realmente prácticamente no hay nada subjetivo en ellas, sino de sus respectivas perspectivas políticas. Es de eso de lo que quisiéramos someramente ocuparnos.

Recordemos, para empezar, que la frase ‘no entendemos a Putin’ se ha vuelto ya de uso permanente en los medios políticos norteamericanos. ¿Por qué dicen ellos eso? Cada vez que Putin se les adelanta con alguna propuesta o medida, diplomática, económica o militar, los políticos americanos se sorprenden y exclaman que “no logran entender a Putin”. Ellos, naturalmente, presentan el asunto en términos psicológicos, lo cual es un error garrafal, porque no es eso lo que está en juego. Por ejemplo, los norteamericanos pensaban que los rusos aceptarían tranquilamente perder Crimea y, claro está, se equivocaron rotundamente; se imaginaron que con el golpe de estado que organizaron y la imposición de un gobierno abiertamente anti-ruso en Ucrania los rusos se amedrentarían, y no fue así; estaban muy confiados en que lograrían poner de rodillas a Irán, pero la participación rusa (y china) en las negociaciones del pacto nuclear con dicho país bloqueó su siniestro plan bélico; creían que podrían hacer con Siria lo que hicieron con Libia y la decisiva intervención rusa frenó sus ambiciones. La pregunta interesante es: ¿por qué, para decirlo de un modo simple, la mentalidad de políticos profesionales impide que se entienda la mentalidad de algunos de sus enemigos jurados (tienen muchos)?¿Cómo y por qué, dado que no estamos hablando de tontos, son posibles tantos errores estratégicos?

Yo creo que el discurso de Obama echa un poco de luz sobre el asunto. Preguntémonos: ¿qué dice y cómo se expresa el actual presidente de los Estados Unidos? Algo que de inmediato llama la atención es que Obama habla desde la perspectiva del poder desnudo, desde un trono que, sin saberlo él, día con día pierde grados de realidad; él se expresa con la crudeza de un militar desalmado, de alguien que sabe que detrás de él está un inmenso poder militar y, también, de alguien que enarbola la verdad. De todo eso y más se jacta. Sin embargo, hay algo que parece olvidársele: la Asamblea General es un foro para la enunciación de propuestas, de planes pro-positivos, de intercambio de ofrecimientos. Pero Obama no habla ese lenguaje. Él dictamina, pontifica, se erige en juez, anuncia decisiones, miente. Todos recordamos cómo se iniciaron los conflictos en Siria y en Ucrania y lo que él dice simplemente no corresponde a la realidad. Por ejemplo, todos (supongo) tenemos presente cómo, hace cerca de dos años, se le quiso imputar al gobierno legítimo de Siria el uso de gases letales para aniquilar… a su propia población, una acusación grotesca que fue desmentido no sólo por el gobierno sirio y la comisión de la ONU que visitó Siria, sino por la población misma, esa población que ahora huye despavorida de las hordas criminales que fueron a “liberarlos”. El discurso de Obama, por consiguiente, se funda en patrañas difundidas por su gobierno para justificar su ilegal intervención en un país que había logrado mantenerse independiente, firme y hermoso. Había, por lo tanto, que destruirlo y quitar al gobernante legítimo, el presidente Bashar al-Assad, que era y sigue siendo un sólido dique para contrarrestar el insaciable expansionismo israelí y las delirantes ambiciones megalómanas de B. Netanyahu. Es, pues, desde una plataforma de cinismo que Obama se presenta ante el mundo y lanza su mensaje. Su voz ciertamente no es una voz de conciliación. Él sencillamente no sabe tender la mano. ¿Para qué entonces se presenta en la Asamblea General de una organización cuyo objetivo es ese precisamente: juntar a los dirigentes de los países para que lleguen a acuerdos?

En marcado contraste con el de Obama, el discurso de Putin es un documento en el que se diagnostican situaciones, se señalan problemas y se hacen propuestas concretas. Putin, acertadamente, apunta que muchos de los problemas actuales se deben al inmenso vacío que dejó la Unión Soviética. Sin decirlo obviamente de manera cruda, deja en claro que el objetivo central de la política norteamericana a partir de ese momento fue llenar dicho espacio. De ahí que de manera cada vez más cínica, los diversos gobiernos norteamericanos de la post-Unión Soviética hayan ido practicando, cada vez más convencidos de que estaban en la línea correcta, la política de veto en la ONU acompañada de invasiones, ya sea por ellos mismos (Irak, Afganistán) o mediante mercenarios (Libia, Siria). Pero los yanquis no parecen haberse dado cuenta de dos cosas, sobre las que Putin atinadamente llama la atención: primero, hay otra super-potencia y, por lo tanto, hay un límite a lo que habría que llamar su “invasionismo”. Quizá Rusia no sea una “hiper-potencia” (si es que realmente hay alguna diferencia sustancial y no meramente lingüística entre las expresiones), pero de lo que no hay duda es de que está perfectamente capacitada para fijar límites. A los norteamericanos les llevó tiempo entender que la destrucción de la Unión Soviética no era la destrucción del poderío militar ruso y ahora están percibiendo su error geopolítico (e histórico, puesto que se desperdiciaron muchas oportunidades de trabajo conjunto). El segundo punto que Putin establece es igualmente obvio, pues es una verdad que vale no sólo en el plano internacional sino hasta en el gangsteril: si alguien acude a un delincuente para cometer alguna fechoría, lo más seguro es que posteriormente el delincuente lo chantajee y se aproveche de él. Eso es literalmente lo que está pasando, mutatis mutandis, con los neo-condottieri entrenados, pagados y armados por los Estados Unidos. Hay más de un sentido en que ya no los controlan, sólo que ya les dieron armas y los entrenaron (el mismo esquema que en América Latina en los años 70, digamos). Así, pues, si hay algo que ha dado malos resultados es, como puede constatarse, la política exterior neoconservadora norteamericana. Son el caso típico del aprendiz de brujo.

No es nada difícil corroborar que la forma norteamericana de entender la política presupone siempre la amenaza y el recurso a la fuerza (simplemente véanse, por ejemplo, los discursos de D. Trump). La desaparición del gran enemigo que era la Unión Soviética hizo que los americanos pensaran que todo les estaba permitido, que literalmente el mundo les pertenecía. Naturalmente, con una perspectiva así no hay necesidad de negociar. En relación con esta faceta de la política: ¿qué significó entonces la desaparición de la Unión Soviética? Tan simple como esto: que a los norteamericanos se les olvidó por completo lo que es la diplomacia y se encauzaron por la vía de la fuerza. Para decirlo de otro modo: ya no hay (si es que alguna vez la hubo) una escuela americana de diplomacia. Con los americanos el planteamiento es: o se hacen las cosas como ellos dicen o bombardean, bloquean económicamente, restringen créditos, manipulan los precios de las materias primas, organizan “putschs”, generan conflictos con los vecinos, instalan bases militares, atentan contra los dirigentes y mandatarios y así indefinidamente. En pocas palabras, los políticos norteamericanos desmoralizaron la política mundial.

Esto me lleva a un punto realmente formidable del discurso de Putin. Después de describir de manera sucinta pero clara la situación en el Medio Oriente, Putin hace una pregunta escalofriante y todo mundo entiende a qué interlocutor está dirigida: “¿Se dan siquiera cuenta”, pregunta, “de todo lo que hicieron?”. Parafraseándolo: ¿se percatan quienes toman las decisiones desde suntuosas oficinas en Washington de todo lo que significa esta destrucción, estas migraciones forzadas, todas esas orgías de sangre, todos esos niños, ancianos, hombres y mujeres martirizados de múltiples formas, todo eso que ellos causaron? La acusación es obvia: eso lo hicieron los Estados Unidos de Norteamérica. Desde luego que siempre habrá gente que se beneficie del dolor de otros, siempre habrá políticos y militares marioneta que se prestarán a cualquier clase de maniobra (Egipto es un buen ejemplo de ello), siempre y cuando estén bien pagados, pero los responsables últimos del actual desastre mundial son los Estados Unidos. Desde luego que siempre se puede recurrir a la fuerza, pero eso no es diplomacia. Lo desesperante del asunto es la convicción y la certeza de que el discurso moral, por obvio y apropiado que sea, no hace mella en los políticos occidentales, en los políticos que ya son indiferentes al reproche moral. A eso se reduce, si es que la podemos llamar así, la escuela diplomática norteamericana. Por eso burócratas brillantemente mediocres, como el ministro francés de relaciones exteriores, L. Fabius, un sionista descarado, se permite afirmar públicamente que el discurso de Putin “no tenía nada” e insistir en que el presidente de Siria se tiene que ir. ¿Qué autoridad tiene ese desprestigiado burócrata, odiado hasta en su país, para entrometerse en los asuntos internos de un país soberano? Simplemente es un adepto de la escuela americana.

La participación de Putin en la ONU fue realmente extraordinaria, no sólo porque no divagó sino porque hizo una propuesta concreta: propuso una unión internacional para luchar con efectividad en contra del “terrorismo”, una noción que los americanos casi convirtieron en hollywoodense y vaciaron de sentido al emplearla para todo, como lo hicieron otrora con “comunismo”. Para Rusia es desde luego un asunto importante, porque ese país ya padeció los ataques de fanáticos islamistas en su propio territorio. Rusia va a actuar porque puede hacerlo, pero está proponiendo hacerlo de manera conjunta, con aliados. Por lo pronto, quedó claro que su presencia en Siria, garantía para el presidente Assad, no está sujeta a discusión. Los occidentales le declararon la guerra a ISIL, bombardean sus campamentos mañana, tarde y noche pero, curiosamente, los mercenarios siguen allí. O sea, la guerra contra los terroristas islámicos por parte de los Estados Unidos es una ficción. Con Rusia no será así y es eso lo que preocupa a los gobiernos de los países que sólo saben fomentar, para lograr sus objetivos, la destrucción y la muerte.

Regresemos a nuestro punto de partida: ¿por qué los americanos no entienden a Putin?¿Porque éste piensa como marciano? Obviamente que no. Lo que no entienden es la mentalidad de la concordancia, lo que se les escapa es la psicología del mediador, lo que no aprehenden son los valores morales superiores. No basta con proclamar a derecha e izquierda “democracia!, democracia!” cuando lo que en la vida real se hace es todo lo contrario de lo que la democracia entraña y significa. Putin fue auto-crítico y su auto-crítica le permitió poner el dedo en la llaga: hubo, reconoció, una época en que se “exportaba” la revolución (yo no diría eso, puesto que las “revoluciones” eran más que indispensables en, por ejemplo, América Latina, pero se entiende el contexto discursivo). Ahora se exportan las “revoluciones democráticas”, un nuevo apelativo para los golpes de estado. La acusación es obvia y está bien fundada. ¿Podríamos entonces con titubeos estar siquiera de acuerdo con exabruptos de políticos de segundo nivel, como Fabius? Sería ir en contra del sentido común, algo de lo que nos guardamos de hacer lo más que podemos.

Por otra parte, lo que resulta imposible no evaluar como patético y como contra-producente para él mismo fue la intervención del presidente Peña Nieto. Lo que él hizo fue, primero, llevar a un foro internacional tan importante (simbólica y prácticamente) como lo es la Asamblea General de la ONU un discurso de carácter casero, con temas obsoletos, como lo fue toda su perorata en contra del “populismo”. No sé quién le habrá escrito el discurso al presidente, pero lo que sí sé es casi un retrasado mental. Lo primero que hizo el presidente fue poner a Andrés Manuel López Obrador en la mira de todo mundo: ahora ya todo el mundo sabe que hay un “peligroso populista” en México, que es obviamente Andrés Manuel. Eso, que no lo duden, le va a generar a éste muchas más simpatías. El presidente fue a hacerle publicidad y lo logró. Por otra parte, ¿cómo puede el presidente de México ir a denostar el “populismo” (noción que evidentemente ni por asomo definió) cuando su país está atravesando una tremenda crisis de legitimidad y de credibilidad por asesinatos de estudiantes, periodistas y gente común que todos los días padece asaltos, violaciones, robos, etc.? Habiendo tantos temas sobre los cuales pronunciarse: ¿qué necesidad había de ir a soltar un discurso descontextualizado y semi-ridículo? Para aplicar nuestra metodología, lo interesante aquí sería preguntarse qué revela, qué pone de manifiesto indirectamente el texto del presidente, pero eso es algo que dejaremos para una mejor ocasión.

La presencia de Putin en Nueva York no fue inocua. Políticos de lengua larga, como el primer ministro británico (a quien dicho sea de paso le acaban de sacar una biografía en la que se cuenta cómo participó en un “rito” oxoniense de grupos de élite consistente en jugar sexualmente con la cabeza de un cerdo muerto. Qué altura moral, que superioridad estética!) después de mucho amenazar al presidente Assad ahora reconocen que éste “puede jugar un papel importante”, por lo menos para la transición de régimen. Yo creo que Putin les fue a decir sobre todo a quienes toman las decisiones en los Estados Unidos y en los países aliados que es insensato pensar en la confrontación con Rusia como una opción. Si los mandamases norteamericanos no entienden o no quieren entender el mensaje, lo más probable es que todos paguemos por lo que no habrá sido otra cosa que su incompetencia diplomática.