Fantochadas del Pasado y Realidades del Presente

Para nuestra permanente desesperación, lo cierto es que nunca faltan a nuestro alrededor los ilusos de lengua larga que creen que con mucha palabrería, con verborrea destilada sobre todo en periodos a primera vista confirmatorios de lo que afirman, pueden ocultar realidades o, mejor aún, anularlas. Por ejemplo, un día alegre de alza en la Bolsa basta para “confirmar” que las desastrosas políticas monetaristas de todo un sexenio son las acertadas. Siempre habrá algún iluminado que vendrá a ilustrarnos sobre las bondades de las lamentables política exterior, salarial, educativa o de la índole que sea con base en algún hecho afortunado, alguna bienaventurada coincidencia o alguna benéfica configuración fortuita de situaciones. Añadamos a esto que en la mayoría de los casos los “pitonisos” que acaparan los canales de expresión, emitiendo a menudo trivialidades pero pronunciándose sistemáticamente en tonos doctorales sobre diversos temas de interés colectivo y mundial, carecen por completo del sentido de la historia y no parecen entender cosas tan elementales como el simple hecho de que el concepto cotidiano y práctico de tiempo no es el mismo que el concepto histórico o, digamos, el cosmológico. Dicho de otro modo, los cambios de los fenómenos cotidianos se miden de un modo diferente de como se miden los sucesos históricos o los acontecimientos de dimensiones cósmicas. Sería para destornillarse de risa el que alguien pensara que los fenómenos cósmicos se pueden medir con un cronómetro o mediante cálculos realizados en conexión con el desplazamiento del sol en nuestro firmamento. Así, pues, intereses personales las más de las veces vergonzosos, ignorancia superlativa, confusiones de ideas, errores conceptuales, momentos de euforia y de embriaguez teórica y muchos otros factores como esos permiten que se nos bombardee con “verdades” presentadas como definitivas pero que, vistas a través del prisma correcto, al poco tiempo quedan refutadas y se ven entonces como penosamente tontas. ¿Cómo explicarnos eso? Lo que sucede es que los cambios históricos, que parecen haber sido medidos con un concepto individual de tiempo, les dan un mentís formidable y los deja en ridículo al mostrar que sus “verdades” eran todo menos eternas. Intentaré ejemplificar rápidamente lo que acabo de enunciar para que, aunque sea rápidamente, podamos abordar desde una plataforma más o menos sólida un par de temas de actualidad e importantes, de uno u otro modo, para todo el mundo.

Como todos sin duda tendrán presente, cuando finalmente después de complejas y turbias negociaciones la Unión Soviética dejó por segunda vez de existir, de inmediato los oportunistas del momento entraron en su fase de papagayos teóricos (con todo el apoyo de los medios de comunicación, nacionales y mundiales) para anunciarle al mundo la derrota no sólo factual del socialismo, sino de principio. Estoy seguro de que entre los amables lectores habrá muy pocos que recuerden a uno de esos pseudo-intelectuales de pacotilla que en uno de los programas que Televisa le regaló a otro muy dañino personaje, a saber, Octavio Paz, el gran paladín de las huestes de “intelectuales” de derecha, afirmó que la derrota del socialismo no sólo era una derrota factual, política, sino una derrota de principio y moral. Explico esto: lo que el peregrino personaje con todo desparpajo sostuvo (y lo digo porque yo vi ese programa) era que la derrota factual del socialismo real implicaba tanto su derrota moral como el triunfo moral del capitalismo! No es necesario profundizar en el tema para hacer ver en forma inmediata que lo que ese renombrado escritor (de cuyo nombre prefiero por el momento no acordarme; no vale la pena) sostenía era y es fácilmente refutable. Para empezar, podemos presentar contra-ejemplos. De acuerdo con él, entonces, el que Jesús haya sido crucificado implicaría que su mensaje era moralmente inaceptable. ¿Monstruoso, verdad? Y, por otra parte, podemos señalar que el sujeto de quien hablamos incurre de manera ostensible en la falacia cuya testa la corta sin miramientos la así llamada ‘Guillotina de Hume’. Como todos sabemos, Hume nos enseñó que no podemos deducir válidamente enunciados de valor a partir de enunciados de hecho. Ahora bien, por sorprendente que parezca, eso precisamente es lo que hacía en público el distinguido participante mencionado durante aquellas penosas jornadas. Puedo asegurar que ni entre los peores alumnos que he tenido a lo largo de 30 años de labor como profesor me he encontrado con alguien que cometa de manera tan desfachatada semejante falacia. En alguna otra ocasión, cuando la situación lo amerite y sea propicia para ello, proporcionaré los datos necesarios para que mis gentiles lectores identifiquen sin problemas al individuo del que hablo y al que aludí sólo como preámbulo para mi tema.

Dejemos, pues, de lado el anecdotario local para ocuparnos de temas importantes que tienen que ver con lo que dije más arriba. Para ello, quisiera empezar por traer a la memoria el lamentable hecho de que la derrota de la URSS significó para muchos la derrota del marxismo, por más que inclusive entonces era obvio, a pesar de que nos encontrábamos sumidos en un estado de histeria colectiva, que esa conexión era totalmente infundada. Que por razones ideológicas la Unión Soviética se sirviera del marxismo era una cosa, que su derrota significara la descalificación de la única gran teoría del sistema capitalista que ha sido producida al día de hoy era otra completamente diferente. Todo parecía indicar que el proceso mismo de desintegración de la URSS era la prueba viviente de que las teorías y las explicaciones que encontramos en El Capital eran falsas! Desde luego que eso es absurdo y para mostrarlo quiero brevemente retomar tan sólo una idea marxista, esto es, una idea que según los superficiales agoreros de aquellos tiempos había quedado descartada para siempre. Me refiero a la crucial, imprescindible, inevitable idea (por lo menos en el marco del sistema capitalista) de lucha de clases. ¿Era creíble siquiera que el complejo fenómeno de oposición de intereses entre los diversos grupos sociales que pueden más o menos discernirse en función de sus respectivas relaciones con los medios de producción, de sus correspondientes estructuras culturales y hasta mentales, todo eso y más súbitamente desaparecía porque la URSS se desmoronaba?¿No se siente de entrada, por lo menos ahora, que afirmar algo así es una ofensa a la inteligencia de cualquier persona normal?

Para pruebas un botón. Preguntémonos: ¿cuál es el fenómeno de fondo al que estamos asistiendo en los Estados Unidos? Desde luego que los conflictos raciales están a la orden del día y que en general el racismo está como volviendo a “florecer” en ese país, pero lo que nos inquieta, lo que queremos saber es si se trata de un fenómeno último, un fenómeno sin trasfondo económico o si no es más bien una expresión de una descomposición de otra naturaleza. Yo me inclino por lo segundo y quisiera al menos intentar explicar por qué. Lo que en mi humilde opinión pasa es que el apoderamiento del mundo con el que soñaron los políticos y militares norteamericanos después de la simbólica caída del Muro de Berlín terminó en un fracaso y hundiendo, a un costo humano inmenso, todo el Medio Oriente y parte de Asia en un infierno de destrucción y muerte. Los gobernantes norteamericanos intentaron llenar de inmediato los huecos que inevitablemente crearía el forzoso retroceso de sus enemigos jurados y procedieron en consecuencia: buscaron apoderarse de la riqueza petrolera de Irak, destruir a los palestinos, controlar Afganistán (y el negocio del opio, desde luego) y extenderse a partir de ahí hacia las antiguas repúblicas asiáticas de la para entonces ya fallecida Unión Soviética e instalar bases militares de manera que Rusia quedara definitivamente rodeada y bajo control. Pero la realidad no se ajustó a sus planes y a pesar de los horrores por los que hicieron y siguen haciendo pasar a millones de personas los planes de conquista mundial norteamericanos ya no se materializaron como fueron delineados. Aunque obviamente las grandes compañías americanas se han enriquecido brutalmente, para el gobierno norteamericano las guerras han sido costosísimas, desde todos puntos de vista. Cuando el joven Bush le declaró la guerra a Irak en el congreso anunció que la guerra costaría 77 billones de dólares. Al cabo de un par de años el costo se había duplicado. En la que era la nueva configuración del tablero mundial Rusia dejó en claro que seguía siendo una super-potencia y una arrolladora China generó algo así como una derrota comercial (y financiera cuando los dirigentes chinos lo consideren oportuno, dentro de algunos años seguramente) para los Estados Unidos. Pero ¿qué significaron esos cambios mundiales para ellos? Los resultados fueron claramente negativos: su crecimiento económico casi se detuvo, su mercado interno se empantanó, sus “burbujas inflacionarias” explotaron y todo ello junto con las diabólicas manipulaciones de los grandes bancos terminaron por pauperizar a grandes sectores de la población. Naturalmente, empezaron a pulular los conflictos entre grupos humanos. En otras palabras, una vez que el bienestar material generalizado que lo encubría se cuarteó, el capitalismo que 50 años antes había deslumbrado al mundo por sus impresionantes logros materiales y culturales reveló de pronto su verdadero rostro: el de un sistema esencialmente asimétrico, injusto y susceptible de generar no sólo riqueza sino también pobreza y ello en su sede principal. ¿Qué es, pues, lo que actualmente en relación con los costos de educación, los servicios de salud, los bienes inmuebles, etc., se está poniendo al descubierto? Que empieza a activarse algo que en los Estados Unidos no se conocía. ¿Qué es aquello de lo que el pueblo americano no tenía mayor idea cuando el grueso de su población vivía muy bien, pero que ahora empieza a resentir en su propia población? Se llama ‘lucha de clases’.

Realmente no entiendo cómo podría alguien imaginar que, considerados como agentes económicos y sociales, un obrero y un banquero podrían quedar ideológicamente identificados. Ese espejismo puede llegar a producirse sólo cuando se vive en situaciones de economía boyante. Entonces el banquero y el obrero pueden coincidir y sentarse juntos en el estadio de beisbol así como comprar un hot-dog y una cerveza en el mismo puesto, pero aparte de esa milagrosa coincidencia no tienen nada o tienen muy poco en común (dejando de lado su ser biológico, su ser ciudadanos, etc.). El punto importante es que cuando el velo del bienestar se rasga lo que se percibe es otra cosa que una relación idílica entre propietarios y trabajadores. Entonces afloran y se manifiestan todas las tendencias de muerte que una situación favorable ocultaba en casa y proyectaba hacia afuera. No debería pasarse por alto que el pueblo americano, por lo menos desde el surgimiento de Hollywood a principios del siglo pasado, ha crecido educado en el odio y el desprecio hacia todo lo que no es propio de su “american way of life”. Objetos de burla y odio han sido los alemanes, los japoneses, los chinos, los rusos, los latinos, los comunistas, los revolucionarios, los italianos, etc., y ahora los “terroristas”, queriendo esto decir lo que convenga en el momento en que se use la expresión. El problema es que ahora las convulsiones sociales se dan dentro, al interior de los Estados Unidos: las situaciones de miseria e injusticia que antes eran característica de sociedades sub-desarrolladas, de esos pueblos que no habían entendido cómo organizarse para vivir bien y a los que había que enseñarles todo, las tienen ahora ellos en su propia casa. Eso naturalmente afecta y modifica el discurso político. Por primera vez en los Estados Unidos se habla de socialismo y de revolución y no son oscuros profesores de economía política quienes así se expresan, sino senadores, diputados (representantes) políticos profesionales en general (un buen ejemplo de ello es el senador Bernie Sanders). Por primera vez se habla en contra de los super-millonarios y poco a poco el discurso político se enriquece con fraseología inaudita en los Estados Unidos. Como el descontento generalizado no es todavía un descontento politizado, es decir, no pasa por el tamiz de la conciencia política sino que todavía es, empleando una expresión leninista, espontaneísmo puro, entonces reviste la forma más simple, elemental, directa o primaria que pueda adoptar: la del odio racial. Eso naturalmente tiene su contrapartida: la policía no tiene empacho en “despacharse” a gente de color por el menor pretexto: porque el sospechoso corrió, porque gritó, porque levantó los brazos, porque pidió ayuda, etc., se le dispara y sólo cuando el asunto es realmente escandaloso que se castiga al culpable. Todo eso y muchas más cosas que suceden, en particular con los mexicanos y los indocumentados centroamericanos, son síntomas inequívocos de descomposición social. Pero ¿qué hay detrás de todo ello?¿Sobre qué plataforma se dan todos esos eventos?¿Son acaso acontecimientos dislocados y que se producen como hongos, unos aquí, otros allá, sin causa alguna? Claro que no. Todos esos acontecimientos adquieren un sentido cuando se les coloca sobre la plataforma, la realidad de la lucha de clases, de ese complejo fenómeno social que muchos líderes y dizque pensadores declararon superado. Creo entonces que es justo que sea ahora a otros a quienes les toque reír y tenemos el derecho de preguntar: ¿no fueron ridículos todos esos pseudo-profetas de derecha en su descalificación del marxismo en general y de ideas tan potentes y seminales como la de lucha de clases?¿Cómo nos explicamos que en 20 años sus utopías se hayan colapsado? Me parece que el diagnóstico de esos ideólogos es simple: un veloz letargo de la historia los dejó ciegos.

La lucha de clases se intensifica o amaina según las circunstancias mundiales (mercados, guerras, crisis bancarias, especulaciones de bolsa en gran escala, etc.). Lo que es interesante ahora es que su realidad ya se hizo sentir en los propios Estados Unidos, el país anti-socialista por antonomasia. Allá ahora las diferencias sociales son cada día más notorias y más apabullantes, por más que sea innegable que el nivel de vida de los norteamericanos está todavía muy por encima del de la gran mayoría de los países (no de todos, ciertamente). Pero los contrastes internos son cada vez más innegables y para ellos cada vez más indignantes e inaceptables. Hay quien habla ya de tomar los bancos, por ejemplo. Es claro que las diversas partes en conflicto tendrán que encauzar por la vía política sus respectivos intereses, pero eso acarreará modificaciones hasta ahora impensables en ese país. Sencillamente no es posible que millones de personas viven sujetas a los caprichos del capital financiero, como es el caso en nuestros días. Esa es en todo caso una realidad que el pueblo americano tendrá que enfrentar. Para nosotros, el problema es que lo que pasa allá nos abre los ojos sobre lo que pasa aquí, por lo que de inmediato queremos preguntar: ¿acaso en México no se da el fenómeno de lucha de clases? Sería absurdo negarlo. Pero entonces ¿hasta cuándo tendrá el pueblo de México que vivir sometido a los caprichos de los banqueros?¿No es acaso obvio que se da una contradicción estridente entre los intereses de una banca mal parida y los de los mineros, los obreros, los electricistas, los profesores, etc., etc.?¿No es todo lo que pasa diariamente en la provincia mexicana una expresión leve pero ya palpable de descontento de clase? En mi modesta opinión, el control ideológico que durante decenios se ejerció en México y para el cual se prestaron muchos “intelectuales” nacionales está a punto de romperse. Qué venga es algo que dependerá en gran medida de la sensatez o insensatez con que los dirigentes del país pretendan resolver lo que es un agudo conflicto de clases. Pero pobres de todos nosotros si la única opción que se visualiza es la de la represión policiaca y militar.