La Importancia del Castigo

El objetivo de estas líneas es tratar de realizar un breve ejercicio de aclaración conceptual y mostrar que una simple confusión puede contribuir a reforzar toda una cultura de impunidad y de auto-destrucción. Voy a tratar de articular algunos pensamientos en relación con el castigo y quizá lo primero que habría que contrastar es la idea de castigo con la idea de imposición arbitraria por parte de alguien más fuerte. Esto último no es castigo. Estrictamente hablando, castigo sólo puede haber cuando la pena que se impone es merecida. Supongo que a lo largo de nuestra existencia la gran mayoría de nosotros hemos sido víctimas en uno u otro momento de la arbitrariedad de alguien y que se nos ha convertido en blanco de la prepotencia ajena. Eso no es castigo; eso es victimización. El castigo es un mecanismo de retribución o expiación por algo malo que de hecho alguien hizo. Si porque se le ofendió en la calle o en el trabajo una persona al llegar a su casa se desquita con su hijo, lo que el niño sufre no es un castigo puesto que él no era culpable de nada. El castigo genuino tiene en todo momento que poder ser explicable, justificable. En este sentido, reconozco que creo en el castigo, entendido como mecanismo de reparación, en un sentido laxo o elástico, por un daño ocasionado e injustificado. Yo creo que el castigo es imprescindible en cualquier sociedad y que el repudio de la idea misma de castigo por parte de una sociedad tiene repercusiones funestas para ella.

La idea de castigo es de sentido común. Supongamos (o constatemos) que una cierta empresa tira sus desechos químicos en el arroyo Las Tinajas. A primera vista, lo sensato es imponerle un castigo (cerrándola, multándola, quitándole la concesión.). Lo más absurdo sería no imponerle el castigo apropiado, es decir, una sanción que la empresa en cuestión efectivamente resienta, puesto que la idea de castigo acarrea consigo la idea de proporcionalidad. Si por robarse un litro de leche a una persona le cortan las manos el castigo es desmedido, pero si por contaminar un lago a una empresa la multan con unos cuantos millones el castigo no es proporcional y por lo tanto es insuficiente. De todos modos, lo más injusto que podría hacerse frente a una acción palpablemente lesiva o dañina para toda una población es que no haya castigo en lo absoluto, es decir, que se permita que la empresa siga aniquilando los peces del lago, arruinando sembradíos, envenenando gente y animales como si no hubiera hecho nada! No castigarla es precisamente desvirtuar la noción de castigo: se desliga poco a poco la noción de castigo de la noción de merecimiento y queda entendida como mera represión por parte del más fuerte. Pero eso no es así y nuestros conceptos se rebelan. La prueba de ello es que es a la ausencia de castigo (merecido) que se le llama ‘impunidad’. Quien no quiere la impunidad quiere el castigo, pero nada más imponer algo por la fuerza no es castigar si la idea de merecimiento está ausente.

Es importante percatarse de que las ideas de castigo y de impunidad tienen distintos ámbitos de aplicación. A la misma compañía que contaminó los ríos en Sonora se le murieron en una de sus minas, en tiempos de Fox (quien ni siquiera se dignó poner los pies en el lugar), más de 60 trabajadores. Ahí tenemos un caso indignante de impunidad. Pero dejando de lado los hechos, lo que quiero distinguir aquí son tres ámbitos en relación con los cuales la idea de castigo resulta provechosa. Me refiero a los ámbitos legal, moral y espiritual o religioso (usaré indistintamente estos dos términos). Lo que quiero decir es que en relación con ellos hay una noción de castigo que es importante y diferente en cada caso. Para las acciones ilegales hay castigos previstos en las leyes. Sin embargo, hay otras clases de culpas que no podemos ignorar. No es factible regular el todo de la vida humana. Por consiguiente, siempre habrá acciones que sean malas y para las cuales no habrá códigos de ninguna índole. Por ejemplo, por un chisme mal intencionado se le puede ocasionar un daño a una persona; por estar en una fiesta alguien puede llegar tarde a un hospital y no alcanzar a ver a un ser querido, y así indefinidamente. En casos así no hay castigos legales. ¿Significa eso entonces que no hay ninguna clase de castigo para acciones como esas? No. Lo que pasa es que en esos casos los castigos son de otro orden, a saber, morales y religiosos. Demos un ejemplo.

Supongamos que una persona comete una acción tal que al enterarse de lo que hizo su mejor amigo le quita el habla para siempre. Eso no es un castigo legal. Su amigo reprueba su acción y lo castiga terminando la relación. Más no puede hacer, puesto que no estamos en el ámbito de la legalidad. Ahora bien lo interesante del caso es lo siguiente: la persona en cuestión puede reaccionar, corregir su conducta, ofrecer disculpas, etc., por un castigo que no era de naturaleza jurídica. Una mirada en el momento apropiado y de la forma apropiada puede ser el castigo apropiado, el único quizá, para alguien que, por ejemplo, destruyó con su automóvil unas rosas o los juguetes de un niño o dejó sucio un baño público o escupió en un elevador o cosas por el estilo. No hay sanción legal para acciones así, porque no hay (ni puede haber) leyes al respecto. Pero lo que sí puede haber es un repudio moral por parte de los demás. A la persona no se le puede multar, pero se le puede hacer un reproche, aunque sea en silencio. Eso es castigo moral, esto es, una expresión de desaprobación por parte de otros en relación con acciones que no pueden quedar recogidas en ningún código penal. A mí me parece que una sociedad en la que sus miembros son insensibles al reproche moral es una sociedad que inevitablemente tendrá que pagar en términos de mayores niveles no sólo de inmoralidad, sino también de ilegalidad y por ende de impunidad, porque ¿qué les importa a los inmorales los actos de ilegalidad?¿En qué les afecta, si son inmorales?

Ahora bien, además del castigo legal y de la reprobación moral, hay otra clase de castigo que me parece sumamente importante, aunque se trata de un fenómeno más bien raro. Me refiero al sentimiento de auto-crítica, de vergüenza ante uno mismo, de lo que le sucede a alguien cuando se ve críticamente en el espejo de su alma. Llamo a esto ‘castigo religioso’. En lo que aquí presento como “castigo religioso” no es “el otro” el que expresa su rechazo o su indignación, puesto que en cierto sentido no lo hay. El castigo religioso procede más bien “de dentro” de la persona, viene (por así decirlo) “de arriba”; se manifiesta cuando uno tiene remordimientos de conciencia, cuando está consciente de que hizo algo infame y no puede vivir con ese hecho aunque nadie más esté al tanto de ello (y aunque todo el mundo a su alrededor no pare de decirle que no se preocupe, que no hizo nada grave, etc.). Es muy importante entender que tanto el respeto a la ley como la sensibilidad moral y religiosa son algo que se enseñan y desarrollan y a menudo eso se logra vía sus respectivos castigos, cuando éstos claro está son merecidos. Naturalmente, es muy poco probable que a quien no se le enseñó a respetar la ley, a quien se le enseñó más bien a eludirla, pueda desarrollar su conciencia moral y religiosa, pueda ser receptivo de la desaprobación moral y, más importante aún, pueda ser crítico de sí mismo, de sus acciones. Así, resulta obvio que la ilegalidad, la inmoralidad y la irreligiosidad vienen juntas. Un hombre religioso no cometerá inmoralidades y menos aún ilegalidades, pero un individuo que no respeta la ley es también un inmoral y un sujeto imbuido (aunque no lo sepa) de profunda irreligiosidad. Un sujeto así es alguien que nunca fue castigado.

En mi opinión, lo peor que le puede pasar a una sociedad y a una persona es que se borre de la conciencia social y de la conciencia individual la idea de que el castigo es algo benéfico, una retribución justa por algo malo que se hizo. Cuando eso es lo que sucede, se abren las puertas para cualquier línea de acción; todo se vale. Ya no hay punición, ya no hay nada que temer, ya no hay cuentas que rendir: esa es justamente la mentalidad del hombre dañino, del inmoral y del irreligioso. Obviamente, quien es inmoral e irreligioso no tendrá escrúpulos en ser anti-social. Es comprensible que quien no teme el castigo (porque no tiene el concepto) considere que es de tontos no hacer simplemente lo que más conviene, independientemente de que lo que se haga sea dañino para otros y reprobable desde todos puntos de vista. Ahora bien, se puede ser hábil y eludir el castigo social. De eso los ejemplos pululan. Pero si además se es moral y religiosamente ciego, si uno es insensible a la crítica moral e incapaz de auto-criticarse, entonces realmente se está perdido. Para quien no tiene problemas morales ni inquietudes religiosas, para el hombre que además de corrompido es descarado, todo se reduce a lograr que el castigo, de cualquier índole, sea inefectivo. Por eso, el síntoma más inequívoco de descomposición social y putrefacción espiritual es el rechazo de la idea misma de castigo, la gestación de situaciones en las que se pueden cometer fechorías, del nivel de gravedad que sea, y que no pase nada porque se sabe que no habrá castigo, ni externo ni interno. Muchos de estos nuevos multimillonarios, traficantes de influencias, estafadores profesionales, políticos arribistas, todos esos que impúdicamente exhiben sus riquezas mal habidas, todos ellos son hábiles en cuanto a la manipulación de la ley y a la vez indiferentes al castigo moral y ciegos al castigo religioso. Se pueden contaminar ríos, atormentar animales, torturar personas y así indefinidamente, porque no hay castigo de ninguna índole. Nadie se siente mal. Al contrario! Mientras más ladrones e inmorales más orgullosos están de sí mismos! Todo eso puede pasar porque se vive en una sociedad en la que no se practica la política de contención del mal, esto es, la de imposición del castigo justo, del castigo que se requiere, con todo lo que ésta acarrea, a saber, impartición de justicia y prevención del delito. De lo que no se percata quien comete ilegalidades y que se siente tranquilo y hasta orgulloso de sus actos (contento con sus bienes, que le servirán unos cuantos años) es que además de ser un enemigo social él se convierte en un enemigo de sí mismo. Esta idea es clara, pero no la voy a desarrollar aquí.

Para que una sociedad florezca se requiere que reine tanto una cultura de legalidad como una de moralidad, pues sólo sobre esa base se puede elevar el nivel espiritual de sus miembros. Esto no es mera palabrería, porque hay conexiones reales entre los fenómenos mencionados. Quien logra (porque es todo un éxito) sentirse mal por, por ejemplo, haberle hecho un daño gratuito a alguien, dejará de conducirse de esa manera, puesto que temerá los efectos del castigo, moral si es de los demás o espiritual si es auto-generado. Por eso, curiosamente, el estadio superior en el desarrollo de la conciencia individual es el del auto-castigo, esto es, esa etapa a la que, después de un proceso de educación espiritual, accede una persona y en la cual si hace algo “malo” ella misma se critica, se auto-repudia, se auto-condena. Una persona así no espera a que vengan a castigarla: ella misma se castiga. Por mi parte, estoy convencido de que mera legalidad no es suficiente para tener una sociedad floreciente, para vivir bien. Lo peor de todo es tener que constatar que en México ni siquiera se vive con un nivel aceptable de legalidad, puesto que vivimos en una sociedad de no castigo permanente.

El reino de la legalidad es algo que se impone. ¿Cómo? Se castiga a quien trasgrede la ley. No hay otra forma de hacerlo. La moralidad es también algo que se inculca, no una carga genética. ¿Cómo se logra ser auténticamente moral? Se nos enseña a ser sensibles, a reaccionar frente al repudio de los demás por alguna villanía, algún acto de cobardía, alguna infamia que se haya cometido. Uno aprende a reaccionar, a enmendar la conducta, a ofrecer disculpas. El castigo moral es, pues, igualmente imprescindible, pero tampoco basta. Hay algo así como castigo religioso, que es crucial y que no consiste en miedos respecto a situaciones desconocidas e incomprensibles. El auto-castigo religioso que tengo en mente es algo más complejo, pero quiero decir que es igualmente asequible. Responde a lo que podríamos llamar sencillamente la ‘educación del alma’ y su mejor manifestación es quizá la capacidad de auto-reproche, de auto-condena que lleva a la decisión de no volver a hacer cosas que lastimaron a otros, que no se tenía derecho a hacer, etc., y por las cuales uno se arrepiente, se siente mal, quisiera corregir. El castigo religioso se vive sotto voce. Cuando México sea una sociedad en la que se castiga a quienes infligen la ley, se reprueba a quienes son anti-sociales y cuando sus ciudadanos sean los primeros en fijarse a sí mismos límites en sus conductas, en sus deseos, en sus ambiciones, etc., en otras palabras, cuando la idea de castigo esté activa, entonces México habrá alcanzado su plenitud. ¿Mera utopía? Quiero pensar que no.