Divagaciones sobre la Educación en México

Las relaciones entre los países y entre las culturas, por no hablar ya de civilizaciones, son de lo más irregular que pueda uno imaginar. La convicción más simple al respecto, que raya en lo absurdo, es la idea de que la mera posterioridad automáticamente acarrea progreso en todos los sentidos. Pensar eso es realmente una bobada. Desde luego que en ciertos rubros el progreso es lineal o ascendente, pero eso se explica por la naturaleza de aquello que se considere. Si hablamos de conocimiento y de tecnología, entonces es evidente que el mundo de hoy es más avanzado que el mundo de hace 10,000 años, pero se necesita ser muy superficial y muy torpe para entonces pretender inferir que en todos los contextos se produce el mismo fenómeno de avance y mejora. No tenemos que ir muy lejos para presentar contraejemplos. Así, podemos afirmar que no hay entre los ilustres pintores contemporáneos uno solo que pueda equipararse en imaginación, destreza, técnica, en otras palabras, en calidad pictórica con el desconocido artista de las cavernas que dejó plasmada su creación en las grutas de Altamira. Ni la colección de toros de Picasso se compara con esas pinturas rupestres en las que se combinan en forma increíble color, fuerza, movimiento, imaginación, magia y algunas otras cosas más. De manera que es claro que, por lo menos en pintura, avance en el tiempo no acarrea progreso o superioridad. De igual modo, yo sospecho que el hombre de nuestros días es muchísimo más cruel, más despiadado, más bruto que el sencillo homo sapiens sapiens que vagaba por las planicies de África o del Medio Oriente. Ciertamente, nuestros primeros antepasados mataban a sus presas y eventualmente a sus enemigos, pero podemos estar seguros de que los bombardeos de nuestros días, el sicariato, los asesinatos masivos, la proliferación de los paraísos sexuales (México ocupando uno de los primeros lugares en abuso sexual infantil), toda la maldad desplegada por los servicios secretos, agencias de inteligencia, ejércitos, policías, paramilitares y demás, así como los rastros, los experimentos con animales en laboratorios, las corridas de toros, etc., etc., todo ello y todo lo que no mencionamos pero que sabemos que sucede diariamente los habría hecho palidecer y muy probablemente se habrían avergonzado de tener semejantes descendientes, esto es, “nosotros”, los seres humanos del siglo XXI. Moralmente, por lo tanto, dudo mucho que pueda hablarse de progreso frente a los humanos simples de edades pretéritas. En lo que a ciencia y tecnología atañe sin duda los dejamos atrás. Ellos peleaban y mataban uno a uno; en la actualidad un avión puede destruir una ciudad con 20 millones de habitantes en unos cuantos segundos. En eso, a no dudarlo, somos mejores.

El fenómeno disparejo de progreso y retroceso se palpa en cualquier comparación que se haga entre dos países. Tomemos por caso los Estados Unidos y México. En muchos sentidos, de nuevo, en todo lo que tiene que ver con el conocimiento y la tecnología, vamos a la zaga. Pero ¿también en racismo y en otras clases de segregacionismo, en violencia, en nuestras respectivas concepciones de la familia, en nuestras diferentes relaciones hacia la naturaleza, en religiosidad? Es debatible y desde luego hay un sentido en el que los modos de organización social no dependen de la buena o mala disposición de los habitantes, sino de fuerzas materiales, políticas y culturales, de tradiciones y de muchos otros factores que son totalmente independientes de la voluntad individual. No obstante, la comparación objetiva a menudo es conveniente tanto para corregir equivocaciones al emular al que nos aventaja como para preservarnos de sus errores cuando seguimos nuestra propia ruta. El gran problema es no dejarse hipnotizar por el progreso científico y lo que éste acarrea, porque entonces se tiene muy fácilmente la impresión de que el país más avanzado científica y tecnológicamente lleva la delantera en todo y pensar eso es ser presa de una confusión.

Siempre será importante, como dije, estudiar a otros países más avanzados que México entre otras cosas para extraer lecciones de sus fracasos y no recorrer su mismo derrotero y equivocarnos como ellos. Consideremos el caso de la educación. En los Estados Unidos todo, la educación incluida, es sometida a las así llamadas ‘leyes del mercado’. Dicho de otro modo, la educación no es más que una mercancía más. Dado que el Estado no interviene para regular nada (para eso está la Reserva Federal, que es una especie de sindicato de bancos y que es, desde luego, una entidad totalmente privada), el sino de la educación varía en función de fenómenos económicos: inflación, desempleo, tasas de interés, crisis de bienes raíces, etc. En épocas de auge económico la educación es de acceso generalizado, pero cuando los indicadores económicos bajan entonces la educación deja de ser un bien al alcance de todos. En la actualidad, grandes conglomerados de jóvenes sencillamente no tienen acceso a la educación superior y si lo tienen es porque se auto-financian sus estudios. ¿Cómo lo hacen? Por medio de contratos que, para decirlo crudamente, los esclavizan prácticamente para siempre. En esas condiciones, la educación no cumple más que un fin: preparar al joven para que cuando termine sus estudios obtenga un trabajo y pague su deuda. Esto, obviamente, atañe sobre todo a las clases bajas y medias. Naturalmente, siempre habrá estudiantes provenientes de medios sociales menos desfavorecidos y sus orígenes sociales cada vez se decantan con mayor precisión. La educación en los Estados Unidos es eminentemente piramidal. Obviamente, un país tan fuerte y rico siempre tendrá estudiantes en sus escuelas y universidades, pero en relación con sus propios niveles y estándares es innegable que a lo que asistimos es a un retroceso social escandaloso.

Ahora bien ¿cómo nos sirve a nosotros en México lo que podría llamarse el ‘desastre educativo norteamericano’? Yo simplemente asumo que le debería quedar claro a las autoridades mexicanas que el camino recorrido por los Estados Unidos no es el nuestro. Aquí necesitamos que el Estado intervenga para garantizar la educación de la población. Nosotros no podemos darnos el lujo de tolerar siquiera la idea de que la educación en México pueda convertirse en una mercancía más de la cual en última instancia sólo quienes pagan por ella puedan disfrutar. El acceso a la educación es un logro de los sangrientos procesos de transformación social ocurridos en México en la primera mitad del siglo XX, así como lo es el que ésta sea obligatoria, gratuita y laica y es obligación del Estado garantizarla. En otras palabras, desde nuestra perspectiva y en concordancia con nuestra historia, la educación no es ni una prerrogativa de unos cuantos ni algo que se pueda negociar. No es tampoco un favor que el Estado le hace a la población. Los mexicanos tienen derecho a la educación y si el Estado falla en garantizársela lo que se comete es una violación de derechos humanos, lo cual no es el caso en los Estados Unidos, puesto que allá el Estado no quedó articulado o constituido de modo que fuera una de sus obligaciones garantizarle a sus ciudadanos el acceso a la educación, como tampoco lo es garantizarles el acceso a los servicios de salud (eso le corresponde a las compañías de seguros, todo un debate en la actualidad en los Estados Unidos). Prevalecen entre nuestros países realidades sociales, concepciones e ideales políticos prima facie diferentes, por no decir radicalmente opuestos. No cometamos, pues, los errores de otros.

Cómo serían los Estados Unidos si ellos nos copiaran a nosotros y si se concibiera allá la educación “a la mexicana” (con su infraestructura, sus capacidades materiales, sus grandes instituciones de investigación avanzada, etc.) es un tema sobre el que podría divagarse amenamente cuanto se quisiera, pero no voy a solazarme en ello. Me interesa más bien especular sobre cómo debe organizarse la educación en México de modo que se cumplan los preceptos constitucionales y que el rendimiento educativo sea cada vez mayor y más tangible sin, para ello, seguir los pasos de nuestro poderoso vecino. ¿Qué principios generales que no sean meramente utópicos (“queremos un México sin crímenes” y exabruptos similares) deben regir esta primordial función estatal? Obviamente, no se pueden hacer valer las mismas reglas y los mismos principios en todos los niveles pedagógicos. A nivel de Primaria y Secundaria, por ejemplo, es vital efectuar una reforma educativa en la que la columna vertebral sea la despolitización del sector. O sea, hay que echar marcha atrás y deshacer el entramado que durante sexenios los gobiernos mexicanos armaron transformando el sindicalismo en un brazo político operando a base de corrupción e intimidación para mantener callado al sector magisterial. Sindicato tiene que haber y defensa de los derechos laborales de los profesores tiene que darse, pero los maestros pueden organizarse solos, sin la ayuda de la mafia gubernamental que nada más genera enriquecimiento ilícito (y ofensivo), ineficacia, prácticas delictivas de todo tipo, promoción de la inmoralidad y cosas por el estilo. Si el Estado se atreviera a dejar de controlar al sector y cumpliera su función de garante proporcionando los medios (salones dignos, pizarrones, computadoras, salarios decentes, etc.) para la obtención de los fines fijados por la constitución muy pronto dejaríamos de tener las masas de niños y púberes ignorantes, desorientados y carne de cañón para la delincuencia organizada que hoy pululan. Aquí la clave es instrucción en concordancia con los planes de estudio y educación física (nuestros niños no saben no digamos ya nadar: no saben correr! No se tiene derecho a dejarlos tan indefensos). A nivel del sector medio (Preparatoria) se necesita introducir un poco más de rigor: establecer mecanismos efectivos para acabar con el detestable ausentismo, vigilar más de cerca el trabajo desarrollado en las aulas, alentar al alumnado con competencias académicas en todas las materias, examinar periódicamente a los maestros, etc. Como no se les da lo que tiene derecho a recibir, es comprensible que el alumnado carezca de ímpetu, de interés (más que cuando es propio, alentado en la casa, etc.) y de conciencia del esfuerzo que la nación hace para que se eduque. Hay mucho por hacer para mejorar la educación media y todo ello factible. ¿Por qué entonces no hacerlo? La educación superior, por su parte, plantea otros retos. Una vez más, debe formar parte de nuestros objetivos y fines ser diferentes de lo que hacen nuestros vecinos, quienes nos aventajan en muchos otros campos. Sin embargo, nosotros tenemos algunas ventajas sobre su modelo, porque nosotros de hecho fomentamos (algo que se debe reforzar) el estudio de las humanidades, de (por así decirlo) “ramas del saber” que no dependen de su éxito o fracaso mercantiles. No puede ser nunca parte de nuestros objetivos el crear una sociedad en la que se haga depender la poesía, la filosofía o el teatro de si se venden boletos, de si la gente compra o no libros o de si se hace depender la promoción de “momentos estéticos” de potenciales ganancias pecuniarias. Hay que evitar hasta donde se pueda la maldición capitalista, esto es, la cosificación de todo: educación, relaciones personales, producción artística, investigación desinteresada, etc. Pero para que el esfuerzo fructifique es menester también reformar los procesos educativos en las instituciones de educación superior. Desde luego que hay que generar profesionistas para que se incorporen al mercado de trabajo lo mejor preparados posible, pero ello inevitablemente requiere elevar el nivel académico de quienes ingresan a las universidades. Una reforma universitaria seria tiene que proponerse acabar con el amiguismo académico, con la confección de plazas (prefiguradas para tal o cual persona), con el manejo discrecional (casi privado) de las publicaciones, con la implantación de políticas independientes de personas concretas o de intereses de grupo. Sería ingenuo (y más que eso) pensar que hay oasis sociales y que hay instituciones que podrían sustraerse a la atmosfera general prevaleciente en un país. México es un país de corrupción y ese fenómeno es invasivo, por lo que las instituciones no están exentas de él. Es importante, por lo tanto, en aras de las generaciones que vienen y del futuro del país, implantar políticas destinadas a evitar la formación de grupúsculos semi-profesionales-semi-politiqueros que no hacen más que pelearse los presupuestos, desterrar de una vez por todas la práctica del despilfarro (como cambiar de computadora cada año o tener tres computadoras porque se está en tres programas diferentes), luchar contra el caciquismo académico, tan dañino en las universidades como en las asociaciones obreras. Las universidades se deben regir por mecanismos académicos transparentes, por procedimientos sometidos a regulaciones objetivas, por principios de honestidad intelectual que hay que hacer respetar contra viento y marea. Algo de esto hizo o pretendió lograr, un tanto a tientas y a locas pero bien intencionado, el reciente movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional. A mí me parece que el alumnado politécnico puso el ejemplo y fijó el camino. De lo que se trata ahora es de seguirlo.