Bienvenido, Señor Presidente!

 

Difícilmente podría negarse que los gobiernos norteamericanos nos han ido poco a poco acostumbrando a espectáculos grotescos y que serían risibles sino fuera por la seriedad de los asuntos involucrados. Sin duda uno de estos eventos, que terminó en un auténtico circo político, fue la relección de G. W. Bush. El país de la democracia se vio envuelto en un escándalo electoral que la más bananera de las repúblicas le habría envidiado. Tardaron finalmente más de un mes para convencer al mundo de que efectivamente Bush junior era el vencedor. Qué fuerzas entraron en acción nos las podemos imaginar, pero sobre lo que estoy llamando la atención en este momento es sobre el carácter contradictorio de la situación: el país de la libertad, de los derechos civiles, de los valores más altos, por una parte, y lo que a todos luces fue un fraude avalado simplemente por un modo peculiar de contar los votos, por la otra. En números, todos sabemos que Al Gore ganó la presidencia, pero quien fue ungido presidente fue Bush, lo cual constituyó una tragedia para el mundo de la cual todavía no vemos el último acto.

En estos días asistimos a una nueva escena que debe tener a muchos líderes del mundo destornillándose de risa. La verdad es que el caso por una parte es en efecto un tanto cómico, pero desafortunadamente lo que está detrás de dicho evento es todo menos risible. El hecho es que, como ya todo mundo está al tanto de ello, el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner, sin consultarlo con la Casa Blanca, esto es, con la presidencia de los Estados Unidos (presidente, vice-presidente, secretario de estado, etc.) hizo una invitación pública para que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronuncie un discurso ante la Cámara, lo cual habrá de ocurrir un par de semanas antes de que tenga lugar un importante proceso electoral en Israel, proceso en el que estará en juego el futuro político del propio Netanyahu. La invitación, por lo tanto, venía cargada de intenciones y no tenía nada de espontánea ni de ingenua. Se trata de un movimiento político muy cuidadosamente calculado. Lo más probable es que haya sido planeado en Israel y ello por toda una variedad de motivos, entre los cuales destacan los siguientes. Primero, porque es potencialmente un acto político beneficioso para Netanyahu. Éxito en su maniobra significa su reelección a mediados de marzo; segundo, porque Netanyahu quiere no meramente hacer llegar un mensaje al Congreso norteamericano para que boicotee todo posible acuerdo con Irán en relación con su programa nuclear, sino que quiere decírselo personalmente a los congresistas; tercero, de paso humilla a un presidente con el que ha tenido roces, que casi va de salida y con quien ya no tiene mayor sentido dialogar ni negociar; cuarto, porque justamente con este viaje se da también el banderazo de partida para la carrera por la elección presidencial de 2016 en los Estados Unidos. Esas y algunas otras cosas más llevaron a que se reconociera oficialmente lo que de hecho fue la auto-invitación de Netanyahu para hablar ante la audiencia más importante de los Estados Unidos. Pero ¿no es eso algo insensato?¿No es acaso una decisión así una provocación peligrosa cuando el agraviado es el gobierno del país más poderoso del mundo?¿No es absurdo retar y ofender públicamente al presidente de los Estados Unidos, sea quien sea? A final de cuentas ¿no es Israel un pequeño país cuya existencia está siempre en la cuerda floja y sobrevive únicamente gracias al apoyo norteamericano, un apoyo que puede en cualquier momento cesar?¿Hay en el mundo otro hombre de estado que podría hacer lo que Netanyahu se permite? Realmente, los niveles de tolerancia y benevolencia del gobierno norteamericano son extraordinarios!

El problema es que la situación no es en lo más mínimo como se presenta al ojo superficial. Si Netanyahu se permite semejante provocación no es porque esté haciendo alguna clase de cálculo heroico: es porque sabe que puede hacerlo. De inmediato se plantea entonces la pregunta: ¿por qué, cómo es que puede alguien darse el lujo de ningunear al presidente de los Estados Unidos? Tan pronto intentamos responder a esta pregunta dejamos la faceta chusca del asunto y nos adentramos en un aspecto turbio pero crucial de la historia reciente de los Estados Unidos, digamos de los últimos cien años. Tiene que ver con el proceso que llevó a una pequeña pero poderosísima comunidad ni más ni menos que a adquirir el control del estado norteamericano. Esa comunidad es la comunidad sionista de los Estados Unidos. ¿Cómo se materializó dicho proceso?

La explicación gira en torno a muchos elementos, pero algunos de los más importantes son los siguientes: el juego democrático-bipartidista de los Estados Unidos no puede echarse a andar y funcionar sin inmensas cantidades de dinero. Los candidatos de los partidos tienen que buscar sus propias fuentes de financiamiento y propaganda política. El dinero para las campañas de senadores, gobernadores, representantes y presidente proviene de distintos sectores, pero quienes invierten en grandes magnitudes en el juego político son los grupos sionistas, muchos de los cuales actúan de manera coordinada. Estos grupos, como por ejemplo el AIPAC (American Israel Public Affaires Committee) proporcionan a los contendientes enormes cantidades de dinero que, obviamente, no son meros regalos. Los candidatos son prácticamente comprados y, naturalmente, cumplen con su parte del pacto, que es la defensa a ultranza del estado sionista y el apoyo incondicional a sus políticas. Este apoyo reviste muchísimas formas, como por ejemplo la donación diaria de 800 millones de dólares al estado de Israel por parte del Congreso, casi en su totalidad controlado por las organizaciones sionistas. Israel recibe además apoyo militar, logístico, diplomático, cultural, etc., y goza de total impunidad gracias al derecho de veto al que permanentemente recurre el gobierno norteamericano en la ONU y en todo foro internacional en donde se discuta el caso de las políticas interna y externa de Israel. Los dos grandes partidos políticos de los Estados Unidos son cautivos del inmenso poder financiero y mediático de los grupos sionistas de ese país. Con el control casi total de los medios de comunicación (Hollywood, televisión, radio, periódicos, etc.), del control de la banca a través de la Federal Reserve y del poder político a través de los senadores, representantes, gobernadores subvencionados por dinero sionista, a más de los grupos insertos en el Pentágono, en el Departamento de Estado, etc. (en donde en su momento jugaron su papel magistralmente personajes tenebrosos como Richard Pearl y Paul Wolfowitz, entre muchos otros), el gobierno norteamericano está simplemente copado. Lo dijo claramente, antes de que lo durmieran para siempre, Ariel Sharon, cuando durante una discusión con gente de su gabinete que manifestaba temor por la potencial reacción americana ante ciertas decisiones del gobierno israelí, respondió: “Estoy harto de oír este argumento. Nosotros, el pueblo judío, controlamos a los Estados Unidos”. Puede ser que haya sido un poquito cínico, pero negar que era verdad lo que decía es como pretender tapar el sol con un dedo.

Con ese trasfondo, el caso del discurso de Netanyahu ante la Cámara de Representantes se explica solito. Lo que hay que entender, y si no se entiende no se comprenderá nunca la situación del mundo (las guerras del Medio Oriente, la utilización de Ucrania en contra de Rusia, la tragedia palestina, etc., etc.), es algo a la vez muy simple y asombroso y es que el centro de poder para muchísimos efectos pasó de Washington a Tel Aviv. Es en la capital política del estado de Israel en donde se toman decisiones y Washington las acata, quiera o no. Y, naturalmente, tener bajo su control al gobierno norteamericano es controlar el mundo, o casi!

A pesar de lo anterior, también es cierto que en política a veces hay que guardar las formas, independientemente de que se trate de una farsa. Para mantener un aire de dignidad, como una “reacción” de enojo ante lo que a todas luces es un agravio tanto político como personal, el presidente Obama hizo saber que no se encontraría con su homólogo israelí; el vice-presidente Biden hizo lo suyo y, como muestra de valiente autonomía, se auto-organizó un viaje para no asistir y tener que ir a aplaudirle al verdadero jefe cuyo principal objetivo, muy probablemente, sea dictarle en vivo y en directo al gobierno americano los lineamientos a seguir en su política con Irán. En este como en muchos otros casos, los intereses americanos no son lo que importa, ni su imagen ni el degradante papel que se les hace jugar. Lo que cuenta son los intereses de Israel y punto. Y Netanyahu va a dejar bien claro quién manda en los Estados Unidos.

Dado que lo que en realidad se está haciendo es darle al presidente de los Estados Unidos una bofetada con guante blanco, algunos congresistas americanos tuvieron la osadía de protestar porque “no se siguieron las reglas del protocolo”. Esto es una pobre justificación. La respuesta, sin embargo, no se hizo esperar, de modo que el magnate de casinos, Sheldon Adelson, un entusiasta seguidor del primer ministro israelí, dejó bien en claro que iban a hacer público cuáles de los congresistas demócratas no habrían asistido al discurso del primer ministro israelí. Y, para no dejar espacio para dudas, Mort Klein, la cabeza de la Organización Sionista de América., añadió que la única forma como se justificaría la ausencia de alguien durante el discurso de Netanyahu sería presentando un certificado médico. Más claro ni el agua. Sin embargo, la política (como ya insinué) tiene sus reglas a las que en ocasiones hay que respetar aunque se tenga todo para ignorarlas si fuera eso lo que se quisiera. Por ello y a pesar de todo, la insolencia de Netanyahu puede costarle más de lo que él cree. Si las tensiones con el gobierno americano se intensifican más allá de ciertos límites, entonces, en aras del bienestar de Israel si hay que sacrificar a Netanyahu se le sacrifica. Al día de hoy el viaje del primer ministro israelí no se ha modificado, a pesar de algunas voces israelíes que han protestado por el deterioro de las relaciones con los Estados Unidos que genera la ahora cada vez más descarada prepotencia sionista. Pero eso también es un juego: desde mi punto de vista, en este momento histórico al menos el gobierno israelí no tiene absolutamente nada que temer de los Estados Unidos de Norteamérica. Las aguas están alcanzando su nivel y cada quien juega el rol que de hecho le corresponde.

Para un observador distante lo realmente interesante de todo esto son las lecciones históricas que se pueden extraer del caso del discurso de Netanyahu. Queda demostrado que se puede doblegar al más poderoso y uno de los más belicosos gobiernos que han existido sobre la Tierra, que en ocasiones las conspiraciones, los planes de grupos o sociedades secretas sí tienen éxito, que grupúsculos emanados de un pueblo durante muchos siglos satanizado y perseguido pueden convertirse en los dueños del mundo, que se pueden manejar las instituciones y ponerlas al servicio de intereses particulares. Todo eso y más. ¿No es entonces el espectáculo que ofrecen aquí y ahora los Estados Unidos a la vez jocoso y triste? En las próximas semanas todos podremos apreciar si lo que aquí afirmamos tenía visos de verdad y si en efecto la mejor forma de recibir a Benjamín Netanyahu en el Congreso era diciéndole: “Bienvenido, señor Presidente!”.